aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 033 2009

Todas mis esperanzas narcisistas están puestas en ti

Autor: Peón, María

Palabras clave

Apuntalamiento narcisista malefico, Familias narcisistas, Narcisismo benefico, Narcisismo.


La práctica nos sitúa a menudo frente a esa escena incómoda en la que la misma persona que trae o acompaña al “enfermo” es, desde largo tiempo atrás, parte necesaria del problema. Dejando de lado los efectos nefastos de la paternidad perpetrada por sujetos malignos o netamente perversos, en ocasiones tenemos la impresión de encontrarnos ante tutores sencillamente perniciosos que restablecen sus balances a través de las mil y una formas en las que defensas y compensaciones narcisistas personales pueden operar. Encontramos brusquedad, gritos, reacciones nerviosas o más sutilmente secretismo, actuaciones melodramáticas, coacción, amenazas veladas, auto-denigración, discurso atemorizante, persecución mental y chantajes emocionales, culpabilización, respuestas refractarias, intromisión en la toma de decisiones que no decrece con el paso de los años, retención celosa, quejas vagas, renuncias excesivas, abnegación ostentosa, preocupación permanente, negativismo, alianzas perversas, disyuntivas emocionales, dobles vínculos, falsas alternativas o alienación parental contra el cónyuge -ensombrecido, debilitado e incapaz de poner límites que lo contrarresten, entre otras. El silencio del tercero necesario y otras circunstancias cronifican el problema. Pese a todo, se presentan como hijos amados, padres entregados y en la primera visita suele aparecer la expresión “familia normal”.

Estudiando perfiles de pacientes que habían crecido entre abusos físicos y sexuales y comparándolos con los de aquellos que solamente habían tenido familias narcisistas, Stephanie Donaldson-Pressman y Robert M. Presuman (1997), del Centro Psicológico de Rhode Island,  repararon en que los del segundo grupo – exitosos y con apariencia de normalidad- habían terminado igualmente bajo tratamiento. Presentaban enojo, necesidad crónica de gustar, falta de asertividad, incapacidad para identificar sentimientos, necesidades y deseos, búsqueda de validación constante, escaso auto-reconocimiento, rabia penetrante y temor a que aflorase –hasta que explotaban por asuntos insignificantes, sensación de vulnerabilidad, desconfianza y sospechas al borde de la paranoia frente a episodios desastrosos de apertura total y falta de juicio, insatisfacción crónica, miedo a ser percibidos como caprichosos o quejumbrosos si alguna vez se sinceraban, vacío e insatisfacción frente a lo que lograban. En “La Familia Narcisista. Diagnóstico y Tratamiento” (1997), los autores describían esta unidad bajo un común denominador: Las necesidades del sistema parental (tutores) se anteponían sistemáticamente a las necesidades principales de los niños –confianza y seguridad- que resultaban secundarias y recibidas como problemáticas. La responsabilidad de la satisfacción de estas necesidades se invertía. No en vano, como advertía Heinz Kohut (1971), los hijos del sujeto narcisista fueron concebidos como meras extensiones del self exhibicionista-grandioso y para su gratificación.

Si trazáramos un rápido perfil de este tipo de pacientes en cuanto tal diríamos que aunque obediente a nuestra autoridad, desconfía. Al igual que en su vida, transfiere comprensibles temores a ser víctima de ataques envidiosos -ya que con resto de la familia palpitan rivalidades, agravios y celos. Añadiríamos que se auto-menosprecia ya que si bien la sumisión, la paralización o el mimetismo pueden ser formas útiles o inteligentes de adaptación, rara vez son percibidas así ni por los demás, ni por él mismo. Subrayaríamos con Kohut que se resiste a explorar o comprender esto y que rechaza de plano la existencia de una patología parental porque ese descubrimiento amenazaría la coherencia de su self. Además, dado aquel auto-menosprecio, este tipo de paciente puede hincharse con atributos parentales, leal y sectario, dentro de un nosotros blindado y defensivo en el que debemos infiltrarnos. Será preciso posponer exploraciones en torno a esa relación hasta que se ha alcanzado un relativo bienestar y no antes de establecer con el paciente un vínculo terapéutico sólido. Antes “no se va a dejar”. Por otro lado, el acompañante narcisista no va a estar de acuerdo ni en permanecer al margen de la terapia ni en que “le cambien” a un hijo del que se ha venido sirviendo para el apuntalamiento narcisista maléfico. Contrarrestando estas tendencias, deberá trabajar un narcisismo benéfico que permita tolerar sin angustia la idealización y de aceptar sin represalias la des-idealización. Solamente en la medida que mermaran la angustia, el mórbido ideal del yo y la autoexigencia del padre, aumentaría su capacidad para percibir las verdaderas necesidades y deseos del hijo. La autoafirmación a través del propio deseo sería deficitaria. Tengamos presente que estos padres, tensos, intolerantes con sus propias limitaciones, exigen al niño que satisfaga sus expectativas personales, no otras, mostrando decepción, vergüenza, rechazo o enfado cuando el hijo no es capaz o cuando, sencillamente, no comparte esos objetivos.

Hablando, como propongo, de un padre maléfico o de una madre maléfica, podremos alejarnos de los fueros psicopáticos para fijarnos, concretamente, en las constituciones neuróticas y en los trastornos de personalidad asentados en cimientos narcisistas. Sin dolo, sin conciencia. Dichos padres no creerían haber desatendiendo ni dañado al hijo. Por el contrario, la vida de estos tutores parece girar en torno a la descendencia si bien no prevalecen –como ya se ha dicho- las necesidades emocionales del infante sino el buen balance y las compensaciones narcisistas que puedan obtenerse mediante del ejercicio de cierto rol parental.

En la medida en que emerja la parte destructiva o agresiva de estos padres, la víctima padecerá las características del niño maltratado física, moral o sexualmente. En la medida en que aflore una parte más bien libidinal (caprichosa, distraída, ensimismada o “solamente” ego-centrada), nuestro paciente presentará las características del perfil rabioso, derrotista o desatendido que daban a conocer los autores de Rhode Island. Secuelas aparte, aún cuando el sadismo de los narcisistas agresivos no se ponga de manifiesto con todos los hijos ni personas, conviene tener en cuenta el trato que de él reciben los disidentes.

A continuación intentaré ilustrar la dinámica y los efectos de la parentalidad maléfica a través del guión de una cinta clásica del cine norteamericano: “Esplendor en la hierba”. En el mismo, la debilidad del tercero necesario y esta desconcertante oscilación entre lo agresivo y lo libidinal en un mismo sujeto quedan también de manifiesto.

Notará el lector que, pese a su narcisismo, los padres de esta película no resultan tan odiosos ni antipáticos como podrían. Es cierto que, por un lado, se nos muestran las condiciones socio-económicas y el puritanismo de la época y que eso exculpa en parte a los progenitores. Pero si estos eximentes fueron tan subrayados, lo fueron por una razón que supera la necesidad artística de contar una historia dentro de un contexto plausible. Entrevistado por Michel Climent para el libro “Elia Kazan por Elia Kazan”, el cineasta recuerda los motivos por los que William Inge, inmerso en su psicoanálisis, quiso adaptar aquella novela para la pantalla:”Elia, me gustaría contar una historia acerca de cómo debemos perdonar a nuestros padres”. Ambos colaboradores mantuvieron algunas otras conversaciones al respecto. Kazan extrajo de sus palabras que, si finalmente se abraza a estos padres, se los puede dejar atrás y olvidarlos. “La escena que más me gusta de la película, después de la del final, es la vuelta de la clínica, cuando su madre deshace la maleta y se defiende frente a su hija, que la abraza. Por lo que ya, al mismo tiempo, la está rechazando. (…) Su punto de vista es un estudio del perdón a través de la comprensión. Los personajes están mejor tratados que en “Al este del Edén” –añade el director. Durante la entrevista, él mismo lo expresaba de manera contundente: “Os perdono, os quiero y adiós”.

 

TITULO ORIGINAL Splendor in the Grass.

AÑO 1961.

DURACIÓN 124 min.

PAÍS U.S.A.

DIRECTOR Elia Kazan.

GUIÓN William Inge.

MÚSICA David Amram.

FOTOGRAFÍA Boris Kaufman.

PRODUCTORA Warner BROS.

Escenas principales y análisis de las dinámicas narcisistas

1. La pareja adolescente reprime  su deseo sexual                                         (01:40)

Deanie y Bud aparecen en la primera escena. Besos a escondidas, la caída del sol, paraje remoto y coche descapotable. No han pasado a los asientos traseros. Ella se muestra deseosa pero inhibida. Su mano, tensa y rechazante expresa el temor que siente a su propio deseo. Su cuerpo se arquea. A más deseo, más tensión. Sin penetración de por medio, ya es frígida. Bud se frustra pero por encima de lo reprimido surgen las sublimaciones románticas. Desde el enfoque Modular-Transformacional se podría subrayar que el deseo de conservar el vínculo de apego (si no eres decente, no te querré) y de ser decente genera en la chica frustración sexual (no se consuma) y narcisista (no se alcanzan los ideales de una identidad adulta). En el muchacho, el deseo de conservar el vínculo de apego con sus mayores (debes respetarla o te alejarán de ella), con ella (debes respetarme o me alejaré de ti) y de ser un caballero, frustran también.

2. La chica y su madre                                                                                        (02:50)

La madre de Deanie se asoma por la ventana de la puerta de la casa familiar hasta la que el chico la ha traído en coche. Se asusta al ver que se están besando y, como avergonzada por cierta identificación con el deseo de la hija, se aleja. Entre tanto, en la planta baja, Deanie se frota contra el sofá con tensión sexual evidente hasta que es interrumpida por la madre inoportuna. Se atusa el pelo y el vestido con la torpeza de la vergüenza. Su madre tranca la puerta (genial en lo simbólico). Mujer algo taimada (finge no saber que Bud se ha ido), acompaña a la fastidiada chica por la planta principal mientras la enfrenta a temas que no pueden contactar con ella en ese momento. Deanie quiere escuchar el murmullo del mar en una caracola, icono e ilusión, de ingenuidad, de fantasías… Parece desagradarle la conversación y se aleja de la madre que, como a una niña, le ordena que beba la leche que le tiene preparada. Si recordamos cuánto se ha escrito acerca de los problemas que surgen cuando se hablan lenguajes distintos (Ferenczi), esta escena es palmaria.

Descubrimos la necesidad de control en la madre por motivos narcisistas (no ser –ideal negativo- una mala madre cuya hija sea preñada). No hay necesidad de apego en Deanie en esos momentos. La necesidad de conservar su erotismo por un lado y la de mantenerlo a salvo de la mirada persecutoria de la madre por otro, hace que la chica vaya evitándola por toda la casa. Huye, se refugia, todo con sutileza. Los gestos juveniles de Deanie -contrariados y a veces sorprendidos- indican que estamos ante los efectos menos conscientes de esta relación sobre ella. Como aquí vemos, no sólo existe una necesidad sensual/sexual dada, sino que también existe la necesidad de conservar ese estado hasta que alcance alguna otra satisfacción. Tener que abortar no sólo su satisfacción directa (“Bud, no me toques”) sino también alguna otra, indirecta (“si no me siguieras me restregaría hasta que se me bajase este ardor”), sería otra fuente de frustración y de agresividad en la chica. Para no sentirla ni expresarla, se evade, se ensimisma, se mece con la caracola de forma infantil (regresión). Se diría que Deanie andaba no queriendo saber qué era lo que la madre necesita averiguar hasta que la inquisición ha sido demasiado clara como para que su defensa consiga ignorarla. La necesidad narcisista de “ser buena” le obliga a mentir. La madre quiere saber de qué habla la pareja cuando está a solas. Mira a su hija de manera muy acusatoria, sostenida. La chica se avergüenza y sube a su dormitorio. Ante este claro alejamiento, la madre llama a Deanie con todo su nombre de bautismo: Wilma Dean Loomis. Se pone seria. Nosotras “tenemos que hablar” de esto porque yo necesito hablar de esto. Despotrica contra el deseo masculino y airea prejuicios contra las chicas que no se hacen respetar y con las que los chicos, al final, nunca se casan. La madre abre la puerta para saber si ya “han ido demasiado lejos”. Deanie está en paños menores, pero aún después de cerrar la puerta, la madre espera con los ojos cerrados la respuesta de su hija que, temerosa, lo desmiente. Pero la madre insiste, mostrando su desconfianza y forjando en la mente de la hija cierto miedo de sí misma, conciencia de temerla y la sensación de ser una fuente de preocupaciones. La chica se estaba lavando los dientes. Acto compulsivo y simbólicamente muy oportuno, ya que viene de besar a Bud.

Ahora Deanie avanza hacia su madre entre pícara y temerosa,  mordiéndose el dedo, anticipando una mala reacción. Quiere saber si sentir “eso” por un chico es “tan terrible”. “Eso” es un eufemismo para “deseo” pero también evidencia el conocimiento que Deanie tiene de la mente materna, ya que “esa” es la acusación que flota en el ambiente. Aplacándola de nuevo por adelantado, pregunta si es “tan” terrible. El presupuesto sería: estamos de acuerdo en que eso es terrible. Sólo quiero saber cuán terrible es. Consecuencias: mantenimiento del temor, consolidación de la inseguridad y en los cimientos, incorporación del discurso ajeno. Con todo, se lo pregunta. Parece que durante el pasado infantil sí pudo contar con su ayuda. La madre alecciona a la hija acerca de la falta de deseo de la mujer decente. Y la chica no reacciona con normalidad, contrarresta la sensación de amenaza con amor –abraza. El abrazo serviría a Deanie para: a) satisfacer muy desviadamente las necesidades sensuales/sexuales y de apego despertadas por Bud; b) satisfacer las que seguramente aún siente por su mamá (dada su juventud, su ingenuidad y la faceta tierna de la Señora Loomis); y c) poner fin a una situación persecutoria y amenazante -ya que los actos obscenos que tácitamente se le están imputando entrarían en conflicto con los ideales negativos y positivos inculcados por la madre y amenazarían con robarle el apoyo emocional que de ella necesita.

Excitada, preocupada por lo que ha oído acerca de la decencia y perseguida por la inquisición materna, su confusión, su tensión, su congoja y su vergüenza son de nuevo mal interpretadas por la madre. Ésta se inquieta y exige ser tranquilizada (“A ti te preocupa algo…”). Vemos otra ecuación sembrada en su mente para la futura escisión mental durante la clase de literatura (59:35): No hay dentro-fuera: ”lo que yo pienso se me ve”. Veremos entonces que Deanie señala a su cabeza con el rostro contraído como si esperara que la profesora viese su desorden mental. Volviendo a poner a la joven mujer allí donde la necesitaba, la madre se despide: “que sueñes con los angelitos hijita”. Así, Deanie queda a solas con la “bendición” de mamá, pero siente confusión, frustración y el enfado (arroja su viejo osito de peluche). Aún excitada por la tarde con Bud, su frustración se reconvierte en tensión y retoza pero en seguida sublima y besa las fotos de Bud en un tocador-espejo-altar. Donde podría mirarse ella, el espacio visual está ocupado por la imagen de otra persona. Donde quizá podía haber habido una masturbación completa y sin complejos, culpa y temor imponen un rezo atemorizado. Con estos movimientos Deanie procura la restitución de un balance narcisista precario que, equilibrado, brinda seguridad afectiva y finalmente material en una etapa en la que se “adolece” de casi todo.

La madre está ya en su propio dormitorio. Mirándose coqueta en el espejo, sin fijarse en el padre y con satisfacción por la extensión narcisista de sí en la hija, informa al padre de la suerte que han tenido consiguiendo a Bud –un objeto. A la Sra. Loomis le salen las cuentas del balance narcisista si cuenta con los activos de la hija. Su madre parece haber esperado siempre que Deanie sea lista y sepa situarse bien. Tratándose de una chica de principios del siglo pasado en un medio puritano, su realidad va a depender de su “elección de marido”. Y seguirá dependiendo siempre. De manera que, junto al deseo narcisista de la Sra. Loomis de saber situarla bien, está el deseo realista de hetero-conservación amorosa. Quizá también de auto-conservación material. ¿Qué retiro le quedará a la Sra. Loomis cuando muera el tendero? Son dos mujeres y dependen del dinero de otros. Su hija y un buen partido. Eso la tranquiliza.

3. El chico y su padre                                                                                         08: 25.

Bud se encuentra con un ambiente social vigoroso, masculino, en el que bien podría desahogar la energía física sobrante mediante risas, cantos, voces, risotadas y golpes de camaradería. El chico viene muy tenso; ha tenido que senti-”mentalizar” su ardor. El padre quiere que participe de alguna noticia en la cocina. El pater sacude la espuma de su botellín sobre uno de ellos, deliberadamente, como quien eyacula. Humillación y cierta reparación directiva que su empleado tiene que aceptar: “Quítate la camisa y ponte mi chaqueta, te la regalo”. El hijo quiere irse. Se muestra tímido, empequeñecido ante hombres rudos, sucios, menos cultos y de clase social inferior pero más seguros. Notamos aquí el déficit primario de narcisización no compensado de un Bud que, en relación con aquellos mitos masculinos, “no ha podido construir una imagen valorizada de sí mismo; y, además, ha sido incapaz de compensar este déficit”. (Bleichmar, 1997). Su padre siempre exhibe grandiosidad pero a él no le especulariza positivamente. Hay exigencias de realización pero junto a éstas no aparecen mensajes de apoyo y de confianza en la capacidad del joven Bud para llevarlas a cabo. Si hubiera existido una hipernarcisización primaria, habría podido, al menos, identificarse con la grandiosidad paterna, lo que sólo veremos en forma de irrupción sintomática en la escena en que Bud pone a Deanie de rodillas.

Ya en el recibidor de la majestuosa casa, el padre le dice que haga justamente lo que Bud ya iba a hacer: acostarse. El padre se narcisiza a través del control sobre el otro. Esta  suerte de yo-social-función le evita al ego una humillación rabiosa por la pérdida pública de autoridad sobre personas o circunstancias que no puede dominar. Entonces: “Tú, hijo, no te vas a la cama por que quieras, sino porque yo quiero que mañana ganes el partido para mí”. Pero antes, le conduce al salón. Hay algo que necesita comunicarle a Bud. El padre le habla a su hijo en un lujoso salón repleto de maquetas y de trofeos -recordándole a él y a sí mismo el gran “self made man” que aún es y será. Aquí se nos da a conocer una parte muy importante de la vida del padre: pensaba ir a la universidad a través del deporte. Lo cierto es que cayó desde una torre de petróleo. Cojo y frustrado, está decidido a realizar su talento académico y deportivo a través de un hijo atlético que, por su capacidad intelectual –media- y por su motivación –nula- no parece llamado a los estudios. El hijo tendrá que correr por los dos. El padre no permite que la emotividad surja. Rápidamente cambia de tema y se endurece (pensemos en W. Reich y en la coraza del carácter que surge sobre heridas narcisistas). No escucha a su hijo que, finalmente, renuncia a la palabra. El empresario tuvo “mala suerte” al caer de la torre. En su caso no hay torpezas ni hay imprudencias, se exculpa. Debe de sentirse demasiado culpable como para poder sentirlo. No parece que haya habido un duelo por la pérdida de los objetos narcisistas que eran para él su juventud, su vigor, su deportividad, su éxito deportivo o quizá sus estudios… Acaso decepcionó con ello a sus propios padres. Hoy desespera furioso por evitar que algo pueda frenar de cualquier modo a su hijo, incluso el amor. Sin darse cuenta, le asusta de la vida y le ofrece un anestésico contra el dolor de ser ignorado: la ambición. ¡Acaban de encontrar más petróleo! Eso es lo que quería contarle a su hijo. Con los últimos hallazgos, “las grandes compañías no podrán ignorar nuestra existencia”. Hombre, hijo y empresa se confunden. Aunque preocupado, el padre de Bud nunca tiembla. Parece más seguro de su poder sobre el chico de lo que la madre lo está de la hija. Bud y Deanie acusan esto en relación a la confianza que tienen sobre sus propias capacidades de contención. La del padre es más intensa. La de la madre lo es menos. Por eso la madre de Deanie desconfía, insinúa e inquiere. El padre sabe cómo hacer que su hijo sucumba; sabe cuándo tratarle como a un niño y cómo reforzarle con un trato simétrico en cuanto el joven accede a sus deseos. Golpes, bromas… La cara de Bud deja entrever derrotismo pero también cierta felicidad en este re-encuentro afectivo, físico y lúdico con su papá. Complicidad, secretismo y revelación. El padre es un hábil manipulador. Momento crucial de la carrera, el del paso del testigo: Bud mira pestañeando y sobrecogido, paralizado como un cordero ante un lobo que, dedo en alto, le hace augurios y promesas omnipotentes.

El narcisismo del padre no parece tener rasgos destructivos cuando se le “trata bien”. Su grandiosidad podría parecer solamente positiva, libidinal; el modo arrollador y vitalista de un hombre amante del éxito, de las satisfacciones de la vida y del placer; el brillo de un movilizador dispuesto a motivar a su hijo hacia una vida plena y estimulante. Pero, no nos llamemos a engaño, su narcisismo es del tipo que Rosenfeld llamó en 1964 y 1987 narcisismo destructivo. Si no sirves/me sirves para esto, no me sirves.

El director nos permite conocer también la relación del padre con su hija, la rebelde. Analizaremos sus desencuentros. Gracias a esas escenas, comprobaremos el trato libidinal que ofrece a unos como maléfico y el trato destructivo que dispensa a otros como maligno. La docilidad evita a Bud el tener que vérselas personalmente con la cara menos amable de su padre. El caso de su hermana le previene.

Mientras el padre de Bud rutila desde su propio género con desprecio de lo femenino, descubrimos escondida a una madre sumisa que, con espontaneidad quebradiza, se refrena por temor a interrumpir. Bud la recibe cariñosamente. Cuando decide acostarse y salir de esta situación el padre le rebasa de nuevo poniendo su propia voluntad por encima: ahora, vete porque yo lo quiero. Vemos a Bud marchar con los brazos colgando, abatido, ascendiendo por una gran  escalera sólida, cúbica, oscura y pesada. Escuchamos una frase lapidaria del padre a la que Bud no puede replicar y en la que se condensa su relación: “Todas mis esperanzas están puestas en ti”.

Cuando Bud se encuentra a solas en el oscuro dormitorio (adornado por la maqueta de una de las torres del padre) emerge la agresividad rabiosa que viene conteniendo desde que Deanie le frustrara en el coche y a la que se han ido sumando gotas. Arroja furioso el balón. El es también lanzado por el padre hacia dónde no quiere ir. La suya es una  actuación brusca, vaga, anodina, insatisfactoria y sin destinatario claro por lo que tan sólo servirá para acrecentar su tensión inicial. No conseguirá desfogarle del todo pero le enfrentará a una imagen violenta de sí mismo que en el fondo teme y por la que no ha sido conocido, para todos “Bud es un buen chico”. El narcisismo de Bud se encuentra al borde del derrumbamiento. Tan sólo cuenta con una pequeña fuente de cariño, apego y especularización: Deanie Loomis. Será su pérdida lo que ocasione más adelante el trastorno depresivo permanente.

Notemos que el “pater” se rescata con exabruptos de todo contacto afectivo. Dice alguna cosa impresionante y pregunta qué hora es. Lo hace después de sentenciar frases que para Bud tienen un peso del que no logra liberarse con la misma facilidad. Veremos más adelante que la madre de Deanie hace lo mismo al pronunciar palabras melodramáticas que, como ella descubrirá, “no significan nada”.

4. La hija disidente y la dinámica familiar                                                          12:20.

Los próximos minutos de esta película nos presentan el primer desayuno familiar en casa de Bud a la llegada de una hija decepcionante para el padre, de la que éste reniega y a la que su madre poco puede ayudar. Esta última soporta pasivamente las críticas auto-exculpatorias del pater haciendo que la muchacha, irredenta, necesite sacudirse la identificación con ese modelo femenino. Su apego parece inmediatamente ligado a la empleada de servicio, de clase inferior y con quien, por otro lado, no caben la envidia, la rivalidad, ni posibles celos edípicos. Abraza a la criada con desamparo infantil mientras lucha con todas sus fuerzas por consolidarse frente a su tirano y por hacer valer su voluntad ante los “ninguneos”. El padre de Bud pone las culpas fuera de sí, es refractario y habla sin tacto alguno del bochornoso divorcio de la hija. La madre, que tiende a angustiarse, no soporta el peligro de los enfrentamientos e intenta aplacar a su marido devolviéndole el poder y el control de la situación al decir  “tu abogado anuló el matrimonio”. La “mala hija” ha incorporado como defensa los modos de comunicación ofensivos del padre y ya se refiere a los demás de manera despectiva (pueblucho, criticonas…). A lo largo de la cinta, la chica mostrará rasgos propios de una organización limítrofe todavía adolescente (frecuentes actuaciones, huidas, odios, burlas, fragilidad, promiscuidad, impulsividad, visión radical, adicciones, visceralidad, combatividad permanente…).

Bud llega y da los buenos días pero no se sienta a la mesa. La hermana disidente no lo saluda. Tan sólo le habla de algo que el padre quiere imponerle a ella. Pretende servirse del hermano para enviarle un mensaje a su objeto interno más significativo, el más destructivo, el padre. Bud se evade respetando una presunta cláusula de exclusividad con el padre e ignora las palabras de su hermana.  ¿Cansado de que intenten utilizarle? La hija sólo trataría con ella misma utilizando a todos los demás como medio de autoafirmación constante frente al padre. La madre teme que se deteriore la relación familiar; en realidad se está relacionando siempre desde su necesidad de armonía utilizando también a los demás, aunque sin mucho éxito. Y el padre sólo teme que se pierdan sus relaciones de poder sobre un medio en el que lo mismo significan mujer, hijos o empleados. Estas necesidades narcisistas propias son las que convierten a todos los Stamper en una familia tan disfuncional. Cada uno tiene sus necesidades -distintas, poco conscientes, indirectamente expresadas y apenas captadas por los demás. Hablan pero no se hablan. Por otro lado, ¿qué dos clases de mujeres está conociendo Bud a través de la mirada paterna? Arisca y desafiante frente a sumisa y despreciable. Recordemos estos polos más adelante cuando Bud humille a Deanie para después re-dignificarla. Su corazón ama a seres que su criterio prestado, el paterno, desprecia. Este desayuno es una buena muestra-resumen de la dinámica familiar. Nótese que el páter Stumper no necesita domeñar al servicio, lo trata hasta con amabilidad. El servicio está sometido y es inofensivo por definición.

5. La relación a dos extra-familiar de Deanie (novia de Bud)                                           14: 22.

Bud sale corriendo sin desayunar y recoge a Deanie. Deja atrás un hogar en guerra. De la mansión con tierras de los Stamper a una sencilla casita con jardín. Junto a ella se muestra con la fuerza, con la frescura o el liderazgo espontáneo que no logra tener en su propia casa. De camino a clase, ella lo mira como extasiada. Parece ir a perderse sin él. A una sola señal de su dedo por los pasillos, Deanie acude. Algo muy especial en lo de “estar frente a” Bud –su  espejo- la tiene encandilada. Cualquier interposición entre ella y este espejo hace que se sienta insegura. Durante la clase, Deanie se deja sumir romántica en vagas ensoñaciones que la alejan del tedio y pierde la atención a un exterior real que siente formal, desapegado y aburrido porque ni trata de ella ni alimenta su ego, cosa que sí hace su idilio con Bud. Su relación con la realidad exterior es parcial, está fijada. Es cuestión de tiempo que una mente así se repliegue sobre sí misma ante la pérdida del único objeto de interés.

6. Bud y el narcisismo de Deanie                                                                     18:25.

El esperado partido de rugby ha llegado y Bud está jugando en el campo. Desde las gradas, el padre aprieta las mandíbulas -furioso y solidario, mientras su hijo se encara a los contrincantes en “mala lid”. Como su progenitor, Bud empieza a servirse del locus externo al fracasar. Deanie, sentada a solas más abajo, vive y comparte toda esa rabia competitiva mientras los demás sonríen, jalean, animan y disfrutan del partido sin que les vaya el narcisismo en ello. Al terminar el partido, Deanie esperará a que Bud salga de las duchas. Cuando sale del colegio, al paso, él le devuelve el saludo a la misma chica coqueta y ensortijada que se les interpuso horas atrás. Llena de celos, Deanie la critica duramente, con los mismos tonos y argumentos con los que lo haría su madre. Quizá ella también haría uso de esos recursos si no anduviera tan perseguida. Como veremos más adelante, el intentar utilizarlos “disfrazándose” de chica atrevida, va a precipitar su escisión. De  momento, con esta altanería despectiva, Deanie lleva a cabo una especie de lo que Kohut denomina “removilización del self grandioso”. Cuando Bud pone límites a esa “madre interiorizada” de Deanie enfrentándola con determinación a lo absurdo de su exigencia absorbente, ella se disculpa para evitar el enfado de Bud (también será así en la escena siguiente: “Bud, por favor, te lo suplico; no te enfades conmigo”). Por su reacción, Bud podría parecer furioso pero ella no capta que, en el fondo, está deprimido por esos celos. Mostrándolos, Deanie lo minusvalora. Al hacerlo, cuestiona el valor de su objeto narcisista y la fuerza de lo mejor que él mismo cree sentir. Acorralado, Bud termina pidiendo perdón por su espontaneidad. Luchará por deprimir esta nueva frustración, por extinguirla, redirigiéndola finalmente hacia dentro del circuito que él es. Allí quedará atrapada creando disforia y tratando de liberarse en la escena siguiente. La queja, vaga, superficial y demasiado estrecha, no conseguirá canalizar todo ese malestar y Bud terminará dirigiendo golpes contra sí mismo.

7. Deanie y el narcisismo de Bud                                                                       20:20.

Si Bud llegase una terapia, la demanda principal podría ser la siguiente queja: “No logro comprender lo que me pasa desde hace días. Me pongo furioso por todo…”. Su amor por ella hace que el soportar fuentes indeterminables de vacío malestar tenga algún sentido –un sentido más profundo que desde su pobre autoestima no consigue crear al haber carecido de amor sólido e incondicional. Ahora Deanie mira sufrir a un Bud íntimamente desesperado y que al entrever su odio, no se gusta. Lo empuña sin saber contra quién pero ella frustra ese conato; impide que lo vuelva contra sí mismo.

Ella le busca ahora por apego. Él responde con un lenguaje sexual y Deane, como una gacelilla, huye. Mamá no está dentro de casa. Pueden entrar. Bud bromea. Casi se burla en Deanie – o a través de ella- de su propia sumisión filial. Ella le refrena y corre las cortinas para sentirse a salvo dentro. En actuación intensa, dura y significativa, el chico canaliza aquella frustración de la descarga agresiva y este rechazo sexual. Dado esto, actúa una humillación perversa arrodillando a Deane que, desconcertada y sin más remedio, obedece. Repite una por una las frases desesperadas de un Bud al que todo le dice “no” y cuyo narcisismo zozobra en expectativas ajenas. La necesidad imperiosa de satisfacerlas y el temor a no dar la talla -ni siquiera ante la parte de sí que tiende a interiorizar los deseos ajenos- son agobiantes. Cuando una persona teme ahogarse en el mar sumerge al socorrista para salir al flote. En su desesperación, ha ocupado por un momento el lugar del padre -uso del objeto para compensar el narcisismo-. Sólo al verla llorar puede identificarse, mostrarle empatía, darse cuenta de sí y salir de su actuación y excusarse: “Soy yo quien debería ponerse de rodillas ante ti” (Arriba o abajo, ¿es que para Bud no puede haber relaciones de otro tipo?) Deanie cae en una especie de trance flotante. De este modo, “el carácter masoquista intenta mitigar la tensión interna y la amenazante angustia con un método inadecuado, es decir, exigiendo cariño mediante la provocación y el desprecio” (Reich, 1949). La forma pasiva de la unión simbiótica es el masoquismo que evita el intolerable sentimiento de aislamiento y “separatidad” (separateness) convirtiéndose en una parte de otra persona que la domina (Fromm, 1980). La forma activa de la fusión simbiótica es el sadismo. La persona sádica quiere escapar de su propia soledad y de su sensación de estar aprisionada haciendo de otro una parte de sí misma. Activo y pasivo compartirían una relación sin integridad ya que se con-funden.

8. El hechizo de Deanie                                                                                        24:44.

Cuando Bud se marcha, la madre de Deanie llega al salón. Deanie se olvida de Bud en cuanto éste desaparece. El tercero necesario se ha esfumado. Súbitamente estará en armonía con su madre. Una especie de disociación maléfica debe entrar en acción para que la chica pueda olvidar el que hace un instante estaba encendida, arrodillada, excitada, humillada, escandalizada. Todo ha desaparecido, sin más. Sigue a esto un sermón agresivo por parte de madre. Trata de controlar a Deanie través del miedo, pero, de otro lado, sirve para ocupar dentro de sí misma el lugar del juez moral y para depositar allí, en la hija, ciertos sentimientos de culpabilidad. Proyección de los aspectos conflictivos y ataque al objeto externo. Pero hasta si pensamos que Deanie sea querida para la madre y vivida como extensión de sí misma, todo daño inflingido por la Sra. Loomis a Deanie podría verse como ataque dirigido contra sí misma para aplacar el superyo. Este bucle explicativo de la agresividad del sujeto narcisista como autoagresividad explicaría quizá la vivencia interna tan repetida por el agresor que se cree sincero al decir: “No quiero hacerte daño con esto. Me duele más a mí que a ti, pero he de hacerlo. Es por mi/tu/nuestro bien. Para que mi superyó me/te/nos deje en paz”. 

9. Bud quiere casarse. Pujanzas entorpecidas. Intentos frustrados              27:20.

Cuando Bud, animado por el ardor y ayudado por un afecto intenso, consigue armarse de valor, anuncia su deseo de casarse pronto. El padre se burla. Con todo, Bud lucha, le detiene y expone sus planes: no quiere ir a la universidad, no se considera capacitado y se auto-desinfla ante el padre. Diciendo esto le ofende. Desde la butaca tapizada con la piel de alguna fiera (¿cazada por él?) el padre lanza la fuerte brazada de un jaguar y le engancha. (A Deanie la atraparon con más sutileza, con la madeja de lana). Bud quiere estudiar agricultura. Propone cuidar de un rancho del padre y así serle útil. Ha pensado en un plan provechoso y viable. («Se trata de mi porvenir, no del tuvo». Eso ha sido lo más cerca que Bud ha estado o estará de sí mismo). Pero ese plan tiene un fallo: su felicidad actual sigue pasando por que el padre le facilite la vida poniéndole un rancho en el que vivir con Deane; que le patrocine su masculinidad. El padre, con el brazo sobre su hijo, malogra ese afecto planteándole a Bud una disyuntiva entre su necesidad de amor y de seguridad. Invitándole a consolarse con fulanas, denigra sus sentimientos puros por Deanie y bloquea toda posibilidad de duelo por la pérdida de esta ilusión y por sus limitaciones actuales, por una amor acaso materialmente imposible pero hermoso y digno de ser llorado. No reconoce el temor de Bud, la urgencia y que el paso del tiempo habrá mellado esa felicidad; niega el caracter insustituíble del ser amado y rebaja a la novia a la condición de objeto reemplazable. Bud habla con el lenguaje del afecto y su padre responde con el del sexo. Pervierte y anula toda su afectividad. Pretende que, después de esa denigración, de ese triunfo y de ese desprecio sobre el objeto, podrá casarse con ella y el hijo lo cree. El encantamiento está cerrado. En el momento en que Bud repite las palabras mágicas (los deseos del padre como propios), ya no hay vuelta atrás. Como vemos en otro momento de la película en el que nos detendremos ahora, la hermana de Bud conoce bien su modo de reaccionar, así que no le extrañará que finalmente haya renunciado a casarse : «Mi hermanito siempre hace lo que le dice papá». Una de las alternativas ante el peligro es la de hacerse el muerto: «Cuando algo le preocupa prefiere encerrarse en sí mismo y quedarse quieto en vez de reaccionar y defenderse». Esa forma de respuesta explicará en buena parte la depresión en que le veremos sumido más adelante.

10. La vulnerabilidad de la guerrera                                                                   39:34.

Fiesta de fin de año. Vemos como Virgie, la hermana combativa, con las defensas bajas y los temores ahogados por el alcohol, aprovecha la ocasión para mostrale al padre afectos reprimidos. De nuevo, el lenguaje del amor filial y el de la seducción se confunden. «Te (ME) estás poniendo en evidencia», le reprocha. Y regresa a su alegre mascarada. Poco más adelante, no habrá en el padre ninguna conciencia de haber provocado con su severo rechazo la conducta patética y lamentable de Virgie. A sus ojos, la hija iniciará, motu proprio y de la nada, la siguiente provocación. Sensibilidad petrificada, la pobre joven de nombre «virginal» se arrastra ante otros hombres. Les regala o «muy malvende» lo que el padre no quiere, su amor. El empresario sigue festejando y encarga a Bud que cuide del buen nombre que ha bruñido durante tantos años; que se la lleve a casa o que la borre. La chica se retira invirtiendo los papeles: "no me desprecian, yo les desprecio a ellos". Los imagos paternos, la idea que tendrá en general de los hombres (hipócritas), de las mujeres (esclavas) y la necesidad de sostener con rigidez una imagen heterea, inestable y voluble de sí misma (sujeta a la imprevisibilidad de un juicio paterno ya interiorizado), explican bien sus conductas de autodenigración, sus adicciones, la torpe elección de los objetos de amor, sus comportamientos de riesgo y su combatividad. No conocemos la vida infantil de los hermanos Stamper y por lo tanto, no podemos saber con qué resiliencia podría contar pero, teniendo en cuenta el modo en que reacciona durante esta adolescencia, Virgie   -que morirá más adelante conduciendo borracha- podría haber llegado a la adultez con rasgos propios del espectro borderline, con algún trastorno severo del apego. Para ella, los hombres y el alcohol parecen actuar como experiencia de satisfacción sustitutiva ante la angustia por la humillación sufrida. Se desplaza bebida y torpe de un lugar a otro, agresiva ante la sujeción física puesto que la libertad de movimiento parece ser la única que le queda.

11. Ir a la guerra de otro con las armas de uno                                                 42:55.

Cuando la hermana abandona ebria la fiesta, Bud sale como un rottweiler a defender la «finca narcisista» de su padre pero, sobrepasado por la infamia, recurre a la fuerza bruta. Él no tiene, como su padre, don de gentes; es tímido, inseguro. Estas diferencias desquebrajarán a Bud. Si contase con los medios, la donosura, el talento y acaso la dureza emocional de su padre, podría hacer suyas -egosintónica y exitosamente- las razones de éste y también sus maneras, resultando todo de ello un sistema funcional y asintomático. Sin embargo, carece de aquellas armas, nadie le enseña a utilizar las suyas y es –como el Golem- un torpe y desgarbado imitador. Sus pulsiones le vienen grandes; siempre ha evitado los enfrentamientos, ha renunciado a todo lo que deseaba por seguridad, pero ahora sabe que ésta seguridad escapa a su control, que no basta con ser bueno. Está desbordado, tiene que reequilibrar y, para ello, abandona a Deanie. Al hacerlo se evita complicaciones, tensiones y frustración. Cuando no se puede “no querer” se puede “no poder”. En una especie de evitación agresivo-pasiva, decae como deportista y como estudiante. Al decaer boicotea al padre. Pero con las complicaciones, se ha quitado también fuentes de placer y ciertos apuntalamientos narcisistas.Ya nada le sostiene, pierde peso y contrae una grave pulmonía.

Bleichmar (1997) señala:

“Si las defensas y/o compensaciones son exitosas no hay depresión narcisista. Pero si fallan y no se pueden sostener o provocan trastornos en las relaciones interpersonales o en los logros en la realidad o perturbaciones del funcionamiento yoico, al ser codificados como fracaso narcisista, entonces se produce depresión narcisista. Además, el trastorno narcisista no compensado puede originar diversa sintomatología: trastornos de la sexualidad, fobias, obsesiones, hipocondrías, etc., pues al tener el sujeto una imagen de sí como débil, incapaz o impotente, todo le resulta amenazante”. (pag.389).

Además, el módulo de auto-conservación sobre el que gravitaba una creencia básica para Bud (si evito los enfrentamientos estaré a salvo) se ha venido abajo y ha descompensado también el sistema, haciendo que tenga que enfrentarse por apego y por deber en defensa de la conservación ajena (pelea en el garaje) y en defensa de su propio narcisismo de pertenencia (al apellido Stamper). A eso le sumamos la pérdida sin elaborar de Deanie y la pobre auto-imagen que todo esto le devuelve.

12. Deanie colapsa                                                                                               56:35.

Podemos imaginar cual ha sido la reacción de la Señora Loomis al saber que Bud ha dejado a su hija; la clase de “preguntas con semilla de respuesta “que le habrá hecho. Perseguida y alejada del objeto idealizado (lo bueno, el ideal, se había puesto en Bud) y de la posibilidad de llevar a cabo las expectativas de su madre y enferma de celos, la mente de Deanie se romperá durante una clase de literatura. La belleza de la fusión con otro ya no será posible. Le queda por delante toda una vida de nostalgia. “Tomar conciencia” de esto durante la lectura de un poema, desencadena una crisis nerviosa profunda que termina con ella en el hospital, vacía, borrada… No ha podido adaptarse. Se diría que cierto déficit infantil o cierto problema para llevar a cabo la representación mental de ella misma como valiosa –representación que la separase de aquella madre durante el desarrollo- hizo que el encontrarla a través del vínculo con Bud supusiese un inmenso placer, una intensa sensación de completud. Podría haberse tratado de una nueva oportunidad vital para independizarse psíquicamente de una manera confiable, pausada y tolerable; pero la oportunidad se ha perdido.

“Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo.”    Intimations and Inmortality. William Wordsworth, 1850.

13. Enloquecer en el encuentro insólito con la vivencia subjetiva            01:01:13.

Hasta hoy, el universo de Deanie Loomis habría crecido preñado por los temores y significados de la subjetividad materna. Poco a poco aquel sentido ajeno de la vida se le  desdibuja. Parece que ya no hay nadie «dentro», que nadie la sostiene. Deanie intenta mantener una integridad postural -de la que no parece muy segura- mientras baja las escaleras. Su «esquema corporal» está alterado. Se encuentra a solas, perdidas las fantasías y las representaciones prestadas, enfrentada a algo del orden de lo real, a la anestesia y a la pérdida de significados. Hueca. Fachada en pie de un edificio caído. Cámara subjetiva; cosas y personas salen grotescamente a su encuentro y podemos compartir su extrañado punto de vista. Indiferenciados el adentro y el afuera y como necesitando establecer una frontera extracorpórea, se cierra las cortinas del salón. La madre la trata de una manera algo infantil. Celebran la subida de las acciones y mencionan a Bud como no comprendiendo cómo ni cuánto pueden afectarle esas noticias. El sentimiento de Deanie es «quiero morirme». Podemos pensar en el deseo de seguir matando dentro de sí a la madre que la habita. Sin embargo, este secreto al oído de la madre podría ser más bien el enunciado perturbado de su vivencia, del borrado de significados, de ya estar muerta. Frente a sus intentos de volver a sentir la esperanza de recuperar lo perdido, sus padres mostrarán desde su torpe intención toda una gama de cegueras emocionales, prioridades materiales e incompresión. El padre sí conseguirá advertir y cubrir una necesidad de Deanie. Nos lo demuestra al decirle dónde encontrar a un Bud Stumper tibio, acomodado en lo cotidiano y cuyo padre suicida habría preferido morir a tener que vivir sin sus apuntalamientos narcisistas.

Bibliografía

Bleichmar, H. (1997), Avances en psicoterapia psicoanalítica. Barcelona: Paidós

Climent. (1998), Elia Kazan por Elia Kazan. Fundamentos.

Donaldson-Pressman, S. y Pressman, R.M. (1997), La Familia Narcisista. Diagnóstico y Tratamiento. Jossey-Bass

Fromm, E. (2002), El Arte de Amar. Paidós.

Freud, S. (1978), Introducción al Narcisismo. Obras completas. (1914). Madrid: Biblioteca Nueva.

Kohut, H. (1971), Análisis del Self. El tratamiento psicoanalítico de los trastornos narcisistas de la personalidad.  Amorrortu.

Marrone, M. (2001), La teoría del apego: un enfoque actual. Madrid: Psimática.

Reich, W. (2005), Análisis del carácter.  Paidós.

Rosenfeld, H., Aproximación clínica a la teoría psicoanalítica de los instintos de vida y muerte: una investigación de los aspectos agresivos del narcisismo. Rev. Uruguaya de Psicoanálisis T XIII Nºs. 2 y 3.