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aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 041 2012

Las agresiones al cuerpo en la adolescencia

Autor: Pietrocola, Annamaria

La aceptación de la realidad es una tarea sin fin

D. Winnicott

Esta investigación tiene su origen en la observación del incremento de las agresiones contra el cuerpo en la población adolescente. La enfermería escolar no es sólo un lugar de cura, sino un refugio, lugar de protección frente a la angustia que la pubertad produce. En este contexto, el recurso a la agresión aparece como un intento de expresar e inscribir en su cuerpo una angustia impensable e inexplicable oralmente. El encuentro con la psicóloga permite al adolescente dar de nuevo importancia al pensamiento, criando un espacio de expresión y relanzando el proceso de subjectivización.

This research stems from a noticeable increase in the number of cases of self-harming, predominately within the teenage population who are turning to school nurses, not only as a source of care but also as a refuge from family or peer pressure. It’s possible that subconsciously, resorting to the act of self harm could be an attempt to express and subject the body to an unthinkable distress. The meeting with the psychologist can to teenagers to think and to build “a speaking time” about themselves.

   

El siguiente artículo nace del deseo de compartir una experiencia clínica y una reflexión teórica a partir de un trabajo universitario de investigación iniciado en enero del 2007 con adolescentes de las escuelas primarias y secundarias de la Academia de Poitiers, Francia.

Generalmente, no está prevista la figura de un psicólogo clínico en la enfermería escolar. La idea de crear un espacio de escucha en este lugar se debe a la constatación de que encontrarse con los jóvenes en un punto de su vida cotidiana puede permitir el acceso a una población que sufre y no acude a los profesionales, sino que en muchas ocasiones ocultan este sufrimiento,

En Francia, los datos del INSERM (Instituto Nacional de la Salud e Investigación Médica) confirman que en los últimos años ha habido un incremento de los comportamientos de agresividad corporal, sobre todo en adolescentes, como, por ejemplo, instintos de suicidio, escarificaciones. Estas agresiones llaman la atención de padres, familiares, educadores y del personal médico. En la estructura en la cual se desarrolló este trabajo, recibo adolescentes con equimosis, lesiones cutáneas, tricotilomanía[1], así como con patologías menos graves (acné escoriado, rascarse hasta sangrar...).

Esta investigación se inscribe en el estudio de la adolescencia y de las diversas formas de expresar el sufrimiento psíquico a través de las agresiones contra el cuerpo. A la luz de la teoría psicoanalítica, el recurso al acto podría esconder “algo” que no encuentra expresión en la palabra. En efecto, en esta fase del crecimiento, el adolescente siente necesidad de alejarse de los viejos placeres de la infancia y de la figura parental para convertirse en sujeto y actor de su vida mediante un proceso de “subjetivación”.

Adolescencia: deconstrucción de la intersubjetividad

La palabra adolescencia deriva del latino “adulesco”, que significa crecer. El crecimiento es un proceso y un movimiento que implica una transformación a partir de la pubertad. En el plano físico, con la genitalidad, se presenta un desarrollo del carácter sexual secundario acompañado de un aumento de la fuerza. En el plano psíquico, el crecimiento se manifiesta con una serie de adaptaciones que el adolescente debe cumplir para entrar en el mundo adulto. En efecto, él se enfrenta solo a la llegada de la genitalidad, y en consecuencia, debe remodelar sus mecanismos de defensa para afrontar esta nueva pulsión, modificar el “Super Yo” y el ideal del “Yo”, restructurar las relaciones con las “imagos” paterna y materna, sobre todo, separarse del primer objeto de amor para consagrarse a los nuevos amores. El adolescente ya no es un niño, sino un “pre quelqu’un”, como sostenía Kestemberg (1999).

Freud (1905) puso énfasis no tanto en el proceso de la adolescencia sino en la noción de pubertad. De hecho, en los “Tres ensayos sobre la sexualidad”, sostenía la hipótesis de que son más bien las “transformaciones de la pubertad” las que forman los puntos de referencia del desarrollo psíquico. Analizando sus escritos, la adolescencia aparece como un tema muchas veces abordado, pero nunca profundizado. No es un tema tratado en el interior del tratamiento clínico como una entidad en sí, pero en el caso de Dora y en el de la joven homosexual, Freud sí se ocupó de los adolescentes. La adolescencia será definida a continuación como “la sirvienta del psicoanálisis» por Anna Freud, quien subrayaba la dificultad de conjugar teoría y práctica en la psicologia clínica con los adolescentes.

Años después, Aichorn y Winnicott (1969) se interesaron por la adolescencia y sus manifestaciones agresivas y antisociales. Winnicott en particular, apoyándose en los estudios de ámbito etológico de Harlow y en la teoría del apego de Bowlby (1978), puso hincapié en las relaciones madre/hijo a partir de la primera infancia. Winnicott (1971) introdujo el concepto de “holding” para designar la calidad de la cura, el modo en el que la madre “suficientemente buena” sostiene, lleva y habla a su hijo, permitiéndole apropiarse progresivamente de un “Yo” para a continuación separarse de él.

Las teorías actuales sobre la adolescencia retoman la teoría winnicottiana y el análisis de las relaciones creadas durante los primeros años de vida [2].  concepto de “intersubjetividad” al cual se refiere este estudio, se apoya en la reflexión teórica de la escuela francesa.

Retomando Rousillon (2004) se define lo intersubjetivo como “el encuentro de un sujeto, habitado de pulsiones y de vida psíquica inconsciente, con un objeto, que es igualmente otro-sujeto y que al mismo tiempo es animado por una vida pulsional en la cual una parte es inconsciente[3]». En este contexto teórico vemos un intento de integrar la dimensión inconsciente del objeto, su respuesta a los movimientos pulsionales del sujeto y cómo ésta puede influenciar el devenir psíquico del sujeto.

Durante la adolescencia, la intersubjetividad de los primeros años de vida necesita ser releída para que el adolescente pueda formarse como sujeto. De hecho, el adolescente llega con estratos de historia y escenas que se han formado en las etapas precedentes del desarrollo; relaciones con los objetos primarios que han dejado huellas.

Laplanche (1987), a propósito, introduce el concepto de “signifiants énigmatiques” que en esta fase de la vida encuentra una nueva potencialidad con la reactivación del Complejo de Edipo. La adolescencia, en este contexto teórico, sería un período en el cual se puede encontrar un sentido a lo que ha quedado suspendido en las etapas precedentes del desarrollo. Ahí se reencuentra entonces la fuente de una intersubjetividad que debe ser “deconstruida”, pero ¿cómo separarse sin fragmentarse?

La relación con el terapeuta puede permitir que el adolescente haga una revisión de su pasado con la finalidad de constituirse como sujeto separado de la dualidad infantil.

En la enfermería

El tratamiento clínico del adolescente necesita adaptaciones técnicas. En algunas ocasiones, el terapeuta debe dejar a un lado el diván y su neutralidad para mirar al paciente desde otra perspectiva.

La Academia de Poitiers, en cuyas escuelas se desarrolla esta investigación, proporciona a sus alumnos un lugar de cuidados: la enfermería. Los adolescentes generalmente recurren a ella en caso de malestar físico, para obtener medicinas o algún otro tipo de cura. En el transcurso de los últimos años se ha notado que los jóvenes vuelven regularmente a la enfermería con cualquier tipo de excusa. Aquellos adolescentes que se “agreden” probablemente buscan algo que va más allá de un cuidado médico. Pero ¿por qué van a la enfermería?

La adolescencia es “una historia de espacio”, decía Jeammet (1997). El joven necesita tomar distancia, alejarse del primer objeto de amor para diferenciarse. Los padres ya no son los confidentes y en ocasiones ellos se encuentran en “una fase de edad media” que les crea angustia. A veces no saben darse cuenta del sufrimiento de sus propios hijos o mantenerse íntegros, “sobrevivir” como diría Winnicott, frente a la provocación y la agresividad que los adolescentes manifiestan en este período de confrontación. Los profesores,  por su parte, no siempre piensan que ocuparse de la personalidad de sus alumnos forme parte de las tareas que se les asignan y, por otro lado, al final el grupo que les sostiene, apoya y con el que se identifican no consigue contener su angustia. En este contexto, la enfermería puede convertirse en un lugar donde refugiarse, protegerse y reencontrar “un control materno”. 

Durante la realización de este trabajo, se seleccionaron 70 jóvenes de 13 a 19 años que presentaban diversos desórdenes, y entre éstos sólo 15 (8 chicos y 7 chicas) que recurrían a las agresiones corporales fueron seleccionados y se convirtieron en objeto de este estudio. Después de las sesiones clínicas de investigación, cinco adolescentes desearon seguir el estudio durante el año escolar. Tres de ellos iniciaron una psicoterapia de inspiración psicoanalitica y siete decidieron suspender las sesiones por el momento.

Los adolescentes sobre los cuales se fundamentan las siguientes reflexiones clínicas fueron en parte seleccionados por consejo de la enfermera, que ya había tenido la ocasión de tratarlos. Otros decidieron participar voluntariamente en esta investigación, tras  una actividad llamada “Quand je serai grand”[4] (Cuando sea grande) organizada en las escuelas.

Estos jóvenes presentan probablemente un denominador común en el modo de vivir su propio cuerpo, aunque en el plano diagnóstico emerge una cierta heterogeneidad. En este contexto de investigación no se desea prestar atención a una lectura diagnostica del síntoma; se prefiere centrar el estudio en el ámbito de los ataques al cuerpo como medio de expresión e inscripción de un sufrimiento psíquico.

La modalidad de esta investigación se basa en la metapsicología freudiana, en la asociación de las ideas y la escucha del inconsciente. El objetivo general, a diferencia de la psicoterapia clásica, no es obligatoriamente ayudar al adolescente a tomar conciencia de las partes de sí mismo que no conoce. En realidad, estos adolescentes no siempre sienten el deseo de cambio, pero llevan consigo un dolor fisico y un sufrimiento psíquico. Escuchándolos, se descubre que muchos de ellos no están acostumbrados a hablar de sí mismos y de su propia vida. De este modo, cuentan de forma efectiva su vida cotidiana, quedándose anclados en un presente inmediato y les cuesta tener acceso a los recuerdos, mezclando representaciones y afectos. A este propósito, Ferro (1997) sostiene que “un discurso a veces banal contiene todo lo que un adolescente quiere y puede decirnos”.

En este contexto clínico, el primer objetivo es tratar de crear un canal de comunicación con el adolescente, dando vida progresivamente a una relación, a una “transferencia de base” que permita un primer terreno de inscripción del movimiento “transferencial” y “contratransferencial”. Gracias a la relación clínica, el adolescente puede invertir o reinvertir la actividad del pensamiento de modo que el preconsciente y la actividad asociativa puedan ser de esta forma reanimadas.

La fragilidad narcisística de estos jóvenes no facilita la interpretación. En general, me  propongo como una “Yo auxiliar” capaz, en algunos momentos, de crear lazos entre los diversos elementos de la conversación y de relacionar pensamientos y “sentimientos”, entre pasado, presente y futuro. Esta intervención  llega a ser una preparación para una indicación psicoterapéutica sucesiva.

En el trabajo de investigación, después de las sesiones clínicas, se utiliza el dibujo como medio para movilizar la palabra. Se le pide al adolescente dibujar en una hoja lo que ellos hacen con su cuerpo. El dibujo se convierte en un mediador, que permite expresarse al conflicto psíquico inconsciente. Lo que cuenta no es una reproducción fiel de la realidad externa, sino la reflexión que hará el adolescente durante la conversación.

Charles

Charles tiene 19 años. En un joven alto y robusto, que cursa el cuarto año en un instituto profesional. Frecuenta la enfermería desde hace dos meses después de haberse fracturado su mano derecha. Ha tenido una buena relación con la enfermera hasta el día en el que se enfadó y golpeó su escritorio.

El encuentro se produjo algunos días después de este hecho. Tenía una expresión algo adormecida. Durante las sesiones me contó su historia: una trayectoria escolar poco brillante, cursos repetidos, una formación que no terminó siendo lo que soñaba, generalmente le cuesta dormir y seguir las clases, se siente lejos de sus compañeros y su círculo de amigos es reducido.

Se pone nervioso a menudo delante de los demás y se hiere regularmente en accidentes o peleas. Recientemente un coche pasó por encima de su pie, se quemó las manos y tuvo algunas fracturas. “La violencia no es una solución sino una opción, cuando no hay forma de decir lo que uno siente” dijo.

Agrega a propósito de su dedo roto: “Me hace gracia haberme roto un dedo golpeando una puerta blindada, me hace mucha gracia, no era la primera vez. Las puertas, paredes, armarios no se quiebran en general, y la puerta blindada, ah, ésta sí se rompió. Yo he probado ese tipo de puertas y son bastante fuertes”.

Charles mira su dedo roto y dice orgullosamente: “Qué bien, ¡eh!”

Como se ha observado en otros adolescentes, Charles parece hacerse daño como una respuesta a provocaciones por parte de sus compañeros, o bien a decepciones amorosas. Las provocaciones se refieren a su madre, definiéndola como prostituta o mujer con la que tener encuentros sexuales. Estas palabras violentas reactivan fantasmas edípicos insostenibles que llevan al adolescente a actuar contra los demás y contra sí mismo.

Al final de la primera sesión Charles me dijo: “No sé si puedo fiarme, no sé si volveré…”. En todo caso, Charles se presentó a la segunda sesión y progresivamente encontró el valor para contar más cosas de sí mismo:

“Mis padres siempre están encima de mí, no lo soporto, no me dejan existir”

“… Siempre he tenido relaciones conflictivas con mis padres, no sé por qué, nunca me lo he preguntado. Siempre me han sacado de quicio. Siempre que intento hacer cualquier cosa, nunca está bien, como quiren ellos».

El padre de Charles tiene 58 años y es ingeniero, la madre tiene 56 y es secretaria municipal. Ellos tienen otro hijo de 24 años. Charles cuenta: “Mi hermano es reservado, habla muy poco. Ha logrado tener éxito en el trabajo, es informático y tiene una novia. Tengo la impresión de no existir para él.”

Hace unos meses Charles se fue a vivir solo a un apartamento a pocos kilómetros de la casa de sus padres. A pesar de querer ser independiente por todos los medios, recibe regularmente la visita de su madre después de las peleas o las fracturas.

Con el tiempo se siente con más confianza en las sesiones y me cuenta:

“…Mi vida está llena de desilusiones, no puedo más, cada vez que le doy confianza a alguien me siento traicionado”

“Me duele mucho cuando alguien me traiciona, es como un cuchillazo en pleno corazón. Siempre me ha costado contener mis sentimientos. No importa cuál: amor, odio, dolor o amistad, prefiero romper. Hoy en día no siento nada, olvido todo, no pienso más en nadie…”.

Agrega: “Me gusta mucho la película de animación Kung Fu Panda porque es muy fuerte. Es un gran panda que nadie quiere, no es malo, pero está un poco perdido y es torpe, como yo en este momento”. La violencia de Charles y el carácter torpe del Panda pueden cohabitar en el “espacio de pensamiento” con el terapeuta.

Algunos meses después de nuestra última sesión, Charles comenzará una psicoterapia psicoanalitica semanal.

Charles dibuja un puño cerrado para representar sus heridas y comenta: “Este soy yo… Cuando me pongo nervioso. Los demás me desilusionan continuamente. Tuve una novia durante dos meses. Le di toda mi confianza y me traicionó. Se fue con otro. Si me la cruzo…”

En el plano gráfico, el dibujo de Charles muestra una mano en la que no se pueden ver los dedos, como una “castración”. Sin dedos no se puede acariciar. En el plano “transferencial”, Charles necesita mostrarse como un hombre fuerte, agresivo, que puede dar miedo a una mujer, por ejemplo a la psicóloga que podría “traicionarlo”. Un conflicto exterior, con forma de enfrentamiento, le permite mantenerse a distancia y al mismo tiempo hace soportable el riesgo de acercarse al objeto en su mundo interior.

Céline

Céline es una adolescente de 14 años de buena apariencia. La vi por primera vez en una actividad de grupo en su escuela. No participaba mucho, parecía estar en otro lado. Al final de la actividad me pide una sesión diciéndome: “Necesito hablar”

Tuvimos un encuentro unas semanas después, habló poco y lloró mucho. Repitió varias veces llorando: ¡No quiero que me encierren de nuevo!”. Desde hace algunos meses vive en el internado de su escuela de lunes a viernes. Repitió curso el año precedente. Le cuesta concentrarse y dormir. Pasa la mayor parte de su tiempo dibujando. No le gusta la escuela, tiene pocos amigos, las relaciones con los profesores y con el personal educativo son conflictivas. Los caballos son su mayor pasión. “Me siento mejor con los animales que con los humanos” dijo.

Su familia vive en el campo. Su padre es cirujano y viaja mucho por motivos de trabajo. Su madre es guía turística ecuestre. Céline es la menor de tres hermanas, todas nacidas de una unión de su madre con otro hombre. Las relaciones entre sus padres son muy conflictivas. De hecho, se separaron después de la muerte de su abuela materna. Céline, entre lágrimas y sonrisas, me contó muchas cosas de ella y su familia. “Somos una familia extraña, mis hermanas ya no viven aquí. En casa estamos mis caballos, mi mejor amiga Stef y yo.”

En las conversaciones con Céline me pareció encontrar un tema frecuente: su madre. “…Siempre está en las nubes, se le olvida casi todo...”.

“…mi madre no sabe dónde va ni de dónde viene. Al principio la veía llorar, ahora lo hace menos… toma medicamentos para poder dormir. A veces no se encuentra bien de verdad. Creo que si su novio no estuviese con ella… Está cada vez peor, se encierra en sí misma”. “…no me siento cerca de mi madre. Cuando sé que está distante y que no está bien, no puedo sentirme bien, me pongo nerviosa”

“Siempre pienso en lo que puedo hacer y esto me pone todavía más nerviosa”.

Algo extraño le ocurrió meses después de su llegada al internado: “Me di cuenta cuando me levanté. No sé a qué hora pasó, puede que en la noche, fue muy extraño. Me aparecieron granos rojos en mi brazo derecho. ¡Qué raro! No sé qué era”, agregó. “A la mañana temprano comencé a rascarme, a mirarlos y a rascarme todavía más fuerte. Se me pusieron aún más rojos y yo me rascaba todavía más. Tenía que dejar de hacerlo, pero era irresistible, necesitaba rascarme!”.

Hablando de su necesidad de rascarse y de su “nerviosismo” precisó: “Me rasco cuando estoy nerviosa y no sé cuál es la razón, ¡qué extraño!”.

Céline, que siempre dibuja durante las clases, se negó a hacer un dibujo durante la sesión y en su lugar mostró otro hecho en el pasado, explicando: “Son unas caras, le doy mucha atención a los ojos. No son humanos, medio elfos más bien. ¡Es muy extraño, en este momento sólo dibujo eso!”.

Progresivamente Céline fue llorando menos y hablando de su historia familiar. Perdió un tío materno hace casi 5 años debido a una enfermedad grave. Acerca de este acontecimiento, Céline comentó: “Muchas cosas cambiaron en mi familia, mi madre hablaba muy poco y estaba siempre muy nerviosa”.

Las relaciones entre sus padres y sus abuelos maternos siempre fueron conflictivas y la tristeza se mezclaba con la agresividad. Céline cuenta que ha sido concebida “por error” según sus palabras cuando su madre tenía 43 años. Esta idea pone de manifiesto la fragilidad narcisista de Céline, ¿cómo puede quererse a ella misma si piensa no haber sido deseada?

Un mes después de la última sesión, Céline decidió volver a su antigua escuela para vivir cerca de su madre.

Análisis

La llegada de la pubertad y la posible realización de los deseos infantiles crean profundas angustias. Cuando las defensas, no pueden contener esta cantidad de excitación, el adolescente recurre al cuerpo, transitoriamente, atacándolo para evacuar e inscribir una angustia no representable.

Green (1968) habla por primera vez del “acting” refiriéndose al “transfert” y a la situación analítica. Posteriormente, la psiquiatria ha utilizado este concepto basándose en el paradigma tensión/descarga. El acto es designado como violento, impulsivo, inmediato, en el que no existe capacidad de representación. Sucesivamente, se han desarrollado hipótesis inherentes al déficit de mentalización, a las deficiencias de la capacidad, a la patología de la interioridad. A partir de estos aspectos teóricos fundamentales, se desea explorar lo que en la población adolescente significa “recurso al acto” sabiendo que en esta fase de la vida las instancias psíquicas [5] no están todavía del todo consolidadas.

Charles y Céline utilizan su cuerpo para expresar una impotencia llena de rabia que dirigen en su contra, en un mecanismo de inversión de la pulsión, con el objetivo de operar un control ilusorio frente a une angustia impensable. Según lo que se ha podido observar, estas expresiones corporales toman formas diferentes en función del sexo. De hecho, los chicos adoptan comportamientos mucho más espectaculares y las chicas, al contrario, comportamientos más “secretos” y reservados. Charles muestra a los demás su rabia y su cólera, con una escenificación “heroica” en la cual puede destruir todo sin que nada se le resista. En cambio las lesiones cutáneas de Céline suelen aparecer de noche, cuando se rasca lejos de miradas indiscretas y sólo habla de ello con pocas personas. En Céline es más evidente una dimensión depresiva.

En el recurso al acto, el cuerpo se vive como una válvula de socorro: en un momento de gran angustia es necesario que las tensiones internas sean evacuadas para que el adolescente pueda continuar existiendo psíquicamente en modo organizado y estable. El cuerpo se convierte entonces en un soporte que permite dar informaciones a su mundo interno. Los adolescentes comunican corporalmente lo que son, lo que viven en un período dado y su cuerpo -o más exactamente su apariencia- se convierte en un manifiesto por descifrar.

Pero el cuerpo no es sólo una válvula de socorro, no es solamente utilizado para asegurar la sobrevivencia psíquica del adolescente en un momento de desbordamiento de la excitación, puesto que se ha apreciado que las agresiones directas al propio cuerpo cubren un sentido importante en el proceso de subjetivización.

En efecto, como lo subraya P. Jeammet (2005) los adolescentes viven una dificil paradoja: por un lado sienten la necesidad de diferenciarse para existir; por otro lado, necesitan “nutrirse de los demás”. Esto significa utilizar les mecanismos introyectivos y de incorporación para construirse. Para muchos adolescentes, que sienten una fuerte fragilidad narcisista, este proceso es particularmente amenazador e intrusivo, porque los coloca en una posición psíquica de pasividad sin control. Entonces, ellos oscilan en un vaivén, entre búsqueda y negación del otro, entre el “muy cercano” y el “muy lejano”. La atención que el adolescente le da al cuerpo con comportamientos autoinfligidos, cubre un rol importante porque permite evitar ya sea la angustia del abandono  o de la intrusión. El “otro” es tenido a una cierta distancia y al mismo tiempo está presente. Esta presencia garantiza la sobreinversión de la percepción y la mirada en un intento de “agarrarse” al “otro” para no perderlo.

A tal propósito Chabert (2000) define las escarificaciones, sobre todo en las chicas, como “una ofrenda de sacrificio”  que busca atraer la mirada ajena y que es generada por el miedo de perder el afecto paterno. En la población observada, los adolescentes buscan, casi exigen, la atención de los demás. En un momento de pérdida y de separación  que no consigue ser elaborado, utilizan su propio cuerpo herido y con lesiones para captar la mirada de los demás, con el fin de evitar la pérdida. Una pérdida muy dificil de superar.

En el plano inconsciente, la reactualización del conflicto edípico infantil no consigue ser eliminado por completo. El adolescente que posee estos sentimientos de culpa intenta expiarlos infligiéndose dolor. En un momento en el que los estímulos provenientes del mundo interno son muy amenazantes y la actividad de simbolización del preconsciente es insuficiente, el adolescente prefiere recurrir a lo visible y a lo tangible para tratar de anular los pensamientos que no se pueden controlar. Lo que debería ser vivido como un “drama” edípico interno, se proyecta al exterior intentando eliminar su culpa. Las lesiones se presentan, también a un alto precio, como “producciones psíquicas”, intentos de representar un conflicto a través la escenificación de un acto violento contra sí mismo.

Durante las sesiones, los adolescentes muestran a menudo sus heridas que se convierten en objeto de reflexión. Buscando “la justa presencia” [6], entre el adolescente y el autor de este trabajo puede nacer un proceso de co-construcción, permitiendo al joven inscribir un acto doloroso y agresivo en su historia. Una primera forma de elaboración es posible a través de un proceso de interiorización. En la relación, el adolescente puede progresivamente encontrar o reencontrar un cierto placer e interés por la vida psíquica, mientras que las capacidades asociativas de la actividad del pensamiento retoman elasticidad y movilidad.

Conclusiones

En este trabajo de investigación se ha intentado mostrar que, a menudo, el cuerpo puede ser un lugar de expresión de un sufrimiento cuyo origen se encuentra en la historia del sujeto. La acción no es sólo producto de una descarga de tensión, sino que puede también convertirse en un intento de expresar e inscribir un sufrimiento que no puede expresarse oralmente.

Escuchar la historia y crear un espacio de pensamiento puede permitir al adolescente no tener que recurrir al cuerpo mecánicamente para hacerse daño. Aunque con incertidumbre inicial, estos jóvenes aceptan compartir momentos de su propia historia, lanzando nuevamente un proceso de construccion de un Self , que les permite elegir y adaptarse de otra forma a la vida sin seguir necesariamente un camino previamente fijado.

Winnicott (1971) nos recuerda que “los adolescentes no piden ser comprendidos”. Aun así, si alguna vez se tiene éxito en esta empresa, es importante que ellos lo sientan, sin que necesariamente lo sepan. 

Bibliografia

Chabert C. (2000), Le passage à l’acte, une tentative de figuration ? Adolescence,        Monographie, ISAP, p. 57-62

Choquet M., Pommereau X. (2001), Les élèves à l’infirmerie scolaire. Identification et    orientation des jeunes à haut risque suicidaire. INSERM

Ferro A. (1997), L'enfant et le psychanalyste : la question de la technique dans la psychanalyse des enfants. Ramonville-Saint-Agne, Érès

Freud S. (1905), Trois essais sur la théorie sexuelle. Paris, Gallimard, 1942

Green A. (1968), L’acting (in/out) et le processus analytique, Revue française de psychanalyse, 32, p. 1071-1076

Gutton P. (1991), Le pubertaire. Paris, PUF

Kestemberg E. (1999), Adolescence à vif. Paris, Le fil rouge, PUF

Jeammet P. (2005), Adolescence et dépendance. Adolescence vol 11 n°3/4

Laplanche J. (1987), Nouveaux fondaments pour la psychanalyse. Paris, PUF

Parat C. (1995), L’ordinaire du psychosomaticien. In La psychosomatique hier et aujourd’hui, Delachaux et Niestlé, Lausanne et Paris

Roussillon R. (2000), Les enjeux de la simbolisation à l’adolescence. Adolescence, Monographie, ISAP, p. 7-23

Roussillon R. (2004), La pulsion et l’intersubjectivité. Adolescence, 22, 4, p. 735-753

Stern D. (2003), Le monde interpersonnel du nourrisson. Paris, PUF, Le fil rouge,

Winnicott D. (1971), Jeu et réalité: espace potentiel. Paris, Gallimard

Winnicott D. (1989), De la pédiatrie à la psychanalyse. Paris, Payot



[1] Significa literalmente trico : cabello e tillo : tirar, es decir «hábito de tirarse del cabello» pero también del vello facial y otros tipos, sin razón aparente

[2] Un ejemplo importante es el trabajo de Daniel Stern (2003) y el concepto de « sincronización » entre la madre y el niño.

[3] La traducción es a cargo de la autora del artículo

[4] « Quand je serai grand : entre enfance et âge adulte » (Cuando sea grande, entre infancia y edad adulta) se inscribe dentro de un proyecto que prevé una actividad en pequeños grupos (máximo ocho alumnos) realizada en las aulas fuera del horario de clases. La duración de cada encuentro es de una hora en promedio.

El objetivo del taller es que los jóvenes se expresen sobre algún tema: la adolescencia, la infancia evoquen sus recuerdos y su imaginación. En este contexto no se recurre solamente a la palabra como medio de expresión y de evocación ; también se le pide al adolescente representar en una hoja de papel lo que han vivido, dándole un título. La actividad es anónima permite crear « un espacio » de expresión, de control de las emociones y las angustias a veces ocultas. A los adolescentes se les da la oportunidad de comentar en voz alta su trabajo o solo escribirlo en una hoja. Al final del taller, me presento como una psicóloga que se interesa por los jóvenes, por sus preguntas y por sus sufrimientos. También hago pasar una hoja blanca para saber quiénes no necesitan o no sienten el deseo de volverme a ver.

[5] Con el término «instancia psíquica» se refiere a la segunda tópica freudiana.

[6] «La justa presencia» es una expresión utilizada por una joven adolescente en un encuentro a propósito de su conmoción emotiva en las relaciones con los demás.