El mundo vincular y la clínica psicoanalítica

Publicado en la revista nº006

Autor: Krakov, Héctor A.

1.- Introducción

Será mi propósito en este trabajo articular desarrollos de la teoría vincular con la clínica psicoanalítica. Para ello voy a delimitar inicialmente lo que a mi criterio son dos vértices en psicoanálisis, los que a su vez interjuegan potenciándose recíprocamente: el que da cuenta del mundo intrasubjetivo, por un lado, y el referido al mundo vincular por otro. Expondré también una secuencia de materiales clínicos con el sentido de que el lector pueda cotejar y correlacionarla con la propia clínica. El primer material será una viñeta que corresponde a una entrevista inicial de un paciente individual. El segundo se trata de un sueño de una paciente tratada también individualmente y el tercero es el relato de un tratamiento de pareja. Solo como una breve síntesis introductoria me interesa puntualizar que las nociones psicoanalíticas que considero incluidas en la denominada teoría de la intrasubjetividad corresponden a la dimensión representacional freudiana, que tiene como eje central el concepto de objeto para el psicoanálisis, en particular objeto de deseo, y también las que se refieren a mundo interno y a relación de objeto desarrolladas por la escuela inglesa. En lo que concierne a la teorización vincular expondré ideas sobre conceptos como vínculo, sujeto del vínculo, mundo vincular, otro del vínculo.2

Intentaré con cada ejemplificación clínica aclarar las nociones centrales de uno y otro vértice, con la expectativa de poder señalar los puntos de conjunción entre las distintas teorizaciones así como la pertinencia conceptual a las que se refieren.


Espero finalmente conseguir marcar las continuidades y discontinuidades interteóricas, así como la complejidad por la cual unos desarrollos se incluyen en otros o quedan ubicados en niveles cualitativos distintos.

 


2.- Sobre los hallazgos y las anomalías explicativas3


En 1982, Janine Puget y Leonardo Wender escribieron “Analista y paciente en mundos superpuestos”. En dicho artículo intentaron dar cuenta del impacto en sus vidas personales y en su tarea como analistas de un suceso del mundo externo que los implicaba tanto como a sus pacientes4, referido en ese caso a candidatos en formación. Planteaban que las teorías de las que disponían hasta entonces no les permitían conceptualizar, e implementar técnicamente, la permanente invasión de información que transitaba por los consultorios e inundaba la asociación libre y la atención flotante así como la transferencia y contratransferencia.


En las sesiones las temáticas referidas al “mundo externo” contaminaban el campo analítico ya que los datos que provenían de sus pacientes, como “noticia, información o chisme”, ingresaban “por un orificio diferente, como metáfora, del mundo objetal ajeno y <puro> de las primeras relaciones del paciente y de su anecdótica”.


A esa zona de mundo en común, entre paciente y analista, optaron por llamarla “mundo superpuesto”. Notaban que al instalarse una comunicación de tipo especular se interrumpía la función analítica al transformarse “epistemofilia en escoptofilia”. Por último, decían al final del artículo que la problemática de mundos superpuestos se inscribía en “el dilema no resuelto de la realidad externa y psicoanálisis”.5


Veinte años después de aquel episodio, en Lo vincular. Clínica y técnica psicoanalítica, Isidoro Berenstein y Janine Puget dicen, en relación con la misma problemática, que “Los psicoanalistas tenemos -como ya lo señalamos- gran experiencia para detectar indicadores y pensar formulaciones acerca de los objetos y la estructura del mundo interno. Tenemos más dificultad cuando se trata de definir y caracterizar representaciones inconscientes de este otro mundo, el sociocultural, al que llamamos transubjetivo”. Era la forma de plasmar conceptos psicoanalíticos sobre las raíces del sentimiento de identidad y pertenencia social, en los que ambos autores ya habían trabajado activamente.


Un hito científico, que significó un salto cualitativo muy importante, ocurrió en el transcurso de esas dos décadas. Se trata de la construcción laboriosa, y aun en marcha, de la teoría vincular. La ampliación metapsicológica que implica la noción de Tres espacios psíquicos es un fiel exponente de tal modificación conceptual.


También asistimos en el transcurso de esta ampliación conceptual a reformulaciones de términos vinculares que parecían inamovibles. Se reformuló la definición de vínculo conceptualizada como dos yoes y un conector a favor de la noción de ligadura entre representaciones y luego a la de sujeto vincular. Narcisismo originario y represión primaria de lo vincular pasaron a ocupar el lugar que originalmente tuvo el Objeto único, con lo que se modificó también la noción de zócalo inconsciente y de objeto-pareja.6 Ideas como irrupción del acontecimiento, imposición por presencia y poder adquirieron fuerza actualmente, si bien son aún conceptos en vías de consolidación teórica.

 


3.- Los Mundos en los que vivimos


Isidoro Berenstein7 se refiere a la triple espacialidad psíquica del siguiente modo: un paciente al hablar del padre puede estar refiriéndose a un objeto interno si lo hace en una sesión individual, al otro del vínculo si está con él en una sesión familiar, o aludiendo al lugar Padre.


Entiendo que la enorme riqueza que nos ofrece la noción de triple espacialidad psíquica se basa en que postula un sistema de triple inscripción y registro simultáneo de un mismo suceso o fenómeno.8 Se inscribirían así simultáneamente un objeto interno, un vínculo y un Lugar.9 Los encuadres terapéuticos dejarían de ser, a partir de estas ideas, intercambiables unos por otros ya que cada uno sobredeterminará la aparición de material específico en función también del contexto teórico al que el analista se adhiera. Como consecuencia de lo anterior, la oposición Mundo interno/Mundo externo que nos legara Freud y se enriqueciera luego con el concepto de identificación proyectiva propuesto por la escuela inglesa, se vio amplificado enormemente con los espacios psíquicos. Desde esta perspectiva viviríamos simultáneamente en diferentes mundos psíquicos, con leyes de funcionamiento y características propias, en calidad de habitantes del mundo intrasubjetivo, del intersubjetivo y del transubjetivo.10


Ciertas ideas de Thomas Kuhn hacen relevante la propuesta recién mencionada, si bien este autor no se refiere a poder vivir en una multiplicidad de lugares psíquicos. Para Kuhn algo similar a un paradigma está incluido, como requisito previo, en la naturaleza del proceso de la percepción. Dice que lo que “vemos” en nuestras disciplinas depende tanto de lo que observamos como de aquello que la experiencia visual y conceptual previa nos ha preparado para ver. Y agrega: “Cuando cambia un paradigma los datos mismos cambian... Es en este sentido en el que podemos afirmar que, después de una revolución, los científicos trabajan en un mundo diferente”.


 ¿Debiéramos quizás considerar lo vincular como un nuevo paradigma dentro del psicoanálisis? Unos breves recortes de la clínica con parejas nos puede orientar en ese sentido.


Una pareja con dificultades crónicas en las relaciones sexuales inicia una sesión diciendo que habían visto la película “Un extraño entre nosotros”. Comentan entonces partes del argumento y relatan que se trata de una comunidad religiosa con normas muy estrictas con relación a lo sexual. Los hombres y las mujeres viajan en un mismo ómnibus pero están separados por una cortina. Tienen también regulaciones específicas para el intercambio sexual en el matrimonio. En un momento se comete un crimen y aparece una mujer policía, de otra religión, que tiene que investigar el asesinato.


En un segundo material, otra pareja luego de mencionar que se habían separado innumerables veces y otras tantas habían vuelto a convivir dijeron “Estamos atados por una cadena de goma. Cuanto más se estira más nos vuelve a juntar”.


El esposo de una tercera pareja, al ingresar al consultorio y sin que se hubieran sentado, le dice al terapeuta “Me permite cargar el aparato?. Nos quedamos sin batería”. Antonio formulaba la pregunta mientras mostraba el teléfono celular y el cargador que tenía en la mano. Esa sesión transcurrió centrada en la insatisfacción de Manuela por la distancia emocional de Antonio. Al comenzar la sesión siguiente Manuela, quien estaba cursando la etapa final de un segundo embarazo, nuevamente hablaba indignada de la forma de ser de su marido. Explicó que había tenido una consulta con el obstetra quien le había recomendado, en función del incremento en la dilatación del cuello uterino, que hiciera reposo para que no se adelantara el parto. Antonio fue a buscarla como habían quedado y Manuela se quejaba porque mientras le contaba las indicaciones del obstetra él estaba preocupado buscando un chicle en la guantera del auto porque tenía la boca seca. En ese momento Manuela dijo: “Qué quiere que le diga Dr. Lo que pienso es que Antonio es un aparato”. Y dirigiéndose a Antonio le recriminó con dolor “Sos un aparato. No quiero que estés en el parto”. Al continuar la sesión surgieron las razones por las que Antonio se distanciaba emocionalmente. De chico había tenido una intervención quirúrgica importante en la que había corrido peligro su vida. Al evocar tal momento en la sesión tuvo un acceso de angustia.

Las temáticas que desplegaron las parejas mencionadas, centradas en derredor de “Un extraño entre nosotros”, la “cadena de goma” o sobre cómo “cargar el aparato” ¿hubieran quedado suficientemente abarcadas si las hubiéramos analizado e interpretado con las herramientas teórico-técnicas que disponemos para el análisis individual?. Por ejemplo en el primer caso, de haber apelado al concepto de transferencia recíproca las interpretaciones acerca de las dificultades sexuales estarían centradas en él, por un lado, y en ella por el otro, para ser reenviadas luego a la vida sexual infantil de ambos. Seguramente hubiéramos hecho otro tanto con la “cadena de goma” que unía a la segunda pareja y no los dejaba separarse. Por último el sentido del “aparato” que Antonio quería cargar al comienzo de la secuencia relatada, y que en la segunda sesión fue retomado por Manuela, hubiera sido conveniente que fuera explorado siguiendo también un derrotero específico para él y para ella como paso previo a señalar las motivaciones inconscientes que determinaron la elección que ambos habían hecho del mismo significante.

Por eso me parece pertinente plantearnos si cuando atendemos parejas trabajamos con los mismos datos y por lo tanto con los mismos conceptos que se construyeron para el análisis individual. ¿Estaremos frente a la misma problemática psicológica o efectivamente la teoría vincular implicó el reconocimiento de un otro mundo, el mundo de lo vincular?.

Para responder estos interrogantes quizás convenga preguntarnos ¿a qué llama psicoanalizar el Psicoanálisis?.

 


4.- ¿Cómo caracterizar el material clínico intrasubjetivo?


Al rastrear la noción de objeto en la obra de Freud es posible concluir que para su creador el concepto de objeto en psicoanálisis remite a un registro psíquico, por ejemplo, del pecho que satisfizo las necesidades iniciales. No es equivalente al objeto percibido, entendido éste como un objeto natural, sino que se trata de su inscripción en Psi. En la vivencia de satisfacción queda facilitado el acceso a tal inscripción, así como al de los movimientos reflejos, cuando es estimulada nuevamente la huella que registra la necesidad. El registro del objeto se activará en calidad de identidad de percepción alucinatoria constituyendo el primer movimiento psíquico.

La escuela inglesa maximizó este concepto proponiendo una versión dramática de la mente en la que el objeto interno pasó a tener peso específico propio. Al seguir su derrotero mediante textos como Naturaleza y función de la fantasía (Susan Isaac), Notas sobre algunos mecanismos esquizoides, El origen de la transferencia, La personificación en el juego de los niños, (Melanie Klein), Transferencia situación total (Betty Joseph), Interpretación mutativa (James Strachey), Estados sexuales de la mente o El proceso psicoanalítico (Donald Meltzer), la constitución y operatoria del objeto interno resulta claramente ligada al devenir pulsional.11


Si a lo anterior le agregáramos conceptos de André Green, expuestos en la Metapsicología revisitada referidos a la función objetalizante de Eros; o una frase que Bion toma de M. Klein, por la que “pecho bueno ausente es pecho malo presente”, pareciera que tales desarrollos en psicoanálisis están atravesados por la idea de positividad,12 y referidos a la creación representacional de objetos por las pulsiones.


Queda abarcada de este modo una secuencia en la que se puntualiza el aspecto medular de lo que intentamos llamar intrasubjetivo. Darían cuenta de la intrasubjetividad, según mi criterio, aquellas teorías que partiendo de Freud describieron la constitución psíquica ubicando a quien teoriza en el interior de la mente del infante, y en las que las hipótesis resultantes se hicieron con el concepto de pulsión en su vertiente endógena. Es por ello que el otro maternante, definido como objeto asistente, tendría existencia fáctica para un observador externo pero no para las teorías de referencia. El otro se termina inscribiendo en el aparato psíquico así sólo en calidad de objeto. Será a este objeto a quien el niño le va a atribuir sentidos, intenciones y emocionalidad en correspondencia con sus propios vaivenes pulsionales erótico-tanáticos.


Pensada como una lógica psíquica la intrasubjetividad podría ser definida, a mi entender, por tres conceptos: sería autogenerada (las representaciones de objeto son producto de la pulsión), autorreferencial (el self se vive a sí mismo como centro tanto de la actividad como de las características de los objetos internos), y automatizada (no habría mediatización por parte del yo. Al depender de la serie placer-displacer su activación es automática).13


Una ejemplificación posible para este modo de teorización podría ser la siguiente. Un niño autogeneraría un padre castrador toda vez que se actualice en él una fantasía incestuosa. Tenderá a explicarse de modo autorreferencial las conductas de los padres y, además, se verá expuesto de forma automática a tal dramática en función de sus alternativas pulsionales.


Por lo anterior resulta claro por qué lo que denominamos intrasubjetividad terminó convirtiéndose en el ámbito teórico desde el cual podía definirse qué pertenecía al campo estricto del psicoanálisis.


Con la finalidad de marcar diferencias con otras corrientes analíticas se puede considerar que con la escuela francesa en su vertiente lacaniana, atravesada por la antropología estructural y la lingüística, adquiere predominancia la inclusión de la categoría de otro como alternativa a la de objeto. Se conceptualizó así un otro con minúscula (a), un a’ y un Otro con mayúscula, anudados en un triple registro real, imaginario y simbólico.


A su vez, desarrollos subsiguientes14 proponen ubicar el origen de la vida psíquica del infante en el inconsciente de la madre. Será el otro maternante, con su represión instalada, quien va a abrir las zonas erógenas; ejercerá la seducción originaria y propondrá significantes enigmáticos.

Por último, para aquello que sigue produciendo efectos sin que las redes identificatorias y la historia individual pudieran dar cuenta de tal emergencia, hizo su aparición el concepto de lo transgeneracional. Así podía explicarse que ciertos padecimientos de generaciones anteriores se trasmitieran por telescopaje a las siguientes, al estar inscriptos pero no representados.15


 


5.- El caso Leandro. Un ejemplo clínico a propósito de la intrasubjetividad.


Leandro consultaba porque se sentía mal consigo mismo ya que había sacado dinero del lugar donde trabajaba. Consideraba que lo más criticable de su actitud era que le había robado a un amigo, quien a su vez le había ofrecido esa oportunidad laboral a raíz de que Leandro estaba sin trabajo.


En la primera entrevista decía desconcertado: “Lo había hecho en los cuatro trabajos que tuve y nunca antes había afrontado la situación. Siempre dije que no había sido yo. Me estoy cagando toda mi vida. Si tengo todo por qué vendo una imagen?. No puedo decir no a nadie, ni a mi mismo. Para tapar un pozo me meto en un quilombo”.


Se refería a que sus robos eran para pagar los resúmenes de cuenta de las tarjetas de crédito, con las que gastaba más dinero del que luego podía afrontar. Leandro tenía 25 años y la apariencia de un nene grande. En el curso de la entrevista me había informado que ya en la niñez se llevaba golosinas sin pagarlas de un quiosco cercano a la casa. El padre, que sabía lo que ocurría, no le decía nada y a fin de mes pagaba la cuenta que el encargado del quiosco le pasaba.

También evocó situaciones repetidas en las que conseguía irse de los supermercados comiendo chocolates sacados de las góndolas sin pagarlos. Tenía como método atravesar la línea de cajas dando a entender que no había comprado nada, con lo que terminaba burlándose tanto de los cajeros como del personal de control en sus respectivas narices.


Me aclaró luego que no era la primera vez que hacía una consulta psicológica. Había tenido experiencias terapéuticas anteriores; la primera cuando tenía 7 u 8 años. La razón de aquel primer tratamiento había sido porque Leandro padecía una encopresis secundaria, “me hacía encima, me ensuciaba”, me dijo.


Ese dato, junto con el motivo de consulta y las anécdotas que había relatado, posibilitaban construir una primera hipótesis sobre su problemática. Parecía tratarse de la insistencia de un aspecto infantil que hacía síntoma en un paciente adulto, particularmente en los momentos en que “se hacía encima robándole a otros”. El “Leandro grande” le prestaba el cuerpo, por así decir, a aquel niño encoprético que seguía siendo en su inconsciente. Claro que ya no se trataba de materia fecal [lenguaje infantil] sino que se había transformado en incontinencia de dinero [materia fecal adultiforme] si bien el mismo padre edípico seguía siendo seguramente el destinatario de su “encopresis” actualizada. Vale recordar aquí, por un momento, dos postulados de Freud:



a) Las represiones se constituyen en la temprana infancia, luego de lo cual no se generan otras16 y

b) La operación genuina de la terapia analítica es establecer mejores represiones.17



Para una situación como la de Leandro adquieren pleno sentido ambas postulaciones. Es dable suponer que al mantenerse la fantasmática de base, que le otorgaba eficacia a la producción de sus síntomas, el paciente consiguió transformar su encopresis en un estilo de carácter. Así Leandro seguía “haciéndose encima” pero “ensuciándose en otros” al robarles.18


¿Qué cabría esperar de un tratamiento analítico de Leandro? La repetición transferencial de robo, en calidad de puesta en acto y como despliegue en el plano fantasmático, referida a distintos aspectos de la situación analítica. A partir de lo cual analista y paciente podrían ubicar y abrir la problemática edípica en la que parecía estar enclavada la reiteración sintomática. Simultánea o sucesivamente tendría importancia el tránsito por los múltiples entrecruzamientos de sentido siguiendo el recorrido elaborativo de su encopresis tramitada en la transferencia. Por último, el paciente habilitado para cuestionar el punto de goce de su funcionamiento “encoprético”, podría instalar mejores “diques” apelando al juicio condenatorio como recurso de alto nivel para terminar de frenar la compulsión repetitiva con la que “se ensuciaba” robando.


Para la teoría psicoanalítica, aún bajo los distintos matices que propone cada escuela, el “ahora sintomático” es explicado por un “entonces mítico” donde la realidad psíquica tiene preeminencia sobre la material. Así lo ocurrido quedaría deformado por efecto de teorías sexuales infantiles, por fantasías originarias o como consecuencia de la eficacia del mundo interno.


Desde este punto de vista el material de Leandro puede ser comprendido con nociones que remiten a sexualidad infantil, conflictiva edípica, falla en el control esfinteriano, encopresis, transformación de erotismo anal en carácter, y finalmente reiteración sintomática en el adulto con egodistonía. Su caso constituye quizás un ejemplo prototípico de la utilidad clínica y comprensiva que nos brinda la teoría psicoanalítica. Con ella podemos ayudar a resolver la problemática de un paciente, activa y siempre al acecho, que tiende a comandar la vida de un sujeto, como ocurría con Leandro, y que mantiene a la vez una cierta independencia del tipo de intercambio y las características de los otros con los que se efectiviza. Este es un aspecto que me importa remarcar dado que, a mi criterio, constituye una marca distintiva que posibilita discriminar en un material clínico una perspectiva intrasubjetiva de otra que luego veremos como específica de lo vincular.19

 


6.- El Mundo vincular


La teorización sobre lo vincular20 intentó, desde el psicoanálisis, dar estatus teórico a las experiencias clínicas que provenían de los tratamientos con familias, parejas, grupos e instituciones.


Contando inicialmente con herramientas que correspondían a la teoría de la intrasubjetividad un analista en dispositivos multipersonales podía interpretar, según la teorización a la que adscribiera, transferencias recíprocas o identificaciones proyectivas cruzadas. El otro en su condición de tal era considerado conceptualmente un habitante del denominado “mundo externo” o de la “realidad actual”, que a su vez parecía contrastar con lo que se consideraba campo específico del psicoanálisis, que estaba referido a la noción de fantasía inconsciente y a la vida sexual infantil.


En la medida que lo vincular pasó a tener nomenclatura propia quedaron progresivamente en el camino conceptos que fueron pilares en los comienzos, y que correspondían a formulaciones que intentaban describir situaciones nuevas aunque con nombres que provenían de la red nominativa objetal.


Una vez hecha esta introducción vale la pena plantearnos qué intenta explicar la teorización vincular. En principio propone pensar que lo determinante en un sujeto son no sólo las experiencias histórico-infantiles, sino también su inclusión en vínculos significativos posteriores a la infancia, en tanto instituyentes de subjetividad. Modifica la noción de espacialidad psíquica proponiendo tres espacios donde antes había solo dos [Mundo interno/Mundo externo]. Al inaugurarse así lo intra, lo inter y lo transubjetivo no habría ya un solo referente de subjetivación, hasta ahora marcado por el Sujeto de deseo, dado que sería posible conceptualizar también un Sujeto de los vínculos y un Sujeto de la cultura.21


A qué llamamos vínculo?. No hay en este momento una definición unívoca. En algunos casos pasó a denominarse así a las relaciones primarias con los objetos primordiales [vínculo constitutivo]. También se denomina vínculo a la relación entre lugares de la Estructura Familiar Inconsciente, EFI. [vínculo entre el lugar Padre y el lugar Hijo] Otras veces se denomina vínculo a aquello que es posible describir como producto de una interacción. [“Cuando ella le dice algo de tinte hostil él le devuelve entonces una agresión manifiesta”].


Quiero plantear entonces qué definición de vínculo utilizo en este capítulo. Considero vínculo a una construcción conjunta, generada por el intercambio efectivo entre los miembros que lo componen, que se constituye en un nuevo ámbito de producción de sentido. Se trata, en una pareja conyugal, de un contexto de significación diferente del que cada uno de los miembros portaba, que fue construido en su momento en las respectivas familias de origen. Puede ser pensado también como un tercer término simbolizante, producto de la interacción, que es generador a su vez de los sujetos de ese vínculo en particular.22


La noción de Sujeto del vínculo, en tanto término teórico, deviene de considerar la constitución subjetiva como efecto de la vincularidad. Sujeto del vínculo da cuenta de la condición de sujetados al vínculo, por un lado, y al mismo tiempo constituidos por el vínculo. Cada Sujeto es cincelado y construido juntamente con el otro, por y en el vínculo del que son parte, y que a su vez constituyen.


Qué novedad aporta entonces la teorización vincular al psicoanálisis?. Quizás el punto de mayor relevancia sea que el vínculo con el otro, o con los otros significativos, pasa a ser también instituyente de sentido y subjetivación, particularidad que hasta este momento solo parecía provenir del Mundo interno.

 


7.- La perspectiva vincular de un sueño.


Pasaré ahora a la segunda viñeta clínica, el análisis de un sueño. Sabemos que una producción onírica tiene como característica ser la vía regia al inconsciente. Es considerada un producto altamente individual mediante el cual se realizan deseos reprimidos. Sin embargo intentaré ejemplificar, a través del sueño de la Sra. M., cómo la perspectiva vincular se incluye también en su constitución.


La Sra. M. había pedido tratamiento por sus miedos; estaba muy asustada por no poder curarse y, como consecuencia de ello, temía que el marido la dejara. Se sentía sometida a caprichos irracionales de sí que no entendía. Eran actitudes fuertemente tiránicas por las que tenía que estar en la casa siempre acompañada por alguien, y si salía podía hacerlo solo con el chofer y un teléfono celular. Su sintomatología le recordaba formas de ser del padre, “de cómo había sido toda la vida”. Además no había podido quedar nunca embarazada, a pesar de los múltiples intentos realizados, y se sentía angustiada porque estaba llegando al límite de edad para gestar.


El Sueño. Este sueño fue relatado por la paciente, a los 6 meses de iniciado el tratamiento. La sesión fue posterior al fallecimiento del padre, que había ocurrido unos días antes. Prácticamente la paciente no generó asociaciones. No obstante ello, ambos tuvimos un fuerte impacto emocional por el tipo imágenes oníricas que el sueño presentaba.


Estaban en un Centro Comercial ella y los padres. El padre se encontraba detrás de ella viejito y enclenque con el pene dentro de su ano y la madre como en off mirándolos de costado. De pronto nota que el padre defecó por el pene dentro de su cuerpo. Siente mucho asco y trata de encontrar un baño para evacuar la materia fecal que el padre le había metido adentro. En el sueño ella tenía la impresión que le daba vida al padre. Como si estuviera “enchufado” en ella como en una pila.


Las conclusiones a las que se puede arribar sobre el sueño de la Sra. M., a propósito de las herramientas que el psicoanálisis nos provee23, incluirían la realización fantasmática de un coito incestuoso, el predominio en la paciente de la temática anal, por la cual se puede además remarcar la degradación del semen del padre en materia fecal. Sin descartar esta vertiente haré a continuación un relato en el que tiendo a organizar una secuencia sobre los recuerdos de la paciente, proveniente de su memoria vincular, a sabiendas que se trata de lo evocado por uno de los polos del vínculo.


Cuando la Sra. M. nació el padre tenía más de 40 años. Había conocido a la madre de la paciente en el extranjero y cuando se casaron él le llevaba más de 20 años. La Sra. M. siempre consideró a la madre como una hermana mayor. El padre era una persona violenta, caprichosa y de reacciones imprevisibles. En los últimos 20 años de su vida había estado siempre muy enfermo y haciendo una utilización secundaria de un cuadro hipocondríaco grave estuvo todos esos años “al borde de la muerte”. Había que sostenerlo al caminar porque un episodio vascular cerebral le había quitado estabilidad y equilibrio. Las salidas con él implicaban que una urgencia médica pudiera irrumpir en cualquier momento, razón por la que la Sra. M. y la madre estaban siempre sobresaltadas; de hecho en varias oportunidades se había desmayado estando los tres en alguna confitería. Quizás por ser la menor, y la mimada del padre, la Sra. M. quedó muy ligada a él. También pudo tener cierta influencia en tal apego que el padre le dijera que era muy parecida a su propia madre.


Cuando en la pubertad la Sra. M. comenzó a salir con amigos se inició una persecución permanente de parte del padre, con escenas de violencia verbal y física de aparente contenido celoso. Todo se calmó cuando la Sra. M. contrajo matrimonio por primera vez, aunque la situación de la paciente no mejoró ya que su marido resultó ser también una persona violenta y tiránica. Fue al año de estar casada que comenzó su sintomatología. Gracias a la enfermedad consiguió que su marido aceptara que ella no saliera cuando se sentía mal, pero lo cierto era que además la Sra. M. no deseaba hacerlo. Quedaba así expresado, con sus síntomas, la oposición y el rechazo a quedar sometida a él.


El sueño del Centro Comercial tuvo el carácter de una “tomografía computerizada” del mundo mental de la Sra. M., también en su vertiente vincular. Mostraba, a mi criterio, el drama de una hija de un padre mayor y enfermo, y luego anciano, que se dejaba inundar de materia fecal [hipocondríaca y melancólica] para luego ver cómo evacuarla creyendo revitalizar así a su padre. Como la madre de la Sra. M. desaparecía de la casa por largas horas [quizás una de las razones por las que el sueño la muestra ubicada en off] los llamados desesperados del padre a la Sra. M. inauguraban una larga recorrida conjunta por hospitales para saber si se había accidentado, luego de que intentaran infructuosamente localizarla telefónicamente en la policía o en la asistencia pública. Probablemente el Centro Comercial represente aquellos lugares [confiterías u hospitales] en los que se ponía en acto la dramática vincular entre ambos, con una madre que no intervenía generando un corte, sino que por el contrario parecía inducirla desde la pasividad. Es posible que en tanto fue soñado a los pocos días de fallecido el padre el sueño también plasme en imagen su deseo de retenerlo y darle vida.


Otro nivel del sueño, que remite quizás al vínculo matrimonial, queda expuesto en la relación sexual estéril. En tanto se trata de un coito anal con transformación de semen en material fecal no sería improbable que incluya una implícita acusación al marido por no embarazarla.


El sueño de la Sra. M. aporta lugares, personajes y argumentos que se fueron desplegando conmigo en sesión como transferencia vincular24. Unas veces era necesario que le interpretara que ella se sentía una viejita enclenque, melancólicamente desesperanzada, a quien iba a tener que darle vida. En otros momentos el viejito desvitalizado pasaba a ser yo, luego que mis interpretaciones fueran sistemáticamente evacuadas. En ocasiones me encontraba también diciéndole que me ponía en situación de mirar en off como ella retenía identificatoriamente al padre, a quien no soltaba ni dejaba morir en paz.


Como situación general la Sra. M. me planteaba el problema de cómo hacer para que mis intervenciones (semen) no fueran transformadas en material fecal, y por lo tanto pudieran mantener un carácter fertilizante.

 


8.- Interpretaciones posibles desde contextos teóricos diferentes


El sueño relatado puede tener aproximaciones interpretativas diferentes, que dependerán de los distintos niveles teóricos que utilicemos. Uno de ellos podría aludir al concepto de escena primaria: la madre (y no la nena) mira a una pareja practicando un acto sexual a tergo. Siguiendo esta línea, pero ya en relación con el Edipo, sería posible interpretar que como castigo por haber usurpado el lugar de la madre, el padre en vez de introducir semen defeca por el pene en el interior de la Sra. M., con consecuencias para sus posibilidades de gestar. Otra aproximación podría tomar las teorías sexuales cloacales, en las que predominan fantasías de gestación por vía anal. A su vez, la degradación del semen en materia fecal podría abrir la temática sobre la envidia del pene, ligada al ataque a la potencia y capacidad de fertilización del hombre, que remite también a las dificultades para quedar embarazada. Quedaría inclusive la posibilidad de recurrir a nociones sobre identificación y duelo en relación al fallecimiento del padre.


Junto a estas interpretaciones, que privilegian el ángulo de la intrasubjetividad, creo posible incluir otras de raigambre vincular, lo cual remarca la riqueza explicativa del triple registro simultáneo. Las interpretaciones vinculares darían cuenta, a diferencia de las anteriores, de la historia de los intercambios de un sujeto con los otros significativos, habitantes de su mundo representacional vincular, y los efectos producidos en él.


Será a raíz de tales efectos, producto del intercambio mutuo entre el sujeto y el otro, que podremos inferir distintos posicionamientos en nuestros pacientes correspondientes a diferentes configuraciones vinculares sujeto-otro del vínculo. El argumento y la connotación afectiva que liga a esta conjunción sujeto-otro es la que se va a desplegar como discurso transferencial vincular.25


Por contraste, en tanto se trata de un otro contexto de significación, el vínculo analítico permitirá reconocer y cuestionar los intentos de imposición que la memoria vincular se obstine en realizar. Será la vitalidad interpretativa de dicha obstinación la que va a permitir que un nuevo discurso vincular, generado por la pareja analítica, se haga lugar. Así el vínculo paciente-analista va a promover que una modificación en el posicionamiento subjetivo advenga, con efectos que serán impredecibles ambos.

 


9.- Algunas precisiones teóricas. Otro del vínculo.26


La noción de vínculo es solidaria con el concepto de otro. A su vez el otro del vínculo es diferente del concepto de objeto.


Ahondando en estas diferencias vale la pena remarcar que para Freud el objeto (Objekt) de la pulsión, de las cuatro características que propone para lo pulsional, es lo más variable, razón por lo que le adscribe carácter contingente. En cambio, para la teorización vincular el otro es inexcusable ya que sujeto y otro se implican y definen mutuamente.


El otro del vínculo es una construcción representacional que incluye lo representable del otro para cada sujeto, al mismo tiempo que conserva como marca de ajenidad lo real del otro como un irrepresentable, roca viva incognoscible.


Sentirse mutuamente reconocido por el otro y designado como perteneciente a ese vínculo le otorga a cada sujeto una doble marca: de pertenencia y de reconocimiento.

Cuando ambas marcas son lábiles o tienden a desaparecer se genera en el sujeto ansiedad de inexistencia. Por lo contrario su reafirmación continua y sistemática promueve en los miembros de la pareja un estado de estabilización narcisista que tiende hacia la complejidad vincular.

Vincularse supone, desde la perspectiva metapsicológica, interpenetración de mundos psíquicos. Ésta es quizás una característica que posibilita remarcar con claridad las diferencias entre la definición de relación de objeto y de vínculo. El vínculo implicará alojar al otro con “su mundo”, esto quiere decir con su particular punto de vista y con su condición de incognoscible, en el “mundo propio”.


La interpenetración de mundos, inherente a la constitución vincular, genera un tipo particular de angustia pasible de ser llamada angustia de vincularidad. No es angustia a vincularse sino por estar vinculado. Si bien pueden ser consideradas cercanas a las angustias de tipo claustrofóbico, que en múltiples oportunidades la vincularidad promueve, las angustias de vincularidad fueron descriptas como efecto del atravesamiento que el vínculo, por la mutua interpenetración, genera en los sujetos que lo componen.


El término angustia de vincularidad, en tanto efecto de estructura, pareciera estar referido a dos tipos de ansiedades de base: de enclaustramiento y de inexistencia. En el primer caso se temería perder la autonomía para siempre dado que cada sujeto se “vive” siendo parte del mundo representacional del otro al mismo tiempo que comenzaría a alojar representacionalmente al otro en el mundo significativo propio. En el segundo caso lo temido es no existir irremisiblemente para el otro reconociéndose afuera del mundo representacional de aquél y por lo tanto cuestionada su constitución subjetiva para y desde ese vínculo en particular.


Ser sujeto del vínculo, al estimular las ya mencionadas ansiedades de base (de enclaustramiento e inexistencia), promueve resistencias. Estas aparecen en la clínica psicoanalítica con parejas como de resistencias de vincularidad. Tienen como finalidad repudiar, desmentir o negar los efectos que el atravesamiento vincular genera en la constitución subjetiva de aquellos que componen el vínculo.


Todo nuevo vínculo significativo implica para sus miembros una puesta en cuestión de su participación y posicionamiento como sujetos de los anteriores27. El vínculo conyugal en particular requiere de cada sujeto una revisión del posicionamiento filial de sus miembros, de allí que sea inexcusable que en todo tratamiento psicoanalítico de parejas aparezcan las temáticas sobre las “familias”. Lo hacen bajo la forma de textos conflictivos en tanto la relación con las familias de origen se constituyen en un bastión vincular narcisista que se opone y resiste a ser abandonado, en calidad de ligamen endogámico.


La conceptualización del espacio intersubjetivo le reconoce y otorga a los otros estatus de tales para la vida psíquica. De este modo sujeto y otro (sujeto) quedan, en el ámbito representacional, solidariamente implicados. El registro de los avatares de esta solidaridad inaugura la noción de memoria vincular. El sujeto puede dar cuenta así, en el curso del tiempo, de una historia de los vínculos, diferente de la que propone la teoría psicoanalítica en relación con los recuerdos encubridores. Mientras esta última está construida exclusivamente desde el sujeto y tiene como referente la deformación defensiva frente a la masturbación infantil o los deseos incestuosos edípicos, la primera supone participar en la construcción conjunta de una historia realizada con el otro, desde el sujeto y desde el otro.

 


10.- El relato de un tratamiento de pareja


Dora y Roberto se conocieron en el servicio de traumatología del Hospital al que concurrían. El era jefe de sala y ella kinesióloga. En ese momento Roberto estaba casado con Graciela, con la que sostenía un matrimonio distante y sin afecto, con quien había tenido tres hijas. Dora se mantenía soltera, vivía con sus padres y tenía una vida aparentemente apacible. Había decidido no tener hijos, situación que compensaba mimando a sus sobrinos.


Mantuvieron una relación de amantes por más de 8 años y si bien durante la semana conseguían pasar un par de tardes en la habitación de un Hotel Alojamiento no se veían los fines de semana ni durante los meses de vacaciones ya que Roberto tenía que estar con su familia. Finalmente Roberto se fue de la casa y poco tiempo después se separó legalmente de Graciela.

Dos años más tarde Dora y Roberto decidieron casarse y fueron a vivir a la planta alta de la casa paterna de Dora. Al año de casados fallece Graciela de una enfermedad invalidante situación que obligó a Roberto a asistirla en varias ocasiones requerido por sus hijas adolescentes que lo solicitaban como padre y como médico. Una vez fallecida Graciela fue a vivir con ellos Verónica, la hija menor de Roberto, quien se transformó en uno de los escollos insolubles para la convivencia del nuevo matrimonio.


Seis meses después, luego de que padecieran momentos críticos en los que surgieron amenazas de separación, hicieron la consulta como pareja. En ese momento Dora cursaba 5° año de Medicina, carrera a la que le dedicaba mucho interés y tiempo de estudio.

Fueron tomados en un tratamiento analítico de pareja con una frecuencia de dos sesiones semanales. Durante el primer año de análisis se hizo evidente la dificultad que tenían en construir un espacio vincular.28


En ese sentido la problemática sobre lo habitacional era comentada en forma reiterada por Roberto y Dora en las sesiones. Los interrogantes implícitos podrían ser expresados del siguiente modo ¿cuál era el lugar del matrimonio? ¿Arriba, en donde dormían y miraban T.V. o abajo donde comían lo cocinado por la madre de Dora?. ¿Dónde interactuar y en qué momento del día o de la semana?. ¿Solos o con Verónica? Los fines de semana parecían los momentos más propicios, sin embargo Dora planchaba una gran cantidad de ropa y limpiaba la casa durante horas mientras Roberto instalaba artefactos eléctricos o cortaba el césped del parque. Se describían como habitantes de mundos distintos, reflejo de un mundo representacional común no construido. Se parecía al tipo de organización que habían tenido siendo amantes: cada cual “hacía su vida en su mundo” con algunos momentos de contacto a raíz de los encuentros sexuales.


Al finalizar el primer año comenzaron a traer a sesión que en el terreno de al lado, que había sido comprado por ellos, iban a construir una pileta de natación y un quincho. A veces risueños describían el laberinto que les significaba poder encontrarse con el arquitecto. No conseguían diseñar un tiempo en común o ideas compartidas acerca de lo que iban a hacer.


Esa situación se evidenciaba también en la interacción que desplegaban en sesión. Mantenían con el analista un diálogo radial en el que primero exponía uno y después el otro sin poder armar un entretejido verbal que marcara la constitución de una trama interdiscursiva desde la cual generar un relato conjunto. Así mismo Roberto y Dora se ocupaban de que la descripción que cada uno de ellos hiciera sobre determinado tema fuera inmediatamente desautorizada o descalificada por la que hacía el otro. Por lo tanto “pasó exactamente al revés... decí la verdad, no mientas... para mi es todo lo contrario” eran los modos habituales con los que cada cual inauguraba su contraexposición. Las acompañaban con ritos gestuales tendientes a lograr mayor credibilidad acerca del propio punto de vista e incidir a su vez sobre el analista para tenerlo como aliado.29


Dora y Roberto intentaban ser usuarios del vínculo conyugal sin que hubiera “interpenetración de mundos” y al mismo tiempo se encontraban con el problema de que la conyugalidad exigía e imponía condiciones.


Durante el segundo año de análisis, y luego de momentos críticos en el que se había puesto seriamente en cuestión la continuidad del matrimonio, Dora comentó en una sesión que se le había aparecido de golpe y por primera vez en relación con Verónica la palabra “madrastra”. Y se daba cuenta que esa palabra sancionaba un lugar para ella, inherente a la convivencia con Roberto, mal que a Dora le pesara o que hubiera decidido en algún momento de su vida no tener hijos propios. Por otra parte, Roberto decía que tenía que aceptar que Dora no era un sustituto de Graciela y por lo tanto que su matrimonio actual no era una continuación del anterior. Sin saber muy bien cómo iba a hacerlo en la práctica entendía que para que su relación con Dora tuviera otro destino debía abrirse afectivamente, de modo que ella estuviera incluida, y por lo tanto considerada en sus deseos y expectativas. Se esbozaba así el inicio de un cambio posible en Dora y Roberto. Parecían intuir que ocupar un espacio vincular y constituirse en sujetos del vínculo iba a ser siempre a costa de cuestionar “sus mundos personales” para poder, interpenetración mediante, construir un mundo para dos.

 


11.- A modo de Conclusión


Para terminar quiero mencionar algunas ideas sobre la noción de discurso vincular. Pienso el discurso vincular como aquella forma discursiva inherente a los movimientos oscilantes de todo vínculo, que tienden a la complejidad o a la descomplejización vincular, y que constituyen el substrato de la interacción en su devenir.


La reiteración y estereotipia en un vínculo es propia de un discurso descomplejizante patrimonio de la compulsión repetitiva. En cambio el discurso vincular, en su versión prospectiva, tiende a jerarquizar un eje ligado no ya a la repetición sino a la potencia conyugal cuya existencia y justificación trascendería la historia infantil de sus integrantes. Visto de este modo estaría más cerca de lo que actualmente llamamos factor acontecimental, que impactaría sobre los pactos y acuerdos inconscientes, en lugar de estar condicionado o generado por estos. La potencia conyugal, bajo forma de discurso, podrá ser captada como un texto a ser inferido a posteriori de su incidencia y no antes. Supone el deseo y aceptación de los miembros de la pareja de dejarse atravesar por dicha potencia, sin intentar controlarla. Se aproxima a un estado de inspiración compartida en el que pasarán a ser protagonistas de un destino, que en su determinación los excede. Es equiparable en su dinámica a una tendencia a la complejidad. El discurso vincular, en su vertiente prospectiva, será aquello que un matrimonio es capaz de generar de sí en su devenir, conservando el carácter de impredictibilidad.


Notas del autor

1. Este es un trabajo inédito. Va a constituir el capítulo de un libro, que compilará la Dra. Janine Puget, y va a ser publicado próximamente por la editorial Lugar en Buenos Aires.



2. Estos son desarrollos teóricos que continúan las propuestas iniciales formuladas por Berentein y Puget.



3. Hallazgos y anomalías explicativas los utilizo en el sentido que les da Thomas Kuhn en “La estructura de las revoluciones científicas”.



4. Se trataba de la escisión de la Asociación Psicoanalítica Argentina ocurrida en los años 1977/78.



5. Es posible que a un lector que desconozca aquellos momentos de acaloradas discusiones teóricas le resulte hoy extraño el planteo, implícito en el artículo mencionado, acerca de la importancia de la realidad externa para el psicoanálisis.



6. Estos conceptos se publicaron originalmente en el primero libro que escribieran Isidoro Berenstein y Janine Puget, Psicoanálisis de la Pareja Matrimonial.



7. En “Vínculo e inconsciente. Apuntes para una metapsicología”.



8. A veces se la equipara con el sistema de transcripción que Freud describió en la carta 52. Es una equiparación que no comparto dado que me importa jerarquizar las diferencias entre transcripción y múltiple inscripción simultánea.



9. Un desarrollo posterior, que todavía requiere ser desplegado, considera los llamados “espacios” como lógicas de inscripción. Con estas hipótesis la información que accede al mundo psíquico, de la que todo sujeto dispondrá tanto consciente como inconscientemente, se recibirá y guardará de modos diferentes ya que se procesarían mediante leyes de archivo distintas. I. Lewkowicz piensa que desde un abordaje semiológico las lógicas de inscripción están cerca de lo que se denominan gramáticas de recepción.



10. Estas ideas serían desarrollos del Spaltung freudiano referido a la escisión del yo, y de las nociones kleinianas y postkleinianas vinculadas a partes del self ocupando distintos espacios de la madre interna. Creo que se pueden considerar también afines, aunque desde un ángulo muy diferente, a la noción de escisión estructural del sujeto, sostenida por la escuela lacaniana a partir de la cual se discrimina el sujeto del enunciado del de la enunciación.



11. Doy por supuesta la existencia de matices entre autores kleinianos y postkleinianos, de los que no me ocuparé en este texto.



12. Aquí positividad está utilizada en tensión con la ideas de negatividad en psicoanálisis.



13. En las dos primeras acepciones el prefijo auto remite a la idea de “propio”; en la tercera supone inmediatez.



14. Me refiero a conceptos de Laplanche.



15. Estos temas fueron estudiados por Kaes, Faimberg, Enriquez y Baranes, entre otros. En nuestro medio se ocupó activamente de ellos Silvia Gomel.



16. Pienso que Freud se refiere así a los “diques de la sexualidad”, que expuso en Tres Ensayos, y que corresponden a una de las versiones de la represión primaria.



17. En función de la nota anterior el establecimiento de mejores “diques” le pone freno al retorno de lo reprimido y por lo tanto a la producción sintomática.



18. En lenguaje coloquial a una persona que actúa como lo hace Leandro se lo llama “un cagador”.



19. Esta diferencia se hace relevante al considerar al otro como resto diurno o como otro sujeto.



20. Está liderada en nuestro medio por los Drs. Isidoro Berenstein, Janine Puget y Marcos Bernard, quienes encontraron un terreno fértil para la producción de teoría en los Departamentos de Familia, Parejas y Grupos de la AAPPG.



21. Barenstein y col. piensan la subjetividad como el producto resultante de los discursos sociales, y a estos como instituyentes de subjetividad. Dicen que “Tanto el sujeto como la subjetividad se producen y reproducen, se hacen y deshacen entre los otros, por los otros, con o contra los otros”. Fornari, a su vez, considera al sujeto instituyéndose, apropiándose de sí y no instituido, como un emergente “de cada acto de apropiación”.



22. Encontré que en teoría de la complejidad se describen fenómenos de un modo muy similar a como estaba pensando la noción de vínculo. Por ejemplo Roger Lewin, en Complejidad. El caos como generador del orden, describe en palabras de Chris Langton lo siguiente: “De la interacción de los componentes individuales aquí abajo emerge algún tipo de propiedad global aquí arriba, algo que no se podía haber predicho a partir de lo que se sabía de las partes componentes”, continuó Chris. “Y la propiedad global, este comportamiento emergente, vuelve a influir en el comportamiento de los individuos que aquí abajo la produjeron” (pág.26).



23. Me importa remarcar que la paciente no produjo asociaciones y que las conclusiones que expongo se apoyan fuertemente en el contenido manifiesto del sueño.



24. Berenstein y Puget postulan, de modo distinto a como lo estoy planteando, que el fenómeno transferencial solo se produciría en presencia de los miembros del vínculo.



25. No me refiero aquí a la reproducción transferencial de clisés ligados Imagos o a construcciones ideales-especulares, en tanto quiero diferenciar transferencia objetal del despliegue transferencial vincular.



26. El otro semejante en Lacan (a’ ) y el otro pensado, formulado por Piera Aulagnier, son antecedentes teóricos del otro del vínculo.



27. Advenir sujeto de un vínculo implica una modificación y reacomodamiento representacional del mundo vincular al cual cada sujeto pertenecía hasta ese momento. Al constituirse como sujeto de un otro vínculo lo que el sujeto siente es que “el mundo cambia”.



28. Entiendo por espacio vincular una determinada posición mental que implica construir, y mantener sostenidamente en el tiempo, una espacialidad virtual como lugar para la pareja. Supone para sus miembros la confirmación de saberse instalados en una parte del mundo representacional propio y del otro, vivido como espacio del vínculo.



29. Este tipo de interacción, por demás frecuente en análisis de pareja, es a mi criterio una de las formas en que se puede desplegar para su “lectura” la espacialidad vincular en la transferencia.



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