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Aplicación del enfoque Modular-Transformacional a un caso de depresión y crisis de angustia por masoquismoPublicado en la revista nº007
Autor: Levinton, NoraViñeta clínica Laura tiene su primera entrevista en enero del 96, derivada por su médica de familia. Está muy angustiada, comenta que lleva unos meses deprimida, con una ansiedad terrible, ataques de pánico y mareos que la obligan a tener que estar permanentemente acompañada; de hecho viene con su marido. Su primera referencia es precisamente sobre esta cuestión y dice: "es un santo conmigo ahora que tengo tanto miedo a estar sola…". Frase en la que se condensaría, como pude comprender a posteriori, lo que se revelará como una clave importante de su psiquismo respecto de sus defensas más primarias: negación de la agresividad, idealización del objeto de apego por su carácter contrafóbico y búsqueda de apoyo y aprobación presentando una imagen desvalida de sí misma. Paradójicamente, al preguntarle sobre algún posible desencadenante de la depresión, se refiere directamente a lo que ella considera en ese momento la única causa de su descompensación: la confirmación de la sospecha, que arrastraba desde hace un tiempo, sobre una posible relación que mantenía su marido con una compañera de oficina, relación que en un primer momento él había negado atribuyéndole a ella una imaginación desorbitada y que, meses más tarde, ante la insistencia de L., él reconoce haber mantenido desde hace algo más de un año, minimizando su importancia y asegurándole que era un asunto que ya estaba finalizado. Para L., la confesión del marido trae aparejada el fin de la idealización del proyecto de la familia, sino perfecta, por lo menos lograda como realización de su deseo de formar una pareja “como corresponde”, es decir una desilusión en toda regla. L. es la imagen vívida del sufrimiento: encogida, llorando a lo largo de toda la entrevista y buscando con la mirada lo que yo percibía como una imperiosa necesidad de sostén; parecía a punto de desmoronarse en cualquier momento, lo que se confirmará cuando al comenzar nuestro segundo encuentro, dice "el otro día cuando me fui de aquí, me temblaban las piernas". En este primer encuentro, el relato se circunscribió a su malestar y al miedo que le daba la sensación de descontrol de sus síntomas. Se podía detectar fácilmente lo que H. Bleichmar (1997) plantea como: “Hay momentos en que el afecto depresivo pasa a un segundo plano y es reemplazado por la ansiedad resultante del sentimiento de hallarse en peligro por aquello que podría sobrevenir al sujeto como consecuencia de la pérdida de un objeto sentido hasta ese momento como protector, o por la pérdida de la confianza en la capacidad del sujeto para enfrentar distintos tipos de peligros. En este sentido, si algunos cuadros depresivos clínicos tienen a la ansiedad como uno de sus componentes centrales, o muestran una fobia generalizada en que todo causa temor, o presentan preocupaciones hipocondríacas, síntomas que no existían antes de la depresión, es porque aquello que comenzó siendo un sentimiento de impotencia para realizar el deseo termina impregnando toda la representación del sujeto, incluido su sentimiento de potencia para enfrentar la realidad y los peligros que imaginariamente puedan venir del cuerpo. La representación del sujeto como incapaz, inferior, débil, crea las condiciones para que todo resulte amenazante “ (pág.39). Parece una mujer con mucho más edad de la que tiene (33 años); está vestida y camina como una señora mayor, poniendo de manifiesto otro rasgo más de identificación con la particular representación que ella tiene del sufrimiento de su madre y, especialmente, con la represión de la capacidad de desarrollar recursos para enfrentarse a aquello que teme. Desde el primer momento, L. se muestra como una víctima sufriente, condición que se configurará como el núcleo de su patología. El material que voy recogiendo sobre su historia infantil describe a su madre como protagonista de una vida sacrificada, plagada de renuncias y esfuerzos para ayudar a su familia de origen, la abuela materna ha vivido con ellos hasta que falleció, cuando L tenía. ya 22 años. Sus tíos (hermanos de la madre) iban casi todos los fines de semana a comer a la casa, a pesar de la estrechez económica en la casa de sus padres que se contraponía con la situación considerablemente más favorable de algunos de los tíos. Dirá: "Alguna vez hemos tenido que rebuscar en las chaquetas para juntar las monedas para el pan". Sacrificios y postergación, o negación de sus propias necesidades, que la madre reproducirá en la familia que ella misma ha formado, incluso al colaborar en la economía familiar trabajando como empleada doméstica, lo que, como veremos más adelante, favoreció el sentimiento de ambivalencia en L., quien por una parte "oficialmente" se compadecía de la abnegación de su madre y por otra (culpabilizándose) se avergonzaba ante sus amigas por esta situación, lo que la lleva a decir "siempre tuve complejo de pobre". La figura de la madre está exaltada en los rasgos que caracterizan su sufrimiento: su capacidad de entrega y el dolor silencioso, tanto por la dureza de las condiciones de su vida –ella, que en ese momento tenía 4 años, y sus nueve hermanos quedaron huérfanos de padre en la guerra- como por sus dolencias físicas: especialmente una cojera resultado de haber padecido poliomielitis y, como consecuencia, varias y cruentas intervenciones quirúrgicas. El padre está idealizado en su bondad y ecuanimidad, alguien que al decir de L. no se mete con nadie y cuyo lema es "vive…y deja vivir". Nunca puso reparos a la continua presencia de la familia de su mujer en su casa, a pesar de verse agraviado porque, ante la falta de recursos, la madre siempre elegía las mejores porciones de comida o la fruta más apreciada para distribuirla favoreciendo a sus hermanos en detrimento de su marido e hijos. Es éste el único reproche consciente y manifiesto que L. reconoce e inclusive ha formulado ya en repetidas oportunidades a la madre quien, por lo demás, ha sido preservada de todo asomo de posible crítica o reclamo. Los otros personajes significativos son el hermano de L., un par de años menor que ella, que aparece bastante desdibujado, sin ninguna mención especial y una tía materna que vivió en el extranjero muchos años y es como "la otra madre", alguien por quien L. se ha sentido muy protegida, quien le traía regalos que ella podía exhibir orgullosamente ante sus amigas, constituyendo un soporte, aunque nunca suficiente, para su narcisismo. La tía y la madre forman un tándem que ella vive como una especie de superestructura protectora pero persecutoria a la hora de marcar estrictas pautas de conducta ligadas, sobre todo, a "tener que ser muy buena", o sea, estar dispuesta a ser conciliadora y, por encima de todo, evitar los conflictos interpersonales, silenciando toda reivindicación y "entendiendo". Entender como sinónimo de aceptar sin protestar ha sido la marca característica de su educación y el rasgo más valorado en ella por su familia, que lo destacaba como una señal de madurez. Padres que exigían inconscientemente este moldeamiento, a imagen y semejanza de sus propios valores (y de su patología), que pueden haber dado lugar a un "falso self" o "personalidad como si". Modo familiar imperante con el que L. se vio forzada a mimetizarse para acceder al sentimiento básico de pertenencia. Así, el entender al otro, como resultante no sólo de los mensajes recibidos y de la identificación con los valores de la familia, sino también constituyéndose en una poderosa defensa en contra del temor a la confrontación. Satisfacción, por lo tanto en dos sistemas motivacionales: por una parte, en su narcisismo; por la otra, en el sistema de la autoconservación como modalidad de aplacamiento frente a aquellos que le inspiraban temor. Compleja doble motivación de la defensa que, simultáneamente, debilitaba, en otro nivel al narcisismo y a la autoconservación: ya que para comprender tenía que idealizar al otro con la consiguiente autodesvalorización, y de ese modo fue privándose de experiencias de confrontación con los demás que le hubieran podido ofrecer una imagen de sí misma asociada a un mayor sentimiento de poder. Así, ante cada sugerencia destinada a la búsqueda de asociaciones con experiencias vividas, el material que L. traía ilustraba permanentemente este discurso: una familia sufrida y esforzada, donde sólo había cabida para los sentimientos más nobles y generosos, sin que le fuera permitido reconocer y/o "sentirse con derecho a" la hostilidad. Por lo que el foco, a partir aproximadamente del comienzo del segundo año, estuvo centrado en señalar el peso que había tenido la incorporación de un modelo que privilegiaba el sufrimiento, y las defensas que ella había organizado para contrarrestar estas angustias de persecución. Recorrido analítico realizado a través de una reconstrucción histórica que permitiera una comprensión vivencial de los distintos episodios que habían ido jalonando este proceso, constituyendo una forma de vínculo: el compartir un estado emocional de sufrimiento que daría lugar a un masoquismo compartido, es decir la obtención del sentimiento de unión e intimidad mediante el sufrimiento compartido. En términos de sistemas motivacionales, variante de masoquismo al servicio del módulo del apego: ella y su madre enlazadas en el penar juntas. Era posible detectar que el cuestionamiento a la madre/sufriente como figura idealizada despertaba diversos tipos: de angustias: culpa por criticarla, temor a la pérdida de un baluarte narcisista –yo ideal de ser buena y sufriente- y, particularmente, angustia de separación, de ruptura con una madre que, a pesar de todas sus limitaciones y patología, había sido significada como figura protectora. La sesión siguiente a que yo comenzara con esta línea de "desmontaje" de su masoquismo, hubo incluso una referencia sutil, pero que no podía pasarme desapercibida, sobre el hecho de que "quizás yo no pudiese entender cuán difícil había sido la situación después de la guerra civil porque en aquella época yo no vivía aún en España". Curiosamente, la muletilla permanente de L., la frase que repite casi mecánicamente, es "¿sabes lo que te quiero decir?". Como si necesitara la confirmación de que sus interlocutores, incluida yo, la entendemos, repetición de la condición de comprender = a aprobación incondicional, tan representativa de su situación de niña “omnicomprensiva”. Contratransferencialmente lo viví como un recordatorio no sólo de mi condición real de extranjera, sino de en qué lugar ella me situaba, o sea quedándome fuera si no participaba de "sus reglas del juego". Fue un momento delicado que ambas fuimos transitando hasta lograr la elaboración de lo que “entender” implicaba, no como coincidir necesariamente,. Proceso que requirió por mi parte tener que plantearme continuamente cómo poder ir accediendo a la deconstrucción de esos componentes sin caer en la socorrida referencia a que sus resistencias no le permitían ver “la realidad”. Descubrí que recurriendo a ciertas intervenciones específicas con algún ingrediente humorístico, iba desdramatizándose la propia situación y podía empezar a reconocerse en ese personaje al que con el correr del tiempo ella misma pudo describir como "Ya estoy aquí de Virgen de las Angustias". Es decir, que este largo y complejo recorrido posibilitó un insight emocional, a partir del material que iba aportando, del análisis de la transferencia para que no se reactivase automáticamente conmigo una forma de vinculación centrada en obtener placer a partir de la rememoración de experiencias dolorosas –ella sufriendo y yo compadeciéndola o apreciándola por su mérito de ser tan comprensiva/buena/sufriente. Pero las defensas no solamente estaban al servicio de mantener preservada la imagen de sus padres, sino también, para favorecer el no tener que conectarse con sus propios y amenazadores impulsos agresivos. A raíz de mi insistencia en el minucioso rastreo de cada dato que aportaba algo sobre este tema, L. en una captación acertada sobre mi modalidad "machacona", llegó a decirme, utilizando también la ironía como instrumento "Seguramente algunos de tus pacientes nos curamos por cansancio, para que no nos sigas dando la vara …". Como rasgos de carácter se hace evidente que Laura tiene auténtica ansia de ser valorada, querida, tenida en cuenta; que su estabilidad emocional depende de en qué medida se siente aprobada o censurada, independientemente de lo poco significativas que puedan ser en su vida las personas que emiten esos juicios; que tiende a la exageración especialmente de los contenidos dramáticos y que es fácilmente permeable (sugestionable) a los comentarios que puedan hacerle. Su labilidad emocional se pone de manifiesto en la predisposición al llanto que brota fácilmente ante los temas más variados, convirtiendo casi cualquier referencia en algo doloroso. Y, simultáneamente, es reconocible la tendencia a establecer vínculos de dependencia que fácilmente la decepcionan pero de los que teme distanciarse. De modo que durante varios meses estuvimos trabajando para que L. pudiese ir comprendiendo que no se trataba de poner en duda sus vivencias sino de procesar cómo habían sido construidas y significadas, qué modelos de identificación le habían sido propuestos, y las posibles causas que la habían conducido a aceptarlos. Traté de ir señalándole minuciosamente cómo tenía codificada la equivalencia entre ser buena = sufrir, por lo que desprenderse del sufrimiento era una amenaza para varios sistemas motivacionales, como quedó descrito previamente. Sabía que era necesario que L. pudiera ir captando las motivaciones de su conducta para que no quedasen disociadas como afirmaciones mías que ella aceptaba, en una repetición una vez más en su vida, de su complacencia al otro significativo. De modo que fuimos procesando lo que sus conductas y fantasías representaban para:
Como pudimos ir viendo juntas, su cuerpo era el escenario privilegiado para la expresión de sus malestares, síntomas como expresión de unas defensas que le posibilitaban mantener alejados de la conciencia contenidos más temidos que el dolor de un sufrimiento físico. Durante su análisis, le han aquejado una lista considerable de ellos: un par de "ataques de ciática", tortícolis, molestias gastrointestinales, jaquecas, un síndrome premenstrual especialmente intenso y ocasionales crisis de pánico con "descalabro neurovegetativo" que se traduce en taquicardia, opresión en el pecho, sensación de mareo, además del omnipresente cansancio. Paralelamente, en el espacio transferencial yo veía a L. necesitada de mostrarme cuánto sufría, llegando en algunas sesiones desencajada, actuando ese "estoy fatal" que describía sucintamente su estado de ánimo, con un rictus de dolor. Me preocupaba poder acceder a la pertinente discriminación entre la utilización que L. pudiese hacer de ese masoquismo en la intersubjetividad, enviándome un mensaje inconsciente para que yo la aprobara en su "bondad de sufridora" y me comprometiera a no abandonarla, buscando además mi complicidad para participar del ritual del sufrimiento compartido, y lo que pudiera ser mi dificultad para aceptar la insistencia de una modalidad que por momentos pudiese provocarme irritación. El análisis de uno de sus síntomas aportó una clave esclarecedora de enorme valor para que pudiésemos revisar la posible causa de sus ansiedades persecutorias más profundas, convirtiéndose en otro de los focos de su psicoterapia. L. comienza una sesión del segundo año de su análisis diciendo "me fui volviendo miedosa con el correr del tiempo. El primer miedo del que soy consciente y me impide disfrutar es el vértigo". En ese momento ella trabajaba en una empresa multinacional, ubicada en un edificio de gran altura y aunque su despacho estaba en un piso bajo, con cierta frecuencia debía subir a otras oficinas situadas en la planta 13, 14 ó 15, lo que habitualmente le resultaba difícil y, en los momentos de crisis, imposible de realizar sin la ayuda de una figura contrafóbica, alguna compañera que sabía de este problema y acudía a socorrerla. Al preguntarle cuándo situaba ella el comienzo de su vértigo, recuerda que fue a los 18 años, uno de esos días en que iban a venir todos los tíos a comer y que empezaron a decir "vamos a ser muchos, a ver si nos vamos a caer", refiriéndose a si el piso podría resistir tanto peso. (Hasta ese momento, Laura incluso se asomaba en algún balcón. El que padecía vértigo era su padre desde que ella tiene memoria). Recordó que aquella noche se puso fatal, "En la cama me di cuenta de que no me había bajado el período" -ya era novia de su actual marido, y mantenían relaciones sexuales. "Me empezaron a venir malas imágenes. Había sido justo ese accidente en el cámping de Los Alfaques. Estaba aterrorizada. Temía el poder levantarme y tirarme por el balcón. Tuve una descompostura y una vomitona terrible. Estuve varios días mal, creo que tuve una depresión. Mi madre lo achacó a que me había sentado mal la sandía. Me llevó a un médico. Él incluso me preguntó si no prefería que saliera mi madre de la consulta. Le dije que no. No quería que ella creyera que no podía contárselo todo. Se lo podía haber contado, yo me hubiera quedado bien y no me hubiera dejado este pozo. Siempre fue una mujer tolerante y comprensiva, pero me había repetido hasta el cansancio que no me quedase embarazada antes de tiempo. Al día siguiente de haber ido al médico, me bajó la regla". Le digo a Laura que debió ser una experiencia realmente muy dura para ella, que entiendo que la fantasía de poder estar embarazada la debió impactar terriblemente porque suponía poner en riesgo su imagen de joven hiperresponsable, cuidadosa, intachable que era la fuente principal de su autoestima y porque un embarazo hubiese supuesto decepcionar a su madre, proveerla de un motivo más de sufrimiento, en conflicto con la tarea que ella había tomado a su cargo: cuidarla y reparar con su rol de hija ejemplar los sufrimientos y privaciones de la vida de su madre. Le señalo que la asociación con la tragedia de los Alfaques podría provenir de la culpa que sentía y que fácilmente puede vincularse a esas lecturas religiosas infantiles que ella había comentado sobre "arder en el infierno". Destaco las exigencias implícitas que la relación con una madre tan abnegada y sufriente pudieron tener para ella, así como que sus temores a caerse podían estar asociados a una forma particular de identificación con la cojera de la madre quién sí se había caído en repetidas ocasiones, lastimándose seriamente sus ya dañadas pierna y cadera. L. parece, entonces, poder empezar a pensar en todo esto y esa sesión marca un hito importante en su análisis al que ella hará posteriormente mención en reiteradas oportunidades. El tema del vértigo se continúa con el siguiente relato: "Como a las tres semanas vengo a Madrid en avión, feliz. A los pocos días salimos con unos amigos y una chica. Yo percibí que ella le iba a querer quitar el novio a la otra. Me empecé a poner nerviosa, me temblaban las piernas, tuve una vomitona de miedo y también sentí que me quería tirar del balcón. Cuando cogí el avión para volver a casa ya estaba inquieta; cuando la azafata dijo que estábamos a 7000 pies de altura me dio un agobio tremendo". Dice que esa fue la última vez que cogió un avión, dato que corrige meses más tarde cuando se da cuenta que dos años después hizo otro vuelo y que a la vuelta les tocó una fuerte tormenta -hace de esto 10 años – y ese sí fue el último. Asimismo, habrá diferentes referencias en varios momentos del proceso a la cuestión de la posible caída, en el "No me sostengo a mí misma" o el inicial "Se me cayó la autoestima" frente a la mentira del marido. Las visitas de sus padres y su tía, que viven en otra provincia pero se trasladan periódicamente a Madrid, a veces para ayudarla con los niños en las vacaciones del colegio mientras ella está trabajando, han sido muy útiles para corroborar cómo se reactivaban en su presencia tanto los deseos de seguir cumpliendo con esa imagen de hija modélica, en claro conflicto con su necesidad de ser autónoma y rebelarse frente a un rol estereotipado que le ha ido resultando “demodeé”, y la necesidad de ofrecerles una imagen de ella como alguien sufriente, enormemente sacrificada por la suma de las demandas de su actividad laboral y las tareas domésticas, para ser valorada. Llegado este punto, creí necesario que nos ocupáramos especialmente de la represión de su agresividad, de ir desmontando tanta idealización defensiva para facilitar que pudiese conectarse mejor, o sea desculpabilizarse paulatinamente de poder contener en sí sentimientos hostiles que solo aparecían en sus síntomas. El primero en "caer" había sido el marido. Cuando señalé a L. la contradicción entre la supuesta "santidad" y paralelamente su atribución de ser el responsable de su depresión por la infidelidad, comenzó un largo -aún continúa en ello- proceso de reclamo. Paco pasó así de ser considerado como el más comprensivo, colaborador y generoso de los maridos a transformarse en un monstruo de crueldad e indiferencia, incapaz del más mínimo gesto de cariño. El despliegue de agresividad contra él, resultante tanto del sentimiento de traición como de la rabia narcisista por el efecto autodesvalorización que le atribuye haberle ido inoculando, se expresaba en interacciones que alcanzan ocasionalmente un alto nivel de crispación, renunciando al placer sexual como forma de autoafirmación narcisista para castigarlo a él pero, sobre todo, mediante un discurso descalificador que sólo se permite en la sesión pero que ha supuesto conectarse con todo lo negado de su ambivalencia. Así como antes cualquier asomo de un sentimiento negativo contra él quedaba excluido, en el período de mayor virulencia nada parecía rescatable. Fue difícil trabajar sobre lo que esto suponía, para no repetir la situación de que apenas asomaba su agresividad, se asustara de las consecuencias de ésta, corriendo el riesgo de que fuese nuevamente reprimida. Lentamente, recién en el tercer año de análisis, Laura pudo entender cómo había pasado de la negación de ciertos aspectos de su relación con Paco para mantener la idealización de un objeto transformacional (Bollas, 1987 ) -que creaba en ella estados afectivos deseados que por sí misma no lograba desarrollar-, y de un objeto contrafóbico que la protegiera de sus temores a sentirse desbordada por el pánico, a una incriminación que lo convertía en la causa de su depresión, no pudiendo considerar la infidelidad como catalizador de un proceso de crisis personal que venía gestándose previamente. Asimismo, pudo ir aceptando cómo en el momento en que se desencadena toda la situación, ella reproduce ese modelo de víctima pasiva de sufrimiento incontrolable, porque no sabe vivirlo de otro modo. Y reconocer, la búsqueda inconsciente de culpabilización de él para que produjese el efecto de sobrepreocupación por el estado de Laura, culpa que lo había convertido en ese "fiel acompañante" que la reaseguraba tanto por lo que en aquel momento era su intenso sentimiento de vulnerabilidad, como por la sensación de control sobre él. Pudimos así ver su depresión en la confluencia de vertientes: cómo la afectó el impacto del temor a la pérdida real del marido, el duelo por la desidealización de él y de la relación entre ambos, y el narcisismo herido al sentirse traicionada. La agresividad reprimida juega, como señalé antes, un papel fundamental en esta paciente porque activa conflictos con un narcisismo que idealiza el "ser buena" como mandato de género femenino explícitamente transmitido en el mensaje materno, lo que desencadena una persecución proveniente de su estricto superyó, y supone una amenaza a su prevalente motivación de apego, haciéndole sentir en peligro cada vez que expresa su hostilidad, por temor a ser abandonada como castigo (Levinton,2000). Esto se pone de manifiesto en esta misma época, en una sesión en que Laura relata muy angustiada una pelea con su hija de 7 años, en que ella se queda muy mal cuando la niña se va al colegio por haberla regañado y no haberse reconciliado aún. L. recupera unos recuerdos que habían estado según ella comenta, "muy tapados". Remiten a la angustia que recuerda haber sentido algunas tardes de domingo, en que su madre, disgustada (silenciosamente) con la abuela por las demandas incesantes de cuidado y compañía, se marchaba a dar un paseo, y sin saber por qué Laura se angustiaba terriblemente temiendo que la madre ya no volviese "que le pasara algo por lo que no pudiese regresar". La esperaba entonces muy pendiente de su retorno. Le señalo a L. cómo confluyen nuevamente sus temores a que sentir, incluso sin expresar, agresividad pudiese ser causa del peor de los castigos. Aún suponiendo que ésta pudiese ser una escena encubridora de que el disgusto fuese entre ella y su madre y ella se sintiese culpable o de que incluyera alguna fantasía agresiva de L., el efecto de “boomerang” inmediato es inconfundible. La sanción para cualquier forma de agresividad es el abandono y la culpa de sentirse responsable de lo que pudiera haber pasado. La reacción en un principio irritada, ha ido aproximándose progresivamente a una forma más serena de poder expresar abiertamente sus discrepancias con los demás, encontrando una salida que no sea o el sometimiento o la confrontación abierta e indiscriminada en la que había entrado. En ese momento L. fantasea con la idea de la separación; la trae repetidamente a sesión como una decisión "casi" tomada, pero siempre tiene el carácter de una actuación forzada para sus todavía deficitarios recursos yoicos incapaces de poder afrontar todo lo que un divorcio supondría en términos de pérdidas, de tener que acomodarse a una vida muchísimo más difícil que la actual, con ingresos que no le permiten aún mantenerse por sí misma sin el aporte mayoritario de su marido, quien además contribuyó a que ella pudiese poner una tienda que era lo que tanto deseaba, y a la que se dedicó cuando fue despedida de la empresa debido una reorganización. Todo esto nos permitió también trabajar sobre su falta de práctica para enfrentar situaciones de conflicto y tener que encarar la idealización de un padre cuyo mensaje de "No meterse con nadie" incluía un componente importante de inhibición, difícil de rastrear para una joven que solamente podía valorar la falta de autoritarismo como rasgo distintivo pero no captar la omisión de comprometerse más activamente en la dinámica familiar. Seguimos trabajando.
Relación del sujeto consigo mismo
Estilos defensivos
En relación a los cambios en el inconsciente: modificación del estilo de vinculación con el marido, con la madre, con su analista para que puedan ser incorporadas como memoria procedimental, inscribiendo en su inconsciente una representación diferente de sí misma y cuestionando la supuesta imperiosa necesidad que tiene de los demás. Relaciones intersubjetivas
Bibliografía Bleichmar, H. (1986). Angustia y fantasma: matrices inconscientes en el más allá del principio del placer. Madrid: Adotraf. Bleichmar, H. (1997). Avances en psicoterapia psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Barcelona: Paidós. Bollas, C. (1987). The Shadow of the Object. Psychoanalysis of the Unthought Known. London: Free Association Books, Ltd. Killingmo, B. (1989). Conflict and deficit: Implications for technique. International Journal of Psycho-Analysis, 70, 65-79. Levinton, N. (2000) El superyó femenino. Madrid: Biblioteca Nueva. Lichtenberg, J. D. (1989). Psychoanalysis and Motivation. Hillsdale, NJ: The Analytic Press. Lyons-Ruth, K. (2000). El inconsciente bipersonal: el diálogo intersubjetivo, la representación relacional actuada y la emergencia de nuevas formas de organización relacional. Aperturas Psicoanalíticas, www.aperturas.org (4). Power, D.G. (2000). Intentando algo nuevo: el esfuerzo y la práctica en el cambio psicoanalítico. Aperturas Psicoanalíticas, www.aperturas.org (7). Stern, D. N. (1985). The Interpersonal World of the Infant. A View from Psychoanalysis and Developmental Psychology. New York: Basic Books. (El mundo interpersonal del infante. Paidós: Buenos Aires, 1991). Westen, D. (1997). Towards a clinically and empirically sound theory of motivation. International Journal of Psycho-Analysis, 78, 521-548. |
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