Realidad subjetiva, realidad objetiva, modos de relación y acción terapéutica

Publicado en la revista nº008

Autor: O´Connell, Mark

 

    Resumen

    Este trabajo describe la dialéctica que se considera que está en el centro de la interacción terapéutica dentro del modelo relacional. Esta dialéctica consiste en la interrelación de dos modalidades: la diádica y la triádica. En la modalidad diádica, el analista responde con aspectos de sí mismo que reflejan de manera singular la subjetividad del paciente. Esta modalidad de entonamiento es particularmente apropiada para traer la experiencia del paciente a un lugar donde pueda ser mirada y conocida. En la modalidad triádica, las realidades se consideran importantes para la subjetividad del paciente si bien externas a ella. El analista invita al paciente a verse a sí mismo no sólo desde el interior de su propio espacio sino, también, desde un punto externo, a través de la perspectiva de los otros.

    El analista tiene  una responsabilidad asimétrica, aunque no exclusiva, a la hora de mantener una relación fluida y flexible entre estas modalidades. De forma óptima, esto sucede a través de un intercambio espontáneo y auténtico con el paciente , moldeado por la empatía, la intuición y el juicio clínico. No obstante, cuando esta dialéctica pierde su cualidad sólida y dinámica (como ocurre frecuentemente en orientaciones que abarcan desde lo clásico a lo postmoderno), se forma una díada impermeable al excluir aspectos potencialmente triangulares/triádicos de la realidad (y la subjetividad). Esto puede dar lugar a que la curiosidad y la apertura sean sustituidas por la cerrazón de mente y las convicciones absolutas.

Introducción


Catarsis y abreacción (Freud,1894); donde estaba el ello, estará el yo (Freud, 1923); modulación del superyó severo (Strachey, 1934); la remoción de los objetos malos (Fairbairn, 1952); mediando leves expansiones del funcionamiento a través del yo supuestamente más adaptado del analista (Loewald, 1960); fomentando el hallazgo de un self excluido (Winnicott, 1971); internalización transmutadora (Kohut, 1977); y la influencia de nuevos objetos (Loewald, 1960; Strachey, 1934). La historia del psicoanálisis está repleta de afirmaciones enfáticas sobre cómo el análisis ayuda a cambiar a la gente. Mientras que la historia individual, la constitución, el entrenamiento y otros múltiples factores modelan las tendencias teóricas de cada analista, la mayoría se muestra de acuerdo con que las opciones para la acción terapéutica son múltiples y que las permutaciones entre estas opciones son aparentemente infinitas.


Los conceptos modernos de la acción terapéutica han sido profundamente influenciados por el reciente énfasis en la subjetividad. Algunos teóricos (Schwaber, 1983; Stolorow y Atwood, 1992) han enfatizado la subjetividad del paciente. Otros (Hoffman, 1996; Renik, 1998) han tenido en consideración la subjetividad del analista además de la del paciente y, al hacerlo, convirtieron la confluencia relacional de estas respectivas subjetividades en su campo de investigación, así como el lugar de la acción terapéutica desde la perspectiva de estos autores. Todos han roto con el ideal positivista del analista como proveedor autoritario de “insight” y todos han enfatizado que el conocimiento subjetivo ocurre a través de unas lentes de visión poderosas pero inciertas.


En el presente trabajo me propongo describir una dialéctica que considero fundamental para el proceso analítico. Considero que esta dialéctica es relevante para los distintos modelos teóricos y propongo que lo es, de una manera especial, dadas las inclinaciones habituales a unir la acción terapéutica ya sea con la subjetividad o con la compleja cuestión de cómo analistas y pacientes llegan al conocimiento que alcanzan. Dicho de manera breve, considero que el encuentro terapéutico puede entenderse, de forma útil, como conformado por la relación entre dos modalidades de relación analista-paciente. En un eje, el paciente se ve involucrado en la experiencia de llegar a ser conocido y conocerse a sí mismo en un espacio intensamente privado en el cual el foco se coloca, de forma desbordante y asimétrica, en su experiencia subjetiva. En el otro eje reside la cuestión de llevar esa experiencia subjetiva al mundo de los otros y encontrarse,  y sentirse uno mismo, en el frecuentemente conflictivo mundo, subjetivo y objetivo, de las realidades del “no yo”.


 En los comentarios siguientes expongo mi comprensión de estas modalidades, así como la forma en que la interrelación entre ellas facilita el proceso analítico. Por tanto, utilizo este modelo para iluminar dificultades que considero se encuentran con frecuencia en los abordajes tanto clásicos como postmodernos; no obstante, me centraré particularmente en problemas que creo comunes cuando se trabaja de una forma que enfatiza la naturaleza inherentemente subjetiva del conocimiento analítico.


Al hacer esto no intento criticar el énfasis actual en la subjetividad. En cambio, intento ofrecer puntos para ser cautelosos. Cada artista necesita apreciar la vulnerabilidad de sus elementos, y cada ingeniero las limitaciones de su máquina. Comenzaré con una viñeta clínica.


La Sra. A


Un viernes reciente por la tarde la Sra A, que había sido mi paciente durante varios años, me llamó a casa. Años atrás,  cuando vivía las cosas de una forma bastante desesperada, estas llamadas eran frecuentes y a menudo giraban en torno a sí ella tendría el coraje de seguir viviendo. Pero la Sra. A no me había llamado a casa desde hacía mucho tiempo, así que su llamada  evocó en mí recuerdos de tiempos anteriores y escuché con  cierta intranquilidad. Ella me contó que se había dado cuenta de que era demasiado tarde para tener un bebé.


Según hablaba, yo pensaba en los años de trabajo juntos. Habíamos transitado a través de recuerdos aterradores -algunos explícitos, otros más entre sombras. Habíamos lidiado con una ira desgarradora, dirigida tanto hacia ella misma como hacia los demás. Habíamos luchado con su sensación de estar completamente muerta por dentro. A menudo había tenido sintomalogía  y habíamos intentado ayudarla a reparar y recuperar su propia identidad hecha añicos. Ella se había sentido, según me refería, “como en un túnel del viento“. “A veces me siento como si no hubiera nada dentro de mí, a veces puedo sentir los fragmentos de alguien que está siendo arrasada”. Sintiéndose como se sentía, había recurrido a mí, desesperadamente, en busca de ayuda para encontrar su identidad. “Necesito que sea usted mi espejo”, había explicado. “Necesito que me ayude a ver qué hay ahí y a sentir cómo podría encajar todo ello.”


Finalmente, la situación había mejorado. La Sra. A había desarrollado un sentido de estabilidad cada vez más confiable y había comenzado a confiar en su capacidad para ser cariñosa. Se había casado y su marido, aunque pasivo y demasiado deseoso de dejar el tiempo pasar sin insistir en tener un bebé, había sido un hombre estable y seguro.  La decisión más reciente de la Sra. A de intentar quedarse embarazada parecía el siguiente paso lógico. Pero, a la vez, representaba un riesgo aterrador para ella. Yo había compartido su  esperanza y su ansiedad, y ahora sentía una pena y un pesar enormes. Y, aunque sabía que ella había tenido razones legítimas para esperar para tener un hijo, me sentía un poco culpable: quizás, había habido momentos en los que yo había sido complaciente, tranquilizado por la sensación de que habíamos hecho un mayor progreso analítico del que inicialmente esperábamos. Pensaba sobre todo esto según escuchaba empáticamente aquella tarde de viernes y cuando, por primera vez en años, la Sra. A volvió a la cuestión de si su vida merecía la lucha. Yo desplegué mis asociaciones para recordarle el tiempo que le había llevado y lo duro que había trabajado para rescatar su deseo de vivir. Mis comentarios parecieron ayudarle.


No obstante, a la mañana siguiente llegó a mi consulta en un estado de amargura llena de rabia. Me contó que su marido le había hablado la noche anterior de sus remordimientos por no haber pasado el tiempo suficiente con su gato, recientemente fallecido. Ella la emprendió contra él centrándose en el tiempo que él había dejado pasar sin haber insistido sobre la idea de un bebé. Se me ocurrieron una serie de asociaciones a este respecto. En primer lugar, silenciosamente, me enfadé con su marido, reacccionando junto a ella en contra de su aparente insensibilidad. Esta línea de pensamiento me dejó, de alguna manera, algo incómodo; era demasiado simple y culpabilizante. A continuación, se me ocurrió que ella me estaba diciendo a mí que yo también le había fallado. Este pensamiento no me sorprendió ya que frecuentemente me veo a mí mismo en lucha con un sentido de culpa y responsabilidad. La siguiente reflexión surgió a partir de la sensación que tenía de que el esfuerzo de tener un hijo también habría representado un riesgo para la Sra. A. Pensé, “quizás, él también estaba hablando del remordimiento sobre Vd., el matrimonio y vuestra pérdida compartida.”


El día siguiente, cuando la Sra. A retomó la cuestión, expresando su furia contra su marido, yo noté que me sentía impaciente con ella. Esa impaciencia me condujo a centrarme sobre su amargura. En los peores momentos del pasado ella había recurrido a tal amargura utilizándola para protegerse a sí misma, desgraciada pero segura, en un lugar donde ella ni quería ni necesitaba nada. Era un sentimiento antiguo y problemático, un sentimiento que, a menudo, yo lo había encontrado agotador. Cuando yo hablé, mis palabras estaban moldeadas por la impaciencia y estaban dirigidas a introducir una nota discordante. “Esta amargura”, comencé, “entiendo porqué llega a sentirla, pero ya hemos visto que no es muy buena. Hemos visto que cuando se siente así no puede saber ni sentir qué le pertenece, qué es lo que quiere o qué hay vivo y anhelante en usted. Cuando sólo siente amargura, usted se escabulle a un lugar donde se siente muerta y desesperanzada”.


Mis palabras la enfadaron. “¿No se sentiría amargado usted si se hubiera casado con alguien que demostrara más interés por un puñetero gato que por usted?”. Le respondí que yo no era un santo y que, ciertamente, estaría furioso también. No obstante, me pregunté si ella podría estar escuchando tan sólo una nota del acorde. Quizás su marido no sólo hablaba del gato, quizás estaba hablando de ella también y del hecho de que pudiera sentir remordimiento no era algo tan malo. No era la función de ella analizarlo a él, por supuesto, pero ¿podría ser que estuviera estrechando demasiado la lente de su percepción en función de su amargo rechazo?


Este intercambio sirvió de estímulo para la expresión de emociones de la Sra. A durante las siguientes semanas de análisis. Había furia: la Sra. A me acusó de defender a su marido y de no preocuparme nada por ella. Yo no le había dado un bebé sino tan sólo años de cara e inútil charla. Había desesperación, ella experimentaba una vuelta a la sintomatología suicida. El dolor era demasiado grande, me dijo. Necesitaba que yo le organizara su hospitalización porque necesitaba poder hablar con alguien cuando le surgiera la necesidad; sólo de esta forma ella podría manejarlo.


Yo me tomé muy en serio su sensación de riesgo pero, también, reconocí en su crisis actual la presencia de un deseo de volver a un modo de trabajo que había caracterizado sus primeros años de tratamiento conmigo. Durante aquel período, de alguna manera, esto era un punto a menudo inflexible, ella insistía en lo que llamaba “total aislamiento”: necesitaba que yo me sumergiera totalmente en su experiencia y se enfurecía ante cualquier interferencia con el tenor de su experiencia o con mi capacidad para “escucharla sólo a ella”. Ella la emprendía contra lo que percibía como intrusiones, incluyendo indicaciones sobre el hecho de que yo tuviera una familia o el que yo tratase a otros pacientes, sugerencias sobre mi sexualidad y agresión, el ruido de mi ordenador, cualquier cosa que echase por tierra el espacio enclaustrado que sentía que necesitaba.


Tiempo atrás, yo había sentido que la Sra. A verdaderamente necesitaba lo que demandaba. Yo había trabajado con ella en esa dirección. Habíamos tenido éxito, o eso parecía. A lo largo de tres o cuatro años, durante los cuales yo estaba profundamente pendiente de ella, reflejando y respondiendo en esa atmósfera de sintonía exaltada, nos pareció a ambos que ella recuperó una identidad perdida y consolidó la identidad fragmentada. Finalmente, su insistencia en la absoluta adherencia a este modo de trabajo cedió. Ahora me desagrada considerar la posibilidad de que el cambio en ella pudiera haber sido más superficial de lo que yo pensé.


En este contexto, mi reacción ante la demanda actual de la Sra. A fue ambivalente, incluso impaciente. Afectivamente, yo no quería sentirme controlado por sus necesidades. Intelectualmente, mi preocupación por su seguridad se mantenía en paralelo a la preocupación de que su amargura escondiera una posición maligna de desesperación pasiva, y de que dicha posición se viese fortalecida si yo apoyaba su deseo de tener una persona que le ayudase dándole atención  de manera no realista. Por lo tanto, le hice una contrapropuesta: le dije a la Sra. A que sabía que ella necesitaba que yo respetara lo terriblemente mal que se sentía pero que también pensaba que ella me necesitaba para que le ayudase a encontrar su identidad, con dolor y todo, dentro del mundo real. Le desaconsejé el ingreso en el hospital y le sugerí que nos viésemos de forma más intensiva para trabajar en la comprensión y el manejo de la disparidad entre sus necesidades y mi disponibilidad real. Ella estuvo de acuerdo de forma reticente. Durante un tiempo se resistió, segura de que yo había subestimado su dolor y sobrestimado sus capacidades. Pero, tras un período de varias semanas, esta lucha comenzó a ceder ante algo que había sido uno de sus grandes puntos fuertes: su curiosidad. Ella comenzó a examinar su relación conmigo desde múltiples perspectivas. Recordó cómo se había sentido desde el comienzo, diciendo: “cuando acudí a usted por primera vez estaba rota en demasiados pedazos y estaba decidida a hacer de esto un lugar donde pudiera recomponerme a mí misma. Le puse a usted en un pedestal, necesitaba que usted fuera un lugar de absoluta seguridad y sé que necesité aquello durante mucho tiempo”.


¿Necesitaba ella lo mismo ahora? No estaba segura, en cierto sentido sí pero en muchos otros quizás no. La idea de que su necesidad podría ser distinta le proporcionó una tenue luz de apertura y comenzó a mirarse a sí misma y a los dos desde distintos ángulos. Quizás, admitió, ella perdió algo al hacerme la única fuente de su seguridad. Al colocarme en ese pedestal, ella me controlaba. Tal y como ella lo expresó, me mantenía con “las riendas cortas”.


El reconocimiento de la Sra. A de que me había necesitado de la forma en que yo fui con ella, y de que lo había necesitado durante un largo tiempo, me proporcionó una pequeña satisfacción. Alivió mi culpa. Y como me sentía menos culpable, mi estado afectivo pasó de una fuerte impaciencia a una predominante tristeza sobre lo que ella y nosotros habíamos sido incapaces de hacer. Esto,  o bien condujo o bien fue en paralelo con el desarrollo de su capacidad para el duelo.


La Sra. A puso de manifiesto que había estado escribiendo en su diario sobre su madre. Había estado pensando en leerme el diario pero prefirió, en cambio,  hacerme un resumen. Pregunté sobre esta decisión. Ella pensó por un momento, sorprendida de que leer y resumir fueran cosas tan diferentes. “Leer sería como garantizarle acceso directo”, dijo ella. Yo pregunté qué tenía eso de malo. Ella pensó y contestó que haciendo un resumen ella podría dirigir y, por tanto, controlar nuestro intercambio. Pregunté porqué necesitaba ella controlar. Se quedó callada y le pregunté qué sentía. “Por primera vez, siento que he empezado a mirarme a mí misma como una persona con continuidad”, dijo ella. “Mirando a lo que era antiguo desde el punto de vista de lo que es nuevo”.


La Sra. A siguió diciendo que se sentía así incluso con respecto al fragmento del diario que quería leer, a pesar de que sólo tenía dos semanas de antigüedad. Pero estaba hecha  un lío. La continuidad era una buena cosa así que ¿por qué encontraba tan difícil leérmelo a mí? Leyó el fragmento. Sorprendentemente, estaba relacionado con el hecho de que su madre había cambiado su propia edad en la partida de nacimiento de la Sra. A. Cuando la paciente paró de leer, comenté, de una manera bastante simple, que su madre había tratado de controlar el tiempo. La Sra. A quedó impresionada por esto. “¿Es eso lo que yo hago?”, se preguntó. Con estas palabras, comenzó a llorar. “No pensé que me importaría tener continuidad”, dijo ella. “Y realmente no me importa, pero parece que me hace muy desgraciada”.


Tras unos momentos, le dije que su tristeza me parecía lógica. Tener continuidad significa ver el pasado como el pasado, y el presente y futuro como presente y futuro. Pero para la Sra. A eso significaba verse a sí misma desde un punto en el tiempo hasta otro, sin controlar el momento previo. Con el tiempo, en una serie de intercambios que ahora resumo, esencialmente le dije: “Hasta cierto punto tiene algo que decir sobre el desarrollo del futuro, pero no sobre el pasado. Fue lo que fue. Y cuando realmente lo ve como lo que fue, se siente enormemente triste por ello. Siempre ha soñado que fuera diferente porque era muy, muy duro. A lo mejor es capaz de vivir mejor en el futuro una vez que haya renunciado a intentar controlar el pasado.”


Con este intercambio, nos embarcamos en un largo período durante el cual la Sra. A habló mucho más explícitamente sobre cómo habían sido las cosas y de lo que había traído del pasado a su presente y a su futuro.  A través de tormentosos intercambios pareció ir aflojando su control sobre mí y pasó a verme más como una persona que le ayudaba, con sus propias imperfecciones, que como un supremo protector. Y con unas series de sueños en los que la gente que le daba una oportunidad o apostaban por ella parecían más cercanas y reales comenzó a sentirse más capaz de darse cuenta de sus metas. Su estado afectivo siempre incluía le tristeza, pero la tristeza no la inhabilitaba como en el pasado.

 


Una dialéctica que comprende diferentes estados de relación


A la hora de explicar los elementos primarios de una dialéctica que considero esencial para el proceso analítico utilizo los términos diádico y triádico para describir dos modos de relación entre analista y paciente, diferentes pero relacionados entre sí.


El Modo Diádico


En medio de la crisis descrita en el tratamiento de la Sra. A, la paciente volvió a antiguos y familiares estados de ánimo, en particular sentimientos de muerte, desesperación y amargura. Ella me pidió que le ayudara a abordar estos estados retornando a un modo de “acción terapéutica” que se había demostrado fructífero con anterioridad. Me refiero al modo en el cual intenté crear con ella un espacio tan a prueba de intrusiones y aislado que ella pudiera oir  los más remotos matices de sus propias experiencias.


Como he mencionado con anterioridad, en los primeros años de nuestro trabajo yo estaba bastante deseoso de ofrecerle este espacio. Su madre había sido una tirana codiciosa, invadiendo y usurpando, demandando a la Sra. A que sometiera todos los aspectos de sí misma a la visión de su madre. Su padre, cada vez más ausente, no le había provisto de ninguna defensa ante las embestidas de la madre. Desde este aspecto de su historia, había brotado una transferencia maternal  central y maligna: ella percibía cualquier influencia exterior como demandas insaciables, y tenía la tendencia de repudiar todo lo que sabía de sí misma para modelar su identidad de acuerdo con las necesidades, reales e imaginarias, y  las expectativas de los otros. Esto la dejó a ella con una experiencia personal tremendamente frágil y un sentido de continuidad y una confianza inestable. Todo esto determinó que construyéramos un ambiente del máximo entonamiento y de mínima interferencia y conflicto al tiempo que ella, y nosotros, buscábamos su verdadero self.


Estoy interesado en mi actitud con respecto a este fenómeno. Rara vez me enfadé ante las demandas de aislamiento de la Sra. A. a pesar de que a menudo rayaban con lo tiránico. Yo tenía muchas ideas e interpretaciones que daban significado a sus demandas pero, claramente, cuando ofrecía mis pensamientos lo hacía muy delicadamente, con muy poca intención de cambiar nuestro modo de trabajar juntos.  A  pesar de que el espectro desde el que yo respondía era severamente limitado, yo sentía que estaba siendo auténtico. No me amoldé artificialmenete para “corregir su experiencia emocional” (Alexander,1946). Por el contrario, respondí espontáneamente con aspectos de mi experiencia que encajaban con su estado y su necesidad del momento e, intuitivamente, tendí a excluir aspectos de mi experiencia que ella hubiera sentido como invasivos o coercitivos. En retrospectiva, puedo ver que facilité la construcción de una mitología funcional, pero en aquel momento pensé que la interpretación de este estado podría constituir una actuación contratransferencial  semejante a la intrusión y el abuso de la madre.


Esta forma de trabajo puede situarse dentro de una importante y amplia línea de desarrollo teórico. A lo largo de los pasados cuarenta años, una serie de contribuciones significativas han servido como correcciones de lo que previamente se veía -unas veces adecuadamente, otras veces de forma simplista- como el frío paternalismo de la técnica clásica. Winnicott (1971), en verdad uno de los portavoces más claros de este movimiento, focalizó uno de sus objetivos centrales en explicar su convicción de que un ambiente nutricio no invasivo, “lo suficientemente bueno”, basta para efectuar el cambio de un sentido ilusorio de control sobre el otro (relación con el objeto) a otro sentido de relación más auténtica en el cual la realidad separada del objeto es reconocia (uso del objeto). De esta manera, el analista ayuda al paciente a encontrar su propio  self.


El trabajo de Winnicott, por supuesto, ha sido elaborado y ampliado por otros que han enfatizado la importancia esencial de ayudar al paciente a localizar aspectos escondidos o encerrados de su identidad (Kohut 1977, Schwaber 1983). Llevado a un extremo problemático, este modo de trabajar puede ser caracterizado como aquello a lo que Gabbard (1997) se refirió, de manera crítica, como “privilegiar”  la realidad, la posición y la subjetividad del paciente; una idea que desarrollaré más adelante. En su  forma óptima, el trabajo sobre este modo diádico puede conducir a lo que Wright (1991) se ha referido como “resurrección del self desterrado”  (p. 290).


A partir de este punto, utilizaré el término diádico para describir este modo de relación insularizado, en el cual la experiencia subjetiva del paciente es el foco esencial y en el cual los aspectos de la realidad que no reflejen, confirmen, o ni siquiera amplifiquen tal experiencia, tienden a excluirse(1).


El modo triádico


A fin de describir un modelo terapéutico diferente -uno en el que las realidades relevantes, aunque externas a la experiencia del paciente, encuentran un lugar más significativo en el intercambio del tratamiento-  volveré al caso de la Sra. A, para centrarme ahora en la cuestión de su marido y el gato.


En primer lugar, describiré lo que no tenía en mente cuando expresé mis asociaciones sobre el arrepentimiento de su marido. No estaba seguro de qué le pasaba a su marido por su cabeza así que no me alteré porque estaba seguro de que la interpretación de la Sra. A no era  la correcta. No creí que tuviera que ayudarla con una verdad positivista que yo supondría haber identificado en la  actitud del marido. Sin embargo, pensé que mis nuevas respuestas de irritación y de impaciencia eran importantes. Yo ahora me rebelé contra el intento tiránico de la paciente de excluir las realidades exteriores de las demás, y de mí, de su conciencia y del diálogo. Sobre al arrepentimiento de su marido quise decir, hipotéticamente, en voz alta: "Tiene Vd. su  punto de vista y es importante. No obstante, existen otras realidades que, de hecho, la conciernen".


Tales realidades, o esas "realidades externas" que están ahí son de interés creciente para los defensores y los críticos de la teoría intersubjetiva. Consideremos algunas contribuciones recientes. Cavell (1998a)  mientras argumenta que la psicología psicoanalítica moderna puede sobrevalorar de una manera problemática " la realidad subjetiva" por encima de otros aspectos de la experiencia, nos recuerda la definición más familiar de la "realidad objetiva". Ella señala que aunque la comprensión subjetiva de la verdad cambia, las mismas verdades mantienen una realidad “objetiva” independientemente de nuestra conciencia subjetiva. A modo de ejemplo, identifica la redondez de la tierra como una realidad “objetiva”, independientemente de las subjetividades que han surgido acerca de este fenómeno.


Gabbard (1997) observó que "El origen de la objetividad" no está recogido en el significado de la palabra objeto. Tal y como define el Oxford English Dictionary (Brown 1993), "objeto" quiere decir "algo externo a la mente o al sujeto pensante" (pág. 164). La definición de Gabbard es funcional. La "realidad objetiva" no es necesariamente una realidad positivista o empíricamente demostrable sino una realidad por fuera de una subjetividad dada. Creo que esta definición caracteriza el estado del marido de la Sra. A en el intercambio descrito. No conocía su “realidad objetiva”, en el sentido positivista de la palabra, pero reconocí que él tenía una “realidad objetiva” fuera de la subjetividad de su mujer y, por extensión, fuera de la mía.


 Asimismo, Renik ha abordado el asunto de la objetividad, desde una perspectiva tanto funcional, como pragmática. Un analista puede ser irreductiblemente subjetivo, observó, aunque hay también un lugar para ser objetivo.

 



 “Para mí, la respuesta...está en reconocer que en el análisis, como  todos los aspectos de la vida, las observaciones de la realidad son constructos que se forman en relación a determinados intereses subjetivos. En otras palabras, la objetividad es un concepto pragmático, se refiere tanto a objetivos como a objetos”(pág. 491).



Estos y otros autores, así como aquellos que han animado e influenciado nuestros pensamientos acerca de la importancia fundamental del encuentro psicoanalítico (Aron 1998; Benjamin 1988; Fonagy 1995; Green 1997; Target y Fonagy 1996), actualmente están interesados en buscar y concederle un sitio a la "realidad objetiva" en el  emergente universo subjetivo de la teoría y la práctica psicoanalítica. Deseo respaldar a este movimiento mediante la descripción de las formas por las cuales la percatación y la atención de tales “realidades objetivas” son fundamentales tanto para la acción terapéutica como para la apuesta por mantener una mentalidad abierta y curiosa. Lo explico brevemente: las realidades objetivas nos importan porque el psicoanalista no sólo debe ayudar al paciente a elaborar y a expresar su propia perspectiva subjetiva sino que también debe ayudarlo a situar la perspectiva subjetiva dentro de un contexto.


Con el fin de desarrollar esta idea, investigaré la forma cómo esta observación es expresada en términos relacionales y cognitivos. Britton (1989) describió cómo la relación de los padres crea un "espacio triangular" (pág. 87) en el cual el pensamiento puede existir. De manera similar, Wright (1991) observó que: "El establecimiento definitivo de esta tercera posición dentro de la experiencia del niño es lo que garantiza el espacio para el pensamiento y la representación..." (pág. 112). Esto ocurre, él señala, porque



  “... la habilidad para trasladarse en cuanto a la experiencia y la imaginación a la posición de una tercera persona que se encuentra fuera de la estructura que se está viviendo proporciona una extensa ampliación de la conciencia al hacer accesible una posición y una perspectiva que residen más allá de nuestra perspectiva vivida en el momento" (pág. 235).



Cavell (1998a) pensaba en términos similares cuando argumentó que la triangulación es esencial para el desarrollo de la subjetividad y el pensamiento proposicional. Escribió: "Con el tiempo, el niño puede correlacionar las respuestas de la madre al mismo objeto con la que él tiene". (pág. 458). Gabbard (1997) contribuyó a esta línea de pensamiento señalando que "proporcionar una perspectiva diferente, como la subjetiva del psicoanalista, en vez de intentar simplemente considerar la perspectiva del paciente, es un aspecto de importancia capital en el funcionamiento del psicoanalista" (pág.18). Y si uno se propone metas analíticas tales como la focalización, añadiendo propósitos y contextualizando el significado, entonces, el pragmatismo analítico de Renik (1998) puede entenderse asimismo como una característica de la perspectiva objetiva. Estos autores, y otros como Hanly (1995), argumentan que los aspectos de la triangulación se deben de tener en cuenta si el pensamiento real, la reflexión y la autoconciencia llegarán a tener lugar"(2).


El papel que desempeña la "realidad objetiva" en el trabajo con la Sra. A pone de manifiesto que tal triangulación tiene lugar a través del reconocimiento de la "realidad objetiva", entendiéndose por "objetiva" como una realidad que existe por fuera del dominio de una subjetividad dada. La Sra. A, identificada con una madre controladora, conducía mi experiencia con su agresión tiránica al mismo tiempo que me pedía que yo contuviera aquellos aspectos de su subjetividad que eran el objeto de la agresión. Al fin y al cabo, la continuación de su crecimiento  requería que ella retomara a su cargo lo que yo contenía, y que supiera lo que me estaba haciendo y lo que se había hecho a ella misma. Con este propósito tuve que ayudarla a que viera la realidad, relacionada con la experiencia que tuve con ella, y que probablemente no podía poseer o contener dentro de ella. Esto era difícil porque utilizó sus propias irrefutables interpretaciones del significado del otro para impedir el tener que tomar conciencia de las subjetividades fuera de ella misma.


Finalmente, creo que fui capaz de mostrarle a la Sra. A qué es lo que ocurría entre nosotros. Con respecto al contenido, sugerí que la experiencia de su marido podía existir fuera de los parámetros de su propia subjetividad. Con respecto al proceso, planteé mi postura de una manera que pudo sentir mi rechazo ante lo que ella quería hacerme ver. Reaccioné con agresión, o con lo que según Mitchell (1997) puede llamarse "estallido terapéutico" (pág.73). Ella reaccionó, pero cuando resistí el contraataque, finalmente aceptó esta perspectiva fuera de su subjetividad.


El reconocimiento de la Sra. A de la experiencia de su marido supuso un cambio en la estructura de nuestra interacción. Llegó a reconocer las realidades que habían existido previamente fuera de la esfera de su subjetividad aislada. Se creó un espacio triangular y, junto con esto, surgió la posibilidad de que adquiriera una mayor autorreflexión(3). Esto nos llevó desde un reconocimiento de la naturaleza inmutable e independiente del tiempo hasta un inevitable sentimiento de dolor.


Hasta ahora he discutido la importancia de la "realidad objetiva" y la triangulación en el desarrollo de la perspectiva del pensamiento proposicional, el insight y la autorreflexión. Por otra parte, la creación de un espacio triangular a través de la introducción o el reconocimiento de "una realidad objetiva " puede considerarse como algo esencial en el desarrollo de una auténtica relación.


Tal  como se ha expuesto anteriormente, llegué a darme cuenta de que la Sra. A no había progresado tanto como yo creía. Lo vi claramente en el campo de la relación con el objeto. Ella había tenido éxito, creo, en encontrarse a sí misma, aunque no creo que ella hubiera logrado ubicar su self conmigo en un verdadero estado de interacción en el que pudiera vivirnos como seres reales y  presentes. No obstante, trabajó en este paso evolutivo, tal como se ha descrito anteriormente. Liberándome yo de las garras de su control omnipotente, habiendo sobrevivido a la separación subsiguiente y su furia, la Sra. A posteriormente encontró que yo era un otro más independiente y real.


 Su progreso parecía asemejarse a la noción de "relacionarse con el objeto" y a la de "uso del objeto" de Winnicott (pág.88). No obstante, también creo que hay una diferencia significativa entre lo que describe Winnicott y lo que ocurrió entre la Sra. A y yo. Winnicott caracterizó este proceso como si ocurriera en una atmósfera de nutrir y de no vulnerar al otro. No obstante, en mi trabajo con la Sra. A, el progreso evolutivo no continuó  naturalmente dentro del espacio aislado que habíamos creado y que la atrapaba en un estado de control ilusorio de los otros. Algo tenía que ocurrir y en contra de lo que señalaba Winnicot, ese algo era intrusivo. Todo esto derivó en un movimiento hacia una interacción auténtica cuando introduje, con relativa firmeza, una realidad exterior que intentaba excluir. El papel de mi subjetividad de facilitar este progreso está en consonancia con la crítica que hace Benjamin (1988) a Winnicott por subvalorar el papel de la subjetividad de la madre en el proceso de cambio hacia una auténtica relación.


En este proceso, el marido de la Sra. A puede verse quizás como una especie de  "objeto intermediario", una parada funcional en el camino desde el aislamiento hacia una conciencia expandida de las subjetividades conflictivas y dispares de los otros. Este "objeto intermediario" sirve de metáfora desplazada para introducir mi propia experiencia con ella dado que mediante la interpretación acerca de su marido hablaba en realidad de lo controlado y encadenado que me sentía por ella.


 Para concluir mi discusión sobre "la modalidad triádica" creo que es de suma importancia que el psicoanalista no quede tan inmerso en el carácter “real” de la subjetividad del paciente de modo que éste/ésta abandone otra “realidad”.


“Las realidades objetivas” –aquí definidas como realidades que existen en diferentes grados, fuera de las subjetividades individuales del analista y el analizado- están también presentes(4). Esto no significa que el objetivo del psicoanálisis deba ser siempre buscar, de forma singular, las verdades positivistas sino, más bien, que el reconocimiento y el respeto de las realidades objetivas es necesario para la creación de un espacio triangular en el cual la subjetividad del paciente pueda ser ubicada en un contexto real, conduciendo así al desarrollo de capacidades para reflexionar, hacer hipótesis, desarrollar una comprensión genuina, e incluir –como parte de una experiencia recobrada y poseída por el self – un sentido  de la identidad propia en un contexto más amplio.

 


La relación óptima entre las modalidades triádica y diádica


He descrito dos modos fundamentales de involucrarse terapéuticamente en el proceso analítico. Uno de ellos lo he denominado diádico, en el cual díada paciente-analista trabajan en un espacio relativamente aislado “del exterior”. Al otro, lo he denominado triádico, señalando que se introduce un componente de triangulación al reconocer lo “objetivo” o las realidades exteriores.


También he descrito mecanismos de la acción terapéutica característicos de cada modalidad. En la diádica, el analista responde con aspectos de su identidad personal que, de forma singular, reflejan la subjetividad del paciente; un modo de entonamiento particularmente apto para llevar la experiencia del paciente a un lugar donde pueda ser mirada y conocida. En la modalidad triádica, el analista tiene en mente la necesidad del paciente de situarse a sí mismo en un contexto, e invita al paciente a que se vea a sí mismo no sólo desde el interior de su propio espacio sino, también, desde un punto externo, a través de la perspectiva de los otros.


Habiendo articulado estas modalidades propongo lo siguiente: la forma de un tratamiento analítico depende en gran medida no sólo de lo que sucede en cada una de estas dos modalidades sino, también, de lo que sucede en la interacción dialéctica entre ellas(5). Describiré la interrelación óptima entre dichas modalidades, así como el rol del analista para generar, moderar, cambiar y mantener esta interrelación. Me centraré en tres factores: la secuencia evolutiva en la cual aparecen estas modalidades, la exclusividad relativa de una modalidad frente a la otra, y la relación de estas modalidades con el género.


Comenzaré, en primer lugar, con la cuestión de la secuencia evolutiva. En la línea de Mayes y Spence (1994), hago una llamada de atención en contra de hacer analogías, una a una, directamente entre la observación del desarrollo evolutivo y el trabajo clínico. Incluso peor sería hacer tales analogías basándose en datos evolutivos falsos. Aún así, este error sucede frecuentemente en torno a discusiones sobre los modos de relación diádico y triádico. Convicciones psicoanalíticas que llevan en vigencia largo tiempo nos predisponen a considerar la relación diádica como una forma normativa y temprana de relación, posteriormente sustituida, de nuevo normativamente, por la relación triádica. Sin embargo, la investigación actual en el área infantil sugiere que la idea de progresión desde un modo relacional diádico a uno triádico es probablemente incorrecta y que la modalidad triádica se hace patente desde una etapa mucho más temprana (Von Klitzing, Simoni y Burgin, 1999). Parece probable que los niños desarrollan representaciones de la madre, del padre, y de la madre con el padre, como parte de sus mundos objetales, desde los más tempranos estadíos evolutivos (Herzog 1998). En términos de relación diádica “normativa”, Von Kitzing et al. (1999) señalaron que cuando la relación diádica existe en solitario, probablemente represente una regresión a “una díada simbiótica que es más una ilusión que una experiencia vivida” (p.85).


En segundo lugar, y estrechamente relacionado con la secuencia evolutiva, los modos de compromiso terapéutico diádico y triádico no existen en estado puro como dicotomías polarizadas. Por un lado, incluso en el más extremo estado de sintonía con el otro, cuando el analista sostiene y comparte las mitologías y fantasías del paciente, el analista debe tener acceso a la reflexión crítica que es guiada por la toma de conciencia y el acceso a realidades externas a la experiencia del paciente. Tal y como escribió Cavell, la empatía debe ser siempre

 



 “... la habilidad para experimentar temporalmente el mundo, más o menos, como lo hace el otro, no olvidando el punto de vista del otro pero, precisamente, teniendo un buen sentido de ello al mismo tiempo que uno se apoya en sus propias percepciones y su propia metodología para ponerlas a prueba...” (p.464)



Por otro lado, el analista no debe nunca permitir que su relación con las realidades externas a la subjetividad del paciente destruya esa subjetividad. Incluso cuando se trabaja con relativo énfasis en la “realidad externa”, el analista permanece entonado empáticamente con la experiencia del paciente, respetando a la vez el grado en el que se ve involucrada su subjetividad en el acto de conocer.


En tercer lugar, está la cuestión del género. Soy consciente de que la manera en la cual he propuesto las modalidades diádica y triádica podría conducir equivocadamente, de múltiples maneras, a un pensamiento dicotómico. Quizás, la más seductora de estas maneras se encuentra en el terreno del género. Tenemos la tendencia  de asociar el modo relacional diádico con las relaciones madre-hijo, y el modo triádico con la entrada en escena del padre. Pero dichas modalidades no deben ser clasificadas rígidamente por el género. Una vez más, a pesar de que la relación diádica puede encontrar clara analogía en la relación materna, y la triádica en la paterna, también es cierto que éstas

están más cercanas a nuestros estereotipos acerca de la relación materna y paterna que lo que lo están a la realidad de las mismas. Los hombres y las mujeres son diferentes. No obstante, las madres y las mujeres pueden funcionar en la modalidad “paterna”, o modalidad relacionada con un tercero; de la misma manera que los hombres pueden proporcionar una función “maternal” y operar en un estado relacional diádico.


 En lo que se refiere a las cuestiones de desarrollo evolutivo, polaridad y género, describo aspectos de la relación dialéctica entre los modos diádico y triádico. Cuando las modalidades aparecen en una secuencia excesivamente lineal, o en una organización estática polarizada (como fue el caso de mi trabajo con la Sra. A), uno debe preguntarse si el paciente, el analista, o ambos, están de alguna manera cerrados al amplio espectro de experiencias disponibles para ellos. De forma óptima, las interacciones entre las modalidades son complejas y fluídas; en determinados momentos son simultáneos y en otros secuenciales. Desequilibrios asimétricos se suceden de forma alternante, según se van encontrando y manejando ansiedades y obstáculos varios. Estos continuos pequeños desequilibrios se combinan para formar un “acto estabilizador” efectivo, bastante similar a como un equilibrista tiene éxito, no por mantener un equilibrio perfecto en todo momento sino, más bien, por adquirir estabilidad a través de series consecutivas de desequilibrios calibrados y leves sobrecorrecciones.


Esta descripción de la interacción óptima entre modalidades, plena de cautelas en contra del pensamiento dicotómico, binario, me lleva a la cuestión del rol que el analista tiene en todo esto. Propongo que un aspecto importante del trabajo del analista es monitorizar y, cuando sea necesario, alterar el equilibrio de la dialéctica. Esto no se logra  por una elección consciente, en el sentido en el que Alexander (1946) hablaba sobre la experiencia emocional correctiva, sino, más bien, por las actuaciones de una respuesta clínicamente orientada, intuitiva y auténtica del analista. Este mecanismo, tal y como ocurre en la modalidad diádica, fue descrito por Slochower (1996) del siguiente modo:

 



“(El analista)... suspende su propia subjetividad cuando es discrepante con respecto a la experiencia del paciente. En este sentido, podríamos ver al analista con capacidad continente no tanto luchando por satisfacer las necesidades del paciente sino permitiendo, en cambio, al paciente apropiarse de su subjetividad temporalmente” (p. 327, cursivas en el original)



 Yo estoy de acuerdo con esta afirmación, pero la corregiría sugiriendo que el analista también necesita acceder a una calidad de entonamiento paralelo aunque diferente, el de la modalidad triádica, un modo descrito en la literatura sobre la observación de infantes. Esta modalidad puede definirse como “entonamiento disruptivo” (Herzog 1984, pp. 335-343). El analista responde intuitiva y reflexivamente en esta modalidad pero, de cierta manera, esto trastorna e invade la subjetividad del paciente al introducir realidades relevantes externas a dicha subjetividad. En líneas generales, el analista responde, por tanto, en diferentes momentos, desde una posición en cualquiera de las dos modalidades, asumiendo una responsabilidad asimétrica pero no exclusiva para negociar y mantener una relación fluida y flexible entre aislamiento e intrusión, entre entonamiento con la subjetividad del paciente y toma de conciencia de las realidades externas pero relevantes para esta subjetividad.


Regresión a perspectivas dicotomizadas y polarizadas


He desarrollado una metodología para la acción terapéutica en el inmaculado laboratorio de la discusión teórica. No obstante, las dialécticas son criaturas con mañas, y esa solidez que les caracteriza bajo condiciones artificiales a menudo se desvanece cuando se sienten presionadas por las exigencias de la interacción en la vida real. Por tanto, se inclinan hacia regresar a la dicotomía y a la polaridad.


Cuando era joven, mi madre solía llevarme al Museo de Ciencia de Boston. Me fascinó una obra en particular: un imán enorme. Los chicos intentaban pasar una barra en medio de entre los polos sin que se desviara. Resultaba una ardua tarea porque el imán era extraordinariamente poderoso, o al menos, eso les parecía a mis manos de niño. Estaba fascinado con este imán. Deseaba encontrar un punto intermedio, uno igualmente atraído por las fuerzas opuestas, pero parecía que no existía. Resolví el problema al desplazar la barra suavemente hacia un lado, donde pude sostenerla firmemente al oponerme a la fuerza más intensa del polo más cercano.


Permitidme que, un poco como juego, sugiera una interpretación. Tenía cinco años cuando me obsesioné por esto. Mi padre se encontraba enfermo y de hecho estaba  a punto de morir. No tenía ni hermanos, ni hermanas. Preveía que tendría que negociar un cambio inminente en la estructura de mi vida de una tríada a una díada; presumí que no iba a ser tarea fácil. Aunque por aquel entonces, no tuviera consciencia, quizás jugaba con el tema de los triángulos y las dualidades.


A continuación, hablaré de las leyes de la física. Las leyes que gobiernan las fuerzas gravitacionales esclarecen el asunto de las relaciones entre dos y tres objetos. No es muy difícil describir y predecir la relación gravitacional entre dos objetos pero es imposible predecir el resultado de las fuerzas gravitacionales entre tres o más objetos; las interrelaciones son demasiado complicadas y las influencias posibles que puedan surgir, difíciles de anticipar. Sin embargo, el problema se puede resolver de la siguiente manera: consideremos la luna y la tierra. La luna no solamente gira alrededor de la tierra. La relación gravitacional es una influencia mutua, aunque asimétrica. No obstante para entender la naturaleza de la interacción orbital, simplificamos el modelo al considerar tan sólo la influencia de la tierra sobre la luna. En otras palabras, el físico representa la complejidad de la interinfluencia diádica tanto como lo hace el psicoanalista clásico, esto es, viéndolo como la influencia que tiene un objeto sobre otro.


Muestro estas asociaciones para recordar un fenómeno psicoanalítico (y humano) que se repite: tendemos a tratar la complejidad reduciendo las relaciones dialécticas hasta las dicotomías excesivamente simplificadas. La historia del psicoanálisis está repleta de ejemplos. Consideremos las cuestiones siguientes: la psicología de una persona versus la de dos personas, la verdad objetiva y la subjetiva, el punto de vista de Kohut frente al de Kernberg, la separación cuerpo y alma, el complejo de edipo versus los fenómenos preedípicos, las influencias maternas y las paternas, y así sucesivamente. La mayoría de los psicoanalistas, cuando se paran a pensar, consideran esto complejos fenómenos dialécticos no reducibles a ninguna taxonomía del tipo “uno o el otro”. En el laboratorio no tenemos problemas, pero el trabajo de campo es otra cosa. La mayoría de nosotros, cuando estamos influenciados por las distintas formas de ansiedad que surgen en situaciones clínicas (así como en la política institucional, en el proceso de formación y en otros fenómenos grupales) luchamos con la tendencia a la regresión. Por tanto, somos arrastrados a simplificar las relaciones que implican asuntos complejos de influencia mutua hacia posiciones no relacionadas y polarizadas.


El reciente énfasis en la subjetividad tiene como objetivo proteger contra la regresión al hacer especial hincapié en la complejidad, la influencia mutua y las dudas sobre la tarea analítica. ¿Cómo funciona esto de bien? En los apartados siguientes argumento que todos los planteamientos analíticos, que van desde los clásicos hasta los postmodernos, son vulnerables a las certezas analíticas no investigadas. Empleo la dialéctica diádica- triádica como una lente para examinar la forma en la que ocurre.


Fallos del objetivismo: exclusión de  la subjetividad del paciente


¿Qué ocurre cuando la investigación de la verdad “objetiva” o positivista obtura el respeto por la naturaleza inherentemente subjetiva del conocimiento analítico? Ya que este es el aspecto que el actual énfasis de la subjetividad pretende corregir, lo encararé brevemente. Ya se ha escrito mucho sobre las deformaciones que surgen de la búsqueda del conocimiento positivista y el conocimiento autoritario cuando éstos no son examinados.


 No creo que el autoritarismo paternalista que a veces caracteriza a los planteamientos clásicos se deba completamente a la creencia en la existencia de una realidad positivista y objetiva. Un psicoanalista puede creer en una realidad objetiva, incluso a veces, buscar su conocimiento, sin mostrar la certeza arrogante de que sea capaz de adivinar la verdad con frecuencia. Plantearía que el desarrollo del positivismo paternalista se determina más por la estructura de la forma de involucrarse que por el contenido de la orientación teórica. Concretamente, una postura autoritaria emerge cuando el psicoanalista mantiene una relación rígida e impenetrable con aspectos de su teoría o sistema de creencias, negando realmente la subjetividad del paciente. La curiosidad y el respeto por el otro como ser separado se pierde, por tanto, y la verdadera escucha se interrumpe. La estructura de esta regresión se puede ver claramente a través del modelo de la dialéctica diádica -triádica. Se crea una díada compuesta por el psicoanalista y su sistema de creencias, y permanece impenetrable a la subjetividad del paciente, estando ésta separada con respecto al analista.


De una manera interesante, con frecuencia alarmante, presenciamos esta regresión a la modalidad diádica fuera del encuentro analítico. El prejuicio y la opresión se desarrollan cuando las subjetividades básicas de un grupo, como las costumbres y la religión, entre otras, no son aceptadas. Por tanto, cuando  a este grupo se le despoja de las señas de identidad que lo hace humano de manera singular el otro grupo pierde contacto empático.  Esto se hace más fácil cuando el grupo que tiene el poder posee una relación intensa y exclusiva (diádica) con ideas apasionadas. Bajo estas circunstancias, a la agresión se le da rienda suelta y le siguen el ataque y la aniquilación.


Creo que el encuentro analítico puede estar sujeto a las mismas transformaciones malignas aunque, si bien es cierto, bajo formas más sutiles. En la versión analítica de la opresión, el reconocimiento de la subjetividad del paciente se pierde, así como el respeto del psicoanalista por la incertidumbre. Puede darse una agresión irreconocible con la finalidad de eludir la ansiedad y mantener la jerarquía. En estos casos, conceptos tales como proyección e identificación proyectiva, y métodos como la interpretación, no sirven ya para hacer progresar el conocimiento sino que funcionan como una especie de  “policía secreta”, en el sentido de que se utilizan para establecer atribuciones, disminuir la amenaza y mantener el orden.


Dificultades del subjetivismo: ¿Facilitar una psicología solipsística?


¿Ofrece la introducción de la teoría postmoderna, con el énfasis en el la subjetividad, la intersubjetividad y el pensamiento no dicotómico y no binario, una inmunidad infalible frente al virus de la petulancia analítica? De nuevo, desde el punto de vista de la dialéctica diádica-triádica, encuentro de gran ayuda las aportaciones del subjetivismo aunque, sin embargo, contiene gérmenes de otros tipos de regresión.


 En primer lugar, me gustaría hacer una distinción entre las escuelas de pensamiento, dentro del planteamiento subjetivista. Algunos teóricos (Schwaber 1983; Stolorov y Atwood 1992) dirigen su punto de vista de una manera unilateral a la subjetividad del paciente. Su énfasis se centra en la empatía y el entonamiento; ellos fomentan el respeto por la experiencia del paciente y reconocen la inseguridad inherente en el intento de conocerlo. Sin embargo, no se inclinan por incorporar de buen grado en el trabajo analítico aquellos elementos que se encuentran aparentemente fuera de la subjetividad del paciente, considerándolos explícitamente a veces como capaces de interferir en los esfuerzos del paciente para conocer sus experiencias.


Otros teóricos de la tradición subjetivista enfatizan la naturaleza intersubjetiva del encuentro analítico. Originalmente este enfoque tenía el objetivo de expandir la lente analítica para incluir la subjetividad de los psicoanalistas, así como la interacción relacional entre psicoanalista y paciente en el terreno de los significados que son investigados. Más recientemente, un número de defensores de lo intersubjetivo (Benjamin 1988, Copper en la prensa, Hoffman 1996; Renik 1998) han sugerido que la interacción de ambas partes, o hacer que la subjetividad del psicoanalista entre en contacto con la del paciente, es esencial  para el proceso analítico mutativo.


 La primera crítica que planteo se refiere a aquellos que se centran exclusivamente en la subjetividad del paciente(6). ¿Cuál es la consecuencia cuando la subjetividad del paciente es demasiado "privilegiada"? (el término que Gabbard (1997) utilizada para describir el desequilibrio en el que la subjetividad del paciente se sobrevalora sin considerar suficientemente la presencia del contexto y "la realidad objetiva"). Consideremos el siguiente párrafo: "La realidad, tal y como la concebimos, se refiere a algo subjetivo, algo que se siente, más que a una esfera externa de la existencia independiente del sujeto humano" (Stolorow y Atwood 1992, pp. 16-21). Permitidme que ofrezca una asociación a esta versión de "realidad"(7)

 



Cuando mi bien amada me jura que ella está hecha de verdad,

la creo, aun sabiendo que miente...

Por eso yo miento con ella, y ella conmigo,

y nuestras mentiras vienen a adularnos en nuestros defectos.

                        - Shakespeare, soneto número 138



 A veces, adulamos a nuestros pacientes y, a veces, son ellos quienes nos adulan. Trabajar en el límite de la experiencia de una persona frecuentemente significa que importantes, si bien parciales, verdades subjetivas sean sobrevaluadas temporalmente mientras que otras verdades contradictorias se excluyen. Interferir en la emergencia de estas verdades simplemente porque son parciales tiene tanto sentido como interrumpir las tempranas etapas del enamoramiento porque constituyen una idealización irreal.


No obstante, las fantasías y mitologías, aunque creativas y facilitadoras, también limitan la posibilidad de conseguir autenticidad y fuerza ante la adversidad. Así como los enamorados al fin y al cabo terminan por aceptar las transferencias del otro, con las subjetividades conflictivas del otro y con las exigencias de vivir juntos en el contexto del mundo real, así debemos, como analistas, ayudar a nuestros pacientes para convertir las verdades conseguidas en nuestros encuentros en relaciones reales, tanto con nosotros como con el mundo entero. Debemos ayudarles a desplazarse más allá de un estado de control ilusorio y así aprender a experimentar la naturaleza real e independiente de nuestros seres más queridos. Nuestro cometido es entenderles pero no evitar el conflicto. Desplazándonos desde Shakespeare a la literatura analítica: "  El fracaso del psicoanalista de llamar a las cosas por su nombre, derivado de un bienintencionado intento de ser respetuoso con la realidad psíquica alternativa del paciente, es una renuncia de la responsabilidad del analista de ayudar al paciente a que se enfrente a la realidad..." (Grossman 1996, p. 515).


Creo que un examen mediante el modelo de modalidades diádica y triádica ilumina lo que ocurre cuando la subjetividad del paciente es problemáticamente "privilegiada en exceso". La suspensión del juicio  y de la perspectiva se facilita gracias a la formación de una relación diádica exclusiva,  aunque esta diádica es diferente de la creada en el modelo clásico. Ahora se encuentran incluidas las subjetividades de los analistas y de los pacientes en el círculo diádico impenetrable mientras se dejan fuera las otras realidades triangulares, limitantes y contextualizadoras, consideradas "exteriores" y "objetivas"(en el sentido de la definición funcional de Gabbard-1997). Las invitaciones sutiles para evitar el conflicto y limitar la curiosidad prevalecen en este universo aparentemente subjetivo y rodeado de círculos defensivos(8).


Dificultades subjetivas: conflicto, diferencia y cuerpos


Tal como se ha expuesto anteriormente, un cierto número de teóricos ha descrito los efectos mutativos que tienen lugar cuando el analista, trabajando desde una postura no narcisista, orientada empáticamente y meditada, pone su subjetividad en contacto con la del paciente. Tal como Gabbard señaló: "Proporcionar una perspectiva diferente, la de la subjetividad del psicoanalista, en contraste con intentar simplemente localizar la perspectiva del paciente, es un aspecto de suma importancia en la forma de trabajar del psicoanalista".


Creo que este modelo intersubjetivo encara, de forma efectiva, problemas que derivan de "privilegiar en exceso" la subjetividad del paciente. No obstante, ¿asegura la apreciación de la intersubjetividad analítica realmente que los analistas postmodernos no estén sujetos al positivismo presuntuoso por el cual la tradición clásica es criticada? En absoluto. Creo que, incluso en el modelo intersubjetivo, hay veces que el atractivo de la subjetividad puede inducir a alguien a perder el respeto por el papel limitante y contextualizador de las realidades objetivas (o exteriores). Y cuando esto ocurre, es muy probable que una creencia se imponga de una manera problemáticamente positivista. Ilustraré cómo esto puede suceder mediante el examinar las investigaciones postmodernas sobre el cuerpo.


Dunn (1995) observó que los teóricos intersubjetivos "construyen la operación fundamental de la mente, como basada en un esfuerzo en pos de una conexión relacional y comunicación, más que en  una descarga y una gratificación de las presiones instintivas endógenas" (pág. 724). El valor de este énfasis es ampliamente bien apreciado. A pesar de ello, pocos avances son gratuitos. Una considerable crítica a la teoría relacional e intersubjetiva es que el énfasis abrumador acerca de los intentos relacionales y en la creación de significados subjetivos conduce a la desatención de la pulsión, de la realidad biológica y del cuerpo (Green 1997).


Un grupo de teóricos relacionales e intersubjetivos (Aron 1998, Dimen 1998, Ehrenberg 1992, Gerson 1996, Harris 1998, Knoblauch 1996, Shapiro 1996, Wrye 1998) han intentado encarar estas críticas, volviendo a traer la cuestión del cuerpo a primera línea. El resultado ha sido la articulación de una dialéctica compuesta, por una parte, de las realidades físicas del cuerpo y, por otra, de la experiencia subjetiva de esas realidades. Harris (1998) al describir lo que ella llamó una diálectica "del cuerpo y del cuerpo-mente" escribió: "El yo corporal es un compromiso dialéctico entre las experiencias corporales endógenas y los encuentros cargados intensamente de significados con el otro social". Hasta aquí, de acuerdo. La existencia de una realidad corpórea, objetiva y exterior se reconoce, mientras la naturaleza inherentemente fluida y subjetiva del proceso mental se articula. Una dialéctica toma forma; no obstante, ¿mantiene esta dialéctica su tensión útil?


Creo que habitualmente no. No importa lo bien analizados que estemos los analistas, una inclinación por evitar el conflicto está omnipresente. Me parece que una desventaja general que tiene el trabajar en un universo subjetivo abrumador es que al no estar sostenido y apoyado en lo que es inmutable y objetivo, y con el poder conferido por las capacidades transformadoras y fluidas de la mente, todo parecería ser negociable. Esto se extiende incluso para lo que no lo es. Por tanto, puede ser muy cómodo evitar el conflicto, alejando la atención de uno de los lados de la tensión dialéctica, mientras se fortalece al otro. Una especie de “deslizamiento subjetivista” tiene lugar, un deslizamiento en el que una dialéctica aparentemente  fuerte degenera en una polaridad desequilibrada.


Un estudio detallado de los planteamientos intersubjetivos y relacionales sobre el cuerpo hace resaltar con la facilidad que puede darse ese deslizamiento. La teoría postmoderna creo que se inclina por diluir el aspecto del cuerpo de la anteriormente mencionada dialéctica "del cuerpo y del cuerpo mental". A veces, el cuerpo incluso parece ser explícitamente rechazado. Harris (1998) escribió: “La teoría relacional puede ubicarse dentro de la historia del  pensamiento freudiano al rechazar una base reificada y simple de la vida psíquica y someterse a una perspectiva de estados del cuerpo y procesos como inseparables de la fantasía, la interacción y el significado."(pág. 43)


Esta voluntad de desplazar la dura realidad del cuerpo en una realidad más negociable de la mente y del lenguaje me recuerda  una corta historia de Vonnegut. En su obra "Unready to Wear" (1954), los humanos, instruidos por el célebre matemático Dr. Konigswisser han aprendido a abandonar sus cuerpos. Un día al año, ellos vuelven a sí mismos para un desfile, aunque todo el asunto es más bien desagradable. Los cuerpos, después de todo, tienen sus problemas. Tal y como el narrador nos cuenta: "En el minuto en el que estás dentro, la química toma el control, las glándulas te vuelven excitable o te impelen a la lucha o te producen hambre o locura, o afecto; bueno, nunca sabes lo que va a pasar luego". (pág. 261, cursiva en el original).


Por supuesto, también existe una apelación seductora a la negación de las realidades corpóreas. Por ejemplo, Dimen (1998) escribió que "hablar de sexo es hacer sexo" (pág.83). Esta aproximación "sin fisuras" a la sexualidad y al erotismo en el encuentro psicoanalítico parece proporcionar una solución fantástica a un antiguo problema psicoanalítico: cómo convocar lo erótico en el análisis, simbolizándolo, sin consumarlo. En una investigación más profunda, sin embargo, equiparar hablar y hacer es un buen "truco de cama" con un coste oculto. Hablar de sexo puede ser ciertamente una experiencia erótica, tanto durante el sexo, como fuera de él; no obstante, hablar y hacer no es lo mismo. Decir que es lo mismo desconoce excesivamente las realidades del sexo, húmedo y visceral, y la verdadera y cruda realidad de la agresión mientras se enfatiza el significado mental y los esfuerzos relacionales.


El deslizamiento es reflejo de un aspecto atrayente y popular del liberalismo postmoderno, ejemplificado con la idea de Scheman (1993): "El problema epistemológico moderno principal es el de identificar y cerrar huecos" (pág.3). De acuerdo, pero ¿cuándo el cerrar se convierte en borrar diferencias? Sugiero que debido a la tendencia a confundir establecer puentes con borrar diferencias, este aspecto de la filosofía postmoderna, que encuentra un fuerte implante en el psicoanálisis moderno, puede animar sútilmente a la fácil manipulación de las verdades, que son, hasta cierto punto, objetivas. Ésta es una de las piedras angulares del proceso por el cual lo real se sustituye por lo virtual. Si hablar fuera realmente lo mismo que hacer, uno puede pensar en decir, o bien puede imaginarse diciendo con cierta sinceridad: " No tuve relaciones sexuales con esa mujer, no tuve ninguna" si no habló con esa persona durante el acto. Me gustaría  dar un ejemplo de este deslizamiento subjetivista. Consideremos el libro popular de Pollacks (1998) "Real Boys":



La competición absoluta entre chicos rara vez edifica el carácter y hace más bien poco para acercar a los chicos... Cuando el deporte se mantiene en su perspectiva propia- cuando vemos el deporte primeramente como una oportunidad para que los chicos se reúnan y jueguen con energía, joviales y llenos de vida- puede ayudar a los chicos a descubrir nuevas capacidades, reforzar sus sentimientos de autoestima, y reunirlos con sus auténticas voces, permitiendo expresar las más profundas y conmovedoras emociones a sus corazones, ampliando su círculo de amistades (pág. 273, cursiva en el original).



¿Son realmente así los chicos? ¿No son algunos de los aspectos de la competición y la agresión esenciales para el desarrollo de los niños ( y por extensión para las niñas)? ¿Sería el juego quidditch de la serie Rowling's Harry Potter (1998) tan convincente si sólo fuera un escenario para ampliar el círculo de amistades? Pollack trabajó con una teoría que originalmente tenía el objetivo de expresar y definir una psicología de mujeres (Chodorow 1989, Jordan 1987, Stiver 1986, Surrey 1984), una necesidad no satisfecha por las escuelas de psicoanálisis existentes. Las contribuciones de esta escuela han sido sumamente valiosas desde el punto de vista clínico, teórico y político. Sin embargo, esto no significa que esta teoría puede cambiar y aplicarse tanto a hombres como a chicos. Esta es todavía otra clase de irrealidad, un espejismo hecho realidad cuando se niega la diferencia relativamente inmutable. Si no es legítimo aplicar una teoría de la psicología del hombre a la mujer, ¿por qué debería ser conveniente aplicar una psicología de las mujeres a los hombres?


A mi parecer, las líneas de Pollack ejemplifican el torcimiento de la realidad que tiene lugar cuando el significado no está sujeto a tales hechos inmutables como el género heredado, cuando el énfasis se encuentra tan desproporcionado en el subjetivismo relacional que las realidades de la pulsión, la agresión, la diferencia y el cuerpo son ya excluidas, o se transforman por la mente o el lenguaje.


 Las afirmaciones de Pollack evocan la noción de "la vuelta del positivismo reprimido" de Copper (en la prensa) (p.xii-xiii). Un psicoanalista trabajando con una metodología subjetivista, de alguna manera se las arregla para transformar un conocimiento inherentemente subjetivo en una "atrevida afirmación de la verdad" (pp.278-279). Con el fin de iluminar el mecanismo mediante el cual "el positivismo reprimido" vuelve a su cauce, o mediante el cual las opiniones discutibles se convierten en hechos declarados, aludo por última vez a la dialéctica  diádica-triádica. Sugiero que las declaraciones tales como "hablar de sexo es hacer sexo" y "las competiciones absolutas entre chicos rara vez edifican el carácter" son producto una vez más de la formación de díadas problemáticamente exclusivas. En estos casos, el círculo interior se compone del autor y su relación con una teoría o con su sistema de creencias. Y el aspecto excluido, basado en la realidad de la triangulación es la realidad del cuerpo o las diferencias no negociables entre los géneros. Por supuesto, aunque no conozco el pensamiento de los autores, puede que el reconocimiento de estas realidades pueda haber servido como pautas de restricción de sus afirmaciones. Los autores pueden que hayan experimentado inseguridad y su postura puede haber tomado la forma de hipótesis de miras más amplias.

 


CONCLUSIÓN


En suma, he señalado dos modalidades del compromiso terapéutico comunes a la interacción psicoanalítica: la diádica y la triádica. He mostrado cómo la acción terapéutica deriva de procesos pertenecientes a ambas modalidades, así como de la dialéctica compuesta de su interacción. Asimismo, he señalado cómo estas modalidades permiten un esclarecimiento útil en el conocimiento analítico. Tal como he indicado, las teorías que patrocinan el entonamiento y la escucha llevados a su extremo pueden ser no menos vulnerables a una disminución de la curiosidad y a la apertura de la mente, y a proclamaciones de certeza que la modalidad clásica que pretenden corregir. Creo que este es un problema mayor para los planteamientos subjetivistas que se centran exclusivamente en la experiencia del paciente, aunque he intentado demostrar que esto se puede dar también en planteamientos intersubjetivos.


Propongo que la cerrazón mental, la certeza positivista y la proclamación no derivan demasiado de la teoría sino que, más bien, estos elementos problemáticos tienen lugar cuando la tensión dialéctica entre las distintas modalidades se viene abajo y se crea un acuerdo diádico, de manera defensiva, y se mantiene a través de la exclusión y el rechazo de un aspecto potencial de la triangulación conflictiva. En la modalidad clásica, el ejemplo más corriente de esto puede ser la exclusión de la subjetividad del paciente a favor de la relación del psicoanalista con la teoría. Aunque realmente la modalidad intersubjetiva no impide la posibilidad de que el psicoanalista se comprometa con su teoría en una relación cerrada, sugiero que el ejemplo más corriente en esta forma de trabajo puede surgir cuando las realidades que se encuentran fuera de la diádica analítica se niegan o se pasan por alto para no interrumpir el "aislamiento" intersubjetivo.


¿Qué solución puede ofrecerse? Si los avances hechos posibles gracias al  inestimable reconocimiento de la naturaleza subjetiva del conocimiento no degeneran en la caricatura psicoanalítica, la valorización de lo subjetivo debe estar restringida por un respeto por lo objetivo, como sea que definamos a éste. Asimismo, el psicoanalista debe reconocer y tolerar la agresión, el cuerpo, el conflicto y la diferencia. Esto no es tarea fácil. Existe con frecuencia una gran presión para negar la diferencia (con frecuencia, mediante la negación de la existencia de realidades objetivas no negociables) y, por tanto, para evitar el conflicto que el reconocimiento de la diferencia tiende a generar. No obstante, el conflicto y la agresión son como el agua: cuando se encuentran reprimidas y negadas, se muestran implacables y efectivas en la búsqueda de salidas, independientemente de lo pequeñas que éstas sean. No obstante, a diferencia del agua, cuando el conflicto y la agresión se filtran a través de las inevitables grietas, ellas emergen deformadas por el esfuerzo. Las deformaciones típicas incluyen una jerarquía defensivamente mantenida,  la proyección, la renegación y actuaciones sadomasoquistas. Esto contrasta con lo que es posible cuando la diferencia –por tanto conflictos y agresiones- es respetada y reconocida. El reconocimiento de estas realidades limita y hace que se mantenga la honestidad en aquello que se aprende a través del planteamiento subjetivista, haciéndolo más sólido y duradero.


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Notas del autor

(1)  Nótese que, a pesar de utilizarse el término diádico, esta forma de trabajar y de relacionarse puede verse en términos funcionales como “monádica”. En el caso de la Sra. A., la “tercera persona”, en términos analíticos (Ogden, 1994) consiste en la subjetividad del paciente, junto con aquellos aspectos de la mía que reflejaba la suya, mientras que los aspectos de mí que no reflejaban a la paciente no hallan lugar alguno.

(2) Es importante observar aquí el fuerte paralelismo que existe entre la modalidad diádica y triádica, tal y como los autores las han descrito, y la descripción del proceso de “mentalización” de Target y Fonagy (1996). Los autores, encarando la cuestión del desarrollo del niño de la relación entre las realidades internas y externas, plantean dos modalidades de captar el mundo. En la "modalidad de equivalencia psíquica", la experiencia subjetiva se distorsiona con el fin de conectar con la información procedente del exterior. En la "modalidad de hacer como si", el niño sabe que la experiencia interna puede no reflejar la realidad externa pero, entonces, se da por hecho que el estado interno no se relaciona con el mundo exterior y no tiene consecuencias para el mismo" (pág.459).

(3) Es relevante en este punto la noción de la "autorreflexividad" de Aron (1998), una dialéctica entre lo objetivo y lo subjetivo, que se relaciona con “la capacidad mental de moverse ida y vuelta... entre una perspectiva del self  como sujeto y una perspectiva del self como objeto" (pág.5).

(4 ) El carácter fáctico de la “realidad objetiva” ha sido explícitamente reconocido por muchos autores que han argumentado de manera fundamentada a favor de la naturaleza inherentemente subjetiva de la tarea analítica. Una ventana hacia esta fascinante discusión en curso es la que provee el reciente intercambio entre Cavell (1998b) y Renik (1999). Cavell argumenta que Renik “quiere echar por la borda la objetividad como si esta fuera un reclamo acerca de lo que las cosas real y objetivamente, son y sustituirla por la objetividad correspondiente a propósitos y metas”. (p. 1195). Renik respondió “no cuestiono que la realidad allí afuera existe. Lo que sí cuestiono es... la concepción [de Cavell] de cómo ella es capaz de conocerla” (p. 382). Renik cree que mientras Cavell sostiene reconocer su subjetividad, su posición filosófica le permite negar esa subjetividad.

(5) La dialéctica formada por la interacción de estas dos modalidades es similar pero no idéntica a la descrita por Gabbard (1997), cuando él escribió: “En otras palabras, aunque el tercero analítico es construido conjuntamente por las dos subjetividades del analista y del analizado, parte de la dialéctica es una de separación,  de modo que el analista también tiene acceso a una perspectiva por fuera del paciente (aunque no por fuera de la intersubjetividad de la díada). Los dos polos entre estar  separado y estar unido -ser uno con el otro- sirven  para que cada uno de los polos defina al otro en esta organización, y el objeto analítico es el producto de esta co-construcción única para cada par analítico...” (pág. 21).

Quizás mi diferencia con Gabbard es semántica, pero creo que el analista tiene en ciertas oportunidades acceso a la experiencia por fuera de la intersubjetividad de la díada. En mi opinión, este es un rasgo definitorio de la capacidad de mantener un sentimiento de separación al mismo tiempo que se está en una relación.

(6) El aspecto de mi crítica también lo comparten otros que consideran que el contacto perturbador es componente esencial tanto del proceso clínico como del desarrollo evolutivo.

 (7) En una carta al editor del International Journal of Psychoanalysis, Stolorow et al. (1998) protestaron diciendo que es una distorsión de su postura si tomaban esa cita como algo indicativo del rechazo de la “verdad, de la realidad y del mundo exterior”. Pareciera ser una protesta válida pero yo traigo la cita en el espíritu de la respuesta de Cavell (1998c) a Stolorow y Atwood. Ella sugiere que la cita se mueve en “la muy cuestionable idea de que uno debiera también abandonar los conceptos de objetividad y verdad como algo que es independiente de lo que cada uno de nosotros cree que es verdad”. (p. 1222)

(8) "En un contexto analítico, no hay tal cosa como un paciente por fuera de la relación con el psicoanalista, y no hay tal cosa como un psicoanalista por fuera de la relación con el paciente" (Ogden 1994, p.4).

 


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