Relacionalidad. Del apego a la intersubjetividad

Publicado en la revista nº009

Autor: Levinton, Nora


  • Libro : Relationality. From Attachment to Intersubjectivity. Stephen Mitchell (2000). Relational Perspective Book Series. Volume 20. The Analytic Press, Inc., Hillsdale, New Jersey. 173 páginas.


Bajo este sugerente título, el libro de Mitchell es un riguroso recorrido por la perspectiva relacional en psicoanálisis alrededor de los autores y los conceptos que le dieron origen. Examinando las propuestas de Loewald, Bowlby, Fairbairn y Sullivan, va describiendo sus aportes con su estilo tan personal y pedagógicamente convincente.


El Capítulo 1 de la Parte I titulado “De los fantasmas a los antepasados. La visión psicoanalítica de Hans Loewald”, se inicia con un primer apartado sobre “Lenguaje y Realidad” en el cual Mitchell utiliza una ilustrativa metáfora cosmológica que alude a cómo el universo dio comienzo en una densidad primaria en la que todas las estructuras y diferenciaciones que ahora damos por supuestas estaban allí, pero indiferenciadas. Y como el mundo, tal como hoy lo conocemos, ha ido evolucionando hacia los átomos y las moléculas, las estrellas y las galaxias, los planetas, los animales y las personas, y espacios, vastos espacios. Alude al "Big Bang" como la fuerza explosiva que potenció el desarrollo hacia entidades diferenciadas y limitadas, considerando que el mayor misterio de la astronomía moderna es que la extraordinaria precipitación centrífuga hacia estructuras diferenciadas, fronteras y espacios parece estar equilibrada por una fuerza centrípeta opuesta que evita que dichas estructuras se dispersen. O sea que habría una conexión de los elementos aparentemente separados y autónomos del universo que podría volver a reunirlos eventualmente en otro renacimiento cataclísmico. Al mismo tiempo, nos dice, existe algo más, una "cuestión oculta" en el aparente vacío de todo ese espacio, generando la gravedad suficiente para mantener unidas en un mismo campo de fuerza incluso a galaxias que se desplazan a través de distancias que escapan a nuestra mente.


Y aplica tan minuciosa explicación para plantear que “Tal vez no sea demasiado fantasioso pensar en los psicoanalistas como astrónomos y cosmólogos de la mente. Los pacientes comienzan el tratamiento con fragmentos, piezas de una vida que parecen delimitadas y separadas las unas de las otras: síntomas, problemas "reales", recuerdos, sueños y fantasías. Los psicoanalistas han aprendido a pensar en esos fragmentos del espacio psíquico aparentemente aislados como componentes de un campo de fuerza único. Y los psicoanalistas, junto con sus pacientes, narran historias no cosmológicas, sino evolutivas en las que especulan sobre el modo en que llegó a constituirse el campo de fuerza de la vida del paciente” .( pág.3)


Según Mitchell, Hans Loewald desarrolló una visión psicoanalítica de la naturaleza y los orígenes de la mente que, como en la cosmología contemporánea, comienza con una densidad primaria, en la cual no existiría diferenciación entre el interior y el exterior, el self y los otros, la realidad y la fantasía, el pasado y el presente, dicotomías que llegamos a considerar como algo dado, constituyen para Loewald construcciones complejas. Emergerían paulatinamente durante los primeros años de vida, operando como un modo paralelo, superpuesto, de experiencia organizadora que acompaña y coexiste con las experiencias generadas por la unidad original, primaria. Pero aquella primera forma de experiencia, sugiere Loewald, no desaparece nunca, subyaciendo a las posteriores diferenciaciones y estructuras aisladas que hacen posible la vida adulta.


Por eso, según la opinión de Loewald, la psicopatología comprendida en un sentido amplio representa un desequilibrio entre las fuerzas centrífugas y centrípetas de la mente. La psicosis ilustraría cómo la densidad primaria socava la capacidad de hacer distinciones normativas, adaptativas entre lo interior y lo exterior, el self y los otros, la realidad y la fantasía, el pasado y el presente. Como contraposición, la neurosis, en la adaptación normativa a nuestro mundo científico, los componentes de la mente se han desviado demasiado de su unidad original: lo interior y lo exterior se convierten en campos separados, impermeables; el self y los otros se experiencian aislados el uno de los otros; la realidad se desconecta de la fantasía; y el pasado se ha vuelto algo remoto con respecto a un presente superficial y falto de pasión.


Mitchell hace referencia a que tal vez haya una clave importante de estas hipótesis en la historia infantil del propio Loewald (Elizabeth Loewald, comunicación personal) ya que Hans Loewald nació en pleno período de duelo de su madre a raíz de la muerte de su marido, acaecida poco después de que éste naciera. Lo cual supuso que viviera los primeros momentos de su vida en un mundo inundado por la melancolía de la madre y por la poderosa presencia de la ausencia de su padre. Según le contó ella misma a su hijo posteriormente, era una pianista considerablemente buena y, en los meses siguientes a la muerte de su marido se consolaba tocando al piano las sonatas de Beethoven, a menudo con la cuna de Hans colocada cuidadosamente sobre el piano. Así, nos da a entender que tal vez la intensidad emocional y el drama de los primeros meses de vida de Hans Loewald fueran enormemente significativos para la importancia otorgada a esa densa unidad primaria como el punto de partida del universo psíquico que constituye la mente de cada individuo.


En el apartado “Lenguaje”, Mitchell hace referencia al especial cuidado que tenía Loewald en el lenguaje utilizado para presentar sus ideas. Partiendo de la ya clásica partición entre lo preverbal y verbal, que establece una división entre los primeros meses de vida, antes de que el niño sea inducido al sistema lingüístico-semiótico por el que llegará a ser una persona y su self psicológico posterior.


Al revisar como ha sido tratado este tema entre los teóricos psicoanalíticos del lenguaje, habría diferentes sensibilidades sobre esta conceptualización (Cavell, 1993, siguiendo a Wittgenstein, lo denomina el "velo del lenguaje") que se abre entre lo preverbal y lo verbal. Mientras que para Sullivan (1950), que valoraba la precisión del lenguaje sobre todo lo demás, el paso de lo preverbal a lo verbal representa la emergencia de lo que distingue al ser humano de los animales; desde otra perspectiva, Daniel Stern (1985), fascinado con las texturas sensoriales transmodales sugiere que la riqueza afectiva de la experiencia temprana se pierde con la llegada del lenguaje, que  por su función comunicativa hace posible la generación de lo que Stern denomina "el sentimiento de un self verbal", favoreciendo que muchos factores de nuestra experiencia sean conocibles y compartibles, abriendo "un nuevo campo de relación". (p. 162)  En Freud también habría una clara distinción entre los terrenos preverbal y verbal: el lenguaje queda asociado al proceso secundario, al principio de realidad, la "representación-palabra", el mundo cotidiano del adulto, que es considerablemente diferente de la "representación-cosa", donde opera el funcionamiento preverbal, de pulsión, de fantasía correspondientes al proceso primario. De hecho, la conciencia misma está codificada lingüísticamente. Para el inconsciente, el impulso infantil que genera la fuerza motriz desde un sueño a la conciencia, tiene que acompañarse de palabras proporcionadas por el residuo de la experiencia del momento.


Para Mitchell, el aspecto clave de la comprensión que Loewald tiene del lenguaje es el cuestionamiento de esa separación, al trascender la distinción entre preverbal y verbal; ya que el lenguaje empieza a desempeñar un papel importante en los primeros días de vida. La distinción más importante sería entre los modos en los que el lenguaje opera en dichas áreas evolutivas y los niveles de organización mental. Al principio, sugiere Loewald (1977ª), el lenguaje es un factor clave en una "densidad primordial" original (p. 186) en la que los sentimientos, las percepciones, los otros y el self forman parte de una unidad indivisible; no existe el campo preverbal como tal, el lenguaje es una dimensión intrínseca de la experiencia humana a partir del momento del nacimiento. En la reconversión que hace del lenguaje de Freud, Loewald caracteriza la división significativa como una distinción entre el lenguaje en el proceso primario y en el secundario. Y esta opinión ha sido ilustrada por hallazgos significativos de investigadores sobre infantes (DeCasper y Fifer, 1980) ya que, cuando algunas mujeres embarazadas les leyeron a los fetos en voz alta durante el último trimestre de embarazo, el clásico del Dr. Seuss El gato en el tejado, poco después de su nacimiento los bebés preferían un cassette de la voz de sus madres leyendo esa historia antes que escucharles leer otra historia del Dr. Seuss. Como señalan Beebe, Lachman y Jaffe (1997) estos bebés son evidentemente capaces de "distinguir las ligeras diferencias en el ritmo, la entonación, la variación frecuencial, y los componentes fonéticos del habla". (p. 137) Tal vez lo más importante para Loewald, siempre según Mitchell, es que la experiencia más temprana del lenguaje está profundamente grabada e incorporada en la unión indiferenciada del niño con la madre, dentro de la cual va adquiriendo lentamente su propia conciencia. Al comienzo, la palabra, el cuerpo, el afecto, la conexión relacional, son todos componentes no diferenciados de una experiencia unificada. Y, gradualmente, el niño comienza a entender el significado abstracto, semántico, de las palabras; significados, más allá del contexto inmediato sensorial y afectivo en el que tienen lugar, adquiriendo cada vez más una importancia denotativa. La capacidad de hablar supone poder utilizar las palabras de modo que cualquiera, no sólo la madre, pueda comprender esas palabras que tienen, utilizando los términos de Sullivan, una validez sintáctica, consensual.


Mitchell sostiene que interrogarse sobre el destino de los modos tempranos de organización constituye una cuestión central para Loewald en cualquier dimensión psicodinámica importante, al valorar la calidad de la vida psíquica. Al existir un vínculo profundo entre las mismas palabras en sus formas relativas al proceso primario y al proceso secundario, la cuestión clave para Loewald es ¿En qué medida permanece vivo ese vínculo? Derivando de allí  la reelaboración que Loewald hace del concepto freudiano de "represión”, no tanto como la negación del acceso a la conciencia de un impulso, una fantasía o un recuerdo, sino como un corte entre las formas evolutivas tempranas y posteriores de la experiencia y la organización psíquica.


Para Loewald, destaca Mitchell, el factor más notable del inconsciente era su impacto indiferenciador, ya que junto con la experiencia diferenciada, adaptativa, del proceso secundario, coexistiría una organización primordial anterior de la experiencia, de indiferenciación, densidad afectiva y fusión. La clave que determina la cualidad de la experiencia es la relación entre estos dos terrenos (a veces Loewald se refiere a ellos como "niveles de organización"). Si la represión corta las conexiones o los vínculos entre uno y otro, el lenguaje tendría la capacidad de unirlos.


Y comenta que Loewald había estudiado Filosofía con Martin Heidegger durante tres años en Freiberg antes de estudiar Medicina, por lo tanto algunas de sus conceptualizaciones pueden ser pensadas como una reelaboración heideggeriana de los conceptos básicos de Freud, considerando la posición central del lenguaje en la experiencia psicoanalítica como una reanimación de la vida psíquica mediante la excavación y la revitalización de las palabras en su contexto original, denso y sensorial de los primeros años de vida del paciente.


“El lenguaje del psicoanálisis”, en palabras de Mitchell, plantea la cuestión de cómo debería hablarse y escribirse sobre psicoanálisis, convertido casi en una cuestión política. Señala que algunos teóricos menos innovadores que Loewald habían sentido que con el cambio de la teoría pulsional a otra teorización más interpersonal y relacional, el lenguaje freudiano original del psicoanálisis, se había vuelto anacrónico. De ese modo, Sullivan decidió que la terminología psicoanalítica tradicional no le era útil, y elaboró nuevas palabras, como Kohut, al introducir la psicología del self como modelo analítico totalmente diferente, introdujo nuevos términos ("selfobjeto") y nuevos significados técnicos para los términos cotidianos ("especularización", "empatía"), y actualmente la teoría de la intersubjetividad ha incorporado nueva terminología adicional ("principios organizadores", "esfuerzos evolutivos") a la vez que evita los términos tradicionales como "pulsión" y, de modo especial, "identificación proyectiva".


Pero Loewald, por el contrario, no introdujo nueva terminología, según Mitchell. Sin embargo, todas las palabras antiguas que utiliza tienen para él significados clara y explícitamente diferentes, pero es precisamente este uso lo que hace que las innovaciones de Loewald sean difíciles de apreciar para muchos lectores. Para Loewald el lenguaje de Freud, de la teoría pulsional, es el lenguaje arcaico del psicoanálisis: contiene y evoca poderosas resonancias afectivas con la experiencia infantil temprana para cuya descripción fue diseñado, y con los avances revolucionarios del genio de Freud. Según Mitchell, “La presencia viva de Freud, para Loewald era evocada en el lenguaje de sus escritos -(De forma muy parecida, me imagino a cómo su padre había sido evocado en la música mediante la que su madre le recordaba y le añoraba)”. (Pág.14)


Loewald no dejó ejemplos clínicos reales de su trabajo, aclara Mitchell, pero está claro que consideraba que el lenguaje en el marco analítico tenía una función muy diferente del utilizado por los analistas tradicionales. Clásicamente, las interpretaciones se consideraban estrictamente en términos semióticos, una traducción de los significados manifiestos de las asociaciones del paciente en significados inconscientes latentes. Según Loewald, no sólo utilizamos el lenguaje para contener significados y aclarar situaciones, sino también para evocar estados mentales, para generar y vincular campos de la experiencia.


“Realidades y fantasía”, es el apartado en el que Mitchell enfoca la reelaboración de las dimensiones fundamentales de la naturaleza de la experiencia humana, hecha por Loewald. Ya en 1949, en un artículo titulado "Ego y Realidad", señalaba dos puntos de vista muy diferentes sobre la teorización freudiana, de un modo que llegaría a ser el factor distintivo de su metodología: primero establece una lectura convencional de Freud sobre la relación entre el yo y la realidad para luego elaborar una lectura alternativa que se convierte en su propia perspectiva. La lectura convencional de la visión freudiana describe “Un antagonismo fundamental que debe ser subsanado o superado para hacer que la vida resulte posible en esta realidad (p. 3)”. (pág 18) Pero Mitchell piensa que  Loewald sugiere que existe un segundo aspecto, un subtexto a la teorización de Freud respecto a estas cuestiones, en el que el yo y la realidad no son dos campos en conflicto, sino más bien, en sus comienzos, una unidad original. Aludiendo a uno de los pasajes de Freud al que vuelve una y otra vez, Loewald (1949) llama la atención sobre la discusión de Freud (1930) en torno a lo que denominaba el "sentimiento oceánico" en el principio de El Malestar en la Cultura. Apunte que permite a Loewald confirmar que existe una fase evolutiva temprana de unidad entre la madre y el bebé (similar a la noción de Mahler sobre una fase simbiótica), y un modo de experiencia organizadora que se prolonga a lo largo de la vida, en que se disuelven las distinciones posteriores entre el self y el otro, lo interno y lo externo, la fantasía y la realidad. Aquí es crucial comprender que Loewald no consideraba la experiencia de indiferenciación como ilusoria o menos “real”. Por ello en sus últimos escritos, desafiaba la teorización de Winnicott sobre el espacio transicional. Según Mitchell, Goldman (1996) captó muy bien el modo en el que Winnicott, como Loewald, intentaban reivindicar la fantasía como una fuente de vitalidad y significación, pero Winnicott concedía a la realidad convencional un mayor estatus epistemológico y ontológico: la madre suficientemente buena observa la "gesticulación espontánea" del niño, haciendo posible el "momento de ilusión" en el que el niño cree que la madre ha creado el pecho por sí misma. Para Loewald no es así, no hay ilusión en absoluto. Destaca Mitchell que habría  dos conceptos diferentes pero estrechamente relacionados a los que Loewald hace referencia, en primer lugar, las mentes están íntima y complejamente relacionadas, siendo imposible separar la necesidad que siente el bebé de la experiencia de amamantarse de la que tiene la madre de amamantar: así, el llanto del bebé provoca una respuesta de "bajada" en los pechos maternos; afirmar que el bebé ha creado, en cierto sentido, los pechos disponibles no es una ilusión. Los ritmos de hambre y saciedad del bebé que se producen casi inmediatamente después del nacimiento son producto en parte de los propios ritmos de interacción de la madre. Parafraseando el lenguaje propio de la investigación reciente, la madre y el infante se crean conjuntamente el uno al otro mediante procesos de influencia recíproca sutiles a la par que poderosos. Pero Loewald también está haciendo otra afirmación incluso más provocativa, nos recuerda Mitchell, que  en la experiencia del bebé, y quizás en la de ciertas madres, no hay diferenciación entre el llanto y la respuesta, la boca y el pecho, en la experiencia de amamantamiento el self y el otro no están claramente diferenciados.


Para ilustrarlo Mitchell comenta un caso que le ha sido relatado: una mujer que había dado a luz recientemente se dio cuenta de que estaba alejando a su bebé de su propio cuerpo, con los brazos extendidos en toda su longitud. Podía abrazar al bebé de la forma acostumbrada, apretado contra su cuerpo, con los codos doblados, pero por alguna razón que no conseguía explicar, la postura de los brazos extendidos le parecía más natural, más cómoda, más "adecuada". Más tarde se enteró de que cuando su madre estaba embarazada de ella, tuvo un accidente de coche en el que se rompió los dos brazos, por lo que tuvo ambos brazos escayolados, constantemente estirados, durante varios meses después del nacimiento de su hija. Parece convincente suponer que dichas experiencias tempranas no están almacenadas como imágenes de otro claramente percibido como externo, sino como memorias quinestésicas de experiencias en las que el self y el otro no están diferenciados, que lo que se graba y se almacena es un sentimiento global de "maternidad", en el que la madre y el infante están inmersos en un acontecimiento singular que los envuelve a ambos. Puede ser, señala Mitchell,  que muchas experiencias emocionales intensas, no sólo en la infancia sino también más adelante, se organicen en términos de un proceso primario en el que los participantes se experiencian como creándose el uno al otro, haciendo mención de  descripciones recientes de la situación analítica en términos de la cocreación recíproca del analizando y el analista en la transferencia y la contratransferencia describen precisamente ese proceso: Ogden por ejemplo, al proponer el "tercero analítico", no separa claramente lo que el analista y el analizando aportan a la interacción, puesto que cada uno de ellos requiere la participación emocional del otro. Si para Freud, dice Mitchell, la transferencia operaba como una resistencia al "trabajo del recuerdo", que constituía el corazón del psicoanálisis, para Loewald, sirve como revitalización, como una reunión del pasado y el presente, la fantasía y la realidad, el proceso primario y el secundario; por ello el impacto central que supone una mejora reside en la reconexión. Una última viñeta clínica ilustra el final de este capítulo.


En el Capítulo 2, “Pulsiones y objetos”, Mitchell aborda ciertos problemas centrales que preocupaban a Loewald entre los años 50 y los 70: la naturaleza de la mente, la relación entre los acontecimientos reales y la internalidad psíquica, y la revitalización y transformación del pasado dentro de la experiencia actual. Si las teorías freudianas, para Loewald, no constituían una explicación final, sino que habían abierto un campo inexplorado sobre los problemas del ser y del tiempo; debía realizarse un retorno a aquellos puntos del trabajo de Freud en los que los brotes clínicos imaginativos habían sido limitados por las convenciones intelectuales, ya que la lectura hecha por la corriente dominante (por las autoridades freudianas de su tiempo) era lamentablemente equivocada. Él estaba trabajando durante el apogeo de la teoría estructural y la psicología del yo, y tuvo serios problemas con ambos enfoques. En una revisión de Conceptos psicoanalíticos y la teoría estructural, de Arlow y Brenner, libro que llegó a considerarse un pilar de la teoría estructural freudiana, Loewald (1966) concluye: "Parece como si muchas cuestiones irresolutas y oscuras de la teoría psicoanalítica fuesen ahora planteadas y clarificadas. Este enfoque simplifica la teoría a un alto precio, para obtener una superficie ordenada y uniforme". (p. 58) Y aunque Loewald se identifica en ocasiones con la "psicología del yo" como ideología dominante de su tiempo, su psicología del yo es claramente diferente de la corriente principal basada en el trabajo de Hartmann. Así, las contribuciones de Loewald están saturadas de pensamiento freudiano, pero no del Freud de las autoridades freudianas contemporáneas, ni siquiera del Freud tal como él se entendía a sí mismo. Mitchell sugiere que leer a Loewald es delicado, porque el lenguaje es el de Freud, pero los significados a menudo van cambiado de un trabajo al siguiente. Y  que una de las consideraciones de la teoría de las relaciones objetales de Loewald, que constituye la materia de este capítulo, requiere que nos sumerjamos en la espesura de los términos más rebatidos, con más carga retórica de todos: instintos, pulsiones, objetos y relaciones objetales. Para Mitchell, Loewald nos presenta una visión de la mente y las relaciones con los otros que anticipaba en muchos aspectos el pensamiento psicoanalítico actual y en cierto sentido nos proporciona una comprensión visionaria de la experiencia humana: la de  un clínico, enfrentado con las complejidades del proceso analítico.


En “Pulsiones” hay dos factores del compromiso de Loewald con Freud que a Mitchell le resultan particularmente llamativos, 1) otorgar el aspecto central de la contribución de Freud a su teoría de los impulsos –su descubrimiento de las fuentes pulsionales, primitivas, "inferiores" de la motivación humana, y 2) la consideración de que había algo fundamentalmente equivocado en el modo de entender la pulsión, tanto por parte de Freud como por la corriente principal del psicoanálisis. A pesar del interés que compartía por las "más altas" transformaciones del espíritu humano, para Loewald era esencial no olvidar las "más bajas" fuentes de la motivación que la revolución que Freud había descubierto, el desenmascaramiento de nuestras intrincadas hipocresías, y su revelación de las entrañas basadas en lo corporal de todas nuestras actividades, el cuerpo en toda su corporeidad, en sus superficies, sus partes, sus excrementos. Sin embargo, a pesar del extraordinario poder de la visión de Freud, de su mezcla de lo hermoso y lo inmundo, había para Loewald, insiste Mitchell,  algo fundamentalmente equívoco en el modo en que Freud pensaba en las pulsiones, ligado a los comienzos, el nacimiento y origen de la experiencia. Para Freud, la "fuente" de las pulsiones, tal como él lo formuló, emerge del cuerpo y demandan a la mente trabajo, así como postula que el centro del individuo está en el ello, a pesar de la socialización que experimenta en el transcurso del desarrollo. La vida, para Freud, se genera mediante el choque entre el ello y el mundo externo, y es precisamente a causa de esa incompatibilidad fundamental que el propio ello nunca se encuentra directamente con el mundo externo, interpersonal.


Pero, continúa Mitchell, a pesar de su atractivo y su poder explicativo, había, para Loewald, algo fundamentalmente equivocado en esta visión. Según él,  la experiencia se mueve inicialmente del exterior hacia el interior, de una unidad crecientemente diferenciada de la que el individuo forma parte al desarrollo de éste mediante una internalización de esa pautas externas, encontrando  Loewald la fuente para esta reconceptualización básica de la naturaleza de las pulsiones en la referencia de Freud al "sentimiento oceánico" al comienzo de El Malestar en la Cultura (1930). “Originalmente el yo lo incluye todo”, afirma Freud, “más tarde se separa de un mundo externo”. (p. 68) La descripción de Freud de los orígenes del yo en este pasaje, tan importante para Loewald, es difícil de reconciliar con lo que podría considerarse como la tendencia más importante de la descripción del yo en otros trabajos, sugiere Mitchell,  en los que constituye un logro evolutivo temprano. Si el yo emerge a la superficie del ello para mediar entre éste y el mundo externo, es inimaginable cómo al principio el yo podía incluir también al mundo externo: es éste uno de esos puntos en los que la riqueza de la imaginación de Freud superaba sus esfuerzos de integración teórica. La revisión de Loewald sobre el concepto de pulsión, inicia, en palabras de Mitchell, una reconceptualización que le lleva a describir las pulsiones como relacionales en lugar de como fenómenos de descarga de energía; también los términos de proceso "primario" y "secundario" tienen un "significado más profundo", sugiere Loewald (1972), que en su utilización original como modos de regulación de la energía. En el proceso secundario, según Loewald, el campo relacional se ha organizado, y se han establecido las distinciones temporales y espaciales, pero no emerge espontáneamente por sí mismo; se introduce en el niño a través de sus cuidadores así como no puede existir independientemente del primario; presupone una unidad subyacente que él organiza y diferencia. Y si en el modelo de las pulsiones freudiano, el término "catexis" se refiere a una inversión de energía, en el modelo relacional de Loewald (1977a), la catexis se refiere a una actividad organizadora y los diferentes tipos de catexis a los diferentes modos en los que se puede organizar el campo relacional. Así, la catexis de objeto es un acto de organización mental (instintivo en origen) que estructura el material disponible como un objeto, siendo una catexis objetificadora. Los objetos, en un sentido psicológico, no existen independientemente del sujeto, se crean al ser investidos con significación mediante la actividad organizadora (catectizante de objeto) fuera de la "densidad primaria" del proceso primario. De forma similar, la catexis narcisista es un acto mental (instintivo en origen) en el que el "material disponible" no se diferencia del agente catectizante, ni está distanciado en el acto catectizante; la catexis es identificativa. En palabras de Mitchell “En la catexis de objeto, se dibuja una frontera alrededor de una parcela de experiencia, diferenciando algo, y diciendo: "Este eres tú". En la catexis identificativa o narcisista, se dibuja una frontera alrededor de una parcela de experiencia, diferenciando algo y diciendo: "Este soy yo". (pág.38) Asimismo, para Loewald, el ello y las pulsiones son pautas relacionales mediante las cuales se organiza la experiencia.


 En el apartado “Objeto y relación con el objeto”, Mitchell nos guía por una sucinta enunciación del significado que el concepto de objeto ha tenido en la teoría psicoanalítica. Explica que mientras para Freud los objetos son otras personas, o partes del cuerpo, o cosas, que pueden ser útiles para reducir la tensión de las pulsiones; en Klein, cierto tipo de imagen teleológica conectada con las pulsiones, hacia las que el deseo se dirige de forma inherente, que más tarde se entremezclan psíquicamente con otros y partes de los otros reales en el mundo externo, y para Fairbairn, al contrario, los objetos comienzan como otros reales en el mundo externo hacia los que se dirige la libido en "búsqueda de objeto", que pueden transformarse defensiva y compensatoriamente en presencias internas. Es decir que los objetos existen como entidades externas reales o como propiedades de la experiencia preconectadas. Pero la comprensión de Loewald de los "objetos”, aclara Mitchell,  es bastante distinta de todas las anteriores. Para él, la experiencia comienza en un estado indiferenciado; no hay objetos, ni pulsiones, ni self, ni otros, ni ahora, ni luego, ni externo, ni interno. Todo se experiencia en términos de lo que Loewald denomina "densidad primaria".


Una de las cuestiones psicoanalíticas centrales siempre ha sido "¿Por qué buscamos objetos?" habiéndose ofrecido muchas respuestas diferentes: por placer, seguridad, apego, reconocimiento, etc. Bajo la perspectiva de Loewald, la pregunta no tiene realmente sentido, porque presupone que "nosotros" y los "objetos" son fenómenos separados. Para Loewald (1971a), nosotros somos nuestros objetos, y nuestros objetos son nosotros. Este punto crucial puede parecer abstracto y difícil de comprender, pero realmente resulta bastante familiar para cualquier psicoanalista de pareja o de familia de orientación interpersonal, dice Mitchell. Fundamentalmente todos tenemos conflictos con las cuestiones más importantes de la vida: búsqueda de placer vs. su regulación; expresar la agresión vs. contenerla; gastar dinero vs. ahorrarlo; dedicar más tiempo a viejos objetivos vs. emprender otros nuevos, etc. Todos tenemos sentimientos intensos sobre ambas facetas de todas estas cuestiones. Pero puesto que las relaciones de pareja y de familia a menudo están estructuradas, se asigna una u otra faceta de estos conflictos fundamentalmente universales a diferentes personas. Un miembro de la pareja busca un objetivo y el otro lo evita; un miembro de la familia gasta imprudentemente mientras que otro controla los gastos; un niño expresa la rabia de la familia mientras que otro es un modelo de virtud; un miembro de la pareja parece necesitar sexo todo el rato mientras que el otro parece evitarlo. Cada participante individualmente (y en colaboración con el resto) crea su propia subjetividad y configura sus objetos superponiendo a la densidad de la experiencia tan rica, afectiva, conflictiva, un esquema simplificador, mediante el que clasifica y asigna diferentes cualidades a los diferentes participantes. Lo que propone ya Loewald, es  que mediante este tipo de proceso estratificador, se genera el proceso secundario a partir del proceso primario, sugiere Mitchell.


De allí que nos proponga que consideremos las implicaciones de esta nueva teoría sobre los orígenes de los objetos y de las relaciones de objeto para la comprensión de Loewald sobre los procesos cruciales de internalización, proyección e identificación. Partiendo de que en prácticamente todas las demás teorías psicoanalíticas, son actos discretos, generalmente entendidos como defensas del yo, a partir de la fórmula de Freud (1917) de que la identificación sigue a la catexis de objetos abandonados -la identificación y la internalización- son defensas frente al dolor de la pérdida.


Lo que distingue el enfoque de Loewald, apunta Mitchell, es que somos uno con nuestros objetos; y que el proceso primario es operativo no sólo en los primeros meses de vida, sino como una organización continuada de la experiencia. Para él, las distinciones entre el self y el otro, lo interno y lo externo, lo interpersonal y lo intersubjetivo son  logros evolutivos, así como  los objetos internos generados a partir de un campo psíquico subyacente, indiferenciado, en el que no existen personas ni sujetos,  son también construcciones psicológicas secundarias. Las interacciones significativas con los cuidadores tempranos trascienden las divisiones externo-interno, entonces y en el momento actual. Los objetos, o más bien nuestras experiencias interactivas con ellos, adquieren graduaciones variables de internalización y externalización. Esta visión tiene estrechas conexiones con las nociones relacionales contemporáneas de multiplicidad de estados del self y organizaciones del self (Mitchell, 1991; Davies, 1996, 1998 b; Bromberg, 1998).


Para Mitchell, la teoría de Loewald de la formación del objeto resuelve uno de los problemas más interesantes en la teorización psicoanalítica acerca de porqué los residuos de las relaciones de objeto tempranas son tan persistentes y tan resistentes al cambio, lo que hace tan difícil nuestro trabajo, ya que  requiere de períodos temporales más amplios. Siempre según Mitchell,  Freud podía describirlo, pero realmente no pudo explicarlo. Su principio del placer metapsicológico afirma que buscamos el placer y evitamos el dolor, sin embargo, la duración de las relaciones y experiencias traumáticas tempranas constituye probablemente la causa más generalizada de sufrimiento humano. La libido polimorfamente perversa, con toda su plasticidad, debería ser capaz de descartar a los objetos dolorosos y encontrar otros nuevos, pero es asombrosa la profundidad de nuestra lealtad a los objetos tempranos dolorosos (que constituyó la base clínica para la redefinición de Fairbairn de la libido primariamente no como buscadora de placer, sino como buscadora de objetos), que encontramos una y otra vez en el análisis y en la vida en general. Mitchell señala que Freud atribuía este fenómeno a lo que él denominó la "adhesividad" de la libido, pero que  renunció a la obligatoria explicación atribuyéndola a una misteriosa Pulsión de Muerte. Sin embargo, recapitula Mitchell, la teoría de Loewald reformula dramáticamente todo el problema: las identificaciones primarias son tan adhesivas porque la frontera entre yo y mis objetos existe sólo en un proceso secundario, consciente, de organización; en el nivel de proceso primario, yo soy mis objetos, y mis objetos son yo siempre, necesaria e inseparablemente, no pudiendo ser expulsados. Esto sugiere que lo que puede ocurrir en psicoanálisis, lo que sucede, no es la renuncia o el exorcismo de los objetos negativos, sino una transformación de los mismos.


En “El tiempo y la memoria” Mitchell  plantea como el self y los objetos se relacionan en el modelo mental de Loewald a través de  las interacciones, enlazadas entre sí salvando el tiempo, aludiendo a la compleja relación, recíprocamente generativa, entre la percepción y la memoria. Los recuerdos, sugiere Loewald (1978 a) son experiencias que tienen un "índice de pasado" (p. 66), fueron percepciones en su momento y al mismo tiempo  las percepciones son experiencias que transmiten una cualidad del presente pero no serían posibles sin los recuerdos: sólo podemos percibir algo reconociéndolo en términos de percepciones pasadas, o recuerdos. Así, las relaciones internas de objeto, las interacciones internalizadas con los otros que constituyen el enrejado de la mente, se unen en el tiempo, que es el tejido básico de la psique, describiendo Loewald (1972) a la memoria, como  esa actividad psíquica que atraviesa las fibras temporales, estableciendo vínculos, creando continuamente canales mediante los cuales "las interacciones con el mundo continúan reverberando" (p. 156) de modo que sea posible la experiencia personal auto-reflexiva.


En el apartado “El proceso analítico”, se aclara que puesto que Loewald escribe sobre el proceso analítico sólo en términos de lo más abstracto y sus escritos carecen de cualquier tipo de ejemplo clínico, es imposible según Mitchell, para los clínicos analíticos que han sido atraídos por su opinión, extraordinariamente rica, discernir como trabajaba Loewald en realidad. Pero, hay importantes implicaciones de las revisiones de Loewald para los dos aspectos básicos del proceso analítico: la situación analítica y la relación analítica, ya que ve la psique humana en términos radicalmente interactivos, como sistemas abiertos que forman parte de una matriz interactiva con otras mentes, donde nuestro sentimiento de self es una función de la internalización, la reproducción continua y el recuerdo de dichas relaciones. Loewald (1974a) deja claro que es la realidad vivida de la experiencia de transferencia-contratransferencia y su comprensión interpretativa por parte de ambos participantes la que hace posible un cambio profundo, subrayando la importancia de "la capacidad del analista y su habilidad para transmitirle al paciente como él, el analista, utiliza su propia experiencia emocional y sus recursos para comprender al paciente y para hacer progresos en el acceso por parte del paciente a sus recursos internos" (p. 356). Así, recomienda que el analista involucre al paciente en términos enérgicos, y compara frecuentemente el papel del analista con el de los padres, no tanto con la madre del infante según la escuela británica de relaciones de objeto, sino más bien como los padres de un adolescente, que deben utilizar las así llamadas medidas educacionales, y a veces el estímulo y el reaseguro para posibilitar, posteriormente las intervenciones más estrictamente psicoanalíticas.


La Parte II, se ocupa de los “Niveles de Organización” y titula el Capítulo 3 “Una jerarquía interaccional”.


Mitchell plantea que ninguna mente individual puede emerger sui generis y mantenerse en un estado totalmente independiente de las otras mentes. Esto no contradice el hecho de que las mentes individuales emerjan desde y mediante la internalización de los campos interpersonales, y que una vez que han emergido, desarrollen por su cuenta lo que los sistemas teóricos denominan propiedades emergentes y motivaciones.


Como hemos visto, existe un concepto adicional, extremadamente importante y sugerente que podríamos entresacar de las contribuciones de Loewald, concepto que ha tenido menor repercusión: nuestras mentes organizan nuestras experiencias de acuerdo a diferentes principios, variando las estructuras organizativas. Estos esquemas organizativos aparecen de forma secuencial durante el transcurso del desarrollo, si bien también operan de forma simultánea en la experiencia adulta como un continuum de la conciencia a la inconsciencia. Loewald, dice Mitchell,  contrastaba muy a menudo los "niveles de organización" del proceso primario y el proceso secundario, variando de acuerdo al grado de articulación de las fronteras espaciales entre el self y el otro, el interior y el exterior, y las fronteras temporales entre el pasado, el presente y el futuro. Ogden (1989) más recientemente ha introducido una visión similar de la mente, organizada simultáneamente en diferentes "modos": autista-contiguo, paranoide-esquizoide e histórico. Los modelos de Ogden, como los niveles de Loewald, varían según el grado de articulación de las fronteras espaciales alrededor del self y entre el self y los otros, las relaciones de objeto escindidas vs. las completas, la prueba de realidad, y la conciencia de lo irreversible que es el tiempo. Al igual que Loewald, Ogden entiende que estos modos emergen secuencialmente en el desarrollo temprano, pero también que operan en tensión dialéctica entre sí a lo largo del ciclo vital.


El proyecto para  este capítulo es recurrir a estos principios para presentar cuatro modos o categorías diferentes de albergar y comparar diferentes perspectivas y explicaciones sobre la relacionalidad. Propondrá Mitchell, cuatro dimensiones interaccionales, cuatro modos básicos mediante los cuales opera la relacionalidad. Al igual que la distinción de Loewald entre el proceso primario y secundario, y los modos de Ogden autista-contiguo, paranoide-esquizoide e histórico, los modos de Mitchell se desarrollan, progresivamente, en grados de sofisticación organizativa. El Modo 1 atañe a lo que las personas realmente hacen las unas con las otras –una conducta no reflexiva, presimbólica - los modos en los que se organizan los campos relacionales en función de la influencia recíproca y la regulación mutua; el 2 es la experiencia compartida de afecto intenso a través de fronteras permeables; el 3 es la experiencia organizada en configuraciones self-otro, y el 4 es la intersubjetividad, el reconocimiento mutuo de personas auto-reflexivas, representativas.


Los distintos autores relacionales nos señala Mitchell,  tienden a poner el énfasis, a ubicar su centro de gravedad conceptual, en una u otra de estas dimensiones. Así, por ejemplo, Bowlby estaba más interesado en la conducta de lo que las madres y los niños hacen realmente el uno con el otro, en el afecto, las configuraciones self-otro y la intersubjetividad, pero estos aspectos derivaban de lo que él consideraba como las pautas conductuales de apego fundamentales, instintivas. Fairbairn estaba más interesado en las configuraciones self-otro: los yos libidinal y anti-libidinal en relación con los objetos las conductas, los afectos y la intersubjetividad, pero los entendía como derivados de las relaciones de objeto internas subyacentes. Benjamin (1988, 1995, 1998) está más interesada en la intersubjetividad: el desarrollo de un sentimiento del self como un sujeto personal, representativo, en relación con otros sujetos personales y representativos, las conductas, los afectos y las configuraciones self-otro, pero contextualiza estas dimensiones en una trayectoria mediante la cual emerge la intersubjetividad.


Para Mitchell, el marco relacional sugerido en este capítulo se ofrece como un dispositivo heurístico para localizar, yuxtaponer e integrar diferentes tipos de exploraciones de las distintas dimensiones de la relacionalidad, para pensar en las implicaciones clínicas de la interacción dentro de la situación analítica y para explorar algunas de las opciones que los clínicos eligen diariamente sobre qué decir o no decir acerca de lo que sienten y de lo que están haciendo.


Según el “Modo 1: Conducta no reflexiva”, las personas construyen de forma conjunta en sus relaciones pautas conductuales de interacción que conllevan una influencia recíproca. Este modo de interacción ha sido notablemente demostrado por investigadores infantiles contemporáneos que han rastreado las complejas indicaciones gestuales, conductuales, entre la madre y el infante que llegan hasta el punto de regular los ciclos de sueño-vigilia y de alimentación del infante. Las pautas de influencia recíproca son generalmente preconscientes (fuera de la conciencia, pero susceptibles de conocerse) o inconscientes (fuera de la consciencia y bloqueadas, por tanto inaccesibles). Esta organización ha sido generalmente caracterizada como presimbólica (Beebe y col., 1997) o prerreflexiva (Sander) en aquellas acciones e interacciones que funcionan sin una conceptualización organizada del self y el otro. En este nivel carece de importancia la cuestión de ¿quién empezó?, porque las acciones de cada participante han evolucionado, mediante microadaptaciones, de forma complementaria a las del otro.


Comenta Mitchell que Daniel Stern y sus colegas (1998) han adaptado recientemente el tipo de enfoque empírico desarrollado en la investigación de la infancia a pequeñas secuencias de interacciones analíticas, rastreando lo que denominan "movimientos relacionales" que conducen a "momentos ahora" transformadores, construidos de forma conjunta.


Este énfasis en lo que se ha dado en llamar "conocimiento del procedimiento" o, más recientemente, "conocimiento relacional implícito" es inestimable clínicamente. El trabajo analítico se atasca a menudo en interpretaciones especulativas de lo que significan las cosas; las intervenciones clínicas que iluminan lo que realmente está sucediendo en la vida del paciente y, en concreto, en la interacción entre el paciente y el analista son extremadamente eficaces. Por ello enfatiza que  la riqueza de los recientes enfoques en sistemas dinámicos, deriva de su exploración de la dialéctica entre la complejidad y la unidad, las diferencias y la continuidad, el cambio y la continuidad.


Según el “Modo 2: Permeabilidad afectiva”, el afecto es contagioso y, en su nivel más profundo, los estados afectivos son muchas veces transpersonales. Los afectos intensos como la ansiedad, la excitación sexual, la ira, la depresión y la euforia tienden a generar afectos correspondientes en los otros. En las primeras etapas vitales, y a lo largo de toda la vida en los niveles inconscientes más profundos, los afectos son evocados interpersonalmente mediante densas resonancias entre las personas, sin considerar qué se siente por quién en concreto. Preguntas como ¿Quién empezó? y ¿Quién hizo qué a quién? son útiles muchas veces para otros niveles de organización. Pero estas cuestiones tienden a carecer de importancia cuando se trata de conexiones afectivas intensas, como en la atracción sexual fuerte, el terror, la rabia asesina o la alegría exultante. Este nivel afectivo fundamental, sin delimitaciones, de la experiencia, nos recuerda Mitchell,  ha sido señalado por diferentes autores analíticos de distintas formaciones.


Las experiencias del Modo 2, dice Mitchell,  en las que las resonancias de afecto directo emergen en diadas interpersonales, han sido exploradas en la literatura psicoanalítica reciente, en la interpenetrabilidad de las experiencias de transferencia-contratransferencia, en las que los propios afectos del analista se entienden como una ventana a las experiencias afectivas más profundas, a menudo disociadas, del paciente (Ogden, Bollas, Bromberg, Hoffman, Mitchell, Davies).


En el “Modo 3: Configuraciones self-otro”, las experiencias interpersonales se organizan en configuraciones que implican al self en relación con los otros. Como lo anticipa Mitchell, Sullivan las denominó "pautas yo-tú"; los psicólogos del yo hablan de "representaciones del self y el otro", y Kernberg utiliza los términos "configuraciones de afecto-self-otro". En este nivel simbólico de organización las interacciones construidas de forma conjunta se clasifican y etiquetan, consciente o inconscientemente, de acuerdo con las personas que participan en ellas. Así, aclara Mitchell en un sentido es el hijo de su madre, y en otro sentido el hijo de su padre. En cada una de estas relaciones, se  ha modelado en relación con sus padres y ha internalizado un sentimiento de sus padres con relación a él. “Hay ocasiones en que me siento (consciente o inconscientemente) como el hijo de mi padre relacionándome con mi padre, y otras ocasiones en que me siento (consciente o inconscientemente) como mi padre (mediante la identificación) relacionándose conmigo, su hijo”.(pág.63) Algunas veces, sigue planteando Mitchell, puede sentirse (consciente o inconscientemente) como el hijo de su madre relacionándose con la  madre y otras en que se siente (consciente o inconscientemente) como su  madre (mediante la identificación) relacionándose con él, su hijo. Más aún, en cierto sentido es el hijo de la conciencia de su madre, y en otro sentido el/los hijo/s de los conflictos inconscientes de su madre, así como  lo mismo con su  padre.


Debería notarse que los tres modos que hemos considerado hasta ahora, dice Mitchell podrían considerarse en los términos del concepto de Kohut de selfobjetos. En cada uno de estos tres modelos, los otros no se organizan ni se experiencian como sujetos independientes de propio derecho. En el Modo 1, los otros participan en pautas recurrentes, estabilizantes a menudo, de interacción que ni se simbolizan ni se reflejan; en el 2, los otros participan en conexiones afectivas, haciendo en ocasiones que ciertos tipos de experiencias afectivas sean posibles; en el Modo 3, los otros son simbolizados, pero desempeñan roles funcionales concretos, como la especularización, la excitación, la satisfacción, etc. y sólo en el Modo 4,  los otros están organizados como sujetos distintos.


“Modo 4: Intersubjetividad”. Para Mitchell, ser totalmente humano (en la cultura occidental) supone ser reconocido como sujeto por otro sujeto humano. Hay una tensión profunda y continua entre nuestros esfuerzos por encontrar nuestro camino, como expresión de nuestra propia subjetividad, y nuestra dependencia del otro, como sujeto de propio derecho, para asegurarnos el reconocimiento que necesitamos. Por ello en el Modo 2, la experiencia se clasifica de forma icónica en términos de personas; y en el Modo 4, las personas, tanto uno mismo como los otros, se han convertido en agentes más complejos, con intencionalidad auto-reflexiva (pensando e intentando hacer cosas) y dependencia (de otros agentes) para estar completos.


El autor comenta que se ha hecho un lugar común el señalar que, tradicionalmente, al teorizar sobre el proceso analítico se situaba a la relación analítica en un papel menor, subsidiario, cuando no se la dejaba fuera totalmente. La situación analítica no era entendida como un compromiso entre dos personas, sino como un medio en el que se desplegaba el contenido mental de una persona y era interpretado por otra operando como un funcionario más o menos genérico y objetivo. Pero, en el amplio espectro de las formas en que se entiende el proceso analítico en estos momentos, como  la relación personal entre dos participantes, se le otorga un papel transformador fundamental. Recuerda Mitchell algunas contribuciones teóricas importantes que han desempeñado un papel importante en este cambio de paradigma.


Y destaca que  una contribución importante al Modo 4 de teorizar sobre las dimensiones intersubjetivas de la relacionalidad ha llegado desde las psicoanalistas feministas de orientación relacional, como Jessica Benjamin y Nancy Chodorow. La teorización psicoanalítica evolutiva anterior ha tendido a retratar la meta del desarrollo como separación y autonomía y a la madre (y, por analogía, el analista) como un objeto de las necesidades del niño (p. ej. la madre "gratificadora de necesidades" de la teoría clásica de los impulsos o el "ambiente de soporte" de Winnicott). Pero Benjamin y Chodorow demostraron que la visión más significativa de la salud para el niño (y para el paciente psicoanalítico) es un sentimiento de subjetividad y de agencia, en el contexto de la relacionalidad y el reconocimiento, mediante la identificación, de una madre (analista) que es sujeto de derecho propio.


El apartado “Sentimientos en el aire” plantea el caso de Charles, quien había  acudido a análisis durante varios años ya que  sus relaciones con las mujeres se habían convertido en algo redundante. Cuando la mujer se interesaba en él, se enredaba en densas reflexiones sobre si esa mujer era, de hecho, la mujer adecuada para él, sobre si realmente le excitaba y si la amaba de verdad. Cuanto más reflexionaba, menos sentimientos tenía hacia la mujer y más le agobiaban los sentimientos de ella hacia él. Hacia el final del ciclo, él ansiaba una vía de escape que terminara con esa relación, de modo que estuviera libre para volver a comenzar con la búsqueda de mujeres variadas. Pero en el momento en el que se sentía sin vínculo se comprometía de nuevo. Lo relata así. “Hay veces, me dijo, en las que "el amor está en el aire". Me intrigó mucho lo que esto significaba, y aclararlo me ayudó a distinguir los diferentes modos de organización que ya he presentado en este capítulo, puesto que estas eran experiencias en las que los cuatro modos estaban operativos a la vez”. (pág.67) Estos momentos en los que el amor estaba en el aire eran el resultado afectivo de secuencias complejas e interactivas entre ellos, en las que ambos eran participantes activos, tanto presimbólicamente (Modos 1 y 2, en la sutil coreografía de exitosas intimidades emocionales y sexuales) como simbólicamente (Modo 3, en los modos conscientes e inconscientes en los que habían llegado a comprender al otro y a sí mismos en relación con el otro). Al comentar este proceso concluye “Cuanto más explorábamos la situación, menos útil nos resultaba el esfuerzo de elegir entre la visión de que el amor que había "en el aire" fuera el de ella, al que él temía, o el de él, que él expulsaba de las fronteras de la experiencia de sí mismo. Estábamos hablando, parecía, sobre una experiencia afectiva que podría existir sólo si operaba en los dos, una experiencia que requería dos participantes para encenderse. De modo que, en un sentido considerable, este sentimiento que tienen el uno hacia el otro está "en el aire"; no está simplemente en uno de ellos o en ambos; tiene una cualidad transpersonal y opera en el campo que les incluye a ambos, Modo 2, en un afecto compartido a través de fronteras permeable”. (pág.68)


En “La fijación del afecto y el proceso”,  es descrito como entre los aspectos más difíciles de la experiencia humana está el aceptar nuestra fijación relacional con los otros (en el campo interpersonal) y la fijación de los otros dentro de nuestra mente (en el mundo interno). A causa de la penetrante relacionalidad de nuestras vidas emocionales, tenemos mucho menos control sobre nuestra propia experiencia afectiva de lo que generalmente nos resulta cómodo. Durante la mayor parte de su historia, la técnica psicoanalítica estuvo basada en la premisa de que la psique del paciente y sus procesos mentales podían ser "analizados" independientemente de sus interacciones con los sentimientos y conductas del analista. Esto último, se suponía, podía ser elaborado o contenido mediante la técnica adecuada. En el marco que Mitchell propone, los conceptos tradicionales (p. ej. identificación proyectiva) se recontextualizan como componentes de un campo interactivo más complejo. Así, en su opinión, la identificación proyectiva es un proceso bidireccional, con aspectos de conducta, afecto y fantasía (1999) y los afectos procesos transpersonales, interactivos que se organizan de forma variable con las conductas, las unidades experienciales del self y los otros.


Para Mitchell el psicoanálisis clínico contemporáneo se ha convertido en una mezcla de aspectos tradicionales e innovadores. La asociación libre, los sueños del paciente, y las interpretaciones del analista siguen teniendo un papel central. Pero puesto que se entiende que el analista influencia y colabora para crear el proceso, también  habrá momentos más abiertos, menos contenidos, de interacción con el paciente. El cambio analítico no se entiende simplemente como un acontecimiento intrapsíquico, el insight generado por las interpretaciones del analista, sino que comienza por cambios en el campo interpersonal entre el paciente y el analista, en la creación conjunta y de forma interactiva de nuevas pautas relacionales que se internalizan a continuación, generando nuevas experiencias, tanto en soledad como con los otros.


“El afecto: controlado e incontrolado”, Mitchell relata otro caso, el de Becky, una mujer de 30 años en su quinto año analítico, quien le recuerda algo que había dicho seis meses antes y que, según comenta, se había convertido en una "epifanía" ya que  la había impactado enormemente. Según el autor, era una interpretación bastante tradicional de la omnipotencia que fantaseaba; pero la importancia retrospectiva que le dio a esa interpretación fue lo que lo llevó a reflexionar sobre los factores que podían haber contribuido a la particular significación que tuvo para ella. Becky había comenzado su análisis en un estado de considerable confusión y zozobra, tanto en sus relaciones personales como en su carrera profesional. Había vivido una infancia difícil en muchos aspectos. Su madre era una profesora que estaba bastante deprimida y la consideraba un fracaso escolar; para quién cualquier éxito de Becky suponía una profunda amenaza. Su padre, un ejecutivo, vivaz y seductor, había tenido relaciones extramatrimoniales con mujeres considerablemente jóvenes cuando Becky era adolescente y ella recordaba que se había producido una intensa tensión seductora entre ellos dos, sobre la que Becky se sentía intensamente ambivalente y culpable. Sentía a ambos padres como extremadamente absortos en sí mismos y preocupados únicamente por las apariencias, inconscientes de su vida interior [de Becky].


En el transcurso del proceso analítico, Becky había vuelto a estudiar. Más o menos nueve meses atrás, tres meses antes de la interpretación a la que se hace referencia, había expresado un enfado importante hacia Mitchell, quejándose de que no se había dado cuenta de la cantidad de problemas que estaba teniendo. Y que satisfecho  por su aparente éxito en la facultad, no había notado lo deprimida y ansiosa que estaba por el bloqueo que sentía ante los trabajos que debía estar escribiendo. Becky le recriminaba que tal vez, al igual que sus padres, él estaba más interesado por las apariencias y por sus propios valores que por su experiencia interior y su felicidad.


Mitchell reconoce que había algo cierto en la afirmación de Becky junto a  una importante reedición de aspectos significativos de la relación con sus padres. Y explica cómo explorando algunas de las formas en las que habían estado dejándose llevar hacia un sentimiento de complacencia creado conjuntamente, relativo a su éxito externo, habían creado (Modo 1) patrones conductuales recíprocos en los que las cosas parecían estar bien, a costa de  obviar las experiencias dolorosas. Como resultado de esta conversación, Mitchell y Becky estuvieron varios meses manteniendo conversaciones sobre los temas de sus trabajos. Mitchell reconoce  que estaba cada vez más impresionado por la  brillantez y creatividad de su paciente, que nunca había podido apreciar de primera mano, por lo que explica el trayecto recorrido como: “En el Modo 4, había una expresión de su propia originalidad y mi reconocimiento hacia ella. Estas sesiones me parecieron muy dinámicas, informativas y divertidas, a veces casi hilarantes. En el Modo 2, había una excitación compartida por el juego de ideas entre nosotros. Por supuesto, con la culpa que forma parte del repertorio de cualquier psicoanalista, me preocupaba estar explotando a Becky a favor de mi propio crecimiento cosa que en cierto modo estaba haciendo. Pero estas discusiones parecían importantes, y con ellas Becky empezó a vivir más y sus problemas con la escritura se suavizaron. Me parecía importante no interpretar lo que estaba sucediendo con nosotros en ese momento. No obstante, sentía que habíamos creado juntos un tipo de experiencia que nunca había tenido con sus padres, cuyas preocupaciones e investimientos narcisistas, que transformaban el placer de la creatividad de Becky o irrelevante o demasiado amenazador. (En el Modo 3, emergía una eficiente y expansiva versión de sí misma reflejada en otro contribuyente y apreciativo). Después de un tiempo, el foco de nuestra investigación se trasladó a otros tema (pág.72)… Y más adelante comenta ¿Qué hubiera pasado si yo no hubiera investigado sobre sus proyectos bloqueados de escritura? ¿Hubiera sido una actitud más neutral? Lo dudo. Probablemente ella lo hubiera sentido como una reactivación de la absorción de sus padres en sí mismos. Dentro de la teoría relacional actual, no hay forma de que el analista no actúe y, de un modo u otro, también de que reactive”.(pág.74)


En las “Las elecciones del analista”, Mitchell destaca que  lo que el analista proporciona es un compromiso profundamente personal con el paciente, del que emergen nuevas comprensiones y nuevas experiencias interpersonales e intrapsíquicas. Entre los juicios más importantes que el analista tiene que hacer están los que conciernen a lo que dice respecto de lo que siente y hace. Comenta que la complejidad de esos juicios se ha obviado algunas veces, y que  los principiantes, en concreto, desarrollan a veces la impresión de que el trabajo del analista es no decir casi nada o revelar cualquier cosa que sienta o piense sobre el paciente. El marco de múltiples niveles que Mitchell propone podría resultar de ayuda no sólo para clasificar las diferentes hebras interactivas, sino también para pensar mediante algunas de las elecciones sobre qué decir y qué no decir, que constituye un aspecto perpetuo del trabajo analítico.


Una de las implicaciones del marco organizativo que propone Mitchell es que las relaciones entre el afecto, la conducta y el lenguaje son enormemente complejas y contextuales,  y que  hay muchas situaciones en las que es vital para el analista expresar sus sentimientos vis-à-vis con el paciente, o poner en palabras, mediante interpretaciones, su sentimiento de lo que fluye entre ambos. Lo que a Mitchell le parecía crucial con Becky en este momento, era reflejar continuamente los modos en los que sus respuestas a su situación repetían las pautas relacionales tempranas de su infancia y luego encontrar el modo, con o sin el lenguaje, de participar con ella para abrir posibilidades nuevas, más vitales. Lo necesario, continúa el autor, no es el establecimiento de guías conductuales para "interpretar" o "no interpretar", sino más bien el desarrollo de guías conceptuales que ayuden a los clínicos a pensar en las continuas implicaciones de cualquier elección que hacen. La amplia gama de conceptos relacionales que se incluyen en la literatura analítica reciente resulta prometedora. Lo que Mitchell considera importante es encontrar el modo de integrar críticamente las diferentes contribuciones para descubrir las convergencias y resaltar diferencias, tanto en lo que se refiere a las relaciones humanas en general como  con respecto a los aspectos siempre únicos de las situaciones analíticas singulares.


El Capítulo 4 comienza con un apartado sobre “Teoría del apego y relacionalidad”, en el que Mitchell plantea que el psicoanálisis ha estado luchando con los problemas que conlleva señalar y comprender la relacionalidad humana desde las décadas centrales del siglo XX. Enumera los teóricos relacionales más importantes como  Harry Stack Sullivan, W.R.D. Fairbairn, Donald Winnicott, John Bowlby y Hans Loewald,  destacando que dado que la corriente principal del psicoanálisis estaba sólidamente ocupada, ideológica y políticamente, por la teoría de los impulsos freudiana-kleiniana, cada uno de estos teóricos estuvo condenado a la marginalidad durante los años en los que se introdujeron sus contribuciones más importantes y, en algunos casos, durante toda su vida.


En “Bowlby y el psicoanálisis de su tiempo”, Mitchell cita a  James Grotstein (1990) quien ha sugerido que la expulsión virtual de John Bowlby del psicoanálisis fue "uno de los capítulos más terribles, vergonzosos y lamentables de la historia del psicoanálisis". (p. 26) Varios factores contribuyeron a que Bowlby fuese tan descalificado, según Mitchell, siendo  una de las causas más importantes su claridad, ya que escribía con fuerza y lucidez. En  la conclusión del tercer volumen de su trilogía sobre el apego (1980), Bowlby dirá: “Los vínculos íntimos con otros seres humanos son el eje alrededor del cual gira la vida de una persona, no sólo cuando es un infante o un niño o un escolar, sino a lo largo de su adolescencia y sus años de madurez, así como en la ancianidad”. (p. 442) Para Mitchell estaba claro desde el principio que Bowlby (1960, 1969, 1973, 1980) consideraba sus contribuciones como un desafío directo a ciertos principios básicos de la teoría freudiana. Tenía datos sobre niños en el mundo real para apoyar ese desafío. Se identificaba a sí mismo como científico, ofreciendo hipótesis probables, y sus vínculos con otros científicos, especialmente los etólogos de su tiempo, hicieron su posición extremadamente persuasiva . Pero para el sistema psicoanalítico de la época, todo esto era simplemente demasiado y había otra cuestión añadida que contribuyó a crear la amplia brecha existente entre la teoría del apego de Bowlby y el psicoanálisis: el lenguaje del psicoanálisis son las psicodinámicas, y Bowlby, como Sullivan, tenía una sensibilidad más conductista.


Al tratar de comprender las "dificultadas humanas para vivir", es mucho más económico, dirá Mitchell, conceptualmente hablando, estudiar lo que hemos denominado interacciones del Modo 1: lo que las personas realmente hacen las unas con las otras. Las raíces de la sensibilidad de Bowlby estaban en la disciplina vecina de la etología, que proporcionaba conceptos explicativos muy eficaces para comprender lo que Bowlby había observado en las reacciones de los niños ante las separaciones y la pérdida. Y cita



    “Slade (1998), ha resumido las nociones clave que recorren el trabajo de Bowlby:


    (a) que el niño nace con una predisposición a apegarse a sus cuidadores, (b) que el niño organizará su conducta y su pensamiento para mantener esas relaciones de apego, que son clave para su supervivencia física y psicológica, (c) que el niño mantendrá con frecuencia esas relaciones aún cuando supongan un alto coste para su funcionamiento y (d) que las distorsiones en el sentimiento y el pensamiento que se deriven de trastornos tempranos en el apego suceden con mayor frecuencia en respuesta a la incapacidad de los padres para satisfacer las necesidades que el niño tiene de confort, seguridad y reaseguramiento emocional [p. 3]” (Pág. 83)



La ventaja de este énfasis en la conducta ha sido que las ideas de Bowlby se han aplicado, con una efectividad extraordinaria, a la tradición de investigación empírica por cuyo desarrollo tanto han hecho Mary Ainsworth y Mary Main. El inconveniente del énfasis en la conducta ha sido el desarrollo relativamente bajo de las dimensiones psicodinámicas (Modos 2, 3 y 4) que ha hecho más difícil la conexión con el psicoanálisis dominante. Como ha señalado recientemente Holmes (1996, p. xiv), la teoría del apego se ha aplicado más productivamente a la investigación que al trabajo clínico.


Continúa describiendo Mitchell que el concepto de Bowlby de "modelos operativos internos" fue un esfuerzo temprano, abstracto y sin desarrollar, por describir los residuos psicodinámicos de las vicisitudes de las experiencias de apego, y como  Main (1995) también ha señalado un reciente "giro relacional" realizado por los teóricos del apego, en sus esfuerzos por describir esos residuos internos. Este desarrollo dentro de la tradición del apego, junto con el giro hacia la relacionalidad en la tradición psicoanalítica, hace de esta época, según el autor,  el momento propicio para explorar la convergencia entre estas líneas.


“Bowlby y el psicoanálisis de nuestro tiempo”. Señala Mitchell que  algunas de las divergencias conceptuales que han separado a la tradición psicoanalítica y la del apego fueron condicionantes históricos que se han vuelto obsoletos tras los avances recientes. El psicoanálisis que Bowlby rechazó privilegiaba la fantasía sobre la realidad, derivando del propio cambio de Freud en 1897, a partir de su teoría de la seducción original. Bowlby siempre pareció considerar la elección entre privilegiar los "acontecimientos reales" vs. la "fantasía" como una bifurcación clave del camino que separaba la teoría del apego del psicoanálisis. Así, la fantasía se convirtió en un problema para él porque en su tiempo la fantasía, en su vínculo con la teoría de los impulsos, significaba unas pautas primarias distorsionadas que se imponían en la vida real. Bowlby, por el contrario, estaba cada vez más convencido de que la vida real -las madres reales y los acontecimientos reales- tenían una influencia determinante en el desarrollo.


La distinción entre fantasía y realidad, no obstante, en opinión de Mitchell, no está tan claramente perfilada en la teoría psicoanalítica.


En “El mundo interno de la pérdida”, Mitchell presenta el caso de Connie, cuyas experiencias tempranas  habían sido aquellas para las que la teoría del apego parece haber sido diseñada; había sufrido una pérdida temprana, catastrófica, de su madre, cuando ella tenía cinco años. Un proceso  anterior de  psicoterapia resultó exitoso culminando más o menos diez años antes. Cuando comenzó el nuevo análisis con Mitchell tenía entre cuarenta y cincuenta años  y consultaba principalmente por dos razones: la primera, por el  regreso de la tristeza crónica que la había perseguido toda su vida, (aliviada en cierto modo por la psicoterapia que hizo en la treintena, que  le dio una oportunidad para elaborar un proceso de duelo que nunca había permitido) situando su tristeza en un contexto de significado. Pero sentía que seguía teniendo una tristeza considerable, cuya gravedad aumentó cuando se casó a finales de la treintena y tuvo un hijo, que en ese momento tenía cinco años. Este niño tenía problemas de separación extremadamente intensos, lo cual no la sorprendía pero sí la inquietaba. Ella sabía que esto debía tener algo que ver con la pérdida de su madre a la misma edad que el niño tenía ahora, y estaba preocupada por la posibilidad de imponerle a él la tragedia de su propia vida. La segunda razón por la que Connie buscó otro tratamiento analítico era que siempre había sentido que había algo diferente respecto a ella, algo que los demás tenían y ella no. Parecían tener un "self", un sentimiento mucho más asentado de quiénes eran. Incluso siendo ella una persona creativa y que objetivamente había alcanzado muchas metas, sentía que carecía de ese sentimiento interior. Intuía que esa carencia tenía algo que ver con la pérdida de su madre y el "hueco" que sentía en su experiencia desde entonces. Imaginaba que una de las cosas que una madre hace por un hijo es ayudarle a reconocer quién es, cómo es, e intentaba de una forma especialmente intensa hacer eso con su hijo.


Según Mitchell, una de las primeras cosas que se hacían evidentes en el trabajo con Connie es que la pérdida que había sufrido iba más allá de la pérdida de su madre. Coincidió con que su padre se sentía totalmente abrumado por la muerte de su mujer y ante la responsabilidad de dos niños pequeños, decidió que el único plan viable era enviarlos a un internado. Así, Connie perdió más que a su madre a los cinco años; de hecho, perdió todo su mundo.


Mitchell explica que le gustaría resaltar varios temas e incidentes de su trabajo para ilustrar los modos en los que las cuestiones del apego y sus problemas repercuten en diferentes niveles de la relacionalidad.


En “El apego y (Modo 2) la permeabilidad de las fronteras de intimidad”, Mitchell cuenta cómo durante un periodo de varias semanas en el que se habían agudizado los problemas de separación de su hijo, Connie comenzó a describir, con cierta vergüenza, el sentimiento de que su hijo formaba "parte de sí",  sabiendo que  no es lo que se supone que deben pensar los padres bien informados. Pero exploró varios modos en los que esto era indudablemente su realidad. Describía su experiencia de mirarle jugar con sus compañeros de clase sin poder  apartar los ojos de él. Era como si él ejerciera una fascinación sin fin. A Mitchell, estos sentimientos le parecían más intensos y penetrantes de lo normal. Así que pregunta a la paciente a ver si podía decir algo más sobre el sentimiento de "él es parte de mí". Mitchell relata:



    “Connie recordó su asombro durante el embarazo cuando, en un sentido bastante literal, su hijo era parte de ella. Recordaba la extrañeza de la separación que constituyó su nacimiento; todavía lo sentía parte de ella, aunque ya no más de una forma literal. Entonces asociaba a sus recuerdos que en la pérdida de su madre había perdido una "parte" de sí misma. De hecho, sentía una ausencia, como un hueco, dentro de sí desde entonces, como si parte de ella hubiera desaparecido para no volver más. Sentía que tal vez al ser madre podría reencontrar a su madre otra vez. Yo le sugerí que cuando ella perdió a su madre también había perdido una versión de sí misma, y que su fascinación por su hijo era en parte una fascinación con una infancia que a ella le había sido arrebatada. Al mirarle, también estaba mirando partes perdidas de sí misma y a la madre perdida que nunca había visto estas parte de ella”. (pág.89)



Añadiendo las consideraciones de permeabilidad afectiva del Modo 2 al trabajo de Bowlby, continúa Mitchell, podríamos especular que el residuo de las experiencias de apego, tanto al principio de la vida como a lo largo de ella, no incluye simplemente modelos cognitivos de funcionamiento del mundo interpersonal, sino estados afectivos de conexión indiferenciada con las figuras de apego, organizadas alrededor de afectos positivos, como la euforia o la calma del consuelo, y de afectos negativos, como la depresión, la angustia o el terror. Según esto, lo que Connie necesita conseguir con el psicoanálisis, según su analista  no es una mera separación de su madre y su hijo, sino una mayor capacidad de contener experiencias variadas de unión con ellos y de diferenciación de ellos.


Respecto de “El apego y la (Modo 3) estructuración del self con los otros”, Mitchell sugiere que  la pérdida de su madre y el impacto de ésta en su vida se habían convertido en el modo que Connie tenía de definirse, de distinguirse de los demás. Su tristeza, incluso cuando la angustiara, había llegado a ser, se temía ella, su destino. No podía recordar a su madre; todo lo que tenía era el hueco en el tejido de su experiencia que había dejado la desaparición de la madre. No sólo le proporcionaba un mapa o modelo conceptual de lo que podía esperar del mundo, sino que constituía una de las formas más relevantes mediante la que ella llegó a ser un self con otros, a ser ella misma.


Bowlby y Ainsworth apuntaban a que el apego seguro provee una base segura para la exploración del mundo. Por ello, este aspecto del trabajo con Connie sugiere a Mitchell que otra experiencia que proporciona el apego seguro es la seguridad al explorar no sólo el mundo externo, sino el mundo interno de las preferencias personales, los deseos y los impulsos, lo que Winnicott (1960) denominó "gestos espontáneos". Cuando se pierde la seguridad que proporciona una figura de apego fiable, la niña tiende a llenar por sí misma de forma precoz la función parental perdida (el "self cuidador" de Winnicott) y se eliminan las oportunidades de una rendición libre de preocupaciones a la propia experiencia.


“El apego y (Modo 4) la intersubjetividad”. Paulatinamente, relata el autor, y mientras se van desarrollando una serie de intercambios transferenciales significativos en las sesiones, Connie se va dando cuenta del sentimiento de conexión emocional con su marido, percibiendo que tener una presencia en su mente, era algo muy importante para ella y que expresar activamente esa necesidad le parecía a la vez estimulante y atemorizador. Le daba miedo que cualquiera que supiera sus necesidades pudiera sentirse con una carga y abandonarla (como su padre).


Mitchell concluye diciendo que el concepto de apego se ha refinado cada vez más en los últimos años, definiéndose diferentes tipos con diferentes cualidades y cómo Fonagy y Target (1998) han explorado los modos en que las experiencias de apego seguro tienen como resultado un complejo sentimiento de intersubjetividad, en el que se alcanza el sentimiento de uno mismo como sujeto agente mediante la experiencia de estar en la mente del otro, y del otro como sujeto agente en la propia mente.


En el Capítulo 5, “La búsqueda de objeto de Fairbairn. Entre paradigmas”, Mitchell sugiere una lectura de Fairbairn que le retrata como esforzándose por cambiar las categorías psicoanalíticas tradicionales del pensamiento a una teoría relacional de la mente radicalmente distinta. Para ello, en el apartado “Búsqueda de objeto: ¿Pulsión o fundamento?” explica cómo las suposiciones sobre la pulsión definen lo que el individuo aporta en la interacción con los otros. Sin las pulsiones, el individuo sería meramente un material pasivo, modelado por las influencias externas, sociales. Según este punto de vista, dirá Mitchell, los teóricos que “evitan” la teoría de los impulsos de Freud la sustituyen necesariamente por una teoría alternativa de los impulsos para explicar lo que mueve al individuo en las interacciones con los otros, y el modo en que dicho individuo registra esas interacciones y es modelado por ellas. Mitchell piensa que tanto Fairbairn, como Sullivan (1953) luchaban por un modo diferente de comprender la naturaleza de los seres humanos, como seres fundamentalmente sociales, no como arrastrados a la interacción, sino cuyo estado natural sería estar incorporados en una matriz interactiva con otras personas. Fairbairn estaría sugiriendo que la búsqueda de objeto, en su forma más radical, no es el vehículo para la satisfacción de una necesidad específica, sino la expresión de nuestra naturaleza, la forma mediante la cual nos convertimos específicamente en seres humanos. La importancia que Fairbairn otorga a la dependencia oral es para Mitchell “El despegue incompleto de Fairbairn del punto de partida del propio Freud de un organismo conducido por las necesidades”. (pág. 107) Fairbairn, según Mitchell, comprendió muy bien que los seres humanos buscan el placer, y pensaba  que Freud se precipitó demasiado en su comprensión de la búsqueda del placer,  al convertirla en  el principio motivacional fundamental de la teoría de los impulsos, Freud no lo entendió dentro de su contexto apropiado, el campo de relaciones de objeto.  Y ante la pregunta  ¿Por qué buscan placer las personas? Fairbairn responde que  la mejor explicación no es que la búsqueda de placer, como descarga pulsional, sea una propiedad fundamental de la mente, sino porque la búsqueda de placer, como todos los demás procesos dinámicos, tiene lugar en el contexto de la búsqueda de objeto, siendo el placer un medio poderoso para el establecimiento y mantenimiento de conexiones con los demás. Este reordenamiento de prioridades es precisamente lo que convierte al modelo de Fairbairn en un marco tan poderosamente explicativo para el tipo de dinámicas en el que se basaba el modelo hedonista de Freud: masoquismo, reacciones terapéuticas negativas, la compulsión repetición. Si la búsqueda del placer no está disponible, las personas buscan el dolor, porque el dolor proporciona a menudo los canales alternativos más directos hacia los otros, concluye Mitchell.


“Fronteras y problemas de internalización” trata, en síntesis, sobre que la crítica más común del trabajo de Fairbairn (Skolnick, 1998) se ha dirigido precisamente a su compromiso con la noción de que la internalización tiene lugar, al comienzo, porque los objetos tempranos son “malos” o “insatisfactorios”, obviando los modos en los que se asumen las “buenas” experiencias y cómo los autores psicoanalíticos han luchado con la tensión central entre la semejanza y la diferenciación al menos desde que Freud (1921) afirmara que al principio la catexis de objeto y la identificación no se distinguen. Según Mitchell, si Freud hubiera otorgado más peso a lo que él denominó “identificaciones primarias”, podía haberse movido en la dirección de Fairbairn, describiendo la libido como una búsqueda de objeto más que como una búsqueda de placer. Fairbairn (1952) recogió la noción de identificación primaria de Freud para “designar la catexis de un objeto que todavía no se ha diferenciado del sujeto catectizante”. (p. 34) Pero aunque Fairbairn menciona las identificaciones primarias de vez en cuando, no les otorga significación explicativa cuando explica la primera derivación de nuestros mundos internos. Si Fairbairn hubiese dado más peso a estas identificaciones, podía haber considerado las identificaciones primarias como residuos de relaciones de objeto evolutivamente tempranas, tal vez diferentes perceptualmente, pero indiferenciadas afectiva y psicológicamente.


 En “Impulsos”, Mitchell comenta que para Fairbairn, tanto los impulsos como la culpa son relaciones. Cuando se suma la explicación de Loewald del Modo 2 de afecto compartido a la explicación de Fairbairn de los lazos con los objetos malos, emerge una comprensión irresistible de los impulsos y la culpa, que se ilustra con una viñeta. George, un hombre en mitad de la veintena cuya mujer le había abandonado por sentirle distante y monótono, descubre en el análisis las implicaciones de su relación temprana con su tío, una relación plenamente sexual, posiblemente incluyendo la penetración anal y oral, siendo vestido de mujer y atado. Recientemente había comenzado una relación con una mujer, que le parecía bastante satisfactoria, emocional y sexualmente, pero el atractivo de los recuerdos con su tío y las variadas formas masturbatorias en las que lo reactivaba eran todavía muy poderosos. Sentía que estaba enganchado a intensos impulsos de satisfacerse mediante formas de excitación conflictivas que habían estado reprimidas durante muchos años. ¿Cómo comprender la naturaleza de estos impulsos? La exploración de la lucha entre G. y sus impulsos le pareció a Mitchell una repetición de la experiencia con su tío: en la rendición de G. a una fuerza poderosa, a un impulso suministrador de placer,  él estaba actuando una relación de objeto interno, su conexión de objeto-relacional con su tío, que estaba siendo amenazada por la  relación con su novia, mucho más íntima. Siguiendo a  Fairbairn, Mitchell dirá que sería la amenaza a la relación interna con su tío el motivo de sus actuaciones y no la búsqueda de placer en sí misma, conceptualizando el tipo de relación de objeto que interno que constituye la sub-estructura de impulsos como los de G. en términos del “Modo 3-Configuraciones de objeto-Self”. Pero el poder adictivo de impulsos sexuales como éstos proviene en parte de los afectos compartidos (Modo 2) que contienen. Las experiencias de G. con su tío le suministraron parte de los momentos más intensos y apasionados de su infancia. La excitación, el drama, el misterio, lo prohibido que caracterizaban las vivencias de su tío, también se convirtieron en las vivencias de G.


En relación a este tema, en “Culpa” Mitchell expone el caso de Will, un hombre de 45 años que acude a terapia porque tiene “malos sueños” que le impiden dormir por la noche. Es un sujeto torturado por la culpa suscitada tras haberse separado de su esposa e hija de dos años, a raíz del inicio de la relación con otra mujer; que no consigue perdonarse, acosado por un sentimiento de “obligación incumplida”. En el curso del proceso analítico, se va revelando la importancia que tiene en este cuadro la figura de su padre, hombre abnegado, que se había sacrificado en sus deseos personales para ayudar a su familia, hermanos e hijos. Mitchell trabaja con Will sobre el aspecto del autoreproche culpabilizador que le facilita preservar un cierto sentido de continuidad asociado a los ideales de sus padres; por lo tanto sobre su dificultad  para  recontextualizar y actualizar la idea de matrimonio heredada de sus padres. Este caso revelaría, según su autor,  cómo la culpa puede ser entendida como la muy real e inevitable consecuencia de traiciones generadas por conflictivas lealtades a varios otros portadores de significado, en las múltiples versiones del yo.


 El Capítulo 6, “Intersubjetividad entre la expresividad y la contención en la relación” plantea que el enganche intersubjetivo entre paciente y analista se ha entendido cada vez más como el mismo núcleo y vehículo para el profundo cambio caracterológico que el psicoanálisis facilita. Pero que  uno de los mayores obstáculos para Mitchell de  poder pensar y escribir sobre la técnica relacional contemporánea en general es que todavía tenemos que encontrar una manera de considerar plenamente tanto la expresividad y la contención al teorizar sobre la técnica clínica; problema particularmente agudo al empezar a pensar sobre el lugar de los sentimientos de amor y odio en la relación analítica.


El apartado “Afecto e intencionalidad” comienza con un comentario del autor sobre que si bien el amor y el odio fueron teorizados fuera de la relación analítica en el modelo clásico, se vuelven a teorizar dentro de la relación analítica en la teoría relacional. El amor y el odio del paciente, aunque alimentados de relaciones anteriores y pasiones infantiles, son también reacciones reales a intercambios interpersonales reales con el analista, y la necesidad posterior de ser tenido en cuenta. El amor y el odio del analista son inevitables, porque los pacientes alternadamente hacen cosas que son queribles y odiosas, y también porque el analista, independientemente de lo maduro que sea o lo bien posicionado que esté en cuanto a su vida personal, inevitablemente y necesariamente se involucra profundamente en el trabajo con sus pacientes.


Una de las distinciones más importantes entre el rol del analizado y el rol del analista se refiere a los reclamos sobre ambos de ser responsables, y esto hace que sus experiencias de amor y odio sean distintas ya que  pedimos a los analizados que se entreguen a sus experiencias, que expongan y descubran lo que se encuentran a sí mismos pensando y sintiendo: que renuncien a cualquier otra intención consciente: intentando cultivar en el analizado una especie de irresponsabilidad analíticamente constructiva. En el pensamiento analítico contemporáneo, en contraste con la  anterior literatura de la técnica, también se consideran los sentimientos del analista, dentro y fuera de la relación analítica, como muy significativos. Es importante para el analista ser consciente de y cultivar sus sentimientos, asociaciones, y reveries. Pero una parte crucial de lo que mantiene la situación analítica, lo que la distingue de las demás relaciones, es precisamente que uno de los participantes, el analista, es responsable de mantenerla analítica, siempre, en todo momento. Según la experiencia de Mitchell, tanto en su trabajo como en la supervisión de otros, al amor y el odio emergen en ambos lados del vínculo intersubjetivo de la relación analítica, pero tienen sus cualidades propias, distintas del amor y el odio en otros contextos, y diferentes para los dos participantes de la relación analítica.


El problema clave es la responsabilidad: el amor y el odio son inevitables, tanto en la transferencia como en la contratransferencia. Pero en la última, el amor y el odio sólo son constructivos cuando emergen en el contexto de responsabilidad analítica. Por tanto, la estructura de la situación analítica  posibilita ciertos tipos de amor y odio e impide otros. Más que hablar de amor y odio en la relación analítica, sería más preciso hablar de formas analíticamente específicas de amor y odio, alguna de cuyas manifestaciones Mitchell explora a través de breves viñetas clínicas.


“El cuidado y la empatía” presenta el caso de Fred, hijo de supervivientes del Holocausto, que anhelaba intensamente tener un contacto más profundo con su padre, tema central y recurrente en su análisis. Su padre era un hombre duro y explosivo, que había sufrido pérdidas inimaginables durante la guerra. Había una sensación de calidez, vulnerabilidad, y disponibilidad para el contacto emocional que se manifestaba en raras ocasiones, y Fred atesoraba estos recuerdos. Pero la mayor parte del tiempo el padre era crítico, distante, y paranoico. Fred anhelaba una intimidad emocional y física con él, y a veces intentaba provocar momentos de contacto, pero éstos casi nunca salían bien, comenta Mitchell.


Trabajando sobre un material importante durante varios meses, en relación con su dificultad para dormir, analista y paciente fueron explorando tentativamente sus fantasías sobre lo que podría ser estar a solas con su propia mente, adentrándose en estados de extrema desolación y soledad conectados con los horrores de la guerra de sus padres, que había estado evitando durante toda su vida. Parte de la experiencia de hablar sobre estos estados era la presencia de Mitchell allí con él, lo que parecía muy importante. Dice Mitchell “Mi experiencia durante estas sesiones era de gran tristeza y desolación (Modo 2), un sentimiento de cercanía y camaradería con él (Modo 3), y un sentimiento de privilegiado de que me permitiera compartir estas experiencias con él (Modo 4). La sensación de desolación se extendió del contenido de estas sesiones al resto de su vida en general. En algún punto, de nuestro sentimiento mutuo de que estábamos trabajando sobre algo importante y útil hubo una transición a su sensación de que se estaba sintiendo “remoto” de todo, incluyéndome a mí y al análisis. Empezó a mostrar una experiencia de retirada del proceso en el que habíamos estado involucrados juntos…. Al fin dije algo como “Puedo entender lo difícil que es que te permitas a ti mismo que yo sea tan importante para ti. Desearía que hubiera otra manera de que no fuera tan doloroso, pero no imagino cómo podría ser”. En las siguientes sesiones, Fred volvió a comentar lo importante que fue para él ese momento. Dijo que era como si yo hubiera hecho algo con él que su padre nunca había hecho; que era como si le rodeara con el brazo, como si estuviera con él, y eso le importaba mucho”. (pág.136) El autor concluye argumentando sobre su intervención: “Encuentro que es útil, separar retrospectivamente mi participación en esa interacción en dos partes: la primera afirmación, o interpretación, que implicaba un entendimiento tentativo que yo tenía sobre lo que él estaba pasando, y el segundo comentario, que fue una expresión de lo que yo sentía sobre lo que él estaba atravesando”. (pág. 136)


En “El amor y lo erótico” Mitchell trata sobre aquellas situaciones en las que el amor por el paciente se hace más intenso y adquiere un toque erótico, dejando claro que sin embargo, hay importantes diferencias entre sentimientos fugaces de excitación o anhelo y una pasión que sólo puede florecer si es cultivada. Comenta que, a veces, espacios potenciales llenos de amor romántico tienen una vida determinada; pueden ser enormemente útiles analíticamente, pero sólo durante un tiempo, y que  recae sobre el analista tomar decisiones sobre implicaciones constructivas frente a destructivas de afectos varios en ambos participantes del proceso analítico, aún cuando no hay manera de emitir estos juicios de forma puramente objetiva.  Su planteo es que parte de la responsabilidad del analista es participar en ese amor y disfrutarlo, pero no tanto como para que se convierta en vehículo del placer del analista de manera que perturbe la concentración sobre el bienestar del paciente.


El último apartado, “Exasperación y odio”, sugiere  que para el autor, parte del trabajo del analista es hacer juicios continuos sobre la naturaleza del odio del paciente y la naturaleza del suyo propio, y determinar lo mejor posible si es estimulante o impide el proceso analítico. Relata el caso de Helen, una exitosa ejecutiva corporativa, proveniente de una familia en la que había un odio  malévolo. Tanto en el pasado como el presente, ella experimentaba a su padre  como exigente, intrusivo, y aplastante, y a su madre como calmada, desprendida, y auto-absorbida. Durante una etapa del proceso analítico tenía fantasías, tanto conscientes como  recurrentes en sus sueños, de una orgía sangrienta y sadomasoquista, donde el padre a menudo abusaba de los niños tanto física como psíquicamente, en su desesperación por no poder alcanzar a su esposa. Mitchell confiesa que muchas veces sentía una profunda empatía con Helen durante esos episodios, porque sentía que estaba luchando ferozmente por su salud psíquica en un contexto interpersonal que percibía como chocante, ya que él era ocasionalmente el objetivo de su furia, y la combinación de su brillantez intelectual y su desesperación convirtió sus muy personales ataques en dolorosos. Dice: “Intenté varios tipos de respuestas, y a menudo pensé que no podía hacer otra cosa más que aguantar. Durante algunos de esos silencios estaba tan enfadado que apenas podía pensar, incluso desesperado. Otras veces fijé límites cuando sentí que su destructividad hacia el trabajo y hacia mí ponían en peligro el futuro de nuestro trabajo juntos. A veces fijé esos limites de forma enfadada y vengativa. Helen entendió esos límites como otra expresión mas de mi tiranía, pero entonces  se calmaba y entraba en otro período de aparente trabajo constructivo. Ella pensaba que la única razón que me hacía seguir trabajando con ella era una especie de devoción masoquista hacia el deber en mí, que en realidad a mí no me importaba nada ella. No era cierto. Pese a que episódicamente me sentí furioso con ella, también a menudo la admiraba. Me importaba mucho, pero cuando le expresé esto de alguna manera, le pareció sobreestimulante y aterrador”. (págs. 140-141)


Mitchell plantea pensar desde la distancia en la aparición y regulación de la rabia entre ambos operando a distintos niveles, tanto conscientes como inconscientes: en el Modo 1 “integración hostil” (Sullivan 1953), en el que lucharon por el proceso y el contenido de las sesiones; en el Modo 2,  al compartir la atmósfera afectiva del peligro y la rabia, en el Modo 3, en la actuación de varios escenarios intrapsíquicos sobre abusos y víctimas, con Helen y Mitchell actuando roles cambiantes, y en el  Modo 4, su lucha por mantenerse psíquicamente viva a toda costa, y  la  del propio Mitchell desde su esfuerzo por llegar a ella y “engancharla” en la terapia.


Después de una acalorada discusión, ella llega a decirle: “Cómo puede ser que no pueda extraer una respuesta humana de ti? Sé que me odias, ¿por qué simplemente no lo dices? Mira, si estuvieras en la calle, si ésta no fuera una relación de terapeuta-paciente, ¿qué me dirías?” Y Mitchell reconoce: “Me sentí atrapado, dada la rabia creciente que sentía, parecía que tanto el silencio como una respuesta serían provocativos, sin embargo no conseguía pensar en nada que fuera simplemente devolver el golpe. Terminé diciendo algo como “Si esta no fuera una terapia, si tu me estuvieras hablando así en la calle y yo no fuera tu analista probablemente te diría “que te jodan”. Pero soy tu analista”. (pág. 142)


Mitchell y la paciente se rieron y la tensión se rompió. Esta pelea fue un momento importante para que su relación se transformara en algo con una constante conexión y mucho menos explosiva. Ella se había arriesgado a enfrentar a Mitchell totalmente con su odio, surgiendo una especie de espacio imaginado transicional como la calle, donde pudiesen liberarlo. Mitchell asimismo encontrando una manera de expresar su furia mostrándole al mismo tiempo que mantenía sus responsabilidades de cuidar de ella y del proceso, del que era guardián.


 Otro caso, nos describe a Ben, un abogado social con el que Mitchell había trabajado (analíticamente) durante años, consultaba por haber  tenido una infancia organizada alrededor de la depresión debilitadora de su madre, y  demandaba que Mitchell lo ayudara a salir de su desesperación mejor de lo que él pudo ayudar a su madre. Mitchell relata que



    “Había importantes resonancias en la manera en que Ben y yo trabajamos juntos: ambos luchamos con ciertas tendencias depresivas, los dos perseguimos vidas organizadas alrededor de las defensas contradepresivas inmersas en el ayudar a los demás. Las tendencias depresivas de Ben a veces me evocaban mis propias tendencias (Modo 2), con las que lidiaba redoblando mis esfuerzos para quedarme con sus sentimientos y trabajar con el. Pero había ciertos aspectos de la depresión de Will que, mediante identificación con su madre, se habían convertido en una forma de vida para él. La intensa devoción por otro depresivo se había convertido en la mas profunda forma de amor y apego.  Así que en diferentes vertientes de su vida, Ben jugaba  el rol del depresivo desesperanzado y del salvador (Modo 3), y nosotros interpretábamos esos roles en nuestra relación también”. (pág. 143-144)



En una ocasión, Mitchell le dice: “Esto es todo lo hondo que se llega” (pág. 144) Más adelante añade:  “No creo que me hubiera permitido a mí mismo mostrarle mi exasperación a Ben si no lleváramos tanto tiempo juntos, lo que me hizo pensar que podríamos lidiar con ello. Y pudimos, por lo que quedo claro que mi exasperación definía que había límites en mi responsabilidad por su depresión, el tipo de límite que Ben jamás pudo poner en los reclamos de su madre hacia él”. (pág. 144)


Con Ben y con Helen, parece haber algo relacionado con destapar el odio y la exasperación y el establecimiento de límites de responsabilidad, que abrió la posibilidad de otro tipo de experiencias, más lúdicas y valorativas.


La honestidad intelectual de Mitchell y su característico tono de implicación personal que nos permite encontrar tantas resonancias para nuestro trabajo, me llevan a querer finalizar esta reseña con una frase de este ser humano, psicoanalista y autor, tan excepcional:



    “Las historias de casos en la literatura psicoanalítica casi siempre tienen finales felices; no quiero acabar este libro dando la impresión equivocada de que amor y odio siempre han fructificado bien entre mis pacientes y yo. He tenido pacientes a los que he perdido, dado que mi amor u odio por ellos (a menudo ambos, me di cuenta después de que partieran)  no era lo suficientemente claro, o eran demasiado intensos como para poder canalizarlos de una manera constructiva. Estoy seguro también de que hubo pacientes que dejaron la terapia en terminaciones mutuamente insatisfactorias, en los que amores y odios que no percibí en su momento, jugaron un papel importante”. (págs. 145-146)



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Nota: Las referencias bibliográficas que son incluidas en esta reseña son las que consigna Mitchell en su libro. Remitimos a la bibliografía del mismo.