La "Hilflosigkeit" (impotencia/desvalimiento) freudiana. Un caso clínico desde el enfoque Modular-Transformacional: una dimensión del psiquismo

Publicado en la revista nº010

Autor: Deprati, Dora

Contexto introductorio referencial

El presente trabajo tiene como propósito la presentación de un caso clínico desde el enfoque “Modular-Transformacional”, modelo que postula la concepción del psiquismo en términos de una estructura modular articulada con múltiples sistemas motivacionales (hetero-autoconservación, sensual/sexual, apego, narcisista) y una operatoria compleja en que se entrelazan procesos inconscientes y conscientes, niveles representacionales en diferentes grados de simbolización y subjetivación, interacciones entre afectividad, cognición y esquemas de acción, en el seno de influencias recíprocas entre el nivel biológico y el representacional (Bleichmar, 2001b). Esta concepción implica, en la investigación y en el abordaje de la  clínica, considerar las configuraciones psicopatológicas y de personalidad como el resultado de la convergencia y articulación de múltiples dimensiones.


Metodología de investigación que requiere, por un lado, de un trabajo de deconstrucción y delimitación de los componentes que –cada uno con su propio origen y línea de desarrollo- conforman y otorgan especificidad a la organización psicopatológica y, por el otro, del estudio de las combinatorias de los mismos –articulación y retroacción de unos sobre otros- y de las transformaciones que de ellas resultan.


Perspectiva de aproximación al funcionamiento del psiquismo y a la psicopatología a partir de la cual se derivan consecuencias para la técnica en tanto orienta en el diseño de intervenciones terapéuticas específicas propiciando el rescate de la singularidad y la sobredeterminación, entendida ésta no solo en sentido diacrónico –en términos histórico-evolutivos- sino, además, como aquello que confluye en un momento determinado del presente.


Expuesto así, muy someramente, el marco dentro del cual he procesado el material clínico, quiero señalar que se trata de un caso que nos remite a los desarrollos freudianos de 1926 en torno a la situación traumática, la emergencia de la angustia, su vinculación con la situación de peligro y la vivencia de impotencia/desvalimiento frente a él.


Esbozaré un itinerario que prefigura mis hipótesis en el análisis del caso.


Dice Freud, en Inhibición, síntoma y angustia:



    “[...] constituye un importante progreso en nuestra autopreservación no aguardar {abwarten} a que sobrevenga una de esas situaciones traumáticas de desvalimiento, sino preverla, estar esperándola {erwarten}. Llámese situación de peligro a aquella en que se contiene la condición de esa expectativa; en ella se da la señal de angustia. Esto quiere decir: yo tengo la expectativa de que se produzca una situación de desvalimiento, o la situación presente me recuerda a una de las vivencias traumáticas que antes experimenté.

    Por eso anticipo ese trauma, quiero comportarme como si ya estuviera ahí, mientras es todavía tiempo de extrañarse de él [...] Su vínculo con la expectativa atañe a la situación de peligro; su indeterminación y ausencia de objeto, a la situación traumática del desvalimiento que es anticipada en la situación de peligro” (págs. 155, 156).



Y, a continuación, establece:



    “El yo, que ha vivenciado pasivamente el trauma, repite {wiederholen} ahora de manera activa una reproducción {Reproduktion} morigerada de este, con la esperanza de poder guiar de manera autónoma su decurso [...] con esta modalidad de tránsito de la pasividad a la actividad procura dominar psíquicamente sus impresiones vitales” (pág. 156).



Casi treinta años después, Bibring (1953), en un estudio sobre la depresión y otros fenómenos clínicos, vuelve sobre el papel de la realidad externa traumatizante y reflexiona sobre el sentimiento de impotencia / desvalimiento, asignándole un estatus relevante:



    “[...] la depresión representa un estado afectivo que indica un estado del yo en términos de desamparo e inhibición de funciones”. Y, más adelante, agrega: “Lo que ha sido descrito como el mecanismo básico de la depresión, la conciencia dolorosa de la impotencia del yo respecto a sus aspiraciones, se considera que representa el núcleo de la depresión normal, neurótica y probablemente psicótica. Se asume aún más en base al material clínico, que dichas experiencias traumáticas habitualmente ocurren en la niñez temprana y establecen una fijación del yo al estado de impotencia. Este estado es posteriormente reactivado regresivamente siempre que surjan situaciones que recuerden la condición traumática primaria, por ejemplo cuando por razones externas o internas aquellas funciones particulares que sirven para el logro de la aspiración importante resultan ser inadecuadas” (págs. 21, 29).



Finalmente, quisiera transcribir a H. Bleichmar cuando en el apartado sobre la angustia, en “El cambio terapéutico a la luz de los conocimientos actuales sobre la memoria y los múltiples procesamientos inconscientes”, pone el acento en cuestiones, a mi entender, centrales para la consideración del material clínico que expondré:



    “A pesar de que Freud, el del 26, examinó en “Inhibición, síntoma y angustia”, el papel de la angustia señal –el acoplamiento entre una representación y la producción de angustia-, al haber abandonado el concepto de trauma psíquico de causa externa a favor de la fantasía, al no articularse el concepto de angustia señal con el de trauma y, sobre todo, el de trauma en la interacción con otro significativo, ello ocasionó el desconocimiento de una organización inconsciente en que se cree en la inminencia del trauma, en que hay representaciones que anticipan continuamente el peligro no porque se lo desee o porque el peligro surja por los deseos infractores, sino porque esas creencias son la forma misma bajo la cual el psiquismo se estructuró en el momento del trauma –sea trauma al narcisismo, a la autoconservación, al apego, etc.” (las cursivas son mías).



Y luego destaca, específicamente, en relación a las angustias de autoconservación:



    “Un sujeto puede vivir aterrorizado porque fue perseguido, maltratado, abusado desde pequeño –inconsciente originario de las interacciones-; porque es el hijo de padres aterrorizados con los que se identifica, a veces identificación forzada porque el otro inoculó sus propias significaciones y afectividad en el niño –inconsciente originario de las identificaciones-; o porque tiene deseos vividos como transgresores; o porque proyecta en los demás sus deseos destructivos; o porque ha sufrido un trastorno de estrés postraumático que desequilibró su sistema cognitivo y biológico de modo que todo pasa a ser desencadenante de angustia” (2001, págs. 9, 10).



Caso clínico


M-.F, una mujer de treinta y pocos años acude a la primera consulta acompañada de su marido, un hombre que produce la impresión de que es él quien lleva la acción en el movimiento y que ella lo sigue, que más que acompañarla la trae; de modo que preveo su participación activa en la entrevista,  reparando en la función reasegurante que tiene su presencia para ella.


M-F entra con paso dubitativo, no sabe muy bien qué hacer ni dónde ubicarse y me mira  esperando una indicación por mi parte. Aniñada, sumisa, se sienta en el borde de la silla; su cuerpo está tenso e inmóvil; habla en un tono apagado, con voz temblorosa y entrecortada por la angustia. Tiene los ojos enrojecidos y empiezan a brotarle las lágrimas.


Se encuentra en un profundo estado de desvalimiento. La expresión desencajada de su cara y una mirada que refleja espanto hacen visible su sufrimiento, intranquilidad y alerta.


Meses atrás ha vivido un ingreso hospitalario a causa de una encefalitis vírica y es durante el mismo cuando sufre la primer crisis de angustia. Dice: “Estaban haciendo nuestras camas, salí al pasillo y me vino... Fue como si me hubiesen dado un susto muy fuerte. Me fui corriendo al teléfono a llamar a J. (su marido)... Oír su voz me tranquilizó”.


Su encefalitis comenzó con un fuerte dolor de cabeza que no remite y se instala estrepitosamente en pocas horas. Ha vivido con estupor la enfermedad y el encontrarse sola en una cama de hospital, por momentos desconectada del medio, confusa y desorientada, con pérdida de memoria y con dificultad para encontrar de forma apropiada las palabras. “Fue todo muy rápido, hoy bien y al día siguiente... Venía un médico, otro, otro... hablaban entre ellos pero  no les entendía. Me hacían muchas preguntas: ¿cómo se llama? ¿qué edad tiene? ¿cuál es el nombre de su calle? Y lo sabía, pero no podía formularlo... Hace poco tuve la segunda consulta de seguimiento. Los neurólogos dicen que estoy bien; la psicóloga también. Yo le digo que no, que siempre he tenido muy buena memoria y que ahora me falla. Me ha mostrado los resultados de los tests para que vea que son óptimos: en memoria, en razonamiento, en todo. Obtuve 157 en el test de inteligencia; me dijo que era un puntaje muy alto, sin embargo, me siento tonta. Estoy convencida de que mi memoria no está bien”.


Aterrorizada, llora, tiembla y vuelve una y otra vez la cabeza en la necesidad de asegurarse de que no está expuesta a un peligro. Hago referencia a ello y me responde: “No tengo miedo a que me aparezca un fantasma o una sombra porque no creo en ellos. Yo en los espíritus malos no creo, pero miro a todos los sitios... es un miedo atroz, no sé a qué, pero es algo espeluznante; cojo al niño en brazos y espero que pase... No puedo comer, ni tragar, ni beber, ni dormir por supuesto. Tengo miedo a todo... a la oscuridad, a que una ventana esté mal cerrada, a todo. Cuando se hace de noche voy encendiendo cada una de las luces, necesito que las persianas estén bajas así parece que la casa está más calentita y más protegida... me sobresaltan los ruidos, me siento muy vulnerable. Noto que algo se está avecinando y miro como si fuese a encontrarlo detrás, pero no es miedo a que haya alguien sino miedo a no saber si hay alguien... es miedo visceral, dentro del cuerpo. Antes, eran accesos de miedo, ahora el miedo es constante. Estamos aquí y no se me va... Es inquietante, me siento extraña, ajena... es algo que me deja rara. A veces, me meto en la cama porque me siento más recogida pero no está bien; hay que forzar al cuerpo y a la mente a recomponerse... Tengo un niño y no lo estoy atendiendo como debiera, ni a mi marido ni a mis padres...”


Es el imperio del estado de alerta y vigilancia; estrategia del psiquismo para enfrentar lo traumático. Su desasosiego, su fragilidad y su indefensión impregnan el clima emocional de la entrevista, siendo mi transferencia la de sentirme frente a una niña desamparada inmersa en un mundo de terror.


M-F es una profesional eficiente que se encuentra en paro desde hace unos meses. Ha desarrollado un trabajo de responsabilidad, con personas a su cargo, en el que la toma de decisiones era algo central.  Es curiosa la frase con que, inicialmente, define su situación laboral: “Estoy en paro forzoso, no deseado”. Luego, al indagar sobre ello, agrega: “Cuando me echaron tenía la idea de negociar media jornada para ocuparme también del niño, pero cerraron la empresa. Era un trabajo muy exigente y muy interesante. Se aprendía algo todos los días... La empresa estaba muy mal, había rumores, comentarios... que terminarían cerrándola y mi jefe me propuso el despido en lugar de quedarme hasta el final ya que así podría beneficiarme de mejores condiciones. Me indemnizaron y tengo un paro muy alto. La gente siguió allí... y a los pocos meses la cerraron”.


Otra circunstancia a la que hace referencia es el nacimiento de su primer hijo: “Tenemos un niño que no nos deja hacer nada. Lleva dos imanes que le ayudan a relajarse. Es un torbellino y necesita que estemos siempre con él... No leo un libro desde que nació. Él está siempre con lo que yo esté. No le gustan los juguetes; le gusta hacer lo que yo hago. El osito ni lo mira... todo lo que sea tocar y acariciar, no. Agobia mucho porque no puedes hacer nada más que estar con él. Desde que nació padece de cólicos del lactante. Lloraba día y noche... ya no sabía qué hacer... Hemos pasado noches y noches sin dormir; aún no está resuelto. Era terrible... en el silencio de la noche sólo se escuchaba su llanto. A las seis o siete de la mañana se dormía y ahí empezaba mi descanso, pero estaban por hacer las cosas de la casa y, así, un día tras otro...”


El déficit en el sentimiento de seguridad básica, la pérdida del sentimiento de control, su inestabilidad emocional, los sentimientos de desconcierto, confusión, extrañamiento y peligro y la intensa angustia frente a la ruptura del contacto con la figura reasegurante son aspectos relevantes de la problemática que nos presenta  M-F.


En una primera aproximación, mi hipótesis es que se trata de una persona cuya tranquilidad se basa en poseer el sentimiento de control sobre sí y el entorno y esta es la perspectiva desde la cual tomo en consideración los acontecimientos que vivió, especialmente la encefalitis,  en tanto tienen para ella el carácter de lo no previsible; “factor sorpresa” que destaca Freud cuando define el estado de terror ante el peligro (St. Ed., vol. XVIII, pág 13).


Pero, ¿porqué en M-F los acontecimientos de los últimos tiempos adquirieron ese carácter traumático? ¿Existieron en su vida circunstancias que contribuyeron a crear una vulnerabilidad, una condición predisponente?


En el transcurso de las entrevistas siguientes comienzan a vislumbrarse algunas cuestiones que permiten orientarnos al respecto. Pertenece a una familia de escasos recursos económicos. La menor de varios hermanos y con una diferencia de edad significativa con el inmediato anterior, emigra a Francia con sus padres a la edad de tres años, quedando sus hermanos al cuidado de los abuelos en el país de origen. M-F inicia su escolarización a pocos días de haber llegado y se recuerda rodeada de niños y profesoras hablando un idioma que le es totalmente desconocido, sintiéndose extraña y aturdida. Refiere que de regreso a casa, jugaba a conversar con personajes imaginarios en un idioma inventado: “¡Hablaba francés!”. Agrega, luego:  “[...] y lo de los nombres. En Francia empezaron llamándome María Francisca; en casa me decían Paquita o Paqui y en la familia Francisca. Cuando, a los dos años, me cambio de escuela: ‘¡Ah, esta es Marie Françoise!’ Después, al venirme aquí, Paca. Ahora me pasa que cuando me preguntan el nombre no sé qué contestar... tengo que pensar con quién estoy hablando. Marie Françoise me gustaba en Francia porque era una forma de camuflar la diferencia...”


Considero que los desconciertos de la encefalitis le han reactivado los desconciertos de la infancia y que la angustia de perder contacto y de separarse de una base de seguridad es una cuestión relevante en su problemática que ha de constituirse en foco temático del trabajo analítico propiciando una mayor comprensión del impacto devastador que han tenido en ella los acontecimientos referidos y, muy especialmente, la situación de su enfermedad que ha cobrado una dimensión traumática en tanto testifica aquello que desborda el margen de lo predictible.


Tomo en consideración el hecho real en sí mismo, su carácter abrumador, dada la particularidad de los síntomas, a la vez que las fantasías desde las cuales ha sido captado y resignificado, promoviendo en el proceso terapéutico un recorrido histórico que permita ir delimitando las diversas condiciones de génesis de su estado emocional y su problemática.


M-F se muestra como alguien dispuesta a una alianza terapéutica y muy necesitada de claves para organizar su universo. El estado regresivo en que se encuentra determina un vínculo transferencial en búsqueda de la reequilibración de la estructura psíquica, de la regulación de la ansiedad y marcado por angustias de apego. Por ello doy prioridad, en una primera etapa del tratamiento, al completamiento de funciones, a proveerla de contención y recursos cognitivos que otorguen significado a su experiencia y ser yo objeto modulador de su angustia (objeto nuevo del self) creando un clima estable y seguro.


Killingmo (1989),  a propósito de la transferencia de déficit, señala:



    “Si la internalización de las representaciones del objeto y de sus funciones no ha sido completada, el individuo se mantendrá más o menos dentro de una relación preestructural (funcional) con el objeto. Esa es la esencia de la transferencia que se origina en el déficit” (pág. 115).



Y destaca, que:



    “[...] el esfuerzo terapéutico no se dirige principalmente a revelar los significados ocultos sino más bien a ayudar al yo a experimentar el significado mismo. No se trata de encontrar algo más sino de sentir que algo existe [...] Lo que hace es confirmar la necesidad –y el derecho- que tiene el paciente de ser confirmado. Es decir, que brinda su comprensión empática de cómo debe haber sido no haber recibido el reconocimiento añorado cuando más lo necesitaba y lo esperaba, justificando que se sienta así. Al confirmar exactamente la manera en que se siente el paciente, el analista se relaciona con la necesidad más urgente de un paciente con déficit, es decir, la necesidad de sentir que ‘yo soy’ y que ‘tengo el derecho de ser’ (págs. 113, 123).



Sigo esta línea: validación de la experiencia, a través de lo que este autor conceptualiza como “intervenciones afirmativas”, y creación de significado. Es decir, un trabajo terapéutico, inicialmente, en un nivel no regresivo, no de interpretación profunda de la fantasía inconsciente sino de observación, comprensión, de establecer correlaciones, de tomar los sueños como un material a ser entendido, de una participación activa por mi parte y por la suya y, desde ahí, analizar su sentimiento de pánico, hacerlo pensable -función reverie-, propiciando la salida del estado que Bion (1962) define como “terror sin nombre”.


Sitúo como elemento central la reconstrucción del sentimiento de “self” en control; la adquisición de un sentimiento de previsibilidad sobre el modo de reaccionar de su mente y de su cuerpo ante la angustia y los significados que, desde su sistema de codificación, le va atribuyendo. En otros términos, un trabajo de reestructuración procedimental tendente a la cimentación del sentimiento básico de seguridad, nivel que a mi entender, ha de ser punto de partida del abordaje terapéutico (Bleichmar, 2001).


Vuelvo a la paciente y transcribo sus palabras:


“Mi madre es una persona acaparadora; quiere tanto, tanto, tanto, que a veces no deja respirar. Muchas veces pensaba: que me quiera un poco menos y me deje respirar un poco más...  No pude aprender a esquiar, ni a nadar, ni a patinar... tampoco ir en coche al internado porque a mis padres les daba mucho miedo.


Nos fuimos a Francia porque mi padre no podía más, aquí, con las faenas del campo. Al mes, mi madre ya estaba trabajando pero mi padre se tiró un año... no conseguía ubicarse. Fue mi madre quien lo colocó. Y a los pocos días, me contaba que él ya decía: ‘¡Yo no puedo con este trabajo!’. Mi padre fue siempre muy parado. Mi madre lloraba... ‘¡Qué vamos a hacer! ¡qué vamos a hacer!’. Ella se angustia mucho, se desespera... es muy exagerada. Cuando a mi padre lo ingresaron, igual... era como si fuese algo sin solución, y cuando me operaron de las amígdalas lloraba todo el tiempo. Yo siempre tuve que ser la fuerte, la que la hacía razonar. Le decía: ¿Por qué lloras así si no es nada grave?... Yo era la que los llevaba al médico y les hacía de traductora pero, si el médico decía algo que pudiera asustarla, yo lo cambiaba. Y, ahora, cuando me llama por teléfono: ‘¡Ay, Paca, qué malita estoy! ¡Esto no se cura! ¡No sé qué voy a hacer!’. Cuando fui a tener al niño tenía la cara desencajada. Después me dijo: ‘Tenía tanto miedo de que te murieses’. Era una cría y cuando tenían que hacer trámites los acompañaba porque ellos no sabían... entendían algo pero nunca aprendieron el idioma. Mi madre decía: ‘¡Gracias a mi hija no necesitamos intérprete!’; yo era la encargada de hacer la declaración de impuestos... ¡con doce años!”


M-F  fue colocada en el lugar de la adulta, segura, contenedora de la angustia de su madre, debiendo suprimir sus propios miedos e inseguridades. Ello produjo una escisión en su self: una capa externa, de seguridad y eficiencia; pero, por debajo, una potencial niñita asustada que se cree impotente –identificación con la madre-, abrumada por una realidad que vive como desconcertante. La identidad de la que controla todo le permite mantener disociada, sepultada, desactivada toda otra identidad –representacional y funcional- de impotencia, desconcierto y terror.


Describe una madre angustiada que se apoyaba y hacía alianza con ella transmitiéndole un sentimiento de impotencia y profunda zozobra. En el estado regresivo en que se encuentra, la paciente “es” como su madre: asustada e impotente. Identificada con ella, siente que la racionalidad no le alcanza a contrarrestar su tumultuoso estado emocional.  Dice: “Empiezo a elucubrar mucho, mucho, mucho y la razón se pierde con el pánico”.


Algunos días después de iniciado el tratamiento, en el transcurso de una sesión, destaca dos rasgos del  carácter de su madre: “es muy activa y muy perfeccionista, como yo. Ella era y es la fuerza de la casa. J. también me dice que yo soy el alma de la casa... Estoy yo para estar fuerte...”


Y continúa, diciendo:


“No sé si porque ha estado malito pero le veo la carita triste al niño... En casa de los otros abuelos, si quiere espolvorear harina, puede hacerlo; si quiere jugar con el arroz y el azúcar, igual... Recuerdo mi cara triste en las fotos del colegio... Y quiero ser una madre perfecta y no sé cómo. El niño va teniendo pesadillas, no sé si las heredará de mí... ¿qué es lo que no hay que hacer con un niño? Quiero evitar las cosas que le puedan causar algún trauma. ¡Me parece que hay una distancia tan grande entre el papel de educadora y el cariño!; yo... es que no lo sé mezclar... Ahora mismo me siento como en una plaza con muchas calles y no sé por dónde tirar... ¿porqué este desconcierto? (llora). Me siento como esos animales que no ven, que se van dando golpes contra las paredes y no encuentran la salida...”


(Se incorpora en el diván y toma aire)


“¿Porqué llega esto? Esto no acaba nunca... ¡qué opresión!. Es así, tan pronto aparece, tan pronto desaparece...¡Esto es horrible!... No sé qué voy a hacer...”


Grado de emocionalidad que alude a procesos identificatorios; fenómeno clínico que da cuenta de  la conexión entre un orden representacional y un orden afectivo -acoplamiento de ciertos contenidos inconscientes y la angustia desbordante-.  Oportunidad privilegiada para atender al contexto en el cual le sobreviene la angustia:  un momento en que vive la responsabilidad  de evitar que algo ocurra y, al mismo tiempo, se siente insuficiente y me pide ayuda.


La perspectiva psicoanalítica que considera decisiva la participación del otro significativo en la estructuración del psiquismo y en el desarrollo de funciones psíquicas esenciales, permite algunas reflexiones en torno a las condiciones de interacción que hacen a la psicogénesis del nivel de patología de la paciente enmarcado dentro de lo que se denomina trastornos por déficit y que abarca las tres categorías que H. Bleichmar  delimita  en  la deconstrucción del concepto: -patología por déficit del objeto externo, -patología por trauma y -por inscripción patológica originaria (1997, pág. 162).


Desde esta línea teórica, cabe señalar que la insuficiencia del objeto en tanto equilibrante del funcionamiento psíquico ha dificultado en ella la posibilidad de introyectar la función de apaciguar la angustia y desarrollar un sentimiento de cohesividad: M-F. se angustia ante su angustia y se asusta, a su vez, de estar asustada; fenómeno de autoentonamiento que refuerza su estado afectivo (Stern, 1991).


Entiendo que la paciente revive la situación de sentirse pequeña y con la responsabilidad de tener que afrontar algo que excedía sus fuerzas. A partir de los recuerdos infantiles se pone de manifiesto, por un lado, el sentimiento de hiperresponsabilidad -desarrollo prematuro de un yo por insuficiencia de los padres de contener la angustia- y el acople de un discurso emocional impotentizante que a modo de música de fondo impregna su vida mental y, por otro, el sentimiento de excepcionalidad y grandiosidad de que la provee el ser “la que puede”, “la niña eficiente que hace las cosas bien”. Ambas dimensiones -autoconservación y narcisismo- están presentes. No obstante, en este momento,  es el nivel autoconservativo –angustias por su supervivencia- el más comprometido en ella y en el que se desencadenan sus crisis de angustia.


Mi reflexión es que  la asunción de una identidad de fuerte, poderosa, eficiente, que se gesta en un espacio intersubjetivo, deja oculto un sentimiento profundo de debilidad contrarrestado mediante una acción eficiente en la realidad, a través de la cual logra una cuota de seguridad y adquiere un sentimiento de control en el sentido de poder enfrentar situaciones. Asume una identidad de fuerte para tranquilizar al otro  y a través de tranquilizar al otro, se tranquiliza ella.


En este punto, considero que la paciente ha hecho consigo misma a lo largo de su vida lo que antaño hacía con los padres: tranquilizarse a través de una reafirmación en la realidad; de modo que en el momento actual, cuando la realidad cobra una dimensión diferente, cuando ella deja de hacer y pasa a depender de los demás, cuando en vez de ser ella quien lleva al médico la llevan a ella al médico, desaparece el antídoto que es la ejecución eficiente y queda ubicada, regresivamente, en esa identificación con la madre.


No tiene una representación consolidada de sí misma en la que sostenerse sino que “hace” algo en la realidad y es ese “hacer” el que en ella tiene efecto reasegurante en tanto desactiva la representación de sí como débil e impotente.


 Destaca  H. Bleichmar, en relación a las defensas en el inconsciente, que:



    “Sólo cuando en el interior del mismo inconsciente se crean representaciones que contrarrestan a otras, es posible que la angustia disminuya” y menciona, entre ellas, la “asunción defensiva de identidades inconscientes: el carácter como defensa: la identidad  de fuerte y protector para con los demás a fin de contrarrestar la angustia frente a los sentimientos de debilidad e indefensión personal [...] El sujeto adquiere una identidad que le permite evitar otra identidad que es la temida” (1997, págs. 345, 346, las cursivas son mías).



Tiempo después, la paciente comenta que un momento particularmente difícil fue el abandono de la casa familiar con motivo de continuar sus estudios; primera separación que generó profunda angustia en la madre, quien en el abrazo del reencuentro le contaba cómo había llorado su ausencia durante la semana. “Me sentía culpable y responsable de ocasionarle tanto sufrimiento; mi madre me quiere demasiado... tenía que llamarla por teléfono todos los días.  Con oírme ya se quedaba tranquila”; frase que remite a su primer episodio de angustia cuando, también ella, recupera el sosiego restableciendo el contacto con su marido.


Y continúa diciendo que, en una oportunidad, al despedirse de sus padres que se encontraban acatarrados, de pronto, le asaltó la idea de que podían morir. Fueron sus compañeras, esta vez, quienes se ocuparon de hacerla razonar como tantas veces ella había hecho con su madre.


Al hilo de esta problemática y en relación al proceso terapéutico cabe destacar que, ya próxima la interrupción del tratamiento por vacaciones, reaparecen en la paciente estados de regresión significativos que denuncian su sentimiento de indefensión frente a la separación.  Días previos a despedirnos, tiene un sueño: Estaba con E. pero por dentro no era él; era desapegado y superficial; venía a una sesión pero no era en esta consulta; era un lugar grande, muy grande y... como impersonal, con muchas ventanillas y detrás de cada una había un psicoanalista. Usted estaba con mucha prisa porque se iba de vacaciones y no podía prestarme mucha atención... estaba liada. Me desperté con angustia y tenía mucho miedo. Ahora no tanto, pero estuve todo el día sobrecogida, con mal cuerpo”; sueño, cuyo contenido manifiesto es testimonio directo de lo traumático: la angustia y las vivencias de extrañamiento frente a la pérdida inminente del otro, inscrito en su psiquismo como fuente de sostén y garantía de seguridad.


A su regreso de las vacaciones refiere que ha escrito cada día cómo se sentía para, luego, poder contármelo. Observo que sus anotaciones, minuciosas,  tienen un formato epistolar y un estilo de complicidad coloquial -me hace preguntas, le respondo- que, entiendo,  es una forma de mantener el vínculo conmigo.


También es de señalar que las referencias a su padre son, en general, muy escasas. En una oportunidad, inicia una sesión, diciendo: “De mi padre casi no le he hablado...es un  hombre callado, que siempre se ha dejado llevar,  con una vida muy simple y que nunca se ha relacionado con nadie. Nunca tuvo amigos; siempre repetía que él no se fiaba de la gente. Es un hombre que vivía y dejaba vivir... se sentaba en su sitio y se dormía... siempre estaba dormido... pero, con mi padre no había problemas”, dice, “era con mi madre, ella tenía reacciones desproporcionadas...” y continúa haciendo referencia a un día de paseo con una amiga y su familia, en el que vistió un abrigo nuevo.  Su madre le advirtió que en el coche debía quitárselo para que no se estropease, pero ella se olvidó. Al regresar, muy contenta, entra a casa corriendo para contarle el paseo y, en medio del relato, su madre estalla furiosamente al descubrir marcas en el abrigo. “Por cosas que no tenían ninguna importancia reaccionaba de una manera... Yo me quedaba parada ¿y esto qué es? No entendía qué había pasado, qué había dicho. Cuando estaba tan enfadada me decía que si no hacía las cosas bien en el colegio me iría a trabajar a la fábrica como los niños de los portugueses... Yo terminaba llorando y ella se callaba. Siempre me repetía: la responsabilidad nuestra es trabajar; la tuya, estudiar. Un día se me ocurrió decirle que el peinado que se había hecho no le sentaba bien y se fue enfadando, enfadando... o me lo pareció a mí y, de pronto, me dice: ‘¡Te voy a dar una torta que se te van a enderezar esos dientes torcidos que tienes!’... A mí no me parece que tenga tan torcidos mis dientes... Yo, muchas veces pensaba que había dicho algo inadecuado, que era una mala hija. Con mi madre era así... todo iba bien y, de golpe, todo iba mal; nunca se sabía... Lo que pasa es que ella estaba con la menopausia y tenía los nervios un poco mal; estuvo muy afectada”.


Durante mucho tiempo el tratamiento se centra en la historia de la relación con su madre a través de situaciones vividas en la cotidianeidad que recupera con intensa carga emocional pero, a la vez, siente el participarme de ellas como un acto de deslealtad y traición a su madre; fenómeno que se convierte en verdadero obstáculo a mis intervenciones requiriendo, una y otra vez, de un segundo tiempo en el que volver sobre ello.


M-.F necesita justificar de algún modo los rasgos patológicos de su madre. En su infancia, a la búsqueda de una razón que diese cuenta de lo acontecido, le era más tolerable el sentimiento de culpa por atribuirse la responsabilidad que el terror y la angustia por sentirse impotente frente a aquello que estaba fuera de su control.


En el tratamiento, complejo entramado de las resistencias afectivas al análisis de la interacción traumática que revela, a mi entender, diferentes angustias en juego: confusión, angustias de fragmentación, angustias persecutorias, angustia de separación y culpa secundaria.


Killingmo (1989), hace clara referencia a esta cuestión:



    “Debido ya sea a un estímulo abrumador, a un estímulo inadecuado o a la privación, el yo ha sido dañado en un momento en el que su capacidad para representar causas y efectos y su capacidad para experimentar al sí mismo como un centro estratégico no se han desarrollado todavía. El resultado de esta falta de diferenciación del yo es un estado de confusión y de sentimientos amorfos de vergüenza y culpa. Por lo tanto, en la patología basada en el déficit no se trata de defenderse contra la angustia relacionada con las malas intenciones, por ejemplo, necesidades, fantasías y sentimientos prohibidos dirigidos hacia el objeto, como sucede en el conflicto. Contra lo que uno se defiende es, fundamentalmente, contra la angustia de fragmentación, es decir, contra la pérdida de la propia sensación de  identidad”  (pág. 113, las cursivas son mías).


    “[...] las patologías que se originan a nivel de déficit también pueden presentar como característica la intencionalidad, pero en este caso como un fenómeno secundario. Inicialmente, el niño no tiene una participación intencional en el trauma, pero es posible que, como un acto de organización posterior, transfiera las malas intenciones de otras relaciones conflictivas hacia el trauma, con el fin de otorgarle significado a una experiencia que de lo contrario resulta confusa o aterradora” (pág. 115, las cursivas son mías).


    “Por lo tanto, podemos hablar de dos tipos de sentimientos de culpa: (1) uno basado en las malas intenciones que desde un inicio se experimentan como propias y (2) uno basado en las malas intenciones que son autoimpuestas posteriormente para eliminar una confusión. Los dos tipos tienen fuentes diferentes pero, a nivel clínico, pueden parecerse mucho y pueden tener efectos dinámicos semejantes. Es sólo a través de aspectos sutiles de la transferencia que se puede rastrear la diferencia en el origen” (pág. 116, las cursivas son mías).



Agrega  H. Bleichmar, otra dimensión a considerar:

    “Si, además, en la exploración del inconsciente originario aparecen las figuras de los padres como intervinientes de primer orden en el origen del mismo, y del sufrimiento del sujeto, la resistencia afectiva dependerá –Kohut lo vio claramente- de los sentimientos de culpa y, especialmente, de la angustia por romper con figuras que fueron, y continúan siendo sentidas como fuente de seguridad a pesar del carácter persecutorio o traumatizante que  también tuvieron” (pág. 11, las cursivas son mías).



Llegados a este punto y desde la perspectiva de una psicopatología modular-transformacional, podría establecerse la articulación de problemáticas ligadas al apego  y  a la autoconservación  -en las que las ansiedades persecutorias se perfilan fundamentales- y a la regulación psicobiológica, como niveles motivacionales prevalentes.


La visión terrorífica que tiene del mundo y la representación de sí como alguien vulnerable y en peligro son resultado, por un lado, del clima emocional en que creció, marcado por las reacciones imprevistas de su madre y, por otro, de la identificación con un universo familiar de significaciones fóbico-paranoides.


El material que fue surgiendo permitió analizar cuán aterrorizada se había sentido en la infancia y cómo las fantasías que, automáticamente, se le activan en el vínculo con los demás están teñidas de aquellas experiencias; que el sentimiento de intranquilidad que la habita la fuerza a estar vigilante sobre sí misma de modo de no cometer ningún error y a una actitud tendente a no molestar y a acomodarse a lo que supone que los demás esperan de ella; conduciendo el trabajo terapéutico a que pudiese captar que sus fantasías sobre los peligros que amenazan desde el exterior, están enraizadas en el mundo conceptual y emocional de sus padres y abriendo, de este modo, un proceso facilitador de la desidentificación.


Si en la infancia el criticar a la madre implicaba despertar su ira; hacerlo durante el tratamiento precipita el mismo sentimiento de peligro. Y es éste, también, el clima que moldea la transferencia. Todo es muy medido: su saludo, sus palabras, sus gestos.  M-F es especialmente cuidadosa de las formas, cordial y afable. Nunca ha faltado a una sesión y si prevé retrasarse unos minutos, me avisa.


La hiperadaptación al encuadre analítico es evidente: ella hace lo que tiene que hacer; le han indicado un psicoanálisis, viene y cumple. Toma el tratamiento con igual responsabilidad y severidad con que toma la crianza de su hijo y la vida misma. La relación terapéutica transcurre sin conflicto alguno aunque constreñida. Es notoria la dificultad para el encuentro y la espontaneidad, sentida por ella como el equivalente a quedar expuesta; de modo que tiende a burocratizar el análisis como ha burocratizado su vida; ritual defensivo al servicio de adquirir un sentimiento de dominio. Pienso que las características del marco analítico -una situación estructurada, con horarios establecidos, roles definidos- le permiten la caracteropatía.


Ha ido construyendo una forma de establecer relaciones en la que prevalece “lo correcto”, la palabra medida, la distancia óptima; lo que convinimos en llamar “su manual de procedimientos” -conjunto de reglas acerca de lo que está bien y lo que está mal; lo que debe hacerse y lo que no-.  Ella no está en contacto con la otra persona; está en contacto con una regla, con lo cual hay hostilidad hacia quien no la cumple. Es el privilegio de lo formal por encima del vínculo humano.


En base a lo planteado hasta aquí, mi formulación es la siguiente:  las circunstancias actuales de la paciente han activado sus problemáticas infantiles las que, a la vez, han sido resignificadas desde las actuales, quedando configuradas como la particularización de creencias matrices producto de discursos parentales y experiencias vividas en relación al self, al sentimiento de previsibilidad y dominio de los acontecimientos y a la peligrosidad del otro.  Creencias desde las que la paciente codificará diferentes situaciones y que impulsan un proceso de vigilancia y búsqueda activa de supuestos indicadores de peligro que va recreando desde el mundo de terror infantil en que se encuentra  convirtiendo en amenazante aquello que puede sobrevenir; dinámica que precipita, por tanto, la recaída en la situación traumática.


Transcurre el proceso terapéutico y a medida que consigue establecer correlaciones que otorgan cierta inteligibilidad a su problemática y a su estallido sintomatológico, se siente menos abatida y desorientada. Las crisis de angustia han remitido; ya no tiene aquella sensación generalizada de miedo, como a la búsqueda de un tema, que no le permitía organizar una defensa.


Comienza a contemplar la idea de reincorporarse al mercado laboral y, rápidamente, se ubica en un buen trabajo y en condiciones económicas muy favorables. Cree tener los conocimientos para desarrollarlo sin dificultad, sin embargo, su angustia persecutoria se incrementa. Cualquier observación la desestabiliza. Estudia minuciosamente cada reacción de su jefe, cada palabra y cada gesto de sus compañeros. Se torna hipercrítica. No le basta con desempeñar su trabajo satisfactoriamente; se excede en el horario y se hace cargo de tareas que no le competen. Ante alguna duda, no consulta; busca y rebusca hasta que logra resolverla. “Es mi responsabilidad”;  “Si una no se esfuerza se convierte en una vaga”; “No me gustan las chapucillas; yo debo ser muy rarita... la gente pregunta y se queda tan ancha; para mí, preguntar es demostrar que una no sabe y eso no me gusta nada”;  “Las tareas sencillas, no; a mí me interesan los trabajos que requieren esfuerzo, los que presentan dificultades y exigen de una, si no el cerebro se atonta... si una no lucha por superarse ¿para qué estamos en la vida?”.


Entiendo que necesitar del otro le es peligroso y humillante; que el sentimiento de persecución es motor primordial de tanta exigencia y tanta vigilancia pero, también, se hace evidente una cierta cualidad de orgullo en representarse esforzada y eficiente. Se perfila una clara problemática narcisista.


Por esta época, alude a experiencias en Francia en las que fue discriminada por su condición de inmigrante,  objeto de risas y burlas cuando en el aprendizaje del idioma solía invertir el orden de las sílabas y a sus dificultades en ortografía que “daban por resultado un cero”, sintiéndose profundamente humillada y aterrorizada ante una profesora que recuerda seria y exigente, de escasas palabras y categóricas: ‘en ortografía eres nula’. Refiere que con tenacidad y esfuerzo superó estas dificultades consiguiendo, años después, ubicarse entre las mejores de la clase y hablar, dice, “... como una francesa más ...Yo no era como el resto de los españoles... vagos, ni como los portugueses; como me decía mi madre”.


Placer narcisista, en un nivel, pero también modalidad defensiva privilegiada frente a la angustia. Su superyó, en tanto estructura defensiva, vigila desde adentro que si cumple no se expone a lo temido. Es un superyó implacable que la fuerza a determinados logros pero también la protege de una cierta imagen temida de sí misma -identidad de inmigrante inferior- y de quedar expuesta al ataque. Como instancia que se anticipa a la repetición de lo traumático es su aliado en la evitación de la angustia (P. Gray, 1987-1991).


Identificada con el superyó y desde esta identidad funcional se preserva ante el sentimiento de persecución exterior y las angustias narcisistas, por lo que el abandono del sometimiento a los mandatos superyoicos tendrá como condición previa la elaboración de las angustias subyacentes (H. Bleichmar, 1997).


Examinando esta clínica, un fenómeno agregado a valorar es el proceso de narcisización secundaria de las normas y su cumplimiento; de modo que el superyó es, además, fuente de estima y placer en tanto le augura la afirmación de su superioridad sobre los otros.


Por  un   lado,   entonces,   necesitada   de   buenas  relaciones  en  las  que   sentirse   protegida

-dimensión de las angustias de autoconservación. Y, por otro, deseos del sistema motivacional narcisista y sometimiento al superyó que contrarresta angustias persecutorias pero, también, condiciona las relaciones intersubjetivas entrando en contradicción con sus necesidades de apego. M-F vive, así, aprisionada entre dos núcleos de demandas contrapuestas: por necesidades narcisistas, rechaza; por necesidades afectivas, de contacto, al rechazar se siente sola.


Fragmento de una sesión


M-F: Cuando salgo del trabajo viajo con unas compañeras y siempre es el mismo recorrido, salvo los días que vengo aquí. La gente es curiosa... pregunta... ‘¿y qué haces cuando te bajas aquí?’; entonces yo, un día hago una combinación, otro día hago otra, ¡hago verdaderas excursiones! (se ríe y la acompaño en la risa). A mí no se me ocurriría preguntarle a alguien dónde va... es que ni se me pasa por la cabeza...¡ La gente no tiene educación!


* Sí, tiene miedo que le pregunten, la llena de intranquilidad... Me doy cuenta que para usted no es, simplemente, una pregunta que una compañera le hace; para usted es alguien que la mira, indaga, saca conclusiones, comenta... Le viene toda la desconfianza, no se fía... como le sucede a su padre... y, al mismo tiempo, necesita mostrarme que usted es diferente. (En la última parte de mi intervención apunto al vínculo conmigo, a la necesidad de que yo la especularice, la reconozca como valiosa).


M-F: A mí no me enseñaron así, me enseñaron la prudencia. Hay una forma correcta, un saber estar.


(Su orgullo es evidente; pero creo que no se trata  de una cuestión  sólo y puramente narcisista sino que, además, ella tiene un nivel de rigidez que la lleva a estar enormemente crítica con todos, fría, hostil, con muy poco contacto afectivo.  Es una persona que funciona por principios; de modo que le planteo un marco ideológico para fundamentar el cambio, teniendo en cuenta que el inconsciente es el depósito de ideologías, algunas transmitidas, otras creación del propio psiquismo).


 * Claro,  ha sido educada con un cierto tipo de crianza que tiene cosas muy meritorias pero que también tiene su limitación... está tan atenta a ver si el otro cumple con lo que debe ser que, entonces, no puede tener relaciones con los demás... está enfadada... porque tal hizo esto; de modo que ya lo tiene registrado y, tal dijo así... bueno,  es el modelo que usted tuvo... Ahora, esto es un problema, porque usted necesita buenas relaciones; si tiene buenas relaciones se siente bien y se siente querida y apoyada y, al mismo tiempo, esta exigencia de que la otra persona cumpla punto por punto con lo que usted tiene establecido... (Como la intervención tiene ya un tono confrontativo no le agrego el placer narcisista que la crítica a los demás le provee, lo que sería recargar ese carácter confrontativo).


M-F: J. me dice que conmigo no se puede hablar, que enseguida me enfado, que todo me parece mal, como mi madre. Yo creo que es con él con quien no se puede hablar, no me gustan las bromas impertinentes, tan  típicas de aquí...


* Estaba pensando...usted me cuenta de una persona que hace tal cosa inadecuada, de otra, que comenta cuestiones privadas, de estas compañeras que son curiosas, de E... quizá también aquí, conmigo, haya algo que no le agrade o que no sea, exactamente, lo que usted espera... (Trato de evitar el desplazamiento al afuera del conflicto en la transferencia ya que la respuesta de M-F ante mi intervención confrontativa ha sido hablar del conflicto con su marido).


M-F:  (Perpleja y con aparente confusión) No entiendo qué me pregunta, ¿a qué se refiere Dori?... No la comprendo...


(Silencio)


M-.F.: No sé porqué me pregunta esto. ¿Es importante para el psicoanálisis?


(Registro su tono oscilante; entre airado, de cierto enfrentamiento y temeroso. Necesita ser ella quien regula la distancia;  si me incluyo, si muestro conflicto entre nosotras, se siente amenazada).


* Me doy cuenta que usted cuida la relación conmigo y me cuida a mí y es algo que valoro; al mismo tiempo me preocuparía que por temor a que me ofenda o a que me enfade, silencie...


M-F: A mí de usted no me molesta nada. Si algo suyo me sentara mal, yo no vendría más aquí. Si hay algo que a mi no me gusta, corto... La masa no me gusta nada, nunca fui de pandillas donde siempre hay bandos y cotilleos; me parece vulgar... Las niñas se reunían en la plaza los domingos; a mí no me gustaba, siempre había risitas y cosas tontas. Yo estaba en casa, venía Christine, leíamos, conversábamos o caminábamos porque a las dos nos gustaba la montaña...


(Evidentemente, se siente ofendida y trata de restablecer un vínculo idealizado con una figura externa, Christine, que la haga sentir superior a “la masa”. Capto esa necesidad de ella y acepto la defensa que propone, dejando por el momento de trabajar el vínculo transferencial. Además de esta opción técnica, también es posible que el comienzo de su intervención –amenaza de ruptura- haya incidido contratransferencialmente para que yo prefiriera no continuar con la confrontación, actuando el rol que me proponía. Ella me amenaza así como la madre la amenazaba cuando ella la objetaba).


* También me decía que se sentía muy sola, que era una vida tan estricta y severa aquélla.


M-F: Y ahora también me siento sola; me siento sola con J., me siento sola con su familia, son tan raritos... ¿o soy yo la rarita?

 


Sesión siguiente


(Al entrar)


M-F: ¡Vengo de otra excursión!


(Se ríe, buscando congraciarse conmigo)


M-F: Pensé, se lo voy a contar  porque a lo mejor sirve para el psicoanálisis... como la otra vez le interesó eso que le conté que me bajaba en otra estación de metro...

Bueno, hoy venía en el tren, leyendo... y cuando voy llegando, levanto la vista y veo a Tomás en la estación y pensé que me vería y cómo es él: ‘M-F. ¿qué haces por aquí?’. Y yo, para ir a mi casa no tengo que pasar por allí... y no se me ocurría una explicación creíble... y me salí de la estación. Tomás es un compañero de trabajo que no me gusta nada; es de preguntar y es un relator. Una vez estábamos comiendo y la gente comentaba lo que hacía, cosas de ocio; unos una cosa, otros otra y, me dice: ‘Y tú ¿qué haces en tu tiempo libre?’; yo le hablé de mi niño, de mi marido, que me gusta la naturaleza... Él pregunta y después comenta. Hace bromas estúpidas: ‘Estas cosas no, que está M-F...’; otra vez, dice: ‘De M-F. se dice una cosa que... bueno, yo no la voy a comentar’. ¡Di lo que sabes! ¿no?. Eso a la gente no le gusta nada porque siempre está insinuando que sabe algo. Entonces, lo veo en la estación. Estaba en un sitio así, alto, que por debajo se cruzan las direcciones que van a diferentes combinaciones y una es la que hago para venir aquí. Dori ¿usted necesita todos estos detalles o son demasiados? Porque a lo mejor son innecesarios...


(Percibo un cambio abrupto en su estado emocional)


* Me describe un Tomás que es como la personificación de un dios vigilante, perseguidor, maligno, allí, desde lo alto.. un dios acusador ante quien usted siente que tiene que dar explicaciones, muy asustada... y también le sucede conmigo: viene, me cuenta entusiasmada y, de pronto, se intranquiliza...


(Me interrumpe con el llanto)


M-F: Estoy despistada con el psicoanálisis... lo empecé por las crisis de ansiedad... no sé si espero cosas, si estoy equivocada, no sé qué es lo que tengo que hacer... no entiendo... ¿qué sería estar tranquila?


(Todo parece estar organizado alrededor de evitar la persecución. Entiendo que su llanto está al servicio intersubjetivo; es un automatismo tendente a producir un cierto efecto en mí. La sesión anterior le creó intranquilidad sobre el vínculo; yo me convertí en una figura crítica).


* Recién le quería mostrar...


(Vuelve a llorar)


M-F:  Me da mucho miedo esto... no ver las cosas como son, es terrible; soy un desastre...


(Se trata de una autocrítica defensiva,  sometimiento a mí producto del miedo al enfrentamiento).


(Silencio)


M-F: (Con un tono de voz más afirmativo) Cuando se producen estos silencios, la sensación que tengo es que estoy perdiendo el tiempo en el psicoanálisis y no quiero eso.


(La escucho fortalecida y creo que quizá, ahora, puede estar en condiciones de escucharme. La impresión que tengo de esta secuencia es que, más allá del contenido, oír mi voz, el hablarle, le evoca situaciones infantiles del vínculo con su madre. Es la reactivación de la situación traumática en la transferencia, de modo que presto especial cuidado a la forma y al tono en que voy a intervenir -no acentuar el clima persecutorio ni ser un objeto perturbador para su narcisismo- evitando la retraumatización en el tratamiento).


* Primero veamos cuál es el sentido de lo que le voy a decir: no estoy objetándola, no estoy cuestionándola; todos tenemos automatismos y formas de funcionar...Yo quería mostrarle algo... pero tuve el sentimiento que cuando le empiezo a decir, lo que usted capta no es lo que yo voy a decir... que no llegué a decirlo todavía; sino que escucha como una voz que la acusa: ¡Cómo hace eso! ¡Cómo se le ocurre! Y a continuación, una reacción automática de susto... Luego, esa forma tan comprensiva de defenderse del susto transformándose en una nenita que no entiende y que pide disculpas. Es decir, lo que quiero mostrarle es una secuencia en la que usted me cuenta algo; se intranquiliza;  yo le empiezo a decir; antes de que yo termine de decir y de poder usted captar lo que le estoy diciendo, ya es una crítica y un regaño y le da tanto miedo que trata de que yo me compadezca transformándose en una niñita que no sabe, que pide perdón... como una niña ante el padre confesor... Es la forma que incorporó, como una modalidad para apaciguar y aplacar a la otra persona.


(Permanece en silencio un momento)


M-F: También me pasa con J. Es forzar a la otra persona a que se ablande o a que se apiade, aunque sea involuntario por mi parte; como un chantaje de pobrecita... No es que lo utilice, es que no lo puedo evitar;  me brota el llanto. Es condicionar a la otra persona.


* Entonces, le sucede conmigo, le sucede con J., como le sucedía con su madre cuando ella se enfadaba tanto... y usted aprendió que llorando la aplacaba. Ahora, esta secuencia se va a repetir y cada vez que se repita la vamos a ver y vamos a trabajarla, de modo que usted pueda irse desprendiendo de ese temor tan grande que tuvo en la vida en la relación con las personas y que le provoca tanto sufrimiento.


Mi comprensión de esta dinámica es en términos de articulación de fenómenos derivados del déficit y el trauma, por un lado, y del conflicto por el otro. Pienso que, junto a los efectos de la identificación, las vivencias de terror ante su madre y las experiencias de humillación por las que ha pasado han sido decisivas en la construcción de la representación que la paciente tiene de sí y del mundo que la rodea y, a la vez,  condiciones fallidas para la construcción del sentimiento de seguridad, el sostenimiento de la autoestima y el desarrollo de la capacidad de autoapaciguamiento de la angustia, que dejaron su impronta en su relación con la realidad y con los demás. Estado de alerta, observación meticulosa, crítica, descalificación agresiva y huída, son modalidades defensivas frente al sufrimiento que prometen la disminución de la angustia pero, al mismo tiempo, aumentan la persecución en un proceso de deformación del otro, consecuencia de la reproducción de los personajes de la interacción traumática pero, además, de la proyección de sus impulsos agresivos y su rivalidad.


Problemática del nivel representacional, los contenidos temáticos y las reglas operatorias bajo las que son procesados (H. Bleichmar, 2001) que requiere en la clínica, reconocer:




  • “el inconsciente originario de las interacciones”: consecuencia de la dinámica y los lugares que la paciente ocupó en la interacción con los personajes significativos pero, también, de otro nivel no representado simbólicamente en el psiquismo –memoria procedimental/implícita- organizado en forma de “procedimientos automatizados de cómo relacionarse con el otro y con el mundo”.



  • “el inconsciente originario por identificación”: efecto de procesos estructurantes que hacen al carácter, a las modalidades defensivas, a la intensidad de los estados emocionales, a la cualidad de las fantasías, a las creencias pasionales, etc.



Procedimientos que, en palabras de Lyons-Ruth (2000), no son conscientes, ni reprimidos en sentido dinámico;  no se originan en la fantasía ni son factibles de ser puestos en palabras sino que se manifiestan como “enactment” en “la estructura actuada de las interacciones reales y en la estructura de las interacciones fantaseadas”.


Cuestiones, éstas, que rebasan el hacer consciente lo inconsciente y activan angustias y resistencias diferentes a las que resultan de poner al descubierto lo intolerable para la conciencia:



    “Las que derivan del proceso de ir conociendo lo desconocido en un contexto intersubjetivo determinado, en que la palabra del otro (terapeuta) puede ser vivida como avasallante, atrapante, humillante, traumatizante. Resistencia, por tanto, no ante un contenido temático que se rechaza sino ante la modalidad de vínculo que se establece con el otro [...] Las que surgen por las angustias de tener que cambiar modos de funcionamiento que, aunque productores de sufrimiento, constituyen el mundo reasegurante de lo que ya es conocido, incluido el vínculo imaginario con las figuras de apego” (H. Bleichmar, 2001, pág. 11, las cursivas son mías).



Comentario clínico


Tal como intenté transmitir a lo largo del trabajo, podría sintetizar mi concepción clínica diciendo que se trata de una configuración psicopatológica dada por la articulación de un sentimiento básico, estructural, del self como débil e impotente y una representación inabordable y amenazante de la realidad.


El sentimiento de desvalimiento, el temor y la creencia en el peligro son punto de partida y activadores de su psiquismo, quedando constituida la vigilancia en mecanismo básico al servicio de evitar el displacer. Repetición de lo displacentero como un esfuerzo de dominio del trauma en el sentido de transformar la experiencia pasiva en activa, de modo que le permita contrarrestar el sentimiento de horror de quedar expuesta al otro.


Entonces, dimensión de las angustias de autoconservación como sistema motivacional prevalente y, dentro del mismo sistema, la perturbación del área de la regulación psíquica, del sentimiento de control sobre el propio psiquismo y del sentimiento de cohesividad. Por otro lado, el sistema de la heteroconservación (cuidado del otro), que en un nivel satisface deseos narcisistas, como organización defensiva contrarresta las angustias de autoconservación ya que le proporciona un sentimiento de seguridad y de potencia: “yo soy la que cuida a otro en peligro”. A su vez, ya en una dimensión estructural, un superyó normativo, severo, portador de ideales elevados y fuente de gratificación narcisista pero, esencialmente, estructura defensiva en contra de la angustia persecutoria y que se constituye en identidad funcional desde la cual toma a su cargo la tarea de autoobservación y vigilancia.


Es, a mi entender, una patología hasta ahora encubierta por el sentimiento de control y eficacia y por el funcionamiento exitoso del superyó en tanto organización defensiva, que se desmorona en el momento de falla en la compensación por las condiciones actuales desencadenantes: encefalitis, pérdida del empleo, hijo de difícil crianza.


Momento, éste, en que el trastorno y las angustias mayores transcurren en el nivel de la autoconservación convirtiéndose en centro motivacional que toma claro predominio temporal, relegando a un segundo plano la problemática narcisista que, aunque constituida y siendo componente importante en la psicopatología de esta paciente, no tiene un papel señaladamente relevante, si bien no desaparece del todo. Interjuego complejo entre el sistema de la heteroconservación, la autoconservación, el narcisismo y el sistema del apego. En períodos o momentos la heteroconservación la narcisiza y hace sentir segura, contrarrestando las propias angustias autoconservativas. En otros períodos o momentos, las necesidades narcisistas le hacen romper con sus necesidades de apego, exponiéndola a las angustias de éstas –sentimientos de soledad y de falta de la figura protectora. Pero cuando las angustias de la autoconservación dominan su vida psíquica, regresión a la identidad de niña indefensa que requiere ser cuidada.


Estos movimientos entre sistemas motivacionales, con contradicciones entre ellos en algunos momentos, sinergias en otros, o predominio neto de uno de ellos, obliga a que las intervenciones terapéuticas tengan que intentar lograr un balance entre los mismos. Balance, siempre incierto, de tanteos: a veces en el seno de una misma intervención, otras en las secuencias en que se atienden las necesidades de uno u otro de los sistemas motivacionales. Pero que, en la espontaneidad del intercambio terapéutico, muchas veces cuando atendemos la necesidad de un sistema motivacional del paciente dejemos de lado otro o, incluso, traumaticemos, no nos exime de estar continuamente atentos a cómo esos sistemas motivacionales van siendo afectados. La importancia de poder disponer de un modelo complejo del psiquismo, no reducido a uno u otro sistema motivacional, en que por razones doctrinarias convirtamos en el que guía todas nuestras intervenciones, posibilita una flexibilidad terapéutica e intervenciones más acordes con las necesidades del cambio terapéutico.

 


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