Estudios sobre la relación herencia-ambiente en la temprana infancia

Publicado en la revista nº017

Autor: Dio Bleichmar, Emilce

Versión ampliada de la conferencia pronunciada en el Congreso Internacional "Herencia y ambiente en psiquiatría del niño y del adolescente". Hospital General Universitario Gregorio Marañón, Madrid (Mayo 2004)             


                                                                                    




¿Genética de la conducta versus parentalización?


Cuánto juegan el código genético por un lado y la influencia del ambiente, por el otro, en moldear el desarrollo del cerebro es una de las cuestiones que ha polarizado a los científicos. Las posiciones han estado determinadas más por preferencias ideológicas que por sólidos datos que permitiesen estudiar la complejidad de la influencia de uno y otro de los factores. A lo largo de la última década del siglo XX, provocado tal vez por la excitación del proyecto del genoma humano pero, también, por los diseños de investigación con una sofisticación estadística cada vez mayor, la investigación evolutiva ha estado dominada por ideas provenientes de la genética cuantitativa de la conducta. Nos han llevado a un estado de la cuestión en el que se considera que más o menos todas las capacidades psicológicas relevantes, así como sus disfunciones, son innatas, y en las que se supone que la parentalidad apenas importa. Si bien es importante definir los límites de la influencia parental sobre el desarrollo del niño y relativizar radicalismos como el que llevó a Watson el fundador del conductismo escribir aquello de: "Dadme una media docena de niños sanos... dejadme elegir el mundo en que los educaría y os garantizo que podría tomar uno al azar y enseñarle a ser un experto en una especialidad de mi elección -médico, artista, comerciante o cocinero e incluso mendigo- independientemente de su talento, inclinaciones, tendencias, capacidades, raza o antepasados", nuevamente asistimos a otro de los momentos en el que el péndulo entre natura y cultura corre el riesgo de oscilar demasiado hacia el otro lado, el biológico.


Afortunadamente, esta reflexión -que podría entenderse como un comentario más pero sin fundamento- empieza a cobrar peso ya que la experimentación en  animales comienza a demostrar la necesidad de contar con modelos relacionales, interactivos, de causalidad en que los factores genéticos y ambientales aparecen operando en conjunción.


Las investigaciones actuales muestran al cerebro  como operando de forma plástica y autoorganizada y estando menos constreñido por límites  predeterminados de lo que se había pensado previamente. La información en el cerebro es representada y procesada por grupos de neuronas que mantienen una interconexión funcional  basada más en las exigencias de la experiencia que en estrictos esquemas genéticamente determinados.


La comprensión de los fenómenos del desarrollo requiere conceptos relacionales o co-activos de la causalidad en oposición a causas únicas que operan en un supuesto aislamiento (Gottlieb, G. & Tucker Halpern, C. ,2002). El concepto llave es entender que lo que hace que el desarrollo suceda es la relación entre los dos componentes, y no los componentes en sí (persona-persona, organismo-organismo, organismo-ambiente, célula-célula, gen-gen. actividad-conducta motora). Cuando se habla de co-acción como el corazón de la causalidad evolutiva lo que se quiere enfatizar es que necesitamos especificar alguna relación entre al menos dos componentes del sistema del desarrollo. El concepto usado más frecuentemente para designar la co-acción es el relativo a  la experiencia.


Voy a mencionar en primer lugar algunos trabajos sobre la influencia del medio en la modificación del cerebro en animales  en períodos críticos y en segundo término estudios en la relación temprana en humanos que van en la misma línea.  



Influencia del medio externo en la modificación del cerebro


En el nº 404 de la revista Nature de Abril de 2000 aparecen dos artículos en cuya  presentación se señala: "Sur y sus colegas  proveen la evidencia más demostrativa existente hasta ahora sobre la exquisita sensibilidad  a los estímulos externos del desarrollo cortical" (Merzenich M., 2000, P. 820).


Mriganka Sur y colaboradores (Massachussets Institute of Technology, USA) han perfeccionado una técnica que les permite redirigir quirúrgicamente hacia qué parte de la corteza cerebral se dirigirán los nervios en el roedor hurón de un día.  Más específicamente, las conexiones de la retina que normalmente llegan a la corteza visual son redireccionadas para mandarlas hacia la corteza auditiva. Esto determina que la corteza que estaba genéticamente preparada para ser sensible a los estímulos auditivos pase a ser capaz de captar y de organizar percepciones visuales.


Eso no es todo: la corteza de la región que hubiera tenido una estructura anatómica de corteza auditiva pasa a poseer una disposición de sus células correspondientes a la corteza visual (con una organización neuronal -ubicación en molinillo- que le permite convertirse en un mapa de las distintas zonas de la retina y de la sensibilidad de ésta frente a formas en el espacio).  Pero los experimentos de Sur y col. van más allá de contentarse con probar que la corteza preparada genéticamente para estar organizada con cierto tipo de disposición celular adquiere los caracteres de la corteza visual al recibir los estímulos visuales: el animal, una vez crecido, pasa a ser capaz de responder conductualmente a los estímulos visuales en la corteza que genéticamente estaba predeterminada para ser área auditiva.


Es decir, si la corteza cerebral de una determinada zona recibe estímulos de un tipo dado, son estos estímulos los que ocasionan la organización y la funcionalidad que tendrá y no la predisposición genética. En otras palabras, es la naturaleza del estímulo externo el factor decisivo de cómo se terminará organizando una cierta zona cortical.


Cierpial & Mc Carty (1987) encontraron que ratas con hipertensión espontánea (SHR) usadas como modelo animal para el estudio de la hipertensión humana se vuelven hipertensas por co-acción con las madres después del nacimiento. Cuando las ratitas SHR son amamantadas y criadas por madres normales desde el nacimiento no desarrollan hipertensión. Pareciera que hay un componente hiperactivo en la conducta de las madres que induce a las ratitas SHR a desarrollar hipertensión. La naturaleza interactiva de la articulación entre gen y crianza  del desarrollo de la hipertensión en ratas SHR es demostrada por el hecho que ratas que genéticamente son normotensas no desarrollan hipertensión cuando son amamantadas y criadas por madres que son genéticamente hipertensas (SHR). De modo que aunque las ratitas genéticamente hipertensas (SHR) difieren de las normales, el desarrollo de la hipertensión requiere la co-acción con las madres hiperactivas, no es resultado inevitable del hecho que son genética, anatómica y fisiológicamente diferentes de las normales. Es un buen ejemplo de los aspectos relacionales de la definición de la experiencia y de la causalidad del desarrollo. La causa de la hipertensión no reside en la genética de las ratas SHR o en las de las madres SHR sino en la relación que se establece entre ellas.


La breve separación de sus madres en el período previo al destete produce en ratitas cambios en el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal en las respuestas a estímulos estresantes (Plotsky & Meaney 1993). Cabib et al. (2000) demostraron que la respuesta a las anfetaminas puede ser alterada dramáticamente en ratas adultas ante un acontecimiento como la escasez de alimento, un cambio mediado por la secreción de glucocorticoides y liberación de dopamina. En la discusión sobre la inevitable interacción entre diferencias genéticas y factores ambientales estresantes, estos investigadores explícitamente señalan que "el intento de identificar una causalidad genética o ambiental como factores independientes es probablemente lógica pero procedimentalmente errónea" (p. 464-465).


Una de las dimensiones humanas que goza de mayor crédito genético es la agresión. Hood & Cairns (1989) examinaron la influencia del medio de crianza en el desarrollo del fenotipo agresivo en dos razas de ratones. El medio habitual de crianza  es el aislamiento social desde la terminación del destete al final de la 3ª semana. Al someterlos a una primera prueba a la 6ª semana de edad -como aparece en la lámina- cuando los ratones son criados como es habitual, en aislamiento, hay una gran diferencia en la frecuencia de los ataques entre las dos razas. En cambio, si la crianza se realiza en grupos las diferencias desaparecen,  mostrando la influencia del medio social en el desarrollo de la agresión, aun en ratones.  











Hallazgos todos que apoyan la idea que es la co-acción de estrés, trauma y otro tipo de factores patógenos externos junto con configuraciones genéticas lo que en última instancia da como resultado diferentes perfiles patológicos. Se subraya el punto que ni un genotipo particular ni un factor traumático externo están inevitablemente vinculados a un resultado patológico. Es la particular combinación de factores genéticos y ambientales y probablemente el factor temporal de la interacción que provoca resultados patológicos.


Con todo, se podría argumentar que esta plasticidad cerebral se da sólo en roedores, que no tiene nada que ver con lo que sucede en humanos. Sin embargo, Sadato (1996) y Rauschecker (1995) ya habían mostrado cómo en sujetos ciegos desde muy temprano la corteza visual pasaba a responder a  estímulos táctiles, siendo activada, por ejemplo, cuando se leía en sistema Braille. Estos experimentos dieron lugar a que un equipo integrado por investigadores del National Institute of Health (USA) y de la Facultad de Medicina de Fukui (Japón) desearan poner a prueba la hipótesis de que la plasticidad cerebral -cambios producidos por una actividad específica- requería que se hubiera producido en una época muy temprana de la vida, es decir, en aquellas personas que eran ciegas de nacimiento o poco después del nacimiento. Repitieron los experimentos tendentes a ver si la corteza visual en ciegos después de los 14 años respondía a estímulos tactiles al leer en Braille y constataron que esa capacidad de la corteza occipital (visual) de reconocer estímulos táctiles ya no existía cuando la ceguera había ocurrido después de esa edad.


Los hallazgos conducen a la idea cada vez más fundamentada que en humanos hay un período en que el cerebro es plástico, durante el cual se organiza la funcionalidad y que, superada esa "ventana" durante la cual el cerebro se puede modificar en una dirección determinada por el estímulo externo, después ya resulta mucho menos factible.



El  efecto del niño sobre los padres 


Los estudios sobre gemelos realizados en los Estados Unidos, Escandinavia, el Reino Unido y otros lugares se han tomado como punto de referencia y a partir de ellos se ha extendido la idea que los genes son más importantes que el entorno en casi todas las enfermedades psicológicas. Gemelos idénticos que habían sido criados por separado revelaron semejanzas llamativas en sus conductas, personalidad y formas de pensar (Reiss y col., 1995; Neubauer, 1996; Plomin y col., 1997; Reiss y col., 2000). Es bastante probable que pueda haberse exagerado la importancia de los padres para el desarrollo: los estudios sobre adopción, concretamente, muestran que mucha de esa influencia parental es ilusoria.  Es también probable que las características de personalidad del niño que se han considerado como reacción a la conducta parental sean en muchos casos  predisposiciones genéticas y que el  rasgo de la personalidad y la forma de parentalidad -crítica, cálida o incluso abusadora- sean consecuencias de los mismos genes en los padres y en el niño. Del mismo modo, los estudios sobre adopción sugieren que los niños con tendencias genéticas hacia la agresión provocarán una parentalidad más hostil y coercitiva (Ge y col., 1996).


De modo que, si bien los estudios sobre adopción y gemelos demuestran que el trastorno psicológico tiene raíces genéticas, los efectos genéticos son en su mayor parte indirectos más que directos. Incluso una carga genética alta para un riesgo ambiental no significa que el resultado asociado se transmita genéticamente de forma necesaria. Por ejemplo, aun en el caso que se hallara que un abuso infantil y sus secuelas tienen base genética, el trastorno de un niño que ha sufrido abusos seguiría comprendiéndose mejor en términos de la destrucción de la confianza que el niño tiene en el mundo. La pérdida de confianza es la que tendría que encararse en cualquier intervención terapéutica. Los datos conductuales genéticos no nos ayudan demasiado en la situación clínica individual.


Los trabajos en la denominada  interacción gen-ambiente en animales nos van ayudando a saber cómo funcionan los genes. Al menos parte de cada gen es un mecanismo de control para el proceso de transcripción, en otras palabras, determina si un gen se expresará o no en ciertos rasgos observables físicos o psíquicos. Las experiencias internas y externas, las hormonas, el estrés, el aprendizaje y la interacción social alteran la unión de los reguladores de transcripción (Kandel, 1998).  Por ejemplo, las crías de ratas separadas de sus madres en las dos primeras semanas de vida muestran un incremento permanente en la expresión (manifestación en rasgos) de genes encargados de controlar la secreción de FLC (factor liberador de corticotropina), una de las hormonas del estrés (Plotsky y Meaney, 1997). Sin embargo, esta vulnerabilidad al estrés, que dura toda la vida, se invierte si las madres demuestran un mayor cuidado físico a las crías una vez que se las reúne (Liu y col., 1997).


De modo que la cuestión es saber cuáles de los aspectos del entorno influyen en estos mecanismos de control en los humanos. Existen unos pocos ejemplos importantes en este sentido, pero aislados. Los hijos de padres/madres esquizofrénicos que son adoptados lejos de ellos desarrollan la enfermedad si su familia adoptiva es disfuncional (Tienari y col., 1994). Se han hecho observaciones similares en cuanto a la conducta criminal (Bohman, 1996). De modo que el riesgo genético puede hacerse realidad o no, dependiendo del entorno familiar.


Pero los genetistas conductuales se encuentran  con un problema. A pesar de su aceptación de un modelo de interacción gen-entorno, ha habido pocos hallazgos que demuestren el efecto moderador del entorno en la expresión del gen en los humanos (Plomin, DeFries y col., 1997). La genética de la conducta humana estudia en su mayor parte el entorno objetivo, externo, familiar.  El entorno que estimula la expresión de un gen no es objetivo, no es observable. La distinción de Freud entre las dos superficies de la conciencia -una vuelta hacia dentro y otra vuelta hacia fuera- proporciona la pista: es la experiencia del entorno lo que produce interacciones entre la herencia y la circunstancia, no el hecho de esa circunstancia en sí misma. La interacción es entre el gen y el entorno subjetivo.


El modo en que se experimenta al entorno actúa como filtro en la expresión del genotipo en el fenotipo, la traducción del potencial genético en personalidad y conducta.  Como sostiene Fonagy, aquí tocamos la importancia del psicoanálisis para la comprensión de las influencias genéticas sobre la mente. Como psicoanalistas, nuestra preocupación principal es la interacción de las múltiples capas de representaciones para generar la experiencia subjetiva en relación con el mundo externo, esto es, la realidad psíquica. Los datos provenientes de la genética requieren precisamente esa sofisticación. Para comprender el modo en que la mayoría de los genes pueden o no ser expresados en individuos concretos, necesitamos comprender el mundo interno del niño o del adulto, ya que es una suposición común pero errónea que las influencias genéticas son más fuertes en la infancia temprana. La expresión del gen (producción de efectos en rasgos físicos o psicológicos) continúa a lo largo de la vida y puede desencadenarse al final de ésta, en la muerte. A un nivel molecular, las pruebas sugieren que los ambientes positivos y negativos pueden alterar la expresión del gen y, al menos en principio, pueden influir en muchos aspectos de la estructura y el funcionamiento del cerebro humano, el cuerpo de la mente (Elman y col., 1996).


El que un factor ambiental desencadene o no la expresión de un gen puede depender del modo en que el individuo interprete esa experiencia, determinada a su vez por significados conscientes o inconscientes atribuidos a la misma (Kandel, 1998). Así, los procesos representacionales intrapsíquicos no son sólo consecuencia de los efectos ambientales y genéticos, sino que es probable que sean moduladores vitales de dichos efectos. El ganador del Premio Nobel del 2000, Eric Kandel, llegó a sugerir que los cambios más profundos y a más largo plazo asociados con la terapia psicoanalítica pueden sobrevenir mediante los cambios en la expresión genética provocados por las transformaciones intrapsíquicas que se operan en el transcurso de una psicoterapia que apunte a la subjetividad consciente e inconsciente.


En  un programa de tratamiento psicoanalítico preescolar en la Clínica Menninger (Fonagy, Stein y White, 2001) dirigido por la Dra. Helen Stein, estudian el segundo gen receptor de la dopamina (DRD2), una variante que se ha vinculado con numerosos trastornos psicológicos.  En un análisis preliminar de los datos, encuentran una interacción entre la presencia de esta variante y la susceptibilidad  a traumas del apego: se halló que aquellos que poseían esta variante padecían un trastorno mayor cuando eran adultos si presentaban también experiencias tempranas tales como abuso pero, junto a esto, los mismos individuos mostraron serios déficits tanto en la expresión como en la comprensión emocional, lo que se sabe que es característico de los trastornos de la personalidad. Por el contrario, los índices “objetivos” del ambiente familiar y el maltrato, documentados en los registros de la infancia, guardaban poca relación con el funcionamiento adulto.


Fonagy (2003) sostiene que incrementar la conciencia emocional, como lo hace la psicoterapia exitosa, podría haber reducido la expresión de esta vulnerabilidad genética a los problemas psiquiátricos adultos mediante la elaboración de la representación mental de las relaciones intersubjetivas. Enfatiza que se trata de resultados muy preliminares pero lo que quiere resaltar se refiere a una cuestión conceptual: que los genetistas conductuales, los que toman en cuenta sólo acontecimientos, tendrán más dificultadoes para  otorgar un sentido a los datos que recojan sobre la mente a menos que incluyan en sus estudios sobre el entorno o ambiente el significado subjetivo –consciente e inconsciente- que poseen los acontecimientos, especialmente aquellos que, una vez realizadas ciertas interpretaciones, podrían tener un impacto emocional importante desencadenando ansiedad o depresión sostenidas.



Importancia de la intersubjetividad y de la capacidad reflexiva en los períodos críticos de plasticidad cerebral


Si algo tan rígidamente predeterminado como la corteza cerebral depende para su desarrollo anatómico y funcional del estímulo externo, y existen períodos críticos para que esta influencia se ejerza, ello aporta datos coincidentes con la importancia que en psicoanálisis se otorga al desarrollo de los sistemas motivacionales -apego, sensual/sexual, narcisista, autoconservación, regulación psicobiológica- en los períodos iniciales de la vida y, especialmente, a los estímulos de las figuras significativas en moldearlos. En el interjuego entre lo genéticamente determinado -el instinto- y la influencia de las figuras externas -la realidad-, éstas últimas resultan trascendentes para reorientar lo instintivo en una dirección u otra. Es aquí donde el concepto psicoanalítico de pulsión/motivación como algo diferente del instinto adquiere su valor. La pulsión será el principio motivacional organizador de la conducta, con igual fuerza que un instinto, incluso con  la perentoriedad con la que se sigue rígidamente un esquema determinado de acción, pero que ya no es el instinto simplemente predeterminado por el programa genético sino la reorientación que la experiencia, en los intercambios con las figuras significativas, le imprime a éste.  


La capacidad para la interpretación, que el filósofo Bogdan (1997) ha definido recientemente como “organismos que se otorgan sentido entre sí en contextos donde esto tiene importancia biológicamente”,  es una característica de todas las especies complejas y se convierte en algo únicamente humano cuando la materia de la interpretación pertenece al dominio de los estados mentales. Esta capacidad es la que proporcionaría el paso final en la trascripción de la influencia genética en un patrón de conducta. El mecanismo interpretativo codifica la información genética en forma de tendencias, pero también modera la influencia genética modificando la percepción que el niño tiene de su mundo de objetos.


Sabemos que este modulador  entre genotipo y fenotipo es una capacidad que depende de forma crucial de la respuesta sensible de los cuidadores tempranos a los estados emocionales del bebé. Una función vital de la relación temprana  -que se suele sumar al concepto de apego cuando en realidad  lo sobrepasa- es el contexto que la relación infante-madre provee para la adquisición de la comprensión de los estados mentales: los componentes básicos de la autoorganización y la subjetividad. Existe una amplia literatura empírica que traza el desarrollo de esta capacidad en las primeras relaciones objetales (Jaffe y col., 2001).


Existen estudios que relacionan déficits concretos en la sensibilidad parental con formas de psicopatología posterior. Uno de los aspectos más intrigantes y aparentemente paradójicos de la especularización afectiva parental durante las interacciones de regulación afectiva es el hecho de que cuando el bebé se halla en un estado negativo, la figura parental presenta el reflejo de una emoción negativa al tiempo que consuela adecuadamente al bebé. ¿Cómo interpreta el bebé la expresión de afecto negativo por parte de una figura parental y cómo es posible que la manifestación de una emoción negativa desempeñe un papel decisivo en la contención/modificación del estado emocional del bebé?


Gergely  y Watson (1996), analizando en una  microestructura relacional la así llamada sensibilidad materna sugieren contundentemente que la respuesta parental sensible implica en la práctica dos parámetros: uno de correspondencia o contingencia entre lo que siente el niño y lo que responde emocionalmente la madre; el otro parámetro, es la  comunicación de la diferencia entre lo que siente la madre y el niño. Acuñan el término marcación para designar al hecho de que cuando una madre está especularizando acciones del infante,  las acciones maternas que comunican al infante tienen la cualidad de que lo que está mostrando no es su propio sentimiento sino una representación de la percepción que ella tiene de la experiencia del infante -por ejemplo, cuando el niño siente dolor, la madre puede decir con un rostro que simula parte de la expresión del bebe pero acompañado de un "¡pobrecito, cómo te duele!", dicho con tono cariñoso no sufriente. Las madres que pueden “marcar o señalar” su expresión emocional añaden así un conjunto especial de atributos a la expresión del afecto del niño que las diferencia claramente de su propia expresión de afecto, y esto  parece ser el factor clave que permite consolar al infante con bastante más rapidez. El infante capta que el estado emocional que la madre muestra tiene relación con el que él siente y  no  que la madre sienta exactamente  lo mismo que él.


Los autores sugieren que la especularización del afecto por parte del adulto que refleja el sentimiento del infante pero carece de esta marcación genera problemas evolutivos dentro del espectro borderline. Este patrón de especularización puede esperarse en madres que, debido a sus propias dificultades con la regulación emocional, se ven abrumadas por la angustia de sus infantes. Puesto que la especularización del afecto no está marcada, ésta no se desconectará del cuidador y se percibirá como correspondiente a una emoción parental real. El infante sentirá que su estado emocional es más peligroso y atemorizante puesto que parece contagioso. Dado que el infante atribuye el afecto especularizado a la figura parental, sentirá  que su propia angustia “está ahí fuera”, que pertenece al otro más que a sí mismo. A corto plazo, la percepción de la angustia correspondiente en la figura parental no regulará sino que aumentará el estado negativo del bebé, pudiendo dar lugar a la traumatización más que a la contención emocional.


Otro tipo importante de estructura especularizante desviada se produciría por la  dominancia de una especularización marcada pero incongruente. Pensemos en un infante cuya excitación erótica por el contacto físico induce en la madre angustia y enojo defensivo debido a sus conflictos en relación con la sexualidad. La madre puede proyectar su hostilidad defensiva sobre el infante y percibir la excitación libidinal del bebé como si fuera una agresión. Entonces podría modular el afecto (mal) percibido en su bebé: en vez de especularizar erotismo especularizará lo que es su propia agresividad, y la marcará con alguna modificación pero haciéndole sentir al bebé que ella está especularizando una conducta agresiva de éste. Debido a la marcación de la agresión especularizada, ésta se desconectará de la figura parental, y el infante sentirá que  el afecto especularizado está vinculado con su propio estado emocional originario. Sin embargo, puesto que la agresión especularizada es incongruente con el estado afectivo real de excitación sexual del infante, la representación secundaria de esta emoción primaria se verá distorsionada. Llegará a percibir su excitación como hostilidad. Para decirlo de un modo más general, la especularización marcada pero incongruente -no correspondiente al estado emocional del lactante- daría lugar a representaciones del self patológicamente distorsionadas.


El significado subjetivo en la transmisión intergeneracional


Los estudios de la regulación afectiva del bebé por parte del adulto, incluida su reactividad neurovegetativa, no dejan lugar a dudas acerca de que las interacciones tempranas moldean, modulan dimensiones que tienen un claro componente genético. Esto sucede también con las modalidades de apego para las cuales se ha evidenciado la importancia de componentes cerebrales innatos (Insel, 1997; Leckman y col., 2004).


Uno de los mayores méritos de la Entrevista de Apego para Adultos desarrollada por Mary Main (AAI) -el procedimiento que permitió a la teoría del apego dar un giro desde lo puramente etológico y conductual hacia el nivel representacional-  fue el de mostrar cómo un tipo de apego del adulto tiene una alta probabilidad de reproducirse en la siguiente generación. La entrevista hecha a la madre (un cuestionario sobre su propia experiencia de apego) se ha evidenciado como un excelente procedimiento para la predicción del sistema de cuidado que luego ésta empleará en la crianza del niño. Esta correlación es la que ha permitido entrever los mecanismos de la transmisión intergeneracional y ha sido empleada por numerosos investigadores en distintos países (Hesse, 1999). En el estudio de Fonagy y col. (1991) se mostró que la AAI aplicada a mujeres embarazadas tiene una alta capacidad predictiva del tipo de apego que presentará su hijo/a a los 12 y 18  meses de edad.  Madres que antes del nacimiento de su hijo manifestaron desapego en la narración de su propia infancia, tendieron en su mayor parte a tener bebés que se comportaban hacia ellas de forma notoriamente evitativa al reencontrarse en la condición experimental conocida como situación extraña. Los valores que aportan estos autores son muy impresionantes: un 75 % de concordancia entre lo que se detecta en la entrevista con la madre sobre cómo fue su apego y el tipo de apego que mostrarán luego sus hijos.  Encontraron también relación entre la seguridad del apego del infante al padre a los 18 meses y la entrevista realizada al padre antes del nacimiento del hijo


A diferencia de la clasificación sobre los patrones de apego en el infante, a quien se lo considera seguro o inseguro con respecto a uno de los padres, en particular con quien se lo está observando (un infante puede mostrar un apego seguro con la madre y evitativo con el padre), la ubicación  del adulto dentro de la categoría seguridad en la Entrevista de Apego para Adultos no se identifica con ninguna relación en particular. No se evalúa el apego de un adulto con relación a ninguna figura, ni del pasado ni del presente, y por lo tanto el análisis de la entrevista no permite clasificar al adulto como teniendo un apego seguro o inseguro. La entrevista del  adulto con el instrumento AAI, aun sin familiares vivos o después de un amargo divorcio, puede ser clasificada como segura/autónoma ya que lo que se codifica son estados de la mente con respecto a su historia global de los vínculos de apego, tal como se manifiesta en el contexto de la entrevista.


Como queda demostrado en la prueba de la Entrevista de Apego para Adultos,  lo importante en una relación no es tanto el grado de sufrimiento o frustración vivido sino si este hecho  se constituye en muro de piedra emocional, retenido como gesto o memoria corporal, o ha pasado a un registro simbólico que permite su circulación y transformación. De ahí que nos interese discernir en la medida de lo posible las modalidades fantasmáticas a partir de las cuales la madre ha dado significado a los acontecimientos de la crianza.


De acuerdo a los resultados de la aplicación de la prueba los padres pueden ser clasificados habiendo tenido una historia de apego: a) segura/autónoma; b) desentendida o despreocupada (no se enteran o no le dan importancia a los temas de apego); c) preocupada. La valoración como apego seguro no depende de la normalidad y ausencia de trastornos psicológicos del enunciante y de las vicisitudes de su infancia sino de la coherencia, autenticidad emocional y comprensión psicológica de su relato sobre la relación con sus padres. Puede ser un adulto que haya pasado situaciones traumáticas y no obstante ser categorizado como seguro/autónomo.  Otro ejemplo ilustrativo de que la valoración no depende de factores objetivos, sino de la capacidad del sujeto de otorgar sentido y comprender contextualmente lo sucedido.


De modo que la predicción del tipo de cuidado  que, de acuerdo a la AAI, se dará al infante  va a  depender no de la historia de la vida de la  madre en sí sino de la forma en que es contada, o sea, cómo ha sido procesada la experiencia, y no la experiencia en sí misma.  Mientras la historia de la vida de un individuo no puede cambiar, no obstante puede ser contada o reconstruida en muchas formas diferentes y este procesamiento diferente constituye la capacidad de modificación del destino.



La regulación bidireccional de la conducta


Estudios empíricos sobre microinteracciones cara a cara en la díada madre-infante muestran cómo la acción y la información es conjuntamente construida, esto quiere decir, regulada bidireccionalmente (Beebe y col. 1997).  La experiencia se realizó con madres y bebés de 4 meses filmados en dos tipos de observaciones:


 a) la regulación bidireccional del reflejo facial;


 b) estructuras de interacción de descarrilamiento (Chase-and-dodge)


Para el reflejo facial la escala está basada en la orientación, la mirada y las expresiones faciales. Por la velocidad del cambio se deduce que antes que el comportamiento del compañero esté terminado, el otro está empezando a hacerlo, de modo que ya se han creado esquemas anticipatorios faciales-visuales (la duración de los comportamientos está en el rango de 1/4 a 1/3 a 1/2 de segundos). El reflejar facialmente la cara del otro se considera un precursor de la empatía y una de las estructuras de interacción que contribuye a la organización presimbólica de las representaciones del sí mismo y del otro.


Ekman (1983) y Zajonc (1985) muestran que en el entonamiento emocional la expresión del otro está altamente correlacionada con el patrón de activación fisiológica. Una expresión particular de la cara está asociada a un modo particular de actividad autonómica, y reproduciendo la expresión de otra persona se produce un estado fisiológico similar en el espectador. Tronick (1989) aporta datos demostrando que en el transcurso de una interacción exitosa madre-hijo se corresponden sólo aproximadamente un 30% del tiempo, el resto del tiempo pueden estar ligeramente desentonados.


La segunda parte del estudio de Beebe encara las estructuras de ruptura y reparación del entonamiento interactivo. Cada madre puede sobrepasar así como no llegar a un óptimo nivel de estimulación. La instruccion que se le da a la madre es: "juega con tu bebé como lo harías en casa". La estructura de la interacción documentada a través de secuencias estadísticamente significativas es como sigue: mientras la madre se acerca a la cabeza del bebé, el bebé se mueve hacia atrás y hacia fuera. La madre después "persigue" moviendo su cabeza y su cuerpo hacia el bebé. Al mismo tiempo que le persigue, el bebé simultáneamente mueve la cabeza hacia fuera todavía más lejos. Estos ajustes mutuos son semisincronizados.


El bebé tiene poder de "veto", él puede impedir totalmente un encuentro visual con la madre. Aunque ésta es una interacción aversiva, su regulación es todavía bilateral, el movimiento de la madre hacia la cara del bebé influye en el movimiento de alejamiento del bebé, y los movimientos de alejamiento de cabeza y cuerpo del bebé de la madre influyen en la persecución de ésta. Se ha llamado al juego "perseguir y esquivar" pero también podría llamarse "esquivar y perseguir". La retirada del bebé provoca la intrusión de la madre y la intrusión de la madre influye en la retirada del niño.


Los sistemas diádicos desde el punto de vista de la comunicación son la base del concepto de organización interactiva de la experiencia y de las representaciones (Beebe y col. 1992). Madre-hijo construyen  conjuntamente un patrón secuencial de movimientos y reglas para regular estos movimientos a través de las dimensiones de tiempo, espacio, afecto y activación. Por repetición se crea la expectativa de un patrón característico de secuencias diádicas, junto con las consecuencias de la autorregulación que es el contenido de las representaciones del infante. Entonces lo que es inicialmente representado no es una persona, un otro, sino una relación: el sí mismo y el otro.


Lo que es representado es un fenómeno emergente de la diada que no puede ser descrito en base a cada compañero solo (Beebe y Stern, 1977). La estructura diádica inherente de estas representaciones implica que ambos roles en la interacción han sido experimentados. Esto puede explicar por qué en la vida adulta estas posiciones pueden ser intercambiables en la intimidad: masoquismo-sadismo, depredador-víctima, perseguidor-evitativo, abandonado-abandonador. Las estructuras de interacción son un código mutuamente organizado y mutuamente entendido en el cual cada rol implica su recíproco y ninguno puede ser representado sin el otro.


Conclusiones


Las comprobaciones de laboratorio van indicando  una dirección en torno a la causalidad de los fenónenos del desarrollo como un sistema de influencias bidireccionales de múltiples niveles en constante interacción.



 



Desde hace unos años venimos trabajando en un enfoque del desarrollo psíquico al que denominamos modular-transformacional en torno a la articulación de diversos sistemas motivacionales. Modelo complejo que rompe con explicaciones dinámicas monocordes y reduccionistas de la psicopatología y que trabaja en la práctica clínica con una concepción ampliada del paciente. Éste deja de ser el niño o el adolescente aislado y pasa a ser enfocada la relación parento-filial como la unidad de estudio y de transformación (Dio Bleichmar, 2000 y en prensa). No se trata de un enfoque familiar sino de la relación entre padres e hijos, lo que implica que se tendrá en cuenta cómo el mundo interno del niño ha sido configurado en el seno de la intersubjetividad con los padres. No obstante, este modelo ambientalista de la causalidad del trastorno psíquico no elimina el trabajo con la particularidad de la codificación de la experiencia  que el niño o adolescente haga,  sino todo lo contrario. Pero será esta interpretación o codificación infantil de la experiencia de la relación -que se expresa por medio de comportamientos de todo tipo- el foco del trabajo con los padres. Ellos deben adquirir la capacidad de otorgar significado relacional a la conducta de sus hijos. La terapia de padres e hijos restituye un desarrollo del niño que se halla detenido o perturbado y otorga a los padres herramientas para cumplir su papel de padres. Un enfoque terapéutico centrado en la co-acción  no puede eludir la ampliación de las capacidades de parentalización.


 


Bibliografía


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