Validez y validación del método psicoanalítico. Alegato sobre la necesidad del pluralismo metodológico y pragmático en psicoanálisis. (Alegato sobre la necesidad de pluralismo metodológico y pragmático en psicoanálisis)

Publicado en la revista nº018

Autor: Jiménez, Juan Pablo

Resumen


El método psicoanalítico ha sido idealizado desde los tiempos de Freud como un instrumento válido y confiable de conocimiento y eficacia terapéutica. Sin embargo, en las últimas décadas esta idealización ha colapsado y, desde un punto de vista epistemológico, se hace necesario diferenciar entre el valor heurístico del método clínico y los procedimientos de validación de las hipótesis generadas a través de la aplicación del mismo. El conocimiento psicoanalítico contemporáneo muestra una enorme pluralidad de posiciones teóricas y prácticas. Se sugiere para el psicoanálisis contemporáneo asumir una concepción pluralista que aplique estrategias de validación que, además de la coherencia y la correspondencia, combinen la utilidad del conocimiento como criterios de verdad.


Introducción


La actitud adecuada para indagar sobre los fundamentos del método psicoanalítico es la escéptica, en el sentido original del término griego. Skeptiomai significa “mirar cuidadosamente” (una cosa, o en torno), “vigilar”, “examinar atentamente”. Entonces, “escéptico”, originariamente significa “el que mira o examina cuidadosamente” antes de pronunciarse sobre algo. Freud hablaba de una exposición genética –en oposición a una dogmática–, cuando en su discurso iba argumentando y fundamentando sus dichos. En mi presentación me restringiré sólo a algunos aspectos del tema de la relación del método con la realidad que se trata de conocer (o de modificar), asunto que se inscribe dentro del problema general de la validez (y de la validación) del método psicoanalítico. Dejaré sin tocar otros importantes tópicos como, por ejemplo, el candente asunto de la extensión de la aplicabilidad del método. Tampoco me adentraré en la discusión de si el psicoanálisis es o no es una ciencia, o de las condiciones que debería cumplir para poder ser considerado como tal (véase Strenger 1991; Wallerstein 1993).


Antes de entrar en materia, debo referirme brevemente a dos cuestiones generales. Se tiene un método cuando se sigue un cierto “camino”, odos, para alcanzar un cierto fin propuesto de antemano. Este fin puede ser el conocimiento o también el logro de algún bien determinado (p.ej., la “verdad” personal o la curación). Un método es, ante todo, un orden manifestado en un conjunto de reglas. Por definición, el método debe poder ser usado y aplicado por cualquiera que siga las reglas. Esta condición fue establecida por Descartes, cuando en su Discurso del método indicó que las reglas metódicas propuestas eran reglas de invención o de descubrimiento (reglas heurísticas) que no dependían de la particular capacidad del que las usara. Por cierto que un método dado puede ser usado mejor o peor, pero eso tiene poco que ver con el método mismo. Este punto cobra importancia cuando se considera la relación entre training analítico y aplicación del método. A veces pareciera que la aplicabilidad y la validez del método psicoanalítico se hace depender demasiado del hecho de haber sido “bien” analizado – lo que significa: largamente analizado por un analista didáctico reconocido por la IPA.


En segundo lugar, hay que distinguir entre la heurística, esto es, el “método de invención o descubrimiento”, y la demostración de la verdad de lo descubierto (verificación). Esta última consiste en hallar la razón por la cual una proposición es verdadera. El método, en cambio, trata de hallar la proposición que se supone verdadera. Si bien el asunto de la verificación es un problema no simple que ha ocupado a muchos filósofos, es algo pertinente de plantear aquí, pues, en psicoanálisis, se tiende a confundir la heurística con la verificación de los enunciados y, a mi entender, existen fundadas razones para afirmar que esta confusión ha mantenido al psicoanálisis estancado durante décadas en su progreso.


Práctica clínica y conocimiento psicoanalítico


Un amplio consenso sustenta la afirmación de que los conocimientos psicoanalíticos surgen de la llamada situación psicoanalítica y desde ahí hay que entender la definición que Freud dio en 1923 en el artículo de enciclopedia: "Psicoanálisis es el nombre: 1° De un procedimiento para la investigación de procesos anímicos apenas accesibles de otro modo. 2° De un método de tratamiento de trastornos neuróticos que se funda en esta investigación y 3° de una serie de conocimientos psicológicos logrados por tal vía que poco a poco crecen hasta amalgamarse en una nueva disciplina científica" (1923a GW, p.211; la traducción es mía).


Lo primero que llama la atención en esta definición es que la definición de método se aplica tanto al procedimiento de investigación de los procesos inconscientes en la situación clínica, como al tratamiento mismo. En otra parte, Freud señaló que  Para Freud entonces, el carácter bifronte del método (hermenéutico y terapéutico) es único y específico del psicoanálisis. Sin embargo, si en un momento esta “preciosa conjunción” fue considerada “una ganancia científica” y el “rasgo más preclaro y promisorio del trabajo analítico”, desde que Adolf Grünbaum (1984, 1993) criticara agudamente el uso del así llamado “argumento de la coincidencia” (2) para fundamentar la unión inseparable entre interpretación y cura, la afirmación del Junktim requiere de urgente reconsideración.



"En psicoanálisis existió desde el comienzo mismo una yunta (1) entre curar e investigar; el conocimiento aportaba el éxito (terapéutico), y no era posible tratar de enterarse de algo nuevo, ni se ganaba un esclarecimiento sin vivenciar su benéfico efecto. Nuestro procedimiento analítico es el único en que se conserva esta preciosa conjunción... Esta perspectiva de ganancia científica fue el rasgo más preclaro y promisorio del trabajo analítico." (Freud 1927a AE, p.240; la cursiva y la traducción son mías).


 


Es fácil ver que en la definición dada por Freud se establece un encadenamiento triangular estrecho entre el procedimiento interpretativo, –psicoanálisis como hermenéutica–, el método de tratamiento, –psicoanálisis como terapéutica– y la serie de conocimientos psicológicos (y psicopatológicos) –psicoanálisis como ciencia. En este triángulo, la hermenéutica conduce a la terapéutica y ambas a la teoría; a su vez, la teoría se constituye en teoría de la técnica la que, en una suerte de circularidad, codetermina, ahora como heurística, a la hermenéutica y a la terapéutica. Toda la discusión posterior a Freud sobre la validez del método psicoanalítico como método clínico, se relaciona con el grado de autonomía –versus heteronomía– epistemológica que se le asigne a este encadenamiento.


Freud tenía la fuerte convicción de que la observación clínica sola poseía la confiabilidad y la validez necesaria para sustentar el marco teórico y técnico del edificio psicoanalítico. Considérese la siguiente respuesta de Freud, en 1934, a Saúl Rosenzweig, quien le había enviado varios reprints de investigaciones experimentales basadas en hipótesis psicoanalíticas: "Estimado señor, he examinado con interés sus estudios experimentales para la verificación de proposiciones psicoanalíticas. No puedo dar mucho valor a tal confirmación porque la abundancia de observaciones confiables sobre las que tales proposiciones descansan las hace independientes de verificación experimental“ (citado Talley y cols. 1994, p.XIX; la cursiva es mía).


Esta respuesta parece también mostrar que la distinción entre método de descubrimiento y procedimiento de demostración o verificación no era particularmente relevante para Freud. El fundador del psicoanálisis tampoco parece haber considerado seriamente las diferentes exigencias metodológicas que surgen de la distinción entre método de descubrimiento de la verdad y demostración de la misma, por un lado, y utilidad de ese conocimiento, por el otro; es decir, las complejidades de lo que actualmente se llama investigación de la relación proceso y resultados.


En las últimas décadas, sin embargo, el método clínico tradicional como la fuente única de conocimiento analítico ha sido objeto de muchas críticas, tanto desde fuera como desde dentro del movimiento psicoanalítico. Esto llevó a Wallerstein (1993, p.96) a afirmar que “el método... clínico ya no es suficiente como la única avenida para acrecentar el conocimiento psicoanalítico. Él debe ser suplementado con esfuerzos más rigurosos y sistemáticos de investigación sobre el proceso psicoanalítico según se despliega realmente, si es que hemos de tener una base de credibilidad para nuestros reclamos por el estatuto de ciencia”.


En el mismo sentido, para Thomä & Kächele una teoría de la técnica psicoanalítica bien fundada exige distinguir entre los siguientes componentes independientes: Curación, obtención de nuevas hipótesis, prueba de las hipótesis, exactitud de las explicaciones y utilidad del conocimiento (1989 p.428).


En este punto quisiera entregar mi opinión diciendo que la relación entre método interpretativo, terapia y ciencia psicológica es mucho más compleja de lo que Freud pensó. Creo que, de hecho, tanto el cambio terapéutico como la construcción de la teoría surgen también de otras fuentes, además de aquellas reconocidas por el modelo triangular descrito más arriba. En suma, sostengo que la técnica es más que la aplicación de la teoría y, al revés, que la teoría tiene también otros orígenes, más allá del diván. Más aún, creo que en la misma obra de Freud es posible mostrar que la definición de la enciclopedia es demasiado esquemática e ignora otros factores que influencian la práctica del cambio terapéutico y la construcción de la teoría psicoanalítica (Esman 1998).


El punto crucial de los problemas epistemológicos del psicoanálisis parece estar precisamente en la compleja relación de la teoría con la práctica. Este fue un problema descuidado históricamente y al que actualmente se le da creciente importancia (Thomä y Kächele 1985 cap. 10; Fonagy & Target 2003 cap. 13). Fonagy & Target (2003 p.284) plantean cuatro condiciones que debiera cumplir la acumulación de observaciones clínicas para fundar adecuadamente la teoría psicoanalítica. Estas son: a) Una vinculación lógica entre la teoría y la técnica; b) un razonamiento deductivo en vez de inductivo en relación con el material clínico; c) un uso no ambiguo de los términos y conceptos, y d) la disposición a exponer más el trabajo clínico al escrutinio público. Por cierto, como espero que quede claro al final de esta presentación, ninguna de estas condiciones son cumplidas adecuadamente por nuestra disciplina.


En relación con el punto a), Fonagy & Target ofrecen seis argumentos a favor de la tesis de que la práctica psicodinámica no es lógicamente deducible de ninguna teoría clínica psicoanalítica. Estos argumentos son:


1. La técnica psicoanalítica se desarrolló en base al ensayo y error.


2. Los psicoanalistas reconocemos no entender cómo funciona el tratamiento


3. En cien años, la técnica de tratamiento ha cambiado mucho menos de lo que lo ha hecho la teoría.


4. Como sucede con el resto de las orientaciones terapéuticas, hay poca evidencia de que la efectividad del tratamiento analítico resida en sus intervenciones específicas.


5. La misma teoría puede generar diferentes técnicas, del mismo modo como la misma técnica puede ser justificada desde diferentes teorías.


6. Más que una teoría de la técnica, el psicoanálisis es una teoría general sobre el funcionamiento psicológico aplicado a la comprensión de los trastornos mentales y, en menor medida, a otros aspectos de la conducta humana (literatura, artes, historia, etc.)


De este modo, la tesis general que constituye el trasfondo de mi presentación es que a lo largo del siglo veinte el método psicoanalítico sufrió un proceso de idealización que comenzó con el mismo Freud. En los últimos treinta años, sin embargo, esta idealización empezó a colapsar siendo progresivamente reemplazada por una cierta perplejidad, la que hace algún tiempo llevó a Robert Wallerstein (1988, 1990) a preguntarse si había uno o varios psicoanálisis y si acaso había un terreno común que unificara las diferentes escuelas de pensamiento psicoanalítico en los finales del siglo (véase Jiménez 2000).


Validez y validación del método psicoanalítico


Concentrémonos ahora en el problema de la validez del método psicoanalítico. Desde un punto de vista epistemológico, “validez” se refiere al hecho de que una proposición sea aceptada como verdadera; por “validación” entiendo el proceso según el cual se establece la validez de una proposición. En términos generales, es conveniente distinguir (como ya propuso Kant), entre la validez de un conocimiento y el origen de este conocimiento pues, aun cuando se admita que los conocimientos proceden de la experiencia, puede aceptarse que no todos los conocimientos son válidos en virtud de su origen en la experiencia. Aquí nos encontramos nuevamente con la pertinencia para el psicoanálisis de la distinción, introducida por Reichenbach (1938), entre el contexto del descubrimiento o generación de hipótesis y el contexto de justificación (verificación, demostración, validación) de las mismas, proceso que exige ir más allá de la mera validación clínica. Para Rubovitz-Seitz, la “validación interpretativa durante el tratamiento de pacientes depende de estrategias para detectar y corregir el error: chequear, revisar, comparar y seleccionar construcciones alternativas. [Con todo], –agrega–, una validación postanalítica definitiva, requiere de un registro del proceso analítico que el analista pueda estudiar sistemática y retrospectivamente tan detalladamente como sea necesario” (Rubovits-Seitz 1992, p.162). Esto significa que no basta afirmar que una teoría psicoanalítica o un enfoque técnico determinados surgieron de la experiencia clínica para aceptarlos como válidos. Más aún, desde un punto de vista actual, la afirmación de Freud de 1934 de que “la abundancia de observaciones confiables sobre las que tales proposiciones descansan las hace independientes de verificación” puede calificarse de dogmática. Es necesario insistir en este punto, pues el panorama actual del conocimiento psicoanalítico se caracteriza por su extrema pluralidad. A lo largo del último siglo, “el campo parece haberse movido desde una posición monista relativamente unificada dominada por Freud hacia una posición diversificada que acomoda diferentes perspectivas de otras figuras carismáticas” (Hamilton 1996, p.310).


Fragmentación del conocimiento y pluralismo teórico


En todo caso, existe un grave problema en los procesos de acumulación de conocimiento clínico –el tercer pilar de la definición freudiana de psicoanálisis– que, de acuerdo con Freud, deberían "amalgamarse" hasta constituir una disciplina científica. A diferencia de otras ciencias, en psicoanálisis los conocimientos, más que acumularse ordenadamente, parecen "amontonarse" sin mucha "disciplina", hasta el punto de que Fonagy (1999) habla de fragmentación del conocimiento psicoanalítico y Thomä de la “apariencia caótica del psicoanálisis moderno” (2000, p.821). En psicoanálisis, más que pluralismo –en realidad una descripción eufemística de la situación–, existe una mera pluralidad o, peor aún, fragmentación teórica, pues carecemos de una metodología que se aplique sistemáticamente a la confrontación de las diferentes teorías y posiciones. Este desarrollo no parece haber sido previsto por Freud ni por la primera generación de psicoanalistas. Considérese esta cita de Ferenczi, escrita en el contexto de la introducción del análisis didáctico a fines de la década de los veinte: "En la técnica psicoanalítica ha habido mucho, y todavía hay, que ha creado la impresión de que implica un factor individual... Esto se ha debido principalmente a que en psicoanálisis parecía haber una "ecuación personal" que parecía ocupar un lugar mucho más importante del que corresponde aceptar en otras ciencias... A partir del establecimiento [del análisis didáctico], la importancia del elemento personal que corresponde al analista ha ido decayendo cada vez más... Tengo la impresión definida de que desde la introducción [del análisis didáctico] las diferencias en la técnica psicoanalítica tienden a desaparecer" (Ferenczi 1966 [1928], pp.78s, la cursiva es mía). La historia se encargó de desmentir esta predicción –que demostró no ser más que otra idealización.


En la última década se han agregado importantes argumentos en contra de la posibilidad de construir una ciencia psicológica sobre la base de la acumulación y de la puesta en común de datos logrados a partir de la "escucha" de analistas individuales en sesión (véase Jiménez 1994). Al introducir la regla de la "atención parejamente flotante", Freud pensó en un inicio en que era posible una "lectura" imparcial del "material" apoyado en las asociaciones libres del paciente. Sin embargo, poco después cayó en cuenta de la existencia de "puntos ciegos" que introducían un sesgo sistemático en la escucha analítica. La introducción del análisis didáctico debía entonces resolver ese problema. En palabras de Ferenczi: "Todo aquel que ha sido cabalmente analizado... llegará inevitablemente a las mismas conclusiones objetivas en la observación y el tratamiento del mismo material psicológico 'crudo' y adoptará, en consecuencia, los mismos métodos y técnicas para manejarlo" (Ferenczi 1966 [1928] p. 78; la cursiva es mía). Sin embargo, a finales de siglo existen buenos razones para afirmar que el núcleo "duro" con el que se topó Freud en sus Recomendaciones de 1912, a saber, los complejos resistenciales del analista o "puntos ciegos", son estructuras cognitivas irreductibles, aún al análisis didáctico más largo y exitoso. Por razones de principio entonces, es imposible una escucha homogénea que conduzca al consenso colectivo.


La razón última de esto parece estar en el hecho de que, aparte de lo que el paciente dice y hace en sesión –y que puede ser directamente observable–, todo el resto es inferido y pertenece a la esfera de la hermenéutica, del conocimiento interpretativo. Toda certeza en psicoanálisis y toda la teoría psicoanalítica, está entonces basada en tales inferencias, depende de interpretaciones.


En todo caso, la falta de consenso entre analistas parece haber sido un problema ya en los inicios. A fines de los años veinte se pensó que el análisis personal obligatorio mantendría la unidad teórica y técnica del psicoanálisis, y desde entonces el sello de calidad pasó a llamarse “identidad analítica”. Por cierto, la institución psicoanalítica también “ayudó” delimitando los límites de la disidencia. En vez de buscar la solución del disenso en la reflexión epistemológica y en la aplicación sistemática de métodos externos de validación, se lo hizo depender demasiado del factor individual (y del análisis personal obligatorio). Todo esto lleva a pensar que en psicoanálisis predominó durante mucho tiempo una concepción monista, es decir, el supuesto de la existencia de una verdad psicoanalítica “única”. Este monismo parece continuarse hasta nuestros días a través de los incontables intentos –por cierto fallidos– de describir de manera unívoca la llamada “especificidad” del psicoanálisis. La misma argumentación se puede aplicar al concepto de “identidad psicoanalítica”. No es necesario agregar que, en psicoanálisis, la ilusión monista sólo puede sostenerse desde una postura dogmática, sea ésta entendida en cualquiera de las siguientes dos acepciones: (1) como la confianza absoluta –que no deja lugar a las dudas razonables– en el conocimiento logrado a través del método psicoanalítico clínico y en la efectividad de tal conocimiento en el trato diario y directo con los pacientes y (2) como la completa sumisión –sin examen personal– a unos principios o a la autoridad que los impone. Desde luego, el dogmatismo sólo se puede sustentar desde posiciones teóricas totalizantes. En su tiempo, Joan Rivière dijo de Melanie Klein: “Ella ha producido algo realmente nuevo en psicoanálisis, ... una teoría integrada que, aun cuando está en sus comienzos, da cuenta de todas las manifestaciones psíquicas ... y no deja ninguna brecha insuperable o fenómenos pendientes sin establecer su relación inteligible con el todo” (citada por Jordán, 2004). No parece temerario sospechar detrás del entusiasmo idealizador de esta analista, por lo demás, notable, un estado mental monista y dogmático, que adhiere con absoluta confianza a una teoría “integrada” (¿debiera decir “totalitaria”?) que pretendidamente lo ilumina todo.


La confianza absoluta –y excluyente– en el método clínico como forma de validación ha tenido importantes consecuencias para el desarrollo de la teoría y de la práctica psicoanalítica, las que se pueden resumir en una sola palabra: aislamiento. El aislamiento auto impuesto, tanto de las ciencias médicas como de las psicológicas, es quizás el mayor obstáculo para que el psicoanálisis se haga un lugar en la mesa de la academia del siglo veintiuno. El desarrollo del psicoanálisis, independiente de los progresos de las ciencias neurocognitivas, ha conducido a una pérdida considerable de la validez externa de las teorías psicoanalíticas. Las dificultades de integración con las disciplinas vecinas y la “splendid isolation” (Freud) se ha visto reforzada por la idealización del método psicoanalítico y del uso del estudio tradicional de caso único como medio exclusivo para lograr conocimientos.


Si el psicoanálisis está basado en teorías y datos clínicos que se supone son inferidos de los eventos que se despliegan entre paciente y analista en el consultorio, entonces los informes sobre casos clínicos deberían formar el núcleo de la literatura científica psicoanalítica. Sin embargo, éste no es el caso: publicaciones de relatos más o menos completos sobre tratamientos analíticos escasean. De hecho, los datos clínicos de nuestra literatura tienden más y más a consistir en viñetas o instantáneas más que en relatos completos. Éstas sirven de apoyo a las más diversas y contradictorias teorías, las que, desde luego, se dan por fundamentadas antes de siquiera plantearse la pregunta de si son o no compatibles con afirmaciones surgidas en disciplinas vecinas o, por lo menos, en otros enfoques psicoanalíticos.


La multiplicidad de escuelas psicoterapéuticas y orientaciones psicoanalíticas ha complicado enormemente el asunto de la validez del método psicoanalítico y abruma al clínico con una cierta presión a tomar posición frente a las corrientes de pensamiento. Basta presenciar una discusión basada en material clínico para comprobar que analistas de diferentes orientaciones llegan a conclusiones muy diferentes respecto de los contenidos mentales de sus pacientes. Esta tendencia a la fragmentación del conocimiento psicoanalítico va más allá de los límites de la Asociación Psicoanalítica Internacional y no tiende a disminuir sino, al revés, se amplía y colorea cada vez más: la pluralidad teórica y práctica en psicoanálisis es así una realidad incuestionable.


Sesenta años después de la muerte de Freud, la diversidad dentro de la IPA es un hecho reconocido. Las diferencias de opinión ya no son zanjadas expulsando a los disidentes, como solía ser el hábito. La lucha del fundador y de sus discípulos por preservar la “unidad” del movimiento psicoanalítico es historia. Naturalmente, en la etapa de extrema pluralidad en que nos encontramos, la institución psicoanalítica debe enfrentar la tarea de encontrar métodos que puedan clarificar tanto las similitudes que definen el common ground como las diferencias entre las distintas posiciones. Uno de los límites del pluralismo está definido, precisamente, por la pregunta acerca del impacto de las teorías sobre el cambio terapéutico, pregunta cuya respuesta exige la aplicación de metodologías adecuadas.


Esta observación es válida, pues, para muchos, el psicoanálisis se entiende como una empresa de auto conocimiento que se justifica a sí misma. La curación podrá llegar entonces “por añadidura”. Más aún, algunos opinan que el psicoanálisis ganó mucho al quitarse de encima el peso de la curación. Desde luego, tal postura tiene cierta legitimidad como regla heurística, pues cuando se trata de descubrir nuevas significaciones, es necesario desapegarse de las representaciones conscientes y mantener un estado mental de abertura. Pero, no importando lo que se diga, no es imaginable que un analista analice sin algunas expectativas de cambio en su paciente. Más aún, concuerdo con Gunderson & Gabbard en que “el establecimiento de metas terapéuticas claras es importante si se quiere que las terapias psicoanalíticas se desarrollen y mantengan su credibilidad”. En mi experiencia como supervisor también he observado tratamientos que serpentean interminablemente. “Algunas veces –agregan estos autores–, tales tratamientos suelen justificarse recurriendo a la distinción entre metas ‘analíticas’ y metas ‘terapéuticas’”.


Con todo, que el psicoanálisis no pueda desentenderse de su carácter y de su vocación terapéutica se debe también a motivos estrictamente epistemológicos. Hasta Paul Ricoeur, uno de los defensores del paradigma hermeneuticista en psicoanálisis, considera que el éxito terapéutico constituye un criterio autónomo de validación. Y esto es así, porque cada una de estas escuelas y orientaciones reclaman éxitos terapéuticos. Todas ellas alegan tener éxito en remover síntomas, en empatizar con sus pacientes y en entender la etiología de los trastornos que los llevaron a consultar. Además, la llamada “paradoja de la equivalencia” –según la cual hasta el momento no ha sido posible demostrar la superioridad terapéutica de algún tipo de psicoterapia–, refuerza la afirmación de Grünbaum de que el psicoanálisis no ha aportado ninguna prueba de que sus resultados terapéuticos se deban a la verdad de las interpretaciones dadas a los pacientes y no al efecto placebo.


Frente al hecho innegable de la pluralidad de teorías psicoanalíticas, nos queda la alternativa del pluralismo. En psicoanálisis, las distintas ideas rara vez entran en un contacto verdadero de modo de poder discernir la parte de verdad que cada una contiene, las teorías más bien parecen yuxtaponerse sin modificarse o, cuando sí se tocan, suelen mezclarse de manera idiosincrática y caprichosa. A mi modo de ver, un psicoanalista pluralista –y prefiero decir pluralista y no ecléctico, porque en español eclecticismo tiene un sentido peyorativo–, es aquel que en su trabajo clínico integra aspectos plausibles de distintos orígenes, pero intentando –con una actitud reflexiva– mantener la coherencia, lo que de ninguna manera es tarea fácil. En un trabajo reciente, Jordán (2004) sugiere que la capacidad del analista de descubrir nuevas correlaciones trabajando en la sesión con su paciente, y con ello de analizar con “sentido común” (Bion), depende de su capacidad de “moverse” mentalmente entre dos o más sistemas teóricos. Por cierto, un psicoanalista pluralista no cree que una proposición pueda ser falsa y verdadera al mismo tiempo, o que todas las teorías sean equivalentes –no es un relativista–, sino más bien asume que ciertas teorías no son mutuamente compatibles desde el momento en que describen diferentes realidades con supuestos y enfoques diferentes. Pero, precisamente, la capacidad de sostener en la mente distintas perspectivas teóricas sin cancelarlas prematuramente, crea las condiciones para que surjan interpretaciones novedosas frente al emergente clínico.


No es infrecuente que en las discusiones psicoanalíticas se plantee la cuestión de si acaso las diferentes teorías no pudieran haber surgido del tratamiento de diferentes tipos de pacientes. Si este fuera el caso, entonces las diferencias teóricas e interpretativas podrían ser atribuidas a descripciones de realidades diferentes, manteniéndose así a salvo la posibilidad de que exista una única interpretación posible frente a una situación clínica particular (monismo). Esto podría ser parcialmente verdadero; sin embargo, hay signos que apuntan a que el problema del consenso es mucho más profundo pues en la última década se ha confirmado que aún en el caso de material proveniente de un mismo paciente las interpretaciones varían considerablemente (Pulver 1987a 1987b; Bernardi 1989). Naturalmente, esto plantea la duda de si, en principio, es posible alcanzar un consenso clínico mínimo. Entonces, más que hablar de “pluralismo” en el panorama psicoanalítico actual, habría que hablar de pluralidad, diversidad o de fragmentación del conocimiento (Fonagy). El punto relevante para nuestra discusión reside no sólo en constatar la diversidad de teorías y enfoques psicoanalíticos, sino en preguntarse por la posibilidad de diálogo o articulación entre ellos pues, si el psicoanálisis pretende constituir una disciplina, la confirmación de que el conocimiento psicoanalítico está en un proceso de fragmentación creciente y sin vuelta atrás, lo condena a la dispersión y a su eventual desaparición.


En cualquier caso, por razones de principio, en psicoanálisis el monismo no es sustentable y el dogmatismo debe dar paso a un moderado y sano escepticismo. Victoria Hamilton, en su fascinante libro sobre los procesos preconscientes del analista, afirma que “para hacer su trabajo, los analistas presionan en contra de lo desconocido, tanto en sus analisandos como en ellos mismos. Ellos no pueden desentenderse y tomar un respiro del compromiso emocional” –agregando que– “quizás más que cualquier otro profesional, los analistas deben llegar a ser maestros en el manejo de la incertidumbre” (Hamilton 1996 pp.312 y 311). Esto significa que, no importando la amplitud o la fuerza explicativa de las teorías que el analista pueda utilizar, siempre habrá áreas de escepticismo: “Nadie sabe realmente –afirma Hamilton–, incluso los pensadores más consistentes practican inconsistentemente y de maneras que son más personales e idiosincráticas. Hay demasiadas incertidumbres”. (Hamilton 1996 p.317; cursiva en el original). Rubovits-Seitz (1992) describe 15 factores que contribuyen a las dificultades, limitaciones e incertidumbres de la interpretación clínica. Estos factores potencian el formidable problema del sesgo de confirmación, según el cual el analista se termina topando con lo que busca, creyendo que lo ha encontrado. Este es también el tema de la circularidad y de las profecías auto cumplidas, el problema del así llamado círculo hermenéutico (Thomä & Kächele 1975).


Para Fonagy (1999), problemas relativos al razonamiento inductivo explican la sobre abundancia de teorización y la fragmentación del conocimiento psicoanalítico y son, en última instancia, responsables del aislamiento secular del psicoanálisis de las dos ramas mayores de actividad científica que pertenecen al mismo campo: la neurobiología y la psicología.


La estrategia básica de construcción de teoría en psicoanálisis calza dentro del llamado “inductivismo enumerativo” (esto es, la acumulación de ejemplos consistentes con una premisa). Al tratar un paciente tenemos acceso a un conjunto de observaciones que surgen de la evaluación y evolución del proceso terapéutico. A partir de esta muestra, relevamos ciertas observaciones como “hechos seleccionados” y, en base a ellas, extraemos conclusiones sobre cómo se comporta generalmente nuestro paciente y sobre las razones de por qué lo hace de esa manera. El analista estará así predispuesto a fijarse en aquellos aspectos de la conducta del paciente y de la relación con él que hacen sentido en términos de los propios constructos teóricos privilegiados. Desde luego, estos últimos también han surgido de observaciones formuladas en las “teorías clínicas” de otros analistas, construidas a propósitos de otros casos clínicos (Fonagy 2003, p.287). Klimosky nos enseña que el problema planteado por el método inductivo “es el de cómo es posible establecer leyes científicas, puesto que son proposiciones universales, en tanto que los datos que en cualquier momento poseemos son en número finito. ... La única solución consiste en admitir que cuando los datos son en número suficientemente grande y no hay ningún caso en contra, entonces es legítimo pasar a la ley y a la generalización. ... En la práctica científica hacemos inducciones, pero más bien para pasar de los datos a las hipótesis generales. Hacer una inducción –continúa Klimosky–, no tiene valor probatorio, puesto que la muestra de datos, por grande que sea, no agota la población. Y es bien posible que fuera de la muestra esté escondida la oveja negra, el contraejemplo que invalida la generalización. En realidad, no hay ninguna inferencia correcta que permita verificar una generalización a partir de un número finito de datos. El método inductivo –finaliza Klimosky–, pertenece al contexto del descubrimiento, ya que en sus aplicaciones lo que realmente se obtiene es una hipótesis, que no pasa de ser una conjetura que habría que investigar [por otros métodos] para saber si es o no válida” (Klimosky 2004, p. 67).


Coherencia y correspondencia como criterios de verdad en psicoanálisis


En psicoanálisis es posible encontrar enfoques hermeneuticistas, –que defienden el punto de vista de la coherencia–, en competencia con enfoques constructivistas –que sostienen la correspondencia como criterio último de verdad (Hanly 1990). De acuerdo con la noción de coherencia, la verdad de las hipótesis interpretativas reside en el establecimiento de una “constelación confirmatoria” (Ricoeur 1977) que junte los criterios de coherencia, consistencia interna e inteligibilidad narrativa. Carlo Strenger hace notar que de los escritos de los autores defensores del paradigma hermeneuticisma no es posible extraer más especificación de aquello en lo qué consiste la coherencia narrativa.


Debo introducir aquí un breve excurso para entender más sobre la concepción hermeneuticista en psicoanálisis,. El término se deriva de la palabra griega hermeneuo (yo explico mis pensamientos con palabras, expongo, interpreto, aclaro, traduzco). La palabra hermeneuo descansa sobre una raíz que aproximadamente significa “hablar”. El término “hermenéutico” fue acuñado a comienzos del siglo XVII para describir el procedimiento de la interpretación de textos. El desarrollo de la hermenéutica fue esencialmente influido por la exégesis de la Biblia. Las disputas de los teólogos con los expertos en hermenéutica queda documentada, por ejemplo, en el principio de Schleiermacher según el cual lo que se logra primero no es un entendimiento, sin o más bien un malentendido. De este modo, el entendimiento como problema queda circunscrito a la epistemología: es necesario saber algo, tener un preconocimiento, antes de poder investigar algo. Hirsch expone así el problema del “círculo hermenéutico”:


  Sin embargo, si bien este modelo contructivo-correctivo sirve para guiar la validación en el trabajo clínico cotidiano, es decir, para el proceso interpretativo dentro de la sesión, de acuerdo con la estrategia de ensayo y error descrita por Rubovitz-Seitz, la coherencia narrativa no es suficiente como criterio de verdad para la validación de la teoría psicoanalítica como conocimiento nomotético. Además de demostrar coherencia interna, las proposiciones teóricas deben ser consistentes con el conocimiento generalmente aceptado, incorporado en disciplinas vecinas, y ser coherentes con él (Strenger 1991, p.186 ss). Por lo demás, desde el punto de vista del sentido común epistemológico este es un requisito estándar para cualquier teoría científica.


“El círculo hermenéutico está basado en la paradoja de que debemos conocer el todo, de manera general, antes de conocer una parte, en tanto que la naturaleza de la parte como tal está determinada por su función en el todo más amplio. Por supuesto, desde que podemos conocer el todo sólo a partir de sus partes, el proceso de interpretación es un círculo. Las experiencias que interpretamos, deben, por compulsión lógica, seguir el modelo circular. Pero, desde el momento en que debemos, en algún sentido, preconocer el todo antes de que conozcamos una parte, entonces, toda experiencia está preconstituida por el contexto total en que es experimentada. En este modelo, es imposible poner entre paréntesis una parte de la experiencia y separarla del total de la vida experimentada. Lo que en un momento dado conocemos, lo conocemos “preconceptualmente” y está constituido por la totalidad de nuestro mundo y, ya que el mundo cambia en el tiempo, así también los objetos (para nosotros) cambian lo que el mundo preconstituye” (Hirsch 1976, vol. 1, p.5 cursiva en el original).


En contraposición con este círculo hermenéutico, como un círculo vicioso, Hirsch propone un nuevo modelo, sacado de la moderna investigación psicológica y psicolingüística, con cuya ayuda puede quebrarse el círculo, de tal manera que sea posible la validación. Esta es, según Hirsch, posible, cuando se parte de la idea de esquemas corregibles, en el sentido de Piaget:


“Toda cognición es análoga a la interpretación, al basarse en esquemas corregibles, un término muy útil que he tomado de Piaget.  El modelo de los esquemas corregibles es, creo, un modelo más útil y exacto que aquel del así llamado círculo hermenéutico. A diferencia de un preconocimiento inalterable e inescapable, un esquema puede ser radicalmente alterado y corregido. Un esquema plantea un rango de predicciones o expectativas que, si se realizan, confirman el esquema y, en el caso contrario, llevan a su revisión. El que este proceso constructivo-correctivo, de composición y de comparación, es inherente a la recepción de habla, es algo que ya ha sido demostrado por los psicolingüístas, quienes han mostrado, por ejemplo, que las expectativas basadas en un esquema dado (una palabra), no sólo influencian la interpretación de los fonemas, sino que pueden causar que éstos sean radicalmente mal interpretados. Sin embargo, los fonemas inesperados pueden también conducir a revisar o corregir la palabra que esperamos. Aquí tenemos una evidencia muy fuerte de que los aspectos más elementales de la interpretación verbal siguen las mismas reglas básicas que nuestra percepción e interpretación del mundo, la cual ha recibido poca atención de la hermenéutica [en su teoría de la interpretación]. La universalidad del proceso constructivo-correctivo y de los esquemas corregibles en todos los dominios del lenguaje y el pensamiento, sugiere que el proceso mismo de comprender, en sí mismo, es un proceso de validación” (Hirsch 1976, cit. por Thomä & Kächele 1985, p. 23; cursiva en el original)


 


Parece ser entonces que la aplicación exclusiva del criterio de coherencia es el factor que ha conducido a la fragmentación del conocimento en psicoanálisis. Entonces, si se quiere detener este curso no deseado, los procesos de validación de hipótesis psicoanalíticas exigen moverse hacia la búsqueda de una “coherencia ampliada” o correspondencia externa, esto es, de la validación en un contexto distinto de la situación analítica. Además, una interpretación amplia de la consistencia incluye la validación convergente y predictiva (Holt 1961). El objetivo de ésta es expandir el “círculo hermenéutico” dando un paso más allá del texto, para encontrar consistencia con observaciones hechas en un “con-texto” diferente de aquel en el cual las hipótesis fueron generadas (Wallerstein 1993, Main 1995). El cambio de contexto está dado aquí por el uso de un método de investigación que no es el método psicoanalítico clínico (Thomä & Kächele 1975). El supuesto que subyace a esta búsqueda es que hay “algo ahí fuera” que, aun cuando seamos incapaces de aprehenderlo total y homogéneamente, actúa como un referente y como una condición a priori del diálogo psicoanalítico, tanto entre el paciente y su analista, dentro de la comunidad psicoanalítica, como también entre el psicoanálisis y el mundo académico y científico.


En el mismo sentido, Fonagy (1999) propone algunas estrategias de validación. De entre ellas, sólo menciono la primera, titulada “fortalecimiento de la base probatoria (evidence base) del psicoanálisis”, de acuerdo con la cual el psicoanálisis “debería desarrollar vínculos más cercanos con métodos alternativos de recolección de datos, disponibles en las ciencias sociales y biológicas modernas”. De esta manera, “la convergencia de pruebas desde varias fuentes de datos (clínica, experimental, comportamental, epidemiológica, biológica, etc.) proveerá el mejor apoyo para las teorías de la mente propuestas por el psicoanálisis” (p.45). Recientemente Fonagy & Target han revisado las teorías psicoanalíticas más importantes y comparándolas sistemáticamente con los de investigación empírica en psicopatología evolutiva. Esta naciente rama de la psicología evolutiva promete ser un buena perspectiva de comparación (desde el “bebé observado”) para delimitar los alcances del llamado (por Stern) “bebé clínico”.


La utilidad del conocimiento como criterio de verdad


Si bien la estrategia de la correspondencia no puede ser subvalorada, la consideración del psicoanálisis como método de tratamiento –cuyo objetivo es el cambio terapéutico–, nos exige recurrir además a otro criterio de validación, que sugiero considerar junto a los presentados por Hanly en 1990. Este es la utilidad del conocimiento como criterio de verdad.


El psicoanálisis no puede ignorar su naturaleza y vocación terapéuticas (Sandler & Dreher 1996), no sólo por la necesidad de dar cuenta a la sociedad de sus resultados, sino también por razones estrictamente epistemológicas. Incluso Ricoeur, uno de los campeones de la defensa de la coherencia como criterio último de verdad y de la validez del paradigma hermeneuticista en psicoanálisis, considera que “el éxito terapéutico... constituye... un criterio autónomo de validación” (Ricoeur 1977, p.868).


El criterio de utilidad que propongo tiene sus antecedentes en una cierta tendencia de la filosofía contemporánea que se aproxima a una noción de verdad que, sin caer en un completo irracionalismo, procura evitar los problemas que suscitaba una concepción meramente intelectualista de la verdad. Esta concepción contemporánea de verdad se acerca a la noción bíblica de emunah, según la cual la verdad de las cosas no es un asunto de la relación entre la realidad y su apariencia (adequatio), sino de su fidelidad frente a su infidelidad. Entonces, lo verdadero se define en un contexto interpersonal, verdadero es quien es fiel, quien cumple sus promesas. Richard Rorty (2000, p.81), pragmatista moderno, plantea que “la contribución central [del pragmatismo] es su crítica a la idea que el conocimiento y la verdad deben ser entendidos en términos de conformidad con, o de representación exacta de las maneras como las cosas realmente son”. Rorty entiende esta crítica como un movimiento orientado a sustituir la razón, entendida como la facultad de monitoreo de la verdad que gradualmente conforma nuestras mentes a los contornos de lo realmente real, por la imaginación, como la habilidad de encontrar descripciones nuevas y más aprovechables de nosotros mismos y de nuestro entorno.


Dentro de esta tendencia general, William James afirma que sólo hay cosas verdaderas que a la vez son principios prácticos y que se confirman como verdades por sus consecuencias: “La prueba última de lo que significa una verdad es, sin duda, la conducta que dicta o que inspira” (en “Philosophical Conceptions and Practical Results” [1898], citado por Ferrater Mora, 1969). La verdad resulta así de toda noción y de todo acto dirigido hacia el bien, es una forma o especie del bien. En contraste con la concepción de la verdad como correspondencia (más cercana al realismo) y a la verdad como coherencia (más cercana al idealismo y al racionalismo), la orientación vitalista y pragmática postula que una proposición es verdadera cuando “funciona”. Que una proposición “funcione” significa que nos permite orientarnos en la realidad y llevarnos de una experiencia a la otra. Así, ninguna proposición es aceptable como verdadera si no posee valor para la vida concreta. La verdad se concibe como algo esencialmente abierto y también como algo en constante movimiento. La verdad, en suma, no es nada “hecho” o “dado”, es algo que continuamente “se hace” dentro de una totalidad a su vez en proceso de “hacerse” constantemente. En esto, los pragmatistas siguen a Hegel, padre de la concepción dinámica, al afirmar que debemos concebir nuestro progreso moral e intelectual no como un acercarse progresivo a un objetivo preexistente, sino como un proceso de autocreación, que logra síntesis dialécticas siempre mayores y mejores, incorporándolas a nuestra autoimagen y ampliando de este modo el horizonte de nuestro propio ser. En el mismo sentido, para Nietzsche, “la verdad no es un valor teórico, sino tan sólo una expresión para designar aquella función del juicio que conserva la vida y sirve a la voluntad de poderío.” “La falsedad de un juicio no es una objeción contra ese juicio. La cuestión es hasta qué punto estimula la vida, conserva la vida.” (Citado por Hessen 1938, p.49).


Aun cuando Rorty sugiere que “el uso principal uso principal que la filosofía pragmática puede tener para el psicoanálisis es ayudar a detener la tendencia casi obsesiva de los psicoanalista de plantearse cuestiones como “¿es el psicoanálisis un ciencia?”, “¿fue Freud un científico o un literato?” o “¿es posible verificar objetivamente los supuestos psicoanalíticos?” (Rorty 2000, p.822), lo que hace pensar que la posición pragmática pudiera desincentivar los intentos de aumentar la base probatoria del psicoanálisis, creo que la concepción pragmática de verdad es adecuada para describir la experiencia de cambio a lo largo del proceso psicoanalítico y, por paradójico que suene, para estimular la investigación empírica en proceso y resultado. La idea fundamental es preocuparnos más de los problemas que nos traen los problemas y de las soluciones a éstos, es decir, del asunto de la utilidad del conocimiento en psicoanálisis.


En nuestra práctica clínica –sea en el encuadre psicoanalítico clásico o en amplio espectro de las psicoterapias psicoanalíticas–, trabajamos con pacientes, a veces por largo tiempo y, a pesar de los fracasos terapéuticos inevitables, comprobamos que ocurren cambios positivos. Este proceso de cambio no parece ser tan sólo el producto del establecimiento de una buena relación terapéutica, sin perjuicio de lo importante que ésta pueda ser. Los psicoanalistas trabajamos con la asunción, que nos parece ver confirmada una y otra vez, de que en el curso del tratamiento toma lugar un proceso gradual de descubrimiento y de formulación de la “verdad” más íntima de nuestros/as pacientes. Analista y paciente sentimos que el progreso de este último se relaciona con una creciente comprensión de su vida mental y de su biografía. Esta es la experiencia que subyace a la creencia de que la cura no está basada en la creación de un útil mito ad hoc. Más bien, tendemos a pensar que la cura es la combinación de experiencias emocionales intensas inducidas por el trabajo interpretativo y por el logro de una coherencia narrativa que refuerza la plausibilidad de las interpretaciones.


Al mismo tiempo, a mi modo de ver tal concepción pragmática de verdad da apoyo a la investigación empírica contemporánea en psicoanálisis. En la etapa en que ahora se encuentra el psicoanálisis –de pluralismo extremo–, debe enfrentar la tarea de encontrar metodologías que puedan clarificar tanto las similitudes que definen la base común como las diferencias entre las diversas posiciones. “Al formularnos nuevas preguntas, nos vemos enfrentados a los mismos antiguos problemas de cómo las teorías influencian el pensamiento y la acción terapéuticos” (Thomä 1999, p.821). En este sentido, los límites del pluralismo están definidos, precisamente, por la cuestión acerca de los factores curativos, cuya respuesta exige investigación empírica en proceso y resultados (Thomä 2000).


Sin embargo, Carlo Strenger nos recuerda que, en psicoanálisis, “la comparación entre teorías y prácticas alternativas... es... más complicada de lo que un no pluralista pudiera suponer. Ésta incluye diferentes tipos de operaciones intelectuales. Por cierto, una de ellas puede ser la investigación empírica sobre la eficacia relativa de los enfoques terapéuticos. Sin embargo, aún aquí, entra a jugar una complejidad adicional. Dado que las formas de terapia pueden estar guiadas por perspectivas diferentes, pudiera no ser posible traducir la terminología de las unas en los estándares de salud mental de las otras.  Por lo tanto, la comparación empírica directa debe estar precedida por la investigación conceptual cuidadosa de la cuestión acerca de los puntos en los que los enfoques son conmensurables (3). La posición pluralista implica que el resultado de tal investigación puede ser bastante frustrante y hasta es posible que no se pueda encontrar alguna base común de comparación” (Strenger 1991, pp.160f; la cursiva es mía).


A pesar de los riesgos y las dificultades, sugiero que el psicoanálisis contemporáneo no tiene otra elección más que asumir una posición pluralista que aplique estrategias de validación basadas no sólo en la coherencia y en la correspondencia, sino también en la utilidad del conocimiento como criterio de verdad.


NOTAS


(1) Strachey tradujo el término alemán (del ámbito jurídico), Junktim, por “unión inseparable”.


(2) “La solución de los conflictos y la superación de sus resistencias sólo se logra si se le han dado las representaciones-expectativas que coinciden (tally en la S.E.) con su realidad interior [del paciente]” (Freud 1916-1917 p.412; la cursiva es mía).


(3) “La práctica (empírica) psicoanalítica sin conceptos es ciega, los conceptos psicoanalíticos sin práctica psicoanalítica (empírica) son vacíos.” (Dreher 2000 p.7).


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