¿Histeria infantil o grados variables de sexualización externa? Historia de Débora

Publicado en la revista nº019

Autor: Dio Bleichmar, Emilce

Este trabajo forma parte del libro Psicoterapia de la relación entre padres e hijos, de próxima aparición en Ediciones Paidós, Barcelona, 2005, y se reproduce con autorización de la editorial.


Fui consultada por una madre joven, mujer inteligente y sensible, preocupada por una actividad sexual "pronunciada y prematura" de su hijita de 5 años. Fue en el año 1984, antes de la ola de desvelamiento de los abusos sexuales en la infancia, cuando en aquellos años ni los medios científicos, ni los publicitarios se habían hecho eco de estas experiencias infantiles. Los hechos relatados por la madre eran los siguientes: ella había observado que en algunas oportunidades anteriores, de forma esporádica y siempre en relación con alguna situación identificable, si la niña se emocionaba o se exaltaba, se tocaba los genitales. A la madre no le había llamado la atención con anterioridad, pues consideraba normal y hasta lo veía con beneplácito que en algunas oportunidades se masturbaba de forma espontánea y sin rodeos. Pero últimamente la había sorprendido mirándose los genitales en el espejo a solas, saltando con una amiguita, excitadas, bajándose las bragas y dándose besos. Cuando la interroga sobre esos juegos, Débora le dice que se los enseñó su primo Jorge de 11 años (hijo de una hermana materna). El cuñado habla con su hijo, quien desmiente la versión de Débora. La madre tenía una excelente relación con su hija, y tratando de enterarse sin dramatizar, le propone a la niña que jueguen a papá y mamá y después a Jorge y Debie. La niña elige "ser Jorge". Durante el juego que se despliega, en un momento Debie-Jorge "cierra la puerta" e interrumpe el juego. Cuando la madre la incita y propicia el diálogo, la niña agrega que fue invitada tanto por su primo como por un amigo suyo -Jimmy- y que ambos "le enseñaron" esos juegos. Averiguando quién es Jimmy, resulta ser el hijo de un amigo del padre con quien se encuentran en el club, donde el padre la lleva los domingos.


Se trata de una pareja separada desde los 4 años y 6 meses de la niña. Ambos, prestigiosos profesionales, habían pasado una temporada en el extranjero donde había nacido Débora. Cuando la niña tiene 3 meses vuelven a Venezuela, donde transcurren sus primeros años sin ningún dato de relevancia. La niña había sido una fuente de alegría permanente para ambos, pues se destacaba por lo activa, rápida, graciosa e inteligente. La pareja empieza a no entenderse y la madre y la hija se trasladan a la casona de los abuelos maternos, donde el padre las visita a diario hasta que se decide la separación definitiva. Desde hacía aproximadamente seis meses el padre venía a buscarla los fines de semana y la niña los pasaba en su antiguo hogar, o lo acompañaba en los viajes que hacía por el país. El episodio que la niña cuenta sobre lo acontecido un domingo en el club es que Jimmy, detrás de unos arbustos, le había enseñado y le había dicho cosas feas: "Tu mamá es una perro caliente" (hot dog -perro caliente- traducción literal usada en Venezuela). Doble impacto en la madre, preocupación por las actividades de su hija tan pequeña sin una supervisión materna, y malestar profundo por la dureza y obscenidad de la expresión utilizada "tu mamá es una perro caliente". Si la madre se debatía entre otorgar o no credibilidad a lo que su hija decía y a la posibilidad de haber sido iniciada por varones mayores en juegos sexuales, a partir de esta frase ella misma se halla implicada. Complejo entramado de sospechas, temores, fantasmas y hechos. Ante mi pregunta de cuál era su postura o qué es lo que ella pensaba, agrega que está realmente confundida y alarmada. En un principio, cuando su cuñado le afirmó que su hijo estaba sorprendido y que no había evadido el tema ni había mostrado ningún signo de ansiedad o turbación, se inclinó a pensar que la niña lo había inventado todo y lo había desechado. Lo conectó con otro episodio de teatralidad y engaño que había conmovido a la familia: la niña había hecho creer a la asistenta que se había caído por las escaleras y estaba lastimada, ya que se había pintado con esmalte de uñas rojo para simular las heridas.


Niña sumamente verbal, conversadora, le gusta que le cuenten cuentos y ella misma inventa sus propias versiones. Con su abuela ve "los culebrones" por televisión. Es muy cariñosa y espera fervientemente que la madre llegue del trabajo para estar con ella y conversar de todo lo que ha sucedido en el día. En esos momentos se enfurece si las interrumpen en sus juegos o diálogos. Cuando nos centramos en la relación con su padre, la madre comenta que al comienzo de la separación la niña le gritaba: "Quiero vivir con papá, cásate con Charlie” (nombre del padre), y considera que Debie a veces castiga a su padre cuando viene a buscarla, lo hace esperar y manifiesta que no va a ir con él, pero cuando lo ve "se derrite". A la vuelta de un fin de semana de viaje había dicho: "No me gustan los hoteles, ni los restaurantes, papá sale con una mujer que es una niña como yo. Belky se bañó conmigo pero con bragas como tú".


La consulta se plantea en términos detectivescos, ¿la niña fabula? ¿Se trata de una novela de mujer seducida, potenciada por una multiplicidad de factores encadenados, la separación de sus padres en tanto componente traumático-vivencial, y la nueva pareja del padre que la expone a una escena primaria exhibicionista en el pico agudo de su vínculo edípico? Belky la ha sustituido vilmente en sus deseos y simulacros de pareja exclusiva con el padre y el carácter novelesco de los fines de semana propiciaban el perfil de un padre-galán más que un padre paternal que juega con la niña. ¿Existieron los juegos sexuales con Jorge y Jimmy? ¿La expresión "Tu madre es una perro-caliente” fue realmente proferida por el niño o es una frase escuchada en el culebrón, desplazada y puesta en boca del niño en la reconstrucción que Debie hace al recordar una escena en la cual ella se sentía excitada por la seducción infantil, pero utiliza a su madre como protagonista de algo que considera prohibido? ¿Esta trama es totalmente imaginaria y ha transcurrido en el escenario de su mente, del espejo, del autoerotismo y a lo sumo de la puesta en acto con la amiguita, o ha existido un cierto abuso por parte de niños bastante mayores que ella? La madre había logrado trasmitirme sus dudas y preocupaciones y yo me preguntaba sobre su propia situación psicológica. ¿Cómo se sentía ella frente a la separación matrimonial y la nueva pareja del padre, de la cual Debie pasaba a ser no sólo informante, sino protagonista? Parece haberse dado una suerte de enroque vivencial; la niña había pasado a estar en el lugar de la madre, o al menos de una mujer adulta con exuberante vida sexual, y la madre era la inocente, fuera del juego, excluida, confundida y asustada de lo que sucedía a su alrededor, sin control alguno sobre ello.



Primera sesión con la niña


Es una niña muy hermosa, vestida de forma muy graciosa, de actitud despierta y pícara, entra muy desenvuelta y se dispone inmediatamente a dibujar sin que yo casi termine de presentarme y decirle cuál era el motivo de la entrevista.


Débora: ¿No tienes rosadito? Voy a hacer una pitufina. (Dibuja y dice que tiene los zapatos de ballet. Me la muestra.) ¡Mira!


Terapeuta: Parece una bailarina. ¿Cuántos años tiene?


D: 5.


T: Parece más grande.


D: ¡Es que soy más grande! Estoy en […] (se refiere a la clase del preescolar donde concurre). Me gusta más Verónica que Débora, pero a mi novio le gusta más Débora.


T: ¿Quién es tu novio?


D: Jacqueline (me mira controlando mi reacción). Ya lo boté, porque es más grande..., Jimmy, le encanta dar besos de novio y no los soporto. ¿Quieres que le haga mejor los zapatos de ballet? Ya está (agrega flores).


D: ¿Te gustan mis flores? Ya te dije que soy una artista. ¿Tú viste a Michael Jackson y sus monstruos? Yo no le tengo miedo, cuando era bebé sí le tenía, pero ahora soy una niña muy valiente. A mí no me asusta y a Jorge sí. Otro novio que boté: Jorge. Se fija en uno de los juguetes: ¡Una cocinita, lo, lo, lo! Una nevera, (abre la puerta y la cierra, se vuelve abrir). ¡No tiene imán! Aquí tengo la palabra de los negritos. Canturrea: "Canta, canta, negrito que tu madre está en el campo… (Parece menos excitada en este momento, se queda un rato observando los juguetes del hogar y vuelve a la mesa tomando los lápices.) "Yo sé escribir mi nombre… Parece desganada y garabatea sin centrarse en nada.


Le pido que dibuje una persona.


Ésta va a ser la última, te voy a dibujar las hermanas de Lila Morillo (es una cantante que tiene muchos programas de show por TV).


¡Qué boca tan roja!


Esos vestidos pueden ser de Lila Morillo, es una payasa. (Se pone a investigar el interior de un rotulador verde). Un chorro así de grande, verde… (Colorea desordenadamente). Es un parque, ¿cómo lo quieres, bonito o feo? Bonito nunca lo puedo hacer feo. (Colorea y colorea un buen rato.)


T: ¿Te acuerdas de algún sueño?


D: Alguien me contó el cuento de Margarita. ¡Ay, no me acuerdo, cónchale!


¿Tú tienes hijos? (Colorea un árbol rojo. Se ensucia la punta del dedo con rojo y me lo muestra. Descubre el castillo entre los juguetes.) ¡Un palacio! Yo lo tengo, pero me falta la carroza.


Llama la atención por su desenfado, entra en contacto inmediato conmigo como si me conociera de siempre sin la menor inhibición inicial. Dibuja directamente con rotuladores y utiliza sobre todo el color rojo una y otra vez. Casi también de inmediato se refiere a temas románticos –novios- y se ufana de ser ella quien se desprende de ellos. ¿Se refiere a la separación de sus padres y trata de identificarse con quien abandona y no con quien es abandonada? El escenario que despliega es el de los adultos que la rodean intensificado por la escena televisiva de los culebrones que ve con su abuela. Parece que sus heroínas –ideales del yo- son efectivamente los ídolos de la televisión, mujeres adultas, atractivas que despiertan admiración. De la temática de parejas pasa a Michael Jackson, los monstruos y a la afirmación de que ella es muy valiente. Parece claramente una negación maníaca de sentimientos de amenaza ante tanto esfuerzo de desenfado y protagonismo adulto cuando ella, en realidad, es una niña que está jugando. Pero este matiz es el que se perfila como alterado; cabe interrogarse en este punto si ya no se trata de una “niña que se hace la mayor”, de un como si ella fuera adulta, de un verdadero juego, desde el momento que aparece en su relato Jimmy. Jimmy ya no es un personaje que se introduce por la ficción de la pantalla, es un niño amigo de su primo con quien ella comparte períodos de convivencia. ¿Se refiere a que la relación con ese chico la asusta y trata de convencerse de que ella domina la situación diciendo enérgica “yo lo boté”? ¿El discurso desmiente un acontecimiento vivido en lo real o se trata sólo de un despliegue escénico de una niña muy fantasiosa? Esta hipótesis parece confirmarse al producirse un momento de inflexión de la temática del juego hacia los juguetes y los intereses de niña: la nevera y el mobiliario del hogar. También se produce un cambio de estado de ánimo, ¿el contexto lúdico y los juguetes la remiten a su sensación de soledad e indefensión de niña y esto es lo que no tolera? ¿El escenario de la televisión le proporciona una posibilidad de huída maníaca y grandiosa a una supuesta identidad prestada de adulta famosa o simplemente a evocar la compañía de su abuela, con quien comparte los programas? ¿No se anima a confesar que está muy asustada, que tiene alguna sensación de feo en todo eso y niega y se ríe como una payasa? No obstante, vuelve a insistir en las bocas remarcadas de rojo intenso y el comentario sobre el supuesto chorro del rotulador en el marco de un bosque muy verde nos remite a la sospecha sobre un acontecimiento real vivido (¿juegos sexuales entre los arbustos del club con Jimmy y su primo en los que ella participa y es testigo de una eyaculación?).



A continuación le pregunto por un sueño, pregunta que la interrumpe en el curso asociativo que desplegaba y que sólo puede explicarse como un momento de ansiedad contratransferencial. Ante el riesgo de estar comprobando que efectivamente la niña ha estado participando en juegos sexuales de cierto riesgo, ya que la diferencia de edades es marcada, especialmente con Jimmy, que es el que ella menciona, introduzco un desvío hacia la vida imaginaria; ¿Es esta angustia la que lleva a los adultos a preferir pensar que se trata de exageraciones y veleidades de una niña dada a la fantasía? Lo que debemos tener presente es que también las niñas despiertas y fantasiosas pueden participar de experiencias sexuales de riesgo. Su respuesta es curiosa, superpone sueño y cuento; ¿son equivalentes para ella, ya que si los cuentos hablan de princesas y príncipes, de parejas y romances y ella desea ser protagonista de alguno, se le confunden uno y otros? No atina a articular ninguno, se irrita y rápidamente invierte los términos y es ella quien me interroga a mí. Sensibilidad narcisista al quedar ubicada como la niña que no sabe. Pero parece que mi ansiedad no ejerció efecto disuasorio alguno y la temática sexual insiste con más fuerza aún: directamente hunde los dedos en pintura roja y pinta un paisaje totalmente rojo.



Segunda sesión


Débora: Tuve un sueño: que había un incendio y un vampiro, sólo existían Diana y yo y Jorge, y venía una candela y nos quemaba a todos. Jorge es mi novio… lo boté a Jimmy sin decirle nada. Yo nunca fui a la casa de él, ese brutico, "pipiolito", me parece que es un pipiolo.


Un niñito grande en el colegio, Natán, le abrió la puerta… (me mira y se calla).


Terapeuta: ¿Y?


D: Y le vio el pipí. ¡No, no, si era una nena! ¡No! Era en la casa de Julie, el hermano más grande fue… la agarró y la llevó al baño, la metió en el baño y le quitó toda la ropa, la pantaleta (bragas o bombachas). El hermano quería agarrar a todas las niñitas, pero yo volando, ¡tenía alas! …y él me decía: "ya te voy a agarrar, tonta".


T: ¿Agarrarte para qué?


D: Sólo desnudarme, no tocarme la tutula, no!!! Y Natán le pega a su papá. Y si estuviera mi novio lo atacaría, es bien musculoso, le sacaría un ojo. Y cuando él estaba desnudo, yo le abrí la puerta y todos lo vieron. Para que no le falte el respeto a las niñitas, que son más delicadas… Las niñitas se pueden dar golpes, ellas, pero los de los hombres les duelen mucho, pegan mucho. Yo le dije a mi mamá que se casara con Michel Jackson. Todas las mujeres en Venezuela están enamoradas de él, pero a ellos no les gusta que las mujeres les den besos… Voy a dibujar a la muñequita. Andaban como los indios, sin ropa.


T: Me dijeron que a ti también te gusta andar sin ropa.


D: Sólo con los niñitos, no con las niñitas porque tenemos "tutula" igual.


T: Claro, los niñitos tienen pipí


D: ¡¡Pero a mí me gusta más la tutula que el pipí!! (Me raya el papel donde estaba escribiendo. Sigue dibujando, siempre usa el color rojo. Vemos una hormiga en la pata de la mesa. La mata sin ningún temor.)


T: ¿No le tienes miedo a los bichitos?


D: Ni a las tarántulas, ni a las cucarachas, ni tampoco a la oscuridad. (Garabatea en el papel donde yo estoy escribiendo). Parece un castillo encantado. (Se refiere al garabato que me ha hecho. Dibuja en mi papel un gatito. Se llama Minouche. (Ve las acuarelas.) ¡Ah, las pinturas! ¿A que no sabes quién está metiendo el dedo en las pinturas? ¡Débora! Voy a hacer nubes, como las hago yo, blancas. Le voy a pedir las pinturas a mamá. (Sale de cuarto y vuelve con la pintura de labios de la madre: Mi mamá me deja pintarme la cara. Se pinta en el espejo con el rouge la boca, y con las acuarelas se pinta de blanco alrededor de la boca (como los payasos) y con rotulador rojo las mejillas.)


En este segundo encuentro aparecen más indicadores que permiten una presunción mayor hacia acontecimientos realmente vividos:


* insistencia y casi única temática en torno a juegos sexuales


* detalles específicos y al mismo tiempo secundarios pero que contextualizan la experiencia


* cierta vaguedad y falta de coherencia en el relato.


A su vez, el comportamiento de Débora plantea ciertas reservas para concluir en la afirmación de los juegos sexuales de riesgo. Débora hace gala de sus conocimientos en materia sexual y exhibicionismo de los mismos, se sabe impresionando a los adultos con su desenfado. Lo primero que me dice es que su novio es una chica ¿ella entiende lo que está insinuando o ella misma se interroga ante esas realidades humanas que escucha y ve en la televisión? ¿Sus juegos sexuales con niñas y su propia excitación con ellas la perturban en términos de atribuirles un significado o simplemente busca saber si está permitido o no hacerlo, ya que parece que nadie toma ninguna medida ante los mismos? La ficción –Michael Jackson, Lila Morillo- se mezcla sin solución de continuidad con sus amiguitas, primos y personas de su entorno. ¿La realidad duplica la ficción o la ficción ilustra la realidad que vive? No hay duda de que el contenido simbólico de la expresión gráfica es altamente erótico, así como las ocurrencias y sus comentarios sobre el desnudarse ante chicos, ¿es esto una pura representación, como el episodio de mostrarse herida y convocar la compasión de los adultos, o es un pedido a éstos para que reparen que se halla muy alarmada, tiene miedo y se siente dañada corporalmente? Vampiros, tarántulas, indios, oscuridad y niños “bruticos” también aparecen en su discurso. ¿Se siente desprotegida y necesita que alguien se haga cargo de que es una niña de 5 años?


Pareciera que por el tipo de vida que lleva, fines de semana de viaje y en diferentes hoteles compartiendo las experiencias de una pareja de adultos en pleno romance amoroso, exceso de contenidos temáticos acerca de la vida sexual y amorosa de los adultos, y la falta de límites, se halla expuesta a un exceso de escena sexual. ¿Es esto lo que la incita a actuar como una adolescente que a principios de los años 80 anticipa en veinte años el desenfado actual?


Ella tiene un gran orgullo de poder estar a la altura de una adolescente, y de una adolescente experimentada –no una “pipiolita”-; cuando le pregunto si se acuerda de algún sueño evita la respuesta, pero a la siguiente sesión comienza relatándome uno ¿real o inventado? De cualquier modo su contenido es altamente erótico –incendio, candelas- y descriptivo de algún juego sexual que ha vivido. Nuevamente, a la par del erotismo exaltado aparecen contenidos de renegación de sus temores recurriendo a mecanismos maníacos, haciéndose la payasa y pintándose la cara.


 


Cuando al descubrimiento de la sexualidad se le suma un exceso de estimulación y/o el abuso


Como hemos estado desarrollando, la instauración de la sexualidad infantil se establece en dos tiempos. Tempranamente los niños son erotizados en la intimidad de los cuidados de su cuerpo y buscan la reproducción del placer por medio de actividades autoeróticas, sin conocimiento sobre el significado de estas experiencias más allá de su carácter placentero. Cuando la señora Graf, después de bañar a Hans, al empolvarlo trata de no tocar sus genitales, Hans le pregunta:


H: ¿Por qué, por qué no me pones los dedos allí?


M: Porque es una porquería.


H: ¿Qué es? ¿Una porquería? ¿Y por qué?


M: Porque es indecente.


H: (riendo) ¡Pero me gusta!


(Freud, 1909, pág. 19).


Será luego cuando los niños acoplen sus experiencias autoeróticas (dedos en la vagina o en el pene, o en el ano) con el significado de las relaciones sexuales, se interroguen y busquen información que complete sus incertidumbres. Cuando Debie y su amiguita se miran los genitales en el espejo podrían haber estado ambas en esta búsqueda personal. Pero si en estos momentos se le suma la oferta sexual desde la escena adulta que sobreexcita a la niña y la dispara en la dirección de competir y rivalizar con la pareja del padre por el padre, podemos encontrarnos con una niña que se halla muy dispuesta para el juego sexual sin represión alguna. A su vez, si se dan las condiciones de ausencia de límites o de mirada adulta que tenga en cuenta esta eventualidad, con el agregado de juegos con niños varones mucho mayores, el abuso está servido. La modalidad a través de la cual se expresa esta problemática es la corriente en niños pequeños, la experiencia sexual excita, tiene algo de secreto (entre los arbustos), como es íntima la relación entre adultos y se comparte y se comenta con los adultos de forma casual. Estas características son indicativas de la ausencia de una significación sexual claramente establecida con su consabido correlato de prohibición o conducta inadecuada. La instancia moral y crítica que podría exigir desde lo intrapsíquico “olvidar”, o sea reprimir, y en cierto modo desactivar la motivación y el interés sexual, no se hallan aún constituidas.


Lo que caracteriza el historial de Débora es la falta de represión. ¿Es este aspecto lo que ha llevado a considerar a estos cuadros como histeria infantil, la falta de represión que hace que el contenido sexual, en lugar de aparecer en forma muy indirecta, simbolizado, o como gestos esbozados pero no completos y de manera velada en la conducta como sucede en la expresión normal de la etapa genital infantil? Una condición similar de falta de represión podemos observar en Dylan, 8 años, que juega representando el papel de Spyderman y su analista debe ser el ladrón. Cada vez que Dylan-spyderman captura al ladrón recibe 20.000 francos y una recompensa que consiste en una excursión a un sitio –Marbella- donde hay mujeres. Cuando llega allí hay dos mujeres que los están esperando para hacer el amor. El niño entonces se abalanza sobre el diván y dramatiza el coito de forma abierta. Cambia de posición exclamando “¡qué bueno es esto! ¡¡no tan fuerte!!” El terapeuta lo interpreta como una fantasía y le dice que Dylan se imagina pero no puede ver ni oír, aunque quisiera hacerlo, y explica que opta por esta comprensión ya que el hombre-araña puede simbolizar la tela de araña que esconde lo que él quisiera ver (Rodríguez, 2000). Pero lo que introduce un factor de duda sobre el carácter del juego como simple escenificación de una fantasía es la poca represión o, mejor dicho, el fracaso de la represión en la creación de una escena imaginaria. Éste puede ser un indicador que nos guíe en la discriminación del espectro de situaciones por las que atraviesan los niños en su desarrollo sexual, desde la normal y necesaria escenificación de sus fantasías conscientes e inconscientes sobre la sexualidad adulta, una excesiva estimulación que reciban por parte de los adultos o de las circunstancias que viven, hasta el carácter traumático de un abuso. Las modalidades clínicas difieren. En la tramitación normal del período de sexualidad infantil, cuando los niños adquieren el significado sexual de los órganos genitales y su función en el coito y en la reproducción, lo que los lanza al escenario de la sexualidad adulta despierta en ellos sentimientos muy complejos –asombro, excitación, envidia y deseos de ocupar algún lugar en la misma situación-, pero esto cursa con cierto grado de represión, de encubrimiento, de simbolización para el mismo protagonista del descubrimiento. Una prueba de ello es el hecho de que pocos adultos recuerdan estas vicisitudes de sus vidas. Es un asunto privado, que cursa en secreto entre niños, con hermanos o pares se puede comentar, pero raramente con los adultos, y menos con los mismos padres, que son segregados y apartados. Este es el indicador de normalidad, lo que Freud consideró la razón principal de la amnesia infantil, la presencia de curiosidad, o sea, de deseo de saber, y simultáneamente de ocultamiento a la conciencia. Éste es el indicador fundamental de normalidad.


No parece que sea el caso de Débora, es demasiado estridente su descubrimiento, sus juegos sexuales muy pronunciados, falla la represión y hace su aparición el desborde emocional de una experiencia que no se puede ocultar. La pulsión sexual se halla desatada y la experiencia clínica recogida en los últimos años sobre los casos frecuentes de abuso sexual nos lleva a interrogarnos, cuando somos testigos de estas formas abiertas y violentas de aparición de la escena sexual, si no existen grados –variables- de hiperestimulación o abuso por parte de adultos o niños mayores:






Indicadores de presunción de hiperestimulación o abuso sexual


- Interés exagerado en temas sexuales, románticos, de la vida de relación amorosa y sexual de los adultos.


- Precocidad exagerada en modalidades de relación propias de la relación entre adultos: seducción, coqueteo y búsqueda de contacto erótico.


- Modelos de identificación en personajes de ficción o del espectáculo que van moldeando una forma de expresión teatral de los sentimientos y las emociones.


- El contenido de la subjetividad pareciera estar capturado por un mundo de ficción que le da un carácter de irrealidad.


- Una frontera imprecisa entre imaginación, ensueños y ficción.







Con respecto a los criterios para valorar la verosimilitud del relato o material presentado por el niño Débora cumplía con la mayoría de ellos:


- Impresión de espontaneidad, que lleva consigo cierto grado de imprecisión, de desorganización, de dudas, de idas y vueltas en la manera en que el niño recuerda los hechos.


- Capacidad de ir más lejos en los detalles, con algún elemento nuevo o periférico.


- Contextualización de los hechos dentro de un marco plausible (espacio, tiempo, circunstancias).


- Capacidad de describir secuencias de interacción y de conversación muy concretas.


- Detalles no comprendidos pero exactos, inusitados o muy periféricos... sucesos inesperados... (sonó el teléfono; oímos un ruido).


- Lagunas de memoria, expresiones de duda. Presencia de incidentes que tienen que ver con el abuso pero no son centrales.


- Comportamiento seductor o provocador (especialmente en niñas pequeñas).










Actualización de la histeria en la infancia



El cuadro en la concepción psicoanalítica y su derivación en la actualidad


La clasificación clásica freudiana distinguía dos cuadros: la histeria de conversión y la histeria de angustia. En la actualidad, la histeria de angustia ha desaparecido de las clasificaciones psiquiátricas y ha sido sustituida por los trastornos de angustia. No obstante, existe una extensión del concepto a un uso cotidiano y popular que sitúa la histeria de angustia como sinónimo de descontrol emocional o crisis de angustia. Un ejemplo de este uso universal es un titular sobre la serie infantil Shin Chan, un japonesito de 5 años, que bate récords de audiencia en la actualidad: " Para sus 'fans', el héroe del culito, enano y cabezón, llama a su profesor mafioso y a su madre histérica, ama de casa que le da golpes en la cabeza provocándole tremendos chichones" (EL PAIS, 30-1-04). A su vez, también se produce un efecto de deriva del descontrol emocional a lo infantil, por lo cual, en realidad, se considera que los histéricos son personas caprichosas, que reaccionan con chantaje emocional, o sea, que utilizan las emociones como conductas orientadas a una meta, meta que por lo general debe ser llevada a cabo por otro, de manera que la dependencia no es sólo afectiva, sino sobre todo instrumental.


Otro concepto psicoanalítico es el de estructura histérica que abarca tanto rasgos de personalidad como una determinada configuración subjetiva vinculada al complejo de Edipo. La estructura histérica en términos de rasgos de personalidad correspondería a la personalidad histriónica del DSM-IV, clasificación que menciona su origen en la infancia:


- necesidad de ser el centro de atención y sentimientos de incomodidad cuando no lo consiguen


- conductas inadecuadamente provocativas y sexualmente seductoras


- superficialidad y rápidos cambios en la expresión emocional


- uso consistente de la apariencia física para llamar la atención


- lenguaje impreciso, impresionista y subjetivo


- teatralidad, exageración y gran dramatización de las emociones


- muy sugestionable por la influencia de los otros


- tendencia a considerar las relaciones más íntimas de lo que realmente son.


En las descripciones psicoanalíticas se vincula siempre este conjunto de rasgos con la sexualidad, como lo hace Bollas (2000): "Cuando pensamos en histeria pensamos en personas que tienen problemas con las demandas sexuales de su cuerpo y que reprimen las ideas sexuales, que son indiferentes frente a las conversiones, que se identifican de forma excesiva con los otros, que se expresan de forma teatral, que tienen una existencia de sueño diurno en lugar de estar comprometidos en ellas y que prefieren la ilusión de la inocencia infantil a las penurias del mundo de los adultos. Son fácilmente influenciables por los otros y sugestionables" (pág. 1).


El concepto freudiano de conversión se conserva en el DSM-IV y también se destaca su aparición en la infancia antes de los 10 años de edad pero vinculado no de forma obligada con la personalidad histérica. La riqueza del concepto freudiano se basaba en que el cambio de estado "algo psíquico que se transforma en algo físico, corporal" se realizaba por medio de la simbolización, el síntoma histérico se concebía siempre como la expresión simbólica, debidamente disfrazada por los mecanismos de condensación y desplazamiento de ideas reprimidas de carácter sexual edípico. Lo central y específico del concepto que explicaba el mecanismo radicaba en el carácter sexual de la idea reprimida y su sustitución por una expresión corporal, expresión que consistía de algún modo en una sustitución simbólica de la idea reprimida. Los ejemplos de sus historiales sobre histeria así lo ilustran: la parálisis de Isabel por temor de dar un mal paso y evidenciar su amor por su cuñado, viudo de su hermana, la tos de Dora, que supuestamente expresaba un deseo de 'fellatio', etc. Esta particularidad -la fantasmática específica de carácter sexual- es la que ha sufrido una transformación, y si bien se considera que existe una alteración psicógena de alguna parte del funcionamiento corporal, no se reduce a la fantasía inconsciente sexual. Ya Melanie Klein (1942) había introducido las fantasías persecutorias con la madre como subyacentes a síntomas de conversión y Rangell (1959) en casos de esquizofrenia había destacado la expresión de fantasías canibalísticas.


En la actualidad, consideramos que el síntoma conversivo representa una resolución de un conflicto inconsciente que reduce la ansiedad y permite conservar el conflicto fuera de la conciencia, que éste es el beneficio primario en el que se sostiene la belle indifference (la relativa falta de preocupación acerca de la naturaleza del síntoma), y que como planteaba Freud, el niño puede obtener una ganancia secundaria recibiendo más atención o evitando ciertas responsabilidades, pero ésta no es la motivación que desencadena el síntoma. No se trata de un trastorno de simulación consciente, ya que la razón fundamental es mantenerse ajeno al conflicto, y esto se logra por medio de la defensa psíquica. La conversión es un mecanismo de vinculación entre dos tipos de conjuntos de representaciones: por un lado, las que establecen la anatomía y la fisiología del cuerpo, y por el otro, aquellas que escenifican al sujeto en los temas de la agresividad, del narcisismo, de la sexualidad, de las relaciones interpersonales. Las dificultades para situar la conversión, desde el punto de vista semiológico y nosográfico, son ampliamente compartidas por la comunidad psicológica en general, y quizá sufridas en forma aún más aguda por los profesionales que trabajamos con niños (Robins y O'Neal, 1953; Proctor, 1958; Hinman, 1958). Por su parte, Rock (1971), en un estudio de diez casos de histeria de conversión, propuso el siguiente criterio para la elaboración del diagnóstico diferencial: 1) síntoma somático bien definido (motriz o sensorial) sin base anatómica ni fisiológica demostrada; 2) comienzo o exacerbación ante sucesos emocionales significativos; 3) examen psiquiátrico que demuestre su filiación psicológica y su base inconsciente.


Ian Goodyear (1981), aplicando estos criterios sobre tres mil niños con síntomas somáticos, encontró sólo quince casos de histeria infantil, nueve niñas y seis varones, de edades promedio alrededor de 12 años. Los síntomas más comunes eran trastornos en la marcha y en los miembros inferiores, acompañados algunas veces de dolores y parestesias. Un 80% presentaba antecedentes psiquiátricos diversos: estados de ansiedad, enuresis, trastornos de conducta, depresión, fobias escolares. En alrededor del 30% se hallaba una historia médica anterior, y la aparición del síntoma era en todos ellos rápida, en horas o pocos días. Pero lo más interesante a destacar es que el diagnóstico de personalidad mostraba un espectro sumamente amplio, en el que los rasgos característicos de la personalidad demostrativa, exhibicionista o histriónica estaban prácticamente ausentes, salvo en tres casos. Por el contrario, la mayoría de los niños eran definidos por un perfil que giraba alrededor de marcada ansiedad, déficit en las relaciones interpersonales, retracción, inseguridad, baja autoestima y aislamiento. Un caso particularmente estudiado fue el de una niña de nueve años, con una pérdida parcial de la visión en ambos ojos, que se quejaba de "ver borroso". El examen psicológico mostró baja autoestima, tendencia al aislamiento y búsqueda de relaciones con adultos. Su madre sufría depresiones frecuentes, y su padre era un alcohólico moderado. Se observó que el síntoma hacía su aparición después de que el padre dejaba la casa como consecuencia de alguna disputa matrimonial. Una investigación más cuidadosa permitió establecer el hecho a partir del cual el síntoma se había desencadenado: después de una visita de la niña a la casa de una tía que sufría de problemas de visión, afección que provocaba una actitud de hiperatención por parte de sus familiares.



Beneficio secundario e identificación


Ésta parece ser la posición adoptada por el comité encargado por la Asociación Psiquiátrica Americana para la elaboración del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-III), al establecer el beneficio secundario como uno de los dos motivos posibles en la producción de un síntoma conversivo. Se considera que la evitación de un peligro o el control de una relación interpersonal son factores causales suficientes, desvinculándolos de su carácter de efecto del beneficio primario. La pertinencia del mecanismo de manipulación para la explicación del síntoma conversivo, como una técnica de control interpersonal, se pone de manifiesto en la frecuencia con que en la infancia es posible determinar el beneficio secundario y no el primario en la sintomatología histérica. Freud registra este hecho en la infancia en el caso Dora: “Los motivos de la enfermedad empiezan a actuar muchas veces ya en la infancia. La niña, ansiosa de cariño y que sólo a disgusto comparte con sus hermanos la ternura de sus padres, observa que esta ternura se prodiga exclusivamente sobre ella cuando está enferma. Descubre así un medio de provocar el cariño de sus padres y se servirá de él en cuanto disponga del material psíquico necesario para producir una enfermedad” (vol. VII, pág. 40).


¿Es necesario concebir una fantasía adicional que esté enlazada específicamente con la enfermedad en juego, o basta haber sufrido alguna cualquiera, o haber visto u oído de los beneficios de estar enfermo, para que la conversión se instale, sin que entre el deseo de acaparar a los padres y la enfermedad específica intervenga ninguna asociación simbólica? A favor de esta posición se pronuncia el comité asesor de la Sociedad de Psiquiatría Americana, que parece resolver la problemática que se le presentó a Freud predominantemente con la histeria: la coexistencia de mecanismos intrasubjetivos e interpersonales en el seno mismo de un síntoma psíquico. En la nota añadida en 1923 al estudio del caso Dora, Freud distingue en el “beneficio primario” mismo dos partes: la parte interna, que consistiría en la reducción del esfuerzo psíquico –“fuga hacia la enfermedad”- que procura el síntoma al conflicto, y la parte externa, que estaría ligada a las modificaciones que el síntoma aporta en las relaciones interpersonales del sujeto (vol. VII, pág. 39). Como bien señala Laplanche (1967), entonces, la frontera que separa “la parte externa del beneficio primario” y el beneficio secundario resulta difícil de trazar.


En la predominancia o autonomía del beneficio secundario es donde debemos señalar la presencia de conflictos narcisistas en la producción de síntomas conversivos, lo que aparece también en las descripciones freudianas de síntomas conversivos por simbolización (en la época que distinguía dos mecanismos posibles para explicar la conversión por simbolización y simultaneidad, lo que hoy denominaríamos por metaforización y contigüidad temporal). ¿Es forzar mucho los argumentos considerar el temor a “no entrar con buen pie entre los demás huéspedes del sanatorio” como una problemática de orden narcisista? Hugo Bleichmar (1981) mostró cómo un juicio surgido en el área de las representaciones narcisistas, por ejemplo, una fórmula devaluadora de la autoestima como “no valgo nada”, por medio de la operatoria de las creencias del inconsciente, se traslada a las presentaciones del área del cuerpo, creando una idea hipocondríaca del tipo “tengo cáncer”.


De manera que es posible concebir varios mecanismos de producción de un síntoma conversivo:


a) Por simbolización, es decir, por la pura combinatoria de las representaciones, en que una parte del cuerpo expresa a través de la alteración de la función un pensamiento reprimido y simultáneamente la defensa –“vomito porque me da asco la sexualidad”, “no veo nada, no me entero de mis deseos incestuosos”, “no puedo moverme, me inmovilizo y no soy culpable”-, simbolización que, por otra parte, admite múltiples fantasmáticas: sexual, agresiva, narcisista.


b) Por identificación con el otro, conversión en la cual el síntoma se emplea para lograr una equiparación del ser al ser, pues si comparte el rasgo supone que se le asemeja en su totalidad. El síntoma conversivo del otro es un atributo más, una característica como cualquier otra que se elige para la semejanza.


c) Por identificación con un recurso del otro, con el beneficio secundario que obtiene a través del síntoma.


d) Por exclusivo beneficio secundario, por el aprendizaje a partir de una enfermedad o dolencia previa de los efectos interpersonales que provoca. La idea de la “complacencia somática” como generadora de síntomas conversivos pero desvinculada de toda otra significación que no sea el control del objeto.



Histeria y conflicto edípico


Muchos de los rasgos que configuran la estructura o la personalidad histérica son manifestaciones habituales en los niños, especialmente en las niñas, en quienes el componente de arreglo personal, gracia y conductas seductoras para llamar la atención son sintónicas a un patrón de feminidad universal ya vigente en la infancia. La tradición psicoanalítica ha comprendido estas características como la expresión en el comportamiento de sus deseos de orden edípico. La niña -ya consciente de la significación sexual- despliega sus encantos para la conquista del amor del padre, a quien inconscientemente desea también de forma sexual, en la evolutiva normal de asumir su rol femenino por identificación a los atributos de la madre en tanto mujer. Es a esta configuración a la que se ha llamado fase genital infantil o fase edípica y algunos autores se han interrogado sobre la equivalencia entre fase genital infantil e histeria infantil.


Si bien el concepto de “histeria infantil” no se encuentra bien delimitado, su uso es frecuente en las descripciones clínicas y muy poco vinculado a una sintomatología conversiva, como lo hemos señalado (Palacio Espasa y Dufour, 1995; Rodríguez, 2000). Predominan descripciones de niñas con una sintomatología variada a la que se les atribuye un significado predominante de motivaciones sexuales que no quedan suficientemente delimitadas como tales, o mejor dicho, superpuestas como conflictos edípicos a conflictos que, efectivamente, se expresan en el vínculo, pero que pueden tener otras fuentes motivacionales, sobre todo motivaciones de apego. Un ejemplo es el caso con que se ilustra el diagnóstico de organización psiconeurótica histérica en el manual de Palacio Espasa y Dufour. Niña de 6 años cuyos padres se han separado hace seis meses y ha comenzado a presentar dificultades de comportamiento para separarse de su madre y para ir al colegio. Se muestra más celosa que de costumbre de su hermanito de 2 años que permanece en casa con su madre, cierta regresión en el lenguaje, habla como un bebé y se muestra muy tiránica con su madre, quien ante la angustia y las dificultades de la niña reacciona sumisamente pero proyecta sobre la hija la actitud tiránica y exigente que atribuye a su exmarido. La madre, a su vez, era hija de un padre alcohólico, exigente y violento por lo que se considera que había una superposición entre la problemática de la madre y la de la hija, y que las dificultades de comportamiento de la niña le permitían negar el duelo de su vida de pareja, en la que se repetía en gran medida los conflictos con su propio padre.


De la hora de juego se remarca que la niña tiene una actitud seductora, vivaz y de gran riqueza asociativa y múltiples referencias a la ausencia de su padre:


“¿Cuándo viene mi papá? ¡Oh!! Quiero decir mi mamá”. “…yo no tengo las mismas hojas después que mi papá se fue” (pág. 33). Deseos de recibir regalos del terapeuta (llevarse una muñeca a su casa): “¿Es que yo puedo? (ella dijo en tono admirativo con relación a la muñeca y seductor con relación al examinador” (pág. 33); “…el papá toma a la bebé y tú tienes a la niña que toma al niño pequeño (y pone a la niña sobre las espaldas del papá) mi papá me agarra así de alto”. “…Me gustaría ir a ver a mi mamá ahora”, y a este pedido el terapeuta le interpreta: “¿Tú tienes miedo de que ella se enfade cuando tú piensas en tu papá? Tú también quisieras que tu papá te hiciera muchos regalos en lugar de irse de la casa como ha hecho” (Tu a peur qu'elle se fâche quand tu penses à ton papa?(pág. 34) (1).


En las consideraciones diagnósticas se remarca el despliegue de fantasías edípicas directas e invertidas. La expresiones edípicas directas serían los deseos expresados de que su padre estuviera con ella y la abrazara, y las manifestaciones de Edipo invertido son consideradas en torno a la interpretación del dibujo en el cual ha pintado una niña que no tiene piernas y un niño que no tiene pies, si bien la intervención apunta a la ansiedad de indefensión: “Pareciera que tus piernas no te sostienen bien seguras tampoco” (pág. 33). Los autores -siguiendo una teoría hoy abandonada sobre la interpretación de toda simbolización de inestabilidad e inseguridad del sí misma como castración- lo explican en términos de envidia del pene.


Creemos que este material es expresivo de la equiparación que en psicoanálisis se ha hecho entre etapa genital infantil del desarrollo psicosexual e histeria en el caso de las niñas. Cuando una niña se interesa por su padre, desea su contacto y la relación con él, se considera que la niña ha dejado atrás un interés exclusivo en la madre -la relación dual (Lacan), la simbiosis (Mahler), la etapa preedípica- y ha situado a su padre como objeto libidinal, por lo que la relación entonces es triangular y ella puede sentir a la madre como una rival y pensar que la madre la reconoce también como tal (de ahí que el terapeuta le señale que si ella piensa en el padre la madre se puede enfadar). Efectivamente esta configuración subjetiva da cuenta de la clásica descripción del complejo de Edipo y de las relaciones conflictivas y ambivalentes que pueden desarrollarse al querer conservar a la madre como vínculo de apego y, simultáneamente, rivalizar y competir con ella en el deseo de exclusividad y preferencia en la relación con el padre.


Ahora bien, ¿cómo entender la aguda ansiedad de separación que presenta la niña desde la separación de los padres? ¿Es sólo producto de la ambivalencia por sus deseos edípicos el hecho de que tiranice a su madre y no quiera separarse de ella, o la niña, habiendo perdido a su padre, se siente abandonada y un tanto desprotegida, lo que se expresa por medio del dibujo en el que no está bien parada sobre sus piernas, como le interpreta el terapeuta apuntando hacia ansiedades de apego y no de traición amorosa? El deseo de permanecer en el hogar podría pensarse que no es sólo por celos, sino por temor a que también le falte su madre, o también desde una perspectiva intersubjetiva por transmisión de la propia madre de sus sentimientos de abandono y soledad ante la separación matrimonial sobre la niña. Los autores tienen en cuenta que existe un duelo por resolver y consideran que el despliegue de seducción y gracia serían un tipo de defensa histérica con el objeto de recuperar el objeto perdido “lo hace por vía del deseo edípico (pág. 36). De modo que ya no se trata de una configuración subjetiva normal en una niña de 6 años, sino de “un conflicto neurótico como una defensa exitosa con relación a una conflictiva depresiva y que se expresa de una u otra forma generando otras modalidades de angustia: angustia de castración” (pág. 36).


Efectivamente, pensamos que a la niña se le redoblan los deseos como a todos los niños a medida que su psiquismo se complejiza y que podemos asistir a períodos de cierta dominancia de deseos edípicos, pero las necesidades de protección y los deseos de proximidad afectiva siguen vigentes, así como todos los sistemas motivacionales: narcisistas, de autopreservación, de regulación emocional. Podríamos pensar que lo mismo le ocurre a la madre con dos niños pequeños, de modo que la intensificación de los comportamientos de apego en la niña -tanto su rechazo a ir a la escuela como la tiranía a la que somete a la madre- no hacen sino revelar sus angustias ante la desprotección y la pérdida afectiva, y el deseo de llevarse una muñeca de la consulta a casa puede responder a estas ansiedades, lo mismo que la expresión gráfica de la falta de soporte de ambos hermanos. ¿La niña hace gala de su capacidad verbal y expresiva como forma de seducción por deseos sexuales hacia el entrevistador o por deseos de contacto afectivo? ¿Se suman estos deseos ante un hombre que le presta atención y de quien espera reconocimiento? Si pensamos que efectivamente en la niña se mueven estas motivaciones ¿a cuál le daríamos primacía? Si partimos de la sexualidad y el Edipo ¿no correríamos el riesgo de profundizar su ambivalencia con la madre en un momento en que ambas necesitarían reconfortarse la una a la otra con la cercanía afectiva? Y además, en el plano de la organización intrapsíquica es distinto que la niña tome contacto con sus temores a la desprotección y el abandono, pueda expresarlos sin miedo, lo que generaría respuestas adecuadas, y que no se confunda ella misma pensando que necesita un hombre con quien casarse y satisfacer su sexualidad, en una confusión adicional con las necesidades maternas.


Desde un enfoque modular del psiquismo humano pensamos que sería necesaria una deconstrucción de la categoría impresionista "búsqueda de atención" que ha sufrido un destino de captura en las diversas corrientes psicoterapéuticas. En el psicoanálisis ha sido siempre interpretada como vinculada a motivaciones edípicas, libidinales, sexuales y en el conductismo a una suerte de forma indiferenciada de manipulación del adulto a la que éste debe sustraerse por medio de no acceder a la demanda para desensibilizar la conducta y convertirla en inefectiva. La búsqueda de atención -sobre todo en los niños- puede responder en primer lugar y teniendo en cuenta el desarrollo evolutivo a la necesidad de mantener la proximidad con la figura de apego, y sabemos que ni bien el niño puede sentirse amenazado en la estabilidad del vínculo o en la posibilidad de su pérdida, reforzará los comportamientos de apego y se volverá "controlador" de la relación (esto sucede en cualquier díada humana, como sabemos bien en parejas adultas que empiezan a sentir cierta distancia, se redoblan los llamados y la vigilancia). También si el niño se siente no reconocido en sus logros, postergado en actividades que desearía realizar y no tenido en cuenta debidamente ante la atención prestada a otros -entendiendo en este caso por narcisismo un legítimo deseo de que presten interés a su individualidad y apoyo al sí mismo por parte del adulto-, también puede comenzar una búsqueda de atención que no tiene por finalidad mayor proximidad afectiva, sino el reconocimiento narcisista. O como en otros casos en que el niño se enfrenta con aspiraciones narcisistas que no consigue cumplir -ser el primero de la clase, ganar una competencia, actuar en la fiesta en un papel protagonista-, frustrado y debilitado en su autoestima, puede buscar llamar la atención para reequilibrar la representación del sí mismo que se ha visto amenazada y necesita comprobar que los padres no lo rechazan. A su vez, si estas mismas experiencias alteran su equilibrio emocional, sintiéndose muy ansioso, alterado en su humor, sin poder conseguir un reposo reparador, puede buscar llamar la atención del adulto para que éste se haga cargo de restablecer su equilibrio emocional.


De modo que tanto buscar la atención como su correlato intrapsíquico de inseguridad e inestabilidad de la representación del sí mismo admiten una pluralidad de significados, en la medida en que se hallan activadas por distintas fuentes motivacionales y necesitan ser reconocidas en su especificidad. Pensamos que lo mismo ocurre con la propuesta sobre la ansiedad de castración que los autores invocan para explicar el conflicto de la niña; bajo este término quedan incluidas las ansiedades de indefensión por el abandono y soledad de la madre, la pérdida afectiva que representa la ausencia del padre, y eventualmente, la herida narcisista que también se halla incluida en el abandono, así como la frustración amoroso-sexual que podría haberse despertado en la relación con el padre.


Ahora bien, nos podemos preguntar si así como la búsqueda de atención admite una pluralidad de motivaciones, ¿las modalidades de presentación se corresponden diferencialmente con cada una de las motivaciones, o la conducta manifiesta tiene un repertorio más reducido y entonces es necesario guiarse por otros indicadores? ¿Existe cierta especificidad de la búsqueda de atención por motivaciones sexuales, narcisistas, de apego, de protección, de reequilibración emocional? ¿Lo que llamamos seducción es una búsqueda de atención a los deseos sexuales o la seducción puede ser una búsqueda de atención narcisista sin deseos sexuales? ¿No tiene la seducción sexual un componente erótico más visible? Efectivamente, en la clínica infantil nos encontramos con niños/as que presentan un tipo de actitud y comportamiento que no deja lugar a dudas pues se hallan motivados por curiosidad sexual, por deseos de recibir atención corporal que satisfaga la pulsión activada. Niños que están atentos a poder observar los genitales de los adultos, que los espían tratando de no ser descubiertos, que intentan acariciar o ser acariciados por los adultos o hermanos/as mayores, que tienen actividad autoerótica frecuente, que obtienen placer al repetir narrativas, canciones de subido tono sexual o sencillamente obscenas. Si estas manifestaciones se presentan a partir de los 5 o 6 años y durante la edad escolar sin generar ansiedad ni síntomas estarían vinculadas a la dominancia intermitente y normal en este período de las motivaciones sexuales.


En sus manifestaciones, las motivaciones sexuales van ordenándose de acuerdo a los patrones de feminidad/masculinidad del medio familiar y social. Vemos muy precozmente cómo el género va modelando la sexualidad; la niña hará gala de su gracia y encanto en el contacto, se interesará por temas románicos: novios, vestidos y estética; en cambio, el varón alardeará de sus hazañas deportivas, de su ingenio técnico y en temas sexuales se permitirá la obscenidad y un grado mayor de conocimiento sobre la sexualidad adulta en todos sus matices. Pero en todos los casos estas manifestaciones se verán acompañadas de grados variables de encubrimiento, formas indirectas de expresión, de simbolización, es decir, que cursan como aspectos que el niño/a despliega en su intimidad, en secreto y con diferentes niveles de conciencia bajo el efecto de la represión. El mecanismo de la represión permite que las demandas sexuales de los niños hacia sus padres se eviten y se localicen a nivel de fantasías y deseos inconscientes.


Un examen indirecto de su configuración intrapsíquica nos mostrará la orientación del deseo -hetero u homosexual-, es decir, si claramente se inclinan por fantasear con la pareja futura, mujer u hombre, si su modelo de identificación de género corresponde a su sexo, si la figura del padre/madre aparece con un cierto tono de rival al cual vencer, o al menos con quien competir por sus atributos, si el deseo y la curiosidad sexual se hallan simbolizados, es decir, todo lo que tradicionalmente queda recubierto por temáticas o conflictos edípicos.


 


Hipersexualización precoz de carácter exógeno y el abuso en los cuadros de histeria infantil


En los últimos años, estudios epidemiológicos y clínicos han demostrado la frecuencia del abuso sexual en la infancia; aunque las cifras difieren dependiendo del sexo, el método de investigación utilizado (cuestionario o entrevista clínica), la población clínica o no clínica, la edad y la definición del abuso, se acepta que la prevalencia en las niñas es entre un 15 y un 19% mayor. Aunque se asume que la prevalencia demostrada es mucho menor que la que podemos suponer que tiene lugar en realidad, ya que muchas víctimas nunca terminan hablando de su trauma por los sentimientos de culpa internalizados y la asunción de que se trata de un secreto que es imposible desvelar (Finkelhor, 1984; Russel, 1986; Zanarini, 1989).


Cuando observemos comportamientos sexuales precoces y compulsivo, actitudes de coqueteo, masturbación o exhibicionismo genital a "cielo abierto", sin vergüenza ante terceros, un interés inusitado por los temas sexuales, románticos o de la vida adulta, debemos investigar el componente de seducción adulta, como vimos en el caso de Débora. Si se trata de una niña - por lo general los historiales de la literatura psicoanalítica son niñas (Bornstein, 1946)-, nos encontramos con una suerte de niña-mujer cuyos intereses se limitan a la belleza y al adorno femenino, a la ropa que usa, a la observación del comportamiento de mujeres adultas, y sus dibujos y actividades lúdicas giran en torno a la pareja, la boda y la familia. La niña parece ser una especie de niña disfrazada de mujer o una caricatura de mujer, la contrapartida de la imagen de la mujer-niña que dan muchas histerias adultas. En las descripciones psicoanalíticas sobre la histeria adulta abundan las menciones a estos rasgos, como lo hace Bollas: “se expresan en forma teatral, tienen una existencia que se parece a un sueño diurno en lugar de la realidad" (2000, pág. 1). Reconocemos en el cuadro la temática edípica, los deseos sexuales y de identificación con los aspectos femeninos del rol sexual de la madre. No obstante, la intensidad y exuberancia de los comportamientos y narrativas se distinguen de lo que podría considerarse una tramitación normal del momento evolutivo, por lo manifiesto y provocador de la presencia de los contenidos sexuales.


Cuando investigamos esta condición será necesario dirigir la mirada indagatoria sobre la participación consciente o inconsciente de padres, hermanos varones en la estructuración de la subjetividad femenina, tanto en la niña normal como en los trastornos, y equilibrar la tendencia en la atribución de la génesis de la enfermedad a la madre, tendencia que ha prevalecido una vez puesta de relieve la importancia de la relación temprana y los factores preedípicos en la investigación psicoanalítica. Debemos reflexionar sobre las múltiples formas en que los mensajes de los adultos hipersexualizan a la niña, el sentido que le es ofrecido a la niña, quien no domina el mensaje y que lo podrá dominar sólo sometiéndose a él. Los adultos son inconscientes de lo que emiten y la niña tiene medios imperfectos para entender y teorizar sobre lo que se le está comunicando. No se debe minimizar la condición de sufrimiento que entraña la falta de control sobre el cuerpo bajo una concepción romántica y flamboyante de la histeria como propone Lacan: “Qué ha pasado con las histéricas de antaño, esas mujeres maravillosas, las Anna O, las Dora” (Nassio, 1990, pág. 11). (2)


                                                                                                                  


Abuso sexual e histeria infantil


El abuso sexual y la histeria postraumática


En 1896, Freud escribía en La etiología de la histeria: "...en la base de todo caso de histeria se encuentran una o varias vivencias de experiencia sexual prematura" (vol. III, pág. 203) y en unos párrafos anteriores remarcaba “…son unas vivencias que es preciso reconocer como traumas graves: un intento de forzamiento que a la niña no madura le revela de un golpe toda la brutalidad del deseo sexual” (pág. 200). También hacía sus hipótesis sobre la transmisión intergeneracional o la herencia adquirida en la enfermedad mental, en la carta 55 a Fliess sostenía "... condición para que haya psicosis en lugar de neurosis, psicosis confusional, psicosis de avasallamiento, parece ser que se produzca abuso sexual antes del primer término intelectual… Uno de mis varones histéricos… ha puesto a la mayor de sus hermanas en una psicosis histérica que desembocó en una confusión completa. Ahora caí sobre el rastro del seductor de él, un hombre talentoso que, empero, ha tenido ataques de gravísima dipsomanía luego de cumplir 50 años…escenas entre este seductor y mi paciente, en algunas de las cuales participaba la hermana más pequeña… Con ésta mi paciente retoma más tarde los vínculos y en la pubertad se vuelve psicótica" (vol l, pág. 281) De modo que podemos concluir que Freud fue el primero en la historia de la enfermedad mental en documentar las graves y terebrantes consecuencias psicológicas del abuso sexual infantil. Estos textos del siglo XIX se conocen en la historia de la obra freudiana como los pilares de su teoría traumática sobre las neurosis, teoría que Freud abandona en favor de la idea de la autoinculpación de la supuesta víctima. La teoría traumática de las neurosis da paso a la teoría del fantasma cuando Freud descubre la sexualidad infantil y el contenido temático de las fantasías edípicas inconscientes de las mujeres histéricas. Cien años después, cuando se comprueba la amplitud y diversidad de etiologías para los trastornos psíquicos, es posible recuperar los trabajos freudianos sobre la etiología traumática de la histeria para situarlos entre las múltiples determinaciones posibles de la histeria, dejando un lugar también para la histeria postraumática e incluirla en un sector específico de los trastornos psíquicos que admiten al acontecimiento real como un factor central en la causación. Lo que distingue el período actual acerca de la victimización sexual es que, por primera vez, las dimensiones del problema, la forma en que se discute, las teorías y tratamientos que se proponen han contado con la participación en muchos casos de las propias víctimas y de los abusadores/as (Jones, 1991, Ibáñez, 2003).




NOTAS


(1) «Il vient quand, mom papa? Oh!! je veux dire ma maman», «je n'ai pas les mêmes feuilles depuis que mon papa est parti»  (pág. 33).


«Est-ce que je peux?» (dit-elle d'un ton admiratif vis-a-vis de la poupée, et séducteur à l'egard de l'examinateur (pág. 33).


«Le papa prend le petit bébé, alors que toi as la fille qui prend le petit garcon... (elle met la fille sur les épaules du papa) mom papa me prend aussi là-haut» (pág. 34).


«J'aimerais voir ma maman maintenant» (pág. 34).


«Tu aimerais aussi que ton papa te fasse beaucoup de cadeaux au lieu d'etre parti de la maison, comme il a fait» (pág. 34).


«On dirait que tu ne tiens pas bien sur tes jambes non plus» (pág. 33).


«Se fait via le désir oedipien» (pág. 36).


«Conflictualité névrotique comme une défense réussie vis-à-vis d'une conflictualité dépressive et qui s'exprime d'une tout autre facon en engendrant d'autres modalités d'angoisse: l'angoisse de castration» (pág.36).


(2) «Où sont-elles passées les hystériques de jadis, ces femmes merveilleusses, les Anna O, les Dora...» citado por Nassio en L'hysterie ou L'enfant magnifique de la psychanalyse, 1990. París. Rivages Psychanalyse.


 


BIBLIOGRAFÍA


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Nassio, J. (1990). L'Hysterie ou L'Enfant Magnifique de la Psychanalyse. Paris: Rivages/Psychanalyse.


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Zanarini, M., Gunderson, J., Marino, M., Schwartz, E., Frankenburg, F. (1989). Childhood experiences of borderline patiens. Comprehensive Psychiatry,  30: 18-25.

 

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