Sobre la vergüenza. Consideraciones y revisiones. Congreso Internacional sobre la Vergüenza. Febrero, 2005

Publicado en la revista nº020

Autor: Morrison, Andrew P.


Traducción: Margarita Álvarez


Revisión: Ramon Riera




Me siento muy complacido de haber participado en la Conferencia “La Vergüenza Propia y Ajena,” que tuvo lugar este año en Roma, con mi colega la Dra. Donna Orange, quien comparte conmigo la perspectiva de la psicología psicoanalítica del self y la perspectiva intersubjetiva. Fue también especial en particular comenzar una nueva amistad con la Dra. Rosa Velasco, de Barcelona, familiarizarme con su trabajo y compartir con ella el interés común que tenemos sobre el tema de la vergüenza. Hace muchos años que trabajo el problema de la vergüenza y los desafíos que genera, pero cabe señalar que cuando empecé mi investigación a finales de los años 70 había pocas referencias pertinentes en el campo psicoanalítico. Esto se debía en parte al supuesto de que el sentimiento de vergüenza, al no tener el mismo rango de “profundidad” que el sentimiento de culpa, pertenecía más como tema de estudio al campo interpersonal y social.  De aquí surgió mi objetivo de participar en el mostrar este sentimiento tan escondido, de revelar su fuerza interna tan trascendente, para que ocupara un lugar significativo dentro del edificio psicoanalítico. 


Encontré esclarecedores los artículos de Velasco y Orange y compatibles con mi perspectiva. Además, cada una de ellas ofreció ideas nuevas y estimulantes que invitan a la reflexión y tal vez a la necesidad de ampliación. Voy a empezar considerando la discusión y el artículo del 2002 de Rosa Velasco, en el cual ella señala a mi entender que los sentimientos de vergüenza son centrales en la experiencia del sentimiento que uno tiene de sí mismo, y por lo tanto en el estado de “ser” y de existir. Además, considera que el sentimiento de vergüenza surge a partir de las iniciativas del “self” y elabora los aspectos que conllevan a la falta de sentimientos de vergüenza. Velasco describe la trayectoria del desarrollo del self en términos de encuentros relacionales llenos de emociones que pueden afianzar pero también pueden lastimar, y en este último caso podrían  interrumpir el progreso del proceso de desarrollo. Señala que al destapar los sentimientos de vergüenza y ser entonces vivenciados se recupera la noción de realidad de que “soy yo quien siente este dolor.” Pacientes míos en el pasado han compartido que sus sentimientos de  vergüenza y humillación son “los sentimientos más dolorosos que han vivido.”


Varios autores han sugerido que la vergüenza es un sentimiento útil en cuanto a su contribución al proceso de crecimiento (Schneider, 1977; Schneiderman, 1995).  Este argumento no lo encuentro del todo cierto en lo que se refiere a que las respuestas del self para sobreponerse a sentimientos de vergüenza generarían un crecimiento  general y del self en particular.   Aun cuando esto podría ser cierto, también es cierto que cualquier tipo de calamidad o trauma podría conllevar a la promoción del crecimiento, sin que estas experiencias sean necesariamente positivas o generadoras del crecimiento del self. Pienso que frecuentemente se confunde la experiencia  dolorosísima de sentir vergüenza con un estado relacionado, que podría ser también útil y positivo, que es el fenómeno de auto-conciencia (Broucek, 1982; Lewis, 1992).  Sin embargo, me parece que Rosa Velasco ha sugerido el argumento más convincente en favor a la vergüenza como experiencia positiva que conlleva el crecimiento del self cuando se refiere a la vergüenza de existir.  Por sus ejemplos clínicos deduzco que ella se refiere al dolor de estar solo, a la mortificación de verse a sí mismo a través de los ojos propios como a través de los ojos del otro (Sartre, 1956).  Sería entonces el dolor de sentir vergüenza lo que afirmaría nuestra existencia, al igual que nuestros pacientes más vulnerables pueden necesitar inflingirse una herida en el brazo para sentirse vivos.


En este sentido, el sentimiento de vergüenza también se constituye como una señal, es decir, como representación simbólica de nuestra existencia persistente. Velasco alude a la cuestión de si la vergüenza es tolerable o no, lo cual ha sido descrito claramente por Lansky (trabajo no publicado). Frecuentemente, la tarea analítica consiste en ayudar a nuestros pacientes a moverse desde la postura de evitación o disociación de los sentimientos de vergüenza hacia la postura de conciencia y manejo de este dolor en particular.  En términos kleinianos, éste seria un ejemplo de cambiar de la posición esquizo-paranoide a la posición depresiva.  Para Velasco, este paso representa implícitamente un movimiento hacia la aceptación y la toma de conciencia del dolor y de la realidad que implica el participar en el mundo. Yo estoy de acuerdo de que esta nueva conciencia es ciertamente un paso útil para el manejo de la vergüenza, siendo esta una contribución importante a la literatura psicoanalítica sobre la vergüenza.


Velasco también habla de la iniciativa, la cual ella equipara con la capacidad de diferenciación del otro.  Sus ilustraciones clínicas muestran los peligros inherentes a la toma de iniciativa, así como a la toma de conciencia o expresión de aquellas observaciones que pueden amenazar ciertos lazos relacionales. Ciertamente esta expresión puede ser peligrosa y puede dejar a uno solo y despreciado, y por tanto sintiendo vergüenza.  Brandchaft (trabajo no publicado) habla de la “acomodación patológica” mediante la cual el individuo entierra sentimientos intolerables con el fin de preservar relaciones. En efecto, tales decisiones se toman con el fin de evitar aquellas iniciativas que podrían generar  vergüenza (ser avergonzado por aquel que uno necesita).


Por otra parte, yo he señalado (1997) la relevancia del tener iniciativa y del poder estar solo como un acto de asertividad y de expresión de uno mismo para contrarrestar la vergüenza. Velasco también ha reconocido este aspecto auto-afirmativo de la toma de iniciativa, pero lo que ella resalta en su trabajo es el peligro de que la iniciativa genere vergüenza.  Sin embargo, quisiera resaltar la otra parte, es decir, cuando la iniciativa y la acción sirven como antídoto a los sentimientos de vergüenza.  Antes que nada, la vergüenza es un reflejo  de la pasividad, que a uno lo hace sentir débil, frágil e impotente. Una de las metas en el tratamiento de los sentimientos de vergüenza es el ayudar al paciente a entender la fuente de este sentimiento de impotencia para que pueda revertir este impasse.  Por ejemplo, la transferencia provee un espacio que permite confrontar este convencimiento de que la expresión de necesidades de cercanía, entendimiento, y admiración inevitablemente conllevarían al desprecio y a la humillación.  Este tal vez sería el caso cuando se ha tenido una madre distante; pero en el tratamiento se ofrece la oportunidad de demostrar que el “otro” puede, al contrario, responder con compasión y aceptación. El reto es que el paciente se arriesgue a tomar la iniciativa y emprenda la acción que le permita expresar sus necesidades. Esto le daría la oportunidad de darse cuenta de que, al contrario de lo que esperaba, su deseo no es sólo entendido y validado, sino que también por el hecho de haber corrido el riesgo de expresarlo puede sentirse enorgullecido. El despliegue de necesidades, que antes podía generar burla, ahora es aceptado con respeto. Con el tiempo, este tipo de experiencias ayudaría a que el paciente pueda erradicar sentimientos de vergüenza previamente asociados con la expresión de necesidades.


No sólo la iniciativa, si es negociada exitosamente, podría servir como fuente de orgullo y como antídoto a sentimientos de vergüenza (cuando estar solo y mostrarse distinto a los demás genera respeto a uno mismo), sino que además la ausencia de iniciativa puede por sí misma generar vergüenza. El esconder sentimientos que uno cree que acarrearían problemas relacionales (acomodación patológica), es decir la inhibición de la iniciativa, puede generar que uno se sienta avergonzado. Por ejemplo, una paciente a la que denominaré Ellie, se sentía como una tonta y patética perdedora al no poder oponerse directamente a las demandas poco razonables por parte de su profesor de que ella hiciera unos cambios a su tesis doctoral.  En este caso, el sentimiento de vergüenza es inducido por la ausencia de iniciativa.


La Dra. Velasco también habló sobre la desvergüenza. A partir de su ilustración clínica, en relación al sueño de un joven de 28 años (2002), señala la preocupación de avergonzar al self, debido a preocupaciones y fantasías que luego resultan ser preocupaciones sin fundamento. En realidad, él no causó esa situación comprometedora como temía. Si entendí correctamente la conceptualización de la desvergüenza por parte de la Dra. Velasco, la ausencia de una vergüenza real ante la evaluación realista del estatus del self, sería una observación útil de la carencia del sentimiento de vergüenza (como emoción) ante la presencia de temores a sentir vergüenza (vergüenza-señal). Sin embargo, pienso que la definición de desvergüenza debe relacionarse con el concepto familiar de no sentir remordimiento o humillación al cometer actos horrendos (Lowenfeld, 1976). La cuestión de si tal estado de desvergüenza existe sería una pregunta que quedaría por resolver a los que lidiamos con el problema relacionado con sentimientos de vergüenza, incluso cuando se refiere a las personalidades más masoquistas o antisociales. Pienso que la Dra. Velasco tendría que considerar este significado alternativo a la palabra “desvergüenza” en sus deliberaciones.


Finalmente, está la pregunta de si el sentimiento de vergüenza del self se relaciona sólo con uno mismo, o si siempre está asociado con relaciones, es decir, en cuanto a la observación-participación en un grupo. Este asunto va a ser central en mi discusión sobre el artículo de Donna Orange. Yo pienso que la Dra. Velasco es un poco ambigua en cuanto a la postura de si la vergüenza se puede sentir sólo frente a los propios ojos, o si debe haber un “otro” participante que induzca este sentimiento.  Ella señala cómo el crecimiento del self y la experiencia relacional están siempre en relación entre sí, y cómo los sentimientos de vergüenza permanecen como una de las heridas principales en un proceso de desarrollo imperfecto dentro de una matriz de figuras centrales en la niñez.


 “El afecto de vergüenza se experimenta en soledad a la vez que tenemos en cuenta un vinculo relacional, tanto éste sea interiorizado como externo. Nuestra imagen se cuestiona: ¿quién soy yo ante mí mismo? Y ¿quién soy yo ante los demás?”  (Velasco, 2002 y 2005). Entonces, para poder sentir vergüenza debo estar envuelto en relaciones íntimas, pero también preocupado sobre quién soy frente a mí mismo (la pregunta de Sartre).


Siento que esta ambigüedad esta presente en los escritos de la Dra Velasco, pero ella fundamentalmente se posiciona en el lado de que la vergüenza como sentimiento esta involucrada dentro de las relaciones personales.  El sentimiento de vergüenza, de acuerdo a esta perspectiva, requiere una audiencia, un otro observador, un avergonzador ajeno a mí mismo. Por otro lado, yo sugeriría, y luego lo elaboraré, que los sentimientos de vergüenza pueden aparecer solamente ante nuestros propios ojos (Morrison, 1987), sin la presencia de un otro interactuante. Pero ¿puede ser que estemos realmente solos, dada  la abundancia de interiorizaciones que habitan nuestros espacios internos? Ésta es una buena pregunta dado que pienso que estamos moldeados, ocupados y juzgados por la presencia de otras figuras del pasado que viven en nuestro interior. Pero, ¿tienen que existir avergonzadores presentes en las relaciones contemporáneas que vivenciamos para sentir vergüenza?  Yo creo, resueltamente, que esto no es esencialmente necesario. Hablaré más adelante sobre la fuerte vergüenza que se siente internamente ante situaciones de fracaso, padecimiento y defecto, juicios que se  hacen en soledad sin la presencia del otro.  Esta soledad particular genera vergüenza, no porque nos sintamos observados por el otro, sino porque nos hemos quedado cortos ante nuestra propia mirada. 


Es con respecto a las cuestiones relacionadas con la posibilidad de un self solo en la experiencia de vergüenza, que me voy a centrar ahora en el artículo de Orange. Al principio de su artículo cita mi definición de vergüenza como “un afecto que refleja el sentimiento de fracaso o de deficiencia del self” (Morrison, 1984).  En el transcurso de su trabajo, la Dra. Orange manifiesta su creencia de que “no existe la vergüenza del analista ni la vergüenza del paciente” sugiriendo que “la vergüenza... se genera, se mantiene, se intensifica o disminuye, siempre dentro de un contexto relacional”.  Orange considera que el término “afecto”, en relación a la vergüenza, induce un sentido demasiado reduccionista y físicamente reificado, prefiriendo el término “emoción”. Yo no tengo objeciones a esta opinión.  Orange también cuestiona que se puedan atribuir emociones a las subjetividades individuales, cuya existencia ella y sus colegas critican denominándolas  “mentes aisladas.”


Definitivamente estoy de acuerdo con Orange con respecto a que el sentimiento de vergüenza frecuentemente es generado e intensificado dentro de sistemas intersubjetivos, ya sean constituidos dentro o entre familias, matrimonios, culturas, grupos étnicos, y clases sociales. Su sugerencia de que hay “sistemas avergonzantes” es un concepto adicional muy útil y, como ella bien sabe, yo estoy de acuerdo con la centralidad de la noción de que es a través de la “aceptación” que se pueden atenuar los sentimientos de vergüenza.  También estoy de acuerdo en que estas emociones son generadas y ocurren como producto de interacciones relacionales, y que es engañoso hacer distinciones entre emociones y cogniciones.  En general, el esfuerzo de Orange con respecto al tema de la vergüenza, tal como suele hacer en la mayoría de sus escritos, es el de ampliar la conexión entre personas, conceptos, e ideas en vez de perecer en esfuerzos de diferenciación y de distinción. Apoyo este esfuerzo correctivo dentro de la teorización psicoanalítica y lo veo como parte de lo que Teicholz (1999) llama “el giro posmoderno”.


Dada la prevalencia de los sentimientos de vergüenza ¿sería indicado considerar que es inapropiado verlos como  experiencias individuales? Yo sugeriría que no. Por ejemplo, si estos sentimientos ocurren en la pareja paciente-analista, ¿podríamos decir que no le pertenecen a ninguno de los dos  en particular sino a ambos? ¿Tendríamos entonces que descartar la noción de la subjetividad individual para acomodarla mejor a las influencias relacionales, intersubjetivas o sistémicas en el psicoanálisis? Creo que no.


Creo que la dificultad con la que la Dra. Orange se encuentra se debe a su inclinación de tratar de combinar dos cualidades de la experiencia subjetiva: por un lado la génesis de la vergüenza, y por otro lado el sentimiento de vergüenza en el momento que se experimenta.  Yo estaría de acuerdo en que, en la mayoría  de las situaciones, el sentimiento de vergüenza surge en el contexto de los sistemas relacionales intersubjetivos –el sistema social es el que inicia e instiga la vergüenza.  Sin embargo, ¿es el “sistema” lo que realmente siente y experiencia la emoción de vergüenza? ¿O más bien son las subjetividades participantes las que sienten la vergüenza ante sus propios ojos y dentro de sus cuerpos? Mi dificultad se relaciona con la postura intersubjetiva de Orange y sus colegas donde está implicada la ausencia de sentimientos y experiencias individuales a nivel subjetivo.  La Dra. Orange y yo tuvimos vívidos intercambios sobre estas distinciones en el congreso de Roma, y estoy agradecido ante la oportunidad de poder continuar este dialogo en este contexto de “Aperturas Psicoanalíticas”.


Otra manera de ver esto es mediante la reconsideración de si la vergüenza puede considerarse un afecto: un sentimiento particular y específico que se refleja en posturas, gestos, expresiones faciales, y experiencias individuales.  Esto nos llevaría a la cuestión más general sobre ¿qué es lo que constituye específicamente la vergüenza?  Yo considero la vergüenza tanto como afecto o sentimiento (cualquiera de los dos), como señal ante el peligro, como una manifestación de la personalidad, como defensa ante sentimientos de rabia, y al igual que Orange como una manifestación sistémica. Sin embargo, creo firmemente, que la vergüenza al ser vivenciada a nivel personal por parte de cada individuo afectado es una carga que influye cada fibra de la experiencia subjetiva.


También creo que el sentir vergüenza puede generarse en algunas ocasiones al estar solo sin la presencia de un otro participante, es decir, momentáneamente afuera del círculo de sistemas observantes e interactuantes.  Algunas veces estos sentimientos surgen ante la evaluación que uno hace de sí mismo frente a los propios ojos (Morrison, 1987).  El sistema aquí involucrado es el sistema interno –el sistema constituido por los componentes que han influido en la creación y generación de mi propio sentido consolidado de quién soy yo.  Estoy de acuerdo con Orange en que los sentimientos de vergüenza surgen a partir de sistemas de participantes que incluyen la intersubjetividad total pero, en ocasiones, la vergüenza surge de dentro, de la experiencia que tenemos de nosotros mismos. En cuanto al tratamiento psicoanalítico de la vergüenza, Orange puntualiza la necesidad de “nuestro interés permanente en la experiencia del paciente.” No la experiencia co-creada entre paciente y analista, ni el sistema de vergüenza compartida que se infiltra en el consultorio, sino la experiencia personal de vergüenza del paciente. Yo entiendo que Orange no acepta distinciones entre mundos “internos” y “externos”, entre lo “tuyo” y lo “mío,” pero mi argumento es que hay instancias en que la vergüenza del otro sólo le pertenece a él, emergiendo únicamente ante sus propios ojos. Me encantaría poder continuar esta discusión con Donna en alguna otra ocasión.


Voy a terminar con un resumen breve sobre mis propias perspectivas sobre la vergüenza y cómo éstas se han profundizado con la integración de la teoría intersubjetiva.  Al igual que mis colegas de Barcelona y Nueva York, considero que la vergüenza es uno de los sentimientos más perniciosos, dolorosos y pesados dentro de las emociones humanas. La vergüenza, mediante sus varias manifestaciones, tiene como base subyacente fenómenos narcisistas, incluyendo tanto la espectacularidad del “self grandioso” descrito por Kohut,  como el sentido disminuido y contraído del sí mismo que quiere desaparecer. Considero que la vergüenza tiene su propia secuencia en el desarrollo: desde la falta de selfobjects adecuados en la infancia hasta el desarrollo de auto-conciencia objetiva, la soledad, y la diferencia (Broucek, 1982; Velasco, 2002). A esto seguiría la formación de ideales y la interiorización de la capacidad de formar juicios auto-vergonzantes, y terminaría con la importancia de poder generar ideales.  Encuentro que la vergüenza representa el espacio que hay entre los ideales del sí mismo (la imagen de sí a la que uno aspira) y el sentimiento de sí en realidad (la imagen de uno mismo como es). Cuanto más grande sea la distancia entre estas dos imágenes mayor será la intensidad de la vergüenza sentida. Claramente, nuestros ideales son influenciados por el universo intersubjetivo en el cual habitamos y se forman a partir de las relaciones con nuestras familias, compañeros, cultura subyacente, valores y costumbres. Pero una vez estos ideales están formados son interiorizados y juegan un papel importante en la formación de las emociones y sentimientos que tenemos acerca de nosotros mismos, incluyendo especialmente, nuestra vergüenza y nuestra sensibilidad ante la vergüenza.


Cuando los ideales son muy rígidos y constrictivos, la meta terapéutica es la de facilitar mayor flexibilidad, tolerancia y auto-aceptación. Por otro lado, cuando los ideales han sido enterrados por influencia de un ambiente “no-aceptador”, la meta sería la de estimular e inducir la expresión y tolerancia de estos ideales sumergidos. Generalmente nos enteramos de la existencia de los ideales mediante su expresión, al final, a través de la interacción de la transferencia con la contratransferencia. Por ejemplo, si ante sentimientos de ternura o necesidad de afecto podemos reconocer nuestra propia incomodidad y sentimientos de vergüenza, esto nos podría instruir sobre sentimientos parecidos vivenciados a nivel subjetivo en nuestros pacientes. Este autorreconocimiento por parte del terapeuta puede asistirnos en el trabajo sobre la esencia de la vergüenza en nuestros pacientes, usando el consultorio como un “sistema de vergüenza” en las palabras de Orange.  Alternativamente, los ideales más valorizados pueden encontrar expresión a través de la creación de selfobjects particulares, a menudo generados para satisfacer necesidades particulares. Y una de estas necesidades más significativas es la de poder aliviar la opresión de la vergüenza. Podemos expresar nuestros ideales a través de la creación y “externalización” de una obra de arte; y través de la búsqueda de un amante ideal; o a través de la configuración de un selfobject mediante un trabajo mutuo en la relación terapéutica.  


Por último, quisiera hablar de una elaboración de los ideales relacionada con la vergüenza, específicamente lo que he llamado “La Dialéctica del Narcisismo” (Morrison, 1989; 1994). Considero que el Narcisismo representa todos los aspectos del sentimiento de sí, teniendo su base en el anhelo de ser considerado único, especial para alguien significativo. Hay dos polos en los fenómenos y la vulnerabilidad narcisistas: el polo expansivo y grandioso que enfatiza la independencia y la autonomía; y el polo contraído y pequeño en el cual el self se vuelve diminuto e intenta desaparecer. Es imposible alcanzar ninguno de los dos polos y por tanto cada polo genera vergüenza (en conexión, evidentemente, con la mutua influencia con el entorno). Para una persona, predomina el polo grandioso mientras el contraído se queda en el fondo; para otra persona, el polo contraído está en primer plano mientras el grandioso queda en la sombra. Pero es más usual que los dos alternen de una posición a otra en la misma persona, a menudo, durante la misma sesión terapéutica. La naturaleza de la vergüenza vivida será diferente según el polo y requiere diferentes énfasis empáticos de un terapeuta sensible.


Naturalmente, queda mucho por decir sobre la vergüenza- sobre las aportaciones de Rosa Velasco y Donna Orange, y sobre mis propios pensamientos de este controvertido problema. Para mí es  particularmente gratificante que la vergüenza, por fin, haya tomado su lugar como un enfoque importante del pensamiento psicoanalítico, por ejemplo, el próximo congreso en Nueva York de las principales revistas psicoanalíticas de EE UU será sobre la vergüenza. Espero que estas consideraciones sean útiles en estimular más reflexiones sobre los dilemas que despierta la vergüenza.







BIBLIOGRAFÍA


Broucek, F. (1982). Shame and its relationship to early narcissistic developments. Internat. J. Psycho-Anal., 63:369-378


Lewis, M. (1992). Shame: The Exposed Self. New York: The Free Press


Lowenfeld, 1976). Notes on shamelessness. Psychoanal. Quart.. 45:62-72


Morrison, A.P., (1987). The eye turned inward. In: The Many Faces of Shame, ed. D. Nathanson. New York:Guilford.


(1994). The breadth and boundaries of a self-psychological immersion in shame: A one-and-half person perspective. Psychoanal. Dial., 4:19-35


----- (1997). The Culture of Shame. New York:Ballantine.


Sartre, J.P. (1956).  Being and Nothingness. New York:Philosophical Library.


Schneider, C. (1977). Shame, Exposure, and Privacy. Boston, MA: Beacon


Schneiderman, S. (1995). Saving Face. New York:Knopf.


Teicholz, J.G. (1999). Kohut, Loewald, and the Postmoderns.  Hillsdale, N.J.:The Analytic Press.


Velasco, R. (2002). El sentimiento de sí y el afecto de vergüenza. Revista Intersubjetivo, vol 4 num 2: 287-90


 

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