¿Qué quieren las madres? Perspectivas del desarrollo, retos clínicos [Feig, S., 2005]

Publicado en la revista nº029

Autor: Garriga, Concepció

Reseña de la primera parte del libro: What do mothers want? Developmental Perspectives, Clinical Challenges, de Sheila Feig, compiladora, Hillsdale: The Analytic Press (2005)



Este libro es una compilación de las ponencias que se hicieron en el congreso “¿Qué quieren las madres?” organizado por la William Alanson White Society. Los artículos que constituyen esta compilación son contribuciones de autores y autoras extraordinarios por sus aportaciones punteras en diversos campos del psicoanálisis contemporáneo: Daniel N. Stern (intersubjetividad), Jessica Benjamin y Nancy J. Chodorow (psicoanálisis y feminismo), Jack Drescher (parentalidad homosexual), Rosemary H. Balsam (historia), etc. Debido a la excelencia de la mayoría de las contribuciones, esta reseña es muy extensa, por lo que la he dividido en dos partes. En ésta resumo los siete primeros capítulos. Los siete restantes quedarán para el próximo número.


La razón por la que opto por la extensión es la temática. La maternidad es una temática abordada muy lateralmente por la teoría psicoanalítica, que aquí está desarrollada en toda su plenitud, con sus múltiples implicaciones dentro de los discursos contemporáneos: en relación con el género, con la homosexualidad y la heterosexualidad.


El escrito de esta reseña me obliga a hacer un esfuerzo con el lenguaje. Para no utilizar el genérico masculino “niños” para referirme a los niños y las niñas, pero del que las niñas quedan excluidas, recurro al vocablo neutro “criaturas”. En vez de la palabra “padres” para designar al padre y a la madre de una criatura recurro a la expresión figuras parentales, más incluyente. En castellano hay que decir “paternidad” para referirse a la función parental, que tanto puede ser la maternidad como la paternidad. El vocablo parentalalidad es el que recoge estas funciones.   



Introducción de la compiladora


Sheila Feig Brown era amiga y colega de la psicoanalista Gloria Friedman, que murió de un cáncer de pecho en 1991. Sheila tuvo ocasión de mantener conversaciones con Gloria, antes del final de su vida, sobre los  hijos y alrededor de ellas mismas como madres, de las que en 1993 surgió un grupo de reflexión entre psicoanalistas que también son madres. El encadenamiento de acontecimientos posteriores fue lo que dio lugar al congreso y a la edición del presente libro, que no podía tener otro título que el juego de palabras surgido de la bien conocida frase que Freud escribió a Maria Bonaparte: ¿Qué quieren las mujeres?


Sheila recuerda lo obtusos que fueron Freud y sus leales colegas acerca de las mujeres, como madres y como hijas, aun cuando otras mujeres, que a su vez eran madres e hijas, le ofrecían información más clara y relevante (Horney, 1924, 1926; Klein, 1928; Deustch, 1930).


Después de hacer un largo recorrido por la literatura psicoanalítica, Feig concluye que “a nivel teórico y de forma creciente en la vida real, ya no se considera a las madres las únicas responsables de los resultados del desarrollo de sus criaturas” (p. xx). Empieza revisando a Freud (1908, 1924, 1931) de quien afirma que “manteniéndose en la perspectiva cultural prevalerte y anclado en la centralidad y poder del padre, Freud teorizó que las mujeres eran inferiores a los hombres en todo excepto en el cuidado de las criaturas, de los maridos y de los hermanos. Freud nunca reconoció que las mujeres tuvieran un desarrollo biopsicosocial único y su propia subjetividad particular, ni que estos aspectos fueran de valor y requirieran estudio por derecho propio (Thompson 1941, 1942, 1943; Rich, 1976; Chodorow, 1978).


En el siglo XX se llevaron a cabo estos estudios, e incluían la subjetividad de las madres (Lazarre, 1976; Reich, 1976; Chodorow, 1978; Benjamin, 1988; Ruddick, 1989); la variedad de representaciones de la maternidad (Bassin y cols, 1994) y las interacciones entre los cuerpos (con género) con el desarrollo psicológico (Gilligan, 1982; Butler, 1990; Chodorow, 1992, Benjamin, 1995) y todas las dimensiones cruciales del ciclo de la vida de una mujer.


También los hombres han reexaminado sus propias necesidades y deseos como hijos, maridos, padres, proveedores de la familia (Demos, 1982; Rotundo, 1993; Silverstein y Rashbaum, 1994) con el resultado de una reevaluación de los roles de género tradicionales. Ruddick (1994) por ejemplo, afirma que el trabajo maternal y paternal tanto puede ser realizado por los hombres como por las mujeres y que éstos pueden estar biológicamente relacionados o no con la criatura. Sólo con una exploración detallada de nuestras relaciones más tempranas llegaremos a entender bien cuántas madres y cuántos padres todavía continúan animando los roles de género tradicionales que mantienen valores patriarcales y antifeministas (Lazarre, 1976, Rich, 1978; Gilligan, 1982; Olivier, 1989; Silverstein y Rashbaum, 1994; D’Ercole y Drescher, 2003).  Mientras tanto, el psicoanálisis también ha evolucionado desde el paradigma clásico de Freud, de la teoría de la pulsión y una persona, a la perspectiva interpersonal y relacional de dos personas (Greenberg y Mitchell, 1983; Gill, 1994), hasta la comprensión de que “la realidad psíquica opera dentro de una matriz que incluye tanto los reinos intrapsíquicos como los interpersonales” (Mitchell, 1998 p. xx).


Los últimos descubrimientos (en los recientes 25 últimos años) de la psicología cognitiva, de la neurología infantil, de la psicología del desarrollo, de la investigación en terapia familiar, así como en psicoanálisis, son consistentes: el/la cuidador/a primario/a es decididamente significativo para el desarrollo emocional, neurológico y cognitivo de la criatura. Es más, la calidad del ajuste en los años más tempranos informa del ajuste emocional y social más tardíos, así como del rendimiento académico (Goldberg, Muir y Kerr, 1995; Cassidy y Shaver, 1999). La consistencia del cuidado también tiene importancia. Las criaturas evolucionan mejor con sólo unos pocos cuidadores primarios durante sus años preescolares (Hardin y Hardin, 2000).


Tener un mejor conocimiento de lo que significa un buen cuidado infantil ha hecho que las opciones que una madre tiene que tomar sean incuestionablemente más complejas que nunca. Hay muchas situaciones sociales desde las que encarar este hecho, pero lo que va quedando claro para muchas, haciendo caso de la sabiduría del feminismo, es que tienen que crear un equilibrio satisfactorio entre las necesidades de sus criaturas y sus propias necesidades y deseos personales y parentales. Son conscientes que la maternidad es una tarea demasiado grande para una persona. Estas madres, necesitan, quieren y piden apoyo de sus parejas maritales/parentales, de los miembros de la familia extensa, dependiendo de sus medios económicos, de ayuda contratada, y de pares que también son madres (Young-Elisendrath, 1999).


Pero es un hecho triste que la mayoría de las madres en Estados Unidos –y en España lo mismo- no tienen suficientes recursos económicos o sociales que proporcionar a sus criaturas, y mucho menos se pueden permitir el lujo de escoger entre cuidados infantiles de calidad o convertirse en madres a tiempo completo. Se necesitan desesperadamente servicios públicos para las criaturas y las personas que los cuidan. En estas condiciones, muchas madres tienen que hacer frente a realidades duras y agotadoras.



PARTE 1: LO QUE LAS MADRES NECESITAN Y QUIEREN


Capítulo 1. El paisaje psíquico de las madres. Daniel N. STERN


Lo que quieren las madres no es algo que un hombre debiera contestar. Lo que hace Stern es describir lo que son las madres, desde su perspectiva de observador. Va a describir a las madres primerizas, pero advierte que mucho de lo que dirá se aplica también a las que lo son por segunda o tercera vez, también a los padres, abuelos o a la persona que sea cuidadora primaria. Cuando habla de madre habla de cuidadora primaria, sea quien sea. Cuando hable del paisaje psíquico de la madre se referirá a la corriente principal de la narrativa occidental que encaja bien con aspectos de la psicología, de la biología, de la cultura y de la política de las mujeres.


También hay que clarificar la noción de organizaciones mentales. En psicología clínica, en particular para los pensadores de los sistemas motivacionales, entender por qué la gente vive de la manera que lo hace requiere la formulación de algún tipo de historia o de realidad organizadora. Esta historia hace coherente lo que las personas piensan, sienten, hacen y dicen. Stern (1995) acuñó la noción de “la constelación maternal” para nombrar uno de estos sistemas organizadores motivacionales que capta la esencia de algún tipo de organización mental que es, como mínimo, semiestable, que tiene sentido clínico y duración variable.


Las madres, los bebés y los amantes


¿Cómo es la constelación maternal? Lo que Stern va a decir lo ha pensado recientemente, por lo tanto no está en su libro de 1995: La mayoría de las madres o bien se enamoran de sus bebés, o quisieran, o desean que pudieran, o lamentan no haber podido. Enamorarse es uno de los aspectos más abarcativos del paisaje psíquico de la madre.


Un aspecto fascinante del enamoramiento es que es un estado mental organizador -no únicamente de la maternidad, por supuesto- que probablemente la madre ya ha experimentado y que, por tanto, ya lo tiene engrasado. Enamorarse es una organización mental especial que impregna completamente el mundo de la percepción durante un periodo de tiempo. Es uno de los organizadores más potentes que conocemos.


Lo mismo que hacen los amantes cuando se enamoran, que piensan una y otra vez que la persona que quieren es  la más maravillosa y la más hermosa, lo mismo hacen las madres. Creen, de verdad, que sus bebés son las criaturas más extraordinarias de la tierra, y actúan sintiéndolo así. Si tu amante cree que eres mejor de lo que eres, acabas siéndolo de alguna manera. Esto es lo que Vygotsky (1962) describió como la zona de desarrollo proximal, que significa que la madre va un poco por delante del punto de desarrollo donde está la criatura; así lo empuja.


Otra característica del enamoramiento es la manera como se miran. Los amantes se miran mucho rato. Las madres -y los padres implicados- y los bebés se pueden mirar sin parar, de una manera tan intensa que ni la una ni la otra haría con ninguna otra persona. Como perdiéndose en su mirada. Un tipo de lectura del alma que promueve el contacto íntimo que produce la vinculación y el apego.


Una tercera característica del enamoramiento es que haya un tipo de interpenetración o inmersión mental en el otro sin pérdida de si. Ésta inmersión supone estar hipersensible a lo que pueda pensar, sentir, desear, se pueda proponer esta persona. Lo que se está produciendo es ni más ni menos que la intersubjetividad (Stern, 2004), que puede ser verbal o no verbal, y que tiene distintos nombres, como la identificación, el contagio emocional, o la identificación proyectiva. Nos estamos dando cuenta de que las raíces de la intersubjetividad son varias y que tienen una fuerte base neurocientífica, como las “neuronas espejo” (Gallese, 2001), que permiten una vivencia como de estar en la piel del otro, porque disparan las mismas neuronas. Otra característica son los “osciladores adaptativos” (Port y van Gelder, 1995), que son relojes del cuerpo que permiten la coordinación y sincronización de acciones entre personas por los que cada una experimenta la temporalidad del comportamiento de la otra sin pensar en ello, de manera que cada una está dentro del cuerpo de la otra así como en su propio cuerpo. En el autismo la capacidad de intersubjetividad aparece limitada o ausente.


La cuarta característica del enamoramiento es que hay simetría física en los movimientos entre los amantes, una buena sincronización espacio-temporal.


El quinto factor del enamoramiento es el deseo de estar cerca de la otra persona.


El sexto, es el deseo de tocarla, de abrazarla, de estar cerca y tener contacto físico (sexo aparte). Los amantes, lo mismo que las madres y sus bebés, se tocan, se cogen las manos, se apoyan entre si, se acarician la cara y la cabeza. Se ha observado que cuando las madres ven a sus bebés por primera vez (Klaus y Kennel, 1976) primero les tocan las manos y los pies, y luego, muy suavemente, van hacia el centro, lo mismo que los amantes cuando se tocan por primera vez.


La séptima característica es que los amantes se tienen en mente permanentemente (Stern, 1985). Recientemente hemos sabido que aproximadamente el 50% de las criaturas de 5 a 12 años tienen un/a amigo/a imaginario (Stern, 2004). Pensar en un compañero imaginario es fascinante porque significa que uno está frecuentemente teniendo interacciones mentales con una persona virtual con la que comparte pensamientos, sentimientos,… y que sabe que la otra también los comparte. Parece como si la criatura naciera preparada para encontrar a otra y puede que primero sea virtual para ser sustituida por una real en otro momento.


El octavo factor que tienen en común el proceso madre-bebé y el enamorarse es el habla de bebé (baby talk). Las únicas ocasiones en que los adultos hablan como bebés es cuando se enamoran, excepto en la patología.


El noveno parecido es la construcción conjunta de un mundo único. Un aspecto interesante de los amantes es que no comparten el mismo mundo al principio, pero lo acaban construyendo juntos. Esto es lo que hacen las madres y los bebés para construir el lenguaje, por ejemplo.


El último aspecto que quiero señalar del enamoramiento es el altruismo, que consiste en que uno no puede imaginar la vida sin la presencia de la otra persona.


En realidad, todas las características del enamoramiento son temas clínicos cruciales a la  hora de evaluar hasta que punto una madre está involucrada con su criatura y viceversa, y que deberíamos considerarlos parte de nuestro sistema emocional entero.


Los miedos de la madre


Los miedos de la madre aparecen tan pronto como ella llega a casa con su bebé con una única preocupación principal: ¿puedo mantener a mi bebé con vida? La verdadera pregunta detrás de esta es: ¿soy un animal competente? ¿Puedo mantener viva la próxima generación de la especie? Cualquier fracaso en esta área es psicológicamente masivo, un gran trauma, de manera que la madre que acaba de tener un bebé se levanta por la noche para ver si está respirando; se preocupa por si le resbala de las manos enjabonadas mientras le está bañando y se ahoga, o se golpea; en definitiva vive en un mundo de preocupaciones.


La concepción psicoanalítica de estos fenómenos ha sido terriblemente destructiva y mal dirigida, porque los conceptualiza como ambivalencia por la presencia simultánea de grandes miedos y gran amor. Pero qué otra cosa puede haber cuando la naturaleza “desea” desesperadamente la supervivencia del bebé y construye para ello mucha redundancia. Esto significa que la madre está organizada neuronalmente para ser hipervigilante. Entonces, esto es lo que debe hacer, tener estos miedos y actuar en consecuencia. Llamarlo ambivalencia, es decir, sugerir que tal vez la madre no acaba de querer a la criatura está completamente fuera de lugar. 


De todos los miedos mencionados en la literatura -de la propia muerte, de aislamiento, de castración, de fragmentación, de las serpientes, los truenos y los ruidos fuertes- en ningún lugar se menciona que el mayor miedo es el de no poder mantener la supervivencia de otra persona. Es el miedo con el que viven las madres.


Las madres también necesitan a mujeres mayores más experimentadas a su alrededor y, si no están disponibles, las fantasean. Uno de los primeros cambios que experimenta la mujer embarazada o la nueva mamá, es que se le despierta el interés por las otras mujeres y por su propia madre, y vuelve a evocar la naturaleza de la relación que ha tenido con ella, fuera ésta positiva o negativa. También experimentan el correspondiente declive en el interés por los hombres.


La Entrevista de Apego para Adultos y la teoría del apego de Main, Kaplan y Cassidi (1989) han mostrado que uno de los determinantes más importantes de cómo va a actuar respecto a las conductas de apego con su bebé es cómo estuvo con su propia madre cuando ella era niña, y todas las mujeres odian esta idea. En realidad lo que ocurre es que  la madre de la nueva madre es una guía para ella, un punto de referencia, al que seguir o del que alejarse.


En culturas más tradicionales las madres están rodeadas de mujeres más experimentadas. Es rara la idea de una madre sola, o con su marido, que es tan común en la cultura moderna. Lo que hacen las mujeres, entonces, es recrear la forma del poblado tradicional con los medios de comunicación actuales.


Las nuevas madres reciben un promedio de 12 contactos al día con mujeres experimentadas, según un estudio piloto que Stern dirigió en el hospital de Boston.


Algunas consideraciones adicionales


Stern afirma que en su equipo se están empezando a dar cuenta de que, probablemente, la manera más potente y más barata de terapia con madres y bebés en riesgo es alquilar mujeres visitadoras que no sean profesionales, pero que visiten la casa sin falta una vez por semana durante 18 meses. Estas mujeres proporcionan un entorno contenedor experimentado que da el tipo de validación y ánimos que necesita la nueva madre para explorar su propio repertorio materno, porque no se puede enseñar a ser madre. Cuando la madre tiene alguna inhibición de tipo relevante, entonces hay que proporcionar terapias más tradicionales.


Añade que, si se quiere hacer una terapia efectiva, tenemos que reconsiderar muy profundamente, tanto teórica como clínicamente, la naturaleza del paisaje psíquico de la madre. Para ello, tenemos que identificar las características principales de ser madre.  



Capítulo 2. Madres e hijas que se quieren y se odian. Pensamientos alrededor del papel de su fisicalidad. Rosemary H. BALSAM


Hay algunas pacientes que tienen madres que las pegan y que las torturan físicamente –la expresión final del odio- y a pesar de ello estas pacientes parecen estar ligadas a sus madres con tal lealtad y amor que a veces les puede costar mucho tiempo antes de poder mencionar siquiera algo de ese horror. Leonard Shengold (1989) ha escrito extensamente sobre las vicisitudes psicológicas de este tipo de trauma. La mayoría de terapeutas en ejercicio han tratado alguno de estos casos y saben lo que es sentir pena por sus pacientes, exasperarse en sus intentos por ayudarlas a tener acceso a algo de rabia por la atacante y sentir frustración al intentar modificar la culpa, la disociación y la autocrítica de sus pacientes.


En este ejemplo, Balsam se quiere limitar a intentar entender algunos aspectos de la fisicalidad de la relación madre-hija, cuando la hija es la víctima del odio materno. De entre las múltiples teorías analíticas contemporáneas se pueden sacar a flote algunas ideas relevantes para entender este tipo de dúos: por ejemplo la importancia de las relaciones de objeto dentro de tales lazos masoquistas; el funcionamiento de la autoestima y los fallos empáticos indudables en un marco de yo-objeto; el papel de la “identificación con el agresor” en un marco de la psicología del yo; las manifestaciones del apego evitativo.


Se sitúa con Loewald (1960), de cuya teoría surge una imagen  nucleica de la madre y la criatura como un capullo donde los impulsos instintivos de la criatura se desarrollan simultáneamente y en conjunción con sus  vínculos de objeto tempranos. También se sitúa con Chodorow (1999)[1], una teórica del género que lo explora intersubjetivamente diciendo que “el género es individual pero la mayoría de las personas también sacan ingredientes relevantes, -como la cultura, la anatomía y relaciones internas de objetos-, para animar el género” (p. 4).


A la vez que afirma que cada personaje de sus entramados madre-hija es altamente individual, también enfatiza que, desde la más tierna edad, el entretejido interactivo de internalización materna que construye estos escenarios psicológicos, para las hijas es muy permanentemente recíproco (Balsam, 1996, 2000). La pregunta es: ¿cómo puede una madre que odia producir una criatura que no sólo la quiere sino que incluso es capaz de amar a otros? Y, ¿cómo puede una madre que ama producir una criatura que la odia consistentemente y que manifiesta este desagrado sobre otros fuera de este dúo?


Actualmente, en muchas orientaciones teóricas se toma en consideración el cuerpo.  En la teoría freudiana el cuerpo era central, recordemos las fases psicosexuales del cuerpo: oralidad, analidad, zonas erógenas e instintos escopofílicos. Ahora las relaciones son centrales. Aquí Balsam quiere subrayar las relaciones corpóreas entre madre e hija y ofrecerlas como una clave especial para entender de qué manera la comparación de una niña con las representaciones mentales de un cuerpo del mismo sexo de una adulta puede iluminar varias fantasías que dan cuenta de algunas batallas crónicas entre madre e hija que se codificaron dentro de las internalizaciones de estas pacientes.


La vieja Viena


La primera mujer que fue miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Viena ofreció, el 11 de enero de 1911,  una presentación a sus 18 miembros hombres que ha sido olvidada. Se trataba de la Dra. Margarete Hilferding, que se dio de baja de la sociedad el mismo año por desacuerdos crecientes con Freud. El título de su presentación fue: “Sobre las bases del amor materno”. En resumen, Hilferding hablaba de distintas interconexiones entre el embarazo, el nacimiento, la crianza, la agresión materna, los sentimientos sexuales, y el apego temprano benigno o maligno entre madre e hija. Balsam se pregunta si el conocimiento de Freud acerca de las mujeres hubiera sido más vívido y más preciso si Hilferding se hubiera quedado en su círculo durante años. Aquella noche, recién terminada su práctica médica de familia, ella dijo a aquellos hombres que había observado que había madres primerizas que parecían estar deseando al bebé durante el embarazo, pero que después del nacimiento no experimentaban amor de madre.


El título se refería al amor de madre pero el desarrollo de su disertación fue acerca de cuando éste no se producía. El texto principal era sobre la rabia y el odio de la madre. El subtexto era que ella creía que el amor, a menudo, se ganaba con esfuerzo. Hilferding había observado que poco después de nacimiento, “se desarrollan factores psicológicos que sustituyen el amor de madre psicológico” (p. 113). Ella veía la “no existencia de amor materno” en el rechazo de la madre a cuidar, en su deseo de dar el bebé en adopción, o en sus actos hostiles contra la criatura. Pensó que ante la deserción del padre se podía desarrollar un tipo especial de desagrado. También postuló que el primer hijo o la primera hija a menudo evocan la máxima hostilidad de la madre mientras que el o la más pequeño a menudo es mimado debido a un giro de la  hostilidad materna. Hilferding incluso llegó a notar (mucho antes de que la formación reactiva fuera descrita como mecanismo de defensa) que el amor materno exagerado podía ser una manera de sobrecompensar a la criatura de  su hostilidad. Anunció audazmente que “no hay amor materno innato” y que “éste de despierta mediante la implicación física entre madre y criatura” (p. 114) y continua: “si suponemos un complejo de Edipo en la criatura, éste está originado por la excitación sexual de la madre” (p. 115, cursivas de la autora). Ella creía que el amor materno no era innato en ningún sentido biológico, pero podía ser adquirido mediante las experiencias de alimentación y los cuidados físicos de la criatura.


Balsam incluye a Hilferding porque está impresionada de que esta mujer, la primera licenciada en medicina de Viena, que ejercía como médica de familia, enfatizara una teoría de dos personas como la reciprocidad de la fisicalidad y el intercambio emocional en esta área entre madre y bebé. Hilferding se decepcionó porque en la discusión que siguió no se la entendiera a pesar de que hablaba de observaciones obstétricas y de comadrona.


La valentía de Hilferding al señalar el “odio materno” relacionándolo con el nuevo énfasis que Freud ponía en la sexualidad, hace de ella una analista contemporánea “avant la lètre” al vislumbrar conceptos que Freud todavía no había desarrollado y no desarrolló hasta 1923 en los que afirmaba que “el ego es ante todo y antes que nada un ego corporal” (p. 26).


Para Hilferding, se evocaba una experiencia sexual en la madre en conexión con su bebé que atribuyó a potentes organizadores físicos de la vida mental de la madre, como sus sensaciones corporales del embarazo, o el placer y excitación de la subida de la leche. Y a la inversa, en ausencia de las sensaciones que produce el embarazo, la sensación de pérdida de un tipo de excitación sexual podía volver a una mujer afectivamente vacía, o plana ante su bebé, o estimular su rabia y rechazo hacia la criatura.


El caso A: la lealtad de una chica a su odiosa madre


Este caso fue supervisado por la autora. Se trata de una chica de 30 y tantos años, de origen griego, que se casó al séptimo año de análisis. Era una mujer joven, trabajadora, amable, articulada y responsable que, de vez en cuando, contaba historias a su analista que le ponían los pelos de punta, acerca de castigos inflingidos por su madre por cualquier cosa como pisar el césped o dejar un poco de polvo bajo el sofá. Una vez, teniendo 17 ó 18 años confesó bajo interrogatorio haber tenido deseos de besar a un chico. Como castigo por ser “mala” y “pecadora” su madre dejó de hablarle y la hizo dormir en el suelo de la cocina cubierto de paja durante todas las vacaciones de verano. Su lote diario eran golpes brutales con la correa, los puños, bofetadas y collejas. Lo que sorprendía a la analista y la supervisora era el gran amor que le surgía por esta madre. No entraré en muchos de los detalles que da la autora, excepto los que tienen que ver con su tesis de la fisicalidad.


La Sra. A era hija única de padres separados, cuya única posición tolerable era la devoción su madre. Gradualmente, fue contando que la madre la sentaba en un taburete y la hacía admirarla mientras ella se peinaba, o le pedía que la peinara, le pintara las uñas, mientras le contaba lo muy violento y pervertido que era su padre. También se quedaba en ropa interior y la hacía admirarla por las curvas, su piel, su pelo. Con ayuda de la terapeuta llegó a entender que, mientras su madre ocupaba la posición de la mujer perfecta, bella e icónica, como la virgen, a ella le correspondía la de la “criatura inocente”, sin pecados,  ni rabia, ni sensaciones sexuales. El conocimiento también era pecado.


La Sra. A llegó a tener una vida propia pero, a menudo, se llenaba de remordimientos y decía que no estaba segura de hacer lo correcto.


Hijas que aborrecen: casos B y C


Estas viñetas son de hijas adultas que fueron implacablemente críticas con sus madres durante muchos, muchos años de su análisis.


Balsam empieza con el esquema de cómo suele ser este tipo de encuentro analista/paciente. Las historias se presentan como que muestran la maldad objetiva de la madre. La paciente se vive como completamente separada. La madre es una forastera mala de la que se puede hablar con alguien empático que piensa igual que una, de manera que analista y paciente se unen en un “nosotros”, la madre es “ella”, “la otra”, que contiene toda la “maldad”.


En principio el/la analista cree la historia del mal cuidado materno, pero estas historias pronto pierden frescura. Han sido ensayadas una y otra vez con las amigas. Estas mujeres no han sido invitadas a reflexionar sobre el significado de sus afirmaciones injuriosas hasta que no han empezado el tratamiento. La Sra. B, universitaria de 25 años de ciencias de la salud, dice una y otra vez: “la odio. Siempre la he odiado. Continuamente se queja y se lamenta. Está enferma. ¿Por qué no puede ser como otras madres?”


La Sra. C, una madre urbana muy ocupada, dice repetidamente “Lo tengo que hacer todo por ella. Es inútil. Completamente inútil. No sabe ni cuadrar su cuenta corriente. Ni hacer espaguetis para mi hijo. Viste como un saco”.


La queja de la Sra. B era: “¡Cómo se atreve a lamentarse!”. Pero un día cuenta que su madre se cayó en el club de jardinería y que la llamaba para preguntarle si debería hacerse una radiografía, y la analista observa que sale y que tiene una vida que no encaja con la descripción de la hija.


La Sra. C cuenta lo muy inútil que es su madre porque permite que se le queme la pasta para su nieto mientras ella está haciendo balance; la razón es que su madre llamaba a su asesor financiero porque la bolsa estaba cayendo mientras cocía la pasta. Lo que muestra que difícilmente era el caso de  inutilidad que su hija describía.


Estas dos hijas/pacientes B y C reducen a sus madres a figuras planas, unidimensionales. Es como si la rabia les impidiera ver la complejidad. A menudo, estas pacientes revelan que se sienten superiores físicamente, más atractivas que la analista a pesar de ver en la analista, por medio de la transferencia, un modelo ideal de mujer.


Comparación de cuerpos


Tanto la madre B como la madre C –a diferencia de la A- habían evaluado muy positivamente los cuerpos de sus  hijas. Con frecuencia, habían elevado los atributos físicos de sus hijas hasta el cielo, repitiéndoles lo bonitas que eran. En otras palabras, habían contribuido a la poco estable autoestima de sus hijas junto con sus heridas psicológicas de no ser emocionalmente entendidas.


Estas madres, en realidad, decepcionaron a sus hijas en un sentido físico. El rechazo de B y de C de sus madres estaba acompañado del rechazo de los cuerpos de sus madres, y este rechazo refleja la autoimagen denigrada que tenían de sí las propias madres mientras adoraban el cuerpo de sus hijas. La madre de B, la quejica, era percibida por su hija como “grande, gorda y sin forma”, le había dicho: “desde que me casé con tu padre y te tuve, me desfiguré. No seas como yo”. Cuando iba creciendo, B tenía que examinar las articulaciones, los bultos, la caspa,…, de su madre. B comprimió todo su asco en la frase: ¡es una gruñona! Pero el contacto físico con la madre evocó el recuerdo de excitación homoerótica, lo que hizo que la Sra. B quisiera ser sana, delgada, enfermera. Sería lo contrario de la madre.


La madre de C, la inútil, era percibida como “hombruna” por su hija. El ruido de sus pisadas evocaba rabia y menosprecio en la paciente. El estilo de vestir, como un saco, incluía pantalones de tweed, como un viejo. La madre de C menospreciaba a las otras mujeres menopáusicas diciendo, ante los sofocos, “si tienen calor que se quiten la ropa”, y ella misma se paseaba desnuda por la casa ante el horror de su hija.


En los tres casos A, B y C, las identificaciones corporales ideales tomaron la forma de “ser lo opuesto de la madre” (cursiva en el original). Ser lo contrario suponía tomar el mensaje de la madre de “no eres como yo, eres lo contrario”, que para B y C era “tú eres más guapa” pero, para A, era “yo soy guapa, tu eres fea”, de manera que había una obediencia paradójica a la madre, que las tres codificaron inconscientemente como ser “buenas”.


De aquí surgieron, en los respectivos análisis, los aspectos inconscientes de los parecidos, de manera que la  hiperfemenina C, con tacones de aguja, andaba produciendo unos ruidos como “cumbres borrascosas”. B, la enfermera, encontró su propio estilo de gruñir, y A, la “inocente”, resulto que tenía fantasías homoeróticas de tener un cuerpo como el de su madre, y también apareció su agresividad en el análisis.


Conclusión


La herencia de Hilferding conecta con los pensamientos contemporáneos acerca del amor y odio maternos. Balsam cita a Loewald (1960) para entender los orígenes de los ladrillos que van a formar y sostener el ego:


“la criatura, al internalizar los aspectos de la figura parental, también internaliza la imagen que ésta tiene de la criatura –una imagen que está compuesta por las miles de maneras distintas de ser tocada corporal y emocionalmente. Parte de lo que es introyectado es la imagen de la criatura tal como es vista, sentida, olida, escuchada y tocada por la madre… (p. 229-230)”.


Estos intercambios mutuamente respondientes entre madre e hija, incluso en los casos que parecen haber producido comportamientos marcadamente diferentes, cuando se deconstruyen analíticamente, pueden ejemplificar alguno de los elementos que componen las variantes sofisticadas posteriores de la incorporación de las actitudes de la madre al propio cuerpo sexuado y de género y su modelo de comportamiento materno en el mundo.



Capítulo 3. ¿Qué necesitan las madres y los bebés? El tercero materno y su presencia en el trabajo clínico. Jessica BENJAMIN


Este capítulo es una elaboración de una idea sobre la que Benjamin ha trabajado durante muchos años. En el pasado exploró (Benjamin, 1988, 1995a, b) el camino que siguen los seres humanos en el desarrollo de la capacidad de intercambio mutuo de reconocimiento y los efectos de este intercambio, o su falta, lo que observamos en la práctica clínica. Aquí presenta ideas de lo que llama terceridad, una cualidad del intercambio intersubjetivo que es relevante para el proceso de reconocimiento. Lo que quiere decir por terceridad es la cualidad de la relacionalidad que está asociada a dos “partenaires” que comparten una orientación a un tercer principio o perspectiva que presta un sentido de espacio mental y acomodación mutua a la relación. Muestra cómo la calidad de la terceridad está presente en la relación madre-bebé y por qué es tan significativa para la intersubjetividad. Se basa en una distinción que ha formado parte de todo un trabajo sobre el reconocimiento (Benjamin 1988, 1995a, b, 2004), la que hay entre reconocimiento mutuo y la caída en la dualidad complementaria, en la que hay una lucha de voluntades o acomodación que requiere sumisión o condescendencia. Más que postular un desarrollo ideal del reconocimiento mutuo, Benjamin ha subrayado consistentemente la manera en que el desarrollo intersubjetivo implica procesos continuos de destrucción y reconocimiento, de fracaso y de restauración del reconocimiento. 


La idea del tercero es central para entender los trabajos sobre la intersubjetividad desde el principio de la vida. Incluso en la relación más temprana de bebé y madre (por madre se refiere a cuidador/a primario/a), la presencia de un tercero es lo que hace de la relación una fuente de reconocimiento y de desarrollo mutuo. Por “tercero” se refiere a un principio organizador que requiere acomodación e intercambio de respuestas reconocedoras y está  íntimamente relacionado con el espacio potencial o la experiencia transicional de Winnicott (1971) y la idea del espacio triangular de Odgen (1994).


Inicialmente, la idea del tercero entró en el psicoanálisis a través de Lacan (1975), quien vio el tercero como aquél que evita que la relación entre dos personas se colapse en una unidad que elimine la diferencia o en una dualidad que escinda las diferencias –la oposición polarizada de la lucha de poder. Lacan (1977) dio al padre la posición del tercero interviniente. Al pensar en el triángulo edípico el “no” del padre es contemplado como el tercero paradigmático y, así, la prohibición del incesto se convierte en el modelo de la terceridad.


Benjamin (1988, 1995) ha enfatizado que la misma madre, a medida que la criatura va creciendo, es la que debe representar el principio de separación teniendo su propia relación personal con un tercero, que a veces puede estar representado por el padre. También es crucial que el deseo de la madre se fundamente en su capacidad de aceptar tener sus propios objetivos separados de los de su criatura. También ha enfatizado (Benjamin, 1995a) que la criatura se desarrolla mediante el reconocimiento de los objetivos independientes y la subjetividad de la madre, subrayando la importancia de éstos para las relaciones de género, al reconocer a las mujeres como sujetos. Benjamin ha intentado mostrar cómo la noción del padre como creador del espacio simbólico niega el reconocimiento y el espacio que ya están presentes en la díada materna.


En este artículo, va a elaborar más su idea de que la terceridad empieza en la díada madre-criatura y se desarrolla a través de experiencias en las que la madre sostiene en tensión su subjetividad/deseo y las necesidades de la criatura, su conciencia de la situación y la apreciación empática de la experiencia de la criatura.


La investigación de la primera infancia ha mostrado que el reconocimiento es más que discurso verbal. Lacan (1975) dijo que la terceridad del discurso es un antídoto a la complementariedad en la que tu realidad borra mi realidad o viceversa –donde sólo una realidad es posible. El diálogo madre-criatura se fundamenta en experiencias tempranas no verbales de comunicación cinética vocal y visual. Este diálogo organiza experiencias tempranas de disrupción y reparación en las que la fiabilidad de un patrón compartido se forja en el crisol de la regulación y el reconocimiento mutuos. Hay, por  lo tanto, dos elementos incluidos: el tercero en la mente de la madre y lo que ella llama el tercero incipiente o primordial –el principio del intercambio más temprano de gestos entre madre y criatura, que ha sido llamado unicidad (oneness). Ella considera que es una forma de terceridad, lo llama el principio de la resonancia afectiva. Este tercero, regla, patrón o expectativa, es algo que se cocrea, se puede modificar y se experimenta entre dos sujetos como si tuviera una existencia objetiva. El deseo y la expectativa del sujeto de encajar se correlaciona con la intención de la pareja que, al ser expresada, se transforma en un objeto de conocimiento- “esta pareja está intentado ponerse de mi lado” (Beebe y cols, 2003).


Desde su punto de vista, no hace falta que el reconocimiento empático sea completo para ser efectivo porque la intención se puede discernir incluso en una expresión imperfecta.


Sander (2002) habla de tercero incipiente o primordial en términos de ritmicidad. Están describiendo el principio que subyace a la creación de patrones compartidos, lo que constituye la base de la coherencia y la interacción tanto entre  personas como entre partes internas del organismo.


Una de las aportaciones de la investigación en primera infancia es la noción de simetría o regulación mutua (Beebe & Lachmann, 2002). Si pensamos en términos de una persona que reacciona a la otra, el tercero cocreado desaparece. Los investigadores describen cómo el adulto y la criatura se alinean con un tercero, un ritmo cocreado que no es reductible a acción-reacción.     


En la actuación afinada de la música o la danza, la ritmicidad de la interacción requiere y crea el reconocimiento de patrones. La experiencia de la terceridad es parecida a seguir un tema compartido en una improvisación musical, que uno crea simultáneamente y al que uno se rinde; es como la experiencia transicional (Benjamin, 2004) de tener la capacidad paradójica de ser inventado y descubierto.


Sander (2002) demostró que los neonatos alimentados a demanda se adaptaban rápidamente (en dos semanas) a ser alimentados de día y a dormir de noche, mientras que los alimentados cada cuatro horas no se adaptaban. Esto demuestra cómo la sintonización de la madre para acomodarse al ritmo del bebé es una condición para cocrear un sistema funcional; así, tal como la cuidadora se acomoda, lo hace el bebé. Las capacidades adaptativas innatas del bebé parecen dar a luz no a la estructura complementaria en la que uno dicta y el otro cumple –sino a una respuesta espejo a la acomodación al otro. Este principio del encaje empático parece esencial a toda interacción no verbal que, como han argumentado Beebe y Lachmann (2002), permanece constante toda la vida.


Benjamin quiere diferenciar el tercero primordial del tercero en la mente de la madre. Hasta cierto punto la madre se identifica con las necesidades del bebé pero, en cierto momento de agotamiento puede que surja el problema de la dualidad. Puede que su urgente necesidad de dormir entre en conflicto con la necesidad de comer de la criatura. Muchas madres han llegado a entender la fantasía de  infanticidio en este momento de “mata o muere”. Entonces puede surgir una dualidad complementaria en la que la madre se experimente inconscientemente como sometiéndose. Aquí la madre necesita un tercero para trascender la caída en la dualidad. Este tercero es la comprensión de la necesidad, de manera que el conflicto entre necesidades se resuelve en términos de rendirse a la realidad en vez de someterse a una exigencia tiránica. Entonces la madre siente “hago lo que hay que hacer” en vez sentir “se me hace”.


Pero debemos distinguir este “lo que hay que hacer” del antiguo superyó. ¿Cómo evitar que el tercero en el uno degenere en un mero deber y autonegación? Se evita por el hecho que en otros momentos la madre y la criatura están en sincronía. Es decir, la unicidad identificatoria de sentir la conexión entre el alivio de la criatura y su placer y su gozo, a sabiendas de la asimetría de la relación. Pone un ejemplo escrito por un padre (lo que nos ayuda a recordar que la “maternidad” es una categoría que puede trascender el género e incluso ponerlo en cuestión). Stephen Mitchell (1993) nos ilustra la distinción entre someterse a un deber y rendirse al tercero:


“Cuando mi hija tenía unos dos años recuerdo que me encantaba salir a pasear con ella dadas sus nuevas habilidades ambulatorias y su interés por el aire libre. Aunque pronto encontré que estos paseos eran extremadamente lentos. Mi idea de paseo suponía movimiento vigoroso a lo largo del camino. Su idea era muy otra. Me di cuenta el día que encontramos un árbol caído en la cuneta y que pasamos el resto del “paseo” explorando la vida de los insectos del árbol. Recuerdo que súbitamente me di cuenta de que estos paseos no tendrían ningún interés para mí, serían meramente un deber parental, si mantenía mi idea de paseo. En cuanto pude renunciar a ella y rendirme al ritmo y foco de interés de mi hija, un nuevo tipo de experiencia se abrió ante mí. Si me hubiera restringido al deber, hubiera experimentado los paseos como condescendencia. Pero fui capaz de convertirme en la versión de un buen compañero de mi hija y de encontrar que esta otra manera tenía un gran significado personal para mí” (p. 147).


Considera esta historia importante porque a menudo carecemos de criterios para distinguir una postura de sumisión a las exigencias del otro de una posición en la que podemos respetar la necesidad del otro incluso cuando entra en conflicto o no acaba de encajar con nuestra propia necesidad en este momento. Esta intención de conectar y la acomodación resultante a las necesidades del otro forman una versión emocionalmente enriquecedora de lo que llama el tercero moral, la conexión, un principio mayor de necesidad, justicia (rightness) y bondad.


Nos hace falta encontrar una manera de distinguir acomodación de sumisión, tanto en la situación parental como en la terapia.


En la terapia, una sobrevaloración de la empatía sobre la conciencia de la diferencia, podría ignorar la necesidad del/la paciente de estar seguro/a de que no coacciona al/la terapeuta de manera que “destruye al objeto” (Winnicott, 1971) de manera que no hay nadie que le reconozca. Entonces, el/la paciente necesita experimentar que no está ejerciendo algún tipo de sustitución del sufrimiento temprano que evite la realidad de la pérdida. También puede que esté deseando alcanzar una libertad poco conocida, sólo sospechada -la que se obtiene como resultado cuando ni paciente ni terapeuta juegan el papel de sus objetos internos ansiosos o controladores.


¿Cómo distinguimos, pues, condescendencia o sumisión de aceptación de la diferencia, del reconocimiento de la subjetividad separada del otro? En un esfuerzo por resolver el problema de la asimetría con pacientes cuya vulnerabilidad afectiva requiere que el/la terapeuta ejerza una contención considerable de su propia reactividad, Slochower (1996) ha propuesto una versión de la contención en la que el/la terapeuta carga con el conocimiento del dolor del/la paciente que no puede soportar nuestra subjetividad si le fuera librada. De esta manera, el/la terapeuta está claro respecto a la diferencia entre satisfacer al paciente y satisfacerse a si mismo, evitando la connivencia y el colapso de los esfuerzos incipientes del paciente hacia la autonomía que de otro modo podría tener lugar.


Otro aspecto crucial del tercero en el uno es el conocimiento que tiene la madre de que el malestar de la criatura es natural y efímero, de manera que ella puede tolerarlo y aliviarlo sin disolverse en una unidad ansiosa con ella. Tal como Fonagy y cols. han enfatizado, en investigación de la infancia vemos cómo la madre que puede demostrar empatía con las emociones negativas de la criatura y a la vez muestra con un marcador (por ej. la exageración) que éste no es su propio miedo, o dolor, o malestar, es mucho más capaz de calmar a su bebé.


Por otro lado, el/la analista sólo puede calmar o regular al/la paciente manteniendo alguna diferenciación. Cuando el/la paciente está severamente desregulado/a, es poco probable que el/la analista mantenga esta posición; más bien es algo que estará perdiendo y recuperando constantemente (Shore, 2003) y que a menudo requiere la cooperación del/la paciente para la recuperación. No puede simplemente mantener una postura “completamente empática de madre”, completamente dadora, de proveedor/a inacabable de bondad y de empatía, sin engañarse sobre deslices inevitables, momentos de disociación, incomodidad con elementos de identificación proyectiva, etc. Si esto sucede, el/la paciente sentirá que debido a lo que el/la analista le ha dado, el/la analista le posee. En otras palabras, el/la paciente sentirá que debe suprimir sus diferencias, ahorrárselas al/la analista, participar en una pseudomutualidad. Es crucial mantener la tensión entre la autenticidad y la empatía, de manera que, como analistas, podamos movernos entre expresar y contener nuestra subjetividad, más que dar por supuesto que la autoexpresión es inevitablemente dañina o disruptiva del proceso.


Benjamin quiere subrayar que nuestros esfuerzos suponen un equilibrio complejo entre las dos estructuras independientes de la interacción dinámica –el uno en el tercero y el tercero en el uno. Necesitamos el tercero en el uno porque la “unidad” es peligrosa sin el tercero, pero también necesitamos el uno en el tercero (el lado que falta en la teoría edípica), la experiencia incipiente o primordial de terceridad, de unión y resonancia.


Una de las dificultades más comunes en psicoterapia es la del/la paciente que utiliza las funciones simbólicas de la autoobservación de manera punitiva, a menudo identificado/a con la autoridad paterna crítica, así el tercero se convierte en una función del self falsa. Funciona como una máscara del autocastigo y por lo tanto se convierte en generador de vergüenza más que de insight (un ejemplo sería la madre que se preocupa del comportamiento de la criatura como evidencia de su propia valía como madre). Es más probable que promueva nuestro sentido de responsabilidad la capacidad de observar sin precipitarnos al juicio que nuestra capacidad de reparar lo que va mal.


Por lo tanto, quiere enfatizar una distinción crucial entre la función observadora que se desarrolla en el espacio de la terceridad y el autoescrutinio que se desarrolla sin la música del tercero en el uno.


Sugiere, como ha hecho Cooper (2000) en otro contexto, que lo que ha sido entendido como la función materna de contención tiene que ser comprendido realmente como un proceso mutuo, para crear un sistema de reconocimiento mutuo y de contención que pueda sobrevivir a las crisis y se pueda reparar. En ausencia de un tercero compartido, uno a menudo es incapaz de regular su nivel de tensión. Cuando el analista, en reacción a la desregulación del paciente, intenta volver a regularse adoptando la posición de observación sin recrear una acomodación afectiva, el efecto del insight es ampliar la disociación para ambos participantes y tal vez llevar a una protesta alarmada por parte del paciente (tal como han detallado Spezzano (1993, 1996), Bromberg (2000), y Schore (2003)). A menudo, detrás de estos casos vemos un principio coercitivo de dualidad, un patrón de reactividad en que una persona debe entregarse a la otra. Terapeuta y paciente recrean las dificultades originales que el/la paciente experimentó al intentar construir una terceridad basada en el reconocimiento compartido y en la acomodación asimétrica de la madre.


En resumen: la terceridad presimbólica incipiente, subyace a los cimientos del posterior tercero simbólico interpersonal. Sin este tercero incipiente, el diálogo se convierte en un mero simulacro de terceridad. En otras palabras, el aspecto energético, rítmico, del tercero incipiente, debería participar en el tercero moral, cuya “ley” de respeto por la diferencia se desarrolla a partir de esta estructura temprana de acomodación a la otredad. De maneras que no siempre reconocemos, esta legitimidad impregna nuestras experiencias de bondad y proporciona el gran contenedor de los terceros más pequeños que nos esforzamos por construir en nuestras relaciones.


La creación de un tercero compartido, con su función contenedora y de reconocimiento, nos permite redescubrirnos continuamente en el otro, el otro en  nosotros, y la diferencia entre ambos. Es el gran descubrimiento que Stern (1985) propuso, que hay otras mentes por ahí. Y en algún momento, tanto del proceso del desarrollo como del terapéutico, podemos empezar a descubrir que hay alguien por ahí que ve el mundo de una manera distinta (Hoffman, 2002). De manera que la subjetividad separada a la vez que reconocedora de la madre o del/la analista se convierte en el vehículo de la cosa más preciada, que es el amor que proviene de otra persona.



Capítulo 4. ¿Qué hacen los padres y cómo lo hacen? James M. HERZOG


Herzog empieza adelantando la hipótesis que las madres piden a los padres que cocreen un espacio psicológico con ellas en el que sea posible que la criatura sea ella misma con una cantidad mínima de protección de las proyecciones, de los conflictos inconscientes, o de los residuos traumáticos no resueltos. Si no son contenidos o valorados, es probable que éstos sean perjudiciales y deformen el desarrollo de la criatura. La tirantez no reconocida en la relación adulto-adulto a menudo da como resultado una desviación de este tipocomo describieron, entre otros,  Braunswcheig y Fain (1981). Esta tirantez compromete la capacidad del padre de ayudar a su esposa a modular y manejar las agitaciones internas que puedan interferir con su capacidad de ver a su criatura y a su marido como lo que son.


Herzog propone que el padre está admirablemente constituido para asistir a su esposa si emplea el principio paterno, una extensión del postulado de Chasseguet-Smirgel (1985) de la ley universal por la que el padre representa la realidad de las diferencias generacionales y de género. Su tesis es que el padre debe mantener activamente una posición que favorezca la heterogeneidad y la diferencia individual delante de factores que militan contra esta realidad esencial. Sirve esta función recordando a la madre la relación sexual y la coparticipación en la experiencia y el manejo de la excitación.


Llama al empuje por la homogeneidad la preferencia “Mr. Rogers” (el deseo de la madre de que el padre sea más materno que paterno. Esta presión a menudo contiene el deseo, o incluso un decreto, que promulga la suspensión de la sexualidad adulta, a la que el padre tiene que responder afirmándola, siendo ésta la marca distintiva de una masculinidad y paternidad suficientemente buenas. La línea del desarrollo del cuidado de sí en el hombre le predispone a necesitar y querer mantener los componentes sexuales y agresivos de la “conyugalidad” y el dar cuidado incluso cuando la presión para la alimentación y el apoyo están necesariamente presentes y predominan. Al postular esto, enfatiza la naturaleza cooperativa de la alianza parentogénica forjada por un hombre y una mujer que se quieren y la ventaja para la criatura si tiene dos figuras parentales cuyas líneas de desarrollo para el cuidado son distintas en virtud del género.


Hay suficientes datos de la neuropsicología que apuntan a que la criatura tiene menos necesidad de que la madre esté perfectamente sintonizada alrededor de los tres meses de edad. Hacerlo así parece facilitar la maduración del córtex prefrontal y sus circuitos en desarrollo respecto a la responsividad emocional y a la regulación (L. Mayes, 2003, comunicación personal).


Es exactamente en este punto que la demanda paterna de que la madre vuelva a la cama y a su excitación conyugal deviene crítica. Él ayuda a la madre a estar menos perfectamente sintonizada con la criatura al invitarla a dividir su sintonización entre sus partes materna y de esposa. Al mismo tiempo que él está disponible para la criatura en su modo de juego interactivo preferido.


La relación entre la sintonía materna y el amor de la madre por la criatura y la excitación sexual y el amor de la madre por el padre es un fenómeno complejo y variado. Laplanche (1999), Stein (1998) y Fonagy &Target (2003), entre otros, han postulado que la excitación sexual del bebé surge en respuesta a la seducción materna inconsciente y al desajuste de la sintonía, la que crea una representación del self introyectada en forma de extrañeza que luego constituye el otro excitante y elusivo. Fonagy ha comparado este proceso con el desarrollo del fenómeno borderline.


Toda esta dinámica es contemplada por la criatura de alguna manera visible y vital, respecto a si tiene lugar de una manera suave o si encuentra resistencias y fijaciones profundas y desviadas. Sus representaciones del “self-con la madre-y-con-el-padre” comprenden todas estas negociaciones entre los padres y los procesos inconscientes que comportan para ellos.


Ilustración de casos


Nick


El autor presenta a Nick, un niño de 10 años que se analiza con él. Primero presenta a sus padres: su padre, un diplomático de 50 y tantos; su madre, una educadora que se ha convertido en ginecóloga. La demanda es para el hijo pero tal vez también para el padre.


El padre, casi siempre consiente a las indicaciones de su mujer. La madre le ha puesto un tratamiento estricto para el prurito anal crónico de su marido: tiene que tomar nueve baños de asiento al día y eyacular mediante masturbación cada mañana y cada noche.


La madre, entonces, habla de su depresión y de una historia familiar de enfermedad bipolar. El padre se relaja. Observo el poder de la madre y la disminución de la pulsión del padre. Me pregunto si su sexualidad se ha transformado en esta parodia de relación médico-paciente. Me hago la hipótesis que estos padres deben haber afectado a la capacidad de su hijo de autorregularse y de interaccionar con los otros.


Cuando trabajan juntos, Nick trae este material: Texarkana Tranny, el/la bibliotecario/a dice: “Sonny, ¿necesitas ayuda?”, y cuando el chico dice “Sí”, ella le mete la polla en su confiado culo. Parece una abuela con un moño, y faldas largas, pero es un disfraz. En realidad es un tipo vestido de mujer. Nadie sospecha porque engaña muy bien. Es muy mala. Entretanto Tex, su alter ego, lleva tejanos, botas, camisa de cuadros y un cinturón de piel ancho. Parece un chico, pero tampoco acaba de ser correcto del todo. Está solo en su chabola y pensando en proporcionar jugosas hamburguesas con queso a las criaturas hambrientas del mundo. Tex es un soñador que sólo habla pero no hace nada. Está abrumado y en consecuencia no hace nada. Es absurdo que lleve el cinturón para que no le bajen los pantalones porque probablemente no hay nada debajo.


Tranny continúa con sus asaltos, y a pesar de que Nick le pide que no  intente pararla, que sólo juegue, Herzog insiste en intentar evitar sus ataques. En cambio, no está tan motivado por despertar a Tex (contratransferencialmente).


Más adelante, Nick y Herzog exploran el mundo de las langostas bebé y sus primeros días de peligro. Cuando son arrojadas de la cola de su madre, flotan hacia la superficie y son presas de centenares de bocas, sólo unas pocas sobreviven para poder tener su primer caparazón y entonces pueden bajar a la relativa seguridad del fondo del océano.


No hay presencia paterna para garantizar la seguridad de los pequeños crustáceos. Tampoco tienen una guía de “cómo hacerlo”, ni pueden hablar. No tienen ningún entorno de familia contenedor. El autor pregunta si las langostas padre y madre tienen una buena relación: cuando la madre remueve la cola, no sólo suelta a los bebés sino que también ahuyenta al padre que huye para no volver, “sí, sabe lo que es bueno para él”, dice Nick.


La siguiente área de exploración les permite construir una cierta alianza entre dos ballenas, pero no para criar sino para destruir pingüinos.


Finalmente fueron absorbidos por la construcción de una casa extraña, que había sido construida en un suelo inestable y se desplomaba, y se tenían que preguntar sobre qué cimientos se podría tener en pie. La madre tierra tenía que tener alguna estructura fiable. Entonces Herzog pudo decir: “Algunas langostas y algunos pingüinos viven y son padres. Tenemos que descubrir qué posibilita que esto tengo tenga lugar. Tenemos que encontrar porqué Tranny se comporta tan mal y porqué Tex está tan inmóvil. Todo esto nos ayudará para saber cómo poner buenos cimientos a la casa”.


Entonces Nick respondió que creía que la madre Tierra no lo podía hacer sola, que necesitaba al dios padre, para que se pudiera construir la casa y para que el suelo no se abriera. Si miramos las equivalencias entre las langostas, los pingüinos y Texarcana Tranny y la madre Tierra, con los detalles reales del prurito anal y las eyaculaciones, parece que Nick reconociera que a su padre le daban por el culo aun cuando no conociera las maneras específicas.


Colleen


Tiene 5 años y lleva un año en análisis con Herzog. Es hija única. Su madre tiene 40 y tantos y su padre 50, y retrasaron su nacimiento hasta que la madre se hubo establecido en su carrera. Luego, quedar embrazada fue difícil, y tuvo cuatro fetos, de los que tres fueron eliminados y sólo se dejó desarrollar el de Colleen (dos de los tres eran hembras y uno macho).


Siete semanas después del nacimiento de Colleen, su madre desarrolló una depresión psicótica, e intentó ahogar a su hija, que sobrevivió, pero la madre fue hospitalizada. Tenían una cuidadora pero el padre no se fiaba y se quedaba en casa. Tuvo que dejar el trabajo.


Actualmente, la madre está en psicoterapia intensiva y el padre está en análisis. La pareja no tienen relaciones sexuales y la madre supone que su marido tiene otra amante, porqué él no podía vivir más de 24 horas sin sexo.


Colleen le fue derivada por el analista del padre porque no se podía separar de la madre y cuando finalmente la dejaba en la escuela golpeaba a sus maestras.


En sus juegos, Colleen y Herzog hablan de halcones, de cómo el padre caza y la madre se queda en casa para cuidar de los pequeños. La narrativa del juego es que Flora, la madre halcón, es bella y atenta, cuida a los pequeños y les mastica la comida que trae el padre. Finalmente se centran en la pequeña Flora, que come sólo la comida que le mastica la madre, el padre come con los otros pájaros.


Las cosas se complican y Flora madre a veces muerde a la pequeña Flora, y  un día ésta se cae del nido. El padre no está a la vista, pero la devoción por la madre permanece, aun cuando ésta trata de dañarla claramente.


Colleen se pregunta por el padre y los hermanos de la pequeña Flora y explica que interesarse por la maldad de la madre es peligroso, porque una se debe proteger de estas tendencias asesinas amándola, especialmente si no hay un padre protector presente.


Conclusión


En todas las relaciones íntimas hay un tirón hacia la convergencia y la identidad (sameness) incluso cuando hay una necesidad de individualidad y diferencia. La manera como dos personas, madre y padre, devienen más similares y la manera como la sexualidad como el medio para jugar permite una posición suficientemente segura para la diferencia y la heterogeneidad que caracterizaban a cada miembro de la pareja antes de que el proceso marital empezara a tironear para la homogeneización, es, quizás, la historia universal de la relación marital. La sexualidad en sus raíces límbicas es el punto de reunión natural para la declaración de la diferencia y para que los aspectos innatos del self, tanto biológicos como psicológicos, se expresen. Como tal, con sus propias versiones de la dominación, la jerarquía, el compañerismo y los ciclos de excitación y reposo mutuamente orquestados, permite que la presión hacia la identidad (sameness) sea contrarrestada de una manera crítica en el modo más fundamental de juego. En ausencia de un sistema así que funcione suficientemente bien, la necesidad de manejar estos temas toma otras formas menos favorables.


Herzog ha intentado mostrar a través de las experiencias únicas de Nick y Colleen como se presentan desde estas formas menos favorables. Las adaptaciones suficientemente buenas de las negociaciones madre-padre, y la coconstrucción de un entorno suficientemente seguro para las criaturas, abundan. Nosotros, los clínicos, estamos en una posición única para elaborar una nosología de la patología y una plantilla de la salud y el desarrollo óptimo.  


 


Capítulo 5. ¿Qué saben y hacen las madres y las abuelas? Sara RUDDICK


Las abuelas y las madres


Las abuelas son madres; tienen una relación materna adoptiva o biológica hacia, al menos, una de sus criaturas que se ha convertido en padre o madre. El estatus de “abuela” difiere con las culturas.


Ser abuela o madre ya es, por el significado de las palabras, estar relacionada con niños o niñas. Pero, a diferencia de la madre, la abuela está inmediatamente relacionada con, como mínimo, dos conjuntos de niños o niñas, dos generaciones, lo que la sitúa en una red de relaciones.


Con este artículo, Ruddick está empezando a crear una voz generacional que reconozca la distancia temporal, hable con contención y respeto, pero que no quede tan atrancada en sus esfuerzos para ser buena que pierda el placer de los nietos y las nietas.


¿Qué quieren las madres?


Una madre quiere mantener a sus criaturas a salvo, protegerlas de la enfermedad, de los accidentes y de la violencia. Quiere promover sus capacidades para el gozo; entrenarlas a comportarse porque desea que sean aprobadas por su grupo social, ayudarlas a que progresen en la escuela y con los amigos. En la mayoría de culturas “ser madre” significa querer para tus criaturas lo que crees que son las cosas buenas de la vida.


Las mujeres que son madres también tienen objetivos y deseos independientes (independientes de las necesidades de las criaturas). “Una carrera” o “un trabajo escogido”, son símbolos socialmente respetables de deseo extramaterno. Los conflictos entre los deseos maternos y los no maternos es una característica de las mujeres que son madres, no un problema inesperado que les acaece.


Cualesquiera que sean las buenas cosas que una madre desee para sus criaturas, sus esfuerzos para proporcionarlas es “trabajo”. Hace unas décadas era crucial que este trabajo fuera reconocido como una actividad exigente.


El género se ha mantenido notablemente “inflexible” (Williams, 2000), por muchas razones las mujeres todavía hacen una cantidad desproporcionada del trabajo de cuidar. A la vez, hay cada vez más mujeres que se implican en carreras que elevan “la productividad”. Las mujeres con carreras, o con trabajos exigentes, se tienen que enfrentar a opciones difíciles.


Otra opción son las empleadas (nannies) que, aunque sólo representan una pequeña parte de la población, ha atraído la atención de las críticas sociales, las feministas y las madres que las emplean (Romero, 1992, 1997; Wrigley, 1995; Nedelsky, 1999; Tronto, 2002; Nichols, 2004).


La autora está sorprendida por el carácter elusivo del trabajo de maternaje, lo haga quien lo haga. Además, todavía le llama la atención la variedad y la persistencia de “culpar a la madre”, la manera como las culturas representan a las madres es no sólo como tontas o malas sino como responsables de los males de sus sociedades (Ladd-Taylor &Umansky, 1998). El trabajo de maternaje es una mezcla extraña que toca la intimidad, la organización directiva de los proyectos de la casa, formar y educar en habilidades y valores, luchar a favor de los hijos y las hijas, y enseñarles cómo luchar entre ellos sin grandes heridas físicas o mentales. Cada manera tiene sus excesos. Este trabajo no es menos exigente tanto si lo hace una empleada, una amiga, una abuela, o la madre. Pero importa quién lo haga.


Las relaciones maternas son inherentemente íntimas, confusas, como confusa es la intimidad, que está sujeta a grandes desacuerdos entre madres. Además, el trabajo se nota tan poco que puede que una madre vea poca conexión entre sus esfuerzos y la felicidad poco duradera de su hijo o  hija, por no hablar de su bienestar a largo plazo.


Por otro lado, estas criaturas  a menudo responden a los cuidados de maneras que son frustrantes, si no enfurecedoras: quitando importancia a lo que se les da, corriendo a la calle, mordiendo a la hija o al hijo de los vecinos, abandonado la escuela, etc. Desde el principio, los niños y las niñas son vulnerables al asalto,  no sólo por matones y sádicos sino también por personas exhaustas y enfadadas que les quieren. Desde muy pronto también son vulnerables a la humillación y a la vergüenza. La dignidad es la contrapartida. Sin lugar a dudas, la dignidad de una criatura le debe ser reconocida y conferida para que se la haga suya. La criatura “acude a otro” que la cuida, y cuyo poder sobre ella es inmenso. Ruega que no será violada, o avergonzada, que no será dejada de lado o excluida aunque sea enfurecedora, seductora, decepcionante o agotadora.


¿Qué quieren las abuelas?


Los abuelos y las abuelas parecen fuertemente dotados para querer a sus nietos y nietas, cuya relación con ellos es como mínimo triangular. Aunque sea joven, una abuela está tres generaciones alejada de su nieta, como escribe Woodward (1990) “las abuelas nos ayudan a encontrar la salida del mundo de Freud limitado a dos generaciones, y del que faltan las mujeres viejas”. Nos dan  un sentido de longitud de la vida y también de ciclo de vida.


Una abuela quiere tener relaciones fuertes y estables con sus hijos/hijas. A veces se siente impotente ante el poder colectivo de éstos y de su entorno. También se da cuenta de que una madre tiene poder para herir y se pregunta si puede o si debe intervenir ante las dificultades.


Los abuelos y las abuelas necesitan y quieren experiencias que les permitan permanecer curiosos, apreciativos y vinculados al mundo que les sobrevivirá. Han tenido experiencias de pérdidas, enfermedades y muertes, y desean profundamente una nueva vivencia de amor y completud (Daniels, 2003, comunicación personal).


Los abuelos y las abuelas a menudo enferman y se asustan, y entonces quieren toda la ayuda que puedan recibir. El último regalo que puede dar una figura parental es el ejemplo de acabarse y morir bien. La muerte de los padres y las madres y los abuelos y las abuelas puede simbolizar el cuidado dado y recibido. Morir bien requiere los esfuerzos de amigos y amigas y de los hijos e hijas, además de los asistentes médicos formados. Demasiado a menudo “los proveedores de cuidados” no pueden sostener suficientemente bien la red de cuidados que necesitan. Abundan las historias de sufrimiento innecesario. Cuando el cuidado depende del dinero, de la clase o de la tarifa por servicio, es lamentable.


En la entrevista que la autora llevó a cabo los y las abuelas querían dar algo especial a sus nietos, algo que expresara sus valores, sus intereses y a ellos mismos.


Seguridad y tristeza


La autora acaba con un apartado dedicado a la guerra de Irak y a la violencia, y afirma que “conferir dignidad” y “sostener a alguien en persona” son ideales de no violencia.  La seguridad, el miedo de que “se hagan daño” está en el centro del maternaje. Acaba diciendo que lo que la violencia destruye una y otra vez es la felicidad ordinaria y la confianza.



Capítulo 6. ¿Qué es una madre? Perspectivas gays y lesbianas sobre la parentalidad. Jack DRESCHER,  Deborah F. GLAZER, Lee CRESPI  y David SCHWARTZ


“Cuando tenía 20-30 años vi a muchos de mis amigos heterosexuales desaparecer a sus cuevas de crianza. Cuando alcancé los 40 empecé a ver un fenómeno parecido con mis amigos gays y lesbianas. Yo no estaba cómodo con este estado de cosas. Cuando supe que el apartamento vacío encima del mío, en Chelsea, iba a ser comprado por una pareja de hombres que tenían  un niño de dos años, eché de menos nostálgicamente aquel tiempo en que vivir en una zona gay significaba no tener que soportar el ruido de criaturas en el piso de arriba”.


(Jack Drescher, El Círculo de Liberación)


Historia


Los cambios culturales pueden ser desorientadores. En 1969, la política del movimiento de liberación gay era antiestablishment, antimilitar, y antiinstitucional. Muchos escritores gays predicaban a favor de la sexualidad gay como subversiva o revolucionaria. Era la era preSIDA. Trágicamente, la filosofía de la liberación sexual de los 70 no anticipó la devastación que la epidemia del SIDA traería en la próxima década, y que cambiaría los objetivos a: conseguir servicios públicos de salud (Shilts, 1987), el derecho a servir en el ejército (Shilts, 1993), el derecho a casarse (Sullivan, 1997) y el derecho a tener, adoptar y cuidar criaturas (Glazer & Drescher, 2001, D’Ercole & Drescher, 2004).


Los gays y lesbianas de finales de los 80 querían encajar en la sociedad, en vez de ostentar un radicalismo descarado. En la actualidad, el matrimonio entre personas del mismo sexo está en discusión, así como la parentalidad, y son parte de una agenda social para  normalizar la homosexualidad. Los valores familiares han enraizado y ahora muchos gays y lesbianas se preguntan si van a querer hijos antes de decidirse a comprometerse a largo plazo.


Temas psicosociales


Los hombres y las mujeres gays están interesándose crecientemente por al opción de transformarse en padres. La disponibilidad de nuevas tecnologías reproductivas, de las madres de alquiler, y los donantes de esperma, así como la aceptación creciente por parte de las agencias y los juzgados de la adopción de gays y lesbianas  (Mamo, 2004) están entrando en un territorio previamente desconocido por los psicoanalistas tradicionales.


Muchos padres y madres gays y lesbianas tienden a una autoexploración intensiva como preparación para entrar en el nuevo territorio de la parentalidad. El hacerlo les deja especialmente bien equipados y preparados para ser padres y madres (Baran y Pannor, 1989). A pesar de esto la decisión de ser padres o madres les puede evocar muchos cambios en la experiencia del self.


Algunos gays y lesbianas hacen el duelo por no poder procrear mediante medios tradicionales. Un duelo no resuelto puede impedir a algunas mujeres lesbianas tener hijos en su relación; otras pueden experimentar una sensación de inadecuación y fraude si su maternidad no ha sido obtenida por medios heterosexuales. Aunque este tipo de duelo también puede afectar a hombres gays y a parejas heterosexuales que se apoyan en las tecnologías reproductivas.


Pueden surgir temas de competitividad entre parejas gays para decidir quién de los dos será  donante para inseminar una madre de alquiler. Algunos lo resuelven mezclando los espermas. Como sucede a menudo, uno de los padres puede ser identificado erróneamente como la “madre real” o el “padre real”. El padre no biológico/no legal puede tener que afrontar sentimientos inesperados de rabia y rechazo en vez de la esperada felicidad y excitación.


Otra preocupación de algunas lesbianas, especialmente cuando piensan en una inseminación con donante, es si la madre biológica tendrá un vínculo más fuerte con la criatura. Crespi (2001) encontró, en una exploración con entrevistas, que si la otra madre se involucraba activamente en los cuidados, tenía el mismo potencial o incluso más, para un vínculo fuerte. Estar al cuidado de la criatura también puede hacer surgir sentimientos competitivos.


Cuando las figuras parentales pueden tomar un papel más o menos igualitario en la mayor parte de las rutinas diarias, la criatura parece vincularse relativamente igual con ambas, aun cuando se manifiesten preferencias típicas de determinada edad, ocasionales, transitorias y cambiantes. Lo que está claro es que la figura parental que asume el cuidado principal, sea biológica o no, es la que establecerá un vínculo más claro con la criatura, sean las parejas homo o heterosexuales. Este fenómeno se ha observado también en familias heterosexuales en las que el padre asume la función nutricia primaria (Pruet, 1981). De todas maneras, cuando la figura nutricia primaria también es la figura parental biológica, hay más potencial para que surjan sentimientos de exclusión y que la figura no biológica se sienta periférica.


Cuando una de las figuras parentales ha tenido un papel biológico, la otra (padre gay o madre lesbiana) se puede encontrar en una posición rara porque, además, puede que no tenga estatus legal en relación a la criatura. Sin relación legal, biológica, ni nutricia primaria, esta figura se tiene que inventar un papel social, sin constructores socialmente definidos que legitimen su estatus parental, y sin modelos con los que identificarse, a menudo estas figuras no son reconocidas en absoluto como parentales (Tasker y Golombok, 1997). El fuerte deseo de maternaje de una mujer puede estar acompañado por un sentido igualmente fuerte de tener derecho a ser la cuidadora primaria (Crawford, 1987). Puede ser difícil organizar los propios sentimientos de exclusión o rechazo cuando la criatura muestra una preferencia.


El psicoanálisis, históricamente, ha definido el papel del padre en los primeros años de la vida de la criatura como de apoyo y de protección a la díada madre-criatura (Winnicott, 1956) o que promueve la exploración y el desenredo del lazo simbólico con la madre (Mahler, Pine & Bergman, 1966). Sin embargo, en familias en que el padre es el cuidador primario (Pruet, 1983) éste tiene la capacidad de nutrir y de vincularse tan profundamente como una madre, si ha tenido identificaciones positivas fuertes con su propia madre.


De forma parecida, si una madre lesbiana puede apelar a una identificación positiva con su padre, probablemente podrá asumir un papel de apoyo, estimulación, y mediación de una manera no conflictiva. Mientras que a una lesbiana que se haya desidentificado de la madre (Schwartz, 1998), pero que esté conflictuada en relación con su padre le puede ser difícil definir su papel como figura parental si no es la cuidadora primaria. Este sentimiento puede ser más difícil si, además, ha intentado concebir sin éxito. De nuevo, hay tan pocos arquetipos en la cultura que apoyen a una mujer en el papel coparental que difícilmente encontrará validación y confirmación social. También debemos mencionar que las madres biológicas tampoco están completamente libres de los estresores que supone navegar en la dinámica de la relación de madre lesbiana.  


Más problemático y potencialmente más destructivo es el caso de una persona que no ha sido suficientemente cuidada y todavía necesita una relación de dos, y entra en una relación de tres, por la maternidad.


Las familias gays y lesbianas, además, pueden ser rechazadas al ser contempladas como anómalas o desviadas. Situaciones así se pueden dar cuando la criatura decide presentar sus dos madres o sus dos padres a todo el mundo a la vista, dentro de un autobús, por ejemplo.   


El primer trabajo de investigación sobre criaturas que nacieron de madres lesbianas ya tiene casi un cuarto de siglo (Kirkpatrick, Smith y Roy, 1981). Sin embargo, no hay todavía suficientes y las madres lesbianas y los padres gays tendrán inevitablemente que afrontar las cuestiones acerca del nacimiento de sus criaturas, experimentarán una tensión creciente al tener un tipo de vida de familia del que no hay modelo y tal vez, también, tendrán que hacer frente a discriminaciones contra sus criaturas.


Por otro lado, la aceptación social creciente ayuda a las lesbianas y a los gays a ampliar su experiencia en sus roles como mujeres y hombres, yendo más allá de lo que significaba ser lesbiana o gay en las generaciones precedentes. A medida que las madres lesbianas y los padres gays sean más visibles, entrarán progresivamente dentro del reino de la indagación psicoanalítica. Queda la pregunta de si el psicoanálisis ya está preparado para la tarea de entender sus vivencias.


Deconstrucción de la madre


¿Qué es una madre?, se preguntan inevitablemente las figuras parentales del mismo sexo y un número creciente de madres y padres heterosexuales. Hace más de medio siglo, uno de los pensadores más innovadores del psicoanálisis hizo una aproximación a esta cuestión indirectamente, intentando responder a la pregunta de qué es un bebé:


“… la unidad es el conjunto individuo-entorno. El centro de gravedad del ser no empieza por el individuo. Es el conjunto total. Por cuidado, técnica, contención y manejo general suficientemente buenos, la cáscara se va quitando gradualmente y el hueso (que se nos aparece como el bebé humano) puede empezar a ser un individuo”. Winnicott, 1952, p.99).


Medio siglo más tarde, un programa de televisión norteamericano, The rugrats, recoge el tema justo donde Winnicott lo dejó. En el Día de la Madre varias niñas y niños le explican a Chuckie, un amiguito cuya madre murió: “Una madre te quiere, te alimenta y te cuida”. En un momento de insight postmoderno Chuckie se da cuenta de que él también tiene madre y proclama felizmente ¡que es su padre!


Así pues, ¿qué es una madre? Con pocas excepciones (Glazer y Descree, 2001; D’Ercole y Drescher, 2004) los/las psicoanalistas raramente van a esta cuestión desde una perspectiva gay y lesbiana. Muchas formulaciones analíticas están enraizadas en teorías del desarrollo basadas en constelaciones familiares del siglo XXI. Esto lleva inevitablemente a algunos analistas a patologizar los esfuerzos de parentalizar que hacen los gays y las lesbianas. Los/las psicoanalistas heterosexuales, en su mayor parte, han ignorado los retos teóricos que suscita el número creciente de padres y madres gays y lesbianas y sus familias. Mientras hay cada vez más analistas gays y lesbianas que han intentado entender, en general, las vidas gay y lesbiana de una manera deconstructiva.


El concepto de “madre” (cursiva en el original) no es un concepto ordinario para deconstruir. El rango de implicación de madre es grande y diverso. En la cultura psicoanalítica se puede ver que madre abarca lo personal, lo teórico, lo clínico y lo político. De una u otra manera, cada uno existe en relación a la autoridad de múltiples madres. La madre es un ser y un modo de relación que significa simultáneamente vulnerabilidad, autoridad, fecundidad, feminidad, seguridad, nutrición, poder, generosidad, y tipos específicos de sabiduría, entre otras cosas. La madre requiere respeto, amor, temor, veneración, protección y humildad.


Así pues, desde una perspectiva queer, deconstruir madre significa tomar en consideración su estatus privilegiado, dado por supuesto, insertado en ciertas áreas de interés político, en particular respecto al estatus de las mujeres, la idealización de la heterosexualidad y el natalismo. En consecuencia, al deconstruir madre su degradación también es necesariamente parte del asunto, y la ansiedad significativa no puede estar lejos (uno de los autores localiza sus primeras deconstrucciones en 1973, cuando, siendo profesor de psicología, explicaba que no había datos que sugirieran que la madre biológica hace una contribución única a la crianza de la criatura que no se pueda obtener de otra manera, como, con la adopción, un miembro de la familia extensa, o alguien empleado. Las reacciones de los estudiantes hombres fueron ansiosas y temían que “se les quitaran” sus bien queridas madres. Este autor entonces estaba preocupado por los ataques conservadores a los esfuerzos para apoyar económica y psicológicamente a las madres que trabajaban).


Conclusión


De hecho, la ansiedad asociada a la degradación deconstructiva de la madre puede subyacer a alguna de las resistencias culturales a la parentalización gay y lesbiana. Puesto que la categoría madre es una tendencia cultural naturalista o esencialista, entonces para algunos la simple existencia de padres y madres gays y lesbianas amenaza el “orden natural” socialmente construido de la sexualidad humana. ¿Cómo puede ser “natural” tener dos madres o  no tener madre biológica?


En las religiones, el árbitro de lo que es natural es o bien una deidad o una colección de escritos atribuidos al deseo de la deidad. En ciencia, la determinación de lo que es natural a menudo descansa en una visión antropomórfica de la evolución o de los procesos evolutivos que “supone” que los seres humanos se comportan como la naturaleza quiere. En psicoanálisis, no está muy claro dónde buscar una definición de naturaleza. Hace cien años, Freud (1905) desvergonzadamente intentó ligar su propia visión psicológica del orden natural de la sexualidad humana a las teorías biológicas de su época.


“El resultado final del desarrollo sexual se basa en lo que se conoce como la vida sexual normal del adulto, en que la búsqueda del placer aparece bajo el dominio de la función reproductiva y en la que los instintos que la componen, bajo la primacía de una única zona erotogénica, forman una organización firme dirigida hacia un objetivo sexual vinculado a algún objeto sexual extraño” (p. 197)


Muchos, en el mundo psicoanalítico de hoy, ya no subscriben las teorías sexuales de Freud, aunque los modelos heterosexuales de reproducción y las familias nucleares todavía sirven como narrativas culturales convincentes -incluso entre los analistas interpersonales y relacionales- del mismo modo que hicieron con Freud. Como hemos visto, a menudo los constructos basados en modos heterosexuales tradicionales de reproducción afectan el modo como las parejas gays y lesbianas se perciben a sí mismas, sus relaciones íntimas y sus familias. Estos constructos también afectarán inevitablemente la manera como los psicoanalistas perciben a los padres y las madres gays y lesbianas. No obstante, las tecnologías reproductivas están creando un nuevo tipo de revolución sexual y de género. Los psicoanalistas tendrán que considerar el impacto que tendrán estos cambios en sus teorías y prácticas.


La resistencia, muy humana, a desprenderse de lo familiar, especialmente de lo familiar asociado a orden, claridad, y a un poquito de certidumbre, ralentizará los esfuerzos de los psicoanalistas para examinar honestamente estos conceptos. Una exploración así puede requerir que los psicoanalistas giren sus instrumentos de investigación únicos hacia las asunciones fundamentales que están detrás de las ideologías predominantes del género, la sexualidad, la familia y la economía política. El hacerlo puede llevar al descubrimiento de que algunas fuerzas perjudiciales para el crecimiento humano están incrustadas en algunos de los conceptos psicoanalíticos más apreciados, que han sido dados por supuestos, como el de madre. No obstante, el compromiso explícito de incluir un examen psicoanalítico específicamente de nuestras asunciones más fundamentales (especialmente aquellas que aparecen como las más inocentes) puede introducir algunos elementos para limitar y revertir el daño que los axiomas no cuestionados pueden hacer. 


 


Capítulo 7. Es una figura parental (Es evidente)[2]. Se necesitan nuevas narrativas de familia. Adria E. SCHWARTZ                   


Schwartz introduce su artículo de esta manera:


“Cuando pienso en él me acuerdo de cuando le conocí. Llegó a la consulta con Vicki en lo que parecía un depósito de oxígeno verde lleno de esperma congelado, envuelto con hielo seco. Aquella tarde, Vicki, mi paciente, inseminó a su pareja Margaret. Nueve meses más tarde nació Josh. Ahora tiene siete años y toca el cello. Tiene un hermanito, Andrew, del mismo donante, pero nacido de Vicki. Cada niño tiene dos madres, pero de alguna manera Josh es de Margaret y Andrew de Vicki – no necesariamente en las mentes de los niños, sino en las de sus madres. En relación con su hijo no biológico, cada una encuentra difícil sentir que es su ’madre real’”.


Tenemos que repensar las maneras como teorizamos acerca de las familias, dada la desgenerización de la parentalidad que ha tenido lugar en la familia postmoderna y la obsolescencia del triángulo edípico universal como la estructura que determina el género, la orientación sexual, y otros aspectos fijos, según se afirma, de la identidad. Ahora reconocemos que el género y la sexualidad no son identidades unitarias sino que funcionan en un continúo de cambio y modulación, figura y fondo.


Stern (1989, 1991) ha sugerido que nuestras representaciones internas más tempranas son de patrones relacionales, de historias interactivas acumulativas con otros significativos. Entonces, desarrollar la teoría relacional permite la posibilidad de un sistema de “figuras cuidadoras de quienes no hay que dar por supuesto el género, la orientación sexual o la relación biológica con sus pequeños” (cursiva en el original). Esta es la base de las nuevas narrativas de familia.


Cuando las mujeres lesbianas son madres, se unen a las heterosexuales en una organización particular de la identidad que participa de una ideología de género más tradicional. Pero pueden surgir problemas si una es la madre biológica y, probablemente, cuida a la criatura y la otra se queda fuera, con sentimientos de envidia, exclusión e inseguridades acerca del apego. Puede ser más complicado aún si una de ellas no puede tener hijos. Schwartz he trabajado con cierta cantidad de parejas en que las madres no cuidadoras han expresado sentimientos de exclusión de la díada primaria. Se han sentido mal cuando la criatura de 3 ó 4 años las han rechazado.


La familia de Josh es representativa en este sentido: dos madres lesbianas, cada una madre biológica de uno de los niños. Cada una quería satisfacer su potencial biológico de maternar – su maternidad “esencial”. De alguna manera, estas mujeres cayeron en una red de ideología de género tradicional que sólo podía admitir una “madre real”, lo que dejaba a la otra madre temiendo perder su lugar en la familia. Esta pérdida se agudizaba más porque había crecido sintiéndose “no una chica real”, de manera que colaboraba inconscientemente a esta asimetría. Cuando las dos figuras parentales de una pareja lesbiana desean dar a luz, deben decidir quién de las dos lo hará primero. En el caso de Vicki y Margaret empezó Margaret, porque era mayor que Vicki (treinta y tantos) y porque Vicki, en análisis, todavía no se sentía preparada, como reflejaban sus sueños, su historia emocional en su familia y su homofobia internalizada. Uno de los resultados de este análisis es que, cuando se sintió a punto, Vicki decidió embarazarse y dar un hermano o hermana del mismo donante a Josh. Vicki se ha podido sentir una “madre de verdad”, a pesar de sus miedos.


Incumbe a la clínica y a la teoría reconfigurar la familia psíquica. Debemos reconocer las limitaciones del una-vez-fundamental triángulo edípico, de manera que nos podamos representar con más precisión las familias tal como son hoy. El enfoque intersubjetivo relacional nos ha permitido ser conscientes del impacto de las subjetividades de las personas cuidadoras significativas.


Puesto que en las familias con figuras parentales del mismo sexo hay una figura parental biológica ausente, la constelación primaria consiste en un mínimo de cuatro personas más que de tres, siendo la cuarta el donante del esperma. En las de padres gays, es la madre biológica. En estas familias, lo mismo que en las adoptivas, las figuras parentales biológicas llevan la historia genética de la criatura, una sombra de algo difícil de ver.


Los datos clínicos esperan el momento en que haya mayores cantidades de criaturas y de familias que utilicen formas alternativas de concepción, o que las criaturas adoptadas de distintas configuraciones familiares entren en la arena psicoanalítica.


Las familias con figuras parentales gays o lesbianas han estado en la vanguardia de las narrativas de familia cambiantes y han cambiado las normas culturales y las comprensiones psicológicas de la reconceptualización y la desgenerización de la parentalidad. Las clínicas y los teóricos  tienen que reconocer estas nuevas familias y tratar los temas clínicos a medida que vayan surgiendo, mientras reconocen que estos temas irán cambiando a medida que las narrativas de las nuevas familias vayan evolucionando.      









[2] En inglés el título es: It’s A(p)Parent. Un juego de palabras entre “parent” que significa figura parental, y “apparent” que significa evidente, manifiesto.



 

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