Emociones positivas [Fredrickson, B.L. y Branigan, C., 2000]

Publicado en la revista nº030

Autor: Sánchez de Cueto Lorenzo, José Luis

Reseña: Fredrickson, B. L. y Branigan, C. (2000). Positive emotions. En T. J. Mayne y G. A. Bonanno (Eds.), Emotions: current issues and future directions (pp. 123-151). Nueva York: Guilford Press


A lo largo del presente texto voy a analizar la obra "Emociones positivas", de Barbara L. Fredrickson y Christine Branigan, escrita originalmente en lengua inglesa y hasta el presente no traducida al castellano. El principal interés de dicha obra radica en que se ocupa en extensión y profundidad de un campo de estudio relativamente nuevo: el de las emociones positivas, como su título indica.


Las autoras comienzan afirmando que la investigación sobre las emociones negativas -como el miedo, el enfado o la tristeza- ha sido notablemente más abundante que la investigación sobre las emociones positivas -como la alegría, el interés, la satisfacción o el amor. Afortunadamente, este desequilibrio parece estar corrigiéndose, ya que cada vez son más las revistas y los congresos que se ocupan de las emociones positivas. Según las autoras esta desigualdad se ha debido a varias causas.


En primer lugar, la psicología se ha ocupado fundamentalmente de estudiar problemas, para así poder buscarles soluciones, y es evidente que las emociones negativas -al menos cuando son extremas, prolongadas o descontextualizadas- producen sufrimiento, mientras que las positivas producen bienestar, de manera que no debería llamar la atención que el interés por entender las emociones negativas haya sido tan notable. Por desgracia, la psicología no ha tenido en cuenta la otra cara de la moneda, y es que precisamente las emociones positivas podrían servir para solucionar algunos de los problemas que causan las emociones negativas.


En segundo lugar, las emociones positivas parecen ser menores en número que las negativas. En general las taxonomías científicas identifican aproximadamente una emoción positiva por cada tres o cuatro emociones negativas. Además, las emociones positivas parecen estar menos diferenciadas, de forma que todas se expresan habitualmente mediante un cierto tipo de sonrisa -la llamada “sonrisa de Duchenne”, considerada como la más genuina de todas las sonrisas-, mientras que para cada una de las emociones negativas existe una configuración facial específica. Algunos autores sostienen que la selección natural determina que en situaciones que suponen una amenaza expresamos emociones negativas, mientras que en situaciones que suponen una oportunidad expresamos emociones positivas, y éste puede ser el motivo por el que las emociones negativas son más numerosas que las positivas, ya que existen más tipos de amenazas que de oportunidades. Además, siguiendo con la selección natural, es más importante que las emociones negativas estén más diferenciadas que las positivas debido a que las consecuencias de no responder adecuadamente a una oportunidad normalmente no van a ser tan graves como las consecuencias de no responder adecuadamente a una amenaza.


En tercer lugar, las emociones positivas se pueden confundir con diversas formas de placer sensorial -como por ejemplo el disfrute sexual-, no sólo porque ambas se viven de forma agradable sino, también, porque a menudo las sensaciones y las emociones se producen juntas -siguiendo con el ejemplo, el disfrute sexual suele darse en un contexto de amor o de excitación. Es importante señalar que, aunque las emociones positivas y las sensaciones físicas pueden confundirse, las primeras se diferencian de las segundas en que requieren de una valoración por parte del sujeto que las experimenta, mientras que las sensaciones pueden deberse a una simple estimulación física. Es más, algunos autores consideran que las sensaciones placenteras únicamente son respuestas automáticas a la satisfacción de necesidades físicas, de manera que, por poner un ejemplo, la comida le resulta placentera a una persona hambrienta, pero le puede llegar a ser desagradable una vez que está saciada.


También es frecuente confundir las emociones positivas con estados de ánimo positivos. En este caso, la diferencia consiste en que las emociones positivas tienen un objeto, son generalmente de corta duración y ocupan el primer plano de la conciencia, mientras que los estados de ánimo positivos no tienen un objeto, son de más larga vida y residen en el fondo de la conciencia.


Finalmente, en cuarto lugar, los modelos teóricos sobre las emociones normalmente están elaborados según las características de las emociones negativas, no de las emociones positivas. Así, casi todos estos modelos consideran que las emociones negativas están asociadas a acciones específicas -por ejemplo la ira está asociada al ataque, el miedo a la huida, o la culpa a la reparación- de nuevo como consecuencia de la selección natural, ya que dichas acciones en situaciones de riesgo vital aumentaban las oportunidades de supervivencia de nuestros ancestros. En cambio, las emociones positivas no suelen surgir en situaciones de riesgo vital ni están tan claramente asociadas a acciones específicas, así que ha sido difícil encajarlas en estos modelos teóricos.


Llegando a este punto, las autoras se preguntan si las emociones positivas tienen algún valor adaptativo. Ya que éstas no encajan en los modelos basados en acciones específicas, habría que desarrollar nuevos modelos explicativos donde sí encajasen, y la propuesta de las autoras es la siguiente: mientras que las emociones negativas tienden a desencadenar acciones físicas, las emociones positivas tienden a desencadenar cambios en la actividad cognitiva, no siendo dichos cambios tan específicos como en el caso de las emociones negativas. De este modo, mientras que las emociones negativas restringen el repertorio momentáneo de pensamientos y acciones del sujeto -efecto claramente adaptativo en situaciones de riesgo vital que requieren una acción rápida para sobrevivir-, las emociones positivas, al no estar vinculadas a dichas situaciones de riesgo vital, amplían el repertorio momentáneo de pensamientos y acciones.


A modo de ejemplo, las autoras consideran en detalle cuatro emociones positivas fenomenológicamente distintas: la alegría, el interés, la satisfacción y el amor, describiendo las circunstancias que suelen hacerlas surgir, los cambios aparentes que producen en el repertorio momentáneo de pensamientos y acciones y, por último, las consecuencias de tales cambios.


En primer lugar, la alegría aparece en situaciones que el sujeto valora como seguras y familiares, así como frente a sucesos interpretados como logros personales. La alegría impulsa a jugar, en el sentido más amplio de la palabra, es decir, abarcando no sólo el juego físico y el social sino también el intelectual y el artístico. La palabra juego no se refiere únicamente a un pequeño abanico de acciones sino a algo que sirve para hacer amistades, adquirir habilidades -físicas, manipulativas, cognitivas, sociales, afectivas-, fomentar la creatividad, promover el desarrollo cerebral y un largo etcétera. De este modo, la alegría no sólo amplía el repertorio individual momentáneo de pensamientos y acciones sino que, también, puede servir para construir recursos individuales físicos, intelectuales y sociales, perdurables y que pueden ser utilizados mucho después de que la conducta lúdica haya terminado.


En segundo lugar, el interés surge en contextos evaluados como seguros y novedosos que requieren cierto esfuerzo y atención. El interés incita a querer investigar, a implicarse, a tener nuevas experiencias, y va asociado a un sentimiento de animación y vitalidad. Como consecuencia de una exploración continua, aumentan las habilidades cognitivas y los conocimientos y, volviendo a la selección natural, a mayores conocimientos mayores posibilidades de supervivencia. El interés es el instigador primario de recursos tan perdurables como el crecimiento personal, la creatividad y la inteligencia, que pueden ser usados en momentos posteriores y en otros estados emocionales.


En tercer lugar, la satisfacción aparece en situaciones de nuevo valoradas como seguras y que son vividas por el sujeto con un alto grado de certeza y un bajo grado de esfuerzo. Aunque, en apariencia, la satisfacción no lleva aparejada una tendencia específica a la acción, existen investigadores que consideran que los cambios que provoca son más cognitivos que físicos. Concretamente, las personas satisfechas parecen recrearse en sus circunstancias de vida actuales, integrar los sucesos actuales en su autoconcepto global y en su visión del mundo. Se trata de un modo de pensar que facilita la creatividad y la comprensión y refuerza los recursos personales, lo que, a su vez, produce una nueva visión del mundo interior y del mundo exterior.


En cuarto y último lugar, el amor es conceptualmente diferente de las anteriores emociones positivas debido a que existen varios tipos de amor -por ejemplo la pasión o la amistad- y a que éstos se sienten hacia sujetos concretos. Las experiencias amorosas son la fusión de muchas emociones positivas -entre las que se encuentran la alegría, el interés y la satisfacción- y, a medida que se van experimentando, van ayudando al sujeto a construir y reforzar sus lazos sociales y sus conductas de apego, lo que no sólo es intrínsecamente satisfactorio a corto plazo sino que con el paso del tiempo se convierten en recursos estables que pueden ser usados en situaciones futuras.


A continuación, las autoras describen la perspectiva desde la que tradicionalmente se ha tratado de entender la función de las emociones positivas, que básicamente consiste en empujar a los sujetos a interactuar con su medio y a participar en actividades adaptativas. En opinión de las autoras, este modelo (que ellas denominan "de abordaje y mantenimiento") limita las emociones positivas a aquello que comparten con el placer sensorial y los estados de ánimo positivos, mientras que no tiene en cuenta otras funciones adicionales específicas de dichas emociones. Así, frente al "modelo de abordaje y mantenimiento" las autoras proponen el "modelo de ampliación y construcción", que sostiene que todas las emociones positivas comparten las características de ampliar el repertorio momentáneo de pensamientos y acciones de los sujetos y de construir recursos personales -físicos, intelectuales, sociales y psicológicos- más duraderos que los propios estados emocionales que llevan a su adquisición. Desde un punto de vista evolutivo, nuestros ancestros construyeron sus recursos personales gracias a las emociones positivas, durante los momentos de tranquilidad y seguridad y a través del juego, la exploración y el deleite, y cuando, posteriormente, se tuvieron que enfrentar a amenazas vitales, dichos recursos aumentaron sus posibilidades de supervivencia hasta el punto de que hoy son parte de nuestra naturaleza.


Las autoras aclaran que, pese a lo anteriormente expuesto, las emociones positivas no tienen por qué tener ventajas adaptativas en las circunstancias actuales ni maximizar nuestras oportunidades de supervivencia. Eso fue así en origen, pero hoy la utilidad de las emociones positivas -más allá de sentirse bien- está en proceso de investigación. El "modelo de ampliación y construcción" sostiene que los efectos beneficiosos conocidos de las emociones positivas son básicamente dos: ayudar a regular las emociones negativas y desencadenar una espiral ascendente hacia mayores niveles de bienestar psicológico.


En cuanto al primero de tales efectos, las autoras sostienen que las emociones positivas podrían servir como antídoto frente a las emociones negativas, de las que ya sabemos que reducen el repertorio de pensamientos y acciones y lo limitan a una actuación específica, mientras que las emociones positivas lo amplían y ayudan a construir un soporte fisiológico que favorezca un abanico más amplio de pensamientos y acciones. En este sentido existe evidencia empírica de que la alegría y la satisfacción son capaces de acelerar la recuperación cardiovascular tras una estimulación emocional negativa. Otras investigaciones indican que el humor es un remedio eficaz frente al estrés, la ansiedad, la depresión, la ira y la tristeza.


Y, en cuanto al segundo de los citados efectos beneficiosos de las emociones positivas, los estudios sobre la depresión describen con frecuencia una espiral descendente en la que el humor depresivo y el pensamiento pesimista se van influyendo recíprocamente y llevando al sujeto a estados cada vez peores, llegando, en ocasiones, a alcanzar el nivel clínico. El “modelo de ampliación y construcción” predice una espiral equivalente pero en positivo, donde las emociones positivas y el pensamiento ampliado que éstas generan van llevando a un aumento progresivo del bienestar subjetivo. Más aún, el modelo de las autoras establece que uno de los efectos más importantes de las emociones positivas es el incremento de los recursos personales -no sólo de los internos, sino también de los interpersonales, como puede ser el afianzamiento de relaciones sociales-. A modo de ejemplo, algunos estudios científicos demuestran que las personas que durante el proceso de duelo por la muerte de un ser querido han sido capaces de experimentar emociones positivas, posteriormente han tenido más probabilidades de desarrollar sus metas a largo plazo. También hay evidencias de que las emociones positivas fortalecen la resistencia psicológica. Y, retomando un asunto anterior, esta espiral ascendente se puede considerar otra diferencia entre las emociones positivas, por un lado, y las sensaciones placenteras y los estados de ánimo positivos por otro ya que, mientras los segundos no conducen a la creación de dicha espiral, las primeras sí.


Para terminar, las autoras describen por qué caminos debería transcurrir la investigación futura sobre las emociones positivas. Concretamente describen seis líneas de trabajo, que son las siguientes:


En primer lugar, habría que profundizar en el componente "ampliación" del "modelo de ampliación y construcción" como, por ejemplo, estudiar qué cambios en los procesos cognitivos básicos pueden subyacer a los cambios en la esfera de los pensamientos y las acciones, así como cuáles son los soportes neurológicos de los efectos ampliadores de las emociones positivas.


En segundo lugar, se debería investigar con mayor detalle el componente "construcción" del “modelo de ampliación y construcción” como, por ejemplo, si el efecto de la espiral ascendente se produce en intervalos de tiempo cada vez más distantes o si las emociones positivas pueden construir recursos personales duraderos, tales como la empatía o el altruismo.


En tercer lugar, la investigación habría de evaluar el hipotético vínculo entre los efectos psicológicos y los fisiológicos de las emociones positivas. Concretamente, cómo la ampliación del repertorio de pensamientos y acciones es capaz de deshacer la restricción de dicho repertorio como consecuencia de las emociones negativas.


En cuarto lugar, explorar los mecanismos psicológicos concretos que vinculan las emociones positivas con la mejora de la salud física. Existen numerosas evidencias indirectas que apuntan a que una de las funciones de las emociones positivas es mantener y promover la salud física, pero los detalles referentes a los sustratos fisiológicos específicos asociados con emociones positivas específicas aún se desconocen.


En quinto lugar, habría que investigar si existen otras emociones positivas -aparte de la alegría, el interés, la satisfacción y el amor- que también sigan el "modelo de ampliación y construcción". Algunas investigaciones apuntan a que la elevación -la emoción opuesta a la indignación-, la gratitud y el orgullo podrían encajar en este modelo.


En sexto y último lugar, habría que investigar la relación entre las emociones positivas y la espiritualidad. Existen investigaciones que vinculan la religión y la espiritualidad a un amplio abanico de beneficios para la salud física y psicológica. La religión y las creencias espirituales son capaces de ayudar a la gente a encontrar significados positivos a los sucesos adversos de la vida cotidiana lo que, a su vez, podría desencadenar la espiral ascendente de las emociones positivas.


En conclusión, Barbara L. Fredrickson y Christine Branigan consiguen en su obra “Emociones positivas” sintetizar todo lo que se conoce científicamente sobre esta parcela de la experiencia emocional, hasta ahora prácticamente relegada a la llamada literatura de autoayuda. Se pone especialmente de relieve cómo las emociones positivas difieren de las negativas, de forma que mientras éstas han predominado hasta ahora en una psicología dedicada a solucionar problemas, aquéllas podrían ser la vía que conduzca a la creación de una psicología más centrada en el crecimiento personal. Para ello harían falta más investigaciones, y el trabajo de Fredrickson y Branigan es capaz de estimular el interés –nunca mejor dicho- de los lectores hacia la exploración científica de las emociones positivas.