Sexo y vergüenza: la inhibición de los deseos femeninos

Publicado en la revista nº032

Autor: Elise, Dianne

"Sex & shame: The inhibition of female desires" fue publicado originariamente en el Journal of American Psychoanalytic Association, 56 (1): 73-98. Traducido y publicado con autorización de la revista.


Traducción: Marta González Baz


Revisión: Emilce Dio Bleichmar


Se presenta una narrativa evolutiva que se centra en el daño narcisista de base corporal y el sentimiento de vergüenza como respuesta a los anhelos edípicos no correspondidos. Mediante una experiencia de rechazo edípico en relación tanto con la madre como con el padre, puede internalizarse y aceptarse como identidad propia un sentimiento de inadecuación y vergüenza, en contraste con la trayectoria masculina fálico-omnipotente. La desaparición del narcisismo genital en las mujeres puede subyacer a varias expresiones de inhibición dominante y  fracaso para convertir en realidad el deseo. La tesis que se ofrece va más allá de la teoría de la separación-individuación al sugerir que las niñas pueden inhibir la sexualidad y la agresión, y más generalmente a sí mismas, debido a una representación del self como “no tener lo que corresponde” genitalmente y, por tanto, corporal y psíquicamente. Las representaciones mentales del self, basadas en la imaginería positiva del cuerpo femenino, son necesarias para dar voz a la experiencia corporal de una mujer, a su deseo sexual y al sentimiento de agencia en varios campos. Dos viñetas clínicas ilustran las inhibiciones femeninas en la sexualidad y en la ambición profesional entendidas dentro del marco que se presenta.


El complejo de Edipo… representa la cumbre de la sexualidad infantil que, mediante sus efectos a posteriori, ejerce una influencia decisiva en la sexualidad de los adultos.


Freud (1905, p. 226)


Las inhibiciones del deseo femenino y el sentimiento de agencia minado se han abordado dentro de la teoría de la separación-individuación como un problema madre-hija que implica una falta de individuación. La influyente tesis de Chodorow (1978) relativas a la identificación con la persona del mismo sexo da lugar a un torrente de literatura que conceptualiza las inhibiciones femeninas en términos del vínculo con la madre de base preedípica. La fusión en la relación madre-hija ha sido una importante lente a través de la cual observar la falta de autonomía y agencia en la sexualidad, agresión, competición, logros, poder y autoridad, todos ellos aspectos del deseo subsumidos en el deseo de vínculos relacionales seguros (ver Benjamin, 1988; Holtzman y Kulish, 2000, 2003)


El pensamiento objeto-relacional ha sido un importante avance a la hora de teorizar las diferencias de género y la psicología femenina desde una perspectiva que no se basa en la inferioridad genital y la envidia al pene como paradigma explicativo central. Según avanzamos, podemos continuar considerando lo que podría añadirse a una perspectiva de separación individuación que pueda hacer más profunda nuestra apreciación de las complejidades de la psique femenina. Se ha reconocido dentro del psicoanálisis que el foco, dentro de la teoría de las relaciones objetales, en el mundo del objeto interno ha tendido a una relativa negación del cuerpo sexuado del niño y de la sexualidad per se (Mitchell, 1988; Green, 1995; Fonagy, 2006). Actualmente, un creciente interés en un enfoque comparativo integra las fuerzas de varios modelos psicoanalíticos (p. ej. Harris, 2005). La atención detallada al cuerpo sexual ha sido una fuerza continuada de los freudianos contemporáneos. Es concretamente el cuerpo sexual –“la anatomía es el destino”- en relación con la crisis edípica en lo que me centro en este trabajo. Me parece intrigante tomar de nuevo algunas de las proposiciones de Freud, pero dentro de una matriz intersubjetiva, de relaciones de objeto. Desplegaré una narrativa evolutiva que se centra en el daño narcisista de base corporal y el sentimiento de vergüenza como respuesta a los anhelos eróticos, edípicos, no correspondidos.


El yo corporal


Freud (1923) avanzó la proposición de que el yo es “en primer lugar y sobre todo un yo corporal” (p. 26). La experiencia que surge de la sensación física del yo es la plantilla original a partir de la cual un infante desarrolla un sentimiento de self. Esta forma del self incluiría los genitales propios, especialmente intensos en la sensación focalizada, y por tanto el yo corporal debe ser específico del sexo. Bernstein (1990) sostenía que “el cuerpo de la niña, sus experiencias con él y conflictos con él son tan centrales para su desarrollo como el cuerpo del niño lo es para el suyo” (p. 152). Para hacer este concepto más vívido ante nuestras mentes adultas, uno puede imaginar ser muy pequeño y, tras encontrarse los dedos y los dedos de los pies, etc., localizar los genitales: ¡ese lugar da una sensación particularmente buena! Para los niños, ese sentimiento es como si emanara del cuerpo, el placer más intenso a unas pulgadas del torso. Al sostener el pene, sienten su extensión hacia fuera, en cierto modo separable del resto del cuerpo. Las niñas localizan tanto un sentimiento como un órgano que está alineado con el torso, se infunde en él y parece tener cierto potencial interno (Mayer, 1985; Tyson, 1994).


La elaboración de la estructura genital en estructura mental es un concepto de lo más familiar en la descripción que Erikson (1950) hace del juego de los niños y niñas: los niños tienden a construir torres y las niñas prefieren los cercados. Estoy de acuerdo con Bassin (1982) en que, aunque este concepto es severamente criticado por las feministas, hay en él algo que valorar. La experiencia que perciben los sentidos de la estructura genital propia tiene la capacidad de prestar su forma al yo, de hacer especialmente llamativas ciertas configuraciones como una especie de mapa interno del cuerpo, el self y el mundo. Es obvio que el sexismo de la cultura ha privilegiado la intención fálica: la linealidad, siguiendo lo recto y estrecho, la expansión hacia el mundo, la penetración del espacio exterior. A menudo se ha considerado que las mujeres vagan en círculos, no tienen una visión sencilla de las situaciones, y de no llegar rápido a ninguna parte. La lista de metáforas relacionadas con la genitalidad es tan larga, omnipresente y tan poco equitativamente valorada que la lista en sí misma llama la atención sobre el poder que la geografía genital ejerce en la mente humana.


Esta atención al cuerpo sexual y a su impacto en la formación del yo ha sido relativamente pasada por alto en una conceptualización objeto-relacional de la mente como desarrollándose separada de un sentimiento de definición o moldeamiento genital (ver Fonagy, 2006). Desgraciadamente, la teoría clásica más temprana, como la cultura, tendió a considerar que la mujeres tenían, inherentemente, una estructura genital problemática, un prejuicio que luego se amplió a una visión de la estructura psicológica femenina. Abordando este sexismo, Bassin (1982) llamó la atención sobre la necesidad de unas nuevas categorías de lenguaje para describir la experiencia femenina, más allá de los roles tradicionales y el funcionamiento reproductor. Un reciente panel sobre el lenguaje falocéntrico (Elise, 2003; Kulish, 2003; Long, 2005) exploraba cómo el lenguaje modela y confina el pensamiento y la percepción. Especialmente como clínicos que hablan a sus pacientes, necesitamos ser conscientes de cómo el lenguaje limita lo que podemos pensar y cómo el pensamiento limitado constriñe nuestro lenguaje y lo que podemos decir (Goldberger, 1999).


Durante los últimos 30 años, con el concepto de “feminidad primaria”, la teoría freudiana contemporánea ha reconocido que muy al principio de su desarrollo las niñas pequeñas conocen sus cuerpos y éstos les gustan, en lugar de sentirse como varones defectuosos (Blum, 1976; Richards y Tyson, 1996). Se hace un intento de describir el sentimiento más temprano de la niña de su cuerpo femenino. Es una línea de pensamiento que vincula el desarrollo del yo –el sentimiento de self propio- con la representación mental del cuerpo. He propuesto (Elise, 1997) que usemos la frase “sentimiento primario de feminidad” para resaltar el foco en la conciencia corporal temprana: un sentimiento corporal del self que corresponde con el cuerpo sexuado que una habita como mujer (ver también Kulish, 2000).


Ahora quiero explorar las influencias concretas en el desarrollo femenino en la coyuntura del complejo de Edipo que creo que han sido poco reconocidas, o al menos no se han integrado plenamente en la teorización analítica. Aproximadamente a los tres años, se produce un fuerte aumento en el foco genital, tradicionalmente denominado fase fálica (Jones, 1933). En torno a ese momento, la exploración de los genitales cambia a la masturbación per se- estimulación con el objetivo de crear un placer continuado (Marcus y Francis, 1975). La fase fálica coincide con las últimas etapas de la separación-individuación y con la entrada en el período edípico: una crisis donde la intensa estimulación y el placer genital encajan con una relación de objeto total triádica. El niño gana conciencia de los grupos de tres; existe una relación entre los padres, no sólo con cada padre en relación diádica con el niño. Surge un deseo de ganar románticamente a una o a ambas figuras parentales –más coloquialmente expresado como “me quiero casar con mami/papi”. Como sabemos, este deseo se encuentra regularmente con una profunda decepción: “llevado con seriedad trágica, fracasa vergonzosamente… un daño permanente a la consideración del self en forma de cicatriz narcisista” (Freud, 1920, pp. 20-21). Discutiré el impacto del fracaso edípico que da lugar a un sentimiento de vergüenza e inadecuación en ambos sexos, pero con un seguimiento especial a las niñas como opuestas a los niños. Creo que esta tesis, que usaré para examinar la omnipresencia de la inhibición en la personalidad femenina, puede centrarse en la sexualidad y luego ampliarse a otras áreas de fracaso para llevar a cabo el deseo.


Quiero aclarar desde el principio que estoy investigando una rama del desarrollo con elementos tanto conscientes como inconscientes; al centrarme en los estadios psicosexuales, concretamente en la fase fálica, no pretendo que se interprete que estoy diciendo que el desarrollo implica distintas fases en estricta secuencia lineal. Es evidente que en la trayectoria global del desarrollo, los niños se ven envueltos en un proceso continuo y oscilante de madurez y regresión. Estoy intentando ofrecer una imagen –desde el punto de vista de un niño- de cómo ese niño experimente probablemente el esfuerzo por hacerse “más y más grande”.


Sexo y vergüenza


Resonando con los deseos edípicos de Freud, Davies (2004) identificó “nuestra rendición a aquellos peligros sin parangón de pasión romántica y a los otros idealizados que nos roban el corazón… como los momentos cruciales que marcan nuestras vidas”. En la pasión romántica, “exponemos nuestros deseos, y nuestras exquisitas vulnerabilidades. Pero el deseo está también inextricablemente vinculado con el dolor… intolerables momentos de humillación y rechazo no anticipado por parte de esos otros adorados”; lo que trato aquí como la vergüenza del amor no correspondido, implicando rechazo y pérdida en momentos cruciales de la temprana infancia, por los que estamos marcados. Es fácil robar el corazón a un niño, así como su autoestima. Espero contribuir al pensamiento actual sobre la psicología femenina elaborando la experiencia de vergüenza y articulando lo que creo que es una de las razones centrales por las que la vergüenza llega a asociarse con la sexualidad. Déjenme enfatizar que la tesis que estoy desarrollando pretende complementar, no suplantar, a otras formulaciones.


La vergüenza: un sentimiento de inferioridad, inadecuación, incompetencia, indefensión; un sentimiento de uno mismo como defectuoso, estropeado, dando lugar a un sentimiento omnipresente de fracaso, falta de mérito y a una experiencia de ser desdeñado, no amado, y abandonado. Estas son descripciones que hallamos en el psicoanálisis para lo que se considera como la más dolorosa –abrasadora- experiencia afectiva, a la que también nos referimos como embarazo, humillación y mortificación. La vergüenza da lugar a un deseo de ocultarse, de mantener en secreto el sentimiento dañado del self y de evitar cualquier contexto interpersonal que pudiera revelar la propia inadecuación y provocar más rechazo (Morrison, 1989; Lansky, 2005). La vergüenza es una experiencia bipersonal; uno es avergonzado a los ojos de otro, aun cuando esa persona no esté literalmente presente.


La vergüenza ha sido abordada por la psicología del self principalmente como un tema preedípico en las relaciones diádicas, coincidiendo concretamente con los temas de la fase anal y contrastada con la culpa y el conflicto en el foco edípico de Freud. La culpa y la angustia de castración surgen en una experiencia de transgresión edípica activa, mientras que la vergüenza se ha considerado una dinámica más temprana que refleja pasividad y un sentimiento de defecto de todo el self, que implica necesidad y fracaso en las fases oral y anal más que anhelos edípicos (Morrison, 1989). Si bien esta división ayuda a explicar las dinámicas del trastorno de personalidad narcisista, podemos observar la vergüenza a un nivel edípico, y no limitada a las personas con estructura de carácter narcisista. Me centro concretamente en la relación de la vergüenza con las pulsiones libidinales, el amor no correspondido y el destino del narcisismo saludable en el romance edípico. Este aspecto de la vergüenza puede ser bastante intenso y dar lugar a efectos duraderos, concretamente relativos a la sexualidad, que entonces se generalizan a menudo a todo el self de modos específicos según el género, que elaboraré más adelante. Freud (1933) pensaba en la vergüenza como “una característica femenina por excelencia” como reacción a una “deficiencia genital” (p. 132). Creo que los varones no son menos vulnerables a la vergüenza en el nivel edípico, o a un sentimiento de deficiencia genital, aunque pueden defenderse contra esa vergüenza de un modo diferente (Elise, 2001). La vergüenza nos afecta a todos.


Consideremos las siguientes definiciones de Morrison (1989): “La vergüenza es un reflejo de sentimientos de todo el self en fracaso, como inferior en competición o en comparación con otros, como inadecuado y defectuoso” (p. 12; cursivas mías). Esta descripción es aplicable a varios niveles evolutivos, incluyendo la vergüenza que sigue a la derrota narcisista que tiene que ver con anhelos sexuales en el nivel edípico. En ese nivel, la vergüenza representa la relación del self con otro en un amor no correspondido, una experiencia de apego erótico perdido con un objeto altamente catectizado. La experiencia de que uno no ha conseguido captar y mantener la atención, admiración y deseo de un “otro significativo” –la figura parental edípica idealizada- da lugar a una creencia de que los anhelos libidinales propios son inaceptables y pueden dar como resultado una autoestima minada o incluso destrozada.


Morrison (1989), siguiendo a Chasseguet-Smirgel (1985), vincula la vergüenza con la incapacidad para estar a la altura del ideal del yo, con el narcisismo y la grandiosidad hundiéndose hasta un sentimiento de falta de valía y abatimiento y un deseo de ocultar un self inaceptable. Esta experiencia de fracaso en relación con el ideal del yo es, creo, regular/normalmente desencadenada porque los objetos edípicos sean inalcanzables, lo que es comprendido por el niño como un fracaso debido a un defecto en el self: ser pequeño, inadecuado, literalmente “quedarse corto”. Schager (1967) escribió que “una representación del self ideal es una imagen de uno mismo como hubiera sido si hubiera satisfecho un ideal concreta” (p. 15). Ciertamente, una imagen ideal muy investida es la de un pretendiente deseado/aceptado del objeto edípico. Al perseguir el concepto de representación del self en relación con el ideal del yo (Sandler, Holder y Meers, 1963), Morrison enfatiza que el “fracaso en aproximarse a la forma del self ideal” (p. 35) conduce a la vergüenza. El uso de la palabra “forma” nos recuerda que la representación mental de uno mismo se desarrolla mediante el yo corporal. Uno personifica el ideal del yo propio; un fracaso en el ideal del yo se siente básicamente como un fracaso del cuerpo. ¿Qué pasa con el cuerpo que fracasa en el romance edípico? Es demasiado pequeño. ¿Qué parte del cuerpo es específicamente “defectuosa” en su diminuto tamaño? Los genitales.


El cuerpo sexual inflado y desinflado


La anatomía debería ser éxtasis. El cuidado físico de la madre al cuerpo del infante estimula el erotismo de la superficie del cuerpo. Las figuras parentales seducen físicamente y también enigmáticamente (Laplanche, 1992; Stein, 1998; Bollas, 2000), lo que, combinado con la maduración del niño, culmina en la fase fálica/fálica temprana, pero con una importante falta de gratificación en la crisis edípica. El niño edípico está “encendido” sin ningún lugar a donde ir. No es sólo que la mente y la fantasía erótica sean expansivas, sino también que el cuerpo sexual está pletórico, tumescente –una erección no sólo del pene sino también del clítoris y la vulva (todo lo que literalmente se hincha con la estimulación y el flujo sanguíneo). Este pretendiente en potencia está “hinchado y listo para partir”, sólo para encontrarse con poca o ninguna confirmación recíproca ni respuesta afirmativa de estos deseos”. El niño pequeño encuentra un dilema: “¿Dónde pondré esto, esta parte de mi cuerpo que se siente tan buena?” Al niño edípico se lo deja que se desinfle; no hay lugar donde ir excepto hacia abajo. Ambos sexos son forzados a competir con una polaridad grande/pequeño que ahora tiene claras consecuencias relativas al cuerpo sexual de uno mismo y las aspiraciones románticas. Los niños se sienten avergonzados, y a menudo lo son, por pensarse grandes romántica y eróticamente y luego verse expuestos inevitablemente como pequeños, no como competidores. Cuando la iban a acostar, una niña pequeña expresó ardientemente su convicción de que quería casarse con papá. Su padre contestó desafortunadamente que ya estaba casado y que ella se casaría con otra persona cuando creciera. Herida, demandó que fuera su madre quien la llevara a la cama y contestó “¡Nadie con pene va a llevarme a la cama!”.


Corbett (2003) ha criticado el alejamiento de la teorización psicoanalítica sobre la masculinidad de la consideración de los estados fálicos saludables y el orgullo del pene. El falicismo ha sido degradado, considerado un refugio defensivo de la intimidad, su burbuja maniaca pinchada por la teoría del apego. Corbett hace una observación convincente, que creo que es aplicable también a las niñas. No estoy segura de que el psicoanálisis haya teorizado adecuadamente el exhibicionismo genital saludable en las niñas. Schalin (1989) detalló la naturaleza positiva vs defensiva del narcisismo fálico en ambos sexos. La expresión exhibicionista saludable de la intención fálica toma la forma de querer dejar una impresión positiva en otra persona e incluye el componente corporal de querer “presionar”, penetrar. Anteriormente he escrito sobre la capacidad para penetrar, corporal y físicamente, como un aspecto vitalizante en la psicología tanto femenina como masculina (Elise, 1998b, 2001). Siguiendo esta línea de pensamiento, la “fase fálica” , si bien es un término problemático basado en el genital masculino, y considerado típicamente como aplicado correctamente únicamente a los varones, capta en realidad algo que me parece importante no pasar por alto relativo al orgullo genital en ambos sexos (ver Fogel, 1998).


Las sugerencias de renombrar este período como fase genital temprana (Parens y col., 1976) repara el sexismo pero tiende a eclipsar el aspecto de inflamación, tanto genital como psíquica. Existe una ventaja en hacer explícita la tumescencia de los genitales y la mente y el regocijo exhibicionista que transmite ese narcisismo fálico. Cuando Freud sintió que las chicas podían ser fálicas, creo que estaba captando una cualidad de la experiencia sexual que es esencial para comprender cómo la vergüenza llega a estar tan vinculada al sexo (y creo que conectó con la vergüenza genital de las chicas, su deflación y su alejamiento de la sexualidad).  Probablemente necesitemos tener un concepto de inflación saludable antes de que un sentimiento problemático de deflación pueda entrar en foco. Entonces podremos explicar más plenamente la amplia medida del daño narcisista que se pone de manifiesto en relación con el cuerpo sexual y con el sexo como tal.


El exhibicionismo genital –“¡Mírame!”- puede ser aplastado por la propia ansiedad e incomodidad de los padres con las demostraciones grandiosas. El avergonzamiento inadvertido o incluso activo por parte de los padres puede minar el sentimiento de grandeza del niño, cuando previamente lo grande fue positivamente reforzado. El avergonzamiento activo puede haberse utilizado en relación a la falta de control oral y luego de esfínteres y vejiga en experiencias familiares de derramar la leche, mojarse los pantalones, ser un “bebé” versus ser “mayor”. Los niños no quieren más que ser mayores, y los padres a menudo comercian con este deseo para obtener la conducta deseada. “¿No quieres ser un niño/a mayor?” El desarrollo temprano, en la mente del niño consiste en hacerse mayor y estar orgulloso de ello: llevarse la cuchara o la taza a la boca, conseguir usar el baño. Sin embargo, con las aspiraciones “fálicas”, la trayectoria evolutiva previa, relativamente sencilla, hacia la “grandeza” parece colapsarse. Ahora los padres pueden parecer querer que el niño sea pequeño, o más pequeño. Justo cuando el niño quiere especialmente ser mayor y tener algún sentimiento de dominio genital, tales ambiciones se bloquean y se deja que el niño se sienta pequeño: sin gratificación y, por supuesto, sin dominio. La “hinchazón” genital, en concierto con las intenciones edípicas, plantea a los padres y otros adultos problemas que no se parecen a ningún otro. Los adultos están en un territorio muy peculiar cuando se trata de lidiar con la sexualidad infantil (ver, también, Davies, 2004; Fonagy, 2006).


Como ejemplo, un niño de tres años, sin hacer caso de los adultos de la habitación, caminaba con una caja de herramientas de juguete llena de cables eléctricos que enchufaba afanosa y alegremente en los enchufes de la pared. Tras algún tiempo, se apercibió de una de las mujeres, con quien pareció quedarse encantado, mirándola con expresión arrobada. Sin perder tiempo, se acercó directamente a ella y sin inmutarse puso su pequeña mano sugerentemente en el regazo de la mujer exclamando “¿Te gustaría ver mi pipí?” Este momento delicado, típico del niño edípico, plantea una cuestión: cómo maneja él/ella el hecho de que no se le verá, así como el eventual reconocimiento de que el “pipí” que el adulto está interesado en “ver” es el de otro adulto, un “pipí” grande. Es de esperar que estos momentos sean manejados con tacto y que toda la relación de objeto soporte el narcisismo y la autoestima del niño para contrarrestar el inevitable sentimiento de rechazo edípico. (No estoy abordando aquí las situaciones insanas en las que el niño es el vencedor edípico). Desgraciadamente, las angustias de los padres relativas al deseo y la lujuria de sus hijos, así como con el narcisismo en general, pueden dar lugar al avergonzamiento (intencionado o no) o incluso a la humillación ridícula del niño edípico.


Consideremos la frase “demasiado grande para tus pantalones” [N. de T: se aplica a alguien engreído]. Es un “golpe bajo” que pretende avergonzar, hacer más pequeño el sentimiento de self que uno tiene. Nótese que, al igual que en “smarty pants” [N. de T: se aplica a alguien sabihondo, pedante] la prenda de ropa no es un sombrero ni un abrigo, reflejando lo que yo considero una referencia inconsciente, y un deseo de inhibirlo, al narcisismo genital. La imagen de hacer estallar los pantalones pretende claramente ser peyorativa en lugar de tener una connotación positiva relativa al crecimiento y la destreza genitales. Junto con “se le ha subido a la cabeza”, “lleno de ti mismo” y “no te pases”, estos epítetos comunes tienen como función aplastar la expansión, la omnipotencia saludable, y la grandiosidad, que en esta fase es específicamente genital, así como la más global.


Un niño emerge entonces del periodo edípico avergonzado por ser demasiado pequeño y forzado a seguir siendo “pequeño” (sexualmente) durante, al menos, otra década. Este rechazo potencialmente humillante es vivido dentro del contexto de la fantasía sexual de la relación edípica y se registra como (1) un fallo de todo el self en relación con el ideal del yo; y (2) un defecto genital más concretamente. En los adultos vemos que el foco frecuente en la vergüenza sexual continuada, aparentemente intratable, se centra en la percepción de los penes o las mamás como pequeños. El fracaso del ideal del yo no es sólo corporalmente, sino también según el género, dando lugar a que cada sexo se sienta deficiente de modos anatómicamente específicos. Una paciente joven y hermosa se refería a lo que percibía con desaliento como sus pechos ahora caídos. “Siguen pareciendo bien, pero no lo merecen”. A todos nos resulta familiar el foco doloroso en el os “defectos” del cuerpo sexual –demasiado pequeño, blando, caído, poco firme, duro, erecto; eyaculación precoz, impotencia, frigidez, la incapacidad de  “que suba”- el cuerpo desinflado como abyecto para ambos sexos. Un poco del daño se ha mantenido en el lugar en el que más duele. Como Bader (2002) ha enfatizado, es importante que “comprendamos el profundo nivel al que la vergüenza, el rechazo y la indefensión extinguen el deseo sexual” (p. 81).


Ilustración clínica


Me gustaría ofrecer un ejemplo clínico que se centra específicamente en una mujer preocupada por un sentimiento de vergüenza que le impedía disfrutar de ciertas actividades sexuales. Mi paciente tenía bastante dificultad para discutir estos temas conmigo, puesto que la vergüenza se activaba en la relación de transferencia. Le parecía que ciertas posturas sexuales, aunque participaba en ellas de buen grado, eran vergonzosas, potencialmente humillantes incluso frente a su amante, y no digamos a cualquiera que pudiera considerarla sospechosa de tales actividades “indignas”. Este tema surgió por primera vez cuando habló conmigo, con mucha reticencia, del tema del sexo anal. Le resultaba difícil incluso verbalizarlo, y se atascó en numerosas frases incómodas. Sentía un conflicto sobre lo que emergió como su sólido disfrute de esta forma de sexo, sintiendo también que se veía “reducida a ser un animal”. Sentía que concretamente ella, al contrario que el hombre, estaba en una posición degradada -a cuatro patas, con las nalgas, la vulva y el ano expuestos- presentando literalmente una visión completa de su cuerpo sexual. “Como un mono”, pensó. “¡Qué tipo de postura es esa para cualquier adulto que se respete a sí mismo! ¿Cómo paso de un traje de negocios o de cualquier atuendo de ese tipo a esta indignidad?” Ser expuesta visualmente de una forma tan total tenía asociaciones no sólo con ser un animal, sino con el que le pusieran un pañal. “¿Cuándo más estuvieron mis “partes privadas” tan a la vista? Vale para un niño con su madre, pero ¿para una mujer adulta con un hombre? Y ¿por qué yo y no el hombre? Él no tiene su culo al aire, ni el pene ni las pelotas visibles todo el tiempo, es que no son realmente “privadas””. El sentimiento de ser infantil estaba, así lo sentía, sólo en ella.


Exploré con la paciente el sentimiento de que ciertos aspectos de la sexualidad como mujer parecían, en cierto modo, inextricablemente unidos a ser degradada como demasiado joven, pequeña, no haber crecido lo suficiente, con una expectativa acompañante de inadecuación y rechazo humillantes. Este sentimiento de ser  “infantil” no se correspondía con la imagen de una mujer sexualmente atractiva. Cuando mi paciente elaboró algunos de estos sentimientos, fue capaz de dejar fluir e incluso de saborear su experiencia de vulnerabilidad en el sexo “infantil, animalista” con su compañera, aun sin que esta exposición fuera recíproca. “¿Por qué limitar el placer y la excitación de ambos sólo para probar que no soy menos que él? Él lo sabe, y ahora yo lo sé también a un nivel mucho más profundo”. Ese nivel más profundo concernía a su sentimiento de self y a su cuerpo sexual femenino, ambos dañados en el rechazo edípico por parte de su padre.


Recordaba que se burlaban de ella por ser “sólo una niña pequeña”, “la bebé de la familia” cuando en torno a los cinco años quiso ser incluida en las actividades del padre con sus dos hermanas adolescentes. Trabajé con ella este material edípico y subrayé cuánto había anhelado ella ser la favorita de su padre mientras que él parecía no estar interesado en una niña pequeña. Para esta paciente, ya de adulta, el sentimiento vergonzoso de sentirse pequeña, degradada, “regresada”, era evocado por una postura sexual concreta más que estar vinculado a un sentimiento de una parte corporal “pequeña”. Estas referencias a ser un bebé no se referían aquí a temas preedípicos no resueltos, sino a un sentimiento de rechazo edípico, de ser “devuelta”. Este sentimiento de “ser devuelta” era evocado por su relación sexual adulta, e interfería con ella. Una contribución central del proceso analítico fue ordenar este complejo, confuso e inhibitorio conjunto de imágenes y asociaciones.


A continuación describió un encuentro sexual concreto que había sido muy gratificante para ella y su pareja. Como anteriormente, este material fue abordado con voz entrecortada, con mucho embarazo e incertidumbre sobre si era, incluso, “un tema apropiado para el análisis”. Sin embargo, los beneficios de nuestro trabajo previo le permitieron ir más allá conmigo, como había hecho con su amante. Aunque en la posición del misionero “estándar”, ella había elevado sus piernas de forma inusitada completamente sobre la espalda del hombre, primero sus rodillas, luego sus pies y finalmente las piernas completas abiertas en forma de V. Contó que ella solía enroscar fuertemente sus piernas en torno a las piernas o la espalda de su amante. Ocasionalmente él podía levantarle de algún modo las piernas poniendo los brazos en torno a sus muslos, pero ella las mantenía apretadas contra el cuerpo de él, preocupada conscientemente de que extender, no digamos levantar, las piernas la haría sentir vergonzosamente expuesta. Ella participaba sin ninguna inhibición obvia, pero siempre era consciente de un inquietante sentimiento de vergüenza.


La idea de levantar voluntariamente las piernas y dejarlas moverse en el aire le pareció de nuevo fuertemente asociada con “ser un bebé”. Las dudas, ahora familiares, surgieron de nuevo: “¿No se supone que el sexo sexy tiene lugar entre adultos seductores? ¿Acaso son seductores los bebés y el cambio de pañal? ¿Cómo es posible que yo sea atractiva en esa postura?” De nuevo sintió la misma vergüenza y conflicto frente al sentimiento de que esta no era posición para ninguna persona adulta.


Continuamos trabajando con la especificidad de género de estos temas. Observó que los hombres no parecían “tener ningún problema en empujar sus genitales sobre tu cara” para obtener placer erótico; incluso parecía proporcionárselo, su orgullo masculino realzado, no había nada pequeño ni infantil en eso. Mientras que mi paciente sentía que cuanto más fuertemente ella “iba al” sexo, más entraba en un campo donde se sentía potencialmente menospreciada. En cierto modo, la plena exposición de la vulva podía verse teñida de indecencia, inadecuación, insuficiencia, dejando a una mujer en un estado de conflicto justo en medio de la búsqueda activa del placer sexual.


Permítaseme apuntar que me estoy centrando en las parejas heterosexuales porque, si bien es cierto que no en todas las parejas, la heterosexualidad es generalmente el terreno de las polaridades jerárquicas de género donde la sumisión femenina se desarrolla y vive en relación con la dominancia masculina. En qué medida un hombre o una mujer en una relación entre personas del mismo sexo aplace, en lugar de superar, estos temas tendría que ser examinado sobre una base individual, al igual que las mujeres y hombres heterosexuales varían como individuos.


Como he enfatizado, la vergüenza vinculada al rechazo edípico es casi inevitable evolutivamente. Los aspectos que infunde la sexualidad, considerados “infantiles”, conducen a una experiencia de vergüenza como elemento frecuente de la condición sexual humana, y dan lugar a un deseo de evitar la exposición.  La mirada del otro y la imagen visual de uno mismo se convierten en un territorio altamente cargado, que abunda en ansiedades sobre cómo uno es visto, tanto concreta como simbólicamente.  Para cada uno de los sexos, el rechazo edípico significa que el ideal del yo de género no se cumple, pero el modo en que ambos sexos se enfrentan a dicha vergüenza tiende a seguir, generalmente, trayectorias muy diferentes. Tal como vemos con mi paciente, la exposición activa de su cuerpo femenino y de su lujuria le parecía particularmente vergonzosa, y esto contrasta muy claramente con las orgullosas exhibición y actividad fálicas que son más frecuentemente accesibles a los hombres.


Los hombres suelen sentir vergüenza por ser incapaces de “funcionar”; se supone que el pene es capaz de hacer algo, no de que se le haga algo a él.  Mirar y ser mirado también tiende a bifurcarse en divisiones de género en la línea de un sujeto activo y un objeto pasivo. Las mujeres como sexo están más expuestas sexualmente. La vergüenza da lugar a un deseo de no ser visto, pero la mirada funciona de forma distinta en la sexualidad masculina y en la femenina, y los hombres heterosexuales tienen un fuerte deseo de ver el cuerpo femenino (Dio Bleichmar, 1995). Las mujeres como objetos de la mirada sexual masculina a menudo se ven expuestas pasiva y ansiosamente, en oposición en ser activa y confiadamente exhibicionistas. Como en mi ejemplo clínico, el acceso corporal (tanto visual como táctil) de la mujer en varias posturas sexuales con asociaciones infantiles a menudo no es equiparado por los varones heterosexuales.


Las angustias e inseguridades sexuales tienen a ser específicas de cada género en su forma: a él no se le levanta. Ella no llama su atención. Asimismo, las defensas también dependen del género: probablemente los hombres conviertan lo pasivo en activo, mientras que las mujeres parecen hundirse en la aceptación de la vergüenza y la necesidad de ocultarse. ¿Cómo acaban, ambos sexos, en lugares tan diferentes a partir de lo que he descrito hasta aquí como una experiencia evolutiva similar?


Una bifurcación de género en el camino evolutivo


Para empezar, existe una profunda diferencia entre ambos géneros en el periodo edípico como tal. El niño consigue mantener su objeto original –la madre- en el sentido de que al menos la madre quiere a alguien del sexo del niño. El niño es rechazado por su generación, no por su sexo. El que la madre sea la cuidadora primaria en la vida preedípica (Chodorow, 1978) lleva a la probabilidad de que sea el primer objeto edípico –el foco del deseo erótico- para ambos sexos (Freud, 1931). La confrontación inicial de la niña con el rechazo edípico es también en relación con la madre, y de ella aprende una lección muy diferente de la que aprende el niño: su madre no desea a alguien de su sexo, se trata de un rechazo de género (Elise, 2000a, b). Se vuelve, entonces, al padre, sólo para sentir el rechazo generacional comúnmente asociado con la crisis edípica (Elise, 1998a). Creo que esta doble pérdida edípica para la niña es la que es especialmente significativa en relación con la madre.


Kernberg (1991) apuntó que una niña sería “cada vez menos consciente de sus propios impulsos genitales” (p. 356) como respuesta a la negación sutil e inconsciente por parte de la madre de la excitación sexual entre ambas. Schalin (1989) también aborda este punto: “la percatación de que sólo los hombres pueden casarse con las mujeres puede significar una catástrofe libidinal para la hija. Gradualmente, la niña se da cuenta de que ‘el pene es la llave para abrir el corazón de una mujer’” (p. 44; ver también Lax, 1994; Frenkel, 1996). Lampl-de Groot (1927, 1933) identificó la naturaleza paralela del cortejo activo de la madre por parte del niño y de la niña hasta que se conoce la diferencia anatómica, momento en que la niña renuncia a su sexualidad activa (ver Elise, 2000a). El que dicha renunciación no se acepta fácilmente se expresa en una niña pequeña que “insistía con una tenacidad asombrosa ‘quiero una borlita ahora mismo” (Lampl-de Groot, 1933, p. 497). Sin “una pequeña borla” es probable que el deseo erótico de la niña hacia su madre se sienta bloqueado. Una niña puede sufrir un rechazo serio en su primer y más intenso asunto amoroso, y es probable que registre este rechazo como inadecuación suya a nivel corporal. La pérdida edípica del padre puede profundizar este sentimiento de fallo. Una niña puede llegar a sentir que su cuerpo es inferior al de todo el mundo (Barnett, 1966).


Los varones, sin embargo, ciertamente no son inmunes al rechazo edípico y al sentimiento de vergüenza con relación al deseo impotente. Dicha vergüenza se siente inicialmente (como sucede en la niña) en relación con la madre. Los varones tienden a defenderse contra dicha vergüenza de un modo que puede considerarse contrafóbico: en lugar de retroceder ante la madre, un niño intentará triunfar sobre ella. En este esfuerzo, utilizará la identificación con el padre, quien parece hallarse en la posición deseada: en posición de desear. Un niño intentará hacerse “mayor” como papá y hacer a la madre “pequeña”. Como afirma Corbett (2001) tan elocuentemente, el esfuerzo por ser un gran ganador, no un pequeño perdedor, es un tropo central de los niños, una ilusión fálica: “un despliegue insistente, ilusorio, de grandeza y sentimiento de agencia que se acopla con un desprecio igualmente desenfrenado por la pequeñez y la carencia. En el espíritu de ‘los niños serán niños’, las bravuconadas, la protesta agresiva y el narcisismo fálico ilusorio se han convertido en atributos definitorios, normativos, de la masculinidad” (p. 6).


La negación de la pérdida del objeto materno se logra mediante la creación del “pene maniaco” (Rey, 1994, p. 220): el pene se vuelve omnipotente –un falo mágico- y un niño en identificación se vuelve también omnipotente. Esta estrategia no es un retorno al narcisismo saludable –la inflación genital que he descrito antes- sino una dependencia de la sobreinflación tanto de los genitales como del sentimiento del self propios. Como corolario, la madre y sus genitales femeninos deben ser devaluados. En los varones se reafirma una defensa maniaca generalizada gracias al mayor valor que la sociedad otorga a los varones, convirtiendo al pene en un falo más-grande-que-la-vida: “el monolito mítico, permanentemente erecto, de la omnipotencia masculina” (Ducat, 2004, p. 2). Un ideal del yo fálico refleja la dominancia del falicismo defensivo en la psique masculina (Diamond, 1995, 2004; Fogel, 1998). La capacidad para penetrar (y no ser penetrado) se convierte en la definición de “hombre” (Elise, 2001).


Mientras que los varones inflan excesivamente sus genitales y su deseo con la esperanza de inmunidad de una experiencia de castración, yo he sugerido que las mujeres, inconscientemente motivadas y con gran soporte por parte de esta maniobra cultural, pueden adoptar depresivamente la deflación de sus genitales y su deseo (Elise, 2000b). Esta forma femenina de defensa contra ser castrada –convertida en impotente- es paralela, pero opuesta en su forma, a la estrategia masculina de omnipotencia fálica.


Lerner (1976) señaló que el no dar a la niña información adecuada sobre su cuerpo sexual a menudo da lugar a la ansiedad, confusión y vergüenza sobre su sexualidad. Yo he propuesto que el marcador “ausente” respecto a la genitalia y el deseo femeninos puede ser una forma femenina de camuflaje, sexual y en general (Elise, 2000b).  El cuerpo femenino, por sí mismo, se presta –y es utilizado inconscientemente por las mujeres con ayuda de la cultura y, hasta hace relativamente poco, de la teoría psicoanalítica- a esta defensa específica. Ahora puedo enfatizar que esta “protección” se basa en la inhibición (frente a la exhibición masculina) y descansa en la idea de que si no “lo usas” no “lo perderás”. Se instala la creencia de que sería más vergonzoso intentarlo y fracasar que no intentarlo en absoluto, y que los deseos se mantienen mejor como fantasías incumplidas.  De forma problemática para las mujeres, la deflación defensiva mina el propio sentimiento de agencia, mientras que la inflación como defensa en actividad, aun cuando sea pretenciosa, lo dirige a uno hacia el mundo como sujeto agente. Necesitamos una ruta por la cual la “no-cosa” genital femenina (Lewin, 1948; Slap, 1979; Kalinich, 1993) pueda ser representada y utilizada como un “algo” genital con capacidades potentes de incorporación, expansión y penetración; capacidades que pueden ampliarse a infundir y orientar el sentimiento del self.


Si sólo la anatomía masculina (como opuesta a la femenina) representa la forma de la acción potente, entonces las mujeres tendrán problema para encajar en estas cualidades; literalmente, no serán capaces de “personificarlas”. Es un problema del lenguaje, no del cuerpo femenino, el que la agencia esté masculinizada. Necesitamos un vocabulario basado en el cuerpo femenino (Goldberger, 1999; Balsam, 2001; Kulish, 2003; Long, 2005) y un lenguaje no basado únicamente en la cualidad incorporadora, interior, de la vagina, sino que incluya el exterior expansivo del cuerpo sexual femenino.


Tanto en la realidad anatómica concreta como el sentimiento de deseo sexual, el cuerpo femenino sobresale, destaca, como lo hace el cuerpo masculino. Anteriormente describí la sensación de hinchazón genital –inflamación- que se registra fuertemente aun cuando no se note visualmente en las mujeres. Consideremos también el vientre embarazado (resplandeciente en las Ceremonias Inaugurales de las Olimpiadas de Atenas 2004), que se registra claramente de forma visual y causa una impresión en tanto se expande en el espacio (Balsam, 1996, 2001, 2003). Balsam subraya que la literatura psicoanalítica, en contraste con su fascinación por los iconos fálicos, tiende a pasar por algo la destreza biológica femenina que se evidencia en el contorno exterior del cuerpo femenino.


Como un ejemplo más de la potente exterioridad femenina –que apunta al mundo de manera penetrante- déjenme sugerir, siguiendo a Klein (1932), que las mamas son los objetos “fálicos” originales. Las mamas y los pezones que alimentan tienen una cualidad erecta, penetrante, y forman el “epicentro erótico de la relación de uno mismo con el otro” (Bollas, 2000, p. 47; ver también Sarlin, 1981). En el borrado psicoanalítico de la forma femenina, las mamas –plurales, poderosas y eróticas- o se ignoran o se singularizan en una mama Buena o Mala desexualizada (ver también Stein, 1998). Lo que se entiende por “fálico” ha sido eliminado de lo maternal y de las mujeres como sexo; una amputación que presenta al cuerpo como devaluado y aparentemente impotente.


Quiero hablar de la importancia del sobrecogimiento positivo del cuerpo sexual de la madre, frente a su devualación defensiva, como algo que necesita mantenerse como imagen accesible de la potencia femenina. Al comienzo de la vida, se tiene una profunda impresión estética cuando la belleza de la madre penetra en los sentidos y la mente del infante (Meltzer y Harris, 1988; ver también Elise, 2006). Lo ideal es que esto fuera, con el tiempo, fuente de identificación positiva para las niñas y se integrase en un narcisismo saludable. Como dijo una paciente: “quería saber urgentemente cómo era tener unos grandes pechos. Los pechos de mi madre eran grandes… sobrecogedores… como el universo, o algo así” (Balsam, 1996, p. 419). Las representaciones positivas del cuerpo femenino son necesarias para dar voz al cuerpo de la mujer, a su deseo sexual y a su capacidad de agencia en varios campos. Y cada sexo necesita no ser confinado al cuerpo concreto al representar al self; las identificaciones bisexuales abren más posibilidades y necesitan ser accesibles (Elise, 1998b, 2001; Fogel, 1998). Un foco clínico en la bisexualidad psíquica, así como en la vergüenza edípica de origen generacional y luego manejada según el género, es extremadamente útil para elucidar aspectos del material de los pacientes que pueden ser pasados por alto en las formulaciones más familiares, sean freudianas o de relaciones objetales.


Ilustración clínica


Ahora ofreceré un material clínico muy seleccionado y abreviado que implica el temor de una paciente a escribir y hablar en público en el contexto de la ambición profesional y los deseos de alcanzar logros. Al ofrecer este material, espero ilustrar, no probar, el mérito de un enfoque concreto al material clínico que se basa en los temas de este artículo, y que puede ser incluido en consideraciones clínicas. Escribir es el epítome de tener que autorizar el pensamiento propio, la propia mente –presentar una idea, mandarla al mundo a que penetre en campos desconocidos con el propósito de descubrir y crear, producir algo nuevo. Escribir es afirmarse. Al hablar en público, uno no sólo escribe su perspectiva personal, sino que deja que este pensamiento sea escuchado y respondido por el grupo; así, uno expone un aspecto nuclear del self que es muy valioso y vulnerable (Elise, 2002). El temor a hablar en público está a la altura, o es incluso mayor, al temor a la muerte, especialmente en las mujeres. Las personas tienden a pensar que sólo los hombres deberían ponerse en pie y verbalizar sus pensamientos (Riviere, 1929), impregnando a la audiencia femenina con sus importantes pensamientos.


Mi paciente, una mujer bisexual, es extremadamente brillante y creativa, con fuertes ansiedades relativas a la separación-individuación de su madre que han sido el foco de gran parte del análisis. Pero, en este material condensado, atiende a las metáforas corporales de género que si bien son familiares a los analistas con un modelo de base freudiana como reflejo de la envidia al pene, aquí se entienden como angustias generacionales que pueden hacerse pasar por envidia al pene. Tiene un contrato para escribir su primer libro. Dice sentirse “sola y excluida” cuando escribe en casa. Cuando le pregunto sobre este sentimiento de aislamiento (pensado típicamente en términos de separación-individuación), observa que no se siente aislada cuando está sola en casa leyendo. Yo comento: “tomando las ideas de otra persona”. Ella responde: “Lo que estoy escribiendo es tan grande, me siento incapaz, que no estoy a la altura de la tarea. Además, me da miedo no tener ningún impacto en absoluto o, peor aún, que se burlen de mí. Eso es lo que pasa cuando asomas el cuello. Nunca seré capaz de dar la cara de nuevo. Debería simplemente cerrar el negocio”. Es evidente un sentimiento de vergüenza. Evita escribir y pasa mucho tiempo comiendo, otra actividad de “toma”.


Más tarde: “si voy a ser una autora, tengo que actuar como si realmente supiera algo –ser una autoridad- pero me siento como un fraude. Tendré que ser capaz de luchar por mi perspectiva cuando me vea desafiada; los hombres de mi departamento son unos chulos y pueden ser muy agresivos”. Viendo “chulería” no sólo como pretensión defensiva sino también como una posibilidad femenina saludable –bisexualidad psíquica- le pregunto: “¿Podrías serlo tú también?” Sí, responde ella, esa es la cuestión: “¿Puedo jugar al balón con los chicos mayores, puedo competir? No puedo simplemente perderme en la muchedumbre, en el grupo; va a quedar claro en qué me distingo de los otros, cuál es mi enfoque individual. ¿Y qué pasa si tengo éxito? Escribir es algo poderosos; puedes tener un gran impacto en mucha gente. ¿Cómo manejaré el éxito, qué esperará entonces de mí la gente? ¿Qué pasa si se molestan conmigo? ¿Seré capaz de volver a mezclarme con el grupo o terminaré sola?” Aquí, los temas de separación-individuación continúan oscilando con el material de base genital.


Su ansiedad se intensificó de manera exponencial cuando tuvo que hacer una presentación para su departamento: “Sé que tengo que ser capaz de afirma mi pensamiento, de plantear mis ideas y de respaldarlas; tengo que presentar mi argumento pero estoy tan ansiosa que me siento como un fideo mojado”. Hace referencia a lo que podría considerarse un sentimiento desinflado/peyorativo del genital femenino/vulva. Teme ser atacada por presumir que tiene ideas a las que merece la pena prestar atención; no sólo su tesis se verá menospreciada sino, lo que es más doloroso, se burlarán y se ridiculizará la creencia de que tiene algo que ofrecer: “¿Quién te crees que eres? ¿Ya está, eso es todo?” Se imagina “siendo eliminada y huyendo con ‘el rabo entre las piernas’”. Yo creo que esta referencia no es tanto al pene per se, sino a un estado de deflación genital y daño narcisista. Según se aproximaba la presentación, la angustia llegó casi al pánico. Siente que realmente es peligroso sobresalir de la multitud e imagina “ser físicamente aplastada, que me arranquen los dientes de un golpe; …mis argumentos también serán desdentados –una humillación pública- me sentiré sepultada por la vergüenza. No seré capaz de ponerme en pie frente a la gente nunca más si mis ideas no permanecen en pie”. Aquí la paciente habla de obstáculos internos, proyectados al exterior, para mantener un sentimiento de inflación saludable.


Este material se trasladó a la transferencia. ¿Pienso que tiene algo que ofrecer, que tiene lo que hace falta? ¿La tomaría en serio si leyera su trabajo, si acudiera a su presentación? Expresa la fantasía de poder impresionarme con sus ideas. Tal vez use sus ideas en mis propios trabajos (ella había rastreado en Google mi pasado y había descubierto que escribo). O quizá la envidiaría y quisiera apartarla; ¿podría realmente ella competir conmigo por “atraer” una audiencia”? ¿Qué pasa si lee un artículo mío, lo admira, pero luego se siente desinflada en cuando a sus propias capacidades? Aquí vemos entremezclados los deseos de atraerme a mí –ofrecerme algo que yo “tome en serio” y no pase por alto- con el material analíticamente más familiar sobre competencia envidiosa con el objeto materno. Finalmente, haciendo uso de una identificación transferencial materna positiva, reconoció la posibilidad de que si imaginaba admirar mi trabajo, en realidad podría resultarle más fácil escribir. “Si tú puedes hacerlo, yo puedo, podemos “pavonearnos” la una con la otra”. Esto condujo a un sueño: “estoy muy excitada, estoy volando por el cielo en un cohete. Te ofrezco subir y te montas. ¡Me siento realmente pletórica! Estoy entusiasmada. ¡Es genial!”


Discusión


Entre numerosas interpretaciones posibles, yo veo el sueño de esta paciente como una ilustración poderosa y encantadora del eros madre-hija, en el que tanto la madre como la hija tienen genitalmente el poder para un intercambio creativo entre ellas y con el mundo.  Sugiero que esta cualidad “fálica” no surge aquí de la fantasía de un pene truncado, sino que puede expresar la inflamación e inflación genital femeninas (incluyendo de las mamas). Como ha afirmado Fogel (1998), el poder “fálico” está disponible en diversos grados y transformaciones simbólicas para ambos sexos” (p. 685). Un sentimiento de potencia femenina expansivo, ampliado, aumentado, puede apoyar experiencias de entusiasmo, excitación y regocijo que otorguen una velocidad esencial para hacer avanzar cualquier proyecto. Aron (1995), escribiendo sobre las inhibiciones narcisistas en el proceso de escribir, afirmo que “no es necesario “superar, abandonar o renunciar a nuestras fantasías de omnipotencia, sino más bien… apreciarlas, celebrarlas, e integrarlas en un sentimiento global del self”; al inhibir o eliminar el acceso a la propia grandiosidad, “las personas se privan de un importante requisito previo para el proceso creativo”, (p. 196). He sostenido aquí que las mujeres son las personas con más probabilidades de privarse del narcisismo de base genital y que necesitan recuperar un sentimiento de grandeza basado en el cuerpo femenino (ver Balsam, 2003).


He mostrado que las mujeres tienen angustias sobre personificar el papel del penetrante: sobresalir –ser sobresaliente- probablemente ha llegado a ser distónico con el yo corporal debido a dinámicas edípicas descritas más arriba más que por ser inherente a un estado concrete de ausencia de pene. Las cuestiones evolutivas subsiguientes pueden afianzar estas dinámicas edípicas tempranas. Las mujeres, entonces, se preocupan por no tener lo que hay que tener, porque se burlen de ellas por pensar que tienen algo que mostrar o que pueden impresionar de algún modo. Las mujeres temen ser expuestas como sin nada que ofrecer; las ideas de cualquier otro son mayores, mejores (esto es lo que tradicionalmente se entiende por envidia al pene). La crítica se teme como una aniquilación –castración psíquica- y las mujeres imaginan ser apartadas llenas de vergüenza, para no mostrarse nunca más.


Separo las aspiraciones “fálicas” del pene para hablar de experiencias del self que son importantes en la psicología femenina. Como he afirmado antes, creo que estas representaciones del self tiene un correlato corporal femenino que aún no tiene nombre. Si bien me gustaría que dispusiéramos de un término basado en la anatomía femenina, hasta el momento no lo he encontrado (hablo de cualidades no evocadas por el poder incorporador de la vagina)[1]. Las metáforas fálicas y de impotencia o castración evocan respuestas afectivas y somáticas cargadas, que tienen garra y abren, para las mujeres, material a muchos niveles (ver Fogel, 1998). Como ha apuntado Vivona (2003) citando a Sharpe (1940): “la experiencia corporal olvidada está implícita en la metáfora” (p. 56). La ansiedad asociada con “sobresalir” puede pertenecer al deseo de las mujeres, así como de los hombres de potencia (genital). Al nivel edípico, estas ansiedades representan temores de daño narcisista, genital y más en general, basados en un sentimiento de rechazo, en lugar de reflejar fantasías de un pene ilusorio (un complejo de masculinidad) que dé lugar a la falsa ilusión de poder ser castrado. Al encontrarse con la realidad de los deseos edípicos no correspondidos, lo que puede ser “aislado” es la autoestima relativa a los genitales (femeninos) y al sentimiento de potencia y destreza (sexuales). Cómo los clínicos tienen en mente estas ideas supone una importante diferencia en cómo recibirán y trabajarán con el material analítico.


Es de esperar que el lector vislumbre en este breve material clínico la ansiedad, ambivalencia e inhibición relativas a la agencia, agresión, competición, envidia, poder, logros y autoridad –básicamente cualquier forma de autoafirmación- que puedan vivir las mujeres. Sabemos que estos atributos son necesarios en muchas actividades de la vida –ambiciones profesionales, tareas creativas, destrezas atléticas, etc.- y yo aplicaría mi tesis a cada uno de ellos como un nivel adicional para comprender el descarrilamiento de los deseos femeninos.


He esbozado una explicación evolutiva que se alinea con la teoría de las relaciones objetales al enfatizar la importancia de las influencias intersubjetivas, concretamente sobre la sensación del cuerpo propio. Sin embargo, mi formulación, si bien reconoce la dificultad de la niña para separarse de la madre con su nueva identidad individuada, cambia nuestro foco a la sexualidad edípica. Lo que tomo de Freud es su profundo insight en las intensas pasiones románticas de los niños pequeños “llevadas a cabo con una seriedad trágica hacia sus padres y fracasando “vergonzosamente” (1920, p. 21), y su planteamiento de que la madre es el primer foco de deseo para ambos sexos. Difiero de Freud en que yo no atribuyo el sentimiento femenino de inadecuación e inhibición, sea sexual o más general, a un supuesto hecho anatómico: que es inherentemente problemático y decepcionante no tener pene.


En cambio, sostengo que el rechazo edípico en relación con una y otra figura parental resulta en una “castración” que se origina como generacional en lugar de como una experiencia de género. Con o sin pene, los niños de ambos sexos sienten que su “gran” genital (que les parece “grandioso”) “de repente” se convierte en un genital enclenque, que no vale mucho. A ello le sigue un sentimiento de decepción y deflación con relación al cuerpo sexuado y las aspiraciones románticas propios.  Sólo entonces se divide el curso evolutivo de los sexos, siendo el pene el billete dentro de las estructuras sociales patriarcales para la restitución maniaca de una masculinidad sobreinflada. Para las mujeres, su posición desalentada, desinflada (entendida clásicamente de forma limitada como envidia al pene) las envía en la dirección de la inhibición en lugar de hacia una exhibición saludable.


Conclusión


Para que las niñas tengan un sentimiento de agencia como mujeres, necesitamos facilitar, no restringir, diversas formas de conducta fálica: agresión, enfado, actividad, aserción (ver Elise, 1991; Hoffman, 1996; Seelig, 2002; Holtzman y Kulish, 2003; Harris, 2005). La tesis que he presentado va más allá de la teoría de la separación-individuación al sugerir que las niñas pueden inhibir la agresión, e inhibirse más en general, debido a una representación del self como “no teniendo lo que hay que tener” genitalmente, y por tanto corporal y físicamente. Mediante una experiencia de rechazo edípico en relación tanto con la madre como con el padre, puede internalizarse un sentimiento femenino de inadecuación y vergüenza y aceptarse como identidad propia, en contraste con la trayectoria “contrafóbica” masculina. La desaparición del narcisismo genital en las mujeres subyace a diversas expresiones de la inhibición femenina.


Los teóricos de relaciones objetales y relacionales han prestado históricamente menos atención a las fases psicosexuales centradas en el cuerpo, el complejo edípico y la sexualidad infantil de lo que resultaría útil. Los modelos de base freudiana pueden enfatizar menos de la cuenta la intersubjetividad y el impacto de las relaciones objetales en la experiencia del cuerpo. El pensamiento avanza gracias  a la integración de perspectivas valiosas de múltiples orientaciones. Tener una base sólida en la teoría de las relaciones objetales y la intersubjetividad nos permite usar temas clásicos de la teoría pulsional de una manera convincente que espero haber demostrado. Como ha afirmado recientemente Fonagy (2006), “ni la teoría pulsional ni la teoría de las relaciones objetales en su forma pura ofrece una formulación satisfactoria de la psicosexualidad… Necesitamos un modelo verdaderamente evolutivo de la evolución de la personalidad y las relaciones interpersonales que conserve un lugar sustantivo para los sentimientos y la conducta sexuales dentro del contexto de las relaciones objetales que tienen lugar”. Mi propósito es contribuir a ese esfuerzo integrador.


En un artículo anterior (Elise, 1998a), me centré en cómo la estructura genital de una niña puede estar imbuida con ciertos  significados dada su experiencia de relaciones objetales dentro nuestra cultura concreta y por la manera en la que su anatomía puede disponerla a cierta imaginería en cuanto a sus relaciones con los objetos. Espero haber transmitido aquí que el “postramiento” de la agencia sexual femenina es un microcosmos de tendencias más generales en la personalidad femenina. La apreciación del papel del cuerpo sexual subraya su contribución no sólo al modelamiento mental específico de cada sexo, sino también a una intensidad de la experiencia.  Creo que, por tanto, tenemos una extensa paleta con la que abarcar más plenamente cómo las inhibiciones femeninas, aun cuando las mujeres clamen contra ellas, pueden llegar a estar tan afianzadas.


Para mí, es particularmente conmovedor cómo los individuos de uno y otro sexo pueden llegar a sentir tal sentimiento de vergüenza e inadecuación en torno a su sentimiento del self según su género. Pienso que los ideales del yo son positivos para el desarrollo y, en muchos sentidos, lo son. Pero también me ha impresionado, tanto en mi trabajo clínico como en lo que he escrito sobre género en el campo académico, que los ideales del yo que la cultura establece que construyen el género lo hagan de un modo que es tan problemático para el bienestar personal. Dinnerstein (1976), en su famoso libro La Sirena y el Minotauro, articuló ya desde el título cómo cada sexo llega a ser medio humano, capaz de expresar y personificar sólo la mitad de lo que debería estar disponible a todas y cada una de las personas.


Lo ideal es que el psicoanálisis cree un espacio transicional para la transformación de la vergüenza (Davies, 2004), a través del cual se logre una nueva relación entre el yo y el ideal del yo. Puesto que cada persona que comienza un tratamiento viene a nosotros como hombre o como mujer, una porción significativa de la vergüenza está relacionada con el género. La capacidad de batallar con los aspectos de la personalidad llenos de vergüenza, es un logro evolutivo que beneficia a toda la personalidad de una persona, por no hablar de su vida sexual. El análisis –curiosamente, como el sexo- supone una exposición arriesgada a un sentimiento de vergüenza con la esperanza de que el resultado interpersonal no profundice ni confirme la humillación sino que la alivie. Lo ideal es que el concepto del self negativo no se confirme; cuando eso ocurre, la exposición es conectora. La exposición revela una vulnerabilidad del self que es atractiva; ambos miembros de la pareja, directa o indirectamente, han triunfado sobre la toxicidad de la vergüenza. Al ayudar a nuestros pacientes a “detoxificar la vergüenza y añadir una libertad transgresora juguetona a la experiencia interna” (Davies, 2004), nosotros como clínicos –mujeres y hombres- también podemos ser capaces de acceder a una integración transformadora de nuestras propias experiencias de vergüenza según el género.


 


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[1] Se ha apelado a un término relacionado con las mamas, pero es dudoso que “cualquier proceso o protuberancia similar a pezón” (Webster’s, 1992) mamario se imponga como equivalente femenino al falo o lo fálico (“¿mamálico?”). Es interesante, sin embargo, apuntar la definición anatómica de falo: “el pene, el clítoris, o el órgano embrionario sexualmente indiferenciado a partir del cual se desarrollan cualquiera de los anteriores”. Esta definición bisexual refrendaría mi uso en este artículo de fálico como un término reapropiado para el cuerpo femenino.

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