"La Misión": una comprensión del comportamiento desde el enfoque Modular-Transformacional

Publicado en la revista nº054

Autor: García Asensio, Eduardo


Para citar este artículo: García Asensio, E. (Enero 2017). "La Misión": una comprensión del comportamiento desde el enfoque Modular-Transformacional. Aperturas Psicoanalíticas, 54. Recuperado de http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000964&a=La-Mision-una-comprension-del-comportamiento-desde-el-enfoque-Modular-Transformacional

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Resumen

La galardonada película “La Misión” constituye no sólo una obra maestra del séptimo arte sino también una excelente oportunidad para abordar el análisis del comportamiento en relación a aspectos esenciales de la naturaleza humana como la agresividad o el narcisismo. A lo largo de la película podemos observar el conflicto moral en los diversos personajes, el tipo de angustia que genera, los mecanismos de defensa desencadenados y el comportamiento subsiguiente. La labor jesuítica entendida no necesariamente como masoquismo en tanto en cuanto no busque una contrapartida en forma de satisfacción narcisista sino como consecuencia inevitable de su resistencia y negativa a abandonar las misiones. Observamos la naturaleza relacional de la identidad y merece especial mención el personaje del “Padre Gabriel” como un caso claro de identidad del yo integrada o fortaleza del yo y cómo los rasgos que configuran su personalidad permiten que su identidad no se desmorone ante situaciones muy adversas.

 

“The Mission”: an understanding of the behaviour from the Modular Transformational approach

Abstract

The award-winning film “The Mission” is not only considered as a masterpiece of the seventh art but also an excellent opportunity to analize the behaviour in relation to essential and determinant aspects of the human nature such as aggression, identity and narcissism.

The film shows how the diverse characters deal with moral conflict as well as the type of anxiety that generates, defense mechanisms involved and the subsequent behaviour. The work of Jesuits is not necessarily explained because of masochism but as an unavoidable consequence of their resistence when taking the decision to stay in the mission. Furthermore, it is shown the relational nature of identity and how the Jesuit “Padre Gabriel” is susceptible to be presented as a perfect example on how his structure of personality allowed him to deal with the most adverse situations. 


 “La Misión” es una película británica dirigida por Roland Joffé e interpretada por actores de la relevancia de Robert de Niro, Jeremy Irons, Aidan Quinn o Ray Mc Anally, entre otros y que, básicamente, narra las visicitudes por las que pasaron guaraníes y jesuitas y que llevaron, finalmente, a la destrucción de las misiones jesuíticas en Paraguay y el noroeste de Argentina en el siglo XVIII. Ganadora del premio a la Mejor Película en el Festival de Cannes de 1986, obtuvo además el Oscar a la Mejor Fotografía y logró seis nominaciones más, incluida la de Mejor película.


Comienza esta obra cinematográfica en el año 1758 con el cardenal Altamirano dictando una carta al papa, a quien se dirige desde la ciudad de Asunción, comunicándole que el asunto que le había llevado allí estaba resuelto y que los nativos ya podían ser explotados por los pobladores españoles y portugueses. Sin embargo, mientras dicta la carta se retracta de sus palabras tratando de mostrar su descontento con la tarea que le había sido encomendada y resaltando los aspectos positivos de la actividad que los jesuitas estaban llevando a cabo en las misiones, labor evangelizadora que habían realizado a pesar de la reacción hostil de los nativos, que “dieron martirio” a algunos de sus miembros.

La agresividad está omnipresente a lo largo de toda la película, al igual que el narcisismo, siendo quizás éste uno de los temas más interesantes para el análisis. El término agresividad es difícil de definir y parece incluir una amplia gama de comportamientos en la especie humana. Según Anthony Storr (2004), “Algunos autores definen agresión como la “respuesta que sigue a la frustración” o como “un acto cuyo objetivo es causar daño a un organismo” La parte agresiva de la naturaleza humana no es solamente una salvaguarda necesaria contra los ataques: es también la base de la realización intelectual, del logro de la independencia e incluso de la propia estimación que le permite al hombre mantener la cabeza alta entre sus semejantes”. (Página 11)

Por otro lado, no es cuestión baladí señalar la diferencia entre agresión y violencia, existiendo en esta última una intención de dañar al otro -ya sea física o psicológicamente-.

Una cuestión importante es la diferencia entre dos conceptos, instinto y pulsión, términos que han sido en ocasiones equiparados como si tuvieran el mismo significado. En este sentido, y siguiendo la línea argumental de Mario Marrone (Marrone, 2001) “Para Freud el concepto instinto designa una conducta hereditaria y predeterminada genéticamente, cuyo objeto y fin están prefijados por naturaleza.” (Página 170) También se comenta que, a diferencia del instinto, la palabra alemana Trieb “implica un empuje que hace tender al organismo hacia un objeto y un fin que permitan la satisfacción pulsional, no estando éstos prefijados.” (Página 170) En todo caso, de lo que habla Freud a lo largo de su obra es de pulsiones, estableciendo primero dos pulsiones básicas, la sexual y la de autoconservación que responden, respectivamente, a preservar los intereses de la especie y del individuo. Posteriormente, matiza este dualismo establecido en “Tres ensayos para una teoría sexual”, hablando de pulsión sexual y pulsión del yo, entendiendo la pulsión del yo como funciones adaptativas y como la persona en su totalidad. Finalmente hablará de pulsiones de vida y de muerte en su obra “Más allá del principio del placer”. El concepto de pulsión de muerte ha perdido vigencia, ya que estaba bastante influenciado por la termodinámica del momento, de manera que entiende que la pulsión de muerte conduce al individuo a regresar a un estado ausente de tensión alguna. Al igual que Freud, Melanie Klein entiende la agresividad como una reorientación de la pulsión de muerte hacia el entorno.

En relación a las condiciones que activan la agresividad Bleichmar, desde el modelo modular-transformacional, plantea cómo éstas se relacionan con los sistemas motivacionales que están en la base de la actividad psíquica, módulos que al articularse conforman el psiquismo; lo que subyace a todas esas condiciones es algún tipo de sufrimiento para el sujeto. Asimismo, dichas condiciones pueden ser estrictamente biológicas o de carácter simbólico siendo la agresividad, en cada caso, de una utilidad distinta para la persona. En este sentido, Bleichmar (2016) señala lo siguiente: “Cuando el sujeto tiene una fantasía o una conducta agresiva, ésta es captada dentro de su sistema de significaciones; contemplando su propia agresividad adquiere una cierta identidad: por ejemplo, soy poderoso y no débil, soy el que ataco y no el atacado. O sea que si la agresividad puede, en el ser humano, constituir un movimiento defensivo en contra del sufrimiento psíquico de la humillación narcisista, de los sentimientos de culpa o de las fantasías de ser perseguido es porque mediante ella el sujeto logra reestructurar la representación de sí y del otro” (Página 222).

Retomando el hilo argumental de la película, el cardenal Altamirano tiene un conflicto entre su superyó introyectado a través de los valores familiares, la cultura y la religión de su tiempo por un lado, y la obediencia al papa, por otro. San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, quiso que sus miembros estuviesen siempre preparados para ser enviados donde fueran requeridos para la misión evangelizadora de la Iglesia. En consecuencia, profesan los tres votos normativos de la misma -obediencia, pobreza y castidad-, además del de obediencia al papa. En caso de mantener fidelidad a este cuarto voto normativo, paradójicamente, defraudará sus principios morales, aquellos que conforman su conciencia, generándole lo que desde el psicoanálisis clásico se denomina ansiedad moral, así como a su ideal del yo, no pudiendo, en última instancia, sentir respeto por sí mismo.

 Desde el enfoque modular-transformacional se establecen los distintos sistemas motivacionales, considerándose que cada uno de ellos está conformado por un conjunto de deseos similares que, de no ser satisfechos, generan una angustia característica de ese sistema motivacional. A lo largo de la película, observamos como en el cardenal Altamirano están en juego, de manera casi constante, las necesidades y ansiedades propias de los sistemas motivacionales de hetero-autoconservación y narcisista.

El jesuita que es sometido al martirio de los guaraníes se puede considerar un mártir, pues otros le han sacrificado por llevar a cabo su labor evangelizadora y asumir las consecuencias de ser coherente con la doctrina asumida. No lo consideraría masoquismo en la medida en que no ha buscado activamente el sufrimiento. Sin embargo, el sufrimiento puede asumirse como contrapartida o efecto colateral de intentar lograr un objetivo o bien utilizarse como un instrumento para obtener alguna satisfacción narcisista, una imagen grandiosa de uno mismo. Desde el cristianismo, Jesús, el hijo de Dios, murió crucificado para la redención de los pecados de la humanidad. En este sentido, una misma conducta puede ser explicada en función de distintos sistemas motivacionales, de manera que dos miembros de un mismo grupo pueden tener motivaciones distintas pero compartir una misma labor.

Uno de los jesuitas le dice al Padre Gabriel que el territorio en el que los guaraníes han dado muerte a uno de los hermanos era el asignado a Julián y a él. Sin embargo, el Padre Gabriel contesta que fue él quién le mató -no literalmente sino en el sentido de que fue él quien les asignó esa tarea- y que es por tanto a él a quien corresponde subir más allá de las cataratas. Mientras hace esto, los otros dos jesuitas muestran su preocupación y, desde su necesidad de proteger al Padre Gabriel, rezan a Dios por él. De esta manera canalizan la angustia que sienten por lo que le pueda suceder, así como la necesidad de protegerle de dichos peligros. Las oraciones cristianas pueden ser de acción de gracia, adoración, intercesión, comunión y petición.

 Afortunadamente para el Padre Gabriel, su capacidad para negociar será más eficaz que la del jesuita sacrificado. El Padre Gabriel, siendo consecuente con su rol de liderazgo, regresa por tanto al territorio de los guaraníes -la selva en torno a las cataratas del Iguazú en la que sus pobladores habían matado a uno de los sacerdotes de la orden-. Y para ello se sirve de una biblia y un oboe como instrumentos de apaciguamiento, socialización y evangelización. El primer recibimiento es hostil, ya que el rey guaraní rompe en dos el oboe, al que se podría considerar un objeto de la actividad narcisista del Padre Gabriel. Sin embargo, la actitud serena y su comportamiento inalterable les hace sentir curiosidad, recular y, en última instancia, acogerle en su comunidad. Llama la atención la aparente impasibilidad del Padre Gabriel ante la amenaza de los guaraníes. Los rasgos que constituyen su estructura de personalidad permiten que su comportamiento resulte especialmente invariable en diferentes situaciones y su identidad no se “desmorone” fácilmente a pesar de las circunstancias adversas.

En relación a este aspecto, desde la perspectiva de las relaciones objetales, Kernberg se refiere, a lo largo de su dilatada obra, a distintas personalidades en función de tres niveles de organización estructural -psicótico, límite y neurótico-, resultado éstos de un mayor o menor grado de cohesión de la personalidad. Así, vemos que el Padre Gabriel tiene una identidad del yo integrada o fortaleza del yo, como queda de manifiesto en su reacción ante las distintas situaciones comprometidas en las que se ve envuelto. El Padre Gabriel se valora “desde adentro” -desde su superyó-, independientemente de lo que le pueda deparar el destino, algo que depende en buena medida de los demás.

Cuando está con los nativos, se encuentran con el capitán Mendoza, un conocido traficante de guaraníes a los que hacen esclavos y que está expandiendo su negocio más allá de las cataratas del Iguazú. Mendoza está en ese momento persiguiendo, matando y apresando a los guaraníes que encuentra a su paso. El Padre Gabriel le dice que está cristianizando a estas personas y que van a crear la misión de San Carlos. Rodrigo Mendoza lo toma como un desafío y no parece sentir la menor misericordia hacia ellos. Al regresar a su casa, lo hace con actitud triunfante, con el resultado de su actividad -los guaraníes que ha apresado-, montando a caballo-objeto de su actividad narcisista- y dirigiendo con orgullo la mirada hacia la mujer con la que mantiene una relación. En este momento Carlota, que así se llama su pareja, le dice a Felipe, hermano de Rodrigo, que su hermano ha llegado. El rostro de ambos es de preocupación; la tensión en sus rostros permiten inferir un profundo temor.

Rodrigo tiene una relación muy armoniosa con su hermano, a quien quiere y de quien se preocupa, permitiéndole mantener una identidad que el hermano sostiene. En este sentido, se puede apreciar el carácter relacional de la identidad; así, tenemos distintas identidades, relaciones de objeto interiorizadas, que se activan dependiendo de la situación determinada. Rodrigo Mendoza tiene, por tanto, una necesidad de proteger a Felipe -como queda manifiesto en los consejos que le da en relación a que debería buscar una mujer o cuando le entrena en una actividad equestre-, pero esta necesidad entra en conflicto con la herida narcisista y el dolor emocional que le produce descubrir la relación entre Felipe y Carlota, algo que interpreta y siente como una traición. En este momento, no es capaz de superponer las necesidades de los demás sobre las suyas o de intentar comprenderlas.

Carlota, como en la mayoría de las relaciones de pareja, satisface una serie de necesidades que pueden ser analizadas desde los diversos sistemas motivacionales: sensuales-sexuales, de apego, protección y heteroprotección, narcisistas o de autorregulación emocional. Así queda expresado cuando Carlota le revela la verdad a Rodrigo, y éste le pregunta si acaso él no necesita todo aquello que su relación con Carlota le aportaba. Carlota, conocedora de la agresividad del capitán Mendoza, le exhorta a que no haga daño a su hermano. De esta manera, desde su necesidad de proteger a Felipe, así como desde el conocimiento del potencial agresivo de Rodrigo, percibe a éste como un peligro inminente para la integridad de Felipe. Aquí nos encontramos en una situación triangular en la que el capitán Rodrigo siente que Carlota prefiere a su hermano a quien, como ella dice, “ama de otra manera”.

De esta forma, se ilustra el conflicto entre afirmarse y reconocer las necesidades del otro y, en este caso, expresar las necesidades de cada uno no conduce al entendimiento buscado por Carlota. Cuando Mendoza le dice a Carlota que no hará daño a su hermano Felipe lo cree realmente, pero al verlos posteriormente en la cama su agresividad se activa o se intensifica aún más por diversas razones, entre las que seguramente se encuentran los celos, la rabia narcisista o la defensa ante un profundo sentimiento de humillación. En el caso de los celos, éstos podrían derivarse del sentimiento de envidia, siendo la hostilidad que despierta Felipe en Rodrigo resultado de que Felipe le ha privado de su relación con Carlota y tiene, por tanto, algo que él desea.

 En la relación de Rodrigo con Felipe, la envidia se podría entender en términos de hostilidad hacia la persona que posee algo de lo que uno se siente privado, algo que mina sus sentimientos de amor hacia su hermano. En este caso, a priori, no tiene por qué tratarse de envidia de la identidad que Felipe tiene por poseer algo sino que Rodrigo tiene un interés real por Carlota. Sin embargo, quizás los dos tipos de envidia convergen en cierto modo. En todo caso, resulta curioso hablar de la envidia que Rodrigo pueda sentir hacia Felipe cuando, originalmente, es posible que quien sintiera envidia fuera Felipe hacia su hermano antes de “traicionarle”. Es probable, pues, que Rodrigo vea a Felipe como un usurpador sin ser capaz de ir más allá de sus propias necesidades en el análisis de la situación, sintiendo que tiene algún derecho sobre Carlota por el mero hecho de desearla.

 El narcisismo de Rodrigo estaría en juego en el sentido de que su sentimiento de valía es amenazado por el hecho de que Felipe tenga algo que él desea así como que Carlota ame a Felipe. De esta manera, la valoración que Rodrigo tiene de sí mismo está inextricablemente relacionada con los demás. Aquí vemos que aquello que se envidia está idealizado y que a la envidia subyacen tanto un trastorno narcisista como dicha idealización. Cabría plantearse por qué Felipe elige como pareja a la persona que está con su hermano y si se trata de un caso de elección de objeto por rivalidad. En este sentido, nos preguntaríamos si Felipe deseaba a Carlota o bien lo que pretendía era triunfar sobre Rodrigo. En esta situación no considero que tenga nada que ver, ya que hay un genuino interés por Carlota, tanto por parte de Rodrigo como de Felipe. Considero, por ello, que se han encontrado en una situación desafortunada y nada deseada por ninguno de los tres. Asimismo, supongo que lo que Rodrigo experimenta es un intenso dolor emocional por la pérdida de un vínculo afectivo que él sentía indisoluble y que le colmaba de satisfacción. Además, es una persona que está acostumbrada a mostrar reacciones violentas y a utilizar las armas, lo cual le lleva a descargar su ira a través de la espada, aceptando el duelo de su hermano a quien, finalmente, mata.

 Antes de comenzar a luchar con Felipe, éste vio que su hermano iba a “hacer pagar” las consecuencias de su presunta traición a otra persona, movido seguramente por un delirio de relación o autorreferencia, condición en que la persona se siente mirada por el otro con desvalorización porque ya lo ha hecho previamente consigo mismo. Por eso, se encuentra con alguien que se está riendo y le pregunta si lo está haciendo de él. Para evitar este enfrentamiento, Felipe anima a su hermano a luchar con él. En esa época, los duelos eran una manera normalizada de restablecer el honor. Cuando Rodrigo mata a su hermano Carlota, quien llega tarde para evitarlo, llora desconsoladamente la pérdida de Felipe. Rodrigo, por su parte, parece no reaccionar. En este caso, no parece resultarle suficiente al capitán Rodrigo mostrar su superioridad con el sable sino que, una vez vencido Felipe, le apuñala. Antes de ello, Felipe mira a su hermano con un gesto que no parece de apaciguamiento aunque tampoco de provocación. En este sentido, parece que el homo sapiens no tiene las mismas “defensas internas” o mecanismos inhibitorios de la agresividad de los que sí disponen otras especies que no llegan, en general, a matar a sus congéneres -siendo suficiente la prueba de fuerza ritualizada -.

En la misma línea, cabría señalar que según Konrad Lonrenz la especie humana, al estar peor dotada que otras para defenderse, no habría desarrollado esos mecanismos inhibitorios de la agresividad contra sus congéneres que sí existen en muchos animales. Asimismo, también es cierto que en otras situaciones las personas reaccionan de una manera distinta ante una situación similar a la que se produjo entre Rodrigo y Felipe y, por tanto, también hay pruebas de la existencia de que esos mecanismos inhibitorios de la agresividad, en ocasiones, funcionan. Sin embargo, en lugar de inhibir su agresividad, prevalece en Rodrigo la necesidad de reparar su herida narcisista, llevando así su reacción agresiva hasta las últimas consecuencias.

Cuando el Padre Gabriel se encuentra con Rodrigo Mendoza recluido durante seis meses, un sacerdote de la orden le dice al Padre Gabriel que cree que Rodrigo desea morir. El Padre Gabriel le ofrece comida y Mendoza no la acepta. Le pregunta entonces si se trata de remordimientos, ya que la ley, al tratarse de un duelo, no va a castigarle. Rodrigo le dice que le deje sólo y el Padre Gabriel le comenta que seguramente preferiría que él fuera un verdugo y así sería más fácil. En la obra “Duelo y melancolía” Freud entiende la depresión como la reacción ante la pérdida de un objeto. En este sentido podemos hablar de depresión. Podemos observar en él una serie de síntomas como la pérdida de apetito, la falta de actividad, la incapacidad para sentir placer -algo que queda manifiesto cuando el Padre Gabriel le dice que ahí afuera hay vida, lo cual niega Rodrigo- y, por supuesto, los reproches a sí mismo por su conducta pasada.

En este sentido, Bleichmar (2016) nos remite a que “este sentimiento de que un deseo que ocupa un lugar central en la economía libidinal -no basta cualquier deseo- es irrealizable es lo que encontramos en todas las depresiones” (Página 36) ; en este caso, en la taxonomía de tipos de deseo que establece, éstos estarían relacionados con el bienestar del objeto, al considerarse Rodrigo Mendoza el causante del sufrimiento del mismo, sobreviniendo así una depresión en la que los sentimientos de culpa estén especialmente presentes. Supongo que lo que Rodrigo desea, por encima de todo y a pesar de saber que esto es claramente imposible, es que su hermano no haya muerto. Por tanto, se darían los elementos que establece Bleichmar a la hora de conformar el estado depresivo: el deseo preponderante de que Felipe estuviera vivo, el consiguiente sentimiento de impotencia debido al carácter irreversible de lo sucedido y la tristeza profunda en que queda sumido.

 En el caso de Rodrigo se puede apreciar la doble dimensión de la culpabilidad -ya que abarca tanto la preocupación por su hermano como la relativa a su propia valía personal-, si bien ya no puede reparar el daño producido a Felipe; por ello se hacen más fácilmente apreciables los sentimientos de vergüenza, angustia narcisista.

Rodrigo ha sufrido muchas pérdidas pero la más relevante es la de su hermano ya que, además, tiene un carácter irreversible. Su depresión puede ser entendida como una agresividad dirigida hacia sí mismo, depresión narcisista en la que su sentimiento de valía se ha deteriorado seriamente al ser consciente de haber matado a su propio hermano. Como señala Bleichmar, el sentimiento de culpabilidad implica una doble identidad que el sujeto atribuye al otro y a sí mismo. Felipe es visto, claramente, como alguien que ha perdido la vida y, al mismo tiempo, Rodrigo se ve a sí mismo como quien dispone de ella y de las posibilidades que conlleva. Como lo prueban los comentarios que hace de sí mismo cuando está en estado de reclusión, se representa a sí mismo como infractor de diversos mandatos superyoicos; así, le dice al Padre Gabriel que ya saben quién es, un traficante de esclavos que mató a su hermano. Además de ello, Rodrigo se identifica con el sufrimiento de su hermano ya que, como señala Bleichmar, no puede darse la culpa sin identificación ni amor por el objeto.

En todo caso, es preciso comentar que aunque Rodrigo no hubiera matado a su hermano ni hubiera sentido la subsiguente culpa, la mera muerte de un ser querido en sí misma requiere de un proceso de duelo, que cada persona experimenta de una manera idiosincrática. En cualquier caso, la profunda herida narcisista y el sentimiento de culpa, cada uno en una determinada medida, coadyuvan en el estado depresivo de Rodrigo y están dificultando cualquier tipo de recuperación. 

El Padre Gabriel le pregunta pues, si lo que siente es remordimiento. Rodrigo Mendoza le dice que ya sabe lo que es, un mercenario que mató a su hermano, a lo que el Padre Gabriel responde que sabe que quería a su hermano aunque “eligió una extraña manera de demostrarlo”. Ante esta provocación Mendoza reacciona nuevamente con violencia creyendo que el Padre Gabriel se está riendo de él. A este respecto, me pregunto si el comentario del Padre Gabriel no era una manera sublimada de descargar un impulso agresivo. En todo caso, el Padre Gabriel intenta que reaccione, le dice que sí, que se está riendo de él y apela a la falta de valor de éste para enfrentarse a las consecuencias de sus actos al tiempo que le ofrece una salida, la redención. En ella encontrará finalmente el capitán Mendoza una manera de restablecer su dañado narcisismo y “expiar su culpa”, sirviéndose de un método tan severo como es el superyó desde el que se está observando y juzgando. Al provocar el Padre Gabriel la respuesta agresiva de Rodrigo, me pregunto si no ha sido una manera consciente por su parte de rescatarle de este estado de abatimiento pero, en cualquier caso, esta respuesta agresiva hacia el otro se podría interpretar como un síntoma de recuperación -en caso de considerar que en su estado depresivo la agresividad estaba, hasta ese momento, dirigida hacia sí mismo-. El capitán Mendoza siente vergüenza, ansiedad derivada de su dañado narcisismo, y culpa, ya que ha matado a su propio hermano. Pese a ello, algo que le ayuda a reaccionar es que el Padre Gabriel no le mira solamente como él se está mirando a sí mismo sino de una manera más global, como a un “hijo de Dios”. En este sentido, va más allá de señalar un rasgo inadecuado; es más, le habla en términos de conducta y de elección personal.

En la manera de actuar del Padre Gabriel la motivación que subyace no es tanto retraumatizar a Rodrigo cuanto restituir en éste el sentimiento de valía. La dura penitencia que se autoimpone el capitán Rodrigo al tiempo que la lectura del evangelio resultan en cierto modo terapéuticas en el sentido de que le permiten salir de ese estado de retracción narcisista – sintiéndose inferior a pesar de la aceptación de los demás- en el que se encontraba. Los actos de expiación permiten liberarse o al menos aliviar el sentimiento de culpa; de otro modo habría sido habría resultado muy difícil soportar tal sentimiento. En este sentido, Bleichmar (2016) señala lo siguiente: “Cuando la agresividad tiene al propio sujeto como destinatario castigándole por la infracción en la que cree haber incurrido -masoquismo moral-, mediante la autoagresión se genera un sentimiento de que se posee la identidad de alguien bueno. El castigo aparece como testimonio de que se reprueba la fantasía o conducta que es codificada como infractora. El sujeto se identifica con el superyó, castigando a un otro del cual se disocia”. (Página 226). Uno de los hermanos pregunta al Padre Gabriel durante cuánto tiempo va a seguir llevando esa carga física Rodrigo, a lo que responde que sólo lo sabe Dios y que si el capitán Mendoza no cree que ya ha sufrido suficiente, él tampoco. Asimismo, le hace constar que no son miembros de una democracia, sino de una orden.

Ese mismo hermano, anteriormente y, movido por su necesidad de heteroprotección, había intentado liberarle; sin embargo, Mendoza volvió a portar la carga. Tan sólo acepta esta ayuda cuando es un guaraní quien le libera de la carga y, consiguientemente, de otra, profundamente conmovido al ser liberado por aquellos a los que había perseguido y matado. Previamente, el guaraní que lo liberó pareció reconocer, en primera instancia, al traficante de esclavos, mostrando una reacción agresiva y amenazante. No obstante, en lugar de restablecer el narcisismo a través de un comportamiento vengativo y agresivo -y siguiendo órdenes del rey guaraní que a su vez había consultado al Padre Gabriel-, toma la decisión de liberarle de su carga. A este respecto cabe señalar que, sin la influencia del Padre Gabriel, los guaraníes probablemente habrían reaccionado de un modo bien distinto. En ese momento, pues, Mendoza expresa una descarga emocional intensa, resultado de la contención emocional durante todo el proceso y el Padre Gabriel le da el consuelo que Rodrigo necesita, abrazándole.

 Ante esta situación, el guaraní que lo ha liberado comienza a reirse y se produce un contagio emocional en el resto del grupo. El niño que le había identificado como traficante de esclavos parece comenzar a ver a Rodrigo de otra manera, aunque su rostro serio parece mostrar aún cierto enfado. Posteriormente, Rodrigo va integrándose en el grupo y participando en los quehaceres diarios, ayudando en la construcción de la misión. Una mujer le coge de la mano y le lleva ante otras y, -con la ayuda de otra-, decoran su cuerpo ante lo que, el niño anteriormente mencionado, finalmente sonríe.

En su contacto con los guaraníes, Rodrigo va adquiriendo un nuevo conocimiento relacional implícito, incorporando una nueva manera de relacionarse con los demás. Probablemente su autoestima se está recuperando en la medida en que tanto los jesuitas como los guaraníes se sienten a gusto con él y Rodrigo siente que gozan con su presencia, incorporando o recuperando así un sentimiento de valía personal que va más allá de los mensajes verbales que pudieran dirigir hacia él. A lo largo de la película se ve que el niño no se separa de Rodrigo, quien seguramente satisface una necesidad de protección y, posiblemente, una figura de identificación como lo podría desempeñar un padre. Desde el psicoanálisis clásico se entiende que a lo largo del proceso de identificación, los niños interiorizan las normas y valores de sus progenitores. Transcurriría este proceso durante el período psicosexual fálico, cuando los niños intentan parecerse al padre del mismo sexo hasta el punto de llegar a partiticipar de sus creencias como si fueran las de ellos mismos.

En cualquier caso, el otro ofrece un modelo al niño suceptible de ser copiado. Sin embargo, no parece que el niño guaraní -que, por otra parte, debe estar ya entrando en la pubertad- haya tomado a Rodrigo como una figura de identificación ni tan siquiera como un modelo al que imitar. Sin embargo, parece que deposita una serie de expectativas en Rodrigo y, en ocasiones, le demanda que desempeñe un determinado papel. Este es el caso cuando le lleva al lugar donde algunos guaraníes han dado caza a una presa y le conceden el honor de darle muerte clavándole una lanza. Ante tal demanda Rodrigo, sin embargo, decide no complacer las expectativas de los otros. Este tipo de agresividad representa ahora la vida que ha llevado anteriormente y activa una identidad pasada de la que no se siente orgulloso.

En cierto modo, se puede plantear el cambio producido en el comportamiento de Rodrigo en términos de que -a través del contacto con los miembros de la comunidad-, se ha producido una “experiencia emocional correctiva” que modifica a otra anterior sin necesidad de que la persona sea consciente de ello. Así pues, tanto las experiencias como la filosofía de vida compartidas coadyuvan en el mismo resultado. Posteriormente, el capitán Rodrigo Mendoza cocina para el Padre Gabriel y otro sacerdote, quien le dice que el plato que ha preparado resulta incomible. Ante este comentario, Rodrigo dice que le enseñaron a ser mercenario y no cocinero. El Padre Gabriel le da la razón y, sonriendo, le dice que el pan está bueno. De esta manera agradece y refuerza el esfuerzo realizado por Rodrigo. Al darle Mendoza las gracias al Padre Gabriel por haberle acogido en la misión, éste le dice que a quien debe agradecérselo es a los guaraníes. Ante la pregunta de cómo hacerlo, en el Padre Gabriel se activa con mayor intensidad su identidad como hombre evangelizador y le ofrece un libro religioso para que lo lea, situando en ese momento a Rodrigo como la persona que mantiene esa identidad.

Durante un tiempo, se dedicará a su lectura y reflexión, incorporando la doctrina cristiana, una serie de normas y valores que configuran una conciencia nueva, integrándose y modificando algunos de los que ya tenía, y pasando su ideal del yo a ser el de convertirse en un buen jesuita, debiendo desarrollar, para ello, las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad, consistente esta última en amar a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. En un sentido no religioso pero muy relacionado, supone el sentimiento o actitud que impulsa a interesarse por las demás personas y a querer ayudarlas, especialmente a las más necesitadas. A partir de este momento Mendoza adquirirá una identidad para los demás jesuitas y también se representará a sí mismo como tal, lo que le llevará a intentar ser consecuente a nivel comportamental. Cuando Rodrigo es ordenado sacerdote, el Padre Gabriel le dice que si va a ser jesuita tendrá que acatar sus órdenes como si fueran las de un gobernante en jefe, al tiempo que le pregunta si será capaz de hacerlo. Entretanto, el cardenal Altamirano sigue intentando conciliar su conciencia con la obediencia al papa, a quien comenta que la pretensión de los jesuitas de crear un paraíso en la tierra ofende al propio papa al distraer del paraíso del más allá y a los gobernantes españoles y portugueses, a los que no complace el paraíso de los pobres.

En este sentido, ha de satisfacer los intereses de acrecentar su imperio por parte de los portugueses sin que los españoles se sintieran perjudicados, consiguiendo con ello que unos y otros no tomen represalias contra el poder de la Iglesia. Y para ello, los jesuitas eran vistos como un obstáculo. De nuevo volvemos a apreciar el conflicto y la ansiedad moral que tiene el cardenal Altamirano, cuando pregunta al embajador portugués si los sirvientes que tienen son guaraníes. El embajador portugués tiene en brazos un perezoso, y le dice al cardenal que éste tendría un buen precio en Portugal, a lo que le responde que no cree que esa criatura tenga ningún interés en estar en las calles de Lisboa. Cuando el embajador portugués y el Señor Cabeza le dicen que no esperan que haya diferencias políticas con el Vaticano y que los jesuitas tienen demasiado poder, el cardenal Altamirano contesta que él fue jesuita en sus tiempos, valorándose a sí mismo a través de su pertenencia pasada a la orden.

Cuando el cardenal Altamirano presencia el canto de un niño guaraní pregunta al Señor Cabeza cómo se puede referir a éste como a un animal, el Padre Gabriel alega, así mismo, que los guaraníes son de naturaleza espiritual; en ese momento, uno de los representantes de los intereses del comercio de esclavos reacciona, desde un estado emocional de enfado, construyendo al otro a partir de la rabia, seleccionando aspectos negativos de los guaraníes y desvalorizándolos cada vez más a través de diversos comentarios. Esta reacción podría explicarse en base al mecanismo de defensa de proyección, desvinculándose de sus emociones o cualidades inaceptables, como su crueldad y atribuyéndosela a los guaraníes -este es el caso cuando argumenta que matan a sus propios hijos-

 Cuando el Padre Gabriel solicita al cardenal que la Iglesia continúe protegiendo las misiones y que el territorio más arriba de las cataratas pertenezcan a los guaraníes, los representantes de Portugal y España alegan que esa cuestión ya se ha resuelto a través del Tratado de Madrid, de manera que pasan a pertenecer a los portugueses -permitiendo así que continue la lucrativa actividad del comercio de esclavos entre ambas partes, actividad no permitida por las leyes españolas- Al sentir el Señor Cabeza cuestionada su autoridad por un jesuita -Rodrigo en este caso-, sufre una herida narcisista intolerable para él, ya que se valora a sí mismo en función del cargo que le ha asignado la corona.

El sentirse ofendido se podría explicar, seguramente, porque en su fuero interno capta que algo de lo que se le ha acusado es cierto y ello supondría alguna inadecuación en su persona, de manera que al mostrarse enojado con Rodrigo se siente digno. En ese momento el Señor Cabeza no tendría, pues, lo que los kohutianos denominan “cohesión del self”, la cual trata de recuperar reaccionando de esta manera. Siguiendo la línea argumental de Bleichmar (2016): “La rabia y la agresividad pueden ser el equivalente a un despliegue histriónico que el sujeto, de manera inconsciente, hace ante sí mismo y los demás para conseguir convencerse y convencer de la razón que le asistirá”; de esta manera “cada vez que alguien necesite representarse a sí mismo como teniendo razón, la rabia y las distintas formas de agresividad podrán ser instrumentos para lograrlo”. (Página 232).

Así pues, el Señor Cabeza reacciona con gran agresividad y exige que Mendoza se retracte de sus palabras, para restablecer su narcisismo. Durante la discusión entre el Señor Cabeza y el capitán Rodrigo Mendoza -ahora jesuita-, se puede observar cómo, a través de esta agresividad narcisista que deslegitima al otro como “juez”, permite a cada uno de ellos modificar la representación que tienen de sí mismos, adquiriendo así una identidad como poderosos y dignos. Por su parte, el embajador de Portugal aprovecha la ocasión para poner al cardenal en contra de los jesuitas, diciendo que esa era una prueba del desprecio de éstos hacia la autoridad del estado. Asimismo, le dice pide al Señor Cabeza, cuando están a solas, que tenga paciencia ya que el cardenal Altamirano “sabe lo que tiene que hacer”.

Aunque se podría decir que el grupo de referencia, apelando al pasado jesuita del cardenal, era el de aquellos jesuitas, su grupo de pertenencia es más amplio, ya que está en juego el poder de la Iglesia en general. El cardenal es muy consciente de cuáles son las expectativas del Vaticano así como las de los estados portugués y español, pero en su fuero interno sabe que va a defraudar las de los jesuitas de las misiones y, por tanto, las de su ideal del yo. En el acto de rebelión de Mendoza podemos observar que, por un lado, está representando una identidad relacionada con ser jesuita pero, al mismo tiempo, ante las mentiras que escucha, reacciona en base a otra identidad anterior que ante esta situación se activa, dejando a un lado las jerarquías establecidas. Rodrigo ha encontrado en la comunidad jesuita un grupo que satisface necesidades narcisistas de valoración personal, de regulación emocional y de hetero-autoconservación entre otras. Al igual que sucede en otros grupos religiosos, las creencias comunes en relación a necesidades muy básicas y, en este caso, el objetivo de crear y ahora mantener las misiones, les unen fuertemente y genera una profunda identificación entre los miembros de la comunidad. Sin embargo, a pesar de que somos una especie gregaria y necesitamos relacionarnos con los demás, a veces de una manera muy estrecha, también necesitamos diferenciarnos y afirmar nuestra identidad. Hasta ahora, la comunidad jesuita le ha permitido a Rodrigo hacerlo pero, una vez establecido el conflicto, se va a activar y prevalecer por tanto la necesidad de afirmarse en base a su anterior identidad. Ello no será fácil para Rodrigo, ya que la Iglesia es una organización fuertemente jerarquizada y la diversidad de opiniones y posturas no suele ser tolerada. Además, los jesuitas se caracterizaban por su incuestionable voto de obediencia al papa.

 A lo largo del conflicto, que en principio es canalizado a través de la dialéctica y finalmente conducirá a un enfrentamiento armado, cada uno de los participantes en el entramado trata de influir sobre el cardenal, quien ha de satisfacer tanto al papa como a los reyes de España y Portugal. Así las cosas, el cardenal Altamirano habla con el Padre Gabriel para que el novicio se disculpe, al tiempo que el Padre Gabriel le transmite la situación de injusticia que atraviesan los guaraníes y la situación de peligro en la que se encuentran las misiones. Por su parte, el cardenal le avisa al Padre Gabriel de que es la propia orden jesuita la que está en peligro, a lo que el Padre Gabriel le pregunta si es ése un obstáculo. Aquí se observa una vez más la consistencia de la identidad como jesuita del Padre Gabriel, que parece inmune ante los razonamientos que escucha del cardenal.

Finalmente, el Padre Gabriel convence al novicio para que se disculpe, lo cual supone una herida narcisista para el capitán Rodrigo, que reacciona con una agresividad contenida y se siente humillado. El Padre Gabriel apela, en principio, a razones estratégicas y, en última instancia, al voto de obediencia y a la reciente identidad adquirida por parte de Rodrigo. El Padre Gabriel habla desde un estado emocional de cierta serenidad que le permite analizar más objetivamente la situación y actuar de una manera inteligente e intentar negociar una solución constructiva. Por ello intenta persuadir a Rodrigo Mendoza para que se comporte de acuerdo al voto de obediencia y así no facilite indirectamente los objetivos de portugueses y españoles, que encuentran en su actitud díscola una excusa perfecta para desacreditar la labor de los jesuitas. Cuando Rodrigo se retracta y pide perdón al Señor Cabeza, extiende las disculpas al cardenal, a sus hermanos y al propio niño guaraní. Si bien el Señor Cabeza acepta las disculpas, el cardenal Altamirano capta la ironía del capitán Rodrigo y dice que ya es suficiente. Inmediatamente después, el embajador de Portugal le pregunta al cardenal si ya ha tomado una decisión con respecto a la transferencia de los territorios en los que están las misiones, a lo que el cardenal responde que antes de ello ha de visitar la misión de San Gabriel. En ese momento se ve que el Padre Gabriel sonríe reconfortado, convencido seguramente de que lo que vea el cardenal salvará las misiones.

Al llegar el cardenal Altamirano a la misión de San Gabriel queda impresionado ante la belleza que le rodea, se muestra su rostro conmovido y aterrorizado al imaginar los efectos de la decisión que está en sus manos. Su dilema entre la necesidad de proteger a los guaraníes y el rol que le ha sido asignado de satisfacer a españoles y portugueses para no deteriorar el poder de la Iglesia vuelve a generarle una gran ansiedad moral. Al ver la labor que se hace en la misión, el cardenal se muestra impresionado y lo manifiesta, a lo que el Señor Cabeza alega que no es nada distinto a lo que se hace en sus plantaciones. Ante este argumento el Padre Gabriel dice que la diferencia estriba en que en la misión las plantaciones pertenecen a los guaraníes y Rodrigo muestra que algunos de los trabajadores han escapado al tráfico de esclavos. Todo ello lo justifica el Señor Cabeza en base a la ley del comercio.

Cuando el cardenal pregunta a uno de los sacerdotes de la misión cuáles fueron sus ingresos el año pasado y cómo fueron repartidos, el sacerdote le contesta que por igual entre todos, ya que están en una comunidad. Ante tal observación, el cardenal comenta que hay un grupo radical francés que enseña esa misma doctrina, a lo que el sacerdote le dice que ésa era la doctrina de los antiguos cristianos. Este intercambio de impresiones ilustra cómo se había separado la Iglesia representada por el Vaticano de sus antiguos ideales, lo cual explica que el conflicto moral es para el cardenal insoslayable. El cardenal le manifiesta su satisfacción con la obra que están realizando los jesuitas en las misiones y el sacerdote le pregunta si éso les salvará. El cardenal Altamirano, desde sus necesidades narcisistas y de proteger las misiones, le dice que éso espera.

En consecuencia, parece claro que el cardenal intenta no defraudar a su superyó procurando convencer al Señor Cabeza para que, ya que ambos profesan la religión católica, se ponga en contacto con su monarca de manera que éste demore la transferencia de los territorios de las misiones a los portugueses hasta que éstos garanticen la supervivencia de las misiones. Sin embargo, el Señor Cabeza se niega a reconsiderar su postura e insiste en que los jesuitas han de obedecer y desistir en su intento de proteger las misiones. El cardenal intenta buscar lo que les une en lugar de lo que les separa pero la Iglesia, a la que representa, se ha convertido en un interlocutor de menor peso y lo cierto es que ni españoles ni portugueses hacen esfuerzo alguno por considerar alternativa a la defensa a ultranza de sus intereses comerciales.

Acto seguido, se observa que el cardenal Altamirano está a solas, de brazos cruzados y gesto de preocupación cuando llega el embajador de Portugal y le dice que teme traer malas noticias desde su país. Antes de ello, le pregunta si molesta y el cardenal ni contesta ni establece contacto ocular con él. El embajador de Portugal apela a la inconveniencia de la actitud del cardenal y le pregunta qué es lo que va a hacer. El cardenal le contesta que hará lo que le dicte su conciencia, qué si no, y se va. A pesar de que ya sabe cuál va a ser su decisión no quiere reconocerlo, quizás aún ni tan siquiera ante sí mismo. Objetivamente, el cardenal no tiene nada que hacer ante la situación que se le presenta pero, aún así, tomar la decisión que tanto españoles como portugueses esperan de él supone defraudar a su superyó de una manera que nunca habría imaginado.

Lleva cinco horas rezando el cardenal cuando el Padre Gabriel le propone que le acompañe a la misión de San Gabriel, diciéndole que allí Dios podrá decirle lo que ha de hacer y le dará la fuerza para ello, “le cueste lo que le cueste”. El Padre Gabriel se da cuenta del conflicto que está experimentando el cardenal Altamirano, de quien espera la misma conducta y firmeza que su superyó le exige a sí mismo. Sin embargo, el cardenal puede tolerar la angustia que le supone no obrar de acuerdo a su conciencia. Los sacerdotes jesuitas y algunos guaraníes conducen en una embarcación al cardenal hacia la misión de San Gabriel. Todos están disfrutando con la actividad y se produce un contagio emocional. El rey guaraní conduce al cardenal hacia la iglesia, donde es recibido con cánticos religiosos.

El cardenal Altamirano es una persona con gran capacidad de reflexión y se da cuenta de que, pese a la labor evangelizadora de la Iglesia, seguramente aquellos guaraníes nunca habrían deseado que los europeos llegaran a esas tierras. Finalmente, comunica a los guaraníes de la misión que han de abandonarla con el argumento de que han de someterse a la voluntad de Dios. Esta decisión no convence al rey guaraní, que desacredita al cardenal como conocedor de la voluntad de Dios y decide luchar. Esta decisión es resultado de la herida narcisista que sufre al considerarse también rey, así como de la necesidad de proteger a su pueblo y a sí mismo. Asimismo, el cardenal reclama al Padre Gabriel que les convenza para que abandonen la misión, a lo que el Padre Gabriel responde que ni siquiera ha sido capaz de convencerle a él de que luche por ellos. Ante tal respuesta el cardenal muestra su autoridad alegando que si los guaraníes deciden luchar los jesuitas han de volver a Asunción de inmediato y, si alguno no lo hace, será excomulgado y apartado.

 Unas horas después, ya tras el atardecer, el cardenal le pregunta al Padre Gabriel por qué no regresan a la selva los guaraníes de la misión, a lo que el Padre Gabriel responde que no se van porque su hogar ahora es ése. El Padre Gabriel le pregunta, así mismo, si ya había tomado su decisión de antemano y, si es así, por qué había ido a ver la misión de San Gabriel. Ante tal pregunta, el cardenal responde que lo hizo para que ahora el Padre Gabriel no oponga resistencia a la transferencia de los territorios. Asimismo, le dice que si quiere que los jesuitas sobrevivan en Europa es preciso que no se opongan a los intereses de los portugueses y al consiguiente sacrificio de las misiones. En ese momento llega una niña, que el Padre Gabriel coge en brazos. La niña le dice que no quiere volver a la selva porque allí habita el demonio, a lo que el Padre Gabriel responde que se quedará con ella.

 La niña sale al encuentro del Padre Gabriel desde sus necesidades de apego y de protección y el Padre Gabriel, desde su necesidad de protegerla, intenta regular su ansiedad a través de estas palabras, acompañadas del contacto físico en el que la envuelve al cogerla en brazos.     Poco después, el capitán Rodrigo Mendoza recibe, de manos del niño guaraní que le acompaña permanentemente, su antigua espada. El sable es un objeto de su anterior actividad narcisista y le ayuda a conectar con esa identidad. De hecho, pide al Padre Gabriel la revocación de su voto de obediencia, algo que genera el rechazo de éste, que le pregunta si lo que quiere es una muerte honrosa. La respuesta de Rodrigo es que los guaraníes de la misión desean vivir. El Padre Gabriel le dice que nunca debió haberse ordenado jesuita y que si muere “con sangre en las manos” traicionará toda la labor que han hecho. Ante este comentario del Padre Gabriel, Rodrigo le dice que los guaraníes le necesitan, de manera que tanto la necesidad de protegerles como las de tipo narcisista convergen en su decisión, postura que comparten otros jesuitas. Cuando el capitán Rodrigo Mendoza pide al Padre Gabriel que le bendiga, éste muestra su renuencia a hacerlo y le exhorta a que “obre bien, y así Dios le bendecirá” . Le dice, así mismo, que no tiene ánimo de vivir en un mundo en el que la fuerza es lo que vale y, en un mundo así, no tiene ánimo de vivir. Sin embargo, su necesidad de proteger a Rodrigo le hace darle un crucifijo.

La guerra ha comenzado, y se ve al capitán Rodrigo Mendoza dando indicaciones al niño guaraní, quien parece identificarse con él y de quien incorpora una serie de rasgos y habilidades. En esta situación de conflicto podemos distinguir entre dos tipos de violencia a las que Renn ya establecía la diferencia entre violencia depredadora -planificada y carente de implicación emocional- y violencia meramente defensiva. El primer caso lo ilustra el ejército -más concretamente los gobernantes que lo dirigen- y en el segundo los guaraníes y los jesuitas que deciden luchar.

En la antesala del conflicto se ve al cardenal Altamirano, el embajador de Portugal y el Señor Cabeza que llegan en un carruaje. Es curioso que se bajan del mismo los dos últimos, quedándose dentro el cardenal y viendo cómo se está alentando a la lucha a un grupo formado por soldados y mercenarios a través de oraciones cristianas. A través de la comunicación no verbal y de la falta de sincronía en los movimientos también se manifiestan las diferencias existentes entre el cardenal y los representantes de España y Portugal. Al percibir que la misión está amenazada, la necesidad de protegerla lleva al capitán Rodrigo a volver a la misma. Antes de volar un puente, se da cuenta de que hay unos niños atravesándolo y les pone a salvo, priorizando la necesidad de heteroprotección, algo que, en última instancia, le lleva a ser fusilado por los soldados.

Cuando Rodrigo está tirando de la cuerda que activa el mecanismo para volar el puente, lo hace en vano sin saber que los soldados ya han desactivado dicho mecanismo. Así parece indicárselo el alto mando del ejército mostrándole que ha cortado la cuerda y pareciendo reirse de él. Acto seguido, parece continuar disfrutando de este juego ordenando con crueldad la ejecución de Rodrigo. En este sentido, no parece suficiente vencerle sino que parece disfrutar humillándole primero, y ordenando su fusilamiento, después. Para intentar explicar la razón de esta conducta, encuentro la reflexión de Anthony Storr (2004) interesante, al comentar que “La agresividad se convierte en odio cuando llega a contener un elemento de venganza; y la tendencia a perseguir a quienes están derrotados y a quienes son manifiestamente más débiles que el agresor, sólo puede explicarse por la necesidad de vengarse de humillaciones pasadas. Debido a que todos hemos tenido en diverso grado, de pequeños, la experiencia de una indefensión total combinada con frustración y humillación, podemos identificarnos con el enemigo al que hemos reducido a la impotencia, y desear que experimente aún más dolor y humillación. Las víctimas propiciatorias personifican el poder y la debilidad al mismo tiempo. Proyectamos el primer atributo sobre ellos y nos identificamos con la segunda característica. (Página 137). Así, desde su necesidad narcisista, seguramente el soldado está intentando resarcirse de anteriores heridas narcisistas.

Al presenciarlo, el rostro del niño guaraní muestra cierta aflicción, pero parece no permitirse a sí mismo permanecer en ese estado y se va. Entretanto, se aprecia la mirada de una niña presenciando cómo los soldados disparan a algunos guaraníes, en lo que supone una situación traumática y humillante. Asimismo, se observa nuevamente al soldado que ha de dar la orden de atacar la misión, quien no encuentra nada que active su agresividad ni justifique la acción, más bien todo lo contrario. Resulta fácil imaginar el conflicto moral que tendrá, si bien finalmente ordena el ataque. En la guerra, en ocasiones, se establece una cierta distancia psicológica con respecto al enemigo pero en este caso parece inevitable que el soldado se identifique con las que van a ser víctimas de su decisión. La situación de absoluta indefensión de las personas que están en la misión es demasiado evidente. El soldado se siente afligido, pero pese a todo ejecuta las órdenes que ha recibido de sus superiores.

En este sentido, ya en los niños se puede observar que las normas del grupo ejercen una gran influencia en los miembros de éste, independientemente del estatus de cada uno de ellos en el mismo. La conformidad debida a la presión de los compañeros va más allá de la mera adherencia a las normas, llegando a modificarse las actitudes y opiniones de los niños si éstas no coiniciden con las de los demás miembros. Muzafer y Carolyn Sherif descubrieron que la competividad entre grupos aumentaba la cohesión dentro de cada grupo e incrementaba la fricción entre ellos. Lo que resulta más interesante es que los niños que no eran hostiles participaban en los actos agresivos buscando el beneficio del grupo al que pertenecían. Siendo esto así, también es cierto que este grado de conformidad de un individuo dentro del grupo va disminuyendo a partir de la adolescencia.

Resulta curioso que, una vez que dada la orden de atacar, la determinación del alto mando es cada vez mayor; esto es posiblemente explicable apelando a la formación reactiva como mecanismo de defensa que viene a auxiliarle de la angustia inicial provocada por su conflicto moral. Antes de dar la orden de atacar la misión, algunos soldados le dicen que no pueden hacerlo, a lo que el alto mando responde que “No me interesa, tomad posiciones”. Aquí se ve cómo el ejército es una organización también fuertemente jerarquizada, en la que se deja bien clara la idea de que no todos los hombres son iguales, y en la que la desobediencia a un superior no es tolerada. Asimismo, como en la dinámica que se da en general en los grupos humanos, la responsabilidad individual parece que se disuelve en gran medida.

A pesar del ataque, el Padre Gabriel y las personas que han decidido no participar en la guerra -mayoritariamente mujeres y niños- continuan orando y portando la cruz, caminando hacia la muerte que, de manera inexorable, les espera. Anthony Storr ( 2004) comenta que “La creencia religiosa, al tratar de las necesidades más profundas de los seres humanos, es la fuerza más poderosa que separa y une a los hombres. Un sistema seguro, que pretende explicar el hombre y su lugar en el universo, que postula una deidad que le protege y un cielo que compensa las contrariedades terrenales, y que depara al creyente una sensación de que, por humilde que sea, conoce la verdad, es una convicción tan valiosa que los hombres morirán por ella”. (Página 86). Supongo que el capitán Rodrigo Mendoza defraudaría a su superyó si no luchara y no sentiría respeto por sí mismo. Además, encuentra en su lucha la manera de ayudar a los guaraníes y no sé hasta qué punto acepta que van a morir. En el caso del Padre Gabriel, aquello que no podría permitirse a sí mismo sería, como ya dijo, “morir con sangre en las manos” y seguramente siente que esa muerte es también la mejor posible para los demás, dadas las circunstancias.

Después de la masacre, una niña encuentra un violín en el cauce del río y sube a una pequeña embarcación, en compañía de otros niños y bajo el liderazgo del niño guaraní. La película finaliza con el cardenal Altamirano, con lágrimas en los ojos, reprochando al Señor Cabeza y al embajador de Portugal que tal matanza fuera necesaria, ante lo cual el primero le recuerda que fue consecuente con la decisión que él mismo había tomado y el segundo le intentó disculpar diciendo que “el mundo es así”, a lo que el cardenal responde: “No, nosotros lo hemos hecho así, yo lo he hecho así”. A lo largo de toda la película se manifiesta que las distintas personas intentan, de manera constante, generar un estado afectivo o unas creencias en el otro buscando, consciente o inconscientemente, un determinado efecto.

 Asimismo, queda claro que cada una de las personas implicadas gestiona el conflicto en relación a su temperamento y personalidad. El embajador de Portugal, si bien no parece sentir mucha angustia ante la matanza que se ha llevado a cabo, es posible que sienta cierta culpa y se defienda de este sentimiento a través del mecanismo de defensa de racionalización, intentando justificar su intervención frente a sí mismo y los demás. También es posible que, simplemente, empatice con la angustia que siente el cardenal e intente apaciguarla a través de este comentario. Según Juan Delval (1991), “El hombre es el animal que presenta una mayor variedad de conductas y una mayor plasticidad. Gracias a ello ha conseguido adaptarse de una manera bastante eficaz a situaciones muy variadas, vivir en los ambientes más dispares y ocupar la mayor parte de la Tierra, sometiendo a su control a otras especies. Los seres humanos nos hemos multiplicado prodigiosamente sobre la superficie del planeta, la hemos transformado, y hemos hecho que se extingan otras especies. Es decir, somos una especie bastante eficaz, porque no parece que estemos en extinción, sino todo lo contrario, aunque hayamos creado medios de destrucción de la naturaleza que pueden llevar a nuestra propia desaparición si no se controlan adecuadamente”(Página 14).

En todo caso, el resultado final, esto es, la destrucción de las misiones por parte de españoles y portugueses con la aquiescencia del Vaticano, constituye una excelente oportunidad para reflexionar sobre la naturaleza humana y la manera en que una aproximación psicológica puede contribuir a prevenir e intentar evitar la guerra.

 

Referencias

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Delval, J. (1991), Aprender a aprender. El desarrollo de la capacidad de pensar. Madrid, Alhambra Longman.

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Marrone, M. (2001), La teoría del apego. Un enfoque actual. Madrid, Pasimática.

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Renn, P., Apego, trauma y violencia: comprendiendo las tendencias destructivas desde la perspectiva del apego. Aperturas Psicoanalíticas número 24 el 05/12/2006).

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Storr, A. (2004), La agresividad humana, Madrid, Alianza Editorial.