El uso de un concepto: identificación proyectiva y su uso teórico en la supervisión [Long, C.]

Publicado en la revista nş054

Autor: Sevilla Valderas, Beatriz


Para citar este artículo: Sevilla Valderas, B. (Enero 2017). Reseña de "El uso de un concepto: identificación proyectiva y su uso teórico en la supervisión" [Long, C.]. Aperturas Psicoanalíticas, 54. Recuperado de http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000968&a=El-uso-de-un-concepto-identificacion-proyectiva-y-su-uso-teorico-en-la-supervision-[Long-C]

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The use of a concept: Projective Identification and its theoretical use in supervision. Carol Long, Psychoanalytic Psychology 2015, vol. 32, No. 3, 482–499

Long pretende analizar cómo a veces los terapeutas, a través de un mal uso del concepto de identificación proyectiva, colocan en el paciente sensaciones que pertenecen al propio terapeuta. Para ello, empieza con una historia en la que Margaret Little (1951) cuenta lo siguiente: un paciente le contó a su analista que tenía que dar una charla en la radio, y que no quería hacerlo pues se sentía mal por la reciente muerte de su madre, pero no podía cancelarla. Cuando, tras la charla, llegó a terapia, se sentía ansioso y confuso. El analista le interpretó que ello se debía a su miedo a los celos que podría haber despertado en él por su brillante intervención, lo que el paciente aceptó. Sin embargo, dos años después el paciente se dio cuenta de que su malestar se había debido a la pena de que su madre no hubiera podido compartir con él su éxito, y a la culpa de haber disfrutado el momento a pesar de su muerte. El paciente se dio cuenta entonces de que la intervención de su analista había estado motivada por sus propios sentimientos de celos y culpa, y no por las emociones del paciente.

Little acepta así la posibilidad de que el terapeuta atribuya sus experiencias subjetivas al paciente. Y afirma que es un peligro en la contratransferencia que el terapeuta tenga una actitud fóbica hacia sus propios sentimientos.

Long defiende que el concepto de identificación proyectiva puede ser “una espada de doble filo”, pudiendo servir para comprender mejor al paciente, pero también puede ser usado defensivamente por parte del terapeuta, culpando al paciente de sus propios estados mentales.

Haciendo un paralelismo con los conceptos de “uso del objeto” y “relación con el objeto” del artículo de Winnicott “El uso de un objeto” (1969), considera que el concepto de identificación proyectiva también puede utilizarse para ayudar al paciente (uso del concepto) o para servir a las proyecciones del terapeuta (relación con el concepto).

Identificación proyectiva: el concepto

Considera que el concepto es muy versátil y ha sido aplicado por perspectivas teóricas muy diferentes (relaciones de objeto, psicología del self, neuropsicoanálisis, teoría del apego e intersubjetivismo). Esta flexibilidad del concepto puede ser positiva, pero advierte de que también puede llevar a un “mal uso o uso defensivo” del mismo.

Defiende que el concepto se ha ido haciendo cada vez más interpersonal, y estima que habría tres etapas (siguiendo a Sandler, 1987): en la primera, con Klein, se trata de un mecanismo intrapsíquico, no relacionado con la contratransferencia; en la segunda, “la contratransferencia podía ser entendida como instrumento potencial más que como impedimento, y la identificación proyectiva como comunicativa”; en la tercera, para Sandler, se incluye la recepción que hace el otro de la identificación proyectiva. Los desarrollos posteriores ya colocan al analista en un papel activo en la vivencia de la identificación proyectiva.

Expone las fases que especifica Odgen (1979) para la identificación proyectiva: la primera que consiste en librar al self de un aspecto indeseado; la segunda en la que hay “una interacción interpersonal en la que el proyector influye al receptor”; y la tercera, en la que el receptor procesa la proyección, lo que significa que el terapeuta ha de verse necesariamente implicado. Así pues, y citando a Berman (2000), la identificación proyectiva “debería ser entendida en relación con el efecto de la personalidad única del terapeuta en el campo intersubjetivo”, entendiendo que existen razones en el terapeuta que explican por qué algunas identificaciones proyectivas pueden funcionar y otras ser rechazadas.

Long advierte del riesgo de considerar que todo son identificaciones proyectivas cuando, algunas veces, lo que la terapeuta valora como identificación proyectiva son asuntos inconscientes que en realidad le pertenecen a él y no a la paciente. Se trataría así de una relación con el concepto y no un uso del concepto (por seguir con la distinción de Winnicott).

Siguiendo con la metáfora de Winnicott, Long desarrolla las dos posibilidades en el contexto de supervisión, las cuales se desarrollan a continuación.

Uso del concepto: leche para engordar

Pone el ejemplo de una terapeuta en supervisión, cuya paciente se sentía una víctima y sin embargo atacaba a los otros. Aunque entendía en abstracto que su paciente proyectaba su agresividad en los demás, y esto les hacía verlos amenazadores, ante lo cual les atacaba, no lograba darse cuenta del miedo que le infundía la paciente a ella misma. Solo pudo sentirlo cuando fue objeto de identificación proyectiva por parte de la paciente, conectando así con su sentimiento de desorientación y miedo inconscientes. Esto la ayudó a conectar mejor con el miedo y la rabia de su paciente y a aceptarlos.

Long defiende que el concepto de identificación proyectiva es útil no solo para ayudar a los terapeutas a entender los aspectos inconscientes de sus pacientes, sino también sus propios sentimientos hacia ellos, muchas veces inaceptables.

Sostiene que es importante que en la supervisión exista un espacio para explorar los sentimientos contratransferenciales de las terapeutas y, si es apropiado, vincularlos con la posibilidad de que exista una identificación proyectiva. Si esta existe, para trabajar con ella y procesarla, necesitaremos reconocer qué partes de la experiencia de las terapeutas son idiosincráticas y relacionadas con sus propias historias de vida y personalidades.

La autora afirma que los terapeutas supervisados “encontraron que adueñándose de sus propias respuestas subjetivas se liberaban y lograban aceptar las identificaciones proyectivas de sus pacientes de una forma menos defensiva.”

Uso del concepto: implicaciones para la supervisión

Long cree que hay que animar a los terapeutas a que traigan a supervisión sus respuestas contratransferenciales, pues ello puede ayudar mejor a entender a sus pacientes. Si bien es consciente de los debates acerca de la conveniencia o no de llevar a supervisión este tipo de respuestas, y de dónde está el límite entre abordar estas respuestas y hacer terapia en lugar de supervisión, él considera que normalmente no se da este problema, pues las terapeutas conocen bien y respetan dicho límite. Sin embargo, considera que es cierto que el término contratransferencia puede despertar sentimientos de vergüenza, pues se asocia a los problemas no resueltos por parte del terapeuta.

Como además cree que poder trabajar con una experiencia de identificación proyectiva es muy recompensante, propone hablar de identificaciones proyectivas para superar las connotaciones amenazantes del término contratransferencia. En este marco, igualmente habrá que hablar en muchas ocasiones de los obstáculos que el inconsciente de la terapeuta puede poner a recibir la identificación proyectiva. De modo que la supervisora tendrá que ayudarla a ampliar su conciencia y explorar estas respuestas inconscientes, mejorando así el autoconocimiento de la terapeuta y el de su paciente. La identificación proyectiva permitiría entonces a los terapeutas “recibir las proyecciones del paciente sin intentar librarse ellos mismos de sus propias respuestas y abrir un espacio para el pensamiento más que para la acción”.

Para poder hacer “uso del concepto” es necesario un espacio de supervisión respetuoso y sin rigidez.

Relación con el concepto: identificación proyectiva como “alimentarse del self”

En estos casos, la terapeuta utiliza el concepto de forma defensiva, para no apropiarse de sus propias respuestas, considerando que pertenecen al paciente.

Pone el ejemplo de una terapeuta que se quejaba en supervisión de la falta de voluntad de su paciente de hablar de los abusos sexuales sufridos en su infancia. Sintiéndose atascada, consideraba que este atasco podría pertenecer a la paciente y haber sido colocado en ella a través de una identificación proyectiva, ya que ella negaba tener este tipo de sentimiento de indefensión. Sin embargo, al analizar las transcripciones de las sesiones, se observó que la paciente sí había intentado sacar el tema de los abusos sexuales, y que había sido la terapeuta la que había desviado la conversación. Esto le permitió ver que en realidad se trataba de sus propios sentimientos de indefensión y miedo al trabajo como terapeuta, en el que se sentía sin control.

Relación con el concepto: implicaciones para la supervisión

Puesto que el terapeuta puede usar el concepto para esconder sus propias respuestas contratransferenciales, la autora piensa que es inevitable abordar las mismas en el contexto de supervisión. Sin embargo, aquí encontramos el riesgo de despertar vergüenza en el terapeuta o ahondar en sus heridas narcisistas. Esto genera un dilema, aumentado por el hecho de que las supervisoras tampoco pueden ser observadoras neutrales, sino que tienen sus propias reacciones contratransferenciales a las terapeutas. Cuando la supervisora nota cierto sentimiento vago, o de rechazo a la terapeuta, por ver que pone en su paciente responsabilidades que pudieran ser propias, también tiene que analizar estos sentimientos, para lo que puede ser útil participar en un grupo de supervisores.

Citando a Winnicott recuerda que “relación con el objeto se refiere a una falta de separación o diferencia entre el self y el objeto y a un espacio en el que prevalece la acción y donde el pensamiento tiene poco espacio.” Por tanto, en supervisión se debe crear un espacio en el cual diferenciar entre terapeuta y paciente, así como analizar la urgencia por la acción en detrimento de la reflexión.

Si la supervisora está segura de que está ocurriendo una relación con el concepto, tendrá que abordar las reacciones contratransferenciales del terapeuta firme y delicadamente.

Conseguir que el terapeuta se apropie de sus respuestas requerirá un tiempo de construcción de confianza en la relación de supervisión. Es de esperar que el terapeuta responda defensivamente, puesto que además de sus asuntos biográficos estaremos despertando la sensación de haber fallado al paciente.

Long advierte del peligro de manejar esto de forma que el terapeuta se sienta acusado de no haber resuelto sus problemas suficientemente, lo que nos llevaría al “mito del análisis completo”, según el cual los buenos terapeutas son aquellos que han logrado terminar su análisis, mientras los malos no lo han conseguido. Aunque se pueda considerar que hay grados de evolución personal de los terapeutas, colocar la responsabilidad en la terapia del analista, en lugar de traerla a la relación de supervisión, sería de nuevo “localizar el origen patológico en otra parte”, es decir, reproducir lo mismo que le está pasando al terapeuta con su paciente.

Ella propone un enfoque más positivo, que parta de que todos tenemos partes de nosotros mismos que nunca lograremos resolver del todo, y que por tanto cualquier terapeuta falla a su paciente en algún momento del tratamiento, de modo que admitir y trabajar con estos sentimientos será de gran utilidad. Siguiendo a Schaffer (2006), considera que es preferible un terapeuta que sienta que puede llevar sus errores a supervisión a los terapeutas que solo llevan las actuaciones que consideran aceptables.

Si existen posibilidades de que la terapeuta supervisada esté llevando a cabo esta relación con el concepto, la supervisora tendrá que saber manejar los tiempos y ver cuándo abordar esta exploración, teniendo en cuenta las necesidades de la terapeuta, pero también las de la paciente, que puede estar viviendo las consecuencias de estas respuestas inconscientes de su terapeuta.

Long propone que “no se asuma que una respuesta reside en el paciente hasta que no haya sido antes buscada en el terapeuta.” En esta búsqueda se incluirían la biografía del terapeuta, sus patrones de relación, sus respuestas inconscientes al paciente y sus fantasías sobre la cura.

Conclusiones

Long estima que es fundamental tener siempre en cuenta la posibilidad de que se haya generado una identificación proyectiva en el terapeuta y no en el paciente

Siguiendo la distinción de Szecsödy (1990) entre “puntos tontos” (carencias de conocimientos o habilidades de los terapeutas) y “puntos ciegos” (algo que su inconsciente no les permite ver), Long considera que en este problema de utilizar el concepto de identificación proyectiva de manera defensiva, lo importante a descubrir son estos puntos ciegos. Puntos ciegos que deben metabolizarse en supervisión. Metabolizarse, reflexionarse, y poderse comunicar, el mismo proceso que resuelve una identificación proyectiva.

El debate debería superar el asunto de si se debe o no abordar la contratransferencia en supervisión y llegar a incluir a los propios conceptos teóricos en este marco, para ser explorados como tales, pero también como experiencias internas, de modo que puedan “iluminar y confundir, guiar y desviar”. Aprender a distinguir si un concepto está siendo “usado” o si nos estamos “relacionando con él”, puede ayudar a los terapeutas a mejorar su práctica.

Valoración

En este artículo la autora pone de relieve un tema que quizá aún se considere tabú, que es el de la propias reacciones del terapeuta ante el encuentro con su paciente, y que el hecho de ignorarlas puede dañar el propio proceso terapéutico. Para abordar esto, parece necesario buscar una vía que permita a las terapeutas sentirse cómodas en supervisión y no percibir la misma como un marco en el que serán juzgadas por no estar suficientemente evolucionadas como para ayudar correctamente a su paciente. El concepto de identificación proyectiva puede ser útil para salir de este problema, ya que tiene suficiente base teórica como para no generar rechazo a los terapeutas en supervisión, y además nos permitirá ahondar en la exploración de las respuestas contratransferenciales, logrando eventualmente discernir si lo que está sucediendo se trata o no de una identificación proyectiva y trabajar con ello en consecuencia.

Se trata de un enfoque muy interesante de la supervisión, que la ve más allá de un lugar donde, desde la teoría, se orienta en las mejores intervenciones posibles para con las pacientes. Se da un paso más, buscando adentrarse en la propia relación y en la intersubjetividad que se produce.

No obstante, me parece complejo para la supervisión discernir entre cuándo se hace un buen o mal uso del concepto, y sobre quién está haciendo la proyección, si el terapeuta o el paciente. Parece necesario que la supervisora conozca al paciente por una vía más objetiva que el relato de la terapeuta, sujeto a estos sesgos inconscientes, por lo que las transcripciones serían aquí un instrumento fundamental. También parece importante que conozca a la terapeuta y haya generado una importante relación de confianza con ella, para que pueda vislumbrar los mecanismos inconscientes que puedan estar sucediendo y arriesgarse a señalarlos.

Referencias

Berman, E. (2000). Psychoanalytic supervision: The intersubjective development. The International Journal of Psychoanalysis, 81:273–290. doi:10.1516/0020757001599762

Little, M. (1951). Counter-transference and the patient’s response to it. The International Journal of Psychoanalysis, 32:32–40.

Ogden, T. H. (1979). On projective identification. The International Journal of Psychoanalysis, 60:357–373.

Sandler, J. (1987). The concept of projective identification. Bulletin of the Anna Freud Centre, 10:33–49.

Schaffer, A. (2006). The analyst’s curative fantasies: Implications for supervision and self-supervision. Contemporary Psychoanalysis, 42, 349–366. doi:10.1080/00107530.2006.10747110

Szecsödy, I. (1990). Supervision: A didactic or mutative situation? Psychoanalytic Psychotherapy, 4:245–261. doi:10.1080/02668738900700201

Winnicott, D. (1969). The use of an object. The International Journal of Psychoanalysis, 50:711–716.