Diferencias cerebrales en función del sexo

Publicado en la revista nº015

Autor: de Iceta Ibáñez de Gauna, Mariano

La Academia Nacional de Ciencias concluía en un reciente informe que el sexo "es una variable humana básica e importante que debe ser considerada al diseñar y analizar estudios de todas las áreas y a todos los niveles de la investigación biomédica y relacionada con la salud" (Wizeman, Pardue, 2001).


En el campo de la neurociencia, en la última década han aparecido numerosos estudios que sugieren diferencias diversas en el funcionamiento y la estructura cerebral entre hombres y mujeres (ver revisiones en Blum, 1997; Cahill, 2003 o Kimura, 1999). Los datos y las hipótesis que los explican proceden de tres fuentes principales:


1. Datos neuroendocrinos:



Procedentes de humanos en los que bien por padecer diversas patologías bien por algún tipo de tratamiento se han visto expuestos a hormonas sexuales (o a la ausencia de las mismas) no correspondiente al momento de su desarrollo o ciclo vital.


Procedentes de estudios con animales de experimentación.



2. Datos de neuroimagen:



Las últimas técnicas, como la tomografía por emisión de positrones (PET) o la resonancia nuclear magnética funcional (fRNM), ofrecen la ventaja de permitir estudios funcionales in vivo en humanos.



3. Datos procedentes de la psicología evolutiva:



Fundamentalmente como fuente de hipótesis para explicar el origen de las diferencias que se han ido encontrando a partir de los roles diferenciados entre hombres y mujeres en las tribus de nuestros antecesores, que integrarían en la carga genética aquellas características que supusieran una ventaja para la supervivencia de la especie.



Antes de proceder al análisis de los datos es importante tener presente algunos aspectos previos.


Las diferencias generan fascinación. Así por ejemplo, mientras los estudios de los Gur y los Shaywitz que mostraban la existencia de una diferencia en el patrón de flujo sanguíneo cerebral en mujeres y hombres en reposo (en los hombres aparecía más activa la región del sistema límbico ligada a una respuesta física rápida, mientras que el sistema límbico de las mujeres se activaba más en otra región ligada a una respuesta verbal rápida) y mientras realizaban un ejercicio de rimar palabras (los hombres empleaban fundamentalmente el hemisferio izquierdo, mientras que las mujeres empleaban más ambos hemisferios) respectivamente recibían portadas de las principales revistas (el estudio de los Shaywitz fue portada en Nature) y gran repercusión en la prensa general, un estudio de Petersen en el que comparaba el funcionamiento del cerebro en un ejercicio de asociación libre en hombres y mujeres que no encontró diferencias significativas, no recibió apenas atención. Esta fascinación puede hacernos perder el punto principal, que nos parecemos mucho más de lo que nos diferenciamos.


En segundo lugar, creo necesario tener presente que a lo largo del tiempo, las diferencias sexuales en el funcionamiento cerebral han estado "cargadas" valorativamente, siendo usadas en incontables ocasiones, implícita o explícitamente, para señalar la supremacía de un sexo o eventualmente una orientación sexual sobre otras (varón heterosexual frente al resto). Quizá éste es un elemento de crítica necesario a tener en cuenta a la hora de analizar los resultados de cualquier estudio en este área. Como consecuencia, se han introducido elementos políticos en el análisis de los datos, particularmente en cuanto al origen de las diferencias (las diferencias en sí, por lo menos algunas de ellas, son menos cuestionadas), en ocasiones algo reduccionistas. Así, las posiciones feministas (véase por ejemplo un reciente trabajo de Lesley Rogers "Sexing the brain" 2001), tienden a explicar las diferencias en base a los patrones culturales diferenciados en cuanto a los roles estimulados e inhibidos en uno y otro sexo, minimizando el papel de la genética y las hormonas. Otras autoras, como Doreen Kimura, se apoyan quizá en exceso en el papel de estos factores (pese a que muchos de los datos proceden de animales o de estudios con limitaciones metodológicas; partiendo de la base de que ningún estudio de investigación es perfecto, algunas de las diferencias proceden de datos promedio entre muestras muy grandes, lo que permite encontrar diferencias muy pequeñas entre los elementos más dispares de ambos grupos, pese a que se de un gran solapamiento entre los resultados de hombres y mujeres, por mencionar sólo un ejemplo) a la hora de explicar la génesis de las diferencias, minimizando el papel de la experiencia. Así en un reciente trabajo en Scientific American señala: "Tales efectos [refiriéndose a las evidencias sobre el efecto de las hormonas sexuales en la organización cerebral en edades tempranas] convierten el evaluar el papel de la experiencia, al margen de la predisposición fisiológica, en una tarea difícil si no dudosa".


Hormonas sexuales y función cognitiva


El gran número de receptores para estrógenos y otros mediadores químicos gonadales en el cerebro, tanto de hombres como de mujeres, plantea la incógnita de la relación entre ambos. Veamos algunos de los datos en cuanto al funcionamiento cerebral:


Contribuciones hormonales a capacidades cognitivas en las que los varones tienen ventaja (1):


Los datos procedentes de pacientes con alteraciones hormonales precoces (Hiperplasia Adrenal Congénita, Hipogonadismo Hipogonadotrófico Idiopático e Insensibilidad a los andrógenos) indican que la exposición temprana a andrógenos contribuye significativamente a mejorar la puntuación en diversas tareas espaciales empleando lápiz y papel.


Estudios de jóvenes de ambos sexos han establecido que niveles diferentes de testosterona se asocian de manera consistente con diferentes puntuaciones en tareas espaciales.


Las fluctuaciones en las hormonas sexuales durante las estaciones o en diferentes fases del ciclo menstrual se asocian con cambios predecibles en los patrones cognitivos, incluyendo cambios en el rendimiento en la realización de tareas espaciales.


Existen algunos datos de que el razonamiento matemático está relacionado con los niveles de testosterona en hombres, aunque quizás no en mujeres.


Con respecto a las contribuciones hormonales a capacidades cognitivas en las que las mujeres tienen ventaja:


Las fluctuaciones en los niveles de estrógenos se asocian con cambios en la fluidez verbal, velocidad perceptiva y destreza manual.


Algunos estudios informan de una facilitación de la memoria en mujeres mayores que toman estrógenos.


Asimismo más allá de la ventaja o no para uno y otro sexo, los cerebros parecen funcionar de manera distinta con y sin hormonas sexuales. Así el grupo que coordina Karen Berman de la rama para trastornos cerebrales clínicos del NIMH (Instituto Nacional de Salud Mental de EEUU), realizó un PET a 11 mujeres premenopáusicas en tratamiento con un fármaco que bloquea la secreción de hormonas sexuales en hombres y mujeres, mientras realizaban el test de Wisconsin Card Sorting. Dicha tarea, que implica el uso de la memoria de trabajo y los circuitos del razonamiento, se ha acompañado de manera consistente en estudios previos de neuroimagen con un aumento de la activación de la corteza prefrontal y áreas relacionadas. En ausencia de hormonas sexuales, dichas áreas cerebrales aparecían carentes de actividad. La reintroducción de estrógenos o progesterona hacía que el patrón de activación prefrontal volviera a la normalidad, demostrando el poderoso efecto regulador de las hormonas en la actividad cerebral. (Estudios similares en hombres están en curso en estos momentos).


Además de recordar que estas afirmaciones se refieren a promedios y que no pueden aplicarse a sujetos individuales (esto es, hay brillantísimas matemáticas o con el potencial biológico de serlo, y varones que destacan más en aspectos verbales, o con el potencial biológico de hacerlo), persisten abundantes interrogantes en la relación entre el cerebro y las hormonas sexuales. Por ejemplo, ¿por qué cambios hormonales normales parecen desencadenar trastornos del humor, como el Síndrome Premenstrual (recientemente renombrado Trastorno del humor relacionado con la menstruación), en algunas personas y no en otras? (Otro tanto podría decirse de la depresión postparto o las alteraciones del humor en torno a la menopausia).


En este sentido como apunta Asher, las nuevas técnicas de neuroimagen pueden aportar una ventaja al permitir obtener patrones individuales del funcionamiento cerebral (las técnicas anteriores, como el PET de dos dimensiones, sólo ofrecían datos de la activación cerebral comparando entre grupos de sujetos). Los hallazgos hasta ahora, como señala esta autora (Asher, 2003), apuntan a que las hormonas femeninas puedan desempeñar un “papel protector”, quizás evitando las formas más extremas de trastornos que afectan a la corteza prefrontal como la esquizofrenia (algunos estudios sugieren que la esquizofrenia puede aparecer a una edad más tardía y tener un curso menos severo en las mujeres).


Junto a los estudios hormonales, es importante citar que existen otras formas de relacionar los patrones cognitivos a eventos prenatales. Uno de ellos es la asimetría entre las huellas digitales (se desarrollan durante el segundo trimestre del embarazo y todos los sujetos tenemos mayor número de surcos en una mano que en la otra). Dicha asimetría se correlaciona (aparece asociada con frecuencia a) con los así llamados patrones cognitivos masculino y femenino, incluso dentro de un mismo sexo. De esta coincidencia algunos autores como Kimura (1999) asumen que los sistemas cerebrales responsables de dichas tareas se deben desarrollar a la vez que las huellas digitales (hasta la fecha no se ha demostrado relación entre la asimetría digital y las hormonas sexuales).



Diferencias estructurales a nivel cerebral entre sexos


Existen datos de contrastes entre la estructura y la función cerebral de hombres y mujeres, en particular, han referido especial atención los sistemas interhemisféricos, la función antero-posterior y la lateralización izquierda-derecha de las funciones. Si bien sería esperable que tales diferencias se relacionaran con variaciones en los patrones cognitivos humanos, hasta ahora existen pocas evidencias válidas que liguen las variaciones estructurales-funcionales a capacidades cognitivas.


Así por ejemplo, las diferencias existentes en el grado de lateralización son debatibles. Si bien existen numerosas evidencias de la existencia de las diferencias en cuanto a la lateralización, no se han encontrado correlatos de estas diferencias en la función cognitiva.


Igualmente, existen datos sobre diferencias en el volumen cerebral o el ritmo de envejecimiento del cerebro. Así, parece que la diferencia de tamaño a favor de los hombres pudiera verse compensada por un ritmo de envejecimiento más lento, y/o un uso con menor sobrecarga del sistema en las mujeres (ver trabajos del matrimonio Gur, citados en Blum, 1997).


Con todo, uno puede muy bien cuestionarse más allá de la curiosidad por las novedades científicas y esta fascinación por las diferencias (con el debate político asociado), en qué medida estos avances suponen algún cambio en nuestra actividad como terapeutas. Y quizá la respuesta provenga de los datos recientes de las diferencias entre sexos en memoria emocional y en la relación entre apego y desarrollo intelectual.



Influencias relacionadas con el sexo en la neurobiología de la memoria “cargada” emocionalmente


Cahill en un reciente trabajo (2003), ofrece una breve revisión de los últimos hallazgos en esta área. Su laboratorio y otros grupos han encontrado diferencias relacionadas con el sexo en los mecanismos neurales subyacentes al recuerdo de eventos emocionalmente significativos. En opinión de este autor, las teorías sobre la neurobiología de la emoción y la memoria deben integrar la sustancial influencia de sexo. Veamos brevemente sus hallazgos:


Cahill y su grupo partieron de una hipótesis derivada en gran medida de estudios en animales en cuanto a que la amígdala modula el almacenamiento en memoria de los sucesos emocionalmente significativos. En un primer momento, para dar soporte a esta hipótesis en humanos, demostraron la existencia de un paralelismo casi total entre la activación en la amígdala derecha y el recuerdo de películas con impacto emocional (aversivo), que no se daba para películas “neutras” emocionalmente. Estos hallazgos fueron corroborados por otros laboratorios (citados en Cahill, 2003). Curiosamente, existía una discrepancia entre estudios. Aquellos en los que el grupo se componía fundamentalmente de hombres tenían una activación de la amígdala derecha, mientras que la activación de la amígdala izquierda era predominante cuando los grupos los componían mujeres.


En un segundo estudio (Cahill et al., 2001) compararon directamente la actividad cerebral de hombres y mujeres empleando resonancia magnética funcional, mientras les exponían a imágenes con y sin carga emocional asociada, chequeando su recuerdo de forma sorpresa 3 semanas después. Los resultados confirmaron la sospecha previa en cuanto a la lateralización. Este estudio fue replicado posteriormente con idéntico resultado por otro grupo (Canli et al., 2002).


Para intentar explicar este fenómeno, Cahill y su grupo lo integran con otra teoría sobre el funcionamiento mental, la de la especialización funcional hemisférica. Básicamente dicha hipótesis defiende que el hemisferio derecho tiende al procesamiento de los aspectos globales, difusos de un estímulo o escena, mientras que el hemisferio izquierdo tendería a ocuparse de los aspectos más finos y precisos. Combinan entonces ambas teorías (procesamiento emocional amígdala derecha en hombres/izquierda en mujeres; aspectos difusos hemisferio derecho/detalles concretos hemisferio izquierdo) y las ensayan prediciendo cómo afectaría al recuerdo emocional en hombres y mujeres la administración de un beta-bloqueante (2), reanalizando los datos procedentes de estudios ya publicados.


En este ejercicio predicen y comprueban en el reanálisis de sus datos cómo la administración de propanolol (fármaco beta-bloqueante) producía una doble disociación del género y del tipo de memoria recordada: así, el propanolol afectaba significativamente al recuerdo de información central de los elementos emocionales de la historia (lesiones severas en un niño pequeño que sufre un accidente mientras su madre le mira) en los hombres pero no en las mujeres, mientras que afectaba al recuerdo de los detalles periféricos en las mujeres, pero no en los hombres.


Estos resultados apoyan la hipótesis de que, bajo condiciones emocionalmente significativas, la activación de la amígdala/hemisferio derechos produce una facilitación relativa de la memoria para información central en los hombres, y la activación de la amígdala/hemisferio izquierdos produce en las mujeres una facilitación relativa de la memoria para los detalles periféricos.


Existen asimismo evidencias de una diferencia en la reactividad de la amígdala a expresiones faciales de emociones relacionada con el sexo. Así, empleando igualmente resonancia nuclear magnética funcional (fMRI), Killgore y Yurgelun-Todd (2001) encontraron que existía una lateralización en función del sexo en la activación de la amígdala frente a expresiones faciales de felicidad (en las mujeres se activaba la amígdala izquierda y en hombres la derecha), apoyando la hipótesis de la diferenciación hemisférica en el procesamiento de determinadas emociones.


De todos estos datos surgen nuevas vías para intentar comprender las bases de entidades clínicas donde la prevalencia en mujeres prácticamente dobla a la de los hombres, como el trastorno por estrés postraumático o la depresión. Igualmente, y si unimos estas hipótesis a los datos sobre relaciones entre estrés y memoria (ver Relaciones estrés-memoria en Aperturas 11), se abren interesantes vías especulativas para investigar en qué medida puede existir diferencias en el acceso a memorias traumáticas o emocionalmente significativas entre hombres y mujeres, donde dificultades para incorporar aspectos más globales del recuerdo en las mujeres, o proporcionar detalles concretos de determinados recuerdos puedan deberse en parte a los mecanismos neurobiológicos subyacentes y no sólo el resultado de mecanismos psicológicos que en cada caso puedan explicarlas (por ejemplo disociación o resistencia).



Otras diferencias sexuales en comunicación emocional, apego y desarrollo


La psicología del desarrollo y los psicólogos evolucionistas aportan diversos estudios relevantes sobre las diferencias entre hombres y mujeres en estas facetas.


El estudio de bebés recién nacidos supone una fuente de material para la búsqueda de diferencias de origen fundamentalmente biológico, ya que los efectos del aprendizaje aún son pequeños (aunque no despreciables, particularmente en un cerebro en desarrollo como es el humano). Hoffman, de la Universidad de New York, estudió la respuesta de bebés de 1 día a determinados sonidos, como el llanto de otros bebés, llamadas de animales, o una extraña voz generada por ordenador. Los bebés de ambos sexos respondían más intensamente al sonido de otro humano en distrés, pero dicha respuesta era mucho más marcada en las niñas, sugiriendo para Hoffman que las niñas recién nacidas están más sintonizadas para dar una respuesta empática (revisado en De Waal, 1996).


Desde un punto de vista evolutivo, tiene sentido que las mujeres, que durante tanto tiempo han sido la primera línea de cuidados – la primera línea defensiva del bebé frente al mundo en realidad-, estén orientadas hacia las necesidades de los otros. No sorprende la finura de sus sentidos: el sentido del olfato en la mujer es más agudo que el del hombre (sobre todo durante la ovulación), y las mujeres son más sensibles al tacto que los hombres. La capacidad para comunicarse a través del tacto (3) es crítica para la supervivencia del bebé (estudios con bebés prematuros muestran que aquellos que son cogidos o incluso golpeados suavemente crecen y maduran más deprisa que aquellos dejados solos manteniendo idénticos el resto de cuidados).


Además está el oído. Las mujeres oyen mejor que los hombres los sonidos agudos; la diferencia se encuentra ya en la infancia y aumenta con la edad. Los hombres, por otra parte, parecen tolerar mejor sonidos más fuertes que las mujeres. Las madres tienen que comunicarse con sus hijos – no sólo darles confort, sino advertirles de los peligros. Esto protege al niño individualmente y puede, en una perspectiva ampliada, ser esencial para la supervivencia de la especie.


Psicólogos evolucionistas como Fernald (1992), han encontrado que las madres hablan a sus hijos en un tono particularmente agudo, que puede llegar a elevarse hasta 2 octavas comparado con el que emplean para dirigirse a un adulto. Los padres también agudizan su tono, pero de forma menos marcada. También ha observado que los bebés responden más rápidamente a este tono de voz agudo, que a los tonos que la misma mujer puede emplear para dirigirse a un adulto. Este tono tiene a su vez repercusión en la frecuencia cardiaca, que se ralentiza y se hace más estable al escuchar esta música particular de la voz de su madre.


En otro orden de cosas, los Gur han mostrado que las mujeres tienen una mayor facilidad que los hombres para interpretar expresiones faciales. Existen asimismo datos sobre una capacidad más aguda en las mujeres para leer expresiones no verbales, desde el lenguaje corporal al sutil aspecto de una boca que no sonríe. ¿Se corresponde esta última a tristeza, preocupación o ira creciente? ¿Es importante saberlo desde el punto de vista de la supervivencia?


En diversos estudios realizados mostrando fotografías de sujetos, ambos sexos percibían con facilidad cuando alguien está contento. Las mujeres, podían detectar asimismo con facilidad (fiabilidad del 90%) la tristeza en una persona, independientemente del sexo de la misma. Los hombres mostraban una capacidad similar para leer la infelicidad en el rostro de otro hombre, perdiendo fiabilidad al analizar el rostro de una mujer. Para los Gur, esta diferencia puede provenir también de nuestros ancestros, que vivían en una sociedad en la que los varones marchaban juntos y negociaban por el poder, donde probablemente sería vital para un hombre leer las expresiones de otros hombres, pero quizás no suponía tanta ventaja la capacidad de sintonizar con la expresión de una mujer. Para la mujer puede haber sido diferente (revisados en Blum, 1997).


Lo importante de estas hipótesis evolucionistas no es señalar la existencia de un sexo débil y otro fuerte, sino intentar rastrear donde se iniciaron determinadas conductas. Con su sensibilidad emocional, las mujeres obtuvieron capacidades extra de su necesidad de criar a sus hijos, de crear sistemas fuertes de apoyo y de acomodarse a los a veces peligrosos estados afectivos de los hombres.


Algunos investigadores dicen que las madres enseñan a sus hijas cómo emplear el lenguaje y cómo compartir sus sentimientos mucho mejor que a sus hijos. La emoción que las madres discuten de manera rutinaria con sus hijos es la ira, y en tal caso, suele ser sobre una conducta de control.


Existe una escuela de pensamiento que sugiere que la fortaleza emocional es la real: ayudan a que las mujeres tengan mejor salud que los hombres. La conexión con los otros se constituye en una especie de red de seguridad. Hay numerosos estudios comparando la reacción de duelo en hombres y mujeres, que muestran cómo estas recobran más rápido el equilibrio emocional. Si una familia pierde a un progenitor, son las hijas, en general, quienes parecen sufrir menos el golpe, y quienes incurren con menor frecuencia en conductas antisociales o autodestructivas (Blum, 1997).


Entretanto, autores como de Waal llaman a la moderación, haciendo notar que parecemos encontrarnos en la mitad de un movimiento de péndulo que admira las cualidades femeninas como antes venerábamos las masculinas. Los Gur también son prudentes a la hora de manifestar la superioridad emocional femenina, así afirman “Creemos que hay aún mucho que aprender sobre las diferencias sexuales en diversos aspectos del procesamiento emocional antes de poder afirmar que las mujeres son superiores como regla” (citados en Blum, 1997).


Por último, mencionar entre los trabajos sobre el apego el estudio sobre el cuidado diurno de los niños en Estados Unidos, que viene siendo realizado desde 1991. Dicho estudio (que patrocina el Instituto Nacional para la Salud Infantil y el Desarrollo Humano, NICHD) del que se han realizado numerosas publicaciones, sigue a unos 1300 niños de todo el país desde su nacimiento y a lo largo de la escolarización (continúa en la actualidad), controlando multitud de variables que incluyen aspectos de los padres, la calidad del cuidado, el rendimiento y la integración social de los niños a lo largo del tiempo, etc. Han realizado diversos informes que se están constituyendo en una referencia ineludible a la hora de afrontar el estudio del impacto del cuidado del bebé en el desarrollo. Entre los hallazgos de uno de sus primeros informes, que abarcaba los primeros 15 meses de vida, las niñas eran, en conjunto, ligeramente más seguras si pasaban algo de tiempo fuera de sus casas (dato inesperado para los investigadores); lo contrario pasaba en el caso de los niños.


Entre las hipótesis para explicar este dato, los investigadores plantearon como alternativas: que quizás las niñas cuyas madres trabajan se desarrollan como adultos más orientados hacia los logros y sus madres se convierten en modelos; otra sugerencia es que el vínculo emocional entre madre e hija puede hacerse demasiado estrecho, demasiado cercano, perturbador en lugar de asegurador, de tal forma que las hijas que se quedaran en casa pudieran de hecho convertirse en temerosas.


Por otra parte otros estudios, como uno de Belsky en 1988, encontraron que demasiado tiempo en preescolar parecía debilitar el vínculo de los niños con sus padres y madres. El mismo autor señala: “Hay multitud de evidencias a lo largo del ciclo vital de que los hombres tienen una biología más vulnerable. Sucumben a todo tipo de cosas antes que las mujeres. En ese contexto, puede tener sentido que sean más vulnerables al estrés de la separación”. Otras investigaciones sugieren que los niños necesitan más de todo de sus madres; por ejemplo, tienden a nacer ligeramente más tarde en la gestación, y son más grandes, precisando más alimentación. Desde el principio los requerimientos básicos son más grandes.


Belsky se pregunta en este sentido si los niños necesitan más, sobre todo en etapas precoces – contacto, canciones, apoyo emocional- de lo que le damos. Puede que los progenitores desconecten de los niños tempranamente de una forma en que no lo hacen con las niñas, empujándoles más rápido hacia la independencia. Como hombres, estos niños no recuerdan nada (4), pero la distancia emocional puede haberse establecido ya en cualquier caso.


Un trabajo realizado por Nancy Bayley en la Universidad de Berkeley en bebés con madres con una depresión tan severa como para ser abandónicas u hostiles parece apoyar estos datos. Siguió a los bebés durante los primeros 18 meses comparando los que recibieron afecto con los que no. Y evaluó los efectos (a nivel de inteligencia y desarrollo) cuando los bebés tenían entre 3 y 5 años. Sus resultados sugerían que los bebés varones criados por madres abandónicas u hostiles habían sufrido un daño, con resultados claramente inferiores. No sucedía así con las niñas, que pese a ser más distantes que las criadas en familias felices, no presentaban alteraciones demostrables en la inteligencia. Los resultados de las niñas se correlacionaban mejor con la inteligencia de sus madres y su clase social. Sólo existía una excepción: ser criada por una madre restrictiva –una que limitaba su rango de experiencias y les aislaba del mundo- hacía que los resultados decayesen.


Quizá como señala Blum (1997) debamos aceptar que, al menos en etapas muy precoces, las niñas pueden ser más fuertes de lo que creemos y los niños más vulnerables. En tal caso, los estereotipos quizá no hagan ningún favor a ambos sexos.



Notas


(1) Es importante reseñar la existencia de estudios que intentan evidenciar las influencias de la socialización en ambos sexos, centrados en la relación entre las experiencias vividas (deportes preferidos, materias escolares recibidas, presumible influencia parental) y las capacidades actuales. El libro de Lesley Rogers Sexing the brain (2001) proporciona una revisión bastante amplia de las evidencias de los estudios sobre el origen social de las diferencias entre géneros e incide en las críticas metodológicas de los estudios que intentan probar su origen biológico.


(2) Es conocida la interferencia del bloqueo beta-adrenérgico con la memoria de recuerdos emocionalmente cargados. Así la administración de beta-bloqueantes a personas que se han visto sometidas a una catástrofe, limita significativamente la aparición posterior de un síndrome de estrés postraumático. Se cree que este efecto tiene que ver precisamente con que la amígdala necesita la activación del receptor beta-adrenérgico para ejercer la función moduladora de la memoria, que al bloquearse por el fármaco anularía la acción de la amígdala.


(3) El tacto aparece como uno de los factores en que se apoyan los genes para guiar el desarrollo. En algunos animales, si la madre no está ahí para acunar y lamer a sus crías, éstas no desarrollan la química hormonal necesaria para crecer.


(4) Dado que nuestros cerebros son tan inmaduros al principio que incluso carecen de algunos de los mecanismos neurales necesarios para la memoria, las experiencias precoces, que contribuyen a moldear un sistema nervioso en desarrollo y a marcar muchos de los aspectos de la vida de adulto, no dejan ningún registro.





Bibliografía


Asher, J. (2003) Brain activity sans sex hormones: A vanishing act? NIHM, 30/06/2003. (http://www.nimh.nih.gov/events/feabrain.htm)


Blum, D. (1997) Sex on the brain: the biological differences between mean and women. Penguin Books, New York.


Cahill, L. (2003) Sex-related influences on the neurobiology of emotionally influenced memory. Annals of the New York Academy of Sciences, 985: 163-73.


Cahill, L. et al (2001) Sex-related difference in amygdala activity during emotionally influenced memory storage. Neurobiol. Learn. Mem., 75: 1-9.


Canli, T., et al. (2002) Sex differences in the neural basis of emotional memories. Proc. Natl. Acad. Sci. USA, 99: 10789-94.


De Iceta, M. (2002) Relaciones estrés-memoria. Revista web de psicoanálisis Aperturas Psicoanalíticas, 11 (http://www.aperturas.org/)


Fernald, A. (1992) Human maternal vocalizations to infants as biologically relevant signs: An evolutionary perspective. En: The adapted mind: Evolutionary psychology and the generation of culture, J.H.Barkow, L.Cosmides, and J.Tooby eds. Oxford University Press, New York.


Killgore, W.D., Yurgelun-Todd, D.A. (2001) Sex differences in amygdala activation during the perception of facial affect. Neuroreport, 12: 2543-7.


Kimura,D. (1999) Sex and cognition. A Bradford Book. The MIT Press. Cambridge, Massachusetts.


Rogers, L. (2001) Sexing the brain. Columbia University Press, New York.


Wizemann, T.M., Pardue, M.L. eds. (2001) Exploring the biological contributions to human health: does sex matter? National Academy Press, Washington, DC.