Violencia, venganza, autojustificación.

Publicado en la revista nº023

Autor: Bleichmar, Hugo



El psicoanálisis, desde Freud en adelante, se ha ocupado de la violencia, de la agresividad. Ha enfatizado, según los diversos autores (Freud, Klein, etc.), las bases biológicas o las experiencias biográficas (Kohut, etc.) para intentar explicar los casos individuales y colectivos que despiertan nuestro horror por la brutalidad que alcanzan. Las reflexiones que motivan el presente trabajo sobre la violencia y la autojustificación tuvieron como punto de inspiración, para retomar ciertos intereses míos de los últimos años, lo que relata Tony Judt sobre uno de los momentos de la II Guerra Mundial en que las mujeres eran sistemáticamente violadas cuando avanzaban los ejércitos en territorio enemigo. La obra en que está incluida la información que ofrecemos es “Postwar: A History of Europe Since 1945” (Postguerra: una historia de Europa desde 1945), libro que  ha sido reconocido como uno de los tratados fundamentales para conocer ese período histórico por la erudición/documentación, la amplitud de miras y la consideración de los datos desde diferentes perspectivas[1].


Sabemos que cada lector/a de Aperturas Psicoanalíticas tendrá, frente a lo que dice Judt, sus propias preferencias personales afectivo/ideológicas, que en las secuencias agresión/revancha/justificación de cada bando en pugna iniciará la serie en acontecimientos que los verá como punto de partida y, desde ahí, lo que siga, aunque violento lo comprenderá como legítima defensa, no dando igual valoración a lo que eligió como causa. Lo mismo le sucede al autor de esta nota, por lo que no se pretende que el lector/a se coloque por encima de todo, que alcance una posición de equidistancia, de neutralidad –ni ello es posible ni, en muchas circunstancias, sería éticamente admisible. Pero sí intentar, al menos, un cierto descentramiento con respecto a nuestra subjetividad atrapada por las experiencias que nos moldean sin que tengamos conciencia de ello, esforzarnos en saber por qué pensamos/sentimos ciertas creencias pasionales, aun cuando no podamos cambiarlas, saber algo acerca de qué aspecto de nuestra historia personal y colectiva nos ha marcado en lo profundo de nuestro ser.


De lo que nos habla Judt en esta descripción de la violencia sobre las mujeres –los hombres también sufrieron violencia pero las mujeres tuvieron un plus, como es habitual- es una ejemplificación de una estructura más amplia –violencia/venganza/autojustificación- que encontramos cotidianamente en las relaciones personales y en los actuales conflictos que afectan distintas áreas de la Tierra, en la problemática terrorismo/contraterrorismo. Es la posición paranoica de “lo mío es defensa frente a lo que me hizo/hace el otro/a, está más que justificado lo que hago”.


En otras personas, sin embargo, sucede lo contrario: existe una estructura que, a falta de denominaciones mejores, solemos designar como melancólica o masoquista en que alguien asume como identidad, como posicionamiento básico en la relación con el otro/a, la de atribuirse ser la causa de la agresión del otro, de su maltrato o, todavía más frecuentemente en la vida cotidiana, de la insatisfacción que experimenta ese otro. Dichas personas consideran, sienten profundamente, que lo que hace el otro está justificado porque se viven a sí mismas como inadecuadas. Muy frecuentemente, este posicionamiento ni siquiera tiene representación consciente sino que es una forma de estar con el otro. Sumisión caracterológica al otro/a que encuentra sus raíces en una diversidad tan grande de factores aislados o entrecruzados que hacen que su inclusión en categorías abarcativas nos deje siempre insatisfechos: sumisión automatizada para aplacar al otro, por miedo a su reacción, a sus caras, a sus gestos airados; o por sentimientos de culpabilidad[2]; o por sentimientos de inferioridad; o por la satisfacción narcisista que otorga el sentirse bueno/tolerante.


Vayamos ahora a Tony Judt. Nació en Londres en 1948, se formó en King’s College, Cambridge, y en la École Normale Supérieure, París, y ha impartido clases en Cambridge, Oxford, Berkeley y la Universidad de Nueva York, donde actualmente es Profesor de Estudios Europeos en la Cátedra Erich Maria Remarque; Director del Instituto Remarque, dedicado a los estudios sobre Europa, bajo los auspicios de la Universidad de New York; colaborador habitual de The New York Review of Books, The New York Times,  The New Republic, y otros muchos periódicos en Europa y en Estados Unidos.     g


Judt nos provee la siguiente información:


«Clínicas y médicos informaron que 87.000 mujeres en Viena habían sido violadas por soldados soviéticos en las tres semanas siguientes a la llegada del Ejército Rojo a la ciudad. Un número ligeramente mayor de mujeres fueron violadas en Berlín durante la marcha soviética por la ciudad, la mayoría de ellas en la semana del 2 al 7 de mayo, inmediatamente antes de la rendición alemana. Ambas cifras están, seguramente, calculadas a la baja y no incluyen el incontable número de asaltos a mujeres en los pueblos y ciudades que se encontraban en el camino de las fuerzas soviéticas en su avance hacia Austria y por Polonia Occidental hacia Alemania».


«No había política de licencias en el ejército soviético. Mucho de su personal de infantería y de tanques se habían abierto paso a la fuerza durante tres terribles años en una incesante serie de batallas y marchas a través de la zona oeste de la URSS, de Rusia y Ucrania. En el curso de su avance vieron y escucharon copiosas evidencias de las atrocidades de los alemanes. El tratamiento por parte de la Wehrmacht hacia los  prisioneros de guerra, los civiles, los partisanos y, en realidad, cualquiera que se cruzara en su camino, al principio en su orgulloso avance hacia el Volga y los puentes de Moscú y Leningrado, y luego en su amarga y sangrienta retirada, había dejado su marca en el aspecto del país y en el alma de la gente».


«Cuando el Ejército Rojo finalmente llegó a centroeuropa, sus exhaustos soldados encontraron otro mundo. […] Mientras que los solados alemanes sembraron la devastación y el asesinato masivo en el Este, la propia Alemania siguió siendo próspera, hasta el punto de que su población civil apenas tuvo conciencia del coste material de la guerra hasta casi el final del conflicto. La Alemania del periodo de guerra era un mundo de ciudades, electricidad, comida, ropa, tiendas y bienes de consumo, de mujeres y niños razonablemente bien alimentados. El contraste con su propio país, devastado, debió parecerle incomprensible al soldado soviético común. Los alemanes habían hecho cosas terribles en Rusia; ahora era su turno para sufrir. Sus posesiones y sus mujeres estaban allí para ser tomadas. Con el consentimiento tácito de sus comandantes, el Ejército Rojo se soltó con la población civil de los recién conquistados territorios alemanes.» (pp. 20-21, las negritas son mías).


 


La autojustificación de la violencia, desconociéndose que responde no sólo a lo que hizo/hace el otro sino a las propias condiciones internas de la persona es uno de los dramas humanos. La evidencia de que además de lo externo, de la violencia que se ejerció sobre una persona, la respuesta de ésta tiene como componente esencial algo propio la encontramos en el hecho que frente a esa violencia exterior la respuesta puede oscilar entre límites muy amplios, desde el sometimiento hasta las formas más extremas del sadismo. Como psicoanalistas no podemos tener en cuenta sólo la realidad exterior ni sólo la realidad interna -radicalismos reduccionistas.


Para un/a psicoanalista, su encuentro con el/la paciente no deja de plantear situaciones que obligan siempre a ponderar muchas dimensiones. No únicamente en aquellas personas que han sido objeto de traumas mayores sino en las que  han sufrido los inevitables traumas que toda relación con los padres implica, incluido cuando el paciente ignora totalmente la relación patológica que ha vivido, la patología de los padres. El analista va acompañando al paciente en el proceso doloroso de ver no sólo qué hicieron los padres sino qué consecuencias caracterológicas continúan en el presente, cómo se adaptó, cómo encontró formas de defenderse, incluidas defensas patológicas. Esto es lo importante pues, de lo contrario, se convierte el análisis en mera letanía sin que el paciente progrese en modificar profundamente su estructura. Con todo, ésta es la situación menos complicada. Pero ¿qué pasa si un paciente ha sido objeto de traumas, o lo está siendo en sus relaciones actuales, y si el paciente es reivindicativo, relata traumas reales pasados o actuales pero selecciona arbitrariamente datos reales, excluye consciente o inconscientemente lo que hace en la interacción, incluso si no deforma groseramente lo que sucede o sucedió en la realidad? El psicoanalista escucha un relato de acontecimientos que tienen coherencia, se le aportan datos de anécdotas de los que no puede dudar. Pero lo que le debería llamar la atención es la sistematicidad del relato, la mínima, muchas veces nula, introspección y autoobservación por parte del paciente del papel que él mismo pudiera desempeñar en la interacción. Por otra parte, el vínculo en la relación terapéutica puede ser cálido, el paciente no repite necesariamente con el analista lo que describe que le ocurre afuera. Es un abuso creer que la transferencia siempre va a reproducir las múltiples interacciones que un paciente pudiera tener. Las actualizaciones de los diversos vínculos que una persona es capaz de mantener tienen que ver con el contexto, con lo que el otro hace. El analista crea un vínculo que es único, despierta o activa o desarrolla algo que el paciente no vive fuera de esa relación. Podrán aparecer chispazos de los rasgos del paciente pero, a veces, estos destellos están muy sepultados o alejados en el tiempo. Además, es un problema para un analista distanciarse de la realidad subjetiva del paciente e imponerle su propio sentido de realidad.


Sin embargo, no deja de ser un problema de menor calado quedarse en la realidad subjetiva del paciente: es cómodo, evita el conflicto, mantiene la idealización que el paciente hace del analista, gratifica el narcisismo de sentirse bueno/a y comprensivo/a. Aquí es donde se juega la diferencia entre, por un lado, analizar siendo empático y permitir que el paciente crezca realmente analizando los rasgos que le perturban su vida –lo interno, sus códigos, sus creencias matrices pasionales, etc.- y, por el otro, una simple psicoterapia de acompañamiento –no la llamemos de apoyo pues éste debe siempre existir- que convierte al encuentro en un ritual burocrático cómodo para ambos participantes. No es fácil, aunque la experiencia muestra que se puede escuchar empáticamente, comprender lo que ha sufrido y sufre el paciente y, al mismo tiempo -no varios años después- ir introduciendo con sutileza el análisis de lo que el paciente no puede ver por sí mismo.


El peligro es un posicionamiento del analista por adherencia militante a una escuela, sea por racionalización de rasgos agresivos con tendencia a convertirse en sometodor/a que le llevan a una actitud de estar continuamente mostrando defensas, señalando aspectos inadecuados del paciente, convenciéndose que eso es lo que le conviene a éste; o, el otro polo: rasgos fóbico/evitativos del analista que encuentran en su presunta empatía, en un presunto dar tiempo al paciente, en considerar que el paciente no está preparado para que vea rasgos patológicos, la coartada para lo que es adaptación del tratamiento a la propia fobia y tendencia a la evitación.


Lo que podría caracterizar a una verdadera empatía sería identificarse con el sufrimiento del paciente ante los traumas que le marcaron y que ocurren en el presente, “respirar” su subjetividad pero, también, identificarse con el sufrimiento que al paciente le ocasiona su propia codificación demasiado sistemática de considerar lo externo como única causa de su malestar, el no entrar en contacto con su realidad interna, el aferrarse a una identidad de víctima que oculta una perspectiva reivindicativa/paranoide que le retraumatiza continuamente y agrega a lo externo un plus no despreciable.   


 








Judt, T. (2005). Postwar: A History of Europe Since 1945. The Penguin Press, New York. (Postguerra: una historia de Europa desde 1945, prevista su edición en castellano para finales de 2006, Editorial Taurus).[1]


Para una descripción de la diversidad de orígenes de los sentimientos de culpabilidad ver: Bleichmar, H. (1996). Some subtypes of depression and their implications for psychoanalytic treatment. The International Journal of Psycho-Analysis, 77 (5), 935-961 y Bleichmar, H. (2003) Algunos subtipos de depresión, sus interrelaciones y consecuencias para el tratamiento psicoanalítico. Aperturas Psicoanalíticas, No.14 (www.aperturas.org). De las causas mencionadas, quisiera destacar la culpa inoculada desde la temprana infancia por padres que culpabilizan –como forma de regular la conducta del niño/a- y la identificación con padres culposos. Pero la cuestión no es sólo describir lo que hace el otro sino por qué el niño y el adulto lo aceptan, es decir los procesos intrapsíquicos por los cuales alguien opta inconscientemente por no rebelarse. Nuevamente, encontramos el miedo, las angustias de separación –sistema del apego-, la necesidad del amor del otro, la satisfacción narcisista por identificación con personajes ideales/reales caracterizados por su bondad, por su sacrificio. El desarrollo de un superyó severo es una forma de asegurarse, mediante la continua vigilancia interna, que no se estará expuesto a las reacciones adversas del exterior. [2]

 


 

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