El legado de Silvia Bleichmar

Publicado en la revista nº027

Autor: Bleichmar, Hugo

La generosidad de la madre, el inconformismo del padre




Cuando Silvia -Yeye para la familia- estaba en los primeros grados de la escuela primaria la maestra llamó a mis padres por alguna conducta que supongo debe haber sido un acto creativo no esperado en una niña de esa edad. Mi padre escuchó la queja y cuando la maestra terminó de hablar le dijo en un castellano que traicionaba la impronta judía: “Yo estoy muy orbulloso de mi hija”. Así terminó el incidente pero, estoy seguro, no la marca de una aprobación incondicional a una hija que crecía no siendo convencional, aprobación que se multiplicó en muchas circunstancias. Cuando ella tenía unos doce años, un vecino de Bahía Blanca se acercó al negocio de mi padre y le dijo, con cara de preocupación que esperaba fuera compartida: “don Salomón,  acabo de ver a su hija dando vueltas a la plaza en un carro a caballo haciendo propaganda política”. La respuesta nuevamente fue de admiración, con una frase que mi padre repetía siempre delante de Silvia “¡Qué chica ésta!, que en un nivel expresaba una crítica pero dicha con una cara de satisfacción que no sólo anulaba el mensaje aparentemente reprobatorio sino que alentaba a continuar en la conducta. Mi hermana siempre reconoció la importancia que tuvo para ella esa validación de su inteligencia, de su no conformismo, para vivir acorde con lo consideraba que era su deseo, su derecho.


Nada de lo que hizo, como intelectual socialmente comprometida, como psicoanalista en búsqueda de nuevas vías teóricas y de eficacia en la terapia, como persona enormemente generosa y desprendida en lo material, como la más amorosa de las abuelas, como polemista temible, se podría entender sin referencias a sus padres. Orgulloso él, brillante y de lógica abrumadora, contestatario capaz de decir las cosas más terribles, escéptico ante los convencionalismos, con gran inventiva. Ella, nuestra madre, admirada por su marido –“tu madre es una mujer extraordinaria”-, tratando siempre de limar asperezas, de hacer sentir bien al otro, de creerse las justificaciones más inverosímiles que fabricaba de manera automática para que los errores de los que ella quería fueran disculpados. Jamás ninguno de los tres hermanos escuchó una crítica por parte de ella. Su enorme inteligencia estuvo al servicio del amor a los demás y de la solidaridad con las causas sociales –candidata a diputada por el Partido Comunista en la provincia donde vivíamos. Silvia encarnaba muchas de las cualidades que vengo de mencionar. Por ello era adorada y se temía su enfrentamiento. Era hermosa en su juventud, con su pelo pelirrojo que en la mitología familiar se asociaba con carácter intenso e incendiario, con sus pecas, con su boca amplia, con sus movimientos enérgicos. Era hermosa en su madurez, con una elegancia en el vestir que gozaba y, simultáneamente, se mofaba de ella, cualidad de aquellos que son capaces de ironizar sobre sí mismos, sobre sus contradicciones. Era lo que mi madre hubiera querido para sí. Por eso la mimaba y despertaba lo que, mucho tiempo después, entendí como celos en mí y que me llevaron  a escribir con grueso marcador en una pared del patio de mi casa “Yeye, diplococus”, creyendo que era un insulto terrible. Anécdota que reflejaba no sólo mis sentimientos en esos momentos sino el clima de absoluta libertad con que vivíamos los hijos.


Nunca discutimos sobre nuestros posicionamientos en psicoanálisis ni nos preocupamos de exponérselos uno al otro tratando de convencer. Los dos sabíamos que nuestras orientaciones respondían a algo que iba más allá de las ideas sustentadas, reflejaban modalidades de ser, grandes vectores que orientaron nuestras formas de aproximarnos al conocimiento. Yo admiraba la facilidad con la que se podía adentrar en cuestiones espinosas para darles un giro original y belleza literaria. Ella me contaba acerca de una frase o de un párrafo de un gran pensador que le despertaban enorme placer intelectual y deseos de profundizarlo. Yo le hablaba de un dato concreto en psicología, en neurociencia, en las ciencias experimentales, que creía pudiera abrir un nuevo camino. Nuestras conversaciones muchas veces nos conducían a una pregunta que compartíamos con colegas de Argentina y de Latinoamérica preocupados por la misma cuestión: ¿por qué habiendo en nuestro campo del psicoanálisis gente tan inteligente, trabajadora, sin embargo la creatividad, el desarrollo de nuevas líneas de pensamiento, no recogía suficientemente esa realidad? La respuesta, que llegaba al nivel de la estereotipia, concluía con que el miedo, la necesidad de pertenencia, la presión de los grupos, tendían a uniformar el pensamiento. La frase de que “la anatomía marca el destino” encontraba en “la geografía marca el destino” una extensión que nos hacía reflexionar acerca de que si se vivía en Buenos Aires, Londres, París o New York –igual para otras ciudades-, ello marcaba los intereses psicoanalíticos, el horizonte dentro del cual se podía pensar, incluso la forma bajo la cual se escribía. Lo que conducía al problema de cómo pertenecer y ser, ser uno en el grupo. Ella había superado lo que en nuestros padres fueron modalidades que no encontraron una síntesis, la necesidad de mi madre de pertenecer y la de mi padre de ser en su aislamiento. Supo estar dentro y en la interfase.


Cuando escribió “Dolor país” entendí que la práctica psicoanalítica y sus contribuciones teóricas eran insuficientes para contener su vitalidad y polifacética personalidad. Ingresó en el periodismo de opinión con el mismo despliegue de inteligencia, de pensamiento agudo, corrosivo, con los que siempre había encarado sus proyectos. Sabía que lo que escribía debía servir, generar movimiento, no ser solamente solaz narcisista en la contemplación del propio talento. Vivir con el sentimiento de que la vida de uno es finita pero que lo que se haga encuentra continuidad presidió los años de su larga enfermedad. Rechazó la autocompasión, me decía, incluso en los últimos tiempos,  Huguito, todo bien”, no porque creyera que ese era el estado de su enfermedad –su lucidez era admirable-, sino porque no quería producir dolor. La frase se prestaba a la ambigüedad que ninguno de los dos quería disipar: parecía referirse a su estado físico pero, en realidad, aludía a que, a pesar de lo que le pasaba, para ella “todo estaba bien”, era “lo que nos toca”, y eso está bien que lo aceptemos. Su muerte nos deja un lleno, una guía de cómo vivir y morir con dignidad siendo leal a nosotros mismos en un destino que debe ser construido de manera individual y con enorme gratitud hacia quienes nos aportaron los materiales para ello.