Las teorías implícitas del psicoanalista sobre el género. [Panel "Teorías implícitas de los analistas sobre la feminidad". Congreso IPA, Chicago, 2009)

Publicado en la revista nº034

Autor: Dio Bleichmar, Emilce



Traducción: Marta González Baz

Revisión: Emilce Dio Bleichmar

Me centraré en algunos comentarios de las autoras de El enigma de la feminidad: el interjuego de la feminidad primaria y el complejo de castración en la escucha analítica (Fritsch y col., 2001), con el propósito de examinar las teorías implícitas sobre el género. Las autoras dicen: "A pesar de nuestra aceptación intelectual de las perspectivas contemporáneas sobre el desarrollo femenino, nos parece difícil asimilar plenamente estas ideas en la situación clínica". Su estudio "es un intento de elucidar la aplicación de una actitud analítica a cuestiones de género y sexualidad" (p. 1171).

Las autoras afirman que en las formulaciones teóricas actuales relativas al desarrollo psicológico de las mujeres, encuentran una dialéctica entre diversas posiciones. En sus palabras:

-       "Algunos autores continúan afirmando la centralidad del complejo de castración fálica (Brenner, 1982; Rangell, 1991)

-       Otro grupo enfatiza que la envidia al pene es principalmente defensiva frente a la ansiedad genital femenina (Torok, 1964; Lerner, 1988).

-       Entre estas dos posiciones están aquellos que declaran que el desarrollo psicosexual de una niña es femenino e implica componentes de castración fálica y ansiedades genitales femeninas (Lax, 1995; Richards, 1996)" (p. 1178)

Las autoras, a partir de una revisión de la literatura sobre el tema, intentaron corregir la omisión observada sobre las ansiedades de las mujeres en torno a sus genitales y las implicaciones consiguientes para la feminidad primaria, sin excluir el análisis de los derivados de la envidia al pene.

Pero entonces surge el interrogante: ¿alguna de estas tres formulaciones tiene en cuenta el género? El género es un concepto contemporáneo y lo primero que intentaré considerar es si el género es sinónimo de feminidad primaria.

Fritsch y col. consideran que cuando su grupo de estudio aplicó el constructo de feminidad primaria, se preguntaban si debían focalizar el análisis exclusivamente en el material relacionado con la representación corporal o ampliar la investigación a las identificaciones. "El término feminidad primaria, ¿se refiere a un constructo del self como mujer [femaleness] y femenina o a un sentimiento del self específicamente derivado de su cuerpo femenino?" (p. 1172).

Para aclarar esta duda, mencionan un artículo de Elise (1997), quien sugiere que deberíamos utilizar el término de mujer (femaleness) basándonos en el cuerpo femenino y reservar el término feminidad primaria para las identificaciones e identidad de género femenino. Sin embargo, Elise obseva que "en realidad nunca puede separarse un sentimiento primario de mujer [femaleness] de los significados sociales del género" (p. 514).

Ahora abordaremos otra cuestión: ¿qué entendemos por significado social del género?

Una revisión de la literatura muestra que numerosos artículos intentan aclarar esta cuestión basándose en la observación directa del desarrollo temprano (de Marneffe, 1997; Coates, 2006), artículos que asignan una base empírica a las propuestas de distintos psicoanalistas de niños y de adultos (Stoller, 1976; Fast, 1979; Tyson, 1982: 1994; Dio Bleichmar, 1992, 1997; Laplanche, 1992; Mayer, 1995; Elise, 1997, Glocer, 2001).

La identidad nuclear de género se establece antes de que la niña conciba la diferencia de sexos. La niñita sabe que su cuerpo es el mismo que el de su madre y diferente del del padre, es decir, tiene representaciones de su cuerpo femenino, representaciones que conforman su identidad de género, previa a la diferencia entre ambos sexos. Ahora bien, ¿cómo concebimos la estructuración de esta identidad de género temprana?

El núcleo de la idea del género  es que tanto varones como niñas reconocen y se identifican con el padre y la madre, respectivamente, y son reconocidos e identificados por el madre y la madre como niño o niña igual o diferente de ellos mismos antes de que el niño/a llegue a ser consciente de la diferencia sexual.  Esta idea está basada en una estructura intersubjetiva que configura la feminidad y masculinidad del nacimiento hasta la etapa adulta, puesto que los rasgos masculinos y femeninos están psicológicamente abiertos y la identidad cambia a lo largo de la vida, como lo hemos observado durante el último siglo. El proceso de identificación tiene lugar muy pronto, tal como Freud lo formulaba en su concepción de la identificación primaria.

Así, la feminidad primaria de una niña es un grupo de representaciones de su cuerpo y de identificaciones primarias con el cuerpo de su madre, a lo que debemos añadir las de diferenciación del cuerpo de su padre, todo esto antes de conocer o atribuir significado sexual a la diferenciación. Por tanto, lo que es importante enfatizar es no intentar separar las representaciones del cuerpo y las identificaciones como procesos diferentes, puesto que en la estructura intersubjetiva del desarrollo temprano, los adultos intercambian con los niños mensajes repletos de significados de género en el curso del cuidado corporal.

Al mismo tiempo, el aspecto intersubjetivo –los significados sociales del género- es constante durante todo el desarrollo, puesto que las representaciones conscientes e inconscientes que la madre y el padre tienen de lo femenino y lo masculino se transmiten de muchas maneras: mediante sus expectativas y deseos, sus modalidades de interacción y por el modo en que los miembros de la pareja se relacionan entre sí. El núcleo depende de la incorporación de la niña de una relación en lugar de una figura, de modo que cuando las niñas se identifican con su madre, el núcleo de la identidad que internalizan es la relación que su madre tiene con su padre, generalmente un hombre cuyo sexo es diferente del de ella (Diamond, 2004).

Así, las identificaciones de la niña con su padre o su madre pertenecen no sólo al complejo de Edipo, es decir al padre como objeto sexual y la madre como rival, o a la pareja parental como pareja sexual, sino a su funcionamiento en general como hombre y como mujer, o al género en un sentido mucho más amplio y general de masculinidad y feminidad.

Existe un hiato entre la visión contemporánea del género desde una perspectiva intersubjetiva y las intervenciones técnicas en nuestro trabajo clínico, como se desprende del material aportado en el artículo El enigma de la feminidad.

Sra. A

"Mujer de 34 años, casada, con éxito profesional y con preocupaciones somáticas intensas y omnipresentes, quien hasta hace poco había expresado escasa preocupación por tener un bebé. Una tarde vio a una amiga íntima y a su marido paseando, profundamente absortos el uno con el otro. Intuyó que su amiga estaba embarazada y sintió envidia, celos, se sintió traicionada e indignada por haber sido "dejada fuera y dejada atrás". Hasta este momento en el análisis la paciente había permanecido sorprendentemente apartada de pensamientos de ser madre o de ideas de su analista como madre" (p. 1174)-

Si observamos esta viñeta desde una perspectiva clásica, una mujer casada de 34 años sin deseos ni fantasías de ser madre, envidiosa, celosa y sintiéndose traicionada cuando ve a una pareja muy enamorada, pensaríamos en términos de conflictos edípicos no resueltos. Si lo observamos desde el punto de vista de una teoría que contemple conflictos inherentes de la feminidad como género, las dificultades para desarrollar y conciliar una carrera profesional con la maternidad, entenderíamos problemas asociados con conflictos intrasistémicos de Ideal del Yo. Esto significa que el conflicto es con la madre como modelo más que con la madre como rival. Las quejas usuales de la Sra. A giraban en torno a su "madre que no tenía más vida que sus hijos y sus dolores de cabeza y se preguntaba si ella y la analista no estaban encerradas en un lecho de enfermos" (p. 1174).

Si la representación materna siempre se entiende como una figura de apego preedípica o un rival edípico, la madre como miembro del mismo género, como modelo de feminidad se deja aparte, y múltiples capacidades cognitivas, instrumentales, hedonistas, o limitaciones quedan recortadas, sin tener en cuenta, como formando parte de las identificaciones con la figura materna.

Las reflexiones sobre el aspecto restrictivo de la maternidad para la vida personal y sexual se expresan en los comentarios de la Sra. A: "Sentía que siempre debía sentarme con ella, pero entonces, ¿cómo podría ella salir a bailar, cuando yo estoy sentada en la línea de banda?" (p. 1174). Se entiende que la paciente podría no desear fervientemente ser una madre y "también expresar alivio porque la analista tuviera una vida aparte de ella, y no una madre que no tiene más vida que sus hijos y sus dolores de cabeza" (p. 1174).

Si la figura de la madre como madre enferma se entiende como una representación resultante de su rivalidad destructiva, esto puede llevar a las mujeres -que no desean reproducir este modelo de género femenino- a sentirse culpables por abandonar a la madre, como parece expresar el material clínico que se nos ofrece: "El dolor de imaginar el feliz matrimonio y embarazo de su amiga era palpable. Sus asociaciones incluían el recuerdo de que ella nunca podría dejar la casa mientras su madre estuviera allí" (p. 1174).

La discriminación entre la relación con la madre y la madre como modelo de género permite conservar las representaciones maternas internas como un vínculo de apego seguro, aun cuando no se reproduzca el modelo de feminidad ofrecido por la madre.

Examinemos el análisis de varios sueños de la Sra. A.

Ambivalencia

"Ella estaba embarazada pero sangraba y se pregunta si sería un sangrado irregular menor o si perdería el bebé y se sentiría decepcionada" (p. 1174). Este sueño es interpretado como la ambivalencia de la paciente acerca de su identidad: ¿es ella una chica joven comenzando una vida llena de promesas o una mujer madura con su propio bebé?

Podríamos preguntarnos si en la actualidad la maternidad no es un gran dilema para una mujer madura; por qué tendrían que pensar que es una cuestión de confusión respecto a su identidad,¡ en una única línea posible,¡ que guarda relación con los hombres, tal como las autoras lo interpretan: "¿es la hija de su padre o su esposa?" (p. 1174). La ampliación de ideales del self femenino ha sido la causa por la que muchas mujeres que no desean ser madres o que posponen la maternidad sientan que están en falta. O, como lo sentía la Sra. A, como un riesgo de permanecer "encerradas juntas en un 'lecho de enfermos'" (p. 1174).

La adherencia

Otro sueño: "Está agarrándose a un coche que se movía rápidamente, su marido estaba allí pero no junto a ella. Se agarraba muy débilmente y ella cavilaba sobre cómo dejarlo ir" (p. 1175).

Este sueño podría estar expresando que la Sra. A está empezando a ser capaz de pensar que están disminuyendo los riesgos de permanecer atrapada en una norma de género que demanda que las mujeres se dediquen sólo a la vida privada, y la interpretación de "que la identificación masculina la rescata de su identificación materna y femenina aterradoramente destructiva" (p. 1175) podría ayudar a resolver aspectos conflictivos de su propia feminidad, distanciándola del modelo inspirado por su madre y adoptando el de su amiga y el de la analista, sin que esto implique abandonarlas ni atacarlas, sino más bien como un proceso de expansión de su self.

Esta línea de interpretación es diferente de considerar el sueño como una reivindicación o posesión extraordinaria de la madre y una retirada profunda de la decepción edípica. ¿Qué entender por una decepción edípica? La teoría implícita es que sólo existe una explicación: el destino de mujer castrada por el abandono del deseo fálico. Una teoría diferente nos llevaría a considerar que la decepción edípica tiene que ver con el mandato del modelo tradicional de feminidad: una vida dedicada a los otros y sus consecuencias: dolores de cabeza y problemas somáticos (Abelin-Sas, 2004; Dio Bleichmar, 2008).

El significado de la madre internalizada enferma y limitada podría representar lo opuesto de una mujer envidiada por su vida sexual con el padre y el producto de sus triunfantes esfuerzos fálicos contra el estereotipo de una persona devaluada. Significados en conexión con su self y el de la madre, con el género femenino en su carácter de aspectos inferiores o devaluados, y no con su relación con los hombres: sea el padre o el marido.

El tercer sueño: "Estaba enseñando a una mujer, una bella ayudante y colega de su marido, cómo desgrasar una pechuga de pavo con una perilla, la mujer no tenía perilla, fue a comprar una pero la tienda estaba cerrando". En este sueño ella emergió como la cocinera aventajada comparada con la ayudante de su marido, hermosa pero estúpida: ella "sabe" cómo desgrasar una pechuga de pavo y esto es entendido por las autoras como una indicación del uso del falo como una ilusión compensatoria que apoya su triunfo sobre la madre/analista, eludiendo de esa manera la experiencia de la envidia, pérdida y duelo (p. 1175). Una vez más, su diferenciación de la representación de un género devaluado –es posible ser una mujer profesional y al mismo tiempo una estupenda cocinera, aun mejor que su madre y no una mujer estúpida- es considerada un ataque hacia su madre y la analista, no un deseo legítimo de ella misma, sino todo lo contrario: un deseo fálico basado en la envidia al pene. Las autoras añaden: "una imagen conglomerada de ella misma como masculina y femenina" (p. 1176). Estamos de acuerdo con esta idea, pero en el sentido de una buena imagen compleja de sí misma con la multiplicidad de rasgos emocionales, domésticos, instrumentales e intelectuales que configuran a una persona.

La teoría implícita de las autoras es considerar ciertas diferencias respecto del estereotipo de la feminidad como "una mayor adherencia a su feminidad desvitalizada y la triste ironía es que 'teniéndolo todo' no tiene nada de importancia o satisfacción real" (p. 1176). De modo que desde una perspectiva contemporánea de la feminidad, lo que implica la integración en la identidad femenina de aspectos tradicionalmente masculinos, que le generan mayor satisfacción y valor para sí misma, esto sigue siendo entendido en términos similares a la manera en que lo hizo Joan Riviere en 1929. Riviere consideró que una mujer profesional que disfrutase de la sexualidad con su marido y fuera una excelente madre y ama de casa estaba ocultando sus deseos fálicos tras una mascarada de feminidad (Dio Bleichmar, 1997).

Volviendo a la frase de Elizabeth Fritsch: "A pesar de nuestra aceptación intelectual de las visiones contemporáneas del desarrollo femenino, nos parece difícil asimilar plenamente estas ideas en la situación clínica" (p. 1171), creo que esto se ve claramente cuando las autoras concluyen su comentario sobre la Sra. A diciendo lo siguiente: "Este ejemplo clínico nos da testimonio de la importancia de separar y comprender las contribuciones tanto femeninas como fálicas a la feminidad de nuestras pacientes. Son elementos viciados en su visión de la feminidad, por ej., la fantasía de que las mujeres son defectuosas o discapacitadas. Sin aclarar dicha fantasía, la vitalidad de la feminidad está minada" (p. 1179).

La teoría implícita a partir de esta conclusión está basada en la concepción del significado de fálico. ¿Es, literalmente, envidia del pene como órgano genital masculino, o es una materialidad simbólica de diferencia psicosocial entre los géneros? Y si lo entendemos como proponen Grossman y col. (1976), como una metáfora de las desigualdades entre lo masculino y lo femenino en nuestra cultura, ¿no deberíamos incluir en nuestra escucha un deseo legítimo de expansión del self femenino y de su deseable diferenciación de las formas de feminidad tradicionalmente devaluadas?

Si vamos a incorporar el concepto de género, necesitamos ampliar nuestra escucha y sintonizar más con el modo en que las mujeres hablan de las restricciones de su self, las dificultades que afrontan cuando deciden diferenciarse del modelo materno tradicional y la importancia de comprender y separar estas ansiedades de los conflictos edípicos. Esta orientación podría ayudar en el tratamiento a liberarlas de preocupaciones somáticas y corporales.

Creo que la teoría implícita que hace difícil asimilar plenamente las perspectivas contemporáneas sobre el desarrollo femenino está basada en la idea de que el género es una cuestión sociológica, no pudiendo considerarse que se trata de una estructura amplia y compleja del self configurada desde su comienzo en el intercambio intersubjetivo inconsciente del niño/a con sus figuras parentales.

Desde esta perspectiva es desde la que considero que el concepto de género, que inicialmente tuvo sólo una dimensión sociológica –a pesar de su origen y establecimiento a partir de la idea de John Money, un neonatólogo- tiene un lugar propio e ineludible en el seno del psicoanálisis (Dio Bleichmar, 1997).

 

Bibliografía

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