Compañeros de pensamiento: Una teoría clínica de la narrativa [Stern, D.B., 2009]

Publicado en la revista nº036

Autor: Soler, Mª Ángela

Reseña: Stern, D.B. (2009) Partners in thought: A clinical process theory of narrative. Psychoanalytic Quaterly, Vol LXXVIII, 701-32.


Al principio de la vida necesitamos de un testigo para convertirnos en self. Más tarde, los pacientes se escuchan a sí mismos como imaginan que les oye su analista, y de este modo crean una nueva libertad narrativa. Incluso en ausencia de otros, aprendemos acerca de nosotros mismos imaginando que escuchamos nuestros propios pensamientos a través de la escucha de otras personas.


La resolución de los enactments es crucial en el tratamiento psicoanalítico, no sólo porque expande los límites del self, sino porque restablece y amplia el rango dentro del cual paciente y analista pueden ser testigos mutuamente de la experiencia del otro.


El diario de un náufrago


Stern nos cuenta  cómo el reencuentro con una vieja película de serie B de los años cincuenta, “El increíble hombre menguante”,  impulsó la comprensión psicoanalítica interpersonal/relacional de la construcción narrativa que ofrece en este artículo. Está basado en su convicción de que la nueva narrativa en psicoanálisis no es simplemente el resultado de la interpretación objetiva del analista, sino el resultado espontáneo de los aspectos inconscientes del proceso clínico.


 Stern resume con un tono nostálgico la historia, llena de las concesiones ingenuas a la ficción, propias de la época. Comienza cuando el protagonista atraviesa una nube radiactiva navegando en su barco, (no afecta a su esposa porque había bajado a la cabina a por cervezas). Cuando ella regresa, le encuentra cubierto de un polvo brillante, que él se sacude sin dar importancia aunque una extraña música nos avisa de que ocurre algo siniestro.


El hombre comprende que está menguando, efecto que con el tiempo acaba por hacerle famoso. Cuando ya está viviendo en una casita de muñecas, tiene lugar una escena terrorífica, en la que el gato le persigue hasta que termina cayendo en el cesto de la ropa. Ahí comienza el verdadero drama, su mujer regresa de los recados y deduce que se lo ha comido el gato. Está sólo; para ella y por tanto para el mundo, ha dejado de existir. Comienza un peregrinaje de supervivencia, al más puro estilo de Robinsón Crusoe, en el que el protagonista se las tiene que ingeniar para enfrentarse a situaciones tremendas sin la más mínima esperanza de ser rescatado, ya que continúa menguando. Trepa por enormes escalones, lucha contra una araña “gigante” armado con una aguja, huye de las gotas de agua hirviendo que saltan de la tetera, come el queso de las ratoneras y duerme en una caja de cerillas. Finalmente consigue escapar al jardín, donde ya es demasiado pequeño para que podamos verle. Mientras nuestro pequeño héroe, menguando hacia la nada termina su relato, la cámara mira al cielo cubierto de estrellas. Entonces piensa que lo infinitesimal y lo infinito, están más cerca uno de otro  de lo que había imaginado. Sorprendentemente es un momento de serenidad, aceptación y dignidad. Tras el trauma, la humillación y el cinismo que ha sufrido no sólo regresa a sí mismo, ha trascendido a lo que le ha ocurrido.


Durante la primera parte no sabemos por qué asistimos a su historia. Cuando el protagonista en su desesperación comienza a escribir, descubrimos que se trata de un diario. Stern señala que hay una frase del protagonista que llamó su atención: “le estaba contando mi vida al mundo” lee el hombrecito en su diario “y al contarlo resultaba más fácil”.


El hecho de que la narrativa juega un papel natural en el proceso de dar significado a nuestra vida ha sido señalado por muchos autores (Bruner 1986, 1990, 2002; Ferro 2002, 2005, 2006; Polkinghorne 1998; Ricoeur 1977, 1981; Sarbin 1986; Schafer 1983, 1992; Spence 1982) quienes dicen que al organizar nuestra experiencia en episodios secuenciales significativos, damos forma a nuestro significado personal.


Pero Stern opina que esto, que es obvio intuitivamente, no es suficiente. ¿Qué hace realmente el diario por su autor? ¿Por qué le ayuda a contar su historia? ¿Cómo le ayuda? Nos da las siguientes respuestas:


Antes de construir su historia en los términos explícitos del diario, se había convertido en un objeto de su propia vida, una figura que sufría una serie de acontecimientos caóticos e incomprensibles sin razón aparente y con escasa  emocionalidad. Encontrar significado para aquello que había sentido como  absurdo, la indefensión y la desesperación, le confirió agencia y por tanto dignidad. Era de nuevo un sujeto creando su historia, su mundo experiencial.


Al escribir el diario, el hombre menguante crea también una relación con unos otros imaginarios que sirven como testigos de aquello que les cuenta. La película, a pesar de sus defectos, nos atrapa en parte porque reconocemos en algún punto la ayuda que este witnessing[1] le ofrece al convertirnos en sus testigos.


En el siguiente apartado aborda lo que significa tener y ser un testigo.


Witnessing[2]


Las primeras nociones del significado de witnessing proceden de los estudios sobre trauma. En ellos se considera un prerrequisito esencial para ser capaz de narrar la propia experiencia. Es en el impacto del trauma donde se observaron los efectos más dañinos de la ausencia de un testigo: sin testigo, el trauma se disocia, una vez que la persona aislada que sufrió el trauma consigue un testigo, la experiencia del trauma resulta más fácil de conocer, de sentir y de ser pensada.


Sin embargo, en este trabajo Stern empieza a hablar del fenómeno del witnessing como parte de la rutina cotidiana, la experiencia no traumática que comienza en las etapas más tempranas de la vida. Según Fonagy, Target y colaboradores (2002), nos desentrañamos a nosotros mismos a través de los otros. Los cuidadores identifican determinadas sensaciones y deseos en el bebé y le tratan conforme a los mismos. Esto comienza a organizar el mundo del niño en términos de narrativa y los estados del self comienzan a ser coherentes con estas historias tempranas.


Aprendemos que tenemos hambre porque el otro nos alimenta cuando tenemos un determinado estado incómodo, y aprendemos que estamos tristes porque el otro nos consuela en un momento en el que tenemos un estado diferente, angustioso y así empezamos a generar una historia asociada al sentimiento: “tengo hambre”, “estoy triste”.


También cita a Sullivan (1940, 1953), quien en esta línea, escribió que nos conocemos a través de las apreciaciones que nos reflejan.


A lo largo del desarrollo vamos adquiriendo la habilidad de formular nuestra propia experiencia, internalizando la capacidad que primariamente perteneció a nuestros cuidadores. Pero parafraseando a Winnicott el autor dice que no dejamos atrás la necesidad de reflejarnos en los ojos de nuestra madre, esta necesidad tan solo se hace más sofisticada.


Puede que ya no necesitemos al otro para mostrarnos el significado de nuestra experiencia. Pero para conocerla en términos reflejos, para ser capaces de no solo construir narrativas sino también de ser conscientes de las narrativas que construimos, necesitamos sentir que existimos en la mente del otro, que nuestra existencia tiene cierta continuidad en ella. Necesitamos sentir que el otro, en cuya mente existimos, es emocionalmente sensible a nosotros, que le importa lo que experimentamos y cómo nos sentimos al respecto (Bach 2006; Benjamin 1998, 1990, 1995). A esto dice referirse Stern con tener un testigo.


Nuestro testigo es nuestro compañero de pensamiento. Aquí el autor se detiene y en una nota a pie de página, puntualiza el término pensamiento. Pensamiento no es lo mismo que racionalidad. El pensamiento es creativo y efectivo sólo cuando está profundamente imbuido de sentimiento (Damasio 1994). Hace esta aclaración para explicar que cuando se refiere a “compañeros de pensamiento” quiere referirse a ambos, racionalidad y sentimiento.


El testigo, no es una presencia única, se compone de partes de la mente propia, de la del otro y de ambas simultáneamente. Es el estado (s) del self y/o del otro que uno imagina que se adapta mejor al propósito de acompañar en el momento que surge la necesidad. Se necesita la internalización de una figura parental amorosa que capta y conoce la propia continuidad para desarrollar la capacidad de ser testigo, pero no es suficiente. Este es el comienzo, pero luego se convierte en una amalgama cambiante de historia, fantasía y realidad actual. Se trata de una función más que de un estado de la mente. Dentro de los límites que impone la experiencia propia, cambia constantemente con los acontecimientos: la selección de determinadas partes de uno mismo y del otro reclutadas para ser testigo en cada ocasión, dependen de dicha ocasión. No solo el testigo fluye de este modo, el sujeto también.


Testigo es aquel al que imaginamos, conscientemente o sub rosa, escuchando. Construimos lo que conocemos de nosotros mismos identificándonos con el otro y escuchando a través de él lo que estamos contando (incluso aunque el otro sólo exista en nuestra mente).


Esto es exactamente lo que hacen los psicoanalistas: escuchan a los pacientes de un modo que a éstos les permita escucharse a sí mismos. Stern recoge en una nota a pie de página, una serie de ejemplos de autores que reconocen este punto de algún modo y subraya particularmente a Winnicott.


Nos propone que pensemos en la cantidad de veces que uno se sorprende a sí mismo, a cualquier hora del día, imaginando que le cuenta algo a su analista y aludiendo a su propia experiencia de análisis, señala cómo muchos de estos relatos no llegan a sesión.


También nos recuerda cómo este diálogo se establece ya en la cuna, cuando al final de la jornada escuchamos al bebé “hablando” animadamente, organizando la experiencia del día. En un estadio en el que el self y el otro no son todavía partes conscientes y coherentes de la experiencia, el bebé habla a sus primeros testigos: los padres. Pero, dice Stern, padres internalizados, a través de los cuales imagina que se escucha a sí mismo, probablemente como parte del proceso de la creación del self.


El diario del hombre menguante, como en el caso del bebé, es un relato explicito para una audiencia imaginaria, y aquí el autor puntualiza que las audiencias imaginarias son muy frecuentes pero el relato explícito no lo es. Stern nos está hablando de un tipo de relato implícito que le permite a uno escuchar sus propios pensamientos y que tiene lugar entre brumas, de forma poco específica, rara vez percibida, salvo en los estadíos previos al sueño de la vida adulta (quizás, dice Stern, como un vestigio de los días de cuna) o en momentos de soledad en los que a veces nos damos cuenta de que estamos formulando pensamientos como si fueran dirigidos a un otro poco definido.


La mayor parte del tiempo, el pensamiento se desarrolla como si lo estuviéramos contando y como si estuviéramos siendo escuchados y luego escuchándonos a nosotros mismos. Para que esto ocurra debemos ser lo suficientemente afortunados de haber tenido unos padres que nos hayan capacitado para creer que existen otros (especialmente otros imaginarios) que son presencias con continuidad,  interesadas en conocer nuestra experiencia (Bach 2006; Benjamin 1988, 1990, 1995).


Cuando la vida es cruel, arbitraria, o vacía de significado, uno se ve abocado a no ser consciente de relato alguno, el afecto se aplana o se reduce. La vivencia hiere lugares de la mente, partes dañadas del self, precisamente aquellas que más necesitamos proteger. No obstante, su influencia en el devenir cotidiano pasa desapercibida hasta que ocurre algo que nos permite ver que alguien reconoce el dolor que nosotros hemos sido incapaces de conocer y sentir. Conocer nuestra experiencia disociada a través de lo que imaginamos que son los ojos del otro es sinónimo de crear un nuevo significado. Cuando aparece una nueva narrativa coherente, tiene lugar un despertar. Se trata de un despertar del dolor pero, en los casos afortunados, también del alivio. Ambos, dice Stern, dolor y alivio, iluminan la ausencia previa de sentimiento.


Esto es lo que le ocurrió al hombre menguante escribiendo su diario, contando su experiencia a una audiencia imaginaria: contactó con su vitalidad disociada y la convirtió otra vez en parte de la mente que él identificaba como “yo” (en este punto, el autor señala que los testigos imaginados pueden ser tan efectivos como los reales y nos emplaza en el futuro para explorar las diferencias entre ambos).


Muy bien, el diario permitió al protagonista conocer su historia ¿Y qué? Nos pregunta Stern. ¿por qué seguir viviendo? ¿por qué no suicidarse? ¿no lo haría yo en su lugar?


Si recordamos cómo termina el epígrafe anterior, son preguntas similares a las que llevan al autor a hablar del fenómeno witnessing.


En esta ocasión responde desde el lado del testigo, evocando su experiencia infantil con la lectura de Robinson Crusoe. Stern nos cuenta cómo sintió que la narración llegó a hacerle sentir que se encontraba en la isla con el náufrago, que corría las mismas aventuras y compartía cierta intimidad con él. Recuerda maravillarse de cómo Crusoe podía arreglárselas para vivir de forma tan solitaria y haber pensado, aun siendo un niño, que el diario debía haber hecho que Crusoe se sintiera menos sólo.


Crusoe y el hombre menguante crearon compañeros de pensamiento, otros imaginarios con quienes compartir su vida. Todos creamos compañeros imaginarios constantemente pero, en la vida sin embargo, los otros de carne y hueso son tan omnipresentes y las historias se unen de forma tan desapercibida que tanto la importancia de la narrativa como el papel de los testigos en su creación, son mucho más difíciles de apreciar. El proceso recíproco de darnos consuelo que forma parte de ser testigos unos de otros se mantiene de forma inadvertida,- y aquí Stern lo compara con el conocimiento relacional implícito[3] del Boston Change Study Group (2002, 2005, 2007, 2008; D. N. Stern et al. 1998)- hasta que el flujo se interrumpe y nos obliga a asistir a la ruptura de nuestra confianza en la presencia de la respuesta emocional del otro.


Stern cierra este epígrafe citando a Richman y su trabajo sobre el trauma (2006) “Transformando el trauma en narrativa autobiográfica”. Compara la frase ya citada del hombre menguante (“Se lo estaba contando al mundo y al contarlo resultaba más fácil”) con las palabras de Richman:


Compartiendo la creación con el mundo, hay una oportunidad de salir del escondite, de encontrar testigos para lo que se ha sufrido en solitario, y de empezar a superar la sensación de alienación y aislamiento que son la herencia de los supervivientes del trauma. (Richman 2006, p.644)


 Stern recoge dos citas de referencias de Richman, las memorias de la vida de su padre en un campo de concentración (Richman 2006, p.646) y una entrevista en televisión a Joan Didion sobre el libro que escribió tras la muerte de su esposo (Richman 2006,p.648). Ambas para ejemplificar que los testigos pueden ser imaginarios y que escribir puede hacer la experiencia traumática real y coherente.


Libertad narrativa y revelación continuamente productiva


Generaciones de psicoanalistas han aceptado que es el contenido de lo que dicen a sus pacientes- esto es, la interpretación clínica- lo que produce cambio. Stern comparte otra visión con diversos autores: el verdadero trabajo ya está hecho en el momento en el que aparece una nueva historia. Destaca a Mitchell (1997) entre aquellos que entienden la interpretación como algo relacional. “Las interpretaciones funcionan, cuando lo hacen… (porque) el paciente las experimenta como algo nuevo y diferente, algo que no se ha encontrado previamente” (p.52). Pero explica que en este trabajo, él pretende argumentar que la aparición en el tratamiento de un nuevo contenido mutuamente aceptado, no es habitualmente el instrumento de cambio sino más bien la señal del cambio que ha tenido lugar. La importancia de una nueva comprensión –tanto si la ofrece el paciente como el analista- no es tanto su nuevo contenido como la libertad que revela al aparecer en el espacio terapéutico, libertad para sentir, relacionarse, ver y hablar de un modo diferente. Esta podría ser la explicación a lo observado en pacientes veteranos, que aun teniendo la seguridad de que el tratamiento salvó o renovó sus vidas, recuerdan pocas interpretaciones del analista. Lo que se recuerda de un tratamiento exitoso no son tanto las palabras o ideas del analista, como algo relacionado con la aparición de esa libertad, algo sobre cómo se sintieron los momentos importantes, algo sensorial, perceptual y afectivo. La nueva historia no crea el cambio pero da forma al modo en el que nos lo representamos.


Pero Stern reconoce que, si bien cree que se han exagerado los efectos de la interpretación en el cambio, no quiere cometer la misma exageración en sentido opuesto. Admite que cada nueva historia no es únicamente la señal del cambio, sino que también ayuda a provocar la siguiente ronda de curiosidad, y así abrir una nueva libertad narrativa y las historias que vienen a continuación. Cada nueva historia pertenece a la nueva generación de acontecimientos clínicos.


Los pacientes pueden no recordar los acontecimientos de su tratamiento en términos narrativos, pero la memoria de la narrativa no es el mejor indicador de la influencia de la misma. Los cambios afectivos que ocurren en el tratamiento, se reflejan en nuestro modo de recordar el pasado, crear el presente e imaginar el futuro. Es en estos efectos donde vemos la influencia más profunda de las nuevas historias.


En términos del autor, sin narrativa, el afecto sería caótico y a la deriva, tan informe como una carpa colapsada; sin afecto, la narrativa sería seca y vacía de significado.


Vemos en la nueva libertad narrativa una capacidad más profunda de paciente y analista para morar el uno en la mente del otro, para servirse mutuamente como compañeros de pensamiento.


Finaliza este apartado explicando cómo esta nueva libertad narrativa produce la sensación de una continua revelación productiva en el análisis, que habitualmente fluye agradable para analista y paciente. El primero se siente útil, valorado y capaz y el segundo se siente ayudado. La implicación inconsciente del analista con el paciente está presente pero rara vez es problemática. Sirve como contribución, más que obstáculo, permitiendo al analista ofrecer un ámbito de trabajo en la experiencia del paciente diferente al que éste había emprendido, una nueva visión que suele ser recibida como útil por el paciente.


La revelación productiva continua es según el autor, a lo que Hoffman (1998) se referiría como el interjuego sin constricciones de ritual y espontaneidad, lo que Knoblauch (2000) y Ringstrom (2001, 2007) llamarían improvisación en la cualidad relacional terapéutica y lo que Winnicott (1971b), la fuente de este concepto, llamaría juego.


“No-yo”


Frente a este suave y productivo proceso clínico existe otro más turbador e incluso a veces destructivo, que tiene lugar cuando la experiencia evocada en la mente bien del paciente, bien del analista o de ambos, es no tolerable. Aclara Stern el concepto “no-yo” diciendo que se refiere a cuando el estado que amenaza con surgir en primer plano y dar forma a la conciencia, no es reconocible como uno mismo (Bromberg 1998, 2006; D.B. Stern 2003, 2004, 2009c; Sullivan 1940, 1953) y en la vida cotidiana existe sólo en la disociación.


El no-yo, no ha tenido acceso a la conciencia, no ha sido simbolizado, es una organización de la experiencia vagamente definida, un estado afectivo primitivo, global no ideativo. No existe dentro del self porque no se le ha permitido coagular en uno de sus estados.


La amenaza de que el no-yo irrumpa en la conciencia pone en peligro la sensación de ser la persona que soy, dice Stern. A continuación relaciona su trabajo sobre disociación y el no-yo no formulado con el de Bromberg (1998,2006), con el de Bion (1962,1963) sobre el funcionamiento beta y los elementos beta, y el de Green (2000) sobre la no representación.


El no-yo origina la experiencia de haber sido objeto del poderoso sadismo del otro como respuesta a un miedo insoportable a la humillación. Uno vuelve a sentirse, aterrorizado, condenado, desesperanzado… y el autor se extiende en la descripción de los estados afectivos que siguen en esta línea, hasta el deseo de la autodestrucción o la destrucción del otro. Uno no puede volver a sentirse esa persona, porque cuando lo fue, la vida era insoportable. Si el no-yo entra en la conciencia, uno es esa persona.


Termina diciendo que cada personalidad encierra un no-yo aunque, por supuesto, el grado de trauma que se ha sufrido varía enormemente. Para los que el trauma ha sido severo y su vulnerabilidad inmanejable, la irrupción del no-yo puede ser catastrófica. Para los menos turbados, la consecuencia es, cuando menos, lo suficientemente horrible como para ser evitada.





 


Enactment: Una ilustración


Cuando los acontecimientos del proceso clínico evocan al no-yo, la revelación continua es reemplazada por algún tipo de enactment. Stern ilustra esto con una viñeta.


Cuenta cómo estaba aprovechando los minutos de retraso de un paciente para comer algo, y una vez llegó el paciente, se demoró unos segundos para terminar su tentempié. Le encontró de pie en la sala de espera, lo que interpretó como impaciencia por entrar a sesión . En un intento defensivo por evitar la autocrítica (Stern comenta que esta reflexión es retrospectiva), se dijo implícitamente: “Vale, por el amor de dios, el paciente se retrasó. ¿Qué hay de malo en usar ese tiempo como me parezca?” Sin embargo, era consciente de que le estaba recibiendo con menos calidez de lo habitual.


El paciente, debido a la relación con un padre demandante y fácil de decepcionar, era intensamente vulnerable a la humillación. Siempre había tenido que luchar con el peligro de ser un niño despreciado, y no podía ser ese niño. Sus maniobras defensivas habituales (asegurarse de no decepcionar o provocar al terapeuta, o evitar cualquier posibilidad de enfrentarse a esta clase de severa evidencia de su desprecio) no eran aquí de  utilidad alguna. El último dique defensivo, dice Stern, cuando el no-yo es inminente, es la interpersonalización de la disociación o enatcment: “Yo no soy despreciable, tú eres despreciable” y eso fue lo que hizo el paciente. Cuando Stern parecía genuinamente interesado, sólo lo aparentaba, en realidad no le importaba. Empezó a citar momentos del análisis que ahora significaban que Stern no era lo suficientemente bueno y que debería haberse dedicado a algo en lo que sus limitaciones no pudieran dañar a los que servía.


Stern refiere que estaba sintiendo la vergüenza que el paciente deseaba tanto evitar aunque, continúa, en aquel momento aún se encontraba lejos de comprender esto y por tanto dijo algo reclamando su inocencia. Entonces se dio cuenta de que sonó defensivo.


Llegados a este punto, define dos escenarios:


El primero (y lo que ocurrió, como veremos más adelante), es uno en el que el analista se enfrenta a su propia reacción emocional y a continuación de la respuesta defensiva (que es la que más probablemente todo el mundo tiene inicialmente ante una acusación), busca una respuesta terapéuticamente facilitadora para el paciente.


En un segundo escenario, también frecuente, el estado disociado del paciente hace intervenir a un estado disociado o no-yo del analista que sucumbe a la potente sensación de yo no estoy haciendo nada problemático, es sólo que el paciente es terriblemente sádico. Estos enactments mutuos pueden prolongarse por largos periodos y a menudo suponer una auténtica amenaza para el tratamiento (D. B. Stern 2003, 2004, 2008, 2009b, 2009c).


Enactment, Witnessing y Narrativa


El enactment en estas dos modalidades (con o sin la participación disociativa del analista) interrumpe la capacidad de cada persona de servir como testigo a otra. El paciente, pierde la capacidad de permitir al analista ser su compañero de pensamiento. Y no solo eso, según el autor, también pierde temporalmente el deseo y probablemente, la capacidad de ser el compañero de pensamiento del analista. Cuando este último además responde con la disociación recíproca, la situación es más problemática y más difícil de resolver. La creación espontánea de narrativa sufre un frenazo.


Un modo de definir los estados de self es como narrativas: cada estado es una historia siempre cambiante. Nuestra libertad para habitar muchos estados simultáneamente, es lo que proporciona a las historias que expresan el modo en que nos conocemos y conocemos a los otros, la plasticidad de cambiar con las circunstancias. Los múltiples estados que conforman el “yo” no sólo participan en modelar las circunstancias de la vida, sino que en el proceso son asimismo remodelados.


Pero el no-yo no puede ser contado. Permanece mudo existiendo en la disociación. En la situación que se genera en el enactment, ni el paciente ni el analista pueden narrar lo que se transpira, mutuamente solitarios, desconocen el significado de la transacción y los sentimientos y percepciones que la componen. Los acontecimientos permanecen codificados en términos procedimentales, en acción. Si el no-yo ha de aparecer en nuestra capacidad de contar, el self de aquel que disocia, debe expandirse de algún modo para acomodarse a él, tomar contacto con él.


A continuación Stern nos cuenta cómo resolvió la situación con su paciente.


Su actitud defensiva frente a las acusaciones del paciente se hizo evidente, dice, para él y probablemente para su paciente, pero no respondió con una disociación recíproca. Hizo alusión a que dichas acusaciones le habían cogido inicialmente por sorpresa, sin saber a qué venían y que ahora se preguntaba si tal vez, tenían relación con algo que había sentido durante la sesión anterior o al llegar a la sesión actual. Y le pregunta al paciente (cito textualmente): “¿Reparaste en algo que dije o hice? Porque yo sí. Puede que no sea importante pero yo me di cuenta de que no te recibí como habitualmente hago”.


En lugar de sucumbir al enactment y la disociación, pudo considerar la posibilidad de que había jugado un papel a la hora de que las quejas del paciente se pusieran en marcha. Como el paciente no tenía más opciones que actuar desde su propio proceso disociativo, el terapeuta en lugar de cerrar las posibilidades narrativas, regresó a la curiosidad, abierto a lo que pudiera surgir en su mente.


Al percibir el paciente que él ya no se sentía amenazado, mostró interés por su incursión aunque todavía con cierta suspicacia: “Bien, pero entonces ¿por qué te pusiste a la defensiva?” refiriéndose a la respuesta de Stern a sus acusaciones. Stern respondió de nuevo desde su recolocada estabilidad, que ciertamente pensaba que había sido defensivo y que a menudo resulta difícil para cualquiera no serlo, cuando se enfrenta a críticas duras.


El paciente se suavizó y empezó a buscar una respuesta sensible a lo que Stern había dicho. Pudo reconocer que su recibimiento del día anterior le había dolido. Experimentó un episodio en el que su certeza de que era una carga para el terapeuta y de que el aprecio de éste no era genuino, se descartó. Esto no era un significado cognitivo primario para él. Pudo sentir o percibir cómo era para el terapeuta acompañarle en el transcurso de sus acusaciones, pudo sentir la confianza de que el otro se sintiera herido o enfadado con él sin perder la continuidad de los sentimientos afectuosos por él o perdiéndola solo brevemente. De manera modesta pero crucial, el paciente era alguien distinto a quien había sido.


En los meses siguientes, en situaciones parecidas, pudo escuchar imaginativamente, a través de la escucha del terapeuta, sus propios sentimientos de ser una carga y en el proceso esas experiencias ganaron realidad por un lado y se hicieron menos vergonzosas y más soportables por otro. Stern añade que él también se sintió más capaz de ejercer witnesing con el paciente, y todavía más, de experimentar de un modo diferente la capacidad del paciente de ejercer witnesing con él: por ejemplo, por fin aceptaba las reacciones de Stern a sus críticas.


Ni el insight rompe la disociación, ni la comprensión verbal disuelve los enactments. La interpretación, dice Stern, no es la intervención clave del analista. El enactment se acaba como resultado de un cambio en el afecto y la cualidad de la relación, que provoca un cambio en las percepciones (y los relatos) de cada participante acerca del otro y de sí mismo (D.B. Stern 2003, 2004, 2008, 2009b, 2009c). El insight en este nuevo escenario, cuando juega un papel, aparece más tarde. A menudo, la reconstrucción histórica aparece después del nuevo relato y puede ser muy útil. Pero la acción terapéutica reside en convertirse en una persona diferente, habitualmente de una forma discreta en el aquí y ahora. Al retroceder el enactmet, el tratamiento regresa a la revelación continuamente productiva y vuelven a descubrirse nuevas narrativas en el espacio analítico. Stern cuenta que los nuevos relatos que fueron narrando su paciente y él al avanzar, eran cada vez más a menudo sobre el niñito despreciable.





 


Volviendo a los náufragos


Si el analista es tan crucial para el paciente ¿cómo entendemos a Crusoe y al increíble hombre menguante? Ellos no tenían analista ni relación alguna (Crusoe a Viernes   durante unos capítulos). En este epígrafe, Stern explica que aunque los creadores de estos personajes sugieren que ellos crecen y cambian a pesar de sus circunstancias, no es un error ni contradice el hecho de que somos seres profundamente sociables. Por el contrario, son un claro ejemplo de nuestra necesidad de witnesing, es más, esto parece una constante en las historias de aislamiento y añade dos ejemplos.


El primero es la relación que el personaje de Tom Hanks establece con una pelota de volley en la película El Náufrago, a la que pinta una cara y bautiza como Wilson (la marca de la pelota). Recuerda la desgarradora escena en la que tras años de amistad con Wilson, se desespera intentando rescatarle de las olas y se queda llorando y pidiéndole perdón, mientras ve desaparecer a la pelota en el mar, desde su balsa.


Añade otro ejemplo real de un hombre japonés que murió sólo, de hambre, sin que nadie supiera de su soledad y de su muerte. En las últimas líneas de su diario decía: “Este ser humano no ha comido en 10 días pero todavía vive. Quiero comer arroz. Quiero comer una bola de arroz (un tentempié típico)”. ¿Habría usado la tercera persona (este ser humano) si realmente  imaginara que se dirigía sólo a sí mismo? Incluso a las puertas de la muerte, conservaba el deseo de escucharse a través de los otros.


Para conocer nuestra experiencia, pensarla y sentirla, necesitamos contar las historias de nuestras vidas, y necesitamos contárselas a alguien a quien le importe, escuchándonos a nosotros mismos al tiempo que narramos. Si tenemos que crear una audiencia, que así sea, dice Stern. Nuestra necesidad es tan profunda que a veces nos basta con imaginarlo.


El witnessing hacia uno mismo


Estamos familiarizados con la idea de una conversación interna entre partes de nosotros mismos. Si esto es posible, ¿puede ser que una parte sea testigo (desde el concepto del witnessing) de otra? Richman (2006) y Laub (1992a, 1992b, 2005; Laub y Auerhahn 1989) creen que sí.


Laub sugiere que el trauma psíquico masivo, al dañar los procesos de asociación, simbolización y formación narrativa, también lleva a una ausencia de diálogo interno, curiosidad, reflexión y auto-reflexión. La responsable de esta devastación para Laub es la destrucción del buen objeto interno del otro empático interno (Laub y Auerhahn 1989), compañero en el diálogo interno y la construcción narrativa.


Laub cuenta la historia de un niño, Menachem S., que logró sobrevivir al holocausto en un campo de trabajo y milagrosamente encontró más tarde a sus padres. Pasó la guerra hablando y rezando a una fotografía de su madre que había guardado. Su madre había prometido volver y recogerle después de la guerra y él no dudó ni por un momento de su promesa. Pero los padres a los que encontró tras la guerra, no eran los que recordaba, estaban emanciados, terriblemente deteriorados. El niño, habiendo sobrevivido a la guerra, entonces se desmoronó. Escribe Laub que, al recuperar a su madre real, el niño inevitablemente perdió al testigo interno que había encontrado en su imagen.


Richman (2006) describe la presencia interna a la que le escribía durante el tiempo que estuvo trabajando en sus memorias (2002) sobre su infancia como niña escondida durante el Holocausto.


“El otro internalizado (el lector proyectado) era una presencia amorfa sin características distintivas, pero parecía un observador interesado, un testigo, alguien que quería saber más de mí y de mi vida. Quizás la presencia amorfa representaba a mi madre, mi primera lectora-audiencia, que vivió para oír mis trabajos del colegio y recibió mis escritos con sincera admiración” (2006, p.645).


Algo de este orden les ocurre a los náufragos descritos, dice Stern, a los bebés en sus cunas y a todos nosotros gran parte del tiempo en el día a día, no es una experiencia excepcional, pero es la soledad forzada de los náufragos lo que convierte al proceso del witnesing en un gran alivio.


Igual que el otro empático interno de Laub puede ser destruido por el trauma, dejamos de ser capaces de invocar al testigo interno imaginario cuando la experiencia que debemos presenciar toca partes de nosotros que duelen o nos asustan demasiado como para reconocerlas, o que están dañadas de un modo tan esencial para nuestra configuración, que la conciencia de las mismas amenaza al resto de la personalidad. En otras palabras, dice Stern; el testigo interno imaginario se vuelve inaccesible cuando el witnesing es para el no-yo. Y esta es precisamente la parte de nosotros mismos que, si se trata de crecer, tenemos que aprender a tolerar y conocer de algún modo. En estos casos es crucial tener un testigo fuera de nuestras mentes. En estos casos no sólo nos beneficiamos de acudir a un psicoanalista, lo necesitamos.




Conclusiones


Para Stern existe  una posición en que la acción terapéutica gira en torno a la creación, a través de la interpretación objetiva del analista basándose en su teoría de preferencia, de una nueva narrativa, más inclusiva, más coherente y más ajustada a su propósito. Más allá de la flexibilidad en la forma en que cada analista trabaje, el psicoanálisis clínico se define por su técnica, y su técnica, de una forma u otra, por la forma en que se emplee la interpretación. Sin cuestionar el hecho de que existan significados ocultos al paciente en lo que cuenta a su analista, Stern se alinea, junto a psicoanalistas de las corrientes relacional o interpersonal, en cuanto que la relación analista-paciente es de influencia inconsciente mutua de forma continua. No consideran que ni paciente ni analista tengan un acceso privilegiado a los significados de su propia experiencia.


Para Stern, la fuente del cambio (también del que producen las nuevas narrativas) procede de la expansión del self que supone la nueva libertad adquirida para experimentar. Dicha libertad se crea, en opinión de Stern, a través de los eventos que acontecen en la interacción clínica y que sólo están parcialmente bajo control consciente.


Nuestros mayores logros clínicos –dice Stern- no son las interpretaciones ni las historias que conllevan, sino la ampliación del rango dentro del cual analista y paciente se vuelven capaces de ser testigos el uno del otro. Este nuevo reconocimiento de cada uno por el otro es el producto de la resolución de los enactments y las disociaciones subyacentes en ambos, y la capacidad resultante de analista y paciente de vivenciar más plenamente la experiencia del otro.


Más adelante señala, “A medida que la disociación y los enactments disminuyen, paciente y analista son de nuevo compañeros de pensamiento, y ahora la amplitud de su acompañamiento ha crecido.”Concluye Stern: “Sin negar por un momento la necesidad de una conceptualización o disciplina técnica cuidadosas, pretendo que lo que he dicho sirva como un argumento contra la posición de que el psicoanálisis clínico puede ser definido por cualquier especificación de la técnica. El psicoanálisis es más bien una forma muy particular en la que una persona puede serle de ayuda a otra”.


Comentario personal:


Reflexionando sobre cuál fue el mayor atractivo de este artículo, tengo que reconocer que se trató del título.


El término compañeros de pensamiento (y de emoción como aclara Stern), resonó con el interés por la “especificidad” de la diada analista-paciente, ese factor impreciso y quizás menos intuitivo de lo que pensamos que, entre otras consideraciones (económica, orientación, personalidad*Kite J.V. 2008 etc), nos lleva a pensar en un colega y no en otro, cuando queremos derivar un caso.


Cuando continué leyéndolo me atrapó, como al autor, el recuerdo de la película de serie B, completamente borroso pero muy asociado a la infancia y a las primeras angustias sobre lo infinitesimal y lo infinito. Definitivamente, este ameno abordaje de Stern del concepto del witnessing (*Polland W.S. 2000, Seiden H.M. 1996, Ullman C 2006)  asociado a otros como enactment, libertad narrativa, no-yo y revelación continuamente productiva me pareció tan rico que acabó por decidirme para elegirlo. Creo que todos podemos identificarnos con esa sensación de fluidez y productividad que tiene lugar en periodos privilegiados del análisis y la apertura de estos accesos podría enlazar con el concepto de “Momentos de Alta Receptividad” (de Iceta, 2008) en proceso de perfilarse pero atractivo, como un posible semáforo en verde del timing.   


En los dos ejemplos de diarios ficticios (Crusoe y El increíble hombre menguante) así como en los dos casos reales que menciona en el trabajo (Richman y Didion), Stern alude a la validez de los testigos imaginarios y dedica un epígrafe al testigo interno imaginario. Quizás cuando uno escribe un diario, elimina el riesgo del enactment y la disociación de un posible terapeuta. Quizás se trate de otro tipo de libertad narrativa. Stern habla de la necesidad de un testigo externo cuando aparece el no-yo, cuando el dolor impide acceder al testigo interno imaginario. Entonces debemos “salir” en busca de un psicoanalista. Todos conocemos ejemplos de pacientes que, tras haber contado su trauma una y otra vez, no lograron encontrar alivio hasta sentir que habían dado con alguien que sí podía ser testigo y con quien co-construir una nueva narrativa. ¿Tiene esta especificidad de la capacidad de witnessing relación con una especificidad del terapeuta? ¿Elige el paciente al testigo válido? Por el contrario, ¿Se trata de un emparejamiento más aleatorio? ¿Es testigo válido aquel al que el sujeto tiene acceso cuando siente la necesidad, del mismo modo que algunos deciden escribir  para un público anónimo/imaginario, cuando sienten que ha llegado el momento? ¿Se parece más a un testigo imaginario el terapeuta en el diván? ¿Cómo afecta la elección de este encuadre a aspectos procedimentales de la relación vinculados al lenguaje no verbal? ¿Qué paciente se beneficia más de uno u otro encuadre, de un testigo con o sin gestos visibles o imaginados? ¿Hay una mejor conexión inconsciente con un testigo que ha padecido o imaginamos que ha padecido un trauma similar al nuestro?


Tenemos la suerte de trabajar en una época en la que las neurociencias han abierto espacios clarificadores para ir encontrando explicación a lo intuitivo en el terreno de lo interpersonal. El conocimiento sobre las bases neurológicas de lo procedimental continúa creciendo. Trabajos como los publicados sobre las Neuronas en espejo (*Ver en Bleichmar,2001) y la comunicación de cerebro derecho a cerebro derecho (*Schore, 2002) por ejemplo, nos reafirman en la riqueza de herramientas que proporciona la interacción dentro de la relación terapeuta –paciente y en la importancia de sus sutilezas . 


 


Bibliografía


Las citas que aparecen en el texto y no se incluyen en la bibliografía están tomadas directamente del trabajo de Stern.


Bleichmar, H. (2001) La identificación y algunas bases biológicas que la posibilitan. Aperturas Psicoanalíticas, 9. http://www.aperturas.org


De Iceta, M. (2006) Técnica activa y cambio terapéutico. Comunicación Personal. Curso de Formación. Sociedad Fórum de Psicoterapia Psicoanalítica, Madrid.


Kite, Jane V. Ideas of influence:The Impact of the Analist’s Character on the Analisis. The Psychoanalytic Quaterly. Vol.LXXVII, 2008, Nº4: 1075-1105. 


Polland W.S. (2000) The analyst’s witnessing and otherness. Journal of the American Psychoanalytic Association 48: 17-34.


Schore (2002) The right brain as the neurobiological substratum of Freud’s dynamic unconscious. In: The Psychoanalytic Century, ed D. Scharff & J. Scharff. Nerw York Other Press.


Seiden H.M. (1996) The Healing Presence, Part I: The witness as a self-object function. Psychoanalytic Review, 83 (5): 685-693.


Ullman C (2006) Bearing witness: Across the barriers in Society and in the Clinic. Psychoanalytic Dialogues, 16 (2): 182-198.











[1] He mantenido el término en inglés porque tiene un significado más amplio que el de su traducción. En este artículo, quien ejerce el witnessing no sólo es testigo de otro, además tiene un efecto transformador en él que le ayuda a construir algo nuevo desde el dolor en lugar de quedarse atrapado en el mismo. 





[2] Junto a las referencias sobre el concepto de witnessing proporcionadas por Stern en el trabajo, pueden ser de interés los trabajos de Polland (2000), Seiden (1996) o Ullman (2006).



[3] Implicit Relational Knowing