Diversidad Sexual. Cuestionario a Emilce Dio Bleichmar

Publicado en la revista nº038

Autor: Dio Bleichmar, Emilce

[Publicado en: Zelcer, B. (comp.) Diversidad Sexual. Buenos Aires: APA Fondo Editorial y Lugar Editorial, pp. 207-220. Publicado en Aperturas Psicoanalíticas con autorización de la APA]



1. En las reflexiones sobre nuestra práctica actual algunos marcos teóricos consideran que el valor que se le da a la sexualidad, en la organización psíquica y en los análisis, ha disminuido. ¿Qué opina usted al respecto?


El edificio freudiano y posfreudiano se cimenta en considerar como único motor del psiquismo al deseo sexual y su inicio a partir de la experiencia de satisfacción. En el escenario de autores contemporáneos podemos constatar un significativo avance en las concepciones sobre la psicogénesis en torno a una perspectiva modular del psiquismo. El psicoanálisis ha sufrido un giro significativo en las últimas décadas orientándose crecientemente hacia sistemas dinámicos complejos no lineales que guarden coherencia tanto con las investigaciones empíricas, con modelos constructivistas del desarrollo y con hallazgos en neuro­ciencia, cuyas investigaciones -lo que es importante resaltar- se con­vierten en un aliado fecundo del psicoanálisis. Estudios que muestran más específicamente la localización anatómica diferencial para distin­tos tipos de emociones, para el reconocimiento de caras que expresan distintos estados afectivos, para los distintos tipos de memoria, así como la diferencia entre afecto e idea, entre el significado cognitivo y la respuesta emocional como separables. La idea freudiana de que es distinta la carga de afecto de la idea, del significado semántico de esta ahora obtiene su comprobación y fundamenta la organización modular del psiquismo.


El principio de la modularidad ha dinamitado la idea de la existen­cia de un centro integrador de la experiencia. El psiquismo humano depende de varios sistemas que trabajan en paralelo a través de diferentes niveles de organización y no de un único sistema. De modo que modelos que hacen su centro en la libido, la agresividad, el falo, el complejo de Edipo, o sea, en una sola línea de desarrollo -la sexuali­dad- quedan superados por sistemas más complejos y abarcativos de motivaciones y estructuras múltiples que funcionan simultáneamente aunque con periodos de dominancias y otros de desactivación.


Se ha propuesto un reordenamiento del punto de vista económico. En lugar de la causalidad reduccionista y el carácter lineal de las pul­siones de vida y de muerte, se reconoce la multiplicidad de sistemas motivacionales además de la sexualidad, como el apego, la autocon­servación, el narcisismo y la regulación psicobiológica que compleji­zan la dinámica conflictiva intrapsíquica e interpersonal (Stern, 1985; Lichtenberg, 1989, Pine, 1992; Westen, 1997; H. Bleichmar, 1997; Sandler y Sandler, 1998).


Otros autores sostienen los afectos como teoría motivacional y la necesidad de repensar el vínculo entre pulsión y afecto (Bowlby, 19ó9; Basch, 197ó; Emde, 1989; Sandler, 1987-1989; Spezzano, 1993). No todo placer es sexual. En 1938, Freud adscribe al yo lo que constituye una función motivacional: el intento de minimizar el dolor y aumen­tar el placer. Por otra parte, no todo displacer es agresividad. Estudios de análisis factorial muestran que rabia y enfado no conllevan el mismo factor de afecto negativo que la tristeza, el miedo, la ansiedad, la vergüenza, la culpa, o el remordimiento (Watson y Clark. 1992:,Wat­son y Tellegen, 1985). En otras palabras, el enojo no se tiende a corre­lacionar necesariamente con afectos displacenteros y no constituye el núcleo de la experiencia afectiva negativa. Para el psicoanálisis. Una de las razones por las cuales esto debiera ser claro es que la agresión puede ser una gran fuente de placer tanto como de displacer y no es la única forma de reacción frente a sentimientos de ansiedad, infelicidad culpa o vergüenza" (Westen, 1997, pág. 523).


Estos desarrollos generan problemas a resolver: ¿la regulación de los estados afectivos -búsqueda del placer/ evitación del displacer- es un mecanismo subyacente a todos los sistemas motivacionales o cons­tituye un sistema en sí mismo?, como lo exponen algunos autores (Lichtemberg, 1989; H. Bleichmar, 1997). Clínicamente, vamos donde están los afectos porque sabemos que en el afecto reside la motivación para evitar, perseguir o crear transacciones.


A su vez, la intersubjetividad se ha estabilizado como paradigma del origen y estructuración del psiquismo a partir de las investigaciones sobre la relación temprana (Stern, 1985 1995; Beebe y Lachman, 1997; Fonagy y Target, 1998), y de las investigaciones longitudinales sobre la transmisión intergeneracional y prospectivas sobre el apego que esta­blecen los fundamentos de la estructura diádica de la mente del infante (Fonagy y col., 1991; Main y Goldwyn, 1994; Waters y col., 1995).


Hallazgos que contribuyen a equilibrar el marcado endogenismo de la concepción pulsional del fantasma y de la proyección, destacándose en cambio el papel que desempeña el adulto y sus mensajes (Laplan­che, 1987, 2007), y, a través de ellos, el inconsciente del otro. La Teoría de la Seducción Generalizada permite situar el cuerpo en la encru­cijada de los intercambios con el otro y el papel crucial del adulto en la erogeinización de mismo. Se comienza a trabajar en modelos del desarrollo que tienen en cuenta los procedimientos relacionales actua­dos tempranos (enactment) que evolucionan en paralelo a los niveles simbólicos y reflexivos a todo lo largo del ciclo vital (Fonagy y Target, 1997), conduciendo al planteamiento de un inconsciente bipersonal (Stern y col, 1998; Lyons-Ruth, 1999).


Dentro de este marco hemos venido trabajando con Hugo Bleich­mar en una propuesta de teoría clínica, el Enfoque Modular-Transfor­macional (H. Bleichmar, 1997, 1998, 1999, 2000; Dio Bleichmar, 2000) que sostiene el principio de la multiplicidad o modularidad de la mente, de varios y distintos sistemas motivacionales, de origen y fun­cionamiento en paralelo a lo largo del ciclo vital, así como también con estrechas y sucesivas articulaciones de las cuales emergen transforma­ciones que generan nuevas dimensiones del psiquismo.


¿Qué debiera ser revisado, o quizá de modo más contundente, reem­plazado en el edificio freudiano a partir del avance del conocimiento sobre el psiquismo humano?


En primer lugar, la concepción de la sexualidad como la única causa de las perturbaciones mentales. No podemos seguir sosteniendo la diver­sidad de condiciones de sufrimiento del ser humano derivadas exclusiva mente de las vicisitudes de la sexualidad infantil, ni tampoco concebir teorías clínicas o intervenciones en las cuales todo sin excepción quede explicado en términos del complejo de Edipo cuando se habla de déficit temprano del vínculo, trauma, ausencia de mentalización, violencia o migraciones. Sobran factores y faltan teorías que los articulen y expli­quen en su incidencia psíquica. La idea de que las neurosis son el nega­tivo de las perversiones se basa en un modelo, por un lado, lineal y redu­cido del desarrollo que no alcanza para explicar la complejidad psíquica, y, por otro lado, en una idea patográfica del desarrollo que nos ha hecho pensar las etapas tempranas como estados psicóticos o perversos.


Existe una suerte de resistencia en el seno del psicoanálisis para ampliar la óptica más allá de la sexualidad. Si la sexualidad es un pla­cer o afecto entre otros, se teme que el psicoanálisis pierda un distintivo de exclusividad. Si el afecto es considerado como el núcleo de la motivación, el concepto del ello definido por su función no es sosteni­ble porque la motivación pasa a ser una propiedad del afecto -y puede ser consciente, inconsciente, primitiva, madura, adaptativa o disfun­cional- siendo mucho más una propiedad del Self que del inconscien­te, y nuevamente las definiciones en torno al psicoanálisis como fun­dado en la represión de la sexualidad quedan desdibujadas. Pareciera que se trataría de una suerte de estrategia de subsistencia frente al amplio y diverso panorama de las diferentes corrientes del psicoanálisis que hacen su centro en otros aspectos: Psicología del Self (Kohut), o los distintos grupos que configuran el enfoque del Psicoanálisis Relacional (Mitchell, Stolorow, Benjamin).



2. ¿Considera usted que la diversidad de presentaciones de la sexua­lidad demanda replanteos teóricos y clínicos?


No menos importante es que para entender en rigor la importan­cia del concepto freudiano de psicosexualidad, debemos introducir en la teoría psicoanalítica el concepto de género indisociable de la sexua­lidad, pero que requiere ser estudiado en su propio dominio, que es el de la estructura del Self o si se quiere del Yo. Si el concepto de pulsión se considera el punto de ruptura con el instinto, ¿no debiéramos de pensar, desde el paradigma de la intersubjetividad y de la prioridad del Otro en la psique humana, que el fantasma de feminidad y masculinidad es un contenido implantado precozmente por el adulto y que el yo es, desde su origen, una representación del sí mismo/a femenino o masculino? Que lo que nos diferencia como humanos no sólo es que no existe correspondencia entre la pulsión y su objeto, sino que hom­bres y mujeres en virtud de una normativa que rige la diferencia entre masculinidad y feminidad valoran, tienen disposiciones y disponibili­dades diferenciales para la vivencia erótica. Todo lo que se ha escrito sobre la sexualidad humana tiene que diferenciarse entre masculina y femenina. En medicina se incorpora día a día una concepción, por ejemplo, de las especificidades por género de distintas enfermedades.


Tener en cuenta el sistema sexo/género permitiría una revisión más comprensiva del Primer Ensayo de Teoría Sexual, cuando Freud se ve en figurillas tratando de explicar "las aberraciones sexuales", "El her­mafroditismo psíquico ganaría en verosimilitud si con la inversión del objeto sexual corriera paralelo al menos un vuelco de las otros propie­dades anímicas, pulsiones y rasgos de carácter, hacia la variante que es peculiar del otro sexo. Pero semejante inversión del carácter solo se encuentra con alguna regularidad en las mujeres invertidas. En los hom­bres, la más plena virilidad anímica es compatible con 4a inversión" (pág. 129). Freud se refiere al homosexual misógino, quien rechaza todo signo epidérmico y contacto con cualquier forma de feminidad. "La más plena virilidad anímica" se refiere al género, es decir, a un hombre que se identifica como tal, se rige por pensamientos y senti­mientos acordes con la masculinidad de su medio, probablemente con apariencia física masculina, pero cuya orientación del deseo es homoerótica. Resalta el comentario sobre las mujeres que cambian también sus rasgos de carácter, o sea su género, hacia la masculinidad. Freud agre­ga notas y notas al pie tratando de ofrecer claridad a algo que continua confuso y que se aclara en un chispazo acordándose del género:


"El problema de la inversión es sumamente complejo y abarca tipos muy diversos de actividad y desarrollo sexuales. Debería trazarse una neta distinción conceptual entre diferentes casos de inversión según que se haya invertido el carácter sexual del objeto o el del sujeto" (Freud, 1905, pág. 132).


En 1920, Freud se vale de Ferenczi para aclarar el tema de la inver­sión. Critica, con razón, que bajo el nombre de "homosexualidad" (que e1 propone sustituir por el más adecuado de "homoerotismo") se con­fundan una cantidad de estados diversos, de desigual valor tanto en lo orgánico como en lo psíquico. Pide que se distinga con claridad al menos entre estos dos tipos: "el homoerótico en cuanto al sujeto, que se siente mujer y se comporta como tal, y el homoerótico en cuanto al objeto, que es enteramente masculino y no ha hecho más que permutar el objeto femenino por uno de su mismo sexo" (ibíd., pág. 133).


Examinando estos fragmentos del primer ensayo nos encontramos con lo que continua siendo, aun en la actualidad, uno de los síntomas de insuficiencia de conocimiento que salta a la vista en la oscuridad y dificultad que encuentra cualquier autor para describir, para presentar la fenomenología de las variables sexuales. Freud "sabia" de tal déficit y exhortaba a su clarificación. Ferenczi lo intentó en su tiempo, pero só1o cuando se incluye el concepto de género -como lo ha hecho Robert Stoller a lo largo de su obra (19ó4-1991) y actualmente reto­mado por Laplanche (2007)- se logra algún grado de elucidación.



3. Frente a la complejidad de lo sexual, ¿podría usted hacernos algún comentario sobre los conceptos de "diferencia sexual " y de "bisexualidad "?


La supuesta bisexualidad biológica en la obra freudiana se aplica sobre todo a la mujer. En rigor, la teoría freudiana sobre la feminidad y la sexualidad femenina se podría calificar de "transexualista", ya que sostiene que la niña instintivamente se halla preparada para la masculi­nidad, que desde que descubre la diferencia de sexos se siente castrada, desea ser hombre y ver su cuerpo transformado poseyendo un pene. Freud (1905) sustenta la teoría de la disposición bisexual congénita a partir de las ideas sugeridas por Fliess sobre el sexo dominante y el rece­sivo, y la mantiene a lo largo de toda su obra otorgándole una gran impor­tancia (1919, 1921, 1923, 1931, 1933). Tal es así que en "Análisis termi­nable e interminable" sigue afirmando que la bisexualidad influencia tanto la identidad sexual como la elección de objeto, y que su naturaleza biológica constituye uno de los obstáculos insalvables ("la roca") y uno de los limites que el psicoanálisis encuentra en tanto terapia.


Los hallazgos de los mecanismos neurohumorales en embriología, demuestran que solo si el cerebro fetal, el hipotálamo, es activado por andrógenos, la conducta masculina se desarrolla. El estado neutro, ini­cial para los mecanismos centrales del sexo, así como los rudimentos de los órganos sexuales son femeninos; si la corriente de andrógenos (a partir del cromosoma Y) es bloqueada, retoma el comando el cere­bro fetal femenino. O sea que neurofisiológicamente el cerebro del hombre resulta ser un cerebro hembra androgenizado y embriológica­mente el pene es un clítoris masculinizado. Los casos que impresiona­ban a Fliess y a Freud, lo que se entendía en la época como hermafro­ditismo, en realidad corresponden a trastornos cromosómicos (síndrome de Turner), insensibilidad andrógena y trastornos del lóbulo temporal. En su mayoría afecta a sujetos XY que desarrollan grados variables de feminización.


Ahora bien, la bisexualidad no se puede reducir a dos deseos hetero­sexuales, con un lado femenino que quiere un objeto masculino y un lado masculino que quiere un objeto femenino. Estos cruces son tan complejos como cualquier cosa que pueda ocurrir dentro de la heterose­xualidad o de la homosexualidad. Estos tipos de cruces ocurren más a menudo de lo que en general se tiene en cuenta y ridiculizan la afirmación que sostiene que se puede predecir la orientación sexual a través de la identidad de género. De hecho, a veces es la misma disyuntiva entre la identidad de género y la orientación sexual -la desorientación del modelo mismo- lo que constituye para algunas personas lo más erótico y excitante.


La diversidad de articulaciones entre el género y la orientación sexual que en épocas anteriores eran secretos de alcoba, en la actuali­dad se estudian, como diría Laplanche en el capítulo de "le sexuel", como la pluralidad mas polimorfa. No estamos tan seguros de que lo "femenino" es atraído por lo masculino y lo "masculino" por lo feme­nino. Esto sólo se podría deducir si utilizáramos una matriz exclusiva­mente heterosexual para comprender el deseo. Y, en realidad, esa matriz falsificaría algunos de los cruces queer en la heterosexualidad, cuando por ejemplo un hombre heterosexual feminizado quiere a una mujer femenina para poder ser "chicas juntas". 0 cuando mujeres masculinas heterosexuales quieren que sus hombres sean para ellas masculinos y femeninos a la vez. Los mismos cruces queer tienen lugar entre lesbianas y gays, por ejemplo, cuando dos butch producen un modo lesbiano especifico de homosexualidad masculina.


Pero en psicoanálisis se habla de bisexualidad para designar aspec­tos de la subjetividad de hombres y mujeres con rasgos mixtos que no tienen que ver con practicas o deseos sexuales hetero y homo, lo que en rigor el término "bi-sexualidad" debiera designar, sino que en rea­lidad designa, es una mezcla variada y singular de aspectos femeninos y masculinos -como diría Freud- "del carácter". Si una mujer es aser­tiva, se puede llegar a considerar dicho rasgo de su personalidad como "masculino"; y si un hombre se ocupa del cuidado de su madre ancia­na, puede ser considerado como de personalidad "maternal o femeni­na". En realidad, esta supuesta bisexualidad no es sino una aplicación de los más rancios estereotipos de género.



4. ¿Qué papel tiene para usted el concepto de identidad sexual?


Para el tratamiento de este punto voy a comenzar haciendo mías las palabras con las que Ruth Stein (2007) introduce uno de los últimos trabajos de Jean Laplanche:


"En una meditación que ilumina importantes cuestiones del feminismo americano y la teoría psicoanalítica, el ensayo de Laplanche analiza y distingue tres términos interrelacionados: género, sexo y `lo sexual' ('le sexual') o la llamada `sexualidad infantil' [...] Lo que resalta en este articulo no menos que 'le sexual' es el uso del término 'género' por parte de un psicoanalista francés, quien de una vez por todas está otorgando reconocimiento al pensamiento americano contemporáneo [... ]," (pág. 177).


Laplanche da el protagonismo de su artículo a la afirmación de que "El género es plural. Usualmente binario femenino/masculino, pero no por naturaleza. Es frecuentemente plural. El sexo es dual y permite la reproducción. Le sexuel es múltiple y polimorfo y se refiere funda­mentalmente a la sexualidad infantil y sus fantasías" (págs. 201-202). Traza una secuencia cronológica, moviéndose entre el adulto y el niño: el género es primero, antecede a la sexualidad: lo social, para él, prece­de inequívocamente a lo biológico. ¿Qué significa esto? Lo que llevo a John Money (1955) a proponer el término "género" para designar el proceso de asignación que llevan a cabo tanto los padres, el Ayunta­miento, la Iglesia, la familia, una declaración con la asignación de nombre "¡Es un niño!", "¡Es una niña!". "Esta comunicación pone a su vez en movimiento una cadena de respuestas dimorfas, comenzando por los colores azul y rosa de la tuna y la ropa del bebe, el use de los pronombres y el universo de conductas diferentes que serán trasmiti­das de persona a persona para abarcar a todas aquellas con que el sujeto se encuentre, día tras día, año tras año desde el nacimiento hasta la muerte" (Money, 1972). Esta concepción sobre el papel de los otros en la constitución de la identidad de género se difundió como la pólvora en el campo del feminismo y fue introducida en el psicoanálisis por Robert Stoller (19ó4). Laplanche (2007) -más de treinta años despues ­también quiere acentuar que "la asignación no es única, limitada a un acto concreto, sino un completo conjunto de actos que se amplían al lenguaje y las conductas del entorno familiar" (pág. 213). La primaria del otro, el adulto y el lenguaje son elementos comunes en la concep­ción del género tanto en Money como en Laplanche. Este ultimo lo expresa así: "Podemos hablar de una asignación continuada o de una prescripción real. Prescripción en el sentido en que hablarnos de men­sajes llamados `prescriptivos': del orden, entonces, del mensaje, en realidad del bombardeo de mensajes" (pág. 213).


Esta perspectiva de la estructuración de la criatura humana ubica al niño en presencia de los adultos, recibiendo de ellos todo tipo de defi­niciones sobre el Self, todo tipo de deseos, expectativas y demandas sobre -entre muchas otras- como ser o no una niña femenina o un niño masculino. En palabras de Laplanche: "Hablar del ser humano en este orden es poner primero el género" (pág. 212).


Laplanche también se suma a este giro teórico cuando sostiene que "la asignación cambia completamente el vector de la identificación" y sugiere que, si entendemos la identificación primaria como algo que se genera en el adulto hacia el niño, piensa que "existe un modo de salir de la aporía de esa `hermosa' formulación de Freud que ha dado lugar a tanta reflexión y tantos comentarios".


Con mucha ironía, Laplanche propone una solución al enigma de la "identificación primitiva con el padre de la prehistoria personal" que se destaca por su claridad y sencillez, "en lugar de `identificación con', una `identificación por "' (pág. 214). De modo que la niña no sólo se identificada con la madre, sino que será identificada por la madre como niña, podrá escucharse ser nombrada como ella igual que ella es como escucha que nombran a su madre y será identificada y nombra­da como ella por su padre que es un distinto y a quien llaman el. Money (1972) acentúa este proceso a doble vía agregando otra pieza clave: que simultáneamente al reconocimiento entre iguales -madre e hija- se produce la diferenciación entre los diferentes: la niña es dis­tinta al padre y el padre identifica en la niña alguien diferente.



El núcleo de la idea de género es que tanto los niños como las niñas reconocen al padre y la madre, y se identifican con ellos, respectiva­mente, y son reconocidos e identificados por el padre o la madre como niño o niña iguales o distintos a ellos mismos; antes de que el niño/a sea consciente de la diferencia sexual ya tiene una clara identidad de género. Esta idea se basa en la estructura intersubjetiva que configura la feminidad y la masculinidad del nacimiento a la etapa adulta, pues­to que los rasgos masculinos y femeninos están abiertos psicológicamente y la identidad cambia a lo largo de la vida, como hemos obser­vado en el último siglo, como bien define Laplanche: el género es plural. El proceso de identificación tiene lugar muy tempranamente, tal como Freud lo formulo en su concepción de la identificación pri­maria, es un proceso iniciado y mantenido por los adultos antes de que la criatura humana inicie, a su vez, el proceso activo de identificarse con la feminidad de la madre, tesis que vengo defendiendo en distintos trabajos (Dio Bleichmar, 1991, 1997, 2008, 2009).


Y ¿cuál es la feminidad de madre? Su género: sus gestos, su figu­ra, sus modalidades de relación, etc. Por tanto, lo que es importante enfatizar es el no intentar separar las representaciones del cuerpo y las identificaciones como procesos diferentes, puesto que, en la estructu­ra intersubjetiva del desarrollo temprano, los adultos intercambian con los niños mensajes repletos de significados de género en el transcurso de los cuidados corporales.


Al mismo tiempo, el aspecto intersubjetivo -los significados socia­les del género- es constante a lo largo del desarrollo, puesto que las representaciones conscientes e inconscientes que la madre y el padre tienen de lo femenino o lo masculino se transmiten de diversas mane­ras: mediante sus expectativas y deseos, sus modalidades de interacción y, sobre todo, por el modo en que los miembros de la pareja se relacionan entre sí. El núcleo depende de la incorporación por parte del niño/a de una relación más que de una figura, de modo que, cuando los niños/as se identifiquen con su madre, el núcleo de identidad que inter­nalizan es la relación que su madre tiene con el padre, generalmente un hombre cuyo sexo es diferente del de aquella (Diamond, 20041).


De modo que las identificaciones de la niña con el padre o la madre pertenecen no solo al complejo de Edipo, es decir, al padre como obje­to sexual y la madre como rival, o la pareja parental como pareja sexual, sino a su actuación en general como hombre o mujer, o al género en un sentido macho más amplio que el de la masculinidad y feminidad.


Existe un claro déficit entre la visión psicoanalítica contemporánea del género desde una perspectiva intersubjetiva y las intervenciones técnicas en nuestro trabajo clínico.


Butler discute la idea "no se nace mujer, se llega a serlo" de Simo­ne de Beauvoir diciendo que "ser mujer" es una interpretación cultural de "ser hembra", y que "llegar a ser" es un proceso activo de apropiación. Argumenta que esta narración que pretende rechazar que "la anatomía es el destino", acaba produciendo que "la cultura es el destino" mediante la narración que los géneros masculino y femenino se cons­truyen inevitablemente sobre los cuerpos "macho y hembra". En vez de esto, dice: "ser mujer no constituye un hecho natural sino una rea­lidad cultural construida gracias a actos preformativos" (Butler, 2001). La performatividad arroja claridad para entender el concepto de enun­ciados identificatorios de Piera Aulagnier cuando describía los trastor­nos en la identidad de pacientes graves a través de los enunciados escu­chados sobre sí mismos. La performatividad se refiere a que hay tres tipos de frases, y tomando como ejemplo a las mujeres tendríamos: las descriptivas, "las mujeres son débiles"; las prescriptivas, "las mujeres en casa"; y las performativas, frases que al ser pronunciadas crean una realidad, como "yo os declaro marido y mujer", o una declaración de guerra. Cuando Butler habla de performatividad se refiere a una teoría propia, que sostiene que ninguna de estas frases es simplemente; des­criptiva o prescriptiva sino que cada vez que alguien pronuncia una frase ejecuta una función performativa, es decir, crea una realidad, de manera que las frases prescriptivas a la larga crean las descriptivas, y finalmente, así se va creando realidad.




5. ¿Le parece que la diversidad sexual la involucra a usted como analista en su tarea y le cuestiona su ética?


No la diversidad, sino el abuso del adulto sobre el niño, la explo­tación sexual del hombre sobre la mujer y la violencia de género es lo único que como analista cuestiona mi ética.


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