Las creencias matrices pasionales desde la perspectiva de la intersubjetividad

Publicado en la revista nº039

Autores: Méndez Ruiz, José Antonio - Ingelmo Fernández, Joaquín

Resumen: El objetivo último del presente artículo es, por una parte, definir y, por otra, desarrollar el concepto de creencia matriz pasional propuesto por Bleichmar (1986 y 1997, entre otros) en el contexto del enfoque modular-transformacional; así mismo, pretendemos reflexionar sobre las implicaciones que en la clínica psicoanalítica tiene este concepto. Y, por último, quisiéramos plantear que las creencias matrices pasionales, de acuerdo con los planteamientos de Eric Kandel (2006) en torno a la memoria, al quedar inscritas, y debido al impacto emocional que suele suponer su inscripción, modifican ciertas moléculas del cerebro, que a su vez crean nuevas conexiones sinápticas, de forma que el cerebro queda modificado tras la inscripción de la creencia matriz pasional. Y el cerebro queda modificado, según Kandel (2006), tanto a nivel de la memoria declarativa o explícita como a nivel de la memoria procedimental o implícita.


Las creencias matrices pasionales son códigos que se construyen en el proceso intersubjetivo vital y que sólo pueden modificarse en el contexto intersubjetivo que provee el tratamiento. Los diferentes códigos con los que nos manejamos a lo largo de la vida quedan inscritos en el psiquismo de cada uno a partir de los vínculos con los objetos significativos, y también, según señala la neurociencia en el cerebro-cuerpo. Por otra parte, la concreción de estos códigos se realiza siempre en un determinado contexto marcado por el mundo de relaciones en el que vivimos en las diferentes etapas de nuestra vida. Los discursos que emitimos y recibimos se producen en un contexto en el que los comportamientos relacionales implícitos establecidos entre quien los emite y quien los recibe le confieren un significado emocional que va a modular, en un sentido o en otro, su significado simbólico y marcará, por tanto, el modo en que se concretiza el significado final. Por último, plantearemos los diversos modos de presentación en la clínica de las creencias matrices pasionales y los diferentes tipos de abordaje psicoterapéutico que, en cada caso, debemos poner en marcha cuando aquellas resulten disfuncionales para los pacientes y causantes, por ello, de patología psíquica. Debido a ello, junto a la reflexión teórica se presentarán diversas viñetas clínicas para mostrar su aplicación en la práctica psicoterapéutica.


Introducción. Origen y constitución de las creencias matrices pasionales


El ámbito de las representaciones mentales, es decir, el modo en que nos representamos el mundo y el modo en que nos representamos a nosotros mismos, así como el modo en que construimos dichas representaciones, es un campo que se ha trabajado de forma muy profunda en psicoanálisis. Con toda seguridad podríamos afirmar que ninguna otra teoría psicológica ha conseguido penetrar tanto en este campo y desentrañarlo en su organización y significaciones como lo ha hecho el psicoanálisis. Y, en los últimos años, a las aportaciones psicoanalíticas se le han añadido las aportaciones de las neurociencias que han puesto de manifiesto los sustratos neurobiológicos sobre los que asientan las representaciones mentales. Siguiendo los planteamientos de las neurociencias, podríamos decir que todo este ámbito de las representaciones mentales se almacena en nuestros sistemas de memoria, de manera que las representaciones mentales actuantes en un momento dado serán el resultado de la activación de las vivencias que hemos archivado en nuestros sistemas de memoria.


Los efectos de los discursos del otro sobre el sujeto han sido abordados, a todo lo largo de la historia del psicoanálisis, desde diferentes escuelas psicoanalíticas y desde posiciones teóricas muy diversas. Por ejemplo, Jacques Lacan y su conocido aforismo “el deseo es el deseo del otro” apunta precisamente a los efectos sobre el sujeto de los discursos del otro (Lacan, 1966). Los conceptos de Winnicott (1965 y 1971) de “madre suficientemente buena”, de “medio facilitador” y de construcción del sentimiento de sí a partir de lo que aporta la mirada de la madre, hacen referencia también a la importancia de los discursos de los otros en la constitución del “sentimiento de sí”. Otros autores, como por ejemplo Kohut (1971 y 1977), Aulagnier (1975), Mitchell (1988 y 2000), Stolorow y Atwood (1992), Riera (2011), etc., desde posiciones teóricas muy diferentes, abordan también los efectos de los discursos del otro sobre la estructuración de la identidad del sujeto.


El concepto de creencias matrices pasionales es el aporte que realiza Bleichmar (1986 y 1997, entre otros), desde el enfoque Modular-Transformacional, al ámbito de las representaciones mentales que nos hacemos sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre la realidad externa en general. Con el concepto de creencias matrices pasionales queremos hacer referencia, siguiendo a este autor, a los efectos que sobre el sujeto tienen los juicios emitidos por los demás. De esta manera, intentamos comprender los efectos que los discursos de los personajes significativos tienen sobre el sujeto, así como las reglas mediante las que construimos a lo largo de la vida las diferentes representaciones simbólicas. En este sentido, el concepto de creencia matriz pasional supone un avance significativo con respecto a un concepto semejante formulado con anterioridad por Piera Aulagnier (1975): el concepto de enunciados identificatorios, el cual hace referencia a los juicios emitidos por los otros significativos sobre quién es el sujeto y que acaban dando lugar a las representaciones que el sujeto tiene sobre sí mismo. Por el contrario, en el caso de las creencias matrices pasionales no se alude solamente a los juicios emitidos sobre el sujeto y que se transforman en representaciones de sí mismo o de los demás, sino que también se hace referencia a las reglas, transmitidas también por los otros significativos, para construir estas diversas representaciones mentales.


Nos referimos entonces a los juicios emitidos sobre el sujeto, a las reglas con las que se van procesando pero, también, a que no se trata de meras estructuras cognitivas, sino que se producen en una permanente articulación con la afectividad, en un proceso a doble vía. Así, una vez que cierta creencia desencadena un estado afectivo, pongamos de miedo, ese estado afectivo activa las creencias con él asociadas. Es decir, habría una doble vía asociativa: entre creencias que se articulan en red, y la afectividad actuando como un centro que hace recorrer las creencias. Es lo que se conoce como memoria afectivamente y que Bleichmar (Bleichmar, 2001) señala en su aplicación a la psicoterapia. En este sentido, es necesario subrayar que incluir en la denominación la palabra pasional, tiene que ver con el deseo del autor de subrayar que hablamos de creencias que forman parte de una estructura cognitivo-afectiva. Lo cual establece una clara frontera con otros conceptos de tipo puramente cognitivo, en los que se subraya una sola vía que va del pensamiento al afecto: “de acuerdo a cómo se piensa, así se siente”. Esta triada de juicios emitidos, reglas con las que se procesan y la estructura cognición-afecto articulada en doble vía, sería la triada conceptual que define las creencias matrices pasionales.


Una vez que el sujeto toma contacto con las diferentes creencias matrices pasionales, la experiencia azarosa de la vida del sujeto o el puro juego de las diferentes reglas de lo inconsciente en el procesamiento de representaciones van a ir particularizando, en cada caso, el modo de inscripción de estas creencias matrices pasionales (Bleichmar, 1997). Por ejemplo, Las creencias matrices pasionales tienen, en su contenido, un diferente grado de generalidad. Habitualmente, son códigos del tipo de “no puedo, soy incapaz, mi cuerpo es débil, no tengo habilidad corporal, no soy inteligente, no me valoran, etc.”, que la clínica nos muestra de un modo mucho más concreto. En general se trata de proposiciones generales con tendencia a concretarse en las situaciones cotidianas por las que va atravesando el sujeto. Así, toda matriz genérica, al mismo tiempo que se mantiene en lo inconsciente con ese carácter genérico, tiende a expresarse en forma de una escena fantasmática concreta, a figurarse bajo la forma de una situación particular que, a su vez, se expande inmediatamente en formas de relato de acuerdo a ciertas reglas de argumentación, variables en cada caso, pero conservando siempre un enorme poder generativo. De modo que, una vez que la creencia matriz está establecida, va a adquirir un progresivo automatismo que atrapa a un número cada vez mayor de representaciones y situaciones vividas por el sujeto (Méndez e Ingelmo, 2009).


Todo esto cobra sentido clínico cuando aplicamos la capacidad generativa[1] de las creencias matrices pasionales a la formación de síntomas. En este sentido, Bleichmar (1986 y 1997) plantea que, desde este punto de vista, determinados síntomas pueden ser considerados como fruto de un proceso de particularización a partir de aquellas. El síntoma ocuparía el mismo lugar que se otorga en las gramáticas generativas a las frases preferidas de un hablante. Síntoma y frase serían el eslabón último de un proceso generativo en el que una fórmula muy abarcativa sufre transformaciones y encuentra sistemas de elementos que le van otorgando especificidad. En el caso del síntoma, como plantea Bleichmar (1986 y 1997), una creencia matriz terminará encontrando, mediante reglas de particularización (en cierta imagen de una persona, en cierto aspecto de la realidad del cuerpo, en detalles de los tipos de vínculos, etc.), el “fonema” que le servirá de soporte para cristalizarse. En definitiva, existe una historia generativa-transformacional que va desde la creencia matriz pasional genérica hasta la manifestación específica, en una articulación entre lo externo y lo interno, el discurso del otro y la productividad de lo inconsciente.


Cuando analizamos los códigos que sostienen nuestros modos de representarnos y de representar a los otros, es decir, el modo de relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo externo, no podemos olvidar que estos códigos tienen un profundo contenido intersubjetivo. La realidad intersubjetiva, es decir, aquella realidad que compartimos con el otro y que en el caso del tratamiento analítico es aquella que se crea entre el paciente y el analista, cabalga entre la realidad externa y la realidad interna propiamente dicha (Jiménez, 2011). Las creencias matrices pasionales tienen un profundo sentido intersubjetivo, en primer lugar, por su propio origen ya que provienen de los diferentes discursos de los otros significativos. En segundo lugar, porque su concreción se realiza siempre en un determinado contexto marcado por el mundo de las relaciones en las que vivimos en las diferentes etapas de nuestra vida. Debido a ello, los discursos que emitimos y recibimos se producen en un contexto en el que los comportamientos relacionales implícitos establecidos entre quien emite los discursos y quien los recibe le confieren un significado emocional que va a modular, en un sentido o en otro, su significado simbólico y marcará, por lo tanto, el modo en que se concretiza el significado final (Lyons-Ruth, 2000, 2004 y 2008; Bucci, 2002 y 2011). Es decir, la relación, ya sea con las personas significativas que dieron lugar en su origen a las creencias, o con aquellas significativas con las que el sujeto va estableciendo vínculos a lo largo de su vida, entre los que lógicamente hay que incluir al terapeuta, las van modificando tanto en sus contenidos simbólicos como procedimentales. Podríamos, por tanto, decir que los códigos que se trasmiten van a estar siempre inscritos en esos dos niveles: en el nivel simbólico y en el nivel subsimbólico o, en otros términos más cercanos a las neurociencias, en el nivel de la memoria explícita o declarativa y en el nivel de la memoria implícita o procedimental, ambos niveles siempre presentes en cualquier relación interhumana.


Aquí, nos parece interesante señalar que en su gran mayoría, los autores que han tratado este tema han referido estos contenidos a los resultados de la interacción familiar. Si bien resulta evidente y hoy es universalmente reconocido, tanto por el mundo psicológico como por los estudios que nos aporta la neurociencia, que la plasticidad cerebral y psíquica es muy superior en los primeros años de la vida, no pensamos que el conocimiento de estos fenómenos se enriquezca si nos atenemos a ese momento de la infancia ya ese lugar de las relaciones familiares. Primero porque, a lo largo de la vida recibimos múltiples influencias de diferentes personajes significativos, pero también porque las creencias matrices pasionales tienen que ver, y en ocasiones de modo muy significativo, con grandes ideologías que impregnan toda una época y que nos condicionan a todos. Ideologías que quedan incorporadas en forma de ideales del yo como aquello que se tiene que desear o como lo que se debe rechazar. Esas son también creencias matrices pasionales. Como afirma Bleichmar (Bleichmar, comunicación personal), el inconsciente es ideología en movimiento.


Veamos un ejemplo con la finalidad de concretizar lo que hemos venido afirmando: la creencia que un sujeto tiene sobre su capacidad o incapacidad para la autorregulación emocional. Es obvio que dicha creencia tiene un origen intersubjetivo claro, fruto de los múltiples mensajes discursivos que el sujeto ha ido recibiendo a lo largo de la crianza por parte de los objetos afectivamente significativos. Pero, esta creencia sobre la capacidad o incapacidad para la autorregulación emocional se va a ir concretando y modulando en su potencia, en sus contenidos y en sus formas de presentación a partir de los múltiples tipos de mensajes implícitos (procedimentales) que se van dando en los diferentes tipos de vínculos que el sujeto ha ido estableciendo a lo largo de su vida con sus objetos significativos. Es decir, es el conjunto de lo vivido y de las relaciones actuales lo que da el aspecto concreto que dicha creencia general va a tomar en nuestra vida corriente, facilitando o entorpeciendo, en nuestro ejemplo, unos aspectos u otros de la regulación psicobiológica: de los modos en que se establecen los ritmos fisiológicos, en el modo de regular la ansiedad, en el modo en que se inscriben las secuencias emocionales, en los modos de articulación con el sistema neurovegetativo, etc. Por tanto, cabría afirmar que las creencias matrices pasionales sólo pueden entenderse desde la intersubjetividad porque los diferentes códigos que tenemos incorporados a nuestro psiquismo amplían su significado cuando son captados por los otros, de modo que dicho significado se incorpora al contexto más amplio de la relación. Desde esta perspectiva, podríamos decir que las creencias matrices pasionales pasan a ser las creencias matrices pasionales del contexto intersubjetivo.


A este respecto Guidano (1999), en un capítulo del libro compilado por Neimeyer y Mahoney (1999), y desde una perspectiva constructivista del proceso terapéutico, afirma que cualquier conocimiento acerca de nosotros mismos y sobre el mundo es siempre dependiente y relativo al conocimiento de los otros, siendo la intersubjetividad un prerrequisito para el desarrollo del proceso de individuación y del auto-conocimiento. En el mismo sentido, Lyons-Ruth (2000 y 2008) insiste en que desde el paradigma de la intersubjetividad el desarrollo humano no se realiza en el vacio sino que se produce siempre en el seno de una relación de intimidad. Es decir, lo que uno considera que es su identidad, y dentro de ella los diferentes códigos que albergamos en nuestro psiquismo, se ha formado en la relación más o menos empática, más o menos estructurante, con el otro o, lo que es lo mismo, está inevitablemente ligada a lo que se es para el otro, para el mundo que nos rodea. Por último los trabajos de otros autores también nos pueden servir para apoyar los planteamientos que venimos haciendo sobre la importancia de la intersubjetividad en la construcción de las creencias matrices pasionales: por ejemplo, los trabajos de Westen y Gabbard (2002). Estos autores en un artículo en el que exploran las relaciones entre el psicoanálisis y la neurociencia cognitiva y, más en concreto, las implicaciones que los desarrollos recientes de la neurociencia cognitiva pueden tener para las teorías de la transferencia analítica, plantean una serie de cuestiones de enorme interés para apoyar las reflexiones que hemos desarrollado con anterioridad. Plantean, por ejemplo, algunas proposiciones básicas de la neurociencia cognitiva que pueden tener relevancia para el psicoanálisis. En este sentido, señalan que la mayoría de las representaciones mentales son multimodales, consistentes en constelaciones de componentes asociados semánticos, sensoriales y emocionales con conexiones con un amplio repertorio de otras constelaciones semejantes. Por otra parte, indican que las representaciones mentales existen como potenciales para la activación, es decir, como tendencias a la activación que pueden ser más o menos fuertes en un momento dado. Así mismo, señalan la importancia de los modelos conexionistas para dar cuenta de la riqueza de la experiencia psíquica. En este sentido, señalan que las representaciones usadas para percibir, recordar, categorizar y pensar surgen a través de la acción paralela de múltiples unidades de procesamiento, cada una de las cuales atiende a una pequeña parte de la representación. Por último, estos autores señalan que pueden activarse, a la vez, creencias diversas, incluso contradictorias en cuanto a las motivaciones que vehiculan, influidas por el contacto con el terapeuta y sus características. Podemos pensar, por tanto, que la relación puede poner en marcha (activar) determinadas creencias e inhibir o anular otras.


En resumen, cuando hablamos de creencias matrices pasionales hacemos referencia, cuando menos:


1)    A los códigos y las reglas de significación mediante las cuales el sujeto interpreta los acontecimientos internos y externos que le van acaeciendo a lo largo de la vida. Dichos códigos son provistos por el discurso del otro significativo, aunque, posteriormente, las experiencias azarosas en la vida del sujeto o el puro juego de las diferentes reglas de lo inconsciente en el procesamiento de representaciones, en cuanto al significado y la operatoria, van a ir particularizando en cada caso el modo de inscripción de esos códigos.


2)    A una estructura cognitivo-afectiva en la que se da una doble vía de articulación asociativa: entre creencias que se articulan en red, y la afectividad actuando como un centro que hace recorrer las creencias


3)    A que dichos códigos y reglas le son transmitidos por el otro significativo, en buena medida de un modo inconsciente.


4)    A que las creencias matrices pasionales tienen un profundo sentido intersubjetivo, no sólo por su origen en el discurso de los otros significativos, sino porque su concreción se realiza siempre en un determinado contexto marcado por el mundo de relaciones en el que vivimos en las diferentes etapas de nuestra vida.


5)    A que los discursos que emitimos y recibimos se producen en un contexto en el que los comportamientos relacionales implícitos establecidos entre quien los emite y quien los recibe le confieren un significado emocional que va a modular, en un sentido o en otro, sus significado simbólico y marcará, por lo tanto, el modo en que se concretiza el significado final de los códigos transmitidos.


6)    Al decisivo papel del objeto externo en dos niveles fundamentales: como codificador angustiante o no de la realidad interna y externa y como favorecedor o perturbador[2] del desarrollo armónico y buen funcionamiento de las diferentes dimensiones del psiquismo, especialmente los sistemas motivacionales.


Las creencias matrices pasionales en el contexto intersubjetivo del proceso terapéutico


Todas estas reflexiones que acabamos de realizar en torno a las creencias matrices pasionales es necesario tenerlas muy en cuenta en el proceso terapéutico. Por otra parte, también hay que tener muy presente que en todo momento los terapeutas somos participantes, a veces conscientes y en la mayoría de los casos inconscientes, del campo de la intersubjetividad con nuestros pacientes (Mitchell, 1988 y 2000; Riera, 2011). Es decir, que el resultado terapéutico nunca será ajeno a dicho campo intersubjetivo. Lo que llamamos nuestra propia subjetividad, compuesta en una buena parte por el conjunto de las creencias matrices pasionales que vamos acumulando a lo largo de nuestro desarrollo vital, condiciona el modo en que escuchamos las creencias matrices pasionales que el paciente nos muestra e incluso, como señalábamos anteriormente, pueden llegar a condicionar sus contenidos y los momentos de presentación. Es lo que hoy se entienden como teorías implícitas del psicoanalista (Fonagy, 2001; Bateman y Fonagy, 2004), o lo que Renik, desde una posición relacionalista, denomina “la irreductible subjetividad del psicoanalista en el encuentro con el paciente” (Diaz-Benjumea, 2010).


Si nos referimos tanto a los condicionamientos de la escucha por parte del analista como al modo en que el paciente muestra sus contenidos, podemos decir, por lo tanto, que las creencias matrices pasionales se forman no sólo a partir del otro sino también con el otro. Por tanto, cuando las creencias matrices pasionales aparecen en el tratamiento siempre tendremos que entenderlas como un producto del propio psiquismo del paciente que éste trae a la sesión, pero una vez que las creencias son expresadas en la sesión como narrativas, lo que el paciente dice y el modo de decirlo se articula con el tipo de vínculo paciente-analista, con las características de cada uno de ellos y con el tipo de vínculo imperante en ese momento. Parafraseando a Greenberg (2007), autor de la corriente relacional, que señala que siempre hay más de un modo de contar una historia, podríamos decir que siempre hay más de un modo de expresar nuestras creencias matrices pasionales, incluso que muchas de ellas aparecerán o no como relato concreto según el condicionamiento que procura el contexto relacional en el que surgen. Así, por ejemplo, determinados sentimientos y comportamientos narcisistas de un paciente pueden provocar sentimientos de disgusto en el terapeuta si esos comportamientos del paciente chocan con los códigos del terapeuta en relación con ese sistema motivacional y poner en marcha una respuesta que condicione la secuencia posterior de ese intercambio y de los intercambios posteriores sobre esa temática en particular.


En base a todo lo que acabamos de señalar en los párrafos anteriores nos parece, siguiendo los planteamientos de determinados autores (Spence, 1982; Stern y cols., 1998; Bleichmar, 2001 y 2004; BCPSG, 2002, 2005, 2007, 2008 y 2010; Riera, 2011), que se puede considerar como uno de los objetivos fundamentales del tratamiento psicoanalítico la realización de un trabajo entre el paciente y el analista cuyo objetivo fundamental no sea el descubrimiento de verdades objetivas (“hacer consciente lo inconsciente”), sino que su objetivo fundamental consista en permitir que se vayan construyendo narrativas verbales que, como señala Riera (2011), se inscriban en las zonas cerebrales de la memoria explícita y que sean coherentes con la memoria emocional (LeDoux, 1996) que está codificada en las áreas cerebrales de la memoria implícita[3].


En este sentido, los autores que entienden el proceso psicoterapéutico como un fenómeno constructivista no dudan en afirmar que el hecho de construir y reconstruir significados nunca está en su totalidad fuera de la relación paciente-terapeuta (Neimeyer y Mahoney, 1999). Dentro de esta corriente constructivista, por ejemplo, Hermans (Neimeyer y Mahoney, 1999) insiste en que los significados de las narrativas que aparecen en la clínica van sufriendo modificaciones en el proceso de contarse una y otra vez, a lo largo de las interacciones vitales primero y a lo largo del encuentro terapéutico después.


Stern (2009), desde una perspectiva relacional, afirma que los nuevos significados que van apareciendo a lo largo del proceso terapéutico no son efecto de una interpretación objetiva del analista, sino que son el resultado espontáneo de diversos aspectos de dicho proceso. Por otra parte, Stern (2009), en el mismo artículo recientemente citado, plantea la importancia que tiene para el ser humano, desde el nacimiento, sentir que uno tiene un lugar en la mente del otro, es decir, lo importante que es tener un sitio, cognitivo y emocional a la vez, en su narrativa vital. En este sentido, Lanza Castelli (2009, 2010a y 2010b), trabajando desde la perspectiva de los procesos de mentalización como proceso intersubjetivo, realiza una aportación muy interesante a estas cuestiones que venimos debatiendo: la importancia de traducir en palabras los estados mentales en nosotros mismos y en los demás, además de proponer técnicas para realizarlo como el trabajo con la escritura entre las sesiones.


Es decir, al igual que admitimos que las diferentes técnicas psicoterapéuticas sólo cobran un verdadero sentido si las pensamos desde el vínculo terapéutico, tendríamos que admitir que la construcción de significados sólo es posible desde el particular encuentro de la díada terapéutica. En realidad, los relatos van modificándose paulatinamente a lo largo del proceso terapéutico. A este respecto, por ejemplo, podríamos hablar de esos códigos familiares que por idealización narcisista acumulada se van marcando con mayor potencia cada vez a lo largo de las diferentes relaciones vitales, o aquellos otros códigos que por vergüenzas familiares o aparición de otros personajes significativos que no entran en esos códigos de significación, se van diluyendo del mundo simbólico consciente, aunque persisten en todo su esplendor en el mundo de lo inconsciente.


Lo mismo se va a dar a lo largo del tratamiento, de modo que, inevitablemente, una parte de los contenidos narrativos que trae el paciente van a dejar paso a otros, que pueden estar muy alejados de los primeros, tras un tiempo de trabajo psicoterapéutico sobre ellos. Esto ocurrirá en muchas ocasiones como consecuencia del propio avance del tratamiento, pero en otros casos tendrá que ver con el modo en que esos relatos son acogidos en las múltiples caras que van a aparecer en el vínculo terapéutico entre el paciente y el analista, los diferentes tipos de activación de los sistemas motivacionales de cada uno de ellos, las diferentes prioridades que van surgiendo en cada tratamiento dependientes de cómo es la valoración (intelectual, afectiva, relacional) que paciente y analista van realizando de los contenidos relatados que van apareciendo, etc. En general, estas modificaciones de las narrativas y de sus significaciones serán de mayor o menor intensidad según los casos (según estructuras de personalidad, modelos relacionales, cuadros psicopatológicos, etc.) pero resultan inevitables y nos fuerzan a estar muy atentos a los efectos del desarrollo del proceso terapéutico.


Desde el punto de vista del constructivismo en psicoterapia, Gonçalves (Neimeyer y Mahoney, 1999) insiste en que la vida es una narrativa y los seres humanos unos narradores y, por supuesto, participantes de sus propias tramas. La terapia se plantea, entonces, como un escenario donde ensayar la co-construcción y la de-construcción (la utilización del guión apunta a que se trata de un proceso que se debe hacer también en común, como el de la co-construcción). Los seres humanos seríamos, por tanto, “proyectos” que nos actualizamos permanentemente en un proceso de construcción y deconstrucción dialéctica de narrativas. Estamos de acuerdo con esta posición, sin embargo, pensamos que merece hacerse una puntualización en el sentido de que al trabajo terapéutico que se hace en la sesión hay que añadir, en la mayor parte de los casos, una atención a los tipos de relaciones que el paciente va teniendo en su vida cotidiana. Pensamos que resulta muy incompleto y, en ocasiones, contraproducente restringir el trabajo al vínculo terapéutico. Es necesario que exista un segundo tiempo en que se trabaje en la sesión los modos con los que el paciente maneja en la realidad aquellas nuevas pautas que va incorporando en el vínculo con el terapeuta. O sea, cambio en la relación terapéutica, y luego mostrar cómo se dan esas modificaciones de las creencias matrices pasionales con personajes que no se comportan como el terapeuta. No debemos olvidar que la relación terapéutica no puede cubrir el conjunto de vínculos que una persona tiene con un mundo de personajes y situaciones tan diferentes entre sí. Pedir esto al vínculo terapéutico es tanto como creer en analistas capaces de manejar todos y cada uno de los registros psíquicos, además de disponer de un tiempo casi infinito para el tratamiento. Esto es imposible en la realidad y supone también una contradicción en determinadas posiciones de autores intersubjetivistas, los cuales consideran que todo se co-construye en un encuentro entre dos subjetividades singulares y, al mismo tiempo, que el cambio tiene que darse en el vínculo transferencial. Cuando éste, por ser co-construido  sólo valdría para esa relación particular. Por lo tanto, una ayuda global al paciente requiere que al trabajo en el vínculo transferencial se le acompañe con estar atentos a analizar los diferentes tipos de vínculo que el paciente va teniendo en su vida cotidiana. 


Los modos de presentación de las creencias matrices pasionales en el proceso terapéutico e intervenciones específicas


Ahora, una vez que hemos realizado una serie de precisiones conceptuales, nos vamos a centrar en los diferentes modos de presentación de las creencias matrices pasionales en el tratamiento y en las diferentes vías específicas de abordaje terapéutico de estos contenidos de significación que, como ya hemos visto, tienen un enorme peso en el conjunto del tratamiento. La especificidad en el tipo de intervención es muy importante por los muy variados modos de presentación en la clínica, lo cual requiere de abordajes muy diferentes si no queremos ser ineficaces o provocar efectos iatrogénicos.


Las creencias matrices pasionales, en ocasiones, se pueden presentar con un alto grado de generalidad. En estos casos, el trabajo psicoterapéutico consistirá en ir uniendo esos significados generales con situaciones concretas de la vida del sujeto. Por el contrario, en otros casos el paciente puede relatar sus creencias matrices de un modo muy centrado en una situación concreta, sin que el sujeto tenga conciencia de que existe una ley más general detrás. En estos casos, el trabajo terapéutico tendrá que desvelar lo general que se esconde en la anécdota concreta. En ambos casos, el trabajo terapéutico consistirá en ir reconstruyendo las reglas de procesamiento de los códigos, de los significados en el sentido de la concreción o de la búsqueda de las leyes generales.


Como prioridades a tener en cuenta a la hora de la intervención psicoterapéutica hay que pensar que la relación entre ideas genéricas y representaciones particulares es de generación reciproca; así mismo hay que pensar en la necesidad de poner en marcha el proceso de subjetivización de las creencias matrices pasionales. Es decir, es necesario ayudar al paciente al reconocimiento vivencial, y no sólo intelectual, de cómo sus juicios están llenos de subjetividad, y cómo tienen un origen concreto. Toda esta problemática ha sido muy bien trabajada por Bleichmar (1997, entre otros), por lo que no consideramos necesario extendernos en ella, ya que se encuentra en la bibliografía de este autor. Pero, si sería necesario hacer hincapié en aspectos técnicos concretos del trabajo con las creencias matrices pasionales, a partir de las diversas formas de presentación y articulación de las mismas en la clínica.


En primer lugar, y como criterio general, hay que considerar que los significados pueden ir modificándose a medida que el tratamiento avanza, como veremos en algunas de las viñetas clínicas que presentaremos. Esta modificación de los significados puede ocurrir por los efectos del trabajo terapéutico sobre ellos y/o por la propia operatoria inconsciente. Esta posibilidad de cambio de los significados es importante tenerla en cuenta debido a que las intervenciones sobre los contenidos deberán irse adecuando a las modificaciones que éstos puedan ir sufriendo. La modificación debe ser tomada en cuenta a la hora de intervenir porque puede ser un buen indicador de la marcha del tratamiento y porque hay que saber que esas modificaciones pueden llevar a que tengamos que poner en marcha estrategias terapéuticas diferenciadas. Por ejemplo, centrarnos, en un primer momento en la reconstrucción histórica, para pasar, en un segundo momento, al trabajo vivencial sobre situaciones más concretas en el “aquí y ahora”. Y, en un tercer momento, centrarnos en los modos de articulación con otras dimensiones, etc.


En segundo lugar, existen ocasiones en la clínica que las creencias matrices pasionales constituyen el eje del padecimiento del paciente y resultan centrales las intervenciones que vayan consiguiendo una reconstrucción cognitivo-vivencial del origen y modos de establecimiento de los contenidos concretos de dichas creencias matrices pasionales. En estos casos, el trabajo debería tener dos momentos diferenciados, los cuales pueden darse de un modo secuencial o en paralelo. Primero, un trabajo sobre los contenidos, oscilando entre el trabajo sobre los contenidos concretos y el trabajo sobre las leyes generales que los sostienen. A continuación, o al mismo tiempo, hay que tener muy presente que el cambio sólo puede venir de la consolidación de lo nuevo mediante la puesta en marcha de conductas que faciliten las nuevas adquisiciones. Lo que significa un trabajo centrado en el vínculo terapéutico y cuyo eje sea el nivel procedimental y/o un trabajo centrado en la realidad del paciente (Bleichmar, 1999 y 2001; Power, 2000).


Por ejemplo, en el caso de T., después de haber trabajado durante meses el contenido de su creencia de “ser impotente para conseguir una relación con los demás en términos de igualdad” (una especie de “síndrome de la invisibilidad”), se produjo una mejoría en cuanto a la comprensión del origen de sus dificultades y una mejoría muy evidente de su estado depresivo de impotencia. Sin embargo, el tratamiento se estancó porque el miedo en la relación persistía. La secuencia fue: A.: “espero que lo que hemos trabajado haya conseguido, al menos, poner en duda lo inevitable de tu impotencia”. P.: “sí, eso lo noto. A veces creo que otra cosa es posible, pero no estoy seguro”. A.: “esa seguridad nunca va a llegar del todo si sólo tomamos en cuenta lo que hablamos en las sesiones, es necesario que pongamos en marcha unas estrategias, conductas para hacer en la realidad. Sólo así podrás tener la seguridad de que es cierto que tu impotencia puede ser salvada, que no es inevitable”. A partir de entonces, surge por su parte el recuerdo de momentos de la relación en los primeros meses del tratamiento. Se toma esto como centro del trabajo. De ese modo pasa una buena temporada analizando antiguas situaciones vividas por él en aquellos momentos. Esto no se trató entonces porque los sentimientos que experimentaba en sus experiencias vinculares le resultaban muy confusos. Se trataba de un malestar sin nombre. Ahora que el trabajo terapéutico ha puesto nombre a sus creencias matrices pasionales, se puede pasar al examen de éstas en la realidad: revivir lo que ocurrió en los primeros encuentros terapéuticos y recrear otros posibles modos de comportamiento, nos da la posibilidad de contrastar, podríamos decir que “in vivo”, lo trabajado en el terreno simbólico.


En tercer lugar, hay casos en los que las creencias matrices pasionales pueden enmascararse detrás de síntomas que tienen que ver con el cuerpo: somatizaciones o síntomas hipocondríacos (Bleichmar, 1986). En estos casos, dado que la investigación ha mostrado que existe una doble vía mente-cuerpo (Pally, 1998), en la que la mente puede condicionar el síntoma somático y éste crear determinadas significaciones mentales, las intervenciones deberán priorizarse en el trabajo sobre las creencias matrices pasionales, o sobre el síntoma corporal, según el tipo de paciente o la situación clínica.


B., una mujer de 33 años de edad y abogada, acude a la consulta por sufrir un grave cuadro de neurosis hipocondriaca que la mantiene incapacitada, pasando su tiempo entre visitar médicos o realizarse pruebas analíticas. Siempre temiendo la enfermedad grave y todo ello con gran menoscabo de su vida familiar y profesional. Su infancia fue muy traumática, nació con un problema medular que la obliga a sufrir repetidas operaciones en hombre y brazo derecho durante los primeros catorce años de su vida. Pasando largas temporadas en el hospital. Hoy puede valerse, aunque con alguna dificultad, de ese brazo. Viene a consulta porque se lo ha aconsejado una compañera de trabajo. Entiende su patología hipocondriaca, es una mujer extremadamente inteligente, pero la atribuye a su debilidad corporal supuesta. El tratamiento se ha centrado directamente en el trabajo sobre sus creencias matrices pasionales de que nunca llegará a ser valorada. Estas creencias han sido negadas por la enorme cantidad de angustia que generaban, ya que han sido fomentadas por unos padres que mandaban mensajes del tipo de “qué pena, pobrecita”, mientras narcisizaban, en público y en privado, a otros hermanos. El trabajo ha sido lento y dificultoso, pero ayudados por sus enormes capacidades, muy exitoso. De modo que, actualmente, los síntomas hipocondríacos han desaparecido en su totalidad. Sin que hayamos tenido que abordarlos directamente, salvo los muchos momentos de contención cuando invadían todos sus pensamientos y sentimientos.


Por último, una situación clínica específica se da en aquellos casos en los que los significados de las creencias matrices pasionales se acompañan de una alta activación psico-neurovegetativa. Aquí tendremos que pensar el trabajo considerando, desde el primer momento, esta secuencia establecida.


En el caso de S., la creencia de “tener que ser el número uno en los estudios”, se seguía de una desregulación ansiosa cuando no lo conseguía. Este era el modo emocional en que su madre se tomaba cualquier acontecimiento escolar que no confirmase las expectativas que siempre tuvo sobre su hijo (cosa poco habitual dado que S. prácticamente siempre ha sido número uno en los estudios primero y en el trabajo después). Sin ser nunca expresado de un modo verbal explícito, durante días S. veía a su madre ansiosa, preocupada. Esto le hacia temer que algo le pudiera ocurrir. Cuando tenía once años su madre muere de cáncer. A partir de ese momento, vive los estudios y luego el trabajo con la necesidad de seguir siendo el número uno. Cuando cree que no lo puede ser, que hay algún cuestionamiento externo, empieza a desarrollar síntomas de angustia que fácilmente desembocan en una crisis de pánico. El trabajo es doble: por un lado consiste en intervenir en la secuencia: contenido de la creencia matriz pasional-estado emocional que se desencadena. Sobre todo, cuando se puede comprobar que la repetición de esas crisis de pánico va recargando la creencia inicial. Así cuando esta secuencia se ha ido regulando mediante el trabajo directo sobre ella, la creencia matriz pasional que le da origen va perdiendo fuerza sin necesidad de un trabajo reconstructivo más preciso. Por otro lado, este proceso se acompañó de un trabajo de desidentificación con la madre en sus modos procedimentales de expresar sus afectos. Es precisamente ese el punto importante: la reacción afectiva de la madre cuando su hijo no cumplía las expectativas intelectuales, la cara de ansiedad, de frustración o disgusto, la que marca a la creencia de tener que ser número uno en los estudios. Son estos mensajes, fundamentalmente procedimentales, los que hacen que la creencia surja y se mantenga.


La articulación de las creencias matrices pasionales con el resto de las dimensiones del psiquismo


Otro aspecto importante a considerar en el trabajo clínico, es que las diferentes creencias matrices pasionales van a articularse, en todos los casos, con el resto de las dimensiones del psiquismo. Para comprenderlas en toda su complejidad, es preciso conocer el lugar que ocupan en la estructura global del psiquismo del sujeto. Por ejemplo, el efecto de confusión que tenía sobre B. el estar sujeto a unos códigos en los que se valoraba, por encima de la capacidad de reflexión, el reaccionar de “modo vivo y rápido” a los problemas que surgían en la vida cotidiana; a la vez que dichos códigos adquirían unas características muy particulares al darse en una familia en la que, por motivos ideológico-religiosos, se tenía muy culpabilizada cualquier reacción que tuviese caracteres agresivos.


Queremos tratar especialmente dos tipos de articulaciones de especial importancia en el trabajo con las diversas creencias matrices pasionales, ya que nos parecen fundamentales a la hora de planificar las intervenciones más adecuadas.


En primer lugar, como explicábamos anteriormente, consideraremos aquellas articulaciones que se dan entre los contenidos que constituyen la creencia matriz pasional y las inscripciones procedimentales, que operan en paralelo a dichos contenidos. Es decir, las reacciones afectivas automáticas con respecto a la modalidad de contacto con el otro, las cuales sólo pueden ser recuperadas en forma de procedimientos de cómo estar y reaccionar ante el otro, poniendo el acento en lo que ocurre en el vínculo. La consideración de este nivel es imprescindible si pensamos que ambos mundos se influencian mutuamente.


El caso de T. nos puede servir para ejemplificar este tipo de articulación entre creencias matrices e inscripciones procedimentales. D. pasó una infancia muy traumática por la pobreza en la que vivió y por la relación con un padre violento, maltratador y, posiblemente, abusador y una madre cómplice y de gran frialdad afectiva. Como resultado de toda esta situación D. tiene la creencia de que “no puede vivir una relación de pareja (ni ninguna otra) con nadie, porque nadie se interesará en alguien como yo”. Esto es vivido con un cúmulo enorme de angustias depresivas y persecutorias…..“me siento basura, todos están por encima de mí y van a pisarme en cualquier momento”. El resultado es una huida de cualquier relación intensa y duradera. En un primer momento, el trabajo se centra en los contenidos de significación que nunca antes fueron formulados de un modo verbal explícito. Este trabajo va quitando confusión y miedo. Sin embargo, el verdadero cambio, que sólo ahora, tras tres años de tratamiento, empieza a vislumbrarse, viene del trabajo en el vínculo, es ahí donde vamos pudiendo modificar las arraigadas inscripciones inconscientes de vínculos siempre agresivos en los que, la opinión propia, era frecuentemente castigada con un golpe si no se coincidía con la del adulto, o no era tomada en cuenta, o era negada provocando confusión. Pero, sobre todo, eran vínculos desprovistos de calor, en un ambiente cargado de agresividad, casi siempre implícita, pocas veces expresada (aunque esas pocas veces fuesen muy duras). Está siendo un trabajo lento, minucioso, con muchos desencuentros y choques. Dice: “tengo el sentimiento de que no se me entiende en lo que de verdad quiero decir”. Con frecuencia siente que se le habla en el tratamiento con tonos de descalificación. Otras veces expresa su agradecimiento por la ayuda que se le da, por lo que siente como compañía cercana y comprensiva, agradece lo que se hace por él, aunque, como comenta introduciendo otro tono en su comentario, sea porque “es un tratamiento y es una obligación”. Es un trabajo terapéutico delicado, con constantes vaivenes, que gira entre el mantenimiento de un encuadre que necesita para que no se disparen sus angustias persecutorias, y el establecimiento de un vínculo cercano en el que predomine el sentimiento de “autenticidad” en la tarea por parte de ambos. Esto incluye la expresión por parte del analista de sus propios momentos de rabia o fastidio ante los cambios de tono, de humor, ante las acusaciones que vive como injustas, pero también, por supuesto, el reconocimiento permanente de los errores que el analista haya podido cometer en los intercambios emocionales y la aceptación, por lo tanto, de las quejas que considera adecuadas. Nos parece que este caso es un buen ejemplo de aquellas situaciones clínicas en que el analista debe implicarse en el vínculo con la convicción que es allí donde se situará el centro del trabajo terapéutico. Conseguir una relación de verdadera autenticidad es la base para el cambio terapéutico.


En segundo lugar, consideraremos aquellas articulaciones que se dan entre las creencias matrices pasionales y el tipo de estructura de la personalidad del sujeto en quien las estamos considerando. El caso de R. nos puede servir para ejemplificar este tipo de articulación entre creencias matrices pasionales y estructura de la personalidad.


R. es un paciente de 28 años de edad que no ha conseguido finalizar su carrera, que es muy frágil emocionalmente y que trabaja en una de las empresas del padre. Acude a consulta después de haber estado ingresado por un episodio psicótico de tipo autorreferencial. Sus padres están separados desde hace mucho tiempo, siendo el paciente muy joven en el momento de la separación. El padre es un hombre con mucho éxito social, de aquellos que “se han hecho a sí mismos” como proclama permanentemente y con un no disimulado desprecio hacia lo que él llama “el mundo sentimental”. La madre, por su parte, es ama de casa, cariñosa, empática y creadora con su hijo de un vínculo enormemente dependiente y temeroso ante el mundo exterior, representado por el padre. La creencia matriz pasional que lo atosiga es la de ser “un fracasado, incapaz de acabar las grandes tareas de su vida”. Esta idea sobre él mismo y sobre sus capacidades es central y, a medida que avanza el tratamiento, va derivando en algo más concreto: “soy incapaz de defender mi propio criterio”. Resulta realmente complicado contrarrestar esta creencia trabajando sus orígenes, debido a que ha desarrollado un self enormemente débil, construido muy en precario, con un nivel de narcisización muy bajo. Pero además hay un problema sobreañadido: cuando el nivel de angustia aumenta y el paciente se desregula psíquicamente, la creencia empieza a circular con significados cada vez más cercanos a lo psicótico, transformándose en una verdadera idea autorreferencial: “noto que cuando hablo todos me miran, se burlan de lo que digo … ya lo noto en sus caras cuando entro en un bar…”. Todos sus ejemplos son de este tipo, especialmente cuando la estructura psicótica comanda el funcionamiento. Las intervenciones se centran en invitar al paciente a que explique con detalle algunos de estos episodios psicóticos. Pero, sin entrar demasiado en el contenido de las situaciones psicóticas, bastante variables, pero sumergidas en un modo de funcionamiento que siempre es el mismo. Debido a ello, lo que más importa trabajar con el paciente es la operatoria psíquica, transformándose el centro del trabajo en ayudarle a reconstruir esa operatoria en el diferente ambiente emocional que provee la sesión. Al mismo tiempo, se trata de añadir a los episodios psicóticos aquello que les falta en su relato y que puede dar un sentido a la secuencia. Un ejemplo de secuencia reconstruida entre paciente y analista (con elementos aportados por ambos) con los nuevos elementos sería algo así: “siempre noto que me hacen de menos, voy notando que no puedo defender lo que estoy diciendo, me faltan argumentos … entonces siempre noto que me voy poniendo hostil, a la defensiva … acabo creando verdaderos enemigos en mi cabeza … en esos momentos no lo veo, pero lo que está grabado en mi cabeza, como si fueran las Tablas de Moisés, es que soy una mierda y el que está enfrente siempre va a saber más … por ello, el otro siempre va a juzgarme para humillarme y condenarme”.


Lo que acabamos de proponer puede servir como ejemplificación del trabajo que es necesario hacer con las creencias matrices pasionales cuando éstas se inscriben en modos de funcionamiento deficitarios (psicosis, trastornos graves de la personalidad, situaciones de intenso contenido traumático, etc.). En todos estos casos, es necesario que las intervenciones tengan un carácter afirmativo (Killingmo, 1995), de creación de significados que completen lo que el sujeto no puede proveerse por sí mismo.


Las resistencias al cambio de las creencias matrices pasionales


El cambio psíquico que se produce mediante la interpretación o mediante los efectos de la relación, como se sostiene desde el enfoque Modular-Transformacional, viene dado por las modificaciones de la valencia o peso motivacional. Este concepto desarrollado por Bleichmar (Bleichmar, 2004), trata de aportar respuestas a cómo nuestras intervenciones son productoras de cambio psíquico. Nos referimos con él a que el valor de cambio de la intervención vendrá dado por su interacción con el estado de los sistemas motivacionales del paciente en ese momento. Con su capacidad para modificar el balance motivacional en un sentido que no provoque la resistencia del sujeto y sustituya las ganancias anteriores. Es decir, el peso motivacional de cualquier intervención terapéutica es siempre ponderado, ya que es fruto de un balance basado en su articulación con los diferentes sistemas motivacionales, en el modo en que los moviliza. Podemos tomar como ejemplo el caso que mencionábamos más arriba de S., como decíamos era la reacción afectiva de la madre cuando su hijo no cumplía las expectativas intelectuales, su cara de ansiedad, de frustración o disgusto, lo que marcaba la creencia de tener que ser número uno en los estudios. Esos mensajes, fundamentalmente procedimentales, provocaron el surgimiento de la creencia y su mantenimiento, es decir, propiciaron su enorme peso motivacional. Podemos ver entonces cómo la aceptación y mantenimiento de las diferentes creencias matrices pasionales da placer a ciertos sistemas motivacionales o evita el displacer de otros. La importancia de esto es crucial, ya que nos permite entender que las creencias matrices pasionales no se sostienen en sí mismas, sino que cogen su fuerza del placer que obtienen, en cada caso, de alguno de los sistemas motivacionales prevalentes (narcisistas, Hetero-autoconservación, sexual, apego, regulación psicobiológica).


Por lo tanto, la modificación de las creencias matrices pasionales exige, por una parte, el análisis de la valencia o peso motivacional que sostenía la antigua creencia y, por otra, proporcionar aquella valencia o peso motivacional que sostenga a la nueva creencia matriz pasional. Así, estas nuevas creencias matrices pasionales que sustituyen a las anteriores creencias disfuncionales, sólo podrán establecerse si ofrecen una fuerza motivacional suficiente. En caso contrario, estaremos frente a una resistencia al cambio.


Dos fuentes principales pueden poner en marcha movimientos de resistencia terapéutica. Por una parte, el primer punto de resistencia lo encontramos en la idealización. Esta primera dificultad viene dada por el hecho de que las creencias matrices pasionales proceden del discurso y del vínculo con los objetos significativos. El trabajo con las creencias matrices pasionales requiere, en casi todos los casos, en mayor o en menor medida, de un trabajo de reconstrucción histórica, lo que supone enfrentarse con angustias específicas: las que despierta el examinar el carácter patológico de dichas figuras significativas. Es decir, la más que probable aparición de la culpa y de los sentimientos de deslealtad, así como de los sentimientos persecutorios, deben ser tomados en cuenta. Hay que ser extremadamente cuidadoso para no levantar el rechazo del paciente. Tenemos que saber que es difícil cuestionar un discurso parental, sin cuestionar a los objetos significativos de los que procede dicho discurso. Por otra parte, el segundo punto de resistencia lo encontramos en el temor a las consecuencias que se pueden derivar en la realidad del cambio de conducta que la nueva situación exige. Nuevas creencias matrices pasionales exigen nuevas formas de afrontar la realidad, con las angustias que, según los tipos de sistemas motivacionales prevalentes, esto procura. En estos casos, resulta esencial que, al trabajo sobre el desvelamiento de los códigos, le siga un trabajo repetido en la realidad, esto es, la puesta en marcha de conductas que faciliten el establecimiento de nuevas adquisiciones conductuales (Bleichmar, 1999 y 2001; Power, 2000).


R. es un hombre de 34 años de edad que mantiene una relación de pareja con una compañera de trabajo a la que también intentó conquistar un amigo suyo. Es un hombre que se maneja con la creencia de que “decidir, tomar decisiones es peligroso, porque se acaban volviendo contra uno mismo”. Desde pequeño mantiene un temor de este tipo, a lo que han contribuido circunstancias familiares concretas. La relación con su pareja es muy buena, pero duda una y otra vez de las consecuencias de su actuación, acuciado por temores en los que juega un gran papel el miedo a la rivalidad con otro hombre y a las consecuencias de la toma de decisión: si la relación se romperá, si ella no acabará yéndose con el amigo al final etc. En realidad no hay datos que puedan presagiar que eso vaya a ocurrir. Sin embargo la duda no deja de asaltarle. Retuerce la realidad para que ésta se adecue a la creencia temida … “es como si tuviese que confirmarse la sospecha … llego a retorcer la realidad para que ésta se adecue a lo que me da miedo … cuando paseo con ella tengo que elegir yo dónde vamos para no dejar nada al azar, para no encontrarnos con mi amigo….”. Vamos trabajando esta creencia en situaciones concretas actuales y desde ahí llegamos a sus orígenes. Van apareciendo situaciones triangulares de su infancia y juventud. El temor a quedar como tercero excluido es un elemento común a todas las situaciones que trae a sesión, y eso le ha llevado a actitudes vitales evitativas. En esos momentos, empieza a perfilarse que esta creencia le provee de seguridad. Cuando se le señala responde: “¿y cómo tendría que actuar si no fuera así? ¿A que obligaría?” Detrás de esas preguntas se esconde el miedo a las consecuencias que tendría el actuar desde otra creencia. A él, que se siente impotente en la rivalidad con el otro y, sobre todo, tras actuar toda una vida bajo esa convicción, la retracción que le provoca la creencia le da seguridad. Pidiéndole que continúe trayendo ejemplos concretos cuenta un episodio de su adolescencia: P.: “en el colegio, me peleo con un niño y me pone un ojo morado, un amigo me defiende y él le trata mal, yo no me atrevo a salir en su defensa. Lo recuerdo con mucha vergüenza, parece que prefiero hacerme daño a mi mismo a que me partan la cara. Lo peor de aquello fue la sensación de cobarde que pude dar a los que lo vieron y desde luego a mí”. A.: “y esa sensación tan humillante te ha acompañado toda tu vida”. En todo esto se esconde una patología edípica que se hace evidente en esta secuencia: P.: “dicen que todos tenemos que separarnos de nuestro padre… esa igualación de roles con mi padre nunca se dio… era violento, agresivo, aunque también era muy cariñoso. Las pocas veces que me rebelé era para ponerme por encima”. A.: “eso me parece un poco ficticio, poco realista”. P.: “era artificial, falso, porque era un momento, no duraba casi nada”. A.: “Y eso es precisamente algo a lo que podemos aspirar. A que desaparezca ese sentimiento de vivir situaciones artificiales”. Al necesario trabajo sobre estos contenidos hay que añadir, para que el cambio pueda realizarse de un modo consistente, la intervención sobre la inscripción de tipo procedimental del miedo ocasionado por tantos episodios repetidos. Por ello el trabajo analítico se centra en tomar en cuenta los registros vinculares con los que se maneja en el trabajo y otras situaciones vitales, planteando tareas a realizar en el día a día y luego analizarlas[4].


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[1] A lo largo de la obra de Bleichmar (1997 y 1999) vamos a encontrar diversas menciones a la lingüística como disciplina que ayuda a entender aspectos del funcionamiento psíquico. De este modo, toma los conceptos de Chomsky (1965, 1980 y 1984) a propósito de su gramática generativa y el funcionamiento de la mente. En ellos, muestra cómo se produce el procesamiento de componentes que se van articulando para construir la frase.



[2] En este sentido, resulta de gran interés tomar en cuenta los conceptos relacionados de medio proveedor (Bleichmar, 1999), y objeto perturbador (Bleichmar, 1999). Por el primero se parte de la base de que no es suficiente con pensar que lo externo debe facilitar el desarrollo del psiquismo, sino que el medio externo interviene en que se pongan en marcha o no diferentes estructuras y funciones psíquicas, las cuales no estarían aseguradas de antemano. Por el segundo, nos estamos refiriendo a aquel objeto que por su intervención, sea o no intencionada, el sujeto sufre la desestructuración o la no puesta en marcha de determinadas estructuras o funciones psíquicas.


[3] Los sustratos cerebrales de la memoria explícita son diferentes de los sustratos cerebrales de la memoria implícita. Sabemos, desde los trabajos de Eric Kandel (2006), que en el hemisferio derecho predominan los circuitos neuronales que regulan los afectos y la expresión no verbal (memoria implícita); por el contrario, sabemos que en el hemisferio izquierdo predominan los circuitos que organizan las relaciones cuasa-efecto  y el lenguaje verbal (memoria explícita).


[4] Que el contenido del mensaje no es lo único a considerar, ni siquiera lo más importante, es algo que sabemos desde hace tiempo y que ha sido estudiado también desde la teoría de la comunicación. En este sentido, podríamos recordar los trabajos pioneros de McLuhan afirmando, bajo su conocido lema de que “el medio es el mensaje”, que el uso humano de cualquier medio de comunicación tiene un impacto más relevante que el contenido de dicho medio. Él lo aplicaba a los medios de comunicación, especialmente a la televisión al afirmar que eran más importantes los efectos que tenía el acto de ver regularmente la televisión que lo que aquella contaba. Llevado a nuestro medio, podríamos decir que el modo de transmitir el mensaje o, lo que es lo mismo, todo lo procedimental que acompaña el contenido, puede modificar el significado de estos contenidos.