La pareja en conflicto: aportes psicoanalíticos [Spivacow, M.A., 2011]

Publicado en la revista nº040

Autor: Espeleta, Susana

Reseña: La pareja en conflicto: aportes psicoanalíticos. Miguel Alejo Spivacow. Buenos Aires: Paidós, 2011 (229 pág.)


Autora de la reseña: Susana Espeleta


 


Miguel Alejo Spivacow, basándose en los aportes teóricos de René Kaës, continúa son la investigación iniciada en su obra Clínica psicoanalítica de parejas. Entre la teoría y la intervención (2005b) con el objetivo de profundizar en el estudio de los mecanismos psíquicos implicados en las relaciones de pareja. El autor aun privilegiando la cura individual, señala sus límites y la necesidad de que nos abramos al uso de dispositivos plurisubjetivos, lo cual nos obliga a una profunda revisión de nuestra teoría y nuestra práctica psicoanalíticas. En ese sentido Spivacow teoriza sobre la naturaleza del inconsciente y su articulación con el campo relacional. Concibe el psiquismo como un sistema abierto, dando protagonismo a los espacios intersubjetivos, los cuales también estarían dotados de consistencia y cualidades psíquicas. Trata de llevar más allá de lo que el psicoanálisis clásico suele hacer la conceptualización del vínculo subjetivo (normalmente definido exclusivamente bajo los parámetros de las identificaciones y las relaciones de objeto del espacio intrapsíquico de los individuos implicados) estudiando aquello que liga a los sujetos en una pareja, así como el espacio intersubjetivo que ambos crean. Para completar el estudio presenta una sesión comentada desde diferentes perspectivas, lo cual es coherente con su apuesta por avanzar en la construcción epistemológica de una forma crítica. Este es el espíritu de la obra, el cuestionamiento constante que se aleja del dogmatismo y los prejuicios que puedan empobrecer nuestra práctica.


A continuación pasaremos a resumir brevemente los capítulos que conforman el libro:


1.            Amor y pareja en psicoanálisis.


2.            El sujeto y el otro. Lo inconsciente y el partenaire.


3.            Discurso conjunto, transferencia intrapareja, intervención vincular. Conceptos distintivos de la clínica con parejas.


4.            La pareja, más acá de lo inconsciente. La superficie del discurso conjunto.


5.            De la demanda a la construcción de una posición analítica en la clínica con parejas.


6.            Sintonía y validación. Trabajos psíquicos en la relación de pareja.


7.            El divorcio, entre la fantasía y la decisión.


8.            La pareja en “segundos matrimonios” y en las familias ensambladas.


9.            Las relaciones extramatrimoniales en la terapia de pareja. “Infidelidad”.


10.         Violencia emocional en la pareja.


11.         Parejas de mañana. El futuro desde un consultorio de parejas.


12.         Una sesión comentada desde diferentes perspectivas.


1.            Amor y pareja en psicoanálisis


Dentro del psicoanálisis hay diferentes concepciones sobre el amor, algunas de ellas antagónicas. Preguntas como si es posible la armonía entre los sexos, qué es lo propio de cada uno de ellos y cuál es la naturaleza de este sentimiento, son contestadas de muy diversas formas. El término “amor” abarca realidades enormemente variadas, de hecho el amor de pareja se aleja de muchos de nuestros ideales, pues es más posesivo que generoso, y en él adaptarse a las necesidades del otro es un reto tan constante como escurridizo. La consideración del vínculo como un tercer actor que entra en escena es también un asunto polémico. Uno de los ejes centrales de este libro es precisamente entretejer el mundo intrapsíquico de cada sujeto con el mundo relacional que conforman entre ambos.


Spivacow hace un breve recorrido histórico por las ideas que diferentes autores psicoanalíticos han expresado sobre el amor, y como no puede ser de otra forma, comienza aproximándose al pensamiento freudiano. Freud en Pulsiones y destinos de la pulsión lo define como una relación del “yo” con sus objetos de placer, por lo que el primer amor es narcisista. Al ser el “yo” quien ama, queda ubicado de forma privilegiada en el consciente y preconsciente, y por lo tanto regido por el principio de realidad. Siendo narcisista el amor en sus orígenes, éste siempre aspira a dominar el objeto, aunque en el enamoramiento haya un sometimiento inicial al mismo. La dinámica dominación/rendición es la lucha de poder perpetua en cualquier relación de pareja, donde ambos sujetos están en constante peligro de borramiento. En ese sentido el autor cita a Piera Aulagnier (1979) para hablarnos de la inevitabilidad de este juego, donde el analista tendría el papel de propiciar un equilibrio de poderes. Bajo su punto de vista este aspecto de las relaciones amorosas es el más difícil de evaluar en los dispositivos individuales.


Prosiguiendo con Freud, éste señala que el núcleo básico del amor de pareja es lo sexual, aunque como sentimiento duradero esté basado en un cálculo de conveniencia. Psicología de las masas y análisis del yo. (1921:105) Spivacow reflexiona que Freud encarna los ideales románticos de su época cuando considera un logro evolutivo conseguir la confluencia en un solo objeto de los impulsos sexuales y la ternura. Cita a Jones y Lacan (1960:36), los cuales piensan que Freud posee un mandato superyoico rígido que exige la monogamia, aunque sin idealizar el encuentro amoroso, ya que este no deja de insistir en su naturaleza fallida. Para Freud todos los objetos son sustitutos del original perdido, y por lo tanto solo parcialmente satisfactorios. Algo de la propia pulsión sexual es desfavorable al logro de la plena satisfacción, lo cual explica la interminable serie de objetos sustitutivos. El deseo está asociado a lo prohibido e inevitablemente declina en una relación de pareja, lo cual no significa que ésta vaya necesariamente a perder valor con el paso de los años, ya que hay personas para las que la historia compartida se convierte en un preciado capital que aporta solidez al vínculo. Vemos pues que amor y deseo transitan diferentes caminos.


En cuanto a Lacan, Spivacow nos habla de cómo estuvo profundamente influido por el artículo de Freud Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (1912), por lo que consideraba que los encuentros eran necesariamente disarmónicos. El autor subraya la frecuencia con la que en clínica nos encontramos ante la pretensión de un amor sin sufrimiento, lo cual constituye una negación de esta realidad incómoda.


Por otra parte, Spivacow nos advierte contra el concepto de “natural” en el sexo y el amor. Como sabemos lo “natural” es reclamado por todas las culturas para defender sus normas, ante esto el analista debe conservar su capacidad crítica evitando alinearse  con los mandatos culturales que le rodean. De hecho podríamos considerar que un tratamiento psicoanalítico exitoso implica que el analizante pueda discrepar en algún punto con la cultura a la que pertenece. Como sabemos, el espíritu freudiano nunca ha apostado por la adaptación a las normas sociales. Además debemos añadir que el concepto de “natural” ha estado de forma privilegiada al servicio de justificar las diferencias de género. A la posición femenina se le ha supuesto siempre la aspiración de articular deseo y amor, mientras que la posición masculina tendería a la separación entre ambos. Es importante que recordemos que la polaridad hombre/mujer no se equipara a la polaridad masculino/femenino, y que los prejuicios dominan en gran medida este tipo de reflexiones.


La concepción de la relación amorosa como vínculo emergió en la segunda mitad del siglo XX, el autor cita a Dicks, el cual en su libro Tensiones matrimoniales (1967) da cabida a la interacción propiamente dicha, y a cómo los sujetos se influyen mutuamente de forma consciente e inconsciente. Por primera vez la relación se define como algo más que la suma de individualidades. Siguiendo con esta idea Spivacow estudia a lo largo de la obra el modo en que los partenaires seleccionan consciente e inconscientemente lo que es posible y no disruptivo en su relación: de qué se habla y de qué no, cómo son ciertas cosas, qué se hace y qué está prohibido, qué sentimientos son reconocidos o se suponen verdaderos, qué se puede esperar de la relación sexual… Y toma de Kaës (1993) el concepto de alianza inconsciente para explicar este funcionamiento, en el cual se produce un acoplamiento a través  del que se definen las posiciones subjetivas mutuamente sostenidas. Estas alianzas son peculiares de cada vínculo y pueden no expresarse en la transferencia de una psicoterapia individual. El autor nos recuerda que debemos ser conscientes de que estas alianzas regulan las semantizaciones de la realidad, lo sabido y lo no sabido, lo lícito y lo ilícito, por lo que desentrañarlas se vuelve un reto difícil y muchas veces imposible desde estos dispositivos individuales.


Spivacow retoma a Freud y su ideal de llegar a una fase libidinal definitiva, la organización genital adulta, para precavernos de un abordaje clínico en el que definamos cómo debe ser una relación de pareja “normal” o “sana”. Así como Freud se vio influido por los ideales de las familias burguesas de su medio social, nosotros debemos ser conscientes de que nos vemos influidos por nuestro entorno. Frente a autores que diferencian entre “normalidad” y “patología” en las relaciones amorosas, otros como Stoller y él mismo, atribuyen un ciento por ciento de “anormalidad” a la vida erótica. La pareja es una experiencia “anormal” en el sentido de que no se ciñe a una norma “modelo”, en ella además se despliegan altas dosis de regresión, especialmente si está basada en el enamoramiento, lo que la vuelve en gran medida incompatible con la individuación adulta.


“Un vínculo de pareja implica equilibrios que se alcanzan, se pierden y se reconquistan, e incluye variadas dosis de egolatría y humildad con el objeto; locuras personales y alteraciones del yo; trabajo de lo intersubjetivo y destructividad. No hay un modelo de amor de pareja que pueda considerarse ideal o sano, no hay amor “logrado” ni hay punto de llegada, y por ende la clínica va a ser siempre un problema singular, caso por caso” (pág. 60)


2.            El sujeto y el otro. Lo inconsciente y el partenaire


Spivacow, al igual que Kaës, aspira a que en psicoanálisis se dé el peso necesario a lo intersubjetivo, considerando esta dimensión y su articulación con lo intrasubjetivo como algo fundamental. Describe cómo el sujeto incorpora elementos del otro, códigos y palabras “prestadas”, que sin haber hecho realmente suyas lo determinan. Este fenómeno se observa claramente en los niños, que repiten sin entender muchas cosas, pero no es exclusivo de la infancia, sino que se prolonga a lo largo de la vida adulta.


Freud fue el primero en entender que nuestro inconsciente es el producto del encuentro entre nuestra subjetividad y la del otro, el resultante de la interacción de lo intrasubjetivo con lo intersubjetivo, pero para él había fronteras nítidas que separaban ambos mundos. El autor utiliza la imagen de la banda de Moëbius para darnos una idea del psiquismo diferente a la freudiana, en cuanto a que no hay fronteras nítidas que separen lo interno de lo externo, lo propio de lo ajeno. Lo interno y lo externo, al igual que en ella, son dos espacios continuos, diferentes pero fundidos entre sí. Los niveles de permeabilidad al exterior en el mundo psíquico son pues variables y se sitúan a largo de un continuo.


Para el autor es una idea central que la interdeterminación es un propiedad fundamental de la trama intersubjetiva, esto explica no solo los cambios que se producen a nivel consciente, sino los que se dan en el inconsciente, transformaciones tanto circunstanciales como profundas. En el interior de esta trama intersubjetiva se generan formaciones relativamente estables y sólidas, las llamadas alianzas inconscientes (Kaës), que regulan el funcionamiento de la trama en cuestión organizando las posiciones de los sujetos y sus interacciones. Estas alianzas están constituidas por investiduras estables entre los miembros del vínculo y definen lo que está permitido y lo que está prohibido en el intercambio. Son organizadores de la conducta que están reprimidos, por lo tanto su funcionamiento es a nivel inconsciente. Implican en lo intrasubjetivo remodelaciones e influencias en la represión y en los procesos defensivos de los integrantes del vínculo. Asimismo las defensas y funcionamientos intrapsíquicos se ponen al servicio de conformar estas alianzas, las cuales retiran de la consciencia ciertas representaciones en aras de mantener la homeostasis narcisista, aunque hay contenidos que aun quedando excluidos del intercambio intersubjetivo explícito no se vuelven inconscientes para el sujeto. Es pues una producción conjunta que cumple una función para todos los integrantes del vínculo, y no se trata de una mera acomodación de un sujeto a otro, pues es generadora de cambios profundos. Estas investiduras que conforman la alianza abarcan diferentes estratos de lo psíquico, desde los funcionamientos conscientes y preconscientes (lazo social, roles…) hasta lo inconsciente que une a la pareja, lo cual toma la forma de aspiraciones e intenciones conscientes: objetivos familiares y económicos, la educación de los hijos, la organización del hogar, las relaciones sociales, la sexualidad, etc. Spivacow hace hincapié en que entre lo intrasubjetivo y lo intersubjetivo hay una influencia mutua, pero a modo de “irradiación”, no como un condicionamiento férreo, ya que, como veíamos, hay diferentes grados de autonomía en ambas dimensiones.


Lo característico de la faceta intrasubjetiva del funcionamiento psíquico es que el otro y el mundo exterior son asimilados a partir de funcionamientos proyectivos y narcisistas, y reducidos a objetos internos. El acceso a lo intrapsíquico lo logramos de forma privilegiada a través de la asociación libre planteada por Freud. Lo característico del funcionamiento intersubjetivo en cambio es la influencia del otro, el cual es irreductible a su internalización como objeto. Para acceder a esta dimensión el clínico debe atender al discurso conjunto. Como ya apuntaba el autor con anterioridad, no debemos olvidar que lo intersubjetivo puede no manifestarse suficientemente en la transferencia; es en estos casos que los dispositivos de familia, grupo o pareja facilitan el abordaje de estos funcionamientos psíquicos. Pero independientemente del dispositivo (individual o vincular) ambas dimensiones deben ser tenidas en cuenta, pues en lo profundo del psiquismo se indiferencian, hundiendo sus raíces la una en la otra, asemejándose a las zonas de torsión de la banda de Moëbius.


El autor toma de Kaës una concepción del inconsciente a la luz de la dimensión intersubjetiva que lo define como un espacio psíquico interno y externo a la vez, por lo tanto superficial y profundo, ectópico y politópico. Es ectópico porque existe también por fuera del aparato psíquico descrito por Freud, y politópico dado que está en varios lugares al mismo tiempo. Lo inconsciente es a la vez revelado y neo-producido, pues un estímulo o interacción con otro o con uno mismo pueden tanto revelar algo preexistente que permanecía hasta entonces en otro estado, como generar algo nuevo que no existía previamente.


Spivacow considera que las tesis de autores como Kaës nos conducen a formular una nueva teoría del psiquismo -y por lo tanto del psicoanálisis- que incluya tanto lo concerniente al psiquismo individual como a conceptualizaciones y prácticas que atañen a dispositivos vinculares: grupos, parejas, familias e instituciones. Pero el autor, como ya apuntábamos, sigue privilegiando el dispositivo freudiano frente a los vinculares, siempre y cuando el analista tenga en cuenta la imprescindible dimensión intersubjetiva.


3.            Discurso conjunto, transferencia intrapareja, intervención vincular. Conceptos distintivos de la clínica con parejas


En este capítulo se introducen tres conceptos clave para la clínica con parejas: el discurso conjunto, la transferencia intrapareja y la intervención vincular.


·                    El discurso conjunto


La cadena asociativa que se produce en una pareja es llamada por el autor discurso conjunto, y es sobre la observancia de éste que interviene el analista. Estas son sus principales características:


-              El discurso conjunto no puede equipararse a una asociación libre, sería ingenuo e incluso contraproducente proponer que lo fuera. Inevitablemente la presencia del otro incide en las asociaciones de cada uno de los miembros de la pareja, lo que coarta en gran medida su libertad.


-              La atención del analista debe estar puesta en ese producto que elaboran entre ambos, basado en las polarizaciones, igualaciones y la distribución de roles; constituido por repeticiones significantes, contenidos ideativos similares, malentendidos, inducciones y argumentaciones inaceptables para el otro.


-              En el discurso conjunto también deben atenderse especialmente a las contradicciones entre forma y contenido, como la que se observa por ejemplo en los casos en los que un sujeto reclama ser amado en un tono agresivo.


-              La paradoja también es un elemento importante del discurso conjunto. Y el autor pone un ejemplo común, los momentos en los que un miembro le dice al otro que no cambie pero que la situación es insostenible.


-              Por otro lado el discurso conjunto revela los sinergismos, funcionamientos en los que las argumentaciones o fantasías de ambos se potencian mutuamente.


-              Finalmente Spivacow señala que una de las más importantes peculiaridades de este discurso son las manifestaciones escénicas, y que por ello el analista debe atender especialmente al lenguaje no verbal.


·                    La transferencia intrapareja


El autor acuña el concepto transferencia intrapareja para referirse a las transferencias con las que un partenaire inviste al otro, éstas se modelan y constituyen de forma tanto intrasubjetiva como intersubjetiva, en virtud de las alianzas inconscientes y la interdeterminación que caracteriza a ese vínculo peculiar.


Cuando estas transferencias se vuelven globalmente negativas la pareja entra en crisis. El analista debe ayudar a que se produzca un insight sobre las mismas con el objetivo de que los partenaires puedan alejarse de un funcionamiento propio del principio de placer, ya tenga éste el sesgo de idealización o de reproche, para poder aceptar y tener en cuenta la realidad de quiénes son, qué hacen, y qué les pasa al uno con el otro y consigo mismos.


En un tratamiento de pareja la transferencia con el analista sigue siendo importante. Aunque éste deja de ser el objeto preferente, su presencia influye en el modo de desplegarse la transferencia intrapareja y genera una alternativa relacional de gran utilidad clínica, pues trasciende los estereotipos en los que suelen estar atrapados los pacientes.


·                    Las intervenciones vinculares


Spivacow da el nombre de intervenciones vinculares a las intervenciones que realiza el analista en el dispositivo de pareja, estas no se dirigen a un sujeto sino a los dos, y la intención de cambio apunta por lo tanto a los procesos psíquicos en los que ambos participan.


Bajo este prisma no se desconsidera lo intrasubjetivo, pues lo intersubjetivo no puede conocerse sin tener en cuenta a aquel, y a la inversa:


“Así como en el horizonte de una interpretación freudiana opera siempre una teoría del conflicto y la defensa intrasubjetiva, así también puede decirse que el horizonte de una intervención vincular opera -más allá de la forma que adopte- una teoría de la interdeterminación, de las alianzas inconscientes y de las transferencias intrapareja.” (pág. 86)


Asimismo el autor rescata una idea fundamental para nuestra práctica, y es la de que nos vemos influidos tanto por nuestras referencias teóricas como por nuestras experiencias personales. Como analistas estamos siempre implicados, además de obligados en numerosas ocasiones a tomar opciones éticas. Es crucial por lo tanto “saber lo que se piensa para pensar lo que se hace” (pág. 88). Todo esto no implica que el autor no considere que hay que mantenerse fiel, también en el tratamiento de pareja, a la intención que subyace a la regla de abstinencia: el analizante debe encontrar el mínimo posible de satisfacciones sustitutivas de sus síntomas en la relación con el analista, que no debe plegarse a las demandas de su paciente ni ceñirse a los papeles que este trata de imponerle. Además considera fundamental que el analista evite dar consejos o adopte una actitud pedagógica, debe limitarse a pensar sobre la conflictiva que se le presenta y ser cauto a la hora de animar a tomar decisiones.


Aunque hay determinadas situaciones que por su carácter de urgencia nos empujan a tener que pasar por alto estas premisas:


-              La violencia: Es nuestra prioridad tratar de evitar que se sostengan relaciones abusivas. Deben ser diferenciadas de aquellas relaciones de carácter sadomasoquista.


-              El desvalimiento: Cuando uno de los miembros de la pareja peligra en su integridad psíquica, hay que intentar concederle las condiciones necesarias para que pueda fortalecerse y encarar el conflicto. Aunque también debe entenderse que el miembro más fuerte tiene derecho a no sostener al otro o puede no ser capaz de hacerlo.


-              Los hijos: Debemos promover una paternidad/maternidad responsable, siendo éste un introyecto crucial a elaborar en los tratamientos de pareja.


Por último, y como ya apuntaba, considera fundamental que seamos conscientes de los valores que nos guían, y a falta de directrices generales que nos orienten en este sentido como psicoanalistas, que nos adaptemos a las peculiaridades de cada problemática. Hay casos en los que la posición ética a adoptar solo podrá construirse en el intercambio interdisciplinario, por haber demasiadas cuestiones puestas en juego que exceden nuestra práctica.


4.            La pareja, más acá de lo inconsciente. La superficie del discurso conjunto


A continuación el autor presenta distintas modalidades de interacción características de las parejas en crisis. Todas ellas tienen niveles implícitos y explícitos y pueden combinarse entre sí, ya que no hay una frontera nítida que las separe.


·                    Polarización


La interacción se caracteriza por generar un antagonismo extremo, esto hace que ambos pierdan algo de su autenticidad, pues adoptan una suerte de identidad “reactiva” distorsionada. En la base de estos fenómenos es frecuente encontrar sentimientos ocultos de atracción y envidia hacia los rasgos de personalidad que se critican en el otro. Si en este funcionamiento entra la perversión o hay una gran rigidez narcisista, el cambio psíquico se vuelve muy difícil. También disminuye las posibilidades de cambio que las polarizaciones formen parte de alianzas inconscientes fundacionales proveedoras de una “identidad” para la pareja.


·                    Magnificación


En ella se lleva al absoluto el valor de un elemento, está asociado con el enamoramiento ya que es un tipo de idealización rígida. La forma que adopta cuando la pareja está en crisis es el reproche: “él podría hacerme feliz”, “si ella quisiera todo esto no ocurriría”. Renunciar a ello es un proceso de duelo cuya finalidad es la aceptación de la realidad  y los límites del otro. Cuando la persona no es capaz de elaborar determinados duelos narcisistas, las idealizaciones se acercan o entran de lleno en el terreno de la psicosis.


·                    Pseudocomplementariedad o identidad pseudocomplementaria


Se trata de una adaptación basada en un falso self que supuestamente aspira a satisfacer al otro. El objetivo más o menos consciente suele ser evitar conflictos, pero acaba generando grandes dosis de frustración y rencor. Los ejemplos que pone el autor son el del niño que se sobreadapta para satisfacer a sus padres y el de la mujer que aun desbordada con las labores de crianza no pide ayuda a su pareja por estar presa de un ideal de maternidad que ambos comparten.


·                    Discordia contenido/relación


Implica la circulación de mensajes contradictorios en el discurso conjunto. El autor rescata a Watzlawick y los teóricos de la comunicación, los cuales señalaron cómo en un intercambio siempre hay dos niveles: el contenido explícito del mensaje y el mensaje implícito que da cuenta de la relación que se entabla con el interlocutor. Esto recibe el nombre de “metacomunicación”, pues va “más allá” del contenido, es la dimensión relacional. Es frecuente que uno de los partenaires reaccione a un nivel que su pareja está ignorando por estar atendiendo al otro, lo cual provoca frecuentes discusiones. El nivel relacional es el que más fácilmente resulta negado. Explicar la existencia de ambos niveles ayuda a aclarar los malentendidos y compaginar las razones de ambos.


·                    Discordia verbal/gestual


Observar este parámetro nos ayuda a entender numerosas peleas, por ello es muy importante atender al lenguaje no verbal, hacerlo consciente e interpretarlo, para que la pareja pueda tenerlo en cuenta y tenga una oportunidad de manejar lo que sucede en el encuentro.


·                    Malentendido o ilusión de entendimiento


Cuando la pareja ha creído estar de acuerdo en algo fundamental sin estarlo, reubicarse se vuelve necesario, pero esto implica renuncias que solo pueden llevarse a cabo si el narcisismo de ambos es lo suficientemente flexible.


·                    La esterilización de la palabra


Es un modo de interacción en el que el lenguaje es utilizado como un arma sin prestar apenas atención al contenido de lo que se dice, se “evacua” sin tener en cuenta las consecuencias, y puede subyacer la idea de que la separación no constituye un peligro. Solo saliendo de esta modalidad es posible el psicoanálisis, pues como sabemos, éste se apoya en la palabra. Conviene que el analista se centre en hacerles atender a la forma en la que se hablan, no al contenido de lo que se dicen, el reto es no verse envuelto en una discusión estéril.


·                    La confirmación y la desconfirmación


En esta modalidad el sujeto se arroga la autoridad de definir la identidad de su pareja, reconociendo o negando un aspecto de su mundo interno. Este último se ve colocado en la posición de sentir vergüenza, culpa o angustia por no funcionar de la manera que se espera de él. El autor cita a Aulagnier para advertirnos de que a  pesar de ser un funcionamiento alienante para el que se ve definido por el otro, hay que evitar ver a éste tan solo como una víctima y esclarecer de qué modo participa en el conflicto un deseo no reconocido de autoalienación. Por supuesto esto último no sería aplicable a la clínica con niños.


·                    La colusión


En ella ambos están engañados, Spivacow señala la más común: “el matrimonio perfecto”. Está basada en un conglomerado de alianzas inconscientes y requiere de pseudocomplementariedad y confirmación de los respectivos falsos self.


·                    La elusión


Es una modalidad de técnica evitativa que fue descrita por primera vez por Laing (1961) basada en la negación del conflicto a través de la sustitución de una realidad desagradable por otra. Es un funcionamiento que se sostiene en lo intersubjetivo, basado en alianzas inconscientes y mecanismos de defensa intrapsíquicos como la desmentida y la represión. El autor nos dice que inicialmente el autoengaño y la evitación pueden ser conscientes, y que esto se da con frecuencia en la relación con los hijos cuando los padres se sienten impotentes a la hora de encarar sus problemas.


·                    Depositación


Spivacow toma el concepto de Pichon-Rivière (1995), según el cual es muy frecuente en las disfunciones sexuales que un miembro de la pareja asuma toda la responsabilidad sobre un conflicto. Es un tipo de proyección rígida que en el inconsciente puede corresponder a funcionamientos tanto neuróticos, como perversos o psicóticos. El analista debe ayudarles a entender cómo ambos participan en la problemática, de modo que puedan salir de un juego de culpas y vergüenzas del todo estéril.


·                    La posición insostenible


Constituye una distorsión de la realidad al servicio de sostener algo imposible, puede ser inducido por los otros o autoinducido. Spivacow pone el ejemplo del matrimonio que espera de sus hijos que salven su relación de pareja.


Los partenaires se caracterizan por hacer sus interpretaciones sobre el otro mediatizados por su narcisismo y sus ansiedades, el lenguaje de la pareja es pues libidinal, basado en la presunción de conocer al otro y de ser “objetivo”. La ilusión especular de los inicios genera la impresión de disfrutar de una “buena comunicación” basada en la idea de que “pensábamos igual”. Asumir que los significados siempre son en parte diferentes para cada cual es una dolorosa realidad negada cuando se está enamorado, pues va en contra de las ilusiones fusionales que fundan muchas parejas.


Para Spivacow nuestra tarea fundamental es rescatar a la pareja de los significantes que alimentan la crisis que padecen y ayudarlos a procesar los mensajes del otro de un modo más cercano al principio de realidad, citando a Lemaire (1979: 262): “La tarea clínica (…) consiste antes que nada en clarificar los mensajes y comparar los sentidos diferentes que ellos tienen para uno y otro integrante” (pág. 104). Como sabemos, la comunicación nunca puede ser absolutamente “buena”, ya que no es unívoca y los malentendidos son permanentes. Esto obliga al analista a oscilar entre aclarar estos malentendidos y asumirlos como inevitables.


Por último el autor nos advierte de los límites de nuestro trabajo clínico, la mera clarificación del lenguaje no es suficiente para que una pareja permanezca unida, ya que el cuerpo, lo real y lo libidinal son piezas clave que escapan a nuestro control.


5.            De la demanda a la construcción de una posición analítica en la clínica con parejas


En la demanda de ayuda es frecuente encontrar que uno o ambos miembros de la pareja consideren no tener un problema a analizar, colocando el origen del conflicto en el exterior, o bien porque se supone que la responsabilidad es del otro (algo característico de las parejas con funcionamientos violentos) o bien por considerar que los problemas se generan por fuera del vínculo (frecuentemente se piensa que uno de los hijos es el responsable del malestar). Tal y como el autor señala a menudo nos encontramos pacientes que tienen más una actitud de consumidores que de analizantes, y es bueno que recordemos que la psicoterapia psicoanalítica exige un costoso trabajo psíquico. Por ello es básico que siempre que nos sea posible empecemos por promover una posición de interrogación en el paciente que lo habilite para llevar a cabo el análisis, teniendo en cuenta además que esta tarea es constante, pues la posición analítica nunca se consigue de una vez para siempre.


El autor señala tres cuestiones a tener en cuenta en la construcción de esta posición analítica:


1.            En una terapia de pareja la introspección se ve afectada por la presencia del otro; esto puede llevar, como ya comentábamos, a inhibiciones (muchas veces necesarias). Pero también podemos encontrarnos con que el partenaire interrumpe o coacciona para que el otro reconozca determinados asuntos. En estos casos la nunca fácil tarea de promover una actitud de interrogación se vuelve aun más difícil.


2.            Sostener un vínculo añade un plus de trabajo psíquico, pues el sujeto puede verse obligado a analizar aspectos que aunque personalmente no le producen angustia, sí se la producen a su pareja. Por ello es fundamental que los sentimientos y necesidades del otro no resulten indiferentes y que haya cierta capacidad para trascender el reproche estereotipado.


3.            Concebir lo intersubjetivo implica renunciar a la idea de poder determinar quién origina qué y aceptar que muchas cuestiones son producto de una construcción conjunta.


Spivacow lamenta el hecho de que exista un mito social sobre el amor que persuade a muchas personas de que éste lo arregla todo por sí mismo, sin mediar trabajo psíquico alguno. La gente se autoidealiza  e idealiza al otro en el vínculo amoroso, dado el placer que proporciona, pero esto también acarrea muchos sufrimientos que solo se pueden superar cuestionando dichas idealizaciones. “Se trata de ir pensando el posible bienestar de cada vínculo, ir encontrando en cada relación un saber hacer que no resulte de sometimientos ni de normas del establishment, y que articule algunas elaboraciones psíquicas con modificaciones en la escena de lo real” (pág. 116)


Para el autor sabremos que la elaboración en el terreno de la intersubjetividad empieza a rendir frutos cuando aparezcan indicadores de sintonía: la capacidad de ponerse en el lugar del otro, el reconocimiento de que no se sabe todo de la pareja, la aceptación de que se tienen visiones diferentes pero igualmente válidas, el abandono de los mecanismos de polarización, la capacidad de semantizar incluyendo la interdeterminación como factor operante… Así pues los cambios fundamentales se dan en dos ámbitos: la interdeterminación (se rebaja la hostilidad tanto en sus formas activas como pasivas) y las alianzas inconscientes (se empiezan a tratar temas anteriormente negados). Esto hace que cambien los modos de metabolizar lo que viene del otro y lleva por añadidura a incrementar el grado de autonomía en ambos.


El capítulo finaliza con una reflexión en cuanto a las tareas que un analista debe enfrentar en la psicoterapia de pareja, estas pueden ser especialmente numerosas, y algunas de ellas no estrictamente “analíticas”. En ese sentido cita a Winnicott: “Ya Winnicott decía que hay muchas cosas que no son psicoanálisis pero que quien mejor puede hacerlas es un psicoanalista” (pág. 120)


6.            Sintonía y validación. Trabajos psíquicos en la relación de pareja


Tal y como Spivacow nos dice, una parte del trabajo psíquico que exige la vida en pareja es la construcción y remodelación de las representaciones del objeto que posibilitan el procesamiento de la relación. Pero el autor también plantea, tomando el concepto de Green (1986), que hay que rescatar la importancia del otro del objeto. El reconocimiento de la subjetividad del otro y de la relación con ese otro real ha sido descuidado tradicionalmente en el psicoanálisis.


En la psicoterapia de parejas hay dos tareas que deben encararse en las cuales desempeña un lugar protagónico la diferencia otro/objeto: registrar al otro de la manera más cercana posible al principio de realidad (sintonía) y procesar la singularidad inaccesible de éste (validación).


El autor nos recuerda que la situación de las parejas a las que se refieren estos conceptos es la de dos personas en las que predominan las investiduras eróticas, pero sufren frecuentes discusiones que no saben cómo manejar. Desean “llevarse mejor” y piden ayuda al analista para ello. La cuestión es cómo puede intervenir el analista sin volverse directivo o pedagógico. Sostiene que éste en primer lugar debe evaluar el nivel de destructividad de la pareja y establecer sobre qué funcionamientos psíquicos intervendrá, para posteriormente profundizar en la interdeterminación, las alianzas inconscientes y en los modos en los que se realiza el trabajo de la intersubjetividad (Kaës). El trabajo psíquico protagónico cae para el autor sobre la sintonía y la validación, entendiendo estas del modo que sigue.


·                    Sintonía


La sintonía es una alternativa a la violencia y a la lucha de poder, es una forma de captación de las diferencias del otro bajo el principio de realidad, que requiere de una actitud activa e imaginativa, receptiva y hospitalaria. Se requiere la aceptación de la subjetividad singular del otro, por ello un aspecto básico es desarrollar la capacidad de ponerse en su lugar para poder entender sus motivaciones y conductas. La sintonía es un modo de funcionamiento psíquico intermitente, que se puede controlar a voluntad y que depende en gran medida de las angustias que haya en juego. Registrar lo que viene del otro no está exclusivamente basado en escuchar y entender intelectualmente lo que dice, también hay que atender a lo que no dice y ser capaz de captar la emocionalidad, lo cual implica poder relacionar la experiencia del otro con la propia.


La sintonía implica una elaboración de la incompletud y la capacidad de trascender funcionamientos narcisistas en los que la autonomía y el misterio que supone el otro son negados, pues los límites de la sintonía es la irreductible opacidad del otro, al que nunca se le puede captar de una forma absolutamente correcta. Esta opacidad no es tenida en cuenta en los funcionamientos persecutorios o fusionales, en los que se siente la convicción de saber exactamente cómo es el otro.


·                    Validación


Esta puede acompañar o no a la sintonía, implica aceptación y legitimación, respeto y reconocimiento; pero no implica estar de acuerdo con aquello que se valida, ni mucho menos someterse a ello. Sintonía y validación no tienen por qué simultanearse: las personalidades psicopáticas solo son capaces de establecer sintonía y las personalidades con baja capacidad de simbolización pueden no ser capaces de establecer sintonía, pero sí validación.


·                    Sintonía validante


Con este término el autor define un factor de pacificación que tiene sus orígenes en la infancia, cuando los padres han sido capaces de conciliar las necesidades e iniciativas de sus hijos con las propias. Si solo es reconocida la subjetividad de una de las partes se genera un déficit en la mentalización, lo cual puede producir tanto actitudes de sometimiento como de tiranía, siendo lo más frecuente una combinación de ambas o alguna otra modalidad de patología en el narcisismo.


Se requiere una elaboración de sentimientos hostiles como los celos, la envidia, la rivalidad y la desconfianza para poder sostener un yo observador. Asimismo es básico realizar un trabajo sobre los funcionamientos fusionales y el enamoramiento, pues éstos también tienen el poder de paralizar los procesamientos psíquicos.


“Cuando la sintonía validante funciona, la ilusión omnipotente de una comunicación infalible no preside el encuentro (“Nos lo contamos todo, sabemos todo uno del otro”). Por el contrario, aparece la aceptación de lo indecible y/o incomunicable y del misterio que hace al reconocimiento de la castración, todos indicadores que expresan una mejor elaboración de la omnipotencia y la incompletud, y la aceptación de la inconsistencia de los estados subjetivos”. (pág. 137)


7.            El divorcio, entre la fantasía y la decisión


El divorcio se vive de muchas maneras, para algunas personas significa un arduo proceso, para otros un alivio… como analistas no debemos dar nada por hecho. Cuando una pareja se está divorciando, nos dice Spivacow, hay dos divorcios en juego.


En el proceso de separación con frecuencia los partenaires creen descubrir horribles características en el otro y en la relación. El autor explica cómo esto se opone a la realización del duelo que conlleva el divorcio, siendo además una forma de negar la propia participación en los hechos. A menor capacidad de enfrentar el duelo, mayor índice de violencia, con el consiguiente peligro para los hijos, si los hay, y para los futuros ex cónyuges. El divorcio suele vivirse como un fracaso, debido a la extendida creencia de que el amor es eterno. Es por esto que el analista debe ayudar a la pareja a asumir que el amor, como todo, nace y muere. A veces tras las fantasías de divorcio se esconde la necesidad de un cambio en la manera de funcionar como pareja, normalmente asociado al deseo de una mayor discriminación y autonomía.


Ante el divorcio el analista se ve enfrentado a tareas que van más allá de su rol analítico. Por un lado se vuelve un asesor que ayuda a pensar numerosas cosas de orden práctico, teniendo que mantener en ocasiones contacto con otros profesionales. Por otro lado es frecuente que en un proceso de divorcio aparezcan síntomas somáticos y tengan lugar accidentes de diversa gravedad, lo cual le obliga a establecer como prioridad los cuidados físicos y a mantener en ese sentido una actitud directiva cuando es necesario. Por último Spivacow nos recuerda que aun son muchos los hombres que tienen dificultades en seguir manteniendo la relación con sus hijos, por considerarlos “ex hijos” o por estar éstos tomados como “rehenes” por su madre. El analista debe recordar a la pareja que los sentimientos de culpa pueden activar este tipo de conductas caracterizadas por los mecanismos destructivos y/o autopunitivos. Estas cuestiones son de tal importancia que deben buscarse activamente sin esperar a que aparezcan por sí solas en la sesión, especialmente en los tratamientos individuales. En estos momentos los pacientes suelen resultar impenetrables, con lo que se requiere de medidas directivas, aunque éstas no nos resulten cómodas como psicoanalistas.


8.            La pareja en “segundos matrimonios” y en las familias ensambladas


El autor nos explica cómo el vínculo previo y las cicatrices de su ruptura condicionan a estas nuevas parejas y familias reconstituidas, siendo común que uno de los anteriores cónyuges funcione como un objeto fantasmagórico que es proyectado en el nuevo partenaire.


También destaca la frecuencia con la que se culpa a los hijos de los conflictos que aparecen, y en ese sentido señala cómo uno de los más frecuentes es el que se da entre el padre y su hija adolescente, la cual le hace invivible la nueva relación. El autor considera que detrás de esto solemos encontrarnos con un padre que, debido a un conflicto de lealtades, no puede poner límites a su hija, aunque también podemos encontrarnos con que la nueva esposa funcione con esta de manera especular. Spivacow detecta con frecuencia sentimientos de culpa por parte de los padres hacia sus hijos, debidos a la preocupación por las consecuencias de la separación. Estos sentimientos dificultan o incluso impiden la inclusión del nuevo partenaire. El reto es que los nuevos cónyuges elaboren el duelo por la familia perdida, lo cual a menudo resulta imposible sin la ayuda psicológica necesaria. Para el autor es importante que investiguemos la posible complicidad inconsciente de los padres que se presentan como víctimas de sus hijos, ya que los conflictos emocionales descritos suelen ser negados, siendo éstos los verdaderos generadores del problema.


Spivacow también considera fundamental, para rebajar el nivel de conflicto, renunciar a la idea de ser “una familia normal” y aceptar lo que inevitablemente tienen de distinto estas uniones. A esto añade que las “familias normales” de hecho, no existen, y cita a Liberman (1978) y su concepto de “normópatas” para apoyar esta idea. Ser normal no es necesariamente bueno, puesto que los “normópatas” padecen una suerte de “normalidad” que disminuye su psiquismo y los hace vivir en un mundo falso.


Spivacow también nos habla de las dificultades que puede atravesar el nuevo cónyuge para aceptar la intensidad de la relación de su partenaire con su ex pareja, esta intensidad es común cuando los hijos que comparten atraviesan problemas. Desgraciadamente ante los celos y la competitividad que pueden surgir, muchos padres  abandonan la relación con sus hijos. Los segundos matrimonios tienen el reto de trascender estos sentimientos y de encarar la incompletud desde sus inicios. En estas circunstancias se vuelven imposibles ciertas idealizaciones tranquilizadoras que sí se dan en los primeros matrimonios, pero a cambio suelen contar con una mayor madurez, la cual les permite rebajar estas fantasías y funcionar de un modo más cercano al principio de realidad.


El autor aborda estas problemáticas familiares como problemáticas de pareja, aunque esto no siempre es posible y con relativa frecuencia el proceso terapéutico se inicia con la demanda de ayuda para uno de los hijos. Los adultos suelen exigir que éstos tengan su mismo timing a la hora de elaborar el duelo por la familia rota, cuando éste es mucho más lento y difícil para ellos. Es por ello que Spivacow recomienda consolidar en primer lugar el vínculo de pareja y no apresurarse por unir la nueva familia.


Este capítulo concluye poniendo el acento en que estas familias se construyen desde el amor, y en que es importante que sus miembros así lo valoren. En ese sentido menciona cómo muchos autores llaman a estas uniones, “familias afectivas”, destacando el hecho de que fueron fundadas en torno al “deseo de familia”, yendo más allá del establishment jurídico y/o religioso.


9.            Las relaciones extramatrimoniales en la terapia de pareja. “Infidelidad”


El autor inicia el capítulo reflexionando sobre la antigüedad de la “contrainstitución” que de hecho son las relaciones extramatrimoniales, siendo como es natural un tema recurrente en la terapia de pareja. No por frecuente resulta fácil trabajarlo, muy por el contrario es uno de los asuntos más dolorosos y explosivos con el que nos podemos encontrar. En nuestra cultura, “la pareja hace al ser, al tener y al pertenecer” (pág. 163) y son todos estos aspectos los que se ven perturbados. Esto configura una situación traumática que explica la persistencia de los diálogos repetitivos y estereotipados, los cuales constituyen un intento fallido de elaboración. Spivacow subraya la injuria narcisista que se da en estas situaciones, ya que en la dinámica del enamoramiento el cuerpo del otro es vivido como una posesión, una extensión del propio yo. En estas circunstancias el clima que se genera en la pareja es regresivo, el desamparo y el desconsuelo son enormes. Todo ello favorece la aparición de la violencia, ante la cual el analista se siente afectado de formas múltiples e inconscientes, a la vez que presionado para adoptar un papel aplacador. El reto es ser consciente de estas presiones y no dejar que la función analizadora quede eclipsada  por una pacificación defensiva, ya que a veces la violencia es inevitable y necesaria para la elaboración psíquica. En estas situaciones el intercambio de hostilidades es inevitable, pudiendo ser o no explícito. Es frecuente que se deje ver la relación con el tercero de forma abierta o solapada con la intención de hostilizar al otro, y también lo es que por su parte el traicionado utilice su posición de víctima para martirizar al cónyuge. El autor nos advierte de la dificultad que puede suponerle al analista no tomar partido por uno de los partenaires o no identificarse con el propio género. Spivacow también señala cómo algunas parejas tienen una relación sexual inusualmente placentera después de conocer la existencia de la relación extramatrimonial. Aunque la reacción inicial puede tener muy poco que ver con la que finalmente se instala con el transcurso del tiempo.


En muchas parejas la relación con terceros se incluye, de modo más o menos consciente, y resulta funcional. Hay personas que no consideran una infidelidad llegar a un arreglo sexual con un tercero, mientras que sí lo sería establecer con éste un vínculo profundo de índole afectivo. El analista no debe dar nada por supuesto y antes de intervenir ha de explorar cuál es el universo de valores que maneja la pareja.


Finalmente, Spivacow apunta al peligro de lo que él llama “sincericidio”, producto del acoso de uno y el sentimiento de culpa del otro. Debemos procurar que no se den situaciones en las que se describe la relación que se mantuvo con el tercero.  El daño suele ser irreparable y la explicación inútil, pues no es el “cómo” sino el “por qué”, lo que puede llevar a la pareja a enfrentar sus problemas y resolverlos.


10.         Violencia emocional en la pareja.


Hay muchos tipos de violencia: emocional, física, unilateral, bilateral… pero todas ellas tienen en común el hecho de que persiguen el ejercicio del poder sobre otro, al que se trata de anular como interlocutor autónomo y colocar en una posición sumisa y desvalorizada. Spivacow aborda la violencia exclusivamente emocional, ya que cuando entra el plano físico la exploración del psiquismo queda postergada por la urgencia de intervenir de forma directiva.


El autor subraya la frecuencia con la que ambos partenaires niegan su propia violencia a la vez que denuncian la del otro. Las batallas verbales se caracterizan por una sucesión vertiginosa de acusaciones que acaban desorientando a ambos. En este tipo de intercambios lo que prevalece es el deseo de vencer, por lo que el lenguaje se vuelve un arma y pierde su función de portador de significados. Así es como el autor describe la problemática narcisística que hay detrás de ello:


“Lo más habitual es que funcionamientos omnipotentes primitivos sean la causa de la imposibilidad de poner un tope a una interacción en la que se juegan vulnerabilidades narcisísticas. No se puede aceptar que el otro es otro y que, aunque esté equivocadísimo, piensa y hace diferente, y no existe la posibilidad de que cambie de idea o de conducta.” (pág. 183).


Prosigue explicando que una discusión de estas características solo podrá concluirse aceptando la propia impotencia para hacerse entender, ya que el límite viene dado por la disponibilidad para escuchar del otro; de no haberla, no existe un interlocutor real al que dirigirse y cualquier razonamiento resulta estéril. Una de nuestras funciones es alertar a la pareja de las consecuencias de estos enfrentamientos, señalándoles que así como la discusión en la que están atrapados gira en buena medida en torno a daños que se infringieron mutuamente en similares circunstancias, la pelea que están manteniendo generará resentimientos que alimentarán conflictos futuros. Se trata de que conciencien que las agresiones siempre traen consecuencias, si no inmediatas, sí a largo plazo.


Para Spivacow es fundamental efectuar un doble diagnóstico. El primero implica ir más allá de las apariencias sobre quién es la víctima y quién el victimario, para entender la interdeterminación operante y describir el modo en que la violencia se genera y mantiene en el vínculo. El segundo diagnóstico conlleva desentrañar las motivaciones del violento o los violentos. En ese sentido es importante distinguir entre aquellos cuya motivación es anular al otro por el goce perverso que esto provoca, y aquellos cuya motivación primaria es salir de una vivencia traumática relacionada con los sentimientos de inferioridad, sometimiento o minusvalía.


El analista debe ayudar a la pareja a tomar conciencia de su violencia, pues como ya señalábamos, es común que estos la desmientan. Además es necesario mostrar que una discusión puede ser muy constructiva si se lleva de la forma adecuada, y que de no lograrse un diálogo fructífero, cualquier pelea puede terminar si uno de los dos renuncia a ella. Aunque, añade el autor, renunciar a pelearse puede dar paso a algo más doloroso: la separación. En cuanto a la forma de intervenir en las discusiones de pareja, nos aconseja no entrar a valorar aquello que se discute (comúnmente acontecimientos que han tenido lugar fuera del consultorio y de los que no podemos formarnos una idea clara) y  centrar la atención en el aquí y ahora del encuentro. Asimismo nos brinda un recurso que le ha sido útil cuando las discusiones violentas han impedido el análisis. Después de una sesión que ha resultado estéril el analista puede iniciar la siguiente planteando algo del tipo:


“Miren… la vez pasada no pude decir nada porque no me dejaron. Creo que lo que ocurrió fue exactamente lo que los trae a tratamiento y me piden ayuda para cambiar… Sería interesante ver si hoy podemos retomar algo y hablarlo de otra manera. No sé si están en condiciones…” (pág. 187).


El objetivo es adelantarse al funcionamiento emocional de la pareja para tratar de prevenirlo y poder instaurar un modo de intercambio fructífero. Spivacow menciona que en estos casos hay profesionales capaces de interrumpir la sesión de forma provechosa, dando con ello un modelo de cómo cortar la violencia.


11.         Parejas de mañana. El futuro desde un consultorio de parejas


En este capítulo el autor reflexiona en torno a la forma en que los cambios sociales han transformado la vida en pareja, y destaca en ese sentido el modo en que la economía de mercado, con sus constantes exigencias de producción y consumo, ha robado también el tiempo para ella. Pero no solo nos hemos quedado sin tiempo, sino que también han cambiado nuestros valores. En la actualidad ser una persona “de bien” no está asociado a formar una familia, siendo lo más valorado el poder adquisitivo. El aspecto positivo es que ha desaparecido en buena medida la reglamentación que antes constreñía la vida en pareja, con lo que nuevas formas de familia se han vuelto posibles. La familia y la pareja son más que nunca un invento, un fenómeno ya no tan definido que se forja desde códigos personales. Estos cambios entrañan riesgos y pueden desorientarnos, pero no debemos olvidar que abren paso a una vida basada en elecciones más autenticas.


Spivacow considera que la violencia ha crecido, también en la vida en pareja, y es debido al cambio de valores de nuestra sociedad y a las condiciones de vida que esta nos procura. Un germen de la violencia es la despersonalización y el aislamiento que el individuo padece en las grandes ciudades, lo cual genera un vacío que pretende colmarse con el amor romántico. Por su parte el cambio de valores ha propiciado que las expectativas puestas en la vida en pareja sean desmesuradas, ya que se espera conseguir satisfacción de forma espontánea, sin que medie el trabajo psíquico tan necesario. El autor postula que en nuestra sociedad prevalece el Yo ideal frente al Ideal del Yo. El Yo ideal siempre lo quiere todo y no entiende de límites, lo que lo vuelve proclive a la violencia. Muy acertadamente, no olvida señalar otro gran origen de la violencia: la miseria, una situación traumática de tipo acumulativo que debilita los circuitos de inhibición y promueve co-morbilidades que la potencian, como el consumo de drogas y la criminalidad.


Al autor le preocupan los avances en genética y técnicas reproductivas, pues considera que la sociedad tiene pendiente un debate que posibilite llegar a un consenso ético suficientemente satisfactorio. Este debate a su modo de ver debería hacerse extensible a los modos de crianza, ya que estos en buena medida han dejado de estar a cargo de la pareja. En su opinión nosotros como analistas debemos participar en este debate social aportando nuestro conocimiento. Sabemos que un niño necesita de un otro que lo desee y se ocupe de sus cuidados tempranos, es decir, alguien que desempeñe la función materna, sin requerir por ello que sea una mujer o que medie un vínculo biológico. Junto a esto, esa misma persona o alguien del entorno debe orientar al niño al mundo, es lo que clásicamente se identificó con el nombre de función paterna.


Por último el autor nos recuerda cual debe ser nuestro espíritu a la hora de participar en el espacio público:


“El lugar del psicoanálisis es el de sobrevivir en un lugar de crítica, no el de instaurarse en un nuevo discurso oficial. Si triunfamos como discurso oficial, morimos como analistas, y, digámoslo con claridad, los discursos oficiales psicoanalíticos han sido siempre enemigos de la diversidad, tan necesaria en los tiempos que corren”. (pág. 204)


12.         Una sesión comentada desde diferentes perspectivas


El autor nos presenta una pareja, Claudine (abogada) y Pablo (odontólogo), casados desde hace 10 años y con 3 hijos en común (7, 6 y 3 años). El material clínico corresponde a una sesión en el momento en el que llevaban año y medio en consulta. Claudine está además en tratamiento individual, él nunca lo ha estado ni está interesado en ello. Ambos concuerdan en que la relación anduvo bien hasta que tuvieron hijos, y en que a partir del embarazo del último se agravaron sus problemas. Sufren frecuentes discusiones, Pablo se queja de que ella es caótica y nada confiable, a estas alturas él se siente vencido, ha abandonado sus protestas y en lugar de ello se retrae y explota de forma agresiva esporádicamente. Por su parte Claudine se queja de que él ha dejado de atenderla, antes la cuidaba, cocinaba, festejaba… Él mismo dice que entonces admiraba su vitalidad, su espontaneidad y su capacidad para desestructurarse, pero ahora esto le hace sufrir, puesto que le resulta sucia y caótica. Ella no reconoce este caos y le reprocha no ser empático con lo que supone ser madre de 3 niños pequeños y además le recrimina no darle suficiente apoyo al respecto. Él por su parte no reconoce ser agresivo y distante. En cuanto a sus familias de origen, él no habla mucho de sus padres; en cambio ella sí habla mucho de su padre, está muy unida a él, siempre lo ha admirado y comparten algún proyecto. El autor explica que durante los primeros meses de tratamiento era frecuente que llegaran entre 20 y 40 minutos tarde por culpa de ella, lo cual enfurecía enormemente a Pablo. Habitualmente hablaban de la familia de ella, y de cómo en casa de sus padres reinaba un desorden y una suciedad similar al de su hogar. En un par de ocasiones Claudine trajo a sesión sueños en los que mantenía relaciones sexuales con su padre. Al final del primer año empezó a hablarse más de Pablo, de sus explosiones y de la estrecha relación que mantenía con su única hermana.


Spivacow ubica el origen de la dificultad de Pablo para poner límites firmes a Claudine en su actitud filial, protesta como lo haría un hijo y no es capaz de generar alternativas. Pablo en cambio lo atribuye a que no se le da la oportunidad de ejercer su influencia, por lo que hace que todo dependa del cambio de ella.


·                    Sesión clínica


En la sesión que se presenta ellos acuden 15 minutos tarde. En el anterior encuentro había tenido lugar una fuerte discusión en torno a los horarios, el desorden y la organización de la comunión de un hijo. Él habló de separarse y ella lo trae al inicio de la sesión como algo que le cayó como un “bombazo”. Él se queja de tener que llevar las cosas al límite para que ella lo escuche, y ella habla del estado de confusión en el que a veces está sumergida. En relación a esto se plantea qué se lo dispara, y menciona elementos externos a la pareja como la madre y los amigos de Pablo. En ese punto el analista rescata la primera queja de Pablo, el hecho de tener que ponerse violento para ser escuchado y cómo esto lo desmotiva para conversar. También intenta tomar lo que ella dijo al inicio de sesión, pero Claudine lo interrumpe y vuelve a hablar de la “bomba” que le ha supuesto la amenaza de separación.


El analista y Claudine entran en un intercambio en el que él representa a Pablo en el sentido de mostrarla cómo no incorpora el mensaje desesperado de este hasta que alcanza una intensidad muy elevada. Ella se queja de que él es de “aguantar” y de que por eso no lo entiende, también de que hablan dos idiomas diferentes.


Pablo interviene señalando lo tranquila que está ella a pesar de haber llegado 15 minutos tarde, ella se defiende diciendo que tuvo una urgencia y entran en una discusión al respecto. Finalmente Pablo le exige que reconozca que no se esfuerza por ser más ordenada o por llevar a cabo eficazmente las tareas familiares porque sentiría que deja de ser ella misma. Discuten sobre una tarea que aún tiene pendiente (una visita al contable) y sobre cuánta importancia tiene y a qué se debe el retraso. Finalmente él retoma su idea:


Pablo: Ese tema que vos considerás que la persona que deberías ser no sos, como una ambivalencia, una cosa de que la persona que hace esto bien y esto de tal manera y esto de cual manera, no es Claudine. Como que perdés la identidad si hacés las cosas ordenadas.


En ese punto el analista vuelve a intervenir, señala cómo a Pablo no le bastan las explicaciones de ella sobre sus demoras a la hora de encargarse de los asuntos domésticos y repite la idea que éste trata de transmitir:


Analista: (…) Entonces lo que Pablo propone pensar es que vos no querés ordenarte y hay en vos una persona que no se quiere ordenar porque tiene otros ideales. Creo que eso también explica un poco las situaciones de violencia de Pablo.


Pablo sigue reprochándole su forma de hacer las cosas, la compara con un amigo suyo que opera “a prueba y error”, dice que eso a él no le gusta, porque las cosas así salen mal y añade que él no “juega así”. El analista le interrumpe para subrayar el mensaje que lanza: “Yo no juego así, yo me retiro de esta sociedad”. Esto da pie a que el analista y Claudine hablen de cómo se perdió la ocasión de organizar la comunión del hijo de otra manera, ella siente que el analista le está echando la culpa de todo y se indigna. El analista le asegura que no es su intención y trata de explicarse: cada uno de ellos funciona de una manera, como el caso que planteaba Pablo sobre su amigo, la culpa no es del amigo, de lo que se trata es de las condiciones que Pablo necesita, y recalca el hecho de que este las necesita.


Claudine: Está bien, pero yo quiero estar con él.


Analista: Está bien, pero él así no quiere estar con vos. Él quiere que vos entres en otro tipo de funcionamiento.


Claudine: Es que yo no necesito.


Analista: Y bueno, entonces no es fácil estar juntos y se arman las peleas que se arman.


Claudine: Hace años yo no era una persona confiable para nada.


Pablo apunta que precisamente el problema es que no le resulta confiable, y vuelve a señalar la ambivalencia de ella: Claudine reconoce que tiene que cambiar pero él cree que internamente se dice a sí misma que es así y no tiene por qué hacerlo. Claudine ante esto se defiende, puesto que considera que ahora ella sí es confiable, lo cual es discutible para Pablo. Ella se dirige al analista buscando comprensión y este le responde dando mérito a sus cambios, pero señalando que para Pablo aún queda algo pendiente que necesita que ella reconozca y tome como un problema. Ella se queja de no saber cómo cambiar y de que parezca que es la única que debe hacerlo.


El analista plantea que lo que tiene que cambiar Pablo es empezar a hablar antes para no llegar a explotar. Pablo por su parte no identifica cuál es el momento en el que se calla, aunque identifica cuándo abandona un tema porque se siente mal, y pone como ejemplo su lucha por que ella no compre las cosas a plazos. Discuten sobre ello, él se queja de que ella no hace lo que le pide, ella se siente desvalorizada, como si le dijera “haz esto y no pienses”.


El analista interviene para opinar que no cree que Pablo la esté desvalorizando, y considera que esta idea errónea es el origen de muchas peleas. Explica las circunstancias económicas del trabajo de Pablo, debido a las cuales él no quiere endeudarse, e interpreta que cuando ella se salta lo que él le pide lo hace para no sentir que se somete a la “ley de un tirano”, tal y como Pablo apuntaba. Señala que no se trata de que ella no tenga razón (a lo mejor sería conveniente que pagaran algunas cosas a plazos), de lo que se trata es de que hay momentos en los que ella no quiere seguir el criterio del otro. Y así es como termina la sesión:


Claudine: Como si me quisieran enredar, sacar mi libertad (…). Ahí me viene como la rebeldía setentista. Ahí, en ese punto.


Analista: Pero en ese punto que vos llamás setentista, cuando alguien te dice: “Che, ¿por qué no le hiciste caso?”, vos decís: “Porque no quiero ser una boluda”. Yo creo que aceptar esa norma es como si le hiciera mal a tu autoestima.


Pablo: Tal cual, “no soy yo”.


Analista: Esto es lo que él dice. Mira cómo se ríe (a Pablo). (El analista señala a Claudine, que se está riendo, y ambos ríen).


Pablo: Es como yo dije.


Para el autor el problema que se plantea es la interdeterminación resultante de de un hombre impotente y explosivo frente a una mujer sumergida en un vínculo endogámico que obtiene un gran placer oponiéndose y transgrediendo. La intervención es difícil debido a la actitud pasiva de él, en el sentido de que critica y no considera que participe del problema; y la vulnerabilidad narcisista de ella, que le impide verse a sí misma y reconocer las consecuencias negativas de sus actos.


A continuación tres psicoanalistas comentan el caso desde diferentes perspectivas: Gloria Barros de Mendilaharzu, Maria Rosa Glasserman, y Stella Maris Rivadero.


·                    Cometario de Gloria Barros de Mendilaharzu


Se centra en el análisis de las producciones vinculares, y en ese sentido empieza señalando que ellos se consideran como muy diferentes el uno del otro. Esto puede observarse no solo en su queja manifiesta (desordenada/ordenado) sino también en cómo se definen mutuamente a través de las acusaciones que se lanzan: ella no sabe/no hace caso, él intenta dirigir/fracasa. Barros también subraya la complicación añadida de que las quejas de él generan una mayor empatía, pues se basan en ideales valorados socialmente (orden, limpieza, puntualidad). También apunta a cómo la impuntualidad de ella ha podido afectar al analista.


Con esto Barros de Mendilaharzu establece una hipótesis de complementariedad, se eligieron mutuamente por lo que en ellos resulta complementario: vitalidad y espontaneidad por parte de ella, ser cuidadoso y atento por parte de él. Y Cita a R. Kaës (1993) para referirse a ese aspecto de la alianza inconsciente: “Cada uno de nosotros necesita del otro para realizar aquellos de sus deseos inconscientes que son irrealizables sin él”. Ambos pues salen beneficiados de la complementariedad: ella puede seguir el modelo de suciedad de su familia aunque esto le suponga confundirse; y él sigue percibiéndose a sí mismo como alguien que está en lo correcto, aunque implique perder el control estallando agresivamente. Vemos entonces que esta alianza está al servicio de lo pulsional, por lo que el otro queda ubicado como un objeto y se hace imposible el reconocimiento de la alteridad.


Por último Barros de Mendilaharzu considera obsceno el relato de Claudine sobre los sueños eróticos con su padre en el sentido de que es “algo que debería quedar negativizado y vuelve, irrumpe en la escena de pareja” (pág. 220). Se plantea cómo esta relación endogámica-incestuosa con el padre devalúa narcisísticamente a Pablo, lo cual lo vuelve especialmente sensible al rechazo que ella manifiesta a la hora de seguir sus criterios. Sus estallidos podrían entenderse como un intento de reparación narcisista.


·                    Cometario de Maria Rosa Glasserman


Esta psicoanalista defiende un estilo en el que se plantean preguntas en lugar de afirmaciones para procurar generar aperturas en los consultantes. En este caso se hace los siguientes cuestionamientos: ellos son conscientes de lo diferentes que son sus estilos y formas de ver la vida, ¿sabían al unirse que eran tan diferentes? Y, si no lo sabían, ¿cuándo lo descubrieron? ¿Acaso lo que era aceptado o negado en el momento del “enamoramiento” ya no resulta tolerable? Ellos también son conscientes de que los hijos han cambiado su relación volviéndola problemática, especialmente cuando nació el último, ¿qué esperaba Claudine de Pablo como marido y padre?, ¿qué fue diferente en el último embarazo y parto?, ¿hubo algún acontecimiento importante o vinculado a las familias de origen que se simultaneara con el mismo?


Por un lado ambos se recriminan mutuamente, están desilusionados, pero ¿de qué ilusiones? Por otro lado se pregunta si ambos siguen ligados a su familia de origen de tal forma que la unión como pareja se vuelve imposible. Y por último se cuestiona sobre el significado de la tardanza de Claudine en acudir a sus citas con el analista de pareja, ¿quizá se ha generado una alianza de género entre éste y Pablo que provoca en ella estas reacciones?


·                    Cometario de Stella Maris Rivadero


Rivadero toma la impuntualidad de Claudine y señala cómo ante ésta Pablo no es capaz de reivindicar un espacio para él, su mujer tiene su análisis personal y puede no estar tan motivada para el encuentro, pero él sí parece necesitarlo mucho.


Ve a Claudine atrapada en una identificación con su padre que la lleva a ser caótica, además él es el objeto de amor idealizado del que aún no se ha desprendido y que le impide dar lugar a otro hombre en su vida. Pablo se encuentra impotente ante esto y su proceder descontrolado así lo prueba, con lo que ella sigue sin encontrar ese hombre que supere la potencia del padre.


Finalmente Rivadero reflexiona sobre la relación entre el amor y la castración, para ella el verdadero amor implica aceptar la castración, algo que Claudine y Pablo no están siendo capaces de hacer al eludir el reconocimiento de sus limitaciones personales. “La contingencia del amor solo es posible si la función de la castración simbólica acude a la cita. El amor pone límite al goce y le permite condescender al deseo”. (pág. 229)


Comentario personal


En este libro Spivacow nos habla sobre el amor, la sexualidad y el deseo, sobre sus encuentros y desencuentros, y nos invita a pensar como psicoanalistas sobre lo natural y cultural que forma parte de este entramado. A mi modo de ver uno de los grandes valores de este trabajo es la consideración por parte del autor de que no hay modelos de salud que regulen nuestras relaciones otorgándoles la categoría de “normales”. Concuerdo absolutamente con la idea de que el único parámetro que debemos regular es la destructividad; más allá de esto, las formas en las que los individuos viven y conviven son infinitas, y nuestro deber no es solo respetarlas no interviniendo movidos por valores personales, sino fomentar la diversidad. Un sistema más diverso es más complejo y en mi opinión aumenta sus probabilidades de adaptación, y por lo tanto de supervivencia. Nuestros pacientes, como el autor nos dice, no tienen desde la visión del psicoanálisis el objetivo de ser normales y adaptados a las normas sociales, sino de ser críticos y por lo tanto creativos. Asimismo concuerdo con el autor en que hay una gran laguna con respecto a los valores que guían nuestra profesión, el debate moral siempre es controvertido, y quizá las “guerras” en el psicoanálisis suficientes, pero como dice Winnicott, hay demasiadas cosas que podemos hacer mejor que nadie y que no son estrictamente consideradas psicoanálisis. En mi opinión la sociedad necesita que nuestra voz luche por ser oída, al fin y al cabo representamos esa subjetividad humana, tan llena de peligros como de oportunidades, que tanto se simplifica y niega a favor del mercado y sus “mercancías humanas”.


Miguel Alejo Spivacow reflexiona en torno a la práctica psicoanalítica y al método por el cual podemos conocer al paciente y tratar su sufrimiento, y hace interesantes apuntes sobre las formas contemporáneas de psicopatología. Su clínica está basada en el encuentro singular con cada pareja de sujetos y nos invita a que nuestra actitud sea la de repensar nuestra practica de forma permanente.