La suerte de una conciencia precoz

Publicado en la revista nº051

Autor: Dio Bleichmar, Emilce

The fortune of a precociuous awareness fue publicado originariamente en Psychoanalytic Inquiry, 35:155-171. Traducido y publicado con autorización de la revista.


El artículo me ofrece una oportunidad de reflexión après-coup sobre experiencias personales que contribuyeron a dar forma a las motivaciones que determinaron mis elecciones teóricas. El intento de encontrar explicaciones para la diversidad clínica que no se redujeran a la teoría pulsional me condujo a elaborar un modelo de pensamiento en psicopatología que permita distintos mecanismo de producción para el mismo tipo de síntoma y que requiere intervenciones terapéuticas diferenciales y específicas. Mi insatisfacción con las visiones freudianas del feminismo me mostrar el camino hacia el papel del adulto, de los padres, en la evaluación del self del niño, examinando las diferencias de género en la teoría intersubjetiva de la sexualidad. Síntomas tales como la histeria, la anorexia-bulimia, y la alta incidencia de la angustia y la depresión en las mujeres requieren una comprensión de los factores interpersonales y relacionados con el género que los causan.


Psychoanalytic Inquiry ha organizado este número temático sobre el psicoanálisis en España y me ha invitado a participar. La invitación me seduce ya que al solicitar que rastree y exponga en términos personales mis opciones y las influencias que me han conducido a las líneas de trabajo que organizan mi producción. Jean Laplanche (1980) acuñó la fórmula "poner a trabajar a Freud" (p. 16). Con esta frase, ser refería a la aplicación del método psicoanalítico a la obra escrita de Freud (no al hombre como tal), es decir a las fuerzas o razones intrínsecas a la producción teórica que habían trazado sus derroteros. Utilicé esta metodología para mi tesis doctoral (1996a) sobre el significado de la sexualidad en la niña en la obra freudiana y ahora tengo la oportunidad de hacerlo con mis propios trabajos, además de reflexionar après coup sobre cómo se han ido configurando las motivaciones que determinaron mis opciones teóricas. Y además, algo no menos importante, la ocasión de llevar a cabo el inventario de los maestros que forjaron mi pensamiento psicoanalítico y a través de ello expresarles, en vida y en memoria, mi hondo agradecimiento.


Los orígenes


Nací y crecí en una familia para la cual ser una niña -ahora lo entiendo en retrospectiva- nunca fue nada más que una alegría y una bendición que el destino les había otorgado. Rodeada de tías que me adoraban, además del cariño de mis padres que me tenían una enorme confianza. No tengo ningún recuerdo de haber sido comparada o puesta en cuestión por ser niña y, supongo que en razón de esta experiencia temprana, es que sólo cuando entré en la adolescencia la presencia y el talante de los varones comienza a convertirse en un hecho en el que pongo atención. No tengo palabras adecuadas de agradecimiento para describir lo que esto ha significado para mi vida de mujer.


La gran mayoría de la primera o segunda generación de inmigrantes en Argentina soñaban y hacían toda clase de esfuerzos para cumplir sus aspiraciones de mandar sus hijos a la universidad. La escuela argentina se caracterizó por el alto nivel de formación de sus docentes. Uno de los mayores méritos de Domingo Faustino Sarmiento –intelectual, escritor y presidente de Argentina de 1868 a 1874- fue su política de importación de maestros de Europa y USA para el desarrollo de la educación. Chicas y chicos gozamos de una excelente escuela primaria y secundaria, de modo que la universidad era para todas las mujeres de clase media - la mayoría hijas de inmigrantes europeos- un destino natural


Mi generación tuvo el privilegio de estudiar durante una época dorada de la vida universitaria de Buenos Aires, finales de la década de los 60. En esos años se respiraba una atmósfera de tal fermento intelectual y de espíritu abierto hacia el mundo que los hombres y mujeres de esa época son los que en la actualidad, desafortunadamente por razones de descomposición política del país, se hallan esparcidos por el mundo en la búsqueda de mejores condiciones de vida y de desarrollo. Formé parte de un grupo de estudiantes al que nos entusiasmaba la medicina, la investigación básica y la política universitaria, y algo muy notable a señalar es que la mayoría de ellos son, en la actualidad, psicoanalistas reconocidos internacionalmente.


En primer año de medicina conocí a Marie Langer, aunque su influencia en mi vida tuvo lugar posteriormente -pues en ese entonces sólo era la madre de un compañero de estudios- me contó que era médica y presidenta de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Esa interacción representó mi primer contacto con el psicoanálisis.


Un recuerdo grabado en mi memoria fue que al terminar una clase de anatomía, vi como unos señores muy bien vestidos entraban al anfiteatro y colgaban unos posters de promoción de productos ginecológicos; me resultó curioso y me quedé a escucharlos –fuimos sólo unos pocos los que nos quedamos- y nos explicaron cómo los profesionales de la publicidad usaban los símbolos -orquídeas y flores de Georgia O' Keeffe- para representar los genitales femeninos. Nos hablaron de la mente inconsciente a alumnos de medicina de primer año de carrera.


El funcionamiento del cuerpo humano me maravillaba. En aquella época Bernardo Houssay, argentino laureado con el premio Nobel de fisiología (1947), era profesor de fisiología y aceptaba estudiantes en los equipos de investigación. Extirpábamos riñones de perros y ratones y lo único que me hacía  tolerable esa tarea era el fervor de formar parte del equipo de investigación sobre la membrana celular. Fanny Blanck de Cereijido (esposa del investigador principal, actualmente residiendo en México) estaba formándose en psicoanálisis en aquel momento. Fui reemplazando cada vez más la curiosidad sobre lo microscópico del cuerpo por el funcionamiento oculto de la mente. La magnitud de la obra freudiana me maravilló. Recordé a Marie Langer y volví a ella para que me orientara. Estas dos mujeres, Fanny Blanck y Marie Langer representaron para mí el modelo de sabiduría y de un hacer que me era desconocido.


Asociación Psicoanalítica Argentina


Buenos Aires se hallaba, a comienzo de los 70, en el momento cumbre de la expansión del psicoanálisis. Prominentes psicoanalistas de la Asociación Psicoanalítica Argentina habían realizado su formación en Londres con Melanie Klein y sus colaboradores más destacados, de modo que la orientación hegemónica era la de la Escuela Británica de Relaciones Objetales. Buenos Aires era el núcleo de desarrollo de estas ideas que se irradiaban a todo el continente sudamericano: Uruguay, Chile, Brasil, Venezuela, Perú, Colombia, llegando su influencia hasta México.


La Asociación Psicoanalítica Argentina ha sido un motivo de curiosidad para la comunidad internacional a raíz de su vertiginosa expansión en sólo 20 años de existencia. ¿Cuáles han sido los factores que potenciaron un crecimiento de tal magnitud? Creada en 1942, a mediados de los 60 los analistas didactas tenían lista de espera de más de cinco años para tomar en análisis a candidatos. Allí estaban esos señores que había conocido en el anfiteatro de anatomía años atrás, eran destacados psicoanalistas didactas de la generación de Marie Langer.


Me sumergí así de lleno en otro descubrimiento: mi propia mente, mi historia emocional que distaba enormemente de mi vida académica. Me descubrí a mí misma y descubrí los sufrimientos de la infancia que había dejado atrás. Me interesó el desarrollo evolutivo y elegí un hospital pediátrico para mis prácticas médicas. Una vez graduada participé en la creación del primer servicio de atención psicológica con orientación psicoanalítica. El profesor de psiquiatría infantil se estaba psicoanalizando y contábamos con todo su apoyo para tener sesiones de juego con niños ingresados por diversas enfermedades. Los resultados eran sorprendentes.


Este fue para mí un período exultante. La lectura de los trabajos de Freud, Anna Freud y Melanie Klein me mostraban lo tormentoso del mundo interior  del niño y la ingenuidad adulta sobre el supuesto "paraíso terrenal" de la infancia.  Me maravillaba la técnica de juego, la posibilidad de compartir con el niño ese espacio de juego que al mismo tiempo se convertía en el instrumento terapéutico por excelencia.


No obstante, algo de mis años en un laboratorio de fisiología y el contacto con los padres de los niños ingresados en el hospital me hacían dudar de las afirmaciones sobre la importancia atribuida a la teoría pulsional como motor único del desarrollo como de la patología, así como del papel de las fantasías durante el primer año de vida. Entonces, Arminda Aberasturi me recomendó que presentara un caso clínico en el Congreso Panamericano de Psicoanálisis, celebrado en la ciudad de New York, en 1969. Este caso era de una niña que padecía la así llamada en ese entonces psicosis simbiótica. Recuerdo la discusión por representantes de otras orientaciones que tenían serias reservas sobre la hipótesis de la envidia y el ataque a la madre como fundamento de la ansiedad de separación. Se echaba en falta una teoría del psiquismo infantil que tuviera en cuenta un punto de vista evolutivo como lo demostraba Piaget para el desarrollo cognitivo, que yo había estudiado. La noción de que la vida interior del bebé estaba plena de mecanismos psicológicos similares a la mente del adulto me despertaba serias reservas. Escribí un primer trabajo que preanunciaba en mi reflexión teórica un enfoque relacional en mi desarrollo teórico: Psicoterapia del binomio madre-hijo en la simbiosis patológica (1970). También escribí sobre la realidad de ficción como una dimensión diferente de la realidad interna y externa, que a muchos infantes les crea dificultades en su aprehensión, dificultades que no consideraba resultante de psicopatología alguna sino de vicisitudes normales del desarrollo (Dio Bleichmar, 1973).


Mi experiencia analítica: el análisis terapéutico y el análisis didáctico


El sistema que prevalecía en aquel momento en las instituciones psicoanalíticas era que el psicoanálisis de un candidato debía realizarse en dos etapas. La primera tenía lugar con un analista sin función didáctica para que el proceso se centrara exclusivamente en las cuestiones personales del candidato, y una segunda etapa donde se daba el análisis didáctico simultáneo a la formación. Mi experiencia fue justo al revés. No hubo (que yo recuerde) ningún cambio significativo en esos primeros cuatro años a cuatro veces por semana con un analista de quien luego supe que estaba en formación. Mis recuerdos de aquellos años son de una interpretación sistemática de la transferencia y de la ansiedad de separación que yo -supuestamente- sentía todos los viernes y todos los lunes de esos cuatro años. Años después, siendo ya colegas, con gran honestidad me llegó a confesar "Ay, las cosas que te decía, Emilce". Sí, efectivamente, fue un análisis que poco tuvo que ver con mi subjetividad, era una estricta y escolar aplicación de técnica kleiniana sin ninguna precisión ni discriminación psicopatológica.


Tras este análisis, elegí a José Bleger como analista didacta. Su perfil era de alguien que venía del marxismo, que enseñaba en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires y que pretendía establecer un diálogo entre el conductismo y el psicoanálisis. Sus trabajos, si bien con gran conocimiento del kleinianismo eran un intento de apertura e innovación. Planteó un estado subjetivo del desarrollo temprano de características intrapsíquicas de mayor indiferenciación con el otro, apartándose del planeamiento kleiniano con su obra Simbiosis y Ambigüedad (1962). Posteriormente, escribió Psicología de la Conducta (1983), un manual universitario que recorrió el mundo hispánico. Insistía que la fantasía inconsciente debía ser percibida por el analista a través de alguna modalidad conductual, adelantándose a los planteamientos sostenidos por el grupo de Boston liderado por Daniel Stern (Stern et al., 1998) y una consecuencia lógica de la existencia de memorias no declarativas, como lo demuestra la neurociencia. Efectivamente, como en la actualidad se puede asegurar, en la infancia hay mucho menos de fantasía y de vida mental representacional de lo que pensábamos, y mucho más de memoria de reacciones y de acciones. Me interesaban sus ideas sobre el análisis del carácter y su elección como mi analista fue crucial, tanto para mi formación como para mi personalidad.


Aquellos fueron tiempos en que compartíamos la ilusión en el carácter subversivo del psicoanálisis, que la transformación que operábamos en la mente individual podía extenderse al cambio social, que la lucidez ganada en la lucha contra las pasiones generaba poder, y pensábamos que teníamos la responsabilidad de transmitirlo más allá de los límites que imponía la institución psicoanalítica. Creo que la historia muestra que nuestro sueño se hizo en parte realidad, efectivamente se multiplicaron los grupos y las instituciones que difundieron y difunden las ideas psicoanalíticas, Argentina y también España son un claro ejemplo de ello. Pero no se logró el cambio social al que aspirábamos, para ello se necesitan otros instrumentos, y en eso estábamos equivocados, confundiendo o sobrevalorando el poder del conocimiento que aporta el psicoanálisis con los mecanismos del poder político. En 1976, partimos de Argentina con rumbo a Venezuela dejando atrás un país que comenzaba a perseguir a profesionales por razones políticas, otros colegas ya lo habían hecho entre los que se encontraba Marie Langer quien eligió México para su exilio.


Venezuela


El impacto del cambio social fue muy grande, de un Buenos Aires cosmopolita repleto de intelectuales con la mirada siempre puesta en Europa, principalmente en Paris, nos encontramos en Caracas, una ciudad que a fines de los 70 gozaba de los beneficios del alto precio del petróleo y su meca era Miami y el consumo de todo producto americano. Como psiquiatras-psicoanalistas argentinos fuimos muy bien recibidos y profesionalmente nuestra vida fue muy fácil, lo difícil fue no sucumbir a la nostalgia de lo perdido.


No obstante, el aislamiento intelectual me permitió releer la obra de Freud y reflexionar, en primer lugar, sobre los miedos y las fobias en los niños, una de las psicopatologías más frecuentes. Se sostiene que el autoanálisis es el destino obligado después de un tratamiento exitoso y efectivamente mi interés en los miedos y fobias infantiles se basaron, en realidad, en la reflexión sobre los factores familiares de mis rasgos de carácter.


Nuevamente, el desarrollo humano y la realidad interpersonal se me presentaban como ejes de análisis desatendidos. El historial del pequeño Hans es una joya para mostrar el descubrimiento infantil de la sexualidad, pero la utilización de su caso como modelo explicativo de todas las fobias por medio del desplazamiento y la simbolización no parecía ajustarse a la diversidad de la realidad clínica. Niños fóbicos, hijos de padres fóbicos abundan, como pude comprobar en Hospital de Niños de Buenos Aires. Este hecho empezaba describirse en la literatura psiquiátrica: la presencia de los mismos síntomas en tres generaciones. A pesar de la importancia del mecanismo de identificación que Freud había otorgado para la creación del Superyó, no se lo había tenido en cuenta para la formación de síntomas; tampoco sus afirmaciones en Inhibición, Síntoma y Angustia (Freud, 1926) sobre temores tempranos ajenos a la angustia de castración: la tríada del temor al extraño, a la separación y a la oscuridad. A su vez, la explicación kleiniana sobre el terror del bebé frente a la pérdida del objeto atacado nuevamente me hacía pensar en la carencia de un pensamiento evolutivo en la explicación de la psicopatología infantil. La lectura de la obra de Kohut me descubrió el self vulnerable que se siente amenazado e impotente y que a partir de este estado interior puede desarrollar temor a la calle, a la violencia o a la gente y convertirse en una persona tímida de por vida. De modo que la homogeneidad manifiesta -el temor- puede esconder una diversidad de condiciones de producción y sostenimiento de un mismo síntoma.


Pero sostener una diversidad de condiciones causales para los temores y las fobias es algo diferente al concepto freudiano de sobredeterminación. Cuando se trata de fobias, no es una cuestión de diferentes fantasías o significados inconscientes que son equivalentes, sino diferentes fuentes u orígenes basados en distintos mecanismos psicológicos: conflicto edípico y desplazamiento, identificación a figuras idealizadas o protectoras que sin embargo son fóbicas, déficit del self cohesivo, angustia de separación normal del desarrollo. En 1981, se publicó en Buenos Aires Temores y Fobias. Condiciones de Génesis en la Infancia, libro que hasta la actualidad sigue siendo un texto consultado y lleva múltiples ediciones. Fue un libro abrazado en las facultades de psicología y muy tomado en cuenta por psicoanalistas de niños con amplia experiencia en centros de salud y hospitales.


Crecientemente se han publicando nuevos trabajos que fueron agregando información sobre los conflictos de la pareja de los padres de Hans, la conducta seductora de la madre y sus propias fobias[1]. En un viaje a Buenos Aires, Aurora Pérez psicoanalista argentina, con quien habíamos compartido el quehacer del Hospital de Niños, al conocer mi trabajo sobre las fobias infantiles me dijo: "Ahora falta que pensemos toda la psicopatología infantil a la luz de la parentalidad". Estábamos de acuerdo pero nos faltaba una teoría general del psiquismo para hacerlo con rigor, conocimiento que me aportarían tanto los estudios empíricos y longitudinales sobre el apego, la neurociencia con los distintos tipos de memoria, así como la orientación relacional en psicoanálisis, especialmente la escuela de Stephen Mitchell (2000) y Jessica Benjamin (1988, 1998).


En la quietud de Caracas también descubrí los trabajos de Robert Stoller (1968, 1976) sobre la feminidad que produjeron una conmoción en mi pensamiento psicoanalítico. Antes de leer a Stoller, La Sexualidad Femenina de Freud(1931) y, especialmente, las conclusiones sobre el famosísimo caso Dora me generaban aún más reservas que la fobia del pequeño Hans, por la ausencia de reconocimiento del modelo transgresor adulto que rodeaba a Dora. Stoller introdujo en el psicoanálisis el aporte del neonatólogo John Money (1955) sobre la construcción por los padres de la identidad femenina o masculina de la cría humana (Stoller, 1968, 1976). La propuesta de Money se basó en datos empíricos.  Estudió casos de hermafrodismo y descubrió que debido a condiciones genéticas o congénitas algunos bebés tenían cierto grado de indeterminación hormonal de modo que era posible demostrar que la asignación de sexo realizada por los médicos estaba equivocada. Money esclarecía a las familias el error y la necesidad de una reasignación, y se encontraba con un alto grado de deserción. Las familias no volvían, si habían criado a una nena, ni la criatura ni ellos estaban dispuestos a cambiar de identidad. Esto llevó a Money a importar el concepto de género de la gramática a la psicología y sostener que la feminidad y masculinidad tienen un alto componente trasmitido y creado por las creencias de los adultos sobre el cuerpo sexuado del bebé. A partir de estos datos Stoller introduce la distinción entre identidad y sexualidad, entre  feminidad-masculinidad y la orientación sexual. ¡Qué maravilla! esto aclaraba la clínica de los homosexuales masculinos misóginos frente a otros que se desviven por el travestismo y que, a pesar de tamaña diferencia todos desean practican la sexualidad con hombres.


El papel del lenguaje agrega otro determinante para la construcción de la identidad con anterioridad al reconocimiento de la diferencia de sexos, ya que nena, madre y mujer son femeninos y los niños son nombrados antes, incluso, de la adquisición del lenguaje. La idea de que existe algo previo a la subjetividad individual también era una concepción de la aplicación del estructuralismo a la teoría psicoanalítica como habíamos aprendido de la lectura de la obra de Lacan en el multiculturalismo psicoanalítico de los años 70 en Buenos Aires. La teoría lacaniana ha jugado un papel curioso en la rápida expansión del concepto de género entre mujeres del ámbito académico. Podríamos resumirlo de la siguiente manera: Lacan (1966) plantea un orden imaginario y simbólico en la concepción del Edipo, al que transforma de complejo en estructura. Insiste en la primacía del significante, del lenguaje en la estructuración del sujeto, habla de la preexistencia de la estructura simbólica al sujeto, quien en realidad nace sujetado al deseo del otro.


Las feministas académicas consideraron que, efectivamente, existía una equivalencia entre el concepto de género -proveniente de la gramática como lo había concebido Money (1995)- y la nueva teoría psicoanalítica que descentraba la subjetividad como núcleo del sujeto. Tuvo tan gran aceptación el concepto que se crearon programas y centros universitarios con el nombre de Estudios de Género. Lacan también fue muy crítico con los institutos psicoanalíticos, de los que se distanció.  Este movimiento del conocimiento ha llevado a que la comunidad psicoanalítica haya considerado, y todavía existen sectores que así lo creen, que el concepto de género es de origen sociológico y ajeno a nuestro quehacer (Dio Bleichmar, 2010)[2].


Me interesó hacer un recorrido psicoanalítico de la feminidad como identidad estructurada por los padres a través del  mecanismo de identificación proyectiva. La madre ve a su hija como una igual y el padre como alguien diferente. Comprendí que lo que Freud teorizó como "la roca" de la feminidad -la envidia al pene- podía ser reformulada con mayor propiedad como envidia a la masculinidad, al género masculino, a todos los privilegios que la sociedad otorga a los hombres. Que la problemática de la adolescente Dora podía comprenderse mejor como la búsqueda en la Sra. K de un modelo de feminidad que le permitiera valorizar a la mujer ya que su madre no gozaba ni del deseo ni de la admiración paterna, en lugar de sospechar una homosexualidad latente. Escribí sobre la histeria desde esta dimensión y me pareció importante desmitificar la categoría de “misterio”, de “continente negro” (1926b, p. 212) atribuido a su sexualidad como el desconocimiento del teórico sobre la feminidad de la histérica. A su vez, si la histérica utiliza el control del deseo del hombre me pareció una suerte de reivindicación inconsciente del profundo déficit narcisista de su identidad como mujer. Sobre este tema publiqué un libro titulado El Feminismo Espontáneo de la Histeria. Trastornos Narcisistas de la Feminidad (Dio Bleichmar, 1985).


Con este libro comienzo mi investigación sobre una psicología del desarrollo diferencial de chicos y chicas a partir del análisis de cómo el género va estructurando una subjetividad que, en sus modalidades emocionales, cognitivas y motivacionales, se diferencia más y más para terminar constituyendo los tradicionales estereotipos. En la actualidad, desde el Enfoque Modular Transformacional[3] el marco de comprensión de la histeria se ha ampliado más allá de la configuración compensatoria de un narcisismo devaluado. De la hipertrofia de la seducción y la belleza de la apariencia como compensación de un self pobre y devaluado, hacia otras motivaciones: apego, autoconservación (Dio Bleichmar, 2008a).


En 1983, se daban las condiciones políticas en la Argentina para una vuelta a la democracia y en España quedaban atrás 40 años de franquismo con el triunfo de un grupo de políticos jóvenes que prometía grandes cambios en la sociedad española. Optamos por España, decisión de la que nunca nos hemos arrepentido a pesar de lo que significa ser extranjero. No obstante, existe en mi identidad una cierta coherencia, un funcionamiento siempre en los bordes. Si bien yo pertenecía a una familia de clase media-media muchas de mis amistades eran de una clase superior; en la universidad el grupo al que me vinculé eran mayoritariamente judíos; si bien estaba orgullosa de ser argentina las nacionalidades siempre me parecieron una limitación que enfrenta y distancia a las personas, de modo que ser extranjera no fue vivido por mí como una gran desventaja.


España


En el verano de 1984 mi marido y yo llegamos a España, decisión de la que nunca nos hemos arrepentido a pesar de lo que significa ser extranjero. No obstante, existe en mi identidad una cierta coherencia, un funcionamiento siempre en los bordes. Si bien yo pertenecía a una familia de clase media-media muchas de mis amistades eran de una clase superior; en la universidad el grupo al que me vinculé eran mayoritariamente judíos; si bien estaba orgullosa de ser argentina las nacionalidades siempre me parecieron una limitación que enfrenta y distancia a las personas, de modo que ser extranjera no fue vivido por mí como una gran desventaja.


En España participé activamente en las reuniones del Instituto de la Mujer, una organización recientemente creada por el gobierno socialista.  En sus reuniones presenté mis ideas sobre la histeria despertando interés en algunas españolas del Instituto que me anunciaron que se había creado un premio ensayo y que podía participar con el libro del cual les hablaba. Así fue como El Feminismo Espontáneo de la Histeria fue distinguido, en 1984, con el Premio Ensayo Clara Campoamor (principal impulsora del sufragio universal en España). Para su publicación Marie Langer escribió el prólogo y nuevamente su persona iluminó mi trayectoria profesional.


El ensayo tuvo un gran impacto en la sociedad española que experimentó en esa década un cambio extraordinario hacia la modernidad y la integración en Europa de la que había estado aislada por más de cuatro décadas. La comprensión de la histeria como un avatar posible de las restricciones del self femenino, que sólo encuentra reconocimiento y valoración por los atributos corporales y por una mínima cuota de poder en el control del deseo sexual del hombre, fue tomada como una bandera por las mujeres españolas en el proceso de profundo cambio de su condición psicosocial. El concepto de género permite entender la feminidad como una norma, norma que precede y preexiste al sujeto singular y que admite un recorrido histórico, Mi trabajo, no obstante, se centró en la estructuración psíquica de una norma que se establece como Self y que es implantada por el adulto a través de múltiples modalidades conscientes e inconscientes, como lo había descubierto John Money en los infantes a quienes era necesario hacer una reasignación de sexo después del nacimiento. La identidad de género asignada por los médicos, padres y familiares es la que se establece en el psiquismo y de difícil transformación una vez asumida. Este punto tan crucial - el hecho de la asignación por los otros como el núcleo de la identidad de género- no fue resaltado suficientemente ni por Stoller, ni por Greenson (1964, 1968) cuando introdujeron el concepto de género en el campo psicoanalítico.


En trabajos posteriores insistí en la importancia de los mecanismos de identificación tanto de la niña hacia la madre como de los padres hacia ella tomando en cuenta la operatividad inconsciente del mecanismo de la identificación proyectiva. Si bien los trabajos de Money (1955) habían insistido que era la creencia del adulto sobre la identidad del cuerpo de la criatura lo que generaba tanto la asignación como la modalidad diferencial de la crianza, no subrayaba el factor inconsciente de fantasmas vinculados a la feminidad/masculinidad de los padres operando a través del mecanismo de identificación proyectiva (un mecanismo intersubjetivo). El poder explicativo del concepto kleiniano es altamente relevante para la estructuración de la identidad de género, ya que no se trata de una mera proyección sino que, en el acto de proyectar, se identifica ese contenido como perteneciente al otro y se pasa a tratarlo en consecuencia. De modo que si el padre o la madre identifican proyectivamente sobre la niña una futura feminidad desvalorizada este significado será dominante en la relación y caerá como una sombra sobre el Self femenino.


La distinción que Freud establece entre la identificación primaria y la identificación secundaria fue escasamente tomada en cuenta en la teoría psicoanalítica como factor causal en la estructura de la subjetividad, y en la producción de síntomas[4]. Es a partir de este mecanismo que es posible sostener una feminidad primaria de la niña surgiendo a partir de la dinámica intersubjetiva,  como parte esencial de la estructura del Self femenino, temática que he desarrollado en diversos trabajos. (Dio Bleichmar, 1985, 1991, 1992, 1995, 2000b, 2006, 2010).


Posteriormente es Jean Laplanche (2007) quien ayuda a entender por qué la comunidad psicoanalítica no termina de incorporar el género en la teoría dominante. Sostiene que el género introduce en el pensamiento psicoanalítico una manera de pensar que invierte la idea que primero es lo biológico sobre lo social.  Se trata de una suerte de desafío al naturalismo y a la concepción del destino anatómico del deseo supuestamente fijado por la naturaleza, tanto para la orientación sexual como para la identidad del yo, y una exigencia de repensar la dirección del proceso de identificación[5]. Esta dirección en la comprensión del proceso de identificación del adulto al niño se fue dando crecientemente a partir de las investigaciones en infancia temprana (p. ej. Stern, 1985; Beebe y col., 1997; Siegel, 1999) sobre las relaciones recursivas entre la neurobiología, el nivel intrapsíquico y los procesos relacionales. Lo central es, por una parte, que el adulto reconoce y responde a la masculinidad o feminidad del niño/a; y por otra, el niño internaliza la relación, y no sólo la figura. Cuando un niño se identifica con su madre internaliza como núcleo de su identidad la relación que la madre tiene con él como persona de otro sexo (Diamond, 1997, 2004). Es así como en la actualidad se afirma que una identidad masculina es mayormente construida a partir de la identificación con las actitudes conscientes e inconscientes del adulto hacia su masculinidad. Niños que carecen del reconocimiento intersubjetivo de su masculinidad pueden desarrollar formas defensivas de hipermasculinidad o misoginia. Otras investigaciones ponen el acento en la incorporación de actitudes de desvalorización y descalificación de lo femenino en parejas heterosexuales tanto por niñas como varones.


Repensando la obra freudiana sobre la sexualidad femenina teniendo en cuenta un modelo relacional del desarrollo


Un programa de doctorado en Fundamentos y Desarrollos en Psicoanálisis por un acuerdo interuniversitario -entre las Universidades Autónoma, Complutense y Pontificia Comillas de Madrid- me permitió plantearme la posibilidad de realizar un proyecto que venía acariciando desde hacía tiempo. Inicié un trabajo de tesis en torno a un ordenamiento del conocimiento vigente en psicoanálisis sobre el desarrollo psicosexual que pusiera de manifiesto que la masculinidad atribuida a la sexualidad de la niña requería de una corrección metodológica y epistemológica, titulándolo La construcción del significado sexual por la niña en la teoría psicoanalítica (Dio Bleichmar, 1996a, 1996b, 1997, 1998).


En este trabajo a través de un detallado recorrido por la literatura psicoanalítica se revisan una serie de datos clínicos, de estudios longitudinales y de observaciones que han permanecido ignorados y que ponen de relieve ansiedades, temores y creencias específicas de la niña, distintas de las del varón. En primer lugar una serie de falsos problemas: el desconocimiento de la vagina, la supuesta naturaleza masculina del clítoris y el necesario abandono de la masturbación clitoridiana para asumir la feminidad, la inexistencia de la representación de la vagina en el inconsciente, el carácter masculino de la relación temprana con la madre, la vagina como el soporte exclusivo del sentimiento subjetivo de feminidad. Conjunto de propuestas para las que se invoca a la biología para sostener la masculinidad constitucional de la mujer, concepciones que los estudios sobre genética, embriología y neurofisiología en la actualidad lo desmienten: la niña no tiene ningún órgano genital de carácter masculino. También la creencia en el doble orgasmo femenino, clitoridiano y vaginal, confundiendo la zona de estimulación erógena con el fenómeno muscular y vascular del orgasmo.


La teoría clásica con su énfasis en la envidia al pene invisibilizó el temor al pene que pueden desarrollar las niñas, no obstante, encontramos muchos trabajos que aportan otros datos respecto a la relación de la niña con los genitales del padre. Con solo introducir las diferencias de género es fácil entender que la envidia a la supremacía masculina en todos los órdenes del mundo simbólico e interpersonal puede despertar ese sentimiento que queda simbolizado por el pene, la materialidad simbólica del órgano simboliza el significado de la supremacía y los privilegios de la masculinidad. En resumen, las niñas y las mujeres de otras generaciones envidiaban los privilegios de los hombres que simbolizaban en el órgano y se les interpretaba en forma reduccionista como envidia al pene. Este es el caso desde el trabajo de Phyllis Greenacre (1953, pp. 31-49) hasta el de William Grossman y Walter Stewart (1976).


Un lugar destacado es el dedicado a la exploración de las raíces infantiles de las ansiedades sexuales persecutorias de las mujeres. En torno a la escenificación de la escena originaria, el formato del significado infantil de la sexualidad adulta es diferente para varones y niñas, las niñas suponen a la mujer, a la madre "padeciendo" el coito y gozando con tal padecimiento. ¿Cuáles son los sentimientos y fantasías que le atribuimos a la niña, cuando situada en su rol sexual, si quiere ser amada por el padre la condición es colocar su cuerpo en una postura en la cual parece ser violentada y "padecer" el coito? Si el formato del fantasma originario pasiviza a la niña y la hace padecer la violencia ¿no debiéramos coincidir con la tesis que el fantasma masoquista es la forma habitual en que se sexualiza su feminidad? Pegan a una niña, fantasmas de paliza, fantasmas de violación, cuando aparecen durante el desarrollo evolutivo de la niña se consideran como indicadores de la comprensión de la sexualidad adulta. Cabría interrogarse que proporción de estos fantasmas no corresponden a los indicios provenientes de los gestos de los adultos portadores de mensajes interpersonales violentos ¿Qué lugar ocupa la violencia real que la niña puede observar o intuir en la institución y constitución de la sexualidad femenina? Considerando las diferencias entre las experiencias de niños y niñas los trabajos de Karen Horney (1924)sobre el temor al pene del padre cobran sentido. El cuerpo de la madre, de la mujer no es atemorizante para el niño, mientras que el pene en erección puede ser considerado por la niña en forma persecutoria para su integridad física.


¿Podríamos concebir la sexualización como un proceso de génesis exógena, por multiplicidad de formas indiciales del formato de ser objeto de violencia en el fantasma sexual de la niña, desde esta estrecha e intrincada red de aspectos individuales e intersubjetivos?


El cuerpo entero como órgano sexual en los formatos de feminidad


Planteo la múltiple e intrincada relación entre feminidad y sexualidad en relación al concepto de sexualización como lo describe Freud por primera vez en Perturbación psicógena de la visión según el psicoanálisis (1910), la sexualización del mirar como la causa que puede comprometer la función de la vista. Existe, sin embargo, una forma de sexualización no perteneciente a la experiencia individual que no ha sido puesta de manifiesto en la teoría psicoanalítica que es la sexualización en la tipificación de la feminidad, sexualización que se establece de tal manera que es considerada una suerte de proceso "natural". Una serie de formatos preformados, simbolizaciones preexistentes en la cultura y en la mente de los adultos, en los cuales existe una exaltación de los valores femeninos en términos de belleza sexualizada, que dan forma y contenido a la feminidad en tanto estructura subjetiva individual, es decir, materia prima simbólica que construye su ser sexuado. En realidad, tipifican una sexualización de su cuerpo entero independientemente del deseo de la niña, entendiendo por deseo de la niña un movimiento activo e intrapsíquico.


Los atributos estéticos y el poder seductor de la belleza del cuerpo femenino generan una atracción tal que el desnudo femenino es uno de los factores inspiradores universales para todo intento de recreación masculina, pero sabemos que la mirada masculina no es sólo contemplativa, sino un medio de conquista y de goce sexual. En psicoanálisis, es clásico considerar al voyeurismo formando parte del par exhibicionismo/voyeurismo, pero esta unidad en el par no se cumple en la observación de estos comportamientos por género. Es un rasgo de masculinidad indiscutible la creación activa de situaciones favorables para la contemplación y goce del cuerpo desnudo de las mujeres. Es un rasgo de feminidad indiscutible el ofrecerse a la contemplación y al goce de la mirada del hombre. Cuanto más lindas y graciosas son las niñas más hacen suyo muy precozmente este código masculino-voyeurístico femenino-exhibicionista ya que "provocan" la mirada masculina, prolongando indefinidamente un patrón de interacción temprano que es el "llamar la atención" como forma de contacto y comunicación interpersonal.


Lo peculiar de esta dinámica intersubjetiva es un efecto intrapsíquico que hemos formulado en términos del déficit de privacidad en que se desarrolla su vida psíquica sexual. La implantación del significado provocador de su cuerpo crea en la niña una peculiar dialéctica de lo privado y de lo público, por un lado, y del par exhibicionismo-voyeurismo, por el otro. Su cuerpo a través de la mirada que la desnuda se halla expuesto, contemplado: es un objeto de la mirada, se halla habitado por la mirada. La sensación permanente de las mujeres de ser observadas, miradas, contempladas, las acompaña aún en la intimidad, cuando están solas, cuando se miran al espejo, cuando se bañan. Se trata siempre de una mirada ajena, otros ojos que miran el cuerpo desde los ojos sexualizados de la niña. De ahí, que surge la necesidad no sólo de ocultar el cuerpo, vestirlo, taparlo, y no provocar, sino que al encontrar la mirada que mira, su propia mirada se constituye en un "devolver la mirada", y como tal en acto de provocación, es decir, un acuerdo en el significado sexual de la mirada. Por lo general, este simple acuerdo en la significación de un gesto como es la mirada, será entendido por ambos protagonistas, como una invitación, un consentimiento, aunque para la niña no haya habido intencionalidad sexual inicial, es decir deseo.


Por lo tanto, se genera una situación subjetiva peculiar, puesto que la causa de la fantasía erótica no se origina en la subjetividad de la niña. En cambio, la niña se halla en una posición de ser causa del deseo del hombre, y de que su mirada y todo su cuerpo son sexualizados. Será necesario, entonces, no mirar. La niña aprenderá a desviar la vista, no mirar a los ojos, no mirar a los hombres, andar con la cabeza gacha, ya que la propia mirada se constituye en contraseña de complicidad sexual. Esta complicidad sexual que sexualiza su cuerpo y todo su ser la seduce, pero de tal forma que la seducida se convierte automáticamente en seductora. Por lo tanto la niña debe renegar el significado sexual para poder mirar o, si no, no mirar, es decir, reprimir, pero de cualquier modo no se libera de seducir.


Teoría sexual infantil y adulta: La mujer y la provocación (Dio Bleichmar, 1995)


El antecedente de mi hipótesis sobre la creencia universal del carácter provocador de la niña puede rastrearse hasta los primeros trabajos de Freud. En Proyect for a scientific psychology (1895), en el apartado titulado La proton seudos histérica, Freud utiliza esta designación para indicar una particular forma de defensa que sólo es posible en el campo de la sexualidad y que únicamente puede producirse cuando hay varios acontecimientos encadenados. Los juegos malabares que realiza la mente entre dos escenas, constituyen lo que Freud llama el pseudos, la mentira, una suerte de falacia y que no es otra cosa que una atribución de significado. Freud trabaja sobre el caso de Emma, que padecía una agorafobia parcial y la describe así:


En dos ocasiones, cuando era una niña de 8 años, había ido a una pequeña tienda a comprar algunos dulces y el tendero le había pellizcado los genitals por encima de la ropa. A pesar de la primera experiencia, había ido a la tienda una segunda vez; tras esta segunda vez, no fue más. Se reprochaba haber ido la segunda vez, como si ella hubiera querido así provocar la aggression. De hecho, hay que buscar en esta experiencia un estado de ‘mala conciencia opresiva’ (Freud, 1895, p. 354).


El caso Emma inaugura el modelo de causalidad psíquica diferida, -nachgtraglich- un recuerdo reprimido, dirá Freud, queda inscrito a los 8 años, y sólo en la segunda escena, -a los 12 años- se establecerá el enlace pleno de significación, ya que la niña conoce la intención sexual de la mirada y la risa. El resto perceptivo a partir del cual se establece el enlace semántico entre una escena y otra, en el ejemplo freudiano, es la risa de los dependientes y la risotada del pastelero, un registro del placer del otro. Lo que queda invisibilizado en el ejemplo, es el hecho que el pellizco genital por parte del pastelero "efectivamente" tuvo lugar. La legitimidad que tiene el adulto para la caricia sexual de la niña es extensiva a su práctica sexual de toda clase, y el delito sexual no es un aspecto que le genere en él ni vergüenza ni culpa.


En 1895, Freud sostenía que el adulto operaba por presencia e intención, se trataba de un "atentado", al que la niña otorgaba un significado sexual, incompleto, pero suficientemente comprendido como para generar la mala conciencia oprimente. Articulaba dos ideas básicas: la seducción o la asimetría adulto-niña, y el significado parcial, enigmático, proton seudos, la teoría infantil. Posteriormente, Freud sustituirá en su modelo causal al adulto por el fantasma infantil, eliminando por completo el protagonismo del otro en la construcción del significado sexual. Laplanche reactualiza este ejemplo freudiano para la revisión y reconsideración, no de la seducción en tanto acontecimiento traumático -abuso sexual o acoso-, sino de la seducción en tanto teoría de la construcción del significado sexual en dos tiempos. El encadenamiento secuencial de las escenas de seducción y las distintas interpretaciones que hace el niño se toman como modelo general de estructuración del inconsciente a partir de los significantes de la sexualidad. Laplanche renueva el papel del adulto en la causación, pero a título de una asimetría, de un protagonismo que implica un mayor nivel de estructuración y complejidad del significado sexual y de una acción sexual que se "cuela", porque no podría dejar de colarse, ya que el adulto es parte imprescindible en el modelo causal, no en tanto abusador sino en tanto "seductor inconsciente".


Diferencias de género en la teoría intersubjetiva de la sexualidad


Podemos distinguir tres niveles en la comprensión y el discurso humano sobre la sexualidad: 1) el nivel infantil, los niños construyen sus propias teorías sobre el enigma de la sexualidad adulta, como bien lo destacó Freud; 2) el nivel adulto, que curiosamente emite teorías propias, de engaño, de autodefensa -el repollito, la cigüeña, la provocación de la niña; 3) el nivel científico, versiones más elaboradas que han sido legitimadas por autoridades del saber a lo largo de la historia -el útero migratorio, la potencia instintiva de la libido masculina-, que han ido, sucesiva y progresivamente, desmintiéndose por un sabor cada vez más riguroso. Sin embargo, se da el hecho curioso e interesante de que el papel de la mujer en tanto seductora universal es una categoría que curiosamente es mantenida en los tres niveles. Hoy, para explicar cualquier acontecimiento humano, existe la demanda metodológica de distinguir la especificidad de género. Como señala también Laplanche:


En el psicoanálisis clínico, generalmente se habla de "observaciones" que se plantean desde el comienzo y sin reflexión: "el paciente era un hombre de 30 años o una mujer de 19, etc. ¿Se supone que el género es tan poco conflictivo hasta el punto de ser un tema que no se tiene en cuenta desde el principio? (p. 210)


La confrontación entre el niño y el adulto se realiza -de entrada- en un contexto en que la diversidad femenino/masculino preexiste al infante, diversidad que se le impone para su interpretación a un niño/a, quien tampoco es un infante indiferenciado, sino un varón o una niña. La confrontación es entre un adulto/a y un niño/a. Teniendo en cuenta esta dimensión de análisis se ponen de relieve diferencias entre el varón y la nena en la efectividad de la experiencia con el adulto que confrontan e interpretan, como ya lo hemos examinado.


En virtud de lo expuesto debiéramos corregir un conjunto de hipótesis en vigencia sobre las causas y condiciones productoras de morbilidad femenina: el mayor grado de bisexualidad en sus diversas variantes de comprensión de este concepto, bisexualidad biológica, bisexualidad en las identificaciones, doble orientación del deseo sexual; los componentes fálicos, masculinos, vinculados con supuestos deseos de rol sexual masculino en la actividad sexual de las mujeres; el masoquismo erógeno como un componente básico de su deseo sexual; la ausencia de significante del órgano sexual femenino en el inconsciente de hombres y mujeres. La revisión de cada uno de estos conceptos evidencia, inversamente a lo propuesto, que cada vez que se apela a lo masculino, al componente fálico, a la bisexualidad, a la ausencia de significante del órgano femenino, para identificar un factor perturbador ya sea de la sexualidad femenina o de la identidad femenina, en realidad, nos encontramos con que aquello que perturba a la feminidad es la feminidad misma tal cual está establecida, la sexualidad femenina misma con sus riesgos reales, la identidad femenina misma con sus desventajas en una cultura que mitifica y devalúa la feminidad.


Es en la pubertad cuando podríamos plantear una verdadera ansiedad de la mujer ante un eventual riesgo físico de sus genitales y por causa de un comportamiento sexual, es decir, que se cumplirían las condiciones para hablar de ansiedad de castración cuando la chica se enfrenta a su propio riesgo con la violencia asociada a la sexualidad, violencia que tiene como víctima a la madre, a la mujer y a la niña. Tal ansiedad no tiene parangón en el varón, para quien, la violencia que podría acarrear un acto sexual con una mujer es sólo una teoría infantil o una eventualidad imaginaria. Necesitamos una escucha sensible para la violencia de las instituciones de lo simbólico naturalizada, invisibilizada en los ensayos de teoría sexual psicoanalíticos.


La depresión en la mujer


En la década de los 90 tomamos contacto con la creciente frecuencia del cuadro de la depresión en sus diversas variantes y la estadística que muestra el doble de incidencia en las mujeres. La línea evolutiva del género para las niñas, que comienza con el cuidado de las muñecas, el juego de la familia, el gusto por las amistades íntimas y la búsqueda de una pareja como organizador prioritario de su identidad femenina aparece como una estructura del Self de alta vulnerabilidad para los sentimientos depresivos ante los conflictos interpersonales (Dio Bleichmar, 2011b).


La idea de una organización diferencial del self dirigida por el género que conduce a las mujeres a desarrollar su self en relaciones estrechas con otras personas, lo que se ha llamado yo-en-relación, en contraste con los hombres que se desarrollan en términos de sí mismos como yo-agente. Blatt (1974) describió dos dimensiones polares de la depresión: anaclítica e introyectiva; también tienen que ver con características bien definidas tales como la depresión por pérdida del objeto y la depresión narcisista. Arieti y Bemporad (1981) también señalaron que las depresiones narcisistas se encuentran más frecuentemente en los hombres; aquellas por pérdida de objeto se encuentran en las mujeres.


Ante la ruptura de relaciones amorosas o pérdidas significativas de objeto, muchas mujeres no sólo sufren por la pérdida de la relación sino y sobre todo por la pérdida de un ideal: el de ser las creadoras de vida y del bienestar de las relaciones. Este doble factor podría explicar una de las características, también distintivas entre hombres y mujeres- en la vivencia y curso del estado depresivo. Ambos géneros se hallan preparados para estas distintas reacciones: los hombres centrando su desarrollo en el mundo buscan actividades compensatorias, mientras en las mujeres prevalece la rumiación, el aislamiento e intensos sentimientos de culpa, ya que se sienten responsables del fracaso de la intimidad. Este es el eje de análisis del texto La Depresión en la Mujer, (Dio Bleichmar, 1991), posteriormente el Enfoque Modular-Transformacional me proveyó de las herramientas para entender la diversidad y al mismo tiempo la especificidad de algunas psicopatologías más frecuentes en las mujeres como son la histeria, la depresión y la anorexia-bulimia (Dio Bleichmar, 2000b, 2008b, 2008c, 2011a)


El enfoque Modular-Transformacional: un modelo para concebir la complejidad del desarrollo evolutivo y la psicopatología


Hugo Bleichmar inspirándose en la obra de Chomsky (1984) concibe un modelo teórico de estructura subjetiva como un conjunto de sistemas motivacionales, que se van organizando en distintos componentes con reglas de producción propias, que se articulan y se transforman a lo largo del ciclo vital (Bleichmar, 1997). Su obra y su proximidad (no cabe duda), me inspiraron para aplicar el enfoque en dos direcciones: 1) al desarrollo evolutivo de cada uno de los sistemas motivacionales identificados: auto-heteroconservación, regulación psicobiológica, narcisismo, apego y sexualidad; 2) repensar algunas patologías más frecuentes en las mujeres desde la diversidad de motivaciones que pueden desencadenar los procesos. El Manual de Psicoterapia de la Relación entre Padres e Hijos (Dio Bleichmar, 2005b) es la combinación de dos marcos teóricos: el enfoque Modular-Transformacional y el paradigma relacional. Fui revisando el desarrollo temprano a la luz de las investigaciones del apego, los estados de ansiedad a partir de los aportes de la neurociencia que muestran la naturaleza fisiológica de las emociones lo que conduce a entender su transmisión del adulto al infante en la interacción, así como la organización del Self en el seno de la intersubjetividad. Estudio que me permitió completar la temprana aspiración de contar con un marco teórico para trabajar en la relación entre padres e hijos, no reduciendo la clínica estrictamente a fuerzas que se autogeneran en la subjetividad del niño. A su vez, la psicopatología infantil como un desencuentro de sistemas motivacionales entre los padres y los hijos, diferenciando los trastornos de la parentalidad que provienen de conflictos entre motivaciones de aquellos que se generan en los déficits de capacidades de los adultos.


La perspectiva relacional se aplica desde el primer momento del proceso diagnóstico, los datos que vamos recogiendo a través del relato manifiesto y la conducta implícita van configurando un mapa de la relación. Teniendo en cuenta que buscamos información sobre la relación son esenciales entrevistas vinculares para observar la interacción entre padres e hijos. Se propone una técnica activa y participativa, un encuadre variable dependiendo de la especificidad de cada caso y la comprensión del mundo interno como proviniendo de relaciones reales a las que el niño/a ha dado un significado propio que hay que descubrir. El objetivo es una deconstrucción de la parentalidad, es decir, un análisis de las múltiples dimensiones que comprende esta experiencia, tratando de darle espesor a la cualidad tan utilizada en psicoanálisis de ser una madre suficientemente buena, expresión que puede encerrar un alto grado de reduccionismo. La afectividad y el balance de la ansiedad pueden no ser parejos y en esta medida el sistema del apego verse afectado, a pesar de la dedicación del padre o la madre. A su vez, el apego se refuerza por la sensualidad y la admiración que el adulto despliegue en la crianza, pero también por los miedos de éste creando un vínculo de sobreprotección que si bien estimula el apego no fomenta la cohesividad del self.


Epílogo


¿Cuál es el resultado de esta suerte de psicoanálisis de la obra propia? Veo más coherencia de lo que suponía ya que la perspectiva relacional se vislumbra desde la publicación de mi primer trabajo. A su vez, la búsqueda de un modelo femenino fue un faro que iluminó mis opciones, siempre tuve presente  las desigualdades entre los géneros, a pesar que en mi familia el respeto y admiración por el trabajo de la mujer era muy notorio. Pensándolo mejor quizá esto tuvo más importancia que mi mirada crítica del mundo real que iba descubriendo. El diálogo y la  integración de pensamientos diversos con los que he trabajado ha generado  una posición teórico-técnica siempre en los bordes con las ventajas de la autonomía y los riesgos de la marginalidad. No obstante, el balance final es alentador porque tanto la perspectiva relacional, la perspectiva de género y la perspectiva integradora  en psicoanálisis  crecientemente se va convirtiendo en la perspectiva dominante


Notas  


Referencias


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[1] En 2007 han aparecido tanto en el JAPA  (55) como en Psychoanalytic Studies of the Child, (62).


[2] Laplanche (2007) en su artículo "Gender, Sex and the Sexual" (Studies in Gender and Sexuality. 8: 201-219) también lo remarca: “Tengamos cuidado con el término social ya que este cubre al menos dos realidades que se articulan. Por una parte lo sociocultural… pero lo que se inscribe no es la sociedad en general sino el pequeño grupo cercano a la persona. Es decir, el padre, la madre, un hermano, un primo, un amigo” (p. 213)



[3] Para una explicación del enfoque Modular-Transformacional de psicoterapia psicoanalítica el lector puede acudir al capítulo del presente libro dedicado a la obra de Hugo Bleichmar


[4] Los trabajos de Hugo Bleichmar, inicialmente en torno a la depresión y luego en su modelo de la multiplicidad de motivaciones lo incluyen


[5] Laplanche (2007, p. 214) escribe: "La idea de la asignación o ‘identificación como’ cambia completamente el vector de la identificación. Aquí creo que existe un modo de salir de la aporía de esa ¡hermosa’ formulación de Freud que ha dado lugar a tanta reflexión y comentarios: ‘la identificación primitiva con el padre de la prehistoria personal’… Yo simplemente haría la pregunta o, más bien, plantearía lo siguiente: No sería esto, en lugar de una ‘identificación con’, una ‘identificación por’? En otras palabras, yo diría: ‘identificación primitiva por el socio de la prehistoria personal”.