La psicología del self de Heinz Kohut y la nuestra. Transformaciones del psicoanálisis [Ornstein, P.H.]

Publicado en la revista nº052

Autor: Ortega Trujillo, Lorenzo

Reseña: Heinz Kohut’s Self Psychology- And Ours. Transformations of Psychoanalysis. Paul H. Ornstein. International Journal of Psychoanalytic Self Psychology, 3: 195-214, 2008 

“Dor dor v’dorshav dor dor v’chockhmav”


(“Cada generación debería tener sus propios intérpretes.

Cada generación debería tener sus propios maestros”)


En el espíritu de este lema tomado del Talmud es que Paul H. Ornstein glosa la obra de Heinz Kohut, a los 25 años de su muerte, en este ensayo presentado originalmente como conferencia conmemorativa en la 29ª Reunión Internacional Anual de Psicología del Self (Chicago, 2006). “Lo que Heinz Kohut nos dejó como legado hace 25 años, y lo que nosotros, muchos de nosotros aquí y en otros países, hemos hecho con ese legado para hacerlo nuestro” (p. 196). Advirtiendo desde el principio de lo “altamente subjetivo” de su apreciación, enfoca “lo que ha durado en el tiempo y como Kohut situó el psicoanálisis en una senda de transformación continua, sacándolo de su antiguo, y largo, estancamiento clínico y teórico; como él vigorizó nuestro campo y expandió grandemente el potencial terapéutico del psicoanális”. Y sitúa el objeto de su artículo: “Permítanme simplemente resaltar lo que yo considero que son las aportaciones revolucionarias de Kohut, y lo que ha pasado con ellas tras su muerte. Era un psicólogo del Yo freudiano, y fue su profundo compromiso con este marco lo que en última instancia le permitió descubrir sus limitaciones: las fronteras que la Psicología del Yo no podía traspasar ni en la teoría ni en la práctica. Con su trabajo creativo Kohut trascendió algunas de estas limitaciones tanto en la teoría como en la práctica. Solo esto ya le hubiera asegurado un lugar destacado en la historia del psicoanálisis” (p. 196).


Esta declaración de intenciones se dirige a resaltar la importancia de la empatía como método de observación, y de ahí pasar revista a los principales conceptos que conforman la Psicología del Self y las diferentes tendencias en que han cristalizado las nuevas ideas que se han ido añadiendo a las contribuciones originales de Kohut. Y a modo de introducción, una mención a la personalidad y a la vida de Heinz Kohut (“al margen de cualquier imagen de Heinz Kohut que llevemos en nuestra memoria, una cosa es indiscutible: el origen de sus novedosas ideas está en lo profundo de su experiencia temprana, en lo profundo de su propia personalidad” p. 197). Una mención a su sensibilidad y a su conciencia de los cambios culturales que estaban sucediendo en el mundo occidental en el arte y en la ciencia, a los que su teorización psicoanalítica no fue ajena. Y una mención a la visión kohutiana de la esencia última del psicoanálisis.


Respecto a su vida y personalidad, resalta sus orígenes culturales austrogermánicos, injertados luego en el modo de vida estadounidense, y su judeidad presuntamente traicionada (atribución que ignora, negando cualquier percepción empática del mundo interno del propio Kohut, que sus propios padres no parecieron darle nada de su propia herencia judía, no significativa ya para ellos mismos).


Respecto al arte y la ciencia de su tiempo, señala Ornstein cómo Kohut entiende, con Freud, que el arte refleja la psicopatología dominante de la época como un adelantado al psicoanálisis. Esta psicopatología de nuestra época era, es, la fragmentación del hombre moderno y sus esfuerzos, quizá vanos, por integrarlos de nuevo. En las ciencias, el viraje de la Física hacia las estructuras atómicas y subatómicas mueve a Kohut a trazar una analogía con el psicoanálisis, con el cambio de énfasis que propone desde el entendimiento de la psicopatología a la reintegración de la totalidad de lo humano y con la importancia que otorga a la microestructura de la experiencia. “Veo este viraje como uno de los atributos singulares de la Psicología del Self de Kohut en lo esencial, que nos lleva a enfocar las microestructuras de la subjetividad humana en línea con la cultura contemporánea y la ciencia en la que vivimos. Sin ninguna duda, Kohut ha contextualizado su psicoanálisis a la vez en la cultura que nos rodea y en la experiencia analítica inmediata, tanto en la teoría como en la práctica” (p. 198).


De la interpretación kohutiana de la esencia del psicoanálisis, Ornstein destaca lo imaginativo de sus hipótesis. Kohut definió el psicoanálisis como una ciencia por derecho propio, “a la vez bien delimitada y a la vez abierta al cambio, no congelada en el tiempo por incluir aspectos de teorías psicoanalíticas específicas de un período concreto en una definición anticuada y restrictiva”. Kohut compara el desarrollo del conocimiento humano, en especial el conocimiento científico, con las mutaciones en el desarrollo biológico, usando de la imagen de un salto adelante que da una nueva dirección al pensamiento humano. Ornstein cita textualmente al propio Kohut: Esta nueva dirección “no puede llamarse un avance en el método solamente. Esta mutación del pensamiento humano no es ni una nueva técnica revolucionaria, ni una nueva teoría revolucionaria. Es ambas cosas, y siendo ambas cosas, es más que cualquiera de las dos. Es un progreso en ese nivel básico de la relación del hombre con la realidad en el que no podemos todavía diferenciar los datos de la teoría, donde descubrimiento externo y cambio de actitud interna son todavía una misma cosa, donde la unidad primaria entre observador y observado está todavía no obstruida y no oscurecida por la reflexión abstracta secundaria”. “Este pensamiento-acción, tal como Kohut lo llama, dio origen al psicoanálisis en el encuentro entre Breuer y Anna O. en 1881, y (cita del propio Kohut) abrió el camino a un aspecto entero de la realidad, un paso que estableció a la vez el novedoso modo de observación y el novedoso contenido de una ciencia revolucionaria, la ciencia de la subjetividad humana: el psicoanálisis”. “Entonces, el encuentro diádico entre dos personas cualesquiera, para explorar el mundo interno de una de ellas, con la participación del explorador en esta empresa, es el psicoanálisis en su más amplio sentido. Esta participación necesita inevitablemente la reflexión del analista sobre su propia experiencia, que por momentos puede requerir ser comunicada al paciente como parte del proceso terapéutico basado en la empatía. Las diferentes maneras en que los datos de esta experiencia se organizan, se comprenden, y se interpretan son las diferentes tendencias de lo que es el psicoanálisis hoy” (pp. 198-199).


Primer Tema: “El Método Psicoanalítico: Empatía y Teorización Cercana a la Experiencia” (p. 199):


Para introducir el asunto, el autor recalca que si bien es de dominio público que la regla fundamental del psicoanálisis es la asociación libre, regla que afecta tanto al paciente como al terapeuta en forma de la llamada atención flotante, no es tan claramente reconocido un hecho fundamental y previo a todo lo anterior: que cualquier cosa que se produzca bajo estas premisas implica una comprensión empática, y que ésta es en realidad el método del psicoanálisis. “La empatía como proceso es una vía final común para todas las variedades de canales afectivo-cognitivos, incluida la extrospección, que sirven en el contexto psicoanalítico para facilitar la entrada en el mundo interno del paciente” (p. 199).


Ornstein nos recuerda que para Kohut la empatía era, más allá de un modo de observación, algo definitorio del campo psicoanalítico desde mucho antes del desarrollo de la Psicología del Self, y que fue de hecho un precursor de sus ideas posteriores y lo que le llevó a su reformulación del psicoanálisis en términos definidos como cercanos a la experiencia. “Así es como la empatía se entrelaza inextricablemente con la Psicología del Self de Kohut” (p.199). Y así es como, afirma Ornstein, “este modo de observación, cuando se combina con el modo en que los datos se obtienen y son interpretados, define nuestro psicoanálisis: la Psicología del Self” (p. 201).


Frente a las críticas de que la Psicología del Self se apropió de la empatía, señala la falla corriente en reconocer esta ligazón de origen entre la empatía y la Psicología del Self, de tal forma que el método de observación inevitablemente condiciona los datos que se obtienen (“el método de observación y los datos son inseparables, mientras que la comprensión del significado de los datos es lo que está abierto a la multiplicidad de las interpretaciones” p. 200), así como la idea básica central de la empatía como modo de observación, o por mejor decir, como elemento imprescindible de cualquier modo de observación. Sostiene que siempre han defendido que la empatía es una facultad humana universal que entra en juego en muy variados campos, especialmente neurociencias, filosofía y humanidades. “La proclama de Kohut de que él no introdujo un tipo distinto de empatía es válida” (p. 200), aun siendo cierto también que la exigencia de inmersión prolongada en la experiencia interna del paciente que se hace al analista la hace muy diferente en su uso y en su impacto clínico. Pero esto no es diferente del uso de la empatía que hacen novelistas, dramaturgos y biógrafos, que también se sumergen en la vida interior de las personas sobre las que escriben como condición necesaria para su trabajo.


Destaca el hecho de que la empatía siempre es un proceso de dos, incluso en la creación literaria, entre el autor y sus personajes, y que el diálogo continuo con un otro, real o imaginario, es condición sine qua non. La propuesta clínica que nos hace, sobre este rol central de la empatía, incluye al paciente y advierte contra la altivez intelectual de los psicoanalistas: “Paciente y analista contribuyen cada uno a lo que llega a ser un entendimiento compartido de la experiencia subjetiva del paciente. El analista no puede pretender haber comprendido al paciente a menos que el paciente se sienta comprendido y haya aportado su parte del proceso explícitamente o a través de múltiples cauces no verbales” (p. 200). Ornstein añade que reflejar este carácter bipersonal en el lenguaje y las metáforas que usamos es una corrección necesaria al uso que el propio Kohut hizo de los términos de la psicología unipersonal para referirse a la empatía, a pesar de que, sin nombrarlo así, continuamente lo enfatizaba en sus supervisiones.


Y cita de forma entusiasta la respuesta a los críticos dada por Teicholz (1999): “La empatía como posicionamiento frente a frente a la experiencia del paciente deja el campo entero de la comunicación abierto al analista”, una vez que el analista ha entresacado algunas ideas y constelaciones de sentimientos que piensa que se acercan a la experiencia del paciente en el momento. Este campo entero de la comunicación y la acción puede incluir, sin limitar al analista a ello, una expresión directa de lo que ha entresacado de su lectura empática. “Las discusiones contemporáneas a menudo entremezclan la experiencia y la expresión de la empatía, cuando de hecho la experiencia de la empatía puede igual de fácilmente conducir a la decisión de no expresarla”. Y afirma Ornstein, recalcando una vez más su idea cardinal de que no hay comunicación posible que no pase por la empatía, que de hecho no es posible ningún psicoanálisis sin ella, se reconozca o no: “Me adhiero a la idea de la centralidad de la empatía sin disculpa a los críticos: Porque no tenemos opción” (p. 201).


Segundo Tema: “Los Conceptos Básicos y el Proceso de Tratamiento: Modificaciones, Cambios y Nuevas Ideas” (p. 201).


Después de acogerse a la idea del colectivo de pensamiento de Ludwig Fleck (1977), y así situar el debate en términos coherentes con lo ya expuesto, Ornstein repasa los conceptos fundamentales de la Psicología del Self (cuatro para Kohut, cinco para él mismo), centrándose especialmente en la Transferencia de ObjetoSelf. El concepto de colectivo de pensamiento se refiere a la matriz sociocultural que sostiene el desarrollo de las ideas científicas, colectivo que comparte un mismo estilo de pensamiento y que permite que las ideas creadoras de algunos de sus miembros se incorporen al conocimiento general a través del diálogo constructivo entre sus miembros, resaltando el carácter de creación grupal del conocimiento más que la genialidad individual, así como la virtualidad del colectivo así conformado de permitir este trabajo de creación de conocimiento en el que es posible llegar a acuerdos y tolerar los desacuerdos.


Estos cuatro conceptos, señalados así por el propio Kohut (Kohut, 1979), son Self, ObjetoSelf, Transferencia de ObjetoSelf, y Fragmentación, y el quinto es Internalización Transmutadora. De los cuales el autor toma para su desarrollo únicamente los elementos definitorios de la Transferencia de ObjetoSelf, “de los cuales derivan los conceptos mencionados y mucho más” (p. 201).


Sienta la Transferencia de ObjetoSelf como el constructo fundacional de Kohut para la construcción de su teoría del narcisismo y del Self, tal como él mismo lo afirmó (Kohut, 1979). El “mucho más” es “su novedosa nosología, su teoría clínica y del desarrollo, y el abordaje de tratamiento iluminado por éstas… [y la contribución] de la Psicología del Self en su totalidad a una imagen del hombre diferente de la que podía inferirse del psicoanálisis tradicional” (p. 202).


Ornstein da cuatro grandes razones para sostener esta afirmación:


1)    Esta “constelación transferencial” (p. 202) capta experiencias tempranas cruciales que marcarán el ulterior destino del sujeto, incluyendo las mismas experiencias edípicas posteriores, y amplía el espectro de lo analíticamente tratable. Esta Transferencia de ObjetoSelf guía el proceso analítico porque se trata de las experiencias específicas que se movilizan en cada contexto diádico único, que están emocionalmente cargadas y que expresan lo más personal de cada paciente.


2)    La Transferencia de ObjetoSelf incluye de forma implícita mucho de la visión kohutiana de la condición humana: la dependencia absoluta del comienzo de la vida, la predisposición a suscitar la respuesta adecuada en los cuidadores, la necesidad de alcanzar una adecuada organización interna que asegure una razonable autonomía a través de esta interacción, y la necesidad a lo largo de la vida de experiencias de este tipo (“experiencias de ObjetoSelf” p. 202) para mantener la cohesión y/o reforzar la vitalidad del sujeto.


3)    La Transferencia de ObjetoSelf expresa las insuficiencias a este nivel tal y como aparecen en la experiencia subjetiva del paciente y en su comportamiento, y también expresa la esperanza de reparar el déficit, de suscitar en el analista la respuesta que una vez fue negada. Esperanza que es nuestro mejor aliada en el proceso terapéutico y sin cuyo reconocimiento explícito rara vez se llega a la meta en pacientes de una cierta gravedad.


4)    La Transferencia de ObjetoSelf proporciona así un entendimiento psicoanalítico de las necesidades concretas del desarrollo que fueron no satisfechas, y de sus consecuencias. Estas necesidades, con distintos grados de conciencia, emergen silenciosamente o con intensidad en la experiencia de tratamiento, y promueven las experiencias de gemelaridad con el analista o las distintas expresiones de la experiencia de sentirse parte del mundo interno del analista o de incluir al analista como parte del propio “Sistema Self” (p. 203). Así es como la realidad externa, que incluye al analista, se vuelve parte del mundo interno del paciente, y permite que el foco analítico se vuelva hacia la experiencia subjetiva del paciente de la cual ahora forma parte la realidad externa.


En resumen, y a despecho del olvido del que se lamenta el autor, “la Psicología del Self sostiene la centralidad de la empatía como modo de observación sin reservas. También sostiene que la empatía es válida como definidora de nuestro campo de psicoanálisis. La Transferencia de ObjetoSelf es una constelación única en psicoanálisis –Kohut la consideró una continuación de la realidad temprana, más que su distorsión por represión y desplazamiento” (p. 203).


¿Cuál ha sido el destino de la Psicología del Self a 25 años de la muerte de Kohut? “Una buena descripción general sería que varias ramas, unas más distintas y más viables que otras, han crecido del tronco que Kohut nos dejó... [aunque] algunos de ustedes podrían considerarlas troncos diferentes que se han desarrollado en paralelo a la Psicología del Self bajo nuestra gran carpa” (p. 203).


Del intersubjetivismo, valora su viraje hacia una teorización en términos puramente psicológicos, que el propio Kohut no llegó a culminar, y critica su alejamiento, a pesar de las apariencias, de la matriz del pensamiento kohutiano: el presupuesto teórico básico que subyace a las tesis intersubjetivistas, esto es, que son dos subjetividades autónomas las que se relacionan entre sí, es incompatible con la Transferencia de ObjetoSelf tal como se ha descrito, que presupone una experiencia del otro como formando parte del Self, en cualquiera de sus modalidades. En lo aparente, se retiene el concepto de Transferencia de ObjetoSelf, pero solo como un tipo de organización emocional, y se prescribe la necesaria conexión emocional del analista con el paciente. Pareciera que la teoría intersubjetivista no deja lugar para el carácter central de la Transferencia de ObjetoSelf, ni para una necesaria guía teórica que suministre la respuesta adecuada a estas necesidades arcaicas reactivadas.


Para el Análisis Relacional, en cambio, tiene el autor mejores palabras. Parece considerarlo el heredero natural de la Psicología del Self, a la que considera relacional de pleno derecho al resaltar la importancia de la relación analista-paciente y rescatarla de las brumas teóricas del concepto clásico de Transferencia (de lo insatisfactorio de diferenciar entre relación real y relación transferencial, por un lado, así como de lo inadecuado de seguir manejando al modo clásico, como un producto patológico a interpretar, la Transferencia entendida como patrón relacional general dentro y fuera del análisis). Y relacional de pleno derecho porque focaliza en la naturaleza y la cualidad de la relación en la díada. Sólo una diferencia, que el foco está en el lado del paciente, en como éste nos vive a nosotros. “Lo que hacemos y decimos cuenta menos que lo que el paciente hace de ello” (p. 205).


Conclusiones


En este texto Ornstein expone, con el saber del que lo ha vivido todo en primera persona, qué es lo realmente revolucionario en la obra de pensamiento de Heinz Kohut: En esencia, dos cosas. Primera, su planteamiento de la empatía como método, sacando a la luz ni más ni menos que el psiquismo humano no es accesible más que a través de la capacidad empática, y que eso no coincide necesariamente con el apoyo emocional, con la expresión de contenidos, y me atrevería a decir que ni siquiera con la concordancia entre paciente y terapeuta ni los buenos sentimientos, que es en lo que habitualmente viene a sustanciarse lo que se entiende por empatía. Descubrimiento que no es una nueva técnica dentro del arsenal psicoanalítico, sino lo que desde el principio dio lugar al nacimiento de la ciencia psicoanalítica, por más que haya tardado en reconocerse. Esta es una pretensión ciertamente ambiciosa de Kohut y de la Psicología del Self, tal como Ornstein nos la relata. La verdadera cuestión, entiendo que el dilema latente a las críticas que hace a las tendencias teóricas posteriores, es cómo se puede trascender ese nivel de pura experiencia para hacer teoría sin acabar dejando atrás la esencia del psicoanálisis tal como nos es planteada. Lo cual puede ser la causa, añado, de la sensación que se tiene cuando se navega por el mundo del psicoanálisis de que pareciera que por todos los caminos se podría llegar a Roma… o perderse en el camino, incluyendo en este riesgo a la propia Psicología del Self. Aquí cobra sentido otra característica, ésta apenas mencionada explícitamente, que es la teorización cercana a la experiencia y lo que comúnmente se ha dicho de que el concepto de Self es una abstracción de perfil bajo, de forma entiendo que coherente con la intención de privilegiar la experiencia primigenia “todavía no obstruida y no oscurecida por reflexiones abstractas secundarias” (p. 198).


Y en segundo lugar el desarrollo teórico de la Transferencia de ObjetoSelf, una manera de conceptualizar la Transferencia como la expresión de una necesidad profunda, de formato cuasibiológico y sabor a clasicismo psicoanalítico (por más que Ornstein parezca renegar de ello diciendo poco menos que a Kohut no le dio tiempo de finalizar su viraje hacia la pura psicología, paradójicamente a la vez que censura el abandono del concepto desde el intersubjetivismo, probablemente sea lo que mejor separa la Transferencia de ObjetoSelf del puro constructivismo ese carácter de determinismo asentado en la misma naturaleza del ser humano), que da forma a la necesidad de relación y trae aparejada toda una concepción del hombre y de su desarrollo.


El artículo se desliza en su final hacia recuerdos de supervisiones que describen mejor que los argumentos teóricos el tono intersubjetivo en el que cobran sentido, el imaginario brazo sobre el hombro del amigo dirigido al paciente, y el atrevimiento de la espontaneidad y la transgresión del sacrosanto encuadre. Para terminar con una ensoñación que recrea una conversación con un imaginario Kohut en la que se repasan temas, se anticipan perspectivas, se sigue puntualizando sobre innovaciones teóricas, y sobre todo se transmite un modo de hacer.


Se recuerda de nuevo la definición de lo que el psicoanálisis es bajo la óptica del nuevo paradigma de la Psicología del Self, la elaboración de una experiencia nueva surgida al calor de un nuevo método de observación ciertamente diferente de la pretendida observación científica objetiva, rehuyendo explícitamente la inclusión de conceptos específicos en esa definición, conceptos que acaban constituyendo dogmas que acaban bloqueando la esencia del descubrimiento psicoanalítico. Carga especialmente contra los conceptos clásicos de Transferencia y Resistencia, que cataloga como lejanos a la experiencia y como obstáculos para el desarrollo de su nuevo enfoque. Se proclama la voluntad de apertura al cambio (compatible con cierto tono de queja de ese mismo cambio), y se recalca una vez más la importancia de considerar la matriz relacional inespecífica (e intersubjetiva, en la concepción más amplia del paradigma intersubjetivista) de la que surge el psicoanálisis, que naturalmente debe cargar hacia lo erótico y no hacia lo tanático, hacia lo amable y no hacia la disección quirúrgica del alma, si es que queremos que la observación, ahora sí llamada empática en su sentido más coloquial, nos permita saber.


Donde mejor se refleja, posiblemente, este espíritu de valoración crítica de lo nuevo es en la mención que se hace, en este epílogo del artículo, a las teorías de los sistemas motivacionales: Muy apreciable el esfuerzo de sistematizar y clarificar la motivación humana….pero no es nuestro tema. En palabras de Ornstein-Kohut: “Mi meta interpretativa fue focalizar configuraciones globales –aunque conocer en qué consisten éstas puede perfectamente enriquecer el conocimiento cuando uno reflexiona sobre la totalidad de la experiencia analítica- más allá del proceso interpretativo” (p. 210). Y en algunas píldoras hacia la idea de identificaciones múltiples del enfoque relacional, y hacia el énfasis puesto en la conexión del analista con su paciente (cosa que en otro lugar del artículo se da por obvia, como sospechando de la necesidad de señalarla): “Sabes muy bien que mi primer impulso no es cuestionar, sino tratar de entender…Veo la identificación, como tú sabes, como una estación de paso en el camino hacia la estructuración, la cual, si es razonablemente satisfactoria, debería dar paso a una estructura despersonalizada más que a múltiples identificaciones mezclándose en una mente atrapada por el conflicto. Respecto a la conexión, aunque no uso ese término, me impresionó más la necesidad de mis pacientes de la sensibilidad del Objeto del Self. Pero los datos clínicos demuestran que la conexión pudiera preceder a la capacidad del infante, y después del paciente, de sacar partido de las experiencias de ObjetoSelf en la situación terapéutica” (p. 211).


Para finalizar, querría resaltar una vez más no tanto el contenido de los conceptos, abierto, como ya se ha dicho “a múltiples interpretaciones” sino el proceso que se nos transmite de forma latente, el modo de mantenerse apegado a la experiencia, como lo genuinamente psicoanalítico en su última y verdadera esencia. Y cómo inevitablemente las palabras no llegan nunca a recoger del todo este fenómeno. No es fácil imaginar de qué forma podría conseguirse ese lenguaje bipersonal que Ornstein echa de menos, si al final la psicología y el lenguaje viene a ser una cosa individual como meta del proceso de estructuración, ni tampoco es fácil imaginar cuál podría ser ese nuevo método y nuevos hallazgos que generaciones futuras de psicoanalistas podrían descubrir… si eso sería psicoanálisis, o ya sería directamente otra ciencia.


Algunas veces me he preguntado cómo pudo sobrevivir la Medicina milenios enteros antes del advenimiento de la medicina científica, y de hecho la Medicina como disciplina es muy anterior al método científico. Ahora me pregunto cómo ha podido sobrevivir el psicoanálisis a tanto estrago intelectual como hemos presenciado. Quizá ésta sea la respuesta.


“Allá va el olor de la rosa. Cójelo en tu sinrazón” (Alegría Nocturna. Juan Ramón Jiménez).  


Referencias


Fleck, L. (1977). Genesis and Development of a Scientific Fact. Chicago: University of Chicago Press.


Kohut, H. (1977). The Restoration of the Self, New York: International Universities Press.


Kohut, H. (1979). Four basic concepts in self psychology. In: The Search for the Self: Selected writings of Heinz Kohut: 1978-1991 (vol. 4). ed. P. H. Ornstein. Madison, CT: International Universities Press.


Teichholz, J.G. (1999). Kohut, Loewald & the Postmoderns: A Comparative Study of Self and Relationship. Hillsdale, NJ: The Analytic Press.