La evolución de la moralidad: una aproximación comparativa [Prétot, L. y Brosnan, S.]. En: Moral Brain a multidisciplinary perspective

Publicado en la revista nº053

Autor: Espeleta, Susana

Libro The Moral Brain. A multidisciplinary perspective. (2015) Edited by Jean Decety and Thalia Wheatley. The MIT Press. Cambridge, Massachusetts London England

Capítulo 1. La evolución de la moralidad: una aproximación comparativa. Autores: Laurent Prétôt y Sarah Brosnan. En: I. La evolución de la moralidad.

Los autores comienzan señalando lo escasa que ha sido hasta ahora la investigación de la moralidad en el reino animal, achacándolo a la limitación que nos impone nuestro habitual homocentrismo, sumado a la dificultad de medir conductas complejas prescindiendo del lenguaje. Pero también nos dicen que recientemente nuevas investigaciones han arrojado luz sobre la evolución de los comportamientos morales en otras especies, lo cual consideran clave, junto a otros autores (Brosnan, 2014ª; 2014b; de Waal, 2006; Flack y de waal, 2000), para determinar qué factores ambientales o sociales han sido los precursores de nuestra propia moral humana. Continúan recordando cómo a pesar de que la moralidad ha sido estudiada a lo largo de los siglos, la psicología moral no ha emergido hasta hace unas décadas, en primer lugar con una aproximación cognitiva centrada en el razonamiento moral (Piaget, 1932/1965), y después bajo perspectivas más integradoras que han dado a las emociones un papel protagonista. Como ejemplo de esto citan a Haidt´s (2007), el cual sostiene que las decisiones morales están basadas en intuiciones emocionales espontaneas más que en la reflexión y el discurso verbal. Concluyen que privilegiar la emoción sobre el lenguaje y el razonamiento, ha reforzado la idea de que otras especies pueden estar dotadas de moralidad, siendo esto lo que ha impulsado recientemente su estudio.

Para Prétôt y Brosnan, apoyándose en (de Waal, 2006; Flack y de Waal, 2000), los comportamientos morales en el reino animal están divididos en distintas categorías, la más básica (y por lo tanto la más extendida) está relacionada con la regulación social, formada por conductas que promueven la cohesión y un mejor funcionamiento en grupo; por otro lado están los comportamientos relacionados con el juicio, el razonamiento y las decisiones morales, los cuales debido a su complejidad están muy limitados. Los autores han estudiado tres tipos de conducta que consideran están en el origen del comportamiento moral: la reciprocidad, el comportamiento prosocial y la respuesta a la falta de equidad.

Reciprocidad: Tal y como nos dicen Prétôt y Brosnan, la reciprocidad se da cuando los individuos se benefician mutuamente. Apuntan que aun habiendo muchas anécdotas fuera del laboratorio sobre reciprocidad en los chimpancés existen muy pocas evidencias experimentales de ello. Siguiendo los estudios de Brosnan (2009), Melis, Hare y Tomasello (2008), consideran que puede deberse a que la reciprocidad necesita condiciones específicas: es más probable cuando se elige el compañero y hay además un periodo prolongado en el que pueda manifestarse. Así mismo añaden que la reciprocidad se encuentra en otras especies como las ratas, con conductas de auxilio en respuesta a haber recibido ayuda, aunque esta no haya provenido del mismo individuo al que socorren, lo cual interpretan resulta muy útil para incluir nuevos miembros al grupo.

 

Comportamiento prosocial: Los autores comienzan señalando el hecho de que los primates exhiben conductas dirigidas a favorecer el orden y la cohesión grupal con actitudes que minimizan la violencia, y nos muestran un descubrimiento muy interesante, los chimpancés son más proclives a socorrer ante el peligro que a compartir comida. Para Prétôt y Brosnan basándose en (Warneken y Tomasello, 2006) lo que esto puede indicarnos es en qué contextos el comportamiento prosocial resulta más importante y ha sido por lo tanto favorecido por la selección natural. También aluden a investigaciones en las que se ha hipotetizado que el comportamiento prosocial se da en mayor grado en grupos basados en lazos de parentesco y en aquellas especies en las que macho y hembra crían juntos (Hardy, 2009; van Schaik y Burkart, 2010).

Respuesta a la falta de equidad: Reflexionan cómo compararse puede resultar muy útil para distinguir qué individuo ha encontrado o aprendido algo beneficioso, además de ser muy eficaz a la hora de elegir el mejor compañero. Pero también nos recuerdan que compararse puede resultar conflictivo y quizá por ello los humanos y muchos primates buscamos la equidad y tendemos a compartir para alcanzarla. Aunque esto pueda implicar una pérdida inmediata (ya que se renuncia a la propia ventaja), sostienen citando a Frank (2001), que puede proporcionar a largo plazo un beneficio en términos de subir la propia reputación o mejorar las relaciones. Para ello nos brindan un ejemplo con las conclusiones a las que llegó Brosnan (2006) en sus experimentos con los monos capuchinos: aquellos que comparten sus recursos son al menos tres veces más competentes en pruebas cooperativas que los pertenecientes a sociedades en las que un solo miembro domina los recursos principales. Queda claro que ser equitativo puede traer numerosas ventajas, entre ellas la supervivencia.

Por último para Prétôt y Brosnan la empatía sería una “emoción moral” caracterizada por la capacidad cognitiva de sentir y percibir las emociones, deseos y metas del otro; y apuntan el hecho de que los simios la poseen (no así los monos), pudiendo incluso cooperar para que otro individuo alcance sus objetivos. Así mismo, añaden apoyándose en el estudio de Koski y Sterck (2007), estos también muestran conductas de consuelo (cuando por ejemplo el espectador de una pelea se acerca a la víctima y le brinda su apoyo), siendo curiosamente estas beneficiosas para ambos (auxiliador y víctima), ya que en ambos bajan los niveles de estrés. Así mismo – nos dicen citando otros estudios - el llanto contagioso se aprecia en varias especies, por ejemplo en chimpancés (sobre todo con los miembros de su propio grupo) (Campbell y de Waal, 2011), e incluso en roedores (Langford et al., 2006), lo que consideran habla de la necesidad de que existan bases genéticas implicadas para esta emoción tan “humana”.