Aproximaciones desde la teoría de la evolución a la psicología mora [Delton, A.W. y Krasnow, M.M.]. En: Moral Brain: A multidisciplinary perspective

Publicado en la revista nº053

Autor: Espeleta, Susana

Libro The Moral Brain. A multidisciplinary perspective. (2015) Edited by Jean Decety and Thalia Wheatley. The MIT Press. Cambridge, Massachusetts London England

Capítulo 2. Aproximaciones desde la teoría de la evolución a la psicología moral. Autores: Andrew W. Delton y Max M. Krasnow. En: I. La evolución de la moralidad.

Para Delton y Krasnow las teorías del desarrollo moral como las de Piaget o Kohlberg asumen implícitamente que las sucesivas adaptaciones evolutivas han dado lugar a la moral y que esta depende de procesos cognitivos genéricos (razonamiento, deducción, inducción...). Citan otros trabajos que en cambio apuntan a que la evolución ha equipado a la mente con conceptos específicamente morales como “bueno” y “malo” (Greene, Sommerville, Nystrom, Darley, y Cohen, 2001; Hamlin, Wynn y Bloom, 2007; van Leeuwen, Park, y Penton-Voak, 2012), o estudios que apuestan por la idea de la existencia de estructuras más específicas que posibilitan el sentido de comunidad, del daño y de la justicia (Haidt y Bjorklund, 2008). Este último enfoque es su planteamiento: la selección natural ha favorecido el desarrollo de conceptos concretos y habilidades morales específicas que van más allá del sentido de lo que es correcto o incorrecto. A continuación exponen tres ejemplos de conducta que consideran son posibles gracias a la sofisticación mental a la que acabamos de aludir: la cooperación, el intercambio y la condena social.

Moralidad y cooperación grupal

Los autores comienzan recordándonos cómo los seres humanos han desarrollado un sistema para compartir los recursos de la comunidad que les ha posibilitado adaptarse a las constantes contingencias a las que se ven expuestos. Nos explican cómo en sus orígenes cualquier recolector podía ser víctima de la mala suerte, sufrir un accidente o caer enfermo, y cómo otros recolectores en cambio podían obtener más de lo que consumían; así fue como descubrieron que compartir protegía contra la escasez y la privación, lo cual redundaba en beneficio de todos. Pero, añaden, este sistema solidario es vulnerable a los individuos que se aprovechan de él sin contribuir en absoluto. En principio estos individuos insolidarios serían más eficientes, ya que se beneficiarían con coste cero, sin embargo son la excepción, no la norma, por ello se preguntan: ¿por qué la selección natural no ha favorecido su desarrollo?, y se plantean la hipótesis de que debe de existir algún mecanismo compensatorio para que esto no se haya producido: ¿habrá generado la selección natural un mecanismo destinado a identificar y responder negativamente a estos individuos “oportunistas”? Delton y Krasnow continúan reflexionando que de ser así la mente necesitaría estar dotada de la capacidad de ver más allá de la conducta y hacer inferencias sobre las motivaciones que subyacen a la misma (Delton y Robertson, 2012), los experimentos han corroborado esta hipótesis (Delton, Cosmides, Guemo, Robertson, y Tobby, 2012): los individuos “oportunistas” son rápidamente identificados e incluso cuando contribuyen de forma similar a los “cooperadores” provocan una respuesta moral negativa (el castigo o la exclusión). La evidencia apunta a que la mente posee conceptos específicos, como el del “oportunismo”, y también parece poseer esquemas que facilitan identificar al compañero que resulta más valioso a nivel cooperativo (Delton y Robertson, 2012).

Moralidad e intercambio social

El segundo ejemplo que nos brindan los autores viene dado por la cooperación dentro de una relación: cuando ambas partes tienen algo que es valioso para el otro el intercambio reporta un beneficio mutuo, es un universal cultural que junto a la especialización y la división del trabajo ha sido responsable de gran parte del desarrollo humano. Pero también señalan que negociar es arriesgado, siempre existe la posibilidad de ser estafado, lo cual invalida la confianza indiscriminada. Argumentan que parte del riesgo puede reducirse eligiendo el compañero adecuado, alguien que por su reputación haya demostrado ser confiable, pero además es necesario castigar estos comportamientos para asegurarse de que las transacciones estén sujetas a la moral y puedan por lo tanto resultar beneficiosas. Delton y Krasnow subrayan nuestra capacidad de hacer discriminaciones morales en una transacción: aprovecharse de una ganga es moralmente correcto, estafar no. Consideran que los mecanismos psicológicos que posibilitan este tipo de distinciones deben apoyarse en funciones altamente especializadas, y comprueban la validez de esta hipótesis realizando una serie de experimentos (Krasnow, Cosmides, Pedersen, y Tooby, 2012), en los que miden la predisposición hacia la cooperación y el engaño de los participantes exponiéndolos a escenarios de supervivencia y a otros juegos de confianza. Estos fueron los resultados:



  • Los participantes por defecto estaban abiertos al intercambio y confiaban en su compañero.



  • Los participantes se veían influidos por la reputación de su compañero, usando estos datos para predecir su conducta.



  • Los participantes invertían más dinero en castigar a su compañero si pensaban seguir colaborando con él.



De ello dedujeron que la arquitectura moral que interpreta la violación del las normas del intercambio parece haber sido diseñada para discriminar los compañeros que resultan más rentables y no meramente para atribuir errores morales en general. Así mismo concluyen que la principal función del castigo es regular las relaciones de intercambio, no dependiendo tanto de la falla moral que lo causa como de si la relación en la que sucede va a seguir existiendo. Para Delton y Krasnow las estructuras cognitivas que son responsables de nuestras respuestas morales no parecen estar diseñadas para hacer una evaluación desapasionada de las transgresiones y tampoco parecen provenir de un sistema moral general sobre lo que es correcto o no, en su lugar, el sistema parece caracterizarse por generar la aprobación y la desaprobación, la confianza y los castigos necesarios para gestionar los riesgos del intercambio social y maximizar sus beneficios.

Moralidad y condena social

Los autores exponen el hecho de que todas las sociedades tienen su propio elenco de comportamientos reprobables, y se preguntan cómo se coordinan las personas para ello. Citan a Descioli y Kurzban (2009, 2013) los cuales investigaron los motivos de la diferencia en el grado de castigo otorgado a las “faltas” por acción y por omisión. Tras diversos experimentos llegaron a la conclusión de que las “faltas por omisión” debido a su “invisibilidad” hacen más difícil la coordinación en el juicio moral (ya que no causan directamente el daño) y por ello generan un menor castigo. Comprobaron que cuando las “faltas por omisión” son públicamente evidentes sufren la misma condena, con lo que concluyen que las dificultades para coordinarnos afectan a nuestros juicios morales. Basándose en esto Delton y Krasnow sostienen que una de las funciones de las reacciones morales es ayudar a coordinar el juicio entre múltiples personas.