aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Número 011 2002 Revista Internacional de Psicoanálisis Aperturas

La crisis actual en la Argentina y sus efectos en los niños: memoria y futuro

Autor: Janin, Beatriz

Palabras clave

Adolescencia, Argentina, Crisis socio-economica, Infancia, Memoria historica, Prevision de futuro, Transmisión transgeneracional, Trauma.


Este trabajo plantea algunas reflexiones sobre las consecuencias, en el psiquismo infantil, de la crisis socio-económica que se vive actualmente en Argentina.

El futuro incierto

"Yo me quería ir de vacaciones, pero no nos fuimos porque mis papás tenían miedo". ¿Miedo a qué?, pregunto. "A lo que va a pasar... al futuro...", dice una nena de ocho años en su primera sesión después de las vacaciones.

Miedo al futuro. Esta es una de las cuestiones fundamentales que insiste en estos días. Si el mundo venía siendo inseguro, si predominaba el "sálvese quien pueda", de pronto, una serie de acontecimientos vertiginosos nos lanzaron a una especie de abismo en el que nadie sabe qué va a pasar mañana y en el que nada de lo que fue dicho o escrito vale en el momento siguiente. Toda previsión de futuro queda desestimada inmediatamente.

Estamos viviendo una situación histórica, ineludible, que tiene efectos traumáticos. El bombardeo de estímulos sorpresivos y desorganizantes se hace insoportable por intensidad y duración. Son golpes muy fuertes que parecen no terminar nunca. Es decir, lo vivenciado se torna imposible de ser tramitado porque los acontecimientos se dan de un modo vertiginoso y toman todas las áreas, desde lo público hasta lo íntimo. Esto acarrea diferentes tipos de respuestas.

"A mí mucho no me afecta, porque yo voy a conseguir lugares donde comprar todo más barato y me las voy a arreglar ..." afirma un paciente en el diván. "No duermo, siento que todo se desmorona, de esto no voy a poder salir..." dice otro. Desde la desmentida y el refugio en fantasías omnipotentes hasta la depresión, la desesperación, el estado de angustia permanente....todas las variables se despliegan.

Si bien veníamos en un mundo marcado por la exclusión, en el que el quedarse afuera era equivalente a no tener un lugar, en los últimos meses se hizo evidente que el país se quedó "afuera" (¿de los sueños de primer mundo?) y que eso implica, nuevamente, muchas muertes.

Todo esto nos ha dejado en una especie de vacío insoportable, de quedar dando vueltas sobre uno mismo sin poder pensar, vacío de proyectos... atentos al movimiento vertiginoso de los que toman decisiones...

"¿Por qué crees que puede pasar eso?" le pregunto a una paciente que teme que su hijo sufra situaciones de discriminación en la escuela por ser judío (cuando esto no le ocurrió a ella y tampoco al niño). Me contesta : ¿"No ves que en este país puede pasar cualquier cosa?". El "cualquier cosa", que denota la inseguridad absoluta, aparece en ella como repetición de escenas vividas y transmitidas por sus abuelos. Frente a la caída de parámetros, los viejos fantasmas retornan como realidades posibles.

Los grandes temas en juego, el trabajo y los ahorros, involucran mucho más que una mera cuestión económica. Se trata de cuestiones que hacen a la construcción de la propia imagen. A la vez, permiten predecir y planificar el futuro y armar sueños....

Pero ahora, el futuro se supone catastrófico. En cada uno, esto evoca imágenes de la propia historia (social e individual). Caos, hambre, guerra, desapariciones, se ligan en cada uno de nosotros a historias de antepasados y de nosotros mismos y van tomando forma en terrores particulares. Terrores que se transmiten de diferentes modos.

La economía lo invadió todo y, supuestamente, es la razón última. Una razón deshumanizante que deja reducidos a números y a ganancias posibles a los seres humanos. Aún hoy, cuando muchas empresas sólo buscan seguir extrayendo lo que se pueda en un país quebrado y no son capaces de ceder en nada, a pesar de la desesperación colectiva, queda claro que en ciertos sectores lo que sigue imperando es la idea del arrasamiento del otro.

Con la cabeza llena de una información que termina siendo improcesable, tristes por las esperanzas perdidas, con continuos cambios de reglas... estamos todos en un alerta permanente, sujetos a un afuera que sacude.
El ser humano cuenta con barreras de protección contra los estímulos. Son instancias de transformación y mediación entre el adentro y el afuera. Pero los filtros frente al exceso de estímulos que cada uno pudo ir armando resultan insuficientes, en tanto la vertiginosidad de los sucesos impide metabolizar las situaciones. Es difícil inscribir, grabar, en una vorágine en la que el diario trae noticias atrasadas.

Quedamos desbordados por afectos que no podemos procesar. Si el afecto es un primer registro de la vitalidad propia y ajena, el quedar inundados por un monto de excitación insoportable, el que predomine el afecto angustia a la vez que estados afectivos contradictorios e imposibles de ligar, nos deja en un estado de confusión y, muchas veces, de desvitalización.

La transmisión de lo traumático

El miedo al futuro, la dificultad para hacer proyectos, ¿cómo incide en los niños?

"Este país no existe", "se cae todo", "el derrumbe es total", "lo que se viene es peor", "la Argentina se hunde", son aseveraciones cotidianas de los adultos. Frases que se asocian en los niños a imágenes de películas, de cuentos, a las propias pesadillas, a lo vivenciado y a lo transmitido, ligadas a la angustia con la que son dichas... ¿cómo tramitarlas? ¿cómo ayudarlos a sostener deseos y proyectos en medio de estas profecías?. Vaticinios del horror, de la soledad..."no va a quedar nadie", declaraciones de impotencia por parte de los adultos "no sé qué hacer"... Y una imagen siniestra de transgresión a ultranza: “todo está permitido”.

Más de un paciente adolescente me dijo en estos días : "muchos se llenaron de plata"... con un tono entre cuestionador y admirativo... Si esos son los "vencedores" de hoy, ¿cómo procesar el que sus padres sean "perdedores"?

Un niño de siete años, en una sesión en el Hospital de Niños de Buenos Aires, jugando con muñecos que luchaban todos contra todos, se mataban y volvían a empezar (en una pelea confusa y violenta), frente al intento de la analista de ordenar la pelea en buenos y malos, afirma: "la ley no existe y si existe, no sirve para nada". En la misma sesión, cuando la analista le dice (en el juego): "los policías apresaron a los ladrones", el nene se ríe y le contesta: "te engañaron, cuando los detengas se sacan las caretas y vas a ver que los ladrones son policías disfrazados". (Esto cobra un sentido particular al ser afirmado por un niño de una familia de escasos recursos, en un país en el que la policía suele estar involucrada en hechos delictivos). Es un niño encoprético en el que se reitera la transgresión a toda norma. Pero lo novedoso fue que planteaba la transgresión como legítima.

Quizás todo sea posible... o imposible... en un mundo caótico, sin ninguna regla clara.
A los niños, la contradicción entre palabras y acciones, entre principios morales, normas y actos, les dificulta constituir su propio sistema normativo, pero también sentirse parte de un mundo protector, que sostiene reglas claras. El mundo pasa a ser peligroso, impredictible.

¿Cómo constituir la propia subjetividad en un mundo sin reglas? ¿Cómo organizar el pensamiento si lo que predomina es la confusión más absoluta, si la transgresión es la norma? ¿Cómo ayudar a este niño a organizar el caos interno que lo desborda si el mundo le ofrece otro caos en el que él no tiene un lugar? Lo único que impera es la violencia, en tanto la justicia, que podría ponerle freno, "no existe".

Cuando la opción es entre el sometimiento a un poder omnímodo y la identificación con ese poder, los niños y los adolescentes quedan encerrados en una disyuntiva tramposa que arrasa con posibilidades elaborativas propias.

Freud sostiene que la ética supone una limitación de lo pulsional. Considerando el movimiento de la pulsión sexual y el entramado de Eros y Tánatos en la misma, podemos decir que la ética implica una limitación en el movimiento de retorno de la pulsión, es decir, en el efecto de la pulsión de muerte. Al proponer nuevos caminos, los principios éticos se oponen al cerramiento, a la descomplejización que implica la desaparición de la pulsión misma como motor y a la vez fortalecen el movimiento de búsqueda permanente, como derivación a otras metas.

Pero cuando en una sociedad predomina la transgresión de las normas éticas, los chicos quedan atrapados en un mundo de terrores en el que se les combinan las representaciones parentales con las propias escenas temidas. Así, las representaciones que en cada uno reverberan y que remiten a persecuciones, muertos, miseria... ¿cómo les son transmitidas si muchas veces no son hablables, ni pensables siquiera para nosotros mismos? ¿A qué historias fantásticas remitirán en ellos? ¿A qué vivencias de padres, abuelos, bisabuelos?
La idea de una debacle, de un no-futuro o de un futuro espantoso, produce una inundación de afectos y fantasmas ligados a lo temido por uno mismo y por las generaciones que lo precedieron.

Pienso que si lo traumático tiene siempre que ver con las posibilidades metabolizadoras de cada uno, hay situaciones en las que los recursos de la mayoría de la gente se ven desbordados.

En este sentido, cuando se deja de pensar en términos de futuro, de proyectos, el pasado vuelve, ya no como historia, como relato de sucesos pasados, sino como retorno de lo temido, inundando y aplastando al presente...

Durante estos meses, vengo observando que lo temido para cada uno de mis pacientes es diferente: la miseria, el caos social, el ser víctima de un acto delictivo, la segregación, la guerra, la persecución política, etc. Es decir, el pasado en su aspecto temido vuelve como único futuro posible, en una especie de cierre que no permite otro tipo de circulación.

La historia

Sabemos que para construir un futuro hay que poder recuperar la historia. Y pienso que eso, en el caso de nuestro país, no es sólo recordar lo sucedido sino hacer justicia.

Eugène Enriquez escribe: "una sociedad sin memoria o con memoria alterada es una sociedad alienada"... "...una sociedad sin memoria no ha castigado (o ha castigado insuficientemente) a los autores de los crímenes. En ello reside el mayor escándalo."1

Freud, en el Malestar en la Cultura, plantea en relación a la justicia : “Esta sustitución del poder del individuo por el de la comunidad es el paso cultural decisivo. Su esencia consiste en que los miembros de la comunidad se limitan en sus posibilidades de satisfacción, en tanto que el individuo no conocía tal limitación. El siguiente requisito cultural es, entonces, la justicia, o sea, la seguridad de que el orden jurídico ya establecido no se quebrantará para favorecer a un individuo.”... "El resultado último debe ser un derecho al que todos - al menos todos los capaces de vida comunitaria - hayan contribuído con el sacrificio de sus pulsiones y en el cual nadie pueda resultar víctima de la violencia bruta.”2

En un país en el que los autores de torturas, asesinatos, robos de niños, están libres, es difícil para un niño constituir un sistema sólido de normas, un espacio en el que él logre ubicarse como parte integrante de un cuerpo social reglado.

Chasseguet-Smirgel afirma: "Deshacer las desmentidas y las represiones da acceso al recuerdo y a la realidad.".... "El "deber de memoria" reposa ante todo en un trabajo colectivo de deconstrucción de renegaciones."3 Trabajo colectivo al que seguramente los psicoanalistas podemos hacer aportes...

Las culpas

"Basta, basta, ¿no ves que no se puede más?", entra gritando a la primera sesión después de las vacaciones una nena de diez años, en un estado de desenfreno. (Durante su primer año de análisis, en las sesiones predominaban los ataques de furia y desesperación, pero en los dos años siguientes estas situaciones habían desaparecido por completo). Y comienza a tirar todos los juguetes, tizas, sillas, mientras dice... "No hay plata. Y mi papá chocó el auto... porque cruzó un perro... y entonces ¿quién tiene la culpa?... el perro... pero ahora tiene que arreglar el auto... y no tiene plata... ¿Y quién tiene la culpa?."... Hay que encontrar un culpable... ¿es ella la culpable?... Es necesario que le hable despacito, la haga sentar y le explique que están pasando muchas cosas que ella no entiende, que los grandes tampoco entendemos todo y que ella no tiene la culpa de que el papá no tenga plata, y entonces llora, dice que todo les salió mal, se acuerda de la muerte reciente del abuelo y después comienza a dibujar una nena y otra nena... en un intento de "dibujarse" nuevamente, de reencontrarse...

En los adultos, frente a todo lo perdido (léase trabajo, dinero, tiempo, proyectos, confianza y autonomía) aparecen autorreproches : "¿cómo pude ser tan tonto/a?" en referencia a tener dinero en el banco o a haber sacado un crédito (es decir, por haber realizado acciones lícitas). Impera una representación que divide a los tontos y a los vivos, los que no saben y los que saben, pero que alude a un saber sobre la estafa, sobre los cambios de reglas, sobre el poder omnipotente de algunos sobre el conjunto. Un saber que supuestamente deberíamos tener de que en este país toda ley puede ser quebrada.

La otra frase de autorreproche es : "¿Cómo no hicimos? ¿Por qué no salimos antes? ¿Por qué dejamos que robaran?". Modo de plantear una "culpa colectiva" que vuelve a borrar las responsabilidades efectivas.
Así, quedamos con una imagen devaluada y culpabilizada de nosotros mismos.

Los niños repiten: "¿quién tiene la culpa?", sintiéndose posibles culpables de algo indefinido, sin tener claro si los padres (aquellos que deberían estar idealizados) son tontos o malos. Padres que se autodescalifican permanentemente y estallan a cada instante...

Cae entonces sobre niños y adolescentes la exigencia de sostener a los adultos, de hacerse cargo de lo que sus padres no pueden resolver. Ya en los últimos años, las demandas parentales vienen siendo desmedidas y se viene transmitiendo a los hijos un vaticinio catastrófico: “nunca va a poder sólo”. “Se piensa que lo voy a mantener toda la vida”. “¿No se da cuenta de que no doy más?”. Vaticinio que no es más que la proyección en el hijo de la propia sensación de fracaso en relación a los propios proyectos. No hay proyectos para ellos y, cuando los hay, estos tienen tal distancia con las posibilidades reales del niño, que su cumplimiento se torna imposible. Mientras los adultos fluctúan entre la furia y la tristeza, los adolescentes se deprimen: “No me quieren, nunca están conformes conmigo.” “No sé qué es lo que esperan de mí”. “Si nada sirve, para qué seguir estudiando”. La muerte aparece como alternativa. Mientras tanto, los niños se desvitalizan o entran en funcionamientos maníacos, tratando de “alegrar” a los adultos, sintiendo que fracasan en el intento por causas que desconocen y que suelen atribuir a fallas propias.

Los duelos

¿Cómo construir una identidad en esta situación si, como plantea Piera Aulagnier, el contrato narcisista entre el niño y el grupo se quiebra, porque “en el momento en que el Yo descubre lo exterior a la familia, en el momento en que su mirada busca allí un signo que le dé derecho de ciudadanía entre sus semejantes, encuentra un veredicto que le niega ese derecho, que apenas le propone un contrato inaceptable: en efecto, su respeto implicaría que en la realidad de su devenir renuncie a ser otra cosa que un engranaje sin valor al servicio de una máquina, que no oculta su decisión de explotarlo o excluirlo.”?4

¿Y en qué sostener el amor a sí mismo si predomina la vergüenza y la culpa por pertenecer a un grupo?.
Los niños, frente a la depresión de los padres, suelen ubicarse como causa de la depresión o identificarse con el otro deprimido. Al dirigirse a otro que no responde, porque está ocupado en otras cuestiones, el niño queda lanzado a un vacío de sentido.

Sabemos que la depresión se transmite a los hijos... muchas veces sin palabras... Comienza a haber un vacío en los intercambios, un silencio pesado, ... y los chicos tienen que elaborar más de lo que pueden, solos, conectados con el vacío del otro.

Los niños son tocados por las pérdidas de los padres pero también por las propias. ¿Qué perdieron los niños en estos meses, además de vacaciones, colegio, regalos? Perdieron a los padres como fuente de seguridad. Y perdieron un espacio en la cabeza de los padres, ocupados en otras cuestiones... También, perdieron a los padres como filtros. En tanto desbordados, sobrepasados por los estímulos, los padres no pueden funcionar como filtros de lo que el niño recibe.

La transmisión y los chicos

Hay diversos modos de transmisión de las historias y diferentes memorias : memoria corporal, memoria sensorial, memoria cinética, memoria en imágenes, memoria de palabras. Serían diferentes escrituras (en el cuerpo, en la sensorialidad, en acciones, en percepciones visuales y en representaciones-palabras).
Y también hay una memoria de agujeros representacionales que promueven la no-inscripción, la desligazón, el “desaguar” recuerdos (una memoria del no-pensamiento, en términos de Bion).

Y lo que está claro es que se transmite mucho más de lo que se dice y de lo que se quiere transmitir.
Serge Tisseron afirma, en relación a la transmisión transgeneracional de los traumas: "Cuando en una generación, después de un traumatismo que puede ser un duelo, pero que también puede ser cualquier tipo de experiencia traumatizante, no se hace el trabajo de elaboración psíquica, resulta en consecuencia un clivaje que va a constituir para las generaciones ulteriores una verdadera prehistoria de su historia personal". "El acontecimiento en cuestión puede denominarse "indecible" en la medida en que está presente psíquicamente en aquel (o aquellos) que lo ha vivido, pero de tal manera que este no puede hablar de ello, lo más a menudo a causa de una vergüenza.". En los hijos, de lo que se trata entonces es de convivir con el clivaje de los padres y en ellos los acontecimientos se tornan innombrables, "es decir que no pueden ser objetos de ninguna representación verbal", mientras que en los nietos serán impensables. "Aquí se ignora la existencia de un secreto que pesa sobre un traumatismo no superado".5

"Tuve un sueño en el que todos los edificios estaban semi-vacíos... Yo caminaba por la calle y no había nadie", cuenta una paciente. E inmediatamente asocia con el hecho de que gran parte de sus amigos y parientes se están yendo del país, lo que le provoca un estado de desolación y desamparo, en tanto debe realizar permanentemente duelos. "Lloro todo el día, pero con mis hijos estoy bien... ellos no se dan cuenta de nada". ¿No se dan cuenta de nada o el silencio los deja en una situación de desprotección mayor, sin poder poner palabras a la tristeza materna?.

A la vez, se les propone a niños y a adolescentes la emigración como única salida, en un movimiento expulsivo en el que todos esperan que "ellos" puedan armar un futuro en el afuera (y esto se escucha en consultas hospitalarias a padres que no podrían pagar un pasaje). Es decir, el futuro posible implica el abandono de los vínculos cercanos, es un futuro de separaciones y duelos. (En este sentido, me parece que es muy diferente el posibilitarle a un hijo irse como proyecto armado por él, a esta situación en la que se desea que se vayan como única vía de “salvarse”).

Los proyectos

Sabemos que un niño puede aceptar ser dependiente y que sus deseos no sean satisfechos a partir de la promesa de que va a ser grande y autónomo y que, como plantea Freud, tendrá una vida mejor que sus padres, cumplirá los sueños que los padres no han realizado... Pero ahora, la caída de sueños los involucra. Se supone que su vida va a ser peor, que deberá realizar enormes esfuerzos para sobrevivir. El conjunto de los enunciados identificatorios que recuerda, en tanto aparecen como proyecto identificatorio, quedan desestimados, borrados. El mañana, el proyecto diferido, queda anulado o ubicado como catastrófico. Frente a esto, en un puro hoy que lo desmiente como niño, puede apelar a un funcionamiento maníaco y moverse sin sentido o armar una coraza protectora y desmentir percepciones y afectos (y enfermarse) o quedar en estado de alerta (lo que los maestros leen como desconcentración, falta de atención) o deprimirse o entrar en estados de desborde.

Es decir, el temor al futuro los deja en una "eterna niñez", en una dependencia sin salida.

Las consecuencias psíquicas de la crisis

Depresión, enfermedades psicosomáticas, estado permanente de ansiedad, hiperkinesia, dificultades de concentración, insomnio...

Contracturas, gastritis, dolores de cabeza, son motivos de consulta habituales y reiterados en este momento en los consultorios pediátricos.

Los maestros plantean que los niños están tristes y desconcentrados. La desvitalización es uno de los problemas acuciantes.

En los adolescentes, se han incrementado las situaciones de violencia y la drogadicción, como “tentativa ineficaz de autocuración de sufrimientos impensables”6.

La apatía, el ensimismamiento, y sobre todo la desvitalización, son cuestiones que se reiteran. En relación a esta última, es importante tener en cuenta que niños y adolescentes quedan en un estado semejante al de las víctimas de episodios de violencia, en ese límite en que son "muertos-vivos", con poco registro de sensaciones y afectos.

Frente a la crisis de los ideales colectivos y lo riesgoso o inadecuado de los valores sostenidos por otras generaciones, hay una tendencia a centrarse en los ideales del yo-ideal, ideales de omnipotencia y perfección, lo que deriva en la idealización del funcionamiento infantil como mágico y todopoderoso. Pánico a crecer, apatía por lo externo, indiferencia por los otros, o sobreadaptación, con la constitución de un falso self, son modos en los que la conflictiva se manifiesta.

Cuando los ideales colectivos se tambalean, es mucho más difícil sostener y transmitir ideales. Y sin ideales, no hay proyectos ni idea de futuro. El sostenimiento de proyectos y de ideales en los adultos posibilita pensar a los hijos con proyectos propios.

A la inversa, el borramiento activo de la memoria, la supeditación a la violencia de otro y la ausencia de justicia son exigencias incompatibles con la construcción de la subjetividad.

Como plantea Janine Chasseguet-Smirgel, “el ideal del yo implica la idea de proyecto. Fain y Marty (1959) hablan, más concretamente todavía, de esperanza. Esperanza y proyecto implican posposición, rodeo, inscripción temporal, que son característicos de un modo de funcionamiento mental según el principio de realidad. El conjunto evoca la idea de desarrollo, de evolución."7 Podemos decir que los proyectos son la presencia de la pulsión de vida allí donde el narcisismo primario se quiebra, muestran la distancia con el ideal y a la vez lo ubican como posible. Proyectos y esperanza permiten desplegar el empuje pulsional de un modo mediatizado, frenar la pura insistencia de la muerte.

La desmentida de lo vivenciado por parte de una generación, ¿cómo se inscribe en la siguiente?

Frente al dolor de la pérdida, la justicia funciona como organizador. Al modo de la vivencia calmante, posibilita conexiones que no lleven a la expulsión del recuerdo, que frenen la tendencia hacia la muerte.
Pero si no hay justicia, lo que queda inscripto es el agujero, las puras marcas del dolor, el devenir desinscriptor, el territorio arrasado como llaga permanente.

En un mundo en el que se privilegian los números y lo que se ve, los niños deben cualificar sensaciones, armar cadenas representacionales, traducir afectos, construir una imagen de sí ... y corren el riesgo de que predomine el vacío, como ausencia de cualidades y matices o de hacer un armado que encubra un vacío.
Vacío de sentimientos y pensamientos que aparece siendo el gran protagonista de la psicopatología infantil y juvenil en la actualidad.

De lazos fraternos

Sin embargo, no solamente hay tristeza y desesperanza en este momento. Se han producido, con los cacerolazos y las asambleas barriales, nuevas formas de resistencia y de conexión.

Los niños se han quedado con padres deprimidos, confundidos, por momentos furiosos. Pero también con padres que se ligan a otros, que salen a la calle, que defienden sus derechos y que levantan valores como "justicia" y "solidaridad".

Entonces, también hay transmisión del apoderamiento, como dominio de los problemas, como acción coordinada (en el dominio de uno mismo y del mundo).

Desde hace mucho venimos diciendo que es fundamental, frente al capitalismo salvaje, armar redes... de reflexión, de contención, de trabajo... En la crisis actual, a través de las asambleas barriales y otras formas de encuentro, mucho más que la figura del líder, lo que está en juego son redes fraternas. Se van recomponiendo lazos solidarios.

Los niños han participado de los cacerolazos, en una actividad ("hacer ruido" en señal de protesta) que les resulta familiar.

"A la noche, hay un ruido feo que no me deja dormir...En casa cerramos todo pero igual se escucha...", dice angustiada una paciente de ocho años. Esa misma nena, a las pocas semanas, me cuenta : "con mi papá fuimos a la esquina, al cacerolazo... y había fuego para que no pasaran los autos y yo fui y no tuve miedo... porque era yo misma la que golpeaba la cacerola... ¡yo misma!...".

La acción compartida permite apoderarse de lo desconocido y ligar la angustia. Un trabajo de apropiarse de los espacios, de tomar la palabra, de ser protagonista de la historia, parece estar en marcha. Me parece central, en este sentido, pensar que los traumas pueden ligarse vitalmente y producir reorganizaciones psíquicas complejizadoras.

Situaciones como éstas, de un intenso bombardeo de estímulos dolorosos, llevan a estados de desborde, a estallidos. Lo que se inscribe son huellas que empujan a la desinscripción. Y se hace difícil la elaboración individual de estos acontecimientos sociales. Por eso, las acciones colectivas tienen un "plus" de sentido: permiten el procesamiento del dolor, del desamparo, de la caída de la propia imagen a través del armado de nuevas cadenas representacionales; se construye una memoria compartida que se opone al olvido y a la muerte. Hay así posibilidades de abrir recorridos más complejos, de que se vayan armando nuevas tramas... en espacios compartidos. Para los niños esto parece ser fundamental. Los padres pueden no estar en condiciones de contenerlos, pero el grupo social puede operar como continente protector.

Cuando la memoria se transforma en historia colectiva, compartida, se pueden abrir puertas de elaboración, se puede empezar a metabolizar, armando una transmisión que no sea repetición en acto. Considero que en este momento la gente ha salido a la calle en un intento de apropiación de la historia, transformando la pura repetición en tramitación colectiva de lo siniestro.

Rosine Crémieux, hablando de los campos de concentración, dice : "Me parece que lo que contribuye a reforzar la voluntad de sobrevivir, es la posibilidad de establecer un lazo entre nuestros acciones pasadas y nuestras condiciones presentes. En ese esfuerzo de ligazón, aun cuando cada uno utilice los recursos de los que dispone, el lazo al otro es esencial. La solidaridad es comúnmente descrita como un elemento indispensable de la sobrevida."8

Pienso que esto es particularmente importante ahora. Poder reconocerse en un antes y proyectar un futuro, seguir siendo uno y mantener lazos con otros. Porque también se trata de sobrevivir "con" el otro.

El “sálvese quien pueda”, el predominio del individualismo, deja indefensos a niños y a adultos, expuestos a una puesta afuera de la pulsión de muerte que es puro remedo narcisista: o él o yo. A veces, los niños quedan como depositarios de las angustias de los padres, operando como un “depósito” en el que va a parar lo que los padres no soportan de sí mismos, invirtiéndose los lugares. Hay una exigencia implícita por parte de estos padres de ser maternados por sus hijos. A veces, un niño no se puede separar de uno de sus padres como modo de cuidarlo, de evitar que caiga en estados de depresión o de desborde. ¿Cómo ubicarse en una continuidad con los antepasados y construir el propio yo con ese acervo representacional? ¿Cómo ubicarse como ser vivo, valioso, en un mundo en que los mensajes implican un descuido de la vida?

Si el "sálvese quien pueda" deja desprotegidos a niños y a adultos, la solidaridad y la acción conjunta protege, por una doble vía, a los niños. En principio, porque se pueden insertar en un contexto grupal, se pueden identificar con otros y porque si el adulto se hace cargo del trabajo de elaboración, el niño no queda como aquél que tendrá que cumplir con un mandato imposible.

Una transmisión que suponga la consideración del otro como tal y una ética que no sea la del sacrificio sino la de la defensa de la vida, puede ayudar a los niños y adolescentes a tramitar lo vivenciado sin desmentirlo y a encontrar salidas complejizadoras frente a la crisis.

Pienso que, como plantea Bernard Golse, se puede diferenciar entre traumatismos de vida y traumatismos de muerte. Es decir, los traumas pueden ligarse vitalmente y producir reorganizaciones psíquicas complejizadoras.9

Me parece que trabajar con los pacientes a partir del reconocimiento de esta intrincación particular de historia colectiva, transmisión transgeneracional y entramado representacional subjetivo, pensar y compartir con otros colegas lo que podemos generar en el trabajo cotidiano, cuestionarnos y preguntarnos sobre nuestra práctica y sobre todas las modificaciones que la situación actual le impone... puede llevarnos a nuevos desarrollos y a enriquecer el campo del psicoanálisis.
La cuestión es que se vayan abriendo, en los pacientes y en nosotros mismos, posibilidades creativas a partir del procesamiento del dolor... y pienso que en esta tarea los analistas tenemos mucho que construir.

Notas de la autora

1.Enriquez, E. (2000) "Plus jamais ça".  Revue Française de Psychanalyse. Devoir de mémoire: entre passion et oubli. 1. 2000. Tome LXIV - pág. 193 -  Presses Universitaires de France - París.

2. Freud, S. (1930 - 1929) El Malestar en la Cultura. Amorrortu Editores. Vol 21. Pág. 94. Buenos Aires, 1988.

3. Chasseguet-Smirgel, J. (2000) Trauma et croyance. Revue Française de Psychanalyse. 1. 2000. Pág. 45. PUF. París.

4. Aulagnier, P. (1975) La violencia de la interpretación. Amorrortu edit.. Buenos Aires, 1977 - pág. 167.

5. Tisseron, S. (1995)  Introducción . El psicoanálisis frente a la prueba de las generaciones. En El psiquismo ante la prueba de las generaciones. Amorrortu Edit. Buenos Aires, 1997. Pág. 18 y 19.

6. Hachet, P. (1995) Criptas y fantasmas en toxicomanía. En El psiquismo ante la prueba de las generaciones. Amorrortu Edit. Buenos Aires, 1997. Pág. 119.

7. Chasseguet-Smirgel, J. (1975) El ideal del yo. Amorrortu Edit. Buenos Aires, 1991. Pág. 50/51.

8. Crémieux, R. (2000) Stücke or not Stücke. En Revue Française de Psychanalyse 1. 2000. Tome LXIV. PUF Paris. Pág. 49

9. Golse, B. (2000) Du traumatisme entre pulsions de vie et pulsions de mort ou de la passion à l'oubli. En Revue Française de Psychanalyse 1 - 2000. Tome LXIV



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