aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 025 2007 Revista Internacional de Psicoanálisis en Internet

Identificación: perspectivas psicoanalíticas y biológicas

Autor: Olds, David O.

Palabras clave

Compulsion, Divan, Entonamiento, Identificacion, Imitacion, Intencionalidad compartida, Internalizacion, Masoquismo, Memoria, Neuronas espejo, Sugestion.


"Identification: Psychoanalytic and biological perspectives" fue publicado originariamente en Journal of the American Psychoanalytic Association, vol. 54, No. 1, p. 17-46, 2006. Copyright 2006, American Psychoanalytic Association. Traducido y publicado con autorización de la revista

Traducción: Marta González Baz
Revisión: Raquel Morató


Numerosos trabajos han explicado conceptos y fenómenos de la neurociencia –afecto, memoria, conciencia- al psicoanalista, en recientes intentos de poner en mayor contacto el psicoanálisis con otras ciencias Estos esfuerzos han ayudado a los analistas a construir una base más científica para su teoría y práctica. Resta una tarea relacionada con esto –en particular tomar los conceptos psicoanalíticos y ver cómo se relacionan con otras ciencias. El concepto de identificación tiene una larga historia en la teoría psicoanalítica. Se ve en las interacciones padres-hijos, en las relaciones de enseñanza y guía, y en el psicoanálisis y la psicoterapia. La neuropsicología y la biología evolutiva han explorado los precursores filogenéticos de la identificación, mientras que la genética y la observación de infantes ofrecen insights sobre los procesos individuales de identificación. Finalmente, la neurociencia, concretamente estudios recientes sobre las neuronas espejo, ofrece información sobre los mecanismos biológicos de imitación y la relación entre la imitación y la identificación. Se presentan los hallazgos de estas ciencias en un intento de fomentar la comprensión psicoanalítica de la identificación, especialmente sus apuntalamientos biológicos.


Ahora que el psicoanálisis y la ciencia cognitiva empiezan a dialogar, hay un gran deseo de hallar ideas y conceptos que unan ambos mundos y faciliten la conversación y la mutua exploración e investigación. Desde que el psicoanálisis ha estado recorriendo este camino aislado, cada vez más distante de las ciencias conductuales y de la mente, han emergido varias tendencias en la evolución de los constructos psicológicos. Una es que se ha utilizado el mismo término en ambos campos, pero de modo diferente. Un ejemplo es el término memoria, que no se ha definido ni explorado cuidadosamente en psicoanálisis, pero del que cada vez se diferencian más tipos en la psicología cognitiva.  Otro es el inconsciente: los analistas tienden a referirse al inconsciente dinámico, mientras que otras ciencias pueden estudiar el inconsciente cognitivo, sin darse cuenta de las implicaciones de conflicto y represión.

Otra tendencia es que un concepto se ha desarrollado en un campo y no en otro. Fenómenos como el condicionamiento, la memoria procedimental y la imprimación han sido objeto de intensa investigación en otros trabajos, pero sólo ahora avanzan en la conciencia del analista. De forma similar, numerosos conceptos psicoanalíticos, como la transferencia y la internalización, no son familiares para los no analistas ni tampoco les interesan. Actualmente se están construyendo puentes entre ambas áreas. Books y Levin (2004), Pally, (2000) y Solms y Turnbull (2002) han presentado a los psicoanalistas conceptos de la ciencia cognitiva y se ha llevado a cabo cada vez más investigaciones que resultan de interés para ambas partes: el florecimiento de la investigación mediante la observación de infantes, los desarrollos en la teoría del apego y la investigación psicológica en conceptos psicoanalíticos (p. ej. Shevrin y col., 1996).

Un proyecto que está recién comenzando es tomar los conceptos psicoanalíticos más importantes y conectarlos con las ciencias vecinas. La idea es explicarlos mejor y definirlos científicamente, de modo que puedan hacerse inteligibles y hacer que entren en diálogo con los científicos cognitivos. Este artículo es un intento preliminar de llevar a cabo parte de esta tarea con el concepto de identificación. En primer lugar daré una breve visión general sobre algunas de las posturas psicoanalíticas sobre este fenómeno como un subtipo de internalización, un concepto más general. También me fijaré en alguna  de la información que proviene de otras disciplinas que puede ayudarnos a elaborar nuestro concepto. Al hacer esto seré consciente del hecho de que al discutir sobre formas más elevadas de función mental (p. ej. el self, internalización, memoria, empatía, conciencia) es difícil centrarse en una y omitir la discusión sobre otra. Cada concepto explica mucho sobre los otros, pero requeriría un libro muy extenso manejarlos todos ellos. Por ejemplo, la identificación desempeña un papel importante en el desarrollo del yo, el self y las relaciones objetales. La identificación, al igual que la introyección, es importante en el establecimiento de valores morales, el superyó. La empatía y la identificación están estrechamente entrelazadas. Estos vecinos conceptuales de la identificación se mencionarán pero no se explorarán en profundidad.

En una palabra, mi argumento es este. Como analistas hemos elaborado varios conceptos bajo la rúbrica de internalización, basados en muchos años de experiencia con nuestros pacientes. Hemos descrito los fenómenos más plenamente y con más riqueza que cualquier otra disciplina. Ahora podemos estar en posición de añadir información sobre las raíces evolutivas y biológicas de estos fenómenos.  Defenderé que la evolución de los primates, especialmente la expansión cortical, dio lugar a un mayor nivel de capacidad imitativa, lo que permitió nuevas formas de memoria. El descubrimiento de los neurobiólogos de la neurona espejo revela una propiedad del cerebro por la cual éste percibe actuando virtualmente las acciones de otros. En el desarrollo del infante tiene lugar un intercambio diádico que implica imitaciones y sintonizaciones, de modo que el infante adopta muchas características del padre o madre en el proceso de internalizar la conducta, los afectos, y las habilidades comunicativas, incluyendo el lenguaje. Podemos especular que ha existido una evolución que ha dado lugar a la identificación humana, que implicaría: 1) la evolución de múltiples sistemas de memoria, en particular la memoria procedimental; 2) neuronas espejo desarrolladas en los mamíferos; 3) imitación en evolución en los mamíferos y creciendo en importancia en los primates; 4) la plasticidad prolongada de la infancia humana, que permite la imitación y la sintonización; y 5) el avance del mentalismo o la teoría de la mente, que posiblemente sucede sólo en los humanos. El empuje evolucionista hacia la imitación y la internalización puede tener raíces sociales más allá de su valor para el individuo, especialmente en la transferencia de la cultura.

Aunque revisaré brevemente algunas de las ideas psicoanalíticas sobre la materia, principalmente para introducir el concepto, mi intención aquí es traer las posiciones de otras ciencias que pueden enriquecer nuestra comprensión del fenómeno. Existen muchas disciplinas biológicas, y sus campos de interés a menudo se solapan. En primer lugar obtendré de la psicología cognitiva cierta información sobre los diferentes tipos de memoria, así como algunos datos y opiniones sobre tipos de aprendizaje, especialmente instrucción, práctica y condicionamiento. Para discutir la imitación, otro concepto importante en la discusión, me fijaré en los conductistas que trabajan y lo han hecho con primates y otros animales para comprender el concepto y para diferenciarlo de otras formas de aprendizaje. Al ofrecer información sobre la imitación y la sintonización, ahora en infantes humanos, me fijaré en alguna literatura sobre observación de infantes. Al introducir información de la investigación genética, exploraré brevemente la influencia de la genética en la transmisión de las características que a menudo asociamos con la identificación. Finalmente, consultaré a los neurobiólogos que han avanzado la idea de la neurona espejo. Aunque me fijo en varias ciencias de un modo breve y selectivo, espero reunir algunos hallazgos que puedan ampliar nuestra visión del concepto de identificación.

La mayoría de las discusiones psicoanalíticas en esta área comienzan con el concepto más amplio de internalización y discuten la identificación dentro de ese contexto (ver, p. ej. Schafer, 1968; Meissner, 1976, 1981). Para hacer más manejable el tema, presentaré la identificación bajo la rúbrica más amplia, pero luego centraré la discusión sólo en la identificación.

 

Identificación e internalización

En el pensamiento psicosomático, el término internalización tiene una historia larga y rica. Desde el uso de Freud de los términos identificación, introyección e incorporación hasta el uso actual de estos conceptos, el foco se ha puesto en el hecho aparente de que las representaciones de objetos y las relaciones objetales se almacenan en la mente, pero no simplemente como percepciones o imágenes: también alteran a la persona y estructuran la personalidad. Para los analistas, el concepto de internalización tiene una validez sólida y casi incuestionable en el trabajo clínico. Cuando vemos actuar a los pacientes, a menudo inconscientemente, como lo hacía su madre o su padre, no tenemos duda al referirnos a la identificación con, o internalización de, las figuras parentales.

Sin embargo, en muchas áreas de ciencia cognitiva, el término internalización se usa muy poco. He preguntado a un par de investigadores sobre la memoria acerca del término y nunca han oído hablar de él; cuando se les explicó, lo encontraron ligeramente interesante pero no de especial relevancia. Esta reacción fue curiosa e inquietante. Aquí, después de todo, es un concepto útil y significativo con el que los analistas han trabajado durante un siglo, y estos investigadores del cerebro no lo habían tenido en cuenta ni lo habían considerado merecedor de investigación. Si vamos a ofrecer nuestro concepto al mundo exterior, será útil que podamos relacionarlo con el lenguaje y la investigación de las ciencias del cerebro. Podemos aprender algo sobre nuestro concepto y encontrarlo más validado científicamente, mientras que los científicos del cerebro pueden considerarlo merecedor de investigación en sus disciplinas concretas.

Fijémonos más atentamente en nuestro uso del concepto de internalización. Schafer (1968) ha ofrecido un conjunto clásico y útil de definiciones para la mayoría de los términos que rodean al concepto. Describe una triada básica. La incorporación implica un tipo de fantasía de incluir el objeto de un modo que recuerda a comerlo. La fantasía es incluir el objeto entero, con el cual uno pueda entonces identificarse. La introyección es la inclusión del objeto como un tipo de fantasía y retener a ese objeto en un espacio virtual interno tal que uno pueda tener un diálogo con él. Esto puede describirse más acertadamente como internalizar la relación del objeto, en la forma de una díada virtual. En el espacio mental de la relación, el introyecto sigue siendo el otro; puede ser una fuente de autocrítica, de autoadmiración, de consejo o advertencia. Generalmente, se lo siente como un padre/madre internalizado. Así, la introyección es uno de los mecanismos centrales para la internalización de los valores morales. La identificación es la modificación del self para parecerse al otro; con la identificación el objeto no permanece como un otro interno. [1]

La historia de estos conceptos ha sido mucho más compleja de lo que se sugiere aquí. Han existido otras definiciones de los términos. Por ejemplo. Loewald (1973) vio la identificación como un fenómeno temprano, que precedía a la individuación, de modo que el infante y la figura parental son uno. Las formas posteriores de internalización pueden ser de naturaleza defensiva (p. ej. como intentos de reparar la conciencia de la pérdida de un objeto). Loewald y otros han visto la internalización como una inclusión de mecanismos reguladores, que en un principio le son ofrecidos al infante por los padres, y que más tarde sirven como reguladores internos en un individuo autónomo. Le parece importante que la identificación es un estado primitivo, de prediferenciación, que puede persistir en la vida adulta. En el análisis, un paciente puede partir de ese estado o regresar a él.

Para Loewald, la internalización era un resultado evolutivo final en el cual el self se separa intrapsíquicamente del objeto para formar un self autónomo: “En la internalización se trata de transformar estas relaciones en una relación interna, intrapsíquica, despersonalizada, creando y enriqueciendo así una estructura psíquica: se renuncia a la coincidencia con el objeto” (p. 15). Etchegoyen (1985), en su revisión abarcativa, habla de identificación primaria y secundaria, la primera como un fenómeno de prediferenciación, la segunda como una inclusión del otro después que éste haya sido un objeto separado.

El propio Schafer (1972) revisó radicalmente los conceptos en “Internalización: ¿Proceso o fantasía?” En su intento por clarificar los conceptos analíticos usando el lenguaje de la acción, impuso un esquema conductual en nuestro vocabulario, intentando desarraigar las numerosas reificaciones de conceptos abstractos que abundan en nuestro lenguaje. Las variadas formas de internalización pasaron por este recorte en su intento de librarse de los aspectos místicos o fantasmales de los “introyectos” y las “identificaciones”. Concluyó que la única entidad real que podía salvarse era el hecho de que la gente fantasea que ha incorporado a otra persona, o que están hablando con un otro internalizado. Aunque los analistas siguen viendo los conceptos sobre internalización de un modo deificado, y esparcen estos términos libremente en sus informes sobre casos, el intento de Schafer fue útil al menos en empujarnos a aclarar estos complejos conceptos.

Identificación

Al igual que la internalización, la identificación tiene varios significados, algunos de ellos confusos y mutuamente contradictorios. Muchos analistas ven la identificación como el proceso de cambio del self para parecerse al otro, conscientemente o no. Así, los niños se identifican con sus padres, los amigos o cónyuges entre sí, o los pacientes se identifican con los analistas.

La identificación puede considerarse como un proceso y un resultado (Hartmann y Loewenstein, 1962). El proceso implica el verbo “identificar” y éste tiene dos significados. Uno implica la imitación, consciente e inconsciente, así como los aspectos más prácticos como los procedimientos de aprendizaje y los patrones de conducta que recuerdan a los del otro. Un individuo puede identificarse también con los objetivos y valores del otro, y encaminar su vida en la dirección adecuada para alcanzar esos objetivos. Un segundo significado del término implica la influencia en la percepción –aprehendiendo al otro como similar a uno mismo. Los analistas a veces utilizamos el término en el sentido de pensar en uno mismo como el otro, a menudo inadecuadamente, como en la “identificación patológica” o la “sobreidentificación”, pensar que uno es más como el otro, o el otro es más como uno, de lo que realmente es el caso.

Hay también importantes diferencias con respecto a la naturaleza del objeto con que se identifica. Pensamos en la identificación con objetos amados, que ciertamente es común en la infancia, y con amantes, tutores, líderes y amigos a lo largo de la vida. También está la identificación con el objeto perdido, descrita por Freud, Bowlby y muchos otros. Esta se ve generalmente como una medida defensiva, un modo de intentar en la fantasía, mediante la acción imitativa, revertir una pérdida. Esto parece un paso necesario en el proceso de duelo. En la identificación se ve un tercer tipo de objeto que es el agresor. Anna Freud y otros lo vieron en los niños del Holocausto. Un artículo clásico de Emch (1944) afirma que, en algunos casos, cuando uno o ambos padres son “inconocibles” por su conducta caótica, violenta o impredecible, o por una ausencia prolongada, el niño puede imitar lo más característico de esas conductas parentales con el propósito inconsciente de ofrecer cierta predictibilidad en una vida problemática. Coates y Moore (1997) han escrito sobre este fenómeno en niños que han sufrido abusos, en los que la imitación de la terrorífica figura parental del sexo contrario se hace tan intensa que da lugar a la identificación extrema e incluso al cambio de identidad de género.

Ahora fijémonos en otras disciplinas y veamos cómo algunos de sus hallazgos pueden iluminar nuestro tema.

La visión de la psicología cognitiva y la investigación sobre la memoria

A menudo nos referimos a la rama de la ciencia de la mente que trata la fenomenología mental derivada del examen clínico y el test psicométrico de pacientes como psicología cognitiva o neuropsicología. Solms y Kaplan-Solms (2001) han hecho recientemente una contribución importante a esta tradición de relacionar la anatomía del cerebro a funciones mentales más elevadas de especial interés para el psicoanálisis. Hasta hace poco, este método clínico-patológico se basaba en estudios de autopsias para confirmar las correlaciones anatómicas con la patología. Mucho de ese trabajo puede hacerse ahora usando la tecnología de la imagen.

Esta disciplina toma algunos de los primeros grandes pasos hacia la asociación de la patología conductual con lesiones cerebrales específicas, estableciendo, en el proceso, un mapa de gran parte del cerebro durante los siglos XIX y XX. Con respecto a la investigación neuropsicológica y la memoria, el ejemplo clásico es el caso de H.M., en el cual el paciente se sometió a una cirugía que dio como resultado la extirpación bilateral de su hipocampo y más adelante manifestó una amnesia severa (Scoville y Milner, 1957). Esto llevó a los investigadores a la asociación del hipocampo con la memoria episódica para acontecimientos recientes, y a la separación de esta función del aprendizaje de habilidades y hábitos, a los que nos referimos ahora como memoria procedimental.

El subtipo de memoria procedimental puede ser un aspecto importante del proceso de identificación, puesto que los hábitos, las habilidades y los patrones de conducta son lo que imitamos al tomar las características del otro.

Memoria procedimental

En los últimos años, la memoria procedimental   ha sido reconocida como especialmente relevante para el psicoanálisis. Clyman (1991) en lo que ya es un artículo clásico, ha descrito un tipo de memoria procedimental emocional, representando los esquemas emocionales desarrollados en la infancia, que se convierte en una piedra angular de la transferencia en la vida posterior. Este descubrimiento bien puede ser un puente entre la investigación sobre memoria y los conceptos básicos del psicoanálisis. Los procedimientos de todo tipo, incluyendo procedimientos emocionales, se aprenden de varias maneras, muchas de las cuales han sido estudiadas por la neuropsicología. Algunos de los modos más importantes de aprendizaje son la instrucción, la práctica, el condicionamiento y la imitación.

Instrucción. La instrucción puede ser un fenómeno exclusivamente humano, puesto que la mayoría de las definiciones de instrucción implican al lenguaje. Esta parte del proceso puede ser consciente, en tanto es parcialmente verbal y a menudo resultado de un deseo deliberado, consciente, de aprender. Los primatólogos han estudiado los chimpancés para encontrar evidencias de instrucción, en el sentido de que el adulto enseñe activamente al infante, y han encontrado muy pocas. Una madre puede facilitar el aprendizaje de cómo abrir una nuez haciéndolo en presencia del infante, pero no parece haber nada parecido a la actividad humana de demostrar un procedimiento con la intención deliberada de enseñar a otro. Este hecho se une a la noción de que hasta donde sabemos, los chimpancés no desarrollan una teoría de la mente como la conciben los estudiantes del desarrollo humano. En la enseñanza humana, los pasos de un proceso pueden narrarse en voz alta y memorizarse en palabras. Estas palabras pueden guiar la conducta en canales en los que sólo la práctica consigue la perfección.

Práctica. Un modo importante para los humanos de aprender un procedimiento es comenzar con instrucciones verbales y seguir practicando hasta que las supera para alcanzar el “sentimiento” de que lo ha dominado. Este sentimiento de dominio, derivado de golpear la bola en el punto exacto reside en el campo conductual y está generalmente más allá de las palabras. Como en el caso de la instrucción, los no humanos no parecen usar la práctica explícitamente para mejorar una habilidad, aunque  prueben una y otra vez”, y tal repetición pueda mejorar el rendimiento.

Menos familiares como fuentes de aprendizaje procedimental nos resultan el condicionamiento y la imitación. El primero es la fuente primaria de aprendizaje en la mayoría de los animales. Como veremos más adelante, la imitación ha emergido como muy importante en los primates más elevados. Y como ha mostrado el trabajo reciente, no siempre es fácil distinguir entre una y otra, y algunos investigadores sostienen que el condicionamiento es la única forma de aprendizaje en las especies no humanas.

Condicionamiento

Uso este término para referirme a formas de aprendizaje que son “consecuencia contingente”, formas que se basan en el castigo y la recompensa. La teoría conductual clásica distinguía dos principales tipos de condicionamiento. Uno, hecho famoso por Pavlov, es el condicionamiento respondente o clásico. En esta vertiente, se emparejan dos estímulos, como son la comida y la campana. Pavlov encontró que tras la experiencia con ese par, los perros respondían a la campana como lo harían a la comida, con salivación expectante y otras indicaciones de que esperaban algo para comer. La otra forma es el condicionamiento operante, en el cual el animal es “recompensado” por hacer ciertas cosas.  En el experimento clásico, una rata  tendería a empujar una palanca tras darse cuenta accidentamente que si la empujaba, aparecía la comida. El aprendizaje operante se considera importante en gran parte del aprendizaje procedimental.

La imitación y el condicionamiento a menudo se confunden en la literatura, porque lo que parece imitación según la definición de una persona es condicionamiento para la de otra. Sin embargo, la diferencia entre ambas es muy importante. El condicionamiento puede ser la primera forma de aprendizaje, disponible incluso para los paramecios; por el contrario, la imitación parece un logro reciente, algunos dirían que disponible sólo para los humanos. Si nos fijamos en los conductistas que trabajan con animales, podemos obtener más insight sobre este fenómeno.

La visión de la investigación conductual en animales

Otra disciplina que ha aportado información relevante a nuestra materia es el grupo de ciencias que estudian la conducta animal, incluyendo la biología evolutiva, la antropología física y la primatología. A partir de ellas se ha aprendido mucho sobre imitación.

Imitación

La rigurosa definición de Byrne de la imitación consiste en el aprendizaje de nuevas conductas mediante la observación, en un proceso que puede diferenciarse del complejo conjunto de otros modos de aprendizaje conductual (Byrne y Russon, 1998). Aunque el proceso de copiado podría parecer sencillo, la imitación es un fenómeno complejo en tanto todavía no se ha comprendido bien. Podemos ver un fenómeno similar a la imitación en los recién nacidos, que sacan la lengua en una aparente imitación de otra persona (Meltzoff, 1990). En realidad, los niños parecen aprender mucho de lo que hacen mediante este método, siendo lo más obvio su uso del lenguaje. Smith (2001) apunta que el fenómeno no se limita a los niños. Su descripción de cómo los residentes psiquiátricos de su clase comenzaron a arrastrar los pies al caminar y a fumar en pipa en imitación de su carismático tutor, es un ejemplo llamativo en los adultos.

La imitación en los simios

Franz de Waal, director del Living Links Center del Yerkes Primate Center en Atlanta, ha hecho un estudio intensivo de las más elevadas capacidades cognitivas de los simios. El título de su reciente libro El simio y el maestro de sushi (2001) se refiere a la tradición de que un aprendiz de un maestro de sushi pasa años haciendo de ayudante en la cocina del maestro antes de que se le permita siquiera tocar un cuchillo. Luego, tras todos esos años, se le da ceremoniosamente un cuchillo y es un experto, simplemente porque ha estado observando al maestro en su trabajo.

Curiosamente, de Waal (2001) usa el término identificación, pero no en el mismo sentido que lo usan los analistas. Usa el término para referirse al intenso vínculo entre un primate y otro, o entre un primate no humano y un humano. Su interés es la naturaleza (y, de hecho, la realidad) de la cultura en monos y primates. Mucha de la cultura es transmitida de generación en generación mediante varias formas de aprendizaje por imitación. Describe este fenómeno con el acrónimo BIOL -Aprendizaje Observacional basado en el Vínculo y la Identificación [en inglés: Bonding and Identification-based Observational Learning]. Apunta que en el pasado, las personas han descrito que los monos simplemente imitan, como si la imitación fuera una capacidad sin consecuencias. Ahora lo consideramos una función de alto nivel. “Piense en ello”, dice él, “¿cómo llega uno a observar las acciones de otro individuo para realizar las mismas acciones con igual propósito? La imitación requiere que el estímulo visual se convierta en una respuesta motora, diciéndole al cuerpo que re-actúe lo que los ojos vieron” (de Waal, 2001, p. 219). Hay numerosos ejemplos de imitación compleja por parte de los primates, especialmente en primates criados por humanos. La imitación no suele tener una recompensa obvia. Russon (1996, p. 166) describe a un orangután que imita todo el proceso de cepillarse los dientes, usando un cepillo de dientes para imitar esta actividad humana. Otro ejemplo puede verse en una fotografía tomada por Robert Yerkes en 1923; en la imagen se ve un bonobo joven, Príncipe Chim, sentado con un libro en la mano, mirándoconvincentemente como si estuviera leyendo intencionadamente  (de Waal, 2001, p. 222). Algunas imitaciones, como las de obtener comida al abrir frutos secos o de una nevera, ofrecen recompensas obvias. Pero muchas, como el “cepillado de dientes” y la “lectura”, no aportan beneficios inmediatos aparentes.

La opinión de de Waal es que en los primates opera un impulso primario para imitar, siendo recompensado por el sentimiento de conformidad con un grupo. La imitación, en su sentido más estricto, es aprender una nueva conducta (no sólo coordinar conductas conocidas) copiando a un modelo, una figura parental o un par, siendo el objetivo secundario en importancia al acto mismo de copiar. En esto hay implícito un vínculo emocional entre el mentor y el pupilo, de tal modo que el pupilo desea imitar al mentor para ser como él, o para fomentar el vínculo con él.

La imagen de de Waal del desarrollo evolutivo de la cultura humana tiene monos tempranos y primates posteriores evolucionando habilidades imitativas que dan lugar a avances culturales cuya base no es innata. Como ejemplos, la capacidad adquirida para lavar las patatas cubiertas de tierra en los macacos japoneses y el partir frutos secos con cáscaras muy duras en los chimpancés[2].

Cuando los primates son criados por humanos, su capacidad para la imitación reina plenamente al disponer de seres mucho más complejos a los que copiar. Así, los chimpancés y los bonobos criados por humanos han mostrado avances increíbles en la comunicación y la destreza para el lenguaje. Actualmente existen dos interpretaciones de este fenómeno. Tomasello (1999), que ha criado chimpancés y ha escrito sobre las diferencias entre éstos y los humanos con respecto a la intencionalidad y la teoría de la mente, considera la capacidad imitativa como engendrada por el ser criados en compañía humana. En otras palabras, una nueva capacidad ha emergido en el nuevo entorno. De Waal (2001) no está de acuerdo. Sostiene que la imitación comienza con los primates tempranos y tiene lugar en su hábitat natural; se amplía cuando están criados por humanos porque, en su fase más temprana, la más plástica, forman intensos apegos hacia sus cuidadores humanos. Esto los motiva a utilizar una capacidad imitativa que ya existe para imitar la cultura humana en todo su potencial físico y neurológico[3].

Lo que queda claro es que esta fase plástica realmente es plástica y permite una influencia considerable del ambiente. Los simios criados en su hábitat natural muestran una cultura aprendida de sus compañeros. Pero póngalos entre humanos y darán impresionantes pasos adelante en sus capacidades cognitivas y culturales. El “chico del póster” de esta empresa es Kanzi, un bonobo macho criado y adiestrado por Sue Savage-Rumbaugh en la Universidad del Estado de Georgia (Savage-Rumbaugh y Lewin, 1994; Shanker y King, 2002). Lo sorprendente de esta historia es que Savage-Rumbaugh había estado intentando durante un tiempo que una hembra adulta, la madre adoptiva de Kanzi, aprendiera y utilizara los símbolos lingüísticos. La madre apenas lo consiguió y el proceso de enseñanza se dio por terminado. Sólo entonces se descubrió que la cría Kanzi, que había estado presente durante todas las lecciones, demostró repentinamente que había aprendido la mayoría de lo que se había enseñado. Ahora Kanzi puede ser el simio con más capacidad lingüística del mundo.

La capacidad cognitiva  en los humanos

Tomasello (1999) ha escrito un libro importante basado en la investigación tanto con primates como con niños humanos, describiendo una gran cantidad de trabajo que muestra las similitudes y diferencias en las capacidades cognitivas y habilidades sociales en los dos niveles evolutivos. Su argumento central es que en el primer año de vida el infante humano desarrolla una capacidad cognitiva exclusiva para percibir la intencionalidad de otra persona, para percibir que el otro tiene objetivos y una voluntad causal como la de uno mismo. En opinión de Tomasello, esta revolución, que tiene lugar a los 9 meses, no se da en otros primates.

La observación clave con niños hacia el final del primer año es que hallan la necesidad de compartir la experiencia. Señalan objetos para llamar la atención del otro hacia ellos. Esta capacidad inherentemente social es el trabajo preliminar para mucha de la evolución heredada de los humanos. Una capacidad importante es la comprensión de la causalidad, que Tomasello atribuye a una extensión del sentimiento de la intencionalidad del otro a fuerzas del mundo inanimado. Sería de esperar que esto aumentara la capacidad de construir y utilizar herramientas y de desarrollar tecnología.

La apreciación a los 9 meses de la intencionalidad del otro forma parte de una serie en la ontología de la comprensión interpersonal. Tomasello describe 3 niveles. El primero se da en infantes pequeños: la comprensión de los otros como “seres animados”, apreciando su conducta e incluso la dirección del movimiento orientada a la consecución de un objetivo. Esta capacidad se halla presente en todos los primates y en muchos otros mamíferos. El segundo es la apreciación de intencionalidad a los 9 meses de edad. El tercero ocurre más o menos a los 4 años de edad, cuando los otros se entienden como “agentes mentales”. Con este tercer estadio, el niño no sólo comprende que el otro tiene un self y una voluntad internas, sino también comienza a comprender lo que el otro puede saber o estar pensando.

Con respecto a la imitación, debería mencionarse algo sobre el “avance” evolutivo. Deacon (1997) ha señalado que para aprender a simbolizar, las especies homínidas pueden  haber tenido que perder algo de su talento para el aprendizaje operante. El aprendizaje de prueba y error es un arte elevado entre otros primates. Para movernos más allá del sistema de recompensa inmediata y dentro de los símbolos, sostiene Deacon, hemos tenido que empeorar el aprendizaje operante; hemos tenido que ser capaces de distanciarnos de la contingencia y consecuencias inmediatas de la conducta para dejar que tome forma el mundo simbólico. Este es un concepto difícil de captar. Pero un experimento de Tomasello y sus colegas (1999) ilustra un punto pertinente, que no todas las capacidades humanas pueden no ser simplemente mayores y mejores. En un experimento que compara el aprendizaje de ciertas tareas por chimpancés y por niños, los simios aprendieron con mayor rapidez las tareas que requerían aprendizaje operante más que imitación. Los niños humanos tendían a usar una imitación algo servil, mientras que los chimpancés eran más rápidos para modificar la técnica y alcanzar ciertos objetivos[4]. Esto apoya el argumento de que la imitación sirve a un propósito social. También sugiere que la nueva habilidad puede no ser en sí misma, a corto plazo, más adaptativa para el individuo. Este hallazgo ayuda a aclarar la posición de Deacon: “Según nos hacemos más sociales, las habilidades sociales, incluyendo la imitación, se hacen cada vez más importantes –en relación al aprendizaje operante- para la supervivencia en el grupo, y en realidad para la supervivencia del grupo. El cerebro en evolución entonces fomentó las habilidades imitativas relativas a, o posiblemente a expensas de,  habilidades de aprendizaje operante-asociativo. Así podríamos esperar que según se desarrollan las culturas humanas, la imitación de rituales, no beneficiosos en sí mismos para el individuo, sería respaldada puesto que éstos favorecen los propósitos del grupo y la identidad comunal.

Observación de infantes

Los fenómenos de imitación en humanos han sido intensamente estudiados por la generación reciente de observadores de infantes, entre los que destacan Stern (1985) y Beebe y Lachmann (1988, 1994; Lachmann y Beebe, 1996). Un  fenómeno impresionante es la interacción entre madre e infante cuando se observa bajo el concepto del entonamiento. Estos investigadores han descrito en detalle los tipos de interacciones contingentes imitativas y reactivas, que se suceden en cada uno de los días de la vida de un infante. Existen imitaciones, particularmente de ritmos, expresiones, o sonidos en un proceso por turnos que parecen prototipos para conversaciones posteriores y el intercambio empático. Este es uno de los varios aspectos de la infancia humana que parece ser que no se comparte con otros mamíferos. Una cualidad de esto es la multimodalidad de modo que un ritmo puede manifestarse por un sonajero en la mano del bebé y en las palmadas o los movimientos corporales de la madre. El proceso parece incluir práctica para integrar los múltiples modos sensoriales, así como para internalizar aspectos del proceso diádico.

Sin embargo, según aprendemos más sobre la experiencia de la infancia temprana gracias a los investigadores de la observación de infantes, nos las tenemos que ver con un fenómeno diferente de la simple imitación. Con la experiencia de Stern sobre el entonamiento hay una actividad de ida y vuelta de diferentes expresiones sensorio-modales, que parecen establecer una experiencia intermodal integrada, que da lugar a resultados que parecerían una internalización a un nivel muy fundamental. Parece que el infante está siendo introducido en la experiencia humana como tal, en los rudimentos de abarcar el mundo de un modo complejo y multimodal, de un modo aparentemente distinto de la educación de otros primates. Esto sucede en una criatura que se transforma en un complejo ser social, simbólico y lingüístico, órdenes de magnitud que van más allá de los pongidos.

Este proceso de retroalimentación interactiva debe ser la primera forma de internalización en la vida del bebé. Es un intercambio de señales, cuyos “significados” se desarrollan en el mismo proceso de su intercambio. Varios autores han descrito el resultado de estas interacciones como un tipo de internalización. Bowlby usó el término modelos de trabajo interno, entidades mentales que representan a la díada como un conjunto interno de expectativas y procedimientos. Stern utilizó un concepto similar, la “RIG” o “representación de interacciones que han sido generalizadas”.

Efectos de los genes

Ahora echemos un vistazo a una explicación desde el punto de vista de la ciencia de la genética y de la transferencia intergeneracional de rasgos y patrones de conducta. Existe una investigación considerable que muestra la inmensa influencia del componente genético. En realidad, la ciencia biológica parece atravesar fases durante las cuales el gen se vuelve importantísimo. Fonagy y col. (2002) señalan que el péndulo ha oscilado recientemente en esta dirección. Desde esta perspectiva se sostiene que los niños parecen internalizar e identificarse con los padres en parte porque heredan de ellos ciertos genes.  Para este modo de pensar, el hecho de que un niño que sufre abusos crezca y se convierta en un padre abusador indica principalmente que el niño ha heredado rasgos del padre. Muchos estudios de gemelos muestran asombrosas similitudes en gemelos adultos criados por separado en circunstancias muy diferentes. ¿Significa esto que cualquier discusión sobre la identificación es irrelevante, puesto que el mecanismo puede explicar sólo una mínima porción, posiblemente insignificante, de lo que por el contrario se transmite desde los padres?

El cuadro se complica puesto que los gemelos criados por separado también muestran diferencias. La imagen se aclara un poco si apuntamos que aunque ciertas configuraciones genéticas parecen afectar al proceso de identificación, la experiencia puede alterar la expresión del gen, como ha sostenido Kandel (1999). Por ejemplo, un estudio reciente en Nueva Zelanda (Caspi, 2002) mostró que, en un grupo observado en perspectiva, seguido desde la infancia hasta la vida adulta, una configuración genética predecía una gran similitud entre los padres y su descendencia: un subgrupo de los niños portaba un gen que codificaba una variante de la monoamina oxidasa (MAOA). Se identificó a varios niños en el grupo general, con y sin la variante, que habían sufrido graves abusos físicos por parte de sus padres. ¿Predeciría mejor la naturaleza o la crianza si estos niños se convertirían a su vez en abusadores violentos? Resultó que aquellos con la variante MAOA que sufrieron abusos eran más propensos a convertirse en abusadores, mientras que los niños que sufrieron abusos y no la tenían no lo eran. Sin embargo, aquellos con el gen variante que crecieron en hogares no violentos no eran más propensos a la violencia. Aquí se da una compleja interacción entre el gen y el entorno que parece influenciar la tendencia a identificarse. En resumen, puede ser que algunos se identifiquen con ciertos rasgos más que otros, dependiendo del componente genético.

Neurobiología y neuronas espejo

Fijémonos ahora en otra ciencia, el fértil campo de la neurobiología, para ver lo que podemos aprender sobre internalización. Un nuevo punto de vista sobre el aprendizaje imitativo y sobre otros tipos de aprendizaje motor, incluyendo el lenguaje, hace uso del fenómeno recientemente descrito de las neuronas espejo[5]. El trabajo de Rizzolatti y otros ha demostrado esta entidad en los monos (Gallese y Goldman, 1998; Rizzolatti y Craighero, 2004). En su experimento, un mono lleva una serie de microelectrodos que graban la activación de las neuronas individuales en la corteza. Cuando el mono toma un bocado de comida y se lo introduce en la boca, aparece una lectura característica, un aspecto de la cual es una actividad neuronal reconocible en la corteza premotora. Esta área cortical ha sido conocida durante años por ser donde se genera las acciones coordinadas, en contraste con la corteza motora, que controla las contracciones musculares individuales; este hallazgo por tanto no cogió por sorpresa. Sin embargo, lo que se descubrió en un experimento, casi por accidente, es que cuando el mono en descanso, casi sin movimiento, ve a un experimentador realizar la misma acción –es decir, tomar un bocado e introducirlo en su boca- se produce la misma lectura cortical en el mono. En otras palabras, la experiencia de ver un suceso motor llevado a cabo por otro parece estar atendida por un acontecimiento virtual en la corteza premotora del que lo ve. Se disparan las mismas células que se dispararían si el mono que la observa hubiera llevado a cabo la misma acción.

El fenómeno de la neurona espejo puede ser menos sorprendente de lo que parece a primera vista. Después de todo, tenemos que tener algún modo de reconocer las acciones, al igual que necesitamos reconocer los objetos. Cuando reconocemos un objeto, utilizamos nuestra corteza sensorial primaria para formar una representación icónica del dato sensorial. Por ejemplo, cuando un ve un cuadrado, existe primero un cuadrado esbozado en las neuronas activadas en la retina, y luego hay una activación retinotópica cuadrada en la corteza visual. Finalmente, se reconoce un complejo patrón neuronal como un objeto, digamos un martillo o una ardilla, mediante la corteza temporal. Pero ¿cómo reconocemos  una acción? Existen células en la corteza visual que representan el movimiento. Sin embargo, la representación de una acción, como puede ser meterse comida en la boca, es mucho más que un movimiento. Es una secuencia temporal, con objetos, actores y propósitos. Así, la actividad de las neuronas espejo es parte del proceso de percepción. El único modo en que podemos reconocer una acción es interpretándola en el cerebro. Esto nos lleva a Piaget, para quien el campo sensoriomotor es la base de la percepción y la representación (Piaget e Inhelder, 1969). También nos recuerda al trabajo de Pulvermüller (1999) que sugiere que la activación neurológica requerida para producir un verbo, una palabra de acción tal como “caminar” o “escalar”, incluye a la corteza premotora. En otras palabras, el mero concepto de un acto motor requiere la activación premotora[6]. Para percibir una acción, o incluso para simbolizarla o hablar de ella, nos basamos en la parte frontal, motora, del cerebro. Una acción es un concepto integrado, holístico, de un fragmento de conducta, tal vez al mismo nivel de complejidad que el concepto de un objeto.

En pos del argumento de que una acción es un concepto biológico importante, estos investigadores han apuntado que para que las neuronas espejo se activen durante la percepción de una acción, debe ser una acción reconocida con un principio y un final, y posiblemente con un propósito. Al igual que con los objetos, para que se produzca este tipo de reconocimiento puede ser que la acción haya sido vista antes. En la situación experimental con el mono, si el otro simplemente sube y baja una mano sin propósito aparente, la reacción de las neuronas espejo no se producirá. De forma similar, cuando la persona coge un fruto seco con un par de pinzas por primera vez, esa acción no será reconocida. Sólo tras varios acontecimientos como éste el mono tendrá una respuesta de neurona espejo a la acción con las pinzas.

La investigación reciente ha desarrollado la función especularizante de modos espectaculares y útiles. Tras mucho trabajo de las neuronas espejo motoras del macaco, fue natural preguntarse si otros fenómenos se especularizan de modo similar. Numerosos investigadores de las ciencias cognitiva y neuronal de la conducta social han estado extrayendo los detalles (Carr y col., 2003; Decety y Chaminade, 2003; Gallese, Keysers y Rizzalatti, 2004; Leslie, Johnson-Frey y Grafton, 2005). Iacoboni (2005), en un artículo reciente sobre el tema, ha descrito una “mínima arquitectura para la imitación” que va más allá de la corteza prefrontal e incluye áreas en los lóbulos temporal, parietal y frontal; es una especie de circuito que “codifica” tres componentes: la percepción de la acción del otro, la especificación motora para la acción a imitar y el objetivo de dicha acción.

Otra cuestión importante relacionada biológicamente con la identificación es la empatía. Recientemente ha surgido de la investigación sobre el tema el hallazgo de la apreciación de los afectos del otro tiene lugar de modo similar al que se observa en la percepción de las acciones. Estudios de imagen muestran que ciertas áreas son estimuladas y se activan cuando uno percibe el afecto de otro. Simplemente al observar el estado emocional del otro, se activan las mismas áreas que se activan cuando uno mismo tiene esa emoción[7].

Lo llamativo es que la percepción es más que una representación icónica. La percepción es “estar allí”. Especialmente con la percepción y el reconocimiento interpersonales, uno no simplemente percibe algo, uno se convierte en eso. En este modelo, las acciones y expresiones visibles del otro parecen en cierta medida invasoras y controladoras. Uno replica o estimula internamente el mundo externo, y sólo en este sentido puede comprenderlo.

El modelo percepción-acción

En la teoría psicológica del siglo pasado, se han propuesto varias teorías sobre la percepción. No puedo revisarlas todas aquí, pero debería tenerse en cuenta que los hallazgos descritos anteriormente tienden a apoyar un modelo de percepción-acción. En un amplio artículo que presenta una teoría de la empatía, Presn y de Waal (2002) describen el modelo. “Según la hipótesis percepción-acción, la percepción de una conducta en el otro activa automáticamente las propias representaciones de la conducta, y la producción de esta representación compartida procede automáticamente a las áreas motoras del cerebro donde se preparan y ejecutan las respuestas” (pp. 9-10). Una versión anterior de esta teoría fue propuesta por Theodor Lipps, quien la aplicó a la percepción tanto de la acción como de la emoción. La teoría fue dejada a un lado durante la época del conductismo y el cognitivismo, pero ahora parece haber ganado respetabilidad, gracias a los hallazgos recientes descritos anteriormente. A su vez, el modelo fomenta el pensamiento de los teóricos interpersonales y nos hace centrarnos en la permeabilidad de los individuos.  Lo que yo percibo produce cambios automáticos, involuntarios, en mi cerebro, en el cual simulo lo que estoy percibiendo. La forma más espectacular de simulación tiene lugar cuando percibo el afecto del otro mediante la especularización automática de sus expresiones. Este modelo es especialmente apto para cualquier transferencia de cualidades de uno a otro. Dichas transferencias tienen lugar en el contagio emocional, la empatía, la identificación y la imitación.

Aquí estamos tocando una controversia muy actual al enfrentar este modelo de simulación de la percepción con una “teoría teoría” paralela. Hay defensores muy elocuentes de cada modo de pensar en la filosofía, psicología y neurociencia. He presentado brevemente la teoría de la simulación, en la cual el sujeto aprecia la acción o emoción del otro poniéndola en acto o simulándola en su propia mente. Goldman y Stripada (2004) han escrito una descripción útil de los dos modelos. En su artículo ofrecen la siguiente explicación de la versión teoría teoría (TT): “Hay muchos modos de desarrollar la idea TT, pero la idea principal es que el lector de la mente selecciona un estado mental por atribución a un objetivo basado en la inferencia de la información del otro sobre el objetivo. Según una versión popular de la TT, dicha inferencia está guiada por generalizaciones psicológicas de la gente acerca de las relaciones o transiciones entre estados psicológicos y/o la conducta del objetivo” (p. 198). En otras palabras, si una persona es sonriente, enérgica y amistosa uno puede concluir que es feliz, o animada o entusiasta, sin estimular necesariamente ese sentimiento virtualmente. Probablemente resulte que los humanos usen ambos métodos en la comprensión empática. El fenómeno de la neurona espejo puede ayudarnos con el aspecto de la simulación.

Resumen y algunas posibilidades

En nuestra breve mirada a otras ciencias ¿qué hemos atisbado? De los psicólogos cognitivos hemos obtenido una visión diferenciada de la memoria y sus subtipos. Podemos ver dónde podría encajar la identificación, dándonos una perspectiva de la identificación como recuerdo. Puede aparecer en poco tiempo nueva información sobre las estructuras cerebrales centrales implicadas en esta función.

De los investigadores en animales tenemos evidencias de los precursores evolutivos de la identificación, especialmente de la emergencia de la imitación como una habilidad en los primates más elevados, dando lugar a su papel preeminente en los humanos, contribuyendo posiblemente tanto a la identificación como a la evolución de la cultura humana.

Los observadores de infantes han estudiado la imitación, junto con los fenómenos de las interacciones de especularización, sintonización y apego, todo lo cual parece contribuir a la identificación. Junto con los primatólogos, estos investigadores también han desarrollado la noción de teoría de la mente, y sus etapas de desarrollo. Fonagy, Target, Gergely y otros han previsto un esquema organizado en los niños, similar al de Tomasello pero más detallado (Fonagy y col., 2002; Gergely y Watson, 1999).

Recientemente, los neurobiólogos han descubierto la neurona espejo, un descubrimiento que ha contribuido a una revolución en nuestro pensamiento sobre la percepción y la recreación virtual del mundo externo en el cerebro.  La neurona espejo puede desempeñar un papel, aunque no sea nuclear, en la evolución de la capacidad de imitar y, por tanto, en la capacidad para identificar.

En este momento es pronto para unir estos hallazgos científicos en una teoría coherente. Espero que mi proyecto de presentar juntas estas tendencias en una línea de pensamiento, pueda dar lugar con el tiempo a nuevos modelos y a hipótesis para su posible integración.

La identificación se produce cuando el self integra características del otro mediante la emulación o la imitación. La verdadera imitación implica un certero programa motor o de pensamiento que copia al otro. Las neuronas espejo se pueden ver implicadas, puesto que probablemente lo están en la percepción y comprensión de la conducta del otro. Pueden haber evolucionado como un mecanismo cerebral para el reconocimiento de las acciones, incluyendo los objetivos e intenciones del actor. Este mecanismo podría haber sido un componente básico en el desarrollo de la intencionalidad, la identificación y la teoría de la mente.

Un nuevo fenómeno en los primates humanos es el sentimiento de la díada y la relación que se da dentro de la misma. Esto es un precursor de la apreciación del otro como un agente mental intencional y representacional. Durante el mismo periodo de la evolución, el Homo sapiens se convirtió en la especie simbólica (Deacon, 1997; Olds, 2000, 2002). Esto significa que todo este proceso que implica la imitación y la transmisión de la cultura, que se observa de forma primitiva en los póngidos, estalló en su complejidad cuando se hicieron posibles nuevos niveles de capacidad semiótica, incluyendo el lenguaje. Durante la misma era evolutiva, se desarrolló la conciencia humana tal como la conocemos. Es difícil separar las entidades individuales de esta falange de capacidades humanas evolucionadas, incluyendo la imitación, identificación, causalidad, lenguaje, socialización y conciencia.

La identificación, por tanto, es el resultado de un grupo de funciones que operan en un complejo sistema. En el proceso de la filogenia estas funciones han evolucionado en una relación dinámica entre ellas. Lo mismo vale para la ontogenia del individuo; la base genética y los dones constitucionales, el entorno de aprendizaje conductual, las personalidades de los padres, las oportunidades, la tendencia a imitar -todo ello colabora de un modo no predecible[8].

La evolución de la función humana de identificación parece haber requerido (1) varios tipos de aprendizaje, especialmente el procedimental; (2) neuronas espejo que contribuyen posiblemente a la capacidad de imitar, a comprender las acciones del otro, y a desarrollar una teoría de la mente; y (3) la capacidad y el impulso de imitar, que en los humanos ofrece la capacidad de desarrollar una teoría de la mente, identificarse y transmitir la cultura. Entre los primates, según aumentaba la duración del período de plasticidad infantil, aumentaban las oportunidades para la ontogenia de la identificación, mediante la imitación y el entonamiento. Paralelamente a la capacidad de imitación y entonamiento, crecieron capacidades del yo que permitieron el desarrollo de la mentalización de nuestra comprensión de los otros como seres causales, intencionales y representacionales. Sigue sin quedar claro cómo emergieron juntas la teoría de la mente y la identificación. Puede que cada una requiera de la otra. Podemos necesitar la capacidad de imitar y la capacidad de comprender la mente del otro para identificarnos con él. La investigación en psicopatología, especialmente en autismo, puede arrojar luz sobre esta cuestión. Parece probable que la imitación, el entonamiento y la teoría de la mente coevolucionaron con la identificación, pero queda aún mucho para comprender cómo interactuaron en este proceso.

Implicaciones para el psicoanálisis

¿Qué significa todo esto para el psicoanálisis? Nuestra disciplina ha descrito el concepto de identificación, independientemente de las disciplinas vecinas, hallándolo útil para la comprensión del desarrollo del niño y el adulto, así como de los cambios que tienen lugar en el psicoanálisis clínico. En nuestras teorías evolutivas hemos hallado en la identificación un concepto muy útil. La mayor parte de este ensayo ha intentando rastrear los componentes de un proceso de identificación que da lugar a la maduración del individuo. En nuestra teorización, y en nuestro pensamiento sobre el desarrollo de los pacientes individuales, parece útil comprender cómo los rasgos, patrones y conductas se transmiten de una generación a otra.

En nuestra teoría clínica hemos sostenido durante mucho tiempo que el analizando se identifica con la función analizante y adopta ciertas nuevas conductas que implican pensar más que actuar, la introspección más que la externalización, el cuestionamiento de lo dicho, la búsqueda de asociaciones y significados simbólicos, una mayor conciencia de los sentimientos subjetivos y la búsqueda de la evidencia de transferencia e, incluso, de la contratransferencia del analista.  Tanto la imitación como el condicionamiento parecen tener un papel en todo esto. Cuando el paciente muestra signos de introspección y autorreflexión, a menudo se oye desde detrás del diván una palabra gratificante o un sonido alentador. Se han escrito artículos sobre el control operante en la situación analítica (p. ej. Schwartz, 1987). Pero incluso para que el paciente adopte  estas conductas debe existir la capacidad de imitar al analista. Se ha apuntado con frecuencia que cuando paciente y terapeuta están en psicoterapia cara a cara, a menudo se encuentran en posturas especularizantes.  Con algunos pacientes esto sucede con más frecuencia que con otros; uno podría hacer la conjetura de que esto sería evidencia de una relación más intensa, positiva o íntima. Pero uno también podría imaginar que esta especularización podría ser defensiva. No tengo constancia de que esto se halla investigado. Con el uso del diván, el contacto cara a cara está más ausente, dando mucha menos oportunidad a la imitación visualmente mediada.  Aquí podríamos esperar ver más un condicionamiento operante (respondiendo a una recompensa) que una imitación. Sin embargo, existen tipos más abstractos de imitación, mayoritariamente de procesos de pensamiento, hábitos de solución de problemas, e incluso sesgos teóricos. Existe la tradición de que los pacientes finalmente justifican la teoría de su analista, e incluso que producen sueños que son de lo más relevante para esa teoría.

Otra forma común de internalización en la situación analítica es la introyección del analista, por la cual se produce un diálogo interno entre paciente y analista. En la mente del paciente, el analista puede estar ofreciendo consejo, crítica, apoyo o razonamiento. El analista puede aparecer en la imaginación como una presencia aprobadora o desaprobadora. Se  han realizado una prometedora investigación sobre la naturaleza de las representaciones que los pacientes tienen de sus terapeutas (Orlinsky y Geller, 1993; Orlinsky, Geller y Tarragona, 1993; Geller, Cooley y Hartley, 1981). En este trabajo, se han hecho cuestionarios desarrollados para elaborar los modos en que los pacientes tienen en mente a sus terapeutas entre una sesión y otra, durante la terapia y en los meses y años posteriores a la terapia. Han diferenciado tipos de patrones, tales como “representaciones orientadoras de apoyo”, “representaciones contenedoras del conflicto” y se han correlacionado con ciertos tipos de afecto durante las sesiones y con ciertos tipos de relación terapéutica. Descriptivamente, esta investigación dice más sobre introyección que sobre identificación. Existen datos que sugieren que puede haber correlaciones entre estas representaciones y el resultado terapéutico[9]

Estas cuestiones relativas a la internalización del analista, aunque importantes, han sido problemáticas para los analistas a causa de la preocupación por la sugestión. Ha existido la convicción general de que la sugestión es mala, y que debilita las afirmaciones de eficacia hechas por los analistas. Freud diferenció el análisis de la hipnosis sobre la base de la naturaleza no directiva y no sugestiva del proceso analítico. Al mismo tiempo, los analistas han mirado con aceptación la idea de que la identificación se produzca en el análisis. ¿No es esa una forma de influencia e incluso de sugestión? Una de las razones que se dan para evitar la sugestión como parte de la técnica es que el diferencial de poder  inherente a cualquier forma directiva de psicoterapia pone en acto un cierto tipo de transferencia y la vuelve inanalizable. Pero, si ese es el caso, ¿cómo manejamos la cuestión de la identificación? Decimos que es la aceptación del método analítico por parte del paciente en identificación con el analista. Significa que el paciente tiene que poner en acto el papel de analista, asumiendo un tipo de neutralidad en la medida en que uno puede distanciarse de sí mismo y permitir que partes de ese self negocien entre sí en una mesa de acuerdo psíquico. Esto debe ser especialmente complejo e importante con respecto al análisis de formación, en el cual existe tanto identificación con el proceso respecto al propio tratamiento como identificación con el analista como mentor y modelo profesional.

Algunas críticas al método analítico consideran el uso del diván como una deprivación que debilita el proceso terapéutico. Aquellos que sienten que la terapia es una “comunicación entre cerebros correctos” (Schore, 1994) saben que mucha de esa comunicación tiene lugar mediante claves y expresiones visuales, no verbales. ¿Por qué, entonces, abandonar uno de nuestros principales activos? Nuestra discusión de la imitación y la especularización puede ofrecer una sugerencia. Hemos visto que existe una tremenda influencia para responder involuntariamente a las acciones y estados de afecto del otro, a tenerlos realmente y en cierta medida a convertirse en el otro. Esto es similar al fenómeno, apuntado antes, de las posturas especularizantes en la terapia cara a cara. El control o la influencia del otro mediante las propias expresiones son poderosas y circulan en ambos sentidos dentro de la díada. La intuición de Freud a quien no le gustaba ser observado todo el día por sus pacientes, resultó ser clarividente; realmente no usaba el diván sólo por propia conveniencia. El control interactivo mutuo mediante la expresión no verbal puede en realidad interferir con la asociación libre y con el florecimiento de la transferencia. Pero por supuesto la transferencia interactúa de modos muy complejos con la identificación. Según se identifique el paciente con el analista, la transferencia puede cambiar; y según cambia la transferencia, así puede cambiar la identificación, en ambos sentidos: tanto en el sentido de que el paciente cree que es como el analista y el sentido de que cambia para parecerse realmente al analista. Este fenómeno debe ser muy importante en el acoplamiento entre un paciente y un analista determinado. El analista tiene la misma experiencia pero al contrario, con identificaciones que interactúan con la transferencia y la contratransferencia[10].

Para la teoría psicoanalítica, el fenómeno de la neurona espejo puede arrojar luz sobre el controvertido concepto de la identificación proyectiva. Un problema con el concepto, en el cual los intensos sentimientos de una persona se “proyectan en” el otro, es que parece plantear una “entrega” metafórica, una casi mística “luz” o “luminosidad”, o transmisión forzosa del afecto a la otra persona. El fenómeno de la neurona espejo puede permitir una explicación más parsimoniosa, menos oculta -es decir, que las emociones pueden comunicarse por la vía verbal y por medios no verbales y que cuando son percibidas por otra persona, esa persona tiene por lo menos una forma señal de la emoción. En situaciones intensas como aquellas en las que se invoca el concepto de identificación proyectiva –más comúnmente una situación altamente cargada pero posiblemente desmentida en la psicoterapia- un sentimiento acrecentado de angustia, miedo o enfado en el terapeuta da lugar a un cierto oscurecimiento, opacidad de los límites del yo y a la apropiación del terapeuta, y la posible puesta en acto, del sentimiento de que está siendo involuntaria o inconscientemente reflejado. Aunque esto es muy especulativo, sugiere que el contagio del afecto puede derivar de la pérdida transitoria de las fronteras del yo por parte del terapeuta en tal interacción.

Otra especulación puede ofrecer una hipótesis para la investigación futura. La visión de de Waal de la imitación como una capacidad evolucionada esencial para la transmisión de la cultura, y la visión en este artículo de que la imitación es un parte importante en el proceso de la identificación, pueden conducir a cierto insight sobre la compulsión a la repetición, un fenómeno en ciertos aspectos contraintuitivo. Según la mayoría de las versiones de la teoría conductiva, dicha compulsión no debería existir. Es un fenómeno sin recompensas aparentes que pudieran reforzarlo dentro de los modos usuales de condicionamiento. Los psicoanalistas han trabajado en torno al problema diciendo que existe una recompensa inconsciente, digamos, una reducción de la culpa, o el resultado de un acuerdo con el superyó. Con la visión de la imitación que se discute aquí, ahora tenemos una forma añadida de recompensa: la ventaja propuesta por de Waal de fomentar los vínculos interpersonales y la integración en el nexo social. Este modelo podría incluir la identificación con el agresor, lo que responde a la posibilidad de que incluso una figura parental agresiva, abusadora, sea necesaria para la existencia continuada del infante y que el vínculo con el abusador sea por tanto el único modo de sobrevivir (aunque incluso aquí, como puede apreciarse en el estudio de Caspi, existe una compleja interacción con la expresión genética). De nuevo encontramos un fenómeno complejo, en el cual la imitación, manteniendo su propio propósito primario evolucionado –mantener los vínculos sociales, para el fomento de la comunidad- da lugar tanto a la identificación como a la compulsión a la repetición, a menudo en detrimento del individuo. Así, la identificación con el agresor puede fomentar la unidad de la familia y, mediante la imitación y el ritual, la estabilidad de la comunidad.

 

Observaciones para concluir

El psicoanálisis ha desarrollado una idea compleja del self, como representación y como agente de una entidad similar al yo. Este self se desarrolla en un entorno de otras personas, concretamente las figuras parentales, cuya influencia parece tener lugar al menos parcialmente mediante procesos de internalización.

Aquí me he centrado en el proceso de identificación, un modo de internalización, fijándome principalmente en sus aspectos inconscientes, implícitos, tal como se han conceptualizado en los estudios con animales.  De las formas de memoria en el pensamiento actual, la memoria procedimental guarda cierto parecido con nuestro concepto de identificación. Como hemos visto, muchos diferentes procesos contribuyen a la memoria procedimental, incluyendo la instrucción, la práctica, el condicionamiento conductual y la imitación, todos los cuales interactúan en modos complejos con la expresión genética.

En la evolución de las funciones mentales humanas, la imitación aparece como una capacidad recientemente evolucionada. Esta innovación tiene múltiples resultados según la capacidad se va integrando con las demás. La imitación puede haber contribuido a la transmisión de cultura y rituales complejos, y está implicada en la identificación, la empatía, y el aprendizaje del lenguaje. Aunque la imitación parece haber evolucionado en cierta medida en otras especies, concretamente en las aves, es en los humanos donde ha obtenido su concreción más fructífera.

Puede ser que la neurona espejo  se haya unido a otros precursores para producir la capacidad de imitación. La neurona espejo puede ser el instrumento para la estimulación interna de la acción y el afecto que ha sido crucial para las formas complejas de aprendizaje y transmisión cultural en el repertorio humano.

La imitación puede ser una capacidad añadida a otros modos de aprendizaje, impulsada por la necesidad de vínculos sociales. Esa necesidad puede reemplazar a otras formas de recompensa, de modo que uno puede imitar e identificarse con un objeto hostil, o implicarse en formas dolorosas de ritual, en detrimento del individuo. Esto puede ser relevante para ciertas formas de masoquismo, y otros tipos de conducta autodestructiva.

Las implicaciones de todo esto para la teoría de la técnica analítica pueden ser profundas, y podrían ser útiles para nuestra comprensión de elementos del método, tales como la frecuencia, abstinencia y el uso del diván, así como de cuestiones teóricas relativas a la intersubjetividad y a los modelos unipersonales versus bipersonales. También nos ayudan a comprender conceptos teóricos como el masoquismo, la compulsión a la repetición y la identificación proyectiva.

He esbozado algunos aspectos de la función mental que podrían ayudarnos a construir un modelo de identificación compatible con el psicoanálisis y con las ciencias cognitivas. Comenzando por el concepto analítico, siguiendo su historia y considerando las posibles raíces biológicas del fenómeno, podemos aprender mucho sobre el concepto y cimentarlo mejor en el mundo de las ciencias.

 


 

En la tradición analítica, las tres formas de internalización tienden a verse jerárquicamente, con un tipo reenlazando al otro en un progreso linear. Un modelo alternativo es un proceso paralelo donde los tres procesos de internalización siguen líneas evolutivas independientes, basadas posiblemente en diferentes estructuras del cerebro, teniendo cada una de ellas una función particular.[1]

Hay una controversia importante, que excede el propósito de este artículo, relativa al estatus de la imitación como una forma de aprendizaje separable del condicionamiento comportamental. Byrne y Russon (1998) presentan argumentos contra esta diferenciación. Muchas conductas imitativas, dicen, pueden explicarse como un aprendizaje de estímulo-respuesta. La opinión disidente de de Waal es que una conducta imitada no está impulsada por la recompensa concreta de esa conducta (como cuando uno aprende a abrir una nuez, uno se la come). Sin embargo, un conductista puede sostener que la imitación es en sí misma una forma de conducta y que la recompensa operante es el fomento del vínculo social. [2]

La comprensión de las complejidades que rodean al uso del diván serán tema de otra discusión, posiblemente usando los modelos simuladores, y una investigación con mayores probabilidades. Para artículos mayor profundidad sobre esta cuestión ver Godberger (1985) y Celenza (2005)[10]

 

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