aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 026 2007 Revista Internacional de Psicoanálisis Aperturas

Forjando la diferencia a partir de la semejanza: la multiplicidad de la experiencia correctiva

Autor: Hoffman, Irwin

Palabras clave

Constructivismo, Desintoxicacion del deseo, Nueva experiencia, Objetivismo, Puestas en acto, Reconstruccion del deseo, Relacion terapeutica como un todo, Repeticion..


"Forging difference out of similarity: The multiplicity of corrective experience" fue publicado originariamente en Psychoanalytic Quarterly, LXXV, p. 715-751. Copyright 2006 The Psychoanalytic Quarterly. Traducido y publicado con autorización de The Psychoanalytic Quarterly.

Traducción:    Marta González Baz
Revisión:        Raquel Morató de Neme


En el contexto del trabajo con una paciente adulta superviviente de abuso sexual en la infancia, se explora el interjuego de múltiples formas de compromiso que contribuyen a la acción terapéutica. La compulsión a repetir viejos patrones se considera gradualmente superada por la nueva experiencia correctiva en la cual el total de la percepción del analista como persona por parte del paciente es mayor que la suma de sus partes. La interpretación de las puestas en acto –que a menudo incluyen patrones de dominación y sumisión- se complementa por una gama de acciones “de ayuda” que deben ser desintoxicadas. Ese proceso supone la diferenciación progresiva entre coerción e influencia, por una parte y entre conformidad y sensibilidad por la otra. Al final, la autonomía y la sensibilidad creativa emergen como esenciales entre sí más que como mutuamente excluyentes. Este desarrollo requiere que el paciente renuncie gradualmente a una visión “esencialista” del self y el otro en favor de una visión “constructivista”, en la cual la ambigüedad de la experiencia ofrece oportunidades para nuevas formas de compromiso y comprensión relacional.

 

Participación psicoanalítica: desintoxicando la “ayuda” ordinaria

Una mañana mientras iba en coche al trabajo y escuchaba las noticias en la radio, un anuncio publicitaba una clínica en Chicago que afirmaba estar especializada en el tratamiento del síndrome de fatiga crónica y la fibromialgia. Se ofrecía un número de teléfono y una dirección de Internet. Pensé en mi paciente Sarah, que había estado luchando con esa enfermedad durante años, de muchas formas diferentes, la mayoría de ellas sin provecho alguno.

Sarah era una mujer casada, en la cuarentena, que había hecho su doctorado en humanidades y tenía pendiente la defensa de la tesis. Enseñaba en un instituto en otro estado. Había estado trabajando con ella durante unos nueve años. Nos vimos en persona, tres veces por semana, durante los primeros cuatro años, pero tras eso nos vimos restringidos principalmente a sesiones telefónicas cuando, tras haber completado su trabajo del curso, Sarah se mudó a una pequeña ciudad en otro estado, donde su esposo tenía un puesto en la universidad local.

Cuando escuchaba el anuncio de la radio, pensé en apuntar el número. Tenía un bolígrafo en el bolsillo, pero no tenía papel. Cogí mi agenda y la abrí por una página en blanco.  Pero ya habían dicho el número y yo no me había quedado con él.  Así que lo dejé. Había mucho tráfico y escribir el número no era algo especialmente seguro. Pensé que de todos modos las oportunidades de que esta clínica le fuera útil a Sarah eran remotas. Había ido a varios lugares parecidos y ninguno le había supuesto diferencia. Pero ahora estaban repitiendo el número de modo que lo anoté a pesar de todo. Si no lo hubieran repetido, no lo habría cogido, ni lo habría cogido si no tuviera un bolígrafo a mano. En cierto modo es inquietante pensar que los puntos de inflexión en la vida de una persona pueden depender a veces de circunstancias tan triviales en la vida de su analista.

Ese día, un poco más tarde, le di el número a Sarah. Lo anotó alegremente y me transmitió su sincero agradecimiento. Apreciaba cosas como esa: pequeños gestos que iban ligeramente más allá de la pretensión del “deber psicoanalítico” convencional. Sin embargo, pasaron las semanas y Sarah no había llamado a la clínica. Lo supe porque lo hablé con ella. Creo que el entusiasmo del anuncio me estaba influyendo y me empeñé en que le diera una oportunidad a la clínica. Dijo que estaba muy ocupada pero lo haría una vez que se hubiera encargado de tal o cual tarea.

Sarah tenía un montón de cosas por hacer todo el tiempo, tanto psicológicamente como en la práctica. Pero también tenía una tendencia a postergar hasta un grado nocivo para su bienestar. Esa tendencia suya, combinada con mis ganas de ayudar, ofrecía un campo fértil para una puesta en acto; podía convertirme en una autoridad avasalladora; ella podía dar largas lo cual provocaba en mí más actitud avasalladora, lo que, a su vez, provocaba que ella postergara más y perdiera su sensación de deseo, etc.: un círculo vicioso. La escena total tenía aspectos que recordaban, si bien ligeramente, la experiencia traumática en la infancia de Sarah de abuso sexual en la que el deseo de su padre se convertía en la fuerza abrumadora que prácticamente borraba a Sarah como sujeto libre y deseante, una forma feroz, psicológicamente mortífera, de compromiso que Benjamin (1988), Davies y Frawley (1994), Bromberg (2001), Shengold (1989) y otros han identificado y discutido. El potencial para la puesta en acto estuvo continuamente en el aire entre Sarah y yo, más o menos realizado, más o menos vencido.

Hay otra complicación. Para Sarah no fue simplemente una bendición, por supuesto, tener el deseo de llamar a la clínica. Porque tan amenazante como puede haber sido sentir su propia voluntad en peligro por la conciencia de mi influencia, lo fue estar en contacto con su propio deseo, el querer algo que ella sentía que era en su propio interés. Reflejando una tendencia que Ehrenberg (1992), Davies y Frawley (1994) y otros han identificado como común en los pacientes que han sufrido abuso sexual, cualquier deseo por parte de Sarah era sentido como potencialmente incriminatorio. Ehrenberg observó que en esos pacientes “la extirpación del deseo se extendía más allá del deseo sexual, incluyendo los deseos y sentimientos en general, incluso la curiosidad y el desarrollo intelectual” (p. 169).

Sarah estaba atormentada por intensas tendencias masoquistas que se añadían inmensurablemente a su sentimiento de vergüenza y culpabilidad. Si ella fuese deseante ahora, podría haber sido deseante de niña y si fue deseante de niña, fue parcial o totalmente responsable de haber sufrido abuso sexual. Mejor demostrar que era una persona sin deseo ni voluntad, o al menos una persona inefectiva, que dejarla abierta a la acusación retrospectiva. Pero si se las arreglaba para separarse de esa acusación, se veía expuesta a ser absorbida por el deseo gobernante y sin amor del otro; una elección entre dos demonios, si es que existe alguno de los dos.

De modo que el trabajo analítico debe dirigirse a largo plazo a desintoxicar y remodelar el deseo de la paciente, por una parte, y la participación e influencia del analista, tal como las experimenta la paciente, por otra. Davies y Frawley (1994) en su libro fundamental, exploraron una gama de formas complementarias de puesta en acto en la transferencia-contratransferencia que pueden emerger en el trabajo analítico con supervivientes adultos de un abuso sexual durante la infancia. El esfuerzo por superar esas puestas en acto mediante la interpretación reflexiva plantea una ocasión para desintoxicar las formas de participación que guardan cierta semejanza aparente con aquellas influencias tempranas, de modo que los aspectos benignos de la implicación del analista puedan ganar fuerza, puedan crecer en términos de atractivo, y puedan ser absorbidos más plenamente.

Mi foco aquí, sin embargo, no es sólo en las intervenciones mutativas dirigidas a las puestas en acto de la transferencia o de la transferencia-contratransferencia, aunque sea tentador detenerse en ellas por su especial evocación y poder y porque están reconocidas como fundamentales para el proceso psicoanalítico e incluso definitorias del mismo. Me gustaría prestar atención, en cambio, a los múltiples catalizadores para el cambio en el proceso, incluyendo aquellas actividades por parte del analista que pueden ser un lugar común en la vida social y que -cuando se sacan de contexto- no serían reconocidas necesariamente como psicoanalíticas. La realidad es que son, en efecto, como definitivamente psicoanalíticas cuando se ven en el contexto de otros aspectos del proceso, como la idealización promovida por el ritual psicoanalítico (un factor del que hablaré más en breve) y la lucha contra la repetición dañina mediante la reflexión sobre formas nocivas de puesta en acto momentáneas o prolongadas. El trabajo en estas áreas ayuda a establecer al analista, de modo que sus esfuerzos y gestos cotidianos aparentemente más útiles tengan más oportunidad de ser investidos con un significado y poder benignos, y de ser recibidos y asimilados de modo que sean transformativos.

Esos esfuerzos y gestos se ven a menudo implicados en puestas en acto sobre las que es necesario reflexionar y que sean superadas. Es posible que el trabajo sobre puestas en acto concretas pueda generalizarse, de modo que otros momentos de participación por parte del analista que tengan el potencial de ser puestos en acto no tomen ese curso y puedan ser asimilados por el paciente como útiles de un modo relativamente poco complicado, y de un modo que, sacado de contexto, parece “poco interesante” psicoanalíticamente. Un tipo de reflexión no hablada, desintoxicante, puede acompañar esos encuentros, o pueden simplemente pasar por alto los esquemas de la compulsión a la repetición.

Aquí existe un interjuego, una especie de dialéctica entre, por una parte, la desintoxicación activa mediante la interpretación y la reflexión colaboradora sobre las puestas en acto y, por otra, los múltiples casos de compromiso de cuidado que crean una base para formas de repetición más benignas que pueden emerger. Al mismo tiempo, además, el momento interpretativo desintoxicante tiene un  mayor poder porque la experiencia de repetición contrasta más vívida y experiencialmente de lo que podría hacerlo en un paradigma más tradicional con el sentimiento del paciente de la implicación benigna del analista.

En efecto, lo que se ilustra aquí es una expresión concreta de lo que he conceptualizado como la dialéctica del ritual psicoanalítico y la espontaneidad personal del analista. Las “desviaciones” expresivas espontáneas, como los   intentos de ofrecer ayuda práctica de varios tipos y los modos psicoanalíticos de compromiso más rutinarios, como la escucha y la interpretación, forman una dialéctica que está en el núcleo de la acción terapéutica (Hoffman, 1994, 1998).

Hay otro factor que no debería infravalorarse, y mucho menos ignorarse. Una paciente como Sarah comienza su análisis con unas capacidades relativamente saludables e intactas para dar y recibir amor. No estoy seguro de dónde adquirió esas capacidades, pero estaban ahí, y definitivamente no estábamos partiendo de cero. No es un accidente que Sarah me gustara mucho desde el principio y que me haya inclinado a hacer todo lo posible en su beneficio desde el principio hasta el fin. Todo lo que hemos logrado en el análisis se ha construido parcialmente sobre fuerzas que la paciente traía con ella y que antecedían a la relación analítica (Hoffman, 2006).

 

El “objeto total” y el proceso son mayores que la suma de sus partes: la persona del analista como el contexto de sus acciones

Esta perspectiva da por hecho que el total del proceso psicoanalítico es inevitablemente mayor que la suma de sus partes, aun cuando sea muy difícil, si no imposible, poner ese total en palabras. El “total” en este caso incluye a mi persona, dentro de mi papel como psicoanalista, como una presencia en la vida de Sarah. A la inversa, incluye la persona de Sarah, dentro de su papel como analizanda, como una presencia en mi vida. Con respecto a mi implicación, todo lo que hago con Sarah, todas las llamadas intervenciones, toda elección que hago con ella, tiene lugar en múltiples contextos, uno de los cuales es siempre mi presencia personal como analista de Sarah. La conducta no tiene un significado esencial que pueda ser aislado del contexto de la persona que está desarrollando la acción, sea el analista o quien sea, un “control”, por cierto, que se echa muy en falta en la mayoría de la llamada “investigación empírica sistemática”[1].

Creo que la acción terapéutica del proceso es tan compleja y variada como todo lo que conlleva la buena parentalidad (aunque no sea equivalente a ella en absoluto) (ver Loewald, 1960, citado por Cooper, 1988). La  búsqueda de los ingredientes nucleares, esenciales, de la acción terapéutica se basa a menudo en suposiciones objetivistas engañosas. El espectro de actividades concretas en el que me hallo comprometido con Sarah cubre una amplia gama, es contingente y muy predecible. De un modo analítico superficialmente “estándar”, paso gran parte del tiempo escuchando, intentando entender y transmitir comprensión de los significados manifiestos y latentes de las comunicaciones de Sarah. Digo “superficialmente estándar” porque la escucha y la interpretación como tales reflejan, indudablemente, en su estilo y contenido, aspectos de mi punto de vista particular y mi personalidad. Pero es cierto que también me he implicado con Sarah en muchos otros sentidos. Creo que muchos de estos tipos de compromiso son probablemente muy comunes en la práctica analítica, aunque a menudo no se hable de ellos. Quiero transmitir algunos ejemplos sobre esto. Mi propósito es ofrecer algo del sabor de la gama de tipos de participación, identificada, por el momento, sólo en términos de su significado manifiesto. Es un poco como informar del contenido manifiesto de una serie de sueños, con la comprensión de que los posibles significados latentes son miles, pero también con la importante advertencia de que la participación del analista, al contrario de lo que sucede con el contenido manifiesto de un sueño, tiene una influencia real en tiempo real. Aquí existe una dialéctica entre la participación del analista entendida como literal, o lo que Schafer (1985) llama “real” y la misma participación comprendida como figurativa y ambigua, con muchas capas potenciales de significado (Hoffman, 1998, pp. 79, 216, 234; Kern, 1987).

Ya pueden estar ondeando banderas rojas por los múltiples significados y consecuencias posibles de cualquier acción abierta del tipo que describiré. Tengamos en mente, sin embargo, que cualquier momento de inactividad o silencio manifiestos por parte del analista plantea el mismo tipo de cuestiones: ¿cuáles son sus posibles significados para el paciente (otros del que el analista está simplemente escuchando)? ¿Qué se está sugiriendo de forma inadvertida mediante el silencio o la inacción? ¿Cuáles son sus consecuencias potenciales? ¿Qué riesgo supone? ¿De qué puesta en acto puede formar parte?

Si le pregunto a Sarah ahora o entonces si ha llamado a la clínica de fibromialgia, por ejemplo, mi participación se presta a ser eco de la imposición de su voluntad por parte de su padre. Pero si no le pregunto en absoluto ¿no se prestaría mi participación a ser eco de un  cierre de ojos pasivo a todo lo que Sarah tenía que sufrir? En realidad, como suele suceder en el caso de tales familias, la madre de Sara era sorprendentemente pasiva, hasta el punto de parecer cooperar con el abuso del padre hacia sus hijos. También, Sarah estuvo en una terapia analítica durante seis años, entre los 15 años y los 21, con una mujer que estaba mucho tiempo en silencio excepto para hacer interpretaciones ocasionales de las fantasías y conflictos sexuales de la paciente. ¿Existe una frecuencia óptima para mi indagación sobre la clínica de fibromialgia, y existe un modo de preguntar que asegure que mi participación no será eco de la experiencia que Sarah tiene de su padre ni de la experiencia de su madre ni de su anterior analista (por no mencionar a los infinitos otros)? Cualquier afirmación de ese tipo es una expresión de esencialismo: “esta conducta tiene este significado; si el analista se retira ahora, está quito, le dará a la paciente el espacio que necesita para encontrar el ejercicio de su propia voluntad”. Tal afirmación nunca es válida en una perspectiva constructivista. No hace justicia a la ambigüedad de cualquier conducta por parte del analista y sus múltiples significados posibles y plausibles para el paciente. Con la plena apreciación de la multiplicidad de significados potenciales que acompañan todas las formas de compromiso, consideremos los siguientes modos en los que me impliqué con Sarah en el curso del trabajo.

Le pregunté sobre su relación con su marido, J, y le sugería cómo podía manejar la aparente insensibilidad de él como respuesta a varias privaciones que ella tenía que soportar. Por ejemplo, comenté que, si a ella la idea le parecía bien, podía considerar decirle que tenía la impresión de que a él le asustaba empatizar con ella porque en realidad se siente abrumado por la aguda percepción que tiene del dolor o sufrimiento de ella y por su identificación con ella. Mi simpatía no siempre estaba totalmente del lado de Sarah; también la desafiaba cuando estaba enfurecida con J por su impaciencia respecto a que ella no estuviera dispuesta a tener relaciones sexuales y porque no aportara más ingresos a la economía doméstica. Le recordé que la aparente impaciencia de J surgía sólo tras muchos años de tolerar las limitaciones de Sarah y su propia deprivación a causa de ellas.

Elaboré con Sarah su propuesta de defensa de la tesis y le ofrecí pequeñas sugerencias editoriales a la misma, además de discutir sobre cuestiones sustantivas. A veces el contenido de esas cuestiones encajaba con el contenido de cuestiones y conflictos emocionalmente importantes en la vida de Sarah que habían sido el foco de un considerable trabajo analítico. En esos casos, la exploración analítica emergía como por casualidad a partir de lo que comenzaba como una conversación con sabor “extra-analítico”. Cuando tuvo un problema importante con un miembro del cuerpo docente que se mostraba o extremadamente crítico o alejado de ella, le hice saber a Sarah que me había llegado, de una fuente totalmente independiente, que él era así. Tras una serie de decepciones, un miembro del cuerpo docente respondió con mucho entusiasmo a un borrador de su propuesta de defensa y accedió a presidir el tribunal. Sarah me llamó inmediatamente para darme estas noticias, e intercambiamos algunos mensajes telefónicos con gran expresión de alivio.

Con el tiempo, trabajé duro con Sarah de muchas maneras para ayudarla a superar su alcoholismo, una adicción implacable durante treinta años. Mi implicación incluía, entre otras cosas, lo siguiente: interpretar la bebida –en este caso, en realidad siguiendo una pista de Sarah- como una repetición en la que ella abusaba de su cuerpo, forzándolo a ingerir una sustancia tóxica, al tiempo que mantenía la ilusión de que el alcohol significaba únicamente una vía de escape de la incidencia del mundo externo; investigar y sugerir programas de tratamiento para alcohólicos; trabajar con Sarah tras su finalización de un programa de tratamiento internada para ayudarla a cambiar la decisión de una compañía de seguros de declinar su solicitud de reembolso; etc. Uno de los logros del análisis es que Sarah fuese capaz de entrar en programa de rehabilitación con internamiento para alcohólicos tras seis años de análisis y de comenzar un periodo continuado, que ya dura más de cuatro años, en el que no ha tomado una sola copa. Ha coincidido repetidamente en que esto supone un enorme logro para ella, que le requiere un esfuerzo diario, y siempre agradece cuando le reconozco su magnitud.

 

Reflexión crítica sobre las “mejores intenciones” del analista: la desintoxicación de la influencia y el deseo

Es importante, por supuesto, no asumir nunca que cualquier participación de este tipo se absorberá como simplemente buena, o como contribuyendo a una experiencia buena, promotora del crecimiento, en lugar de a un escenario relacional dañino con orígenes en el pasado. Es imperativo que el analista haga un esfuerzo especial por escuchar la experiencia que el paciente tiene de su implicación, especialmente cuando esa experiencia puede divergir de lo que el analista cree que ha sido su intención. Un factor importante que ha favorecido la ascensión del significado beneficioso de mi participación en el trabajo con Sarah ha sido la interpretación de los significados malignos siempre que he sido capaz de detectar que emergían en la experiencia de la paciente manifestados en sueños o en otras asociaciones. Este aspecto del trabajo tiene el potencial de favorecer la reflexión crítica sobre la ecuación que persiste entre los modos patogénicos de interacción en la infancia y ciertas interacciones actuales. Tal reflexión puede revelar puntos de semejanza entre los dos que explican el fracaso en diferenciarlos, al mismo tiempo que invita a la consideración de las posibles diferencias. En efecto, el objetivo es lograr la diferenciación en el contexto de ciertos elementos de semejanza.

Este enfoque desentierra la noción de experiencia correctiva pero sólo trasplantándola de un marco objetivista, en el cual el analista supone saber lo que el paciente necesita y qué hacer exactamente para proveerlo de ello, a un marco constructivista en el cual lo que el paciente necesita y lo que el analista hace está caracterizado por la ambigüedad y la incertidumbre, y en el cual el potencial para la puesta en acto de experiencias patogénicas del pasado siempre está presente junto con el potencial para la nueva experiencia. El excesivo afán por ser el objeto bueno puede impedir al analista ver los múltiples significados conscientes e inconscientes que su participación podría tener para el paciente, así como para sí mismo.

Intermitentemente, Sarah sentía que el trabajo analítico, o alguna acción en el mundo que lógicamente seguía a ese trabajo, era demasiado para ella. Si bien a menudo parecían importantes esos momentos en que yo retrocedía en términos de transmitirle cualquier tipo de expectativa o presión, también era importante reconocer el elemento de alivio que estaba invadiendo y modelando la experiencia actual. Ciertas frases llegaron a resultarnos familiares, tales como “es demasiado pronto” y “aún no estoy preparada”, aplicables a la experiencia infantil de abuso sexual y transferidas reflexivamente a la situación actual.

A veces la postergación de la paciente parecía suponer un tipo de obstinación que provocaba mi frustración e impaciencia, lo que, a su vez, acentuaba la posición pasiva de la paciente. En general, la agresión de Sarah a veces encontraba expresión en una especie de retención pasiva, tranquila que era más o menos evocadora, creando puestas en acto más o menos “calientes” o “frías”, dependiendo de la seriedad de la cuestión y de la medida en que mis propios intereses se veían afectados. En un período, Sarah estaba ocultándole a su marido el número de veces que nos veíamos en la semana y el costo total mensual de su análisis. Me sentí atrapado en una puesta en acto caliente en la que el trabajo analítico se convirtió en una especie de asunto clandestino. El subterfugio de Sarah también era poco práctico a largo plazo, puesto que el pago de los honorarios requería el acuerdo y la participación de su marido. Hubo sesiones en este período en que mi voz, al enfrentarme a la paciente, sonó severa e incluso enfadada. Sarah, a su vez, hablaba categóricamente y un poco enfadada en defensa de su posición: “Mire, voy a hablarle de ello. Sólo que ahora no puedo. Tengo muchas cosas entre manos. Mi fibromialgia está ahora fatal. Tengo mucha presión en el trabajo”, etc. Le recordé su sentimiento de desesperación cuando sentía que estaba en peligro de perderme si no ponía todo al descubierto, pero sentía que no podía hacerlo porque temía que su marido se opusiera con enojo a que gastara tanto dinero en el análisis. Sin embargo, Sarah también apreciaba el  pobre criterio por el que ocultaba la información, así como la naturaleza insostenible de la posición en la que me colocaba a mí.

En una sesión importante, Sarah reveló, en consonancia con sus considerables capacidades y valor como analizanda, que se había dado cuenta de un cierto elemento de placer en el poder que estaba ejerciendo al oponerse a mí, aun cuando fuera destructivo para ella a largo plazo. En un momento dado, dijo “De repente pensé que sentí que realmente se preocupaba y entonces pensé que eso significaba que yo tenía el poder de hacer que Vd. sintiera cosas. En un sentido, me reaseguró y me calmó, pero al mismo tiempo hizo salir una vena mezquina, malvada, porque pensé: “¡Dios, ahora puedo controlarlo siendo realmente jodida!”. Incluso describió el placer como “sádico”, un sentimiento que había sido capaz de identificar en conexión con otros ejemplos de oposición pasiva a mis expectativas. Con ese insight y con reflexión crítica sobre el sentimiento recurrente de “ser prematuro” a  la hora de llevar a cabo una acción difícil, la paciente fue capaz de superar la construcción de que la estaba empujando, insensiblemente, a actuar prácticamente contra su voluntad, y de reemplazar esa construcción con el sentimiento de que probablemente estaba animándola a actuar con su propio criterio de que necesitaba ocuparse de algo en su trabajo o en su vida amorosa.

¿Qué permitió a Sarah escapar de su puesta en acto reflexionando sobre la investidura que hacía de ella, su propia búsqueda de venganza masoquista? Mencioné el considerable valor de Sarah y su capacidad como analizanda así como las fuerzas que traía al trabajo analítico antes incluso de que comenzáramos. Pero, ¿hay alguna contribución por parte del analista? ¿Había hecho yo algo para aumentar la probabilidad de que Sarah alcanzase ese nivel de reflexión?

Diría que es un error buscar una respuesta a esa cuestión sólo examinando los detalles de mi interacción con Sarah en esa sesión en concreto, aun cuando algunos de los aspectos de la misma pudieran ser relevantes. El corazón de la respuesta reside, más bien, en la cualidad de la relación como un todo que se había construido con el tiempo, y que había tenido un lugar en la mente de Sarah junto con la organización sadomasoquista de la experiencia que tenía de sí misma y de mí. Esa otra cualidad de la realidad -la que suponía un respeto mutuo y la percepción de mí como una persona y un analista que se preocupaba por el bienestar de Sarah y por la realización de sus potenciales como sujeto agente en el mundo- esa otra cualidad de la relación era incompatible con la organización sadomasoquista, y fue creciendo lentamente en términos de su fiabilidad y de su atractivo. Potencialmente, en un momento dado, era un modo de ser que Sara podía elegir a costa de los placeres, la seguridad, y la conexión con su padre que le ofrecía el patrón sadomasoquista.

La secuencia causal descrita aquí es decididamente no lineal (cf. Seligman, 2005). Surgió del sentimiento de Sarah de disonancia entre la acalorada puesta en acto en la que estábamos atrapados y otras construcciones en su mente, de mí, de ella misma, y de nosotros dos en relación, que se fueron volviendo más convincentes y poderosas con el tiempo.  La intensificación de esas otras construcciones nació, como ya he dicho, de innumerables acciones de todo tipo que acumulativamente fomentaron un sentimiento de mí como disponible en varios sentidos, y como interesado en los muchos potenciales de Sarah. El total de la relación incluía un sentimiento de posibilidad, un sentimiento de lo que era imaginable que emergiera a partir de la suma total de lo que habíamos hecho juntos, pero que también podía ir más allá.

En consonancia con la importancia de estar implicado de muchos modos diferentes, el trabajo duro con las puestas en acto de la transferencia-contratransferencia, tal como el que he descrito, se complementó en otras ocasiones cuando yo no sólo no retrocedía, sino que incluso consentía alegremente el llamamiento de la paciente de un aplazamiento, un descanso, una retirada regresiva. Dicha indulgencia era posible, por supuesto, sólo cuando los temas no eran especialmente urgentes. Sarah quería a veces imaginar estar acurrucada, con mi “consentimiento” en un hueco similar a un nido que había bajo mi diván, donde podía descansar o dormir. Tras una serie de sueños difíciles, de pesadillas, Sarah preguntó alegremente si yo podía prevenir de algún modo  que le sucediera la noche siguiente, y yo, a mi vez, jugué con la idea de tener una autoridad mágica ofreciendo sugestiones de tipo hipnótico –para la diversión de Sarah- al efecto de que no tuviera sueños malos esa noche, o por lo menos ninguno que pudiera recordar. Dicho juego era también interpretativo implícitamente, puesto que aludía a un deseo que yo, por supuesto, no tenía el poder de gratificar en un sentido literal. En el juego, yo transmití mi sentimiento de que la paciente merecía algún descanso e indulgencia, algún escape de la devoción demasiado religiosa a una ética del trabajo analítico, al mismo tiempo que desplegaba, mediante la acción irónica, lo que no era realmente posible.

Liberarse relativamente de un tipo de puesta en acto mediante una combinación de trabajo interpretativo y otras acciones a veces sumerge al analista en otro tipo de puesta en acto. La indulgencia alegre que describo llegó a ser vivida como seductora. En general, una perspectiva relacional que fomente el esfuerzo por ofrecer experiencia correctiva puede tener un mayor potencial de ser vivida en las líneas de seducción y abandono que los enfoques más tradicionales (Davies, 2005; Hoffman, 2001).[2] Ni la frecuencia ni la calidad de mis gestos de cuidado eran inmunes al posible significado para Sarah de que mi motivo último era controlarla, asegurar su sentimiento de deuda conmigo, esclavizarla, tal vez incluso sádicamente para provocar su vulnerabilidad de modo de disfrutar teniendo el poder de decepcionarla e incluso torturarla.

Como ya he dicho, un objetivo crucial del análisis de Sarah podría formularse como la desintoxicación y la reconstrucción del deseo, tanto el suyo como el del otro tal como ella lo percibe. Dicha desintoxicación requiere, en efecto, un movimiento en la paciente de una actitud esencialista u objetivista a  otra constructivista o hermenéutica hacia el deseo como tal. En la actitud esencialista, el deseo del otro, del agresor, en virtud del factor del interés “implacable” (Winnicott, 1958) que debe incluir, se vive automáticamente como anulador de la propia subjetividad y el sentimiento de ser sujeto agente. Al mismo tiempo, el propio deseo, en la medida en que está marcado por cualquier apetito del ejercicio de poder del otro, se vive automáticamente como manipulador de un modo que, irónicamente, puede anular también la subjetividad y la capacidad agente del otro.

Por el contrario, en la perspectiva constructivista o hermenéutica, el deseo se vive como ambiguo y heterogéneo, dando lugar a diferentes significados y formas dependiendo del contexto, y teniendo al menos la potencialidad de ser mutuo, apasionado, amoroso, alegre y vitalizante. La desintoxicación del deseo requiere en último lugar, por una parte, la debilitación de una organización dicotómica en la cual el deseo de una persona excluye al de la otra, y, por otra parte, el fortalecimiento de una organización dialéctica en la que los deseos de uno mismo y del otro se vean como creados conjuntamente y se aumenten mutuamente el uno al otro. Si a Sarah le parecía que mi deseo era que ella llamase a la clínica de fibromialgia, o que encontrara alguien para su tribunal de tesis, o que negociase algo con su marido, tenía que superar la visión reduccionista –que también le apetecía-  de que yo era esencialmente el que quería esas cosas únicamente para satisfacer mi necesidad de sentirme poderoso, mientras que ella era esencialmente la única cuyo único propósito era servir a esa necesidad. Tenía que considerar, en cambio –en un espíritu implícitamente constructivista- que mi deseo y el suyo probablemente abarcaran múltiples posibilidades emergentes y con una interrelación ambigua, que interactuaban y se modelaban entre sí. En ese modelo, mi deseo de influir se mezclaba con la receptividad, y la receptividad de Sarah se mezclaba con un deseo de influir. La compulsión a la repetición en general podría entenderse como un reflejo del poder de un esencialismo cargado emocionalmente que infecta el sentimiento propio de uno mismo y del mundo, mientras que la emergencia de una nueva experiencia correctiva podría entenderse como un reflejo de la ascendencia de una actitud constructivista hacia ambos sentimientos.

Todo esto entra en el contexto de la mortalidad humana, que confiere a todo lo que sucede un tipo de carga especial y un tipo especial de urgencia. El psicoanálisis, como cualquier tarea humana, es un proyecto limitado en el tiempo. Lo que debe lograrse debe lograrse a tiempo para hacer una diferencia, y el tiempo pasa incesantemente. Cualquier presión sobre Sarah para que ejerciera su voluntad de crearse una vida mejor continuaba en el contexto de su versión de negación de la muerte (Becker, 1973; Hoffman, 1998, 2000), una negación cargada de un profundo sentimiento de que había sido estafada y expulsada de una época de la infancia en la que los otros asumían  concienzudamente la responsabilidad de su bienestar.  Se sentía con derecho, comprensiblemente a un tiempo compensatorio en el que no se le metiera prisa ni se la presionara para asumir la responsabilidad de su propia vida. Pero, sin embargo, por más que sus justas afirmaciones podrían haber estado hipotéticamente en una “corte cósmica”, en realidad estaba de hecho bajo la presión de su edad y su mortalidad. No tenía otra elección que hacer lo máximo posible con el tiempo que se le había dejado, con los recursos de que disponía y con la historia irreversible y psicológicamente dañina que arrastraba.

 

El poder del cuidado psicoanalítico

Ahora volveré brevemente al episodio con el que comenzaba.

Un día del verano pasado, cuando hice la pregunta que ya nos era familiar, es decir si Sarah había llamado a la clínica de fibromialgia, exclamó con entusiasmo: “¡Sí! Llamé. Tienen toda una teoría al respecto. Dicen que en un alto porcentaje de casos hay una infección de levadura subyacente que puede ser curada mediante una dieta especial y recomiendan un libro con los detalles de la dieta. Creo que voy a probarlo”.

Mientras escribo esto aún está por ver cómo le irá a Sarah con esta dieta. Pero esta interacción entre ella y yo es uno de los innumerables encuentros que probablemente han contribuido algo a que ella sea capaz de cambiar y crecer en el curso de su análisis, y de usarme como un objeto relativamente bueno al servicio de ese proyecto. Un aspecto de ese uso que hace de mí, independientemente del resultado del tratamiento de la fibromialgia,  bien puede ser el incremento en la convicción de la paciente de que me preocupo de ella, como se refleja en el hecho de que la tenga en mente fuera de las sesiones. El proceso en este caso ejemplifica su absorción de algo útil de mí en lo que podría llamarse un modo psicoanalíticamente no accidentado,, -es decir, sin un trabajo explícito sobre la posibilidad de la puesta en acto en la transferencia-contratransferencia. Bien puede ser, sin embargo, que en este tipo de “puesta en acto relativamente fría”, una hebra no verbal, incluso no formulada (Stern, 1997) de desintoxicar la reflexión acompañara todo el episodio, de modo que su organización potencial en la línea de la dominación del analista y la sumisión dócil del paciente nunca llegase a cristalizar totalmente. De forma similar, la seducción potencial de mi implicación y sus peligros puede haberse visto disminuida a causa de la exploración de ese tema en otros contextos.

Cuando Sarah replica tan animada “¡Sí! Llamé”, creo que hay razones para creer que está siendo tanto receptiva conmigo, incluso que se alegra de saber que me alegraré, como siendo capaz de encontrar su propia voluntad en el hecho de hacer la llamada y su satisfacción personal en hacer algo en favor de su salud.  De hecho, pienso que su voz, un poco excitada, bien podría haber expresado su sentimiento de logro por no permitir mi sugerencia de que hiciese la llamada ni de impedir que la hiciera, o de forzarla a hacerlo sin ganas, dócilmente. En cambio, encontró un modo de hacer la llamada por sí misma, al mismo tiempo que también estaba siendo indiscutiblemente receptiva a mi sugerencia. Esa emergencia en Sarah de un nuevo nivel de integración de la receptividad y la autoexpresión es, nuevamente, creo yo, una función del total de nuestra relación, un nuevo sentimiento internalizado del self y el otro, más que una respuesta a una intervención concreta. La condición previa para este nuevo nivel de integración es una diferenciación progresiva de la coerción y la influencia, por una parte, y de la docilidad y la receptividad por la otra. Al final, la autonomía y la receptividad creativa emergen como complementarias, en lugar de como mutuamente exclusivas.

El hecho de que parezco preocuparme y tenerla en mente le importa a Sarah de un modo especial que proviene del hecho de que soy su analista. Como tal, tengo un poder que deriva de mi papel dentro del ritual del proceso psicoanalítico. El ritual es un sistema para favorecer una relación objetal en la que es probable que los analistas sean idealizados y adquieran un cierto grado de poder que probablemente no tengan fuera de la situación analítica (Hoffman, 1998).No se requiere ninguna conducta peculiar, enigmática, por parte del analista para que se convierta en un imán de lo que Freud llamó la transferencia positiva inobjetable, que refleja el anhelo del paciente del padre omnisciente y omnipotente, es decir, no se requiere ninguna conducta peculiar, enigmática, más que la que automáticamente acompaña al papel del analista que, con seguridad, ya es suficientemente peculiar.

En la situación analítica, una persona, el paciente, acude repetidamente a otra, el analista, en busca de ayuda. Sucede así cien veces, quinientas, ¡mil veces seguidas! Prácticamente nunca sucede de otro modo. Hay interludios en los que los roles pueden revertirse, pero llaman la atención precisamente porque son la excepción a la regla. Encima, lo que sucede en la sesión analítica, la forma real de la ayuda que se ofrece, promueve aún más la idealización del analista porque éste está, en ciertos aspectos importantes, subordinando su deseo y expresión personal en favor de los intereses del paciente a largo plazo. No es fácil encontrar en el mundo una presencia así, si es que es posible. Y aún más, todo esto no sería un catalizador para la idealización si no fuera por el hecho de que nuestros pacientes (y nosotros mismos cuando somos los pacientes) están hambrientos de un apego como éste.

 

La única pega: el lado oscuro del marco

Por supuesto, hay algunas pegas. En primer lugar, no es probable que el analista haga esto a cambio de nada. El tipo especial de disponibilidad que ofrece a menudo es a cambio de dinero; una cantidad de dinero por sesión, por mes, por año, por década. ¿Qué tipo de interés, qué tipo de cuidado, qué tipo de amor es ese que se ofrece a cambio de otra compensación? Cualquiera que sea la respuesta a esta pregunta ciertamente no es obvia.

Pero es probable que el interés del analista no se detenga aquí. Lo primero de todo, probablemente existe una motivación reparadora. Racker (1968) sugiere que el paciente tiene razón, desde el principio, para pensar en el analista como el que ha elegido esta línea de trabajo para expiar crímenes y fracasos del pasado.  Además de esa motivación (que, después de todo podría considerarse como relativamente benigna), el analista también podría verse como alguien que ha encontrado un modo relativamente seguro y bien disimulado de satisfacer varias necesidades relacionales y narcisistas, un conjunto de motivaciones que yo he identificado y discutido en otra parte como aspectos del “lado oscuro” potencialmente explotador del marco analítico (Hoffman, 1998, pp. 223-224).

Estos aspectos del marco no son realidades dadas, objetivas, más de lo que  son los aspectos que promueven la idealización inherente a la transferencia positiva inobjetable. Tienen el estatus de potenciales incorporados a una situación irreduciblemente ambigua. Permítanme que me apresure a añadir que muchas cosas son objetivamente ciertas aquí, por ejemplo que muchos aspectos de la situación, incluyendo las motivaciones del analista, son en realidad ambiguos y están abiertos a múltiples interpretaciones posibles, y también, más concretamente, que entre el conjunto de interpretaciones que podrían ser consideradas buenas o plausibles están aquellas que yo mencionaba, tanto de la idealización de apoyo como del apoyo al escepticismo o incluso el cinismo del paciente acerca de las motivaciones del analista.

Por decirlo de otro modo, es el caso objetivamente de que la ambigüedad de la situación analítica se presta a ser construida tanto ofreciendo oportunidades para una nueva experiencia como ofreciendo oportunidades para la repetición de viejos patrones relacionales. Ni la transferencia positiva inobjetable y la posible experiencia correctiva asociada a la misma, ni la compulsión a la repetición derivan totalmente de lo que el paciente trae como una función de su pasado y su estructura interna. Derivan más bien de la combinación –a mi me gusta decir del apareamiento- de esos factores internos y los potenciales ambiguos inherentes al contrato analítico.

Aquí hay terrenos fértiles para un cierto tipo de “guerra”, si bien diferente de la batalla que Freud (1914) tenía en mente en su discusión de la transferencia, que ubicaba totalmente la compulsión a la repetición en el paciente y el interés en el cambio totalmente en el analista. Ahora recae en el analista, junto con el paciente, la responsabilidad de luchar porque ocurra algo que el paciente sienta como real y que permanezca como correctivo para las influencias patogénicas del pasado (cf. Davies y Frawley, 1994; Hoffman, 2006).

 

Contra toda desigualdad

Las desigualdades, diría yo, a menudo están en nuestra contra. Además de los motivos egoístas que es plausible atribuir al analista como un aspecto integral de su elección de dedicarse a esto, están todas las reacciones contratransferenciales complementarias concretas, tanto “pensamientos” momentáneos como “posiciones” más perdurables, por usar los términos de Racker (1968), que son provocados por las transferencias del paciente. Provocados, por cierto, no significa forzados a emerger, sino simplemente promovidos o animados. Tiene que existir cierta estructura en la mente del analista, alguna predisposición a responder a ciertas provocaciones, a permitir la construcción conjunta de una puesta en acto transferencial-contratransferencial. Sin embargo, la influencia de los objetos malos del pasado sobre la organización total de la experiencia del paciente y sobre su adaptación a la situación analítica es enorme. Esa influencia fue absorbida en la infancia antes de que la persona fuera lo suficientemente mayor para pensar críticamente y antes de que pudiera considerar que los padres no eran semejantes a dioses omnipotentes u omniscientes, sino que eran seres humanos altamente falibles y posiblemente seriamente disminuidos.  Para el analista y el paciente es una tarea de enormes proporciones superar esas experiencias formativas y crear nuevos fundamentos para vivir cuando  hay tanto y tan destructivo profundamente arraigado.

El legado de la infancia de Sarah incluía una organización sadomasoquista del deseo vinculada al padre, una altamente cargada y magnética, y otra a la que no podía renunciar fácilmente a pesar de estar mortificada por ella. La tarea era aún más ardua considerando el lado oscuro del marco, mi propia susceptibilidad como analista ante reacciones contratransferenciales concretas, y las complicaciones que surgían de los traumas esenciales a la condición humana que se acumulan simplemente con el paso del tiempo. Sarah se sentía oprimida, como ya he indicado, por su propia edad. A prometedores desarrollos y logros les seguían con frecuencia intensos ataques  de profundo lamento por el tiempo que sentía que había perdido, ataques que a veces parecían poner en peligro el valor de lo que con tanto esfuerzo había logrado.

Todos estos factores perjudiciales abogan porque se hagan esfuerzos imaginativos, concertados, para ofrecer al paciente la oportunidad de una versión constructivista de las experiencias correctivas. Eso no significa “cuanto más, mejor” ni nada en concreto, sino más bien un esfuerzo por lograr un equilibrio óptimo entre muchas cosas. El esfuerzo incluiría, por ejemplo, buscar un interjuego lo más rico posible dialécticamente entre las puestas en acto, por una parte, y los gestos y acciones de cuidado que no están necesariamente sujetas a un escrutinio analítico explícito, por otra. En el caso de Sarah, el resultado final tenía que ser el desarrollo de una forma de relación que pudiera aprender a disfrutar y con la que pudiera aprender a contar lo suficiente como para que pudiera competir con, y en último lugar reemplazar el paradigma sadomasoquista  en que ella estaba atrapada.

Algunas críticas recientes a las perspectivas relacionales incluyen la preocupación de que el analista puede ser demasiado rápido gratificando al paciente para escapar de la posición de objeto malo. Gerhardt, Sweetnam y Borton (2000) comenta que

Según Cooper y Levit (1998) una diferencia entre las relaciones objetales británicas y la escuela relacional americana es que esta última recurre con más rapidez a provocar una nueva experiencia objetal –en términos de su importancia teórica y de su papel en la práctica clínica- que a soportar el papel de objeto malo, como sugiere la teoría de Fairbairn [p. 25].

Creo que puede haber algo de cierto en esta diferencia en el sentido de que ningún enfoque puede favorecer todo por igual. Un enfoque puede provocar con más probabilidad que otro unos estados afectivos determinados. Parte de lo que estoy diciendo tiene un precursor en la visión de Stone (1961) de la situación analítica clásica. Puesto que el medio de conexión entre paciente y analista está limitado al habla, él veía esta situación como evocadora de la separación y la pérdida más que ofreciendo una presencia nutriente y maternal (p. ej. p. 86). Con ese telón de fondo, él defendía que el analista adoptase una actitud más amistosa, más disponible emocionalmente que la había prevalecido hasta el momento (p. ej. p. 53-56). De forma similar, yo digo que tal vez no necesitemos preocuparnos demasiado por estar seguros de privar al paciente de una relación objetal genuina (Macalpine, 1950; Strachey, 1969) para promover cierta forma de repetición. Hay tanto construido en el contrato analítico y en la condición humana que es profundamente dañino e incluso traumático, tanto que arroja sal en viejas heridas con mucha mayor rapidez de lo que el tiempo puede curarlas, tanto, al mismo tiempo, que alimenta canales humillantemente autodestructivos de estimulación y gratificación, que nuestra resuelta asistencia adicional puede no ser necesaria para que el paciente alivie traumas tempranos. Lo que se requiere, sin embargo, no es simplemente un intento simplista de hacer lo opuesto a lo que se ha internalizado en la infancia, sino un mosaico complejo de múltiples formas de participación y comprensión.

 

El contexto de mi trabajo con Sarah

Antes de intentar transmitir algo más sobre mi trabajo con Sarah mediante notas tomadas durante las dos sesiones, que presentaré con la esperanza de que emerja algo del sabor de la “totalidad”, déjenme hablar un poco más del contexto. El ímpetu inmediato para que Sarah comenzase su análisis (o la terapia analítica; uso ambos términos indistintamente [ver Hoffman, 1998, pp. xiii-xv]) fue una serie de flashbacks durante las relaciones sexuales con su marido, en las que sentía que estaba aliviando una experiencia infantil de abuso sexual. Aunque su recuerdo de estas experiencias había estado ausente o había sido vago, se acumuló una abrumadora evidencia, en un periodo de tiempo más bien corto, de que Sarah probablemente había sufrido abusos sexuales por parte de su padre de un modo continuado, probablemente durante años, aunque no quedaba claro cuándo había comenzado ni cuándo había terminado.

Esa abrumadora evidencia puede tomar muchas formas, que han sido documentadas por Van der Kolk, McFarlane y Weisaeth (1996) y otros que han escrito sobre los supervivientes adultos de abuso sexual durante la infancia. En el caso de Sarah, incluyen lo siguiente: recuerdos de los bordes, espaciales y temporales, de la experiencia de abuso como tal; pesadillas en las que el paciente es brutalmente invadido y atacado, a menudo sexualmente; otros sueños extraordinariamente evocadores y detallados que implican persecución y asalto, a veces sin posibilidad de escape; una fantasía elaborada, recurrente, en la que la paciente imagina, con todo tipo de variaciones, una historia en la un niño sufre una rehabilitación moral bajo los auspicios de una severa autoridad masculina que lo persigue y le da una paliza en las nalgas supuestamente por su bien; escuchar, de niña, la fantasía sadomasoquista recurrente de una amiga en la que una niña es empalada en su vagina con una espada; recuerdos corporales que a menudo suponen un sentimiento de ser atacada físicamente desde atrás, acompañados por un extraño sentimiento de que sus órganos, incluida su vagina, encogen y se repliegan en su interior; momentos de pérdida devastadora de cualquier atisbo de convicción sobre su sentimiento de realidad, incluyendo el preguntarse si algo ha sucedido realmente, aun cuando haya pasado unos minutos antes; varios episodios de alivio en la transferencia; y muchas otras experiencias altamente sugerentes.

Como ya he dicho, tras unos cuatro años de trabajo analítico, Sarah dejó la ciudad y fue necesario continuar el análisis por teléfono. No había otra opción. No sólo no conocía ningún terapeuta analítico en la ciudad a la que Sarah se había mudado, sino que también se había desarrollado una fuerte conexión entre nosotros, y Sarah sentía sin dudarlo que quería continuar. Durante varios años, combinamos los encuentros telefónicos regulares con encuentros ocasionales en persona. La residencia de Sarah estaba a unas cinco horas de coche, y venía unos días cada pocos meses para tener varias sesiones conmigo y al mismo tiempo visitar a sus amigos y encontrarse a veces con miembros del cuerpo docente de la universidad. Finalmente, siguiendo nuevamente a su marido, que había aceptado una nueva posición en un estado distante, Sarah se mudó nuevamente, y se hizo aún más difícil encontrarnos en persona (ver Zalusky, 1998, acerca del análisis por teléfono).

En el cuarto año de análisis, la cobertura del seguro de salud de Sarah cambió y las sesiones analíticas ya no estaban incluidas en la misma. Tuvo que cortar de tres a dos sesiones semanales, e incluso para eso tenía que cobrarle una cantidad muy reducida. Pero encontrarnos dos veces por semana era simplemente demasiado infrecuente, dada la intensidad de los ataques de ansiedad y la depresión de la paciente que suponía un terrible sufrimiento, haciéndole prácticamente imposible funcionar. Para compensar, establecimos un contacto diario de 10 minutos por el cual no le cobraba. Los llamamos “ventanas”. Estos contactos parecían ayudar mucho a prevenir el dolor emocional de la paciente por estar debilitándose. Con el tiempo, sin embargo, las razones originales para las ventanas se hicieron menos relevantes,,, puesto que el estado anímico general de Sarah mejoró sustancialmente y se hizo mucho más estable. Las ventanas siguieron, sin embargo, como una modificación del marco (Hoffman, 2001; Slavin, 2001) que seguía pareciendo muy útil, y parecía que podía ser dañino dejarlas o reducir su frecuencia. En efecto, se convirtieron en parte de nuestra rutina estándar y yo no las sentía como una carga. En general, paradójicamente, el paciente puede “necesitar” precisamente la forma de participación que no parece “esencial”. Pero las ventanas, junto con otros actos de aparente generosidad por mi parte no carecieron de peligros para Sarah. “A veces –dijo- siento que estoy pidiendo demasiado. Cuando Vd. es generoso, me cuida y me escucha, se hace mucho más difícil subsistir, a veces, porque espero que Vd. corte y me siento como si estuviera dando marcha atrás alejándome de Vd., como si fuera mejor cortar yo antes de que lo haga Vd.”.  Sin embargo, el tema de reducir la frecuencia de las ventanas y terminar por dejarlas ha surgido recientemente entre nosotros de un modo más integrado y considerado. Cambiar una rutina que se ha creado como parte del marco “estándar” en un caso determinado requiere un trabajo cuidadoso sobre los pros y los contras y sobre las implicaciones que tendrá en la transferencia y la contratransferencia.

 

El proceso con Sarah

Aquí hay algunas notas sobre las dos sesiones con Sarah que tuvieron lugar más o menos en el noveno año de análisis. Diría que este trabajo tiene lugar en una fase en que ya han cambiado muchas cosas, y parecemos estar en la cúspide del cambio en cuanto a otras cuestiones centrales.

Sesión I: Proceso y comentarios

Sarah comenzó esta sesión expresando su preocupación por la posibilidad de que estuviese enfadado con ella porque se equivocó respecto al horario de la ventana del día anterior. Había llamado una hora antes, dejó un mensaje en el contestador preguntando “¿Dónde está?” y tuve que llamarla más tarde, en el horario establecido. Reconocí que tal vez hubo una irritación momentánea en mi voz. Dijo que no estaba siendo “caprichosa” por eso, pero que a veces le preocupaba de que se estuviera volviendo “un coñazo”. Le pregunté si pensaba que había algo más que estuviera poniendo a prueba mi paciencia. Dijo que pensaba que yo podía estar decepcionado de que ella no le hubiera hecho frente lo suficiente a J en una sesión reciente de terapia de pareja de la que me había hablado, aun cuando ella siente que lo hizo bastante bien. Al final de la sesión de pareja, J. dijo “la próxima vez, deberíamos fijarnos en mi contribución”, lo que Sarah tomó como algo bueno. Pero yo le dije que pensaba que le había permitido hablar demasiado rato, sin defenderse, sobre cómo ella no admitía la culpa de nada. Así que sintió que yo menospreciaba sus esfuerzos.

Narraré un sueño que surgió a mitad de la sesión y algo del intercambio que lo siguió.

Sarah: Sí, sentí, creo, que merecía más crédito. La noche pasada fue mala. Mucho dolor físico. El masajista trabajó en los dos hombros. Estuve cinco horas en el ordenador. No podía dormir por el dolor. Luego tuve sueños de miedo. Tal vez el masajista fue algo rudo y eso contribuyó. Después del sueño, cuando me levanté, sólo quería llorar. En el sueño yo no sabía dónde estaba; tal vez en el lugar donde nací, donde estuve los dos primeros años de vida. Me estaba portando de forma incompetente. Nunca conseguía cumplir las expectativas de otras personas. Creo que se suponía que tenía que recoger a mi hermana pequeña en el aeropuerto pero de algún modo se me olvidó o simplemente no fui. Luego el entorno cambiaba a uno donde había dinosaurios deambulando por todas partes. Te daban caza. Había imágenes de una película que había visto la noche antes en la que había fantasmas en forma de monstruos espantosos que querían comerse el alma de las personas. Tenía el sentimiento, en el sueño, de que no podía manejarlo. Y me levanté pensando que tenía que dar clase hoy y no podía dejar que esos sueños me hundiesen.

Sarah y yo hemos considerado el modo en que sus sueños se reifican y se hacen como objetos sólidos, tóxicos, dentro de su cuerpo, en vez de ser caminos útiles hacia la comprensión. No es que ella no pueda usar los sueños analíticamente una vez que está trabajando con ellos en la sesión. Pero lo que le cuesta hacer es archivarlos hasta el momento de nuestro encuentro. Hemos trabajado con el concepto de postergar en numerosos contextos, como una habilidad para cuyo desarrollo y aplicación ella necesitaba autorización. En el caso de los sueños, su reificación los llevaba a una cualidad física concreta que probablemente estaba siendo eco –casi como un recuerdo corporal- de la experiencia de invasión sexual.

Sarah: El deseo de llorar estaba relacionado con el sueño, también. En el sueño era simplemente horrible que existieran esos monstruos. Era taaaaaaaaaaan horrible y no había lugar seguro. Estas cosas iban simplemente donde querían. Yo sentía: “Dios mío”, era el sentimiento de que no podía hacer nada para escapar.

IZH:     Tal vez el sueño alude a encontrar que, de manera espantosa, ni siquiera estuviera segura conmigo porque yo fui crítico con Vd. cuando esperaba que la hubiese apoyado. Así que parecía que había peligro por todas partes, tal vez un sentimiento de peligro por algo del pasado, algo que pensaba que ya estaba extinguido como los dinosaurios. Y tal vez volvió a donde nació porque este es el lugar en el que está intentando renacer, y resulta que el entorno donde va a renacer es terrible, peligroso. Además, no ha tenido noticia de G [un profesor de su programa de graduado], así que ese es otro lugar que se ha vuelto sorprendentemente amenazador.

Aquí pienso que la posibilidad transferencial no debió pasarse por alto. Me sorprendió que la alusión pareciera ser un aspecto de la transferencia que pareciera tan oscuro en este momento del trabajo. Lo que tenía que superar en ese momento era mi investidura de no ser percibido como todo malo, ni siquiera en el inconsciente de la paciente. No es que estuviera preocupado por no ser considerado angelical, sino más bien que el objeto malo en el imaginario del sueño es uniformemente malévolo, y la paciente está totalmente indefensa. Así que tal vez tenía un poco del sentimiento de “después de todo lo que he hecho por Vd.”, pero también lo reconocí como un peligro en la contratransferencia que podía interferir con lo que yo era capaz de escuchar.

Sarah: Mmmm. Sabe que es cierto que eso solía ser tan dominante, ese sentimiento de que no podía confiar en Vd. porque podía haber estado manipulándome. Era como si estuviera jugando un juego conmigo. Hacía que confiase en Vd. porque eso haría su crueldad mucho más deliciosa para Vd. Creo que aún ahora hay vestigios de eso.

Recuerdo que ella solía hablar de su desconfianza a ese nivel, llegando al punto de atribuirme los motivos más crueles. Siempre era capaz, sin embargo, de tomar cierta distancia de lo actual de su experiencia, de modo que podía hablarme de ello en lugar de verse totalmente atrapada, lo que ha sido parte de por qué la agresión y la contraagresión en la transferencia generalmente han sido suavizadas en el trabajo con Sarah, para mejor o para peor, y mezcladas con un fuerte sentimiento de alianza con respecto a la reflexión analítica crítica. Sin embargo, el sueño de Sarah es otra ilustración del hecho de que ningún esfuerzo por mi parte por ser el objeto bueno, útil, podría asegurar la total evitación de la repetición en la transferencia de una corriente de experiencia sadomasoquista.

 

Sesión 2 (seis semanas después): proceso y comentarios

Sarah:            Bien, ya he sabido algo del Profesor G. ¡Ya puede matarlo! [Se ríe].

El profesor G, a quien antes mencioné, respondió muy favorablemente en un principio al trabajo de licenciatura de Sarah. Le había enviado un resumen de su propuesta. Luego, durante un par de meses, desapareció y permaneció indiferente. Esto fue después que ella le hubiese enviado su propuesta completa, como él solicitó. En una de nuestras ventanas del día anterior, después de que Sarah me dijera que una vez más el profesor G no había respondido a un e-mail que le había enviado, yo había exclamado “¡Lo mataré!” Ella se había reído pero protestó: “No puede matarlo, lo necesito”.

Hasta que no empecé a estudiar esta sesión y escribir sobre ella no se me ocurrió que el que yo dijera “Lo mataré” podía ser percibido fácilmente como peligroso para Sarah de un modo particular. Después de todo, era el retraso de G, su postergación, lo que me irritaba. Al igual que Sarah podía haberse sentido gratificada por mi identificación con ella en su enfado con G, también podía haberse identificado con él como un “colega postergador”, así que bien podía haber sentido, al menos inconscientemente, algo como “le podría pasar a cualquiera”, tal como respondió a mi intento de transmitir un enfado simpatizante con ella.

Sarah: Ahora puede matarlo porque finalmente respondió y dijo que perdió la propuesta y quería que le enviase otra. Sabe, creo que deberían darme un premio por no flipar totalmente con G. ¿Se imagina? ¿Después de tanto tiempo dice que la ha perdido?

Tuve un sueño. Viajaba retrocediendo en el tiempo. La familia y los amigos estaban allí. Estábamos en una especie de mansión. Era muy victoriana y eran muy estrictos con las normas. La gente llevaba grandes collares tipo Elizabeth. Había un gran énfasis en los modales. Había cinco tenedores por cada plato en la mesa, que también tenía candelabros, brocados y terciopelo. Había una atmósfera austera, pero al mismo tiempo era lujosamente decadente. Todo el mundo era muy, muy correcto. Y yo me preguntaba cosas como: “¿Qué hago aquí? ¿Se supone que estoy haciendo esto?”

En la mesa, había un hombre poderoso, un conde, en la cincuentena, afable, educado, agudo. Tenía un especial interés en mí. Eso creaba una fascinación con él. Era algo poderoso. Había una promesa de beneficio para mí si lo dejaba seducirme. Un poco como Pigmalión; él me moldearía. Y yo me siento muy atraída por él. Es muy intenso. Entonces se rompe la escena y de repente estoy en faenas militares. Un poco como los Boinas Verdes. Y el sentimiento que tengo es “tengo que salir de aquí”.

Hay una escena en la que estoy teniendo un ataque. Hay una mujer de mi edad que es totalmente correcta; tiene unos modales totalmente perfectos. Yo rechazo el corsé que se supone que todas las mujeres tenemos que llevar. Y esta mujer está susurrando: “Nos estás traicionando a todas”.

Luego estoy saliendo de este gran edificio. Es una especie de enorme castillo. O tal vez un edificio grande de oficinas. Llevo el traje del catálogo de las fuerzas especiales. Este conde que da tanto miedo nos persigue. Y hay un hombre más joven que me encuentra y va a ayudarme a salir. Si salimos del edificio, tendremos más oportunidad de sobrevivir. Bajamos corriendo las escaleras. Y voy tan rápido que prácticamente vuelo. Y estoy pensando, “¡¡uau, esto es divertido!!” Tengo superpoderes, bajando varios escalones a la vez. Definitivamente sobrehumana. Estoy incluso hablándole a mi amigo de ello, algo así como “¡Eh, mira esto!” [Este es el final de la narración que la paciente hace del sueño].

He estado teniendo unos deseos enormes de ir de compras, pero también quiero dejar de hacer eso. Estoy harta de ver a personas que viven a todo lujo cuando otras tienen tan poco.

El edificio como un castillo de mi sueño me recuerda a mi padre construyendo su “castillo” en el río y su bote para navegar. Todo grandioso. Siempre quise cosas bonitas, pero también siempre me he sentido muy culpable por ello. A mi padre le molestaba cada penique que se gastaba en los niños. Estaba totalmente en su mundo. Sentía que era el único con derecho a lujos.

IZH:     ¿Así que él es el hombre que la moldeará si se somete a él? También es en gran parte como el hombre de la fantasía, por supuesto.

La conexión con la fantasía recurrente (ver más arriba, p. 737) era tan llamativa que quise mencionarla. Por supuesto, también tuve en mente la posibilidad transferencial y esperaba totalmente llegar a eso también. A veces pienso que es bueno tomar nota primero de otros posibles significados latentes de modo que cuando se considere la conexión transferencial, abarque asociaciones más significativas afectivamente. Estaba pensando aquí que sería especialmente eficaz si fuéramos capaces de establecer vínculos entre la figura en el sueño, la figura dominante en la fantasía, el padre y yo.

Sarah: ¡Oh, Dios! ¡¡Por supuesto!! Sí. No puedo creer que no pensara en eso hasta que Vd. lo dijo.

IZH:     ¿De verdad?

Sarah: ¡De verdad! Es sorprendente porque estoy de acuerdo; es como en la fantasía.

Aquí me chocó que esta conexión se le escapara, puesto que es un aspecto prominente de la fantasía. Tras una pausa, continúa:

Sarah: Al bajar corriendo las escaleras en mi sueño, había un sentimiento de euforia total. La mujer que me estaba reprendiendo, susurrando: “nos estás traicionando”, está directamente relacionada con él. Tal vez él sea su tío. De un modo extraño, ella es su proxeneta. Y quiere que sea exactamente como ella. Es formal y correcta, pero extremadamente estilizada.

IZH:     Estoy recordando a sus padres: eran puritanos ante el mundo, pero extremadamente egoístas y autoindulgentes a costa de Vd. Creo que el conde también puede representarme a mí: el analista que quiere que Vd. cambie. Tal vez a veces la asuste con mi intensidad acerca de su relación con G, quiero que haga exactamente lo que yo haría en su lugar, y asustándola con mis reacciones. Esto es muy inconsistente, por supuesto, con una atmósfera analítica “formal”, el que yo sea tan generoso con mis expresiones. Como el decirle ayer sobre G “Lo mataré”.

Sarah:            Sí, creo que sí. Sabe, puede recordarme la rabia asesina de mi padre.

Aquí elaboró un poco. Su padre podía ponerse hecho una furia ante la mínima provocación. La expresión de su rostro, la intensidad de sus gritos, la asustaban. Nunca se disculpaba. La mujer formal y correcta del sueño bien podría representar a la madre de la paciente, a quien ésta veía sólo preocupada por las apariencias, totalmente dedicada a proteger al padre a costa de la paciente y, en el peor de los casos, conspirando con el padre en el abuso sexual. Cuando eran adolescentes, Sarah y una amiga fueron agredidas sexualmente por un hombre en el apartamento de éste. La amiga fue violada; Sarah fue perdonada. Ante la insistencia del oficial de policía, Sarah llamó a casa tras el incidente, dándose cuenta de que por ella no habría considerado hacer nada porque no esperaba una respuesta de apoyo. Su madre respondió al teléfono y, tras escuchar lo que había pasado, preguntó: “¿Estás bien?” Sarah respondió: “Sí”. La madre dijo: “Bien, tu padre está durmiendo y prefiero no despertarlo, así que te veré por la mañana”. Al principio del análisis, la paciente soñó que su madre le sujetaba la cabeza agachada para que ella le hiciera una felación a su padre.

IZH:     Así que parece que Vd. ha estado bastante asustada de mi enfado, tal vez por si surgía en conexión con G, pero también en conexión con que yo tuviera varias expectativas acerca de su vida: cómo relacionarse con J, por ejemplo, de lo que habló en la última sesión. Y tal vez siente, como en el sueño, que habrá una promesa de beneficio para Vd. si se ajusta a mis expectativas.

Merece la pena notar que en este punto no mencioné ni pregunté sobre el sentimiento sexual que aparecía en el sueño. Recordemos que su descripción era: “Había una promesa de beneficio para mí si lo dejaba seducirme. Un poco como Pigmalión; él me moldearía. Y yo me siento muy atraída por él. Es muy intenso.” Creo que aquí había una evitación contratransferencial de ese aspecto de la transferencia. Tenía el sentimiento de que en este momento soportar el vínculo habría sido demasiado para ella, que le había asustado la posibilidad de mi interés en él, etc. Mi idea es que la evitación combinaba cierto grado de sabiduría con cierto grado de colusión desafortunada para que la paciente evitara el tema. Déjenme añadir que, en mi trabajo con Sarah, habían aparecido algunos sueños y otras experiencias con contenido sexual que habíamos entendido que tenían que ver con su relación conmigo, así que el tema ha sido abordado directamente, pero no con frecuencia ni de un modo consistente.

IZH:     Pero es bueno que, para variar, Vd. tenga una ruta clara para escapar de su persecución, y un poder especial, así como un hombre allí para ayudarla. Tanto el poder como la ayuda son muy diferentes de aquellos sueños, o incluso de la fantasía, en la que está totalmente a su merced y no tiene modo (Vd. o el niño de su fantasía) de salir. De modo que pienso que hay cosas nuevas, muy prometedoras, en el sueño. Sabe, por supuesto, que me gusta pensar que no sólo estoy representado por el conde, sino también por el chico que es el amigo que la ayuda a salir.

Sarah: Sí, ¡estoy segura de que así es! [Se ríe] Sabe, la huída era realmente divertida. Esos vestidos del tipo del que llevaba en el sueño pesan 20 libras, pero yo tenía una libertad total de movimientos. Y realmente sentía mi poder y que ese hombre era un compañero que me estaba ayudando. Sí, todo era al contrario que en los sueños en los que estoy totalmente atrapada, impotente y sola.

La presencia en el sueño del objeto persecutorio y el objeto benevolente, junto con los poderes especiales de la paciente para escapar del primero, dice bastante. Representa la superación no sólo del poder del opresor visto  aisladamente, por supuesto, sino también su propio deseo de perpetuar la forma de conexión sadomasoquista con su padre y conmigo. El sueño refleja el descubrimiento de un nuevo tipo de placer en el que la paciente disfruta de su propio poder (como un niño que aprende a andar) en el contexto de que ese poder es apreciado por otra persona, un hombre que está de su parte. El hombre más joven probablemente me representa a mí en cierto modo, al mismo tiempo que su presencia puede reflejar un deseo de retroceder en el tiempo, de modo que su poder recién descubierto estuviera disponible para ella en su relación con un hombre más joven. El sentimiento de poder recién logrado es vivido de muchos modos en la relación analítica, incluyendo que la paciente encuentre el valor, a veces para poner a prueba sus alas oponiéndose a mí abierta y explícitamente.

 

El objetivismo de la compulsión a la repetición y el constructivismo de la experiencia correctiva

Con relación a la repetición y la nueva experiencia, nuestro esfuerzo siempre es por superar la tendencia del paciente a repetir viejos modos de ser arraigados y abrir nuevas posibilidades. Creo que en un sentido genérico, el cambio al que aspiramos podría ser formulado como un cambio que facilite el movimiento del paciente desde un modo de vivir objetivista a un modo constructivista. En el modo objetivista, el paciente siente que hay modos específicos, necesarios, de organizar su experiencia y las acciones que emanan de ella. En la transferencia hay una especie de absolutismo, como para decir: “Esta es la esencia de quien eres, y esta es la esencia de quien soy; no hay ambigüedad y no hay opciones”. Al final, esperamos que nuestros pacientes sean capaces de adoptar una actitud constructivista en la que se vuelvan reflexivos sobre su modo de ser, con nosotros y con los otros, y reconozcan la ambigüedad de su experiencia y su apertura, en principio, a infinitas construcciones posibles tanto para lo que se ha supuesto hasta un momento determinado como para lo que ofrece en el sentido de bases para la acción futura.

El absolutismo inherente a la transferencia es perjudicial; atribuye significados concretos a conductas que realmente son ambiguas en términos de significado y que, en cualquier caso, mediante la reflexión y la indagación, puede revelar tener distintos significados sutiles que los que el prejuicio dicta. Algo que el analista dice o hace, por ejemplo, puede “hacer sonar una campana” y por tanto evocar una organización total, altamente restrictiva, de la organización self-otro en el que no se diferencian pasado y presente. El paciente está investido en la repetición subsiguiente porque es familiar, porque contiene el potencial de gratificaciones a largo plazo, y porque es más segura que esperar algo mejor y permanecer abierto a la posibilidad de la dolorosa –incluso traumática- decepción.

La alternativa al esencialismo de la compulsión a la repetición y de la transferencia neurótica –la alternativa constructivista que restaura, o establece por vez primera, el estatus del paciente como sujeto agente, como sujeto con iniciativa y con el poder de moldear la calidad de su vida en el contexto de la receptividad hacia los otros- no es una que el paciente sea capaz de adoptar ambivalentemente. En general, ser un agente creativo y apreciar plenamente las propias responsabilidades como fuente de influencia sobre el mundo, como sugirió Rank (1945), es una posición que los seres humanos muy probablemente esquivan a causa del puro terror ante la perspectiva de ser totalmente dueños de sus vidas. Además, están todas las razones concretas, como hemos señalado anteriormente, que hacen difícil que el paciente renuncie a los “placeres” seguros y a los apegos “seguros” del pasado (aun cuando sean destructivos) en favor de la promesa incierta de recompensas relativamente desconocidas, ahora y en el futuro. Para intentar recorrer la distancia de lo viejo a lo nuevo, el paciente puede requerir que el analista se vea envuelto en los patrones relacionales antiguos –o al menos se haga una idea de ellos- y luche con él para debilitar su poder y hacer que los deje atrás. En consonancia con los amplios trabajos de muchos teóricos relacionales contemporáneos, en dicha secuencia, la aparente repetición se convierte, paradójicamente, en un fundamento para la reflexión crítica, para la exploración de potenciales latentes, y para el despertar gradual y la construcción de nuevos modos de ser en la relación y en el mundo.

 

Bibliografía

Becker, E. (1973). The Denial of Death. New York: Free Press.

Benjamin, J. (1988). The Bonds of Love: Psychoanalysis, Feminism, and the Problem of Domination. New York: Pantheon Books.

Bromberg, P M. (2001). Standing in the Spaces: Clinical Process, Trauma, and Dissociation. Hillsdale, NJ: Analytic Press.

Cooper, A. (1988). Our changing views of the therapeutic action of psy­choanalysis: comparing Strachey and Loewald. Psychoanal. Q., 57:15-27.

Cooper, S. & Levit, D. (1998). Old and new objects in Fairbairnian and American relational theory. Psychoanal. Dialogues, 8:603-624.

Davies, J. M. (1998). Thoughts on the nature of desires: the ambiguous, the transitional, and the poetic: reply to commentaries. Psychoanal. Dia­logues, 8:805-823.

--- (2005). Transformations of desire and despair: reflections on the termination process from a relational perspective. Psychoanal. Dialogues, 15779-805.

Davies, J. M. & Frawley, M. G. (1994). Treating the Adult Survivor of Child­hood Sexual Abuse. New York: Basic Books.

Ehrenberg, D. B. (1992). The Intimate Edge: Extending the Reach of Psycho­analytic Interaction. New York/London: Norton.

Freud, S. (1914). Remembering, repeating, and working through. S. E., 12:145-156.

Gerhardt, J., Sweetnam, A. & Borton, L. (2000). The intersubjective turn in Psychoanalysis: a comparison of contemporary theorists: Part I: Jes­sica Benjamin. Psychoanal. Dialogues, 10:5-42.

Gill, M. M. (1976). Metapsychology is not psychology. In Psychology versus Metapsychology, ed. M. M. Gill & P. S. Holzman. New York: Int. Univ. Press, pp. 71-105.

Hoffman, I. Z. (1994). Dialectical thinking and therapeutic action in the psychoanalytic process. Psychoanal. Q, 63:187-218.

--- (1998). Ritual and Spontaneity in the Psychoanalytic Process: A Dia­lectical-Constructivist View. Hillsdale, NJ: Analytic Press.

--- (2000). At death's door: therapists and patients as agents. Psycho­anal. Dialogues, 10:823-846.

--- (2001). Reply to reviews by M. Slavin, R. Stein, and D. B. Stern. Psychoanal. Dialogues, 11:469-497.

--- (2006). The myths of free association and the potentials of the ana­lytic relationship. Int. j Psychoanal., 87:43-61.

Kern, J. W. (1987). Transference neurosis as a waking dream: notes on a clinical enigma. J. Amer. Psychoanal. Assn., 35:337-366

Loewald, H. (1960). On the therapeutic action of psychoanalysis. In Papers on Psychoanalysis. New Haven, CT: Yale Univ. Press, I 98o, pp. 221-256. MACALPINE, I. (1950). The development of the transference. Psychoanal. Q., 19:501-539.

Racker, H. (1968). Transference and Countertransference. New York: Int. Univ. Press.

Rank, O. (1945). Will Therapy and Truth and Reality, trans. J. Taft. New York: Alfred A. Knopf.

Schafer, R. (1985). The interpretation of psychic reality, developmental influences, and unconscious communication. J. Amer. Psychoanal. Assoc., 33-537-554

Seligman, S. (2005). Dynamic systems theories as a metaframework for psychoanalysis. Psychoanal. Dialogues, 15:285-319.

Shengold, L. (1989). Soul Murder. New York: Int. Univ. Press.

Slavin, M. O. (2001). Review essay: constructivism with a human face. Psy­choanal. Dialogues, 11:405-429.

Stern, D. B. (1997). Unformulated Experience: From Dissociation to Imagi­nation in Psychoanalysis. Hillsdale, NJ: Analytic Press.

Stone, L. (1961). The Psychoanalytic Situation. New York: Int. Univ. Press.

Strachey, J. (1969). The nature of the therapeutic action of psychoanaly­sis. Int. J. Psychoanal., 50:275-292 (originally published in Int. J. Psycho­anal., 15:127-159, 1934)

Van der Kolk, B. A., Mcfarlane, A. C. & Weisaeth, L., eds. (1996). Trau­matic Stress: The Effects of Overwhelming Experience on Mind, Body, and Society. New York: Guilford.

Winnicott, D. W. (1958). The depressive position in normal emotional development. In Collected Papers: Through Paediatrics to Psycho-Analy­sis. London: Tavistock, pp. 262-277.

Zalusky, S. (1998). Telephone analysis: out of sight, but not out of mind. J. Amer Psychoanal. Assn., 46:1221-1242.


(*) Una versión anterior de este trabajo fue presentada en la primera conferencia anual de la Asociación Internacional de Psicoanálisis y Psicoterapia Relacional, titulada “Analistas relacionales trabajando: sentido y sensibilidad”, New York, Enero 2002.

El tipo de relaciones causales indirectas que estoy intentando captar en este artículo, que implican múltiples interacciones y contextos relevantes que no pueden conocerse plenamente, tienen su paralelismo en las teorías de sistemas dinámicos no lineales descritas por Seligman (2005) y otros. Creo que los conceptos derivados de tales fenómenos del mundo físico y aplicados a ellos se añaden a nuestra convicción en torno a sus análogos en el mundo de la intención y el significado humanos, y pueden incluso sugerir otros matices a su comprensión. No estoy de acuerdo, sin embargo, en que estos conceptos ofrezcan una metapsicología para el desarrollo de una teoría aplicada al mundo de la experiencia humana. Estoy de acuerdo con Gill (1976) en que los conceptos asociados con el mundo físico pertenecen no a un nivel de abstracción más elevado que aquellos asociados con los acontecimientos psicológicos, sino a un universo de discurso diferente.[1]

Si bien reconoce los potenciales de seducción y abandono en el enfoque relacional, Davies (1998) distingue entre formas “malignas” y “benignas” de seducción sobre la base de que las primeras suponen el repudio del deseo por parte del participante seductor “para incitar, provocar o despertar una respuesta sexual o de deseo en el otro. Aquí, el repudio del deseo por parte del seductor, “situándolo” en la experiencia del otro, es esencial para su definición” (p. 810). Ese tipo de identificación proyectiva puede, en realidad, ser más característico del analista tradicional en tanto está investido en ideales de “abstinencia” y “neutralidad” analíticas, mientras que el analista relacional tiene la premisa de que sus actitudes y deseos están influyendo continuamente la experiencia del paciente.[2]

 

Sponsored Links : Freshco Flyer, Giant Tiger Flyer, Loblaws Flyer, Kaufland Prospekt, Netto Marken-Discount Angebote