aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 041 2012

La atestiguación a través del tiempo: acceder al presente desde el pasado y al pasado desde el presente

Autor: Stern, Donnel B.

Palabras clave

Atestiguación, Desrealizacion, Emociones, Estados del self., Metafora, Nachträglichkeit, Presente y pasado, Recuerdo, Tercero muerto, Tiempo, Trauma.

Estamos acostumbrados a la idea de que el trauma en el pasado interrumpe nuestra capacidad de captar el presente. Pero el trauma presente o reciente puede tener un efecto disociativo similar sobre nuestra capacidad de percibir el pasado más distante. El trauma contemporáneo puede despojar al pasado de su bondad, dejando el sentimiento de que el pasado se ha ido, está muerto, separado del presente. La vitalización del presente por el pasado, o del pasado por el presente, requiere que las experiencias estén vinculadas a través del  tiempo. Estos vínculos se crean, en ambas direcciones, mediante  categorías de experiencia caracterizadas por el afecto compartido (Modell, 1990, 2006). Dichas categorías se crean, a su vez, mediante la metáfora; y la construcción de estas metáforas a través del tiempo requiere que uno sea capaz de ocupar estados del self tanto en el pasado como en el presente que puedan soportar, entonces, la atestiguación del otro. El trauma puede dar como resultado la disociación de estos estados del self entre sí, dando lugar a una desconexión del pasado y el presente.

Trauma y atestiguación

En las últimas décadas, se ha pasado de ignorar el papel que la experiencia  “real”[1] tenía en el desarrollo de la personalidad, a que muchos psicoanalistas se hayan familiarizado tanto con las consecuencias que ocasiona el  trauma sobre la memoria, que dan por supuestos, los hechos básicos que lo propician. Sabemos que el pasado puede congelarse en nuestras mentes, sus aspectos afectivos ser especialmente inaccesibles, y que bajo estas condiciones, esta experiencia no puede servir como recurso inagotable del que dependeríamos, de otro modo, en la creación diaria de significado. En uno u otro sentido, el acceso al pasado se bloquea para aquellos que sufren un trauma. En algunos casos, el recuerdo completo es inaccesible. Más frecuentemente, sin embargo, el recuerdo está presente pero afectivamente vacío, es decir, desanimado o desnaturalizado de tal modo que sólo tiene significado como hecho y no como experiencia vivida.

Uno de los cuerpos de trabajo psicoanalítico que da más sentido al efecto del trauma en la memoria es el de Modell (1990, 2005, 2006, 2009, 2011). Modell estaba influenciado por el trabajo del neurocientífico Gerald Edelman (1987, 1990) sobre redes neuronales y procesamiento cognitivo y por el del lingüista cognitivo George Lakoff y el filósofo Mark Johnson (Lakoff y Johnson, 1999, 2003) sobre el papel central de la metáfora en la cognición. Para Modell, el pasado participa en la creación de la experiencia presente mediante la creación de la metáfora. Es decir, en el presente se nos recuerda algo del pasado. Tenemos el sentido de que nuestra experiencia del presente es en cierto modo análoga a nuestra experiencia de algún aspecto del pasado. En este sentido, un recuerdo se convierte en una metáfora de cierto aspecto del presente. Se forma lo que Modell llama una categoría emocional: las cosas se sienten como si se pertenecieran.

Digamos que estoy caminando por la calle con un amigo íntimo quien, en el transcurso de la conversación, hace un comentario que me recuerda algo que decía mi querido abuelo fallecido. Puedo ser o no explícitamente consciente de la correspondencia, pero está en mi mente. Si se da una conexión emocional entre los dos episodios –es decir, si siento afecto por mi amigo- algo del sentimiento de la relación con mi abuelo puede comenzar a formar parte del modo en que se desarrolle la relación y la tarde, y el día se enriquece. Como resultado, tal vez yo vea algo nuevo en mi amigo, alguna experiencia que siempre ha estado ahí de un modo potencial, pero que nunca había formulado previamente. Puedo pensar conscientemente en mi abuelo durante estos acontecimientos. Pero también puede que no; creo que estos acontecimientos a menudo tienen lugar fuera de nuestra conciencia, dejándonos solamente con una resonancia afectiva que sin embargo tiñe nuestra experiencia consciente de un modo enormemente significativo.

En este sentido, se produce un vínculo entre pasado y presente, y el pasado se convierte en un recurso inconsciente para la creación de significado presente. El pasado le presta algo al presente; y el presente, al estar vinculado con el pasado, mantiene vivo el crecimiento y desarrollo inconsciente y continuado de nuestras historias.

Modell (2009) caracteriza la metáfora como “la moneda de la mente emocional” (p. 6). En otra parte (Modell, 2011) sugiere que “la metáfora y la metonimia son herramientas primarias y cruciales de pensamiento consciente” (p. 126). Una sensibilidad similar recorre el trabajo de Loewald (ver especialmente Loewald, 1960), para quien el concepto de transferencia tiene diversos significados, uno de los cuales es la transferencia de la intensidad y el poder emocional del inconsciente y el pasado sobre el preconsciente y el presente.

Teniendo en mente la orientación de Modell hacia la metáfora, permítanme volver por un momento a aquel paseo con mi amigo. No es necesariamente sólo que mi percepción de él se haya enriquecido por el recuerdo de mi abuelo. También podía ser cierto a la inversa: el recuerdo de mi abuelo podría ser ahora algo diferente a como era antes, enriquecido a través de este momento compartido con mi amigo. Junto con Modell y Loewald, creo que, en tal caso, no debería considerarse que esta experiencia con mi amigo esté distorsionando el recuerdo de mi abuelo; en cambio, esta experiencia del presente está ayudándome a percibir algún aspecto sutil de mi abuelo, que hasta ahora no había sido formulado y que, como resultado de mi experiencia en el presente, puede ser ahora comprendido más plenamente, mediante la experiencia metafórica que vincula el pasado y el presente en mi creciente percepción de quién era mi abuelo.

Es decir, podemos imaginar que la metáfora no sólo enriquece el presente, sino también el pasado. En este sentido, la vida de la mente permanece viva y fluyendo. Pero notemos que este proceso requiere tanto del pasado como del presente, para ser en cierto modo, (moldeable), plástico[2].

El trauma, por otra parte, como escribe Modell (2006), “congela” el pasado y, por tanto, lo priva de la plasticidad que necesita para conectar con el presente. Los recuerdos del trauma son, a menudo, rígidos, no mentalizados, concretos. Son cosas por derecho propio o singularidades –en palabras de Bion, elementos beta-. Puesto que esos recuerdos a menudo pueden ser sólo lo que han sido, ni más ni menos, tienden a no ser ni adaptables ni generativos, cualidades que necesitarían para ser útiles para crear una nueva experiencia. En otras palabras, a menudo la experiencia pasada del trauma simplemente no puede ser contextualizada en el presente.

En estos casos, el pasado es, como dice Modell (1990), intemporal en el sentido que existe más allá de la experiencia de tiempo –más allá del kairos, el término griego que Modell usa para el tiempo humano, cíclico y no lineal, el tipo de tiempo que puede volver sobre sí mismo de un modo que permite que los significados cambien y crezcan. Esta es la forma del tiempo, por ejemplo, en el que los acontecimientos que suceden después pueden cambiar el significado de lo que tuvo lugar antes, como cuando la fecha de nacimiento de una persona famosa adquiere significado retrospectivamente a causa de los logros llevados a cabo muchos años después de que esta persona viniera al mundo.

El kairos contrasta con el chronos, o el tiempo entendido científica y objetivamente. Este tipo de tiempo está fuera del campo de la experiencia humana; no puede volver sobre sí mismo y no permite que el futuro afecte al pasado. En cambio, conduce inexorablemente desde el nacimiento hasta la muerte; es lineal, irrevocable y sin significado humano[3].

En el fragmento que reproduzco a continuación, Frak Kermode (1967) aborda específicamente el modo en que los mecanismos ficticios convierten el chronos en kairos. Creo que podemos ampliar el marco de referencia de Kermode sobre esta conversión temporal sin violar su significado. Podemos decir que no sólo las técnicas de la ficción, sino todas las actividades humanas generadoras de significado

… tienen que vencer la tendencia del inérvalo entre el tic y el tac para vaciarse; para mantener dentro de ese intervalo, después del tic, una expectación vívida del tac, y el sentimiento de que por muy lejano que pueda estar el tac, todo lo que sucede, sucede como si realmente siguiera un tac. Toda esta determinación presupone y requiere que un fin confiera al todo una duración y un significado. Por decirlo de otro modo, el intervalo debe estar limpio de una cronicidad simple, del vacío del tac-tic, de la sucesión que no es interesante desde el punto de vista humano.  Se requiere que entre el principio y el fin se dé un ciclo, un kairos, interesante. Que lo que se concibió como simplemente sucesivo se cargue de pasado y de futuro: que lo que era chronos se convierta en kairos. [p. 46]

Al menos que el significado esté incrustado en el kairos –es decir, a menos que la experiencia pueda moverse libremente entre el pasado, el presente y el futuro- no puede producirse el nuevo significado. El nuevo significado no puede arraigar en el inexorable tic-tac del chronos: el tiempo objetivo, “la sucesión que no es interesante desde el punto de vista humano”. Necesitamos el kairos para que crezcan los nuevos significados. Necesitamos el kairos para que la vida parezca vital. En el kairos, retornamos a nuestras historias de un modo que es cíclico y no lineal, y a veces también espacioso, interminable y oceánico. Es precisamente esta incrustación en el fértil campo del kairos lo que nos roba el trauma.

En la comprensión que Modell hace de Freud, para que el pasado viva en el presente, debe estar vinculado a la percepción contemporánea; es decir, el recuerdo debe estar conectado a la vida exterior, al mundo externo, al hoy[4]. Por usar la palabra que Modell elige con más frecuencia para esta función, para que el recuerdo sea una presencia viva, debe ser continuamente retranscrito. Al utilizar esta palabra, Modell está invocando la Nachträglichkeit de Freud (ver, por ej., Bonaparte, 1950; Freud, 1895, 1900, 1909, 1918): una teoría de la temporalidad más implícita en el trabajo de Freud que claramente formulada en ningún otro lugar, y limitada en su aplicación a ciertas circunstancias especiales[5]. En vista del concepto de Nachträglichkeit  que se ha desarrollado más recientemente, nuestra comprensión y uso de hechos acontecidos en el pasado, podrían retrospectivamente, a través de nuevas experiencias del presente, ser dotados de un significado del cual carecían antes. Faimberg (2005a, 2005b, 2007), por ejemplo, propone una ampliación del concepto de un modo que explica la asignación retroactiva de nuevos significados de diversos tipos, generalmente mediante la interpretación. La Nachträglichkeit, o la retranscripción de la memoria, en otras palabras, recuperando el pasado y potenciando aspectos previamente no imaginados de viejos significados, es una parte importante que permite que el pasado contribuya a crear una nueva experiencia del presente.

La retranscripción de la memoria, sin embargo, como ya he dejado implícito, es precisamente lo que frecuentemente no sucede y no puede suceder con el recuerdo del trauma. En el recuerdo traumático, no puede tener lugar el alcance temporal de la vieja experiencia (kairos) a las nuevas circunstancias, y así se impiden la creación y el uso de categorías emocionales, y las metáforas que surgen como resultado de esa estimulación de significado. Por esta razón, el trauma a menudo no puede ser conocido ni sentido plenamente. El trauma, aun cuando lo recordemos, es una “sucesión que no es interesante desde el punto de vista humano” (Kermode, 1967, p. 46). No podemos pensar con él. Reis (1995) está de acuerdo, citando a Modell (entre otros) y afirmando que el tiempo, y especialmente el concepto de Nachträglichkeit es esencial para la comprensión del trastorno del recuerdo traumático: escribe que “es el trastorno de la experiencia del tiempo lo que se halla en el núcleo de los trastornos disociativos de la subjetividad” (p. 219).

Volviendo al ejemplo de mi amigo y el recuerdo de mi abuelo: no importa lo delicioso que fuera el día con mi amigo, esas horas paseando por la calle, esas horas no habrían adquirido el matiz emocional, el brillo que tuvieron, si no hubieran conectado (más allá de la conciencia) con la representación que tengo de mi abuelo; y la imagen de mi abuelo  habría permanecido como hasta entonces, importante pero no más elaborada, si yo no hubiera podido retranscribirla dentro de este momento presente con mi amigo.

Basándome en el trabajo de Modell, he afirmado en otra parte (D. B. Stern, 2009a) que es clínicamente beneficioso mirar el proceso de la formación de metáfora a través de la lente que he llamado atestiguación. Esta no es una idea nueva. En la literatura psicoanalítica, Laub (1991, 1992a, 1992b, 2005; Laub y Auerhahn, 1989), Richman (2006), Ullman (2006), Reis (2009) y Gerson (2009), por citar sólo algunos, han llamado nuestra atención hacia el papel de la atestiguación en la creación de la posibilidad de recuerdos del trauma con carga afectiva. Algunos de estos autores han ido más allá, afirmando que la atestiguación es un componente rutinario de la acción terapéutica, especialmente en casos de trauma. Poland (2000) ha dado un paso más, incluyendo el concepto de atestiguación en nuestra comprensión general del tratamiento psicoanalítico.

La mayoría de aquellos que han discutido la atestiguación en la literatura psicoanalítica, incluyendo a Poland, han aplicado el término a una interacción entre dos personas reales (en el caso de Poland, el paciente y el analista). Si bien acepto que una parte importante de la atestiguación tiene lugar entre paciente y analista, yo (D.B. Stern, 2009a, 2009b, 2010) junto con otros autores (por ej. Laub, 1991) he ampliado la aplicación del término a la vida interna. He sostenido que necesitamos un testigo para captar, conocer y sentir lo que hemos vivido, especialmente el trauma; y he sostenido que este testigo puede ser interno y en ese sentido, imaginario. Alguien más, aunque ese alguien sea otra parte de nosotros mismos, debe conocer por lo que hemos pasado, debe poder sentirlo con nosotros. Debemos ser reconocidos por otro (Benjamin, 1988, 1995, 1998), aun cuando ese otro sea ahora parte de nosotros. Necesitamos lo que yo he llamado una pareja de pensamiento (D.B. Stern, 2009b, 2010).

Acepto la opinión de Modell de que el uso de la memoria en la creación de la metáfora es un proceso continuado a lo largo de la experiencia aunque en gran parte desapercibido. Mi sugerencia es que esta creación continuada de metáfora requiere un proceso igualmente continuado de atestiguamiento. En trabajos anteriores enfaticé que el testigo interno crece a partir de lo que originariamente era una internalización de presencias que, mucho antes, existían sólo fuera de nosotros. Remito a los lectores a mi trabajo anterior para una descripción del desarrollo de la presencia atestiguadora imaginaria como una internalización de las relaciones anteriores con otras personas “reales” externas. En mi marco de referencia, la atestiguación, como el uso de la memoria en la creación de la metáfora, es un aspecto de la experiencia continuada.

En términos de una reciente aportación de Poland (2011), podríamos decir que el autoanálisis, sobre el que Poland sostiene que descansa el psicoanálisis clínico, es una conversación interna entre partes de uno mismo. Partes de uno mismo, como también parece admitir Poland, que con frecuencia comienzan  como representaciones de otros, o, como a mí me parece a menudo, como representaciones de nuestra forma de involucrarnos con los otros: “los otros pueden ser sentidos como profundamente internos y también claramente externos” (p. 989). Puede entenderse que la conversación interna, entonces, o el autoanálisis, en tanto requiere el reconocimiento de una parte de uno mismo por el otro, presupone el proceso de atestiguación interna o imaginaria, o incluso que es equivalente a él.

Es mediante la atestiguación que llegamos a conocer la experiencia como propia. Cuando nos escuchamos a nosotros mismos (en la imaginación) a través de los oídos del otro, nos escuchamos y nos vemos de un modo que simplemente no podemos manejar en aislamiento. He sugerido (D. B. Stern, 2009b) que éste es uno de los principales usos del psicoanálisis clínico: los psicoanalistas escuchan a los pacientes de un modo que permite a éstos escucharse a sí mismos. En tal escucha, se forjan los vínculos entre pasado y presente, y se constituye la metáfora. Modell nos dice que la metáfora permite la creación de nuevos significados en la interacción del pasado con el presente; y, a su vez, propongo que la atestiguación permite la creación de la metáfora.

Un último punto antes de pasar a las ilustraciones. Tal vez me repito, pero el tema es lo suficientemente importante como para correr el riesgo: la atestiguación es un proceso relacional; se desarrolla en un campo interpersonal, entre dos subjetividades. Pero puede que estas subjetividades, aunque tengan sus orígenes en relaciones con los primeros cuidadores, no siempre se deban a identidades diferenciadas, especialmente en etapas posteriores de la vida. Los testigos no son necesariamente personas reales; pueden ser imaginarios. De hecho, con frecuencia son más imaginarios que “reales”. Una parte de nosotros atestigua a otra parte (D. B. Stern, 2009b).

Podemos decirlo en el lenguaje de la teoría contemporánea del self múltiple: desde un estado del self, atestiguamos la experiencia creada dentro de otro (p. ej. Bromberg, 1998, 2006, 2011; Davies, 1996, 1998, 1999, 2001, 2004, 2005; Howell, 2006; Pizer, 1996, 1998; D.B: Stern, 2010). Laub (1991), en relación con el papel de la atestiguación en los recuerdos del Holocausto, ha dicho que un nivel de lo que él llama los tres niveles de la atestiguación, es el de “ser testigo de uno mismo en la experiencia” (p. 75). Volveré al trabajo de Laub más adelante.

Aquí pueden verse inmediatamente algunas posibilidades teóricas: la disociación, en tanto separación de los estados del self entre sí, evita la atestiguación imaginaria dentro de la personalidad, lo que Laub llama “ser testigo de uno mismo”. La disociación de dos estados del ser entre sí –lo que simplemente significa que estos dos estados no pueden vivirse simultáneamente- hace imposible que cada uno de esos estados sea testigo del otro. La ausencia de esa atestiguación interna impide la creación de la metáfora, porque los elementos que deben combinarse para crearla –el recuerdo y la experiencia del presente- no pueden coexistir. Nos encontramos con una nueva vía de enfoque a la observación común, con la que empecé, que la disociación impide el uso creativo de la experiencia traumática (D.B. Stern, 2009b).

Al principio de este artículo, también señalé que el psicoanálisis estaba familiarizado con los efectos del trauma en la memoria. Pero estamos acostumbrados a pensar en esos efectos como si influyeran desde el pasado hacia el presente, como si el trauma perteneciera siempre al pasado. Pero, ¿qué pasa si el trauma tiene lugar en el presente? ¿Hay casos en los el trastorno del recuerdo tiene lugar en la dirección contraria, del presente al pasado?

Ofreceré varias ilustraciones de ese tipo, ejemplos en los que se inhibe, se desdibuja o se daña en cierto modo el recuerdo de la resonancia afectiva del pasado más distante, por acontecimientos traumáticos en el presente o en el pasado reciente. La primera de estas ilustraciones es ficticia, otra es del trabajo de un colega y la tercera proviene de mi experiencia clínica con un veterano de Vietnam hace 35 años. Tras exponer estas historias, vuelvo a la cuestión de la memoria y la atestiguación, con una nueva observación sobre la relación entre ambas.

Ilustraciones

Michael

Michael y Dukie eran dos personajes adolescentes afroamericanos en The Wire, una serie dramática que duró cinco años que, en lo que a mí respecta, es sin lugar a dudas el mejor programa que jamás se ha hecho en la televisión americana. La serie gira en torno al comercio ilegal de drogas en Baltimore, y muestra cómo, para los chicos afroamericanos de los sectores más pobres, el comercio de la droga era realmente el único modo de poder obtener algo de éxito. Cuando termina la serie, Michael y Dukie tienen tal vez unos 17 años, ambos han crecido en casas de acogida y han sido amigos durante gran parte de su vida.

Dukie es un chico dulce, brillante, deprimido y desventurado cuya familia está tan perdida en la droga que venden absolutamente lo que llega a sus manos, incluyendo la ropa de Dukie. De hecho, Dukie sólo tiene un único conjunto de ropa, que lleva en todo momento; de modo que, al menos en parte, la razón de que sea rechazado y molestado es que huele mal. Por un episodio previo sabemos que, años antes, Michael salvó a Dukie en una ocasión de una paliza humillante a manos de una banda de adolescentes en la calle, y luego le compró un helado. Ese día a Michael le quedó claro que Dukie necesitaba ser cuidado, y él asumió más o menos la tarea. Dukie se fue a vivir con Michael y se encargó de las tareas de la casa y de cuidar a Bug, el amado hermano pequeño de Michael, de 7 u 8 años. Ese es el trabajo de Dukie. No hay padres en la casa de Michael; el padre ha sido asesinado por pedófilo y la madre se ha abandonado a las drogas.

Mientras tanto, Michael, que de pequeño fue reconocido por algunos de los matones del barrio como el más inteligente y competente de su edad, es reclutado a los 15 años para ser entrenado como justiciero y asesino por un hombre de veinticinco años que regenta el local donde se comercia con la droga. La formación de Michael en el asesinato está a cargo de dos personas que son asesinos, uno es un hombre de unos veinte años y la otra una chica adolescente. A los dos resulta gustarles Michael y se hacen amigos suyos. Michael es un alumno aventajado que progresa en sus estudios. En cuestión de meses, comienza a llevar a cabo ejecuciones.

Finalmente, cuando Michael tiene 16 o 17 años, es culpado injustamente de ser un chivato y se convierte él mismo en el blanco de una ejecución; pero se imagina que ha sido acusado y mata al asesino que han enviado para matarlo a él, quien resulta ser la chica adolescente que le enseñó a ejecutar. Ahora es demasiado peligroso para Dukie y Bug tener algo que ver con Michael, de modo que Michael lleva a Bug a casa de una tía suya que acepta hacerse cargo de él.

Ahora llegamos a uno de los episodios finales de la serie. Michael y Dukie están sentados en un coche en una calle oscura de Baltimore tras haber llevado a Bug a casa de su tía. El ambiente es sombrío y triste. Está claro que la vida no volverá a ser lo que era cuando los tres chicos vivían juntos. Sabemos, sin que se nos diga, que Michael será perseguido por el señor de la droga hasta que sea asesinado; y sospechamos –resulta que con razón- que el hecho de que Dukie esté a punto de ser dejado en un lugar en el que un hombre está inyectándose heroína, significa que sin la familia de Michael y Bug, y sin un lugar adonde ir, Dukie seguirá el camino de sus familiares en la adicción y la desesperación.

Dukie está intentando hacerse una idea de cómo decirle adiós a Michael. De repente, parece pensar en algo, sonríe ampliamente y recuerda a Michael, animadamente, aquel día de varios años atrás cuando lo salvó y le compró un helado. Aquella vida ya pasó, y el espectador lo sabe tan bien como los personajes. Pero Dukie está contento con el recuerdo. Realmente feliz. Le pregunta a Michael con entusiasmo “¿Te acuerdas de aquello?”

Michael pone sus manos sobre el volante, y se inclina sobre él cerrando los ojos. “No”, dice muy suavemente. “No me acuerdo”. Es un momento chocante, y aún lo conservo tal como pasó en realidad.

Menachem

Pienso, también, en otra historia, una verdadera: la narración que Laub (1991, 1992b) hace de los primeros años de “Menachem S.”, un niño de 5 años que vivía con sus padres en un gueto de Cracovia en la época del Holocausto. Corría por el gueto el rumor de que los niños iban a ser reunidos y exterminados. Los padres del niño hablaban por las noches de cómo podrían esconder a su hijo, y del destino que le esperaba si no podían hacerlo. Se suponía que él estaba dormido cuando ellos hablaban, pero los estaba escuchando.

Una noche, de algún modo, los guardias se distrajeron, Menachem cruzó por su propio pie las puertas del gueto y se vio en la calle sin nada más que un chal en el que su madre se las arregló para envolverle en el último minuto, una dirección escrita en un pedazo de papel, y una foto de pasaporte de ella cuando era estudiante, que le dijo que mirase siempre que necesitara hacerlo. Ella y el padre le prometieron a Menachem que lo encontrarían cuando la guerra terminase.

El domicilio resultó ser de lo que Laub describe como un burdel, y Menachem fue bienvenido allí. Pensó que era un hospital. Pronto, sin embargo,  se hizo demasiado peligroso que se quedase allí y pasó lo que quedaba de la guerra en las calles, a menudo con bandas de otros niños sin hogar. En ocasiones, pero siempre de manera temporal, vivió en la casa de familias compasivas que lo encontraron en la calle. En una de estas casas, la madre, de quien Laub sospechaba que sabía que Menachem era judío, le dijo a Menachem que podía rezar a quien quisiera; y Menachem eligió rezar a la foto de su madre, diciendo “Madre, haz que esta guerra termine y tú vuelvas y me recojas tal como prometiste”. Laub nos dice: “La madre realmente había prometido volver y buscarlo tras la guerra, y él no dudo ni por un momento de esa promesa” (1991, p. 86). “En mi interpretación”, continúa Laub:

… lo que este joven vagabundo estaba haciendo con la foto de su madre era, precisamente, crear su primer testigo, y la creación de ese testigo era lo que le permitió sobrevivir esos años en las calles de Cracovia. Esta historia ejemplifica el proceso por el cual la supervivencia tiene lugar mediante el acto creativo de establecer y mantener un testigo interno que sustituya la falta de atestiguación en la vida real. [p. 86]

Es milagroso que Menachem sobreviviera y casi supera a la imaginación el hecho de que sus padres lo encontraran en realidad tras la guerra. Sin embargo, de algún modo esto es lo que pasó. Pero Menachem había sobrevivido a la guerra hablando y rezando a la fotografía de su madre como mujer joven y sana. Cuando finalmente ella y su padre, que también sobrevivió, lo encontraron, habían sido enviados a campos de concentración; estaban enfermos, demacrados y macilentos, su madre había perdido los dientes. Sin duda su espíritu estaba al menos tan malherido como su cuerpo.

Laub (1992b) nos dice que la madre que encontró a Menahem “no era idéntica a sí misma” (p. 91). Uno desea, por supuesto, que Menachem se libre ahora del terror; pero la llegada de sus padres fue, en cambio, el acontecimiento que finalmente lo precipitó al abismo y se derrumbó. Laub escribe: “Leo esta historia para transmitir que al recuperar a su madre real, inevitablemente pierde al testigo interno que había encontrado en la imagen de ella (p. 88).

La historia de Michael y la de Menachem están unidas por más que su pathos. Nótese que en ambas, algo del pasado que ha sido accesible se vuelve inaccesible, aparentemente como resultado de la intervención del trauma. ¿Cómo entender este fenómeno? ¿Qué tiene en común con el modo en que estamos acostumbrados a considerar la experiencia traumática?

Tomemos primero a Menachem, puesto que su caso es en cierto modo, más simple. Una vez que fue privado de su ilusión, cayó la venda de sus ojos y el pasado reciente ocupó su lugar, apareciendo de repente con toda su brutalidad. Ya no tenía acceso efectivo ni afectivo a lo que él imaginaba como la dulzura y la delicadeza de sus primeros años con su madre.

Ahora consideremos a Michael. Su vida se ha vuelto horrenda. No pretendemos creer que su carácter fuera especialmente apropiado para su trabajo como asesino, excepto por el hecho de que era inusualmente capaz emocionalmente e inteligente en sentido general. Ciertamente no pretendemos creer que Michel es malo. No es un psicópata. Es descrito, en realidad, como dulce y generoso, lo que hace que su transformación resulte más desgarradora. Su metamorfosis en asesino le cuesta mucho, a pesar del hecho de que aceptándola él ha encontrado un modo de ganarse la vida y, lo que es más importante, de obtener prestigio. Somos libres de condenarlo, y lo hacemos; pero también nos conmueve la difícil situación de este dulce niño-hombre, como nos conmueven los niños soldado de Sierra Leona y Burma, y los veteranos que regresan del combate dondequiera que sea, muchos de los cuales han matado a enemigos tan jóvenes como ellos.

Darryl

Mi siguiente historia es sobre uno de estos jóvenes soldados. Una vez tuve en psicoterapia a un hombre afroamericano a quien llamaré Darryl[6]. Había sido una estrella de fútbol en el instituto, un running back [N. de T: posición ofensiva en el fútbol americano], que volvió de Vietnam con esquizofrenia paranoide y la pierna izquierda amputada por encima de la rodilla. Debía haber sido un corredor muy potente porque, incluso cuando yo lo conocí –dos años después de haber vuelto del combate- sus muslos eran de un tamaño prodigioso. Tenía 21 o 22 años, una educación escasa, no era muy brillante y siempre había vivido en el gueto. Sus perspectivas no eran buenas. La medicación le ayudaba con las alucinaciones y los delirios, pero sin embargo a menudo estaba aterrorizado por sus demonios, con quien tenía una comunicación casi continua y literal.

Darryl estuvo en tratamiento conmigo hace 35 años en un hospital de la administración de veteranos de una zona marginal, generalmente dos veces por semana, a veces tres.  (Antes era más fácil que ahora ver a los pacientes con frecuencia; lo hacíamos siempre que podíamos y generalmente era de apoyo). No sé qué pasó con Darryl después que yo me fuera de ese hospital. Ojalá lo supiera. Su familia me dijo que había sido apacible en el instituto, lo que no me sorprendió, porque en realidad estaba muy conectado y era dulce conmigo, aun cuando estaba enloquecido y aterrorizado.

Darryl me dijo que cuando llegó a Vietnam, llevó muy bien lo de matar –tal vez (pensé) por la paranoia de su psicosis incipiente. Le gustaba disparar desde lo alto de un árbol, y decía ser muy bueno haciendo eso. Era raro: yo sabía estas cosas, y Darryl y yo no podíamos ser más distintos el uno del otro, pero llegamos a encariñarnos mucho el uno con el otro. No hablamos de eso, pero ambos lo sabíamos.

En Vietnam, a Darryl le asustaban los barracones militares y rechazó vivir allí con los otros soldados, insistiendo en alojarse en una cabaña del pueblo sud vietnamita fuera de los límites del campamento. Por alguna razón, las personas del pueblo lo aceptaron, aun cuando para entonces había tenido un brote psicótico. Tenía una novia en el pueblo y dormía en su cabaña. Buscaba comida extra para los habitantes del pueblo, tanto dentro del campamento como en el bosque, donde cazaba; tal vez eso fuera en parte  la razón por la cual le aceptaban. Tal vez también pensaban que Darryl los protegería de las guerrillas norvietnamitas que siempre andaban en los alrededores. Si pensaban eso, probablemente tenían razón, aunque nunca surgió la necesidad.

En cualquier caso, Darryl me contó que siempre que se ordenaba a su unidad salir a patrullar, él se enteraba del plan y se plantaba a las puertas del campamento cuando la unidad estaba saliendo. Siempre quería ser el punto de mira, el hombre en la primera línea de la unidad que buscaba al enemigo y por tanto corría el mayor riesgo. Yo sabía, por otros soldados que había visto y que me habían explicado el peligro, que los miembros de la sección de Darryl estarían demasiado contentos con esto como para obligarle a lo contrario.

Un día, en el frente, le dispararon y perdió la pierna, y fue enviado de vuelta a casa, sintiendo que su vida había terminado. Esperaba haber sido un jugador de fútbol profesional. Cuando lo conocí, tenía tanto miedo al ejército y a su representante institucional, el Hospital de la Administración para Veteranos, que no podía conseguir conducir hasta allí para sus  citas conmigo (sí, conducía), aunque quería acudir a las sesiones.

Por alguna razón, los sentimientos de Darryl acerca del ejército no infectaron su relación conmigo. De modo que llegamos a un acuerdo. Él conduciría tan cerca del hospital como le fuera posible y si no podía hacerlo, pararía el coche a la hora de la sesión y me llamaría desde una cabina de la calle. Muchas de nuestras sesiones tuvieron lugar por teléfono.

Parecía que la mayor dificultad actual de Darryl era probablemente el problema que él representaba para los demás. Tenía muchas armas, rifles en su mayoría, que según me contó su mujer, tenía el hábito de descargar contra el techo del apartamento siempre que estaba frustrado, lo cual pasaba con frecuencia. Vivía en un apartamento pequeño y abarrotado, en unas viviendas públicas con su mujer y varios niños pequeños, a quienes había engendrado de forma vertiginosa cuando regresó de Vietnam; de modo que la idea de que Darryl descargara sus armas me aterrorizó más aún. Hasta ahora no había herido a nadie, aunque en mi opinión había sido sólo cuestión de suerte que no hubiera disparado a nadie del apartamento de arriba.

Le expliqué a Darryl, con el corazón en la boca, que no quería llamar a la policía pero que tendría que hacerlo si seguía disparando. No era tanto que yo estuviera asustado de la ira de Darryl, puesto que pensaba que la mantendría controlada conmigo. Sin embargo, me preocupaba bastante que yo pudiera dañar nuestra relación. Pero no lo hice. Darryl estuvo de acuerdo en dejar de disparar, y su mujer corroboró que así era. Consideré un gran éxito que al final de mi año de trabajo en ese hospital, él hubiese entregado sus armas al departamento de policía.

He descrito a Darryl porque su tiempo en Vietnam parecía haber obturado su acceso emocional a ciertos aspectos de su infancia. Recordaba con precisión muchos acontecimientos de su vida temprana. Pero aunque provenía de una familia cálida y relacionada, parecía no poder sentir actualmente esa calidez. Él lo sabía con la suficiente claridad como para explicármelo de un modo que me convenció de su veracidad, y su familia ofrecía una confirmación por el mero hecho de estar presentes; pero él no lo sentía. Era distante a esta atmósfera amorosa de un modo en que su familia se convertía para él en algo vacío de realidad. Le parecía que los años anteriores a Vietnam no pertenecían a la misma vida que estaba llevando en el momento que lo conocí. Lo que más real le parecía era su vida en el pueblo vietnamita, y los tiroteos, y estar en primera línea.

Decir de pasada que, a pesar del hecho de que la memoria emocional explícita de Darryl en cuanto a su vida temprana estaba embotada, también tuve la ocasión de sentirla preservada, reflejándose en su relación conmigo. El espacio no me permite abordar la extrañeza de esta conexión en este cuadro clínico, excepto para apuntar que esta no fue la única ocasión en que la sentí.

Discusión

Comienzo este artículo revisando lo que todos sabemos: cuando el pasado fue traumático, a veces no puede accederse a él desde el presente, especialmente en sus aspectos afectivos. Sobre la base de las historias de Michael, Menachem y Darryl, yo añado a esa afirmación esta propuesta: cuando el presente o el pasado reciente es traumático y el pasado más distante tiene unas cualidades significativas de cuidado y amor, esas partes buenas del pasado distante pueden no ser emocionalmente accesibles desde el presente.

Sugiero que el trauma puede hacer  difícil el acceso a la bondad del pasado por dos razones: porque el pasado fue traumático entonces o porque el presente es traumático ahora (o recientemente). La retranscripción de la memoria, en otras palabras, necesita poder proceder en ambas direcciones, no sólo del pasado al presente. Debe haber un punto de apego al pasado desde el presente, y al presente desde el pasado. El kairos debe poder replegarse sobre sí mismo hacia cualquiera de los dos extremos de su eje.

Boulanger (2007) reconoció la disociación del pasado respecto del presente como una parte central del surgimiento del trauma en el adulto. Cuando las personas están “heridas por la realidad”, como ella afirma en el título de su libro, a menudo expresan el impacto del trauma diciendo que sienten como si hubieran muerto. Esta metáfora transmite tan potentemente como la que más la disyunción de las dos vidas antes y después del trauma. (Ver también el poderoso testimonio ofrecido por Leed [1979] sobre los soldados de la I Guerra Mundial, quienes dicen exactamente lo mismo). Al igual que Michael, Menachem y Darryl, las antiguas vidas de quienes han sufrido un trauma en su etapa adulta se han desdibujado, dejándolos sin el mismo tipo de recuerdos que tenían antes, dejándolos sin un pasado que parezca real[7].

 

Desrealización retrospectiva

Si dos partes de nosotros mismos, separadas en el tiempo, van a conocerse la una a la otra, una parte en el pasado y otra en el presente, cada parte debe parecer yo. Es decir, en los términos que he utilizado antes, si se va a producir la metáfora, cada una de estas partes debe poder servir como testigo de la otra. Hay dos prerrequisitos para este tipo de atestiguación interna o imaginaria: (1) los estados del self pasados y presentes deben ser capaces de una experiencia afectiva plena y sentida de forma consciente; y (2) esta experiencia afectiva en cada una de las partes debe ser tolerable como experiencia conscientemente sentida y conocida por la otra parte.

La contribución de la memoria al presente, y la contribución del presente a la reorganización del pasado, requiere un puente de afecto a través del tiempo, una especie de llamada y respuesta en ambas direcciones: debemos ser capaces de contextualizar, sentir, percibir y conocer el pasado desde dentro del presente, y a la vez debemos ser capaces de crear ese mismo tipo de comprensión del presente desde dentro de nuestra experiencia del pasado.

Estamos familiarizados con la opinión de que las partes de nosotros mismos que están disociadas por razones defensivas inconscientes –es decir no yo (Bromberg, 1998, 2006, 2011; D.B. Stern, 2003, 3004, 3009b, 2010; Sullivan, 1954)- se asocien con acontecimientos traumáticos del pasado, y especialmente con patrones de relación desestabilizadores. Cuando el pasado es traumático, el hecho de ser forzado a revivirlo o permitirle que modele el presente puede desregularnos, desequilibrar el sentido que tenemos de nosotros mismos, privarnos de nuestra continuidad de ser y del sentimiento que necesitamos mantener en todo momento de que estamos familiarizados con nosotros mismos, de que sabemos quiénes somos (Bromberg, 1998, 2006, 2011).

Después del trauma, podríamos decir, nuestra capacidad de crear experiencia está, al menos en parte, desrealizada, lo que no quiere decir tanto que esté privada de realidad como de vitalidad. La desrealización es mucho más frecuentemente una cuestión de realización, en otras palabras, más que de testeo de la realidad. Dicho de forma muy simple: es probable que la experiencia postraumática –especialmente la experiencia directamente relacionada con el trauma, pero que también emana de esos vínculos asociativos- sea menos plenamente percibida de lo que sería si el trauma no hubiera tenido lugar.

Ahora conocemos estos efectos del trauma que ha tenido lugar en el pasado. Pero tal vez necesitemos ampliar nuestra visión. Tal vez el pasado distante pueda ser insoportable y, así, no se pueda conocer o sentir, por el mismo tipo de razones que el trauma del pasado impide la comprensión del futuro. Tal vez, como Boulanger (2007) nos dice, cuando el presente o el pasado reciente es oscuro y está repleto de dolor y terror, resulta demasiado doloroso conocer la bondad del pasado más distante; o es imposible creer en esa bondad; o es que el sentido de esa bondad realmente muere.

Gerson (2009) ofrece la profunda especulación de que eso ocurrió en el caso de Primo Levi, el escritor que sobrevivió a su internamiento en un campo de concentración nazi y luego, después de la guerra, ofreció algunos de los testimonios más estremecedores de lo que sucedió allí. Yo, por mi parte me siento más capaz de lo que lo era antes para aceptar y entender el suicidio de Levi, muchos años después de la guerra, a través de los ojos de Gerson.

Si eso sucede, si el pasado lejano pierde su vitalidad y su bondad a causa de acontecimientos que tuvieron lugar más recientemente, perdemos la capacidad de escuchar al pasado con los oídos del presente, y perdemos nuestra capacidad de escuchar al presente con los oídos de un yo del pasado. Tal vez se pueda sentir que el pasado, cuando es demasiado discrepante emocionalmente de la vida que llevamos ahora, no pertenece ya al mundo en el cual vivimos.

Si adoptamos el término desrealización futura para referirnos a la comprensión convencional del trauma –es decir, el efecto de desrealización del trauma del pasado sobre la experiencia del presente- entonces podemos referirnos al efecto del trauma pasado o más reciente como desrealización retrospectiva. Tal vez los mundos de ahora y de entonces puedan hacerse añicos de tal modo que, como Humpty Dumpty, no puedan recomponerse. Tal vez, como sugiere Gerson (2009), Freud sobrevaloró las posibilidades del duelo y, en cambio, como dice Gerson citando al personaje de una novela: “La verdad… es que nadie supera nunca nada” (Amis, 2006, p. 236). Tal vez, en ambas direcciones, el pasado y el presente puedan ser, por usar la palabra de Leed (1979) tan concisamente descriptiva, inconmensurables[8].

¿Existen personas para quienes un pasado de bondad está irremediablemente perdido, como sugiere la metáfora de Humpty Dumpty? Yo ciertamente no pretendo afirmar saber que la posibilidad de bondad siempre puede ser recuperada. Sé lo que todos sabemos sobre el grado extremo de dolor y el trauma que es posible sufrir en este mundo; pero se me ha ahorrado la desesperación que han sufrido muchos otros menos afortunados que yo. Así que para mí probablemente sea realista decir sólo, que alimento la esperanza de que el amor y la bondad casi nunca, o nunca, son totalmente irrecuperables, aun cuando la vida sea inhóspita y brutal como lo era para aquellos sobre quienes he escrito. Las experiencias como la que tuve con Darryl, el veterano de Vietnam, a pesar de la crudeza de su vida, me parecieron una justificación de esa esperanza. La historia de Menachem, que sigue a continuación, es otro ejemplo.

 

El tercero muerto

Antes de volver a Menachem, permítanme hablar un poco más sobre el trabajo de Gerson (2009) sobre el tercero muerto. La perspectiva de Gerson, si bien tiene implicaciones terapéuticas básicas para las víctimas del trauma, no depende necesariamente de la experiencia, sino de la aceptación de su ausencia. O tal vez Gerson preferiría decir que la aceptación de que la esperanza se ha desvanecido es, al menos en principio, lo más cercano que podemos ofrecer a ciertas víctimas de trauma severo, como es el genocidio. Gerson describe los resultados del genocidio como la presencia de la ausencia, con lo que quiere decir que todo lo que puede sentirse o saberse es la “no existencia” de todo lo que había estado presente. No hay presencia. El tercero –el testigo que, de haber sobrevivido, había hecho posible recordar lo que era real y sentir lo que se ha perdido- ha muerto.

Gerson cita la ausencia de una presencia atestiguadora culturalmente localizada para las víctimas del Holocausto. Nos sigue impactando, entre otras muchas cosas, la ausencia en Europa (y ya que estamos, también en el resto del mundo) durante los años nazis de un amplio reconocimiento social de los horrores del Tercer Reich, un reconocimiento que habría hecho posible que las atrocidades del Reich hubieran sido atestiguadas, para que las víctimas hubieran sentido que alguien sabía y se preocupaba. Las víctimas del Holocausto, si el tercero hubiera sobrevivido dentro del Reich, habrían podido al menos imaginar su tratamiento a través de la lente de lo que debería haber sido una condena y horror culturalmente sancionados.

Pero esta actitud es tan escasa que para Gerson, el tercero realmente murió, y todo lo que podía sentirse como real era su ausencia. Gerson es convincente y conmovedor en su comprensión, que para las víctimas de genocidio, tener un testigo de esta presencia de la ausencia –un testigo de la propia ausencia dejada por la muerte del tercero- puede ser la única forma de intercambio humano que resulte restauradora.

Implicaciones clínicas

No voy a abordar exactamente cómo incrustamos cualquier esperanza que tenemos de recuperar algún aspecto de bondad en nuestra técnica clínica o en las teorías de acción terapéutica. He abordado cuestiones de técnica y acción terapéutica en otra parte (D.B. Stern, 1997, 2010), con muchas ilustraciones clínicas, y en cada ocasión que he abordado estos temas, mi respuesta ha dependido no sólo de una concepción particular de qué hacer con nuestros pacientes, ni de una prescripción de conducta, sino de un modo de entender los aspectos no formulados del proceso clínico y de una actitud sobre cómo trabajar con ellos.

Al igual que en el trabajo terapéutico con el trauma que tuvo lugar en la infancia, o hace mucho tiempo, trabajar con la desrealización retrospectiva –el trauma en el presente que nos roba la bondad del pasado- requiere que conceptualicemos cómo las cualidades especiales de la relacionalidad analítica hacen de algún modo posible una nueva interpenetración, afectivamente vital del pasado y el presente. Debemos entender especialmente cómo la relacionalidad analítica hace posible que la experiencia disociada, que no es formulada, se articule (o se transforme en elementos alfa, en el marco de referencia bioniano) de un modo que haga posible pensarla. El resultado de este tipo de trabajo clínico es una capacidad renovada, revitalizada o incluso creada de nuevo, del paciente y el terapeuta para atestiguarse el uno al otro y de hecho, atestiguarse a sí mismos.

Menachem a través del tiempo

Resulta que Menachem, el niño que se derrumbó cuando finalmente vio a su madre tras la guerra, creció y llegó a ser un oficial de alto rango en el ejército israelí. La razón por la que Laub (1991) conoció a Menachem y la historia de su infancia en Cracovia fue que, cuando era adulto, Menachem pasó un año sabático en la Universidad de Yale, durante el cual aportó sus recuerdos al “Videoarchivo de Testimonios del Holocausto”, ubicado en Yale y codirigido por Laub. El trabajo crucial de Laub sobre la importancia de la atestiguación, y sobre la “restauración” que puede tener lugar cuando uno es atestiguado, surgió de su experiencia al dirigir el archivo, una experiencia de la que sacó la conclusión de que el Holocausto destruía la misma posibilidad de atestiguación:

Ya no era posible ni la mera imaginación del Otro. Ya no había un otro a quien uno pudiera decir “tú” con la esperanza de ser escuchado, de ser reconocido como sujeto, de ser respondido… Cuando uno no puede dirigirse a un “tú”, uno no puede decirse “tú” ni siquiera a sí mismo. El Holocausto creó, en este sentido, un mundo en el que no podía soportar atestiguarse a sí mismo. [Laub, 1991, p. 80, cursivas en el original]

Menachem había crecido creyendo que era invulnerable. En la batalla, caminaba a través de ráfagas de balas creyendo que ninguna podía alcanzarlo, y rescató a otros soldados en circunstancias que, a quienes lo rodeaban, le parecía que prácticamente auguraban la muerte. Sin embargo, él pasaba por todo esto sin un mínimo daño, y se consideraba no valiente, sino que no podía ser matado. Laub (1991) ve esto como la “negación del niño víctima en sí mismo” (p. 87) Yo diría que cualquier sentido de indefensión o vulnerabilidad era para Menachem, no yo; el tipo de experiencia insoportable o intolerable que lo haría no reconocible para sí mismo y por tanto, era disociada.

La invitación que Laub hizo a Menachem para que contribuyera con su testimonio al archivo de Yale provocó una crisis, porque Menachem nunca había contado la historia de su infancia a nadie más que a su mujer. Una tarde, ella intentó convencerlo de que contase la historia, pensando que eso podía ayudarlo con su angustia y sus pesadillas, que llevaba arrastrando toda la vida, de estar en una cinta de transporte avanzando hacia unos rodillos que inexorablemente lo iban a aplastar. En este sueño repetitivo, Menachem estaba indefenso y aterrorizado, sabiendo que moriría de una forma terrible.

Esa noche, después de hablar con su mujer y decidir que en realidad podía ser bueno ofrecer su testimonio, Menachem tuvo otra vez la pesadilla. Pero esta vez fue diferente, tal como él le cuenta a Laub con sus propias palabras:

Por primera vez en mi vida, paré la cinta transportadora. Me desperté, aún angustiado, pero la angustia se convirtió en un maravilloso sentimiento de plenitud y satisfacción. Me levanté; por primera vez no estaba desorientado. Sabía dónde estaba; sabía lo que había pasado… Sentí con gran fuerza que eso tenía que ver con el hecho de que había decidido abrirme [Laub. 1991, p. 88]

Laub comenta que “es el compromiso con la verdad, en un contexto dialógico y con un oyente auténtico, lo que hace posible… el resurgimiento de la vida” (p. 89). Termina este potente artículo con estas palabras:

Es la percatación de que los que se han perdido no van a regresar; la percatación de que la vida consiste precisamente en vivir con una esperanza insatisfecha; sólo este momento con el sentimiento de que ya no estás solo –de que alguien puede estar ahí como compañero- conociéndote, viviendo contigo esa esperanza insatisfecha, alguien que diga “Estaré contigo en el proceso de perderme. Soy tu testigo” [p. 89]

Esto es la atestiguación en el sentido literal: una persona le cuenta su historia a otra. La atestiguación literal se da en el psicoanálisis y la psicoterapia, por supuesto; como he apuntado, una de las afirmaciones que he hecho al escribir sobre la ubicuidad de la atestiguación en el trabajo clínico es que los analistas escuchan a los pacientes de un modo que permite que éstos se escuchen a sí mismos (D. B. Dtern, 2009b). Pero gran parte de la atestiguación a la que me he referido en este ensayo, y de la que tiene lugar en el trabajo clínico, se podría describir mejor como implícita, lo que he llamado atestiguación imaginaria o interna. Este es ciertamente el caso de la atestiguación de un estado del self a otro a través del tiempo.

Últimas consideraciones

Al igual que la mayoría de psicoanalistas y psicoterapeutas psicoanalíticos, yo podría contar muchas historias que confirman, dentro del amplio marco de referencia del tratamiento psicoanalítico, las conclusiones que Laub ofrece acerca de los efectos restauradores de la atestiguación del Holocausto; y estos efectos psicoterapéuticos restauradores, en mi experiencia, son el resultado de la atestiguación tanto literal como implícita. Me contentaré aquí, sin embargo, con permitir que el trabajo de Laub hable por mí en este tema, en su mayor parte.

Ofreceré sólo, para concluir, una idea sobre la naturaleza de este tipo de ayuda psicoterapéutica. Esta idea es una afirmación que ya he hecho: la atestiguación en psicoterapia y psicoanálisis permite que el pasado y el presente se vinculen a través de la metáfora, mediante categorías de afecto, como Modell (1990, 2006) ha descrito. En este sentido, la disociación se rompe, el trauma se deshiela y puede ser soñado y pensado y la experiencia traumática vuelve al kairos, liberando el intercambio de significado a través del tiempo.

Sólo tengo una cosa más que decir sobre Menachem. Sabemos que su primera infancia, aparentemente segura, sucumbió a la desrealización retrospectiva que tuvo lugar cuando él se derrumbó tras la guerra, en el momento en que se reunió por primera vez con su madre. Pero cuando creció y conoció a Laub, había ocurrido algo más y diferente. Puesto que ahora era un adulto mirando atrás en el tiempo, su experiencia en las calles de Cracovia se había convertido en un trauma de tipo más convencional, un trauma del pasado distante. Inevitablemente, el trauma del presente se convierte en trauma del pasado, de modo que los efectos del trauma llegan desde el momento de la experiencia traumática no sólo al pasado, como en la desrealización sufrida por Michael, Menachem y Darryl, sino también al futuro y a la sucesión de momentos presentes en que se convierte el futuro cuando llega al aquí y ahora.

Creo que la curación de Menachem tuvo que ver, no sólo con la atestiguación de su trauma pasado desde un estado del self presente; sino que también implicó el renacer de su capacidad de atestiguar su presente traumático de hacía mucho tiempo –el presente en el que él se derrumbó justo después de la guerra- desde el estado del self cálido y protegido de su infancia segura con su madre. Creo que podemos aprender algo sobre la cura de la desrealización retrospectiva que tuvo lugar en la infancia de Menachem, en otras palabras, de la restauración ofrecida por la voluntad de Menachem de permitirse un testigo tantos años después.

En otras palabras, la cura de Menachem se debió no sólo al deshielo de su pasado congelado, como estamos acostumbrados a conceptualizar el trauma ubicado en el pasado. Ese factor está ahí, es cierto. Podemos ver que desde la perspectiva de Menachem en el presente, es su decisión de permitirse un testigo lo que en realidad descongeló el pasado. Pero la cura de Menachem también se debió, creo yo, al modo en que su decisión de contar su historia permitió al niño que era Menachem en las calles de Cracovia –y que, en cierta parte de su ser, seguía siendo un niño pequeño incluso en el momento de su testimonio del Holocausto, muchos años después- restaurar algo de la bondad y la seguridad que le ofrecía esa fotografía de su amorosa y protectora madre.

La decisión de Menachem como adulto de contar su historia lo liberó para dar uso a algo de esa bondad de la infancia en el mismo momento en el que ésta desapareció –la época en el burdel y en las calles de Cracovia que fue su momento presente hace tanto tiempo. La bondad de la imagen que Menachem tenía de su madre no podía derrotar a la maldad –ni entonces ni ahora- pero la nueva voluntad de Menachem de vincular el pasado y el presente tal vez restaurase el poder de parte de su bondad materna para que coexistiera una vez más con el sentido de impotencia y desesperación del niño pequeño. La atestiguación que curó, al menos parcialmente, a Menahem, en otras palabras, vinculó partes de sí mismo a través del tiempo en ambas direcciones.

Bibliografía:



[1] Uso el término “real” para diferenciar esta experiencia de otra experiencia generada más internamente. Pero por supuesto no hay una sola versión de la experiencia que en realidad pueda describirse como real, lo cual me lleva a poner “real” entre comillas.

[2] Aunque Freud describió un tipo distinto de plasticidad del pasado y el presente de la que yo presento aquí, en su trabajo sobre los recuerdos pantalla, él fue pionero en escribir sobre los efectos recíprocos del pasado y el presente el uno en el otro. Primero sugirió que los recuerdos tempranos a veces se utilizaban como pantalla para acontecimientos posteriores (Freud, 1899). Poco después, presentó la idea a la que más comúnmente nos referimos desde entonces: que los acontecimientos posteriores sirven como pantallas para los acontecimientos tempranos (Freud, 1901)

[3] Junto con Modell, D.N. Stern (2004) ha traído los conceptos de kairos y chronos a la literatura psicoanalítico en cuanto a los procesos de experiencia.

[4] Esta es una perspectiva que, bajo la rúbrica de disociación y puesta en acto, Bromberg (1998, 2006, 2011) y yo (D. B. Stern, 2003, 2004, 2010) también hemos considerado. A continuación escribiré algo de mi trabajo sobre atestiguación, pero me llevaría demasiado lejos esbozar la estrecha conexión entre las ideas que los tres hemos propuesto en cuanto a la importancia de la percepción, en oposición al insight verbal, en la acción terapéutica. Continuaré desarrollando lo que tengo que decir acerca de la percepción en estas observaciones sobre la base del pensamiento de Modell. Al considerar la contribución del pasado al presente, especialmente la contribución afectiva del pasado a la experiencia presente, también debo mencionar una vez más el trabajo capital de Loewald (1960, 1978) sobre el sujeto.

[5] El concepto de Nachträglichkeit recibió una nueva explicitación e importancia de Lacan (1953), quien le asignó un significado bastante limitado. Laplanche y Pontalis (Laplanche, 1970, 1998; Laplanche y Pontalis, 1967, 1968) son principalmente responsables de darle al concepto una mayor prominencia y un mayor marco de referencia. Aquellos que han escrito acerca de la Nachträglichkeit, casualmente, si bien no necesariamente usan las palabras kairos y chronos, a menudo emplean los conceptos de tiempo que corresponden a estas dos palabras. Birsted-Breen (2003), por ejemplo, sostiene que el tiempo evolutivo o progresivo (el tiempo lineal de la mayoría de las teorías evolutivas) y la reverberación o tiempo retrospectivo (el tiempo de retranscripción) van inherentemente juntos y, de hecho, son requisitos el uno para otro. Dahl (2010) encuentra en Freud una distinción similar entre dos vectores temporales en la Nachträglichkeit. Uno de estos es “un proceso casual que opera en la dirección de avance del tiempo contra el fondo de una realidad factual”, mientras que el segundo es “un movimiento de retroceso que permite una comprensión de escenas y fantasías inconscientes que tienen lugar en un nivel de proceso primario” (p. 727).

[6] Por razones de confidencialidad, partes del cuadro clínico y la historia de este paciente han sido alterados en este informe.

[7] Por supuesto, el trauma no siempre tiene como resultado una vitalidad reducida y la disminución de la capacidad de atestiguar la propia experiencia a través del tiempo. La capacidad  en el periodo posterior al trauma para mantener la vitalidad propia y la capacidad de crear significado es parte de lo que se describe como capacidad de afrontamiento [copying], resiliencia o autofortalecimiento[self-righting] (ver, por ej. Cyrulnik, 2005; DiAmbrosio, 2006; Parens, Blum y Akhtar, 2009; Schneider, 2003). Hace más de una década, el Psychoanalytic Review publicó una colección de artículos que abordan directamente la resiliencia de personas que, al igual que Menachem, sobrevivieron al Holocausto y a otros traumas violentos étnicos o religiosos (Berk, 1998; Fogelman, 1998; Hogman, 1998; Kalayjan y Shahinian, 1998; Nagata y Takeshita, 1998; Rousseay y col., 1998; Sigal, 1998). La aportación de Valent (1998) se ocupa específicamente de la resiliencia de ciertos niños supervivientes del Holocausto. Aunque Ornstein (p. ej., 1985, 1994) no utiliza necesariamente la palabra resiliencia, ha aportado trabajo sobre la respuesta al trauma, especialmente al Holocausto, forjado con el mismo espíritu

[8] Una vez más, Freud fue el primero en discutir las modificaciones recíprocas en la experiencia a través del tiempo –la modificación del presente por el pasado y del pasado por el presente- tanto en su descripción de la Nachträglichkeit como en su concepto de recuerdos pantalla (ver nota al pie 2).