aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 047 2014

Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista

Autor: Akhtar, Salman

Palabras clave

Trauma, Tratamiento psicoanalitico del trauma, Personalidad del analista.


"Psychoanalytic treatment and the analyst's personality" fue publicado originalmente en Psychoanalytic Inquiry, 34: 204-213, 2014.

Traducción: Marta González Baz
Revisión: Concepció Garriga i Setó

Al trazar las directrices para dirigir el tratamiento psicoanalítico, Sigmund Freud (1912) declaró explícitamente que lo que él recomendaba encajaba con su carácter y que otros podían encontrar su propio modo de actuar con estos principios. Antes de que el lector ponga mala cara y comience a poner en duda la veracidad de mi afirmación, permítanme citar al propio maestro:

Las reglas técnicas que estoy planteando aquí provienen de mi propia experiencia en el transcurso de muchos años… Sin embargo, debo dejar claro que lo que afirmo es que esta técnica es la única que encajaba con mi individualidad: no me atrevo a negar que un médico constituido  de forma diferente pueda verse abocado a adoptar una actitud diferente con sus pacientes y la tarea que tiene ante él. (p. 111)

A pesar del reconocimiento de Freud de que distintos psicoanalistas pudieran estar constituidos de forma diferente y a pesar de su claro permiso para que otros innovaran y ajustaran la técnica terapéutica a sus estilos personales, la mayoría de los profesionales del psicoanálisis tomó el camino opuesto. Se aferraron a sus directrices e intentaron con tesón confeccionar una técnica adecuada, o estándar, o de corriente principal, o clásica.

La búsqueda fallida de una técnica estándar

El concepto de parámetros de Kurt Eissler (1953), es decir, las desviaciones temporales y por necesidad clínica de una técnica estándar, fortaleció la creencia –generalizada por aquel entonces- de que existía un modo correcto de dirigir el psicoanálisis. La afirmación de Heinz Hartmann (1960) de que “la terapia analítica es una especie de tecnología” (p. 21) añadió otro sello de dignidad a la eliminación de la subjetividad, la variación y el matiz de nuestra empresa clínica. El hecho de que las variaciones en los estilos de carácter de cada analista como individuo (por ej. taciturno, alegre, metódico, bromista) puedan repercutir en su manera de practicar fue desterrado de la conciencia de la profesión.

En privado, sin embargo, nadie creía que todos los analistas trabajaban igual. Ciertamente, la cauta Anna Freud, la incisiva Melanie Klein y el bromista Donald Winnicott no eran iguales en sus intervenciones clínicas. Con seguridad, los tres suscribirían el “trío de indicadores” (Pine, 1997, p. 13) de anonimato, abstinencia y neutralidad pero, al final, trabajaban de formas muy diferentes. Respecto a la asociación libre, por ejemplo, los freudianos mostraban interés en lo que provoca un giro en la cadena de pensamientos, y los kleinianos se centran en lo que ese giro en la cadena de pensamientos provoca. Veamos otro ejemplo. La esperanza excesiva era considerada por los kleinianos como una forma desmán, mientras que a los winnicottianos el desmán les parecía una forma de esperanza. Todo esto dio lugar a diferencias en el modo que los analistas de Inglaterra escuchaban e intervenían. En los Estados Unidos, dichas controversias no surgieron –hasta hace poco- y sin embargo no podían evitarse las diferencias en los estilos clínicos que emanaban de las distintas organizaciones de carácter de los psicoanalistas.  Sólo los ingenuos mezclaban la rimbombancia de las intervenciones de Harold Searles, el enfoque paso a paso de Paul Gray, y la intuición abierta al ello de Jacob Arlow.

Otra fuente de variaciones técnicas surge de las diferencias teóricas. La mayoría de los analistas norteamericanos eran fieramente leales al eje Anna Freud-Heinz Hartmann y practicaban de un modo altamente metódico, priorizando el análisis de la defensa y la resistencia. La escena fue alterada por la importación que Otto Kernberg (1967, 1975, 1984) dio a la tradición kleiniana de Chile y su insistente síntesis de la misma con la psicología del yo; las olas que esto creó fueron desagradables y hasta turbulentas (Calef y Weinshel, 1979; Klein y Tribich, 1981). El redescubrimiento por parte de Heinz Kohut (1971, 1977) de la tradición independiente británica en la psicología del self vernácula complicó aún más el cuadro. Robert Wallerstein (1988, p. 5) comenzó a preguntarse si había “¿un psicoanálisis o muchos?”. Leo Rangell (2006) y Fred Pine (1988) intentaron poner orden en el revoltijo heurístico bajo las rúbricas de una teoría unitaria y cuatro psicologías del psicoanálisis, respectivamente. Sin embargo, el campo siguió lleno de todo tipo de cuestiones. ¿Eran simplemente los pacientes borderline más neuróticos que los neuróticos? ¿Es la línea narcisista del desarrollo independiente de la línea objetal libidinal? ¿Es la empatía un prerrequisito para, o un sustituto de, la interpretación? Y, por si el misterio resultante no fuera suficiente, la disciplina emergente de la observación neonatal e infantil de orientación psicoanalítica dio lugar a datos que también tuvieron que ser asimilados en nuestro trabajo clínico.

Finalmente, la diferencia en el tipo de pacientes que los analistas veían necesitó innovaciones técnicas. Aquellos que trabajaban con pacientes psicóticos o casi psicóticos (por ej. en Chestnut Lodge, Boyer Foundation y Austen Riggs), con supervivientes del Holocausto y sus generaciones posteriores, y con individuos inmigrantes y exiliados plantearon serias cuestiones sobre la aplicación ubicua de la técnica psicoanalítica habitual. Añadamos a esto la experiencia de los psicoanalistas que tratan a víctimas de incesto y a pacientes con trastornos disociativos. Todo junto, el trabajo de todos estos investigadores (por ej. Akhtar, 2011; Boyer, 1961, 1971; Brenner, 2001, 2004; Burnham y col., 1969; Charles, 2011; Kluft, 1984, 1993; Kogan, 1995; Margolis, 1991; Searles, 1965, 1986; Shengold, 1989; Volkan, 1976) refinó nuestra caja de herramientas terapéuticas y delineó intervenciones clínicas nuevas. Es en este punto que el tratamiento psicoanalítico del trauma entra en nuestro discurso.

Directrices para tratar el trauma psíquico

Aunque el psicoanálisis había encontrado sus anclajes originales en el estudio del trauma sexual infantil, muy pronto relegó esa etiología a un segundo plano y puso en el centro la fantasía infantil. Requirió una implicación estrecha con los supervivientes del Holocausto (y sus descendientes) el volver a conceder (una vez más) el respeto debido al poderoso papel del trauma en la vida mental humana. El interés posterior en el incesto, los trastornos disociativos, y, más adelante aún, en el impacto psicosocial de la inmigración, y el vivir bajo la amenaza del terrorismo arrojó más información en cuanto a qué puede pasarle a la mente humana en esas circunstancias y qué otras incorporaciones a nuestra técnica podrían estar indicadas. Una revisión minuciosa de esta literatura no es posible aquí, pero podemos decir con seguridad que los especialistas en este campo han recomendado las siguientes directrices:

Actitud acogedora

El paciente debe poder captar una actitud cálida genuina en el analista. Debe llegar a sentir que el analista se alegra de estar haciendo su trabajo y que acoge al paciente a su consulta y, también, a su mundo interno.

Mediante esta indulgencia se permite al paciente, hablando con propiedad por primera vez, disfrutar de la irresponsabilidad de la infancia, lo cual es equivalente a la introducción de impulsos vitales y motivaciones positivos para su existencia posterior. Sólo más adelante se puede proceder conscientemente a aquellas demandas de privación que generalmente caracterizan a nuestros análisis (Ferenczi, 1929, p. 106)

En una línea similar, Leo Stone (1981) afirmó que “el ‘amor’ implícito en la empatía, escuchar, e intentar entender con una dedicación no seductora a la tarea, el sentido de plena aceptación, respeto y a veces el sencillo fenómeno de la pura paciencia confiable, puede tener un lugar igual o casi igual en importancia a las puras habilidades interpretativas” (p. 114). Esto es más cierto que nunca cuando hablamos de tratar individuos con una historia de trauma psíquico severo.

“Sostén” prolongado

En estos casos es necesario un periodo de espera más largo de lo normal hasta que el paciente se vuelve analizable. El paciente debe estar psicológicamente sostenido (Winnicott, 1960) y no se le debe apresurar. Debe permitírsele un periodo de tiempo lo suficientemente prolongado (a menudo, muy largo) para experimentar, a distintos niveles, la solidez del entendimiento terapéutico (Amati-Mehler y Argentieri, 1989; Balint, 1968). La ruptura prematura de las defensas del paciente y/o su retirada puede traumatizarlo de nuevo. Las interpretaciones ofrecidas mientras el paciente tiene necesidad de afirmación y sostén pueden herirlo aun cuando sean correctas en cuanto al contenido. Winnicott (1963) describió este estado de la cuestión elocuentemente cuando dijo lo siguiente:

Si esperamos, nos volvemos objetivamente percibidos en el propio tiempo del paciente, pero si no conseguimos comportarnos de un modo que facilite el proceso analítico del paciente (que es el equivalente del proceso madurativo del infante y el niño), ciertamente nos convertimos en “no yo” para el paciente, y entonces sabemos demasiado, somos peligrosos (p. 189).

Marco flexible

El analista debe poder y querer acomodarse juiciosamente al marco de las idiosincrasias postraumáticas del paciente. Por ejemplo, si el paciente aparece en la oficina con un bebé o un perro, el analista debe permitirlo, sin ser obtrusivo (Balint, 1968) y dejar que el proceso se despliegue. De forma parecida, puede tener que tolerarse y comprenderse en silencio (es decir, sin interpretación) durante mucho tiempo (Gerrard, 2011)  la asistencia irregular de los pacientes a las sesiones. Esto no permite concesiones molestas a la realidad ni evita el pensamiento escéptico acerca de estas acciones. Sin embargo, la paciencia, afirmación y acomodación deberían primar sobre el desenmascarar y descifrar durante un periodo de tiempo razonablemente prolongado después de empezar el tratamiento.

Validación del trauma

El concepto de Nanette Auerhan y Dori Laub (1987) de aceptación conjunta de la realidad del Holocausto, que requiere que el analista demuestre su reconocimiento de la naturaleza factual de esta gran tragedia, se aplica a todos los traumas severos. El analista que trata con tales situaciones debe validar que el suceso o sucesos (por ej. abuso sexual por parte de una figura parental, la muerte de una figura parental en la primera infancia, el maltrato físico) han sido en realidad cosas horribles que el paciente ha tenido que soportar. Por supuesto, si el paciente se queda enganchado en esperar una y otra vez oír esto del analista, el tema debe tratarse de manera interpretativa. Pero la validación del impacto psíquico del trauma siempre debe ser el primer paso.

Creencia en el Principio de Función Múltiple

El analista debe suscribir el principio de función múltiple (Waelder, 1936) y darse cuenta de que cualquier fenómeno que el paciente presente tiene múltiples capas y que no es más que una parte de la gestalt global de su psique. De otro modo, la monotonía desesperante y/o la simplicidad violenta del material manifiesto del paciente (y sus implicaciones transferenciales) pueden tentar al analista a hacer intervenciones basadas en el síntoma y directamente encaminadas a la mejoría. La convicción de que cada tema psicológico tiene muchos determinantes y muchos propósitos permite la gran libertad necesaria para el yo-de-trabajo del analista. Armado de esta manera, el analista puede barajar varias perspectivas en la psicopatología del paciente, incluyendo lo edípico versus lo preedípico (Greenspan, 1977), la defensa versus la descarga (Arlow y Brenner, 1964), lo romántico versus lo clásico (Strenger, 1989), el conflicto versus el déficit (Killingmo, 1989), etc. Las oscilaciones entre estas perspectivas contradictorias evitarían que el analista se sintiera tentado a creer el “mito personal” (Kris, 1956, p. 54) así como a sucumbir a explicaciones simplistas y unifactoriales de la psicopatología del paciente.

Sensibilidad a las comunicaciones no verbales

Al tratar a individuos severamente traumatizados el terapeuta debe estar finamente sintonizado con sus comunicaciones no verbales. Este tipo de pacientes a menudo actúan en lugar de recordar y contar. La elaboración de la fantasía es escasa y los “datos brutos que apuntan a que las interrupciones del desarrollo temprano del yo tienden a ser afectivas más que verbales o intelectuales” (Burland, 1975, p. 317). Los residuos de trauma “inrecordables e inolvidables” (Frank, 1969, p. 48), sin embargo, siguen sin disminuir bajo la persona adulta y a menudo sólo se pueden discernir mediante la postura del paciente y sus movimientos en el diván, sus gestos, tono de voz y su estilo de entrar y salir del consultorio. Prestar atención a la propia contratransferencia, donde estas “danza conductual y música somática” (McLaughlin, 1992, p. 151) reverberan al máximo, abre nuevas vistas para la reconstrucción y la comprensión.

Mejora de la verbalización

El trauma psíquico interfiere no sólo con la consolidación de la constancia de self y objeto (Mahler, y col. 1975), sino también con la capacidad del yo para reconocer y regular los estados afectivos internos. El analista, por tanto, tiene que convertirse en un yo auxiliar para el paciente en este aspecto, dándole a conocer los estados de sentimiento que se hallan activos en un momento dado. Amy Katan (1961) lo señaló cuando dijo que “la verbalización conduce a un aumento de la función controladora del yo sobre los afectos y las pulsiones” (p. 185). Comentarios como “ahora mismo está muy enfadado”, “lo que está experimentando es extremadamente doloroso” y “parece muy, muy triste”, aunque parezcan convencionales, ayudan en gran medida a que el yo del paciente logre influir sobre el caos interno (Vokan, 1976) y (a) organizar el material de modo que más adelante esté dispuesto para un manejo interpretativo más convencional.

Creación de espacio transicional

Un tema relacionado es el de crear un espacio psíquico en el que pueda germinar la semilla del proceso analítico profundo. Los individuos traumatizados a menudo se polarizan (bifurcan) y no pueden soportar la ambivalencia. A tu modo o al mío, Ahora o nunca, Todo o nada, Amor u odio constituyen el mobiliario de de sus salones psíquicos (Lewin y Schulz, 1992). Para reparar esas brechas, el analista tiene que hacer intervenciones que tiendan puentes (Kernberg, 1975), es decir, comentarios que muestren, mediante recordatorios verbales delicados o un cambio sutil en el tono de voz, que no ha olvidado la configuración transferencial que es opuesta a la que está actualmente activa. Y, lo que es más importante, el analista tiene que forzar la apertura del espacio transicional cerrado (o crearlo si hasta el momento es inexistente) para el paciente (Winnicott, 1953) y fomentar la capacidad de mentalización (Fonagy y Target, 1997). Por ejemplo, si el paciente habitualmente concluye sus pensamientos diciendo “No tengo más que decir sobre esto”, el analista puede sugerir que el paciente intente decirlo de un modo ligeramente diferente, es decir “no tengo más que decir, que yo sepa, sobre esto”. Esto, como queda claro, abrirá nuevas posibilidades para que emerja el material en capas topográficas. O, si el paciente dice (por ejemplo, en respuesta con un deseo de tener sexo con el analista) que “mire, sé que dirá que no”, el analista puede decir. “¿Y qué pasa si no digo que no?” Entonces, ante la respuesta de pánico del paciente “Ahora me asusta. ¿Está diciendo que sí?”, el analista puede responder de nuevo con un no, señalando al paciente “hablemos de ello” como una posible respuesta que evita una contestación si-no. Etc. La cuestión es obligar al paciente a pensar de nuevo mostrando uno mismo un pensamiento original.

Entonamiento con la organización psicoestructural fluctuante de los pacientes

Una vez que el análisis realmente se pone en marcha, el analista debe ser capaz de fluctuar entre los dos polos de la escucha crédula que da lugar a intervenciones afirmativas y la escucha escéptica que da lugar a intervenciones interpretativas. Dejando de lado el temor del superyó a no interpretar y la avidez del yo de interpretar siempre, el analista debe operar desde su yo y su profundo contacto con la organización psíquica fluctuante del paciente. Cuando el paciente cambia de transferencias normales basadas en el conflicto y se mueve hacia el sector traumatizado del self y las representaciones objetales,

La actitud investigadora ya no encaja con el nivel estructural del paciente y el analista tiene que cambiar su estrategia. De no hacerlo, es probable que su intervención actúe como un asalto contra la representación del self del paciente… También debería recordarse que la calidad de la transferencia puede estar cerrada al punto de inflexión estructural de modo que puede cambiar rápidamente. Consecuentemente, el analista debería estar en un estado de constante receptividad a la oscilación entre las dos posiciones estratégicas (Killingmo, 1989, p. 74).

Utilización de intervenciones evolutivas

El analista que trabaja con individuos traumatizados también debe tener en mente la relación dialéctica entre la resolución interpretativa de la psicopatología y la reanudación del desarrollo interrumpido (Settlage, 1993). Con cada resolución de la patología postraumática, se da la oportunidad de reanudar el desarrollo en esa área y con cada avance evolutivo se produce un aumento en la tolerancia del paciente a la exposición de los recuerdos, deseos y fantasías aislados que producen angustia. La intervención evolutiva de Samuel Abram (1978) se convierte en una herramienta específica a este respecto. Cuando una tendencia saludable no expresada hasta el momento emerge como resultado del trabajo clínico continuado, el analista no debe deconstruirla interpretativamente; en cambio, debería subrayar la tendencia progresiva inherente en ella y “facilitar la emergencia de bloques experienciales” (p. 397). La recomendación de Calvin Settlage (1993) de que el analista reconozca y favorezca las iniciativas y los logros evolutivos del paciente pertenece al mismo campo.

Facilitación del duelo

El analista tiene que reconocer que los elementos similares al duelo, fundamentales para los análisis, son de la mayor importancia en el tratamiento de pacientes traumatizados. Estos individuos no han atravesado los pasos sucesivos de pérdida (de soporte externo y  de omnipotencia) y ganancia (de estructura interna y de principio de realidad) típicos de la maduración gradual de la personalidad. Carecen de este prototipo de duelo. Las separaciones del analista, el reconocimiento culpable de su agresión hacia él, la gratitud incipiente y la angustia renovada de la pérdida durante la terminación, todo ello reaviva y consolida el proceso de duelo. Lo mismo se aplica a la pérdida de su omnipotencia infantil y su tendencia frecuente a vivir en un mundo de ilusiones. Esta última tendencia es especialmente evidente en la adicción a la búsqueda de venganza (en la realidad o la fantasía), o, a la inversa, en la esperanza casi maniaca  de que un día se curen todas las heridas, todas las quejas sean escuchadas, y todas las crueldades cometidas por los otros sean lamentadas por ellos y perdonadas. Llegar a darse cuenta de que esto puede no ser así y la tristeza que acompaña a ese darse cuenta es una parte fundamental del tratamiento de los individuos traumatizados.

Manejo de la contratransferencia

Los pacientes traumatizados nos traen historias terribles de abuso, llantos de desesperación que encogen el corazón, la carga de la futilidad y los puñales de la búsqueda de venganza con las cicatrices que éstos dejan. Todo esto puede crear un caos contratransferencial. Hay que resistir a esto, sobrevivirlo (Winnicott, 1962) y utilizarlo diligentemente como fuente de información incluso durante (o poco después de) los momentos en que su role-responsiveness (receptividad del analista a actuar el rol que el paciente trata de imponerle) (Sandler, 1976) lo fuerce a una puesta en acto mutua con el paciente. Debería recordarse que “la respuesta emocional del analista a su paciente dentro de la situación analítica representa una de las herramientas más importantes de su trabajo; es un instrumento de investigación del inconsciente del paciente” (Heimann, 1950, p. 81). En otro sitio he descrito (Akhtar, en prensa) cómo el modo de ser del analista ante sus propias asociaciones, impulsos, afectos y acciones –sean deliberados o inadvertidos- lo orienta en cuanto a las corrientes subterráneas más profundas del proceso que se despliega dentro de la diada clínica. Aunque esto es cierto para todo el trabajo clínico, esa vigilancia es de mayor importancia al trabajar con individuos traumatizados. Un punto adicional a tener en cuenta aquí es si “el análisis también puede evocar elementos pertenecientes a la psique del analista que puedan beneficiar al análisis” (Parsons, 2007, p. 1452). Una actitud vigilante hacia los fenómenos contratransferenciales, por tanto, no debería equipararse con una contención autocrítica.

El papel de la personalidad del analista

Al afirmar que “ningún psicoanalista va más allá de lo que sus propios complejos y resistencias le permiten”, Freud (1910, p. 145) claramente dio voz  a la conexión potencial entre la técnica, la profundidad y los resultados del tratamiento analítico por una parte y la personalidad del analista por la otra. Analistas posteriores (p. ej. Guntrip, 1969; Klauber, 1968) también apuntaron ese vínculo, pero la mayoría de pasada. Y es cierto que ningún analista puede ayudar al paciente simplemente con su calidez, paciencia y ternura. La importancia de estas cualidades reside en sus complejas interacciones con sus habilidades técnicas. Aquí hay muchos factores implicados.

En primer lugar, deberíamos recordar que trabajar con pacientes traumatizados severos es difícil y, con frecuencia, descorazonador. La mejoría es lenta. El paciente a menudo tiene pocas razones para la esperanza y, durante largos periodos de tiempo, la función de mantener el optimismo descansa únicamente en el terapeuta. El terapeuta, por tanto, debe tener “una gran paciencia ante la ausencia de cambio” (Kernbgerg, 1984, p. 252), así como la firme convicción de que la mayoría del tiempo “la pérdida, la enfermedad severa, y el fracaso pueden ser tolerados y elaborados” (p. 249). Los clínicos experimentados basan esa convicción en su conocimiento y experiencias previas. Los novatos, sin embargo, deben sobrevivir a base de fe prestada, es decir, de la convicción basada en la experiencia beneficiosa de su propio análisis, el consejo útil de sus supervisores, y su respeto, incluso idealización, a autores prominentes dentro del campo. Estas tres fuentes funcionan como antídotos al pesimismo hasta que se desarrolle la auténtica confianza en el trabajo de uno mismo.

En segundo lugar, el analista debe superar en gran medida sus tendencias narcisistas. Esto lo ayudaría a buscar supervisión de forma continuada o, al menos, en los momentos de duda y dificultad al tratar a un paciente gravemente enfermo y demandante (o introvertido). También evitaría que el analista tuviera unas expectativas demasiado elevadas respecto al resultado  del tratamiento. Lo que es más importante, resolver los temas narcisistas profundizaría la aceptación del analista de sí mismo tal como verdaderamente es, lo que “puede permitirle expresar en su conducta la convicción de que el paciente también podrá aceptar verdades sobre sí mismo y sobre su vida” (Kernberg, 1989, p. 250).

En tercer lugar, el analista debe ser  capaz de dar al paciente una respuesta emocional genuina y específica (Little, 1951; Winnicott, 1947). Su gama interna de emociones necesita ser amplia. Debe ser capaz de expresar curiosidad, enfado, simpatía, tristeza, interés y excitación eróticos, celos, pena, asco, horror, amor, amistad, etc. Esa libertad emocional no sólo prestará autenticidad a su trabajo sino que también aumentará su capacidad para usar sus reacciones contratransferenciales productivamente.

Los tres puntos planteados hasta el momento tienen amplia aceptación en la comunidad analítica. La cuestión escabrosa pertenece a la existencia del trauma en el propio trasfondo del analista. ¿Ayuda o entorpece el tratamiento? Antes de responder a esta pregunta y traer a colación esta indagación incómoda, sugiero que consideremos las siguientes cuestiones:

·         ¿Puede alguien que no ha tenido una pérdida en la infancia empatizar verdaderamente con analizandos adultos que han perdido a su madre cuando tenían 3 o 4 años? ¿Entendería un analista de una familia intacta y con una infancia pacífica lo que en otra parte (Akhtar, 2011) llamé la “vergüenza del niño sin madre”?

·         ¿Es posible que un analista que nació, creció, se educó y ahora vive y practica en un radio fácilmente accesible de 500 o 600 km captar las “angustias de desorientación” (Grinberg y Grinberg, 1989) de alguien que se ha mudado, de adulto, de un país a otro culturalmente diferentes?

·         ¿Cómo comprende un analista criado por padres amorosos la humillación y la agonía de alguien violentamente golpeado por sus padres y abusado sexualmente por un hermano mayor o un abuelo?

Puedo continuar pero el tema, creo, queda planteado. Puede haber límites a nuestra empatía como analistas si el trauma padecido por nuestros pacientes queda demasiado lejos de la corteza exterior de nuestra órbita experimental. Pero, entonces, ¿cuál es la solución? ¿Vamos a suponer que sólo los analistas huérfanos pueden sintonizar con la pérdida parental en la infancia, sólo los analistas que han sufrido abusos pueden resonar con las violaciones tempranas de la piel física o psíquica? ¿Y qué hay del trauma por presión continuada (Kris, 1956) de ser negro en este país? ¿Puede un analista blanco “captarlo” realmente? Y así sucesivamente. Estos son temas complicados y la base conceptual es turbia, cuando menos.

Mi propia experiencia clínica me dice lo siguiente. Si el analista ha experimentado un trauma similar al de su paciente y ha obtenido un dominio del yo razonable sobre él, el hecho de su trasfondo traumático puede ser útil. La existencia de relaciones amorosas en casa y de canales sublimadores diferentes del psicoanálisis (por ej. arte, poesía) hace esto más probable puesto que impide que el trabajo clínico sea el único terreno de reactivación y elaboración del trauma personal del analista. Las cosas pueden ser aún mejor si el analista permanece autovigilante, se resiste a la revelación indebida, busca consulta con sus pares de vez en cuando, y escribe sus pensamientos (independientemente de que el material resultante sea publicado o no). Más aún, el analista puede permanecer abierto al hecho de que el encuentro con su trauma –esta vez localizado en el analizando- pueda suscitar nuevas comprensiones sobre sí mismo y, por qué no, un crecimiento psíquico real en él. Desagraciadamente, debido a la confidencialidad del paciente (y, por supuesto, la mía propia) no puedo entrar en detalles, pero todo esto ha sido ciertamente mi experiencia subjetiva y está implícita en algunos de mis escritos recientes (Akhtar, 2009, 2011). Si, por otra parte, el analista sigue luchando con algunos aspectos de su trauma infantil, y no ha logrado el dominio de su yo sobre ellos, entonces puede darse el riesgo de una revelación autoindulgente, la colusión homotraumática, y el pasar por alto interpretar los usos actuales que el paciente hace de sector traumático de su personalidad. Las cosas no son, sin embargo, este caso tan claro. Incluso en las mejores circunstancias, los residuos controlados y no controlados permanecen en todos los individuos traumatizados y los psicoanalistas no son una excepción. La cuestión es acerca de su proporción relativa y de su intensidad afectiva

No es sorprendente, entonces, que lo más importante sea la honestidad del analista consigo mismo, con su paciente y con el proceso analítico puesto que eso lo incita a permanecer vigilante, a buscar consulta, a evitar la “hiperconfidencialidad” (Celenza, 2007) y a evitar fallos técnicos mayores. Una confianza duradera en el potencial omnipresente del desarrollo humano también ayuda. Puede animar al paciente a renunciar, con el tiempo, a su tendencia a ir de la esperanza patológica a la desesperanza en cambio avanzar de la esperanza patológica a la esperanza realista (Akhtar, 1996). Este movimiento se facilita si el analista tiene fe en la capacidad de crecimiento del paciente, una propuesta que refleja la descripción que hace Loewald (1960) de la necesidad infantil de identificarse con el potencial madurativo de uno mismo tal como se ve en los ojos de los padres. Los ojos del analista que trata a  individuos traumatizados deben estar, por tanto, abiertos y brillantes la mayoría de las veces.

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