aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Número 058 2018 Monográfico. El psicoanálisis en los últimos veinte años I: la teoría

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¿Es posible un principio moral como base de una buena acción terapéutica? El tercero moral de Jessica Benjamin

Is it possible a moral principle as a basis for a good therapeutic action? Jessica Benjamin

Autor: Dio Bleichmar, Emilce

Para citar este artículo

Dio Bleichmar, E. (junio, 2018). ¿Es posible un principio moral como base de una buena acción terapéutica? El tercero moral de Jessica Benjamin. Aperturas Psicoanalíticas, 58. Recuperado de: http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001014#contenido

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Resumen

Tomando como marco el paradigma de la intersubjetividad se examina el libro Beyond the doer and done to. Recognition theory, intersubjectivity and the third (2018), especialmente su concepción del tercero moral, se lo compara con otros conceptos del tercero –semejanzas y diferencias- y se propone aplicarlo a la psicoterapia psicoanalítica superando propuestas clásicas. Se correlacionan los planteamientos de Jessica Benjamin con la orientación de la obra de la propia autora con mirada de género para la comprensión de la parentalidad, y la subjetividad de la madre y la mujer.

Abstract

This paper s Jessica Benjamin's seminal work, Beyond doer and done to. Recognition theory, intersubjectivity and the third with particular emphasis on the moral third, which is compared – similarities and differences- to others theoretical formulations of the Third.  The application of Benjamin's Moral Third to psychoanalytic psychotherapy is proposed, thus departing from classical theory's one-person psychology towards a firmly established two-person psychology. Correlations are made between Jessica Benjamin's contributions and certain aspects of the author’s work, including the centrality of gendered look, in order to better understand parentality and women and mother´s subjectivity. 

 


Palabras clave

Benjamin, Genero, Intersubjetividad, Moral, Reconocimiento, Tercero.

Keywords

Benjamin, Gender, Intersubjectivity, Moral, Recognition, Third.


Interés personal en la obra de Jessica Benjamin

Haciendo un balance de lo que puede caracterizar al Enfoque Modular Transformacional (Bleichmar, 1997) me animaría a decir que es el principio de la diversidad junto a la exigencia de conocer y respetar la particularidad. Diversidad de inconscientes, diversidad de sistemas de memoria, diversidad de sistemas motivacionales que nos movilizan, diversidad de ansiedades y su particularidad para cada sistema motivacional, diversidad de propuestas teórico-técnicas para la diversidad psicopatológica y la particularidad de cada paciente. Aperturas Psicoanalíticas con su mismo nombre constituye una ilustración ejemplar de esta posición (www.aperturas.org).

No cabe duda que la multiplicidad caracteriza el avance de nuestro conocimiento pero no deja de ser difícil conseguir un juicio clínico que sea una base segura para una acción terapéutica suficientemente buena. Es desde esta preocupación y realidad que el texto de Jessica Benjamin viene a darnos una pista posible. Si entendemos a fondo la polaridad del que hace y me hacen como la posición psicológica de los desencuentros y base de gran parte de los conflictos humanos, el planteamiento del tercero como el estado mental que en la subjetividad de cualquiera, captándose a sí mismo, simultáneamente, pueda pensar al otro como un otro sujeto, este planteamiento, se presenta como promisorio. La posición de Benjamin que trata de superar hago y me hacen es una base para una moral no en base a reglas, normas, sino al continuo reconocimiento de que sufrimos y hacemos sufrir, del que sufre y hace sufrir. Reconocer necesidades, proyectos de vida, pensamientos del otro y aceptarlos como tal, es tratar al otro como diferente de si mismo con toda la legitimidad del ser del otro.  Por eso es válido que Jessica Benjamin lo llame Tercero Moral. Concepto aparentemente simple pero de incalculable envergadura, que ha sido para mí un faro para alumbrar no sólo el cúmulo de teorías y propuestas que tenemos en la actualidad, sino y sobre todo, mi propio funcionamiento mental. El reconocimiento del daño sufrido y causado permite establecer la posición de testigo que puede soportar el conocimiento de lo que es el dolor, y Jessica Benjamin sostiene que este reconocimiento es el que entraña una idea moral; o sea sabemos algunas cosas que no están bien, si bien ocurren. Moralidad no normativa, lo que parece una paradoja, sin embargo coincide con propuestas sobre la sensibilidad y empatía con el sufrimiento del otro como la base de la moralidad, tal como lo plantea Hoffman (2000), autor que he trabajado en presentaciones clínicas en la Sociedad Forum de Psicoterapia Psicoanalítica (Dio Bleichmar, 2016). Traslademos esto a la terapia, el reconocimiento de nuestro papel, de nuestra subjetividad, de lo que decimos y hacemos en la relación terapéutica aparece de igual relevancia para entender los mecanismos o sentimientos del paciente. ¿Podríamos entonces entender la terapia como un encuentro entre dos sujetos que se relacionan y que el terapeuta acepta exponer también su pensamiento, no como una simple autorrevelación sino como una pieza importante en la concepción del encuentro entre dos mentes capaces de ser honestas, admitir y detenerse en algo que no funcionó bien? ¿Un espacio mental en la subjetividad que tenga en cuenta al que hace y al que le hacen, hago y me hacen? Un espacio mental, un estado de la mente del terapeuta que en los múltiples intercambios con el paciente vaya creando el tercero, primero en el terapeuta y luego en el paciente ¿Es esta posición algo que permite superar la permanente inquietud de la distancia entre la teoría y la práctica?

Reflexionando sobre mi propia experiencia me encuentro con dos aspectos relevantes que están vinculados a mi formación como médica y como psicoanalista. Durante mi vida de estudiante de medicina pensé dedicarme a la investigación básica, participé en un equipo que trabajaba sobre la membrana celular. Luego al hacer mi residencia en un hospital de niños me interesó el psicoanálisis y me formé en la Asociación Psicoanalítica Argentina, dedicándome una vez graduada a la clínica y docencia en psicoanálisis de niños y adolescentes. No obstante, siempre tuve dudas sobre la teoría freudiana del desarrollo psicosexual y las ideas kleinianas sobre el grado de desarrollo mental durante el primer año de vida. Cuando en 1985 llegó a mis manos El Mundo Interpersonal del Infante de Daniel Stern se me abrió un mundo al leer: "Este libro intenta crear un diálogo entre el infante revelado por el enfoque experimental y el reconstruido por la clínica, al servicio de la resolución de la contradicción entre teoría y realidad" (p. 12). Este diálogo lo que le reveló es que el comienzo de la subjetividad de la criatura se desarrolla en la intimidad de la relación con la figura de apego, dando relevancia a los cambios que en la conducta del bebé expresan la emergencia de una conciencia, simultánea, de sí mismo y el otro. Relación temprana, apego, desarrollo del sí mismo, otros focos de conocimiento que me permitieron centrar y ampliar mi práctica clínica. Los hallazgos en neurociencia posteriormente no han hecho sino dar mayor fundamento a esta articulación entre conocimiento empírico y comprensión psicoanalítica sobre la comunicación preverbal, la importancia de la memoria procedimental en la conducta humana.

De modo que encontré en Daniel Stern un psicoanalista que no tenía miedo a los hallazgos de la investigación empírica, alguien a quien tampoco dejaba contento lo que leía sobre el infante en el psicoanálisis, y una posición independiente de instituciones que se veían interpeladas por su inclinación hacia modelos observacionales del desarrollo. Encontré también que la importancia otorgada a lo observado y destacado como central para el desarrollo en la temprana infancia era considerado central para una terapia suficientemente buena. Estas ideas las reencontramos posteriormente en trabajos que contribuyeron a un cambio sustancial en el hacer del psicoanálisis: un más allá de la interpretación (Stern et al., 1998), y en el énfasis puesto en una práctica terapéutica que llamó moment to moment (Stern, 2004) para destacar la observación constante y minuciosa de lo que ocurre entre el analista y el paciente.

Otro punto de mi malestar con la teoría del desarrollo en psicoanálisis eran las ideas de Freud sobre la sexualidad de la niña y la feminidad. Cuando descubrí la propuesta de Stoller sobre el núcleo de la identidad de género -término acuñado por Money, endocrinólogo de neonatos- como un emergente creado y sostenido por los adultos, me convencí de la insuficiencia de la teoría sobre la diferencia sexual y me permitió entender de otro modo a la mujer, principalmente a la histeria (Dio Bleichmar, 1985). Al publicar Jessica Benjamin en 1988 Los Lazos del Amor. Psicoanálisis, Feminismo y el Problema de la Dominación encontré a una autora que en la página inicial de reconocimientos agradece a Beatrice Beebe -investigadora de la relación madre-infante- haberla incluido en su proyecto (p. 9) ¿Cómo llega al feminismo desde este comienzo de observación experimental de la primera infancia? Discutiendo con Freud sobre la oposición entre pulsión agresiva y civilización, planteamiento que a su entender, oscurece la cuestión central de cómo la dominación realmente opera, la tesis de su obra: la dominación es una extensión de los lazos del amor y se centrará en la participación del dominado en el proceso. En el prólogo sostiene: "Este libro es un análisis del interjuego entre el amor y la dominación. Concibe la dominación como un proceso de ida y vuelta, un sistema que envuelve la participación de quienes se someten al poder, así como la de quienes lo ejercen. Por sobre todo, tratamos de comprender de qué modo está anclada la dominación en el corazón de los dominados. (p.15 ). Ya en su primera obra tiene en cuenta a los dos protagonistas tratando de observar las razones de ambos -a los que desde el inicio llama el que hace y al que le hace tomando como foco de su reflexión sobre la madre a partir de las observaciones recogidas en su trabajo de investigación en la relación temprana. Va a sostener que ninguna teoría del desarrollo psicológico ha articulado adecuadamente la existencia independiente de la madre como tal, no entendiendo su absoluta sumisión. Es de destacar que este reconocimiento planteado hace 30 años por Benjamin, últimamente parece haber brotado en la cultura dando lugar a una serie de publicaciones sobre los malestares y el sufrimiento de la maternidad (Badinter, 2017; Donath, 2016). Por mi parte, ha motivado las observaciones clínicas y los trabajos sobre el intenso y frecuente sentimiento de culpa de las madres que no tienen en cuenta la participación de la criatura en su propia desrregulación (Dio Bleichmar, 2016).

Jessica Benjamin también confía en los hallazgos empíricos para su interpelación a la teoría del desarrollo imperante en el psicoanálisis. Al igual que Stern se centra en la interacción concreta, y además, va a agregar una perspectiva feminista para propulsar una perspectiva de sujeto, tanto de la mujer como de la madre, entendiendo por sujeto no una abstracción filosófica sino un sí mismo concreto, consciente de su subjetividad y acción. También como Stern traslada esta posición a la práctica terapéutica creando la expresión el tercero simbólico o moral, haciendo hincapié en nuestra habilidad para enfrentar la ruptura de la comunicación, dado que el paciente nos utilizará para dramatizar las mismas heridas que ha venido a curar y, a menudo nos encontramos en la precaria posición de ser tanto la causa como la solución. Nuestra tarea sería crear ese espacio compartido entre paciente y analista que pueda mantener la tensión, que eso que hago y me hacen, se pueda observar y reflexionar conjuntamente.

Considero que esta perspectiva de llegar a la posición de un tercero como un principio moral en la clínica, más allá de las prerrogativas de las reglas y normas ritualizadas de la técnica nos puede guiar en la avalancha de información, de múltiples orientaciones terapéuticas, de distintos focos para jerarquizar en la práctica terapéutica. Me parece posible e innovador que cualquiera que sea la opción elegida, se va a tratar de entender si en la relación hay un claro contacto mente a mente que nos permita entender los momentos de ruptura del contacto, aún en aquellos que tengan que ver con nuestra acción o no acción. El texto Beyond Doer and Done to: Recognition Theory, Intersubjectivity and the Third (2018) no está traducido, por lo que pensé que una detallada y comentada exposición de su pensamiento y sus propuestas podrían ser de gran utilidad para nuestro trabajo terapéutico diario.

Una propuesta metodológica para el reconocimiento del otro

Jessica Benjamin es una pensadora que ha producido ideas y categorías metodológicas para pensar las relaciones humanas y que las aplica tanto a las teorías que examina, cuestiona y confronta unas con otras -siempre en el aspecto más medular de cada una de ellas-, como también a la relación terapéutica, relación que considera el laboratorio de la intersubjetividad, del encuentro o desencuentro en el reconocimiento de ambos participantes -paciente y analista- como sujetos.

En su último texto Beyond Doer and Done to: Recognition Theory, Intersubjectivity and the Third (2018) presenta una teoría propia con conceptos que constituyen avances con respecto al conocimiento psicológico desde finales del siglo pasado y en el contexto de las investigaciones del siglo XXI: intersubjetividad, reconocimiento y el tercero. Lo hace desde tres pilares que han organizado su pensamiento: la filosofía, el psicoanálisis y el feminismo, con una propuesta metodológica que llama sobreinclusividad, noción bien diferente del eclecticismo ya que implica multiplicidad de relaciones, de oposiciones y semejanzas entre las aportaciones de distintas áreas del conocimiento.

La sobreinclusividad es uno de sus mayores méritos como pensadora y al mismo tiempo lo que genera una cierta dificultad para la lectura y comprensión de sus propuestas. Cuando examina una teoría no se limita a un autor sino que siempre es polivalente, llena de referencias cruzadas, en un esfuerzo por recoger e incluir las contribuciones que se han realizado desde diferentes sectores adscritos a las más variadas escuelas tanto del psicoanálisis como del feminismo. Regala y expone al lector al ejercicio de observar como trabaja una subjetividad inclusiva que puede asumir múltiples posiciones y que es capaz de incluir al otro en su interior, distinguiendo entre las dimensiones intrapsíquicas e intersubjetivas. Sin eliminar una en favor de la otra, sino esforzándose por el mantenimiento de la bidireccionalidad de la experiencia real. Consciente de la complejidad de esta propuesta Benjamin cuestiona el ideal o el intento forzado de integración de opuestos y se inclina por el principio del mantenimiento de la tensión como objetivo real y posible.

Mantener la tensión que puede generar la lectura de su obra al lector es una advertencia que me animo a poner en primer término. Benjamin exige al lector el mismo trabajo que caracteriza su forma de vivir la experiencia de pensar: observando, leyendo sobre lo que observa, reflexionando sobre lo anteriormente sabido o aprendido y avanzado hacia ideas nuevas.

Haciéndome eco de este efecto intentaré exponer las ideas del texto Beyond Doer and Done to: Recognition Theory, Intersubjectivity and the Third [Entre el que hace y a quien se hace: teoría del Reconocimiento, la Intersubjetividad y el Tercero (2018), texto que mantiene el foco principal de interés desde sus primeros trabajos: el diálogo crítico entre el psicoanálisis y el feminismo, con el agregado habitual de trabajos de observación de la relación temprana madre-hijo/a, en este caso actualizados con los hallazgos provenientes de los últimos 20 años. Estos datos directos establecen para Benjamin un núcleo de similitud entre la estructura de la relación temprana madre-hijo/a y la relación terapéutica, ambas relaciones de gran intensidad diádica que exigen, simultáneamente, una gran discriminación y diferencia entre ambos, punto de anclaje del concepto de la terceridad.

Comencemos por la intersubjetividad.

Concepto diferenciado de intersubjetividad

Define la intersubjetividad en términos de una relación de mutuo reconocimiento, una relación en la cual cada persona tiene la experiencia de la otra como un sujeto, otra mente, un centro separado de sentimientos y percepciones, cómo cada una de ellas capta la mente del otro. Al centrarse específicamente en la captación de la mente del otro se diferencia de la noción de intersubjetividad como un sistema de influencia recíproca, tal como lo exponen Stolorow, Atwood y Orange (1992), "cualquier campo psicológico formado por un mundo de experiencias interactivas" (p. 22).

Utiliza una metáfora del tráfico en las calles para describir que en la subjetividad muy a menudo la interacción se vive y comprende como una calle de una sola vía, en la que sentimos que una persona es la que hace y otra es a la que le hacen, por ejemplo, “como él es tan pasivo, yo decido” una es el sujeto y el otro el objeto, cuando en realidad la interacción es un estado de tráfico confuso en una doble vía. Veremos la distinción que Benjamin aporta a la comprensión clásica de esta situación diádica contemplada desde la subjetividad individual como que el pasivo inconscientemente está identificado con el activo. Tenemos dificultad para captar una dirección de doble vía, o sea una relación entre dos sujetos. ¿Cómo hace la persona activa para entender la subjetividad del pasivo? Para lograrlo es necesario que adopte un punto de observación por fuera de los dos, un punto de observación externo. Pero este lugar externo es una perspectiva subjetiva, no es algo ajeno a la subjetividad, de modo que se trata de un externo-interno, y es esta perspectiva la que denomina tercero. Este es uno de los centros de su aporte para el avance de la teoría de las relaciones humanas: entender que el objeto de nuestros sentimientos, pensamientos y necesidades, acciones es otro sujeto, un centro equivalente con la complejidad del cualquier ser humano.

La intersubjetividad entendida como un encuentro entre dos sujetos es señalada por Mitchell (1993), quien  propone cuatro dimensiones interaccionales, esto es, cuatro modos básicos en los que opera la relacionalidad que progresivamente incrementan su grado de organización. El modo 1, más básico, se interesa por aquello que la gente hace con otro y por la manera en que el campo relacional se organiza en torno a la influencia recíproca y a la regulación mutua. Este modo se centra en lo no reflexivo, no pensado, en el comportamiento presimbólico. El modo 2 se identifica con la permeabilidad del afecto en la experiencia relacional, contagio emocional (transferencia-contratransferencia). El modo 3 se refiere a la organización de la experiencia vincular en términos de representaciones del self y del otro. En estos tres primeros modos, el otro no es experienciado como un sujeto independiente en si mismo. En el modo 3 el otro es simbolizado, pero ocupa principalmente lugares funcionales, ya sea como objeto reflejante, contenedor, excitante, satisfactorio, que Benjamin recalca como la posición desde la que se concibe la madre un objeto para el bebé. Finalmente, el modo 4 es el más sofisticado. La organización de la experiencia con un otro es en tanto otro, en tanto sujeto en si mismo. Este modo es el “intersubjetivo” y hace referencia al reconocimiento mutuo de agentes reflexivos y el mismo Mitchell cita para este concepto en su texto a Benjamin y Chodorow.

En esta exposición inicial de las bases de su teoría es necesario señalar el entrelazamiento de tres nociones: intersubjetividad, reconocimiento y tercero, conceptos que se pueden definir o explicar por separado pero su idea es que en este entrelazamiento radica lo que hace diferente una relación entre dos sujetos, de lo que se teoriza y trabaja como relaciones de objeto. Relaciones de objeto a las que se refiere y concretiza a través de la fórmula: lo que uno hace y al otro le hacen y que Benjamin entiende como una relación de complementariedad -lo explicaremos más adelante. Relaciones de objeto, el que hace y al que le hacen y complementariedad son conceptos equivalentes en su pensamiento.

Si bien Jessica Benjamin accede al concepto de intersubjetividad a partir de la teoría social de Jürgen Habermas (1972), es su descubrimiento de las investigaciones en la psicología del desarrollo evolutivo que inspiraron su búsqueda para entender la intersubjetividad. En sus propias palabras este nuevo campo de investigación y los hallazgos que encontraba le resultaban "electrizantes", siempre había estado buscando en el psicoanálisis una demostración de cómo nos conectamos con otra mente aún antes de la adquisición del lenguaje.

Considera que los estudios de la relación madre-hijo/a, tomando datos aportados por Trevarthen (1977, 1979); Sander (1983) y Stern (1985) proveen la ilustración concreta de cómo el reconocimiento opera en la interacción y constituye un andamio para la idea de la intersubjetividad que ella previamente conocía de fuentes filosóficas (p. 2). Se interesa en rastrear el comienzo de la intersubjetividad a partir del enfoque micro-analítico del desarrollo evolutivo, el surgimiento del rudimentario self del bebé interactuando con un otro real, y a estos estudios y observaciones le agrega una mirada de género. Observa en la interacción el efecto del infante sobre la cuidadora, no sólo el del adulto sobre la criatura, o sea una ilustración de un proceso a doble vía. Recalca que este enfoque del desarrollo evolutivo tiene en la historia del psicoanálisis un lado oscuro: que el otro primario, la mujer como madre ha sido considerada a través de una lente patriarcal como un vehículo para el desarrollo del self del bebé, o sea, la madre es considerada un objeto, el sujeto es la criatura. El foco ha iluminado sólo a la criatura mientras que la subjetividad de la madre, la complejidad de mundo interno de la figura de apego, imprescindible para la vida afectiva y mental, ha quedado en el fondo.

Esta ausencia puede ser fácilmente constatable en el enorme volumen de estudios sobre los patrones de apego que durante años mostraron solo las reacciones variables de la criatura y sus efectos psicológicos a mediano plazo (Bailey, Waters, Pederson y Moran, 1999; Beebe et al., 2010). Recién en las últimas décadas es el comportamiento de la madre lo observado para establecer las cualidades de su conducta de cuidado en la creación de una relación de apego seguro, pero los estudios no mencionan las consecuencias de la crianza sobre la subjetividad de la madre (Hesse y Main, 2006). La manera en que el self se configura teniendo que luchar con las diferencias del otro es, desde una perspectiva feminista, necesariamente parte de un proceso recíproco. La manera en que el self de la criatura influencia las emociones y estados de la madre no es tenido en cuenta, ni estudiado en los libros de psicología evolutiva.

Benjamin considera que es psicológicamente vital tratar de conceptualizar la presencia de dos mentes separadas afectándose una a la otra independientemente de su desigualdad y asimetría, modo de dejar el espacio potencial para la posterior simetría e igualdad. Apartarse de los principios que subyacen a la teoría de las relaciones de objeto, principio formalmente aceptado e implícito en general en la práctica clínica en que se valora el discurso del paciente como alguien objeto de la acción de algún otro, o la contratransferencia como el efecto sobre nosotros -objeto- de la acción del paciente, en este caso el sujeto. Benjamin se propone y trabaja sobre cómo concebir una relación entre dos sujetos comenzando desde el seno de la díada temprana, creando lo que describe y denomina el tercero rítmico.

El tercero rítmico

La originalidad de su pensamiento sobre el tercero es concebirlo en el seno de la díada temprana y denominarlo tercero rítmico, o sea un tercero anterior al mundo simbólico de uno de los miembros de la díada, pero que surge entre los dos. Elabora la idea de que la terceridad empieza y se desarrolla a través de experiencias en las que la madre sostiene en tensión su subjetividad/deseo y las necesidades de la criatura, o sea, un proceso a doble vía: su conciencia de la situación y la apreciación empática de la experiencia del bebé.

Las experiencias tempranas no verbales de comunicación corporal, vocal y visual en la díada temprana iniciarían un diálogo, llamando así al hecho constatado en los hallazgos de observación que desde el nacimiento hay comunicación entre ambos (Trevarthen, 1979; Tronick, 1989). Este diálogo organiza experiencias obligadas tanto de disrupción como de reparación de la comunicación, en las que la fiabilidad de un patrón compartido se forja en el crisol de la regulación y el reconocimiento mutuos. Los patrones interactivos a nivel procedimental crean un ritmo entre los participantes, una acomodación mutua que va generando una especificidad. Especificidad que entendemos desde la teoría del apego como el vínculo afectivo que le permitirá a la criatura identificar y preferir a su madre o cuidadora y establecer el apego a ella.

Se apoya en Sander (1991), quien hablaba de ritmicidad y proponía que la primera forma de acomodación es la creación de alineamientos y reparaciones de patrones de participación en conexiones basadas en la resonancia emocional. Sander estudió cómo los recién nacidos a quienes se los acompaña en su ritmo se adaptan más rápidamente a la regulación fisiológica del ciclo circadiano -que establece la ley noche/día-, que aquellos que son criados con horario. Este proceso avanza cuando la cuidadora se entrega (Ghent, 1990) al ritmo del bebé, se va co-creando un ritmo entre ambos, el bebé puede comenzar a responder simétricamente, emparejarse y reflejarse. Benjamin considera que el bebé se empareja con el emparejamiento de la madre, mucho más que a lo largo de la vida cualquier persona se ajusta a otra, y plantea que este emparejamiento sienta las bases de un patrón que impulsa el condicionamiento de dos organismos a alinearse, a reflejarse, a estar sincronizados.

Esta acomodación resume un procedimiento inicial de la mutua regulación o reconocimiento, actos de sintonía (attunement) que contribuyen a la co-creación de patrones rítmicos esperables. Se basa en las experiencias de observación cara a cara (Beebe y Lachman, 1994) que muestran cómo el adulto y el infante se van alineaneando de una forma no reducible a un modelo de acción-reacción, o sea un modelo de explicación en que uno es activo (la cuidadora) y el otro quien reacciona (el bebé), relación que se estudia en una sola dirección: qué hace bien o mal la madre. Considera que el ritmo instaura las bases para la coherencia en la interacción entre las personas, tanto como la coordinación entre los distintos sistemas orgánicos. La ritmicidad puede ser considerada metafóricamente como un modelo de legalidad subyacente a la creación de patrones compartidos y a esto se refiere con el Tercero Rítmico: regla, patrón o expectativa que gobierna la interacción, es algo que se co-crea, se puede modificar y se experimenta entre dos sujetos como si tuviera una existencia objetiva. El énfasis reside en resaltar que se trata de un proceso de acomodación mutua en la interacción opuesto a la idea de que la díada temprana es como una unidad, que la madre y el bebé son uno (oneness), -unión, resonancia- lo que en realidad son dos distintos que se alinean a un patrón tercero.

En la escucha de tantas madres aparece que las sensaciones que las acompañan en el primer tiempo de la vida postnatal de su criatura es que la criatura sigue formando parte de ellas, que no en vano ha estado 9 meses en su interior, sin embargo el bebé es por completo desconocido, nuevo, un otro. Vemos que a muchas madres les resulta difícil aceptar esta paradoja, el hecho que el bebé la ha acariciado en su vientre y proviene de ella, no obstante es tan desconocido. Constatamos que este hecho es una fuente de malestar y de fantasías sobre su supuesta incapacidad para ser la madre "suficientemente buena" que desata, muchas veces, un gran desencuentro en la efectividad de la crianza y autorreproches constantes (Dio Bleichmar, 2013). La criatura en tanto real y, no la de las ecografías y las de las expectativas durante el embarazo, se hace difícil de reconocer.

Benjamin quiere recalcar que lo que considera la legalidad del tercero es algo que surge y se instala como principio de participación, a diferencia de la teoría clásica del desarrollo evolutivo que privilegia la separación o límite en la relación. Por contraste, el tercero compartido es experimentado como una empresa cooperativa que tiene en cuenta, tanto los acercamientos como la distancia o espacio para la autorregulación que necesitan ambos y no como lo que necesita sólo el bebé para desarrollar autonomía (Schejtman et al. 2004; Schejtman, Huerin y Dualde, 2012). La madre también necesita distancia sin considerar su necesidad de distancia como un defecto. Benjamin enfatiza que terceridad es una suerte de improvisación musical, en la cual los dos participantes siguen la estructura del patrón que ambos, simultáneamente, crean y se entregan, una estructura realzada por nuestra capacidad para recibir y transmitir al mismo tiempo en interacciones no verbales. El tercero co-creado tiene la cualidad paradójica de ser inventado y descubierto (Benjamin, 2004).

Las neuronas espejo le dan una base cerebral para situar la intención de alineación y acomodación (Olds, 2007; Beebe y Lachman, 2002; Beebe, Sorter, Rustin y Knoublauch, 2003) describen que al representar la acción del otro, replicamos sus intenciones en nosotros mismos, de modo que en un sentido profundo, aprendemos a acomodarnos a la acomodación ("nos enamoramos del amor"). Cuando el infante llega en el desarrollo evolutivo a un comienzo de cierto grado de intersubjetividad -9-10 meses- (Trevarthen, 1977, 1979; Stern, 1985), el patrón de alineamiento, fase del sí mismo que Stern denomina nuclear, se convierte en un sí mismo subjetivo, esbozo de un futuro sujeto. En otras palabras, la cualidad de mutuo reconocimiento, nuestra terceridad se convierte en la fuente de placer o sufrimiento. Actualmente esta necesidad materna, de reconocer su propia distancia óptima con el bebé comienza a ser descubierta y comprendida en la experiencia de algunas madres que no aceptan a rajatabla lo que leen en los libros de autoayuda o en los tratados sobre la maternidad que las dejan insatisfechas y buscan por sí mismas una respuesta que les permita el equilibrio (del Olmo, 2013).

Distinción esencial entre entrega y sometimiento

Lo que es crucial para la madre en la identificación con las necesidades del bebé, por ejemplo en el ajuste del ritmo de alimentación, es el momento inevitable cuando la dualidad surge en la forma de las necesidades de la madre de irse a dormir, en el reclamo de su propia existencia separada. Para muchas madres este es el momento de la verdad. En esta situación la función del tercero es ayudar a trascender esta amenazante dualidad no fomentando la ilusión que la madre y el bebé son uno, o el deseo materno de abnegación, sino que en este punto el principio de acomodación asimétrica surgiría por el sentido de entregarse a su propia necesidad. Si la madre recurre a sentirse orgullosa del sobreesfuerzo y negarse a sí misma, puede socavar el conocer sus límites y la habilidad para distinguir la necesaria asimetría del masoquismo. Igualmente, la madre necesita mantener en su mente el conocimiento de que mucho del sufrimiento del infante es pasajero, de modo de sea capaz de calmar el malestar del bebé sin desvanecerse en la unidad ansiosa.

Hasta cierto punto la madre se identifica con las necesidades del bebé pero, en cierto momento de agotamiento puede que surja el problema de la dualidad. Puede que su urgente necesidad de dormir entre en conflicto con la necesidad de comer de la criatura. Muchas madres han llegado a entender la fantasía de infanticidio en este momento de “mata o muere”. Entonces puede surgir una dualidad complementaria en la que la madre se experimente inconscientemente como sometiéndose. Aquí la madre necesita un tercero para trascender la caída en la dualidad. Este tercero es la comprensión de la necesidad, de manera que el conflicto entre necesidades se resuelve en términos de rendirse a la realidad en vez de someterse a una exigencia tiránica. Lo que debemos distinguir es este “lo que hay que hacer” del clásico superyó. Los estragos en la subjetividad materna del mandato del cuidado ante la indefensión del bebé, es lo que he desarrollado como Superyó Maternal, que agrega al superyó freudiano mayor carga de culpa, ya que no se trata de una fantasía sino de un desequilibrio emocional que se está observando y supuestamente provocando en la criatura (Dio Bleichmar, 2015, 2016). Las investigaciones en la acción postnatal de la oxitocina materna en la crianza contribuyen a esta hiperempatía materna (Strathearn, 2011; Strathearn, Fonagy, Amico y Montague, 2009), así como los estudios sobre la sensibilidad materna al llanto del bebé (Denckla, Fiori y Vingerhoets, 2014; Riem, Bakermans-Kranenburg, van Ijzendoorn, Out, y Rombouts, 2012).

¿Cómo evitar que el tercero rítmico degenere en un mero deber y autonegación? Se evita por el hecho de que en otros momentos la madre y la criatura están en sincronía. Es decir, la unicidad identificatoria de sentir la conexión entre el alivio de la criatura y su placer y gozo, a sabiendas de la asimetría de la relación. Benjamin pone un ejemplo escrito por un padre (lo que nos ayuda a recordar que la “maternidad” es una categoría que puede trascender el género e incluso ponerlo en cuestión). Stephen Mitchell (1993) nos ilustra la distinción entre someterse a un deber y rendirse al tercero:

Cuando mi hija tenía unos dos años recuerdo que me encantaba salir a pasear con ella dadas sus nuevas habilidades ambulatorias y su interés por el aire libre. Aunque pronto encontré que estos paseos eran extremadamente lentos. Mi idea de paseo suponía movimiento vigoroso a lo largo del camino. Su idea era muy otra. Me di cuenta el día que encontramos un árbol caído en la cuneta y que pasamos el resto del “paseo” explorando la vida de los insectos del árbol. Recuerdo que súbitamente me di cuenta de que estos paseos no tendrían ningún interés para mí, serían meramente un deber parental, si mantenía mi idea de paseo. En cuanto pude renunciar a ella y rendirme al ritmo y foco de interés de mi hija, un nuevo tipo de experiencia se abrió ante mí. Si me hubiera restringido al deber, hubiera experimentado los paseos como condescendencia. Pero fui capaz de irme en la versión de un buen compañero de mi hija y de encontrar que esta otra manera tenía un gran significado personal para mí. (p. 147).

Una aplicación clínica del tercero rítmico. Una otra vuelta a la memoria procedimental

Veamos ahora un fragmento de la sesión de mi paciente Carlos.

El concepto de tercero rítmico me parece clave para la comprensión de algunos problemas de la intimidad en la pareja. Parejas que se eligen por afinidades y acuerdos centrales para un proyecto de relación estable, que comparten actividades y opiniones que les generan bienestar, diríamos al hilo del pensamiento de Benjamin que se reconocen mutuamente como sujetos en aspectos que consideran básicos para la convivencia. Pero cuando la convivencia se profundiza y no es solo el tiempo dedicado a la sexualidad sino estar juntos en la casa ya sea propia, o de la pareja, aparece una sensación de incomodidad que despierta confusión. ¿Será que no me gusta del todo? Me parece muy callada ¿Me habré equivocado? Ideas que generan no solo malestar subjetivo sino conductas también diferentes al arrobamiento del comienzo que van produciendo ciertos conflictos iniciales de la convivencia. Una primera impresión es que es normal que la idealización del inicio se vaya enturbiando, no obstante, en la actualidad hemos dejado atrás la fórmula de Descartes cogito ergo sum, la idea de que el pensamiento crea al ser, o que la fantasía inconsciente es lo que debemos buscar para explicar, por ejemplo la confusión de mi paciente Carlos. También la orientación cognitiva toma este camino y buscaría qué aspectos de la nueva chica piensa Carlos que son inapropiados para él. Actualmente contamos con el conocimiento que muchas veces la causalidad tiene como punto de partida las variaciones neurovegetativas, que generan pensamientos disruptivos. Que las modificaciones neuroquímicas alteran la cognición se halla probado por los claros efectos de los antidepresivos, al cabo de unos días de acción las ideas de ruina, de profunda insatisfacción con la vida se disipan, aun no habiendo el mínimo cambio en el entorno de la persona en cuestión. No obstante, no es el punto que me interesa subrayar sino un intento de ilustrar cómo podemos esclarecer las dificultades en la interacción y ayudar a comprender la importancia del tercero rítmico.

Una exploración más detallada del comienzo de sus dudas lleva a que Carlos relate que al ser invitado por ella a su casa: "No sabía dónde sentarme, si sentarme o no, porque ella iba a preparar algo para comer, empecé a moverme nervioso, hasta no me gustaba lo que hacía con las manos (gesto de mover los dedos frotando los nudillos unos contra otros), algo que recuerda le pasaba de chico cuando estaba en su casa". A su vez, esta autopercepción se suma a que también en su casa cuando la situación se invierte y es él el encargado de preparar algo para comer, se sintió incómodo de lo que tenía en la heladera y empezó a pensar: "qué rollo esta relación no me cuadra". Queda claro que la incomodidad es de Carlos, algo lo perturba a él y considera que ella -la chica- es la que le produce el malestar. O sea él es el objeto al cual la chica -sujeto de la acción o del silencio- le hace algo -siendo supuestamente inadecuado (acción y reacción). Junto a esta reflexión, noté que me invadía un sobresalto.

El comenzar a poner el foco inicial en su estado emocional de ansiedad social en la intimidad y el hecho de que sus pensamientos de lo inadecuado de la chica surgen como correlato mental de ese malestar físico que atribuye, sin duda alguna, a que es ella quien se lo provoca, es una comprensión clásica de la interacción.

Se lo invita a ampliar el escenario de contemplación de la escena. ¿Dónde está él como sujeto de la acción y ella como otro sujeto con sus particularidades a tener en cuenta? ¿Es capaz de observar desde su propia subjetividad la reciprocidad de la interacción? Agrega que ella se mueve y hace sus cosas y, por ahí lo mira y dice algo, pasa un rato, y luego no sabe cómo ni porqué todo se arregla. Vemos que entonces es como si él esperara a que ella hable y rellene el tiempo para que él no se sienta incómodo. Él siempre es el objeto de lo que le hacen o no le hacen. ¿Y él qué le hace a ella en esos pequeños desencuentros? El sobresalto emocional que me invadió, en realidad, era una identificación con la chica. Provengo de una familia en la cual se habla mucho y rápido y el no poseer esa facilidad para la reacción inmediata me ha ocasionado bastantes sinsabores.

Se abre un espacio de reflexión en Carlos que abarca un supuesto escenario de cómo tendría que suceder la interacción para superar el desvío de su mente hacia juicios de rechazo hacia ella. Ella tendría que acomodarse a esta característica de dificultad en el contacto de él, y él a su vez acomodarse a un tiempo de reacción de ella más lento o menos necesitado de contacto, o sea crear entre los dos un ritmo de interacción.

De modo que se multiplican las perspectivas de comprensión posibles: a) el foco en la incomodidad interpersonal -timidez compartida con un patrón de su familia de origen; b) el punto de partida de su inquietud corporal como indicador de un desequilibrio emocional que le genera pensamientos negativos sobre la pareja, o sea algo intrapsíquico que atribuye a lo interpersonal -intentos fallidos y repetidos- de controlar lo que sucede en su cuerpo y en su comportamiento; c) el efecto devastador que estos pensamientos le crean como conflicto entre su atracción por la chica y la supuesta incompatibilidad; d) para finalmente entender el doble circuito entre ambos que le permitió entenderse y poder comunicarlo.

Es obvio que el concepto de Benjamin me sirvió de mucho y en este caso se trata de una terapia individual, para  encuadres de pareja su valor es incuestionable y es muy válido compartir con los protagonistas del drama del desencuentro la potencia del aspecto de ritmicidad, la metáfora del tercero que usa Benjamin: una pareja de bailarines obligados a compartir, que no saben la coreografía de antemano (Dryzun, 2017).

Teoría del reconocimiento

Considera el reconocimiento un procedimiento permanente a todo lo largo del ciclo vital y en cualquier tipo de relación humana y lo compara con el proceso de la fotosíntesis, vital para la vida. Lo plantea como una motivación del ser humano quien quiere compartir atención e intención, no solo para conseguir la regulación y distensión de la ansiedad, sino que también necesita respuestas contingentes más complejas, con el objetivo de compartir. Reconocimiento es sobre todo acerca del hecho de "que estamos programados para ser sensibles a lo que el otro está haciendo, a la respuesta del otro a nuestra acción, a la forma en que me hace sentir, la forma en que lo hago sentir, y yo siento si me hacen algo a mí o conmigo y viceversa" (Benjamin, 2018, p. 4).

Un bloque básico de conexión y una forma primaria de vínculo entre dos personas, el reconocimiento está, consciente o inconscientemente, presente todo el tiempo, como cuando respiramos -aspirando y expirando-no nos damos cuenta a menos que el aporte de oxígeno disminuya y empecemos a buscar una salida o perder conciencia. Benjamin recalca que psíquicamente se busca una salida por medio de los mecanismos intrapsíquicos de defensa frente al fallo en un procedimiento participativo interpersonal. Se recurre a una equilibración del self por medio de un mecanismo intrapsíquico que implica una disociación, un apartamiento de la interacción que afecta la integración y el reconocimiento de la intersubjetividad real.

Entiende el reconocimiento como una idea organizadora que puede ser pensada de dos modos: como una posición psíquica, por la cual sabemos que otra mente similar es fuente de intenciones y acciones a la que afectamos y que nos afecta. El reconocimiento es la respuesta del otro que hace significativos los sentimientos, las intenciones y las acciones del si mismo. Sinónimos psicológicos de reconocimiento serían: afirmar, validar, conocer, aceptar, comprender, empatizar, tolerar, apreciar, ver, identificarse con, encontrar familiar, amar. O sea una posición psíquica que en la relación temprana es parte esencial del cuidado que provee la figura de apego y que permite al sí mismo en desarrollo que se de cuenta de su capacidad de ser y de hacer de una forma tangible, y esta posición se convierta en recíproca.

Como un proceso en acción, la esencia de la sensibilidad en la interacción. Una conducta expresiva, un proceso dinámico, actos de reconocimiento confirman que yo soy visto, conocido, mis intenciones son entendidas. Yo tengo un impacto en ti y esto significa que te importo y, recíprocamente, yo te veo, te conozco y entiendo tus intenciones, tus acciones me afectan y tú me importas. Además compartimos sentimientos, reflexiones de uno sobre el conocimiento del otro, de modo que compartimos conciencia.

Será a través del desarrollo de esta capacidad de reconocimiento que se puede instalar la posición de tercero, una posición constituida a través de sostener la tensión del reconocimiento entre la diferencia y la semejanza, concibiendo al otro como separado pero un centro equivalente de iniciativa y conocimiento con quien, sin embargo, pueden ser compartidos sentimientos e intenciones. La posición del tercero es la posición a través de la cual podemos experimentar al otro como otra mente y otro cuerpo en sus necesidades y en su peculiaridad neurovegetativa, sensorial, o sea, el reconocimiento implícito del otro como un sujeto.

Con respecto a la sensibilidad maternal creo imprescindible un comentario entre lo propuesto por Benjamin y la teoría del apego. Los trabajos de la teoría del apego que describen las modalidades de conducta y de reacción de la figura de apego para la creación de una base segura y en su defecto aquellas que atemorizan o desorganizan a la criaturas quedan englobadas en el concepto de sensibilidad maternal (Higueras, 2018; Lyons-Ruth, Bureau, Easterbrooks, Obsuth y Hennighausen, 2013). Cursos para profesionales, para padres, seminarios populares en los que colaboran expertos y la información sobre las ventajas de un buen apego para el desarrollo de la criatura, los encuentran las madres a un simple clic en Internet. Esta difusión ha generado que prácticas de la crianza que preconizan la prolongación de la lactancia (3-4 años) y la cercanía física (presencia, colecho, desnudez), oscurecen lo que se entiende por sensibilidad materna: la construcción de un vínculo subjetivo. Benjamin recalcaría que inducidas por la imagen del quehacer materno que encuentran en la literatura sobre la crianza, las madres se consideran limitadas e insuficientes. Pero la madre real no es solo el primer objeto de apego del bebé, es un centro independiente que inevitablemente no puede y no debe limitarse a reflejar lo que el niño afirma; tiene que encarnar algo del no-yo, ser un otro que responde de una manera diferente que sostiene la tensión de la diferencia en el mismo momento que reconoce la necesidad del bebé. Una misma palabra, sensibilidad, que si no se tiene el concepto de terceridad como una posición subjetiva que permite a la madre ser un sujeto de la experiencia de crianza la hunde en la tradición de estar al servicio del otro, y si no puede, ser un mal objeto, una mala madre, autorreproche que no dejamos de encontrar en la mente de las madres ya sea que funcionen con modelos tradicionales, modernos o postmodernos de maternidad.

Concepto de la complementariedad en la observación clínica

¿Qué ocurre cuando falla el reconocimiento? Tema inicialmente trabajado en los Lazos del Amor (1988) y en Sujetos Iguales. Objetos de Amor (1997) que la llevó a formular el contraste entre el espacio potencial del tercero, y lo dual de la complementariedad. Va a considerar la complementariedad, no a nivel interpersonal sino la posición psíquica del fracaso para mantener la tensión entre la diferencia y la semejanza con el otro en la subjetividad, o sea lo opuesto de la terceridad.

Creo que es necesario también en este punto una aclaración ya que el significado del término complementariedad, como lo hemos visto para sensibilidad, varía dependiendo del contexto de comprensión desde el cual se utiliza.

Es interesante destacar que la misma definición de complementariedad del diccionario WordNet de la Universidad Princeton (“Complementariedad”, s.f.) admite nociones muy diferentes:

1.- Una relación entre dos estados opuestos o principios que juntos completan las posibilidades. Oposición que no admite grados intermedios, o uno u otro.

2.- Interrelación de reciprocidad donde una cosa suplementa o depende de la otra y se da el ejemplo "la complementariedad de los sexos”.

Creo que la complementariedad de los sexos encierra el núcleo del significado que circula en la vida corriente-un equipo se configura por lo que cada uno aporta para magnificar el resultado-y en la vida psicológica da cuerpo al binarismo y los estereotipos de género-la mujer-madre y el hombre-proveedor, la intuición femenina y la racionalidad masculina, la dulzura y la fuerza y un largo etcétera. A este tipo de relación Benjamin la define como complementaria.

Una formación relacional en la cual el otro aparece como un objeto u objetivizado, insensible, dañado, o amenazando con borrar la propia subjetividad o ser uno mismo el que se borra. Esta modalidad relacional basada en la disociación toma la forma del que hace o le hacen, o el que acusa y el acusado, indefenso y coercitivo, incluso víctima y perpetrador, todas formas de complementariedad. Se trata en sus palabras de un colapso en la dualidad, de ahí que el título del trabajo del 2004 y del libro del 2018 se titule Más allá del que hace y al que le hacen. En una relación de esta estructura la dependencia se convierte en coercitiva y el conflicto no puede ser procesado, observado, sostenido, mediatizado o tomado con humor. Por el contrario surge como modalidades o procedimientos en oposición sin solución.

Para Benjamin las teorías de la disociación-la posición esquizo-paranoide de Melanie Klein-aunque esencial, no tienen en cuenta la dinámica intersubjetiva de una relación de dos personas y sus manifestaciones a nivel de la interacción de procedimientos. La idea de relaciones de complementariedad tiene como objetivo describir el cúmulo de acciones "tú me empujas, yo tiro de ti", "me haces, te hago", dinámicas que vemos en tantos impasses, procesos que aparecen como de una sola vía, o sea, cada persona siente lo que el otro le hace, y no como alguien participando para crear un modo co-creado de realidad.

La esencia de la relación complementaria que se ha estudiado habitualmente es aquella en la que existen solo dos alternativas: la sumisión o la resistencia a las demandas del otro. La característica de la relación complementaria es que cada parte siente que su perspectiva de lo que está ocurriendo es la única cierta, o que las dos perspectivas son irreconciliables "o yo estoy loco o tú estás loco", "si lo que tú dices es la verdad, yo debo estar equivocado", todavía peor, quizá avergonzadamente equivocada, “todo el mundo puede ver lo que está mal o hago mal, y yo no sé qué es y no puedo evitarlo".

La vida intrapsíquica puede organizarse en torno a la complementariedad, sujeto-objeto y la disociación como describió Melanie Klein si falla el reconocimiento que es un fenómeno común y lo impregna todo. En el modo "me hacen, hago", siendo uno el que se siente involuntariamente dolorido, cae en la impotencia y, en el medio de una situación en que estamos con un otro que se siente victimizado. Benjamin sostiene que para resolver el impasse es necesario el reconocimiento de nuestra participación. Lo central en este punto es aceptar lo inevitable de ser hiriente para otros, tenemos una enorme resistencia a esta aceptación por nuestro sentido de responsabilidad y tendencia a autoculpabilizarnos. Si la inevitabilidad es aceptada en mi interior puede dar paso entonces a la valoración del desencuentro no como el fin del mundo, sino como el paso a una posible reparación.

Nuevamente reparación tiene una tradición kleiniana en el psicoanálisis, la reparación interna del objeto bueno al que se lo ha atacado en la fantasía. En cambio la reparación relacional es opuesta a la reparación interna del self, ya que involucra el conocimiento-por medio de gestos o acciones-de la violación de los patrones esperados de sensibilidad y calma por parte del cuidador. Benjamin se basa en los procesos de reparación del reconocimiento, que observa y muestra magistralmente Tronick a través de sus observaciones del rostro inexpresivo en las interacciones tempranas (1989). El éxito de la reorganización y recreación de la coordinación sintonizada después del fracaso de la regulación coordinada va más allá de la posición depresiva ya que no se trata de admitir la culpa, sino de poder mantener los opuestos en tensión. Los opuestos son los cambios inevi y constantes de posición subjetiva -intrapsíquica e intersubjetiva- oscilación generadora de la tensión permanente del Self.

Esta propuesta de una temprana distinción en términos de jerarquía de los procesos relacionales la encuentra en Winnicott, quien diferencia la relación de objeto, del uso de objeto (1971) Esta distinción (algo oscura en la explicación del mismo Winnicott) se refiere a que si la madre considera que es culpable de la desorganización emocional del bebé es porque proyecta en él algo suyo, no puede usar al niño como objeto (y aquí “usar” no se relaciona con el sentido de “explotación”), "como una cosa en sí misma" (p. 221), y en esta distinción radicaría la capacidad de la madre de sobrevivir a la "supuesta" destructividad del niño y que su subjetividad no quedara aislada y no tenida en cuenta. Winnicott otorga a la agresión un papel en la constitución del principio de realidad y ayuda a Benjamin a entender que la conducta del otro no es simplemente predecible, sino algo más importante: confirma que en un mundo real lo inesperado, doloroso, equivocado ocurre, y también puede tener lugar la corrección. Cuando no puede corregirse, una nueva violación de las expectativas es también admitida.

Este proceso de reparación es la base de lo que Benjamin sostiene como una ley de la relación, una categoría central de la experiencia. La representación mental de un mundo legal se refiere no a una legalidad jurídica sino a la creencia en el valor de la posibilidad de una conducta de reconocimiento, inteligible, sensible y como condición de la salud mental y vínculos interpersonales. Este permanente ejercicio mental de una posición de tensión en mi subjetividad del reconocimiento entre diferencia y similitud es lo que sostiene como la moralidad relacional. Si por moral entendemos una creencia básica en lo que está bien o mal, la tensión permanente en la posición subjetiva de no caer en la complementariedad-hago y me hacen-, y su corrección por medio del reconocimiento de cómo el me hacen y hago varía todo el tiempo.

El tercero compartido

Si captamos la importancia de la creación del tercero como un proceso intersubjetivo que se constituye en la temprana infancia, en experiencias presimbólicas de acomodación, mutualidad y en la intención de reconocer y ser reconocido por el otro, proceso que se mantiene como esencial tanto para nuestro desarrollo psicológico como para las relaciones humanas, podemos entender la importancia de pensar en términos de la construcción de un tercero intersubjetivo compartido, como un principio moral.

En la construcción de la idea del tercero intersubjetivo compartido Benjamin pone juntas dos experiencias de la terceridad: el aspecto rítmico que se establece en la resonancia afectiva, la empatía y la acomodación y el aspecto diferenciador la reflexión compartida, la negociación y la reparación de las rupturas.

Diferencia con otras propuestas sobre el tercero y con la mentalización

El concepto de tercero es comprendido por distintos autores de forma muy variada. Personificado por el padre, por algún otro que no sea la madre, por la teoría que utiliza el analista, por una regla técnica, por un mandato del superyó o una aspiración del ideal del yo.

Benjamin (2018) subraya que su interés no es "la cosa" que usemos, sino el proceso de creación del tercero, o sea, cómo construimos un sistema relacional y cómo desarrollamos las capacidades intersubjetivas para la co-creación (p. 23). Lo considera una cualidad o experiencia de la relación intersubjetiva que tiene como correlato una cierta clase de espacio interno mental, muy cercano a la idea de Winnicott del espacio transicional.

No sería un contenido de la mente sino una posición a la que "uno se rinde" y que facilita la intersubjetividad. Rendirse sería como dejarse ir e implica la capacidad de tomar el punto de vista del otro o su idea de la realidad. Rendirse es abandonar todo intento de control o coerción (p. 24).

Benjamin menciona que una de las primeras formulaciones del tercero la encontró en Pizer (1998) en torno a la idea de la negociación, pero insiste en el peligro de cosificar al tercero, no considerarlo una regla técnica o a la teoría con la cual trabaja, o una máxima del superyó o un ideal que el analista tiene en su mente, en lugar de una experiencia compartida y co-creada con el paciente, un principio, función o relación como lo concibe Ogden (1994).

Benjamin insiste en que su planteamiento del tercero no se constituye por una tercera persona, ni por la palabra del padre, ni se halla vinculado a la situación edípica, lo cual no quiere decir que descarte su importancia en la dimensión intrapsíquica. Inicialmente, fue Lacan quien introdujo en el psicoanálisis francés la idea del tercero. En su reformulación del Edipo como una estructura en tres tiempos, siendo el primero la relación dual en la cual la criatura se considera una unidad con la madre, dio al padre la posición del tercero interviniente como aquél que evita que la relación entre dos personas se colapse en una unidad. Al pensar en el triángulo edípico, el “no” del padre, su prohibición o "castración" es contemplado como el tercero simbólico, pues hace un juego con la onomatopeya entre non du père y Nom, nombre en francés, o sea algo que opera por medio del lenguaje. Lacan hace equivalente la distinción entre terceridad, simbólico paternal y la ley de prohibición del incesto. Lo imaginario maternal como un riesgo de quedar preso en la relación dual con la madre-ser un objeto de la madre y no poder alcanzar la posición de sujeto o agente de su vida. Si bien se sostiene que el padre o el tercero puede no ser un otro real, tiene que estar en la mente de la madre algún tercero simbólico que opere como un límite al engolfamiento narcisista del hijo/a.

En la literatura anglosajona, por ejemplo Aron (1995) basado en la propuesta de Britton (1988), sostiene que la relación triangular del niño con otros dos, no necesariamente el padre y la madre, organiza una posición intersubjetiva de un sujeto que observa al otro en una interacción. Benjamin recalca que a menos que haya espacio en la díada, si el tercero se halla conectado también diádicamente con la criatura no funciona psicológicamente como tercero. Puede irse en un invasor persecutorio, en lugar de un representante del funcionamiento simbólico. Insiste en enfatizar que la madre o el cuidador primario puede crear este espacio si es capaz de sostener la tensión entre su subjetividad/ la conciencia de sus deseos, el contacto consigo misma y las necesidades del bebé. El tercero diferenciado puede ser ejemplificado por la madre que puede mantener conciencia de que el angustiante dolor del niño (ansiedad de separación) pasará, junto a su empatía por ese dolor, o sea, ella es capaz de mantener la tensión entre su perspectiva y la del bebé, su identificación con él y la capacidad adulta de observación. Este espacio mental del cuidador debe, en cierta medida, llegar a ser palpable para el niño a lo largo del tiempo

Como función, ambos aspectos el simbólico y el de apaciguamiento pueden ser identificados y reconocidos y utilizados tanto por el niño como por el paciente. El analista sólo es capaz de calmar-esto es ayudar a regular el nivel de activación emocional del paciente-en la medida en que sea capaz de mantener esta posición de terceridad (no abrumado por la identificación con el estado del paciente, en el sentido que ha sido explicado por la teoría de la identificación proyectiva).

En este sentido es que Benjamin sostiene que la teoría de la unidad primaria necesita ser modificad por la teoría de la terceridad y plantea que al hablar utilizamos expresiones como "el bebé al pecho" cuando lo que está ocurriendo es un "juego interactivo cara a cara" que incluya la simple idea de la asimetría de la madre y el bebé, sino un adulto que está en posición de tercero-conectada con su propia mente y con el rostro del bebé y sus expresiones que le indican algo de la mente de la criatura.

El tercero moral se diferencia de la mentalización-con toda la importancia que ésta tiene-porque en la mentalización se trata que el sujeto se capte a si mismo y capte al otro. El Tercero Moral es un proceso por el cual, no solamente el sujeto se capta a si mismo y capta al otro, sino que el otro se capta a si mismo y al sujeto. Por tanto, si lo aplicamos a la relación terapéutica no basta que el terapeuta esté atento a la superficie de su subjetividad y capte la subjetividad del paciente, sino que éste pueda ir captándose a si mismo y accediendo a captar y entender la subjetividad del terapeuta. Este es el punto a remarcar: el Tercero Moral es un proceso que se va produciendo en la interacción terapéutica. No obstante, el terapeuta es el que debe facilitar que los pacientes vayan adquiriendo progresivamente esta capacidad, es un desarrollo que exige la intencionalidad del terapeuta para ir trabajando en esta dirección. 

Un más allá del más allá del que hace y al que le hacen

Existen planteamientos en la literatura psicoanalítica en torno a la ética del terapeuta que indican que la preocupación por los valores no es ajena al quehacer terapéutico. En los nº 52 y 53 de Aperturas Psicoanalíticas se han publicado una serie de reseñas bibliográficas sobre la moralidad desde perspectivas multidisciplinarias muy variadas (Espeleta, 2016; López Casares y Pérez Trinchant, 2016; Nieto, 2016).

Se distingue el mundo de los principios –la ética- del mundo de las acciones –la moral. La propuesta del tercero moral de Benjamin es justamente un conjunto de procedimientos intrapsíquicos y acciones interpersonales concretos a observar y llevar a cabo en las relaciones. No se trata de una norma o una regla técnica, y tampoco de un estado al que se llega sino la capacidad de mantener la tensión en la posición subjetiva de no caer en la complementariedad – me hacen-hago y, si se cae en ella, la corrección por medio del reconocimiento del escenario completo. Este espacio puede incluir que el terapeuta admita que puede haberse equivocado o que su acción genere sufrimiento y se sostenga la tensión entre ella/él y el/la paciente.

Propuesta de enorme valor, sin embargo su aplicación es válida en cierto nivel de las relaciones humanas: cuando ambos sujetos pueden reconocer el uno al otro y actuar en consecuencia de ese reconocimiento. Entender esta limitación de la aplicación del tercero moral, nos permite evitar el error de suponer que en las relaciones de brutal asimetría como son las relaciones de maltrato y violencia, la víctima tendría que ubicarse en la posición de entender las motivaciones y necesidades del maltratador. En esos casos la complementariedad es válida, hay alguien permanente que es el que hace y la víctima –a la que le hacen- tiene el derecho de centrar su atención y acción en reconocer sus necesidades como sujeto y sostener la tensión en defenderse.

De modo que ocurre con el principio del tercero moral como con tantas otras concepciones que son válidas dentro de ciertos ámbitos de aplicación y no pueden ser tomados como principios obligados o fijos en condiciones que no están dentro de sus límites. Benjamin los aplica e ilustra en el desarrollo evolutivo y en la terapia donde se espera poder construir un espacio tercero si éste no está constituido.

A lo largo de su obra, Benjamin ha interpelado, discutido y explicado principios de la teoría del desarrollo psicoanalítica que mantienen el repudio de la feminidad. Para este planteamiento también utiliza la fórmula más allá. En un trabajo que es un clásico contemporáneo In defense of gender ambiguity (1996), sostiene que el binarismo femenino/masculino se sustenta en un principio que no se cuestiona a pesar de su carácter patogénico: el principio de la complementariedad, especialmente en lo concerniente al par sujeto/activo, objeto/pasivo en la fase edípica. En cambio, en el tiempo preedípico se integran identificaciones ampliamente inclusivas, que trascienden la complementariedad, lo que remarca en Descifrando el enigma del sexo: Pasividad femenina y dominancia masculina, una solución al problema del exceso (Benjamin, 2012), trabajo presentado en Sevilla que tuve la oportunidad de discutir (Dio Bleichmar, 2012).  

La importancia otorgada habitualmente a la diferencia de sexos en la literatura psicoanalítica en realidad establece una lógica binaria, la lógica fálica de tener o no tener. Lógica que, en realidad excluye, restringe y reprime tanto la pluralidad del género como la sexualidad polimorfa de la criatura humana. De modo que la organización edípica viene a mandar al inconsciente, o a ir en conflictiva y amenazante la pluralidad y complejidad de identificaciones a ambos padres y la diversidad del placer sexual. Si la feminidad/masculinidad se consideran como la asunción del Ideal del Yo que haría el niño/a a partir del complejo de Edipo entonces se entiende que se considere el género como binario y polar, a pesar de las ambigüedades presentes en la realidad, y todo apartamiento de la dualidad sexual como algo patológico y anormal.

Ideas formuladas por Benjamin hace más de 20 años que despatologizaban tanto los géneros como las variaciones diversas de la orientación sexual, que en la actualidad son crecientemente aceptadas por la comunidad científica (niños con disforia de género). La diversidad se halla ampliamente difundida por la cultura popular y defendida por las nuevas generaciones que se resisten a ser colonizadas y aspiran a un mayor grado de libertad personal.

La diversidad se va perfilando como un paradigma del siglo XXI y encierra una postura de creciente reconocimiento de las diferencias del otro, reto que crea la expectativa de que el diferente pueda ser entendido por el sujeto como otro sujeto.  

 

Referencias

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