aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Número 009 2001 Revista Internacional de Psicoanálisis Aperturas

Sexualidad y apego: ¿Una relación apasionada o un matrimonio de conveniencia?

Autor: Silverman, Doris K.

Palabras clave

Afecto, Apego inseguro, Apego seguro, Deseo libidinal, Estadios psicosexuales, Hipoestimulacion, Placer, Sexualidad, Sobre-estimulacion, Zonas erogenas.


Silverman, D.K.: "Sexuality and attachment: A passionate relationship or a marriage of convenience?" fue publicado originariamente en The Psychoanalytic Quarterly, vol. LXX, no. 2, págs. 325-358 (2000). Copyright The Psychoanalytic Quarterly .Traducido y publicado con el permiso de The Psychoanalytic Quarterly.

Traducción: Henar Álvarez Aza

    Resumen:
    En este trabajo se exploran las demandas corporales urgentes y ubicuas de la sexualidad, focalizándose en la compleja relación entre el deseo libidinal y el sistema  de apego, y especialmente la función de la regulación del afecto en este último. Esta complicada interrelación se ilustra con viñetas clínicas. Las implicaciones para la transferencia y la contratransferencia se exploran en la discusión de la regulación del afecto y su posible entrelazamiento con lo sexual. Los datos clínicos se presentan para señalar la plasticidad de la sexualidad. La naturaleza proteiforme de ésta permite una reformulación del caso Juanito, enfatizando las interconexiones especiales entre la sexualidad y la necesidad vital de una relación de apego. Poner el acento en dichas conexiones plantea cuestiones importantes sobre el concepto tradicional de los estadíos  psicosexuales.

Introducción

    El legado de Freud es nuestra herencia más importante: hay mucho en la teoría freudiana que influye en nuestra mirada contemporánea. Sin embargo, creo que la teoría freudiana puede enriquecerse y completarse por la información actual tomada de la investigación del desarrollo.  Estoy pensando específicamente en la función de regulación del afecto por parte del sistema de apego.  Quiero ilustrar la compleja relación entre sexualidad y apego poniendo el acento sobre lo fecunda que resulta esta síntesis. Utilizaré viñetas clínicas, y no clínicas, para demostrar la plasticidad de la sexualidad y su interrelación con la función moduladora del sistema de apego. Reconocer estas conexiones entre ambos sistemas permite que surjan preguntas sobre el concepto tradicional de los estadíos psicosexuales. Las interconexiones entre el aspecto regulador del afecto por parte del sistema de apego y la sexualidad son explorados para comprender algunos aspectos de la transferencia y la contratransferencia. La naturaleza variable de la sexualidad permite una reevaluación del caso Juanito poniendo el énfasis en la especial interrelación entre sexualidad y apego.
 

El sistema de apego

     Bowlby (1988) se centró en las experiencias del infante y del niño con respecto a la separación, la pérdida, la pena y el duelo. Estudió y observó la conexión temprana del infante con su cuidadora y reconoció la desorganización que se origina cuando esta unión se rompe, incluso temporalmente. Señaló la necesidad del infante para mantener la proximidad con su cuidador/a en los momentos de estrés –por ejemplo, cuando el niño está “asustado, fatigado o enfermo” (pp. 26-27).  En esas ocasiones el niño es ayudado por la presencia segura y reasegurante de su cuidador/a.

    Ainsworth & cols. (1978),  investigadores del desarrollo, comenzaron a estudiar sistemáticamente el sistema de apego que Bowlby describió como algo que ocurre naturalmente a lo largo del primer año de vida. Cuando el malestar o el miedo invaden al niño, el sistema de apego se activa para proporcionar el sentimiento de seguridad. Ainsworth y sus colaboradores desarrollaron “La Situación Extraña”, que consiste en momentos de separación y reunión entre las madres y sus hijos, bajo condiciones de estrés tolerables para los infantes. La mayoría de estos tienen un apego seguro y pueden utilizar a sus madres como una base de exploración cuando el estrés es mínimo,  y trabajan activamente para reconectarse después de breves separaciones. Ellos buscan contacto y confort cuando lo necesitan y, de ese modo, pueden volver a jugar  fácilmente. Estos infantes y niños son calificados con apego “seguro”.

    Ainsworth & cols. distinguieron dos categorías de apego inseguro: a un lo denominaron ambivalente-resistente y al otro evitativo.  El apego ambivalente asegura la tolerancia de las madres para la conexión y la proximidad al tiempo que el niño siente cierto grado de estrés y un bajo nivel de ansiedad. Los niños con este tipo de apego tienden a ser llorones, según Bell & Ainsworth (1972); lloraban mucho cuando se separaban y también cuando se reunían con sus madres. Los niños con un tipo de apego evitativo, por el contrario, tendían a ser hostiles y a mostrar un comportamiento agresivo no provocado (Kobak & Shaver, 1987),  “pegando y golpeando a sus madres sin una expresión abierta de enfado” (Ainsworth & cols.  1978, pp. 159). De este modo, el niño permite una conexión soportable para la madre con un posible sentimiento de pérdida para él.1

     Estas tres categorías –seguro, ambivalente y evitativo-  no se consideran patológicas 2. Son estilos de relación, y solamente en sus extremos pueden llegar a ser potencialmente estilos de relación mal adaptados. Los investigadores del sistema de apego continúan explorando estas designaciones categóricas. Hay un constante perfeccionamiento del sistema y se han descrito otras subcategorías entre las tres anteriores. (Para una discusión más extensa sobre el sistema de apego, ver Silverman 1986,  1991,  1992,  1994,  1995, 1988 a, 1988 b).

     Además, existe un  tipo de apego denominado  desorganizado-desorientado que refleja un estilo de relación mal adaptado. Estos niños muestran “modos de comportamiento contradictorios” (Main & Solomon 1990, pp. 135), buscando e inmediatamente rechazando a sus figuras de apego. A menudo están muy asustados y confusos, y a veces son niños apáticos que exhiben un comportamiento aturdido, frío o una conducta parecida a estar en trance.

    A pesar de que lo que estoy describiendo es un sistema de comportamiento interactivo,  éste se va internalizando. Estos modelos de relación, con el tiempo, se establecen como modelos mentales, o lo que en psicoanálisis se denominan “representaciones psíquicas”. Estos modelos internos demuestran la existencia de rasgos adaptativos y defensivos (Silverman 1988 a). Este sistema de apego interactivo actúa como regulador del afecto, y se establece a través de respuestas y expresiones emocionales con un tono positivo o negativo entre la madre y el infante.

    Aunque la regulación del afecto es algo tácito en el sistema de apego de Bowlby, él no lo explicó poniendo el  énfasis en la citada regulación del afecto, como lo hago yo aquí. Se centró más en la necesidad que tiene el infante de la proximidad de su cuidadora, y su punto de vista es similar al de Main (1993), una investigadora contemporánea del apego. Ésta describió “las funciones biológicas del comportamiento en el sistema de apego”, como “protección primaria contra los predadores... Además... la proximidad provee protección ante los cambios desagradables de temperatura, ante los desastres naturales, ante los ataques de los semejantes y contra el riesgo de separarse del grupo” (pp. 213).

    Así, desde el punto de vista de Bowlby y el de los investigadores siguientes el énfasis está puesto en la importancia de la proximidad para asegurar la supervivencia. Sin embargo, para Bowlby y los citados investigadores, la experiencia psicológica de sentir seguridad es también importante, y yo estoy trabajando en esta idea. El sistema de apego puede haber evolucionado como una adaptación protectora en los primates; sin embargo, yo creo que el mismo sistema realiza ahora un papel importante, y quizá relacionado, en la regulación del afecto.
 

La regulación del afecto

     El sistema inicial de interacción entre la madre y el niño está dominado por las necesidades homeostáticas del infante. Los investigadores sostienen, por lo general, que este sistema se coordina entre la madre y el niño de modo que las necesidades fisiológicas del infante, como la regulación de la temperatura, el nivel de activación, los latidos del corazón, los ciclos de vigilia y sueño, etc., se regulan interactivamente. Estos aspectos homeostáticos tienen un componente psicológico que es la regulación del afecto. Muy pronto, una variedad de señales y negociaciones se desarrollan entre la madre y su infante. El niño está preprogramado para discriminar una escala de comportamiento expresivo de su cuidadora y para responder con expresiones, gestos, movimientos de los labios y la lengua y reacciones con el cuerpo entero (Trevarthen 1980).

     En el curso de las interacciones diádicas se produce una gran cantidad de aprendizajes por parte del infante. Estos aprendizajes y comunicaciones se han denominado “conocimiento implícito relacional” (Stark 1977; Stern 1977; Tronick 1997) o memoria procedimental –las señales comunicativas no conscientes y no verbales que  fluyen recíprocamente entre la madre y el infante, y conducen a complejizar cada vez más la regulación diádica-. Los dos miembros de la diada van desarrollando simultáneamente experiencias internas. Este sistema de retroalimentación, incluyendo adecuadas señales mutuas y una respuesta maternal razonablemente adaptativa, ofrece al infante las oportunidades para la regulación interactiva y la autorregulación (Emde 1999; Gianino & Tronick 1985; Jaffe & cols. no publicado; Sander 1977; Silverman 1988 a, 1988 b), y el infante intuye maneras para mantener, en el futuro, una experiencia óptima de seguridad.

     Investigadores (Condon & Sander 1974; Gianino & Tronick 1985; Schaffer 1977; Stern 1974; Trevarthen 1980, 1993) que analizan cuidadosamente estas interacciones, han constatado que se desarrollan ciclos de reactividad y complementariedad. De esta articulación entre el sistema personal y el interactivo emerge un patrón de regulación única característico para una diada  particular (El modelo interactivo desarrollado) y una forma particular de autorregulación característico para cada infante. Así el infante aprende y desarrolla formas de regulación interactiva y de autorregulación que son tolerables para ambos, la madre y el niño. El desarrollo del sistema de apego tiene este aspecto de regulador del afecto como un ingrediente importante de unión, que conduce a un modelo mental de la interacción diádica que se internaliza.

     Mientras que sentir seguridad es un rasgo psicológico de la infancia distintivo y necesario, puede inducir, interactuar con, o funcionar recíprocamente con experiencias sensuales-sexuales.  Yo reconozco y señalo la importancia de los impulsos  (drives)  a los que yo me refiero como deseos libidinales en el contexto de este artículo. Las características adaptativas o patológicas del sistema de apego se entrelazan con conflictos generados por los deseos libidinales. El resultado es un sistema emergente y complejo, único para cada individuo, uno que tiene al menos, un doble componente motivacional.  Dejo abierta (como lo hizo Freud) la presencia posible de otros tipos de motivaciones relevantes3. Creo que la naturaleza de la relación de apego tiene tal poder y significación que puede transformar nuestra manera de entender los estadios psicosexuales, una idea que elaboraré más adelante en este artículo.

     Por supuesto que los ricos y variados significados simbólicos de los que somos capaces son los que permiten la plasticidad de la respuesta sexual. Lo que es interesante en la sexualidad es la forma variada que puede tener la respuesta sexual. Existe una relación complicada entre los significados asociados con la sexualidad y sus expresiones variables, a través de múltiples canales de comportamiento con su correspondiente escala de reacciones afectivas. Aunque yo estoy de acuerdo con la sugerencia de Klein (1976) de que la  sexualidad es “intrínsecamente motivacional” (pp. 92) debido al placer que proporciona, quiero señalar que este placer siempre está acompañado por la consecución de metas específicas, aunque éstas no sean necesariamente reconocidas.

     Debido a que la sexualidad es una experiencia tan variable, su función puede enmascarar muchas y diversas fuentes de necesidades. Esto es especialmente cierto con la sexualidad compulsiva y, en particular, con la sexualidad compulsiva sadomasoquista. Las experiencias  sensuales-sexuales pueden alcanzar una expresión totalmente gratificante, o pueden ser inhibidas, encubiertas o generalmente constreñidas por necesidades no libidinales. A continuación expongo algunos temas y variaciones sobre la interacción del deseo y las relaciones de apego. Presentaré viñetas, cortas y largas, para ilustrar las relaciones variables entre las necesidades sensuales y del apego.
 

Sexualidad sensual

     Piensen en la siguiente interacción: un bebé varón nace con una sensibilidad particular para las experiencias sensuales. Experimenta un inmenso placer cuando es cogido en brazos, acariciado, abrazado y besado. Alguno de los factores específicos que contribuye a su placer es el hecho de ser tenido en brazos  y el contacto “piel con piel”, la calidez sensual de ser sostenido firmemente en un baño de agua tibia que le acaricia, el masaje de su piel desnuda, la mutua agitación de mirar y ser mirado, y el placer de los olores y las sensaciones kinestésicas que invaden sus sentidos cuando está en contacto con su madre. Imaginen las alabanzas que se acumulan en este tipo de bebé-reactor tan sensible y receptivo.

     Aplicando la idea de Stern (1985) sobre las experiencias transmodales al escenario anteriormente descrito, podemos anticipar que el placer sensual del  bebé en una zona estimula, de manera no consciente, análogas experiencias corporales en otra modalidad sensorial. Freud (1905) tenía su propia idea sobre lo que espoleaba la sexualidad corporal. Describió una variedad de reacciones emocionales intensas que ponen en marcha una amplia gama de excitaciones sensuales a través del cuerpo. La experiencia, por parte del niño, de sus sensaciones sensuales, su seducción y sus sentimientos eróticos –dentro de márgenes afectivos razonables- le permite, a él o ella, ser seducido por lo que aporta el cuerpo de la madre y sus misterios, la intensidad de su gratificación y el placer que proporciona. La oportunidad para el desarrollo eventual y el total florecimiento de una sexualidad erótica, sincera, lujuriosa y carnal, se puede observar en estos estados incipientes.

     Para la madre estas excitaciones y este placer, agudo y exquisito, ocurren si ella puede disfrutar de su propio erotismo sublimado, y si ella, inconscientemente, sanciona el comunicárselo a su infante. Así su propia experiencia de sensualidad en el cuidado de su bebé se mantiene dentro de una respuesta emocional modulada. Utilizando conceptualizaciones tradicionales podemos decir que ella tiene suficientemente inhibidos sus deseos, o que es más capaz de sublimar sus propias necesidades eróticas, mientras aprecia la gratificación que éstas proporcionan a ambos cuando se producen los cuidados. La madre puede disfrutar la seducción de su hijo dentro del campo de la sensualidad (Freud 1905). En este contexto uno debe recordar la idea de Laplanche (1997) de la  sexualidad enigmática de la madre que se comunica inconscientemente a su infante. La historia sexual de un bebé se inicia a través de su despertar a esta secreta y curiosa problemática de la sensualidad de la madre. (Para una descripción más rica de las ideas de Laplanche sobre la sexualidad enigmática de la madre, implantada inconscientemente en su bebé, ver Stein 1998).

     Uno se debe preguntar cómo se comunica la sexualidad de la madre a su infante. Aquí es relevante el conocimiento procedimental, o conocimiento implícito relacional discutido anteriormente. Quiero señalar no sólo el sistema no simbólico que caracteriza las interacciones iniciales entre los padres y el infante, sino también un sistema codificado que continuará sin ser discriminado a lo largo de toda nuestra vida.  Fuera de nuestra conciencia ocurren gran  cantidad de señales emocionales y huellas mnémicas. Muchas de nuestras interacciones sociales –incluyendo la utilización del espacio con los otros, la inclinación o el rechazo hacia el otro, los movimientos expresivos del cuerpo, la cara y las manos; movimientos de cabeza, miradas, etc.- están gobernadas por nuestro conocimiento implícito. A través de estos medios la madre es capaz de comunicar un rico entramado de su vida imaginaria y de sus fantasías, y sus sensaciones emocionales y fisiológicas, todo lo que es constitutivo de su sexualidad. De esta manera se le transmiten al bebé mensajes sexuales inconscientes complejos y curiosos.

     Para una condición que contrasta con la anterior, consideren un bebé de temperamento similar –uno que sea especialmente receptivo a las experiencias sensuales- pero que tiene una madre que no puede tolerar la cercanía física. Ésta  lleva a cabo el cuidado del bebé con poca capacidad de disfrutar sensualmente porque la proximidad física es desagradable para ella. Cuando el bebé se aproxima, el comportamiento evitativo  de la madre es evidente. (Una interacción de este tipo fue demostrada en un vídeo de Tronick [1997] sobre observación de padres-infante). El bebé detecta esta información sobre la madre a través de un proceso mutuo de regulación al sentir la reducción de la ansiedad de la madre con la disminución de la proximidad física. A los seis meses de edad, el infante ha desarrollado ya un estilo defensivo de no contacto físico con la madre (Gianino & Tronick 1985).

     Aquí la posibilidad de una sensualidad apasionada y erótica está completamente anulada por el establecimiento de un sistema de apego evitativo.  Si no hay nada que altere la relación inicial en los cuidados, este sistema puede fijarse de manera permanente; en verdad, esto es necesario para la supervivencia y desarrollo del infante y para la reducción de la ansiedad  en la madre. En esta situación, las experiencias sensuales agradables son defensivamente escondidas por la evitación de intimidad con el fin de mantener el contacto que es el requisito indispensable para el sentimiento de seguridad y confianza.
 

Psicosexualidad y apego

     La adopción de mi visión integradora de la libido y el apego requiere una enmienda a la forma en que Freud (1923 [1922]) pensó sobre los estadíos psicosexuales. Él mantenía que las presiones orales, anales y genitales estaban bajo el dominio preponderante de las zonas erógenas (pp. 244-245). Freud entendía las zonas erógenas como una parte de nuestra herencia biológica. Estas zonas se suceden de una forma lineal y se incrementa la percepción de cada una de ellas en el momento de su  dominancia. Freud conceptualizó estos estadíos como enraizados biológicamente y apareciendo filogenéticamente, no ligados a los objetos.

     Sin embargo, desde mi perspectiva, esta visión falla al no considerar las propiedades emergentes de la experiencia para cada individuo. En contraste con la sucesión de los estadíos psicosexuales, el desarrollo se produce según un patrón no lineal, errático e inconsciente –aunque esto no parezca ser el caso en un nivel macroscópico (Emde 1999; Sameroff 1986, 1991, 1992; Thelen & Smith 1995).

     Tradicionalmente pensamos en el primer estadío de la vida del infante como dominado por las necesidades orales. Pero es más importante para los observadores de bebés, el nuevo sistema de los estados primitivos, que incluyen estabilidad homeostática y seguridad psicológica, y especialmente el ajuste temprano de la madre y el infante para conseguir estos objetivos (Emde 1999; Sander 1977). Aunque la alimentación es un elemento esencial en este sistema, debe ir siempre emparejado con las necesidades individuales fisiológicas, emocionales y socio-psicológicas del infante.

     Reconociendo el amplio espectro del interjuego de los deseos libidinales y del apego necesitamos ver de qué forma específica emergen estos rasgos en un individuo concreto. El énfasis en una zona particular puede ganar importancia dependiendo de la combinación de un número de factores: la especial conjunción de una diada particular cuidadora-infante, y sus características temperamentales consistentes o inconsistentes, personalidades, salud corporal, necesidades especiales y la exclusiva sensibilidad, así como los significados emocionales-cognitivos que cada uno aporta para la comprensión de la interacción.  Aquí estoy enfatizando la inclusión de la diada en un campo específico teniendo también en cuenta, por supuesto, la influencia del entorno social. (Se debe hacer notar que esto está en oposición con un énfasis en la importancia de lo biológicamente dado en el desarrollo).

     Así pues, nuestra atención se debe focalizar en la contextualización de múltiples factores que configuran un apego padres-hijo mal adaptado, más que en la sucesión de los estadíos psicosexuales. Estas relaciones problemáticas se han venido produciendo y algunas veces encuentran su expresión particular en alguna fase de la actividad de los cuidados, o en un estadío psicosexual. Puede haber entonces un incremento o una distorsión de una zona particular que se convertirá en prominente para el individuo.

Ejemplos Clínicos

    Mr. G. era un comedor compulsivo. Podía recordarse a sí mismo tirando de las faldas de su madre, como un niño pequeño, tirando de su manga, y molestándola con quejidos lastimosos insistentes que algunas veces alcanzaban proporciones  de rabieta cuando él necesitaba su atención. Se acordaba cuando, de pequeño, ella le daba pan cuando estaba triste. Una variante más tardía de este comportamiento de su madre sucedía cuando él era mayor, y ella no quería ser molestada por sus demandas, “le tiraba  dinero” que él gastaba en dulces y  golosinas.

     Se podría plantear que cuando Mr. G. se ponía ansioso, siendo un adulto, experimentaba una regresión a una forma más temprana de gratificación oral, aparentemente no conectada con un objeto. Sin embargo, creo que esta es una explicación insuficiente que no tiene en cuenta los significados, en su vida cotidiana, de los patrones  de interacción recurrentes4 . Un ejemplo de este modelo de comportamiento se puede observar en la conducta de Mr. G. con su bien-intencionada  nutricionista, que había diseñado un programa meticuloso y le había dado consejos detallados para controlar sus excesos dietéticos. Ella le daba clases, le escribía e-mails y le telefoneaba frecuentemente. Me contó, sin embargo, que él “se desconectaba de ella, cerraba el contacto con ella” y la dejaba de lado. También en su relación conmigo Mr. G. decía frecuentemente que aunque sabía que habíamos hablado sobre algo importante en una sesión anterior no podía recordar lo que yo había dicho. Así con ambos, su entrenadora y transferencialmente, él era la madre, indiferente y sorda, que no tenía en cuenta a la persistente e insistente analista-nutricionista-niño.

     El  conflicto interno con la comida, que describía Mr. G., también tenía algunas huellas de la relación temprana con su madre. Él discutía, protestaba y luchaba consigo mismo sobre el hecho de comer compulsivamente, hasta que el sentimiento interno iba en aumento llegando a un punto en el que tenía que comer. Él sostenía que quería llamar la atención de su madre, tener su reconocimiento y su consideración, cosas todas que él no podía obtener. Lo sustituía por un estado casi disociado de comer  hasta el punto de reventar. Luego se sentía disgustado por la cantidad de comida consumida y por su apariencia física, que era semejante a la de su corpulenta  madre. A través de sus hábitos alimenticios él mantenía una conexión con ella,  batalladora, insistente y desgraciada, solidificada por su mutua obesidad.

     Este comportamiento, cuando se ve exclusivamente desde una perspectiva del impulso (drive), se podría entender como una regresión a un estado más temprano de gratificación oral. Simultáneamente, Mr. G.  lograba una gratificación inconsciente de su sadomasoquismo (ver el análisis de A. Freud en Silverman 1998 a). Mientras que estas dos formulaciones pudieran ser, desde luego, relevantes para este paciente, una comprensión más abarcativa  de los significados de sus fantasías e interacciones incluye la perspectiva del apego. Podemos  suponer la reactivación de una antigua y repetitiva experiencia que proveía una relación de apego importante aunque frustrante. Especulando se podría decir que se había internalizado una experiencia reguladora interactiva inconsistente con mayor  inclinación hacia la autorregulación. Las interacciones tempranas permiten mantener la esperanza de un encuentro junto con un reconocimiento de la necesidad de ser autoconfiado.  El foco del analista en la relación de apego patológica de Mr. G. con su madre, y la naturaleza de sus necesidades reguladoras de afecto, permiten una comprensión más ajustada de las experiencias psíquicas y sociales ya que se refieren a modelos tempranos de interacción que se han internalizado.

    Mr. L. Este paciente es otro ejemplo de una persona que depende de la autorregulación y la sustitución de la sexualidad oral como un reemplazo del apego. Mr. L. hablaba sobre la preparación de la comida como una actividad sensual que él gustaba de realizar en completa soledad y sin ninguna interrupción. Él asociaba esto con la actividad masturbatoria, un comportamiento que él esperaba que no fuera interrumpido o descubierto. En el análisis llegamos a entender esto último como un retiro a una experiencia aislada y solitaria, libre de la necesidad de confiar en un objeto de amor frustrante. Aquí la sensualidad y el placer estaban separados de la intimidad y reemplazados por una aislada fantasía oral-masturbatoria.  Una inhabilitante conexión de apego fue sustituida por su valoración del aislamiento y la autogratificación.
 

Analidad

     La analidad, también, tiene potencialmente diversos rasgos motivacionales, y no quiero minimizarla como si fuera un discurso organizante. La preocupación por todos los aspectos de la eliminación puede ser muy poderosa. Por ej., puede haber un investimiento de los olores anales, sus tamaños, formas y consistencias; ideas sobre ser limpio, ordenado, y pulcro, o sucio, maloliente, desaliñado y caótico; la experiencia del placer de retener o expulsar, o la vergüenza, disgusto y rectitud moral sobre esos intereses; la experiencia de acomodación, aceptación y protesta, o los aspectos de la excreción  obstinados, agresivos, combativos o destructivos. Por supuesto todos estos rasgos existen, en diversos grados, en todos nosotros, pero para algunos la analidad puede llegar a ser absorbentemente conflictiva.

     Sin embargo, ni siquiera las conceptualizaciones tradicionales sobre la analidad que han sido útiles clínicamente nos cuentan la historia en su totalidad. Por ej., el comportamiento obsesivo en relación con las luchas por el control anal respecto al entrenamiento de la limpieza puede, en muchos casos, atribuirse a la interacción temprana padres-niño. Así, el aislamiento afectivo –especialmente sobre sentimientos intensos y rabiosos que son desplazados de las relaciones importantes a cosas y objetos del mundo- también reflejan importantes configuraciones relacionales tempranas. Gran número de investigadores (Lyons-Ruth 1999; Main, Tomasini, & Tolan 1979; Malatesta & cols. 1989; van Ijzendoorn   1995) han descrito el distanciamiento de la implicación emocional con los padres y el desplazamiento hacia objetos y cosas que se puede observar en los niños alrededor de los doce meses de edad. Este comportamiento se relaciona con la interacción padres-niño durante el primer año de vida, incluyendo la supresión del enfado y la incomodidad parental con el contacto físico cercano. Esto es también evidente en la evaluación independiente de los padres en sus propios intercambios de apego (van Ijzendoorn 1995).

     El investimiento teórico por parte del analista en los aspectos anales agresivos oscurece la ocasionalmente potente necesidad de enfatizar las características del apego. Cuando estos rasgos del apego han convertido al tema en pertinente, entonces la agresión debe ser considerada reactiva al apego patológico, ambivalente o evitativo, establecidos entre la madre y el infante.

     En estos ejemplos estoy enfatizando un atributo de la sexualidad que Freud (1905) discutía en “Tres Ensayos para Una Teoría Sexual”: “los caminos de la influencia mutua” (pp. 205). Freud (1909) también describió los caminos de doble dirección que puede recorrer la sexualidad, y señaló que una actividad no sexual, como la preparación de la comida (cumpliendo las necesidades nutricionales) puede adquirir un significado sexual a través de conexiones simbólicas a lo largo de un aparente camino similar –a veces adaptativo y otras veces patológico5. Por otra parte el comportamiento sexual aparente, como se demuestra por la incesante búsqueda de la actividad sexual, puede a veces ser inculcado con significados vacíos de ternura, apego, conexión o intimidad –necesidades importantes que son indirectamente satisfechas y sumergidas bajo  experiencias sexuales de poder y posesión. Así es evidente que las inclinaciones sexuales y las necesidades no sexuales  pueden fácilmente entremezclarse.
 

La autorregulación como una función del estilo de apego

     En lo que sigue discutiré los diferentes tipos de la regulación auto e interactiva que han surgido de la relación de apego. Estos modelos reguladores llaman a la preocupación cuando se inclinan demasiado en una dirección o en otra. Como he sugerido en los anteriores ejemplos clínicos un infante puede llegar a  depender demasiado de un modelo de autorregulación o sobre señales internas debido a experiencias problemáticas en las interacciones tempranas. Estoy particularmente interesado en cómo estos diferentes patrones reguladores interactúan con la sexualidad. Ilustraré la idea con ejemplos clínicos de la madre sobreestimuladora y los efectos que resultan de ello. El otro extremo es el de la madre hipoestimuladora –un estilo característico de madres deprimidas o retraídas, por ejemplo. También especulo sobre los efectos de diferentes tipos de modelos reguladores que pueden existir en el analizado o/y el analista. Discutiré también sobre los que moderan sus estados afectivos a través de la regulación interactiva, y las implicaciones clínicas de todo esto.
 

La contribución de los estilos de apego no adaptativos para la autorregulación anómala

La madre sobreestimuladora

     En contraste con las madres que pueden modular su propia sexualidad para que no sea traumática ni patológica para su hijo, algunas madres sobreestimulan con inapropiados abusos sexuales que a veces son físicos. En esa relación de cuidados está disminuida la necesidad de que la madre provea calma y excitación. Negociando estas interacciones problemáticas el niño se inclina prematuramente hacia la autorregulación. Aquí podemos ver los comienzos potenciales de una solución “narcisista” en el niño (Sander 1983, pp-30-31).

     El abuso produce ansiedad traumática y, en potencia, reacciones de rabia. ¿Cómo afectan estas reacciones a las posibles experiencias de sensibilidad y placer? Estas experiencias pueden  ser fácilmente distorsionadas. La naturaleza traumática de la sobreestimulación del abuso físico o sexual necesita unos recursos defensivos considerables para amortiguar las experiencias penosas  (Shengold 1999). Por otra parte estas experiencias amortiguadoras dejan a las personas con el sentimiento  de entumecimiento y de no existencia, teniendo como resultado la necesidad de estimularse ellos mismos. La búsqueda de asumir riesgos y, simultáneamente, la negación de la necesidad de otro como una fuente de salvación y dependencia puede llevar a una sexualidad perversa. La necesidad de contacto y confort se expresa solamente en experiencias sexuales que pueden llegar a ser muy numerosas.

     La sexualidad agresiva puede entrar en escena debido a la necesidad de tratar con respuestas internas rabiosas; la escalada del pánico y los sentimientos traumáticos repetitivos se expresan a menudo a través de una sexualidad agresiva. La sexualidad sadomasoquista puede impregnar el funcionamiento sexual adulto cuando él o ella intentan tratar con sentimientos no modulados (especialmente de rabia) expresados a través de la sexualidad6.

    Ejemplo Clínico.  Mr. K, un hombre con muchos conflictos había sufrido una infancia y una niñez seriamente descuidada, físicamente abusiva y traumática. Muy pronto en su vida desarrolló una existencia aparentemente independiente, en la que él era despreciativo y suspicaz con los otros que estaban “fuera para ignorarle o para apartarle violentamente”. Estaba orgulloso de “no dejarse nunca pisar” –un hombre sofisticado con una forma áspera, cruel, con una visión del mundo donde unos se comen a otros, siempre anticipando las acciones de los “rompepelotas” y “explotadores”, siempre buscando aquellos que él llamaba “los que sacan ventaja” sobre él. El nunca experimentó fuertes emociones. Las enfermedades de otras personas e incluso las muertes de miembros de su familia le dejaban indiferente. Él se consideraba a sí mismo como un misógino que, además sentía desprecio y condescendencia hacia la gente en general.

     La personalidad de Mr. K. incluía una mezcla de orgullo arrogante y dominio, pero era también sociable, humorista, vivo y listo, y con excelente habilidad convencía a los otros sobre su poder y su éxito7. Sin embargo esta fachada enmascaraba un Yo muy asustado e invadido por el estrés. Para este paciente cualquier experiencia de ansiedad rápidamente alcanzaba un estado de pánico.

     De acuerdo con su concepto sobre el otro sexo, M. K. reconocía “utilizar y explotar  a las mujeres, tratándolas como objetos”. Empleando fabulosos relatos sobre su posición social  y su asociación con poderosos banqueros, él seducía a las mujeres. Sus fantasías giraban en torno al sexo con una víctima inferior, degradada e impotente, y frecuentemente se involucraba sexualmente con estas mujeres.

     La temprana infancia de este paciente transcurrió en un ambiente caótico, con muchos hermanos mayores que peleaban, se pegaban, se maldecían, y por otra parte se invadían los unos a los otros, lo que llevaba a un considerable descuido de Mr. K. No había para él un lugar fijo para dormir, ni horas de comida estables, o trajes propios para ponerse. La frustración de su madre a menudo conducía a severas palizas. La suciedad, el desorden, la pobreza, el descuido y el trato brutal por parte de sus hermanos mayores contribuyeron a traumatizar su infancia. Sin lugar a dudas, su madre debió sentirse abrumada por las demandas de esta enorme familia e incapaz de controlar a su hijo más pequeño.

     No sería difícil sospechar que tal relación madre-infante, como la que experimentó Mr. K., tenía una insuficiente regulación interactiva, lo que contribuyó a una disminución en su habilidad para modular sus estados de estrés. Indudablemente él tenía problemas para regular sus emociones cuando era adulto. Sus experiencias tempranas le llevaron a una molesta e insatisfactoria confianza en la autorregulación. Esto es consistente con la forma en que sus estados emocionales aumentaban rápidamente de intensidad asustándole y haciéndole entrar en pánico. Él buscó una variedad de vías maladaptativas, como autorreguladores, (alcohol, sexo, juego), que temporalmente le aliviaban. Más adelante, fue capaz de utilizar la relación analítica para ayudarle a moderar sus sentimientos y para abandonar la mayoría de sus formas patológicas de manejar el estrés.

     El trabajo analítico acerca del desprecio que sentía Mr. K. hacia los otros y su privilegiada defensa de su independencia obtuvo como resultado que,  ocasionalmente, se sintiera muy cercano a alguna mujer. Estas mujeres eran, a menudo, jóvenes, indefensas y dependientes de él, por lo que la experiencia de intimidad con alguien las hacía sentirse a salvo. Gradualmente él fue siendo capaz de sentir emociones más fuertes hacia las mujeres y, de hecho, por fin se casó. Pudo sentirse cercano a su nueva esposa y la abrazaba fuertemente debido a su deseo de estar unido a ella. Siendo poco a poco más tolerante con sus propias necesidades, dependencia y deseos por la cercanía física y el cuidado de su esposa, Mr. K. también  reconocía su incapacidad para compartirla con unos hijos. Sin embargo  accedió a que su mujer comprase un perro.

     El paciente empezó e explorar sus relaciones más a fondo cuando se dio cuenta que él sentía más amor hacia el perro que hacia las personas. Con sorpresa se dio cuenta de que podía tolerar muy poco el no estar con el perro. Pensaba en él todo el tiempo. Era tan listo y mimoso... Cuando el perro había retozado, jugado y estaba cansado, se podía dormir apoyado en el pecho de Mr.K. y a éste le encantaba sentir al perro dormido sobre él, con su cara muy cerca de la suya. El perro estaba tan confiado y se sentía tan seguro con él que podía quedarse dormido de esa forma. Mr. K. disfrutaba dando de comer al perro, lavándole, cuidándole... –todos los placeres asociados con los cuidados de un bebé recién nacido-.

     Mr. K. relató que cuando se sentía atrapado en esa cálida concentración y esos sentimientos en la crianza del perro, se sentía sexualmente excitado. Él describía esto como similar a las reacciones que sentía cuando perseguía a una mujer joven y vulnerable. Por ej., sus ocasionales sentimientos tiernos de amistad y cuidado hacia una jovencísima y preocupada adolescente se habían vuelto, repentinamente, sexuales. También comentó que cuando había abrazado a esas mujeres, y ahora, cuando abrazaba a su esposa, quería estar tan cercano a ella que temía apretarla demasiado. Con respecto al perro, temía  perderlo, y se alteraba por pensamientos intrusivos de lastimarle seriamente –por ej., lanzándole desde el borde del balcón.

     Discusión. Se podrían decir muchas cosas de esta viñeta. Mr. K. estaba preocupado con sus necesidades de fusión, como indicaba su intenso deseo por la proximidad física. En esta fantasía de restablecer la unidad había una confusión  temporal entre masculino y femenino, madre y padre, él mismo y el otro, y realidad y fantasía. La identificación inconsciente de Mr. K. con su indefenso bebé-perro también era evidente.  Hay que señalar también que este desprecio inconsciente y ese odio hacia esas mujeres indefensas, así como sus deseos de poder, dominación, control y destrucción potencial, se expresaban en una forma de cuidarlas. Él demostró una capacidad, que iba en aumento, de calidez, ternura e incluso amor –una nueva experiencia para él- que eran las que estaban menos disponibles en la relación con los humanos.

     Sin descuidar estos temas, me gustaría centrarme en la descripción  del cambio de Mr. K. desde el afecto perentorio a la excitación sexual. Él describía que se llenaba de tensión como resultado de experimentar fuertes sentimientos hacia su perro, la cual era similar a sus pasadas experiencias con chicas jóvenes y explotadas. Estas emociones tan fuertes conducían al deseo sexual. Si entonces él era capaz de consumar una relación sexual tal como había sucedido con las mujeres, la excitación y la tensión disminuían y él sentía gran alivio.

     Creo que este ejemplo ilustra la noción de Freud (1905) y más tarde de Klein (1976), sobre las necesidades vitales que se pueden expresar bajo modalidades sexuales. El deseo de Mr. K. para sentir vehementemente apego físico rápidamente alcanzaba una intensidad muy grande, y él no podía tolerar el aumento de estos estados de ansiedad. La sexualidad, de acuerdo con su percepción, liberaba y ponía fin a esta tensión. Él describía un estado afectivo no modulado, que podía reconocerse como impregnado de necesidades de ternura, cuidados, contención y caricias físicas. Gradualmente él entendió que estas experiencias podían ser solamente aceptadas como sexuales. En este última forma él se sentía poderoso, masculino, autónomo y con control. Creo que la zona de sexualidad fálica funcionaba como un canal de alivio para Mr. K., enmascarando una cantidad de necesidades insatisfechas asociadas con un empobrecimiento de la regulación del afecto.
 

La  madre hipoestimuladora

     Las dos experiencias, de sobreestimulación e hipoestimulación, marcan los dos extremos de los tipos de apego ambivalente-resistente y evitativo, y especialmente el tipo de apego desorganizado-desorientado. Como se puede ver en la siguiente breve viñeta, en los casos de falta de cuidados e hipoestimulación temprana podemos anticipar otra distorsión de la sexualidad.

    Ejemplo Clínico. La Sra. H., la hija de una madre muy deprimida, describía la importancia de intensas experiencias que esperaba no fueran alteradas por el tratamiento. Buscaba, de una forma casi maníaca, una extrema estimulación en todos los acontecimientos de su vida. La sexualidad, en sus mejores momentos, era áspera, con magulladuras y casi brutal, como si ella y su amante fueran dos animales manteniendo una sexualidad con golpes, espeluznante, con penetraciones profundas y casi cruel. Estas reales interacciones sexuales, primitivas y duras, le proporcionaban un sentido de éxtasis vital, transformando un estado hipoestimulador. Podemos, por lo tanto, suponer que una contribución importante a la sexualidad de la Sra. H. era su apego inseguro con su madre hipoestimuladora.

    Un ejemplo histórico de hipoestimulación.  Las personas profundamente religiosas y místicas cuentan a menudo experiencias de éxtasis que yo creo que pueden compensar experiencias de hipoestimulación.  El relato inusual de la vida de una monja del siglo XVI, Benedetta Carlini (Brown 1986), refleja  la búsqueda de intensa estimulación bajo la forma de apariciones religiosas apasionadas y disociadas. Cuando era niña, Benedetta tuvo una relación problemática con su poco dispuesta madre que no estaba segura de sus capacidades maternales.  En vez de eso ella dirigió a su hija “a tener a la Señora (Virgen María) como su madre y su custodia” (pp. 26). Su padre, algo más involucrado, estaba interesado en el desarrollo de la vida espiritual e intelectual de su hija.

     A los nueve años, la niña fue enviada a un austero monasterio de clausura subrayando su apartamiento de la estimulación de sus padres y de la vida social. Era un convento muy estricto, inspirado en la lucha de muchas prácticas corruptas encontradas en los monasterios de aquella época. La vida diaria consistía en  ayunos, mortificación de la carne, obediencia, pobreza mucha oración, interrupción del sueño para rezar, vestidos simples y modestos, y trabajo duro. Los monasterios, por lo general, era muy pobres, y por ello, la dieta era escasa (Sobel 1999).

     Durante el tiempo que duró su vida en el convento, Benedetta tuvo estados de trance en los que era visitada por Jesús y los ángeles del cielo. En uno de estos sucesos Jesús “arrancó su corazón de su cuerpo” (Brown 1986, pp. 61) y más tarde, lo sustituyó por el suyo dentro de ella (pp. 61). Sus visiones celestiales estaban invadidas por rasgos de auto-engrandecimiento, en los que ella era elevada, reconocida públicamente y elogiada. Sus virtudes eran alabadas y celebradas. Tales elogios, personales y elevados, eran comentados a menudo por los clérigos de la iglesia y por los no creyentes, porque se pensaba que  difícilmente demostraban la rectitud y humildad esperada en monjas fervorosas (Brown 1986; Sobel 1999).

     Los estados de trance, o disociados, no son sorprendentes en un escenario de repetidos ayunos, rezos fervorosos y enclaustramiento aislado. No obstante las visiones de éxtasis experimentadas por Benedetta, -que comprendían autoadulación, autoadoración, ser una con Dios-, sugieren provisionalmente una representación de aspectos reparadores de sus tempranas experiencias de deprivación. Recurrir frecuentemente a mortificaciones corporales, flagelaciones, extensas caricias –reales (llevadas a cabo coercitivamente por una monja más joven) o fantaseadas- sugiere un deseo para un contacto físico intenso y la estimulación que ese contacto lleva consigo. Esta presunta idea se apoya en el comentario de Brown (1986) de que Benedetta insistía en que, de vez en cuando, una monja más joven, debía mantener relaciones sexuales con ella durante horas (pp.118)8.

    Un ejemplo no clínico de hipoestimulación. También deseo hipotetizar sobre las características del apego que pueden contribuir a la atracción por la pornografía y por las experiencias de vestirse como el sexo opuesto, en las privadas de apropiadas experiencias interactivas reguladoras. Mientras que, por lo general, hay mucha más tolerancia y aceptación de la pornografía y la obscenidad, los pacientes que se entregan a ellas de lleno muestran rasgos en común con la búsqueda de estimulación de la Sra. H., la paciente sobre la que hemos hablado anteriormente, y su necesidad de experimentar una sexualidad poderosa y brutal. El interés en la pornografía puede proveer excitación a un self hipoestimulado.

     El valor de choque de la obscenidad pasa por un camino dialéctico. Por una parte, se puede utilizar porque es insólito y prohibido, y por lo tanto tentadoramente estimulante. Por otra parte, lo inesperado e impredecible puede ser penoso, aterrador e incluso repugnante. Stoller (1985) sugirió que, típicamente, el secreto rodea una indulgencia con la obscenidad que entraña riesgo y, por lo tanto, excitación. Yo creo que este rasgo de asumir riesgos tiene mucho en común con el placer de vestirse como el sexo contrario, donde parte de la emoción y la intensidad de la experiencia surge de la posibilidad de ser descubierto. El descubrimiento de ambas experiencias, el placer de vestirse como el sexo contrario y la indulgencia con la pornografía, proporcionan la doble posibilidad de ser humillado y de humillar al otro. En el cambio de vestidos, la exitosa ostentación de ser como el sexo opuesto es lo que humilla a la víctima. Respecto a la obscenidad, de acuerdo con Stoller, “el dócil espera humillar al poderoso”... La víctima va a sentirse victoriosa  descargando sus contenidos internos oscuros, húmedos, malolientes, ocultos, misteriosos, hinchados, en los más menospreciados de la sociedad (pp. 90). Las características importantes de asumir riesgos, amenazas potenciales de humillación, y la agresión, se consideran capaces de despertar la excitación en un self hipoestimulado
 

La contribución de los estilos de apego no adaptativos para la regulación mutua anómala

La coordinación vocal “vigilante”

     Los investigadores (Jaffe & cols. 1999) han estudiado la coordinación del ritmo vocal como una forma de entender los modelos de regulación interactiva y de autorregulación, y su relación con los estilos de apego. Estudiaron los modelos de ritmo vocal (vocalización y turnos de hablar) durante las interacciones cara a cara entre los infantes y sus madres, y entre los niños y los extraños. Distintos modelos de coordinación vocal predecían distintos modelos de apego. Totalmente contrario a la idea de que el mayor grado de coordinación del ritmo vocal indicaría las diadas  mejor adaptadas y mejor relacionadas, éste grado de coordinación predecía el apego del infante más inseguro (desorganizado y ansioso-resistente), mientras que el grado de coordinación más bajo predecía el evitativo (Beebe & cols. 2000, pp.11). Un control excesivamente cercano por parte del otro y modelos vocales muy coordinados en la diada correlacionaban con apegos ansiosos y desorganizados9. Así pues, es legítimo hipotetizar (como hicieron Beebe & cols), que unos modelos de interacciones vocales demasiado ajustados, inflexibles y altamente coordinados, o de “alto seguimiento del otro” –una respuesta exagerada a las señales vocales del otro- correlacionaban con una excesiva  confianza en la regulación mutua, acercándose a la “vigilancia” interactiva. Demasiada regulación mutua no permite al niño  confiar en sus señales internas o desarrollar un modelo adaptado de autorregulación. (Ver también Gianino & Tronick 1985; Sander 1975)10.

     En este contexto se debe reconocer que la relación entre la interacción vocal y el apego es solo una característica del sistema interaccional. La naturaleza de la interacción vocal o del apego son sólo aspectos de un compejo y emergente sistema de personalidad. Rasgos como el temperamento, la cognición, y variables dinámicas, también contribuyen a dar forma a la organización de la personalidad individual.

     No obstante, uno puede anticipar que los niños que demuestran intenso seguimiento vocal del otro desarrollan sistemas de interacción más complejos, un reflejo de una gran sensibilidad hacia los otros. Si esta forma temprana de coordinación cercana persiste, no es un salto especulativo considerar que un individuo así tenderá a ser un exquisito recipiente para las necesidades de los otros. Todos nosotros conocemos, sin duda, a personas que reconocen su dependencia de las vicisitudes de los otros. Utilizando modalidades sensoriales múltiples, ellos examinan sus encuentros interactivos para ofrecer apoyo, información sobre la vida, toma de decisiones, conocimiento y apreciación. Estos individuos son muy sensibles a los signos externos en un esfuerzo de moldearse a sí mismos para acomodarse al otro11.

     Conjeturas adicionales sobre una continua respuesta altamente coordinada nos puede llevar a imaginar, por ej., las características de la vida sexual de esas personas. Una mujer con una aumentada dependencia  en la regulación mutua tiende a no considerar sus propios deseos respecto al sexo, al menos en su comportamiento manifiesto. Es la necesidad que tiene el otro la que domina poderosamente la conciencia de la pareja. Adicionalmente al desarrollo de sus fantasías inconscientes sobre el significado de tal dependencia respecto al  otro debemos considerar la relevancia del contexto cultural. El dominio de nuestra cultura patriarcal ha fomentado una orientación mutua hacia las necesidades sexuales del hombre como aceptables para ambos. Feministas como Duane & Hodges 1992), Elliot (1991), y Williams (1989), han escrito extensamente sobre este sesgo de la sexualidad, como han hecho las psicoanalistas feministas, como Irigary (1985), Kristeva (1997), y Mitchell (1974), así como las feministas teóricas de la literatura, como Butles (1990), Moi (1985), y Sedwici (1990).

     En particular Benjamín (1988) señaló la importancia de la alteridad, algo que a la teoría actual psicoanalítica tradicional le había faltado. Al discutir sobre madres e hijos, el foco analítico clásico se ha centrado en el efecto de la madre sobre su hijo, descuidando el efecto recíproco del impacto del niño sobre su madre. El reconocimiento de la subjetividad femenina, en su roles como mujer y como madre, tiene importantes implicaciones para la teorización de la sexualidad (Benjamín 1988, 1995; Silverman 2000).
 

Sobreestimulación, hipoestimulación, sexualidad, y sus efectos sobre la transferencia y la contratransferencia

     ¿Se pueden emplear de una forma útil los conceptos de sobre e hipoestimulación cuando consideramos la interacción terapéutica? Creo que, si el analista tiene una tendencia a reaccionar a la hipoestimulación, este aspecto de su funcionamiento va a invadir sutilmente el trabajo analítico. Hay, por supuesto, muchas clases de significaciones que subyacen al deseo del analista de excitar y deslumbrar a su pacientes con insights. Una línea temática consistente con los ejemplos anteriores es la necesidad de estimular y avivar el self y/o al paciente, vivificando así a un deprimido o moribundo self del analista y a la experiencia del paciente. De manera equivalente, la sexualidad del paciente, especialmente en su vitalidad y sensualidad, puede proveer suficiente ebullición para estimular y animar al self  hipoestimulado del analista.
     Retrospectivamente, es difícil ser claro sobre el grado en el que el comportamiento normal refleja una experiencia temprana de sobre o hipoestimulación, debido al interjuego de necesidades y defensas en el comportamiento subsiguiente. Así, un deseo de fastidiar o excitar en la situación analítica puede reflejar, bien un modelo reciclado de sobreestimulación, o bien una máscara defensiva de las necesidades de un self hipoestimulado. El analista que lucha con una “menos que estable” experiencia de autorregulación necesita estar alerta a la función específica de regulación que se le brinda cuando trata de las vicisitudes sexuales de un paciente, así como ajustarse a las cualidades inherentes a la situación analítica.

     Por ej. Kernberg (1991) comentaba acerca de la apertura de la situación analítica como fomentando una anulación de la represión, señalando que su misma naturaleza puede ser experimentada como una “incitación”, y que tiene una cualidad de “seducción implícita” (pp. 359). Y, además, el analista necesita transitar un camino  cuidadoso entre su inhibición para explorar la transferencia sexual y el potencial para ser “seductoramente invasivo” en la búsqueda de resistencia para la toma de conciencia de la transferencia sexual (Kernberg 1994, pp. 1147). Estoy proponiendo un acercamiento diferente en el que los analistas deben pensar sobre sus interacciones analíticas como modificadas por su modelo de regulación del tipo de sobreestimulación  o de hipoestimulación.

     Aspectos similares deben ser identificados en relación a los pacientes y/o analistas que se inclinan hacia un seguir de cerca las huellas del otro y los efectos de esto en la transferencia y la contratransferencia. Un paciente que potencialmente sigue muy de cerca las huellas del otro, puede observar estrechamente las intervenciones del analista, moldeándose de acuerdo a los deseos de éste sutilmente percibidos.  Así, el llamado paciente ideal, cooperador, que responde a las intervenciones del analista, puede ser alguien en quien las  necesidades interactivas reguladoras importantes están enmascaradas por la conformidad y la comprensión. Todos conocemos a estos pacientes, y yo ofrezco una perspectiva alternativa que puede contribuir a entender mejor este comportamiento.

     Es fácil anticipar un desajuste entre un analista que se inclina hacia la autorregulación y un paciente que depende de la regulación interactiva. Mientras que la respuesta autorreguladora del analista no interfiere en su capacidad para escuchar y atender, una tendencia hacia una fuerte autorregulación puede impedir una respuesta interactiva apropiada, especialmente en un paciente que depende de la regulación interactiva. En este desajuste, un paciente puede sentirse no comprendido, en desacuerdo, o puede ver al analista como inalcanzable y no empático, una voz impersonal detrás del diván. Una alta autocontención en el analista puede llevar a una tendencia hacia la proyección en el paciente, de sus deseos y miedo a la intimidad. Cuando el paciente refiere experiencias vergonzosas alrededor de la sexualidad, una relación distante puede aumentar su sentimiento de vergüenza al exponer sus experiencias. Por otra parte, las interacciones compensatorias pueden inconscientemente ser vividas como una actuación de la intimidad sexual.

     El analista que depende de experiencias reguladoras interactivas también puede estar demasiado inclinado a vigilar con excesiva cercanía las experiencias del paciente. Esto puede evolucionar a una orientación contratransferencial si, por ejemplo, dicha orientación es sentida  como intrusión , falta de espacio para respirar, una oportunidad perdida por el paciente para buscar y descubrir aspectos de su vida psíquica o, en su forma extrema, como una retraumatización  del paciente. Dichas tendencias por parte del analista pueden ser experimentadas inconscientemente como seducciones sexuales o como un posible indicador de las necesidades del analista de poder y posesión. Estos analistas que siguen demasiado de cerca al paciente también fallan en permitir el desarrollo de diferentes perspectivas -perspectivas que llevan la posibilidad de que el analista pueda sentir distintas emociones, pueda recobrar imágenes de sus estados de ensoñamiento, o pueda experimentar nuevas ideas emergentes que necesita desafiar o confrontar. Así el analista debe transitar un cuidadoso camino entre la inmersión empática (Kohut 1977, pp. 168-169) y la tolerancia interna para otras perspectivas.
 

La regulación problemática del afecto en Juanito

     Anteriormente he discutido el concepto de Freud (1905, pp. 205-206 y de Klein (1976, pp. 82) de “camino de doble dirección”, así como la plasticidad de la sexualidad. Ambos aspectos son relevantes en el caso de Juanito (Freud 1909).

     Freud a menudo utilizaba el material de sus casos para ilustrar un aspecto de la teoría que estuviera desarrollando en ese momento. Así, para Freud, Juanito era una ilustración vívida de una comparación positiva de todos los vicios y de una perversidad polimorfa que se encuentra en todos los niños pequeños. En su estilo lúcido y absorbente, Freud lleva al lector a través de la incipiente sexualidad de Juanito, su inhibición y subsiguiente represión, que produjo una fobia. El material del caso era multivariado y complejo. Pero yo quiero remarcar lo que Freud no enfatizó: la relación temprana y conflictiva de Juanito con su madre. (Bowlby 1973) entendió a Juanito mostrando una relación ansiosa de apego con su madre ya que el niño estaba preocupado por si ella le abandonaba. Sin embargo yo discutiré otras consideraciones).

     Hay un número de posibles razones para que Freud no hiciera ningún comentario sobre la naturaleza de la relación de Juanito con sus padres. Primero, la cultura parental era completamente diferente en el siglo diecinueve. Firmes azotes eran administrados a menudo, como parte de una disciplina efectiva. El tratamiento severo e incluso duro de los niños se aceptaba como la forma de conseguir una educación rigurosa y competente (Wolf 1988). La actitud victoriana hacia la masturbación era feroz y extrema, y se utilizaba todo tipo de tortuosos dispositivos para prevenirla, como “la paralización de las manos” y “encerrar los genitales en un dispositivo que servía como ropa interior” (Wolf 1988, pp. 64).

     Segundo, los padres de Juanito eran seguidores de Freud, lo que probablemente sesgaba su idea sobre su estilo parental. Tercero, Freud enfatizaba la normalidad del entorno de Juanito de modo que pudiera demostrar  el penetrante aspecto de la perversión polimorfa y el Complejo de Edipo. Cuarto, aún reconociendo explícitamente la presencia constante de la ambivalencia en la vida mental, Freud (1910) a pesar de todo, mantenía que no había nada tan poderoso como el amor de una madre por su hijo.

     Por lo tanto, Freud reconocía y minimizaba lo que él llamaba el comportamiento sobreafectivo de la madre hacia Juanito, así como sus severas y puritanas respuestas a su interés sexual porque, insistía Freud, ella quedaría involucrada eventualmente en el “predestinado” (1909, pp. 28) drama edípico. Sin embargo, cuando Freud especuló sobre la relación temprana de Leonardo da Vinci con su madre, estableció paralelos entre las preguntas y conjeturas que formulaban Juanito y el pequeño Leonardo, respecto a los genitales y la sexualidad. Freud especuló que la madre de Leonardo tenía una “fijación erótica” (1910, pp. 99), que la llevó a alimentar una “ternura excesiva” (pp. 99) hacia el niño. El lenguaje casi idéntico utilizado respecto a ambas madres sugiere que Freud se refrenó en aludir directamente a los inapropiados deseos eróticos de la madre de Juanito hacia su hijo.

     En el caso de Leonardo, Freud reconoció explícitamente el poder de la temprana relación madre-hijo para modelar la futura vida sexual del chico, en vez de enfatizar su posición teórica de un desarrollo natural, biológico de la pulsión sexual como predeterminada. (Con mayor especificidad aún, Freud describió la temprana separación del padre de Leonardo de su hijo ilegítimo, y el tratamiento subsiguiente que el hijo dio a sus producciones artísticas –sus hijos simbólicos- con la misma indiferencia que él había sentido por parte de su propio padre. Este es un ejemplo de un modelo de relación de apego del padre con su hijo, expresado simbólicamente más tarde intergeneracionalmente).

     La actitud de Freud en la insistencia de honestidad e integridad, y su deseo de ofrecer lealtad a sus colegas, así como demostrar sus nuevas ideas en el caso de Juanito, son similares a su postura cuando relata sus propias asociaciones con el sueño de Irma (1900). Freud no reconoció sus deseos sexuales cuando hablaba sobre la “comparación entre tres mujeres” (pp. 111), ni sus asociaciones a una imagen onírica. En vez de eso, comentó que un reconocimiento así “me habría llevado muy lejos –siempre hay, al menos, un punto en todo sueño que es insondable-, un ombligo que es ese punto de contacto con lo desconocido” (pp. 111).

     Mientras mantenía que este problema no podía ser ulteriormente conocido, en el capítulo siguiente, Freud debate sobre los deseos como instigadores de los sueños. Su escrito sobre Leonardo, un caso similar estudiado, así como el subsiguiente capítulo en “La Interpretación de los Sueños” (1900), revelan los contenidos que tuvo rechazo en comunicar en su descripción de Juanito.

     Freud nos contó que la madre de Juanito frecuentemente  le amenazaba con marcharse si él no se comportaba bien. Juanito relató que su madre le pegaba con el palo de sacudir las alfombras, y su padre confirmaba que la madre frecuentemente amenazaba a Juanito con esa acción. Por tanto ella era, a menudo, áspera, crítica y acusadora, mientras que, al mismo tiempo, ofrecía una intensa intimidad (permitiendo con frecuencia a Juanito compartir su cama, especialmente cuando el padre estaba fuera). Cuando Juanito deseaba pasar el tiempo con “otra mujer” –p.ej. cuando visitaba a su amiga Mariedl y se quedaba toda la noche- su madre, muy enfadada, le amenazaba con echarle de casa.

     El cuadro sugerente que emerge es el de una madre sobreestimuladora que, al mismo tiempo, era áspera y punitiva. Este estilo parental puede dejar al chico en un estado conflictivo. Juanito necesitaba la presencia física de su madre, que reducía su ansiedad, aunque cuando estaba con ella parecía que ésta inflamaba sus emociones, produciendo, como consecuencia, un estado de sobreexcitación. Como contrapartida ella estaba alterada y crítica cuando Juanito estaba sobreexcitado con la sexualidad (p.ej. ella aludía a sus intereses sexuales como “de cerdos”, e implacablemente le vigilaba y le prohibía sus prácticas masturbatorias). El primer comentario de Freud sobre el caso es que “la intensidad de la emoción era mayor que la que el chico podía controlar” (1909, pp. 25). Al resumir Freud señaló que “quizá se debería insistir sobre la violencia de la ansiedad del chico” (pp. 100). Tales mensajes maternales conflictivos pueden haber provisto las semillas para desarrollar en Juanito lo que hoy se llamaría una organización de apego ambivalente.

     La sobreexcitabilidad del chico se puede atribuir a un gran número de causas. Una de ellas era su no reconocida  hostilidad hacia su madre, por sus amenazas de serias desconexiones y abandonos. Freud hizo mención únicamente a la hostilidad inconsciente de Juanito hacia su padre, como consecuencia de sus deseos edípicos. Reconoció la presencia del sadismo en las fantasías maternales de Juanito pero entendió que era una construcción del deseo erótico (por ej. penetrar sádicamente a su madre en un intercambio sexual).

     Otra fuente de la ansiedad del chico puede haber sido su sobreestimulación sexual, resultante de la aparente falta de habilidad, por parte de su madre, para ser una presencia maternal no sexual que calma conscientemente. Estos rasgos pueden haber producido una incapacidad en Juanito, para modular efectivamente su estado emocional, esto es, para autorregularse.

     Freud ciertamente reconoció la extensión de la ansiedad de Juanito, pero mantuvo que era estimulada casi exclusivamente por sus deseos y fantasías. Aquí vemos un ejemplo del camino de doble dirección que Klein (1976) describió. Visto desde esta perspectiva, el aspecto no sexual de la regulación emocional del chico fue significativamente deteriorado. En vez de eso, Freud entendió la ansiedad de Juanito como un producto de sus deseos inconscientes sexuales y hostiles. Desde mi punto de vista, sin embargo, Juanito necesitaba reacciones afectivas más suaves y tranquilizantes, permitiendo el desarrollo de una actividad y curiosidad sexual apropiada para su edad. Yo propongo que, cuando esto falta, una “zona” disponible de su evolución –su curiosidad y placer con su “cosita”- desarrolla un poder especial, probablemente como parte de su intento de autorregular su estado crónico de ansiedad. Al mismo tiempo, la sobrecargada atmósfera de la casa puede haber contribuido a su intensa preocupación erótica. Hoy, al examinar el caso de Juanito, podemos beneficiarnos del empleo de este modelo de apego para ayudarnos a ver la importancia de las necesidades de apego.
 

Conclusión

     En resumen, la teoría psicoanalítica tradicional necesita expandirse e integrar aspectos motivacionales relevantes que han surgido en la investigación sobre el desarrollo. El conjunto de concluyentes datos empíricos sobre el sistema de apego no pueden ser pasados por alto como irrelevantes, o tratado sólo como si se refirieran a conductas superficiales. Los modelos internos operativos con su bagaje de necesidades y defensas, se pueden identificar durante el primer año de vida, y algunos estudios han mostrado que tiene un poder predictivo a lo largo de la adolescencia. El modelo interno operativo de apego de la madre hacia su propia madre muestra una correlación significativa con el  estatus del apego desu infante. Más aún, yo mantengo que es la característica de la regulación del afecto, en el sistema de apego, el aspecto más sobresaliente de la transmisión intergeneracional de los estilos de apego.

     El considerar tanto los deseos libidinales como los de apego permite al clínico focalizarse en el aspecto significativo que emerge en la situación clínica. Cuando el deseo, o el apego, son eliminados de la formulación del caso, el resultado puede ser un análisis insuficiente de la interacción compleja entre ambos, de la superposición o del dominio de uno o del otro.
 

Notas de la autora

1  Aunque los sentimientos no son demasiado evidentes a través del comportamiento, la lectura de los latidos del corazón (Stroufe & Waters 1977) y los niveles de cortisol (Splanger &Grossman 1993) indican experiencias de estrés para estos infantes.

2  Los clínicos (Pistole 1995, Shane, Shane & Gales, 1977) a menudo engloban los tipos de apego ambivalente y evitativo con la patología (ver Silverman 1995), y algunos investigadores del apego han comenzado también a convertir en patológicas estas categorías. Ese modo de pensar elimina la variación entre los estilos de apego existentes dentro de una escala normal.

3  Otros factores motivacionales potenciales deberían ser considerados tales como la novedad, la curiosidad sobre el entorno y el sentimiento de autoefectividad, entre otros.

4  Estoy de acuerdo con Inderbitzin & Levy (2000) que cuestionan el concepto de regresión. Un gran inconveniente de este concepto es el “anticuado modelo lineal” (pp.211) que proporciona (ver también Silverman 1986). Desde mi punto de vista, la etiqueta  regresión  oscurece la problemática regulación, por parte del paciente, de su estado afectivo, que es el rasgo que necesita más exploración.

5  Freud (1910) demostró el concepto de recorridos de la sexualidad en su descripción  las fantasías de Leonardo, de la cola de un pájaro golpeando repetidas veces en el interior de su boca. También discute el salto que existe desde mamar el niño del pecho a mamar el pene, siendo descrito esto último como “fantasía homosexual pasiva” (pp. 87).

6  En contraste, Freud (1905) insiste en que “un efecto erotogénico se liga incluso a los sentimientos más intensamente penosos, especialmente en los casos en que la pena es suavizada por alguna condición que la acompaña” y ésta es una de las fuentes importantes del “instinto masoquista-sádico (pp. 204). En otras palabras, Freud mantenía que todos los sentimientos penosos contenían la posibilidad de placer, y el adulto los vuelve a reproducir para conseguir placer inconsciente. Una repetición de esta posición se puede encontrar en los escritos contemporáneos de Glen & Bernstein (1995) y Wiederman (1995).

7   En estudios recientes de los estilos de apego en el adulto, ha surgido una nueva categoría definida más cuidadosamente: el estilo “desentendido-evitativo” (Bartholomew 1990; Bartholomew & Horowitz 1991). Los individuos con este estilo de apego se caracterizan por una negación defensiva de la necesidad y/o el deseo de relacionarse (Levy & Blatt 1999, pp.552). Además tienen “alta autoestima, autoconfianza en situaciones sociales,, no tienen emociones, son defensivos, independientes, cínicos, críticos y distantes con los otros, y más interesados en los logros en en las relaciones” (Levy & Blatt, pp.552). Mr. K. encaja en esta categoría.

8  Esta narración provee una interesante perspectiva histórica sobre el lesbianismo. Era tan inusual la idea de la homosexualidad entre las mujeres en esa época, que los investigadores. clérigos ni siquiera entendían estas descripciones. Mientras que la homosexualidad masculina se ponía de manifiesto, tal práctica, en las mujeres, ni siquiera tenía una calificación.

9  Lo inadecuado de la relación interactiva, como se ve en los patrones vocales baja coordinadión entre madre e infante, así como en el grupo de apego evitativo, promueve una confianza en la solitaria autorregulación (por ej., autotocamientos, autocaricias...), y una utilización del otro poco frecuente. Ver la discusión de Freedman & Lavender (1997) sobre el ritmo y las arritmias motoras en el analista, y su correlación con la contratransferencia.

10  Este modelo es consistente con el trabajo de West & Sheldon (1988) que exploraron el estilo de relación del cuidador ansiosamente apegado que se observa en algunos adultos. En esos casos el individuo aprende, a una temprana edad, a invertir el modelo de cuidados para ser la figura maternal de una madre que necesita una relación simbiótica (Levy & Blatt 1999).

11  Tal respuesta a los otros tiene mucho en común con la noción de Winnicott (1965) de un falso self.



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