aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Número 034 2010 Revista de Psicoanálisis en Internet

Mentalización y cuestiones en torno a la técnica terapéutica. Discusión sobre un caso de Stephen Seligman y respuesta del autor

Autor: San Miguel, Mª Teresa

Palabras clave

Identificacion proyectiva (normal- patologica, Evocadora (spillius), Masoquismo narcisista, Mentalización, Trasferencia-contratrasferencia, Enactement (patologico, Terapeutico), Seligman s..


En el nº 33 de Aperturas se publicó la traducción de un caso clínico de Stephen Seligman: Mentalization and metaphor, acknowledgement and grief: Forms of transformation in the reflective space", publicado originariamente en Psychoanalytic Dialogues, 17 (3): 321-344 (2007). Se presenta ahora una reseña de la discusión que, sobre el material clínico de Seligman, llevaron a cabo una serie de psicoanalistas y la respuesta del propio autor. Se ha considerado interesante introducir la reseña con un trabajo sobre la obra de Seligman que se presentó en la reunión de Fórum, el pasado mes de noviembre (2009) y que permite una mejor comprensión tanto de las críticas como de las posiciones de Seligman sobre el material clínico. 

I PARTE. La obra de Stephen Seligman

Una de las características de la orientación de Seligman es lo que él mismo denomina “enfoque integrador” (Seligman, 2009). Efectivamente, forma parte del proyecto de Seligman integrar conceptos que se consideran más clásicos del psicoanálisis (sobre todo de la teoría kleiniana) con los desarrollos de la llamada “corriente relacional”. En el nº 4  de Aperturas se encuentra un artículo del autor publicado en 1999, en el que Seligman afirma que después de décadas de falta de atención, los conceptos kleinianos están atrayendo una ávida atención en los centros psicoanalíticos de Estados Unidos. Pero él mismo subraya que estos conceptos puedan dar la impresión de que entran en contradicción con algunas de las innovaciones de la denominada orientación relacional. De manera que él se propone mostrar que es posible “pensar simultáneamente en términos de una psicología unipersonal y bipersonal. De esta manera, los modelos intersubjetivos pueden ser ampliados para capturar la densidad y la variedad de insights que acerca del mundo interno existen en la literatura kleiniana contemporánea” (Seligman, 2000)

Esta posición teórica va a traer aparejada una serie de consecuencias clínicas, en el sentido de la interpretación que el autor hace de determinados fenómenos transferenciales-contratrasferenciales y que se ponen de manifiesto en el caso clínico mencionado. Puede resultar interesante repasar la reformulación del autor sobre el concepto de identificación proyectiva, la relación entre dicho concepto y el de mentalización (Fonagy y colaboradores), así como una serie de consecuencias sobre la  técnica que serían concordantes con las posiciones teóricas de Seligman.

Estos serían, a mi entender, cuestiones básicas a la hora de entender el enfoque del autor sobre la problemática de su paciente –Harriet- así como sobre sus propias intervenciones.

1. Rescatando el concepto de “Identificación Proyectiva” (IP)

Como es bien sabido, es éste un concepto original de Klein pero que ha interesado a muchos otros teóricos, entre los que Seligman (2000) cita a Bion (1959), Winnicott (1960), Heiman (1950), Racker (1968) y, en décadas posteriores, a Ogden (1982). Lo que Seligman subraya es que estos últimos autores amplían el concepto de identificación proyectiva para incluir la posibilidad de que otros personajes reales, especialmente los analistas y las madres, pudieran ser afectados por estos procesos que ocurrían originalmente en la mente del infante o del paciente. Seligman también señala que desde una perspectiva intersubjetiva, Stolorow y sus colegas (Stolorow, Orange, Atwood, 1998) sostuvieron la necesidad de eliminar el concepto. Sin embargo, Seligman propone darle a este mecanismo toda su importancia, tanto en la génesis de la psicopatología como en los avatares que se presentan a lo largo del proceso analítico.

El concepto de IP –dice Seligman- es usado a veces para abarcar todo lo relacionado con la contratransferencia o, al menos, todas las situaciones en las cuales el terapeuta cree que él o ella siente algo semejante a lo que el paciente está sintiendo. Y comenta que el límite entre la identificación proyectiva y la empatía puede entonces convertirse en algo muy vago, hasta el punto de un sentimiento contratransferencial puede ser considerado “empatía” cuando es sentido como bueno y, en cambio, como “identificación proyectiva” cuando es sentido como malo, o, por lo menos, ajeno a uno. Más allá del tono irónico del autor podría ser interesante, efectivamente, considerar que como analistas estamos permanentemente afectados por los estados emocionales de nuestros-as pacientes puesto que las emociones no son sólo formas de “comunicación” sino son también formas “de acción” sobre los otros y sobre el propio sujeto (Bleichmar, 1997, p. 341).

En cualquier caso, Seligman dice que –en su opinión- el concepto de IP nos permite poner nombre a importantes elementos de la experiencia paciente-terapeuta, particularmente el sentirnos en ocasiones presionados -consciente o inconscientemente- a experimentar sentimientos o adoptar roles que como terapeutas sentimos que no son auténticos o incluso nos resultan francamente inaceptables. De manera que como analistas no encontramos la manera de conciliar lo que experimentamos en el campo de la transferencia-contratransferencia y, al mismo tiempo, sentir que somos nosotros-as mismo-as.  Y concluye (Seligman, 2000) que la identificación proyectiva es “una forma particular de construcción de la intersubjetividad dentro de la psiquis y en el campo interpersonal”.

El autor, propone comprender la IP no tanto como fantasía o proceso interno sino como una forma (procedimental) de organizar la relación del sí mismo con el objeto; la particularidad de esta forma de relación es que se impide que afloren determinados sentimientos en el otro o se recurre a la coacción para hacerle sentir al otro algo que, a su vez, el sujeto no puede tolerar.

Seligman también dice que la posición de los intersubjetivistas (Atwood y Stolorow, 1984) según la cual las estructuras de la subjetividad pueden ser aclaradas prestando atención a los patrones interaccionales tempranos y básicos entre el infante y sus padres no puede implicar que dichas estructuras sean simples representaciones de tales experiencias. En este punto,  Seligman reclama mayor complejidad para pensar esos procesos de internalización de la experiencia intersubjetiva.

2. Déficit de mentalización, trauma e identificación proyectiva

A Seligman le interesa la teoría de Bion pues es éste un autor que describe cómo la madre potencia el desarrollo progresivo mediante la comprensión y, por lo tanto, "la modificación" de las proyecciones más primitivas del infante, de modo de capacitar a éste para reintroyectarlas de una manera menos primitiva, más manejables y de manera orientada hacia la realidad.

Para Seligman, por tanto, Bion nos muestra que esta función de la madre permite al infante reflexionar acerca de su experiencia al devolverle lo que él ha proyectado pero una vez que ha sido elaborado por ella. En realidad, esto nos situaría en el campo de lo que Fonagy y colaboradores han denominado “función reflexiva” o “capacidad de mentalización”

Pero volviendo a Bion, éste describe no sólo lo que podríamos denominar "identificación proyectiva normal", sino también otras formas de identificación proyectiva patológica en las cuales el-la cuidador-a fracasa en su función de  transformar los impulsos destructivos del bebé y, en cambio, los vuelve a presentar en su forma original peligrosa, cargados de odio y desintegrados. Esto deja al niño sin ninguna otra opción más que continuar intentando encontrar medios de desprenderse de estos sentimientos intolerables, pero la re-proyección sobre los padres no conduce a ninguna parte sino a una mayor intensificación del estado ansioso.

Seligman afirma que -si se toma en consideración la investigación contemporánea sobre la interacción entre padres e hijos- el concepto de identificación proyectiva “normal” está equivocado al suponer una  predisposición en la infancia a sentir que se tienen partes "malas" y reaccionara ante esto a través de formas de fantasías expulsivas. Más bien, Seligman considera que va a depender de la respuesta empática y reguladora de  cuidadores-as el que aparezcan estas vivencias de manera abrumadora para los niños-as

Sin embargo, pueden verse convergencias entre las posiciones de Bion y las de muchas corrientes nuevas (intersubjetiva, de la psicología del self y de la psicología relacional) al considerar todas ellas que la capacidad de los cuidadores para captar las experiencias subjetivas de niños y niñas es muy diferente de los procesos que tienen lugar para captar el mundo objetivo. Pero también aparece una diferencia importante y esta sería que para Bion –y muchos otros analistas de la escuela Kleiniana- la IP es una defensa que, por tanto, libra al psiquismo de lo “malo”, mientras que para Seligman no es la forma primaria de evacuar vivencias negativas sino el efecto de una falla grave en los primeros vínculos que dejan al psiquismo del niño y la niña sin otra vía para integrar la experiencia que la expulsión fuera de sí de lo sentido como intolerable.

Seligman reservaría, pues, la descripción convencional de la identificación proyectiva para evocar el mundo interno de aquellos que han sido traumatizados, entendiendo como traumático el haber sido severamente compelido por parte de los cuidadores a experimentar estados psicológicos dolorosos mientras se desconocen –por parte del adulto- las señales que emite el niño o la niña. Seligman se refiere a esta presión como una “proyección controladora” que fuerza un tipo de identificación en la que el niño (sus necesidades, deseo, temores) no es de ninguna forma tomado en consideración por parte de las figuras parentales (o.c., 2000).

El mismo Fonagy (1999, 2000) al explicar la relación entre apego desorganizado y problemas en la construcción del sí-mismo y la relación con los otros, concluye que el mecanismo ahí implicado es el de la identificación proyectiva o, lo que parece resultarle más coherente, lo que Spillius (1994) denomina  “identificación proyectiva evocadora”.

En suma, este tipo de experiencia precoz obturaría la posibilidad de concebir al otro y al sí-mismo como separados y poseedores de una mente que alberga deseos, temores y expectativas diferentes. Precisamente es a esto a lo que Fonagy y sus colegas (1995) se han referido como desarrollo de un "funcionamiento reflexivo", que incluye tanto la  experiencia de reconocimiento por parte de los otros como el simultáneo desarrollo de un sentimiento de que los otros tienen mentes propias.

Para Seligman, al igual que para Fonagy, existe una imbricación entre identificación proyectiva, un deficiente desarrollo de la capacidad de mentalización y el concepto de trauma.

Para entender entonces esta particular concepción sobre IP tendríamos que considerar que existen dos tiempos (en el sentido de la construcción de la subjetividad). En el primer tiempo padres o cuidadores fuerzan que el niño-a experimenten estados del sí-mismo que la figura parental quiere evacuar; para este fin, desconocerá las necesidades o características del infante que no se acoplen a dichos estados. Tanto la presión como las vivencias que resultan de ella son internalizadas (como si de una identificación con el agresor se tratara). Se genera así una forma de relación intersubjetiva con poca definición entre sí-mismo y objeto así como en las fronteras de la propia subjetividad. Las vivencias negativas en la relación con los otros son experimentadas por el sujeto como originadas por el otro y cualquier reacción por parte de ese otro de no reconocer lo que se le achaca es vivido como un ataque o un intento de presión y manipulación. En otras palabras, no se tiene experiencia ni tolerancia a esa tensión entre la afirmación del sí-mismo y el reconocimiento del otro que funda la intersubjetividad (Benjamin, 1996)  

Cuando estos procesos han sido muy amplios en los primeros vínculos, los autores mencionados hablarían de “trauma” y, obviamente, no puede desarrollarse una experiencia de reconocimiento mutuo y de poder tener el sentimiento de estar conectado-a afectivamente al otro y, al mismo tiempo, sentirse separado-a. No se puede acceder, por tanto, a la capacidad de mentalización.      

3. Consecuencias sobre la técnica psicoanalítica

Veamos ahora las consecuencias que esta teoría psicopatológica (que abarca tanto una génesis intersubjetiva del psiquismo como una comprensión de la complejidad de los mecanismos a través de los cuales interiorizamos la experiencia relacional) va a tener sobre la interpretación de los fenómenos del campo de la trasferencia-contratransferencia.

Seligman pone el foco en aquellas experiencias del analista (que pueden darse tanto con pacientes más perturbados como, puntualmente, con los pacientes denominados “neuróticos”) en las que el analista se siente coaccionado a experimentar estados afectivos que siente ajenos. Seligman es concluyente al afirmar que cuando predomina una dinámica de formas patológicas de IP es “imposible” la reflexión, el paciente es incapaz de pensar que las cosas podrían ser de otra forma. Es más, afirma que sólo la “acción” permite salvar este escollo. Esta postura, que el autor argumenta tomando como fundamento la articulación entre déficit de mentalización e incapacidad para operar con determinadas experiencias emocionales, es el punto nuclear de su polémica con alguno de sus discutidores (Kleimberg) y, sin embargo, lo que básicamente aceptarán otros (Dent, Case, Frosch).

Efectivamente, el autor considera que señalar de forma temprana sentimientos reiterados o interpretar motivaciones puede ser un craso error. Por supuesto que esta primera contención por parte del analista no impedirá que la tormenta transferencial estalle cuando se da el incidente sobre el pago de honorarios. Va a ser en este momento cuando aparezca “en vivo y en directo” todo aquello que, a pesar de ser conocido por parte de Seligman, no deja en parte de sorprenderle –como él honesta y modestamente reconoce-. Harriet empieza a comportarse con él como si de un enemigo se tratara, no puede escuchar ni mucho menos respetar un punto de vista de Seligman y, además, es ella la única que se considera perjudicada e injuriada por todo esto

Frente a esta suerte de impase, Seligman sostiene, en primer lugar, que es necesario comprender cómo las identificaciones proyectivas de los pacientes son repeticiones de las coerciones a que han sido sometidos por parte de sus padres y esta compresión tiene un gran valor clínico en medio de las intensas dinámicas transferenciales-contratransferenciales. En segundo lugar, Seligman considera que señalar al paciente sus sentimientos o, peor, atribuirle motivaciones puede ser sentido como abusivo por parte de éste ya que su capacidad para captar como propios determinados estados emocionales es recortada y, además, dado que la relación terapéutica es asimétrica, el paciente puede experimentar que el analista ejerce un poder excesivo, o se aprovecha de quien tanto lo necesita (que suele coincidir con las experiencias que se tuvieron en la infancia). En tercer lugar, Seligman aboga por considerar el contexto intersubjetivo (paciente-analista) a la hora de interpretar los sentimientos contratrasferenciales. Específicamente, él dice que parte de la hostilidad que los analistas achacamos a los pacientes puede ser también el efecto de nuestra rabia por no poder ayudar al paciente o encontrarnos sin recursos. En cuarto lugar, Seligman considera que en algunos de estos impasses terapéuticos la palabra, sea en forma de señalamientos o interpretación es limitada y es necesaria alguna forma de “acto”.

Concluye afirmando que:

"La transferencia, especialmente la transferencia negativa, puede reproducir la presión de las atribuciones parentales sobre las cuales difícilmente se pueda reflexionar; cuanto más patológicos sean los procesos tempranos, más presionante e inmune a la reflexión será la transferencia”.

Para Seligman la IP es una defensa inestable de manera que se alterna la experiencia de hacer sentir al analista lo que el-la paciente sufrió y, al tiempo, ser la paciente quien tiene el sentimiento de ser maltratada por el analista. Hay que cuidar la atribución de destructividad a estos esquemas relacionales pues se produce entonces intensa persecución y esto impide la posibilidad de progreso terapéutico.

II PARTE. Comentarios al caso clínico de Stephen Seligman (apartados 1, 2, 3) y respuesta del autor (apartado 4)

1- Cómo ayudar a una persona de débil constitución psíquica (“piel fina”[1]). James P. Frosch

Reseña: “How to Help a Thin-Skinned Person. Commentary on Paper by Stephen Seligman”. Psychoanalytic Dialogues, 17(3): 357-363, 2007

El autor comienza alabando la honestidad de Seligman en la presentación del caso clínico y considera que Harriet presenta una problemática y un tipo de desafío muy común en pacientes narcisistas. Frosch la describe como “vulnerable” desde el punto de vista del narcisismo.

Harriet presentaría dificultades para encarar lo que Fonagy describió como capacidad crítica hacia uno mismo o conciencia sobre nosotros mismos (reflective self-awareness), lo que, obviamente, la incapacita para captar las motivaciones de los otros. El autor considera que, en términos kleinianos, este tipo de personas se encuentran en la posición esquizo-paranoide y son incapaces de evolucionar hacia la posición depresiva que es la que permite un sentido de la responsabilidad en cuanto a hacerse cargo del efecto que tienen sus sentimientos y motivaciones sobre las otras personas.

El autor considera que en la historia de Harriet aparecen dos problemas que impiden el desarrollo de una adecuada “especularización”. Estos problemas serían la falta de reconocimientos por parte de los padres de los sentimientos de Harriet y la ausencia de protección frente a los asaltos y ataques del hermano mayor. Frosch considera que, para sobrevivir, Harriet precisó construir una potente defensa que la protegiera del avasallamiento del otro y pudiera salvar algo de su ser autónomo. Frosch nos recuerda que la rabia narcisista con la que crecen los niños-as que carecen de reconocimiento no puede ser expresada contra las figuras parentales, ya que esto sería terriblemente peligroso dada la dependencia de los padres y el sentimiento de vulnerabilidad de la infancia. 

Respecto al incidente con el pago de los honorarios, Frosch considera que no es sorprendente que sea con respecto al dinero donde se produzca el grave enfrentamiento entre analista y paciente. El autor afirma que, habitualmente, los analistas tienen variadas necesidades que satisfacer en su quehacer terapéutico pero sólo explicitan las relativas a los honorarios, de manera que es comprensible que sea en torno a los honorarios donde se establezcan los principales conflictos, sobre todo si se trata de pacientes con problemáticas narcisistas. Frosch considera que la concesión de Seligman sobre los honorarios es una intervención crítica, ya que el propio Seligman confiesa que las palabras no eran suficientes, lo que nos coloca en el terreno del llamado “enactement”. Pero Frosch considera que las “actuaciones” pueden ser patológicas o terapéuticas y, en su opinión, la de Seligman forma parte de estas últimas. Para Frosch, cuando los pacientes han crecido en vínculos con personajes narcisistas, siempre se llega a una situación en que el paciente confronta al analista ya que entre las necesidades e intereses de éste -sean de orden económico, necesidad de confirmar sus teorías u otras necesidades narcisistas-  y las propias del paciente, necesariamente se va a crear un conflicto e interrupciones en el proceso analítico. Estos problemas y su resolución son los grandes bloques con los que se construye la acción terapéutica.

Frosch añade que en pacientes como Harriet las interpretaciones verbales no producen transformación. De hecho, Frosch considera que hay un segundo momento crítico cuando Seligman renuncia a interpretar la agresividad de Harriet. Siguiendo a Steiner (1994), Frosch plantea que en pacientes como Harriet, algunas interpretaciones sobre las reacciones emocionales han de estar centradas en el analista (analyst-centered) y no en el psiquismo del paciente (patient-centered), de manera que la reacción emocional del paciente es tomada como efecto de la intervención del analista (o de la debilidad de la misma). Por supuesto que Frosch no desconoce el riesgo de que con esta actitud se afiance la tendencia del propio paciente a culpar a los otros de sus estados afectivos, pero él subraya que en ocasiones este tipo de intervenciones supone una lección para el paciente, lección que podría aplicar posteriormente al resto de sus relaciones.    

Frosch dice que ya hace 30 años que Merton Gill recomendaba que los analistas tuvieran una actitud de apertura, de ser capaces de reflexionar sobre sí mismos  y no estar a la defensiva frente a las percepciones transferenciales de los pacientes. A Gill le han seguido otros como Hoffman y Resnik, además de buena parte de los analistas relacionales. Lo que todos ellos plantean no es que el paciente siempre tenga razón o esté en lo cierto, sino que es importante no mantener una actitud autoritaria cuando el paciente está convencido de alguna cosa  o cree que el analista no se ha dado cuenta de algo. 

Frosch considera que Seligman implementa otros dos recursos técnicos. El primero sería el respeto que muestra Seligman hacia la relación de su paciente con la figura de Juana de Arco, hasta el punto de transmitirle su propio interés por una de las películas sobre el drama de la santa. El segundo recurso es que Seligman se interna en las relaciones de Harriet con otras personas y ahí señala o interpreta –aunque no conozca a esas personas- motivaciones que Harriet no suele considerar al hacer atribuciones a las otras personas siempre muy estereotipadas. Frosch subraya que en la técnica más clásica este trabajo se hace sobre la transferencia. Añade que las personas excesivamente sensibles desde el punto de vista narcisista, y más si subyacen tendencias paranoides,  tienen tendencia a ver y experimentar a los otros como poderosos, gigantescos o malvados. Aunque el analista no conozca a las personas relacionadas con su paciente, sí puede conocer su tendencia a captar las actitudes y acciones de los otros siempre dentro de estas coordenadas.

Al igual que el propio Freud u otros analistas como Ogden (2002) y Steiner (2005), Frosch considera que parte del trabajo terapéutico consiste en desarrollar la capacidad de encarar duelos por parte de nuestros pacientes. Y cita a un paciente que afirmaba que tenía que avanzar desde el sentimiento de haber sufrido agravio al de sentirse apenado[2].

Según el autor, Seligman capta muy pronto las tremendas dificultades de Harriet para afrontar las separaciones de los otros, pero Frosch interpreta que el recurso a la omnipotencia (o la negación maníaca, en palabras kleinianas) se debe a una incapacidad de la persona, fruto de una serie de deficiencias sufridas en el desarrollo en el que las figuras parentales no han respondido con empatía a las necesidades de la niña, de manera que esta pueda ir diferenciando entre la realidad actual y la ideal, o lo que cada una somos o desearíamos ser. Frosch concluye aplaudiendo el que Seligman encontrara la forma de respetar y reconocer las dificultades de Harriet pues esto es lo que le abrió las puertas para encontrar la forma de ayudarla. 

2-  Trabajando en la metáfora. Comentario al trabajo de S. Seligman. Vivian Dent y Laurie Case

Reseña: “Working in the Metaphor. Commentary on Paper by Stephen Seligman”, Psychoanalytic Dialogues, 17(3): 345-355, 2007

Las autoras comentan que muchos de nuestros pacientes tienen problemas para diferenciar la realidad externa y la realidad subjetiva cuando experimentan intensos afectos. Frente a esta problemática, la mayoría de los analistas -entre los que citan  a Ferro (2002) como una excepción- abogarían por trabajar la relación analista-paciente, o los dinamismos que se ponen en juego en la díada. Pero algunos analistas, Seligman entre ellos, consideran que cuando la trasferencia es “demasiado caliente” el silencio hacia el paciente y el pensar sobre lo que está sucediendo son mejores recursos terapéuticos.

Las autoras enfatizan que el mismo Seligman ha mostrado que la  “mentalización” es un conjunto de capacidades, siendo una de ellas la de aceptar que existen múltiples perspectivas sobre la realidad. A diferencia de otros analistas, Seligman habría trabajado toda esta problemática no solamente en el espacio transferencial sino también en el extratransferencial.

Harriet -según las autoras- se presenta como una mujer que posee capacidades y una vida en marcha, pero al observar su vida con más detenimiento puede verse que el maltrato atraviesa todas sus relaciones. Pacientes con una problemática de índole caracterológica vienen a terapia buscando un vínculo con el analista en el que éste sea un “sanador” de sus experiencias traumáticas, pero esto encierra un problema ya que la propia paciente se siente incapaz de asimilar o integrar dichas experiencias. Las autoras consideran que si el analista no interviene en este punto, se sentirá coaccionado a responder a lo que el paciente le demanda. Para las autoras, Seligman era consciente de este problema potencial y por eso el analista  oscila desde el principio entre apoyar las críticas al anterior analista y pensar que esa relación no puede haber sido tan unilateral como la presenta Harriet. A raíz  del incidente sobre el pago de las sesiones, Harriet gira bruscamente en su percepción del analista  -hasta ese momento bueno- y se convierte para ella en alguien terrible.

Si se aplica la teoría de Britton, cuando se produce el incidente con el cobro de las sesiones, el analista y la paciente están en los extremos de una línea (lo que el autor ha denominado “geometría intrapsíquica”), pero la vivencia de esta diferencia depende de las capacidades psíquicas. Con déficit de mentalización la situación se plantea como una discusión extrema en la que uno está equivocado y el otro tiene la razón; en otros términos, uno es bueno y el otro, malo. Según las autoras, las personas que han sufrido traumas se sienten incapaces de considerar los criterios de “veracidad” pues eso cuestionaría los sentimientos de un self poco robusto. De ahí que las primeras tentativas de Seligman frente a la actitud de Harriet en el sentido de que puedan hablar de sus diferentes puntos de vista fracasan y amenazan con producir un impasse en el análisis.

Seligman subraya su interés en seguir adelante en el tratamiento aunque esto implicara un cambio en cuanto a su criterio del cobro de las sesiones. Para las autoras, esto supone un mensaje importante para la paciente pues muestra que el desacuerdo no tenía que llevar a un punto muerto.

Ellas se preguntan si la decisión posterior del analista de no cobrar podría interpretarse como una actuación pero también como “interpretación en la acción”, concepto que formuló Ogden (1994) para propiciar la creación de un espacio de reflexión.

 Dent y Case consideran que la geometría intrapsíquica (Britton) de la relación paciente-analista cambia dramáticamente con la aparición de la historia de Juana de Arco y la posibilidad de compartir un entusiasmo por un “tercero”, aunque la mirada de analista y paciente sobre la figura de la mártir no sea exactamente la misma.

A diferencia de lo interpretado por Kleimberg, las autoras consideran que el entusiasmo compartido por la figura de la santa es el arranque para construir un especio compartido donde lo común se va entreverando de pequeñas diferencias, de manera que se da sentido a una vivencia de estar (al mismo tiempo) “conectados y separados”.

Podríamos decir entonces que la figura de Juana de Arco figura como un “tercero” que facilita la conexión entre analista y paciente al tiempo que respeta las diferencias entre uno y otra. Seligman introduce un gusto personal, Harriet responde con duda y posteriormente ella ve la película. Analista y paciente han creado un nuevo objeto, Entusiasmo común pero al tiempo en personas y trayectorias diferentes.

Según las autoras, cuando encontramos una figura que representa una parte de nosotros mismos esto nos brinda la oportunidad no sólo de expresar algo propio sino también de contemplarlo desde fuera, de crear distancia reflexiva.

Dent y Case introducen una interesante cuestión acerca de si la incapacidad de mentalización ha de entenderse sólo como déficit o sólo como defensa, y concluyen que ellas la consideran como una mezcla entre ambos. Ciertos entornos no favorecen el desarrollo de la mentalización, pero también es cierto que los pacientes tienen motivaciones profundas para no mentalizar; se sienten más seguros no imaginando lo que sucede en sus mentes o en las de los otros. Se cita a Fonagy pues este autor ha planteado el terror de la niña al intentar imaginar los sentimientos de unos padres que podrían desear  destruirla.

Otro aspecto de la problemática de Harriet es –según las autoras- que ella sólo habría encontrado una manera de hacerse oír y ésta sería la de presentarse a sí misma como siendo extremadamente agraviada y maltratada por los otros.  Este tipo de obstáculo al desarrollo de la capacidad de mentalizar se va removiendo cuando se hace presente la enfermedad del hermano. Entre ambos se establece el mismo viejo patrón: uno sólo puede ganar y el otro ha de perder. Al conocer el empeoramiento en el estado de su hermano, H. decide llamarlo; las autoras lo interpretan como algo que se construye sobre la previa decisión de Seligman con ella de no cobrarle. El temor a la muerte disminuye el deseo de ganar. Felizmente, el hermano parece haber sentido este mismo imperativo hacia la reconciliación. El comentario del hermano sobre que comparten un rasgo de familia empuja a H a llamarlo. Cuando se encuentran crean un “tercero” que son las memorias de la familia; su hermano fue capaz de captar el dolor que sus actos habían producido en su hermana lo que permitió el que ella pudiera perdonarlo y desarrollar la capacidad de pensar en él (de mentalizar)

Las autoras comentan el mensaje que Harriet deja en el contestador de Seligman después de una sesión en la que han estado tratando sobre los comportamientos de la cuñada de Harriet. Como se recordará, dicho mensaje termina diciendo que  “No pelearé con Vd. en mi mente durante al menos unas horas”. Esta frase es interpretada como que Harriet trata la sesión de la tarde y su propia mente como objetos-tercero sobre los que puede reflexionar. Se dio cuenta de que ella se había enfadado en lugar de tener sentimientos de pérdida, se puede también ver como una persona que se siente atrapada en este tipo de embrollos y es capaz de saberlo y también de reírse de sí-misma. 

Por último, las autoras invocan el concepto de Ogden del “tercero analítico” que Ferro ha considerado al afirmar que en el encuentro de la mente del paciente y el analista se crea un campo único en el que se juega todo evento consciente e inconsciente del análisis. Desde este perspectiva, hablar de interpretación “extratransferencial” sería un oxímoron (unión de dos palabras que tienen un significado opuesto). Una excesiva atención en el “aquí y ahora” limita nuestra capacidad para entender la relación en toda su extensión. Privilegiar las interpretaciones de la transferencia implica limitar el campo del que puede ocuparse el paciente y e inhibe las capacidades del paciente de crear significado.

Según Ferro algunas interpretaciones transferenciales están saturadas, en el sentido de que limitan lo que pudiera ser pensado. En pacientes con poca capacidad de mentalización esto puede ser grave. Las interpretaciones saturadas pueden abocarnos a  tener que aceptar o rechazar la interpretación. Ferro sigue a Winnicott cuando éste sostenía que el rechazo de un paciente a una interpretación bien contrastada no es simplemente rechazo a una proposición que resulta dolorosa para el-la paciente, sino un intento de sostener la cohesividad del sí mismo. Los comentarios de Seligman serían “no-saturados”, en terminología de Ferro.

Las autoras terminan afirmando que el saber que cada mente humana es diferente a otra representa la aportación más radical del psicoanálisis; de manera que la teoría puede ser un recurso para acercarnos a nuestros pacientes pero siempre que no perdamos de vista que la experiencia con cada paciente es siempre una experiencia realmente única. Saber que siempre vemos sólo una parte del cuadro pero que es ésta la significativa para cada uno de nosotros-as, es una verdad dolorosa, pero habría que complementarla con la de que existe siempre la posibilidad de que contemplemos otra parte si cambiamos nuestra perspectiva.

Ahí radica –concluiríamos nosotros- la posibilidad de todos los encuentros y desencuentros con los que construimos el vínculo terapéutico.

3- Formas de transformación en el espacio reflexivo: clarificaciones en torno a la teoría de la “mentalización” a través de un caso clínico. L. Kleimberg

Reseña: “Forms of Transformation in the Reflective Space: Clarifying “Mentalization” Theory Through a Clinical Application. Commentary on Paper by Stephen Seligman”,  Psychoanalytic Dialogues, 17(3): 365-374, 2007

Leon Kleimberg comienza mostrando su satisfacción por poder comentar el trabajo de Seligman, e incluso reconoce que está bellamente escrito y es interesante e importante. Después, resume el punto de partida del autor, esto es, las dificultades de un caso clínico en el que la paciente presenta deficiencias en la capacidad de mentalización. Podría decirse que aquí empieza y acabe el acuerdo con Seligman pues a partir de este momento Kleimberg va a criticar lo que considera son cambios en la técnica terapéutica y que afectan a dos cuestiones: la concesión terapéutica (relativa al pago de los honorarios en la semana de vacaciones de la paciente) y lo que Seligman denomina “corrective engagement” (una forma de vinculación que sea correctiva, esto es, que intente evitar la repetición de pasadas situaciones de maltrato vividas por la paciente).

Kleimberg está de acuerdo con Seligman en que algunos pacientes tienen atormentados mundos internos que terminan por hacerles sentir que el analista en un objeto persecutorio. También considera que en los procesos terapéuticos de estos pacientes aparecen actuaciones y, como también muestra Seligman, empujan al analista a que resuelva con gestos o con acciones lo que el paciente experimenta como una falta de interés auténtico por él. Pero, a diferencia de Seligman, Kleimberg considera que en esta encrucijada es en la que el analista no debe introducir ningún cambio ni ninguna “concesión”. Al igual que en un texto literario que el autor incluye al principio, Kleimberg considera que los pacientes han de verse, como la protagonista de la novela, cara a cara con la muerte, con lo más temido  y que les deja más desamparados, para experimentar una suerte de “duelo”, separación y desilusión frente a una fantasía de un objeto idealizado.

Para Kleimberg este es el camino para un desarrollo auténtico de la mentalización. Y decimos auténtico porque el autor deja entrever que los logros de la paciente de Seligman no son verdaderos cambios terapéuticos. De hecho, Kleimberg insiste desde el comienzo en que para él es ésta la cuestión: ver si realmente estamos en presencia de un cambio psíquico en Harriet.

Kleimberg recurre al ejemplo “materno” al decir que es el desarrollo del vínculo de la madre con su hijo en cuanto al proceso de separación, crecimiento y desilusión lo que debe guiar al analista. En el caso de Harriet, este autor considera que ella opta inconscientemente por una forma de enfado que le evita experimentar el abandono y cree ver signos de que esta tendencia sigue en pie a lo largo del análisis, de manera que Harriet sigue optando por una forma de enfado cuando las cosas no son como ella las quiere, en vez de enfrentar la desilusión y los sentimientos de culpa 

K, cita conceptos de Winnicott como el de capacidad de desilusionarse (disillusionment) y el de desarrollo emocional simbólico para cuestionar que estos cambios se hayan producido en Harriet.  También cita a Bollas, quien planteó que gran parte del proceso analítico es una experiencia no-verbal o preverbal.

El analista con su constancia mostraría al paciente que su manera de cuidarle es estar ahí, transmitiéndole inconsciente y conscientemente que esa es la forma de demostrarle que él puede separarse de su objeto idealizado. Esta es, en resumen, la alternativa de Kleimberg; es más, a él le parece que es la única alternativa que conduce al cambio terapéutico. De hecho, él concluye que el cambio experimentado por Harriet es sobre todo en lo intelectual y mucho menos en lo emocional y simbólico

La otra precisión crítica es mostrar que Winnicott (a quien Seligman invoca) distinguía entre “objeto transicional” y “confortador “. En el primero, el niño se ha separado de la madre y, en una genuina vía de duelo y desilusión, el objeto transicional es un recurso simbólico a través del cual acceder a una identificación con la madre  que le permita la distinción entre sí mismo y el otro.

Kleimberg considera que Harriet no ha hecho este proceso de separación y, más bien, se mantiene en ella la ilusión de fusionarse con un objeto perfecto que no la frustrará y que podrá contener toda su ira y su ansiedad. Para el analista británico, los demonios de Harriet están neutralizados, pero siguen ahí. El autor insiste que no cree que se haya producido un cambio auténtico. También insiste en que la única vía –aquí recurre de nuevo al relato literario- es que la persona sea consciente de su propia destructividad que puede llevarla, en el mismo acto, a acabar consigo misma y con su amado (que ha muerto, y, por lo tanto, sólo puede vivir en su mente).

Kleimberg avisa de los riesgos de implementar cambios técnicos que pueden dar lugar a “una reconstrucción de un falso self”.

Al autor le parece ejemplificante lo que una paciente le dijo con una gran carga de pasión: “Señor Kleimberg, si usted muere, yo le mato”.

4- La técnica como problema en un caso específico. Respuesta a los comentarios. Stephen Seligman

Reseña: “Technique as a Case-Specific Problem. Reply to Commentaries”. Psychoanalytic Dialogues, 17(3): 375-383, 2007

Seligman comienza su agradecimiento indicando que sentirse comprendido es una experiencia poco común en un tipo de trabajo como el nuestro. Él cree que todos sus comentadores tienen altos grados de empatía hacia los problemas de Harriet y hacia sus dilemas como analista. Seligman valora que, aunque no todo son coincidencias, tiene la sensación que en los tres trabajos se habla de la misma paciente que él ha presentado.

Después de este reconocimiento global, Seligman dice que la respuesta más larga será para Kleimberg pues es él quien presenta el mayor grado de controversia sobre el caso clínico. Respecto al comentario de Frosch, cree que éste último le atribuye un nivel de racionalidad mayor que la que le corresponde, ya que ha explicitado que no fue la mentalización la que guió sus intervenciones sino que fue retrospectivamente lo que le permitió ordenar y entender el proceso analítico.

Respecto a las posiciones de Kleimberg, portavoz del grupo independiente británico, Seligman enuncia los conceptos que Kleimberg recorre y que el propio Seligman afirma conocer pero no haber introducido porque ha tomado el concepto de mentalización como articulador para la presentación del caso. A Seligman le intriga el concepto de “confianza inconsciente” que Kleimberg emplea y que se desarrollaría cuando el analista permanece a distancia de las presiones del paciente para que el analista se ajuste a la realidad atormentada del primero. No puede deja de percibirse un tono irónico en este comentario de Seligman.

Con respecto a las posiciones con fuerte carga polémica, Seligman plantea que  la técnica no es algo que se “aplica” al paciente, sino algo que se pacta con él. Citando a Frosch, Seligman está de acuerdo que, en ocasiones, pacientes más sanos pueden someterse al analista y son los pacientes con trastornos narcisistas los que van a plantear como conflicto la forma en la que el analista quiere trabajar sus problemas y la forma que quiere el propio paciente. Seligman llama la atención sobre los peligros de idealizar la técnica cuando sabemos que –el mismo Frosch lo afirma- en muchos análisis, si no en todos, se producen actuaciones. También Seligman concuerda con Fosch cuando afirma que muchos de los problemas con los pacientes giran en torno a honorarios u horarios porque generalmente el punto de vista de los pacientes es diferente al del analista y esto se torna más conflictivo con pacientes narcisistas. En suma, Seligman piensa que los analistas están presionados para tomar decisiones inconscientes por la identificación proyectiva y otras formas de influencia en el contexto intersubjetivo. Pero según el autor, no basta con reconocer este problema y seguir lo que mandan los manuales para resolver la cuestión. Hay momentos en los que el analista necesariamente vive en los estrechos límites del mundo interno de los pacientes e intentar zafarse de esto puede llevar el análisis a un callejón sin salida o a que finalice antes de tiempo. De hecho, y a diferencia de lo expresado por Kleimberg, Seligman afirma que en su experiencia son muchos los pacientes que abandonan el tratamiento prematuramente cuando se presentan algunos de los conflictos que él ha ilustrado.

Seligman cree que la respuesta de los pacientes a las propuestas del analista deberían ser tenidas siempre en cuente pues existen pacientes que responden con autocomplacencia y dejan de hacer preguntas cuando experimentan que sus analistas no les van a contestar. Él cree que el enfoque “técnico” impide que afloren fantasías y emociones de los pacientes que no pueden ser trabajadas en el análisis. Éste es uno de los motivos por los que Seligman ha decidido enfocar el caso desde la perspectiva de la “mentalización”. Él prefiere hablar de mentalización y no tanto desde otros conceptos como posición esquizo-paranoide, función alfa y beta o carácter borderline.

Seligman insiste en que -al igual que para los analistas intersubjetivos de EEUU- la pregunta para él no es qué técnica, sino de quién es la técnica. Esto no quiere decir que todo vale, el analista tiene su ética, sus límites y sus obligaciones; pero Seligman sostiene que cada analista construye su propia técnica que está influida por su propia neurosis, su estética y su cultura analítica. 

Seligman considera que en la discusión se pone de manifiesto las convergencias pero también las divergencias entre el grupo independiente de la asociación británica y el enfoque intersubjetivo de los norteamericanos. Seligman sí subraya lo común entre sus planteamientos y los de Kleimberg, como sería el ver la manera en que el analista es influido por los objetos internos de la paciente y, también, la importancia que para ambos revisten los sentimientos de la paciente de sufrir agravio y del permanente lamento e incapacidad para desilusionarse como verdaderos obstáculos para la transformación e integración  de la personalidad. 

Sin embargo, Seligman subraya el progreso que se observa en Harriet quien comienza precisando del mecanismo de la proyección como  defensa básica hasta que puede ir reconociendo sus propios deseos, esto es, diferenciando su mundo interno del de los otros. A este respecto, el autor interpreta en clave de humor el mensaje que le deja Harriet en el contestador y afirma que lo ve semejante al comentario del paciente de  Kleimberg (“si te mueres, te mato). Para Seligman, el tronco común de estos dos comentarios es que se usa el afecto agresivo para marcar  simultáneamente el vínculo y la distinción que existe entre la subjetividad del paciente y analista como objeto; también valora que el gesto de comunicar todo esto al analista implica que, aunque sea de forma implícita, se le coloca como teniendo una mente separada de la del paciente; por último, el uso de la  ironía auto-consciente sobre la situación parece muy importante pues, para Seligman, el humor comunica que las fantasías inconscientes omnipotentes ya no son las que predominan.           

Seligman concuerda con el punto de vista de Case y Dent en la importancia de la metáfora para la creación de un espacio intersubjetivo (en la línea de lo señalado por Atwood, Stolorow, Beebe y el propio autor). Para Seligman es interesante los vínculos entre la teoría sobre mentalización y la de las relaciones objetales. Rescata los conceptos del tercero analítico de Ogden, la teoría de Britton y de Benjamin de cara a permitir una articulación entre el concepto de mentalización y las aportaciones teóricas de Bion y Winnicott. La noción de este último de que el desarrollo de las relaciones de objeto depende de la evolución de las mismas más que de capacidades o narrativas le parece que puede ser el camino por el que deba transitar el psicoanálisis.

El hecho de finalizar con referencias a autores encuadrados en la escuela inglesa y a autores intersubjetivos está en estrecha relación con lo que parece ser una tendencia del pensamiento de Seligman: buscar la integración entre teorías diversas dentro del campo de psicoanálisis.

Como ya vimos en el artículo  de Seligman (1999) se aprecia ese esfuerzo integrador y de considerar –como lo hace muchas veces a lo largo de su respuesta- que la teoría de las relaciones objetales ha de tener un lugar en la teoría psicoanalítica; él aprecia el concepto de identificación proyectiva pero colocándolo en otro contexto más amplio. Mi impresión es que siempre que Seligman retoma un concepto “kleiniano”, lo articula con otros. En el caso de su paciente Harriet, él conoce perfectamente la teoría de la escuela inglesa e incluso utiliza los términos de dicha escuela pero, como él mismo dice, precisa de otros conceptos (en este caso será el de mentalización) para cruzarlos con el resto.

III. Algunas reflexiones finales

El efecto de la propia teoría para captar a los pacientes (propios o de otros analistas) parece innegable. Como en otras ocasiones se ha puesto de manifiesto, la teoría también marca nuestra contratransferencia.

Sin embargo, los autores a veces utilizan más la teoría como parapeto y justificación que como un esquema que ha de explicitarse porque es fundamental a lo hora de entender las decisiones sobre la técnica y las propias reacciones en el interjuego transferencia-contratransferencia. En vez de esto, en algunos momentos de la discusión sobre el caso de Seligman, pareciera que hay una teoría más correcta y científica que las demás e incluso la única viable (esto se ejemplifica, a mi entender, en algunas aseveraciones de Kliemberg) y, en otras ocasiones, se invocan teorías que concuerdan con las posiciones del analista al que se va a defender (me ha parecido percibirlo en el artículo de Dent y Case) como si un concepto pudiera avalar una práctica.

Demostrar una buena práctica acumulando menciones a autores consagrados tiene una larga tradición en varias disciplinas, pero creo que es en el psicoanálisis  donde se ha llegado más lejos con esta tendencia. La discusión luciendo estandartes de autores consagrados tiene algo de estéril y creo que la propuesta del enfoque Modular-Transformacional se aparta de algunos de estos vicios, en el sentido de rescatar posiciones de diferentes escuelas y teorías sin enfrentarlas entre ellas como si de ganar una batalla se tratara.

Con respecto a uno de los ejes de la discusión, que atañe a algunas innovaciones técnicas de Seligman, se puede ver que el autor va a trazar una estrategia terapéutica que en ocasiones se aparta del modelo clásico. Creo que el caso clínico que él nos propone y la discusión del mismo por parte de un representante de la Asociación Psicoanalítica Británica (Kleinberg) ilustra de forma modélica dos concepciones sobre la génesis de la psicopatología. Para Seligman, las formas más controladoras de IP son las únicas formas de las que dispone la paciente para relacionarse y dicho formato es procedimental, de forma que señalarle motivaciones o intenciones va a ser vivido por la paciente como ajeno o, en el peor de los casos, como ataque. Para Kleimberg, y otros teóricos, la paciente usa un mecanismo que le permite sostener una fantasía idealizada y expresar una rabia que el analista ha de interpretar como único camino hacia el abandono de una posición reivindicativa, desde la cual la paciente no renuncia a que el analista responda a sus demandas exageradas.

En cierta medida podría relacionarse tal polémica con una más antigua dentro del campo del psicoanálisis, como la que enfrentó a teóricos que planteaban la psicopatología en términos de “déficit” y los que seguían la estela más clásica de una dinámica del “conflicto”. Bleichmar (1997) sigue a Killingmo al proponer un "entrelazamiento entre conflicto y déficit” (o.c., p. 169). También en uno de los artículos, las comentadoras Dent y Case se preguntan hasta qué punto la deficiente mentalización podría verse no sólo como déficit sino como una defensa activa que le permite a la paciente no conectar con algunos sentimientos.

El otro tema que aparece en el trabajo de Seligman –pero esta vez sin revisión ni crítica- es el concepto de masoquismo. Cada escuela, –y a veces cada autor- vierte sobre esta palabra tal cantidad de significados que resulta difícil  circunscribir su contenido. Para Seligman, con Harriet estamos en presencia de “masoquismo narcisista”. La definición que propone Bleichmar (1997, p. 84 y ss) es la de búsqueda del dolor (puede ser en la fantasía o en las relaciones) como vía de sentirse superior (narcisísticamente hablando). Ahora bien, ¿se puede hallar en el material de Seligman un cierto regodeo cuando ella habla de su sufrimiento que la torna superior? ¿O, más bien, su repetida y en ocasiones exagerada protesta es una forma de conseguir que alguien legitime que su dolor es el efecto del daño que le hacen los otros? Mi lectura del material me inclina hacia la segunda opción. Lo que ella parece buscar es un culpable de su dolor, quizás hasta un verdugo, pero no un sádico que disfruta viéndola sufrir.

La impresión que produce el material clínico es el de una casuística de sometimiento como efecto de unas relaciones en las que hubo violencia y falta de protección en los vínculos tempranos. El mismo Seligman -al describir el maltrato del que fue objeto Harrriet, tanto por parte del hermano (descalificaciones, insultos y humillaciones), como del padre  y la madre (falta de atención y valoración)- concluye que en ella "cualquier resto de orgullo fue aplastado y  se convirtió en una 'niña buena' sumisa que se borraba a sí misma, sin voz propia, retirándose a una obediencia aturdida". No se sabe si esta sumisión es el precedente o la expresión ya franca de lo que Seligman considera masoquismo, pero parece más congruente señalar el sometimiento como una vía de protegerse de las agresiones y seguir buscando una valoración en el único terreno que los otros –significativos- le muestran: “borrarse a sí misma”. En cualquier caso, no puede decirse que estamos en presencia de una búsqueda de “superioridad” narcisista.

Con respecto al tema del “dolor” (temática ligada al masoquismo narcisista que Seligman nos propone) nos lo va a presentar en torno a la película y la figura de Juana de Arco. Dice el autor:

(…) una prolongada escena de Juana ardiendo en la estaca, en la cual su extasiada agonía es sobresaliente transmitida por la expresión facial de la gran actriz francesa Arletty. Harriet y yo hablamos sobre esta escena, compartiendo nuestro sobrecogimiento por la misma, especialmente por el sufrimiento que plasmaba.  La esteticización  de este extraordinario dolor, atroz, masoquista y noble, sirvió para que la Sra. J enfocara y regulara sus propios afectos y fantasías de este tipo. Pensar en todas estas imágenes ofreció la posibilidad de una contención de algo primitivo que en este momento bien podría haber sido la forma más apropiada de enfocarlo

El analista habla de “dolor atroz, masoquista y noble”. No se termina de entender si es en la fantasía de Harriet en la que el sufrimiento atroz se convierte en la vía para ser “noble” o Seligman se refiere sólo a la protagonista de la película, pero en éste último caso no se entiende que sea “masoquista” la elección de un dolor que el propio Seligman reconoce que viene impuesto por la traición y por la coherencia de Juana respecto a sus propias creencias. ¿Denominaríamos masoquista a la asunción de un sufrimiento atroz que es la consecuencia de mantener las propias convicciones? ¿Son masoquistas, entonces, todos aquellos-as que han preferido ser torturados, asesinados antes que renunciar a sus valores morales o ideológicos? El mismo Seligman, de quien no dudo sea bienintencionado, subraya que hay algo positivo en esta vía del sufrimiento, que le ha servido a la paciente para  expresar algo “decente”:

Cuando comenzamos a hablar sobre cómo el sufrimiento era una parte de su identidad, también le hice saber que pensaba que su elección de Juana debe haber expresado su propio sentimiento de decencia y creatividad. Sentí esto espontáneamente, y fue conmovedor para los dos el que lo dijera.

De hecho hablamos de temas, por ejemplo de cómo Juana se veía obligada a elegir sufrir, que a Harriet le resultaban bastante cercanos y personales, de un modo que no habría sido posible sin el trasfondo de la historia de la santa.

Si como el propio analista reconoce que Juana se ve “obligada a elegir sufrir”, no se termina de comprender dónde está el goce “masoquista”. Por último, llama la atención que no haya ninguna mención en el texto (no sabemos si las hubo en el proceso analítico) a los que “traicionaron”, “condenaron” y se mostraron “insensibles ante el sufrimiento” [3] de Juana. Tampoco hay muchas menciones a aquél que trató a Harriet de forma cruel, ni a los que permanecieron indiferentes ante su dolor:

(…) en conversaciones posteriores él [se refiere al hermano] le dijo a Harriet que estaba recordando alguna de las cosas tan crueles que le había hecho y que lo lamentaba.

Hizo muchos vínculos inesperados entre el presente y el pasado, incluyendo el preguntarse, de un modo emocionalmente convincente, si había buscado en su socarrón y cruel marido un eco de su hermano, de quien siempre buscó protección infructuosamente.

Si como analistas no podemos desconocer las dinámicas internas de nuestros-as pacientes que sostienen o favorecen las relaciones de sometimiento, no por ello conviene que dejemos de prestar atención a esos dominadores crónicos, que no suelen estar en nuestras consultas, pero que dañan sin piedad. La interpretación del papel que tiene el sufrimiento en la propia identidad o la elección posterior del sometimiento, considero que ha de interpretarse en el contexto de las relaciones abusivas en las que estas “tendencias” quedaron inscritas como vías para la supervivencia psíquica. Sin perder de vista, por otra parte, que los beneficios psíquicos (y de otros tipos) suelen ser mayores para quien domina que para quien se somete. Demasiado énfasis en algunos beneficios secundarios de la sumisión podría llevarnos a olvidar esta cuestión de justicia fundamental.    

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[1] “Piel fina” y “piel gruesa” es la denominación que se dio en castellano a una distinción que Rosenfeld (1990) establece en pacientes con problemáticas narcisistas. Los primeros son caracterizados como “hipersensibles” y se sienten heridos con facilidad; se trataría de pacientes que se sintieron avergonzados e inferiorizados en la infancia (o.c., p. 340-1)

[2] En inglés, es casi un juego de palabras ya que sentirse agraviado se dice “grievance” y sentirse apenado “grief”

[3] Según Bleichmar (2008) la insensibilidad al sufrimiento se puede considerar una de las modalidades que caracterizan a un tipo de “sometedor”.