aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 003 1999

Una forma de entender la integración

Autor: Gutiérrez, Gerardo

Palabras clave

Desgaste de conceptos, Extension injustificada de conceptos, Factores comunes y especificos en psicoterapia, Integracion, Nociones de transferencia, Nociones hegemonicas, Teoria y praxis..

¿Es posible la integración? ¿En qué consistiría?

Tal y como yo la entiendo, no se trata de crear un grupo psicoanalítico más, el de “los amigos de la integración”, obviando todo aquello que resulte conflictivo en una confrontación de teorías; grupo que, además, resultaría olímpicamente ignorado por aquellos, de un signo y otro, a quienes se pretendía integrar. Intentaré en las siguientes páginas dar una respuesta, personal, interesada, tentativa y a día de hoy, a la pregunta anterior.

En momentos como los actuales, de confrontación fuerte entre teorías y paradigmas en el seno del psicoanàlisis (reflejo seguramente de confrontaciones de mayor rango), la cuestión de la posibilidad de la integración me parece de la mayor importancia. Importancia posiblemente más sentida aún por los que se ocupan de la formación de futuros psicoanalistas o psicoterapeutas, a quienes es preciso introducir en un espacio en donde asisten sorprendidos al espectáculo de una auténtica babel teórica y metodológica

¿Más que en otros tiempos? ¿Mayor ignorancia mutua o mayor dificultad para la comunicación recíproca que en otros momentos de la historia psicoanalítica? Posiblemente no. Tal vez lo que sí es mayor es la necesidad de acercamiento, la tendencia a la integración en general. Acaso porque se hace más difícil mantener posturas de fidelidad cuasi religiosa que en otros tiempos “solucionaban” el problema de lo diferente.

Se respira un cierto “ateísmo” en relación a los padres del psicoanálisis (empezando por el propio Freud), que ha de producir sus efectos. En principio creo que hay que saludarlo con esperanza, aunque genere, como no podía ser de otro modo, una cuota de inseguridad, de culpa y de necesidad de acercamiento a los otros que se ocupan de lo mismo, desde posiciones diferentes.

De entrada, y sin pretensiones ya más formales  (como puede ser el hacer la diferencia entre integración teórica, integración metodológica, etc), la idea de integración en psicoterapia me lleva a pensar en un sencillo modelo matemático.  Me refiero a aquel elemento del cálculo con factores, que recibe el nombre de “máximo común divisor”. Me detendré un poco en la descripción de este artilugio matemático. Creo que puede servirme como metáfora para mostrar en qué consiste la integración, desde mi punto de vista. Sirve básicamente para reducir fracciones, para operar más cómodamente con ellas. ¿Cómo? Se trata de encontrar el mayor número de factores que sean comunes en el numerador y en el denominador. Por eso se llama máximo común divisor. Una vez hallado (“factores comunes elevados al menor exponente”) se trata de “reducir” la fracción, dividiendo el numerador y el denominador por esa cantidad, con lo que se obtiene otra fracción, con el mismo valor, pero simplificada, reducida e irreductible.

Dicho más llanamente, se trata de: 1) identificar lo común, y 2) eliminarlo, quedándonos con lo diferente, con lo irreductible. Pretendo utilizar esto como metáfora de dos posturas muy diferentes:

1ª.-   La que resalta todo lo que sea común en los distintos enfoques de psicoterapia.

Jerome Frank, en 1963, inició una corriente en psicoterapia que ha tenido fuerza: la de “los factores comunes”. Este podría ser el ejemplo máximo (y forzado) de integración. Sintetizo exageradamente la idea que dio lugar a esta corriente. Era una época de un enfrentamiento virulento entre distintos enfoques psicoterapéuticos, especialmente entre el conductismo y el psicoanálisis. En 1952 había aparecido el escandaloso artículo de Eysenck en que afirmaba que el psicoanálisis curaba menos que la remisión espontánea. A partir de ahí se produjeron numerosas investigaciones que, con un aire belicoso, trataban de dilucidar qué enfoque producía mejores resultados. Y lo cierto es que, a juzgar por lo que se desprendía de esas investigaciones,  las diferencias en cuanto a los resultados de las diferentes psicoterapias, no eran muy significativas.

En este punto viene el planteamiento de Frank: si las psicoterapias curan de manera bastante similar, siendo como son tan diferentes, teórica y metodológicamente, debe ser que curan por aquello que tienen en común, no por sus peculiaridades específicas (de haber sido así, los resultados serían necesariamente muy diferentes). Esos factores o componentes estructurales, comunes, de todas las psicoterapias son, como es bien sabido, la relación terapéutica, el marco (lugar de curación), el mito (conjunto de teorías acerca del trastorno y del cambio terapéutico) y el rito (repertorio de formas de actuación).

Frank considera que son estos factores (más adelante los presentará más desarrollados y especialmente lo harán los seguidores de su enfoque) son los que combaten la desmoralización con que el paciente vive sus síntomas y producen de esta manera un importante efecto de curación y cambio.

Es decir, que todas las terapias tienen un tronco común que es, según Frank, lo que verdaderamente procura el resultado satisfactorio. Hay en esta forma de ver las cosas, una exaltación de lo común y un cierto desprecio de lo diferente, de lo costosamente específico de cada enfoque.

Yo creo que, a ciertos movimientos o grupos de psicoterapia integrativa  o ecléctica, actuales, habría que reprocharles que hayan tirado  hacia ese lado: quedarse con los puntos de acuerdo y recortar todo aquello que separa y genera importantes diferencias. No puedo por menos de experimentar una sensación de descafeinización y desmantelamiento ante las exposiciones de determinados autores y terapeutas que se mueven cómodamente en esa línea.

2ª.-  En el extremo opuesto tenemos a aquellos que eliminan o relativizan o desprecian lo común  y sobrevaloran lo diferencial, lo irreductible. Ocuparían distintas posiciones, supuestamente irreductibles, absolutamente diferentes y todas ellas opuestas a cualquier tipo de integración. En este campo encontramos a todos aquellos que están seguros de que hay UN psicoanálisis, el suyo, y que todos los demás no son psicoanalistas, aunque ellos puedan ingenuamente creerlo así.

En este apartado podemos encontrar a algunos psicoanalistas de todas las marcas y de todas las instituciones. Lacanianos, kleinianos, intersubjetivistas, de la IPA, o de otras instituciones; todos ellos convencidos de que nada de interés puede venirles de los de afuera de su grupo de pertenencia.

En mi opinión, la postura de Frank tiene su interés. Es conveniente tener en cuenta la considerable potencia que, terapéuticamente, tienen esos factores señalados. Pero no podemos reducir a ellos el influjo de la psicoterapia. Evidentemente, a ellos habrá que añadir el efecto de los factores específicos y diferenciales que aportan las psicoterapias psicodinámicas (si hablamos de psicoterapia en general) y los factores específicos y diferenciales que aportan los distintos enfoques psicoanalíticos (si nos situamos en el campo más restringido de la psicoterapia psicoanalítica). Aunque es difícil sobrevalorar el efecto benéfico de la relación, de la palabra, de la comprensión que se produce en esa relación hablada, etc., la psicoterapia es más que eso, mucho más.

Respecto a los que aquí han quedado agrupados como los defensores de la irreductibilidad, creo que corren el riesgo, con su actitud, de echar a perder o aminorar el valor de determinados elementos teóricos y de recursos metodológicos de que disponen.

Intentaré desarrollar la idea de que nos toca a los demás, a los que no nos parece que haya UN psicoanálisis hegemónico e irreductible, la tarea de acercarnos con el mayor interés y rigor posibles a estos valiosos aportes y mantener la tensión que plantea la existencia de concepciones aparentemente tan antagónicas.

Decía antes que suprimir los componentes comunes era útil. Simplificaba las fracciones y las hacía mucho más manejables. Y eso es muy útil ... en el cálculo matemático. En el tema que nos ocupa, de la relación entre modelos de psicoterapia no es aconsejable tal reducción. Evidentemente la supresión de lo común y la constitución de posiciones radicalmente diferentes e irreductibles, también simplifica, también reduce y también hace más fácilmente manejable el propio modelo. Pero eso lleva aparejada, necesariamente, una disminución de la conveniente autocrítica y la  producción frecuente de supuestos o teorías, no falsadas en modo alguno,  en el propio sistema de ideas del grupo. El modelo se empobrece, al despreciar lo común y no reconocer lo diferente. Se pierden sin duda aportaciones originales e interesantes, aunque conflictivas, con respecto a la propia teoría.

Todo esto es en gran parte emocional, ya lo sé,  y tiene mucho que ver con la psicología de los grupos y las instituciones. Cada grupo busca sus señas de identidad y sus gratificaciones narcisísticas; y en grupos de esta naturaleza es fundamental la creencia en la singularidad de la teoría y la absoluta convicción en lo peculiar de su manera de entender la práctica.  Hay grupos en los que su narcisismo está jugado con más fuerza en lo que atañe a sus concepciones teóricas y otros en que es la praxis lo absolutamente singular e innegociable

No obstante, comprender que ésta es una dinámica común a las instituciones y a los grupos humanos diferentes, al igual que ciertas lacras, propias también de lo institucional, no quiere decir que dejemos de ponerlo de manifiesto y de luchar contra ello. Me propongo, a partir de ahora, fijar la atención en algunas cuestiones principales del psicoanálisis y la psicoterapia y ver con qué actitud son tratadas por diferentes grupos  psicoanalíticos.

Unas precisiones:

Sé que voy a referirme a grandes temas que, cada uno de ellos, requeriría un extenso debate. Es la actitud para la integración (y qué sea eso) lo que me mueve en este momento, no entrar a la discusión teórica que la mención de tales temas pueda suscitar.

Por otra parte, me referiré únicamente a mi experiencia. Lo que he recibido de “mis mayores” (miembros de la IPA, analistas lacanianos del Campo Freudiano, analistas destacados en la línea kleiniana, etc.) y que he tenido que aprender a integrar, cuando he podido, bajo su mirada intranquila y en ocasiones censuradora.

Mi ubicación profesional en el medio universitario me ha permitido, o facilitado al menos, este talante más integrador. Entre otros muchos inconvenientes indudables, la enseñanza universitaria permite abrir y compartir la cátedra con analistas de distintas orientaciones e instituciones.    Esta es una experiencia altamente valiosa, no sólo para los alumnos que escuchan distintos lenguajes y se sitúan desde diferentes puntos de vista, sino para el profesor-analista-anfitrión que no pierde el contacto con modos de entender el psicoanalisis que, con frecuencia, están vetados en su grupo psicoanalítico de pertenencia.

Aunque sólo comentaré algunos aspectos, sin ninguna pretensión de exhaustividad ni sistematización, por un afán de claridad voy a ordenarlos de acuerdo a los siguientes apartados:

1. La tendencia a las nociones hegemónicas
2. Cierta confusión entre teoría y praxis
3. El desgaste que sufren determinados conceptos que tienen un papel principal en la estructuración de la teoría
4. La extensión injustificada que se pretende para algunos conceptos sin duda fundamentales
5. Acerca del método y sus componentes fundamentales
6. Sobre algunas técnicas
7. El desprecio hacia enfoques no psicoanalíticos de psicoterapia

1. La tendencia a las nociones hegemónicas

Cada vez tengo más serias reservas hacia aquellas explicaciones teóricas o clínicas, acerca del enfermar y del proceso terapéutico, que se asientan en un único factor, absolutamente hegemónico sobre cualquier otro, por muy abarcativo o significativo que pretenda ser. Por ejemplo,  las explicaciones que se basan exclusivamente en el papel de la pulsión, o en las características del superyó, o en las estructura subjetiva del paciente, o en las características del vínculo con la madre interna, o en la posición que el sujeto ocupa en relación al Otro, etc, etc.

Cuando las explicaciones están tan ceñidas a un determinado y único factor, entiendo que son poco operativas en la medida que son excesivamente extensas y generales, lo que con frecuencia obliga a recortar el material clínico o a forzarlo excesivamente. Sobre todo, cuando se pretende que tal factor hegemónico lo explique todo  y se supedite a él cualquier reflexión. Como consecuencia de ello, ocurre con frecuencia, además, que cualquier otra explicación se desestima de antemano, como inadecuada, torpe o no psicoanalítica.

He visto a todo tipo de psicoanalistas descalificar y negar el pan y  la sal, que en nuestro caso es negar la condición y título de psicoanalista, a todos los que no están bajo el manto de sus mismos conceptos-maestro.

Parece que una actitud así estaría asentada en la convicción de que una teoría, finalmente, ha conseguido respuestas para todos los interrogantes y encontrado de este modo la solución a todos los problemas o a un sector importante de ellos. Lo cual es insostenible. Por más que temporalmente y en cierto grado, todos pretendamos sostenerlo, a propósito de teorías que por su fuerza explicativa, por su valentía en la búsqueda de verdad, por la claridad, sencillez, belleza o novedad de sus proposiciones, por lo que sea, se nos presentan como completas, definitivas. Pero entiendo que, librados de ese poder de fascinación que tiene toda buena teoría, tenemos que reconocer que ellas son herramientas con que acercarse a lo real. Herramientas nada inocentes, por supuesto; herramientas que conforman nuestra forma de pensar y, por tanto, nuestra relación con lo real. Pero, en cualquier caso, siempre parciales, incompletas y deudoras de las múltiples variables de los contextos en que surgen.

No pretendo plantear una especie de relativismo teórico, sino insistir en la necesidad de ampliar y  complejizar los conceptos y las teorías evitando la tentación de pedirles más de lo que pueden darnos.

2. Cierta confusión entre teoría y praxis

Quiero comentar algo que considero una confusión entre teorización y praxis y que me importa en este momento porque creo tiene mucho que ver con la generación de discursos propios de cada grupo, absolutamente peculiares, que acaban siendo un conjunto de supuestos indiscutidos, e incluso coletillas, inadmisibles para los otros grupos y que constituyen serios impedimentos para la comunicación y el intercambio. Citaré unos cuantos ejemplos, aún cuando habría una lista interminable de ellos.

Acto analítico

La operación del analista como puro acto. Al modo del acto fallido, que se vincula directamente con el deseo inconsciente de quien lo produce. Se trata por tanto de un constructo teórico, del establecimiento de una meta ideal a la que el analista debe tender: disponer su mente en “régimen de lapsus” (lo correspondiente, en el analista, a lo que esperamos del paciente con el enunciado de la regla fundamental). Pero, en la presentación que normalmente se hace de la cura, se habla del acto analítico como si fuera lo normal. Cuando es lo inusual. Lo que define la operación del analista no creo que sea la consecución de actos analíticos, así entendidos, sino la tendencia permanente hacia ello.

Considero que a algo parecido se refieren otros muchos analistas (que por cierto para nada suscribirían la noción lacaniana de acto analítico, entre otras cosas y principalmente por ser de Lacan) cuando afirman que la interpretación debe sorprender al propio analista. Debe cogerle por sorpresa, encontrarse diciendo algo que excede su intencionalidad consciente.

Pero echo en falta que digan más claro que ese acto o esa interpretación que me encuentro diciendo, no me son “afines”, no es una experiencia cómoda, ni “egosintónica”; de ahí, que el analista no se preste a ello con frecuencia o sin malestar. Y si pretendiéramos acostumbrarnos a construir interpretaciones sorprendentes... dejarían de serlo,  y estaríamos echando mano de un cierto código de ingeniosidades, extravagante, con aire más de "boutade" que de verdadera interpretación.

Preferiría, por tanto, tras definir teóricamente con el mayor rigor, el constructo teórico que llamamos “acto analítico”, definir la operación analítica por su tensión hacia ese acto.
 

Neutralidad

Algo muy parecido habría que decir de la neutralidad analítica. Concepto con un área de aceptación mucho más amplia que el anterior. De hecho, casi todos las escuelas han identificado la neutralidad con la actitud analítica por excelencia.

En la neutralidad se ha basado la no-satisfacción de la demanda del paciente, la confiabilidad en el análisis de la transferencia, la utilidad de la contratransferencia como técnica, la posibilidad de remitir todo lo que en análisis acontece a la producción del mundo interno del paciente, etc., etc. Pero también desde muy temprano ha habido en el psicoanálisis voces que llamaban la atención acerca de la irrealidad de un planteamiento así, si se pretendía llevarlo a sus últimas consecuencias.

La neutralidad define una actitud ideal. Pero define mal la praxis diaria del analista. Sería más bien lo que siempre busca y raramente produce. No debe pensarse en ello como lo normal, lo cotidiano, porque  no lo es. Y esa metonimia nos confunde. Acabamos hablando de lo que hacemos,  mediante términos que se refieren a lo que raramente hacemos. Y sin embargo, lo que real y verdaderamente hacemos, queda oculto.

Para enfrentar este problema, creo que se pueden seguir dos líneas, simultáneamente:
a) Tratar de formalizar lo que realmente ocurre.
En esta línea,  principalmente analistas ocupados por pacientes con trastornos narcisistas, analistas de la psicología del Self y, más recientemente analistas de la corriente del intersubjetivismo, han elaborado teoría y metodología acerca de “esto que realmente ocurre” entre analista y paciente.

b) No dejar de tender hacia una actitud con el paciente que interfiera lo menos posible en su indagación y desarrollo. Sin negar por ello los elementos que aporta la presencia personal y particular del terapeuta. Elementos que no proceden de la transferencia del paciente, ni son meras suposiciones o atribuciones del mismo.

Discurso del Amo

Otro ejemplo que me parece significativo se refiere a la teoría de los discursos de Lacan. Concretamente al que denomina “discurso del amo”. Entiendo que este discurso, generador de los otros tres, viene a poner de manifiesto el lazo social que genera el uso mismo del lenguaje. Ahora bien, tal vez el peso de la oposición amo-esclavo, el imaginario adscrito a la voz “amo”, el peso de la noción “significante-amo”, etc., son tan fuertes, que se produce un deslizamiento constante hacia lo ideológico-moral y se olvida que el amo lacaniano no es otro que el uso normal del lenguaje.

Uso del lenguaje en que, si reconocemos fácilmente al sujeto de la palabra, de la comunicación; también reconocemos, a nuestro pesar (en la experiencia del lapsus, por ejemplo,  al sujeto que es producto inconsciente del lenguaje, que “es hablado” por el lenguaje, que de acuerdo con la proposición lacaniana, es representado por un significante para otro significante.

Discurso del amo en que todos, absolutamente todos, hemos de participar y participamos. La tendencia del analista a dejar que se produzca otro discurso, en el espacio transferencial de la sesión analítica, en base a la asociación libre del analizante y a su escucha analítica, no garantiza que este nuevo discurso se produzca, y, necesariamente, la mayor parte de la relación del analista con el sujeto ha de darse dentro del marco del discurso del amo.

Entiendo que la teoría  debe aspirar a ser coherente  consigo misma y con el sistema teórico a que pertenece y no siempre puede, en un grado aceptable, dar cuenta de la experiencia, que se produce en otro orden, el de la praxis, con otros parámetros y variables.

En nuestro profesión y en nuestro campo siempre se ha dicho, desde Freud, que la teoría debe desprenderse de la clínica, lo que no deja de ser una manera de hablar, puesto que a la clínica no se va, no se puede ir, sin una teoría previa (extraída a su vez de situaciones clínicas diversas, más teorías que las han precedido, etc). En cualquier caso, la teoría debe iluminar a la clínica y la clínica debe enriquecer a la teoría. Pero bajo cierta condiciones corren cierto riesgo de confundirse, riesgo hacia el cual he tratado de llamar la atención.

3. El desgaste que sufren determinados conceptos que tienen un papel principal en la estructuración de la teoría

Otro riesgo que se corre, en cualquiera de las propuestas psicoanalíticas en las diferentes escuelas, es el desgaste o el deslizamiento de sentido de los conceptos. En general, hablemos de Freud, de Klein, de Lacan, de Winnicott o de cualquiera de nuestros autores,  éstos han producido conceptos de una elevada complejidad, que requieren todo un marco teórico de referencia, una reelaboración permanente, etc. Pero, con frecuencia, en los distintos grupos, para los que esos conceptos se convierten en señas de identidad, no se suelen someter a crítica ni a contraste; en una palabra, no se sospecha de ellos, no se les pone a prueba. De ahí que pueda ocurrir que pasen a ser supuestos indiscutidos que asumen diferentes cargas, en general de carácter ideológico, más o menos  entreverado. Se producen así importantes deslizamientos de sentido que pueden comprometer el rigor teórico y que hacen difícil el entendimiento entre grupos. Es más, en ocasiones vemos con claridad que el mantenimiento de dichos conceptos, en ese nivel de verdad compartida con fidelidad por los adeptos, es muestra del poco interés que hay hacia tal entendimiento. Se percibe un deseo de diferenciación y distanciamiento más que de aproximación y diálogo.

Quisiera ahora comentar, en la misma línea, el desgaste del concepto de objeto en la teorización kleiniana.

El objeto en la teoría kleiniana

Baranger hablaba de la objetología fantástica: el objeto bueno, el objeto malo, el ideal, el persecutorio...
El objeto llega a alcanzar, en el discurso de los analistas kleinianos, una entidad sustancial, a constituir una presencia, cuando creo que el objeto del que se trata está siempre en trance de ser o haber sido perdido.

El objeto (sea benéfico o maléfico) entiendo que es evanescente, que nunca coincide con la materialidad del otro.  Es lo que el otro (sea quien sea: madre, novia, hijo) “pudo ser y no fue”, “fue pero ya no es”, “ojalá sea, pero nunca llega ese momento”.... El objeto nunca coincide con la  percepción del otro (a no ser al precio de la locura). De ahí que considero que se ha saturado de imaginario el objeto de Klein. Ya señaló algún autor que más que del pecho tendríamos que hablar del hueco que ha dejado la pérdida (y por tanto la ausencia, que no la presencia) del pecho.

Podríamos decir algo parecido del “objeto total”. ¿Qué será eso? Si decía que el objeto siempre está “en falta”, “en ausencia” “en incompletud”, ¿qué será el objeto total? ¿Es que se puede decir que el objeto deja de ser parcial alguna vez? Creo que es mejor oponer objeto parcial a objeto integrado, pero nunca total.

Confunde (a mí al menos, ojalá sea el único) este deslizamiento del contenido originario de nuestros términos, por un efecto comprensible del uso y tal vez (y es de ello de lo que estaríamos hablando) de un cierto abuso grupal acrítico.

Pienso que seguramente esta temática del objeto kleiniano es una temática antigua, pero si me he referido a ella, entre otros ejemplos posibles de concepto que ha sufrido desgaste, es porque ilustra una situación de las teorías que tiene que ver con la dificultad para la integración y con la posibilidad de la misma.

Me gustaría comparar aunque sea muy brevemente y por encima algunos aspectos del objeto kleiniano y del objeto lacaniano.

Objeto kleiniano, objeto lacaniano

Ambas nociones corresponden a contextos teóricos muy diferentes (en los que, por ejemplo no coinciden las nociones de pulsión, o de deseo; dificilmente puede coincidir la de objeto) y sería absurdo pretender establecer homogeneidades. Pero sí creo que se puede, en algún aspecto, establecer comparaciones que revelan cierta oposición y similitud entre ambas.

Frente a la ausencia del objeto real o, si se prefiere, frente a la ausencia de un objeto que imponga su realidad y su evidencia al sujeto, éste se ve compelido a una imparable producción de fantasías, inconscientes  y preconscientes, para situar, identificar, defenderse, amar, atacar, reparar, etc., al objeto interno. Objeto interno que es, a su vez, otra producción fantasmática. Es decir, que a la ausencia de objeto real, el sujeto kleiniano opone una ingente producción imaginaria, en donde vemos proliferar la objetología a la que antes aludíamos. Por tanto, el analista kleiniano trabaja constantemente con el objeto, con los objetos imaginarios.

La teoría lacaniana hace hincapié en la imposibilidad de identificar al objeto de deseo y, por tanto, su inaccesibilidad. Del objeto, porque permanece en el orden real, nada puede decirse. Y el analista lacaniano deconstruye, desbarata, constantemente las construcciones imaginarias que pretender taponar la imposibilidad del objeto. El analista debe cuidarse de hacer interpretaciones que parezcan identificar al objeto de deseo (“parece que Ud. desea ...”). Y el objeto a es considerado no como el objeto al que tiende el deseo, sino como la causa que lo produce.

En un extremo tenemos el objeto, como aquello perdido que imaginariamente hubiera podido satisfacer el deseo del sujeto, y cuya pérdida es preciso elaborar, como una parte esencial de la cura analítica. En el otro, el objeto como inencontrable en la esfera simbólica o imaginaria del sujeto y cuya imposibilidad es necesario que la cura deje manifiesta para relanzar constantemente el deseo del sujeto.

¿No tienen nada que ver la una y la otra? ¿Son antagónicas? Yo creo que ni lo uno ni lo otro. Y estimo lo benéfico que sería para los kleinianos conocer con detalle cómo es el objeto en la teoría lacaniana; y para los lacanianos aceptar todos los componentes imaginarios que sin duda hay que poner en juego para la confrontación del sujeto con la evanescencia del objeto.

4. La extensión injustificada que se pretende para algunos conceptos sin duda fundamentales

Imaginario, simbólico y real

 La propuesta lacaniana de los tres registros: real, simbólico e imaginario, forma parte, sin duda ninguna para mí, de la lista de cosas que un psicoanalista, de la escuela que sea, no puede desconocer.

Como es sabido, Lacan sentará las bases para el registro imaginario con su análisis del estadio del espejo, muy en los comienzos de su obra. Y a lo largo de ella, muy especialmente con la teoría de los nudos que se sitúa muy al final, lo imaginario irá estrechamente enlazado con lo simbólico y lo real. Son inseparables. Ahora bien, si en la teoría, lo imaginario es condición y paso para lo simbólico; y si, a su vez, es un modo imprescindible de alcanzar cierto acceso a lo real, y a la vez de disimular la imposibilidad de su presencia; en la verbalización de los portavoces de esa teoría, lo imaginario sale mal parado. Percibo una indudable “inflación” de lo simbólico. Siempre tengo la sensación de que se refieren a lo imaginario con cierto menosprecio, si no con abierto desprecio, como cuando hablan del yo haciendo hincapié en su carácter mentiroso, de síntoma.
Desearía un mayor “respeto” para el yo, aun admitiendo sus miserias. Creo que no se puede hablar del yo desde otro lugar que no sea el yo mismo y por ello no puedo sentir veraz al que ironiza sobre lo engañoso del yo.

Por supuesto, no me refiero a la situación paradójica que plantea, en este punto y en otros, la teoría psicoanalítica; sino a la forma en que la paradoja es manejada al presentarla. Porque puede ocurrir que la paradoja que muestro con mi discurso quede desmentida con mi actitud. Esta diferencia, entre el contenido paradójico de la teoría y la actitud simplificadora del portavoz de la misma, me parece central para el tema que nos ocupa.

Nadie puede poner en duda, me parece, la impresionante aportación lacaniana que ha supuesto la teoría del significante, del orden simbólico y la incorporación de la noción de estructura, en concreto de estructura clínica o subjetiva. El valor clínico de “leer” el síntoma como una expresión de la posición que el sujeto adopta en relación al Otro (estructura simbólica) o al gran Otro (que es la madre como particularización, para el sujeto, de esa estructura). Pero entiendo que con frecuencia se le concede una capacidad explicativa excesiva, sacrificando la percepción de otros factores que claman desde el discurso del paciente. Mi impresión es que, con frecuencia, el mantenimiento de la noción de estructura clínica, en el trabajo clínico, obliga a sacrificar la complejidad del sujeto. La estructura deja fuera al sujeto mismo. Éste es su límite principal.

Encontrar elementos teóricos que aporten gran significatividad y tengan potencia explicativa es decisivo en psicoanálisis, pero ello no supone que todos los demás componentes del hecho clínico estudiado hayan de ser despreciados o relegados a la condición de meros coadyuvantes.

A modo de paréntesis, un breve comentario a propósito de la noción de Otro en Lacan. En el número 29 de la Revista de Psicoanálisis de la APM, dedicado monográficamente al Otro, se ignora el contenido y carácter complejos y específicos que ha adquirido esa noción en el corpus teórico lacaniano  (desde 1955 según creo). Naturalmente que uno puede utilizar libremente el lenguaje que, por fortuna, no tiene dueño. Pero se hace un bien a la comunicación, y a la integración incluso, respetando las nociones que ya tienen solera y carta de naturaleza en otros sistemas teóricos, aun cuando no se esté de acuerdo con aquel contenido y carácter.

Si he mencionado la importancia que tienen los desarrollos lacanianos acerca de lo imaginario y lo simbólico, y lo que en determinados momentos considero abusos en la transmisión de esos conceptos, ¿cómo no decir algo acerca del más problemático y conflictivo de los tres órdenes, el real, y los elementos teóricos asociados de alguna forma a él?

No tengo ninguna objeción que hacer a la importante diferencia real/realidad que me ayuda a entender, entre otras cosas, la función analítica de construir el pasado del sujeto; o a la oposición goce/placer que me parece central en la clínica; o al carácter del objeto a, tan distinto al objeto kleiniano; ni a la idea de construir una clínica de lo real o, mejor, en que lo real sea tenido en cuenta bajo distintas manifestaciones: en la psicosis, en el goce del síntoma neurótico, en la compulsión a la repetición de ciertos cuadros difícilmente accesibles al psicoanálisis, etc.

Pero sí me atrevo a hacer dos breves comentarios:

Uno. Que se descubra la importancia del registro real, ¿ha de disminuir el papel del imaginario, por ejemplo? Encuentro que son muchas las cosas que se pueden comprender desde lo imaginario del sujeto y su posición frente a lo simbólico, que corren el riesgo de ser dejadas de lado frente a la fuerza de lo real. Por decirlo en términos freudianos: cuando aparece la pulsión de muerte en 1920, ya es mucho lo que Freud ha construído (25 años cuando menos) y mucha la clínica edificada sobre el funcionamiento conflictivo del principio de placer.

Otro. Algo que me suena raro e inaceptable en los discursos habituales de algunos psicoanalistas lacanianos.  Algo que me disgusta porque lo percibo como una cierta frivolidad. De tanto hablar y trasegar con lo real, con el plus de goce, con la destitución del analista y su paso al lugar de objeto causa del deseo, etc, etc, llegan a hablar de todo ello con una actitud que me parece contradictoria. Hablan demasiado del goce, del objeto, de lo real del síntoma (y no por el hecho de hablar, que sería la mejor manera de tratar con lo real) sino porque parecen tener con ellos una familiaridad que me resulta extraña. Señalan, identifican, conocen, proponen como meta, etc, algo que no puede, a mi modo de ver, producir sino extrañeza, inquietud, ajenidad, desconocimiento.

En un momento de su obra Lacan afirma: “El psicoanalista tiene horror de su acto”. No estoy seguro ahora de la significación que tal afirmación puede tener, de acuerdo a un contexto que no reconstruyo ahora. Pero si la traigo aquí es porque expresa perfectamente, en la forma en que yo la escucho, lo que quería decir en dos de mis comentarios, el inmediato acerca de lo real,  y el más anterior acerca del acto. Producir un acto, en la medida en que en ese punto el analista “es hablado”, es impelido, por un deseo que no puede controlar, excluído cualquier apoyo en el propio imaginario, en el límite de lo simbólico, y que, además, no es algo que puede hacerse intencionalmente, sino constatar a posteriori y por sus efectos, no es una operación que pueda definirse bien, ni “vivirse” sosegadamente.

La teoría de las posiciones de Klein

¿Quién podría sustraerse a la fuerza de la propuesta teórica de las fases esquizo-paranoide y depresiva de Melanie Klein? No dudaría en afirmar también de esta teoría de las posiciones que es algo que ningún psicoanalista puede desconocer. ¿Quién puede negar que retratan magistralmente una dialéctica constante en que reconocemos vivencias  y experiencias tan cotidianas como la proyección, la negación, la ambivalencia, la culpa, el duelo, el intento de reparación, etc.

Ciertamente constituye un modelo teórico que brinda parámetros importantes para pensar la evolución normal y la construcción patológica de los sujetos. Puede ayudar también a la comprensión de múltiples fenómenos de la vida cotidiana y, sobre todo, a enfrentar, desde la visión kleiniana, los problemas que la clínica plantea. Es verdaderamente una aportación valiosísima. Pero no sirve (ni ella ni ninguna) para dar cuenta de todo.

Con unos pocos términos (por más ricos y productivos que sean) no se puede pretender explicar toda la evolución del individuo; toda la patología, desde la neurosis a la psicosis, pasando por la psicosomática, los trastornos de conducta y cualquier otro posible desarreglo; el fenómeno de las drogas; la emigración; la violencia callejera; el terrorismo; las guerras que desangran el planeta, etc, etc.

Para terminar este apartado, diré con el respeto que cualquiera de las nociones, conceptos o teorías que vengo comentando me producen, que corremos el riesgo de exigirles demasiado, de abusar de su capacidad explicativa, de proceder imprudentemente con ellos, como aquel insensato poseedor de la gallina de los huevos de oro que acabó matando la fuente de su riqueza por no soportar una producción limitada y suficiente. Pero esta injustificada extensión no está inscrita en el concepto sino que la producimos sus portavoces al esgrimir al concepto, a los conceptos, como seña de identidad, como arma para descalificar y vencer al contrario.

Creo sinceramente que aliviando a las nociones psicoanalíticas del carácter de confrontación y beligerancia con que las solemos manejar (recuerdo, hace años, haber dicho a un colega que esgrimía la obra de Freud como quien blande una estaca), las haríamos mucho más aceptables y utilizables para todos los psicoanalistas y psicoterapeutas que necesitamos de teorías y modelos varios para acercarnos a los problemas difíciles que la clínica nos plantea a diario.

5. Acerca del método y sus componentes fundamentales

Me limitaré en este epígrafe a hacer unos comentarios acerca de dos pilares fundamentales del método analítico

La transferencia

Si bien en psicoanálisis son muchas las nociones que presentan una gran complejidad y se resisten a una definición acabada, el concepto de transferencia presenta unas dificultades singulares. Habría que decir que cada escuela de psicoanálisis plantea el suyo, que con frecuencia entra en conflicto abierto con todos los demás.

¿Cuántas maneras hay de entender la transferencia? A partir de Freud, que inició su explicación como el investimiento de una representación-palabra  preconsciente (la manera de hablar del analista, por ejemplo) con la energía proveniente de representaciones-cosa inconscientes (relativas a deseos incestuosos, por ejemplo), a través de una especie de falsa conexión, son muchas y muy diferentes.

La kleiniana en la que el analista pone voz a las múltiples fantasías inconscientes de objetos parciales que el paciente proyecta, o identifica proyectivamente, sobre la imagen de su analista, en el aquí y ahora de la sesión analítica.

La lacaniana en la que el analista se presta, a través del malentendido por el que el analizante le identifica con el sujeto supuesto saber, para que se produzca una transferencia desde su demanda, al Otro.

La de la Psicología del Yo que hace hincapié en el desplazamiento de patrones y pautas de sentimientos, pensamientos y conducta desde las figuras significativas de la infancia a personas actuales con las que se tiene un fuerte vínculo interpersonal.

La del modelo de Alexander, que se relaciona con la noción central en su sistema teórico de “experiencia emocional correctiva”. La transferencia aparece como una situación idónea, de laboratorio, para poder reproducir situaciones (“las mismas constelaciones emocionales que no pudo dominar en el pasado”), exponer al yo del paciente a tales situaciones y enseñarle a manejarlas mejor de cómo lo hizo en su momento. Esto le alentará para extender este aprendizaje al manejo de las mismas dificultades emocionales en las situaciones reales en su vida actual.

La de los teóricos de la intersubjetividad que la plantean como una conformación mixta: de lo que es transferido desde la neurosis infantil, en la actualización del vínculo intersubjetivo con el analista.

Pues bien, éste es un ejemplo notable para mí de la pérdida que supondría tener que situarse, única y exclusivamente, en una de estas posiciones. Todos quieren acabar con la errática e imparable repetición del sujeto, pero cada uno adopta posiciones diferentes. Diferentes, claro; pero ¿necesariamente excluyentes?

Yo suscribiría la crítica lacaniana al método kleiniano. A la sistemática interpretación transferencial (que aquí significa referida al analista o a su entorno) en el aquí y ahora de la sesión analítica. Por el peligro de taponar, con la excesiva presencia del analista, al Otro (que son muchos, que no es nadie. Que las diferentes imaginarizaciones nos irán mostrando quién será en cada momento) a quien verdaderamente se dirige el discurso del paciente.

Ahora bien, podríamos objetar a la posición lacaniana que el hecho de que el analista no se involucre, no se incluya; que las fantasías transferenciales hacia el analista no sean objeto de interpretación, ¿no es renunciar a una táctica importante, presente desde el principio en el método freudiano, a través de la constitución de la neurosis de transferencia?,  ¿no podría conducir a cierta intelectualización, a una especie de aprendizaje viciado por parte del paciente, que puede hablar “cómodamente” de los vínculos conflictivos extrasesión, evitando el malestar de dirigir su atención al vínculo presente, no menos conflictivo, con el analista?

En concreto, considero que la terapia debe desenvolverse en un escenario transferencial. En eso están de acuerdo todas las posiciones. Además, el analista debe incluirse en la interpretación, lo que no significa que no deba haber otras interpretaciones referidas a objetos actuales u originarios del paciente. La transferencia discurre así de acuerdo con la máxima adoptada por Freud: “nadie puede ser ajusticiado in absentia o in efigie”. Lo cual avala la idea de Alexander de la terapia como laboratorio experiencial, idea tan propia de las terapias actuales (la terapia experiencial gestáltica, la “exposición” de las terapias de corte más conductual).

Obsérvese que esta visión de la transferencia como “laboratorio” para reexperimentar, analizar y ensayar modificaciones del vínculo, no presupone ninguna imposición o sugestión, necesariamente, por parte del terapeuta. La transferencia como “otra oportunidad” que se le brinda al paciente para estructurar su vínculo con los objetos, saliendo así de la repetición.

Ahora bien, yo creo que es necesario a la vez, (siguiendo en esto, al menos en parte, la propuesta lacaniana) evitar identificarse con el lugar del otro, de los otros, entender que la palabra del paciente va dirigida a alguien otro-que-a-mí.

Pero no es menos cierto que, de acuerdo con planteamientos en que se concede gran importancia a la relación paciente-terapeuta (y en esto creo que los analistas de la intersubjetividad han recogido un testigo que viene de bastante atrás: la idea de que no todo es repetición, reproducción o desplazamiento en la transferencia hacia el analista) que en lo que se considera transferencia hay algo que es propio del vínculo actual con el objeto actual que es el analista. Y no es que ambos sean aspectos distintos y sumativos, sino que son inseparables. Lo transferido se da en y por el vínculo intersubjetivo (que va más allá de lo relacional, de lo interpersonal, etc., según estos intersubjetivistas). Y lo intersubjetivo, a su vez, no puede darse sino en el espacio de la repetición transferencial.

La interpretación

Por expresar brevemente, en dos posturas encontradas, posiciones muy distintas en torno a esta cuestión, diría que por una parte está aquella que presenta la interpretación como buscadora y productora de significado,  y, por otra, aquella que entiende la interpretación como productora de significante.

En el primer supuesto están todas las definiciones para las que la interpretación trata de desvelar el sentido, la significación inconsciente oculta de las asociaciones del paciente, de sus sueños o de sus manifestaciones sintomáticas. Así entendida, la interpretación debe ser precisa, completa (piénsese en la interpretación mutativa de Strachey)

En el segundo, cuyo representante máximo sería el método lacaniano, la interpretación es entendida, no como un aporte más de significado, sino como una deconstrucción del mismo, y un desvelamiento de aquellos significantes sin-sentido que gobiernan al sujeto. Elude la comprensión. De paso, la interpretación supone la posibilidad de brindar al sujeto otros significantes para que pueda pensar de otra forma, pueda ampliar su decir o, lo que es lo mismo, pueda seguir pensando y diciendo. Desde este ángulo, la interpretación debe ser ambigua, alusiva, incompleta.

Ahora bien, ¿es posible ocupar de continuo ese lugar de la no-comprensión, de la escucha constante del sin-sentido (es decir: del texto en sí mismo, como texto; de los significantes, separados de sus significados supuestamente correspondientes)? ¿No es cierto que la interpretación se producirá, inevitablemente, y de forma esporádica, en el contexto de una escucha comprensiva, desde un plano en que al menos parcialmente ambos, analista y analizante, están atrapados por sus imaginarios? La pregunta podríamos hacerla más general: ¿se puede acceder a ese estrato simbólico (del puro significante, de la escucha sin comprensión) sin estar asentado en el registro imaginario? ¿Se puede desbaratar el significado desde otro lugar que no sea el de los significados?

Ahora bien, no obstante lo anterior, ¿no es cierto que la interpretación continuada de los significados lleva inevitablemente a la construcción de códigos, de muletillas, que agostan la espontaneidad y la capacidad sorpresiva del analista y la capacidad de asombro y desconcierto del paciente? ¿No sería mucho más rico mantener permanentemente la tendencia a forzar los límites de la significación “intuida”, pero a la vez no renunciando al papel importante que juega la comprensión de las motivaciones inconscientes?

Me pregunto constantemente y en forma general, para casi todas las cuestiones que venimos comentando, ¿por qué se presentan con tanta frecuencia los diferentes aspectos de una misma operación como contrapuestos, cuando son inseparables?

Además, en la praxis cotidiana, estoy seguro de que ambas prácticas se juntan, que el analista lacaniano no puede por menos que tratar de comprender, en gran parte de su relación con el paciente; y el “analista de la comprensión” sabe de la fuerza de aquellas interpretaciones que le sorprenden a él mismo, que no obedecen a la lógica de los significados y que, de entrada, no son fácilmente comprensibles. Pero pueden tener un gran valor analítico.

6. Sobre algunas técnicas

Sólo comentaré ahora un aspecto de la técnica: el tiempo de la sesión analítica.

La sesión de tiempo variable

A este respecto, pocas cuestiones han sido objeto de tanta polémica, han enrarecido tanto el ambiente psicoanalítico y se han prestado a todo tipo de excesos dialécticos como el de la sesión de tiempo variable y, mejor sería decir, la sesión breve. Me parece un auténtico ejemplo de algo que se convierte en motivo de distanciamiento y confrontación, de mutua intransigencia y, por otra parte, del aprovechamiento de una cuestión teórica (o de teoría de la técnica, si se quiere) para pretender descalificar “a la totalidad”, al contrario.

En su día, y con vicisitudes históricas que ahora no hacen al caso, Lacan empieza a utilizar sesiones con una duración que no respeta el tradicional módulo de 50 ó 45 minutos, imperante, al menos en lo oficial, desde la práctica de Freud. Ello obedece, al decir de Lacan, y de sus seguidores luego, a una conceptualización del inconsciente con un tempo que no se ajusta al tempo cronológico (diferencia entre tiempo lógico y tiempo cronológico) y al valor analítico de la función del corte. Piensan que la interrupción de la sesión, en determinado momento de la producción del paciente, puede tener un efecto interpretativo mucho mayor que una eventual interpretación verbal. Por otra parte, cuestionan la justificación teórica para un tiempo fijo y para que, además, ese tiempo sea precisamente de 50 minutos.

Pues bien, nunca he encontrado una voz, en el resto de escuelas no lacanianas, que haya tratado de comprender primero, y desmontar razonadamente después, estas afirmaciones (u otras mejor expresadas) para el uso de esta técnica. He escuchado afirmar el valor de continente que puede tener un tiempo fijo, aspecto éste que siendo importante no contradice ni anula por tanto la posible veracidad de los argumentos lacanianos.
He oído decir que el paciente, si sabe el tiempo que durará su sesión, podrá acomodar a ello su verbalización, sus silencios, su lucha contra sus resistencias, etc. Creo que podríamos decir lo mismo: es importante esta cuestión, pero no enfrenta las tesis lacanianas.

Otro tipo de opinión me merece menos respeto: “¡Bastante dificultad entraña, de suyo, analizar el inconsciente del paciente, como para restar tiempo a esa tarea!”. Y, eso sí,  un número infinito de comentarios que pretenden descalificar la técnica por la supuesta utilización espuria de la misma.  Y así, se alude una y otra vez a la desfachatez de Lacan, a que esta técnica no es sino una forma, enmascarada de teoría, de ganar más dinero, a la arbitrariedad del analista para fijar en cada momento cuánto durará la sesión, etc., etc.

Empezaré por el final: los argumentos “ad hominen”, ¿a quién le interesan? Que este analista o aquel (sea éste incluso el propio Lacan) utilicen esta técnica o cualquier otra de manera inadecuada, no dice nada a favor o en contra de la técnica misma. Lo diría si acaso de tal, o tales, analista concreto. Y ¿tiene algún sentido, aceptable, incluir en una discusión acerca de la teoría, la personalidad o conducta de su(s) sustentador(es)? ¿Es que no hay más ejemplos en nuestra historia pasada y reciente de analistas con prácticas criticables?

Dejo a un lado el que las cuestiones económicas (no en el sentido metapsicológico, sino en el pecuniario y de número y calidad de los pacientes) son esenciales en las instituciones y en los grupos. Y que con frecuencia las luchas acerca de lo más noble y abstracto (teorías, valores, éticas) esconden violentos forcejeos en torno a tales cuestiones económicas. De uno y otro lado.

Pero, en ausencia de una crítica seria y consistente a las afirmaciones y las críticas lacanianas en este punto, ¿no sería posible incorporar lo que de valioso tienen una y otra posturas? Verdaderamente creo que la utilización de un lapso constante tiene potencia terapéutica: constitución de un espacio psicológico que aporta seguridad, evitación de variables innecesarias que pueden complicar excesivamente la operación analítica (la idea del encuadre estable), facilitar un vínculo más estable a dónde dirigir la transferencia, y otras. Pero:  a) No todo en la sesión está orientado, exclusivamente, al efecto terapéutico. Puede haber disposiciones del encuadre, si queremos llamarlo así, que no busquen la seguridad o la alianza, sino otros objetivos no menos importantes: que el sujeto se sienta “responsable” de lo que dice, aun cuando sea un decir inconsciente, de la economía de su propio lenguaje. El peso interpretativo que a veces adquieren para el paciente determinados actos del analista (que no hay por qué confundir con “actuaciones”), etc.

b) La utilización del tiempo fijo no anula la posibilidad de muchos otros “vicios”. Si la sesión variable da pie a la arbitrariedad de cierto analista, la duración fija, sirve de muelle acomodo a otros ciertos analistas.
La repetición tiene un efecto inquietante cuando no sabemos qué o por qué repetimos. Pero cuando la repetición es reproducción de lo conocido puede añadir, a su efecto benéfico de reaseguramiento, otros menos benéficos de inercia, de rutina defensiva, etc. Creo, por lo que sé de mí y de colegas afines, que con relativa frecuencia uno piensa que determinada sesión debería acabar en cierto instante, que a partir de ese momento nada nuevo se va a producir y que ambos, paciente y analista, en ese día y a partir de ahí, están esperando a que el tiempo pase, a que sea la hora. Pero no se puede interrumpir porque la tradición manda que hay que esperar a que se cumpla el minuto 50. No tiene mucho sentido.

¿No sería posible mantener una estructura normal de tiempo fijo, basada en determinadas necesidades de analista y paciente, innegables, pero sin olvidar que no son esas las únicas necesidades que están en juego? Que la indagación del inconsciente del sujeto, por la naturaleza misma de lo indagado, no se aviene siempre bien a lo ritmado, a lo pautado. Que es imprescindible disponer un espacio, un escenario, un tiempo, pero que también hemos visto muchas veces cómo lo inconsciente se produce o se manifiesta en los límites, en lo inesperado, por fuera de la mirada atenta del analista. Que la naturaleza misma del vínculo analítico y la forma en que es tratado por el analista favorece la rutina, los tics relacionales, las formalidades vacías de contenido, etc. (Se podría argumentar que de eso se trata, de vaciar de significados “el encuadre”, el marco, para que todo el significado esté en lo que queda “dentro”. Pero así ¿no se corren riesgos? De brindar refugio a lo que de obsesivo o de fóbico hay en casi todos los sujetos. Y en general, a que lo inerte del “marco” contamine a lo de “dentro”.

Una dosis importante de permanencia estable, de deprivación sensorial, es absolutamente necesaria, pero la estabilidad exagerada ¿no tendrá beneficios defensivos? ¿Se podría establecer alguna relación entre este afán deprivacional y la ingente longitud de algunos análisis? Se podrían introducir aquí otra vez la cuestión de la neutralidad y, sobre todo, del deseo del analista: el efecto analítico y terapéutico de que el paciente le suponga deseo a su analista).

De esta forma, siempre estaría abierta la posibilidad, decidida por el analista (por supuesto, como decide tantas otras cosas: si interpreta y cuándo lo hace; si calla, etc.), de establecer cortes o ampliaciones en función del efecto interpretativo que éstas pudieran producir.

Por último, ya mencionado, se alude en algunas críticas al subjetivismo y la no neutralidad del analista en esta práctica. No voy a meterme ahora en un tema tan arduo como el del deseo del analista. Sólo expresar mi deseo de que cuando se proceda a criticar determinada noción de otros, estemos seguros de referirnos a lo mismo. Tengo la seguridad de que en la agria polémica acerca del “deseo del analista”, los “contrincantes” se están refiriendo a elementos conceptuales diferentes, ajenos unos a otros. Es un auténtico diálogo de besugos.
En relación a la neutralidad ya se ha hecho algún comentario más arriba.

7. El desprecio hacia enfoques no psicoanalíticos de la terapia

Si venimos hablando de la dificultad para escucharse y entenderse, entre psicoanalistas, de las ignorancias recíprocas, ¿qué decir de la actitud respecto a los psicoterapeutas no psicoanalíticos? Jamás, en los años de formación, un futuro terapeuta psicoanalítico, recibe información, rigurosa y crítica, hacia los otros modos de entender la psicoterapia. Y si recibe alguna mención, ésta tiene carácter de descalificación.

Así “conocí” yo a Rogers: como alguien que hablaba de una cosa tan peregrina como “la aceptación positiva e incondicional del paciente”. Pero nunca me explicaron qué era eso, para Rogers. Tampoco su técnica del reflejo consiguió más fortuna. Consiguieron que yo la viera como una forma absurda de repetir lo mismo que el paciente decía. La empatía era presentada (yo creo que frente a la evidencia de su puesta en práctica a diario en el espacio íntimo de las consultas) como una forma indeseable de vínculo, como una especie de perversión de la transferencia. Nada acerca de la concepción rogersiana de la salud y la enfermedad, de la fundamentación teórica de su método o de las fases tan distintas de su producción o de sus técnicas, con sus posibles aportes y carencias.

De Perls y su terapia gestáltica, menos. Nadie me habló de su concepción de la evolución del sujeto como una sucesión constante de gestalts que, con gran frecuencia, queda inconclusas y no se pueden tramitar, porque están incompletas, porque el sujeto no ha podido incorporarles elementos fundamentales, principalmente afectos penosos. Y es necesario hacer ahora, en el vínculo con el terapeuta aquello que no pudo realizarse. De ahí el carácter experiencial de esta terapia. Experienciar, aquí y ahora, los afectos temidos y poder así concluir esa experiencia pendiente, conseguir finalmente esa gestalt y poder por tanto cancelar esa fuente de problemas y síntomas. No pude saber que muchas de las reflexiones y sugerencias que se nos hacían respecto a la elaboración de los duelos, siguiendo el pensamiento psicoanalítico, eran bien formuladas y muy bien trabajadas, aunque de otra manera, en el modelo de Perls.

De la obra de los autores clásicos en las terapias cognitivas, como Albert Ellis, o Aaron Beck, ni una palabra. Y si examinamos sus elaboraciones teóricas, podremos ver que, en algunos momentos del proceso de tratamiento, no en todos por supuesto, nos interesamos por el mismo tipo de problemas. Ellos han trabajado mucho el efecto de las cogniciones, de las creencias que operan en el sujeto, desde los primeros vínculos hasta el presente, y sus efectos benéficos o patológicos. El carácter inicialmente alienante de esas creencias puede devenir saludable o patógeno, (de la misma forma que ocurre con el “yo ideal” de cada sujeto o con los “significantes-amo” a los que corre el peligro de quedar sometido) en función de que el sujeto pueda hacerlas conscientes y someterlas a crítica, o deba mantenerlas ajenas al conocimiento consciente y a su comentario y crítica (lo que Ellis denominaba “creencias irracionales” y Beck “distorsiones cognitivas”).

No pretendo forzar innecesarios paralelismos o confluencias. Son patentes las diferencias teóricas y metodológicas. Diferencias en los puntos de partida y en los puntos de llegada. Pero en ámbitos concretos en los que ellos han desarrollado más sus sistemas de pensamiento, hay muchas cosas que podríamos aprender.

En este punto querría añadir dos breves comentarios:

No pienso en absoluto que esta actitud de ignorar militantemente a las otras terapias sea privativa de los psicoanalistas. No creo que en el seno de esos enfoques la actitud hacia el psicoanálisis sea muy distinta. Pero ello no hace sino ampliar y profundizar el problema de la integración.

No coincido con la actitud generalizada entre los analistas de dejar zonas o aspectos importantes del funcionamiento psíquico, de las manifestaciones sintomáticas, de los comportamientos en general,  abandonados al uso y posesión de los otros enfoques psicoterapéuticos. Por ejemplo, la función del aprendizaje (en el sentido más amplio del término) en la evolución del sujeto, en la formación de su patología y en los posibles efectos de la terapia. O el papel de la realidad, como factor de trastorno y como factor de curación.
Entiendo que hay una aceptación difusa y como supersabida de la influencia de ambos factores.  Lo contrario sería muy fuerte. Pero una cosa es darlo por sabido y otra, bien distinta, es contemplarlo como factores a conceptualizar, a formalizar y aceptar que requieren una atención específica.

A modo de resumen y conclusión

En las páginas anteriores, y a través de una serie de epígrafes que han resultado ser menos discriminativos y sistematizados de lo que en principio parecían, he tratado de mostrar aspectos de las teorías, actitudes de ciertos portavoces de las mismas, características institucionales, etc., que hacen difícil la comunicación entre distintas escuelas analíticas.

Hemos visto cómo la construcción de teorías generales acerca del sujeto, su enfermar y su tratamiento, en torno a conceptos hegemónicos (pulsión, narcisismo, defensa, relación con el objeto interno, etc.) tiene, entre otros, el efecto de excluir cualquiera otra explicación y a los que la sustenten.

En ocasiones nos encontramos con planteamientos que tienen un carácter ideal, que son una meta para el terapeuta (acto analítico, neutralidad), condición ésta que queda velada en la transmisión de la teoría o de la técnica, lo cual dificulta la comprensión y aceptación del modelo correspondiente.

Ciertos conceptos han experimentado un desgaste (objeto) que trastoca el sentido que inicialmente debían tener. Ello empobrece las dimensiones del concepto y sus repercusiones teóricas. Y es posible que provoque así el surgimiento de otra “acepción” que viene a marcar las deficiencias del antiguo y que se presenta con características de antagonismo (objeto kleiniano/objeto lacaniano)

Hay propuestas especialmente ricas que constituyen auténticas metapsicologías de sus respectivos autores. El R.S.I. de Lacan o la teoría de las posiciones de Klein. Ahora bien, existe el peligro de sobredimensionarlas o de dimensionarlas internamente en forma desproporcionada (lo que hemos denominado “inflacción de lo simbólico”; detrimento de lo imaginario) Estas configuraciones de los elementos en juego hacen difícil la aceptación por otros analistas que, sin embargo, pueden ver con auténtico interés la propuesta  teórica.

A propósito del método (interpretación y transferencia) creemos haber mostrado posiciones en cierto modo complementarias, que son presentadas como antagónicas. Mucho mayor antagonismo, abierto rechazo recíproco diría yo, producen determinadas modalidades de la técnica (la sesión breve de los lacanianos) sin que tal virulencia quede justificada en la teoría.

Finalmente, hemos llamado la atención acerca de la no integración, más bien arrogante ignorancia, hacia otros enfoques de psicoterapia (centrada en el cliente, gestáltica, cognitiva, etc)

Para terminar

El conocimiento de la realidad (en nuestro caso: la constitución del ser humano, sus motivos y formas de enfermar y las posibles vías hacia la curación) plantea un conflicto a nuestra capacidad de conocimiento, a nuestra capacidad de teorización. Entiendo las teorías como formas diversas de encarar una misma realidad (aunque ya esa realidad se convierta en múltiple, bajo la mirada interpretativa de teorías diferentes). Pero cada una de esas teorías pretenderá que la realidad es lo que ella ve y sólo sus conclusiones (nuevas teorías, metodología, etc) están por tanto autorizadas.

La dificultad y el conflicto están aquí en aceptar la otra mirada. Creer de buen grado que lo que el otro ve, y acerca de lo cual construye teoría, es otra faceta de la realidad estudiada. Pero la tendencia es a negar las otras caras de la realidad que mi arsenal teórico no me permite contemplar.

El conflicto que presenta la mirada otra se evita escotomizando el objeto estudiado: para los  lacanianos no tienen entidad alguna las relaciones objetales que son centrales para muchos otros; difícilmente encontrarán un analista de la psicología del yo o un intersubjetivista que otorgue importancia a la pulsión de muerte o al goce que es central para los lacanianos. Desde la intersubjetividad se plantea una visión de la interpretación y de la relación paciente-terapeuta que nunca verán un kleiniano o un lacaniano. Como si trataran con seres diversos. Mediante relaciones absolutamente diferentes.

Lo conflictivo (articular el efecto indudable de la pulsión con el papel decisivo para el sujeto de sus relaciones objetales; el valor constituyente del narcisismo y la endeblez de lo imaginario; la necesidad de comprender las motivaciones del paciente y de no dejarse atrapar por el sentido, etc.,), o mejor, aquello que genera el conflicto, se deja fuera del campo de observación y reflexión. Y si otro lo está ocupando, se adopta hacia él una posición de antagonista beligerante. De esta manera “no hay conflicto interno, sino antagonismo teórico con lo otro”.

Es curioso que en esto Freud es un modelo bien patente: reconocía esta idea del conflicto como forma específica de elaboración teórica. De hecho, como es sabido, se “doblaba” teóricamente a sí mismo y mantenía la tensión consigo mismo. El ejemplo más notable es su mantenimiento de ambas tópicas. Resulta curioso pensar que él podía pensarlas simultáneamente, y que años después, sus seguidores no pudieron hacer otro tanto, y se identificaban con una e ignoraban prácticamente la otra. Hay muchos más ejemplos en la obra de Freud y en la actitud de sus continuadores.

Así, a través de disociaciones y negaciones, se logra una coherencia y una tersura teórica, aparentes, que pueden acabar llevando a la teoría a su propio límite, a la constante repetición o a negarse a sí misma.
Aunque probablemente la teoría no se niega, son los psicoanalistas, sus portavoces, que la deforman.

Pero no se trata, ni mucho menos, de crear una especie de macrosistema común de ideas, que contemple todo del objeto de estudio e incorpore todas las percepciones diversas, en absoluto. Aunque sí de aceptar las inevitables deficiencias teóricas propias y de abrirse al interés por lo otro, por lo diferente. Verdaderamente, acercarse a los otros, sentir curiosidad por sus repertorios teóricos y metodológicos no puede darse si no es por el convencimiento de que el enfoque propio no da para todo. No vamos a descubrir nada nuevo si decimos que la consideración y valoración de lo otro, condición de la integración, pasa por la experiencia de la propia limitación, de la propia falta. Resulta un poco innecesario, en el medio en que nos movemos, recordar que esto tiene que ver con la posibilidad de asumir la falta. Y ciertamente, aquellos que no perciben carencia alguna en su corpus teórico y en su arsenal técnico, no van a sentir ninguna necesidad de integrarse a nadie.

Pero, si podemos reconocer eso, podremos tratar de encontrar precisamente en lo diferente alguna clave para encarar y comprender lo que con nuestras herramientas no nos es posible. Para ello es preciso no eludir la tensión con lo que lo diferente nos muestra. Tensión en el sentido en que la cuerda del arco mantiene la relación entre los extremos del mismo: una relación viva, dura, fuerte, que no evita la tirantez, pero que es potencialmente generadora de movimiento. Tensión entre el afán terapéutico y el no-deseo de curar. Entre mostrar empatía y evitar cualquier identificación imaginaria con el paciente. Entre escuchar lo que dice el paciente y prestar oídos a los sinsentidos de su decir. Entre establecer una fuerte relación terapéutica y procurar un progresivo borramiento de mí como persona. Entre percibir al paciente como un ser que sufre por su inconsciente y percibirlo como un ser responsable de su inconsciente.

Se puede pensar que todo esto es utópico. A mí no me lo parece. Conozco cada vez más gente que lo piensa y lo practica. Afortunadamente.

Por cierto, un número importante de los ejemplos que he ido seleccionando se refieren posiciones propias de analistas lacanianos. Se debe, por una parte, a mi indudable interés por sus aportaciones y, por otra, al hecho de que hoy es más patente en ellos que en otros grupos, su actitud “irreductible” y contraria a cualquier integración.
Eso no quiere decir que, en su día, los kleinianos por ejemplo, fueran menos espectacularmente excluyentes (la bibliografía da buenas muestras de ello) pero son situaciones que me han sido más lejanas o que me han importado menos.

Sea cual sea el viaje y el punto de partida de los importantes movimientos teóricos y de la confrontación entre paradigmas a que hacía alusión al comienzo, espero que determinadas aportaciones fundamentales para el psicoanálisis y para la psicoterapia (de las que algunas han sido mencionadas en este trabajo, y entre las que quiero destacar especialmente las lacanianas) permanezcan como contrapunto, como motivo de conflicto teórico, como polo de tensión que combata el autoconvencimiento y sean por el contrario motivo permanente de autocrítica y movimiento creador.

 

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