Terapia de grupo o terapia en grupo

Publicado en la revista nº010

Autor: López-Yarto, Luis

Probablemente conocéis la fábula chasídica que cuenta el célebre congreso de animales que se tuvo en la selva. En aquella convención a cada animal se le habían proporcionado cucharas para comer. Los manjares eran abundantes y el humor de excelente tomo. Pero las cucharas de aquel peculiar comedor, adaptado a los diversos géneros y especies, tenían una desmesurada longitud. Ninguno de aquellos animales era capaz de alimentarse a sí mismo, ya que los instrumentos, preparados quizá por el equipo de las jirafas, absurdamente superaban en longitud a los brazos. Los comensales comenzaban a sentir el hambre, cuando alguien sugirió la idea genial. Reunámonos por grupos, y que cada uno dé de comer al que tenga enfrente. Fue la gran solución. El grupo, finalmente, pudo traer a la ilustre convención un final feliz.


I. Primera pregunta: Una cosa tan compleja como un grupo, ¿puede servir para algo bueno?


 Debemos citar al comienzo el nombre de Le Bon. Este autor francés escribe su libro Psychologie des Foules (Psicología de las masas) en 1895. Pronto se hace popular en toda Europa. Pero resulta, sin lugar a dudas un libro demasiado pesimista. Por una parte, señala, vivir en grupo es algo connatural al hombre, sin lo que a éste le sería imposible sobrevivir. Pero por otra el grupo mutila, porque nos obliga a sacrificar mucho de nuestra autonomía y de nuestra individualidad.


La descripción que Le Bon hace del grupo y de su "mentalidad" se parece mucho a la que cabría formular de un niño o de un ser primitivo (¡o de una mujer!, como dirá Le Bon)1. Quizá incluso a la de un psicópata que no controla sus impulsos. Los grupos son ilógicos, intolerantes, rígidos, desinhibidos, y poseen una ilimitada capacidad de sometimiento.


Traigo aquí a Le Bon por dos razones: por ser él quien llama la atención con más fuerza sobre la existencia de fenómenos grupales, como el contagio emocional, y porque suscita una polémica (de la que el mismo Freud no se verá libre) sobre si la pertenencia a grupos es dañina o beneficiosa para la persona. Esta polémica a la larga ha resultado fecunda para los que nos dedicamos a la terapia de grupo, pues nos ha llevado a plantearnos si realmente un grupo puede ayudar a la maduración de las personas, y, en caso de una respuesta afirmativa, a indagar qué dimensiones grupales sean las más eficaces.


En 1920, McDougall es más comprensivo con el grupo. En realidad un grupo no es dañino ni beneficioso. Lo que sucede piensa él, es que hay dos "Psicologías de Grupo" diferentes. Aquella de la que había hablado Le Bon, y que define en realidad al grupo “desorganizado” (tremendamente nociva para el individuo y para su integridad psíquica), y otra distinta que definiría al grupo “organizado”. Para McDougall todos aquellos fenómenos que Le Bon llamaba de contagio emocional deben canalizarse para hacerse constructivos. Cuando se canaliza el contagio emocional, el grupo se convierte en positivo y constructivo. Pero para que esto suceda el grupo debe cumplir las siguientes condiciones:



     * Que exista continuidad de existencia en el tiempo

     * Que surja un sistema de relaciones interpersonales

     * Que se dé estimulación de rivalidades con otros grupos.

     * Que se desarrollen tradiciones comunes

     * Que se fomente la diferenciación y especialización de funciones

     * Y que exista alguna forma de liderazgo



Casi simultáneamente Freud está escribiendo su Gruppen psychologie und Ego Analyse (Psicología de las masas). En este libro habla de los elementos de cohesión de un grupo, para afirmar, como podríamos esperar, que el principal de ellos es la identificación con una persona central o focal. Lo que nosotros solemos llamar líder. En esencia, la vida de un grupo no es más que la historia de los impulsos eróticos que ligan a esas dos partes en relación: miembros y líder. Impulsos que, naturalmente, tienen como resultado tensiones y satisfacciones muy claras.


Al hablar de este poder integrador (y desintegrador) de lo que podríamos llamar libido grupal, es cuando Freud hace alguna de sus afirmaciones más trascendentales para lo que luego será la terapia de grupo. Señaló que allí donde se da un fuerte ímpetu hacia la cohesión grupal, se da a la vez una tendencia a la desaparición de las neurosis individuales. Él mismo observó que un grupo "bien organizado" era una protección eficaz contra las neurosis, y que un sujeto que se ve expulsado de un grupo, tiende a sustituir las formaciones grupales con formaciones neuróticas. Le hubiera bastado a Freud seguir hasta el final este razonamiento para haber elaborado un sistema de psicoterapia de grupo.


Queda ya solamente hacer alusión a una tercera idea base sobre la fuerza sanadora de un grupo. Viene de Kurt Lewin, el gestaltista alemán trasladado a Boston en los años treinta. El grupo, naturalmente es un todo, una Gestalt. Es verdad que el grupo es un campo de batalla, en el que el conflicto es inevitable, ya que los miembros que lo componen luchan por obtener y mantener su espacio vital. Pero en este campo de batalla cualquier movimiento de un miembro origina tensiones, necesidades y movimientos en los demás. Y cuando estas tensiones llegan a fluir de manera constructiva y organizada, el resultado es equilibrio y redondez, con el consiguiente resultado sanador para cada uno de los sujetos individuales.


Señalo, para acabar, algo que ya está apuntado, pero que puede ser la principal aportación de Lewin a la terapia grupal: El foco de atención, para todo aquel que quiera entender lo que en el grupo sucede, y convertir en constructiva su intervención, debe estar puesto en el aquí y ahora.


II. De cómo la psicología descubre al grupo como un lugar de terapia. Un poco de historia.


Pertenece ya a la jerga popular sobre la integración personal la expresión "trabajo con grupos". En realidad no es algo obvio, ni, durante muchos años, objeto de atención para aquellos profesionales que más se ocupan de la mejora general de la persona humana, el considerar que el grupo sea un lugar de terapia.


Las bases teóricas han sido puestas por los autores que acabamos de citar. Pero ninguno de ellos pasó en su día a la verdadera práctica de sanación que se puede llamar con derecho terapia. Queda ahora bajar a las concreciones.


a. La prehistoria. Quizá el más antiguo precedente de la terapia de grupo sea la apertura de la Hull House de Jane Adams, en los Estados Unidos, en 1889. Gran número de personas necesitaban ser realojadas, y esto llevaba consigo serios problemas de organización de la convivencia, de canalización de sus reivindicaciones, y de mejora de sus condiciones de vida. La Hull House intentó proporcionar, por medio del trabajo grupal, una cierta respuesta a estas demandas. Jane no estuvo sola. Organizaciones católicas y judías tomaron a fines del siglo pasado y principios del presente el mismo camino. Quizá sea este comienzo, tan orientado al bienestar social y a la mejora global de las condiciones de vida, el que ha hecho que el trabajo con grupos haya mantenido siempre, junto con su interés primordial por el bien de los miembros del grupo, un interés muy vivo también por la inserción en la sociedad en su sentido más amplio.

 


b. La etapa del sentido común. Se puede decir que la historia, en realidad, comienza en 1905. Un médico (el trabajo con grupos adquiere desde este momento el aire de "tratamiento") preocupado por aquellos pacientes pobres en recursos económicos, que no se pueden permitir un tratamiento hospitalario, decide organizar con ellos unos grupos de apoyo que les sirvan de ayuda y de instrucción acerca de la conducta a seguir hasta su curación. El médico se llamaba Joseph Hersey Pratt, de Boston Massachussets, y los enfermos eran tuberculosos. Los grupos que se formaron eran de unos 20 enfermos, y la actividad al comienzo se pareció mucho a una clase: Pratt instruía a los miembros de cada grupo sobre como alimentarse, como organizar su descanso y su trabajo, en el ambiente familiar que debían soportar, ya que no podían ser atendidos en el hospital. Pero pronto advirtió que, con el paso del tiempo, más importante que sus palabras era el clima que se creaba en el grupo mismo. Los miembros, notaba, eran, unos para otros, una poderosa arma de apoyo mutuo. Pratt observó que tenían un arma en sus manos que ningún hospital les podía proporcionar: la fuerza del vínculo común que les proporcionaba la enfermedad común a todos ellos.2


Fruto de un interés semejante por los enfermos sin recursos, otro médico, esta vez un psiquiatra, Edward W. Lazell, comenzó en 1918 a "tratar" a los soldados que volvían a Norteamérica de la Guerra Europea, aquejados de desórdenes psicóticos, en reuniones de grupo. De nuevo advierte que el grupo, cuando se le permite comunicarse en cierta libertad, aborda temas que tienen que ver con la situación global de la persona, y no se reduce a lo que toca al síntoma concreto que al comienzo trajo a cada persona a recibir tratamiento. Lazell, como Pratt, guiado de su buen sentido, insistía de forma inconsciente en la importancia que tiene para toda curación el recibir información adecuada, el recibir consejos sensatos, el verse apoyados por otras personas en situación semejante, y el que los pacientes se identificaran unos con otros de forma espontánea y cordial.


c. El influjo del psicoanálisis. La asociación libre se ha convertido, al filo de los años 30, en sinónimo de tratamiento ideal para la curación de problemas psicológicos. Lo elevado del coste del tratamiento psicoanalítico sugiere la reunión de grupos donde se puedan alcanzar parecidos resultados. Y de la confluencia de ambos elementos, asociación libre y reunión en grupo, va a nacer la primera versión de lo que será en adelante terapia de grupo.


Samuel Slavson suele ser citado como el fundador de esta nueva actividad. Quizá el haberse sometido a un psicoanálisis él mismo, y su actividad con niños durante tantos años, sean las causas de su descubrimiento. Slavson, trabajando con niños, organiza lo que al comienzo llamó Grupos de Terapia Activa, en los que el juego, y otras actividades, tenían tanta importancia como la palabra misma. Basta que sus niños crezcan, que cualquier actividad sea sustituida por la palabra, y habrá dado con un grupo que no solamente tiene libertad proyectiva de acción, sino verdadera libertad de asociación. Slavson practicaba, ya en los años treinta y cuarenta, una verdadera psicoterapia analítica en grupo.


Dentro de este capítulo de influjo del psicoanálisis hay que situar a dos psiquiatras bien conocidos, Alexander Wolf y Emmanuel Schwartz. El primero, a partir de 1938, se ha decidido a organizar grupos de 10 personas, diez mujeres y diez varones, que se someten a lo que, con toda propiedad, se puede llamar un análisis personal en grupo. El destinatario final de todo el proceso era cada uno de los participantes. La base teórica empleada era el mundo conceptual psicoanalítico, y su principal herramienta de trabajo la asociación libre y la interpretación del inconsciente personal.


La utilidad de este procedimiento era ante todo de economía de medios. Ya se había advertido, durante la Segunda Guerra Mundial, que las neurosis proliferan y que la atención a tantos pacientes era imposible si sólo se podía recurrir a la entrevista individual periódica como método de atención. Cuando Wolf comienza a dar formación en 1948 y en Nueva York a personas que aspiran a practicar ellas mismas la terapia grupal, encuentra discípulos aventajados que pronto van a continuar su obra. Uno de ellos es Schwartz. Con él escribirá al menos dos libros, en los que se habla, sintomáticamente, de "Psicoanálisis en grupos", y no de "Psicoterapia de grupo". Hasta ese punto lo individual era todavía el foco primordial.


¿Qué se suponía en estos momentos que era lo curativo de la situación grupal? Sin duda, como se ha dicho antes, la interpretación que se hacía al paciente de las resistencias que se iban reflejando en sus actitudes hacia el terapeuta y hacia los demás miembros del grupo, y de las huellas que el pasado infantil de relación con sus padres había dejado en su mundo de vivencias y de conducta. Podemos decir que solamente se introduce un elemento nuevo y exclusivo de la situación grupal en el conjunto de la teoría psicoanalítica tradicional. Es el concepto de transferencia múltiple, derivado de la presencia obvia de otras personas que no son el terapeuta mismo. Cada persona transfiere impulsos, sentimientos y fantasías a cada una de los otros miembros del grupo.


Ni una sola mención a lo que pudiera ser el grupo como una entidad de derecho propio. Sólo se habla de personas individuales.


d. Llega el influjo de la “dinámica del grupo”. Va a comenzar la batalla de los grupalistas frente a los individualistas. De los partidarios del análisis individual en grupo, frente a los partidarios de la terapia de grupo. Nombres tan bien conocidos como Foulkes, Bion, o Ezriel, todos ellos ingleses, reniegan en cierto modo de sus orígenes psicoanalíticos. Reivindican para el grupo un mayor protagonismo. Porque es el grupo como totalidad el que cura, no la mera relación transferencial con varias personas individuales a la vez. Por primera vez la Psicología Clínica va a tomar en consideración a aquella rama de la psicología que ha tratado al grupo como una realidad sui generis y una posible unidad de análisis: la psicología social.


El gran maestro que encuentran estos autores a la hora de hallar un mundo de conceptos y de instrumentos que les sirvan de marco referencial para organizar su trabajo es el psicólogo alemán Kurt Lewin, ya fallecido aún joven en el exilio norteamericano, en Febrero de 1947. La teoría del campo de Lewin va a servir durante muchos años, (y hasta la actualidad) como un buen sustituto de la Teoría de Sistemas, que aún no había conocido su total desarrollo. Lewin es un hombre de formación Gestáltica, y muy hecho a considerar la totalidad como más importante que la suma de las partes. Por tanto más atento al tema común del grupo, a la tensión global que en él se desarrolla, que a la patología o sintomatología personal de cada uno de los miembros. Lo que cura, podríamos decir, no es la sabia interpretación de la dinámica personal de cada individuo, sino la prudente y sabia guía que hace el terapeuta de los procesos grupales.


Era verdad que el mismo concepto de "grupo como totalidad", con vida propia y propia dinámica, no era fácil de aceptar para muchas personas. Para unos simplemente porque, muy comprensiblemente, encuentran más obvio que se le reconozca autonomía e individualidad a una entidad con base tan física como es la del ser humano. Para otros, porque ya el hablar de "grupo como totalidad" como algo que supera al individuo, y en el que éste se ve inmerso, tiene connotaciones terriblemente amenazantes, totalitarias, por no decir fascistas.3 Pero ha tenido lugar un importante paso adelante, y la Psicología no puede ya evitar ocuparse de los procesos grupales. Todo terapeuta va a saber, en adelante, que si logra hacer intervenciones que mantengan en el grupo el conveniente equilibrio entre las tensiones y las resistencias grupales, y que animen a todos a expresarse con libertad, sin excesiva ansiedad ni sentimientos de amenaza, se va a producir un proceso de profundo poder integrador.


e. La corriente existencial-experiencial. Probablemente no hay en estos momentos una orientación más difundida entre los que trabajan con grupos como la que mencionamos a continuación. Le hemos dado este nombre porque podemos considerar que tiene su origen en la psiquiatría y psicopatología existencial que iniciaron en Alemania Ludwig Binswanger y Medard Boss. Si bien es verdad que al ser retomada en Estados Unidos por autores como Rollo May o Carl Rogers bien podría llamarse corriente humanista.


No se puede negar a esta corriente un origen psicoanalítico. Pero hace una aportación claramente nueva. Al considerar que el paciente tiene un mundo de experiencias absolutamente irreductible, al que solamente él tiene verdadero y auténtico acceso, modifica radicalmente el carácter de la relación paciente/terapeuta. Cualquier intervención que convierta al terapeuta en un técnico sabedor de las últimas claves de lo que al paciente le pasa, parte de una falsedad de fondo. Nadie, si no es el paciente mismo, es ese experto sabedor de lo que realmente él mismo está experimentando.


Pero esto introduce en la relación terapeuta paciente un fuerte clima igualitario. Clima que no solamente autoriza al terapeuta a mostrarse más abierto, y a relacionarse de una manera más intensamente emocional. Sino que convierte a la misma relación Yo - Tú4 que entre ellos debe darse, en el encuentro sanador por excelencia.


La palabra encuentro es clave para expresar y comprender el elemento sanador del grupo. Rogers la empleó matizada con el adjetivo intenso. El objetivo no es ya analizar los mecanismos inconscientes en una situación de transferencia múltiple, ni conducir los procesos grupales. El objetivo es procurar a los participantes en el grupo intensas experiencias de encuentro consigo mismos y con los demás.


Una experiencia de este tipo no cree que el éxito terapéutico tenga lugar cuando se aprendan determinadas habilidades sociales que le serán útiles en la vida, ni cuando cada persona obtenga insights lúcidos que desvelen sus conflictos inconscientes. Exito se dará cuando cada uno de los miembros, en el ámbito resonador y facilitador del grupo, obtenga experiencias intensas de hondo valor catártico. No importa tanto la transferencia de lo así obtenido a la realidad exterior al grupo. La experiencia de encuentro tiene ya valor en si misma, y hace a la persona más auténtica (le ayuda a "ser más"5).


Antes de cerrar este apartado en que pretendemos señalar someramente los hitos de la historia de la terapia de grupos, debemos justificar por qué no hemos mencionado a J.L. Moreno, el fundador del Psicodrama de forma germinal ya en 1910, el primero que ¡en 1932! acuñó el término "psicoterapia de grupo". Una es la exclusividad del grupo fundado por Moreno, que quizá ha reducido su expansión. La segunda, más cierta, es nuestro deseo de subsumir las principales razones sanadoras de Moreno dentro de lo que hemos llamado corriente existencial experiencial. Identificación, catarsis, acción, son conceptos que escuelas más modernas han recibido (en mayor medida de lo que ellas mismas creen) del influjo de este autor.


III. Pero, ¿Por qué sana un grupo?


Llegados a este punto conviene formular ya algunas conclusiones más operativas acerca de lo que se espera del encabezamiento de estas palabras. ¿Pero, a fin de cuentas, por qué decimos que un grupo es un factor de curación? ¿Por qué sana un grupo? Sabemos ya que al hablar de grupo, si no queremos contradecirnos, y hallar a la postre que estamos manejando una realidad regresiva y destructiva, debemos referirnos a un grupo estructurado, a cuyo frente hay un líder, moderador, facilitador o terapeuta, cuya presencia es fundamental, y que camina hacia unos objetivos de cambio que conoce y favorece. Es verdad que el estilo de este líder puede ser muy variado, y exigimos que sus intervenciones vengan dictadas por una concepción coherente de lo que quiere decir ser persona humana, y de lo que quiere decir establecer relación interpersonal.


Vamos a recorrer sencillamente algunos aspectos concretos: los que tratamos con grupos necesitamos vivamente saber qué es lo que estamos haciendo para decidir de forma racional cómo vamos a intervenir en un momento dado, sin dejarnos llevar por el azar o por la emoción del momento.


Irwing D. Yalom6 puede servirnos de guía con algunas de sus indicaciones acerca de qué es lo que sana a un grupo.


1. El grupo hace presente de forma viva y actual al grupo familiar primario en el que tantas de nuestras maneras de sentir, pensar y actuar cobraron forma.


Los manuales de terapia grupal hablan sin excepción de la transferencia múltiple. Es difícil ponderar exageradamente lo intenso de los sentimientos que se desarrollan en nosotros cuando entramos a formar parte de un grupo. Se puede decir que en tal situación reviven sutilmente muchas de las emociones que tenían lugar en nuestro interior en los primeros años de nuestra vida. Y con esas emociones, han perdurado muchos de los procesos que originan nuestro malestar, y que surgen potentes n la situación de grupo.

 









Algunas aportaciones de Melanie Klein:
    1. La transferencia (múltiple en este caso), hace que toda relación contenga rasgos infantiles, como gran dependencia, necesidad de ser guiado, desconfianza irracional.

    2. Ansiedad de persecución es uno de los rasgos infantiles: cualquier malestar se ve como procedente de fuerzas hostiles exteriores (también el bienestar viene de “fuerzas buenas”). Los impulsos destructivos propios despiertan ansiedad de persecución.


    3. Introyección y Proyección: en la edad adulta el juicio acerca del mundo exterior, nunca quedará libre del influjo del mundo interior. Introducir claridad en este mundo es tarea primordial del Grupo de terapia.


    4. Objetos internos: Siempre se dan “fantasías inconscientes”, que son las representaciones del instinto, y que acaban por conformar un mundo interior muy influyente en la vida mental de la persona (la madre que ama, cuida, alimenta, es el primer objeto interno; siempre que la ansiedad de persecución no sea demasiado grande).


    5. La Proyección permite la Empatía: a no ser que sea muy hostil, y entonces la estorba. Una dosis de envidia acompaña siempre al hecho de recibir: el otro tiene algo que dar, 

    pero puede guardárselo para sí: los silencios contienen envidias en este sentido.





Grupo y Madre no son relaciones ajenas desde el punto de vista emocional. En ambas situaciones (Grupo - Madre) está presente la lucha entre dos polos: el polo de buscar compañía, fundirse con un Otro que da calor y ayuda, evitar la soledad, y el polo de quedarse aislado, separado y desprotegido. En las dos situaciones se viven experiencias de satisfacción y experiencias de frustración (recibo atención, escucha... pero, o no me comprenden del todo, o me asfixian y no me dejan la autonomía que yo desearía).


El Grupo, como la Madre, nos hace sentir poderosamente ambivalentes: ¿No nos recuerdan a nuestra niñez, no nos parecen infantiles, muchas de nuestras reacciones grupales en las que sentimos odio y amor a la vez, en las que ponemos en marcha mecanismos de defensa tan primitivos como la división de lo bueno y lo malo, y en las que nos identificamos proyectivamente?7


En segundo lugar, en el grupo se viven poderosamente sentimientos que tienen que ver con la antigua relación Hijo-Padre. Estar en un grupo siempre es ver como se despiertan en nosotros las viejas tensiones entre la rebeldía y el sometimiento frente al depositario de la autoridad. Tensiones que dan lugar, de forma muy viva, a vivencias de rivalidad entre hermanos/iguales.


Efectivamente, un grupo da siempre origen a una red implícita de identificaciones, que va creando la Gestalt del grupo, la mentalidad grupal. El resultado de esta mentalidad grupal, es que cada uno de los miembros del grupo siente cómo tiene a su disposición un canal afectivo y simbólico que le permite la expresión de lo más profundo y primitivo de sí mismo. Un clima en el que le es posible a cada uno asumir roles, establecer relaciones que canalicen tanto la agresión como el afecto. El grupo en la edad adulta, como lo fue la familia en los primeros años de la vida, facilita medios inapreciables para la madurez.


Y esa es la primera y gran razón por la que un grupo sana. Porque permite elaborar (es decir, experimentar de forma repetida y cada vez más adaptada), las emociones, las ansiedades y los conflictos originarios de la vida humana.


2. El grupo crea un espacio vital en el que es posible aprender de forma privilegiada.


Aprendizaje y cambio siempre han estado peleando por ser objetivos alternativos de todo grupo8. Pero, ¿se puede pensar en un cambio personal, más o menos profundo, que no incluya, al menos, el aprendizaje de formas de comunicación, de nuevas formas de sentir y de pensar? Y, planteándolo de forma inversa, ¿podemos imaginar un aprendizaje cualquiera excluyendo que dé como fruto pequeños o grandes cambios personales?


Los terapeutas individuales (no conductuales) se ven casi siempre voluntariamente maniatados, cuando intentan proporcionar a sus pacientes datos que les supongan un aprendizaje. No solamente eso, sino que casi todos ellos se ven obligados a renunciar al consejo como arma terapéutica, desde que han aceptado con gusto que es el paciente el que debe tomar la iniciativa, y conocen la sensibilidad extrema que tiene a injerencias en su terreno por parte de cualquier terapeuta demasiado ansioso por adelantar soluciones.


Un terapeuta individual ha de proteger su rol sin proporcionar a la persona a la que quiere ayudar ninguna experiencia nebulosa acerca de quién es cada uno en esta relación, o acerca de lo que se pretende en la relación misma. Esto le impide impartir conocimientos teóricos que en hipótesis podrían ser útiles. Los miembros de un grupo, sin embargo, pueden permitirse "explicar" en qué consiste eso de estar mal, cuáles son los pasos que han ayudado a cada uno, y lo que conviene hacer en este caso particular, desde un plano de igualdad altamente terapéutico y no comprometedor para el proceso.


A numerosas personas les es necesario el hecho de aprender cognitivamente sobre el funcionamiento psíquico. Naturalmente se trata de un aprendizaje implícito, y por eso terapéuticamente eficaz y menos defensivo.


La situación de igualdad que se establece entre los miembros del grupo hace que muchos consejos directos se den y se reciban sin que el terapeuta abandone su rol. Por otra parte una actividad tan estructurada como es el consejo, ayuda a que aparezcan patologías ocultas, como sería, por ejemplo, la del rechazador de todo consejo. O el mecanismo de negación.


Junto al intercambio de datos, propio de toda interacción, y al consejo, existe en el grupo un aprendizaje sanador de suma importancia que es el aprendizaje de imitación. Es verdad que sería ingenuo pensar que no se da conducta imitativa en la relación de ayuda individual. Todo psicólogo que se ha formado él mismo en una relación de ayuda, sabe por experiencia propia hasta qué punto se sorprende más tarde repitiendo intervenciones, modos de hacer y de pensar de aquella persona que una vez le ayudó a él. Pero en el grupo la situación es, a este respecto, enormemente más explícita y más rica. Los participantes cuentan con una variedad grande de conductas que pueden imitar y "ensayar". De ellas unas serán abandonadas más tarde, otras serán modificadas. Todas ellas pertenecerán, como ensayos válidos, al proceso de crecimiento.


No olvidemos que es A. Bandura, obviamente, el que ha tratado pacientes mostrando en su presencia, por ejemplo, como se aborda una fobia. Y lo ha logrado con éxito. El grupo no provoca conscientemente la conducta imitativa. Pero su posibilidad se da y es importante.


Somos conscientes de la dificultad que entraña el entender correctamente la palabra "aprender" en este contexto. El trabajo con grupos, que se viene llamando dinámica de grupos, nació precisamente como una forma de aprender en la que este término pasaba a querer decir algo más cercano a intuir, a vivenciar, a captar de forma inmediata y sin mucho razonamiento, pero con una luz especial. Es decir, a simbolizar adecuadamente un conocimiento penetrando todo su sentido, de forma emocional y lúcida al mismo tiempo. Algo que solamente se puede dar por medio de la experiencia y que difícilmente se da cuando transmitimos conocimientos teóricos desnudos. Aprender en este contexto es equivalente a cambiar, a crecer, o a madurar. A sanar.


3. El grupo es un lugar privilegiado en el que se pueden lograr experiencias de especial calidad en el contacto cercano con los demás, que son, por su misma naturaleza, experiencias de maduración.


La sugerencia de Maslow, de que solamente las experiencias culminantes (peak experiences) nos pueden conducir a esa unificación personal que nos convierte en personas conseguidas y totales, en comunión nosotros mismos, con los demás y con el mundo, hizo nacer, en los años sesenta, numerosos movimientos que se lanzaron a la búsqueda de oportunidades de experimentar. La droga, la carretera, la vida sin estructura, se convirtieron en tópicos y a la vez en símbolos de una búsqueda. El grupo, dentro de este ambiente, se ofreció como una oportunidad más, y sin los peligros de las demás, de lograr experiencias intensas, vivencias totalizadoras y auténticas, y, en una palabra, plenitud personal. Al cabo de los años se repetía la oferta tan temprana del inventor del Psicodrama: sucedía por fin a nivel social la "invitación a un encuentro"9.


La realidad es que en el grupo el otro se convierte en un alter que me altera con su presencia. Aparece como alguien distinto de mí, pero a la vez tan semejante y tan cercano a mí como para que la comparación conmigo sea posible. Pone ante mí la realidad de que se puede ser persona de otra manera a cómo yo lo soy. Me encuentro con él y a la vez me encuentro conmigo. "Dicen que el hombre no es hombre / hasta que no oye su nombre / de labios de una mujer, / puede ser" decía intuitivamente Machado.


El grupo es el lugar de los otros. Ellos, como el coro griego, abren ante mí un horizonte de emociones. En ellos los sentimientos resuenan, se amplifican, cobran una extraña realidad. El fenómeno de la empatía se multiplica como en una situación de vértigo, haciéndose más real y más pregnante. Moreno usaba bellas palabras para expresar esa experiencia indefinible que proporciona el grupo: "Y cuando estés cerca yo tomaré tus ojos y los pondré en el lugar de los míos, y tú tomarás mis ojos y los pondrás en el lugar de los tuyos. Y entonces yo te miraré a ti con tus ojos y tú a mi con los míos"10. El encuentro realiza frecuentemente el paradigma de la situación empática sanadora.


En palabras de Yalom, en el lugar citado más arriba, la gran experiencia que los grupos proporcionan es el sentimiento de curación. El grupo es un lugar privilegiado en el que se puede tener la experiencia de que algunos miembros han mejorado ya, y otros están en trance de hacerlo en presencia de todos los demás participantes. El mensaje es claro: Es posible sanar. Y la consiguiente movilización de energía puede llegar a ser arrolladora. Claro que esto nos debe hacer pensar que no todos los grupos son igualmente sanadores. No lo son. Grupos con larga historia, y por tanto con larga memoria de sujetos que cambiaron para mejor, son una poderosa arma en manos de un terapeuta avezado. Tengamos en cuenta que muchas técnicas grupales que se emplean comúnmente dan enorme importancia a este factor. Citemos sin entrar en más detalles los grupos de alcohólicos anónimos, o algunos grupos de recuperación de drogodependientes, en los que la presencia de ex-alcohólicos, o de ex-drogodependientes es un elemento terapéutico básico.


4. El grupo crea referencias más universales.


Un sentimiento iatrogénico es el de unicidad en los problemas personales. Frecuentemente encontramos en la práctica clínica que los problemas psíquicos se agrandan y generan defensas a partir de la sensación del paciente de que lo que a él le pasa no le pasa a nadie más.


 El grupo quita sentido de unicidad, lo desconfirma. Frecuentemente problemas muy profundos (experiencias de incesto, etc.) se perciben en el grupo como sucesos de la propia historia que al ser habladas entran en relación con "lo universal" del grupo. En la particular asociación libre que se da en el grupo, alcanzan paradójicamente una nueva facilidad de verbalización aquellos "secretos" tenidos por innombrables.


Las técnicas del secreto anónimo han venido a revelar tres contenidos como principales "secretos" que bloquean campos enteros de la actividad psíquica de las personas:



    * sentimientos de inadecuación.

    * Alienación personal.

    * Cuestiones de sexo - identidad sexual - homosexualidad.



Precisamente estas áreas de contenido psíquico sos algunas de las que reciben del grupo mayor facilitación a la hora de ser verbalizadas. Con mucha frecuencia el grupo asocia situaciones de contenido semejante o diverso, en las que el núcleo es cualitativamente el mismo,. y que diluyen la angustia de la irrepetibilidad. Por una vez ensayar formas de abordar lo inabordable parece ser posible.


5. El grupo proporciona la ocasión para lograr identificaciones positivas.


Frecuentemente la neurosis ha generado o tiene en su origen identificaciones falsas que mantienen a los sujetos en un inmovilismo enfermo. El grupo invita a un tipo de acción (no estamos aquí sugiriendo que el grupo provoque mecanismos defensivos de acting out) en el que es posible que se generen identificaciones positivas. La situación grupal permite que cada uno de los sujetos sea a la vez paciente y agente terapéutico. En el régimen de igualdad que impera en un grupo todos están tácitamente invitados a dar a la vez que a recibir ayuda, y por tanto a adoptar el papel de ayudador, de madre protectora, o de apoyo en la desgracia, según otros miembros del grupo, a juicio de cada uno, lo va necesitando. Con lo cual todos tienen la oportunidad de identificarse con figuras positivas de manera más real de lo que permitiría ninguna relación individual de ayuda.


Cuando se está mal, es creencia común, ayudar es la única salida para romper el círculo infernal de la enfermedad.


6. El moderador del grupo como elemento de curación: De la intervención “individual”, a la intervención “grupal”.


La historia de los últimos años ha ido matizando el papel que aquel que está al frente de un grupo desempeña en el buen funcionamiento de éste. Siempre se trata de un papel decisivo como elemento de impulso a la maduración y al crecimiento. El gran elemento sanador de un grupo es la persona focal de su terapeuta.


Los años treinta y cuarenta supusieron el primer florecimiento de la terapia de grupo. El terapeuta, bajo la influencia todopoderosa de la de la terapia individual, pasa a desempeñar el papel de controlador de un proceso conocido.

El hecho de realizar en grupo lo que, de suyo, puede ser realizado cómodamente en una situación individual, además de suponer un ahorro notable de tiempo y energías, permite realizar la labor de terapia en un clima propicio.

Así el terapeuta es el creador de un clima de confianza no amenazadora: Protege al grupo de su propia irracionalidad, e incluso puede permitirse proteger a un miembro que está recibiendo un feedback poco adecuado o excesivo.

Mantiene la atención fija en los datos de cada una de las personas que suceden en el presente del grupo, procurando a la vez que sea el grupo, y no él mismo, quien genere esos datos, logrando así transmitir una postura clarificadora sumamente eficaz.


Los instrumentos conceptuales no han variado enormemente, si pensamos en la terapia individual. Las dificultades que se encuentran, con sus matices, son también las esperadas:

 










     

    Asociación libre: La “free floating discussion” es su equivalente.

    La Resistencia: Existe, pero los otros miembros “reaccionan ante las defensas y ayudan a su desmontaje”.


    La transferencia: Existe, pero en el grupo es múltiple. Y cambiante.


    La contratransferencia: Es más difícil de controlar. Hay mucha tensión emocional para el terapeuta. Especial peligro de abuso de poder.


    El acting out: Existe más actuación. A veces no es fácil mantener los límites claros.





Se puede decir que la relación creada en el grupo es una relación “en abanico”. Cada uno de los pacientes se relaciona principalmente con el centro evidente que es el terapeuta, y bajo su mirada permite que le afecten las presencias ajenas que le rodean, y así hagan más patentes las conductas conflictivas o constructivas.


Los años cincuenta suponen el descubrimiento de la interpretación directa, y de la relación con el grupo como con un todo. El terapeuta asciende a un silencio más suscitador de fantasías colectivas que creador de clima benévolo que disminuya las defensas. La eficacia del terapeuta, al asimilar la noción de emociones grupales, y la teoría de los objetos internos, se amplía con nuevos aspectos:


Al cohibir su espontaneidad exterior, al no interpelar directamente a las personas o a las relaciones que éstas mantienen entre sí, sino a las fantasías colectivas del grupo, ve aumentar su poder simbólico hasta cotas inimaginables. Así hace vivir al grupo el problema fundamental del poder.


Con su ambigüedad como rol de referencia, suscita que cada paciente proyecte en él vivencias muy primitivas, que podrán ser luego interpretadas. La interpretación es un arma de gran potencia, especialmente si se dirige a emociones y procesos grupales, a los conflictos más focales de esta pequeña colectividad que representa la vida en el mundo real.


Desde la neutralidad de su papel, es el gran transmisor de implacable honestidad a la hora de afrontar los procesos del grupo. Él es el responsable de que los miembros del grupos vayan distinguiendo lo que realmente viene de afuera de lo que es producto de sus “objetos internos” en las vivencias que aportan. Él pone de relieve que el material que debe ser elaborado no es sólo el que aporta la memoria, sino el que se está produciendo “aquí y ahora” en la situación de grupo. Sobre ese material se puede trabajar útilmente, porque es un material maleable, no endurecido por el paso del tiempo.

 









El terapeuta se relaciona con el grupo a un nivel manifiesto, y en él transmite sobre todo que “En este grupo“ se pueden expresar hasta los sentimientos más intensos, y de cualquier tipo”. 

A un nivel más latente se relaciona con los estratos más infantiles (más regresivos) de los miembros del grupo. Estos le perciben como un ser omnipotente, paternal, del cual sería muy placentero depender. Y a la vez como alguien de quien hay que defenderse para ser uno mismo (como en la vida).


Pero más que nada "Proporciona experiencias al grupo". (No es frecuente que haga interpretaciones del nivel infantil). Tiene, obviamente, más fe en lo vivido que en la interpretado.




7. La evolución es crucial. Es la evolución que va desde hacer terapia individual en grupo, a realizar terapia de grupo. Las publicaciones que encontramos en los últimos años ofrecen modalidades de muy diversos tipos para la terapia en situación grupal. Pero todas ellas se han visto afectadas por este movimiento pendular de lo individual a lo grupal.


Bien es verdad que el que se dedica a esta actividad de forma regular, conoce bien cuáles son las tentaciones del terapeuta: Sometido a la mirada directa de ¿siete?, ¿ocho?, pares de ojos, soporta la tensión de una intensa vivencia que le toma a él por pantalla de proyecciones, que deposita en él la electrizante responsabilidad de contactar con lo común, lo focal. Ese terapeuta siente una y otra vez la llamada a la omnipotencia gratificante a corto plazo, de la interpretación individual, o a la acogedora situación del que suscita y acaricia la confidencia personal.


Un terapeuta normal conoce hasta qué punto es fácil recurrir a estereotipos aclaradores, siempre tan bien recibidos por los pacientes, que desean conocerse. Es fácil, y confortable, porque evita así la intensidad dolorosa, casi de trance, que se vive cuando un grupo afronta en el momento presente, y no en la narración, los grandes conflictos de la afectividad humana..


IV. A modo de conclusión.


Más de un paciente ha llegado a mi consulta remitido por otro colega que le recomienda terapia de grupo. “He trabajado ya mis problemas durante años con él, o ella”, me suele decir, “pero ahora debo atender a mis dificultades de relación con los demás”. Algunos de nuestros colegas no alcanzan a ver el potencial curativo real de un grupo de terapia, y piensan que es sencillamente una escuela de comunicación.


Otros pacientes llegan hasta mí por su propio pie. “Últimamente, me dicen, estoy muy apurado de dinero. Lo que me puedo permitir es un grupo, y dejo para más adelante (para cuando pueda costeármela) entrar en una terapia individual”. Algunos de nuestro pacientes, y es comprensible, confunden la terapia de grupo con la terapia individual en situación grupal.


Quizá vivirnos en verdadera “Asociación” – como tal estamos aquí presentes - nos proporcione experiencias de grupo ricas y densas. Esas experiencias tan constructivas, de madurar humana y científicamente a la vez que nos relacionamos, pueden ser experiencias grupales que nos hagan también más sanos. Experiencias que superan en muchos codos al puro placer de estar juntos.

 


Notas del autor

1. Así se pronuncia Le Bon, G., en Psicología de las Masas, Morata, Madrid 1983, 37.



2. Spotnitz, H., 1961, The couch and the circle, New York: Knopf, pg. 29.



3. Denes-Radomisli, M., 1971. Gestalt therapy: sense in sensitivity, 1971. Documento no publicado. Adelphi University Postdoctoral Program in Psychotherapy.



4. Recordemos que, según algunas estadísticas, el autor más citado por los psicólogos humanistas no es otro psicólogo, sino el pensador alemán Martin Buber, a través de su librito Yo y Tú. Sintomática realidad.



5. No olvidar que el libro de cabecera para muchos de los autores que estamos tratando es el conocido volumen de A. Maslow cuyo título en inglés es tan significativamente Towards a Psychology of Being.



6. Yalom, I.D., 1985, The Theory and Technique of group psychotherapy (3rd. Ed.), New York: Basic Books.



7. Es interesante la exposición de Wells, L.,The Groups-as-whole perspective and its theoretical roots, en Arthur D. Colman y Marvin H. Geller, 1985, Group Relations Reader 2, Washington: A.K. Rice Series



8. Ver a este propósito Singer, D.L. et al., Boundary Management in Psychological Work with Groups, en Lawrence, W.G., Ed., 1979, Exploring Individual and Organizational Boundaries, Londres: Wiley.



9. Jacob Levi Moreno escribía en Viena, en su conocida obra Einladung zu einer Begegnung (Invitación a un encuentro) en 1914,.



10. La cita está tomada de Johnson, P., Psychology of Religion, N.Y., 1959.








*Comunicación presentada en las Jornadas de la “Asociación Laureano Cuesta”, Madrid 2002.

 

Sponsored Links : Shoppers Drug Mart Flyer, Best Buy Flyer, Safeway Flyer, Lidl Prospekt, Media-Markt Prospekt