Comentario a la presentación de Donna Orange. Congreso Internacional sobre la Verguenza. Febrero, 2005.

Publicado en la revista nº020

Autor: Velasco, Rosa

 

 “Yo sé que existo


porque tú me imaginas.


Soy alto porque tú me crees


alto, y limpio porque tú me miras


con buenos ojos,


con mirada limpia.


Tu pensamiento me hace


inteligente, y en tu sencilla


ternura, yo soy también sencillo


y bondadoso...”


Ángel González


¿Quién le dijo al “patito feo” que él era feo? Su verdadero trauma fue sentirse distinto de los demás al verse reflejado en el agua.


Profundizar en el estudio de la vergüenza nos va a servir hoy para comprender el problema que se plantea en este conocido cuento infantil, es decir: ¿quién soy yo? ¿Cómo me ven los demás y cómo me veo yo a mí mismo?


Martina me explica una experiencia de su psicoterapia infantil: después de haber visto en un parque a mi psicoterapeuta jugando con el que podía ser su hijo, fui a tratamiento un par de veces y luego ya no volví nunca más. Entonces  pensé de mí misma que deseaba ser la única”. 


Esta experiencia devaluó una vez más su sentimiento de sí: “soy una celosa y una egoísta”. Ella sintió tanta vergüenza que no pudo explicárselo a nadie (ni a su terapeuta ni a su madre). Os pido que retengáis esta breve historia de la pequeña Martina, una niña de diez años,  porque después la vamos a retomar.


Desde hace tiempo, el sentimiento de vergüenza viene siendo para mí uno de mis centros de interés en el trabajo cotidiano con mis pacientes (El sentiment de vergonya, 1999. El sentimiento de sí y el afecto de vergüenza, 2002). Cuando escribí estos artículos no me podía imaginar que hoy estaría aquí con mis colegas italianos junto a  Andrew Morrison y a Donna Orange estudiando “la vergüenza”. A Morrison lo he considerado un experto en este tema, lo he estudiado. Hoy me  siento afortunada al conocerle en persona y estar estudiando junto a él mi tema favorito. Quiero agradecerle a Cristina Bonnuci y al grupo italiano el que hayáis convencido a Donna para que escribiera sobre vergüenza. Es difícil encontrar a alguien más representativa del psicoanálisis contemporáneo y mejor preparada que ella, creo que ¡es imposible! En Barcelona, comento con los estudiantes los trabajos de Donna, especialmente su libro La comprensión emocional, ella nos ayuda a reformular conceptos psicoanalíticos que han quedado anticuados, uno de mis preferidos es la definición que Donna hace del concepto freudiano “constancia de objeto”, Donna lo explica sencilla y llanamente como “el sentimiento de existir en continuidad para alguien”, increíblemente claro ¿verdad? Hoy me siento “existiendo en continuidad” para G. Nebbiosi, S. Federicci, N. Ciccone, C. Bonnuci y todos los que pensasteis que podría ser yo la comentarista del trabajo de Donna.  Así que, como podéis suponer, estoy emocionada de encontrarme ahora aquí en Roma con todos vosotros, me gustaría poder expresarme en italiano, me consuela pensar que nuestra lengua tiene una raíz común y confío que mi español se pueda escuchar tan familiar como me suena a mí vuestro italiano. En el contexto de hoy, es decir el estudio y la comprensión de “la vergüenza”, cuento desde ahora mismo con la mutua aceptación de nuestras diferencias.

Para referirme a la vergüenza yo utilizo indistintamente el término afecto o sentimiento, aunque Donna prefiere “sentimiento” porque, al igual que los teóricos de la intersubjetividad (Stolorow, Atwood y ella misma), concibe el mundo emocional como el resultado de mundos de experiencia relacional, y “emociones” o “sentimientos” son palabras que implícitamente contienen la idea de que se generan intersubjetivamente. Donna dice “Mi tesis principal es que la vergüenza en el sistema analítico no pertenece al paciente o al analista sino que es intersubjetivamente generada, mantenida, exacerbada, y esperemos, que mitigada dentro del sistema relacional”. Yo estoy de acuerdo, pero me gustaría añadir que si nuestra forma de ser resulta de un propio y diferenciado bagaje experiencial, siempre que iniciamos una nueva relación (por ejemplo el sistema analítico) existe una memoria emocional, es decir “afectos” que se expresarán manifiestamente o inconscientemente en la nueva relación. Si en la habitación del análisis el oxígeno que se respira (dice Orange citando a Jacobs) es la vergüenza, nuestro centro de interés como terapeutas es el de pensar en los contextos en donde se genera: el nuevo sistema relacional (analítico) y los sistemas que le han precedido.


Estoy muy de acuerdo con Donna cuando dice que un verdadero antídoto de la vergüenza es la aceptación que el paciente experimenta cuando lo consideramos valioso al interesarnos por su biografía, rastreando juntos (analista y analizado) aquellas experiencias emocionales que no pudieron ser pensadas hasta ahora. Hablar de vergüenza significa que estamos en la “habitación de lo íntimo” (De Juan, 1999) y la habitación del análisis es un espacio adecuado para tratar de aquellas intimidades que van con uno, que forman nuestra particular forma de ser. A mí me gusta relacionar vergüenza e iniciativa, pensando en el sentimiento de vergüenza como la emoción que podemos sentir cuando nos atrevemos a expresarnos con libertad y autenticidad. A veces el miedo a decepcionar no permite que salga la autenticidad. El paciente no está seguro de cómo le vamos a responder si es realmente auténtico, en esos momentos si consigue tolerar la vivencia de vulnerabilidad que surge cuando se atreve a ser él mismo, se experiencia la  vergüenza. Es la vergüenza que está ligada a la iniciativa. Podremos entonces investigar el bloqueo de la iniciativa a través de la experiencia de vergüenza. Por lo tanto no concibo posible ningún tratamiento psicoanalítico en el que no esté presente la vergüenza. Dependiendo de la habilidad de cada pareja paciente-terapeuta se va creando un clima adecuado en el que se van dando sucesivos “atrevimientos” (iniciativas) que pueden generar vergüenza y que la nueva experiencia del análisis transforma (lo sentido desde siempre  como un defecto propio se puede sentir como algo valioso a tener en cuenta ahora). Tal como dice Donna, pensaremos en la vergüenza como un “invitado esperado”, no como un defecto de la persona a resolver o a curar. Un invitado esperado que recibirán juntos, analizado y analista, en la medida en que los dos componentes del sistema relacional puedan ser ellos mismos. Es útil diferenciar el momento de vergüenza experienciado en la sesión de los mundos de vergüenza que lo han podido originar (el substrato de vergüenza como nos dice Orange). La vivencia que se abre a la relación a través de la vergüenza tiene valor terapéutico, a diferencia de que el paciente y el analista se retraigan el uno al otro evitando este momento, o se culpen el uno al otro por una vergüenza no identificada y reconocida insuficientemente en ese momento.


Voy a explicar con un ejemplo la diferencia entre momento de vergüenza experienciado en el tratamiento y substrato de vergüenza que devalúa el sentimiento de sí. También mostraré cómo considerar la vergüenza “un invitado esperado” fue desde un inicio una buena herramienta terapéutica. Se trata de Katy, una niña de 12 años que siguió tratamiento conmigo durante 6 años. A Katy la trajeron sus padres a mi consulta después de dos meses del inicio de su alopecia decalvante. Katy en ese tiempo había perdido totalmente su pelo y su vello corporal. La ausencia de pestañas y cejas acentuaban enormemente una mirada triste en una niña extremadamente avergonzada (la pubertad es fisiológicamente “la etapa de las vergüenzas”, ya que en esa etapa el chico y la chica se van diferenciando físicamente y emocionalmente de los otros de una manera mucho más consciente y evidente, tanto para uno mismo como para los demás). Cuando conocí a Katy usaba peluca para tapar la ausencia de pelo y poder ir un poco más tranquila al colegio. Un “momento de vergüenza” por los que atravesó este tratamiento fue cuando ella se quitó la peluca porque su pelo crecía  y si no respiraba se podía acabar pudriendo debajo de ella. Katy estaba acostumbrada a su media melena lisa y su bonito pelo rizado era corto en ese momento, por lo que quitarse la peluca era mostrarse delante de todos con una enfermedad, era enseñarles a todos que no había estado bien, que le habían pasado cosas. Su estado emocional de vulnerabilidad quedaría así al descubierto y eso era vivido por ella y por su contexto familiar como un defecto, aunque, al mismo tiempo, estaba contenta al recuperar una normalidad. Katy recuperó su bonito pelo, sus pestañas y cejas, su expresión viva y vital alrededor del cuarto año de tratamiento. Durante estos cuatro años de tratamiento fuimos descubriendo que debajo de la punta del iceberg de la alopecia vergonzante había todo un mundo de vergüenza que hasta entonces había quedado negado. Sabemos que la alopecia total es muy difícil de revertir, en esta ocasión el tratamiento fue exitoso por la buena disposición de Katy y de su familia desde un inicio. En las sesiones de tratamiento pudimos abordar lo que había sido inabordable, considerado como un tabú, y causante de sufrimiento en Katy, en su madre y en su familia.


Katy era hija de madre oriental y padre europeo. Perdió todo su pelo coincidiendo con la primera vez que sus padres se fueron de viaje y la dejaron a ella y a su hermano con la abuela materna, con quien los niños tenían un escaso vínculo (de hecho, esta abuela se desplazó desde Oriente para estar en Europa con sus nietos una temporada).


En las sesiones con Katy y con su madre pudimos reconstruir la siguiente historia: cada año, antes del nacimiento de Katy, los padres de la madre de Katy se reunían con su hija para viajar por Europa. Cuando la madre de Katy quedó embarazada de ésta anularon el viaje previsto porque el ginecólogo consideró que existía el riesgo de aborto. Entonces, el padre (el futuro abuelo), cambió su habitual plan de cada año, el viaje por Europa con su hija, por unas vacaciones para practicar su deporte favorito, el escafandrismo.  Ese Agosto sufrió un accidente buceando y perdió la vida. La madre de Katy se deprimió y pensó que ella habría tenido que ir de viaje con sus padres como cada año, y que si accidentalmente ella hubiera abortado podría haber buscado un nuevo embarazo más adelante. Este pensamiento, a partir de la tristeza por la pérdida del padre, provocó que la mamá cuidara de su bebé con culpa. A Katy no le faltó ningún cuidado físico por parte de su madre; pero desafortunadamente le faltó la vitalidad emocional que la madre no le pudo dar. Fue especialmente emocionante aquella sesión en la que la madre le explica todo esto a su hija, se les resbalaron las lágrimas a las dos, se abrazaron, sentí que se recuperaba un vínculo que estaba “tocado” por este “substrato” de vergüenza del que nos ocupamos a lo largo del tratamiento de Katy. El resultado de esta especie de “self-disclosure” entre madre e hija conllevó el que Katy entendiera el substrato de ese “clima enrarecido” que se había instalado entre ellas durante tanto tiempo. Se pudo deshacer la convicción de ella “soy fea” y en su lugar pudo pensar en: “cuando mi madre estaba embarazada de mí se deprimió porque se murió el abuelo que nunca conocí, ella deprimida no pudo sentir, al mirarme, que su niña era una niña preciosa”. En el momento de la consulta en el que las dos lloraban al mirarse os aseguro que las dos estaban realmente preciosas, aquella belleza de lo auténtico que consiguen expresar los artistas en una pintura o en un poema. Cada una se sintió preciosa ante la otra. Yo las vi preciosas a las dos, y ellas se sintieron preciosas ante mí. Este sistema intersubjetivo entre las tres produjo un intenso cambio en la vivencia que Katy tenía de sí misma. Cuando Katy se despidió de mí, ya en su primer curso de Universidad, me dijo: “¿sabes Rosa? de no haber sido por mi alopecia creo que nunca me hubiera podido dar cuenta de que necesitaba psicoterapia, este tratamiento me ha servido para saber darle importancia a mis sentimientos”.


El sentimiento de vacío, de no existir, de no importar a nadie, pudo ser identificado en la relación terapéutica como un substrato de su vergüenza de ser (fea, calva, insignificante, nulidad...). La alopecia concretizaba el sentimiento de sí defectuoso que de otra manera hubiera pasado desapercibido.


Uno de mis primeros atrevimientos (una de mis iniciativas) para escribir sobre vergüenza (1999) condujo a una joven universitaria a pedirme visita ¿Recordáis la niña de 10 años de la que os he hablado al principio? Martina ahora tiene 24 años. Cuando le pregunté cómo había llegado a pensar que yo la podría ayudar, ella respondió que su madre y ella habían leído juntas un artículo sobre el sentimiento de vergüenza y los substratos de los que deriva (hoy con la ayuda de Donna lo puedo formular así) y ella misma había pensado que le gustaría ver en su tratamiento su vergüenza. Nunca me imaginé que una petición de tratamiento me llegaría a través de una publicación. Este es un tratamiento que sigue su curso actualmente y esta joven progresa al mismo tiempo que yo misma me siento progresando por mi atrevimiento al exponer hoy aquí mi pensamiento: a través del sentimiento de vergüenza vivido en la relación confiable del análisis, podemos reconstruir un sentimiento de sí devaluado, siempre que tengamos en cuenta el contexto relacional de donde surge este afecto. Martina puede explicarme su experiencia porque intuye y anticipa en mí una respuesta que considerará sus vivencias como legítimas y no como extrañas y negativas. En lugar de anticipar una definición negativa de sí misma, ahora puede anticipar una reflexión conjunta sobre cómo nos afectan las cosas que vivimos. De sentirse el “patito feo” pasa a sentirse aceptada y validada con su diferencia ¿Recordáis que la niña del principio  interrumpió su tratamiento sin poder explicar a nadie el por qué?


 Martina veía a su padre únicamente en vacaciones, sus padres se separaron cuando ella tenía dos años y vivían en dos países diferentes. Ella creció con un sentimiento de “ser distinta” (sólo ella tenía los padres separados y viviendo en países distintos), y esto la avergonzaba delante de las demás niñas. En su análisis pudimos ver el substrato de esta vergüenza: el anhelo de ser como las demás niñas producía vergüenza en ella porque su diferencia era pensada como un defecto. Por otro lado, Martina se ilusionaba y esperaba con entusiasmo el reencuentro con su padre por vacaciones, pero la expresión de esta emoción muchas veces era sutilmente e inconscientemente ridiculizada por su padre con comentarios como “una niña nunca puede ser la novia de su papá” (aunque el padre no era psicólogo, sí estaba familiarizado con las teorías psicoanalíticas). A lo que Martina  puede decirme ahora, “si yo lo que quería es tener a mi papá conmigo, yo no quería ser su novia, yo quería ser su hija”. Cuando Martina vio en el parque a su terapeuta con el que podría ser su hijo, sintió una emoción que la abrumó, al mismo tiempo ella anticipó algunos comentarios que la terapeuta le habría hecho al respecto, comentarios sobre la necesidad de ser la única, causándole una extrema vergüenza. Como nos dice Morrison, (Morrison y Stolorow, 1997) la vergüenza extrema nos conduce a tapar, a esconder, a desaparecer, tierra trágame, me muero de vergüenza, etc. Es extraordinariamente terrible pensar en recibir un comentario machacante y vergonzante en lugar de la validación y legitimación de un sentimiento tan íntimo como el amor.


Siempre que pensamos una diferencia propia como un defecto significa que nuestro sentimiento de sí está devaluado (soy alguien defectuoso), una secuela emocional derivada de alguna de nuestras relaciones significativas. El tratamiento psicoanalítico tratará este sentimiento de sí devaluado a través de la relación y en muchos momentos esto ocurre atravesando por la vergüenza.           


Me gustaría incluir en mi comentario la relación que existe entre los ideales que se transmiten de una generación a otra y el sentimiento de vergüenza que surge cuando el sentimiento de “ser uno mismo” amenaza con romper ese ideal. Ocupar un lugar ideal en la mente del otro es en realidad no tener lugar (Velasco, 2002). En contextos que tienden a la idealización, los esfuerzos para existir con luz propia se acompañan del sentimiento de vergüenza, por lo que suelo relacionar el afecto de vergüenza con la iniciativa que cuestiona el ideal (el de los padres o el del analista). En el ejemplo que nos ofrece Donna de su experiencia con su paciente podemos pensar en cómo el paciente con su iniciativa “toca” algunos de los ideales de Donna (el ideal de Universidad); por ello en ese momento de la relación aparece la vergüenza entre ambos. Es de esperar que la flexibilidad y la empatía del analista faciliten el que se pueda hablar de aquellas cosas de las que no acostumbramos a hablar con nadie y que estaban incrementando internamente el substrato de vergüenza. Donna, en su generosa presentación, nos comenta su experiencia clínica con Ted, el profesor de Columbia. Creo que en mi comunidad de pares analistas de Barcelona varios de mis colegas pensarían que no es necesaria la “self-disclosure” del analista al paciente porque se teme que éste acabe por tener que soportar un añadido a sus propias preocupaciones. Recuerdo ahora a Anna Ornstein cuando nos dijo, en su visita a Barcelona, que uno de sus pacientes, al saber que ella había estado en un campo de concentración nazi como prisionera, pensó que no podía seguir en tratamiento con ella porque imaginó el sufrimiento de la analista y consideró de rango muy inferior a sus propios conflictos. Como siempre ocurre en psicoanálisis, cada caso es único y diferente de otro, y también creo que interviene el contexto cultural, las diferencias entre Europa y América. Yo pienso que sobretodo lo que cuenta es el tiempo de tratamiento que ha transcurrido desde el inicio de la relación para preguntarnos: ¿en qué momento estamos ahora mi paciente y yo? (Sainz, 1999).


Por ejemplo, un analista que tenga en su haber biográfico el haber sufrido algún tipo de abuso sexual, creo que no usará su experiencia vivencial para la self-disclosure con su paciente, más bien pienso que utilizará su experiencia vivencial para sintonizar de manera extraordinaria en ese tipo de situaciones con las vivencias de sus pacientes. Como recientemente nos recordaba Lichtenberg en Barcelona, el espíritu de investigación de los analistas es una buena manera para abordar los problemas del sufrimiento emocional de las personas que nos piden ayuda terapéutica. 


Me gusta mucho del trabajo de Donna la actitud de recibir a la “visita esperada” (la vergüenza) surgiendo de la relación intersubjetiva. Y entiendo que vamos a priorizar el substrato del paciente además de identificar el propio (el del analista) para comprender el origen de esos “momentos de vergüenza” tal como suelo llamarlos yo.


Dice Donna: “Esta cualidad invasiva de la vergüenza, por supuesto, sugiere sus orígenes en la familia, donde el mundo de experiencias se fue organizando alrededor de un sentimiento de sí devaluado. El fallo no sólo está en el suministro de las capacidades autorreguladoras que se necesitan para enfrentar la humillación, sino que además se inhibe activamente el desarrollo de la capacidad de tomar otra perspectiva de uno mismo. Lo peor de todo, no hay escapatoria si no a través del encuentro con otro con quien tendré que entrar de nuevo en el mundo de la vergüenza”. Esta es la forma en la que Donna expresa la penetrabilidad de la vergüenza en el ser. Su lectura nos invita a entrar de nuevo en el mundo de la vergüenza con cada uno de nuestros pacientes para salir de él (paciente y terapeuta) con nuevas capacidades autorreguladoras para enfrentar la humillación al mismo tiempo que estamos contribuyendo al desarrollo del proceso de subjetivación que estaba en déficit (Velasco, 2002). Si en un contexto particular se ha considerado la expresión de vulnerabilidad como un defecto y no como algo valioso, las vivencias de fragilidad estarán condenadas a esconderse y disimularse, generando una vergüenza extrema (yo soy defectuoso); a veces puede resultar tan insoportable que se puede actuar en forma de rabia y violencia (te mato por lo que haces o me suicido por lo que me hiciste). Aquí Donna nos muestra cómo la escucha empática y comprensiva hace que la vergüenza sea más tolerable y no se tenga que actuar en forma de replegamiento (Winnicot, 1945. Stern, 1997) o en forma de rabia (Kohut, 1984 se refiere a esto como la rabia narcisista). Entonces se desarrolla la subjetivación en el paciente, que se siente más lleno de sí, con más afectos conscientes, más integrado, es por lo que yo considero que los “momentos de vergüenza” experienciados en una relación confiable son momentos de progreso. No debemos considerar los momentos de vergüenza como un retroceso, ni como un impedimento, ni como una resistencia. Al contrario, los momentos de vergüenza son una señal de que el sistema intersubjetivo analista-paciente amplia los horizontes experienciales (Stolorow et alt, 2002). Muchas veces en el curso del análisis ayudamos al paciente a mirar desde otra perspectiva, se le da valor al propio criterio a medida que validamos las experiencias emocionales resultantes de la interrelación. Observar desde esta perspectiva ayuda a deshacer convicciones inconscientes como tener una  tara, o un “defecto de fábrica” (como decía una paciente de sí misma). Los contextos de la vergüenza para Donna y para los teóricos de la intersubjetividad en psicoanálisis (Stolorow et alt, 2002) son los mundos de experiencia sobre los que se puede organizar el sentimiento de sí de la persona. Un sentimiento de sí devaluado surge de mundos de experiencia en los que uno se ha visto expuesto a ser considerado defectuoso. Tendremos entonces que identificar y tratar la “vergüenza residual” en la nueva relación del análisis.


Un fragmento de un cuento del argentino Marco Denevi me sirve para concluir mi comentario a Donna:


“El erizo era feo y lo sabía, sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche, y si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor...”


En realidad el erizo no podía pensarse “no feo” porque de su contexto relacional no pudo surgir ese sentimiento en él. El analista piensa que su paciente -erizo- es valioso y se pregunta: erizo, ¿quién dijo que eras feo? El analista sabe que el erizo necesita “ser tocado” con cuidado. También el analista puede sentirse en muchos momentos de su trabajo como el erizo feo de Denevi (sin valor). Frente a los afectos que surgen en la relación analítica, la empatía es una excelente herramienta en nuestro trabajo cotidiano junto a un trato respetuoso al paciente y a uno mismo. Finalmente pienso que la validación mutua, como concluye Donna su excelente ponencia, es el mejor antídoto para los substratos de la vergüenza ya que debajo de un “sentimiento de sí devaluado” existió un desencuentro emocional insuficientemente considerado.




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