Apego e Intersubjetividad

Publicado en la revista nº024

Autores: Marrone, Mario - Cortina, Mauricio - Diamond, N.

Reseña: Apego e Intersubjetividad. Diamond, N. y Marrone, M. New York: Wiley, 2003.





El apego y la  intersubjectividad son temas candentes en el psicoanálisis contemporáneo.  En este libro, Nicola Diamond (una psicoterapeuta y docente universitaria basada en Londres, con un comprensión sofisticada de temas filosóficos) y Mario Marrone (un psiquiatra y psicoanalista de origen argentino que se supervisó diez anos con Bowlby) intentan integrar estos dos temas, al mismo tiempo que proponen una expansión de la teoría de apego y confrontan temas difíciles y controversiales en cuanto al desarrollo del niño y el psicoanálisis. Los autores creen que una perspectiva intersubjetiva es perfectamente compatible con el énfasis que pone Bowlby en la enorme importancia que tiene la calidad de las relaciones de apego y las condiciones ambientales para el desarrollo humano.


El libro contiene cuatro temas importantes:


1.                  Un intento de articular los elementos esenciales de la teoría de apego como un paradigma psicoanalítico y reformular el apego dentro de un marco intersubjetivo.


2.                  Una comparación cuidadosa del concepto de Bowlby de modelos operativos internos con otros modelos representacionales como los del trabajo clásico de Sandler y Rosenblatt, con los conceptos de Daniel Stern de interacciones que se generalizan y de esquemas de “ser o estar con los demás”, con el concepto de Emmanuel Peterfreund de corrección de errores mediante procesos de retroalimentación, y el concepto del analista argentino Enrique Pichón Rivière sobre esquemas operativos referenciales. 


3.                  Una propuesta de ampliar la teoría de apego hacia un modelo multimotivacional que incluye otros sistemas de motivación biosociales básicos.


4.                  Una discusión de la relación compleja que existe entre el apego y la sexualidad.


 


Apego e intersubjetividad


Los autores conciben la intersubjectividad como una plataforma interpersonal fundamental mediante la cual las motivaciones, deseos y necesidades basados en la experiencia directa con los demás son comunicados y comprensibles. Desde este punto de vista, la intersubjectividad es el contexto interpersonal inherente a la condición humana. No se puede entender al individuo sin visualisarlo en este contexto.


Uno de los aspectos más interesantes del libro sobre el cual los autores hacen hincapié es que el tema de la intersubjetividad ha surgido en forma más o menos independiente en el ámbito de la filosofía, la investigación de la relación materno-infantil y en el psicoanálisis. Consideran que la falta de diálogo entre estas tres disciplinas ha debilitado y dispersado el concepto de la intersubjectividad (para un crítica similar ver (Beebe et al., 2003a; Beebe et al., 2003b; Beebe et al., 2003c). En contraste con Beebe et al., que piensan que no hay manera coherente de hablar de intersubjectividad en singular sino que debemos hablar en plural de formas de intersubjectividad, Diamond y Marrone optan por una estrategia coherente basada en la integración del concepto de intersubjectividad desde una perspectiva múltiple filosófica, clínica y del desarrollo.


Los autores fundamentan su posición filosófica en la obra del autor fenomenológico Maurice Merleu-Ponty, mientras que la perspectiva del desarrollo de la relación materno-infantil está basada en el trabajo del ilustre autor  Colwyn Trevarthen. Los autores indican que la posición filosófica de Merleu-Ponty es una crítica radical al dualismo cartesiano que separa una dimensión espiritual/cognitiva, res cogitans, de una dimensión material y corporal, res extensa. Si llevamos a Descartes a su conclusión lógica, resulta que el conocimiento del otro no está basada en nuestra experiencia inmediata. Sólo podemos conocer al otro por analogía, en un ejercicio intelectual complejo en el que nos imaginamos al otro como un ser pensante similar a nosotros mismos. La tradición filosófica cartesiana nos lleva a la conclusión de que un conocimiento directo, basado en nuestra experiencia como seres psicosomáticos es radicalmente inaccesible en la medida en que concebimos al otro en términos puramente cognitivos o trascendentales.


En contraste, Merleu-Ponty afirma la unidad del cuerpo y la mente. Cuerpo y mente son diferentes manifestaciones de una misma unidad ontológica. En lenguaje biológico contemporáneo se puede expresar diciendo que nuestras capacidades cognitivas avanzadas son una propiedad emergente de un  organismo humano unitario. Aun un conocimiento pleno de la organización biológica previa sobre la cual surgen  propiedades emergentes nuevas, no nos permite predecir qué características van asumir estas propiedades nuevas. Este fenómeno es típico de sistemas complejos y jerárquicos donde impera un tipo de causalidad que no es lineal. Un sistema de enorme complejidad, como el ser humano, opera como unidad biológica y social total pero, dependiendo a qué nivel examinamos esta unidad, observamos propiedades que no son reducibles a su nivel anterior. Esto no quiere decir que no haya cierto grado de especialidad o modularidad de funciones, como nos propone Bleichmar (Bleichmar, 1997) pero la modularidad está insertada en un sistema biológico-social unitario que es a su ves intrapersonal e interpersonal/intersubjetivo.


Inevitablemente estamos relacionados con los demás y con nosotros mismos desde una perspectiva basada en la experiencia de primera persona singular (el yo mismo), lo cual hace que la intersubjetividad sea una característica irreducible del ser, como señala Renik (Renik, 1993). Una nota de cautela: la naturaleza irreducible de la intersubjetividad puede fácilmente degenerar  en un relativismo en el que lo único que existe son perspectivas diferentes, sin tener modo de establecer si una perspectiva es mejor o más cierta que otra. Este perspectivismo extremo es enteramente falaz. El hecho de que inevitablemente nos aproximamos al mundo desde una perspectiva basada en nuestra experiencia subjetiva no quiere decir que no podamos ver el mundo desde una perspectiva basada en tercera persona (él o ellos). Estas dos perspectivas -una subjetiva y encarnada y la otra más distante, basada en la capacidad de ver el mundo desde la perspectiva de los demás- son las que nos permiten tener cierta objetividad, el poder abrirnos al mundo y crear modelos más adecuados de la realidad interpersonal que nos rodea. Esto requiere un ejercicio de descentración a la Piaget, en el que ponemos a prueba nuestra perspectiva centrada en el yo mismo y nos compenetrarnos en perspectivas del otro, creando un mejor encaje de nuestra realidad con la realidad del otro. 


Los autores observan que la posición de Merleu-Ponty es perfectamente consistente con el trabajo de Trevarthen, pero Trevarthen añade una dimensión del desarrollo al tema de la intersubjetividad. De acuerdo a Trevarthen, la intersubjetividad emerge en dos fases. Una fase primaria, en la cual la relación de intersubjetividad está arraigada en intercambios emocionales y propioceptivos del bebé con sus cuidadores, un intercambio que ha sido descrito como un protodiálogo, una danza en el que el bebé y las figuras de apego responden de manera automática a las señales, gestos y ritmos de su compañero. En esta danza, las figuras de apego tienen un rol directriz, juzgando los niveles de estimulación que pueden tolerar (Sroufe, 1996), y reparando perturbaciones inevitables que se dan en el diálogo (Beebe & Lachmann, 2002). Sin embargo, los bebés no tienen un rol pasivo en esta danza, ya que vienen equipados con la capacidad de responder rítmicamente a los gestos, la intensidad y la forma en que se da este protodiálogo, una capacidad que se desarrolla rápidamente en los primeros meses de edad. Una fase secundaria de la relación intersubjetiva emerge alrededor de los nueve meses de edad, una etapa del desarrollo denominada por muchos observadores de la infancia como “la revolución cognitiva de los nueve meses”.  Cabe mencionar que este cambio revolucionario no sólo es cognitivo, sino también profundamente social y emocional. A partir de los nueve meses los bebés empiezan a captar de manera rudimentaria que sus cuidadores tienen intenciones propias. El espacio intersubjetivo empieza a ampliarse a pasos agigantados. Durante el segundo año de edad: (1) los bebés apuntan y señalan hacia objetos de interés; (2) les enseñan activamente a sus cuidadores objetos de interés; (3) empiezan a pedir que sus cuidadores los acompañen para compartir objetos o situaciones que los deleitan; (4) empiezan a gozar de juegos que requieren de una cooperación más intensa con sus cuidadores. Este deleite es tan intenso que exigen repetir interacciones y juegos que implican una capacidad cooperativa avanzada, independientemente de que haya una recompensa o no a estas interacciones o juegos (Warneken et al., 2006).


Daniel Stern reserva el término de intersubjetividad a esta expansión dramática del mundo interpersonal que se observa a partir de los nueve meses (Stern, 1985). Los autores creen sin embargo (y coincido con ellos) que Trevarthen tiene razón en pensar que el bebé comparte con sus cuidadores un mundo intersubjetivo primario antes de los nueve meses de edad, si bien esta intersubjetividad primaria, desde el punto de vista del bebé, es implícita y no simbólica. La diferencia fundamental entre esta intersubjetividad primaria y la intersubjetividad secundaria es que a partir del segundo año de edad las capacidades cognitivas incipientes del bebé le permiten empezar a simbolizar al mundo en forma explicita mediante símbolos que, si bien aún no son verbales, si tienen una capacidad de representar el mundo interpersonal (Cortina & Liotti, 2006).


Quisiera agregar que esta expansión dramática de la intersubjetividad tal vez sea una característica singular de los humanos (Tomasello et al., 2005; Cortina & Liotti, 2006).  Los primates más cercanos a nuestra especie, los bonobos y los chimpancés, tienen capacidades sociales impresionantes. Pueden formar alianzas y  cooperar con miembros de su misma especie de manera muy diversa y son capaces de decepción (de engaño). Pero la cooperación tiende a ser utilitaria y no está acompañada por el mismo deleite que muestran los bebés a partir del segundo año de edad. Más aún, no muestran en su medio ambiente natural las características de esta expansión dramática de la intersubjetividad que acabamos de mencionar (Tomasello et al., 2005; Werneken & Tomasello, 2006).


 


Algunas diferencias de  la aproximación hacia al la teoría de apego y hacia la intersubjetividad entre Diamond y Marrone y el grupo de Fonagy


Peter Fonagy es uno de los psicoanalistas contemporáneos más destacados y sus contribuciones hacia a la teoría de apego y al psicoanálisis han sido importantes y están teniendo una influencia enorme.  Por eso mismo creo que vale la pena señalar algunas diferencias importantes entre la aproximación de Diamond y Marrone y Fonagy a la teoría de apego y la intersubjetividad, ya que hasta la fecha, las contribuciones de Fonagy no han sido criticadas desde estos puntos de vista.


Fonagy y sus colaboradores critican a Trevarthen diciendo que: (1) asume demasiado en cuanto a las bases biológicas e innatas de la intersubjetividad; y (2) le imputan el creer que durante la fase primaria de la intersubjetividad los bebés tienen acceso introspectivo a sus sentimientos y estado mentales. En cuanto al primer punto, en efecto Trevarthen asume que la intersubjetividad tiene una base innata, lo cual no quiere decir que no haya un proceso de desarrollo de la intersubjetividad primaria. La idea de una intersubjetividad primaria no solamente no es descabellada, sino que el descubrimiento de las neuronas espejo por Rizzolatti y Gallese (Gallese et al., 1996; Rizzolatti et al., 1996; Rizzolatti & Arbib, 1998) es una confirmación directa de este supuesto. El descubrimiento consistió en observar en monos machaques (con electrodos colocados en la corteza prefrontal) que las mismas neuronas espejo que se disparan cuando el mono intenta agarrar un objeto también se disparan cuando los monos solamente observan (Gallese et al., 1996; Rizzolatti et al., 1996) o escuchan esta acción en otros (Keysers et al., 2003). Descubrimientos recientes han demostrado que el sistema de neuronas espejo no sólo incluye la capacidad de la captar la intencionalidad desde una perspectiva intersubjetiva. Las mismas  neuronas espejo localizadas en la ínsula, con conexiones con el sistema límbico, se activan cuando una emoción como el disgusto se produce espontáneamente como reacción a un olor pútrido o cuando solamente se observa o imita una reacción de disgusto en los demás. Es muy probable que otras emociones se comportan de manera similar (Miller, 2005).


En cuanto a la segunda crítica, Diamond y Marrone señalan que, contrario a lo que piensa Fonagy, Trevarthen no atribuye capacidades introspectivas a los bebés. A lo que sí tienen acceso los bebés antes de los nueve meses de edad es a sus sentimientos y los sentimientos de los demás. Los bebés y, dicho sea de paso, los grandes primates también, son capaces de “leer” las emociones y las conductas de sus cuidadores perfectamente bien sin que esto suponga un capacidad introspectiva de reflexionar sobre estas experiencias afectivas (Call & Tomasello, 2003). Esta capacidad intersubjetiva emocional sólo requiere una tipo de conciencia primaria no reflexiva que Edelman denomina como una conciencia primaria (Edelman & Tononi, 2000).


Sorprendentemente, Fonagy et al., niegan que el bebé tengan acceso directo a sus “afectos internos y estados proprioceptivos que acompañan a sus conductas” (Fonagy et al., 2002) En ves de un acceso directo a sus emociones,  Fonagy et al., postulan un mecanismo que denominan “retroalimentación social” (social biofeedback). Esta teoría está basada en hechos bien conocidos. Los bebés tiene una capacidad innata de responder en forma contingente de los gestos de sus cuidadores y los cuidadores, a su vez, responden automáticamente (en forma exagerada)  a los balbuceos y las expresiones de sus bebés. Los bebés  tienen una preferencia marcada a estas expresiones exageradas. De acuerdo a Fonagy, el sistema de biofeedback social funciona de la misma manera en que el feedback es utilizado para enseñar a individuos cómo controlar mecanismos fisiológicos automáticos corporales, como la temperatura de la mano. Usando información externa y mediante un mecanismo de retroalimentación positiva, es posible, por ejemplo, bajar la temperatura de los dedos en la mano. De la misma manera, Fonagy piensa que los bebés aprenden a asociar ciertas expresiones exageradas de sus cuidadores como un feedback externo que le permite descubrir afectos internos. Cuesta trabajo entender la postulación de una teoría tan rebuscada cuando hay explicaciones más sencillas. El descubrimiento de neuronas espejo asociado y el trabajo clásico de Izard (Izard, 1970) sobre la capacidad transcultural de poder leer emociones básicas con expresiones faciales prototípicas, refuta en forma contundente esta teoría rebuscada de Fonagy.


Hay otro concepto de Fonagy que vale la pena comentar. De acuerdo a Fonagy y sus colaboradores, a partir de los nueve meses de edad emerge un sistema innato que es capaz de detectar e interpretar correctamente las metas de conductas en los demás que tienen fines determinados—la intencionalidad de la conducta. Según Fonagy et al., este sistema interpretativo no requiere de experiencia para funcionar, emerge espontáneamente como módulo cognitivo innato diseñado para poder “leer” la intencionalidad de la conducta. Llaman a este modulo “un sistema interpretativo teleológico” (del griego telos que significa meta o fin).


Al declarar este sistema innato, Fonagy minimiza o ignora  la experiencia subjetiva del bebé como base para construir modelos mentales sobre la intencionalidad del mundo interpersonal  La idea de un modulo innato emergiendo de la nada me parece una explicación ad hoc al problema del origen evolutivo de la intencionalidad. Nadie niega que haya una maduración del cerebro que se acelera al final del primer año de edad que consiste en una mielinización de las conexiones neuronales que comunican la corteza prefrontal con el resto del cerebro, sobre todo con el sistema límbico (Trevarthen & Aitken, 1994). Pero no hay por qué descartar, en conjunción con una maduración del sistema nervioso central, que la historia interactiva del bebé con sus cuidadores sea un factor fundamental en el desarrollo de la capacidad de captar en forma explicita la intencionalidad de la conducta. Este logro permite que, al final del primer año, el bebé pueda transformar esta capacidad, que hasta este momento ha permanecido implícita, en una capacidad intersubjetiva explicita y simbólica. Esta capacidad a su vez permite que emerja, como señalamos anteriormente, una intersubjetividad mucha más diversa y rica durante el segundo año de edad.


Diamond y Marrone están en desacuerdo con otra propuesta de Fonagy y Target (Fonagy & Target, 1996) en cuanto a la diferencia que hacen entre una mentalidad basada en la equivalencia psíquica y la mentalidad basada en la imaginación (pretend mode). El concepto de la equivalencia psíquica la derivan Fonagy y Target del concepto de Freud de una realidad psíquica primaria. Esta realidad primaria es concreta e inmediata y no hay diferenciación entre la fantasía y la realidad. Es decir, las fantasías del bebé son equivalentes a su realidad. En la mentalidad basada en la imaginación, la fantasía empieza a verse como una versión de la realidad y no como la realidad misma. El problema con la propuesta de Fonagy y Target es que no sólo revierten a un modelo Freudiano obsoleto, sino también a una versión Kleiniana del desarollo en que los bebés son vistos como inmersos en un mundo de fantasías derivado de impulsos destructivos (hasta donde yo sé, Fonagy y Target no postulan impulsos destructivos innatos)


Para explicar la transformación de una mentalidad basada en la equivalencia psíquica y la mentalidad imaginativa capaz de “jugar con la realidad”, Fonagy hace uso de la observación, mencionada anteriormente, de que los cuidadores exageran sus comunicaciones de los bebés. De acuerdo a Fonagy y Target, una de las funciones de esta exageración es la de diferenciar o “marcar” para el bebé su experiencia y sus comunicaciones de la experiencia y las comunicaciones de sus cuidadores. Si este “marcaje” es inadecuado o defectuoso, los bebés no logran esta diferenciación. Consecuentemente, se retiene una mentalidad basada en la equivalencia psíquica y se retrasa el desarrollo una mentalidad basada en la imaginación (pretend mode).  Fonagy y Target no aclaran si durante la infancia los bebés tienen fantasías inconcientes a la Klein y esta ambigüedad dé cabida a una interpretación neokleiniana, lo que cuestionan, con mucha razón, Diamond y Marrone.


Mi objeción a esta teoría no es tanto su trasfondo kleiniano sino que la transformación de una equivalencia psíquica a la capacidad imaginativa puede explicarse alternativamente como una transformación de una intersubjetividad primaria intuitiva  implícita y automática y una intersubjetividad secundaria explicita y simbólica. En esta transformación nunca hay una falta de diferenciación o confusión entre las experiencias del  bebé y sus cuidadores como supone el concepto de equivalencia psíquica. Desde las primeros semanas de edad, los bebés son perfectamente capaces de diferenciar sus experiencias subjetivas de las experiencias con el mundo que los rodea (Stern, 1985; Lichtenberg et al., 2002). Aun cuando esta capacidad de ser protagonista en un diálogo con sus cuidadores y de tener una subjetividad propia es “primitiva” -en comparación con una subjetividad basada en la imaginación y en símbolos, de cualquier manera es esencial para construir un sentido del yo mismo en dialogo con los demás. Y es sobre esta matriz intersubjetiva primaria que se construye un mundo intersubjetivo imaginativo y simbólico, con la capacidad de representar la realidad desde perspectivas múltiples.


Diamond y Marrone nos piden que usemos con cautela el concepto de capacidad reflexiva de Fonagy y particularmente la utilizacion de este término como sinónimo a “mentalización”[1]. Esta capacidad reflexiva es una variación del concepto de “monitoreo metacognitivo” de Mary Main, consistente en la capacidad de pensar en lo pensado. Esta capacidad fue descubierta como uno de los ingredientes importantes en individuos que acaban ser clasificados como autónomos-seguros en la entrevista de apego en adultos. Los autores no cuestionan  el concepto de capacidad reflexiva en sí mismo, pero piensan que esta capacidad no debe ser vista solamente desde el punto de vista de  un ser aislado con una conciencia autónoma —un  prejuicio filosófico que anima muchas concepciones sobre la conciencia. La capacidad reflexiva se origina en una capacidad de reflexión mutua, un fenómeno avanzado de la intersubjetividad. Diamond y Marrone nos refieren al concepto del analista argentino Enrique Pichón Riviere que hace hincapié en el analista como co-pensador en el proceso analítico. La capacidad reflexiva es el producto de un diálogo continuo y profundo, no solamente un ejercicio de la consciencia que se mira a sí misma.


 


Una propuesta de ampliar la teoría de apego con un modelo multi-motivacional de la conducta humana


Un capítulo importante del libro está dedicado a la motivación. Los autores nos señalan que de hecho el modelo de Bowlby es multi-motivacional, ya que integra el fenómeno de la base segura: el apego (protección), la respuesta de los cuidadores, el sistema de alarma que se activa cuando nos sentimos en peligro y el sistema de exploración cuando nos sentimos seguros en la presencia del otro. Después de revisar varias taxonomías, incluyendo entre otras los modelos de Lichtenberg (1989) y de Bleichmar (1997), los autores proponen la siguiente taxonomía


o                   La necesidad de regulación fisiológica


o                   La necesidad de buscar protección (el sistema de apego)


o                   El deseo de proveer cuidado y protección (el sistema de cuidado)


o                   El deseo de explorar


o                   La necesidad de regular la autoestima


o                   Necesidades de afiliación que no están basado en los sistemas de apego y cuidado, que pueden ser satisfechas de muchos modos, perteneciendo a grupos profesionales religiosos, étnicos etc. 


o                   Necesidades sexuales


El capítulo sobre motivación contiene una sección muy original sobre satisfactores (necesidades que son satisfechas) y estrategias de satisfacción. Hacen notar que los satisfactores pueden ser clasificados como:


1. Satisfactores únicos que satisfacen una sola necesidad.


2. Satisfactores cruzados, en los que la satisfacción de una necesidad sirve para satisfacer una segunda necesidad. Por ejemplo, rituales fisiológicos o corporales que nos ayudan a calmarnos sirven a la vez para satisfacer necesidades de apego.


3. Seudo-satisfactores como ideologías, consumismo compulsivo y otros tipos adiciones


4. Satisfactores sinergéticos en que la satisfacción de una necesidad contribuye a la satisfacción de una segunda necesidad. Por ejemplo, en relaciones románticas en donde hay una buena integración del sistema apego, de cuidado y la  sexualidad, la intimidad sexual satisface todas estas necesidades a la vez en forma sinergética, no solamente aditiva.


5. Satisfactores asinérgicos donde la satisfacción de una necesidad lleva a la inhibición de una segunda necesidad, como cuando la necesidad excesiva de ser reconocido y validado por el otro,  basada en una autoestima defectuosa, lleva a ignorar la necesidad de apego y cuidado del otro en una relación intima.


 


Conclusión


Espero haber despertado en el lector interés en la obra de Diamond y Marrone, que merece ser divulgada y conocida. Admiro mucho su compromiso firme con una visión del desarrollo y del psicoanálisis profundamente social, intersubjetivo e interpersonal. Fundamentan bien esta visión en sus bases filosóficas, evolutivas y en la experiencia clínica. He aprovechado esta reseña para comparar esta visión con ciertos aspectos de la obra de Fonagy, que también se funda en la teoría de apego y la intersubjetividad. Como he tratado de documentar, sin cuestionar su brillantez indiscutible, la obra de Fonagy y de algunos de sus colaboradores ha tomado una dirección que me parece más cerebral y menos interactiva, que sutilmente se ha ido alejando de las raíces interpersonales y en la experiencia personal que tanto enfatizaron Bowlby y Ainsworth. 


 


Bibliografía


Beebe, B., Knoblauch, S., Rustin, J., & Sorter, D. (2003a). Part I. Introduction: A systems view. Symposium on intersubjectivity in infant research and its implications for adult treatment. Psychoanalytic Dialogues, 13), 743-776.


Beebe, B., & Lachmann, F. M. (2002). Infant research and adult treatment. Hillsdale, NJ: The Analytic Press.


Beebe, B., Rustin, J., Sorter, D., & Knoblauch, S. (2003b). Part III. An expanded view of intersubjectivity in infancy and its applications to psychoanalysis. Symposium on intersubjectivity in infant research and its implications for adult treatment. Psychoanalytic Dialogues, 13, 805-841.


Beebe, B., Sorter, D., Rustin, J., & Knoblauch, S. (2003c). Part II. A comparison of Meltzoff, Trevarthen, and Stern. Symposium on intersubjectivity in infant research and its implications for adult treatment. Psychoanalytic Dialogues, 13, 777-804.


Bleichmar, H. (1997). Avances en psicoterapia sicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones especificas. Barcelona: Ediciones Paidos Ibérica, S.A.


Call, J., & Tomasello, M. (2003). Social cognition. In D. Maestripieri (Ed.), Primate psychology (pp. 234-253). Cambridge, MA: Harvard University Press.


Cortina, M., & Liotti, G. (2006). Intersubjectivity and its vicissitudes: From embodied simulation to meaning. submitted.


Damasio, A. (1994). Descartes' error.


Damasio, A. (1999). The feeling of what happens. Body and emotion in the making of consciousness. New York: Harcourt Braces.


Edelman, G. M., & Tononi, G. (2000). A universe of consciousness. How matter becomes consciousness. New York: Basic Books.


Fonagy, P., Gergely, G., Jurist, E. L., & Target, M. (2002). Affect regulation, mentalization, and the development of the self. New York: Other Press.


Fonagy, P., & Target, M. (1996). Playing with reality: I. Theory of mind and the normal development of psychic reality. International Journal of Psycho-Analysis, 77, 217-233.


Gallese, V., Fadiga, L., Fogassi, L., & Rizzolatti, G. (1996). Action recognition in the premotor cortex. Brain, 119, 593-609.


Izard, C. (1970). The face of emotion. New York: Appleton Century-Crofts.


Keysers, C., Kohler, E., Umilta, M. A., Nanetti, L., Fogassi, L., & Gallese, V. (2003). Audiovisual mirror neurons and action recognition. Experimental Brain Research, 153, 628-636.


Lichtenberg, J. D. (1989). Psychoanalysis and motivation. Hillsdale, NJ: The Analytic Press.


Lichtenberg, J. D., Lachmann, F. M., & Fosshage, J. I. (2002). A spirit of inquiry. Communication in psychoanalysis. Hillsdale, NJ: The Analytic Press.


Miller, G. (2005). Reflecting on another's mind. Science, 308, 945-947.


Renik, O. (1993). Analytic interaction. Conceptualizing technique in light of the analyst's irreducible subjectivity. Psychoanalytic Quarterly, 62, 553-571.


Rizzolatti, G., & Arbib, M. A. (1998). Language within our grasp. Trends Neuroscience, 21, 188-198.


Rizzolatti, G., Fagiga, L., Gallese, V., & Fogassi, L. (1996). Premotor cortex and the recognition of motor actions. Cognitive Brain Research, 3, 131-141.


Sroufe, L. A. (1996). Emotional development. The organization of emotional life in the early years. New York: Cambridge University Press.


Stern, D. N. (1985). The interpersonal world of the infant. New York: Basic Books.


Tomasello, M., Carpenter, M., Call, J., Behne, T., & Henrike, M. (2005). Understanding and sharing intentions: The origins of cultural cognition. Behavioral and Brain Sciences, (in press).


Trevarthen, C., & Aitken, K. J. (1994). Brain development, infant communication, and empathy disorders: Intrinsic factors in child mental health. Development and Psychopathology, 6, 597-633.


Warneken, F., Chen, F., & Tomasello, M. (2006). Cooperative activities in young children and chimpanzees. Child Development, 77, 640-679.


Werneken, F., & Tomasello, M. (2006). Altruistic helping in human infants and young chimpanzees. Science, 311, 1301-1303.


 







Los autores señalan que el concepto de  “mentalización” proviene originalmente de la tradición  psicoanalítica francesa, especialmente de Pierre Marty. Esta tradición reduce la  mentalización a procesos psicosomáticos que se integran a nivel preconsciente. Procesos puramente mentales, en esta concepción, operan a un nivel jerárquico superior. Pierre Marty acaba adscribiendo soma y  mente a órdenes diferentes, una reversión a un dualismo de tipo jerárquico. En contraste, la neurociencia contemporánea ve el cuerpo y la mente como una unidad indisoluble, que solo se escinde en condiciones patológicas y que se expresa como unidad a niveles biológicos diferentes (Damasio, 1994; Damasio, 1999) [1]