aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Último Número 067 2021

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La ilusión como un principio psíquico básico: Winnicott, Freud, Edipo y Trump

Illusion as a basic psychic principle: Winnicott, Freud, Oedipus, and Trump

Autor: Seligman, Stephen

Para citar este artículo

Seligman, S. (2001). La ilusión como un principio psíquico básico: Winnicott, Freud, Edipo y Trump. Aperturas Psicoanalíticas (67). http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001155

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http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001155


Resumen

La ilusión puede considerarse como un compromiso creativo con el mundo y como una motivación y capacidad psíquica crucial, en lugar de como una forma de autoengaño. Winnicott y otros autores del Grupo Independiente han entendido la ilusión integradora, imaginativa, como una parte esencial de una vida y un desarrollo psicosocial saludables. Como tal, emerge y se presenta de diversos modos, en transacción con las realidades que la apoyan o la degradan. En su ausencia, se producen diversas dificultades para vivir. Para elaborar e ilustrar esta conceptualización, se reconsidera la noción de Freud de que el complejo de Edipo se resuelve como una interpretación creativa errónea de la trilogía del Edipo de Sófocles, basada en la ilusión plausible de un desarrollo psicosocial civilizador que serviría como un bastión defensor contra su experiencia del caos político y la violencia de las primeras décadas del siglo XX en la historia europea. Finalmente, se considera el lugar de la ilusión y la desilusión entre los más desilusionados por la reciente elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos en relación con el reciente giro populista de la derecha.

Abstract

Illusion can be viewed as a creative engagement with the world, and as a central psychic motivation and capacity, rather than as a form of self- deception. Winnicott and other Middle Group writers have understood integrative, imaginative illusion as an essential part of healthy living and psychosocial development. As such, it emerges and presents itself in a variety of ways, in transaction with the realities that support or degrade it. In its absence, varied difficulties in living ensue. To  elaborate and illustrate this conceptualization, Freud’s notion that the oedipus complex is resolved is reconsidered as a creative misreading of Sophocles’ Oedipus trilogy, one based on the plausible illusion of a civilizing psychosocial development that would serve as a protective bastion against his experience of the political chaos and violence of the first decades of twentieth- century European history. Finally, the place of illusion and disillusionment among those most disillusioned by the recent election of Donald Trump in the United States is considered in relation to the recent right-wing populist turn.


Palabras clave

desilusión, duelo, Edipo, Freud, ilusión, juego, omnipotencia, política, pulsión de muerte, Trump, Winnicott.

Keywords

illusion, Winnicott, play, Oedipus, mourning, Trump, disillusionment, politics, Freud, omnipotence, death instinct..


Artículo traducido y publicado con autorización: Seligman S. (2018). Illusion as a basic psychic principle: Winnicott, Freud, Oedipus, and Trump. Journal of the American Psychoanalytic Association, 66(2), 263-288. https://doi.org/10.1177/0003065118769908

La visión analítica clásica considera que la desilusión es necesaria para la madurez psicológica: las ilusiones, especialmetne las de la financia, deben abandonarse para aceptar la sustancia, las limitaciones y las oportunidades de la realidad e implicarse con ellas. Esta visión es esvidente de diversos modos en los artículos de Alfred Margulies, Britt-Marie Schiller, Jane Tillman y Adele Tutter en este número de JAPA. Habitualmente se considera que la desilusión ofrece un potencial sustancial evolutivo y terapéutico: es una de las vías hacia la independencia y la identificación y, por tanto, hacia la madurez. Tanto en el desarrollo como en el análisis, la desilusión a menudo implica un desplazamiento desde distintos tipos de seguridad omnipotente o cuasiomnipotente hacia organizaciones psicológicas más prácticas, realistas y, en último lugar, más satisfactorias. Generalmente la experiencia de la desilusión es similar a la de la pérdida y el duelo: el sufrimiento y la desilusión suelen tener perfiles afectivos similares: decepción, tristeza, sufrimiento y a veces ira y depresión. La desilusión no resuelta puede dar lugar a diversas reacciones negativas y defensas, incluyendo la idealización, la amargura, el sufrimiento, el afán de desrtucción y la depresión (Winnicott, 1958).

Entre la fantasía y la realidad: la ilusión como una dinámica básica

Esta perspectiva es bastante útil, tanto clínica como conceptualmente. Sin embargo, aquí tomaré una dirección diferente, y elaboraré y aplicaré la teoría de la ilusión de Winnicott como una dinámica psicológica fundamental que media entre el mundo interno y el externo. Exploraré el papel de la ilusión y la desilusión en la metapsicología, en los psicoanálisis clínicos, en la teoría de Freud y en el entorno político actual de los Estados Unidos. La ilusión desempeña un papel esencial y progresivo a la hora de establecer un contacto comprometido y efectivo con el mundo, y en la experiencia robusta y viva de uno mismo y de sus objetos. El encuentro con la realidad se entiende mejor como una transacción integradora y mixta entre los objetos reales del mundo exterior, especialmente otras personas, y las experiencias subjetivas, que son en sí mismas mezclas de nuestro pasado y de lo que se ofrece en el presente. Siempre estamos haciendo una conexión imaginativa con el mundo que nos rodea según entramos en contacto con él, especialmente con otras personas; tanto los objetos inanimados como las otras personas llegan a tener un significado para cada persona individual según nos comprometemos con ellos. Este es el lugar de la ilusión. Sin esto, el mundo puede ser plano y carente de vida. Grolnick, Barkin y Muensterberger (1978b) lo explican de forma sucinta:

La opinión que Winnicott tiene de la ilusión está dentro de su connotación saludable y no peyorativa. La mezcla exitosa del mundo representacional y perceptual, y de los mundos del self y del objeto, es la base del confort futuro de uno mismo, del juego y de la experiencia creativa. La capacidad de formación de ilusiones... es necesaria para una experiencia vital gratificante, y representa una solución más saludable y adaptativa que la decepción, la inquietud y la desilusión. (p. 543)

La ilusión, entonces, es una dinámica y forma psicológica tan fundamental como la fantasía, la defensa, la proyección, la adaptación, el apego y otras prominentes en el canon analítico, pero distintas de ellas. La ilusión lleva la energía, por así decirlo, del alcance de la mente al mundo, invistiéndolo de significado y promiencia afectiva y compromiso en sus sentidos más amplios. Esto no es lo mismo que la proyección, ya que ese proceso depende de la externalización del mundo interior, especialmente la fantasía, hacia el exterior; la proyección es generalmente unidireccional. La ilusión, sin embargo, es un vínculo transaccional más flexible y bidireccional, que se erige como el tercer principio del funcionamiento mental. Establece un puente entre el proceso primario (Freud, 1911/1955) y "el principio del placer" con el principio de la realidad "objetivo" y el proceso secundario. Esto puede ser más aparente en la teoría de Winnicott del objeto transicional (1958). Sin embargo, Winnicott aclaró que los procesos psíquicos subyacentes que subyacen a la capacidad del espacio transicional operan a lo largo de todo el desarrollo y en la mayoría de las relaciones objetales, aunque en formas diferentes.

El “ilusionamiento”, por lo tanto, es un proceso evolutivo y ontológico crucial, que es por lo menos tan importante como la desilusión, algo a afirmar y a lo que renunciar (véase Margulies, este volumen): la ilusión y la desilusión son ambas cruciales para el desarrollo del sentido de realidad (Milner, 1955; Phillips, 1988; Winnicott, 1958). El deterioro de este aspecto crucial de la motivación y maduración psíquica puede dar lugar a problemas en la vida que a menudo son bastante graves. La capacidad de investir la subjetividad y dar significado a los otros y a las ideas del mundo está en el centro de la sensación de estar conectado y vivo, y de sostener un sentido de esperanza y un futuro que pueda ser diferente ante las inevitables pérdidas y cambios de rumbo. La vitalidad de la ilusión como capacidad psíquica es más importante que cualquier contenido específico. (Sobre la sensación de tener un futuro, ver Seligman 2016).

Generalmente, el progreso de la desilusión refleja la calidad de la ilusión. Ambas están relacionadas con la seguridad de las relaciones dentro de las cuales se despliega la desilusión. Esto es quizás más obvio en los cambios mentales normales del desarrollo, como cuando un niño se da cuenta de que está separado de sus padres o el niño edípico se da cuenta de que no puede casarse con su madre, pero también es visible en las situaciones políticas, cuando la fe de los ciudadanos en el orden político-económico se pone a prueba por la adversidad, como discutiré más adelante. En la práctica clínica, los déficits significativos de "ilusionamiento" toman diversas formas. En algunas situaciones el paciente puede exigir que el analista convenga en considerar como objetivo lo que él imagina en la fantasía, en un estado de tipo psicótico que no siempre se entiende como tal[1]. En otras ocasiones, los déficits en la ilusión pueden parecer una depresión, pero pueden reflejar una sensación más sustancial y omnipresente de aplanamiento interior, o incluso de desvitalización o desintegración (como se ilustra y elabora más adelante).  Si bien ofrece un factor saludable y sustentador de la vida a lo largo de la misma, la ilusión conlleva riesgos.

La imaginación y la sensación de realidad en el área de la ilusión: el caso de Los Soprano

He aquí un ejemplo: este artículo fue presentado originalmente en un panel en uno de los grandes salones del Hotel Waldorf Astoria[2] (en sí mismo un palacio de la ilusión: véase Koolhaas, 1978/2014). Unos años antes, un panel en uno de esos mismos salones hablaba del jefe de la mafia Tony Soprano y su psicoterapia con la Dra. Jennifer Malfi, en la serie de televisión Los Soprano. Los psicoanalistas de la sala, profesionales con mentalidad científica, abordaron la personalidad de los personajes de ficción, las complejidades de su relación y la técnica clínica de la Dra. Malfi, aplicando los criterios de la razón en su tono habitual, profesional y basado en la realidad.  Si hubieras venido desde Marte y te hubieras perdido la introducción, probablemente habrías pensado que Tony Soprano y la Dra. Malfi vivían realmente en algún lugar de Nueva Jersey al otro lado del río.

¿Qué estaba pasando? La expresión "suspensión de la incredulidad" capta algo del proceso, pero no explica el entusiasmo y la fascinación que animó la sala. Se negaba la incredulidad, pero se añadía activamente algo imaginativo. Podríamos decir que los panelistas y el público estaban animados por la fantasía compartida, pero eso tampoco sería del todo correcto; no había nada de la cualidad irreal e idiosincrática que asociamos con la fantasía: no estaban simplemente atendiendo a su propio proceso interno primario o proyectándolo hacia fuera. Habiendo colaborado con los sonidos e imágenes de sus televisores y ahora con sus colegas, los miembros de la audiencia encontraron y crearon algo que no estaba allí antes. Una serie de transacciones imaginativas, bidireccionales y sociopsíquicas crearon estos fenómenos diferenciados pero entrelazados, la multiplicidad de experiencias que llamamos Los Soprano.

Algo importante sobre la función central de la ilusión parece estar oculto a la vista. Parece que cada uno de nosotros tiene su propia versión de Los Soprano (o cualquier otro fenómeno cultural). La mayoría de nosotros no ha visto los mismos episodios, ni ha imaginado a los personajes de la misma manera, pero hablamos como si estuviéramos hablando de lo mismo. El compromiso compartido con este estado de cosas, aun cuando sabemos que no estamos hablando de personas reales, es una de las "ilusiones" más bien ordinarias que sostienen la sociedad cotidiana. Por lo tanto, es similar al juego de los niños o a los objetos transicionales, así como a las artes, la religión, la ideología política y muchos otros temas culturales. En tales situaciones psíquicas, incluso en grupos, no se hacen preguntas sobre la realidad material de los personajes de ficción, los juguetes o los objetos transicionales.

Winnicott (1958) escribió sobre el objeto transicional - la ocasión prototípica para observar la ilusión:

Del objeto transicional puede decirse que es materia de acuerdo entre nosotros y el bebé que nunca formularemos la pregunta '¿Concebiste esto o se te presentó desde el exterior?' Lo importante es que no se espera ninguna decisión. La pregunta no debe formularse. (pp. 239-240)

La ilusión como una epistemología paradójica

Según Winnicott, nos encontramos en una zona paradójica donde las situaciones no reales se toman como reales y significativas, sin que sea una cuestión de psicosis. Winnicott construyó su teoría del espacio transicional en torno a esta profunda epistemología, que es a la vez bastante extraordinaria y cotidiana. La fase transicional marca solo una etapa de la línea evolutiva de la ilusión, aunque puede ser la más conspicua: la ilusión es ubicua, a menudo bastante activa y madura, en lugar de regresiva. Forma parte de la actividad psíquica cotidiana, aunque se hace más evidente en determinadas circunstancias, como en esta mirada "objetiva" al panel de los Soprano, y en ciertas interpretaciones "objetivas" de la transferencia en el marco psicoanalítico. Nos damos cuenta igualmente de tales complejidades cuando los amigos se enamoran de alguien a quien nosotros vemos más prosaicamente, o cuando las personas no aficionadas a los deportes se encuentran con otros con una apasionante implicación con un equipo deportivo (Seligman 2010). Estos ejemplos pueden incluir fantasías, pero no son simplemente una cuestión de proyecciones que eclipsan las realidades, especialmente cuando hay un consenso social sobre ellas, como cuando una pareja permanece enamorada durante mucho tiempo y construye una fuerte relación, o cuando millones de aficionados viven y mueren con su equipo. Pensar en la ilusión apunta a las infinitas transacciones matizadas entre lo que está "en el mundo" y lo que está "en nuestras mentes", que tienen su propia dinámica y energía. No solo hay que ceder a la ilusión, sino que hay que mantenerla y transformarla (véase, por ejemplo, Phillips, 1988; Bertolini et al., 2001; Grolnick, Barkin y Muensterberger, 1978a).  Usuelli Kluzer (2001) resume esto:

D. W. Winnicott le dio una nueva connotación al término "ilusión" y lo elevó al rango de concepto fundamental en la teoría y la práctica psicoanalítica. […] Las inevitables decepciones, frustraciones, ausencias, carencias e impotencia introducen en el sujeto la conciencia de sus propios límites, de la "realidad" de sus propios contornos. Pero en condiciones óptimas esta conciencia no destruye la capacidad de ilusión, no causa desilusión de la misma manera que la capacidad de ilusión no oscurece en modo alguno la percepción clara y distintiva de la "realidad" de los propios límites. Está claro que hay algo paradójico en esta doble percepción que no provoca la destrucción de ninguno de los dos estados contradictorios. (pp. 49 y 50)

La ilusión en el desarrollo

En la teoría de Winnicott, la ilusión tiene sus raíces en la relación padres-hijos. Los buenos padres suelen tomar a sus bebés como las personas más importantes del mundo: están locos por ellos. Dentro de cada familia suficientemente buena, esto resulta bastante natural, y no hay que cuestionarlo. Simplemente es así. Pero no todos comparten estas pasiones concretas: los padres que sienten esto por sus bebés rara vez aman o admiran a otros infantes de la misma manera extraordinaria. Y hay algunas personas que encuentran toda esa idealización de sus hijos un poco extraña. La inversión de cada padre de afecto apasionado y entusiasmo en su bebé es un acto imaginativo, que apoya y enriquece el cuidado abnegado y sacrificado que asegura el bienstar físico y psicológico del bebé, así como la superviviencia de la especie, especialmente en su forma familiar nuclerar actual. Además de Winnicott, Freud (1914/1957) y Kohut (1977/2009) también subrayando la importancia de esa idealización (recordemos la referencia afirmativa, aunque irónica, de Freud a “Su majestad, el bebé” en su ensayo fundamental “Introducción al narcisismo” (p. 91).

Para avanzar hacia una perspectiva más de clínica-evolutiva, podemos observar la dedicación emocional de los cuidadores desde el punto de vista del bebé. Para el observador externo –algunos dirían, "en la realidad"– el bebé es dependiente de sus cuidadores, incapaz de sobrevivir sin su cuidado, protección y atención inagotables. Este es un sentido de la máxima de Winnicott de que "no existe tal cosa como un infante [sin la madre]" (1960, p. 587). Pero cuando las cosas van bien, el bebé apenas se da cuenta de esta vulnerabilidad: con un cuidado suficientemente bueno, vive cómodamente, duerme cuando le apetece, no necesita pensar en su próxima comida, está lo suficientemente abrigado, se angustia de vez en cuando pero ve que su llanto se atiende con suficiente rapidez, no se preocupa por las caídas y otras consecuencias de la gravedad (a diferencia de los niños que empiezan a caminar y de los adultos mayores)[3], y tiene a su disposición compañeros afectuosos y protectores. Esto sucede con mucha frecuencia: como en dos tercios de todos los bebés, es probable que tenga un apego seguro. Un cuidado infantil adecuado protege al bebé de la angustia de que se satisfagan sus necesidades o de la posibilidad de que su entorno pueda defraudarlo. De acuerdo con la forma de usar las palabras de Winnicott, podríamos decir que el cuidado de los padres permite que el bebé esté libre de preocupaciones.

Esto nos ofrece una segunda acepción del aforismo de Winnicott sobre que no hay niño sin la madre. Incluso si, como han demostrado observadores infantiles como Daniel Stern (1985), ella tiene la sensación de su propia diferenciación física y su agencia, el bebé en un ambiente suficientemente bueno no se preocupa por ser ajeno a su mundo. Este sentimiento es parte de lo que sostiene la vida cotidiana: la sensación de estar donde estás, ver lo que ves, decir lo que dices, sin tener que pensar demasiado en ello. Cuando las cosas van lo suficientemente bien, la sensación de estar vivo depende de la sensación de estar en contacto con los objetos distintivos del mundo, en formas infinitamente variadas: tocar, moverse, hablar, percibir, mirar, escuchar y más. Todo esto lleva a la plenitud de sentirse comprometido, especialmente con otras personas; el compromiso con los demás da lugar a la la vitalidad de la subjetividad individual. Conceptualizar la ilusión como una función psíquica básica apunta a lo que Winnicott llamó seguir siendo, y quizás al Dasein o estar en el mundo de Heidegger (1927/1962), el terreno existencial del que proceden el desarrollo y la experiencia (sobre esto véase, entre otros, Husserl, 1893-1917/1980; Merleau-Ponty, 1945/2012).

La forma en que el niño se relaciona es, por tanto, la primera etapa del esquema de desarrollo de Winnicott para la ilusión (véase Caldwell y Joyce, 2011; Khan, 1975/1992; Ogden, 1989). La ilusión se origina en la más temprana infancia, en el sentimiento compartido del bebé y la madre de que ellos son todo lo que importa, de tal manera que el niño vive en "una organización que [es] esclava del principio del placer y [descuida] la realidad del mundo exterior" (Freud 1911/1955, p. 220, citado en Winnicott, 1960). (Esto es parte de lo que Winnicott quiere transmitir con el uso del término omnipotencia, que difiere de manera sutil pero significativa del de Freud y Klein). Esto se transforma en fenómenos transicionales tales como el juego y las mantas de seguridad; con el tiempo impregna la vida social más amplia: experiencias e identidades privadas y compartidas; relaciones interpersonales; crianza afectuosa; espectáculos deportivos; conducta política, agrupaciones, identificaciones e ideologías; y amor romántico, erótico y otras formas de amor apasionado; así como instituciones culturales tan cruciales como las creencias y rituales religiosos y las artes (por ejemplo, en el teatro, la ficción y la pintura, en los que pensamos y hablamos de las formas y colores del escenario, la página o el lienzo como si estas representaciones fueran personas y lugares reales)[4]. El poder del marco psicoanalítico se basa en este tipo de proceso psíquico. El analista y el paciente movilizan las emociones y preocupaciones más íntimas y consecuentes, aun cuando su relación está supeditada a un conjunto de acuerdos y limitaciones profesionales más comúnmente asociados con algo mucho menos apasionante.

La ilusión y la metapsicología psicoanalítica

La ilusión y la imaginación, por tanto, están en el centro del modelo de desarrollo, de psicopatología y de acción terapéutica psicoanalítica de Winnicott. Como muchos de sus colegas del Grupo Independiente, Winnicott consideraba la ilusión como una función psíquica primordial, similar a la fantasía, la sexualidad, el apego, la adptación, etc. En algunos aspectos, la metapsicología del Grupo Independiente suplanta a la lectura kleiniana de la pulsión de muerte con esta teoría de la ilusión, la imaginación y la creatividad ordinaria, ubicándolas en un conjunto de relaciones transaccionales entre la mente y sus objetos, siendo los objetos humanos los más importantes, pero incluyendo también las cosas inanimadas.

Hay tanto semejanzas como diferencias entre el panel de los Soprano y el par madre-hijo. Pensar en ellos juntos muestra algo sobre cómo la ilusión se manifiesta en diferentes formas y medios. La ilusión une nuestro sentimiento básico de vivir en un mundo del que formamos parte, pero que es simultánea e inextricablemente diferente de nosotros mismos. Aunque la conciencia ordinaria generalmente incluye un sentimiento de que lo que estamos percibiendo es la "realidad", Freud proponía, por supuesto, que este "principio de realidad" no es la única vía para el funcionamiento mental, ya que hay partes "más profundas" de la mente que asimilan los objetos reales para sus propios fines. Freud enfatizó la descarga instintiva como impulsora de este "proceso primario", funcionando según el "principio del placer". Desde el punto de vista de lo que se considera así como primario, entonces, el principio de realidad debe adquirirse, ya sea creado o descubierto; la autonomía y la objetividad del mundo como dado no pueden darse por sentadas. Todo esto es muy obvio para los psicoanalistas, íntimamente involucrados como estamos con la psicosis, los estados límite y la transferencia. Tanto como cuestión general como en cada momento, entonces, la sensación de experimentar el mundo como si tuviera una "realidad objetiva" debe sostenerse en transacciones entre la interioridad radical del proceso primario y lo que está "ahí fuera", conocido en primer lugar mediante sensaciones y percepciones. Al proponer la ilusión como una función mental básica que debe considerarse de forma afirmativa, Winnicott conceptualizó esta transacción como un tercer principio psíquico: una capacidad imaginativa en la que la mente y sus objetos se toman juntos como parte de una subjetividad perceptiva unificada; parte de un único marco mental, en el que no se harán "preguntas" sobre lo que está dentro frente a lo que está fuera, lo subjetivo frente a lo objetivo. Esto nunca es un asunto completamente resuelto para nadie, y con frecuencia es algo bastante incierto para muchos. Es el límite en el que el paciente "límite" está varado (Green, 1997).

El psicoanálisis se construye en torno a este área de experiencia. El uso que hace el niño del objeto transicional es solo la punta del iceberg, puesto que la transición entre la subjetividad radical de nuestras percepciones y fantasías y la aparente autonomía y cualidad externa de los objetos del mundo (incluyendo principalmente a otras personas) está siempre en marcha. Winnicott lo decía así:

Aquí se supone que la tarea de aceptación de la realidad nunca está completa, que ningún ser humano está libre de la tensión de relacionar la realidad interna y la externa, y que el alivio de esta limitación proviene de un área intermedia de experiencia que no está sometida al desafío (arte, religión, etc.) […] Este área intermedia está en continuidad directa con el área de juego del niño pequeño que está “perdido” en el juego. (pp. 240–241).

Winnicott, por tanto, es decisivo al enfatizar que el sentido seguro y esperanzador de que hay personas y cosas que son "reales" y perdurables es en sí mismo una especie de creación mental: no se trata simplemente de dirigir la atención a lo que está "ahí fuera". Al teorizar el potencial espacio transicional y el paso al "uso del objeto”, Winnicott añade la ilusión como tercer principio de funcionamiento mental y amplía los dos originales de Freud elaborando una dimensión evolutiva. En cada momento, y como categoría básica de la experiencia, la sensación de que las cosas son reales es más complicada de lo que se ve a simple vista: el sentido de la realidad en sí es una creación que emerge de la transacción entre la actividad de la mente y el mundo exterior al que este llega, puesto que ese mundo se le impone. Este proceso es a la vez bidireccional e integrador, y está en el centro de la sensibilidad y la visión psicoanalíticas de Winnicott: los objetos del mundo no están simplemente ahí en sí mismos, sino que se convierten en algo cuando se les inviste con la energía de la mente. Para él, la sensación de una "realidad objetiva" depende de que los objetos sean a la vez encontrados y creados cuando nuestras mentes llegan al mundo

Winnicott (1960) toma el trabajo sobre los "dos principios de funcionamiento mental" como punto de partida en su ensayo fundamental sobre "la teoría de la relación padres-infante"; su sutil diálogo con Freud es tan amplio como la mayor parte de su obra. Gran parte de este ensayo gira en torno a la ilusión del niño de ser la única persona que importa, de tal manera que el niño toma omnipotentemente el mundo como algo que existe para él y que está bajo su control, aunque, paradójicamente, no experimenta la presencia de algo externo que se ha subordinado a ese control.  Al igual que con el objeto transicional, simplemente es así. Esto requiere que el entorno (la madre) proporcione al infante una adaptación que

necesita ser casi exacta, y a menos que esto sea así, no es posible que el infante comience a desarrollar una capacidad para experimentar una relación con la realidad externa, ni incluso para formar una concepción de la realidad externa. (Winnicott, 1958, p. 238)

Winnicott tenía mucho que decir sobre la evolución posterior del proceso de ilusión-desilusión. Captó una de sus dimensiones centrales en la primera presentación que hizo de sus ideas sobre los objetos transicionales:

La madre suficientemente buena […] parte de una adaptación casi completa a las necesidades de su infante, y según va pasando el tiempo se adapta cada vez de forma menos completa, poco a poco, según la capacidad cada vez mayor del infante de manejar su fracaso. […] Si todo va bien, el infante puede realmente aprender de la experiencia de frustración. (1958, p. 238)

Para Winnicott, el entorno cuidador debe apoyar la evolucion de este proceso de maduración. Este es el curso evolutivo de la ilusión-desilusión.

La ilusión y el proceso psicoanalítico

El marco analítico evoca y protege a la vez los procesos de ilusión: como el marco de un lienzo pintado, el "marco" analítico sirve para marcar y contener las ilusiones[5]. Esto es con frecuencia lo más conspicuo respecto a la transferencia. Las decisiones sobre cuándo y si intervenir (y especialmente para confrontar o interpretar) a menudo conllevan la introducción calculada -generalmente implícita- de una visión más "objetiva" de las cosas, una vez más, especialmente con respecto a las realidades "objetivas" que han sido coloreadas o excluidas en la transferencia, entre ellas las interpretaciones, las autorrevelaciones y las confrontaciones. Aunque a menudo se enmarcan en términos del equilibrio entre la fantasía y la realidad, esas decisiones también implican la consideración de los posibles beneficios (y peligros) de proteger y fomentar la capacidad de ilusión así como de desilusión. Se puede decir mucho más sobre esto: por ejemplo, los analistas que han enfatizado la importancia del juego en la acción terapéutica del psicoanálisis ( ver, por ejemplo, Winnicott, 1971/2005b; Milner, 1987) están interesados en el potencial de esa modalidad ilusoria como fuente de progreso analítico. Esto se refleja de manera aún más amplia en la concepción del Grupo Independiente del potencial creativo de la transferencia, en lugar de ser principalmente una cuestión de proyección defensiva u otro tipo de desplazamiento (para elaboraciones recientes, véanse Cooper, 2018; Corbett, 2017; Seligman, 2018)[6].

Destruir la ilusión en un momento inoportuno puede ser perturbador y a veces destructivo. Recordemos el disgusto que se produce cuando se sustituye la manta especial del bebé por otra, o si alguien que juega a las casitas con un niño le recuerda que el pequeño bebé de la mesa de la cocina es en realidad solo un muñeco. Imaginen que uno de los participantes en el panel de los Soprano dijera: " Ustedes sufren una ilusión, y yo estoy aquí para desilusionarlos". ¿Por qué hablan de una psicoterapia? ¡Es solo la actriz Lorraine Bracco en una pantalla de píxeles, ya saben!" O si le dijera a mi paciente, que se siente abatido y asustado por mi ausencia durante las vacaciones, que no debería preocuparse, ya que en realidad nos vemos menos del cinco por ciento de sus horas de vigilia y el resto de la semana será igual que siempre. Habría estado traduciendo la ilusión del paciente (esperemos que creativa) de que su vida depende de nuestros encuentros en una cuestión de hechos concretos sobre el tiempo del reloj. En cambio, su sentimiento se encuentra en algún lugar entre la fantasía y la realidad.

Todos estos son ejemplos de desilusiones poco oportunas, pero muchas de estas perturbaciones pueden promover el crecimiento, en los psicoanálisis y en otros procesos de desarrollo. Esto queda bien ilustrado en varios de los artículos de esta sección del Journal of the American Psychoanalytic Association sobre la desilusión y, más ampliamente, en los procesos habituales de desilusión, desidealización, duelo y similares que forman parte de trayectorias de desarrollo suficientemente buenas. La desilusión, por supuesto, puede ser oportuna y progresiva. Interrumpir las ilusiones perturba las cosas, para bien o para mal.

Desvitalización, desintegración y el fracaso de la ilusión

Las realidades ambientales tienen que estar lo suficientemente cerca de las necesidades del que imagina para que se pueda sostener la transacción vital entre la ilusión y el mundo exterior[7]. Estas transacciones, que tienen su propio curso de desarrollo, normalmente implican relaciones o, más ampliamente, entornos sociales -familiares, institucionales, políticos, económicos, ideológicos, etcétera-. Los fallos ambientales que se producen en la infancia suelen ser los más devastadores. Tanto la literatura analítica como la extensa literatura sobre el desarrollo temprano implican un trauma y negligencia tempranos en las ansiedades relacionadas con la supervivencia en sí misma, como los abrumadores temores de aniquilación, inanición y congelación, y las experiencias desorganizadoras de fragmentación o "miedo sin solución" (Main y Hesse, 1990). (Véase también, desde perspectivas diversas y convergentes, Bowlby, 1988; Fraiberg, 1982; Schore, 2003; van der Kolk y Fisler, 1994; Porges 2011; así como las discusiones proféticas de Winnicott sobre las "agonías primitivas" [1974]).

Algunos pacientes pueden estar atrapados por sentimientos tan desregulados e insoportables que no pueden ser experimentados, sino que deben ser suprimidos o disociados. Esto a veces surge mediante delirios, manías, adicciones, violencia psíquica o real, otras formas de acción y similares. Algunos pacientes demuestran una especie de concreción de la falta de vida, y literalizan o aplanan todo lo que les rodea. Algunos son incapaces de imaginar que las cosas pueden ser diferentes en el futuro o que puede haber "realidades alternativas", que la realidad puede ser de hecho diferente de la forma en que el paciente la está experimentando. En otra modalidad, algunos no pueden sostener un mundo imaginativo suficientemente seguro en el que puedan tener una sensación de "realidad" sin tener que convertirla en acción; esto es especialmente cierto en el caso de las experiencias de temor. Esta necesidad de hacer realidad la fantasía puede adoptar muchas formas, entre ellas llamadas o mensajes desesperados que expresan y ocultan a la vez la necesidad real; episodios de peligro físico o psíquico; y desafíos y ataques más agresivos contra la integridad del analista o del análisis, todo ello de diversas formas sutiles y no tan sutiles. En general, cuando la ilusión se colapsa de esta manera, puede haber poca creatividad o esperanza en la transacción entre la realidad externa y el mundo interno, una ruptura de la creatividad saludable de la ilusión como modo de investidura imaginativa en el mundo. Aquí podemos ver el vínculo entre el fracaso de la ilusión y los estados límite, en los que el "límite" entre la realidad y la fantasía es a la vez peligroso y "defectuoso", excesivamente permeable o rígidamente bloqueado.

La desilusión tras el ilusionamiento inadecuado: ilustraciones clínicas

En un artículo sobre “objetos insensibles y la vacuidad del futuro” (Seligman 2016), describí a un paciente (lo llamaré Jay) que vino a análisis a final de su treintena, profundamente desilusionado con su carrera como socio de un elitista bufete de abogados, que él había idealizado en su momento como un territorio redentor en el que él podría hallar reconocimiento y hacer fortuna. Era el cuarto de cinco hermanos nacidos en rápida sucesión de una madre soltera deprimida que apenas se las arreglaba para hacer que las cosas funcionaran. Cuando se cayó por la escalera de la casa siendo un niño pequeño, nadie lo ayudó. Tras arreglárselas para subir gateando las escaleras, con las rodillas raspadas y los brazos magullados, lo regañaron. El acoso de sus hermanos mayores nunca fue reconocido. Cuando un sacerdote abusó de él, la madre le dijo “el Padre Patrick es un buen hombre”. Siempre que estaba con este paciente, solía imaginarme un bebé cuyo llanto era obviado o ignorado.

Hubo algunos avances vacilantes en el tratamiento, pero Jay no podía imaginar una relación analítica productiva, y por lo tanto no podía encontrar mucha esperanza ni consuelo reales en nuestros encuentros. No podía imaginar un futuro diferente al presente, ni involucrarse realmente con el mundo, no habiendo tenido nunca a nadie que le mostrara que "estás aquí conmigo que estoy contigo". Había estado sobreviviendo con un falso self en un mundo de objetos falsificados con un futuro fantaseado; su imaginación no estaba integrada con las realidades verdaderas. No podía imaginar nada que fuera más creativo, es decir, más flexible, inclusivo y portátil. (A veces es útil ofrecer este lenguaje a los pacientes; es a la vez pragmático y fiel a la visión analítica de la acción terapéutica). No era tanto que hubiera investido en algo que ahora tenía que lamentar, sino más bien que su desilusión con su carrera de abogado lo dejó varado sin ninguna fe en las relaciones, ni con las instituciones ni con las personas.

A medida que fui entendiendo esto, mi foco pasó de la pérdida y la ausencia a ayudarle a encontrar una base para la esperanza y la imaginación. Algo de esto implicaba hablar directamente de estas preocupaciones, pero más a menudo se trataba de dar forma a un entorno comunicativo y protector y a un lenguaje común. Esto incluía largos pasajes en los que él hablaba y yo respondía, ya fuera sobre sus casos, sus series de televisión, sus pesadillas, su pasado o cualquier otra cosa. El desarrollo de una matriz de experiencia compartida estaba en el centro de este útil proceso analítico. Esto incluía muchos momentos emocionalmente intensos, pero también implicaba mucho los asuntos más bien ordinarios de nuestra presencia diaria, mi escucha mientras Jay hablaba (y viceversa), y cosas por el estilo. Me gustaría pensar que me hice disponible para él como un objeto de su actividad, de tal manera que pudiera desarrollar lentamente la fe en las posibilidades de un contacto real con otra persona, de modo que la realidad se convirtiera en algo de lo que pudiera hacer uso. Aquí la respuesta y la reciprocidad apoyaron el surgimiento de la imaginación comprometida y esperanzada, avanzando hacia un mundo más vivo.

A veces los analistas pueden pasar por alto el grado en que los analizandos son incapaces de investir sus mundos (objetales) desvitalizados y atemorizados con una imaginación a menudo cotidiana, pero sin embargo especial, que los haga vivir, dando vida a su propia subjetividad en el mismo movimiento. En el ensayo "Dreaming, Fantasying and Living” (Soñar, fantasear y vivir), Winnicott (1971/2005a) describe el progreso con un paciente que no tenía "un lugar desde el que tomar conciencia" (p. 27n): "Gradualmente, a medida que este paciente comienza a convertirse en una persona completa y empieza a perder sus disociaciones rígidamente organizadas, [...] la fantasía se está transformando en imaginación relacionada con el sueño y la realidad" (pág. 27). En muchos casos, la ilusión debe ser sostenida, restaurada y (re)creada antes de podamos esperar que procedan la verdadera desilusión y el duelo.

Este tipo de dificultad puede ser más obvia en pacientes que recurren a la idealización, a las defensas maníacas y a un falso self, o incluso a organizaciones esquizoides o autistas más invasivas. Pero también aparece en pacientes con dinámicas menos "primitivas": incluso las dinámicas aparentemente "buenamente obsesivas" a veces se basan en este tipo de déficit. Robert, un exitoso asesor financiero, relató un flujo de recuerdos dolorosos sobre el cambio errático de su madre alcohólica de cuidados afectivos a un comportamiento persecutorio cuando bebía. Llorando cuando le comenté lo aislado, impotente y confundido que se debía sentir, dijo "¿Qué hago con esto?" (Esta pregunta pragmática reflejaba la incapacidad de Robert para imaginar que tenía un mundo interno digno de interés, a pesar de su confianza en sí mismo y su aparente capacidad para hablar de sí mismo). Cuando pregunté qué tenía en mente, me miró como si mi pregunta no tuviera sentido: "Ese ha sido un excelente análisis. El siguiente paso es un plan". Buscaba un objeto con el que pudiera hacer algo, más que un intercambio creativo.

Robert no puede permanecer en sus relaciones íntimas; incluso cuando se apega emocionalmente a sus novias, sigue desviando sus ofertas de contacto emocional. Piensa que debería "relajar sus estándares", aceptar que no hay una mujer tan perfecta como la que él imagina. Desde mi punto de vista, sin embargo, no es solo que necesite llorar la pérdida de su amor ideal, sino que no puede sostener el mundo de la ilusión lo suficiente como para sostener el sentimiento de que una pareja excitante de la que ha empezado a depender y con la que se lleva bien puede seguir siendo especial, y vincular ese sentimiento con sus propias necesidades. Al principio, esto parecía ser un caso de dependencia ambivalente, agresión oculta e idealización defensiva. Pero ahora parece tener una organización de la personalidad más sutilmente disociativa. Robert no puede concebir un romance o una relación analítica en la que se pueda crear algo nuevo. Es como alguien que no puede entender que Lorraine Bracco sea la doctora Malfi, pero su problema es algo más serio.

Aplicar el concepto de ilusión a una teoría analítica: construir la teoría de la primacía edípica en su contexto histórico

Pensar en la ilusión como una dinámica psicológica básica ofrece una perspectiva de los procesos psicológicos e intelectuales implicados en la creación de teorías, en el psicoanálisis no menos que en otros campos. Situar la teoría edípica de Freud en su contexto histórico teniendo esto en cuenta puede llevar a una comprensión más matizada de los orígenes de su postulado de que la resolución edípica es el momento organizativo central en el desarrollo y la cultura humanos. Sugiero que la noción de primacía edípica bien puede haber funcionado como una ilusión útil para su creador y sus seguidores en su momento histórico, protegiéndolos de los turbulentos y violentos acontecimientos que los rodeaban en Europa central y oriental en la primera mitad del siglo XX. En Bloodlands, el historiador Timothy Snyder (2010) documenta la matanza planificada por los gobiernos soviético y nazi de más de quince millones de personas en las tierras entre sus naciones entre 1933 y 1945. Otros aspectos del desarrollo teórico de Freud podrían abordarse de la misma manera, incluida la conceptualización del mito de la horda primitiva, la pulsión de muerte y el Yo como mediador integrador entre las pulsiones y las exigencias de la realidad y el mundo social cooperativo, estos dos últimos desarrollados poco después de la Primera Guerra Mundial[8].

Freud fue muy crítico con el papel de la ilusión en la vida psíquica, sobre todo en su señalada crítica de la religión como defensa contra la ansiedad edípica, en obras tan explícitas como “El futuro de una ilusión” (1927/1961) y “Moisés y el monoteísmo” (1939/1964). Coloca la desilusión del niño edípico ante su fantasía de una relación erótica exclusiva con una figura parental en el centro de sus ideas sobre lo que constituye la salud psíquica y el orden social. Desde esta perspectiva, podemos ver algo más de complejidad y variedad en los potenciales paradójicos de la ilusión. Comenzando con su teoría de la represión del complejo de Edipo (Freud, 1909/1955; véase también Masson, 1985), Freud (1923/1961) postuló un nuevo "punto de partida" para la salud mental: una resolución satisfactoria (aunque psíquicamente exigente) del choque entre la destructividad individual y la lujuria, por un lado, y las perspectivas civilizadoras de colaboración y contención, por otro. Sea "acertada" o no, esta visión bien puede haber cumplido un propósito psicológico adicional para él y sus seguidores, del cual pueden no haber sido muy conscientes. Aun cuando es muy posible que hayan hecho un descubrimiento psicológico esencial, su teoría/doctrina de la represión y la resolución edípicas también ofrecía una visión que podía presentar y asegurar su esperanza de que la destrucción y la avaricia despiadadas pudieran ser contenidas por el orden social. En resumen: sin desestimar la utilidad o la veracidad de todo el concepto edípico (que de hecho encuentro profunda y clínicamente valioso), quiero sugerir que la noción freudiana de la primacía edípica ofrecía un refugio de los traumas histórico-sociales que rodeaban a los pioneros freudianos. (Los tres hijos de Freud lucharon por el Imperio Austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial; su sobrino nieto fue asesinado en esa guerra, y cuatro de sus hermanas fueron asesinadas más tarde en campos de concentración).

La lectura incompleta que Freud hace de Sófocles: la tragedia sin resolución

Esto puede explorarse más a fondo examinando dos aspectos particulares de la lectura que Freud hizo de la trilogía de Edipo de Sófocles. En primer lugar, como ha sido destacado por muchos (por ejemplo, Butler, 2000; Kristeva, 2010; Lacan, 1959-1960/1992), terminó su análisis de la narrativa de Edipo con la primera obra de la trilogía, Edipo Rey, descuidando a Edipo en Colono y, especialmente, en Antígona[9].  En segundo lugar, transformó una profunda y espantosa tragedia de parricidio e incesto en una reorganización avanzada de los conflictos primitivos de la mente infantil. A diferencia del complejo de Edipo de Freud, la primera obra de Sófocles no termina en una resolución progresiva, sino en el casi insoportable (aunque heroico) auto cegamiento y despiadado exilio de Edipo. La resolución y la redención, en la medida de lo posible, solo se consiguen mediante el pathos y la degradación de su muerte en Colono. En la tercera obra, Tebas es un estado corrupto, envuelto en una guerra civil en la que los hijos de Edipo -que también son sus hermanos, por supuesto- han sido asesinados, agravando la caída de Edipo. Finalmente, su hermana, Antígona -que es, de nuevo, hija y hermana de Edipo- se suicida después de no haber conseguido un entierro honorable para su hermano Polinices y de haber sido ella misma condenada a muerte.

En lugar de contar "toda la historia", entonces, Freud suspende la trilogía psicopolítica de Sófocles, reconstruyendo la historia de Edipo como una en la que la autoridad paterna impone orden en las fantasías lujuriosas y violentas del niño fálico, ofreciendo la posibilidad de un marco interno e intrapsíquico para el orden social y la justicia. Freud creaba así no solo una nueva teoría/doctrina, sino también un mundo imaginativo en el que la violencia y el deseo podían de hecho ser contenidos de forma segura mientras el mundo en torno a ellos se desmoronaba en una de las eras más asesinas de la historia registrada. Freud, por supuesto, propuso por primera vez esta idea al principio de la evolución del análisis, siguiendo su propio autoanálisis (ver las cartas a Fliess en Masson, 1985) y la desarrolló y utilizó de múltiples maneras en el centro de su proyecto teórico. Inicialmente hizo hincapié (por ejemplo, en el caso de Little Hans en 1909/1955) en la represión del complejo de Edipo; finalmente, en 1923/1961, propuso la idea de que podía "resolverse" como parte de su modelo estructural, que presentaba una psicología de la adaptación más general para complementar la teoría de las pulsiones original, más irracionalista.  Esta teoría ampliada de una resolución edípica fue, por tanto, parte de un movimiento posterior a la Primera Guerra Mundial hacia un psicoanálisis que fomentaba las motivaciones innatas hacia un Yo integrador y adaptativo. Aunque esto puede haber sido un movimiento teórico valioso, también puede entenderse como una reacción a los horrores de esa guerra y al caos social y económico que la siguió.

Freud logra todo esto al renarrar los eventos de Edipo Rey como una fantasía. En una expropiación brillante y creativa, vuelve a contar el drama de Sófocles como si estuviera principalmente impulsado por fenómenos intrapsíquicos de los que el mundo real de las familias y los estados puede ser aislado. Al convertir este complejo de Edipo en la formación psicosocial central de su teoría evolutiva, Freud puede haber estado desplazando su atención, de forma protectiva y autoprotectora, de la destructividad real que lo rodeaba a él y a sus colegas a la matríz más imaginaria de la fantasía infantil[10]. Freud puede haber estado expresando una especie de anhelo suprimido -quizás incluso nostalgia- de los acuerdos sociales más benevolentes (aunque lejos de ser perfectos) del menguado Imperio Austrohúngaro en el que había pasado los primeros años de su vida (o al menos un orden que imaginaba y deseaba)[11].

A finales de su carrera, cuando Europa Central se hundió aún más en el fascismo y la guerra en los años 30, escribió una serie de ensayos socio-históricos que ampliaban la teoría del complejo de Edipo como una etapa de desarrollo en un relato mitológico-antropológico del origen del contrato social en el asesinato del patriarca tribal a manos de la horda primitiva. Estas obras, entre las que se encuentran “La civilización y sus descontentos” (Freud, 1930/1961) y “Moisés y el monoteísmo” (Freud, 1939/1964), surgen como justificaciones del orden liberal ante las mafias y los gobiernos autoritarios que dominaban su mundo. (Véase también “Tótem y tabú” [Freud 1913/1955]; Freud 1921/1955). Aunque hay un tono pesimista en estas obras, como en los escritos inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial que presentan la pulsión de muerte y la compulsión de repetición, las fuentes de la destrucción y su contención siguen siendo intrapsíquicas (Freud, 1920/1955)[12]. (Para excepciones notables, en las que aborda más directamente las crisis sociales, véase Freud 1926/1959, 1930/1961).

Así pues, el que Freud pase por alto la devastadora tragedia de Antígona, que puede ser incluso más angustiosa que la de Edipo Rey, bien puede reflejar una especie de alejamiento teórico de los desarrollos políticos cada vez más caóticos y persecutorios de Europa. (Después de todo, sus amigos y familia tuvieron que obligarlo a dejar la Austria nazi para ir a Londres). Aunque puede haber algo al menos irónico, si no perturbador, en el oscurecimiento del mundo político por parte de Freud en sus grandes obras, uno puede imaginar que esta ilusión protegió su genio lo suficiente como para que pudiera crear y elaborar el psicoanálisis. Este uso dinámico de la ilusión puede ser más común de lo que frecuentemente se cree. Desde este punto de vista, pues, la atribución por parte de Freud de la primacía evolutiva y psicológica al complejo de Edipo no es tan diferente como podría parecer de las ilusiones que constituyen la base de la religión, al menos en la forma, si no en el contenido, especialmente cuando la fuerza ilusoria de la religión sirve a propósitos constructivos y éticos[13]. De nuevo, esto no quiere decir que Freud estuviera "equivocado", sino que ilustra cómo el observar la dinámica de la ilusión en nuestras matrices psicoanalíticas ofrece una ventana a las complejas y múltiples funciones del pensamiento imaginativo.

Epílogo: ilusión, desilusión y la presidencia de Trump

Aunque he mencionado que presenté este trabajo por primera vez en el Waldorf Astoria de Nueva York, no mencioné la fecha: 21 de enero de 2017, el día después de la inauguración de Donald Trump. El hotel está situado a menos de una milla de la Torre Trump, residencia del Presidente en Nueva York y sede de la Organización Trump. Muchos miles de personas marcharon en protesta por las calles a las afueras del hotel, frente a algunos de los inmuebles más caros del mundo. Este clima político se ha seguido prestando a una discusión sobre la desilusión y la ilusión, y parece impropio pasar por alto este momento histórico, un momento de desilusión desgarradora para muchos que han confiado en que nuestro orden político mantenga unos niveles mínimos de moralidad y competencia, aunque sean limitados y, de hecho, ilusorios. Las normas ordinarias del orden sociopolítico y la libertad civil han sido burladas, y las convenciones que han hecho que los políticos al menos hablen de boquilla de alguna versión de integridad ya no se sostienen. La fidelidad a los hechos, la ciencia y la verdad ha dado paso al engaño, la avaricia y la fanfarronería en los más altos niveles del gobierno. Aquellos que usan el gobierno para aumentar su riqueza y poder sienten muy poca obligación de ocultar sus intenciones codiciosas. Como ha dicho Michelle Obama, "Estamos sintiendo cómo es no tener esperanza" (Blow, 2016).

Muchos de los que estamos más desilusionados por estos acontecimientos (incluyendo la mayoría de los psicoanalistas y lectores de esta revista, sospecho) estamos situados económica, social y racialmente como para estar protegidos de las amenazas y tensiones con las que muchos de nuestros conciudadanos americanos han luchado durante décadas, si no siglos. Los prósperos estadounidenses blancos han sido capaces de sostener una visión más agradable de la política de nuestro país que la que tienen muchos de nuestros conciudadanos: nuestras propias realidades han apoyado las ilusiones que nos protegen de las diversas y graves desigualdades económicas y de poder que son una parte rutinaria de la vida cotidiana para muchos otros. Hemos logrado organizar nuestra relación con nuestro entorno político a lo largo de líneas más seguras que anclan nuestra confianza implícita en que el orden civil y político en los Estados Unidos nos protegerá y reflejará, al menos de alguna manera básica, nuestras convicciones morales[14]. Estas ilusiones no son fantasías ni una valoración completa y objetiva de nuestra historia nacional y economía política, aunque pueden encajar perfectamente en los hechos de nuestra situación particular: los estadounidenses con comodidad económica que forman parte de grupos étnicos y culturales mayoritarios han sido capaces de generalizar nuestras circunstancias ambientales en la ilusión de que las cosas están realmente bien aquí, o al menos que lo estarán en algún momento. Sin caer en el cliché, muchos de nosotros hemos logrado encontrar nuestra versión del "sueño americano".

Otros, que viven con realidades y experiencias diferentes, han tenido un punto de vista distinto, de manera de no desilusionarse tanto, aunque vean los mismos desarrollos. En esa misma reunión de enero en el Waldorf, un analista afroamericano dijo que su paciente, también afroamericano, preguntó: "¿Cuál es el problema? Ahora saben lo que hemos estado sintiendo todo el tiempo!" Otro analista relató cómo un colega salvadoreño que vivió el terror de los escuadrones de la muerte de su país respondió a la elección presidencial diciendo, sin rencor: "He visto cosas peores". No requiere un compromiso con la "corrección política" aceptar que los primeros siglos de desarrollo económico y acumulación de capital en América fueron sustancialmente mejorados por la esclavitud de los africanos y la expropiación violenta de las tierras de los nativos americanos.

Hay una gran variedad de sentimientos, identidades e identificaciones que tienen sus raíces en situaciones políticas, económicas y culturales. Estos sentimientos son poderosos y, con demasiada frecuencia, se subestiman o malinterpretan: los analistas a veces se ven tentados a interpretarlos como asuntos individuales.Tal vez nuestra reciente desilusión no sólo profundice nuestra conciencia y convicciones políticas personales, sino que también facilite nuestra empatía con los pacientes cuyas realidades les han privado de esperanza, cuya apreciada inversión en una visión del mundo no ha dado resultado o no ha sido apoyada por las realidades, ya sea en las familias, las escuelas, los lugares de trabajo, las calles, las prisiones, donde sea. Muchos de los que votaron por Donald Trump prefirieron arriesgarse a volarlo todo porque pensaban que ya no les quedaba mucho. La realidad de la postautomatización y la postglobalización ya no apoya la ilusión -real o no- de ser incluido en algo que vale la pena, es justo y, finalmente, fiable –psicológica y económicamente­–.  Por el contrario, muchos de los que creían en su propia versión de ese sueño americano se han desilusionado amargamente, encontrando la rabia, la envidia y la proyección racista más reconfortantes que una evaluación racional de lo que podría mejorar su situación. Al igual que en el caso de Jay, su esperanza se ha derrumbado frente al abandono, aunque con un conjunto diferente de "síntomas". No haciendo caso al consejo del compositor radical Joe Hill, no están ni llorando ni organizándose[15].

En la conciencia política, como en la infancia, las realidades a veces apoyan las ilusiones, y podemos hacerlas reales. Pero a veces las realidades no permiten ni apoyan esto. La verdadera tragedia de Edipo no es precisamente que viviera una fantasía. Aunque podría ser que eventualmente hubiera debido llegar a saber lo que había hecho y estaba haciendo, no hay señal de que pudiera haberlo sabido cuando lo estaba haciendo, incluso inconscientemente. La fuente inmediata de su perdición, y la de su ciudad-estado, es que los hechos eran diferentes de lo que todos pensaban que eran. La realidad, finalmente, no apoyó las ilusiones que mantienen unidos a los individuos, las comunidades y las naciones.

 

[1] Al distinguir entre delirios e ilusión, Winnicott (1951) escribió: “Si un adulto nos reclama que aceptemos la objetividad de sus fenómenos subjetivos, discernimos o diagnosticamos la locura” (p. 241).

[2] Ese panel sobre la desilusión fue una de las últimas sesiones de la American Psychoanalytic Association en el Waldorf Astoria. Estos salones, incluyendo el Gran Salón, donde Guy Lombardo y la Royal Canadians Orchestra tocaban para la televisión nacional cada fin de año, se ven amenazados por la necesidad de más espacio para la reconstrucción del hotel.

[3] Esto es una reminiscencia de la forma en que Edipo resuelve el enigma de la Esfinge sobre el animal que comienza caminando a cuatro patas (gateo), luego a dos (caminar erguido) y finalmente a tres (con un bastón). La respuesta esquiva es, por supuesto, los humanos.

[4] Al hablar de su idea de que el simbolismo se basa en el desarrollo de la ilusión, Winnicott (1958) decía: “Por ejemplo, si consideramos la oblea del Sagrado Sacramento, que simboliza el cuerpo de Cristo, creo que tengo razón a decir que la comunidad católica romana es el cuerpo y para la comunidad protestante es un sustituto, un recordatorio, y no realmente el cuerpo como tal. En ambos casos, sin embargo, se trata de un símbolo” (p.  234).

[5] Ver Bleger (1967), Baranger y Baranger (1969) y Civitarese (2010) para una visión consistente, principalmente desde una perspectiva neobioniana.

[6] Winnicott (1960) comienza “The theory of the parent-infant relationship” (La teoría de la relación padres-infante) diciendo que “el punto principal de este trabajo tal vez pueda destacarse mejor mediante una comparación del estudio de la infancia con el estudio de la transferencia psicoanalítica" (pág. 585). No elaboró mucho las implicaciones de esta audaz declaración. Esta práctica de dejar implícitas las ideas clave es bastante común en sus escritos. Volvió a este tema en Juego y realidad (1971/2005b), en donde se presenta el vínculo central entre el juego y la transferencia.

[7] Me apoyo aquí en la distinción desatendida de Erikson entre la "Realidad" como experiencia psicológica y la "Actualidad" como una cuestión de circunstancias objetivas (1962).

[8] Ha habido varios esfuerzos importantes para situar los avances de la teoría psicoanalítica en su contexto histórico. Las teorías de Freud se han abordado frecuentemente de esta manera (véase, por ejemplo, Gay, 1988; Weinstein y Platt, 1969; Schorske, 1961/1981). Jacoby (1975), Harris y Seligman (en prensa), Kuriloff (2014) y Makari (2008) han examinado las teorías psicológicas del Yo orientadas al ajuste de la América posterior a la Segunda Guerra Mundial como reflejo de las preocupaciones de los emigrados europeos que las desarrollaron, quienes hallaron en esas teorías protección psíquica contra el doble trauma de esa guerra y el Holocausto, así como contra las persecuciones macartistas de los años cincuenta. Mi enfoque aquí refleja mi interés en aplicar la conceptualización psicoanalítica de la ilusión, en parte para ilustrar mejor esa idea.

[9] En el primer momento de su seminario sobre “el esplendor de Antígona”, Lacan (1959–1960/1992) hacía la siguiente observación: “Antígona es una tragedia, y la tragedia está en el primer plano de nuestra experiencia como analistas; algo que se confirma por las referencias que Freud halló en Edipo Rey así como en otras tragedias. […] Y que él mismo no se refiriera a Antígona como tragedia, no significa que no pudiera hacerse. […] A mí me parece lo mismo que a Hegel […], es decir que la tragedia de Sófocles es de una especial importancia” (p.  243).

[10] Edward Said (1978, 2004) observa una maniobra psicoosocial-teórica similar en la teoría analítica de los insnticos, en la qu él ve una estructura paralela a la proyección occidental de “primitivismo” en los “salvajes” no europeos y otras personificaciones exóticas “orientalizantes”.

[11] Las reformas de 1867 que dieron igualdad de derechos a los judios del Austrohungría se encontraron con un latigazo de antisemitismo con el cambio de siglo (Gay 1988). La visión de Freud de su padre siendo humillado a manos de criminales antisemitas se ha citado en este contexto (Breger, 2000).

[12] Agradezco a Michael Windholz el haber llamado la atención sobre este aspecto de “Más allá del principio del placer”.

[13] Para una mayor elaboración, véase The birth of the living god (El nacimiento del dios viviente), de Rizzutto (1979/2011), así como el complejo desarrollo que hace Millner (1969/2010) de los usos estéticos de la ilusión,

[14] Recuerdo cuando éramos pequeños y los amigos podían responder a otros cuando les mandaban hacer algo: “¡es un país libre!”

[15] Joe Hill fue un compositor de principios del siglo XX y organizador de la anarquista Trabajadores Internacionales del Mundo (los Wobblies), que era famoso por decir: "¡No lloréis, organizad!" (Carlson 1983) [Nota de la traductora: aunque en el original se dice International Workers of the World, en realidad el nombre correcto es Industrial Workers of the World (Trabajadores Industriales del Mundo)].

Referencias

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